El periodismo español ha engendrado pocos periodistas tan incisivos como Luis Bonafoux (1855-1918), que dirigió el semanario ‘El Español’ entre 1882 y 1887 y se ganó el sobrenombre de ‘la víbora de Asnières’. Nacido en Puerto Rico de madre venezolana y padre francés, Bonafoux vivió en lugares tan dispares como París, Londres o La Habana y firmó sus artículos con los pseudónimos de ‘Aramis’ o ‘Luis de Madrid’. Su colega Manuel Bueno lo definió en 1899 como “la única pluma ágil, sincera, burlona que orea con ráfagas geniales nuestro periodismo anodino y latoso”. A continuación transcribimos uno de sus textos más célebres, que escribió en Francia con un enorme sarcasmo y que publicó en su libro ‘Bilis’ unos años después.

Sí, llevan razón, soy un Don Quijote, o Quijote sin don, que en las luchas humanas tengo la manía de ponerme al lado del débil contra el fuerte, del oprimido contra el opresor, de los Jesucristos contra los Fariseos, de los vencidos contra la arbitrariedad, de todos cuantos van cayendo para no volver a levantarse, con lo que no he ganado y no ganaré honra ni provecho; y si tuviesen que echarme a puntapiés los periódicos donde escribo, por haber sabido que como tantos otros había intentado yo timar, por el procedimiento del chantaje, mil pesetas a un señor ministro, no habría lugar donde yo pudiera poner cátedra de persona decente, ni periódico que quisiera recibirme, recordando el “dime con quién andas y te diré quién eres”; y cuando mi padre murió en Puerto Rico, en cuyo presidio no estuvo nunca por ladrón, habiéndolo sido de él los más de sus amigos, ningún periodico le puso por modedlo de honradez incachable.

bonafouxLejos, muy lejos de recabar bombos, vienen cayendo sobre mí toda suerte de difamaciones; tantas y tan grandes que, aunque joven aún, puedo decir, como [el político francés AdolpheThiers, que soy un paraguas muy viejo sobre el que ha llovido mucho tiempo.

Pero cada cual viene al mundo a cumplir su destino: alguno a timar pesetas a los señores ministros; alguno a escribir artículos diciendo la verdad, y la verdad es que la prensa convertida en Celestina vergonzante, no ciñe el lauro de la fama a los [revolucionarios como] Blanqui sino a los Artón, como no corona de rosas a las matronas sino a las prostitutas.

Puede, en buena hora, repetir el poeta hipocondriaco que sabemos por las selectas sagradas de la más pura latinidad que solamente los pillos y los necios son queridos de los dioses…

“Hay dos clases de artistas -dijo, muchos años hace, el ex ministro de la República don Eduardo Benot. “El éxito a toda costa, el lucro y el aplauso de un día hacen doblar la rodilla al que estima como oficio lo que debió mirar cual sacerdocio. Adula y canta férvidos ditirambos en honor del siglo que se muere, y de las preocupaciones adoradas por la multitud. Y el favor de las masas condecora sus trabajos. Al contrario, hay quien se atreve a mirar al rostro a los fantasmas de las supersticiones y de las costumbres, y arremete contra las rutinas que deben morir; pero que, mientras más viejas, más fuerzas tienen y con más vigor resisten. Y las nubes de incienso no envuelven al rebelde. Su aureola es el escándalo y su recompensa la persecución. Entre esos disidentes milita Luis Bonafoux”.

Sí, milito -y no tengo más remedio que militar entre esos disidentes…

¡Dichoso aquél que tiene su casa a flote, y que, por tenerla, puede hurtar los ojos a la perspectiva del fango de la calle, viviendo dentro de su piel, en la soledad, nunca bien ponderada, del propio pensamiento! Pero el que tiene una pluma en las manos, y sobre la mesa unas cuartillas que deben transformarse en pan cotidiano, como la blanca oblea se transforma en pan eucarístico y, a mayor rigor de calamidades, tiene cerebro, según dicen, enfermo -que acaso lo está de tanto pensar en la humana miseria y villanía- y corazón para sentir, y nervios que se engarabitan, y no ha podido ni querido prostituirse en el bajo oficio de periodista ¡ah! ese tal no tendrá más remedio que escribir lo que piensa y lo que siente y, al hacerlo así, véase fustigado por el ladronzuelo, por el polizonte, por el imbécil, por el canalluca, por el sinvergüenza, por una partida de malhechores y mentecatos refugiados en el periodismo, ancho campo de Castilla, en donde el ser periodista suele significarlo todo menos persona decente y entendido en letras, y equivale a arrastrar la cadena de la esclavitud que imponen las preocupaciones y los convencionalismos de una sociedad retrógada y podrida, mientras llega el día de que el periodista arrastre la merecida cadena del presidio…

¡Pan amargo y escaso! ¡Pan cruel! ¡Pan con vilipendio! ¡Pan que no invita a comerlo sino a envidiar el honrado y abundante que gana el limpiabotas francés sin abdicar lo que debe ser sagrado para el hombre, sus creencias, sin prostituir su voluntad, a la intemperie de la calle, donde las mangas de riego arrastran las inmundicias y el aire libre barre los miasmas!

Y sin embargo hay que seguir… Y como hay que seguir, quiero yo ponerme bien con los amos del país para que no sigan trabajando en la caritativa empresa de cerrarme las puertas de los periódicos donde escribo. Y allá va la confesión general de mis culpas, la retractación de mis abominables errores; allá va mi Credo…

Creo que hicimos perfectamente en no cumplir lo convenido en [el acuerdo de paz de] el Zanjón (1878), negando reformas a Cuba, y engrosando las ya innumerables partidas de autoridades despóticas y de empleados venales, cuyas malas artes no excitaron la insurrección, la cual respondió exclusivamente a concupiscencias de un centenar de negros y mulatos chancleteros.

Creo que la insurrección de Filipinas no respondió al despotismo de la frailocracia en aquel país sino al libro ‘Noli me tangere’ de [José] Rizal y al cuadro ‘Spoliarium’ de [JuanLuna Novicio.

Creo que [EmilioCastelar es un redomado filibustero por haber encomiado el militarismo de [Antonio] Maceo elevándole a la catedoría de héroe épico cuando en realidad era un mamarracho que nos dio guerra una porción de años; y que a [FranciscoPí y Margall hay que darle cuatro tiros por haber condenado las manifestaciones que ocasionó la muerte del cabecilla mulato, todas dignas, patrióticas, nobilísimas e hidalgas, como aquella de simular el entierro de un pelele negro, en pos del cual iban prorrumpiendo en improperios unos vecinos del Congo.

Creo que a Rizal -cuyo origen etimológico es ‘Ager hordeo satys pascendis pecoribus’- debieron obligarle a dar la vueta al mundo, agonizando de clima en clima y de mar en mar, antes de echarle fuera las tripas y aventar sus cenizas.

Creo que Cánovas es el primer estadista del mundo; que los Estados Unidos nos tienen un miedo atroz; que siempre somos vencedores, y que si por casualidad tenemos que retirarnos alguna vez, lo hacemos gradualmente y conservando el aire marcial; que nuestras bajas son siempre insignificantes aunque peleamos uno contra diez, y que las bajas del enemigo son como las arenas del mar, que ni contarse pueden.

Creo que lo injusto es lo justo, derecho lo torcido, libre lo esclavo, blanco lo negro, y que los presos de Montjuich no fueron torturados -aunque lo vocea la prensa europea- sino que los tales presos se dedicaron a arrancar las uñas de los pies a sus jueces, obligando a uno de ellos a darse un tiro en la cabeza.

Creo que en Europa somos los más honrados, dignos, francos, valientes, ilustres, insignes, eminentes, egregios, bizarros, hidalgos, virtuosos, gallardos, compasivos, ilustrados, pudorosos, bellos, altivos, talentudos, heroicos y heroicos (bis).

Creo en Dios… ¡No! Lo que es en ese Dios que permite tan sangrientas burlas contra un pueblo en desgracia, en ese Dios no creo yo, así me aspen los modernos inquisidores de Madrid.