Juan Ramón Jiménez (1881-1958) glosó la figura de Francisco Giner de los Ríos en este obituario, publicado en la revista ‘España’ en febrero de 1915. 

“El pobre señor ha muerto…”

Mis ojos se encuentran, al abrirlos la mañana de febrero, con la ventana sin paisaje, todo yerto el cristal de cruda bruma triste. El pensamiento de la madrugada, interrumpido por el paréntesis vano del breve sueño, halla de nuevo, en el opaco amanecer, su hilo:… “El pobre señor ha muerto”… “El pobre señor ha muerto”, dijo anoche un niño.

¡El pobre señor! ¡Qué bien aquí las palabras! Pobreza señora, con esa señoría cierta que, dándolo todo, de todo se enseñorea, por la rica humildad de su tesoro conocido: que hace señor lo que toca: la estancia austera en que piensa, el paisaje que le da fondo, la cátedra que purifica, el jardín que endulza, la amistad que ennoblece; todo esto que ahora va a ser de nuevo lo que es…

Don Francisco… Parecía que hubiese ido encarnando cuanto hay de tierno y de agudo en la vida: la flor, la llama, el pájaro, la cima, el niño… Ahora, tendido en su lecho, cual un río helado que corriera por dentro, es el camino claro para el recorrido sin fin… Fue como la estatua viva de sí mismo, estatua de tierra, de viento, de agua, de fuego. De tal modo se había librado de la escoria cotidiana que, al hablar con él, se creyera que habláramos con su imagen, que tornara a nosotros fiel y perdurable. Sí. Se diría que no iba ya a morirse, que ya hubiese pasado, sin saberlo nadie, por la muerte, y que estaba para siempre, como un alma, con nosotros.

Paz

En la puertecita de la alcoba se siente ya el bienestar. Una senda de olor a romero y violetas, que, con el aire del balcón abierto, va y viene y conduce, como de una blanda mano, hasta el que descansa… Paz. La muerte sólo le ha trocado el color, con una violada veladura de ceniza.

¡Qué suave huele y qué buena cara tiene aquí la muerte! No esas agudas esencias odiosas, ni el exorno de negrura y de oropel. Albo es todo esto y pulcro como una casita del campo andaluz, como el encalado portal de un paraíso de mediodía. Y todo igual que estaba. Sólo que el que estaba se ha ido. ¿Se ha ido? “Es maravilloso, Dios mío -dice Fraulein Tesman, en Hedda Gabler-; ahora Rina está al mismo tiempo, conmigo y en el cielo”… Me acuerdo de esas jaulas que nos parecen vacías porque el pájaro calla en la tabla. Pero ¡ay! este dulce pájaro no subirá más al palillo sus vuelos ni sus cánticos.

¿Dolor?… No es dolor lo que transa el alma al acercarse a este lecho pequeño y nítido que honra un leve cuerpo frío. Es una lenta pena bella, segura de sí misma y de su virtud mejoradora. ¿Verdad, Natalia? ¿verdad, Jacinta? … Ejemplos de ternura, Natalia y Jacinta, entre las flores, miran sin descanso, con sus ojos abiertos en adusto éxtasis, el bendito rostro cerrado.

Se va el día, con un vientecillo afilado que se trae un envío de la primavera. En los cristales se copian confusamente unas nubes rosas. El mirlo, el mirlo que él oyera treinta años y que hubiese querido seguir oyendo muerto ha venido a ver si lo oye. Paz. La alcoba y el jardín luchan mansamente con sus claridades. La albura de la alcoba vence y se derrama, exaltándose, por toda la tarde. Un gorrión friolero sube a una mancha instantánea que el sol pinta en la cima de un árbol cercano y pía casi dentro. En la penumbra, de abajo silva otra vez el mirlo. De vez en cuando parece que se oye la voz que ha callado para siempre.

¡Ay! ¡qué a gusto se está aquí! Es como cuando se sienta uno en una fuente, como cuando se lee bajo un arbol, como cuando se deja uno llevar de la onda por un poético río… Y se sienten ganas de no irse nunca, de abrir hasta lo infinito, como rosas blancas estas horas blancas, puras, plenas: de quedarse prendido a este imán de candor, en el crepúculo eternizado de esta última lección de austeridad y de hermosura.

Cementerio civil

“Cementerio civil” dice en la verja, para que se sepa: frente al otro letrero: “Cementerio católico”, para que se sepa también.

Él no quería que lo enterrasen en este cementerio, tan contrario a la poesía risueña, jugosa y florida de su espíritu. Pero ha tenido que ser así. Ya oirá los mirlos del jardín familiar. “Despues de todo – dice Cossío- creo que no le disgustará estar un ratito con Julián”…

Manos solícitas han quitado humedad a la tierra con romero: sobre la caja han echado rosas, narcisos, violetas. Viene, perdido, un aroma de ayer tarde, un poquito de la alcoba a la que le quitan tanto… Y, apretando con los corazones esta fragancia que se va, una masa cálida de cariño, de atención, de congoja, reduce, hasta dejarla del tamaño de un corazón inmenso, la fosa. Cada persona que llega aumenta con su presencia el silencio.

Silencio. Sol débil. Unos nubarrones con viento arrastran grandes sombras heladas que atraviesan, volando bajo, las negras grajas. Al fondo, Guadarrama, excelsamente casto, se levana en despejados montones cristalinos de cuajada luz blanca. Algún fino pajarillo trina un punto en el sembrado vecino, que ya verdea vagamente; luego viene a la corona e lata de una tumba y se va…

Ni impaciencia, ni cuidados; lentitud y olvidos… Silencio… En el silencio, la voz de un niño que pasa por el campo, un sollozar que ha ido a esconderse entre los sepulcros, el viento, el viento largo de estos días.

He visto, a veces, apagar el fuego con tierra. Innumerables lengüecillas la taladraban por doquiera… Un discípulo albañil, alma fuerte, le ha hecho a este fuego apagado su palacio de barro, en el pedazo de tierra que guardaban dos amigos, entre ellos, para él. Tiene un evónimo, joven y sano, a la cabecera, y a los pies, ya brotada por la primavera que llega, una acacia.

Guirnalda

Otros -yo mismo, más tarde- contarán de su vida y de su obra tanta y tanta cosa buena, útil, bella y justa. Hoy solo sea su pasar muerto por la estancia seria del alma, en la que tanto entrara vivo, colmándola entocnes de gracia, de frescura y de alegría. En el sitio a que él venía queda para siempre su imagen, quieta como el cuerpo en la tumba. Le será al alma un día su sol, otro sus rosas, otro su fuego, otro su rocío, en una eterna postrimería de primavera purificada cuyas hojas verdeoro nunca se llevará el soplo del invierno.