Este texto fue publicado por Miguel de Unamuno en la revista España hace ahora 100 años, en febrero de 1915. Estos son sus principales pasajes:

Que nuestros partidos políticos no son valores o potencias ideales es algo que aquí nadie ignora. Son más bien asociaciones de intereses y de afectos personales. Hay quien siendo un redomadísimo reaccionario se apunta para liberal por agradecimiento a un favor del jefe provincial del partido. Otro se deja colocar por su papá, que husmea en cuál de los partidos hay un mejor hueco para la carrera del hijito. Y luego, cuando pasan de uno a otro partido se dice que han cambiado de ideas, y no hay tal. ¡Ojalá! Para cambiar de ideas, como de trajes, es menester tenerlos; y aquí, ¿quién tiene ideas políticas? Ideas, ¡eh!, lo único que puede llamarse ideas.

No cabe, pues, definir nuestros partidos políticos, porque la definición supone categoría ideal, concepto. Y ni sabemos qué es lo que tratan de conservar los conservadores, ni qué es lo que van a liberar los liberales. El coco de nuestros partidos es el credo. Les basta con el pontífice […].

Viñeta UnamunoNuestros partidos no escapan a la descripción psicológica. Pues no cabe desconocer que, aparte los intereses y los afectos personales, y las tradiciones de familia, y el cálculo mundano, y un cierto elemento de azar, les llevan a los hombres a uno u otro partido sus sendos temperamentos. Aparte de las ideas, en el campo de los instintos hay un temperamento reaccionario, y otro conservador, y otro liberal, y otro radical, y otro escéptico. Y así de seguida. Apenas hay envidioso, verbigracia, que no desee una Inquisición cualquiera que impida que el otro se distinga donde él no puede distinguirse. Y por algo esa especial barbarie troglodítica que estima extravagancia o desequilibrio todo lo que no comprende -y es casi todo-, se viste de tradicionalismo, sin la menor idea de lo que la tradición es, y sin más que una cierta retórica de arenga tan vacua como inflamatoria para corazones… de estopa […]

Hay fariseos que se mueren sin haber hecho nada malo -mejor dicho, ilegal- ni deseado nada bueno; sin haber cometido acto punible ni tenido pensamiento bueno. Y que cuando delinquen y se arrepienten es con atrición, no con contrición. Suelen ser almas ruines, temerosas de la ley y del buen parecer. Aquellos a quienes se puede aplicar el famoso dicho de “¡qué canalla es la gente honrada!”. Y es que las gentes de camisa limpia, por dandysmo más que por aseo, suelen tener muy sucio el fondo del alma, el criadero de los deseos. Son los que se alegran del mal ajeno […].

Nuestra prensa de la extrema izquierda suele pecar, justo es decirlo, de procacidad, de grosería, de violencia antiestética, de plebeyismo; pero ¡esa buena prensa de extrema derecha! Es un modelo de insidia, de mala fe, de malignidad, de ruindad. Maneja a maravilla el arte de mentir con la verdad y el de morder muerdo venenoso con el elogio mal intencionado y hasta con el silencio. En mi vida olvidaré que la única vez, acaso, en que perdí de veras los estribos y tuve que acudir a la prensa con un comunicado violento, insultante -¡cuando tantas cosas hay que dejar pasar!-, fue en ocasión en que un diario de extrema derecha y de defensa social de mi pueblo nativo se metió, para zaherirme, en el terreno más sagrado, con la más baja y ruin malignidad farisaica.

¿Y en el fondo de esa malignidad conservadora o diabólica? Pues envidia, envidia, envidia y nada más que envidia. La envidia es la que cree que el hombre es naturalmente malo. Y no nos quepa duda de que si los eunucos mandasen, caparían a todos los niños. La autoridad para el conservador no es más que un instrumento de castración. Dicen algunos de ellos que las ideas delinquen, que hay que cercenar la libertad de pensamiento; pero es que envidian al que piensa. Su ideal es que no circule más que legalizado papel moneda del pensamiento y proscribir todo el oro, no sea que alguien le tenga nativo, vena de él, y acuñe dinero que logre curso. En el papel moneda todo es cuño, y el Banco -una institución ordenada, y autorizada, y… anónima- le tienen ellos. ¡El sentido común sobre todo! Es decir, nada de sentido propio. Los enemigos son la heterodoxia, la personalidad, la originalidad… etc.

Claro está que entre nosotros las cosas andan tan confundidas que figuran como conservadores o liberales muchos que respectivamente no son lo que presumen y confiesan ser. Y he aquí por qué hace falta, de vez en cuando, una sacudida que le obligue a cada uno a ponerse del lado a que su temperamento le lleva, haciéndole ver claro en sí mismo. Si no en sus ideas, por lo menos en sus instintos. Y de aquí el que proclamemos algunos la necesidad de la guerra civil. Y ahora, en España, la gran guerra europea está azuzando nuestra siempre latente guerra civil y poniendo al descubierto el verdadero temperamento de las gentes. Y nuestra íntima barbarie troglodítica, nuestro autoritarismo inquisitorial y nivelador, el de la democracia (!!!) frailuna de que habló Menéndez y Pelayo, el de los eunucos intelectuales -que quieren castrar la inteligencia a los capaces de parir ideas nuevas y vivas, heréticas, por supuesto, con respecto a cualquier ortodoxia, pues lo demás no serían ni nuevas ni vivas- todo eso que se disfraza de amor al orden y a la tradición, nos está brotando como un sarpullido. Y la conciencia nacional aparece con una enorme costra de lepra. Mejor así, pues cabrá intentar curarla.