A continuación publicamos un extracto del último artículo del último número de ‘El Español’ de José María Blanco White. El texto, escrito por el intelectual sevillano en la primavera de 1814 y reproducido aquí con su grafía original, refleja su decepción con los diputados liberales de las Cortes de Cádiz y con el retorno de Fernando VII, cuyo decreto restaurando el absolutismo aparece también en el mismo número de ‘El Español’. Blanco White explica por qué se siente defraudado y por qué deja de editar la publicación que lanzó cuatro años antes en abril de 1810.

La esperanza de ser útil á mi patria que me ha sostenido por espacio de quatro años en el penoso empeño de continuar este periódico (…) acabó de extinguirse con la noticia de la completa revolución que la llegada del rey acaba de verificar en España. Difícil era escribir quando la injusticia y el insulto me acometían por todas partes; quando mis llamados amigos me abandonaban ó se declaraban enemigos por ganar la popularidad de un día, á mi costa; quando los partidos más opuestos entre sí me creían instrumento los unos de los otros; en fin, quando solo, y sin más apoyo que la aprobación de un corto número, sacrificaba mi tiempo, mi industria y mi salud a un trabajo, ímprobo por naturaleza, estéril por su objeto y doloroso por mis circunstancias.

Difícil, repito, era escribir de este modo; mas, al fin, los acontecimientos habían ya convencido á algunos de mis contrarios, la irresistible verdad había cerrado la boca á los otros, y no pocos entre las gentes sensatas de España y América empezaban á persuadirse de que había un camino medio entre la mal fraguada democracia de las Cortes y la arbitrariedad monárquica del tiempo de Carlos IV. En esta inteligencia continuaba hasta ver si por alguna feliz casualidad, las Cortes, conociendo su peligro, volvían atrás en los errados pasos con que se dirigían á su ruina, y estableciendo una representación en que tuviesen una justa parte el clero y la nobleza de España, mejoraban de tal modo su constitución antigua, que al volver el rey nadie tuviese interés en destruir la gran obra política á que por seis años han convidado las circunstancias de España.

Pero en vano quería engañar á mi desanimada esperanza. Las Cortes, ora fuese persuasión de su mayoría ora, como creo, temor de la facción interna y externa que estaba empeñada en sostener el sistema que se fundó en Cádiz, cerraron los ojos á su peligro, hasta que llegó el día que en estas páginas se les había predicho; y el edificio que con tan estéril afán habían elevado sobre arena vino completamente a tierra, dexando al suelo tan mal parado con sus ruinas que tardará mucho en ponerse capaz de que se haga en él otra tentativa más racional y prudente. (…)

Una sola idea me ocupa; y es la casi imposibilidad de mejora en que veo á la España. Los desórdenes del reynado anterior la habían preparado para una reforma, aún mucho más que lo que el estado de la opinión pública permitiera en otras circunstancias. La misma invasión francesa fue un cáustico utilísimo que pudo contribuir á darle nueva vida. La intolerable arbitrariedad de Carlos IV hacía que todos deseasen leyes que la evitasen en adelante; y la devastación de las armas francesas había, entre infinitos males, hecho algunos bienes que acaso eran superiores á las fuerzas de meros legisladores. La inquisición y la mayor parte de los conventos estaban abolidos de hecho, y pudieran haber quedado así por ley, si las nuevas leyes no hubieran sido la expresión de las pasiones de un corto número de hombres que irritaban con ellas á la mayor y más poderosa parte de la nación que había de guardarlas.

Pero quanto se hizo en aquella favorable época todo llevó la marca de facción, de violencia y de insulto. ¿Qué importa que se diesen decretos utilísimos, si respiraban el placer de humillar al clero y la nobleza mezclados con otros tan absurdos, y hechos de tal modo que escandalizaban á la mayor parte de los Españoles? (…)

España está dividida en dos partidos tan distantes entre sí por sus opiniones, intereses y miras como el norte del mediodía. Uno pequeño, y obligado á disimular por sus principios; el otro numeroso, y sostenido por las preocupaciones de la masa del pueblo; ambos exagerados y extremosos, aunque el primero gana al segundo en vehemencia, lo que este al otro en tenacidad y unión. El pequeño profesa principios y opiniones que en su origen y tendencia son favorables á la mejora de las naciones pero que en el estado crudo y de fermentación en que las tiene no pueden causar más que confusión y anarquía. El mayor, cerrando los ojos á las luces, y queriendo detener el curso a los siglos, está contento solo con que nada se altere. Aquellos llaman vida al frenesí; para estos el sopor es el estado de salud más perfecto. ¿A quién, pues, volverá los ojos el Español que apetezca ver á su patria libre del furor democrático, igualmente que de la arbitrariedad del trono, esenta del delirio de la irreligión, no menos que de la tyranía del santo oficio? ¿A quien los ha de volver sino al cielo que así ha permitido que una nación dotada de las mejores disposiciones, yazca como una selva en que las plantas silvestres ahogan á las útiles, si es que su sombra no las hace degenerar en venenos?

Un solo medio hay de poner á la nación al nivel que le pertenece entre las demás de Europa: este es, establecer un gobierno fundado en los principios que han elevado á Inglaterra al alto puesto en que se halla -fundado en verdadera libertad religiosa y civil. No hay que engañarse: la una no puede crecer ni arraygarse sin la otra. ¿Está el rey Católico dispuesto á conceder lo que el Cristianísimo ha dado á sus vasallos -libertad de profesar la religión que á cada qual dicte su propria conciencia? ¿Lo permitiría el partido en que ha apoyado su cetro? Si no lo está (como me parece indudable) males y males sin fin amenazan á mi infeliz patria; abatimiento ahora; agitaciones y horrores más adelante. (…)

Lo que quisiera hacerles entender [a los españoles] es que la opresión (…) es el medio más cierto de propagar la incredulidad que los atemoriza, y con opresión, y la religión que es su pretexto; el trono que la protege; las leyes que la confirman y hasta la tierra misma en que se ponen en práctica. (…)

De esta opresión, de este tormento pudiera decirse con toda verdad que habita en la casa con el que lo padece, le sigue quando sale de ella, con él se sienta á la mesa, le inquieta quando quiere reposar en su lecho, le acosa en la ciudad, le persigue en los campos, consume su juventud, y amarga sus últimos años. Discurran, pues, los amigos de la opresión religiosa, si en tiempo de revoluciones políticas estarán en favor del gobierno los que tal sufren ó si perderán la ocasión de aniquilarlo.

Pero, ¿crecerá en España el número de esta clase de gentes [liberales]? Sí, lo repito, crece y crecerá cada día: las universidades serán su semillero, y quantos jóvenes valgan algo, otros tantos se hallarán en el caso que describo: “las luces y cultura de las naciones no sufren ya” que se sostengan dogmas con leyes: y esta circunstancia basta para sospecharlos de falsos. ¡Qué absurdo tan funesto el del gobierno español si persiste en mantener el systema de la Inquisición, la prohibición de libros, y la persecución por opiniones teológicas! La concusión que ha recibido el trono es terrible: sus cimientos han quedado minados por mil partes ¿y querrá cargar sobre ellos lo que ningún otro de Europa se atreve á sostener en el día? (…)

En semejante estado de cosas (…) mis circunstancias me obligan á poner fin á la carrera que he seguido desde mi llegada á este pays: mis observaciones, aun quando valiesen más, de nada servirían á mi patria habiendo cesado en ella el gobierno popular que se había establecido. En tanto que la opinión pública podía influir en los decretos de las Cortes, me figuré que mi periódico podría esparcir entre los Españoles algunas ideas útiles que he procurado aprender en el pays donde la ciencia política se sabe mejor que en ningún otro del mundo. Pero habiendo el rey tomado entera posesión de su soberanía, mis censuras de las medidas de su gobierno sólo servirían de aumentar los riesgos y las dificultades que he descrito, aumentando el descontento, y dando armas á los que deseen la confusión, la guerra civil y la anarquía.

Empero no soltaré la pluma sin atreverme á expresar la sensación desfavorable que ha causado la conducta del gobierno Español respecto de las personas que se han distinguido, en la época pasada, sino por su prudencia, seguramente por su patriotismo y su odio á los invasores de España. Fernando VII tiene un derecho indudable á recobrar los legítimos derechos de su corona; pero jamás puede olvidarse de que esa corona la debe al patriotismo de la nación entera, y en especial al de los que las circunstancias de aquella época pusieron al frente de su pueblo. Errores muy graves han cometido los gefes de las Cortes; pero son errores que tuvieron origen en un principio muy noble -en el amor á su patria. Esta consideración, y la de lo que el deseado Fernando debe á su fama en lo demás del mundo, donde solo se sabe que los que le han defendido su reyno, yacen en prisiones desde que él salió de las suyas, no pueden menos que interesar la generosidad de su corazón, y hacerle que ponga fin á precauciones tan violentas. La magnanimidad, y dulzura que tan bien sienta á los reyes, en todos casos, son en las circunstancias actuales de España, la única guardia invencible á quien Fernando VII puede fiar sus derechos y su trono.