Pon las tuyas a remojar

ARPONERO BARBERO FINAL

No es la primera vez en la historia que un gobernante ha tenido la sensación de ser víctima de alguno de los refinados castigos que los dioses reservaban a quienes osaban desafiar su poder…

No es la primera vez en la historia que un gobernante ha tenido la sensación de ser víctima de alguno de los refinados castigos que los dioses reservaban a quienes osaban desafiar su poder. El conde-duque de Olivares se identificaba con Atlas, obligado a sostener sobre sus hombros el globo terráqueo, y no sería difícil asignar a tal o cual de sus homólogos, en uno u otro siglo, el papel de Sísifo levantando la piedra una y otra vez hacia la cima de la ladera, el de Tántalo con las relucientes manzanas del jardín de las Hespérides siempre a la vista pero nunca al alcance, el de Ixión atado a la rueda de los acontecimientos, el de Ocnos tejiendo eternamente la cuerda que se zampaba el burro del Estado o no digamos el de Ticio o Prometeo, encadenados mientras el buitre de la insidia iba devorando su hígado.

Ya le gustaría a Alexis Tsipras poder optar hoy por alguno de estos males con tal de eludir el que, sin otro artilugio que los propios útiles del oficio, parece haber sido diseñado expresamente para escarmiento de políticos temerarios. Y es que no cabe sadismo a la vez más refinado e implacable que el que viene aplicándosele al primer ministro griego desde que osó encender unilateralmente el fuego de la democracia y convocó el referéndum contra las exigencias de Bruselas para seguir financiando a su quebrado país.

Tsipras se comportó como si Grecia fuera aun un Estado soberano en el que la opinión pública supone la razón última del gobernante, fingiendo ignorar que el objeto de la consulta concernía, al menos en igual medida, a sus a la vez socios y acreedores. Incurrió en el eterno pecado de la hubris -el asaltaremos los cielos de la soberbia humana- y en toda la hubris le han dado Frau Merkel y sus 17 palanganeros.

Quien hasta hace dos semanas era percibido como un rebelde ciclópeo que atemorizaba al continente con sus machadas y amenazas, está quedando retratado ahora como un cretino político a merced de la autoridad competente. Y no me digan que, a propósito de castigos divinos, eso evocaría al impuesto por Apolo al rey Midas cuando cambió sus orejas por las de un asno, porque ya quisiera Tsipras tener a cambio el don de convertir en oro lo que tocara.

No, su única corona es la del Olimpo de los tontos, pues su admisión de que ni siquiera contaba con un plan viable para sustituir el euro por el dracma prueba que no sólo ha estado engañando a los griegos sino engañándose a sí mismo. Así es como cobra sentido la dimisión de Varoufakis a la mañana siguiente de ganar el referéndum. En el fondo los líderes de Syriza debían saber que lo que les convenía era perder el plebiscito -que triunfara el “sí”- para poder dar un heroico paso atrás, dejar a otros la gestión del embolado del tercer rescate y volver a quedar en la reserva con la aureola de los rebeldes con causa.

Lo que era inmanejable era su victoria porque la partida pasaba a jugarse en el tablero del Bild Zeitung, las cadenas de televisión y las encuestas alemanas. Opinión pública por opinión pública siempre iban a pesar más los 83 millones de un país opulento -y eso sin contar a sus satélites- que los 11 de uno en las últimas.

Tras el insolente desafío en las urnas, la negociación entre tecnócratas se transformaba así en un ajuste de cuentas que requería no de la derrota sino de la humillación de Grecia, obligada a pasar bajo las horcas caudinas de unas condiciones draconianas. Y el justo castigo a la perversidad, o más bien a la idiotez política, de Tsipras está siendo obligarle a liderar la rendición incondicional de su pueblo, compareciendo cargado de cadenas, uncido al carro del triunfo de la Europa de los Mercados –Vae victis– entre el estupor de los propios -cócteles molotov en la calle, cisma en Syriza en el parlamento- y el regocijo de los ajenos.

 

El justo castigo a la perversidad, o más bien a la idiotez política, de Tsipras está siendo obligarle a liderar la rendición incondicional de su pueblo, compareciendo cargado de cadenas, uncido al carro del triunfo de la Europa de los Mercados

 

Nadie encontrará en este análisis ni comprensión ni disculpa tras la irresponsable necedad de Tsipras. Que ahora invoque que nadie ha pasado por un “dilema de conciencia” como el suyo no inspira ninguna pena. Me alegro de que quienes hasta la propia víspera del referéndum le hacían la ola a Sietemachos Varoufakis cuando llamaba “terroristas” a los líderes europeos, hayan quedado engullidos en su propio maremoto y floten hoy como detritos de un oceánico ridículo. Pero no puedo sentirme cómodo en mis convicciones liberales con el ensañamiento del que están siendo víctimas las instituciones griegas, al ser sometidas a un público auto de fe, encañonadas por el grifo del Banco Central Europeo.

ARPONERO BARBERO FINAL
Ilustración: Javier Muñoz

Los peores augurios de que el euro se convirtiera en ese castillo monetario de “irás y no volverás” al que me refería hace dos semanas, se están cumpliendo. Si Atenas hubiera conservado el dracma, los griegos habrían ido empobreciéndose paulatinamente mediante sucesivas devaluaciones pero no se habrían encontrado nunca entre la espada de un diktat insoportable y la pared de una bancarrota segura. Si Tsipras no pasaba por el aro como una fiera domesticada, los bancos cerrados se hubieran transformado en bancos quebrados, dando paso al colapso del Estado y a un escenario de caos social. Ni siquiera hubiera podido pagar a la policía para defenderse de los suyos.

A la hora de la verdad las supuestas alternativas basadas en la ayuda rusa se diluyeron en el aire. Bastó con que le enseñaran el Big Bertha de la expulsión del euro para que el gobierno griego capitulara incondicionalmente, reproduciendo amargos episodios de la historia centroeuropea de hace 80 años, que renuncio a evocar para no ser tildado de pintor de brocha gorda.

¿Era imprescindible imponer un ultimátum de 72 horas para la aprobación por el Parlamento griego de las medidas de ajuste duro rechazadas por el pueblo en las urnas? ¿Resultaba realmente necesario obligar a constituir ese fondo de activos públicos por valor de 50.000 millones bajo supervisión comunitaria como garantía de futuros pagos? ¿Significará esto que los bancos alemanes terminarán siendo los dueños de unas cuantas islas griegas, y quién sabe si del propio Partenón, en el caso de que se vuelva a desatender el servicio de la deuda o acaso Tsipras y sus ministros deberán ingresar como prenda física en una de aquellas cárceles para morosos abolidas por la Revolución Francesa?

La propia escenificación del trágala en una interminable reunión de líderes europeos insomnes, polarizados entre el policía alemán malo (Schäuble) y el policía alemán bueno (Merkel), denota la falta de mecanismos racionales de decisión en una Europa reducida a teatro de la hegemonía de una de sus partes. El propio Der Spiegel reprochaba hace poco a la canciller que, aun conservando la retórica paneuropea de Kohl, en la práctica ha sustituido la construcción política de la UE por un “imperialismo pedagógico” destinado a imponer, a base de exigentes rescates, sus propios valores calvinistas de rigor presupuestario y control del déficit al resto de los miembros.

En el momento en que la técnica del afeitado en seco que funcionó para España, Portugal e Irlanda ha encallado en la rugosa piel de la sociedad griega, la señora Merkel se ha transformado en el remedo político de Sweeney Todd, aquel barbero diabólico de Fleet Street que degollaba a sus víctimas cuando pasaban por su establecimiento a que les hiciera un arreglo y las convertía luego en el picadillo del pastel de carne que vendía en un restaurante anexo. Ese es el menú que desde Berlín y Bruselas se ofrece ahora a la comunidad financiera: de primero carpaccio de Alexis en láminas muy finas, de segundo estofado a la Tsipras y de postre souflé de Syriza.

Al reconocer que no tiene más remedio que aplicar unas medidas en las que ni él ni sus conciudadanos creen, el jefe del Gobierno de Atenas está levantando acta no sólo de su propia defunción política sino de que Grecia ha dejado de existir como Estado independiente. Lo cual tendría sentido si su soberanía hubiera quedado voluntariamente diluida en la de unos Estados Unidos de Europa cuyo gobierno democrático aplicara políticas fiscales uniformes para amortizar la deuda de todos, asumida como carga común. Así actuaría la solidaridad propia de una unión política en la que la moneda única fuera el escaparate de una realidad previa.

A falta de todo ello los actores políticos de los países de la zona euro se dividen en resignados zombis al servicio de los designios de quien manda y clientes potenciales de la barbería de Sweeney Merkel. Reducido a la mudez en los pasillos y antesalas comunitarias -los estafermos no hablan inglés-, Rajoy es el más dócil y servicial de los primeros. Sujeta la bacinilla y los útiles de afeitar a la barbera o limpia con la fregona el rastro de sus sanguinarios alardes sin que ello requiera contraprestación alguna. Y si hasta la propinilla de la presidencia del Eurogrupo para un paisano recomendado se le niega, pues qué le vamos a hacer. Otra vez será. De momento él sigue empleado ahí.

 

Los actores políticos de los países de la zona euro se dividen en resignados zombis al servicio de los designios de quien manda y clientes potenciales de la barbería de Sweeney Merkel. Reducido a la mudez en los pasillos y antesalas comunitarias -los estafermos no hablan inglés-, Rajoy es el más dócil y servicial de los primeros

El segundo grupo es el de los insensatos que, creyéndose capaces de alterar los términos o fronteras de la pax germana impuesta sobre la eurozona, caminan alegres y confiados hacia un inexorable destino tragicómico. Cuando las barbas de Alexis veas pelar, pon las de Pablo a remojar. Zas, zas, un par de tijeretazos y adiós Coletas. Y que vayan contestando Mas, Junqueras y el tal Romeva -que por algo dicen que se parece a Varoufakis- cuantos días aguantaría su pulso independentista con los bancos catalanes cerrados por falta de liquidez o de solvencia. El soberanismo identitario hace lo suficientemente memos a sus comulgantes como para tragarse la añagaza de la lista única de partidos adversos y políticos despolitizados pero, como en el caso de Grecia, lo que tu decidas es irrelevante si no encaja en lo que decidan los demás.

A falta de mejores argumentos, Rajoy ya se ha apresurado a poner el paralelismo tanto ante las narices de Podemos como ante las del orfeón independentista. Sería preferible no tener que recurrir a ello y que nuestra democracia se bastara y sobrara para cerrar el paso mediante la persuasión y la aplicación de la legalidad a ambos tipos de populismo. Pero con un liderazgo como este y una inteligencia institucional como la que permite que alguien pueda anunciar un martes que va a destruir España y sea el viernes recibido en audiencia oficial por el Jefe del Estado -¿rememoraron juntos la pitada del Camp Nou o sólo miraron hacia el abismo?-, ya no nos queda casi sino confiar, compungidos, en la protección de la navaja ordenancista de Frau Merkel. Porque como canta el Figaro asesino en la película de Tim Burton “no hay más que dos tipos de personas: las que están en su sitio y las que te ponen el pie en la cara”. Y alguien tendrá que obligar a estas a volver a meterlo en el tiesto.

 

 

 

Sirtaki lento para un oscuro e incierto verano

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El verano del 2015, predice el autor, se presenta oscuro e incierto y un lento sirtaki bien puede servir como telón de fondo para la agonía, la recriminación y el dracma. El resultado del referéndum griego no es sólo un problema del país que votó el domingo. Los tentáculos del “No” alcanzan de lleno a las economías de no pocos países para los cuales el estío será un mar de incertidumbre.

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En aquellos largos veranos de los sesenta –de siesta y cine a la fresca– viendo ‘Zorba el griego’, la película cuya música había creado el gran Mikis Theodorakis y que se convirtió en una seña de identidad para Grecia, aprendimos a dar los primeros pasos del sirtaki.

Estaba protagonizada por una joven Irene Papas –a la que tuve ocasión de conocer en 1992 en s’Estaca– y por Anthony Quinn que acudió al rodaje con un problema en la rodilla y como no podía bailar tuvo que arrastrar la pierna para poder terminar ciertas escenas.

Volviendo al domingo, en las primeras horas, la consulta ya se habría cobrado dos piezas: Antonis Samaras, ex primer ministro y jefe de Nueva Democracia (el PP griego) y Yanis Varoufakis, el controvertido ministro de finanzas heleno .Una vez más, las casas de sondeos se la han vuelto a pegar. Daban un empate técnico –como resultado del referéndum– pero el tanteo quedó 61-38. Y como no atinaron, una vez que se conocieron los resultados reales la gente se fue a la cama –con los pies fríos y la cabeza caliente– sin acabar de tener claro lo que pasaría al día siguiente.

Pero el sirtaki del día después arrancó -en versión rápida- con pérdidas en las Bolsas y aumento de la prima de riesgo: en España, 15 puntos básicos, hasta los 161, mientras la helena se desmelenaba, hasta los 1.700 puntos básicos.

Los bancos de inversión pronto anticiparon que el resultado –inesperado– abría un periodo de volatilidad, pero la realidad es que, a pesar de los pesares, el mercado parece haber encajado el golpe con serenidad, lo que pone en perspectiva la dimensión de Grecia (el 2% del PIB de la zona euro, 1% del de la Union Europea)

Croacia, Rumanía y Bulgaria, riesgo de contagio

Sin embargo,  el problema no es exclusivamente griego, ya que el sistema financiero heleno –a través de las filiales de sus bancos– está muy entreverado a los de Croacia, Rumania y Bulgaria. Por eso es de esperar que los spreads (primas de riesgo) de estos países aumenten –el cálculo oscila entre los 20 y los 50 puntos básicos– en el verano perentorio que nos espera.

Y ahí aparece una fecha próxima y crítica, el 20 de este mes de  julio, día en que le vence a Atenas el plazo para el pago de 3,500 millones de euros deuda al Banco Central Europeo. Si este corre la misma suerte que el impago de deuda -1,500 millones de euros (default) que dejó de abonar al Fondo Monetario Internacional (FMI)- las luces rojas se encenderán con estruendo.

El FMI –que, a buenas horas, ha reconocido que cometió errores en su rescate de Grecia– de momento se queda fuera de la pista, si bien se ha desmarcado con un informe tardío –en vísperas de la enrevesada consulta– que ha sentado como un tiro en la Eurozona. Lagarde sorprende con un desnudo integral: los griegos necesitarán 50,000 millones de euros en los próximos tres años y sus socios europeos no tendrán más opción que reestructurar la deuda helena o, simple y llanamente, condonar una parte. O sea, restructuración o quita. O ¡las dos!

Pero antes de calibrar las opciones de futuro, conviene poner sobre la mesa una serie de evidencias: la exposición de los bancos occidentales a Grecia es insignificante; en torno al 80% de la deuda griega está en manos de acreedores públicos; la situación macroeconómica en Irlanda, España, Portugal ha mejorado y el BCE tiene los medios de contener el efecto contagio a países sensibles de la eurozona.

La fe del acreedor vs el agnosticismo del deudor

Los mercados estaban convencidos del triunfo del ‘sí’ en la consulta, lo que no deja de ser la manifestación palmaria de la fe interesada del acreedor frente al agnosticismo del deudor. Pero esta quiebra de sus deseos se va a traducir en una mayor volatilidad, hasta que se vislumbre, o no, la fumata blanca de un acuerdo. Es decir, que la espera estará marcada por la indecisión hasta que no quede claro hacia dónde –un crédito puente, un tercer rescate…– se encaminan las negociaciones.

La dimisión táctica de Varoufakis y su reemplazo por Euclides Tsakalotos, ‘el aristócrata rojo’, es una clara señal de que el Gobierno griego terminó por aceptar que no había sido un interlocutor creíble para sus colegas del Eurogrupo. Demasiada cabriola y postureo cuando se negocia –a cara de perro– el perímetro del cepillo a pasar a los cabreados contribuyentes, sobre todo alemanes.

Y como vamos a asistir a un carrusel interminable de reuniones, cumbres, grupos de trabajo…mejor no seguir tentando el aguante de los representantes democráticos de la zona euro, cuya respuesta es más trascendente que el ‘no’ de los griegos.

Y es que, hasta nuevo acuerdo, Grecia se queda en el limbo al seguir dentro del euro pero sin contar con ayuda exterior para poder financiarse. El país necesita dinero fresco pero el ‘no’ del referéndum hace la situación mucho más difícil. Y para complicar aún más esta ecuación infernal, el descenso del turismo –como potencial motor de crecimiento– supone un nuevo escollo en el camino de la recuperación.

Mientras no haya acuerdo, se alargará el corralito. Grecia no podrá importar petróleo o alimentos; las tiendas no asumirán el pago a proveedores y los estantes se vaciarán. El Gobierno irá dejando sin sueldo a funcionarios, a golpe de pagarés; a final de mes, hará lo mismo con los pensionistas. Los bancos griegos se irán quedando sin fondos y terminarán quebrando; los ahorradores verán cómo sus depósitos se esfuman y el gobierno tirará de más pagarés.

En un escenario así, la economía entraría en barrena y Grecia no tendría más opción que declararse en bancarrota, cesar todos los pagos y emitir dracmas. Y aunque el gobierno podría mantener al país –nominalmente– en el euro, a efectos prácticos estarían fuera. Kafkiano.

En la discusión pre referéndum ha habido una discrepancia fundamental: mientras los acreedores abogaban por reformas antes de hablar de reestructurar la deuda, Atenas apostaba por una reestructuración inicial, pretensión que a Schäuble, el Ministro de Hacienda alemán hacía que lo llevaran los demonios porque no quería más sacrificios para sus contribuyentes.

La salida del euro, ni deseable ni descartable

Los barandas que manejan los destinos del dinero apuestan porque Grecia abandonará el euro, el llamado Grexit ya que la ruptura entre Atenas y el resto de la UE parece haber llegado a un punto de no retorno, aunque de momento no se quiera decir. Quizá el resultado del referéndum pueda, incluso, disparar las opciones de que lo haga en las próximas semanas. Y es que los líderes europeos están demasiado hartos como para ofrecer un pacto realmente distinto.

A día de hoy, la moneda única no parece sostenible para Grecia. Y si en anteriores ocasiones, las cosas sucedieron de repente (Argentina -2001-, Rusia -1998- o Lehman -2008-), en la crisis griega –el default más lento y mejor presagiado de la historia– los inversores, en gran medida, ya han descontado este resultado.

El plan de viabilidad griego pasa por el incremento de los ingresos, vía impuestos y tasas –a ciudadanos y empresas del país– y por la elaboración de unos presupuestos austeros de gastos estatales, destinados básicamente y por orden de prioridad, a pensiones, desempleados, sueldos de funcionarios, servicios sociales de sanidad y educación, gastos militares, infraestructuras y servicio de la enorme deuda pública. La diferencia entre esos ingresos y esos gastos, en caso de ser positiva, podría destinarse a la amortización de la deuda.

En las dos reestructuraciones anteriores, la Troika ha pretendido establecer un plan negociado y comprobar su cumplimiento. Sin embargo, Grecia aunque aceptó ese plan luego no lo cumplió; pero además –según los que más saben de estos procesos– lo ha hecho con ocultación, engaño y nocturnidad. Lo que ha provocado que ante un posible tercer plan, los acreedores, que desconfían de una voluntad real en el deudor de ser fiel a sus promesas, exigen más luz y taquígrafos, lo cual es fatal en cualquier proceso de reestructuración. Porque si un plan no es fiable, siempre se podrá replantear, pero si no es fiable el deudor, no hay plan que valga.

Escarmientos calvinistas

Sin embargo, para los americanos –que ven el conflicto desde otra perspectiva– esto no es lo decisivo, porque de lo que se trata es de no romper los equilibrios, sobre todo, geográficos y militares. Europa tiene que dejar de marear la perdiz y salvar a un pequeño país miembro de la UE, la OTAN y la Eurozona, que está paralizado y al que habría que perdonar las deudas –por muy grandes que sean estas– sin seguir cargando la mano con tanta moralina y escarmientos calvinistas.

Es decir, de acuerdo con su interpretación del drama, hay que seguir premiando a un gobierno que no ha hecho reformas y desafía –siguiendo una tradición histórica y cultural muy griega– a sus hastiados aliados con un referéndum que ha puesto patas arriba los viejos códigos del Berlaymont.

Theodorakis, que luchó contra los coroneles y con sus canciones se convirtió en símbolo de la resistencia, sigue manifestándose por las calles de Atenas contra las medidas de austeridad. El verano del 2015 se presenta oscuro e incierto y un lento sirtaki bien puede servir como telón de fondo para la agonía, la recriminación y el dracma.

 

 

 

Así es Euclides Tsakalotos, nuevo ministro de Finanzas de Grecia

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El adiós de Yanis Varoufakis ha convertido a este economista en el nuevo ministro de Finanzas de Grecia. Entre las diversas almas que conviven en Syriza, representa la facción moderada, contraria a una salida de Grecia del euro.

El nombre de Euclides Tsakalotos fue el primero que sonó después de la dimisión de Yannis Varoufakis y será quien lo suceda como ministro griego de Finanzas. Se barajaban otros nombres: el del viceprimer ministro Yannis Dragasakis o incluso el de Yannis Sturnaras, ex ministro de Finanzas y presidente del Banco de Grecia. Y sin embargo la elección de Tsakalotos parecía la más lógica. Al fin y al cabo, fue él quien asumió en abril la coordinación del equipo negociador griego y conoce al detalle todo lo que ha estado sobre la mesa durante estos meses y durante estas últimas semanas convulsas.

El ‘alter ego’ de Varoufakis

Ya en abril, cuando Alexis Tsipras le puso al frente de las negociaciones con los acreedores, lo primero que se subrayó es la distancia entre Tsakalotos y Varoufakis. Si no en el fondo, desde luego en la forma. Al hasta ahora número dos del Ministerio de Relaciones Exteriores se le conoce por su aire profesoral y sus modales pausados, discretos y alejados de las salidas de tono de su predecesor.

Al igual que Varoufakis, Tsakalotos se formó en el Reino Unido. Nacido en 1960 en Rotterdam e hijo de una familia acomodada, estudió Economía, Política y Filosofía en las Universidades de Sussex y Oxford. En esta última fue donde empezó su acercamiento a los grupos del eurocomunismo griego. En Inglaterra se quedó hasta principios de los años 90. Impartió clases en la Universidad de Kent antes de regresar a Atenas como profesor de Economía en los ateneos de la capital helena.

Un hombre de Syriza

A diferencia de Varoufakis, Tsakalotos sí es militante de Syriza. Diputado desde 2012, forma también parte de su comité central. Entre las diversas almas que conviven en la coalición izquierdista, representa la facción contraria a una salida de Grecia de la eurozona y enfrentada al ala más radical, cuyos líderes en las últimas semanas han llegado a declarar que una salida del euro no sería una catástrofe.

Si uno quiere conocer la visión de Tsakalotos, es útil leer un artículo que escribió en mayo de 2012 y que publicó en español Nueva Tribuna. Aquí uno de los pasajes:

“Para los dos grandes partidos que han apoyado estas políticas, el electorado griego se enfrenta a una dura elección: más austeridad o la bancarrota, poniendo fin a la pertenencia de Grecia a la zona euro, con todo el coste que eso conlleva. Una parte de la izquierda acepta en lo fundamental los términos de este dilema. Sus posiciones han sido defendidas por economistas como Costas Lapavitsas [economista de referencia del ala dura de Syriza], argumentando que sólo la retirada de la zona del euro puede crear el marco para un enfoque económico diferente basado en la nacionalización de los bancos, la introducción de controles de capital, la promoción de una política industrial y la redistribución del ingreso y la riqueza. No se puede afirmar que esta estrategia este firmemente sustentada en una lectura detallada de los antecedentes históricos”.

Salir del club del euro, sugería entonces Tsakalotos, no es la solución.

La utilidad del referéndum

En un comunicado publicado el 30 de junio y titulado ¿Por qué no ha habido acuerdo entre el Gobierno griego y los acreedores?, Tsakalotos explicó los detalles de las diferencias con los acreedores y dio su visión de la convocatoria del plebiscito de ese domingo. “Vemos el referéndum como una parte del proceso de negociación, no como un sustituto. Así que esperamos más flexibilidad en los próximos días”, dice un texto en el que el ministro detallaba los puntos de diferencia con las instituciones.

En una entrevista publicada en mayo por el medio francés Mediapart, preguntaban a Tsakalotos por la celebración de un referéndum en los próximos meses. Sin descartarlo, confiaba en que no se llegaría a ese extremo y también en la posibilidad de alcanzar antes un acuerdo.

En aquella entrevista describía así sus impresiones sobre los primeros meses como miembro del Gobierno de Tsipras: “Mi profesión es enseñar Economía en la Universidad de Atenas. Tengo que confesar que me ha decepcionado mucho descubrir el nivel de esta negociación con Bruselas. Como académico, cuando presento un argumento en una discusión, espero que se me presente otro argumento. Sin embargo, nos han respondido con normas. Cuando evocábamos las particularidades de Grecia, su carácter insular, por ejemplo, nos contestaban: poco importa, hay reglas y hay que respetarlas. Plantear un verdadero debate se antojaba imposible. Es muy difícil para un universitario aceptar un compromiso en estas condiciones”.

A Tsakalotos le tocará ahora enfrentarse a esa dificultad para reabrir las negociaciones con los socios europeos y conseguir que se debata lo que ha sido el primer objetivo del Gobierno griego: un nuevo alivio de la deuda.

Caídas controladas de las bolsas y el euro tras el ‘oxi’ griego

Se celebró el referéndum. Ganó el ‘no’ de Grecia a la ‘troika’ y las condiciones de rescate negociadas hasta la fecha. Las posibilidades de una ruptura de la eurozona y la salida de uno de sus miembros se acrecientan tras la consulta. Así lo reflejan los mercados, pero con una reacción contenida y sin pánico. Los analistas de UBS, en un comentario a sus clientes, han calificado la reacción al ‘greferéndum’ como de “impresionante calma”. Un sosiego intranquilo porque poco ha cambiado desde el viernes: el corralito griego sigue activo y la Bolsa de Atenas está cerrada hasta nuevo aviso.

  • El euro cae con moderación frente al resto de divisas principales. En concreto, la moneda baja un 0,3%, hasta 1,107 dólares, tras el cierre de las bolsas europeas. Llegó a depreciarse un máximo del 1,7% durante la noche, hasta 1,095 dólares.
  • Las primas de riesgo de los países periféricos (con España e Italia a la cabeza) suben algo más del 10%, hasta 160 puntos, movimiento contenido también pese a que la falta de resolución de la crisis de Grecia y su capacidad para contagiar a la deuda de los países más vulnerables.
  • Al cierre de la sesión del lunes, el Ibex 35, el índice de referencia de la  bolsa española, bajó un 2,22%, hasta 10.540 puntos. Los bancos -principales inversores en deuda pública española- lideraron los descensos con Bankia, Banco Popular, Caixabank, Sabadell y Santander a la cabeza de las caídas (entre el 3,7% y 2,7%). La foto es similar a la que se registró en el Eurostoxx 50, el Cac 40 francés o el Dax alemán, aunque con bajadas que oscilaron entre el 1% y 2%. El MIB italiano y el PSI portugués cedieron entre un 3,7% y 4%, respectivamente.
  • El Banco Central Europeo (BCE) vuelve a situarse en el centro del escenario. De su decisión de mantener, incrementar o retirar la línea de liquidez de emergencia (ELA) a los bancos griegos dependerá si el ‘corralito’ sigue vigente. En cualquier caso, el BCE puede remover esa situación y también calmar a los mercados. El pasado viernes amplió su capacidad para comprar bonos de grandes emisores europeos como las empresas estatales de ferrocarril SNCF o Adif, entre otras.

Nuevo escenario sin Varoufakis

La salida de Grecia de la eurozona es uno de los caminos abiertos tras la consulta en las urnas. También la adopción de una nueva moneda. Tendría un coste directo de hasta 230.000 millones de euros para Europa (el 2,3% del PIB). Sin embargo, todo parece indicar que tanto el Eurogrupo como el Gobierno de Alexis Tsipras volverán a sentarse a negociar en las próximas horas para alcanzar un acuerdo que permita eliminar el corralito y poner en marcha un nuevo rescate en mejores condiciones que el anterior.

La dimisión del ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, supone la eliminación de un obstáculo para alcanzar ese objetivo de acuerdo entre Grecia y Europa. “Es esencial que el gran crédito obtenido por el NO en las urnas se invierta inmediatamente en un SÍ a la solución adecuada”, señala la cara visible de los negociadores griegos. Vaourafakis no ha desaprovechado la ocasión para recordar su incómodo papel en el culebrón griego. “Portaré con orgullo el odio de los acreedores”.

¿Y ahora qué?

El escenario base que manejan los grandes inversores es todavía un acuerdo entre el Eurogrupo y Grecia, que implicaría una reestructuración de la deuda (con alargamiento de los plazos de devolución, quita de hasta el 20% del global de la deuda e inyección de nuevo dinero). Sin embargo, cada vez son más importantes las voces que claman contra el ‘riesgo moral’ que emerge del impago de Grecia a sus acreedores. El próximo 20 de julio, los helenos tienen que devolver 3.500 millones de euros al BCE.

“Existen tres posibles vías en estos momentos: la primera es un acuerdo blando que supondría darle la razón a las demandas griegas. No lo vemos muy factible, pues daría aire a los partidos populistas del resto de Europa. La segunda, un acuerdo duro que no dé concesiones a los griegos –complicado de digerir a corto plazo por Tsipras después del “No”- y, en último lugar, la salida de Grecia del euro, que es el camino que ha quedado abierto el domingo si no se produce el acuerdo. Esta tercera opción sería muy mala para los griegos, pero no tanto para Europa”, explica Joaquín Casasús, director general de Abante Asesores.

Es una de las fechas claves en el calendario. La incertidumbre sigue siendo máxima, pero en lo que sí coinciden una mayoría de analistas es que el próximo paso de los países de la eurozona puede implicar un llamamiento a unificar de forma decisiva la unión política, fiscal y bancaria en el euro. Los responsables del Eurogrupo, el BCE y el Consejo Europeo se reúnen entre hoy y mañana con Grecia de nuevo como asunto prioritario.

Lecciones del gran ‘no’

chispas

El no ha ganado por un margen tan amplio que es imposible no leerlo como un respaldo al Gobierno de Tsipras, que ha arrastrado el país en una elección que parecía a ojos de muchos imposible. 

Ha vuelto a pasar. Por segunda vez en seis meses, los griegos han votado la opción que menos agradaba a los gobiernos de sus socios europeos.

Si el mensaje no había quedado suficientemente claro, lo han rematado este domingo de una manera que ha hecho saltar por los aires los análisis y los sondeos de los últimos días. El no ha ganado por un margen tan amplio que es imposible no leerlo como un respaldo al Gobierno de Tsipras, que ha arrastrado el país en una elección que parecía a ojos de muchos imposible.

El primer ministro sale fortalecido tras ganar su apuesta más arriesgada. Algunos analistas aquí en Atenas llegaron a decir en las horas previas al cierre de las urnas que quizá él mismo preferiría el , ir a la oposición y esperar el fracaso de un eventual Gobierno de unidad nacional para volver después a ganar las elecciones. Pero no. Ni Tsipras ni Varoufakis tendrán que demostrar este lunes si iban a cumplir la promesa de dimitir.

En sus propias filas, el Gobierno puede reinvindicar que los ciudadanos, seis meses después de la victoria del 25 de enero y con el país al borde del colapso financiero, siguen confiando más en Syriza que en los partidos que se alternaron durante décadas en el poder dejando que los problemas de Grecia se enquistaran hasta lo inverosímil.

El ex primer ministro, Andonis Samarás, que toreó durante estos meses las críticas en su partido tras la derrota de enero, deja el liderazgo de la oposición y del partido Nueva Democracia en lo que puede ser el final de su carrera política. El exangüe Pasok se encamina hacia la desaparición y To Potami, la formación centrista que aspiraba a ocupar más espacio político el día después del , sufre su primera gran derrota.

Pero la segunda luna de miel con el pueblo, al que tantas veces Tsipras ha apelado en esta semana convulsa, le puede durar al primer ministro tan sólo unas horas. Las que quedan tras la alegría de los festejos de Syntagma y las primeras reuniones en Bruselas o en Berlín.

“Más allá del voto de hoy es allí donde se decidirá qué pasará a partir de ahora”, decía este domingo en Atenas Wolfango Piccoli, director de la consultora de análisis de riesgo político Teneo Intelligence. Allí y en Fráncfort. “Con la victoria del no, es más dícifil para el Banco Central Europeo dar el paso [y aumentar la inyección de liquídez], los bancos quedarán cerrados y se quedarán sin dinero en un par de días. La clave es saber qué hará el Gobierno en las negociaciones con Bruselas: si buscará genuinamente un acuerdo o intentará imponer uno”. O sea, que en este bucle en el que están Grecia y la eurozona volvemos a empezar.

Tsipras ha repetido una y otra vez estos días que un no reforzaría la posición negociadora de Grecia y los ciudadanos le han tomado la palabra. Muchos de los que han elegido el no lo han hecho convencidos de que serviría para llegar a un mejor acuerdo, de que a pesar del corralito no dejarían que Grecia saliera del euro.

Muchos no han pensado en ningún momento que votar no significaría un no a Europa como se decía en las demás capitales europeas y muchos han votado asumiendo el riesgo de la salida del euro porque (explicaban en las horas previas al referéndum) volver al dracma no puede ser peor que lo que están viviendo ahora. “Sufriremos y durante un tiempo quizá incluso más”, decían. “Pero lo habremos decidido nosotros y no la troika“.

La Moneda de Irás y No Volverás

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Que Luis de Guindos dijera el lunes a las 8,55 en Radio Nacional que no había riesgo de que la crisis griega contagiara a España y que a las 9,05 el Ibex cayera un 5% y la prima de riesgo subiera un 40 no tiene nada de particular. Lo de siempre: los políticos engañando al personal y los mercados abofeteándonos con la realidad.

Que Luis de Guindos dijera el lunes a las 8,55 en Radio Nacional que no había riesgo de que la crisis griega contagiara a España y que a las 9,05 el Ibex cayera un 5% y la prima de riesgo subiera un 40 no tiene nada de particular. Lo de siempre: los políticos engañando al personal y los mercados abofeteándonos con la realidad. El ciudadano lo tiene descontado. Otra cosa es que la UE disponga ya de mecanismos para amortiguar el contagio y que sea más fácil hacerlo en la parte expansiva de un ciclo económico, como es el caso.

Mucho más me llamó la atención la sentencia campanuda del ministro de Economía, descartando la salida o expulsión de Grecia de la moneda única, por la que tantas voces siguen apostando: “En el euro se entra pero no se sale“. Si esto fuera así estaríamos asistiendo a una gran farsa en la que el irresponsable gobierno Tsipras–Varoufakis trataría de doblarle el pulso a la UE para dejar de pagar sus deudas, mientras la señora Merkel y la Comisión Europea intentarían cargarse al irresponsable gobierno Tsipras–Varoufakis para mantener a los griegos atrapados en un modelo inviable.

Rubén Lapetra, jefe del área de Economía de EL ESPAÑOL, citaba el otro día el informe del Royal Bank of Scotland según el cual la salida de Grecia de la moneda única costaría a los demás miembros de la UE 240.000 millones de euros, casi el doble que la opción más onerosa que se baraja para reestructurar su deuda. Pero mucho más importante todavía que el coste económico, sería el político. Y así quedó de manifiesto en la llamada de Obama a Merkel. Su sentido fue muy claro: cuidado con desestabilizar el vientre oriental de Europa. Si una Grecia repudiada por la UE saliera de la OTAN y se arrojara en brazos de Rusia, el equilibrio geopolítico mundial se tambalearía en este momento crítico en el que el jihadismo golpea a las sociedades libres desde fuera y desde dentro.

La salida de Grecia de la moneda única costaría a los demás miembros de la UE 240.000 millones de euros, casi el doble que la opción más onerosa que se baraja para reestructurar su deuda. Pero mucho más importante todavía que el coste económico, sería el político.

Esa llamada apelaba al pacto tácito que supuso el respaldo norteamericano a la reunificación de Alemania. No se trataba de auspiciar la reaparición de una superpotencia continental sino de impulsar definitivamente la unidad política de Europa. El papel de Alemania consistía en asumir esa tarea como propia, haciendo de gozne entre el este y el oeste, y Grecia queda obviamente dentro del perímetro de su responsabilidad.

El problema es que el camino elegido en el tratado de Maastricht no sólo supuso iniciar la casa por el tejado sino que privó al edificio del más elemental dispositivo contra incendios: los fusibles de las monedas nacionales que a falta de una política económica homogénea protegían cada habitación, cada Estado nación, frente a los errores y tonterías de sus gobernantes o sus debilidades estructurales específicas.

La ortodoxia constructora requería un proceso inverso, de forma que la progresiva democratización de las instituciones europeas hubiera propiciado la transferencia de competencias y la adopción de políticas fiscales comunes, según el principio de “no taxation whitout representation”. Solo entonces, una vez emanado de las urnas un auténtico gobierno federal europeo,  con autoridad para imponer la disciplina presupuestaria y mecanismos de intervención preventiva sobre las economías nacionales, tenía sentido crear la moneda única como escaparate de la realidad y expresión final de la soberanía compartida.

Eso implicaba también, naturalmente, la mutualización final de la deuda de cada país como deuda europea. Era la contrapartida a la dote que en forma de territorio, consumidores y contribuyentes aportaba cada socio a ese matrimonio múltiple. A corto plazo unos habrían salido ganando y otros perdiendo pero al final todos se habrían beneficiado de la creación de una potencia mundial como los Estados Unidos de Europa, capaz de prolongar la concentración de riqueza y la tutela del Estado de bienestar en el viejo continente. Para España habría supuesto además la dilución del oxidado problema nacionalista del siglo XIX en una construcción política acorde con la globalización del siglo XXI.

Ilustración: Javier Muñoz
Ilustración: Javier Muñoz

Desgraciadamente, aunque los grandes desafíos son planetarios, los mercados políticos son nacionales –a menudo regionales– y la proclividad de los políticos mediocres no es otra que estimular el egoísmo miope de los votantes. En la Europa contemporánea faltan líderes con la envergadura y valentía necesarias para impulsar el gran proyecto federal transnacional que fortalecería las libertades y garantizaría la prosperidad del solar de las civilizaciones clásicas. Deberían ser Tony Blair, Sarkozy, Aznar, González o la propia Merkel –o sea los políticos más conocidos del continente– quienes compitieran en las urnas por liderar unas instituciones europeas de indiscutible primacía sobre las nacionales.

La ambigüedad del papel del BCE, teóricamente encargado de velar tan sólo por la estabilidad monetaria pero en la práctica obligado a servir de bombero con sus diversas modalidades de manguerazo, ilustra bien la indefinición del proyecto europeo. Es verdad que algo se ha avanzado en la definición de la unión bancaria que desembocará –ya veremos cuando– en la dotación del Fondo Europeo de Garantía de Depósitos. Pero en conjunto cualquiera diría que todos los convocados al proyecto comunitario están siendo víctimas de una europarálisis, equivalente a la que sufrían los salpicados por el polvo de la hechicera que gobernaba el Castillo de Irás y No Volverás en uno de nuestros más subyugantes cuentos infantiles.

Con la señora Merkel al frente, la moneda única se ha convertido en ese recinto del que, como dice Guindos, “se entra pero no se sale”, pues si permanecer en su interior puede ser muy desagradable, la salida o expulsión de un miembro tendría un coste inasumible para el afectado y desencadenaría probablemente explosiones en cadena que desembocarían en la propia destrucción del castillo. La respuesta a los “shocks asimétricos” de los últimos años -Portugal. Irlanda, España, Chipre y por supuesto Grecia- ha pasado siempre por la dura terapia de los rescates en los que la liquidez y la solvencia se han pagado en forma de ajustes y recortes.

En conjunto cualquiera diría que todos los convocados al proyecto comunitario están siendo víctimas de una ‘europarálisis’, equivalente a la que sufrían los salpicados por el polvo de la hechicera que gobernaba el Castillo de Irás y No Volverás.

Algunas veces esos ajustes y recortes han venido acompañados de medidas estructurales positivas –la reestructuración bancaria y la reforma laboral en España– pero no han dejado de suponer una huida hacia adelante en la medida en que no han cambiado ni las reglas del juego en la UE ni los fundamentos de unos Estados ya habituados a doparse con el déficit y la deuda pública. Si examinamos con ecuanimidad el balance económico de esta legislatura en España, veremos que la disminución del déficit se ha compensado con el incremento de la deuda y que en materia de paro e impuestos Rajoy está ya cerca de alcanzar el inmenso logro de volver al que para él fue el punto de partida.

Pese a que sus necesidades han sido en términos relativos mucho mayores que las de los otros países que han necesitado ayuda –algo así como el 130% de su PIB–, la dimensión de Grecia hacía digerible el esfuerzo de mantenerla con la respiración asistida del segundo rescate y permitía afrontar incluso un tercero. Hacia ello iban encaminadas las negociaciones dinamitadas por la abrupta convocatoria del referéndum de este domingo. Según explica Juan Sanhermelando –recién fichado por EL ESPAÑOL como corresponsal europeo– los acreedores estaban dispuestos a hacer “importantes concesiones” a Grecia, pese al mal estilo faltón y bocazas de Varoufakis, hasta que Tsipras dio una patada al tablero con el todo o nada de lo que en realidad es un plebiscito sobre su gobierno.

Se trata de un órdago que ha encendido todas las alarmas en la medida en que pone en riesgo el propio modelo artificial de una unión monetaria sin unión política. Si hoy ganara el “No” y eso conllevara la salida de Grecia del euro, quedaría establecido un precedente que estimularía a los tiburones financieros a abalanzarse sobre los países más endeudados como Italia o España, bajo la presunción de que en un determinado momento también podrían ser abandonados a su suerte.

Estamos ante una situación límite y en cierto modo insólita. ¿Qué hacer cuando dos de los instalados en el castillo de la bruja no han quedado lo suficientemente narcotizados por los polvos de la corrección política y, además de protestar, comienzan a dar patadas al mobiliario y a romper vidrios y jarrones? Mi enmienda es a la totalidad del proceso, pero si nos atenemos a sus reglas es el gobierno de Syriza y no la UE quien está actuando con intransigencia suicida, utilizando a los ciudadanos de su país como rehenes. Como ha escrito otra habitual de los pasillos de Bruselas,  nuestra subdirectora María Ramírez, “por una vez hasta Juncker suena sereno”.

Llegados a este punto lo que busca Bruselas no es echar a Grecia del euro sino echar a Tsipras y Varoufakis de Grecia. Esa sería la consecuencia de que hoy ganara el “Sí” y se convocaran nuevas elecciones, tras las que se recompensaría la vuelta al realismo. Todos los gobiernos que tendrán que vérselas en las urnas con alternativas populistas, desde luego el de Rajoy, respirarían aliviados.

Lo que busca Bruselas no es echar a Grecia del euro sino echar a Tsipras y Varoufakis de Grecia. Esa sería la consecuencia de que ganara el “Sí” y se convocaran nuevas elecciones, tras las que se recompensaría la vuelta al realismo.

El triunfo del “No” nos abocaría por el contrario hacia una imprevisible terra incógnita. El dilema sería terrible para la Unión Europea pues una mayor flexibilidad ante una Syriza reforzada mostraría la utilidad del radicalismo y la confrontación a la tremenda, elevando la factura de los demás países y alimentando el euroescepticismo en Alemania y la eurofobia en Francia. El contexto perfecto para que el Reino Unido abandonara la UE.

Mantener por el contrario la firmeza tras un “No”, implicaría la implosión de la economía griega –del corralito solo saldrían dracmas para pagar deudas en euros– y con ella la del mito de la irreversibilidad de la hoja de ruta iniciada contra natura con la moneda única. Si se demostrara que en el Castillo de Irás y No Volverás también hay una puerta de salida, pronto contemplaríamos desmoronarse sus almenas, derrumbarse sus torres y derruirse sus paredes hasta verlo desvanecerse por entero en el aire como toda convención consciente fruto de la fantasía humana.

Los sondeos sugieren que unos miles de votos inclinarán la balanza. Pocas veces tan pocos nos han tenido tan en vilo a tantos.

 

Destrucción Mutua Asegurada

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El zigzagueo de Tsipras y Varoufakis parece un remedo de lo que en la teoría de juegos se conoce como el Equilibrio de Nash. Y de ahí, la doctrina militar de la Destrucción Mutua Asegurada, por la que si un país -con capacidad nuclear- ataca a otro con armas nucleares, el resultado final para ambos será la aniquilación.

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El zigzagueo de Tsipras y Varoufakis parece un remedo de lo que en la teoría de juegos se conoce como el Equilibrio de Nash. Y de ahí, la doctrina militar de la Destrucción Mutua Asegurada, por la que si un país -con capacidad nuclear- ataca a otro con armas nucleares, el resultado final para ambos será la aniquilación. Se trata, por ello, de evitarlo pero, al saber las partes involucradas lo que el otro es capaz de hacer, tampoco hay razón para cambiar de estrategia.

Así se puede llegar a explicar la amenaza de referéndum de ayer, el ofrecimiento de prórroga de hoy ¿Y mañana, qué?

Sucede con frecuencia que algunos políticos ganan las elecciones con promesas que no pueden cumplir, o incluso que son abiertamente disparatadas. Pero ellos son los primeros en saberlo, aunque lo oculte el frufrú de ruido y furia de campañas electorales en velódromos y plazas de toros. Y es que, amigo lector,  lo que cuenta es ganar y ocupar el poder. Otra vez, el ‘primum vivere, deinde philosophari’, aun cuando en este caso debería ser justamente al revés.

Pero eso equivaldría a tratar al ciudadano como a un adulto con capacidad de discernir, cuando algunos genios tienen la íntima convicción de que los únicos con ese fuste son ellos. ¿Recuerdan las octavillas desde aviones con el ‘Andaluz, este no es tu referéndum’? El autor intelectual del mensaje -aunque gaditano- creyó que los sumisos andaluces no tenían juicio. Y claro, le salió rana; tanto que casi cuatro décadas después, los convocados siguen votando a quienes alertaron de la trampa.

El referéndum como tentación

Cuando –cada vez más pronto que tarde- llega el momento crítico de enfrentarse a la realidad -a veces indomable pero siempre ineludible- la pregunta forzosa del gobernante, en la soledad del cuarto a media luz, es ¿cómo salir del lío en el que nos hemos metido?

Una tentación muy socorrida consiste en endosar el problema al propio pueblo, convocando un referéndum para que sean los electores quienes den su aval a una rectificación que -si acaso resulta necesaria- es sólo porque el petit líder habló de más en la campaña electoral y embaucó a demasiada gente.

No olvidemos, llegados a este punto, que don Valery Giscard d’Estaing -auténtico padre del capricho de la entrada helena en el Mercado Común- en la multitudinaria recepción de acción de gracias que le organizaron  en Atenas, llegó a soltar una parrafada en griego. Este es el punto G de algunos estadistas.

Muy probablemente aquí radica la explicación de lo que está sucediendo en Grecia. El gobierno resultante de las elecciones del pasado 24 de enero, es el primero en saber que tiene que terminar “tragando” -por un camino u otro- y “desengañando” a sus partidarios. Sin embargo, en lugar de afrontar de una vez por todas la realidad, busca desesperadamente una reválida –en teoría, promoviendo el no- sin importarle el precio que el país va a pagar -en términos de inestabilidad- durante el tiempo intermedio.

¿A que la historia les recuerda mucho a Cameron con su plebiscito escocés o su infeliz iniciativa de referéndum sobre si quedarse o no en la Unión Europea? ¿Por qué no tener la honradez de reconocer que las posiciones previas “UK fuera de Europa” eran disparatadas y se usaron sólo como un señuelo para incautos? No resulta sencillo, pero la alternativa –la consulta popular- acaba teniendo un precio mucho mayor. Aunque la aventura escocesa le salió bien -por los pelos- el desenlace, forzando la polarización de los ciudadanos, evidenció un fracaso sin paliativos.

Lo mismo podríamos decir del simulacro de Artur Mas, que se había metido debajo de las faldas escocesas a la espera de unos resultados que legitimaran su consulta, que venía después. Porque al final su remedo de referéndum -sin cobertura legal e invalidado por el tribunal constitucional- arrojó unos números bastante alejados de las expectativas y los sondeos.

Viaje a ninguna parte

Así que, otra descarga añadida, con el estrambote de más fractura entre los que quieren seguir y los que ya se han ido y se dedican –con sus pitos- a vejar al jefe del Estado, el himno y todo lo que tenga que ver con la odiada madrastra. Mas no sólo le ha creado un grave problema a la nación dividiendo a los que se sienten españoles y a los que no; está logrando fraccionar, cabrear y confundir a estos últimos como nadie lo había hecho antes.

Es un viaje a ninguna parte, de desenlace incierto y consecuencias imprevisibles, pero entretanto, él se ha vuelto a arropar con la capa de la secesión para soslayar lo que sería más honesto: echarle ‘guts’ para evitar lo que pueda pasar.

Algo parecido les habría sucedido a Tsipras, el sonriente dirigente de Syriza, y a su escudero Varoufakis quienes, después de naufragar en la negociación para reestructurar la gigantesca deuda helena -y tras haber prometido a los griegos que lo iban a solucionar- pensaron que sacando pecho aquí y allí, envolviéndose en la bandera azul y blanca y echando un órdago, iban a doblar el espinazo de la antipática Troika -FMI, Banco Central Europeo, Comisión Europea- del Eurogrupo y del resto de los países de la zona euro.

Una vez más, el referéndum como recurso para solucionar la batahola que ya ha llevado a los griegos a tenerse que conformar con los 60 euros que suministra el cajero automático. Resultado de derivar la responsabilidad de una incómoda y casi imposible decisión.

Haberlo pensado antes porque esto de la ‘destrucción mutua asegurada’ -aparte de arriesgado e inquietante- es un juego de suma cero. Solo así se entiende que Obama haya descolgado el teléfono urgiendo un acuerdo que evite la salida de Grecia de la zona euro.

——–

Luis Sánchez-Merlo formó parte del equipo negociador, como Secretario General Adjunto al Ministro para las Relaciones con las Comunidades Europeas (1977-79)

 

 

Así llegó Grecia al borde de la salida del euro

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Grecia se ha acercado peligrosamente esta semana, como nunca antes, al borde del precipicio de la salida de la eurozona en un clima de máxima tensión entre el Gobierno de izquierda radical de Syriza y sus socios europeos. Este texto explica con sencillez cómo hemos llegado hasta aquí y qué puede ocurrir a partir de ahora. 

También en EL ESPAÑOL:

Grecia se ha acercado peligrosamente esta semana, como nunca antes, al borde del precipicio de la salida de la eurozona en un clima de máxima tensión entre el Gobierno de izquierda radical de Syriza y sus socios europeos. El 27 de junio, el polémico ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, fue excluido de una reunión del Eurogrupo. Desde el lunes 29, los bancos están cerrados y se ha establecido un corralito, lo que en la práctica significa que un euro griego ya no vale lo mismo que un euro alemán o español.

El rescate de la UE, que ha dado cobertura financiera a Atenas durante los últimos cinco años, caducó el 30 de junio. Ese mismo día, Grecia no abonó los 1.500 millones de euros que debía al Fondo Monetario Internacional (FMI), el primer impago de un país desarrollado. ¿Es un punto de no retorno? El Gobierno de Alexis Tsipras y sus acreedores sólo coinciden en una cosa: la última palabra la tienen los ciudadanos griegos en el referéndum de este domingo 5 de julio.

¿Cómo empezó todo?

El origen de la crisis griega suele situarse en octubre de 2009. El recién elegido primer ministro socialista, George Papandreu, desveló que el anterior Gobierno conservador de Nueva Democracia había dejado un agujero presupuestario muy superior al reconocido. El déficit público de ese año no era del 6,7% sino del 12,7% del PIB, aunque la oficina estadística de la UE, Eurostat, elevó después la cifra hasta el 15,4%. Esta revisión provocó que se disparara la prima de riesgo griega y que el país encontrara dificultades crecientes para financiarse.

En realidad, los problemas se remontan a la entrada de Grecia en el euro en 2001. Atenas había falseado las cifras sobre el estado de sus cuentas públicas y no cumplía los criterios de convergencia exigidos para adherirse a la eurozona, según desveló una investigación de Eurostat en 2004. Pero el periodo de bajos tipos de interés y crédito barato que siguió a la introducción de la moneda única ayudó a enmascarar los problemas de Atenas, que pasaron inadvertidos tanto para los mercados como para la UE.

¿Por qué Grecia ha recibido ya dos rescates?

La falta de herramientas en la eurozona para afrontar una crisis de este tipo, los desacuerdos entre los socios europeos, los errores y la resistencia de Atenas a las reformas son algunos de los motivos que lo explican. En total, Grecia ha recibido  hasta ahora dos rescates de la UE y el FMI que suman unos 240.000 millones de euros. Una cifra que representa más del 130% de su PIB. España ha aportado alrededor de 26.000 millones de euros.

El primero, de 110.000 millones de euros, se aprobó en mayo de 2010 y tuvo que improvisarse desde cero. Después de meses de dudas, los estados miembros idearon un complicado sistema de préstamos bilaterales con la participación del FMI. A cambio, exigían a Atenas una serie de condiciones: ajustes y reformas recogidas en un memorándum. Para supervisar que se cumplían esas condiciones se creó la famosa troika, formada por la Comisión Europea, el BCE y el FMI. Este primer rescate no funcionó porque la troika subestimó el impacto negativo que la austeridad tendrían sobre el crecimiento y no se reestructuró la deuda griega, según reconoció el propio FMI en un crítico informe.

Igual de accidentada fue la negociación del segundo rescate de 130.000 millones, que se produjo en varias fases entre julio y octubre de 2011. Para entonces, la UE ya había creado un fondo de rescate, que en la actualidad se denomina mecanismo europeo de estabilidad (MEDE) y al que se recurrió como fuente de financiación. Como parte del programa, la UE obligó a los acreedores privados a asumir pérdidas -es decir, una quita- del 53,5% en sus bonos helenos con el fin de reducir la carga de la deuda. Pero la deuda ha seguido aumentado hasta más del 177% del PIB. Grecia ha perdido alrededor del 25% de su nivel de riqueza en los últimos cinco años y el paro supera el 25%.

¿No hubo ya otro referéndum en Grecia?

El socialista Papandreu intentó convocarlo para avalar el segundo rescate, pero no salió adelante. Lo anunció el 31 de octubre de 2011 después de concluir las complejas negociaciones. La noticia sorprendió e indignó a los líderes de la UE. Nicolás Sarkozy y Angela Merkel convocaron de inmediato a Papandreu a la cumbre del G-20 de Cannes y le lanzaron un ultimátum: la consulta no podría ser sobre el rescate sino sobre la pertenencia de Grecia al euro.

El entonces número dos del PASOK, Evangelos Venizelos, se rebeló contra su primer ministro y forzó su caída y la cancelación del referéndum. Papandreu acabó siendo sustituido por un Gobierno tecnocrático dirigido por un ex vicepresidente del BCE, Lucas Papademos. La tensión y las presiones de aquellos días recuerdan mucho a las vividas durante la última semana. La gran diferencia es la actitud de los protagonistas: Papandreu iba a pedir el sí y Tsipras defiende el no y ha mantenido la consulta pese al enfado de sus socios.

In this Monday, June 16, 2014 photo Greece's new Prime Minister Alexis Tsipras, left, attends a book presentation of Yanis Varoufakis, right, in Athens. Economist and outspoken bailout critic Yanis Varoufakis, 53, has confirmed on Tuesday, Jan. 27, 2015 in a blog post that he will be sworn in as Finance Minister under the country’s new left wing government. (AP Photo/InTime News, Giannis Liakos)  GREECE OUT

¿No estuvo Grecia al borde de salir del euro?

Atenas estuvo muy cerca de salir del euro en la primavera de 2012, cuando las elecciones legislativas tuvieron que repetirse por la imposibilidad de formar Gobierno y Syriza estuvo a punto de ganar. Durante aquellos meses, la crisis del euro alcanzó sus máximos. Tras los rescates de Irlanda en 2010 y Portugal en 2011, el contagio llegó a Italia y a España, que acabó teniendo que pedir el rescate bancario. Y tanto la Comisión, como el BCE y el FMI prepararon planes de contingencia para un posible Grexit, según han desvelado varias investigaciones periodísticas.

Finalmente, el líder de Nueva Democracia, Antonis Samaras, ganó en la segunda convocatoria electoral en junio de 2012 y aceptó aplicar las condiciones del rescate, que hasta entonces había rechazado. Un mes más tarde, el presidente del BCE, Mario Draghi, pronunció las palabras mágicas -“El BCE hará lo necesario para preservar el euro. Y créame, será suficiente”- a las que se atribuye el fin de la crisis de deuda. Ese verano Merkel decidió, en contra de la opinión de su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, mantener a Grecia en el euro.

Desde entonces y hasta la victoria de Syriza en las elecciones del 25 de enero de este año, la crisis griega había salido de los titulares. Pero la economía siguió cayendo, el paro siguió aumentando y el Gobierno de Samaras se resistió a poner en marcha las reformas exigidas por los acreedores. De hecho, Atenas no ha recibido ningún pago de la UE desde verano del año pasado. Sólo a finales de 2014, Grecia empezó a remontar, con un crecimiento del 0,7% del PIB en el último trimestre.

Desempleo juvenil

¿Por qué ha sido imposible ahora el acuerdo?

La falta de confianza entre las partes y los cálculos políticos parecen ser los motivos de la falta de entendimiento. Tsipras llegó al poder con un programa que defendía el fin de la austeridad y de las imposiciones de la troika y el alivio de la deuda. Pese a ello, el 20 de febrero aceptó una prórroga del rescate y durante cinco meses ha negociado con sus acreedores para relajar sus condiciones. Las dos partes estuvieron negociando hasta la madrugada del 27 al 28 de junio. El diálogo se rompió cuando los representantes griegos recibieron alertas de Twitter sobre la convocatoria del referéndum.

El presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, sostiene que el acuerdo estuvo “muy cerca” y el BCE asegura que las partes se habían puesto de acuerdo en un 90%.

Los acreedores han hecho importantes concesiones al nuevo Gobierno griego. En primer lugar en las formas, rebautizando a la troika como “las instituciones” o “el grupo de Bruselas” o aceptando múltiples reuniones al máximo nivel político con Tsipras, que nunca se habían producido con otros países rescatados, obligados a negociar con los técnicos. También en el contenido, ya que relajaron considerablemente los objetivos de superávit presupuestario, suavizando así los recortes. El primer ministro griego, por su parte, acabó aceptando traspasar sus “líneas rojas” al negociar sobre la reforma de las pensiones y la subida del IVA.

¿Qué aliados tuvo Syriza?

Ninguno o casi ninguno. Sólo Francia ha seguido abogando por el diálogo hasta el último minuto. Las tácticas negociadoras de Atenas han logrado unir al resto del Eurogrupo en su contra. El Gobierno de Syriza perdió desde el primer momento a uno de sus posibles aliados contra la austeridad, el primer ministro italiano Matteo Renzi, al cuestionar su ministro Varoufakis la sostenibilidad de la deuda italiana. Tsipras atacó también a España y a Portugal y reclamó a Alemania reparaciones por la II Guerra Mundial. Juncker, que ha actuado como mediador ante los países más duros, dice sentirse traicionado por el primer ministro griego.

La estrategia de Tsipras y sus continuos volantazos han provocado estupor entre sus socios. En las reuniones del Eurogrupo, Varoufakis se ha dedicado a dar “sermones” a sus colegas sin entrar nunca en los detalles concretos de la negociación, según critican en público sus colegas.

Durante los primeros meses, los representantes helenos sólo querían discutir sobre el formato y el lugar (Atenas o Bruselas) de la negociación y no sobre el contenido. Los ministros abroncaron a Varoufakis en la reunión de abril en Riga por sus tácticas dilatorias y lograron que Tsipras asumiera las riendas del diálogo. Pero incluso en la recta final la delegación griega enviaba sus propuestas “a menudo tarde y deliberadamente alteradas”, según el presidente de la Comisión, y filtraba de inmediato a la prensa reuniones sobre las que había exigido secreto a sus socios.

Para el primer ministro griego, los acreedores han tratado de “humillar” y “chantajear” a Grecia, el FMI tiene “responsabilidad criminal” en la crisis y la culpa de la ruptura de negociaciones la tienen las discrepancias entre los acreedores.

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¿Sobre qué se pregunta en el referéndum?

No se pregunta sobre el euro. El Gobierno griego ha planteado una enrevesada pregunta de 72 palabras. Pide a los votantes que digan si aceptan o no el plan de ajustes y reformas propuesto por la Comisión, el BCE y el FMI, que consta de dos documentos presentados al Eurogrupo el 25 de junio. Pero esta oferta fue mejorada en los días posteriores recogiendo algunas peticiones de Atenas. Y ya no está vigente porque el rescate expiró el 30 de junio.

En todo caso, la troika ha pedido a los griegos que voten , mientras el Gobierno de Syriza defiende el no. Entretanto, el Consejo de Europa, una institución ajena a la UE que vela por el respeto de los derechos humanos, ha advertido que la consulta no cumple los estándares internacionales porque se ha convocado con sólo una semana de antelación, lo que dificulta que los votantes tengan claro el contenido de la pregunta y las consecuencias del resultado.

¿Qué pasará si gana el ‘sí’?

La primera consecuencia podría ser la caída del Gobierno de Tsipras. El ministro Varoufakis ha dicho este jueves que dimitirá si los griegos respaldan la propuesta de los acreedores y que prefiere “cortarse el brazo” antes que aceptar un acuerdo que no incluya la reestructuración de la deuda griega. Los líderes de la UE sostienen que el permitiría reanudar rápidamente las negociaciones para un tercer rescate, aunque éste incluiría ajustes más duros que los discutidos en los últimos meses por el deterioro económico causado por el corralito.

El propio Tsipras pidió iniciar las negociaciones sobre el tercer rescate en una carta remitida el 30 de junio, horas antes de que expirara el segundo. Reclamaba un total de 29.100 millones de euros en dos años para hacer frente a los vencimientos de deuda y renegociar en paralelo su reestructuración. Pero el Eurogrupo alega que la solicitud llega tarde y rechaza hablar con el Gobierno heleno hasta después del referéndum. En cuanto al alivio de la deuda, ahora alrededor del 80% está en manos de los acreedores públicos (es decir, estados miembros, FMI y BCE), que rechazan cualquier quita.

En todo caso, el Eurogrupo está dispuesto a reconfirmar el compromiso asumido en noviembre de 2012 de alargar los plazos de pago y reducir los tipos de interés si Atenas cumple las condiciones.

El FMI ha dicho este jueves que Grecia necesita un tercer rescate de más de 60.000 millones de euros, un periodo de gracia de 20 años antes de empezar a devolver la deuda y una extensión de los plazos de reembolso hasta 40 años.

¿Y si gana el ‘no’?

Tanto Tsipras como Varoufakis han alegado que la victoria del no refuerza la posición negociadora de Grecia ante sus acreedores y permitirá reanudar de inmediato el diálogo sobre el rescate, obligándoles a mejorar su oferta. Una interpretación que niega el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem. Si los votantes griegos dicen no a los ajustes, ha replicado Dijsselbloem este jueves, “no sólo no hay base para un nuevo programa [de rescate] sino que tampoco hay base para que Grecia siga en la eurozona”. En el mismo sentido se han expresado Juncker, Renzi o Mariano Rajoy.

La salida de Grecia de la eurozona podría verse precipitada por la decisión que adopte el BCE, que es el que suministra la liquidez de emergencia con la que sobrevive banca griega. La institución dirigida por Mario Draghi decidió el domingo 28 de junio congelar el nivel de ayuda a las entidades helenas pero sin cortarla por completo. Esto forzó al Gobierno de Syriza a decretar el cierre de los bancos y establecer controles de capital para frenar la fuga de depósitos. Los ciudadanos griegos sólo pueden sacar 60 euros al día en los cajeros y tienen prohibido transferir su dinero al extranjero.

Grecia es el segundo país de la eurozona que impone controles de capital después de Chipre en 2013, contradiciendo el principio de libre circulación. La diferencia es que en Chipre el corralito fue pactado con la UE y aun así ha durado dos años. Si gana el no, el BCE podría cortar por completo la liquidez a las entidades helenas, forzando su quiebra y la salida del euro. Sin embargo, Draghi ha dejado claro que una decisión así no pueden adoptarla los técnicos del BCE sino los Gobiernos de la eurozona y podría esperar a una señal del Eurogrupo. La fecha tope es el 20 de julio, cuando Grecia debe devolver al BCE 3.500 millones de euros. Si no lo hace, Draghi se vería obligado a actuar.

¿Habrá contagio del ‘Grexit’ a España?

Tanto el Gobierno de Mariano Rajoy como el resto de socios dicen que no. Frente a la dura recesión de 2012, la economía española crece ahora a un ritmo anual cercano al 4% del PIB y se han hecho las reformas necesarias, según defiende el ministro de Economía, Luis de Guindos. Además, la eurozona sí tiene instrumentos para combatir la crisis como el MEDE o la unión bancaria y el BCE está interviniendo en los mercados con el programa de compra de deuda que lanzó en marzo.

Los hechos hasta ahora dan la razón a esta tesis. Pese al corralito, el fin del rescate y el impago de Grecia al FMI, las primas de riesgo de los países periféricos han subido en los últimos días pero de forma muy moderada. La principal perjudicada por la salida del euro sería la propia Grecia, cuyo PIB caería un 20% adicional, según la agencia de calificación de riesgos S&P.

Pero como ha avisado Draghi, la salida de Grecia del euro supondría entrar en “aguas desconocidas”. Y sobre todo pondría de relieve que la pertenencia al euro no es irrevocable, y que en el futuro otros países con problemas podrían verse obligados a salir.

También en EL ESPAÑOL:

Alexis Tsipras y la caja de Pandora del referéndum griego

Bundeskanzlerin Angela Merkel empfängt griechischen Ministerpräsidenten Alexis Tsipras

Los griegos apostaron por un partido que se comprometía a devolver su orgullo a la nación. Pero el voto a Syriza no era un cheque en blanco: los griegos no querían salir del euro ni de la UE. El giro que ha dado la saga griega en las últimas horas dibuja un escenario lleno de incógnitas.

 

Cuando los griegos otorgaron en enero la victoria en las últimas elecciones a Syriza, estaban lanzando un claro mensaje a Europa: así no podemos seguir. Después de dos rescates, infinitas cumbres y un recorte de déficit sin precedentes (del 15,4% al 3,5% en cinco años), los ciudadanos de a pie lanzaban un desafío a una Europa que muchos no veían como madre sino como madrastra. La situación era muy difícil: el paro superaba el 25% y una cuarta parte del PIB se había esfumado durante la recesión.

Sin visos de que la recuperación prometida durante dos años por el Gobierno conservador de Samarás llegara a la calle, los ciudadanos apostaron por un partido que se comprometía a devolver a la nación un orgullo machacado en las mesas de negociación. Pero el voto a Syriza no era un cheque en blanco: los griegos no querían salir del euro ni de la UE. El giro que ha dado la saga griega en las últimas horas está lleno de incógnitas que explico a continuación.

Un giro peligroso

El Gobierno de Tsipras ha asumido un riesgo muy alto con el anuncio de un referéndum en la noche del viernes. Si era un intento de forzar la negociación, la jugada no le salió bien: el Eurogrupo rechazó la petición de prorrogar el rescate y sacó al ministro griego Yanis Varoufakis de la reunión. Mientras los socios europeos piensan en un Plan B, no está claro si el Gobierno de Atenas tiene uno. Tsipras asume también un riesgo político. Los sondeos le siguen brindando el apoyo popular. Pero dicen también que más del 50% de los griegos están a favor de la firma de un acuerdo por malo que fuera.

Un poco de historia

¿Cómo hemos llegado a este callejón sin salida? Muchos atribuyen lo ocurrido a la torpeza con la que el Gobierno de Tsipras ha conducido las negociaciones. Pero si es cierto que Atenas ha desperdiciado las ventajas que tenía después de la victoria electoral (cierta apertura de los gobiernos de París y Roma), no es menos cierto que la actitud de la UE y del FMI deja al descubierto que lo que estaba (y ha estado siempre) sobre la mesa era una decisión política por parte de los socios europeos.

En los últimos días Atenas había hecho muchas concesiones. Pero el tira y afloja y la insistencia en no querer hablar de una reestructuración de la deuda han dado la impresión de que los acreedores querían tirar al máximo la cuerda. En un marco como éste, la responsabilidad del fracaso no es unilateral, como escribe Nick Malkoutzis en este excelente análisis.

Hacia lo desconocido

Con el anuncio del referéndum, se ha abierto la caja de Pandora. Y no sólo por lo que puede pasar en Grecia. Independientemente del resultado del referéndum (y teniendo en cuenta que se votará sobre la propuesta de las instituciones del 25 de junio, que técnicamente no está cerrada y expira en cualquier caso el día 30) lo que ha ocurrido en estas semanas y lo que ocurrirá a partir de ahora es un banco de pruebas para toda la eurozona y para toda la Unión Europea.

El verdadero test de estrés empieza ahora. Por desgracia, estamos a punto de comprobar si es cierto que un fracaso con Grecia no contagiará al resto de los países.

La hora de Draghi

Ahora sabremos si el “whatever it takes” de Mario Draghi (y del último comunicado del Eurogrupo) es suficiente para salvar la eurozona. Atenas, a través de Varoufakis, recordaba este sábado que no está prevista en los tratados la posibilidad de que un país salga del euro. Pero el artículo 50 del Tratado de Lisboa sí prevé que un país pueda salir de la Unión Europea.

El Banco Central Europeo va a desempeñar un papel central (y político) en las próximas horas. Como dice Paul De Grauwe en este tuit, es una responsabilidad muy grande para un organismo que no ha sido elegido democráticamente.

La sombra de las urnas

El Gobierno griego hará campaña por el no a no ser que haya nuevas concesiones.  Pero ocurra lo que ocurra, la incertidumbre será máxima en los días que se avecinan.

Si gana el , sería un serio revés para el Ejecutivo y podría llevar al país a unas nuevas elecciones. Si gana el no, nadie puede decir a ciencia cierta hacia dónde se encamina Grecia. En ambos casos, a la eurozona (y a la propia Unión Europea) se le están viendo todas las costuras.

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Mariangela Paone es autora del libro Las cuatro estaciones de Atenas (Libros del KO, 2014).

“La culpa siempre es del otro”

In this Monday, June 16, 2014 photo Greece's new Prime Minister Alexis Tsipras, left, attends a book presentation of Yanis Varoufakis, right, in Athens. Economist and outspoken bailout critic Yanis Varoufakis, 53, has confirmed on Tuesday, Jan. 27, 2015 in a blog post that he will be sworn in as Finance Minister under the country’s new left wing government. (AP Photo/InTime News, Giannis Liakos)  GREECE OUT

Grecia no parece tener fácil solución, por muchas cumbres que se convoquen, noches en blanco a punta de café, informes de ida y vuelta, editoriales terminales en los medios o manifestaciones de funcionarios y jubilados, desesperados, en la plaza Syntagma. En esta historia no hay inocentes y todos creen que la culpa siempre es del otro.

Yanis Varoufakis, Greece's finance minister, left, passes a police officer as he arrives for his meeting with George Osborne, U.K. chancellor of the exchequer, at 11 Downing Street in London, U.K., on Monday, Feb. 2, 2015. Varoufakis said his country won't take any more aid under its existing bailout agreement and wants a new deal with its official creditors by the end of May. Photographer: Jason Alden/Bloomberg via Getty Images
Yanis Varoufakis

Corría la primavera de 1982 cuando el presidente Calvo-Sotelo decidió tirar por la calle de en medio y plantarse en Atenas para reunirse con Karamanlis y Papandreu en vistas a conseguir que Grecia dejase de ser un obstáculo –“un punto de dificultad”, decía él con sutileza- en la adhesión de España a la Alianza Atlántica, última traba que nos quedaba para hacer saltar el cerrojo.

Pedro Aguirrebengoa, valioso embajador de España en Atenas, invitó en su residencia a Papandreu, que vino acompañado de su ministra de cultura, Melina Mercuri (‘Never on Sunday’) a la que propuse llevar a Atenas la exposición de ‘El Greco’, entonces en Madrid. Cerrado el acuerdo, lo celebramos, cenando en un bistró de Platka.

Al evocar en estos días de furia y drama el recuerdo de Melina (‘Los niños del Pireo’) he pensado que, si en lugar de Varoufakis -ese ministro distinguido e inquietante que culpa a la señora Merkel de un más que posible ‘default’ con la consiguiente salida del Euro- la embajadora de la causa helena hubiera sido la Mercuri, otro gallo le hubiera cantado al espinoso dossier, que no deja de tener méritos para su defensa.

Porque si bien los griegos falsearon las cuentas, no hay que soslayar que lo hicieron con la colaboración de los interesados en esa falsificación. Han derrochado dinero a espuertas, entre otras cosas en comprar armamento innecesario, sobre todo a Alemania, con créditos concedidos por ese mismo país. Curiosamente también en 2014, -y aunque no se haya hablado prácticamente de ello-compraron armamento a España sin que al vendedor pareciera importarle la deuda ni el hecho de tener que avalarla y sin que nadie en la Troika se haya preguntado para qué.

El ministro de economía griego ha echado las manos por delante, señalando sin ambages al enemigo responsable de los males (‘la culpa es del otro’). Un viejo truco que enmascara la propia, y que con frecuencia resulta eficaz. Pero han sido los sucesivos gobiernos griegos quienes, en mayor o menor medida, han falseado las cuentas, los datos y, en definitiva, la realidad. Y eso tiene un calificativo inapelable: alteración de las reglas del juego -en este caso, las comunitarias- que son de obligado cumplimiento, cuando se forma parte del club, por más que se haya accedido a este en condiciones que don Valery Giscard d’Estaing, en algún momento, debería explicar.

Grecia, un país entrañable e imprescindible para entender Europa -por razones históricas, culturales, geoestratégicas- es, ahora mismo, lo más próximo a un estado fallido que, en su desesperación, ha entregado el gobierno a un partido populista que prometió lo que bien sabía que no podría cumplir. Y aquí está la variable de una ecuación imposible.

Sería impropio decir que los países acreedores, las instituciones internacionales, Bruselas…no han hecho esfuerzos -visibles- para encontrar una solución que evite el naufragio de Grecia, algo que nadie quiere. Pero la realidad es tozuda y las cifras, testimonio de una quiebra de libro.

Porque cuando se ha planteado la necesidad de acometer reformas, de asumir sacrificios, de poner en marcha medidas que inviertan el rumbo directo al precipicio, los que han ganado las elecciones con sus promesas imposibles, culpan a quienes llevan comprometidos en el rescate cientos de miles de millones de euros de haberlos abocado al abismo, de ser exigentes en exceso y de no entender la tragedia de un pueblo que carece de recursos para asegurar los servicios más elementales.

Los griegos con posibles (‘la culpa es del otro’) han sacado de los bancos cuarenta mil millones de euros; un dato escalofriante que, ya por sí mismo, es indicador de la gravedad de una situación que, técnicamente, parece no tener arreglo por muchas que sean las medidas de reestructuración -perdón de deudas, dilación de pagos o condonación de intereses- que se le ofrezcan al gobierno griego, en un intento de paliar los problemas que asolan el país.

Y como los que han ganado las elecciones no pueden dar marcha atrás y el choque parece inevitable, hay que echar la culpa al acreedor -dolorosamente harto de este callejón sin salida- por querer recuperar su dinero y no estar dispuesto a poner más, sin garantías adicionales. La incómoda condicionalidad.

El asunto no parece tener fácil solución, por muchas cumbres que se convoquen, noches en blanco a punta de café, informes de ida y vuelta, editoriales terminales en los medios o manifestaciones de funcionarios y jubilados, desesperados, en la plaza Syntagma.

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Lagarde y Varoufakis

Y es que si algo tiene que quedar claro en esta desgraciada encrucijada, es que la culpa, como pretende Syriza, no es solo de Merkel, que protege a los contribuyentes alemanes, en definitiva, los que la han votado.

Melina Mercouri, nieta del longevo alcalde de Atenas y fumadora empedernida -cuando murió, sus admiradores le rindieron homenaje abarrotando su tumba, con cientos de cajetillas de cigarrillos de su marca favorita -hubiera sido, por garra y temperamento, una baza de seducción imbatible para cualquier gobierno deseoso de conseguir lo imposible. Y este es el caso.

Ella tenía las armas para lograrlo. Fue, sin duda, una lástima que las circunstancias electorales lo impidieran y no llegáramos a tiempo para acercar la obra del pintor cretense a sus raíces, pero ella ya nos tenía convencidos. Y de paso, Papandreu ordenó el inicio del trámite parlamentario de ratificar la adhesión de España a la Alianza.

¿Conseguirá Tsipras convencer a sus colegas europeos de que Grecia -culpable de mucho, no de todo- necesita crecer para pagar? ¿Logrará hacerle entender a la señora Merkel que a él también le han votado los suyos? ¿Y a Madame Lagarde que eso de recomendar bajar las pensiones a los griegos desde la altura de su salario no es lo más prudente y pedagógico?

Esto de las culpas, que ahora se invocan como arma arrojadiza para sacudirse la carga del desenlace, me recuerda a ese gallego que, al ser preguntado por la boda de su hija, respondió: “Tuvo muy mala suerte, el marido tenía unos cuernos…”.


Luis Sánchez-Merlo es abogado y economista.