El senador imputado de Bildu sobre Hipercor: “La policía se negó a desalojar”

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Al igual que muchos de sus colegas de Bildu, Goioaga nunca ha condenado el terrorismo de ETA. Su discurso apenas se ha movido desde el inicio de la Transición. Esa actitud quedó clara durante un coloquio que se celebró el 10 de febrero en el Teatro del Barrio.

Iñaki Goioaga ejerció durante años como abogado de varios presos de ETA e ingresó en prisión en 2009 acusado de ayudar a fugarse a dos presos de la banda en un plan disparatado que incluía un helicóptero y pretendía llegar a Portugal. Ni siquiera pasó dos años en la cárcel. Salió después de pagar una fianza de 60.000 euros y fue elegido senador por designación autonómica en enero de 2013.

El Supremo anunció este miércoles que abrirá una causa contra Goioaga a petición de la Audiencia Nacional, cuyo juez Eloy Velasco llegó a la conclusión de que aprovechaba su condición de abogado para mantener controlados a los presos de ETA y difundir sus consignas en prisión.

No se trata de una acusación nueva. José Miguel Latasa Getaria –que ayudó a su colega Kubati a asesinar a la ex etarra Yoyes en 1986 y luego fue expulsado de ETA por buscar la reinserción ocho años después– la formuló en esta entrada de su blog Arabatik:

Desde que entré en la cárcel ya me pusieron al día que era él, el abogado de Gestoras que mandaba en el colectivo. Después, con el tiempo, ya fui viéndolo con mis ojos que este elemento era quien movía los hilos entre los presos y ETA. El venía con las órdenes concretas, quien, al menos conmigo, Kubati y alguno más decía cuándo había que hacer huelga de hambre ; plante o las dos cosas y se permitía , incluso en el ínterin, decirnos que tenía esa noche sidrería. Su chulería sobrepasaba los límites de lo normal.

Hoy Goioaga es senador y sólo puede juzgarle el Tribunal Supremo. Así cabe explicar la exposición razonada que el juez Eloy Velasco envió desde la Audiencia Nacional al alto tribunal, que ahora abre una causa que podría desembocar en su imputación por los delitos de pertenencia a organización terrorista, financiación de terrorismo, blanco de capitales y fraude a la Seguridad Social.

Al igual que muchos de sus colegas de Bildu, Goioaga nunca ha condenado el terrorismo de ETA. Su discurso apenas se ha movido desde el inicio de la Transición. Esa actitud quedó clara durante un coloquio que se celebró el 10 de febrero en el Teatro del Barrio y sobre el que escribimos aquí.

Se trataba de glosar la obra Las guerras correctas, que retrata la entrevista que Iñaki Gabilondo le hizo a Felipe González en los tiempos de la ofensiva judicial para esclarecer los crímenes de los GAL. Acompañaban al senador el periodista Pedro J. Ramírez y la jurista Manuela Carmena, que por entonces no había anunciado su candidatura a la alcaldía de Madrid.

La impunidad fue uno de los asuntos clave del coloquio, que se puede ver entero aquí. La impunidad de los GAL y la de muchos crímenes de ETA que quedaron por esclarecer.

Los tres invitados criticaron el enjuague que propició los indultos de Rafael Vera y José Barrionuevo. Pero Goioaga se desmarcó de los demás al hablar del atentado de Hipercor, en el que fueron asesinadas 21 personas el 19 de junio de 1987. “Fue un resultado terrible y no deseado”, dijo el senador de Bildu. “Se fue a hacer un desalojo dos horas antes de que estallaran los coches bomba y el director y el comisario Francisco Álvarez se negaron y dijeron que era una falsa alarma. Se podría haber evitado. Quién colocó el coche bomba está claro. Pero la verdad es amplia y tiene muchos parámetros”.

Las palabras del senador suscitaron estupor entre los presentes. “¡No, si será culpa de las víctimas!”, gritó desde la quinta fila David Moreno, que se definió como una persona que “cree en la democracia” en su presentación. “La verdad no tiene muchos parámetros sino muchas excusas. Excusas para matar a niños y a embarazadas como hizo ETA”.

Sobre el escenario retomó el asunto Pedro J. Ramírez, que matiza las palabras de otro espectador: “Aquel día ETA no envió el coche bomba para matar a la gente de Hipercor. Pero expresó tal desprecio por las personas estaban en Hipercor que arriesgó sus vidas dejándolas al albur de una situación límite que ellos mismos habían creado. Responsabilizar luego al mal funcionamiento de las autoridades es una vileza. La responsabilidad es de ETA y de nadie más”.

“Jamás un Estado se va a juzgar a sí mismo”, dijo Goioaga al hablar de la violencia policial en el País Vasco. “Ahora los condenados por terrorismo no pueden ser maestros. Pero sí pueden el violador, el pederasta, el pedófilo y el de la violencia de género. ¡Eso es no creer en la reinserción!”.

Hubo otro espectador que le reprochó al senador sus palabras sobre el atentado de Barcelona: “Cuando un tipo llega a Hipercor y deja un coche cargado de explosivos, no viene a regalar bombones”. La respuesta fue muy similar:

ETA hizo autocrítica con el tema de Hipercor. Fue la primera vez en que yo vi a dos personas pedir perdón a los familiares. En Hipercor está condenado el Estado y eso fue un error. Cualquier daño es inadmisible. Otra cuestión es qué se produce y habrá que ver las causas. El que efectúa el daño quizá es porque no tenía otras salidas. Yo me alegro de que seas español. El problema es que los planteamientos de españolidad no se imponen y la pregunta es si hay o no la suficiente libertad para que todas las opciones se puedan expresar con claridad. Sentimos la necesidad de una segunda Transición y de la depuración de los cuerpos franquistas. En 1975 me detuvo la Brigada Político-Social y dos años después me detuvieron los mismos policías, que me dijeron que se habían convertido en demócratas. Es fundamental el reconocimiento del daño. Se ha producido ese daño y el problema es que el Estado no reconoce el daño y tampoco la existencia de víctimas. Colocan árboles con el nombre de su familiar fallecido y la Guardia Civil los arranca. En esos parámetros no hay resolución posible de un conflicto que no se reconoce que existe y que ha generado mucho sufrimiento en el Euskal Herria y en el Estado español. 

La raza (todavía) importa en Estados Unidos

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La raza (todavía) importa en Estados Unidos. Junio ha sido un mes trágico y difícil para la convivencia racial en el país norteamericano. En el espacio de 15 días, el asesinato de nueve personas afroamericanas en una iglesia de Charleston, la brutalidad policial en una piscina de Texas y la polémica desatada por la activista blanca que se hacía pasar por negra en Spokane han reabierto viejas heridas.

Vea el vídeo completo de la piscina de Texas.

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Barak Obama durante su alocución tras la matanza de Charleston.

Junio ha sido un mes trágico y complicado para la convivencia racial en Estados Unidos. En el espacio de 15 días, el asesinato de nueve personas afroamericanas en una iglesia de Charleston, la brutalidad policial en una piscina de Texas y la polémica desatada por la activista blanca que se hacía pasar por negra en Spokane han reabierto viejas heridas sobre la realidad racial en el país norteamericano. Allí, la raza (todavía) importa.

Activistas, escritores, medios estadounidenses y anglosajones y hasta el propio Barak Obama han participado en un debate que parece no tener fin: la realidad en la que viven los ciudadanos negros en Estados Unidos.

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Frente y perfil del presunto asesino de Charleston, Dylann Roof.

La matanza de Charleston

El 17 de junio de 2015 Dylann Roof, un chico blanco de 21 años, entró en una iglesia negra en Charleston y asesinó a nueve afroamericanos. Según un testigo que presenció los disparos, antes de abrir fuego el atacante exclamó: “Necesito hacer esto porque estáis violando a nuestras mujeres y estáis tomando el control de nuestro país”. Jamelle Boie explica en Slate cómo el miedo a que los negros violen a las mujeres blancas es utilizado desde el siglo XIX para justificar la violencia contra los afroamericanos. La bandera confederada, con la que el asesino tiene varias fotografías y que continúa izada en la capital de Carolina del Sur, ha sido objeto de controversia tras la matanza por ser un “símbolo de odio racial”. Este sábado una mujer negra trepó el mástil de 10 metros para remover esta bandera, un acto aplaudido por muchos aunque la bandera volvió a ser izada pocas horas después.

El ataque contra la iglesia afroamericana también ha reabierto el debate sobre cómo los medios cubren este tipo de tragedias cuando el asesino es un hombre blanco. La profesora de religión y estudios africanos de la Universidad de Pennsylvania Anthea Butler escribe en  The Washington Post que los medios americanos prefieren utilizar el término “lobo solitario” en vez de “terrorista” cuando se refieren a un asesino de raza blanca.

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Roof y la polémica bandera confederada.

“Si escuchas a los medios hablar sobre Dylann Roof puedes ver que no le llaman terrorista”, dice Butler en su artículo. “Cuando el crimen lo cometen negros o musulmanes, los medios rápidamente los caracterizan cómo terroristas o matones, y en seguida se pide algún tipo de respuesta o acción por parte de las personas que comparten su raza o religión. En cambio, cuando el asesino era blanco, los medios le caracterizan como “lobo solitario” y atribuyen sus acciones a algún tipo de enfermedad mental”. En un artículo para The New York Times, la escritora Brit Bennett afirma que cuando un terrorista es blanco la violencia de sus acciones nunca se achaca a su color de piel.

La cobertura de los medios ha sido abordada en un artículo en The Guardian. Según escribe el periodista freelance Roy Greenslade, varios periódicos británicos relegaron la noticia sobre los asesinatos de Charleston a un segundo lugar el día de la matanza. “¿Hubiesen tratado la historia de la misma manera si un hombre negro hubiese matado a nueva personas blancas en una iglesia?”, pregunta el periodista. Greenslade señala que el día de la masacre de Sandy Hook, el colegio donde 20 niños y 6 adultos fueron asesinados en 2012, la noticia salió en todas las portadas de todos los periódicos británicos.

El otro debate que esta tragedia ha reavivado es el derecho a las armas. En su alocución televisada después de la tragedia, Obama pidió nuevamente el control de armas: “En algún momento tendremos que darnos cuenta de que este tipo de violencia no ocurre en otros países”. En el servicio religioso por una de las víctimas del ataque que tuvo lugar este pasado viernes, el presidente de Estados Unidos emocionó a los asistentes con un discurso sobre el racismo y la violencia armada, que terminó con el presidente entonando el himno góspel Amazing Grace.

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Rachel Dolezal.

Rachel Dolezal quiere ser negra

Rachel Dolezal es de ascendencia alemana y checa, pero ella se considera negra. La activista y ex líder de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color en Spokane (Washington) saltó a la fama tras la revelación de sus padres de que su hija estaba fingiendo ser de una raza que no era. Según cuenta la familia Dolezal, Rachel se había hecho pasar por negra durante los últimos 10 años.

Algunas personas han defendido el derecho de la activista “a ser negra si ella quiere”. Otros, principalmente afroamericanos, han acusado a Dolezal de estar apropiándose de experiencias que no son suyas. Alicia Walters, una mujer negra que también vive en Spokane, escribe en un artículo para The Guardian que “la identidad negra no se puede poner como un par de zapatos”. “Ser una niña negra en Spokane significa estar aislada y ser rechazada. Mi proceso de convertirme en una mujer negra no tuvo que ver con ropa o con la textura de mi pelo sino con el trauma del rechazo y aislamiento de mi infancia”, afirma. “En cambio, Rachel solo tuvo que cambiarse el pelo para ser negra”.

Otro motivo de controversia que ha surgido a raíz de las declaraciones de los padres de Dolezal es el uso de la palabra “transracial”. Este término empezó a ser popular entre usuarios de Twitter para defender el derecho de la activista a ser de la raza que ella quiera. Según los defensores de este término, ¿si una mujer puede ser un hombre y viceversa por qué una persona blanca no puede ser negra?

Este argumento ha sido criticado por varios motivos. Kat Blaque, una popular vlogger transexual, ha dicho públicamente “que yo no estoy mintiendo sobre quien soy ahora. Llevé a cabo mi transición para ser quien realmente ahora y dejar de pretender ser alguien quien no soy. Rachel está viviendo una mentira.” Vanessa Urquhart afirma en un artículo de Slate que la gran diferencia entre una persona transexual y Dolezal es que “parece ser que las personas nacen con una determinada identidad de género mientras que la identidad racial no tiene ninguna base genética”.

Por último, la escritora Lisa Marie Rollins explica en el Huffington Post que el término “transracial” se utiliza en investigaciones académicas y trabajos culturales para definir a personas que han sido adoptadas por otra raza. Muchas de estas personas se han sentido ofendidas al ser comparadas con Dolezal.

Violencia policial en una piscina de Texas

El video de una joven afroamericana de 15 años siendo brutalmente arrestada por un policía blanco en una piscina de Texas ha recorrido el mundo entero. El policía arrestó a la adolescente Dajerria Becton y a sus amigos afroamericanos tras recibir una llamada de unos residentes blancos que se quejaban del comportamiento de los adolescentes. A pesar de que existen distintas versiones de cómo empezó la disputa entre los bañistas blancos y el grupo de jóvenes mayoritariamente negros, la brutalidad exhibida por el policía ha sido condenada por la mayor parte de la sociedad estadunidense.

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The New York Times describe la ciudad de McKinney como “una ciudad con grandes divisiones económicas y raciales”. En un artículo en The Atlantic, el periodista Yoni Appelbaum equipara lo sucedido en la piscina de de esta ciudad con la historia de segregación de las piscinas americanas. “Formalmente, la segregación legal es cosa del pasado. Sin embargo todavía existen divisiones marcadas”, escribe. El periodista explica que las piscinas han sido mayoritariamente privatizadas en las últimas décadas y normalmente se encuentran tras puertas cerradas en barrios lujosos. Lo que pasó en McKinney ocurrió en este contexto de privatización “donde los residentes esperaban poder controlar quien toma el sol o chapotea en la piscina con ellos”, dice Appelbaum.

La brutalidad del policía que agarró y empujó al suelo a la chica negra también ha sido criticada por Brittney Cooper en Salon: “Esto jamás habría ocurrido si la chica hubiese sido blanca. No existe un lugar donde la policía pueda arrastrar del pelo a una adolescente blanca en bikini, la tire al suelo y se arrodille encima de su cuerpo sin suscitar una indignación moral masiva”, dice Cooper. “Sin embargo, a las chicas negras no se las considera lo suficientemente femeninas para que su vulnerabilidad sea evidente. Frecuentemente son vistas como agresoras por la policía y por los ciudadanos simplemente por hacer cosas de adolescente”.

Arthur Chu escribe en The Daily Beast que la parte más reveladora del video es la
que no vemos: la raza de la persona que sujeta el móvil. “Brandon Brooks, el chico blanco que hizo el vídeo, va de un lado para otro con su móvil grabándolo todo sin que le pase nada. Brooks afirmó de hecho que durante el altercado se sintió invisible”.

“Prefiero a mi hijo lejos de aquí”

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El joven de la fotografía sobrevivió a tres encuentros difíciles con la policía de Filadelfia. Brandon Brown no tuvo la misma suerte: murió acribillado por varios agentes en un incidente similar a los de Ferguson o Baltimore. Ahora su madre busca justicia y un cambio en la conducta policial.  

Reportaje gráfico: Samantha Madera

El joven de la fotografía sobrevivió a tres encuentros difíciles con la policía de Filadelfia. Brandon Brown no tuvo la misma suerte: murió acribillado por varios agentes en un incidente similar a los de Ferguson o Baltimore. Ahora su madre busca justicia y un cambio en la conducta policial.  


Se llama Tome Ellistt y es uno de los millones de muchachos afroamericanos que viven en la ciudad de Filadelfia. Tiene 20 años y suele vestir con esos pantalones holgados que cuelgan mucho más abajo de la cintura. Para la foto posa muy serio. Le gustan las camisetas grandes de colores lisos y sus brazos y su cuello dejan adivinar un cuerpo repleto de tatuajes.

Tome cumple uno por uno con los estereotipos del joven afroamericano en Estados Unidos. Filadelfia no es Ferguson ni Charleston ni Baltimore. Pero Tome es consciente de que un día un encuentro con la policía podría terminar en una tragedia similar a la de Mike Brown, Walter Scott o Freddie Gray.

La primera vez que Tome se topó con un agente tenía 13 años. Su padre le había mandado a comprar comida a un restaurante chino. El establecimiento acaba de sufrir un atraco y dos policías blancos creyeron que el joven podía ser el ladrón. “No entendía nada de lo que sucedía”, recuerda. “Les decía: ‘Dejadme ir, dejadme ir. Por favor, llamad a mi padre. No tengo nada que ver’. Me hicieron muchísimas preguntas. Yo estaba agobiado. ¿Cómo puedes demostrar que no tienes nada que ver con algo si te están culpando a ti?”.

Antes de que volviera a casa, el nombre de Tome ya estaba en una de las bases de datos de la policía de Filadelfia. “Cuando era un adolescente y me paraban sin razón alguna, me enfadaba muchísimo”, me explica durante una protesta contra la violencia policial. “Me encaraba con los guardias como un loco y les decía: ‘¿Por qué me paráis? ¿por qué puta mierda me paráis ahora?'”.

A jóvenes como Tome un encuentro con la policía les puede ocasionar un despido por llegar tarde al trabajo. A Tome nunca le han golpeado aunque sí ha sufrido “empujones, burlas y zarandeos”.

“Ahora intento tomármelo de otra manera”, dice. “No quiero problemas con ellos”.

Un arresto arbitrario

Los encuentros de los que habla Tome tienen un nombre en inglés: stop-and-frisk. Una práctica policial según la cual un agente puede parar y detener a cualquier peatón si tiene la sospecha de que ha cometido un delito.

Muchas voces entienden que esta forma de actuar supone una violación de la Cuarta Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que asegura el derecho de los ciudadanos a estar a salvo de aprehensiones arbitrarias. Pero sus defensores recuerdan que está respaldada por una decisión del Tribunal Supremo, cuyos jueces fallaron en 1968 a favor de que la policía pudiera hacer registros sin ningún indicio previo.

Según un informe de la Unión Estadounidense por los Derechos Civiles, el 37% de las 200.000 paradas de la policía de Filadelfia se hicieron sin alguna sospecha razonable. El único indicio era el color de la piel del sospechoso. Ocho de cada 10 las sufrieron hispanos y afroamericanos, que apenas representan el 54% de la población.

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El peor encuentro de Tome Ellistt con la policía sucedió cuando tenía 16 años y volvía en tren desde el centro con su novia. Habían pasado la tarde en The Gallery, un centro comercial que fue durante décadas el punto de referencia de los adolescentes afroamericanos de la ciudad.

“Vimos una gran pelea y pensamos que lo mejor era marcharnos”, explica.

Ya en el tren, unos agentes le abordaron y le acusaron de haber tomado parte en la pelea. Fue el segundo error policial que sufrió Tome. El tercero ocurrió hace unas semanas, cuando entró en una tienda de DVD con la capucha puesta y los agentes creyeron que estaba robando.

El origen del mal

“¿En qué momento los afroamericanos pasamos a tener que ser protegidos por la policía para convertirnos en su objetivo?”, se pregunta Tome en este día de primavera. El origen podría estar en las cuotas de detención exigidas en los departamentos de policía, que obligan a los agentes a cumplir con un número de personas a las que paran aunque no exista un motivo aparente.

Con la intención de evitar que los chicos se metan en problemas, padres y madres e incluso organizaciones comunitarias ponen un empeño especial en educarles para los encuentros con la policía. Se les recuerda que tienen derecho a permanecer en silencio. Se les dice que respondan de forma calmada y educada pero se les anima también a que graben a los agentes si consideran que sufren un abuso.

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La activista Tanya Brown. Su hijo murió por los disparos de la policía de Filadelfia. / SAMANTHA MADERA

Nada de esto le sirvió al hijo de Tanya Brown. Se llamaba Brandon y murió por los disparos de unos policías. Los agentes detuvieron su coche de madrugada junto a su casa el 15 diciembre del año pasado. “Yo sé que mi hijo se quejó”, dice su madre. “Pero también sé que él no quería hacer nada que le llevase cárcel”.

Nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrió después. Los policías aseguran que dispararon a Brandon después de un forcejeo cuando intentó alcanzar un arma de fuego que llevaba dentro del coche. Su madre denuncia la existencia de un vídeo en el que se ve que Brandon no recibe el disparo al lado de la puerta sino mientras se encuentra en la parte trasera del vehículo.

La familia rechaza la decisión del fiscal de exonerar a los agentes y pide a las autoridades que hagan públicas las imágenes que dejan clara la violencia policial. “No era necesario que mi hijo falleciese”, apunta la madre del joven. “Brandon recibió una bala mortal en la nuca. No le dieron ninguna oportunidad”.

Tanya ha presentado una denuncia por homicidio contra el Ayuntamiento de Filadelfia. Pero su intención es que se convierta en una demanda colectiva. “Ahora soy activista por lo que me ha sucedido pero sé que habría estado aquí también si no hubiera pasado nada”, me dice este jueves durante la manifestación en apoyo de la comunidad afroamericana de Baltimore.

Ocurrió en Ferguson con los padres de Mike Brown y ha ocurrido también en Filadelfia: Tanya se ha convertido en una líder comunitaria. Vive ese nuevo rol con una resignación agridulce. Quiere justicia para Brandon pero también quiere que eso suponga un cambio para quienes sufren una persecución similar. “Me gustaría que todos se sientan seguros en Filadelfia”, dice. “Me gustaría que las madres afroamericanas no se sientan angustiadas si sus hijos se retrasan al volver a casa”.

59 heridos en seis años

La familia de Brandon pide una compensación económica pero también reformas en la policía local. Sus letrados echan mano de unas sugerencias del Gobierno federal, que analizó los casos de las 400 personas que habían sido disparadas por agentes de Filadelfia entre 2007 y 2013.

Cincuenta y nueve de esas 400 personas estaban desarmadas cuando las dispararon. En la mitad de estos casos, los agentes apretaron el gatillo porque se equivocaron al identificar como una amenaza un gesto como agarrarse de los pantalones o coger un teléfono móvil.

El Gobierno federal concluyó entonces que los policías no estaban bien formados: nadie les había explicado que el temor por sus vidas no justifica por sí solo el uso de la fuerza letal. El informe criticó también la incoherencia y la impuntualidad de las investigaciones. La policía de Filadelfia aparece como una institución fracasada y disfuncional.

Detalles como el viaje en furgoneta que le costó la vida a Freddie Gray en Baltimore tras golpearse en su interior y romperse la columna son harto conocidas en la ciudad, como denuncia en su blog Christopher Sawyer, candidato republicano a sheriff.

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El Ayuntamiento de Filadelfia afronta varias denuncias contra agentes que podrían haber falseado pruebas. Pero el cuerpo se ha mostrado incapaz de deshacerse de quienes han demostrado no estar preparados para enfrentar su responsabilidad como deben. Al menos 19 agentes han sido readmitidos después de ser despedidos por violencia doméstica, por trabajar borrachos o drogados o por algún caso de brutalidad.

Tanto Tanya Brown como Tome Ellistt están de acuerdo en que los policías convierten a Filadelfia en una ciudad peligrosa para los jóvenes afroamericanos.

Brandon tenía un hermano pero ya no vive aquí. Tanya decidió que debía abandonar la ciudad por lo que le pudiera ocurrir. Tome tiene un bebé que vive con su madre en el estado vecino de New Jersey: “Aún es pequeño pero no sé cómo decirte. Prefiero a mi hijo lejos de aquí”.