Así declararon su independencia los últimos países europeos

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La llamada Vía Báltica, que recorrió el espacio entre Tallin y Vilnius. / UNESCO

La mayoría celebraron referéndums, pero en otros no se consultó a la población. Hay declaraciones unilaterales de independencia pero también procedimientos pactados. Lo que todos tienen en común es que son el fruto de la crisis y la descomposición de la Unión Soviética y Yugoslavia.

Muchas son las diferencias entre los procesos de independencia de los países europeos más recientes. En algunos casos hubo grandes manifestaciones ciudadanas y en otros el apoyo popular fue más bajo.

La mayoría de estos países celebraron referéndums, pero en otros no se consultó a la población. Hay declaraciones unilaterales de independencia pero también procedimientos pactados. Lo que todos tienen en común es que son el fruto de la crisis y la descomposición de regímenes totalitarios comunistas construidos artificialmente. En concreto, la Unión Soviética y Yugoslavia. A continuación examino cinco casos. 

La Vía Báltica

Estonia, Letonia y Lituania fueron anexionadas por la Unión Soviética en 1940 gracias a un pacto con la Alemania nazi. A finales de los 80, resurgieron con fuerza los movimientos nacionalistas en las tres repúblicas bálticas aprovechando la apertura política y económica de la perestroika de Mijaíl Gorbachov.

Su manifestación más espectacular fue la denominada Vía Báltica, que tuvo lugar el 23 de agosto de 1989. Cientos de miles de personas (entre medio millón y dos millones según diferentes versiones) formaron una cadena humana de 600 kilómetros de longitud que unió las tres capitales: desde Tallin hasta Vilnius pasando por Riga. Los manifestantes reclamaban independizarse de la URSS justo cuando se cumplían 50 años del pacto secreto entre soviéticos y nazis. La idea de la Vía Báltica fue imitada por los independentistas catalanes en la Diada de 2013.

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Tras las primeras elecciones democráticas a principios de 1990, el Parlamento de Lituania abrió el camino al ser el primero en declarar la independencia el 11 de marzo de ese año. Le siguieron poco después los parlamentos de Estonia y Letonia. Los tres países organizaron después referéndums en los que el  ganó por aplastante mayoría.

La reacción inicial de Moscú fue considerar esas declaraciones ilegales e imponer un bloqueo económico.

A principios de 1991 tropas soviéticas llegaron a ocupar la torre de la televisión lituana en Vilnius en un ataque en el que murieron 14 personas. Pero el golpe de estado contra Gorbachov en agosto de 1991 precipitó la salida de las repúblicas bálticas y la disolución de la Unión Soviética. Sus líderes reconocieron la independencia de Estonia, Letonia y Lituania en septiembre de ese año unos días después de que lo hicieran Estados Unidos y varios países europeos.

El divorcio de terciopelo

En Checoslovaquia, un país creado a finales de la I Guerra Mundial, las tensiones separatistas se agudizaron inmediatamente después de la caída del régimen comunista en 1989. Los checos se quejaban de tener que financiar a sus vecinos pobres. Los eslovacos éstos recelaban de la centralización de todo el poder en Praga y reclamaban más autonomía. Pero la ruptura fue una decisión política. En ninguna de las dos partes había una mayoría a favor de la independencia según las encuestas y no se convocó ningún referéndum para conocer la opinión de los ciudadanos.

Los acontecimientos se precipitaron después de las elecciones de junio de 1992. El conservador Vaclav Klaus se convirtió en primer ministro de Chequia mientras que el nacionalista Vladimir Meciar logró la victoria en Eslovaquia.

El Parlamento eslovaco declaró la independencia el 17 de julio y sólo seis días más tarde Klaus y Meciar pactaron en una reunión en Bratislava dividir Checoslovaquia de mutuo acuerdo sin que se produjera ningún incidente, de forma pacífica y ordenada. En noviembre el Parlamento checoslovaco aprobó la disolución del país. El 31 de diciembre de 1992 se consumó este “divorcio de terciopelo” y República Checa y Eslovaquia fueron admitidos en la ONU como estados separados en enero de 1993.

Eslovenia y el principio del fin

Las réplicas de la caída del telón de acero alcanzaron también a Yugoslavia: una entidad federal cuyo origen se remontaba a 1918 y que había nacido de la desintegración del imperio austrohúngaro.

El principio del fin de Yugoslavia empezó en Eslovenia con la celebración de las primeras elecciones libres en primavera de 1990. El Gobierno elegido convocó un referéndum sobre la independencia el 23 de diciembre de ese mismo año. El 94,8% de los votantes apoyó el con una participación que superó el 90% del censo. El 25 de junio de 1991, el Parlamento esloveno declaró unilateralmente la independencia de forma simultánea al parlamento de Croacia, que también había celebrado previamente su propia consulta.

Inmediatamente después, el Ejército yugoslavo, dominado por los serbios, lanzó una ofensiva para controlar los pasos fronterizos de Eslovenia. Pero las fuerzas armadas eslovenas lograron rápidamente la victoria en lo que se conoce como la Guerra de los Diez Días.

Los enfrentamientos bélicos se trasladaron después a Croacia y a Bosnia Herzegovina. La comunidad internacional dudó a la hora de reconocer la independencia de Eslovenia y Croacia por temor a agravar el conflicto. Uno de los primeros países en hacerlo fue Alemania en diciembre de 1991. Estados Unidos le siguió en abril de 1992, año en el que Eslovenia accedió a Naciones Unidas.

Un referéndum tutelado por la UE

Al final de las guerras de los Balcanes, Yugoslavia quedó reducida a Serbia y Montenegro. Pese a que los montenegrinos ya pensaban en la independencia desde finales de los 90, la Unión Europea, que temía un nuevo conflicto en la región, actuó como mediadora para mantener la unión entre las dos repúblicas.

No obstante, la carta constitucional de la nueva federación de Serbia y Montenegro, que entró en vigor a principios de 2003, ya preveía la posibilidad que cualquiera de las dos repúblicas se independizara si lo deseaba pero sólo después de un plazo de tres años. La decisión de romper tenía que aprobarse en una consulta.

Montenegro convocó su referéndum el 21 de mayo de 2006. Pero las reglas del juego las fijó de nuevo Bruselas. La UE sólo reconocería la independencia si votaba más del 50% del censo y si el obtenía más del 55% de los votos. Un umbral considerado excesivo por el Gobierno montenegrino, que trató de cambiarlo sin éxito. Finalmente, el ganó con un 55,5% de los sufragios. El Parlamento montenegrino declaró el 3 de junio de 2006 la independencia, que no fue contestada por Serbia y obtuvo el reconocimiento inmediato de la comunidad internacional. 

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Una muchedumbre celebra la independencia de Kosovo con banderas albanesas. / Shkumbin Saneja / FLICKR

El limbo de Kosovo

Después del referéndum de Montenegro, quedaba por resolver en los Balcanes el estatuto de Kosovo. Esta provincia serbia de mayoría albanesa se había convertido de hecho en un protectorado de Naciones Unidas desde la intervención de la OTAN en 1999 para frenar los ataques de las fuerzas armadas yugoslavas y serbias contra los separatistas kosovares. Después de varios años de negociaciones infructuosas, el Parlamento kosovar declaró unilateralmente su independencia de Serbia el 17 de febrero de 2008.

La secesión fue reconocida de inmediato por Estados Unidos y por las grandes potencias europeas. Se opuso Serbia con el apoyo de Rusia, que avisó de que el reconocimiento impulsaría a los movimientos separatistas en todo el mundo.

La independencia kosovar dividió a la comunidad internacional y también a la Unión Europea. Todavía hoy hay cinco estados miembros –España, Grecia, Chipre, Rumanía y Eslovaquia– que no reconocen a Kosovo.

Tanto el Gobierno de Zapatero como el de Rajoy han alegado que el problema es que se trató de una decisión unilateral y no pactada con Serbia. El resultado es que Kosovo sigue en un limbo jurídico. No ha podido entrar en Naciones Unidas y no ha obtenido aún el estatus de candidato a la adhesión a la UE. Serbia llevó el caso al Tribunal Internacional de Justicia de la ONU, que en 2010 dictaminó que la independencia de Kosovo no vulnera el derecho internacional. Kosovo y Serbia alcanzaron un primer acuerdo de buena vecindad en 2013 auspiciado por la UE.

El único precedente para Cataluña es Kosovo

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Desde la II Guerra Mundial se han celebrado casi 50 referéndums separatistas en el mundo. El planteamiento catalán de convertir las elecciones autonómicas en un voto de facto sobre la independencia sólo tiene un precedente: Kosovo.

Desde la II Guerra Mundial se han celebrado casi 50 referéndums separatistas en el mundo. El planteamiento catalán de convertir las elecciones autonómicas en un voto de facto sobre la independencia sólo tiene un precedente: Kosovo.

El 8 de abril de 1933, el estado de Australia Occidental votó mayoritariamente a favor de independizarse del resto del país en un referéndum. Las autoridades locales enviaron el resultado al Gobierno central y el Parlamento británico para iniciar la secesión. Fueron ignorados. La ley australiana no contemplaba la ruptura de una parte de su territorio.

Antes de la II Guerra Mundial (1939-1945), apenas hay constancia de un puñado de ejemplos como el de Australia o Texas, en Estados Unidos, que fracasaron en el intento de conquistar la independencia por las urnas. Después de la guerra y la consolidación de los sistemas democráticos, se han celebrado hasta el momento casi 50 plebiscitos de independencia. El último de ellos en Escocia el año pasado. Son 27 los países que han nacido gracias al voto directo. Algunos de ellos forzaron la declaración unilateral tras la negativa de sus respectivos gobiernos federales a reconocer el resultado de las consultas  El resto no lo logró porque perdieron, no alcanzaron la mayoría cualificada o simplemente se quedaron sin la bendición de la comunidad internacional. 

El planteamiento catalán de convertir unas elecciones autonómicas en un voto de facto sobre la independencia sólo tiene el precedente de Kosovo. La región balcánica utilizó el Parlamento surgido de las urnas para declarar su independencia unilateral en febrero del 2008. Las elecciones se celebraron en noviembre del 2007. La lista del guerrillero Hashim Thaçi ganó con el 35% de las papeletas. España, que sabe lo que tiene en casa, nunca ha reconocido a Kosovo.

Las diferencias entre Kosovo y Cataluña son demasiado evidentes”, dice Matthew Qvortrup Yorgos Konstantinou, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Coventry, en el Reino Unido. “El Parlamento invocó un viejo referéndum de 1991. Fue la única salida que encontró la comunidad internacional a una guerra con centenares de miles de muertos”.

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Problema legal y político

Qvortrup es uno de los mayores expertos del mundo en el estudio de los procesos secesionistas. En su opinión, la fórmula de elecciones plebiscitarias de Artur Mas y Esquerra Republicana plantea un problema legal y otro político. El legal es que la Constitución española no reconoce ese escenario. Y la Unión Europea, con demasiados fuegos que apagar, no se va a revolver contra la legalidad de un estado miembro. El político es que la anunciada victoria del separatismo que proyectan las encuestas, sea o no con mayoría absoluta, no puede ignorarse.

Cuando los estados son incapaces de encontrar una solución equilibrada en lo legal y lo político, el conflicto termina en guerra”, explica. “No estoy diciendo que sea el caso de Cataluña, pero la historia demuestra que siempre ha sido así”.

Qvortrup asegura que la campaña catalana ha sido un espejo de la del referéndum escocés. Los discursos se han centrado en los beneficios económicos, o no, de la independencia y la permanencia en Europa. Pero el profesor defiende que el caso español guarda más similitudes con el canadiense que con el británico. La victoria del nacionalismo de Quebec en unas elecciones que se plantearon casi como un plebiscito en 1976 forzó la reforma de la Constitución de Canadá. Quebec pudo celebrar el referéndum de independencia en 1980. El independentismo perdió y volvió a caer en un segundo referéndum en 1995.

Ganar un referéndum de independencia en circunstancias de estabilidad política como las que vive España es muy complicado”, asegura. “Lo que pasó en Quebec y en Escocia el año pasado demuestra que hacen falta algo más que promesas económicas para ganar el respaldo de la sociedad”.

Qvortrup ha estudiado los patrones del separatismo desde que Islandia se independizara de Dinamarca en 1944. En los países democráticos, los referendos secesionistas han logrado siempre una alta participación (un 79% de media. Cuando ha ganado el , el respaldo ha alcanzado una media del 62% de los votos.

La URSS y Yugoslavia

Durante los últimos  70 años, dos grandes oleadas han alterado las fronteras del mundo. La primera comienza con la descolonización de África después de la guerra. La vía democrática demostró su eficacia en casos como el de Argelia y Francia. El referéndum de autodeterminación argelino fue parte de los acuerdos de Evian en 1962, que acabaron con ocho años de guerra. La segunda oleada se enmarca en la caída soviética primero y el conflicto yugoslavo, después. La negativa de los gobiernos federales a aceptar el resultado de los plebiscitos favoreció el recurso de la ruptura unilateral.

Todas las repúblicas soviéticas y las yugoslavas nacieron con declaraciones unilaterales de independencia más o menos respaldadas en las urnas”, dice. “Pero eran circunstancias diferentes. En el caso yugoslavo, por ejemplo, sangrientas. Y en el ruso, vinculadas a la caída del muro de Berlín y a los acontecimientos que se sucedieron”.

El impacto de la guerra en los Balcanes enfrió el espíritu secesionista. Según Qvortrup, las tensiones independentistas, sobre todo en Occidente, son residuales. Movimientos tradicionales como el de los flamencos belgas han aparcado su reivindicación histórica de un país en el que viven al margen de sus compatriotas francófonos. Pero hay excepciones. El divorcio amistoso de la República Checa y Eslovaquia en 1993 es uno de ellos. También el reciente caso de Crimea, que en realidad votó la anexión a Rusia.

Las posibilidades de éxito del separatismo catalán son escasas a corto plazo, según este profesor. Pero advierte de un hito cercano en el tiempo que podría generar una tercera oleada independentista.

Si el Reino Unido decide abandonar la Unión Europea en el referéndum previsto antes de 2017, estoy convencido de que Escocia volverá a votar con muchas posibilidades de respaldar la escisión”, dice. “Esto podría activar referendos en Cataluña y otras regiones”.

Juan Mayorga: “Hacer memoria siempre es hacer política”

_DPZ69891972. Bobby Fischer se enfrenta a Boris Spassky en ‘la partida del siglo’. Aquel duelo mítico de ajedrez llega al Centro Dramático Nacional con Reikiavik y de la mano de Juan Mayorga

Foto: DANI POZO

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El Dramaturgo Juan Mayorga. Foto: DANI POZO

Dramaturgo versátil e inquieto, Juan Mayorga ha indagado en la esencia humana y las cuestiones claves de nuestro tiempo. Ha hablado del Holocausto, de la pederastia, del lugar del hombre en el mundo, de la seguridad frente a la violencia… Y ha acudido a la historia para hablar del poder y la libertad con resultados jugosos en numerosas ocasiones. Ahí, más o menos, entra uno de sus dramas más recientes, Reikiavik, que se estrenará este jueves en la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán. En el texto, Mayorga se acerca, mediante un subterfugio teatral, a la partida del siglo. Hablamos de ajedrez.

Un encuentro, en 1972, entre Bobby Fischer y Boris Spassky. EE UU frente a la URSS; el capitalismo contra el comunismo. La Guerra Fría sobre 64 escaques. Mayorga, doctor en Filosofía, licenciado en Matemáticas, ajedrecista y hombre de verbo exacto recibe a EL ESPAÑOL en su hogar madrileño. Vive en una zona tranquila cerca de O’Donnell, un un hogar relativamente acomodado, pero sin ostentación. Su gato, Tormenta, nos acompaña en la entrevista. Su familia ha “huido” para dejarnos tranquilos. En las estanterías, libros y más libros y algún que otro premio.

-Es difícil plantear una entrevista a alguien que ha escrito una obra titulada El arte de la entrevista. ¿Es posible entrevistar a Juan Mayorga y que el resultado le retrate de verdad?

-Bueno, yo no creo que haya nunca un retrato auténtico de nadie. Lo que sí se puede es establecer una conversación. Ahí siempre aparece un tercero, porque cuando el diálogo no se produce de forma mecánica, como si fuese una partida de frontón o de squash, sino que las preguntas o respuestas desestabilizan las posiciones previas de los interlocutores, quizá no aparezca un retrato, pero sí un tercero que no es ni el entrevistador ni el entrevistado. Por cierto: este verano he reescrito El arte de la entrevista.

-¿Hace eso a menudo? ¿Reescribe mucho sus obras?

-Permanentemente, porque no escribo documentos sobre un estado de mi vida. Por supuesto, cada versión es también eso: un recuento de cómo te encuentras, de qué te preocupa. Sucede que los textos conviven conmigo. Los personajes están siempre vivos. Quien reescribe, finalmente, no soy yo, sino que es el tiempo. Es el que desangra un texto o lo desengrasa. Hay un cierto movimiento de sístole y diástole, al menos en mi escritura. Un texto que he reescrito recientemente es Palabra de perro, que es una versión muy libre de El coloquio de los perros.

– A la vista de lo que está ocurriendo con los recortes y cómo están viviendo muchas personas en nuestra sociedad, Palabra de perro parece cobrar vigencia. ¿La actualidad le lleva también en esas reescrituras?

-Claro. Luis Blat me propuso, creo que era 1997, hacer una versión de El coloquio de los perros, de Cervantes. Es mi primera obra en que aparecen personajes animales. Ahí descubro, por un lado, su enorme valor poético, en la medida en que, si estableces con el espectador ese pacto, que va a haber un actor que hace de animal, y lo acepta, se rompen marcos. Por otro, el personaje animal ofrece enormes posibilidades de exploración al actor y al director. El valor político del animal en escena no fue descubierto por mí: está en Kafka, en La metamorfosis: cuando te tratan como a un perro, acabas siendo un perro. Cuando te tratan como a un insecto, acabas convertido en uno. Vivimos en unos tiempos en que está ante nosotros la evidencia de que hay seres humanos que están siendo tratados como perros, o como animales. Lo que hay es derechos de Estados. Vivimos en un mundo de Estados donde el individuo está en peligro.

-Se va a Reikiavik en una de sus últimas obras, al menos una de las más recientes, aunque no sé si es la última que ha escrito…

-Estaba trabajando en Reikiavik al mismo tiempo que en Famélica.

Allí tuvo lugar un duelo interesante, sin armas, o al menos con una poco habitual: la mente. Un encuentro de ajedrez entre dos campeones. Hábleme de esa partida del siglo. ¿Por qué le fascinó?

-Yo era un niño lector de periódicos. Recuerdo imágenes, siendo muy pequeñajo, de aquel niño que de pronto se enteraba de que en Francia estaban compitiendo tres tipos que eran Mitterrand, Giscard d’Estaing y Chaban-Delmas. Me hacían mucha gracia esos nombres. Tengo vagas imágenes de un campeonato que iba a tener lugar en 1972. Desde entonces, para mí ha sido fascinante y conmovedor ver cómo dos personajes que eran elevados a una categoría de iconos de las dos naciones más poderosas de la Tierra, y de dos sistemas antagónicos, luego han acabado siendo expatriados. La historia de Bobby Fischer la conocemos: acaba muriendo en Islandia sin poder retornar a EE UU, donde había sido elevado a figura clave en la lucha simbólica contra el comunismo. Y el propio Spassky, después de haber sido ese hombre de equipo, acabó jugando al ajedrez bajo bandera francesa.

-La URSS no perdonaba los fracasos…

-No. Hay algo en la obra acerca de esto. Habla de muchos antagonismos. Por un lado está el individualismo radical, que es coherente con el mundo ideológico norteamericano, de esta suerte de “cowboy” que, solo ante el peligro, se enfrenta a enemigos enormes, pero que conduce a una suerte de paranoia en la que por todas partes ve elementos sospechosos y enemigos. Pero a algo muy parecido se llega desde el extremo contrario: cuando tu individualidad se disuelve y tú eres uno más para defender el equipo, el error se paga como traición. Y eso conduce también a una permanente paranoia y a soledad.

-Dos personajes que dan para una obra de teatro…

-Sí, me fascinaban. Y me fascina el ajedrez. A mí me enseñó mi padre, nunca he sido un gran jugador pero me parece un mundo extraordinario. El del pequeño jugador que desafía a otro a jugar en un parque, o el de esos grandes maestros. Es un mundo que aparece ya en El jardín quemado. Ese mundo de gente que atesora en su cabeza partidas que se jugaron hace 200 años y que participa de ellas. El deseo de escribir algo en torno a Fischer-Spassky era antiguo.

-Pero no escribe directamente de ellos: se sirve de tres personajes, Waterloo, Bailén y un muchacho.

-Yo pensaba en algo que tuviese que ver, por qué no, con el teatro-documento, probablemente con muchos actores. Y en un momento dado encontré a Bailén y Waterloo y descubrí que podía contar esa partida hablando de dos tipos que han encontrado en Reikiavik la historia de todas las historias. Waterloo y Bailén cuentan eso una y otra vez porque, a la vez, revisan sus propias vidas: hablando de Fischer y Spassky puedes contar tu historia con tu mujer o tus mujeres, con las novias que nunca tuviste, con tu jefe y tu subordinado, y hablar a la vez de la amistad, el poder, la traición, la enseñanza…

-La obra habla de un enfrentamiento ajedrecístico, pero también geopolítico. Hay un momento en la obra en que un personaje se pregunta si esa lucha se libró realmente. ¿Hubo una tercera guerra mundial?

-Sincera o teatralmente, los personajes juegan a imaginar. Y Waterloo se pregunta: ¿la guerra tuvo lugar o no? Yo creo que sí la hubo. Hubo una guerra que se jugó de forma cruenta en muchos lugares: en Vietnam, en Chile, en Argentina, en Corea… Y hubo una guerra de posiciones, por utilizar un término gramsciano. Por cierto, muy ajedrecística. En ella, ninguna pieza, ningún escaque era insignificante.

-¿Quién la ganó? ¿Hubo un vencedor claro?

-Sin duda, el mercado. Y hubo una extensión de la libertad. Yo no siento ninguna nostalgia del régimen soviético: es un sistema autoritario y, si bien nuestras democracias no son ni mucho menos perfectas, tienen un cierto margen, que no podemos exagerar, de autocorrección, de circulación de las ideas, la conversación y las imágenes que las hacen preferibles. Es cierto que, durante unos cuantos años, después del colapso, apareció un tipo de diagnóstico, ese sintagma de el fin de la historia que puso en circulación aquel politólogo llamado Fukuyama, y dio la sensación de que no había nada que discutir, de que ya no había que hacer política.

-¿Y había que hacerla?

-Sí, ha habido un retorno de la política, una recuperación, y volvemos a darnos cuenta de que es muy importante que haya sociedad, comunidad y una política para la humanidad, y el mercado no nos lo va a entregar. En este sentido, toda la experiencia comunista es muy rica y ha de ser reconsiderada. Yo comparto el ideal o una visión política de que cada ser humano es responsable de todos los demás y debemos ser capaces de crear una política para la Humanidad.

-¿Cómo se aplica eso a una crisis como la actual de los refugiados?

-Estamos viendo imágenes espantosas estos días, y ante niños que se ahogan, ante gente que sufre, la contestación ha de ser mundial. Ha de ser una política socialista, en el sentido de que nadie quede desamparado. Pero eso, por supuesto, no implica tener ninguna nostalgia de un régimen que fue de un autoritarismo y una centralización que se reveló no funcional y cruel.

-Usted ha hablado mucho de memoria y pensamiento. Ha escrito sobre el Holocausto en Himmelweg, sobre el totalitarismo de la URSS en Cartas de amor a Stalin… En esa reflexión sobre la inmigración y la crisis de los refugiados, ¿qué papel tiene la memoria?

-Yo me eduqué en Walter Benjamin. Para él, el pasado fallido es nuestra arma más poderosa para construir un presente y un futuro para la humanidad. El pasado de los vencidos, la memoria de las injusticias, la memoria paradójica de los olvidos, la voz de los silencios. El recordar, por ejemplo, el exterminio de los judíos europeos. Europa está atravesada por eso. Nos concierne a todos recordar que hubo unos seres humanos que fueron azotados, tratados como animales, que hubo una persecución del hombre por el hombre, que Europa no fue capaz de defender a sus judíos. No es sólo un asunto alemán.

-De hecho, hubo pogromos antes, en Rusia y otros países…

-Y hubo una indeferencia en muchos lugares, y una invisibilización de esa violencia. Himmelweg quería hablar de eso. El hecho de que hubo gente que fue perseguida en su casa y no tuvo otra a la que acceder nos tiene que hacer pensar en nuestro tiempo. Si hay gente que está sufriendo persecuciones en su país, Europa debe acogerla. Inmediatamente, los columnistas y los políticos tendrán que encontrar cómo hacer eso para que luego no se produzcan desequilibrios que se paguen por otro lado. Ése es su trabajo. Pero no se puede contestar con cinismo diciendo: ”Yo no hago esto porque el otro no lo hace”.

-Entonces, ¿qué papel tiene la memoria en la sociedad?

-Desde luego, hacer memoria siempre es hacer política. Vemos cómo una y otra vez es invocada, por ejemplo en el enfrentamiento que se da hoy entre el Estado central y Cataluña. Una y otra vez aparecen relatos concurrentes. Se suele utilizar la memoria para fortalecer las propias posiciones, los propios prejuicios. La memoria cuando se hace importante es cuando te desestabiliza, cuando te incomoda, cuando te obliga a actuar, y éste es el caso.

Lo que ocurre es que a veces se utiliza para falsear. En el caso concreto de Cataluña, se ha tergiversado mucho.

-Sin duda, no hay nada más imprevisible que el pasado. Es un permanente campo de batalla para construir un relato que fortifique tu posición de presente. Benjamin hablaba de cómo hay posiciones que hacen un uso del pasado en la manera en que lo hace la moda: hay una colonización del pasado por parte del presente, que tiende a utilizarlo, a manejarlo como un espacio muerto.

-Siguiendo con Walter Benjamin: su tesis doctoral trataba de la revolución conservadora y la conservación revolucionaria. A la vista de los cambios políticos, ¿es posible en España hoy alguna de estas combinaciones?

-Yo siempre escribo desde la tensión. Algo constitutivo de mi teatro es que ningún personaje es estable, cada uno está habitado en cierto modo por su contrario, por su enemigo íntimo. Esa tensión aparecía en aquel trabajo. La estrategia hermenéutica de la tesis era leer a Benjamin, atravesado por la lectura paralela que estaba haciendo de Carl Schmitt, Ernst Juger, Juan Donoso Cortés… Benjamin sin duda es un revolucionario, un pensador de la izquierda, pero recupera asuntos, temas que no suelen abundar en el temario de la izquierda. Por ejemplo, él no tiene una actitud despectiva respecto de la religión ni de las tradiciones. Y piensa, políticamente, que la revolución se hará no tanto en la esperanza de la emancipación de los nietos sino en la memoria de la injusticia sufrida por los abuelos.

-En él hay una mirada hacia el pasado.

-Pero no es conservadora, sino que hay en su actitud un gesto conservador revolucionario. Mientras que los pensadores de la llamada “revolución conservadora” estarían en una situación contraria: tendrían un gesto revolucionario pero para conservar de algún modo el statu quo, el pasado. En unos y otros me interesaban ciertas convergencias que resultan explosivas. Benjamin habla de la revolución como Estado de excepción. No creo que mi tesis llegase a conclusiones. Pero aquellas lecturas reaparecen una y otra vez en mis textos. En la actualidad percibo una y otra vez cómo lo conservador y lo revolucionario se mezclan y aparecen contenidos reaccionarios bajo aspecto revolucionario. Y al contrario: cómo surgen fuerzas de emancipación que a simple vista pueden parecer conservadoras.

A la vista de esto, ¿sería interesante que leyeran a Benjamin los líderes de Ciudadanos o Podemos?

-Por supuesto, es fundamental. Dice Primo Levi que todas las historias están en el campo de concentración. Creo que lo dice en Los hundidos y los salvados. Todo está en el lager, una suerte de microcosmos en el que hay una densidad narrativa extraordinaria. Todos los personajes, todas las historias, las de los griegos y las que podamos imaginar, vuelven a aparecer ahí, en ese periodo y en ese espacio. Pero también enormes debates que nos son relevantes se dan precisamente en ese momento. Se está hablando de qué violencia es legítima, de si hay una violencia justa… Benjamin utiliza una imagen: el niño político mundial que está enredado en una red. Pensaba en ella cuando veíamos esta imagen espantosa del niño ahogado en la playa. Mi maestro, reyes Mate, me enseñó que el acto justo es una respuesta a la injusticia: cuando hay un niño en peligro, hay que reaccionar inmediatamente.

-Más que debatir…

-Sí. Y cuando hablamos de niños hablamos de mujeres, ancianos, seres desnudos. La vida desnuda hay que protegerla. Esto es el judeocristianismo: el judaísmo, primero, y luego el cristianismo, lo que proponen es una moral de defensa de la vida. Luego ya vendrá cómo nos organizamos, pero a esto hay que responder inmediatamente.

-¿Ahí entraría el Islam? ¿Debería, por su raíz estar en la misma definción, aunque estemos viendo barbaridades?

-Sin duda, los pueblos del Libro no deberían dudar acerca de eso. Yo no participo de la fe del resucitado. Esto tiene que ver con lo que hablábamos de Benjamin. Por eso he escrito una obra como La lengua en pedazos. No tengo una actitud de superioridad respecto a la religión: no me siento más listo que mis padres. Hay un misterio que me importa. Benjamin muere antes del Holocausto, en 1940, pero él y otros están detectando que hay una lógica perversa que conduce al exterminio. La derrota militar de los alemanes en 1944 no interrumpe esa lógica sacrifical, que ha sobrevivido. Es eso lo que hay que interrumpir: tenemos que organizarnos de modo que los seres humanos sean cuidados.

-Hablamos de filosofía, usted procede de esa formación. Y luego se dedica al teatro. Parece antitético: lo racional frente a lo instintivo. ¿Ha tenido conflictos por ello?

-Creo que no. Me siento privilegiado de trabajar en el teatro, porque me permite explorar preocupaciones que tengo. Las que veo cuando estoy en un parque o dilemas morales y políticos como los que pueden aparecer en obras como La paz perpetua. El teatro es un arte extraordinariamente acogedor. Piensa y da que pensar. Tiene la capacidad de presentar ante el espectador problemas para los que el filósofo todavía no tiene palabras.

-O sea, que son dos mundos más cercanos de lo que parece.

-Filosofía y teatro nacen al mismo tiempo, del conflicto, del vértigo que produce la situación conflictiva. Cuando Sófocles escribe Antígona lo importante no es la posición del autor, sino que el espectador quede suspendido ante la pregunta. No veo una discontinuidad entre mi trabajo en la filosofía y en el teatro. Al contrario: de algún modo, hago filosofía, en el sentido de que propongo una conversación sobre problemas que me importan.

-También es matemático. Otro mundo que parece tener poco en común con el teatro.

-Alguna vez he establecido la relación entre el teatro y la cartografía y las matemáticas. Un buen mapa es aquel que te hace ver aquello que no verías a simple vista. Un gesto importante del cartógrafo es la exclusión: quita algo para hacer otra cosa visible. Luego busca un código sencillo. Cuando hago teatro, hago cartografía. El matemático es un cartógrafo de cierto tipo de ideas: busca aquello que es común a realidades aparentemente diferentes pero en las que subyace una idea común. Es lo que hacen la fórmula de la elipse, la noción de triángulo, el Teorema de Fermat o el Binomio de Newton. Ese trabajo es común a la escena: el del teatro ha de ser un lenguaje sin grasa. El mejor actor es capaz de dar cuenta del estado de un personaje sólo con un gesto. Y con ese gesto, espectadores que nada tienen que ver entre sí, se reconocen. Mi trabajo como matemático me ha nutrido como dramaturgo en esa búsqueda de lo esencial.

Se le ha etiquetado como autor de un teatro de tesis. ¿Se siente cómodo en esa definición?

-No, si uno echa un vistazo a textos como El jardín quemado o Himmelweg, antes que una tesis lo que aparece es la presentación de problemas. Otra cosa es que yo tenga mi propia respuesta. Por ejemplo, La paz perpetua es una obra que hace una pregunta sobre el mal necesario.

-Es un debate muy interesante sobre la libertad y la seguridad, si no recuerdo mal la escribe después del 11-S…

-La escribo, de hecho, después del 11-M. Este verano se ha repuesto en México y se da en distintos lugares. Aquí inmediatamente se asoció a ETA, pero para mí es una cuestión importante. Mi respuesta tiene que ver con la de algún personaje. En la obra se plantea si debería torturarse a un sospechoso cuya confesión pudiera salvar a población civil amenazada. Mi respuesta es la que daría, creo, el propio Kant: la tortura es inaceptable, porque torturar a un ser humano es tratarlo como a un cuerpo. Eso tiene que ver con que la obra esté contada a través de perros. Si yo te torturo, te convierto en un medio, te estoy animalizando. Si uno hace eso, todos estamos en peligro.

-Pero también da voz a los malvados.

-Cuando escribí La paz perpetua, era importante no ridiculizar a la posición contraria, al ser humano que plantea el problema, no convertirlo en un fascista de libro. En Himmelweg, intenté hacer al comandante nazi tan inteligente y atractivo como pude. Es fácil ridiculizarlo y el espectador lo está deseando. Hay que evitar deslizarse a la posición de la víctima. Es el lugar sagrado, el de la inocencia. Yo intento distanciarme de ese tipo de creadores que dicen querer hablar por los sin voz. Tú no tienes derecho a hacer eso: es una suplantación, una segunda muerte. No puedes hablar por el niño que murió en la playa. Lo más que puedes hacer es que resuenen su silencio y que se perciba su ausencia.

Es más interesante colocar al espectador en el lugar del verdugo.

-Sí, hacer que se pregunte: ¿hasta qué punto hay alguien así en mí? ¿Alguien como el comandante de Himmelweg, el hombre bajo de Animales nocturnos, el Inquisidor de La lengua en pedazos…? ¿En qué medida hay en mí algo que mata? No intento presentar tesis. Trato de defender y de atacar cada personaje a muerte.

-Hasta el punto de convertirse en personaje, un autor teatral, enfrentado a su némesis en El crítico.

-No hay encuentro más duro que el que podríamos tener al hallar en nuestro camino una posibilidad de nosotros mismos; aquel que serías si hubieses tomado la decisión que no tomaste. El combate es existencial. Son duelos espectrales de alguien con su enemigo íntimo, su fantasma. Eso tiene que ver con Reikiavik: Waterloo y Bailen, y Fischer y Spassky acaban siendo pareja. No hablo de homosexualidad. No hay nadie que sea tanto tu pareja como tu enemigo.

-¿Me acaba de reconocer que los críticos son sus enemigos?

-Yo me los tomo muy en serio. En mi ordenador hay una carpeta que se llama Tormenta, como mi gato, pero que en realidad son comentarios que me ha hecho gente que me importa. Yo no debo ser obediente al espectador, y el crítico es uno privilegiado. Pero sería imbécil si no le escucho. Entiendo la crítica, en principio, como un gesto de amistad. Si un amigo me dice “te sienta fatal esa camisa” no lo entiendo como un gesto agresivo, sino de amistad. Una y otra vez en la vida y, desde luego, en el teatro, descubro que hay gente que tiene otras razones que yo no tengo.

En el melonar horrendo

Ilustracion arponero

La sala era enorme, el ambiente gélido. El Comité Central se hallaba reunido para escuchar a su Secretario General el camarada Nikita Kruschov, un burócrata sin carisma que había escalado, peldaño a peldaño, en el aparato del partido. Kruschov instó a los miembros del Politburó a dejar a un lado querellas y diferencias para centrarse en lo fundamental: el plan quinquenal destinado a impulsar el crecimiento de la URSS.

La sala era enorme, el ambiente gélido. El Comité Central se hallaba reunido para escuchar a su Secretario General el camarada Nikita Kruschov, un burócrata sin carisma que había escalado, peldaño a peldaño, en el aparato del partido. Kruschov instó a los miembros del Politburó a dejar a un lado querellas y diferencias para centrarse en lo fundamental: el plan quinquenal destinado a impulsar el crecimiento de la URSS. Con la calculada cadencia de los avezados remeros del Volga, los más pelotas comenzaron enseguida a impulsar el premioso y ramplón discurso con estratégicos aplausos y, poco a poco, la sala se fue caldeando hasta alcanzar el cénit de la apoteosis programada. Pero justo cuando una de las ovaciones más prolongadas estaba remitiendo, una voz se alzó en medio de la masa: “¿Por qué no denunciaste a tiempo los crímenes de Stalin?”. Tras un momento de confusión, Kruschov se revolvió en su mediocridad autoritaria y rugió con rabia: “¿Quién ha dicho eso?”. Un silencio sepulcral invadió la sala. El osado espontáneo enmudeció y con él cuantos pensaban lo mismo, que no eran pocos. Al cabo de medio minuto de tensión extrema, durante el que midió a todos con la mirada, Kruschov añadió: “He ahí la respuesta”.

Pues bien, en el PP ni eso. Ni ese conato de esbozo de amago de apariencia de contestación que se extingue cual fuego fatuo al entrar en contacto con la atmósfera. Si la potencial disidencia o la mera ansia de debate no llegaron a ninguna garganta es porque quedaron ahogadas en un mar de estómagos agradecidos. Los 600 miembros de la Junta Directiva Nacional acudieron con mansedumbre lanar, aplaudieron con servidumbre bovina y rompieron filas con docilidad perruna. ¡Pobres animales, qué injustas son estas metáforas! ¡Cuánto mejor sería nuestra vida pública si entre la pléyade de carguitos, carguetes y cargazos del partido en el poder cundiera al menos la nobleza de los cuadrúpedos que transportan fardos, se dejan ordeñar mañana tras mañana y ladran para avisar de que alguien nos saquea o nos agrede!

Esos animales nos dan mucho y nos piden poco. Así eran también los hombres de la UCD, del PSP o del PCE. Lo contrario que los políticos profesionales de hoy. No, lo del martes no fue el silencio de los corderos sino el silencio de los pastores, reunidos con el exclusivo fin de garantizar que nada -ni la ética, ni la estética, ni menos aun la filosofía de la Historia- les “distraiga” de la preservación y reparto de la pitanza perpetua que nos obligan a entregarles. ¿Cuántos trienios de antigüedad devenga ya Javier Arenas, en el Gobierno y en la oposición, en la salud y en la enfermedad, en Sevilla y en Madrid? ¿Diez, doce, catorce? ¿Es por eso por lo que le tiene tanta tirria su émula y sin embargo amiga y enemiga María Dolores de las Mentiras?

Ilustración: Javier Muñoz
Ilustración: Javier Muñoz

Llevaban dos años sin ser convocados y ni siquiera preguntaron por qué. Como para hablar de Bárcenas, los SMS, las trolas de Rajoy o las promesas incumplidas. Dice mi querida Cayetana Álvarez de Toledo que ella tenía pensado haber intervenido -al menos hubo pues un pecado de pretensión- pero que no existió turno de palabra. Vaya por Dios. Ignoro si la resuelta diputada se dirigió a la mesa presidencial para pedir hablar, si alzó la mano -o incluso la voz- antes de que se levantara la sesión o si se conformó enseguida, por mor de la rutina antiparlamentaria que rige en el Parlamento al que pertenece. Supongo que mañana o pasado declinará el acta y el carné como protesta por haber sido amordazada dentro de ese “melonar en la cloaca” del que ahora hablaremos.

Ella mejor que nadie sabe que el verdadero propósito que animó a Rajoy a convocarles fue recoger el guante de Aznar cuando preguntó con tono de ultratumba “¿Dónde está el PP?”. Pues aquí lo tienes, José María, je, je, je. Ya lo ves, en primer tiempo de saludo. Sometido, entregado, babeante casi. ¿Cómo, que no oyes nada más que ruido? Lo que pasa es que sólo aplauden. Sí, tú fomentaste la cultura del asentimiento y yo la he adaptado a mi estilo. Oye, puro sentido común.

La antinomia Aznar/Rajoy no es sino la antinomia Maura/Dato en el Partido Conservador de hace un siglo. Maura fue un gran caballero de capa y plumero; Dato un pobre administrador de fincas urbanas, realzado por los anarquistas que le cosieron a balazos desde un sidecar. El polémico diputado y periodista Luis Antón del Olmet que fluctuó entre uno y otro, antes de ser también asesinado por un turbio asunto de celos, dejó un retrato tan implacable como veraz de Dato: “Practica el sistema de la inhibición. Cree que todo se resuelve en la vida ante los problemas estándose quieto. Estudiarlos es molesto y resolverlos es comprometido. Cuando ve una tempestad piensa en que vendrá la calma. Y si naufraga piensa que habrá una tabla salvadora… Lo ve todo con mirada fría, sin corazón ni entendimiento, como un faquir calvo y mondo, impasible”.

Menos lo de “calvo y mondo” todo lo demás retrata al Rajoy que ahora pretende apuntarse la medalla de que Obama apostara por el fracking, hundiendo el precio del petróleo y abaratando providencialmente la factura energética para países como España: así se las ponían a Fernando VII. También fue Antón del Olmet el que patentó lo de “el melonar en la cloaca” para referirse a la clase política del final de la Restauración. Explicaba que cuando “un joven arribista” quería ser “tribuno de la plebe” en vez de buscar el voto en su distrito, “suaviza la lengua, llega a una antesala, penetra en un despacho y limpia con prolija asiduidad las infructuosidades del ojete de un prócer… En vez de cuidarse distritos, de cuidarse a la patria, se cuidan esfínteres”.

De ahí la claridad de su propuesta regeneracionista: “Hay que despoblar el Congreso de lameculos, hay que barrerlos a escobazos”.  Manda carámbanos que cien años después estemos en las mismas -de qué iban a haber llegado si no algunos a ministros- y haya tenido que ser el carpetovetónico León de la Riva el que excusara su asistencia al “melonar” por no estar ya “en edad” de ejercer como “palmero”. ¡Ay la Santa Cofradía de la Lista Cerrada y Bloqueada!

A algunos les sorprende el conformismo con que alcaldes, concejales, diputados y senadores de este PP de la Guyana siguen a su reverendo Jones camino del suicidio electoral. Pero es que él les ha prometido la vida después de la muerte y ya ha predicado más de una vez con el ejemplo.

En primer lugar, perder la mayoría absoluta en una institución no es perder el poder porque sólo en Baleares cuajan esos pactos antinaturales de todos contra el PP y a ver qué hace Ciudadanos allí donde tenga la llave. En segundo lugar, perder el poder no es quedarse a dos velas porque en la oposición también se cobra. ¿Dónde se vive mejor sino en la sede del partido con tu buen sueldo y sobresueldo, a cambio de hacer muy poco o nada? Puede funcionar además la mecánica del Estafermo: ahora le dan a él un buen tantarantán en el pecho de todos los candidatos a las autonómicas y municipales y la propia inercia le permite derribar luego al adversario en las generales, propinándole una leche por la espalda. En último caso siempre quedaría la gran coalición en la que ya trabajan Mariano con Felipe, Pedro Arriola con José Enrique Serrano, Moncloa con Zarzuela y los grandes patronos del Ibex con todos sus legacy media. Pues no hay covachuelas a repartir en ministerios, organismos o empresas públicas… Ninguno de los 600 de Ayete cree correr el menor riesgo de quedarse a la intemperie.

Quien pasta en el presupuesto en el rebaño del PP o del PSOE es político para toda la vida. Igual que cuando un artesano entraba en un gremio medieval. Sólo debía preocuparse de que el sistema de closed shop y numerus clausus se mantuviera inamovible. Yo que Albert Rivera me prepararía para afrontar todas las modalidades de la guerra sucia. Aminorada la crecida de Podemos, la prioridad del Régimen es ahora cercenar el vuelo de Ciudadanos para que los electores sigan siendo rehenes del turnismo de dos maquinarias corruptas.

Contra eso se rebeló Antonio Maura, el último demócrata de derechas que gobernó España antes de Aznar, cuando ya en 1881 se preguntaba como diputado bisoño: “¿Es que se pretende que los dos partidos abran una cuenta de delitos y de infamias y que no se discutan más que los saldos, de suerte que las atrocidades que haya cometido uno se hagan carta blanca para que el otro las cometa y se empiece a contar cuando las exceda?”.

“Yo que Albert Rivera me prepararía para afrontar todas las modalidades de la guerra sucia. Aminorada la crecida de Podemos, la prioridad del Régimen es ahora cercenar el vuelo de Ciudadanos para que los electores sigan siendo rehenes del turnismo de dos maquinarias corruptas”.

Exactamente es lo que pasa hoy con la Gürtel y los ERE en todas sus variedades. Oyendo a Griñán llamarse andana, cualquiera diría que quien cometía delitos similares a los de Genova 13 también era el Palacio de San Telmo. ¡Caramba con los inmuebles! Hasta para responder de un presunto palanganazo doméstico están blindadas Sus Señorías. El resultado es eso que algunos bautizamos como “la casta”, mucho antes de que Pablo Iglesias triunfara en el duopolio televisivo que ahora le venderá a cambio de nuevos canales. Antón del Olmet retrató bien a esa “gente sin credo ni alma, residuo y escoria de una oligarquía desmoronada, resultante selecta de una política inmoral, fementida y embaucadora… excrecencia social, detritus sostenido por el caciquismo… peldaño último de un descenso infamante, muladar infecto donde se pudre el cuerpo de España”.

Frente a La Política Horrenda -así tituló el libro del que proceden estas citas-, encarnada por un anciano ruin y decrépito, veía, como Ortega, una Nueva Política representada por el joven que exponía alegre sus pretensiones: “Quiero una España con libertades y con garantías, con Parlamento y Municipio, con Magistratura independiente, con holgura espiritual”.

Al escucharle, el viejo rezongó en medio de su bilis: “Ese me arrastrará hacia la muerte. ¿Qué será de mí sin concejales míos, sin diputados míos, sin jueces míos? ¡Concejales, diputados y jueces de la Patria…! Eso me arruina, me destruye”.

Cien años después he aquí de nuevo la misma confrontación en el escenario de las urnas. “El dragón es demasiado grande, su apetito es enorme, responde a una avidez milenaria, tiene armas diversas”, advertía Antón del Olmet. Vaya que si las tiene, lo sé por amarga y reiterada experiencia. Por eso era adecuada la receta que tan malhadado colega dejó a la posteridad: “Hace falta que cuando se lea el periódico se diga ‘he aquí una tribuna popular, un órgano de fiscalización, un guía de opinión sincero’ y no ‘he aquí un entendimiento que se mueve por el interés'”. E igualmente alentadora era su declaración de intenciones al lanzar El Parlamentario: “España tendrá un periódico de otro clima, de otra zona animal, de otra fauna, distinta de la de ahora, hija de la impotencia económica y de las cercanías del pecado”.

A base de tanto chapotear entre detritos, Antón del Olmet fue confundiéndose con el paisaje de la corrupción que denunciaba –El Parlamentario acabó siendo un órgano execrable- y no cumplió ninguno de sus compromisos regeneradores. Yo sí lo haré. De sobra sé que eso es lo que esperan los 5.624 accionistas de EL ESPAÑOL.