¿Adiós a todo esto?

La cita electoral del 27 de septiembre abre la espita de la presión y baja el suflé. Se recupera parte del seny perdido. El trastorno mental es pasajero. La febrícula remite. El paciente, dentro de su gravedad, mejora.

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Artur Mas y Oriol Junqueras. / FLICKR DE CDC

 

Un cierto alivio en la exhalación. Un desasosiego en la inspiración. Un acto reflejo que como la risa va por barrios. La cita electoral del 27 de septiembre -¡cuan largo me lo fiais!- abre la espita de la presión y baja el suflé. Se recupera parte del seny perdido. El trastorno mental es pasajero. La febrícula remite. El paciente, dentro de su gravedad, mejora.

Otros, en cambio, creen que Cataluña sufre hipotermia. Que el llamado (en términos kafkianos) proceso se ha ralentizado. Que el entusiasmo ha descendido. Que la rauxa está controlada y los ánimos se han enfriado. La Vanguardia, el periódico que nada y guarda la ropa de un grande de España, decreta que el independentismo ya no es el movimiento más extendido en la sociedad catalana. Rajoy vaticina –lagarto, lagarto- que las cosas estarán más tranquilas de aquí a un año. Conclusión: impera el hartazgo.

La realidad (menuda palabreja) se ha tornado líquida y todo es volátil. Seguimos metidos en un laberinto sin salida. Vivimos en una agonía, prendidos del dobladillo de la última encuesta, entre las cábalas y las incertidumbres. ¿De verdad habrá elecciones?

La guinda del pastel

Nos han pasado de pantalla y ahora estamos sumergidos en el ciclo electoral pero en la llamada clave española. Fuera del foco principal, somos la guinda del pastel. La burbuja mediática catalana está de los nervios. Aquí sólo se ve TV3 aunque solo la vean el 13% de los catalanes. Pero las televisiones de las Españas han implantado la platocracia y hemos pasado de Belén Esteban al “Coletas” o a Albert Rivera e imperan los adanes.

Aquí sólo tenemos al juez Vidal que pide una oportunidad. En el Madrid de la Restauración estaban los cesantes de don Benito Perez Galdós que repetían “¿Qué hay de lo mío?”. Aquí han aparecido los postulantes que igual se ofrecen para una ocupar una plaza en una lista de país (como si las otras fueran del extranjero) que para la concesión de una frecuencia radiofónica. El apocalipsis puede esperar. El tsunami que acabará con la vida política de los líderes catalanes es todavía una tormenta en un vaso de agua. La historia es como la hierba: nunca se la oye crecer.

Estamos subidos al tiovivo dando vueltas y más vueltas y sin divisar siquiera Ítaca. Como las golondrinas del puerto que nos llevan de ninguna parte a ningún sitio. Estamos siempre en la primera vuelta de la segunda vuelta y así sucesivamente, volviendo de nuevo a la casilla de salida.

Hamlet y Sant Jordi

Las elecciones del 27S serán plebiscitarias o el cuento de la lechera. Pero al día siguiente estaremos en el mismo lugar. Queremos ser la Dinamarca del Sur: ya tenemos a nuestro príncipe Hamlet y todo huele a rosas por Sant Jordi. Andamos buscando una mayoría absoluta con un candil aunque sea sumando peras con manzanas y aunque las mayorías absolutas son el hombre del saco. Seguro que en la noche electoral saldrán todos los que han de salir diciendo que gana el procès.

Según los oráculos, el nuevo Parlamento catalán tendrá un aspecto fragmentado, variopinto y multicolor. Es decir, intrínsecamente catalán. Tendrá un gran parecido a la samfaina, salsa por antonomasia de la cocina catalana. O a aquellos mosaicos hechos con trozos rotos de azulejos que son conocidos como el trencadís y que pueden verse en las obras de Gaudí

Las almas caritativas dirán que el resultado refleja la pluralidad de la sociedad y los del vaso medio vacío dirán que es el preludio de la ruptura social y algo que puede acabar de dos formas: mal o muy mal. Al fin y al cabo, el historiador Josep Fontana, que no es precisamente del PP, señaló que la independencia sólo se consiguecon sangre y lágrimas y a través de una guerra. Las independencias pacíficas han sido una excepción.

Hemorragia de imaginación

Estamos ya un tanto empachados de tanta jornada histórica. Hartos de que nos digan que hay vida más allá de la lampedusiana necesidad de que todo cambie para que todo siga igual. Continuará el “España nos roba” y el Tribunal Constitucional empleará el mismo lenguaje que utilizaba el capitán general Joaquín Milans del Bosch, que cerró el campo del Barça durante la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Un asunto recurrente ahora que se celebra en Barcelona la final de la Copa del Rey.

Han volado los puentes del diálogo. El pérfido Madrid sigue en medio de una estepa tibetana rematada por el palco del Bernabéu, donde las elites extractivas se comen a bocados la España sufragada con nuestros impuestos. Aquí en el noreste nos empeñamos en hablar en catalán por fastidiar. 

Que la supuesta intelligentsia española recurra a la correspondencia entre Unamuno y Maragall a principios del siglo pasado es más anticuado que las canciones de Concha Piquer. No es que a este lado del Ebro andemos sobrados. Algún iletrado ha sufrido una hemorragia de imaginación. Para dar visibilidad a la pluriculturalidad de España se le ha ocurrido que los carteles del Museo del Prado estén también en gallego, vasco y catalán. Casi tan brillante como la escritora catalana para quien la independencia es decir a qué hora y con quién haces el amor.

La cuestión es para qué hablar. Ni tan siquiera se habla ya de choque de trenes y  tampoco se hablan Oriol Junqueras y Artur Mas. Ya lo dijo Jose María Aznar, Disraeli mesetario: “Antes de que se rompa España, se romperá Cataluña”. Cuanto peor, mejor. No es que falten ideas. Es que ni puñetera falta que hacen. ¿Para qué?


Manuel Trallero es periodista y autor del libro Música Celestial sobre el caso Palau.