La diferencia entre matar a un ruiseñor y poner un centinela

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Cinco décadas después de publicar Matar a un ruiseñor llega a las librerías Ve y pon un centinela. 20 años transcurren entre ambas historias escritas por Harper Lee. El nuevo libro se presenta como la segunda parte de la primera novela, pero se escribió antes. En la reciente publicación el mito de Atticus se rompe. El abogado defensor de los negros se muestra ahora racista y segregacionista. Su hija Jean Louise, ‘Scout’ en la primera novela, cuenta cómo su padre deja de ser su ídolo para convertirse en un hombre deplorable cuyos actos la hacen vomitar. 

En la imagen, Atticus Finch (Gregory Peck) y Harper Lee.

Matar a un ruiseñor, el premio Pulitzer que dibujó como pocos el deber del buen ciudadano y el mito de la justicia y la igualdad en la Norteamérica sureña, racista y segregacionista, ha desembocado en Ve y pon un centinela. El nuevo best seller ha traído noticias de errores de imprenta, peleas de editoriales por publicar el libro del año y el morbo añadido sobre si la autora permitió o no, a sus 89 años y después de 55 de silencio, la publicación del mismo.

Más que un cambio de la primera a la tercera persona en la narración, el nuevo libro de Harper Lee es un paso de lo idílico a lo real. Matar a un ruiseñor es la historia de Atticus Finch narrada por su hija. Finch es abogado, viudo y padre de dos pequeños (Scout y Jem), que se ve en la obligación de defender a Tom Robinson, un joven negro acusado de violar a una blanca. El pueblo entero se pone en su contra pero Atticus se mantiene firme y recto en su juicio. El letrado lleva al extremo sus deseos de justicia, sin importar el color del acusado, aunque sabía que el juicio estaba perdido desde antes de empezar.

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Cinco décadas después se publica Ve y pon un centinela. La nueva trama tiene lugar 20 años después de lo narrado en Matar a un ruiseñor. El libro se presenta como la segunda parte de la primera novela, pero se escribió antes. En la reciente publicación el mito de Atticus se rompe. El abogado defensor de los negros se muestra racista y segregacionista. Su hija Jean Louise, apodada Scout en la primera novela, cuenta ahora cómo su padre deja de ser su ídolo para convertirse en un hombre deplorable cuyos actos la hacen vomitar. Pero Jean Louise también deja de ser Scout.

“Atticus se convirtió en un héroe que trascendió al racismo”, explica a EL ESPAÑOL la catedrática de literatura inglesa de la Universidad de Navarra Rocío Davis. “En Ve y pon un centinela deja de ser así y se ajusta más a la realidad. Finch vivió en la década de 1950 en el sur de Estados Unidos, donde casi toda la sociedad era racista. Él era un abogado que creía en la justicia, aunque en un momento de la primera novela dice no querer el caso”, añade. La editorial HarperCollins, que publica Ve y pon un centinela, explica que este último fue rechazado por los editores de Harper Lee y después de reescribirlo surgió el primer libro.

La publicación de lo que se suponía iba a ser la segunda parte de Matar a un ruiseñor, más que una continuación parece una contradicción.

1. El título de la inocencia y el de la defensa

El emblemático título del libro ganador del Pulitzer habla de justicia. En Matar a un ruiseñor Scout narra cómo su padre, cuando les regala a ella y a su hermano Jem unos rifles de aire comprimido, les pide que utilicen bien su nuevo juguete:

 

“… Matad todos los arrendajos azules que queráis, si podéis darles, pero recordad que matar un ruiseñor es pecado.

Aquélla fue la única vez que le oí decir a Atticus que ésta o aquélla acción fuesen pecado, e interrogué a miss Maudie sobre el caso.

–Tu padre tiene razón me respondió–. Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos. No devoran los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor”.

 

Es pecado hacer daño al inocente, es pecado culpar a alguien de algo que no hizo. Por eso, Atticus Finch defiende a Thomas Robinson (“Tom”), un joven negro acusado de violar a una chica blanca.

Ve y pon un centinela es un título sacado del libro de Isaías en el Antiguo Testamento que dice: “Porque el Señor me dijo así: ve y pon un centinela que haga saber lo que viere”. La desesperación de Jean Louise al descubrir que su padre asistía a reuniones en las que se defendía la segregación racial es lo que le da el título a la novela:

 

“Necesito un centinela que me diga ‘esto es lo que dice fulano y esto es lo que quiere decir de verdad’, que trace una raya en medio y diga ‘aquí hay una justicia y me haga entender la diferencia’”. [Dice Jean Louise].

 

Finalmente, el Tío Jack, hermano de Atticus Finch, tranquiliza a Jean Louise cuando le dice: “La isla de cada ser humano, Jean Louise, el centinela de cada uno, es su conciencia. Eso de la conciencia colectiva no existe”. Al mismo tiempo le explica que ella ha confundido a su padre con Dios, pues nunca fue capaz de verle como un “hombre con el corazón de un hombre”, según le explica el Tío Jack a su sobrina.

Atticus y Scout.

2. La traviesa Scout y la señorita Jean Louise Finch

La niña intrépida se ha convertido en la señorita Jean Louise. Scout golpeaba a sus compañeros de clase y jugaba como un chico más con su hermano y su mejor amigo Dill, personaje inspirado en Truman Capote.

 

–¿Retirarás lo que dijiste, muchacho?

–¡Tendrás que obligarme primero! –chilló él–. ¡Mis padres dicen que tu padre era una calamidad y que aquel negro debería colgar del depósito de agua!

Yo le asesté un golpe, y recordando lo que Atticus me había dicho, dejé caer los puños a los costados y me marché. El grito de: “¡Scout es una co…barde!”, retumbaba en mis oídos. Era la primera vez que abandonaba una pelea.

 

Dos décadas después Jean Louise sigue siendo testaruda. Aún tiene problemas con su tía Alexandra, la hermana de Atticus que se encargó de la educación de sus hijos cuando él quedó viudo. Que Jean Louise no fuese femenina ni se relacionara con la sociedad sureña siguen siendo, desde la primera novela, un problema para su tía. “Me gustaría que esta vez intentaras vestirte mejor mientras estés en casa. La gente se lleva una mala impresión de ti. Piensan que eres… eh… de barrio pobre”, dice Alexandra a Jean Louise en Ve y pon un centinela.

Jean Louise intenta ser Scout en toda la nueva novela, y mantiene su carácter: “Tía … ¿por qué no te vas a la mierda?”, le dijo a Alexandra cuando le argumentaba que no debería casarse con Hank, su novio, porque era “gentuza”. Aunque al final de la trama la nueva Jean Louise decide dejar a Hank:

 

— Tío Jack —le dijo—, ¿qué voy a hacer con Hank?
— Lo que desees hacer, cuando llegue el momento— respondió él.
— ¿Rechazarlo sin más?
— Ajá.
— ¿Por qué?
— No es de tu clase

 

“Ama a quien quieras, pero cásate con los de tu clase”, piensa y narra Jean Louise después de lo que le ha dicho su tío. Y eso hace; lo rechaza porque no es de su clase.

Atticus Finch y su defendido Tom Robinson.

3. De ejemplo de padre a abogado racista

Aunque Jean Louise siempre llamó a Atticus Finch por su nombre, el personaje del primer libro era un padre, el padre de Scout: un hombre idealizado, ícono de abogados y de todo ciudadano estadounidense. El Atticus Finch de Matar a un ruiseñor era la estrella del primer libro, que en el cine dio un oscar a Gregory Peck (quien representaba el papel del abogado).

 

–Atticus, ¿tú defiendes nigros? –pregunté a mi padre aquella noche.

–Claro que sí, Y no digas nigros, Scout. Es grosero.

–Es lo que dice todo el mundo en la escuela.

–Desde hoy lo dirán todos menos una…

 

Ese fue el padre de Scout de frases lapidarias como: “Derechos iguales para todos; privilegios especiales para ninguno”. El nuevo Atticus es otro personaje, un abogado racista que sólo conserva su caballerosidad:

 

—Entonces vamos a llevarlo al terreno práctico. ¿Quieres que haya negros a montones en nuestras escuelas, en nuestras iglesias y nuestros cines? ¿Los quieres en nuestro mundo? [Dice Atticus a Jean Louise].

—¿Son personas, no? Estuvimos muy dispuestos a importarlos cuando nos hacían ganar dinero. [Contesta Jean Louise].

—¿Quieres que tus hijos vayan a una escuela que haya bajado de nivel para integrar a niños negros?

—El nivel académico de la escuela que hay en esta misma calle no podría ser más bajo, Atticus, y tú lo sabes. Tienen derecho a las mismas oportunidades que los demás, tienen derecho a disfrutar de las mismas…

 

”Según mi experiencia lo blanco es blanco y lo negro es negro”, concluye el Atticus de 72 años.

4. La trama: los juegos y los problemas de amor

Scout, junto con Jem y Dill (su hermano mayor y el mejor amigo de ambos), llenan Matar a un ruiseñor de historias graciosas. Entre juegos y problemas de niños que en apariencia son insignificantes pero que para ellos son grandes preocupaciones, Scout cuenta cómo era la realidad del sur de Estados Unidos durante la década de los treinta con los problemas de la Gran Depresión.

El mayor misterio para Scout y sus compañeros de aventuras es la casa de los Radley. Los niños crean una historia ficticia alrededor de Boo Radley, uno de los jóvenes de la casa que es bastante excéntrico. Boo sale poco a la calle, y eso les da oportunidad para crear de él un monstruo extraño.

 

Ahora que Walter y yo andábamos a su lado, parecía que Jem le temía muy poco a Boo Radley. Lo cierto es que se puso jactancioso.
–Una vez subí hasta la casa– dijo.
–Nadie que haya ido una vez hasta la casa debería después echar a correr cuando pasa por delante de ella –dije yo, mirando a las nubes del cielo.
–¿Y quién echa a correr, señorita Remilgada?
–Tú, cuando no va nadie contigo.

 

Boo Radley termina defendiendo a Jem del ataque de venganza de Bob Ewell, el padre de la jovencita que acusaba a Tom Robinson de violación. Esa es otra lección más de la novela. En el proceso antes y durante el juicio de Atticus como defensor de Tom: en palabras de niños, con juegos y exageraciones la novela ahonda en temas trascendentales y deja enseñanzas que han sido objeto de estudio.

El nuevo libro hace menos aportaciones trascendentales. Boo Radley no aparece en la historia, tampoco Dill; y Jem ha muerto. Según el New Yorker durante toda la novela se apela a clichés de la época, las ya muy conocidas actuaciones de negros frente a blancos. Ejemplo de esto es el encuentro de Scout con su amada Calpurnia, la cocinera negra que la cuidó durante toda su infancia:

 

— Cal —le dijo llorando—, Cal, Cal, Cal, ¿qué me estás haciendo? ¿Qué sucede? Yo soy tu niñita, ¿es que te has olvidado de mí? ¿Por qué me apartas? ¿Qué me estás haciendo?

Calpurnia levantó las manos y las apoyó suavemente sobre los brazos de la mecedora. Su cara tenía mil pequeñas arrugas y, detrás de las gruesas gafas, sus ojos se veían apagados.

—¿Qué nos están haciendo ustedes a nosotros?— preguntó ella.

Calpurnia fue clave en la educación de los dos niños huérfanos de madre, parece increíble que actúe de tal forma. Pero es verdad que la historia de las afroamericanas trabajadoras del hogar que al pasar los años se separan de los niños que han educado es ya un cliché de principios del siglo XX; así se muestra en películas como The Help (Criadas y señoras).

Además, los problemas de Jean Louise ya no son pelear con sus compañeros porque ofendan a su padre por defender a Tom. Ahora le preocupa, como a las mujeres de su época, casarse con el hombre correcto, pues entiende que su novio Hank no es de su clase y eso puede traerles problemas después:

 

—Lo siento, cariño. —Apagó su cigarrillo—. Es solo que me da miedo casarme con quien no debo. Con un hombre con el que no congenie, quiero decir, Soy como todas las demás mujeres, y si me caso con quien no debo me convertiré en una arpía gritona en tiempo récord. [Dice Jean Louise a Hank].

 

5. Los medios del Pulitzer y los medios de la secuela

Así cubrieron los medios la salida de Matar a un ruiseñor y así lo hacen ahora con Ve y pon un centinela:

The Atlantic: Antes y ahora

Time: Antes y ahora

NYT: Antes y ahora

El País: Hace 5 años y ahora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otros medios online han hablado de Ve y pon un centinela, como los estadounidenses Quartz y la revista Slate.  Quartz hace hincapié en la idea de que Ve y pon un Centinela es un borrador de lo que fue después el libro ganador del Pulitzer. Muestra párrafos que se repiten en ambas novelas, líneas enteras con palabras exactamente iguales. Pero en Quartz dejan abierto el debate y no se posicionan.

La revista Slate habla con personas que llamaron a sus hijos Atticus. Ellos intentaban inculcar en sus pequeños la justicia que representaba el personaje ficticio. Hoy se sienten defraudados.

El periodismo y el perro de Pavlov

El caso del Telegraph y Peter Oborne deja claro que la mejor manera de evitar la influencia de las empresas en los periodistas es la financiación directa del producto por sus consumidores reales: los lectores.

Peter Oborne era el principal columnista político del Daily Telegraph, el periódico serio más vendido del Reino Unido. Esta semana dimitió porque su empresa engañaba a los lectores. Oborne se fue con una carta pública. Es una decisión rara: hay periodistas valientes que se van de un medio por estar en desacuerdo con la dirección, pero apenas los hay que lo hagan con una carta pública.

Es por tanto una noticia importante. Son asuntos que no se discuten en abierto. Aunque el caso de Oborne estuvo también a punto de no ser público. Oborne creía que el Telegraph engañaba pero iba a irse sin jaleo: iba a dimitir en silencio como tantos otros y a cambio conservaría su sueldo hasta el fin del contrato en mayo sin escribir. Los motivos de Oborne para la discreción eran habituales: “Con todos sus problemas, [el Telegraph] sigue empleando a un gran número de muy buenos escritores. Tienen hipotecas y familias. Hacen un buen trabajo en circunstancias difíciles”.

Pero hubo algo que le hizo cambiar de idea: la publicación mundial de las cuentas suizas del banco HSBC de la lista Falciani. La BBC, el Guardian, el Daily Mail y otros medios dieron las noticias en portada sobre el posible fraude. Pero el Telegraph no: “Nada el lunes [el día que estalló la información], seis párrafos enclenques abajo a la izquierda [el peor lugar en una doble página de periódico] el martes, siete párrafos en el fondo de las páginas económicas el miércoles”, escribe Oborne.

¿Por qué el Telegraph actuó así? Tres años antes el Telegraph había recibido una pista sobre cuentas de HSBC en Jersey, una isla paraíso fiscal junto a Gran Bretaña. Era un caso parecido a Falciani. Siempre según Oborne, el periódico publicó en noviembre de 2012 seis historias sobre el hallazgo tras meses de investigación. A principios de 2013 el HSBC canceló la cuenta de publicidad que tenía con el Telegraph. Según un empleado que habló con Oborne, la cuenta era “extremadamente valiosa”.

El Guardian ha reconocido esta semana que HSBC también canceló su cuenta con el periódico antes de que empezaran a publicar las historias suizas sobre la lista Falciani. El HSBC no confirma si las acciones de publicación y cancelación están relacionadas directamente.

El Telegraph tardó un año en recuperar la “confianza” de HSBC y los anuncios. Desde entonces, la reacción de los directivos del periódico se parecía a la del perro de Pavlov: cualquier cosa relacionada con el banco activaba un mecanismo de cautela. El director ejecutivo del grupo, Murdoch MacLennan, “expresaba preocupación con titulares incluso sobre historias menores”, dijo un directivo de la empresa a Oborne. Tras ese éxito, es obvio que HSBC no va a renunciar a esa influencia: “Una vez una institución poderosa sabe que puede ejercer influencia, saben que pueden aparecer y amenazarte”, dice a Oborne un ex periodista del grupo.

El trato temeroso con HSBC se extendía a otras noticias de gobiernos y empresas. Oborne incluso insinúa que los reparos del Telegraph se dieron también con las protestas de Hong Kong y el Gobierno chino -que paga un suplemento-, con la naviera Cunard y con la cadena de supermercados Tesco.

HSBC no es además un banco cualquiera. Estados Unidos le puso una multa de 1.900 millones de dólares en 2012 por blanquear dinero de cárteles mexicanos y tratar con gobiernos bajo sanciones como Irán, Libia o Cuba. Buzzfeed ha descubierto que el Telegraph incluso ocultó una exclusiva propia sobre los tratos del banco con Irán. La entidad tiene por tanto un interés obvio en intentar controlar qué se dice.

Uno puede pensar que los periódicos siempre tienen líneas rojas. Es verdad, pero no se extienden tanto. Oborne consultó al antiguo director del Telegraph Charles Moore para saber qué ocurría antes de la llegada de los propietarios actuales, los empresarios Barclay. Escribe Oborne:

Moore confesó que las cuentas publicadas de Hollinger Inc., entonces la empresa propietaria del Telegraph, no recibían el escrutinio que merecían. Pero ningún periódico en la historia ha dado una apariencia poco favorable a las cuentas de su propietario. Más allá, según me dijo Moore, no ha habido influencia comercial en la cobertura informativa del periódico.

Los medios nunca hablan mal de sus propietarios. Ahora parece un pecado venial.

El Telegraph niega las acusaciones. No solo eso. En una pieza firmada por “un periodista del Telegraph” -una práctica no habitual- y publicada en la portada en del periódico en papel, acusa al Guardian y al Times de diluir la “muralla china” entre los departamentos comercial y editorial. En el caso del Times relaciona una investigación de la empresa por dos suicidios recientes en su área comercial con la presión por conseguir mejores resultados. Al Guardian lo acusa de aceptar que Apple pida rodearse solo de buenas noticias en la home del periódico. Es un presunto hecho que tiene poco que ver con los periodistas: los comerciales deciden cuándo y cómo colocar un anuncio. La reacción del Telegraph no ha caído bien entre periodistas británicos:

Es fácil de imaginar que haya empresas en España con una capacidad de influencia similar en periódicos. Los medios de comunicación se mueven en un espacio gris donde conviven los beneficios económicos en declive con el servicio público de informar. Hay seguro publirreportajes ocultos. Aquí Antonio Villarreal da una interesante clasificación, sin nombres.

La crisis hace que mengüe la separación sagrada entre los departamentos editorial y comercial. Esa es la queja principal de Oborne. Las noticias se parecen más a los anuncios y los lectores tienen más difícil averiguar qué creer y qué no. Pero hay un segundo elemento que enturbia hoy la relación entre publicidad e información: los anunciantes han encontrado en internet otra vía para llegar a los consumidores. Ya no necesitan la mediación de los medios. Sus opciones de presión son mayores: tienen más variantes para invertir su presupuesto de comunicación.

Hace una semana murió el periodista David Carr, del New York Times. Tenía 58 años y en su última etapa escribía cada lunes de medios. Carr era famoso por haber investigado como periodista su pasado de drogadicto, por ser mentor de una generación de jóvenes y por hablar claro. Una de sus citas más emblemáticas sale en Page One, un documental de 2011 sobre el New York Times. Carr pone en su lugar a los jóvenes pretenciosos del nuevo periodismo digital que pretenden ser los primeros en cambiar el mundo.

Carr entrevista a los fundadores de Vice, que hacen documentales magníficos a menudo en lugares inhóspitos. Uno de ellos, Shane Smith, celebra un trabajo sobre canibalismo en Liberia y critica al New York Times por estar a otras cosas:

Nuestra audiencia dice eso es jodidamente loco, de chalados. Y el New York Times, mientras, habla de surf. Estoy aquí sentado y ¿sabes qué? No voy a hablar de surf, voy a hablar de canibalismo porque es lo que me toca las pelotas.

Carr le detiene: “Un segundo, tiempo muerto”. Y le advierte: “Antes incluso de que fuerais allí, nosotros habíamos mandado a periodistas para que informaran de genocidio tras genocidio”. Ahora viene la cita legendaria, muy serio: “Sólo porque os hayáis puesto un casco de safari y visto algo de caca, no os da derecho a insultar lo que nosotros hacemos”.

Smith pone cara de tragar saliva y se disculpa. En el vídeo la escena empieza hacia los 1:50 minutos.

Carr también tiene una explicación breve para jóvenes de por qué el periodismo es una combinación de oficio apasionante y trabajo penoso:

Como periodista, nunca me he sentido mal hablando a jóvenes periodistas porque es una burla enorme, enorme. Te permite salir, ir a hablar con extraños, preguntarles cualquier cosa, volver, escribir sus historias, editar la cinta. Eso no va a pagar tus préstamos tan rápido como debería, y no te a va a convertir en una persona que esté preocupada por qué coche debería comprarse, pero así es como debe ser. Es decir, es mejor que trabajar.

Es una cita para cada facultad de periodismo. Aquí hay una variante extendida.

*

Está claro que Carr defiende su oficio y no esconde sus problemas. En sus artículos sobre medios de los últimos años, el problema más evidente es la financiación de las empresas de papel tras la caída de ventas y publicidad. En noviembre Carr hizo un artículo sobre la independencia de los periodistas que trabajaban para medios creados por empresas anunciantes. Una empresa de telecomunicaciones, Verizon, tenía un medio sobre tecnología. La empresa dejaba claro que había temas que no iba a tratar porque le perjudicaban: la neutralidad de la web o espionaje en internet.

Pero pillaron a Verizon y la solución para llegar al consumidor de repente era mala: “Lo que era un intento de Verizon de construir fidelidad y relevancia tuvo justo el efecto opuesto”, dice Carr, y sigue: “La respuesta sobre todo escéptica a la página sirve como recordatorio de que publicar parece fácil, pero está lleno de peligros”.

Publicar puede de hecho ser contraproducente. Cada empresa debe decidir sus riesgos. Los periódicos no suelen ser puros, pero tampoco otras compañías. Shane Snow, cofundador de una empresa que se dedica a crear contenido para otras, dice a Carr que “obviaron la regla número uno de contar historias, que es no engañar al lector”. Verizon engañó al lector. HSBC y el Telegraph engañaron al lector. Son casos aislados de algo que es común, aunque la creciente variedad de medios y vigilancia lo hace disminuir. O al menos hace a los lectores aún más cautos.

La importancia de Oborne es haberlo contado. Permite entender los exquisitos mecanismos del perro de Pavlov en periodismo: la simple amenaza activa el temor, que acobarda más allá de lo previsto. Hay más periodistas como Oborne que, por ahora, se van en silencio con historias que explican en privado a los de su gremio.

Oborne habló porque, dice, lo ve como una amenaza para la democracia. Quizá es una manera demasiado bonita de vestirlo. Pero la solución es evidente: la mejor manera de evitar la influencia y la reacción del perro de Pavlov en periodistas es la financiación directa del producto por sus consumidores reales: los lectores.

Siete piezas sobre Jill Abramson antes de su charla en Madrid

por MARÍA RAMÍREZ

La periodista Jill Abramson (Nueva York, 1954) fue despedida como directora del ‘New York Times’ en mayo de 2014. Ahora está preparando un medio cuyo objetivo es hacer unos pocos reportajes al año de gran calidad. Su conferencia dentro del ciclo ‘Conversaciones’ es la primera oportunidad para que Abramson explique su nuevo proyecto en Madrid. Aquí algunas piezas que ayudan a conocerla mejor.

por MARÍA RAMÍREZ

La periodista Jill Abramson (Nueva York, 1954) fue despedida como directora del ‘New York Times’ en mayo de 2014. Ahora está preparando un medio cuyo objetivo es hacer unos pocos reportajes al año de gran calidad. Su conferencia dentro del ciclo ‘Conversaciones’ es la primera oportunidad para que Abramson explique su nuevo proyecto en Madrid. Aquí algunas piezas que ayudan a conocerla mejor.

Diez citas que debes leer de la última entrevista de Dean Baquet, director del ‘New York Times’

El semanario alemán ‘Der Spiegel’ acaba de publicar una extensa entrevista con Dean Baquet, director del ‘New York Times’. Merece la pena leer su entrevista completa. Pero a continuación transcribimos los fragmentos más jugosos de la entrevista, editados y traducidos al español.

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El semanario alemán ‘Der Spiegel’ acaba de publicar una extensa entrevista con Dean Baquet, director del ‘New York Times’. Merece la pena leer su entrevista completa. Pero a continuación transcribimos los fragmentos más jugosos de la entrevista, editados y traducidos al español.

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Libertad de expresión: un derecho humano, no un privilegio americano

Después de los asesinatos de ‘Charlie Hebdo’, tuiteé sobre el ataque contra la libertad de expresión que se acababa de perpetrar, sobre mi deseo de que los editores de prensa y productores de televisión tuvieran el coraje de compartir con su audiencia las viñetas que llevaron a la muerte de estos periodistas valientes y honestos, y sobre mi disgusto hacia las organizaciones periodísticas que pixelaron las imágenes o se negaron a difundirlas.

Después de los asesinatos de Charlie Hebdo, tuiteé sobre el ataque contra la libertad de expresión que se acababa de perpetrar, sobre mi deseo de que los editores de prensa y productores de televisión tuvieran el coraje de compartir con su audiencia las viñetas que llevaron a la muerte de estos periodistas valientes y honrados, y sobre mi disgusto hacia las organizaciones periodísticas que pixelaron las imágenes o se negaron a difundirlas.

Previsible y desafortunadamente, recibí respuestas argumentando que la defensa de la libertad de expresión es algo peculiarmente americano y que yo debería tener en cuenta lo ofensivas que son las viñetas de Charlie Hebdo para algunos lectores y televidentes.

El debate me recordó a una conferencia de periodistas de la BBC a la que acudí hace unos años y en la que algunos participantes argumentaban que el pueblo chino no quería libertad de expresión. También he escuchado decir que la gente de los países árabes no está preparada para la libertad de expresión.

Bullshit!

He elegido la palabra con cuidado. Como americano, tengo el privilegio de poder utilizar la palabra que algunos consideran ofensiva e incluso blasfema. “Bullshit” es parte del discurso político.


Defender la libertad de expresión no es americano. Es lógico. Si se permitiera a un gobierno controlar -censurar- discursos ofensivos, sólo escucharíamos los que aprobara el gobierno ya que cualquier expresión podría ofender a alguien y todas estarían controladas.

La idea de que la libertad de expresión debe estar controlada para limitar la ofensa es en sí misma ofensiva para los principios de una sociedad libre, abierta y moderna. Esto es lo que nos han enseñado los asesinatos de Charlie Hebdo.

En toda Europa, la prensa ha mostrado solidaridad con Charlie Hebdo y ha publicado las viñetas que supuestamente motivaron los asesinatos. Se informó al público. No fue así en Estados Unidos, la tierra de la libertad de expresión.

Aparte del Jewish Chronicle, cuya lógica para no publicar las viñetas es obvia, me parece que las excusas y el comportamiento de los demás son cobardes y absurdos. El New York Times dijo a Buzzfeed -sí, a Buzzfeed– que “normalmente no publica imágenes u otro material cuyo objetivo deliberado sea ofender creencias religiosas” y “después de pensarlo con cuidado” decidió que “describir las viñetas en cuestión daría suficiente información a los lectores para entender la historia del día”.

Para mí, esto es basura. Las imágenes de los terroristas disparando a policías inocentes son extremadamente ofensivas pero el Times decidió publicarlas. ¿Por qué? Para informar. Ésta es nuestra misión periodística. Así que ¿por qué no es la misión periodística del Times publicar las viñetas? No me creo eso de que el periodismo no debe ofender. No me creo que describirlas sea suficiente. Y aunque adoro los enlaces, no me creo eso de cualquiera puede encontrar las viñetas en otro sitio. Si eres el periódico de referencia, si eres el gran ejemplo del periodismo americano, si esperas que otros defiendan a tus periodistas cuando sean amenazados, si respetas al público para que tome sus propias decisiones, maldita sea, defiende a Charlie Hebdo e informa. Publica las viñetas.

Lo mismo os digo, CNN, NBC, ABC, Fox News, Telegraph, el pixelado New York Daily News… Y a los cines que no han querido mostrar The Interview.

Primero fueron a por los dibujantes satíricos. Después a por los periodistas. ¿Quién quedará para hablarte?

Jeff Jarvis es director del Tow-Knight Center de la Universidad pública de Nueva York. Su último libro es ‘Geeks Bearing Gifts: Imagining New Futures for News’. La versión original de este artículo apareció en su blog, Buzzmachine.