Una locomotora naranja en la estación de Sants

Ciudadanos eligió como sede para la noche electoral un hotel construido sobre una estación. En el primer piso se congregó la locomotora naranja, cuyos militantes hicieron mucho ruido porque tenían muchas cosas que celebrar. 

Ciudadanos eligió como sede para la noche electoral un hotel construido sobre una estación. En el primer piso se congregó la locomotora naranja, cuyos militantes hicieron mucho ruido porque tenían muchas cosas que celebrar. Entre otras cosas, que su partido ya es la segunda fuerza política de Cataluña. O que con sólo nueve años de vida la formación liderada por Albert Rivera ha adelantado por la izquierda a PP y PSOE. O que ha triplicado el número de votos obtenidos en 2012. O que ha irrumpido en Girona y Lleida, tradicionales feudos independentistas en los que hasta ahora no tenía representación.

Todos esos factores convirtieron a Ciudadanos en la triunfadora absoluta de la noche y provocaron el delirio en la atestada sala de convenciones del hotel Barceló Sants. Los presentes entonaban cánticos que dotaban a la sala del ambiente de un campo de fútbol. “Yo soy español, español, español”, “España unida jamás será vencida” o “Cataluña es España” fueron los estribillos más coreados.

Una multitud esperó paciente la salida de Albert Rivera y de Inés Arrimadas, los dos grandes artífices de este éxito. Fueron los últimos en comparecer.

Cuando Artur Mas apareció en pantalla, el público pidió su dimisión y coreó  “¡Tres per cent, tres per cent!” en referencia a las comisiones ilegales que cobraba presuntamente su formación. A Pablo Iglesias le dedicaron un innovador “Vaya cagada, coleta morada”. Los abucheos a los rivales eran interrumpidos por aplausos en cada oleada del escrutinio.

Al final apareció el tándem que le ha dado la vuelta al panorama político catalán: Albert Rivera e Inés Arrimadas. Tomó la palabra la jerezana, que llegaba muy justa de voz a la cita. Agradeció el apoyo de más de 700.000 catalanes y enumeró las tres opciones que según ella tiene Artur Mas: “Dimitir, dimitir y dimitir”. Le sumó una cuarta: “Lo que también puede hacer es irse a su casa”. Una propuesta que fue secundada por el público al grito de “Dimisión, dimisión”.

Para entonces, el suelo ya temblaba como si los trenes de la estación de Sants hubiesen tomado la sala. Arrimadas, que era interrumpida por un cántico diferente a cada frase, aseguró que los catalanes habían apostado “por la convivencia y por la unión”.

Plena de confianza y espoleada por los resultados, retó a las formaciones independentistas a una nueva pelea: “Lo que tienen que hacer es convocar unas nuevas elecciones en las que todos nos presentemos como partidos, con nuestras siglas y nuestros programas, que es algo que ellos no han hecho”.

Como en el fútbol

Los asistentes coreaban “Campeones, campeones”. En esa tesitura Arrimadas le dio el relevo a Albert Rivera, el gran artífice de que una plataforma cívica nacida en 2006 sea ya segunda fuerza en el Parlament.

Arrimadas se refirió a Rivera como “el único líder nacional que está aquí, apoyando a su partido en Cataluña”.  Ésa puede ser una de las claves del éxito de la formación naranja: Rivera ha jugado en casa. Es el único presidente catalán de todos los partidos nacionales y se ha volcado con la campaña catalana más que ningún otro.

Rivera ha demostrado ser un estratega: ha concedido mucho protagonismo a Arrimadas, que se defendió bien en los careos que mantuvo contra políticos mucho más bregados. No la ha eclipsado pero tampoco la ha dejado sola. La foto de Rivera ha aparecido en los carteles electorales. Su cara estaba en las marquesinas de la paradas de bus.

Rivera no ha bailado, como Iceta y Sánchez. Tampoco ha hablado como un indio ni ha prometido sexo con látigo como Pablo Iglesias. El líder de Podemos no aparecía en los carteles porque comparecía con una marca blanca como la de las municipales. Igual que Mas y Juqueras, que además se han escondido detrás de un recién llegado como Romeva.

Rivera tampoco grabó un spot con acentos impostados, como han hecho en el PP. Ni ha ido cambiando de portavoz en los debates, como la CUP, despistando a los votantes indecisos. Rivera ha optado por ser fiel a unas siglas, a una imagen y a un programa. Los votantes lo han interpretado como un ejercicio de responsabilidad. Rivera no recurrió a frivolidades durante la campaña. Anoche botó a petición del publico, bromeó y hasta parafraseó a Lola Flores (“Si me queréis, callarse”). Pero sólo se lo ha permitido cuando ha tenido la victoria en el bolsillo. Hasta entonces ha preferido trasmitir la imagen de seguridad que confiere un político bien valorado en las encuestas. El resultado ha sido una campaña brillante.

El broche 

Rivera cogió el micro y puso el colofón a la noche. Se desbordó el júbilo. Unos gritaban “Ahora a La Moncloa” y otros entonaban el cohesionador “Viva España y Visca Catalunya”. Rivera mantuvo el ambiente futbolístico creado por los presentes: “”Os dije que había partido y lo acabamos de demostrar. No ha sido el PP ni el PSC ni Podemos. Hoy ha sido Ciudadanos el partido que ha evitado la ruptura de este país”. Rivera anunció el funeral “de la vieja política”, y aventuró el principio de una nueva era “que comienza esta noche”.

“Artur Mas ha sido el que ha querido que pasemos de tres a 25 diputados”, dijo Rivera, que planteó estos comicios como una previa para la gran pelea: las elecciones generales.

Cataluña entre dos extremos

Supporters of secessionist group Junts Pel Si (Together for Yes) react after polls closed in a regional parliamentary election in Barcelona, Spain, September 27, 2015.  Separatists have won a clear majority of seats in Catalonia's parliament, an exit poll showed on Sunday, in an election that could set the region on a collision course with Spain's central government over independence.     REUTERS/Andrea Comas

REUTERS / Andrea Comas

La dinámica actual no terminará pronto. Al menos hasta el 20 de diciembre el independentismo tiene todos los incentivos posibles para continuar forzando la legalidad y poniendo a prueba al Gobierno central.

Anoche, al principio del Passeig del Born, ante el espectacular edificio reformado que alberga el museo-homenaje a la construcción nacional de Cataluña, cientos de personas gritaron “in-inde-independencia” hasta quedarse sin voz. Aún estando allí como observador, resultaba difícil no sentir dentro de uno el impulso de unirse al clamor. Cuando Raül Romeva subió al estrado y, con la autoridad y el aplomo que da estar detrás de un atril, empezó a corear “la veu d’un poble” con todos los asistentes, la atracción de pasar a formar parte del “poble” era casi irresistible. Pero la misma escena vista después, a través de la pantalla del móvil, en YouTube, se apreciaba de manera completamente distinta. La atracción se diluía hasta desaparecer. Y aquello solo tenía el aspecto de lo que era: un mitin.

A unos pocos kilómetros de allí, en una sala más bien blanca, más bien luminosa y con una moqueta más bien moderna, toda alma viviente que cabía en ella gritaba “Cataluña es España” ante un estrado níveo coronado por el logo naranja de Ciudadanos. La acústica hacía que la voz rebotase en los oídos y en el interior de la cabeza de manera vibrante. De nuevo, ser uno con la masa era una tentación difícil de esquivar. El atril, la sala, los gritos vibrantes y la moqueta estaban en el Hotel Barceló Sants. Justo sobre la estación del mismo nombre, donde sale el AVE para Madrid.

Al llegar al vestíbulo de esa estación hacia las diez de la noche me encontré con un nutrido y variado grupo de personas con carpetas y acreditaciones azules. Era la pequeña división de militantes que el PP había traído a las elecciones. Esperando al tren que les devolvería al centro de la Península. Ninguno parecía exultante. Algunos estaban cariacontecidos. Hoy, muchos de los dirigentes de Ciudadanos, que ahora es un partido estatal a pesar de sus orígenes catalanes, bajarán de sus habitaciones y, en pocos minutos, tomarán o habrán tomado la misma dirección. Llevándose una parte de las voces consigo.

Entre estos dos extremos anoche cabía Cataluña entera.

La salida del callejón

Llegué a Barcelona en la medianoche del jueves. Yo venía fresco y con ganas: hacía meses que no pisaba la ciudad, en la cual no nací ni crecí pero sí viví y trabajé dos veces en mi vida, la segunda hasta septiembre de 2011. Pero Barcelona me recibió más agotada que entusiasmada.

En las siguientes 72 horas recorrí todo el espacio entre aquellos dos extremos. Fue un periplo dialéctico, tejido a través de todas las discusiones que había dejado de mantener en mi ausencia y que por fin podía recuperar. Al principio me dediqué con devoción a la tarea. Pero no me costó demasiado comprender el agotamiento al que se sometía la ciudad. Hablase con quien hablase, la conversación siempre acababa en el mismo lugar.

Había entre mis interlocutores y yo una serie de premisas compartidas, que ellos llevaban repasando una y otra vez desde hacía meses, años incluso. La primera era que, ahora mismo, el independentismo no sumaba una mayoría absoluta de individuos dispuestos a votar por él. La segunda consistía en asumir que la mayoría relativa era lo suficientemente importante como para requerir algún tipo de respuesta por parte del resto de España. La tercera, que ahora mismo no existe la salida no negociada al conflicto. Es decir: que en cualquier caso iba a haber una mesa y personas hablando en torno a ella en algún momento del futuro próximo. Fuere para discutir un referéndum, una reforma constitucional, un cambio en el modelo de financiación o un proceso de secesión irreversible, la alternativa unilateral quedaba siempre totalmente descartada.

Cabe aclarar que la mayoría de las personas con las que venía hablando eran politólogos, economistas o sociólogos. Por tanto, independientemente de sus preferencias personales comprendían perfectamente que la esencia de cualquier estado consiste en el monopolio de la violencia, la capacidad para recaudar sus propios impuestos sobre una población dispuesta a pagarlos y el reconocimiento internacional. A una hipotética Cataluña separada de España de manera no negociada no le esperaba ninguna de las tres cosas, al menos no con menos del 50% de sus ciudadanos dispuestos a ello y ningún tipo de represión violenta desde Madrid.

Era una vez aceptadas estas tres premisas cuando se llegaba al auténtico punto muerto, al callejón sin salida que provoca el agotamiento. ¿Cuál sería la forma de esa negociación? ¿Cómo se iniciaría, quién daría el primer paso, en qué términos? Era entonces cuando nos embrollábamos en elucubraciones destinadas a reconciliar posturas aparentemente irreconciliables

La Cataluña que está entre el mitin del Passeig del Born y los gritos sobre la Estació de Sants se encuentra también en el siguiente gráfico. La imagen encierra a España de la misma manera. En él se representa la distribución de preferencias en torno al modelo de Estado que quieren los catalanes para España, y el que quieren el resto de españoles para su país, incluyendo en él al país de los otros. La diferencia entre ambos colectivos no es opuesta, pero sí desalentadora.

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Que nadie dude de que de aquí al 20 de diciembre todos los partidos van a aprovecharse de estas diferencias para jugar en corto. Pero lo que importa es que la mesa de negociación, ahora vacía, les espera al final del camino. Paciente.

Una mesa de negociación es un instrumento curioso. Nos hace entender que las preferencias de los individuos no son tan sencillas como parecían un segundo antes de sentarse en ellas. Tomemos un ejemplo sencillo. Un matrimonio. Ella le dice a él que se quiere divorciar, que no está dispuesta a aceptar el actual reparto de trabajo doméstico, según el cual él solo friega los platos una vez por semana y ella se encarga de limpieza, niños, cuentas y compras. Él, lógicamente, tiene una preferencia muy fuerte por mantener su tiempo libre de todas esas tareas. Sin embargo, probablemente también albergue un interés bastante importante por mantener su matrimonio. Ante la expresión por parte de ella de que el coste de las horas adicionales de trabajo supera al coste de romper la relación, tal vez él decida que no sería tan mala idea dedicar más horas a las labores del hogar. Las preferencias no han cambiado exactamente, pero el resultado es distinto gracias a que se ha abierto un proceso de negociación explícito. Gracias a la mesa.

El callejón sin salida del que nos afanábamos en salir en las conversaciones mis interlocutores y yo era precisamente qué pasaría si tal proceso se abriese. Nos preguntábamos, para empezar, si el independentismo era irreversible. Acabamos de vivir la campaña más intensa de la historia reciente de Cataluña. Es normal que, desde fuera, los independentistas parezcan un bloque cerrado, cohesionado. Los intentos que la oposición ha hecho de subrayar las diferencias, casi las contradicciones, ideológicas entre sus integrantes no han surtido demasiado efecto. Debate tras debate, tertulia tras tertulia, el “cómo os vais a poner de acuerdo con X” se estrellaba contra un muro inquebrantable construido con unos ladrillos bien simples: “lo primero es establecer el marco para poder discutir entre nosotros”. Pero todas las campañas tocan a su fin. Y la verdad es que el campo secesionista no es tan homogéneo como pudiese parecer.

Catalanes por convencer

Alguien en el Centre d’Estudis d’Opinió (el CIS catalán) tuvo la fantástica idea de ofrecer tres y no dos opciones ante la pregunta que hacen en sus barómetros periódicos: si usted se considera independentista. En lugar de reducir las alternativas a sí o no, obligan a quien responde a especificar si se trata de un independentista “de toda la vida” o sólo “desde los últimos tiempos”. Gracias a esta distinción podemos apreciar que entre estos últimos los motivos de tipo, digamos, instrumental, son mucho más habituales. Es decir: cuando son interpelados sobre sus razones para la secesión, la cuestión identitaria es citada con mucha menos frecuencia entre los recién incorporados a la causa, que suelen preferir argumentos de conveniencia o de proyecto de futuro. Eso significa que pueden ser convencidos si llega una oferta lo suficientemente interesante y creíble, que les lleve a pensar que tal vez es más conveniente para Cataluña, más provechoso, permanecer dentro de España.

La primera cuestión es quién representa a estos independentistas que podrían ser socios de un pacto. Cuando Oriol Amat, número siete en la lista de Junts pel Si en Barcelona, aceptaba la otra noche en una radio alemana que estaban no solo dispuestos sino incluso interesados en volver a poner sobre la mesa el Estatut de 2006, en realidad se estaba señalando a sí mismo como interlocutor. Probablemente de manera no intencionada, y desde luego no con el acuerdo del resto de su partido. Pero así era. Cuando Mas acaba cualquier intervención memorable con una coletilla que llama a la “concordia” y al “entendimiento” con el resto de España durante el proceso, como hizo incluso en su discurso de victoria la noche electoral, está abriendo una rendijita por donde pueda colarse algo de luz. El fantasma de la negociación planea sobre (al menos una parte de) Junts pel Sí. Pero para que pase a ser una realidad es necesario que haya algo sobre la mesa.

Ésta es la segunda cuestión: quién y cómo tiene la capacidad para hacer una oferta sólida, interesante y creíble de autogobierno desde Madrid hacia Cataluña. Llegados a este punto, uno puede repasar (como hice yo en mis incontables discusiones) el abanico de posibles candidatos y ordenarlos de mayor a menor disposición para la negociación: Podemos, PSOE, Ciudadanos y el Partido Popular. Lo dramático es que el último de esta lista posee ahora mismo el Gobierno de la nación, y todo parece indicar que se mantendrá con más de un 25% del voto después del 20 de diciembre. Se trata por tanto de un partido que incluso aunque pierda el Ejecutivo desde 2016, es muy probable que lo vuelva a ganar en algún momento del futuro. Esto significa que cualquier oferta necesita el apoyo del PP para que sea creíble en la mesa de negociación. Si no, nada garantiza que se mantenga con la siguiente mayoría conservadora y centralista.

Llegará más temprano que tarde un momento en el cual el Partido Popular deberá elegir entre romper España… y romper España. Por un lado, si escoge subirse al barco de la reforma y de la negociación política, sus votantes con preferencias más fuertes y extremas sobre un modelo de Estado centralista lo verán como una traición, y pensarán que el PP acabará por romper España al ceder ante el nacionalismo periférico. Por otro, si elige mantener una postura inflexible ante el independentismo, estará poniendo al Estado en riesgo de ruptura ante los ojos de los más moderados, que entienden que no es posible mantener el matrimonio sin ceder un poco para evitar un divorcio en el largo plazo.

En el agotamiento

No son pocos los independentistas que cuentan con que el PP se mantendrá en la última casilla. De hecho, una parte muy importante del cierre de filas en torno a la idea de secesión hoy se corresponde con la desconfianza, si no directamente la desesperación, respecto a qué hará el PP de ahora en adelante. Un “pierda toda esperanza” flota en el ambiente. De hecho, estoy seguro de que la mayoría de independentistas que lean los párrafos anteriores (incluso de los instrumentales) lo harán arqueando una ceja, preguntándose por qué dedico tantas palabras a hablar de una posibilidad que no parece real ahora mismo en lugar de aquello a lo que se han dedicado los medios en las últimas tres semanas de una manera un tanto desconcertante: si Cataluña se queda en la UE o no, si la ciudadanía española se pierde o no, si los bancos se van o no ante una secesión unilateral. Este debate es en parte artificial, o lo es en el medio plazo, en tanto que no se cumplen los requisitos para que la Generalitat pueda llevar adelante una secesión unilateral: como enunciaba más arriba, una mayoría abrumadora que permita montar estructuras de estado reales y reconocimiento internacional. Pero es normal que el independentista arquee la ceja: al fin y al cabo, en el pasado reciente poco o nada le indica que debe tener esperanza alguna. Por qué ahora.

Este es el agotamiento que se ha instalado de manera implícita en el debate,  y que ha conseguido invadir también mi ánimo en las últimas horas. La mala noticia es que la dinámica actual no terminará pronto. Al menos hasta el 20 de diciembre el independentismo tiene todos los incentivos posibles para continuar forzando la legalidad y poniendo a prueba al Gobierno central. Éste, por su lado, no tiene por qué moverse ni un ápice de su posición cuando su objetivo es maximizar la cantidad de votos recibidos en las siguientes elecciones. Pero llega un momento en el que las opciones se reducen, el largo plazo nos alcanza y nos exige tomar decisiones. Y serán el independentista instrumental que arqueaba la ceja al leer este texto o el ambiguo defensor del statu quo que se sonreía pensando en la posibilidad de que la discusión con la Generalitat fuese más allá de la firme exigencia del cumplimiento de la ley, quienes impongan tal exigencia. Por una razón sencilla: los (altísimos) costes de la incertidumbre no van a ser asumidos eternamente. La mayoría de nosotros no trabajamos ni vivimos para mantenernos en una lucha permanente. No estamos dispuestos a esperar para siempre a que algo pase.

Después de salir de Sants pasé un momento por el Born, donde esperaba que aún resonase “la veu d’un poble”. Pero no fue así. Era la una de la madrugada. A primera vista, allá no quedaba apenas nada. Mientras paseaba con un amigo nos encontramos con agentes de seguridad, limpiadores del Ayuntamiento, taxistas, cámaras de televisión, policías locales que recogían con paciencia y pero sin pasión lo que el mitín había dejado a su paso. A esa hora, pensé, en la sala de blanco luminoso con moqueta moderna alguien estaría desmontando el escenario, recogiendo papeles y botellines de cerveza, pensando quizás en a qué hora le tocaba empezar el siguiente turno de trabajo, quizás en qué iba a ser de su pensión o del futuro de sus hijos, tal vez esperanzado, tal vez algo asustado. Todos, probablemente, dudosos ante lo que viene. En el vacío dejado por los extremos en éxtasis, allí emergía de nuevo: Cataluña entera. Trabajando. Esperando.

El recuento enfría la fiesta soberanista

Supporters of secessionist group Junts Pel Si (Together for Yes) react after polls closed in a regional parliamentary election in Barcelona, Spain, September 27, 2015.  Separatists have won a clear majority of seats in Catalonia's parliament, an exit poll showed on Sunday, in an election that could set the region on a collision course with Spain's central government over independence.     REUTERS/Andrea Comas

Andrea Comas / Reuters

La celebración de los resultados de Junts Pel Sí ha perdido fuerza a medida que avanzaba el escrutinio. Lo que al principio era una euforia desatada se ha convertido en una victoria agridulce al constatar que el soberanismo no se imponía en votos.

La celebración de los resultados de Junts Pel Sí ha perdido fuerza a medida que avanzaba el escrutinio. Lo que al principio era una euforia desatada se ha convertido en una victoria agridulce al constatar que el soberanismo no se imponía en votos.

Cualquiera podría decir que se trataba de una celebración de un título del Barça o de un concierto de fiesta mayor, pero era la noche electoral de Junts Pel Sí. Unas 2.000 personas se han acercado a los aledaños del mercado del Born para celebrar, en un ambiente de euforia y alegría, la victoria de la coalición que reúne a ERC, CDC y miembros de la sociedad civil.

“¡Hemos ganado en escaños y en votos, y tenemos una mayoría más que suficiente para tirar adelante este proyecto!”. El líder de ERC, Oriol Junqueras, desataba la euforia entre los presentes al pronunciar estas palabras con un 70% de votos escrutados. A medida que avanzaba el recuento, sin embargo, se constataba que las fuerzas soberanistas no obtenían más del 50% de los votos y algunos empezaban a dudar de la bondad del resultado.

Supporters of secessionist group Junts Pel Si (Together for Yes) react after polls closed in a regional parliamentary election in Barcelona, Spain, September 27, 2015.  Separatists have won a clear majority of seats in Catalonia's parliament, an exit poll showed on Sunday, in an election that could set the region on a collision course with Spain's central government over independence.     REUTERS/Andrea Comas
REUTERS/Andrea Comas

Familias enteras, grupos de gente joven y algunos turistas se han agolpado alrededor del escenario montado delante del mercado. A partir de las ocho han empezado a llegar los primeros simpatizantes, la mayoría de ellos ataviados con esteladas y todo tipo de objetos soberanistas. Los congregados han seguido de cerca la conexión en directo de TV3, que se emitía a través de una pantalla gigante.

Entre el mar de esteladas se encontraban personas como Iván Villanueva, un peruano que lleva 15 años viviendo en Barcelona y que llevaba una camiseta de la ANC y una estelada a modo de capa. También había familias enteras como los Ballús-Carrius, que no se querían perder un “momento histórico” y han optado por seguir el escrutinio en directo desde la plaza y no desde el sofá de su casa. Otros, como Frank Scothson, un británico de visita en Barcelona, pasaban por allí y decidieron entrar.

Después de Junqueras ha comparecido Artur Mas, que ha empezado celebrando la victoria en catalán, castellano, francés e inglés. El president de la Generalitat en funciones ha reafirmado el carácter plebiscitario de los comicios destacando la alta participación (más del 77 %) y ha pedido a los que han perdido que respeten el resultado.

A medida que avanzaba el escrutinio y los líderes acababan sus discursos, las dudas sobre el proyecto soberanista asaltaban a muchos de los presentes. En los corrillos los seguidores de Junts pel Sí comentaban si el resultado era bueno o malo y cada uno hacía su propia interpretación. Algunos restaban los votos de CSP del bando unionista para afirmar que también se había ganado en votos. Otros consultaban los resultados de 2012 para ver cuántos diputados alcanzaba el soberanismo en la anterior legislatura. Una mayoría despreocupada no atendía al escrutinio y bailaba y cantaba los hits que un DJ pinchaba desde el escenario.

Supporters of secessionist group Junts Pel Si (Together for Yes) react after polls closed in a regional parliamentary election in Barcelona, Spain, September 27, 2015.  Separatists have won a clear majority of seats in Catalonia's parliament, an exit poll showed on Sunday, in an election that could set the region on a collision course with Spain's central government over independence.     REUTERS/Andrea Comas
REUTERS/Andrea Comas

Cuando TV3 ha empezado a proyectar los discursos de las otras formaciones, la gente ha abucheado la comparecencia de Inés Arrimadas. También han celebrado los malos resultados de Unió y han gritado “botifler” (traidor) al ver la comparecencia de Duran.

Los aledaños del mercado del Borne se vaciaban paulatinamente. Mucha gente no acababa de saber si el resultado era bueno o malo. Al final TV3 ha retransmitido la comparecencia del líder de la CUP, Antonio Baños. Lo primero que ha dicho ha sido que requerirán un “plan de choque de rescate ciudadano” antes que cualquier otra cosa. “Después hablamos de lo que sea”. La gente ha empezado a aclamar a Baños al ver las imágenes del Casino de l’Aliança del Poblenou, donde se celebraba la noche electoral de la formación anticapitalista.

Dos jóvenes con esteladas empezaban a enfilar el camino hacia su casa sobre las 11 y media de la noche. Preguntados por qué no se quedaban, uno de los dos se ha sincerado: “Hoy la fiesta estaba en la sede de la CUP”.