“Iba en el Alvia y Renfe no me hace caso”

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Un Alvia con 218 pasajeros se estrelló a las afueras de Santiago el 24 de julio de 2013. Uno de aquellos pasajeros es Margot Viguera, que viajaba aquel día a La Coruña a ver a su padre. Aquí cuenta cómo sobrevivió al accidente y hasta qué punto se siente abandonada por los responsables de Renfe y Adif.

Un Alvia con 218 pasajeros se estrelló a las afueras de Santiago el 24 de julio de 2013. Uno de aquellos pasajeros es Margot Viguera, que viajaba aquel día a La Coruña a ver a su padre. Aquí cuenta cómo sobrevivió al accidente y hasta qué punto se siente abandonada por los responsables de la compañía.

Aquel miércoles Margot Viguera no iba a ir a La Coruña. Fue una decisión de última hora. Esa misma mañana recibió una llamada de su hermana diciéndole que su padre se había roto un hombro y que le tenían que operar.

Apenas quedaban cinco o seis asientos libres cuando sacó su billete por internet. Cogió el primero que vio y fue en el coche número cuatro: uno de los vagones en los que hubo más víctimas. Allí dentro permaneció sentada en el suelo, entre amasijos de hierros y llantos que se apagaban. A sus 37 años, Margot sobrevivió al accidente pero salió del tren con 17 huesos rotos. Sufrió un traumatismo en la cara, varias fracturas en las piernas y en las vértebras y una grave lesión pulmonar. 

Margot es una persona optimista y divertida. Es también mi prima y habló por teléfono conmigo dos horas antes de estrellarse. “Este viaje se me hace siempre eterno”, me dijo. “Nos escribimos esta noche”. Tardamos casi dos meses en volver a hablar. Dos años después del accidente, Margot me ha contado su experiencia en aquel día de julio. Lo que sigue es el relato de lo que ocurrió después. 

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Lo primero que recuerdo es el momento del impacto. Lo visualizo muy bien. Yo acababa de volver de la cafetería y me libré por los pelos de una muerte segura porque en ese vagón nadie sobrevivió. Cuando me siento, me digo: “¿Qué está pasando? Vamos muy rápido”.

Todo esto pasa en milésimas de segundo. Miro por la ventana y el tren va despendolado. Noto perfectamente que está descarrilando pero pienso que frenará. Oigo una especie de explosión, como si hubiera estallado una bomba. Pero el momento exacto del golpe no lo recuerdo porque pierdo el conocimiento. Me golpeo en la cabeza contra el asiento de delante y cuando abro los ojos estoy medio tumbada en el suelo.

Al despertarme, miro a mi alrededor y aquello es como una guerra. Una cosa muy dantesca. Peor que una película de terror. Miro por todas partes sin saber qué acaba de pasar. Veo cuerpos, asientos y maletas acompañadas de un silencio espeluznante. El silencio de la muerte. Lo que más me machaca desde aquel día es aquel silencio.

En ese momento no pensé que me fuera a morir. Mi cuerpo y mi mente se centraron en sobrevivir. Es muy raro porque no sentía dolor. Un poco en una pierna… Traté de levantarme pero me costó porque tenía a una señora muerta encima de mí. Al mismo tiempo empecé a oír gritos pero todo sucedía como a cámara lenta. Pensé en ayudar pero cuando traté ponerme de pie sentí los huesos bailarme dentro de la pierna. Así que me senté a esperar, sin más.

Rezaba sin parar. Me aferré al Padre Nuestro pero no lograba terminarlo. Decía “Padre Nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu nombre…” y no podía seguir. Una vez tras otra. No sé cuánto tiempo pasó pero la oración me acompañó en todo momento. No piensas en nada. No puedes. Ni siquiera pensaba en mi familia. No se te ocurre buscar el móvil y llamar a nadie. Es que no sabes qué ha pasado ni la magnitud del accidente. Sencillamente esperas.

Los médicos luego me explicaron que eso es una especie de mecanismo de defensa. Si te pones a pensar en el sufrimiento que estás causando a los demás, te hundes y no sobrevives.

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El rescate

Me rescataron los vecinos de Angrois. Me sacaron del vagón recostada sobre una puerta de una casa.

Recuerdo a la gente intentando romper las ventanas con hachas y con maletas. Al verles, les dije: “Yo estoy bien, estoy bien, ayudad a otros”. Hasta que hubo un momento en que sentí que se me iba la vida, yo creo que por la cantidad de sangre que perdí. Entonces toqué la pierna de un chico y le pedí que me sacaran del tren. No sé ni cómo podía hablar porque tenía rotas la mandíbula, la nariz y la frente por un montón de sitios.

Me gustaría saber quién me salvó la vida y jamás lo sabré. No sé quién tiró de mí ni quién me puso sobre aquella puerta ni quién me sacó del tren. No sé quién me dio la mano en el suelo ni luego en la ambulancia. Pero sentí su cariño y aquello me ayudó a seguir viviendo. Luego supe que todas esas personas maravillosas necesitaron ayuda porque lo que vieron debió de ser terrorífico. Les habían propuesto para el Príncipe de Asturias y no se lo dieron. Pero qué gente más increíble.

En la UCI

También les debo la vida a todos los médicos y enfermeras del Hospital Juan Canalejo de La Coruña y del Hospital Universitario de Santiago. Sin ellos no sólo habría muerto sino que a lo mejor no habría recuperado ni la pierna ni la cara.

Estuve como nueve o 10 días en la UCI y luego ingresada casi dos meses más. Al enterarme de la gravedad del accidente, me sentí fatal durante mucho tiempo. Pensaba: “¿Y por qué se ha muerto esa señora o ese niño pequeño?”.

Ahora lo pienso y reconozco mucho más la suerte que tuve. Creo que mi ángel de la guarda me salvó y que Dios me quería aquí, pero estuve mucho tiempo del otro lado. Estuve mucho tiempo en el lado de los muertos. Algo de mí se fue con quienes murieron aquel día y me costó tiempo recuperarlo y volver a ser yo.

Margot para un momento y llora despacio. En dos años es la primera vez que se derrumba ante mí hablándome del horror de aquellos días. Nos damos la mano en silencio. Le pregunto si quiere parar pero niega con la cabeza. Necesita contarlo todo y sigue hablando mientras seguimos de la mano durante mucho rato.

Nunca me enfadé con Dios.

Soy católica, tengo una fe muy arraigada desde niña y nunca se me pasó por la cabeza enfadarme con Dios. ¿Por qué me voy a enfadar? ¡Al revés! Algunas personas me decían: “¡Cómo Dios ha podido permitir esta catástrofe!”. Y yo a esas personas siempre les digo que Dios no quiere que haya catástrofes, que no quiere que un niño se muera, que nos creó a todos con nuestras virtudes y defectos y aquel día hubo un grandísimo fallo humano. Pero esto no me lo ha hecho Dios.

Al principio no buscas un culpable pero luego sí y no sabes muy bien contra quién cargar. ¿El conductor? Pues pobre hombre. Él no quería hacer lo que hizo. Es cierto que murieron 79 personas y hubo más de 140 heridos. Pero me niego a pensar que tuviera toda la culpa de lo que ocurrió.

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Miedo a viajar

Antes de subirme por primera vez a un tren después del accidente, estuve tomando ansiolíticos. En el tren tuve un ataque de pánico pero al mismo tiempo fue algo que quise afrontar yo sola. Una especie de terapia de choque. Fue muy duro. Las imágenes volvían a mi cabeza más tristes y reales que nunca y juré no volver a subirme a un tren. Pero mis médicos están en La Coruña y es un lugar al que tengo que ir. No es que quiera o no quiera. Es que tengo que ir. Y desde niña, además, me da pánico volar. ¡Qué ironía! (risas)

El miedo por ahora lo gestiono mal. No me gusta ir en coche si no voy al volante y tengo verdadero pánico a volver a subir a un tren, a un avión o a un autobús. Pienso cosas horribles, paranoias espantosas. Las pocas veces que he ido en metro me he visto a mí misma preguntándome: “Si descarrila, ¿en qué asiento tengo más probabilidades de sobrevivir?”. Es espantoso pero tengo la muerte siempre presente y la intento evitar.

Luego hay otros miedos y otros traumas.

Me da vergüenza conocer gente por el aspecto que tengo ahora. Al reencontrarme con todo el mundo, sentía la necesidad de dar explicaciones y justificarme por mi aspecto. Hoy todavía me cuesta muchísimo mirarme al espejo. Aunque me siento yo misma cuando me miro y encuentro esa verdad, aún me cuesta mucho hacerlo.

El abandono

Durante estos dos años, he sentido el desamparo de la Administración. ¿Quién se acuerda de las víctimas del accidente de Spanair o del metro de Valencia?

El primer año fue muy bien pero todo se olvida. Las noticias de hoy envuelven el pescado podrido de mañana. Esto es así. Al principio los responsables de Renfe me dieron todo tipo de facilidades. Me dijeron que estaban a mi disposición para lo que quisiera y para ir a mis revisiones a La Coruña las veces que hiciera falta. Pero yo he tardado más de un año en poder volver a subirme en un tren.

Ese primer año mi familia sí que contó con billetes a cargo de Renfe. Pero fue pasar el primer año y la desatención ha ido yendo de mal en peor.

Hace poco he tenido que ir a una revisión con mi cirujano plástico en La Coruña y me han puesto toda clase de impedimentos. Tuve que enviar el justificante médico y el billete escaneado y tuve que abonarlo yo todo primero. No me cogían el teléfono, no me contestaban a los correos electrónicos y el departamento con el que hablé no era el correcto. Así todo.

Ojalá no tuviera que ir a La Coruña a seguir visitando médicos. Ojalá no tuviera todavía varias operaciones pendientes de cara. Pero esto es lo que hay. Lo de menos es pagar los 100 euros de billete de tren. Lo que me molesta, señores de Renfe, es que yo me estrellé en uno de sus trenes y no me hacen caso. Esto me interesa mucho que se sepa porque es indignante que Renfe trate así a las víctimas.

¿Qué reclamamos? Yo estoy metida en la asociación APAFAS y hay un despacho de abogados que representa a la mayoría de los heridos y a los familiares de los que murieron. Desconozco los pormenores legales pero está todo muy parado y el proceso está siendo muy lento.

No parece que fuera sólo un fallo humano sino que Adif tuvo parte de la culpa. La infraestructura falló y era defectuosa. Es decir, que al error del maquinista de no frenar cuando tenía que hacerlo se unió un fallo de las balizas de seguridad, que no funcionaron como debían. Sé que se había informado a las autoridades competentes de que esto podría ocurrir y esto Adif lo tiene bastante silenciado. Al fin y al cabo, pueden perder cientos de miles de millones de euros si eso sale a la luz y no se cierra una operación como la del Ave a la Meca. Pero allí hubo 79 muertos.

La indemnización

Cuando todo pasa, la indemnización te da igual. En los primeros meses recibí un adelanto de la aseguradora de Renfe para poder costearme mi recuperación. Esto porque yo lo pedí. Porque no podía costearme una silla de ruedas, una asistencia a domicilio durante tres meses o un corsé para la espalda hecho a mi medida que necesité porque me rompí varias vértebras.

He estado tomando también una medicación fortísima y aún me debo someter a varias operaciones quirúrgicas. Todo esto me cabrea, me frustra y me duele. Me siento abandonada y muy impotente. De verdad que no hay dinero suficiente en el mundo que pague este sufrimiento. Pero creo que todos los que íbamos en ese maldito tren, los que sobrevivimos y los familiares de los que murieron, nos merecemos una buena compensación económica. Insisto en que mi adelanto lo recibí porque yo lo pedí. Me consta que hay muchos supervivientes que todavía no han recibido un euro.

En España las víctimas de accidentes ferroviarios estamos muy desamparadas. Para empezar, hasta este año no había una ley específica para ello. Todo se calculaba de acuerdo con los baremos de tráfico y no tiene nada que ver. En este caso pagas un billete para que te lleven a un destino y no hay particulares implicados. Gracias a Dios, esto ha cambiado y se ha aprobado un decreto ley que regula la asistencia “integral” y adecuada a las víctimas de accidentes ferroviarios y sus familiares y que duplica la indemnización que éstos reciben.

En cualquier caso, la frialdad de Renfe no es la que más me ha asombrado. La que más, la de la forense.

Primero por la falta de consideración y la arrogancia en el trato: haciéndome ir varias veces sin que ella estuviera presente y tratándome con una falta de respeto espantosa sin haberse leído siquiera mi informe. Sus preguntas, además, fueron muy desagradables y escépticas, como si yo estuviera exagerando lo que me había ocurrido. Y luego porque ha hecho un informe muy parcial de mis lesiones cuando eso es lo último que debe hacer un médico forense, que tiene que hacer una valoración objetiva conforme a los informes de los médicos que sí me han tratado durante estos dos años. Para ella no son importantes ni la cicatriz que tengo en mitad de la cara ni la que tengo detrás de la oreja ni que se me haya quedado un ojo caído ni mi pérdida de olfato ni que se me haya quedado una pierna desviada o que tenga totalmente dormido un dedo del pie. Cuando le conté todo esto me dijo: “Todos somos desiguales”. ¡Qué desnaturalización!

Pendientes de mí

¿Sabes lo que me emociona especialmente? Saber todas las personas que aquella noche se movilizaron para averiguar si estaba viva. Todos estaban pendientes de mí y se crearon muchas cadenas de oración para pedir por mi recuperación.

Estoy convencida de que ese empuje me ha ayudado en este proceso. Me he sentido muy acompañada y amparada desde el primer día. Tanto que a medida que pasaba el tiempo me fui dando cuenta de que mis amigos y familiares me dejaron de contar sus cosas, sus problemas, su día a día. Me costó un poco explicarles que todos tenemos nuestros trenes. Que el mío no es peor que el tuyo. Que es más trágico, más espectacular, más dramático pero no es peor que el de los demás.

Hay muchos instantes que se me han quedado grabados.

Me emocionó mucho conocer a otro superviviente que estuvo hospitalizado conmigo en el Juan Canalejo. Él estaba en la unidad de Traumatología y vino a verme. Hablamos durante mucho rato y nos sentimos muy comprendidos el uno por el otro. Me reconfortó hablar con él de tú a tú. Era el único que me podía entender. Creo que nos ayudamos mucho. Por mucho que lo expliques, nadie te entiende. Cada uno aborda el tema de manera distinta. Pero los supervivientes hablamos el mismo lenguaje.

¿Algo que los demás no entiendan? [se para un momento] Yo vi cosas que sé que no son alucinaciones ni nada por el estilo por muy increíble que parezca… En el tren vi una sombra que se llevaba a la gente que iba muriendo y un manto de luz que abrazaba a las personas vivas. Yo eso lo vi y también lo sentí. Y tengo la certeza de que era el ángel de la guarda de cada uno que nos protegía.

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A partir de ahora

Durante un tiempo pensé que si Dios me había permitido vivir es porque tenía un plan nuevo pensado para mí. Irme a las misiones o ayudar a los pobres. Pero hace poco me di cuenta de que no tengo que acometer una misión importante sino estar aquí. Ésta es la misión.

Me costó mucho volver a mi día a día. Al principio me agobiaba estar con mucha gente, quería todo en pequeñas dosis. Pero todo se pasa, todo se cura y la vida vuelve a su rumbo. El primer año fue muy duro. Pero al llegar el primer aniversario me dije: “Margot, hasta aquí. Se acabó. Tienes que continuar”. Pero lo que ocurrió aquel día no se puede olvidar sin más. Cada día me lo recuerdan las pruebas médicas, las citas con el forense, con el seguro o con el abogado.

Lo físico sabes que se te va a pasar. Hasta ahora nunca me ha importado que me preguntaran por el tren. Pero a medida que pasa el tiempo me va costando más hablar. Tengo que seguir haciéndolo por temas legales, médicos o psicológicos. En mi vida personal intento apartarlo un poco. Pero lo más duro es que sabes que nunca lo vas a olvidar.

Yo sigo siendo yo desde el accidente. Tengo el mismo carácter y la misma forma de ser. Sigo siendo Margot Viguera. Pero al mismo tiempo me siento muy distinta. El tren me ha ordenado la cabeza. Me ha hecho mejor persona y entender la vida en base a otras prioridades. He vuelto a trabajar aunque con muchas limitaciones. Necesito una silla especial para la espalda, soy incapaz de ir en metro o en autobús a mi lugar de trabajo. Muchos días me despierto tan angustiada, después de haber tenido unas pesadillas tan espantosas que soy incapaz de salir a la calle por falta de ánimo y de fuerza. No puedo cumplir con una jornada laboral normal. Y eso también es muy duro.

Nunca me digo que ojalá no hubiera subido en aquel tren. ¿Para qué? A veces he tenido momentos de rabia o de ira. Pero no tiene sentido pensar en cómo sería mi vida si me hubiera sacado otro billete, otro día, en otro vagón… ¿De qué sirve? Subí y todo cambió. Sólo Dios sabe por qué tenía que estar allí.

“Caían piedras del tamaño de elefantes”

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Sara Pavone y Pol Ferrús estaban en las montañas de Nepal el 25 de abril. Se habían separado para hacer dos rutas distintas. El terrible terremoto que dejó más de 8.000 muertos les pilló por tanto en dos lugares diferentes. Hace unas semanas publicamos el relato de Pol, que es, hasta el momento, la pieza más visitada de la historia de EL ESPAÑOL. Ahora es Sara quien cuenta su historia en primera persona.

Reportaje gráfico: Alberto Gamazo

La historia de Pol: “Voy a morir, pero espero que sea rápido”

Sara Pavone y Pol Ferrús estaban en las montañas de Nepal el 25 de abril. Se habían separado para hacer dos rutas distintas. El terrible terremoto que dejó más de 8.000 muertos les pilló por tanto en dos lugares diferentes. Hace unas semanas publicamos el relato de Pol, que es, hasta el momento, la pieza más visitada de la historia de EL ESPAÑOL. Ahora es Sara quien cuenta su historia en primera persona.


Una despedida inquietante

Cuando me despedí de Pol la mañana del día 22, en una posada de Katmandú, le entregué mi portafortuna (amuleto en italiano) para que le protegiese y le dije: “Ten cuidado. Nos vemos pronto”. Él iba a hacer una excursión en solitario por la zona tibetana del Tamang y yo llevaba varios días inquieta. No sé si era a causa de mis dolores intensos en una pierna o de un mal augurio. Llevaba varias noches sin dormir bien.

Pol y yo no solemos separarnos en los viajes. En los tres años y medio que llevamos de relación hemos visitado muchos lugares, pero siempre juntos. Tampoco le di más importancia. No tengo poderes ni adivino el futuro. ¿Por qué iba a preocuparme? Pol conocía bien la montaña y yo esperaría en Katmandú a que llegasen nuestros amigos: una australiana, una inglesa y una pareja de sudafricanos. Los cinco saldríamos unos días más tarde, para encontrarnos con Pol en Rimche y hacer los seis juntos el valle del Langtang.

Captura de pantalla 2015-06-19 a la(s) 21.28Reportaje gráfico: Alberto Gamazo

Dos días después, el 24, salimos de Katmandú. Hicimos noche en el poblado de Syabru Beshi y partimos a la mañana siguiente -ya día 25- en dirección a Rimche. El día era perfecto, de esos que siempre elegirías para hacer una excursión: limpio, soleado, despejado. Invitaba a dar un paseo por los gigantescos valles abiertos del Nepal. Había pájaros por todos lados y paseábamos a través de caminos que olían a marihuana. La sensación de bienestar hacía que casi me olvidase de mi dolor. Paramos a las tres horas en la aldea de Bamboo y desayunamos té y muesli. Coincidimos con una pareja de excursionistas alemanes y nos saludamos. Sabíamos que íbamos a hacer la misma ruta y nos despedimos con un “nos vemos por el camino”.

El silencio más extraño de mi vida

Recuerdo el momento exacto en el que a tierra se empezó a mover. Los sudafricanos y yo habíamos parado a hacer unas fotos en un puente. Íbamos haciendo el tonto, riéndonos. La chica australiana y la inglesa caminaban ligeramente atrás. Justo cuando atravesamos el puente, se hizo el silencio más extraño que recuerdo en mi vida. Lo que le siguió fue una especie de explosión, un ruido estremecedor. Miré arriba y pensé que era una avalancha, porque la ladera se estaba deshaciendo. Caían piedras del tamaño de elefantes.

Sara Pavone sonríe minutos antes del terremoto, que ocurrió poco después de cruzar el puente: Foto: Kate Ahrends
Sara Pavone sonríe minutos antes del terremoto, que ocurrió poco después de cruzar el puente: Foto: Kate Ahrends

El suelo empezó a temblar y se levantó tanto polvo que no nos veíamos a un metro de distancia. Mike, el sudafricano, entendió enseguida que aquello era un terremoto: “It’s an earthquake”, gritó. Nos abrazamos los tres con todas nuestras fuerzas. Yo intenté cubrir nuestras cabezas con mi mochila, con la inocente idea de protegernos así. Ni siquiera eso podía hacer. La tierra temblaba, perdíamos el equilibrio, no teníamos control sobre nuestras acciones. Mike nos dijo que teníamos que intentar situarnos pegados a una roca que se mantenía sólida y hacia allí corrimos cuando pudimos hacerlo. Igual fueron treinta segundos, pero me pareció una vida entera. Su chica, Kate, lloraba y nos decía “I love you”, como si se estuviese despidiendo.

Vídeos: Merche Negro

Cuando el temblor cesó, miramos a nuestro alrededor y el terreno había cambiado radicalmente: piedras enormes por todos lados, paredes derrumbadas y caminos sepultados. No parecía el mismo lugar. El caudal del río había crecido una barbaridad y el agua bajaba con violencia. En cuanto pudimos reaccionar nos asaltó el pánico porque la chica inglesa y la australiana se habían quedado atrás. Mike corrió a buscarlas. Habían logrado cruzar el puente por poco y se habían refugiado bajo una roca que se mantenía firme. Ya estábamos todos juntos.

¿Dónde estará Pol?

Todos, menos Pol. En ese instante se me encogió el corazón. Mi novio estaba solo en la montaña. A partir de ahí me resultó imposible controlar mis pensamientos. Aunque sé que es montañero experto, es inevitable pensar en lo peor. Imaginaba que estaría herido, incomunicado, perdido. Lo primero que teníamos que hacer era ponernos a salvo. Corrimos hasta la primera casa que vimos. Estaba devastada, una roca la había partido por la mitad. En la puerta estaban sus propietarios: una mujer y su hijo adolescente. Ambos estaban arrodillados, rezando mantras budistas. Me acerqué a ella, la abracé por instinto y se puso a llorar. No podía consolarla.


La historia de Pol: “Voy a morir, pero espero que sea rápido”


 

Miré a mis compañeros y entonces reparé en la pinta que teníamos todos. Nuestras caras de pánico estaban tan cubiertas de polvo que la tierra nos llenaba hasta la boca. Nunca antes había tenido esa sensación tan parecida a estar muerta. Sabía que teníamos que salir de allí cuanto antes. Les preguntamos a los nepalíes qué debíamos hacer o hacia dónde teníamos que marchar, pero no nos contestaban. Entre el shock de haber perdido su casa y que no hablaban inglés, la comunicación fue imposible. Lo único que pudo decirnos fue “here not safe”.

Cogí lo esencial: medicinas, la tablet y el ukelele

Optamos por volver hacia Bamboo, donde sabíamos que había gente, pero al levantar la vista nos dimos cuenta de que el camino había sido arrasado. Teníamos que volver a cruzar el puente, pero el terremoto había dejado sólo la estructura, así que nos vimos obligados a buscar caminos alternativos por barrancos. Era nuestro primer día de ruta, por lo que llevábamos las mochilas llenas. Demasiado peso a cuestas para un camino tan arriesgado; vaciamos casi toda la carga y sólo nos llevamos lo imprescindible. Yo cogí lo más esencial: medicinas, la tablet casi sin batería y el ukelele. No me preguntes por qué. Imagino que me di cuenta de que había sucedido algo muy grave, así que entendí que la música podía ayudar o sacar una sonrisa.

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Echamos a andar y el camino se convirtió en una aventura. Lo primero que hicimos fue bajar por un barranco agarrándonos a unas plantas que nos servían de liana, pero eran urticantes y nos provocaron una hinchazón. Encontramos obstáculos durante todo el trayecto. A veces tocaba escalar, otras caminar sobre troncos y otras lanzarse al vacío. Siempre teníamos que fijarnos muy bien en la roca en la que nos apoyábamos, porque muchas cedían. Cruzábamos cornisas en fila india porque el suelo no era lo suficientemente ancho para que caminasen dos personas a la vez.

Los gritos, los heridos, las mascotas

Tras una hora y media de camino, regresamos a Bamboo, que es un pueblecito con cinco o seis refugios de montaña. El único edificio que quedaba en pie era un hostal. Su estructura se mantenía firme pero el interior estaba totalmente derrumbado. La situación era dramática. Se habían reunido unas sesenta personas, más de la mitad turistas, en absoluto estado de shock.

Una nepalí chillaba desesperada mientras dos vecinos la sujetaban por los brazos. Su esposo estaba sepultado bajo las piedras. Era estremecedor escuchar el eco de los gritos por su marido muerto. Qué duro es saber que el cadáver está ahí, pero que no hay forma humana de rescatar el cuerpo sin herramientas. Todo ello ocurría entre réplicas del terremoto, que se sucedían a menudo. Nadie sabía quién iba a ser el siguiente.

Locales y turistas nos reunimos en una especie de cueva bajo un bloque de piedra gigante que se mantenía firme. Un guía nepalí con la cabeza abierta y un turista holandés con el brazo roto eran los heridos más graves. Todos sacamos los medicamentos de nuestra mochila y una pareja de holandeses, estudiantes de medicina, se encargó de administrárselos, diseñar un tratamiento y mandarnos que improvisásemos una cama con mantas y esterillas para acomodarlos.

Las noticias llegan desde Israel

Entre los turistas había americanos, franceses, holandeses y, sobre todo, muchos israelíes. También había seis vacas y dos gallinas, asustadas, que se acabaron convirtiendo en nuestras mascotas. No se separaron de nosotros. Uno de los israelíes tenía un teléfono vía satélite. Es la única forma de contactar con el resto del mundo en una zona en la que no hay cobertura de móvil ni internet. A través de ese terminal nos empezamos a enterar de lo que pasaba a nuestro alrededor. Estábamos en mitad de un terremoto, pero las noticias nos iban llegando desde Israel. “Ha habido un temblor de 7,8 grados, el país está devastado y el aeropuerto de la capital, cerrado. Las evacuaciones tardarán”, nos resumió el dueño del teléfono.

Gracias a él pudimos avisar a nuestras casas. Recopilamos los emails de nuestros familiares y enviamos un correo con copia a todos, para explicarles que estábamos bien, pero que no sabíamos cuándo saldríamos de allí. Dadas las circunstancias, y a sabiendas que íbamos a pasar bastante tiempo en un pueblo arrasado, nos pusimos a trabajar para intentar montar un campamento de supervivencia. Hicimos una asamblea para repartir las tareas. Las mujeres accedimos a un almacén destruido en el que quedaban algunas provisiones. Los hombres aprovecharon unas viejas lonas para montar una carpa bajo el bloque de piedra y poder pasar allí la noche, en esterillas.

Mientras, los nepalíes ya habían sacado varios “camping gas” para prepararnos té y comida. Muchos de ellos habían perdido a su familia, pero en todo momentos se pusieron a nuestra disposición, cocinaron, nos ayudaron. Decidimos comprarles toda la comida que les quedaba, porque ya habían anunciado que por la mañana se iban a marchar hasta un pueblo próximo en el que residían sus familiares. Íbamos a quedarnos solos los turistas, los guías nepalíes y varios portadores. Teníamos comida para una semana, que es lo que le habían estimado al israelí que tardarían en empezar a evacuarnos.

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La primera noche

Aquella noche nadie pudo dormir, por el miedo, los temblores, los desprendimientos, las lluvias y el espacio tan reducido que ocupábamos: dormíamos sesenta personas en un trocito en el que caben veinte. Yo además tenía el añadido de que mi novio estaba solo en las montañas, perdido. Tenía más miedo por él que por mí. No era la única persona en esa situación. Ravid, uno de los israelís, tenía a su novia ilocalizable en el Valle de Langtang, la zona más afectada. Nos intentábamos ayudar mutuamente pero resultaba imposible. A los dos nos animaban diciendo que nuestras parejas estarían bien, que conocían la montaña, pero también sabíamos que no era más que eso: ánimos. Nadie tenía un solo dato sobre ellos.

Entre temblores y lluvia pasamos la noche todos, con el calzado puesto por si había que salir a correr de repente. En esa situación, estar tan apretados tampoco era tan malo: de alguna manera nos dábamos seguridad. No sabíamos los nombres de casi nadie pero nos habíamos convertido en una familia.

Las vacas se comen el helipuerto

Los nepalíes se marcharon al día siguiente y nos dejaron las llaves del almacén de las provisiones. Los israelíes tomaron el mando y nos iban informando de cualquier novedad que llegaba. Algunos habían acabado recientemente el servicio militar y estaban muy preparados. Lo primero que idearon fue un sistema básico de purificación de agua: muy rudimentario pero muy elaborado y útil. Un depósito con varios agujeros a los que incorporamos unos tubos que desembocaban en otros depósitos. Allí colocábamos unas sábanas que servían de filtro. Echábamos el agua hervida y la depurábamos. Una movida que a mí no se me hubiese ocurrido en la vida, qué quieres que te diga. El resultado era agua apta para consumir, pero con un color marrón tierra horrible y una textura densa. Eso es lo que estuvimos bebiendo durante casi una semana.

Hacíamos solo una comida al día: arroz o noodles, verduras de los huertos destruidos y sobre todo huevos hervidos, que no he comido tantos en toda mi vida. Por encima de nuestras cabezas veíamos pasar helicópteros militares, pero volaban demasiado alto, así que pensamos en hacer señales para que nos localizasen. Empleamos cañas de bambú para hacer señales de humo y ropas de colores muy vivos. Pero allí no nos veía nadie. Por si acaso, habíamos preparado dos pistas de aterrizaje para helicópteros. Despejamos el terreno y utilizamos harina del almacén para dibujar la letra H que deben tener los helipuertos. Pero las pobres vacas tenían mucha hambre y se la comieron. Luego lo intentamos con hojas e hicieron lo mismo. La tuvimos que acabar dibujando con una especie de pintura con barniz que encontramos entre las ruinas de uno de los edificios derrumbados.

Es el caos

Entretanto seguía llegando gente. Sobre todo nepalíes deshechos, que traían noticias: “Es el caos. Los pueblos están arrasados y hay cadáveres por todos lados”. Yo les preguntaba por Pol pero nadie lo había visto. Lo intentaba describir pero no me entendían. Desesperada, cogí un rotulador y a todo el que llegaba le pintaba el nombre de Pol en un antebrazo y el mío en el otro. Estaba en un estado de absoluta ansiedad, tampoco sabía qué más podía hacer. Por la tarde apareció un nepalí que me dijo que creía que lo había visto. Me dio un vuelco el corazón. En seguida me puse a enseñarle fotos y me confirmó que no. Que se había equivocado. Me puse histérica. Quería ir a buscar a Pol. No me importaba caminar hasta donde fuese necesario. Los sudafricanos me disuadieron diciéndome que era peligroso y que si me pasara algo por el camino sería mucho más difícil localizarme y evacuarme.

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Al tercer día llegó el primer helicóptero. Eran japoneses. Venían a evacuar a los suyos y a los heridos. También se subió Kami, un guía nepalí que nos ayudó en todo momento. También lo intentó Wilhem, el holandés con el brazo roto, pero estaba lejos en el momento en el que tenía que haberse montado a bordo. Echó a correr con todas sus fuerzas pero llegó justo cuando la nave despegaba. “Intentaremos volver a por ti”, le dijeron. Lo dejaron en tierra y nunca más aparecieron. Sentimos mucha rabia, aunque él es una persona muy positiva y le restó importancia. Siempre estuvo animando. Hacía bromas, decía que odiaba a la gente con dos brazos y que por eso iba a aprender a abrocharse la sudadera solo, pero siempre nos acababa pidiendo ayuda. Era la persona que físicamente estaba peor, pero también uno de los que aportó más fuerza al grupo.

El hombre de la compañía de seguros

Después llego un helicóptero del que bajó un hombre de una compañía de seguros israelí. Lo primero que hizo fue grabar un video de cada uno de nosotros diciendo nuestros nombres, para que constase quién se iba a quedar en la montaña y avisar a las embajadas correspondientes. Nos dijo que tenía la orden de evacuar solamente a los israelíes y a los heridos. No podía llevarse a nadie más porque había otras zonas en una situación mucho más complicada que Bamboo. El glaciar del valle de Langtang, el que tenía que ser el final de nuestra excursión, se había desprendido y se estaba fundiendo, arrasando pueblos enteros.

En aquella área se habían empezado a registrar los primeros conflictos entre turistas y nepalíes, porque no habían provisiones para todos. Era urgente actuar en aquella zona en la que, por cierto, se encontraba la novia de Ravid. Estaba a salvo e iba a ser rescatada. Ravid se marchó con el resto de compatriotas, no sin antes abrazarme y prometerme que iría a buscar a Pol. En el helicóptero subieron todos los israelíes, salvo dos que quisieron quedarse con nosotros. Se sentían mal por dejarnos solos. A la mañana siguiente vinieron a por ellos con la orden expresa de que fuesen evacuados. Les dijeron que en Israel se había difundido la noticia de que habían rechazado la ayuda y que eso era inconcebible. Les obligaron a marcharse. Antes de irse nos dejaron el teléfono y nos prometimos vernos en Katmandú.

Pol está bien

Cuando se fueron pensé en utilizar el teléfono para avisar a los míos. Primero avisé a mi madre. Le mandé un mensaje para decirle que estaba bien. Me inventé que estaba en un campamento, rescatada, a salvo. No quería preocuparla. ¿Qué hizo mi madre? Pues lo que hace cualquier mamma italiana: preguntarme si estaba comiendo bien. No quise preocuparla y volví a engañarle diciendo que sí, que comía bien y que no estaba sola. Después decidí avisar a Enric, el padre de Pol. Imaginaba que no sabría que su hijo se había ido sólo a hacer a excursión y que estaría preocupado. Intenté encender mi tablet sin batería. Me aguantó unos segundos. Los justos para apuntar el teléfono del padre de Pol. Cuando lo tuve, envié un mensaje. Le dije que no sabía nada de Pol y que necesitaba noticias.

Me daba miedo cómo iba a reaccionar, así que escribí el mensaje y solté el teléfono. Al cabo de una hora, una chica holandesa me dijo: “Creo que ha llegado un sms para ti”. Yo estaba picando ajo y pimiento para hacer la comida. Tiré el cuchillo y salí corriendo a por el móvil. Era la respuesta del padre de Pol, confirmándome que ya lo tenía localizado. Pol estaba sano y salvo y yo empecé a llorar de alivio y alegría. Aquella tarde fue una fiesta. Me olvidé de los dolores, de la ansiedad y de los problemas estomacales que provocaban cuatro días bebiendo agua con tierra.

Un terrible funeral nepalí

Por la tarde sucedió algo que nos impactó profundamente. Subió un grupo de nepalíes desde Syabru Beshi, para enterrar al hombre que había quedado sepultado el primer día bajo las piedras. Uno de ellos era su propio hermano. Con mucho esfuerzo rescataron el cadáver de los escombros. Nosotros miramos todo aquello guardando un silencio terrible. Le pusieron unas hojas verdes en los orificios, porque estaba en estado de descomposición, nos recomendaron que nos tapásemos la boca y la nariz y se lo llevaron. A pesar de estar pasando por un momento tan duro, el hermano del fallecido todavía tuvo fuerzas para sacar más mantas para nosotros. Aún me estremezco recordando aquello.

Los americanos nos salvan

Al día siguiente, mientras recogíamos la basura, llegó el helicóptero que nos empezó a evacuar. Entre todos los que quedábamos en Bamboo habíamos hecho una lista con el orden en el que se subiría la gente en los helicópteros. A mi me pusieron en el primer grupo porque tenía que buscar a Pol. Empecé a correr hacia el helicóptero con todas mis fuerzas, pero me daba la sensación de que no avanzaba. Tardé como dos minutos en llegar. Los del helicóptero eran americanos. Al final nos salvaron los americanos, igual que en las películas. Me subí con Mike y Kate y nos abrazamos con una alegría que se desvaneció en cuanto despegamos y vimos el estado catastrófico en el que habían quedado todos los pueblos. Nosotros nos íbamos a casa, pero aquella gente tenía que reconstruir sus vidas enteras.

Llegamos al campo militar de Dunche, en el que la policía nepalí nos registró en una base de datos. El campamento era muy rudimentario, no había mantas suficientes y el panorama era desolador, casi peor que en Bamboo. Aún había más gente, no tenían agua y la comida escaseaba. Los militares nos empezaron a dividir por nacionalidades. Tanto daba que te separasen de tu grupo; los italianos tenían que irse con los italianos. Así que fui a parar con dos compatriotas a los que no conocía de nada. Me dijeron que teníamos la opción de esperar a que nos evacuasen o marcharnos caminando de allí. Yo descarté esa opción porque unos vascos del campamento me habían dado la noticia de que Jesús y Raquel, una pareja española que había intentado escapar caminando, había tenido un accidente y ella había muerto.

Preferí hablar por el teléfono de la policía nepalí con la unidad de crisis del Ministerio de Exteriores de Italia. Me recomendaron que cogiese “el primer helicóptero que pase”. Les respondí que aquello no era una parada de bus. Yo estaba súper nerviosa, aunque ellos entendieron bien mi situación y me calmaron. Después logré hablar con mi madre y escuchar su voz por primera vez después del terremoto. Ella también me recomendó que no caminase. Decidí tumbarme en el césped, descalzarme por primera vez en seis días (¡qué alivio!) y esperar. Maté el tiempo jugando con unos niños que me tiraban flores y se comportaban como si nada hubiese pasado. Interrumpió nuestros juegos un helicóptero que venía de Syabru Beshi y traía a unos ingleses. Les pregunté por Pol, les enseñé unas fotos y me confirmaron que estaba con ellos, que lo evacuarían al día siguiente.

¡Ahí viene Pol!

Pero no hizo falta esperar tanto. A la media hora aterrizó otro helicóptero y desde el interior del campamento lo vi bajar. Todo el mundo estaba al corriente de nuestra historia y me decían que corriese a buscarlo. Por fin se acababa la espera. Lo veía a través de una valla y ese rato se me hizo eterno porque también lo tenían que registrar. Cuando por fin entró, se montó una escena de película. Un abrazo interminable, mucha alegría, la gente aplaudiendo, la locura. En seguida me devolvió el portafortuna que le di el día que nos separamos. Allí mismo decidimos que teníamos que montar algo para ayudar a los nepalíes.

Aquella noche celebramos nuestro reencuentro y un dhal bhat caliente (pato típico de Nepal). Dormimos todos juntos en el campamento de Dunche. A la mañana siguiente nos vinieron a rescatar en un helicóptero indio en el que quería subir todo el mundo. Los militares decidieron que priorizarían a las mujeres, pero yo no me quería volver a separar de Pol. Nos cogimos de la mano y no nos separamos, ni siquiera cuando estaba subiendo a bordo. Al final nos dejaron montarnos a todos: nosotros dos y los sudafricanos.

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Katmandú y una ONG nueva

Llegamos a Katmandú, donde también se estaban viviendo escenas duras. Grupos de rescate con perros que olían vida debajo de los escombros. Queríamos hacer algo. Por eso rechazamos el primer avión que Italia nos ofreció. Contactamos con María, una amiga que tiene una ONG en Katmandú y la intentamos ayudar. Nos pidió que esa noche durmiésemos los tres juntos. Aún tenía miedo. Volvimos juntos a Europa y seguimos sin descansar.

Trabajamos ahora con todas nuestras fuerzas para montar la ONG “Living Nepal”. Tenemos un correo, un proyecto de web y una página de Facebook con el nombre de la entidad. Es un trabajo enorme que está ocupando todo nuestro tiempo, pero es nuestra forma de devolver a los nepalís una pequeña parte de lo que hicieron por nosotros. Siempre nos acogieron con una sonrisa.

Recuerdo que estando aún en el campamento de Dunche, un policía me recomendó, ante mi estado de nervios, que fuese a hablar con una trabajadora social (como yo). Ella me atendió sonriendo, me calmó y me dio ánimos mientras dábamos un paseo. Caminábamos a través de un pueblo devastado, con colegios derrumbados y casas destruidas. La vida se había paralizado y ella acababa de perder a una enfermera que trabajaba con ella. Pero en todo momento sólo se preocupó por mí. Esas situaciones me obligan a intentar con todas mis fuerzas que, a partir de ahora, seamos nosotros los que nos preocupemos por ellos.

“Voy a morir, pero espero que sea rápido”

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El terremoto del 25 de abril en Nepal dejó más de 8.000 muertos. Fue una de las peores catástrofes naturales de los últimos años. El español Pol Ferrús hacía una travesía a pie por las montañas del norte del país, cerca del Tíbet. Buscó sin descanso a su novia y salvó varias veces la vida de milagro. Aquí cuenta su historia. 

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El terremoto del 25 de abril en Nepal dejó más de 8.000 muertos. Fue una de las peores catástrofes naturales de los últimos años. El español Pol Ferrús hacía una travesía a pie por las montañas del norte del país, cerca del Tíbet. Salvó varias veces la vida de milagro. 


Pol Ferrús (Barcelona, 1986) no olvidará su último viaje a Nepal. El terremoto de magnitud 7,9 del 25 de abril le sorprendió en Sherpa Gaon, un pueblo de montaña en la cordillera del Himalaya. Estuvo una semana aislado. Horas antes de la catástrofe, se había separado de Sara, su pareja, que se quedó entre Rimche y Bamboo, dos de los enclaves más afectados. Durante una agónica semana, Pol dedicó más esfuerzos a buscarla que a salvar su vida. A continuación transcribo su historia en primera persona.

La huida de los monos

Yo iba con Gabriel, un francés que hacía su primer trekking. Era un chaval alto y fuerte pero bastante desubicado. Su calzado de montaña eran unas Nike agujereadas. Habíamos pasado por el pueblo de Kyanjin Gompa y nos acercábamos a otro llamado Sherpa Gaon. El camino, a 2.600 metros, estaba lleno de flores de rododendro, típicas de Nepal.

El paseo era tan agradable que, cuando vimos una casita de montaña en mitad del camino, con una mesita y un par de sillas fuera, decidimos tomar un té y admirar el Himalaya. La parada no estaba prevista; habíamos descansado un cuarto de hora antes. Si no nos hubiésemos detenido, probablemente habríamos muerto. La casualidad, el destino, el karma o vete a saber qué, nos llevaron a sentarnos en aquellas rudimentarias banquetas.

Me di cuenta de que algo iba mal cuando noté las reacciones de los animales. No sabría cómo describirlo. Los pájaros se dejaban caer en picado, los langures -monos típicos del Himalaya- aparecían por todos lados. Un langur nos había acompañado en calma hasta el mirador. Ahora huía enloquecido junto a cientos de animales remontando la montaña. Parecía irreal. Gabriel, mi compañero francés, arrimó bruscamente su banqueta hacia mí. Le miré con cara de pedirle que dejase de vacilarme. Su expresión de “yo no he hecho nada” y de pánico absoluto es lo último que recuerdo antes de la primera sacudida.

Empezaron a temblar las tazas y los taburetes en un preámbulo muy breve del gran crujido: un estruendo ensordecedor, una nube de polvo asfixiante y piedras del tamaño de edificios precipitándose por todos lados, como puertas deslizándose. Estábamos a dos mil metros de altitud y las veíamos caer desde los cuatro mil, ladera abajo, rodando como canicas. El suelo que pisábamos se doblaba como el barro; parecía blando, se formaban ondas. Todo vibraba y saltaba por los aires. Las casas de piedra maciza empezaron a derrumbarse como si fuesen de cartón.

Pensé que iba a morir, así que lo primero que hicimos Gabriel y yo fue refugiarnos en una explanada donde no caían piedras. Desde allí oíamos llorar a un bebé. Era el hijo de la familia que nos había servido el té. Mi idea era ayudarles. Pero es imposible moverse cuando tienes la tierra centrifugando bajo tu cuerpo. Aquello no paraba. En realidad, la sacudida no duró ni un minuto, pero para mí fueron horas.

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Otros dos españoles

Cuando el primer temblor cesó, nuestra primera reacción fue intentar poner a salvo a la familia de nepalíes que nos había atendido. La mujer permanecía de rodillas con su bebé en las manos y su marido sujetaba a los dos. Todos lloraban. Los ayudamos, recogimos nuestras cosas y decidimos que había que salir de allí cuanto antes. Por la orografía del terreno, aquel lugar resultaba peligroso. Queríamos hacer entender a la familia nepalí que había que subir a una cresta, que parecía el espacio más seguro. “Up! Up!”, les gritábamos. Pero ellos querían quedarse en su casa, así que salimos corriendo.

Nos advertían gritando a nuestras espaldas: “Don’t run!”. Si la tierra temblaba mientras íbamos en carrera, lo más probable era que nos dañáramos las piernas. No les hicimos caso y salimos de allí a toda hostia. No llevábamos ni 500 metros cuando el suelo volvió a crujir y perdimos el equilibrio. Esta primera réplica fue tan intensa como el temblor inicial. Tuvimos la suerte de que ya habíamos alcanzado un llano: un campo de cacahuetes.

Allí conocí a Raquel y Jesús, una pareja española que se refugiaba en la misma planicie. Junto a ellos, se hallaba su guía y una anciana tibetana, que se había sentado en el suelo en cuanto empezó el primer temblor. Más tarde me enteré de que permaneció allí sentada durante ocho horas.

Con Raquel y Jesús establecí un vínculo fortísimo desde el principio, sólo por encontrar a alguien que habla tu idioma en una situación tan extrema. Ella de Madrid y él de Sevilla. Estaban en el campo de cacahuetes porque era la zona más segura. El primer temblor les había sorprendido desayunando en un albergue de Sherpa Gaon. Habían salido a guarecerse a la primera explanada que vieron.

Mientras fumábamos para calmarnos, se produjo la segunda réplica. Veíamos en el horizonte cómo se derrumbaban paredes enteras. Piedras que he escalado y que siempre me han dado una sensación de ultrasolidez caían sobre el valle como si fuesen los cacahuetes que nos rodeaban. En ese momento me di cuenta de que las piedras estaban arrasando la zona por donde tenía que venir mi novia.  Me puse como loco, perdí el control, empecé a gritar su nombre: “¡Sara! ¡Sara!”. Y rompí a llorar.

Sara, la novia

Conocí a Sara en Amsterdam y somos pareja desde hace tres años y medio. Es italiana y juntos hemos viajado por todo el mundo. Hemos compartido experiencias duras, como el dengue en Camboya. Volvimos a Europa unos meses para recuperarnos, pero en seguida nos pudo el espíritu aventurero. Teníamos pensado viajar a Sudáfrica a visitar a unos buenos amigos. Por cuestiones logísticas decidimos que iba a resultar más fácil encontrarnos todos en Nepal. Allí haríamos juntos el valle de Langtang, uno de los espectáculos más impresionantes de la tierra. Sara y yo llegamos antes y los esperamos varios días. Los sudafricanos debían presentarse el 24 pero aparecieron un par de días antes por sorpresa.

Podíamos adelantar la partida pero Sara no se encontraba bien. Tenía un ataque de ciática que le impedía moverse. Los sudafricanos aún tenían que obtener los permisos de trekking y comprar todo el material. Yo quería desviarme y subir el pico del Tamang, que era una etapa que no teníamos prevista. Además, me apetecía hacerlo solo. Mi abuelo había muerto recientemente y pensé que podría ser un buen momento para reflexionar.

Decidimos que yo partiría en solitario por la mañana hacia el Tamang. Un día después, lo haría Sara acompañada de nuestros amigos sudafricanos y unas chicas australianas, emprendiendo otra ruta por la parte baja, por la zona de Rimche y Bambú. Nos encontraríamos todos a la entrada del valle de Langtang, para hacer la excursión juntos. Nos despedimos y partí temprano.

Llegan los primeros auxilios

La pareja española me calmó muchísimo en el campo de cacahuetes. Yo quería salir cuanto antes a buscar a mi chica, pero Raquel y Jesús me retuvieron. “Al menos hasta que se detengan los temblores”, me decían. Cuando la tierra se tranquilizó, salimos de la explanada y caminamos unos minutos hasta la zona habitada de Sherpa Gaon. El poblado se había convertido en el lugar más seguro de la zona. “Safe here!”, nos decían los habitantes locales, que ya habían preparado comida y primeros auxilios en plena calle.

No era más que una aldea de 10 viviendas, pero su ubicación sobre una cresta había evitado que las piedras se desplomasen arrasándolo. Sólo había muerto una anciana por no haber podido salir de casa. Se le cayó el techo encima. Los demás trataban de curar a las personas que empezaban a aparecer desde todas partes. Estuvieron llegando heridos durante todo el día.

Cuando vi que empezaba a haber movimiento, entendí que ya había menos peligro. Me envalentoné y quise bajar a por Sara, pero empezó a subir la gente de Rimche. Venían reventados. Los primeros me confirmaron que bajar era imposible, que no había camino porque el seísmo se lo había llevado todo por delante. La angustia me iba a comer. Pregunté a todas y cada una de las personas que iban llegando.

Por la tarde llegaron unos alemanes con la ropa destrozada y la cabeza golpeada por rocas que se habían desprendido durante su ruta. Me confirmaron, por la descripción que les di, que habían estado desayunando al lado de Sara, una hora antes del terremoto. Acabaron de comer y el primer temblor les sorprendió saliendo del albergue. “No queda nada. Se lo ha llevado todo por delante”, me dijeron.  No sabían si Sara había podido escapar.

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“La peor noche de mi vida”

Los últimos heridos, una pareja de eslovenos, llegaron a Sherpa Gaon sobre las 2 de la madrugada. Él traía varias heridas y ella se había roto la pierna. Le di una media que llevo en mi mochila. Fue mi aportación al botiquín improvisado que reunimos entre las 50 personas que pasamos la noche a la intemperie. Cada uno sacaba lo que podía: Paracetamol, vendas, alcohol. Los nepalíes no tenían medios. Lo único que podían hacer era ofrecernos comida.

Aquella noche, Gabriel y yo dormimos en un cobertizo con las zapatillas puestas porque, cada vez que se repetía una réplica, que fueron muchas, salíamos a correr buscando la zona llana. Por si fuera poco, empezó a llover y la niebla era tan densa que no se veía nada a dos metros de distancia. Allí descansábamos, tirados bajo el chaparrón en plena calle y esperando que un temblor definitivo nos llevase por delante.

Mi único pensamiento era “voy a morir, pero espero que sea rápido”. Nunca he experimentado una sensación tan fuerte, no sé cómo definirlo, ¿adrenalina negativa? Fue la peor noche de mi vida. Yo estaba absolutamente desencajado, ido, fuera de mí.  En lo único que pensaba era en salir de allí. En cuanto saliese el primer rayo de sol, bajaría a buscar a Sara.

Desaparecida

Convencí a Gabriel de que teníamos que marcharnos al alba. Si las víctimas de Rimche habían llegado hasta aquí, las de Bamboo habrían ido a refugiarse a Syabrubesi, otro poblado próximo y relativamente seguro. Es la última estación de autobús antes de empezar a caminar. Lo más parecido a la civilización. Seguro que Sara había salido hacia allí y nos reencontraríamos en el pueblo, me iba repitiendo.

Gabriel y yo salimos a la carrera. Desde Sherpa Gaon hasta Syabrubesi hay una ruta de casi una jornada entera de trekking. Nosotros la completamos en dos horas y cuarto. Sólo hicimos una parada, en el poblado de Kyanjing Gompa, y nos encontramos fue a mucha gente reunida, intentando convencernos de que no nos fuésemos. No hicimos caso de las advertencias. En Syabrubesi habían improvisado un campamento para refugiados. Lo primero que vimos fue a un policía nepalí agotado y en calzoncillos. Toda su ropa estaba desgarrada.

Le pedí la lista de las personas que se refugiaban en aquel campamento y empezó a gritar que no había lista, que se había perdido. Estaba en shock, como enloquecido. Tuvo que venir un chico vasco-francés del campamento a traernos la relación de refugiados. Repasé el papel varias veces: Sara no estaba. Me encendí, perdí el control y bajé hasta el valle, ignorando los gritos de Gabriel. Tenía que llegar al otro lado del río, al casco viejo de Syabrubesi, a pesar del lamentable estado de los puentes. Confiaba en encontrar a mi novia allí, pero cuando llegué no había nadie. Estaba desierto. Sólo se escuchaba el ruido de las casas crujiendo antes de derrumbarse. Era el principio del camino que debía emprender para llegar a Bamboo, el sitio en el que vieron a Sara por última vez. Miré el camino y todo estaba derruido. En ese momento asumí que no podía hacer nada, me puse a llorar y salí de allí corriendo.

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El mercadillo de la supervivencia

Volví pronto al campamento de Syabrubeshi y por eso hoy puedo contarlo: en unos minutos se registró otra réplica que arrasó el valle, el río y la zona vieja. Durante esos días se produjeron 250 temblores, pero aquél pudo costarme la vida. El destino me ha ido salvando en varias ocasiones durante el viaje, pero en ese momento yo no era consciente del peligro y sólo pensaba en mi pareja.

Me senté junto a Miriam, otra catalana que había perdido a sus dos amigas. Ambos nos pusimos a beber cerveza caliente para consolarnos, cuando vimos llegar a un japonés con cuatro sherpas. Era un tipo fuerte pero llegaba fundido. Había hecho la ruta por la que teóricamente debía venir mi novia. Me confirmó que no había visto a nadie en el camino. Fue demasiado para mí. No quise ni construir el refugio para pasar la noche.

Nos acabó ayudando a montar un cobertizo el japonés, que había comprado varios plásticos allí mismo, en el pueblo. Los habitantes habían sacado todo lo que tenían en sus casas, montando un gran mercadillo improvisado en el campamento: plásticos, colchones, cortinas, lo vendían todo a precio europeo y quien más pagaba era quien podía fabricarse la mejor cabaña.

Los nepalíes sacaron todos sus alimentos y cocinaron para mantenernos hasta que se acabó la comida. El hombre que nos preparó la primera cena había perdido a su madre en el terremoto, pero allí estaba, atendiéndonos. Era dramático ver cómo conducían los cadáveres de sus familiares por la calle, en carros, para llevarlos a quemar.

El último abrazo

El día 27, el segundo tras el terremoto, lo pasé mirando el horizonte, viendo cómo caían rocas enormes de las montañas. Hubo un momento de alegría con la llegada de dos nuevas excursionistas, una italiana y una francesa. Eran las amigas de Miriam. Me alegré por ellas, pero me hacía perder las pocas esperanzas que me quedaban. Ya estaban casi todos. Iba apareciendo todo el mundo menos Sara.

Entonces pasaron por allí Raquel y Jesús, la pareja que conocí tras el terremoto en el campo de cacahuetes. Habían hecho noche en Kyanjin Gompa y decidieron marcharse a pie. Las directrices que les habían dado a ellos, no sé si desde la embajada o desde dónde, era que caminasen y bajasen por sus propios medios. Por eso apenas se detuvieron. Se pararon a darme ánimos y emprendieron camino hacia el campamento más próximo, el de Dunche.

Antes de marcharse me dieron un abrazo y toda su fuerza para encontrar a mi novia. Fue la última vez que vi a Raquel con vida. Después de haber sobrevivido al terremoto, tuvo la mala suerte de morir al perder pie en un barranco. Jesús no se separó de ella durante los tres días que tardaron en llegar a rescatarlos.

“I saw her!”

Me encontraba fatal. Al poco rato escuché a Gabriel hablando fuera con dos lituanos enormes recién llegados. Venían desde Bamboo y llevaban muchas horas caminando. Me abalancé sobre ellos preguntándoles por Sara. Me pedían fotos. “Tío, déjate de fotos: una italiana rubia, con ojos verdes y un piercing en el labio; te acordarías si la hubieses visto”, le intentaba explicar.

Uno de ellos no dudó: “I saw her!”. Casi me vuelvo loco. Me confirmaron que habían visto a Sara y que se encontraba bien, en un grupo de unas 50 personas. Se hallaban en una zona plana entre Rimche y Bamboo cuando empezó el terremoto. Decidieron ponerse a salvo bajo un bloque de piedra enorme que se había quedado encallado entre dos paredes.

Luego me enteré de que en el grupo había un israelí que tenía teléfono con ubicación por satélite. Todos habían estado localizados y Sara había podido incluso ponerse en contacto con su madre, que fue la que informó a mi padre. En realidad, el que había estado perdido era yo. Ahora era cuestión de tiempo que llegasen los helicópteros para sacarnos de Syabrubesi.

Noodles crudos con whisky

A partir de ahí me dio igual todo. Me sentía exultante. Sabiendo que Sara estaba bien, no me importaba salir el último de allí si era necesario. Tampoco que la comida y el agua potable empezasen a escasear. El menú diario podía ser noodles crudos y whisky. Otro día comíamos galletas de coco y rakhsi, que es la bebida típica de Nepal. Básicamente un destilado de alcohol con cualquier cosa. Otro día nos hidratábamos con cervezas calientes. Había poca comida y agua potable, pero alcohol y tabaco, el que quisieses. No he fumado tanto en mi vida.

El tercer día después del terremoto empezaron a llegar los helicópteros que nos tenían que trasladar a Dunche, otro campamento más seguro y comunicado. Resultó indignante. Los primeros en salir fueron los que vestían de Gucci y Dior porque habían contratado pólizas de viaje carísimas. Sus aseguradoras fueron las primeras en enviar medios para rescatarlos. Subían a los helicópteros en avalancha.

En cada helicóptero cabían ocho personas pero los últimos vuelos salían sólo con cinco pasajeros. Si no tienes seguro, no te llevamos aunque sobren las plazas. Y tampoco traían víveres. Durante los días 28 y 29 siguieron llegando helicópteros de todo tipo: militares, privados, franceses, indios. A nosotros nunca nos tocaba porque España no había mandado a nadie.

La llamada a España

Al día siguiente, un nepalí me prestó un teléfono y por fin pude hablar con mi padre. Le dije que lo de salir en helicóptero estaba resultando complicado. Sólo quedábamos los españoles, varios franceses, un matrimonio sueco y otro británico (los cuatro bastante mayores) y un grupo de israelíes.

A los nepalíes empezábamos a sobrarles. No podían estar cuidándonos cuando tenían que preocuparse por rehacer sus casas. Además, lo habían vendido todo. Le dije a mi padre que si no podía subir a un helicóptero, el grupo que formábamos Gabriel, Miriam, sus dos amigas y yo saldríamos de allí andando. Tal y como estaba el camino no resultaba seguro emprender la marcha solos y a pie. Parecía una opción kamikaze, pero se estaba convirtiendo en la única.

Salvados por el piloto nepalí

No hizo falta caminar. El 30 de abril llegaron varios helicópteros a llevarse a los franceses y nosotros nos montamos en el último. El piloto era nepalí y permitió que también subiéramos los españoles, los dos suecos y los dos británicos. Yo creo que lo hizo por su propia voluntad. Después los franceses nos dijeron que nos rescataron ellos pagando. Pero también le dijeron después a Gabriel que tenía que costearse el vuelo hasta Francia de su bolsillo. Siempre pensaré que el nepalí se empeñó en sacarnos a todos.

En ese momento no le di muchas vueltas porque era lo que menos me importaba. Me subí sin saber siquiera dónde me llevaban. Los únicos que se quedaron en tierra fueron 16 israelís. Los rescataron al día siguiente.

La batalla de los calzoncillos

Nos llevaron al campamento de Dunche, al mismo al que se dirigían Raquel y Jesús la última vez que los vi. A mi padre le habían dicho que a Sara la habían trasladado a Katmandú, así que nuestro reencuentro debería esperar. Antes de entrar pasé por un proceso interminable en el que me tuve que registrar en tres listas como medida de seguridad, para evitar que se perdiese la relación de refugiados como sucedió en Syabrubesi.

Cuando entré me estaba esperando Sara. Habían informado mal a mi padre: no se la habían llevado a la capital. Estaba delante de mí, cinco días después de habernos despedido. Fue el momento más peliculero de la historia: nos dimos un abrazo interminable, empezamos a besarnos y todos en el campamento aplaudían y gritaban como locos. A mí me dio una especie de subidón, abrí mi mochila, empecé a sacar mi ropa sucia y a tirársela a la gente. En un segundo se montó una especie de “underwear battle” loca. No sé si hice eso por la euforia o porque soy un capullo.

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Sólo mujeres

El resto de amigos también estaba bien. Me instalé en el campamento, que era una mezcla entre Gran Hermano y Apocalypse now. Tenías que montar tu tienda, hacerte un hueco y respetar las jerarquías de los que ya estaban, pero a mí me daba igual. Era la primera vez en toda la semana que me sentía feliz. Para celebrar el reencuentro, un hombre de Dunche preparó una cena para los dos grupos: el mío de Syabrubeshi y el de Sara. La pagamos a precio europeo pero nos dio igual. Fue una de las mejores noches de mi vida y dormimos todos juntos en un cobertizo.

A la mañana siguiente nos dijeron que subiésemos a un campamento militar próximo. India había enviado helicópteros de más de 20 plazas que nos llevarían a Katmandú. Cuando llegamos, las órdenes eran claras: “Solo mujeres”. Los hombres no podíamos entrar. Sara y yo nos pusimos a llorar porque tocaba separarse otra vez. Entonces salió del helicóptero un militar indio, alto y fortísimo, con unas Ray-Ban de aviador. Nos gritó a los hombres que corriésemos, que nos dejaba subir.

Para salir de Katmandú no hubo problemas. El aeropuerto funcionaba bien y el Gobierno español sólo tuvo que colocarnos en vuelos comerciales, que era lo más sencillo. El único que encontró trabas fue Gabriel, que debía pagarse el vuelo de vuelta. Yo le cedí mi puesto en el avión español y me vine con Sara en el de Italia, donde me reservaron una plaza. Incluso pedimos cambiar el día de vuelta para acabar unas gestiones y no nos pusieron impedimentos. El día 3 estábamos en Milán.

Una ONG nueva 

Llevo unos días en Barcelona y aún no he descansado. Aprovechando que soy licenciado en Derecho, he montado una ONG en dos días. Se llama Living Nepal. Trabajaremos a nuestra manera. Lo que obtengamos lo llevaremos nosotros a las zonas en las que estuvimos, a la gente que nos preparó la cena cuando estábamos medio muertos. Allí sólo se llega a pie o en helicóptero. Las ayudas que se envían desde Occidente no llegan a lugares tan remotos.

De momento lo coordinaremos todo desde Europa, que es donde más podemos ayudar ahora mismo. Volveremos a Nepal en septiembre u octubre, pasada la época de los monzones, para llevar lo que obtengamos. Se necesitan otras cosas de primera necesidad y lo principal es dinero. Voy a invertir todo este tiempo en organizar comidas conciertos, comidas populares, una exposición con las fotos que he hecho, lo que sea. Lo recaudado lo llevaremos íntegro. Mi viaje me lo pagaré de mi propio bolsillo. Pero no sólo buscamos fondos sino colaboración de cualquier tipo.

Los nepalíes precisan medicamentos y dinero para infraestructuras. Necesitan que les hagan fosas sépticas y pozos ciegos para defecar. A partir de ahora, entre las heces y los muertos, tienen todos los números para que proliferen las enfermedades y las epidemias.

Aquí puedes contactar con Living Nepal: livingnepal@riseup.net


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