La izquierda más radical captura el liderazgo del laborismo británico

El candidato izquierdista Jeremy Corbyn -en la imagen- se ha hecho este sábado con el liderazgo del Partido Laborista británico por aplastante mayoría. El nuevo líder -declarado admirador de Pablo Iglesias y Podemos, activista antinuclear y pro-palestino declarado- ha conseguido un 59,5% de los votos totales, 40 puntos porcentuales por encima de su rival inmediato, Andy Burhnam (19%).

Foto: STEFAN WERMUTH / REUTERS

Jeremy Corbyn, el nuevo líder laborista británico, este sábado en Londres. NEIL HALL / REUTERS

El candidato izquierdista Jeremy Corbyn se ha hecho hoy con el liderazgo del Partido Laborista británico por aplastante mayoría. Este sábado, aun antes de finalizar el recuento y de ser declarado oficialmente como líder del grupo parlamentario laborista, Corbyn ha agradecido el apoyo de los más de 16.000 voluntarios implicados en una de las campañas más heterodoxas que se recuerdan. El nuevo líder ha conseguido un 59,5% de los votos totales, 40 puntos porcentuales por encima de su rival inmediato, Andy Burhnam (19%).

La victoria de Corbyn no ha sorprendido a nadie: los últimos meses de la campaña electoral se habían convertido en un referéndum sobre su persona y sus políticas. Quien fuera el último candidato en hacer pública su intención de unirse a la carrera por el liderazgo, superando apenas el número mínimo de avales requeridos -36 de los 35 que requiere el Partido Laborista-, y con la única intención explícita de “provocar un debate”, se había convertido en el protagonista indiscutible de la campaña.

Asociado al ala más radical del laborismo, Jeremy Corbyn ha dado de qué hablar entre los tradicionales votantes del Partido Laborista  -algo que los rostros conocidos de Yvette Cooper y Andy Burnham no han conseguido- con ideas tan atrevidas como polémicas. A pesar de que mucha de su retórica anti-austeridad y de sus planes de nacionalización de infraestructuras ya habían sido pregonadas por Ed Miliband y su entorno, declaraciones como su intención de no formar parte del Gabinete de la Reina, o la polémica propuesta de vagones separados para hombres y mujeres en el transporte público al más puro estilo de las monarquías wahabitas del Golfo, han avivado la llama que ha movilizado a gran número de simpatizantes, la mayoría jóvenes estudiantes y sindicalistas, que apoya un laborismo más inclinado a la izquierda del espectro político.

Su audacia no ha dejado indiferente a nadie, y mucho menos a los propios representantes laboristas. Al igual que Ed Miliband y su fallido ministro de Economía en la sombra, Ed Balls, Corbyn mantiene una línea dura contra el New Labour de Tony Blair. Incluso ha ido un paso más lejos declarando públicamente la ilegalidad de la invasión de Iraq en 2003 y asegurando que, si se encuentran pruebas suficientes de que el Blair cometió crímenes de guerra, será llevado ante la justicia sin trato de favor.

El discurso de Corbyn se ha centrado a partes iguales en su denuncia del gobierno conservador de David Cameron y su repulsa del New Labour, algo que ha provocado malestar entre las filas laboristas: los otros tres candidatos a la jefatura del partido -Andy Burnham, Yvette Cooper, Liz Kendall- se apresuraron a desautorizarle, y figuras de la talla de sir Alistair Darling, antiguo ministro laborista, o el propio Tony Blair polarizaron aún más la campaña escribiendo artículos en contra de la posible elección de Corbyn. A pesar de que incluso las figuras más hostiles a su candidatura han negado de forma incansable una hipotética ruptura del partido, ya hay rumores de que los vencidos están preparándose para plantar cara al nuevo líder laborista.

Admirador de Pablo Iglesias y Podemos

A espaldas de la prensa, la actitud tajante del nuevo líder durante la campaña ha generado un cierto sentimiento de desasosiego dentro del partido. El propio Corbyn ha sido contundente aun antes de ser declarado vencedor: “No habrá purgas”, declaró intentando acallar los temores ante posibles represalias políticas que están dividiendo el partido.

Declarado admirador de Pablo Iglesias y Podemos, y activista antinuclear y pro-palestino, Jeremy Corbyn era una figura relativamente desconocida hasta que su inesperada candidatura y su carisma le han coronado líder de uno de los partidos progresistas más poderosos del mundo. La situación internacional, especialmente la llamada Spanish Revolution y el mano a mano de Syriza con la Unión Europea, han ayudado a provocar un sentimiento anti-gubernamental en el Reino Unido del que Corbyn ha sabido aprovecharse.

El giro a la izquierda del Partido Laborista no ha sido beneficioso únicamente para él. En Londres, Sadiq Khan, uno de los candidatos más radicales a la alcaldía que deja vacante el conservador Boris Johnson, ha sido elegido para liderar las listas del laborismo; paradójicamente, es el único candidato de izquierdas al que las encuestas señalan con posibilidades de perder ante el Partido Conservador en una ciudad que suspira por volver con los laboristas.

La victoria de Corbyn ha sido favorecida precisamente por la decisión de varios líderes carismáticos y centristas del laborismo -como Chukua Umuna- de no presentarse a las elecciones generales del 2020, que ya dan por perdidas ante la creciente popularidad de los conservadores en los sectores menos radicales de la opinión pública británica.

 

Conservadores ‘votan’ por Corbyn

El discurso radical y anti-austeridad de Ed Miliband, que muchos en el laborismo ya veían con malos ojos, no sólo no consiguió ganar terreno a los conservadores de Cameron: Ed Miliband no pudo parar la debacle en Escocia -tierra tradicionalmente laborista donde los nacionalistas del SNP consiguieron 56 de los 59 escaños parlamentarios- ni consiguió atraer a los descontentos del Partido Liberal-Demócrata, cuyos feudos -se quedaron en 8 diputados de 56- fueron a parar a manos conservadoras.

El giro a la izquierda del Partido Laborista ha sido facilitado por la percepción general de que David Cameron ha sabido hacer lo que Tony Blair hizo en su día: ganarse al centro político y a los indecisos. La victoria de Corbyn parece favorecer tan sólo a los conservadores, quienes, según las encuestas, mantendrían su mayoría absoluta contra Corbyn en unas hipotéticas elecciones generales con gran facilidad.

De hecho, la campaña al liderazgo laborista se ha visto salpicada de curiosos incidentes en los que los conservadores han mostrado su apoyo al candidato izquierdista, con topics en Twitter como #toriesforcorbyn. Candidatos como Andy Burnham y Liz Kendall denunciaron que conservadores se estaban inscribiendo en masa en las filas laboristas para poder votar por Corbyn, algo, no obstante, de lo que no existen pruebas.

El laborismo británico se encuentra en una encrucijada existencial: las zonas consideradas leales al partido -Escocia, el norte industrial, y Londres- están divididas. Mientras que Escocia denuncia la excesiva tibieza del centro financiero londinense, Londres ve con temor un avance en la escena política de quienes considera como “bárbaros del Norte” que puedan hacer peligrar su prosperidad comercial. Los votantes laboristas, como su propio partido, se han polarizado en dos campos enfrentados, una lucha de la que Corbyn ha salido como indiscutido vencedor.

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Francisco Rivas es abogado, experto en Relaciones Internacionales en Oriente Próximo y ha trabajado en la Embajada de España en Omán. También es escritor; su último libro es 1212: Las Navas.

 

El futuro de Argentina, abierto pese a la victoria en primarias del kirchnerismo

Scioli, celebrando el resultado electoral (EFE)

La victoria del continuista Scioli en las primarias de Argentina prevé una dura batalla electoral en los próximos meses. Del total de votos opositores, los del presidenciable que quede fuera de juego se volcarían en octubre en favor del contrincante de Scioli, sea Macri o Massa, y la oposición podría imponerse. El panorama electoral aún está muy abierto y sin definir. Nadie puede apostar más o menos con seguridad sobre qué fuerza política gobernará de 2015 a 2019.

Buenos Aires – Tras las primarias del domingo, Argentina se encamina ya hacia unas cruciales elecciones presidenciales el 25 de octubre próximo. Ese domingo, los argentinos decidirán si quieren que el kirchnerismo continúe en la Casa Rosada con nuevas caras –lleva 12 años, desde 2003- o prefieren poner un punto final y pasar página.

Daniel Scioli, de 58 años, un expiloto de carreras en moto náutica, es el presidenciable oficial que encarna el continuismo. Gobernador de la provincia de Buenos Aires, ha sido elegido a dedo para la sucesión por Cristina Fernández, viuda de Kirchner, mandataria saliente y jefa del kirchnerismo, la versión principios de siglo XXI del populismo peronista, fundado en 1945.

Contemporáneo de otros populismos latinoamericanos –Vargas en Brasil o Cárdenas en México, entre otros- el peronismo es el único de ellos que 70 años después sigue vigente. Tan es así que domina la política argentina y, de hecho, aún con sus peleas internas entre distintas alas –neoliberal y keynesiana-, gobierna el país desde hace más de un cuarto de siglo, concretamente desde 1989.

En las elecciones primarias Scioli, un ‘soldado’ del matrimonio Kirchner-Fernández, que siempre les ha acompañado y obedecido, fue el precandidato más votado de todos. Cosechó 7,2 millones de sufragios o sea un 38,41% (escrutado el 97%). Ese caudal lo coloca como el favorito para convertirse en próximo presidente argentino.

La oposición da ventajas al competir dividida entre los candidatos Mauricio Macri (56 años), empresario y dirigente de fútbol, emblema del antiperonismo, actual alcalde de Buenos Aires y presidenciable del centroderechista “Cambiemos”. Y el peronista Sergio Massa (43), un kirchnerista que fue jefe alto cargo de Kirchner y jefe de gabinete de Fernández, pero se hizo disidente.

Macri, amigo del PP

La coalición de Macri, amigo del Partido Popular español que trata de implementar una opción de centroderecha no peronista en Argentina, obtuvo 5,8 millones de votos, o sea 30,07%, mientras que Massa, un dirigente de orígen conservador, recogió 3,9 millones de votos, es decir 20,63%. Si hubiesen acordado unirse ahora superarían en perspectivas de votos a Scioli y tendrían chances de ganar.

De todos modos, si el escrutinio de estas primarias se proyecta hacia octubre, hoy por hoy Scioli sería el presidenciable más votado. Pero no está claro todavía si le bastará para imponerse en la primera vuelta, para lo cual necesita 45% de votos. En ese caso se prevé que habría una segunda vuelta y allí el resultado se convertiría en algo incierto.

Del total de votos opositores, los del presidenciable que quede fuera de juego se volcarían en favor del contrincante de Scioli, sea Macri o Massa, y la oposición podría imponerse. El panorama electoral aún está muy abierto y sin definir. Nadie puede apostar más o menos con seguridad sobre qué fuerza política gobernará de 2015 a 2019.

Sea quien fuere el próximo presidente, kirchnerista o no, deberá lidiar con el legado político y económico que Fernández y su fallecido esposo dejan en Argentina, un país que en parte se ha recuperado de su quiebra y corralito bancario, sucedido en 2001. La inseguridad ciudadana, la inflación de precios, el frenazo productivo y las distorsiones monetarias son las principales preocupaciones de los ciudadanos.

En la última década el gobierno del matrimonio Kirchner-Fernández nacionalizó cuatro empresas que estaban en manos españolas: YPF, Aerolíneas Argentinas, aguas (Aguas de Barcelona) y pensiones (BBVA). El próximo gobierno deberá finiquitar algunos flecos de esas operaciones. También tendrá que decidir, además, qué hacer con las regulaciones a las empresas y las medidas keynesianas de estímulo a la demanda que aplicaron los Kirchner.

Con respecto a los políticos de España, el Frente para la Victoria de los Kirchner y Scioli empatiza con “Podemos”. Recientemente, Iñigo Errejón y Juan Carlos Monedero han visitado Argentina invitados por el Gobierno. Y el ex juez Baltasar Garzón cobra aquí un salario como sub secretario de Estado e hizo campaña proselitista a favor del candidato kirchnerista a gobernador bonaerense Anibal Fernández, acusado de vínculos con el narcotráfico por otros peronistas.

Foto: Scioli celebra su victoria (EFE)

Pon las tuyas a remojar

ARPONERO BARBERO FINAL

No es la primera vez en la historia que un gobernante ha tenido la sensación de ser víctima de alguno de los refinados castigos que los dioses reservaban a quienes osaban desafiar su poder…

No es la primera vez en la historia que un gobernante ha tenido la sensación de ser víctima de alguno de los refinados castigos que los dioses reservaban a quienes osaban desafiar su poder. El conde-duque de Olivares se identificaba con Atlas, obligado a sostener sobre sus hombros el globo terráqueo, y no sería difícil asignar a tal o cual de sus homólogos, en uno u otro siglo, el papel de Sísifo levantando la piedra una y otra vez hacia la cima de la ladera, el de Tántalo con las relucientes manzanas del jardín de las Hespérides siempre a la vista pero nunca al alcance, el de Ixión atado a la rueda de los acontecimientos, el de Ocnos tejiendo eternamente la cuerda que se zampaba el burro del Estado o no digamos el de Ticio o Prometeo, encadenados mientras el buitre de la insidia iba devorando su hígado.

Ya le gustaría a Alexis Tsipras poder optar hoy por alguno de estos males con tal de eludir el que, sin otro artilugio que los propios útiles del oficio, parece haber sido diseñado expresamente para escarmiento de políticos temerarios. Y es que no cabe sadismo a la vez más refinado e implacable que el que viene aplicándosele al primer ministro griego desde que osó encender unilateralmente el fuego de la democracia y convocó el referéndum contra las exigencias de Bruselas para seguir financiando a su quebrado país.

Tsipras se comportó como si Grecia fuera aun un Estado soberano en el que la opinión pública supone la razón última del gobernante, fingiendo ignorar que el objeto de la consulta concernía, al menos en igual medida, a sus a la vez socios y acreedores. Incurrió en el eterno pecado de la hubris -el asaltaremos los cielos de la soberbia humana- y en toda la hubris le han dado Frau Merkel y sus 17 palanganeros.

Quien hasta hace dos semanas era percibido como un rebelde ciclópeo que atemorizaba al continente con sus machadas y amenazas, está quedando retratado ahora como un cretino político a merced de la autoridad competente. Y no me digan que, a propósito de castigos divinos, eso evocaría al impuesto por Apolo al rey Midas cuando cambió sus orejas por las de un asno, porque ya quisiera Tsipras tener a cambio el don de convertir en oro lo que tocara.

No, su única corona es la del Olimpo de los tontos, pues su admisión de que ni siquiera contaba con un plan viable para sustituir el euro por el dracma prueba que no sólo ha estado engañando a los griegos sino engañándose a sí mismo. Así es como cobra sentido la dimisión de Varoufakis a la mañana siguiente de ganar el referéndum. En el fondo los líderes de Syriza debían saber que lo que les convenía era perder el plebiscito -que triunfara el “sí”- para poder dar un heroico paso atrás, dejar a otros la gestión del embolado del tercer rescate y volver a quedar en la reserva con la aureola de los rebeldes con causa.

Lo que era inmanejable era su victoria porque la partida pasaba a jugarse en el tablero del Bild Zeitung, las cadenas de televisión y las encuestas alemanas. Opinión pública por opinión pública siempre iban a pesar más los 83 millones de un país opulento -y eso sin contar a sus satélites- que los 11 de uno en las últimas.

Tras el insolente desafío en las urnas, la negociación entre tecnócratas se transformaba así en un ajuste de cuentas que requería no de la derrota sino de la humillación de Grecia, obligada a pasar bajo las horcas caudinas de unas condiciones draconianas. Y el justo castigo a la perversidad, o más bien a la idiotez política, de Tsipras está siendo obligarle a liderar la rendición incondicional de su pueblo, compareciendo cargado de cadenas, uncido al carro del triunfo de la Europa de los Mercados –Vae victis– entre el estupor de los propios -cócteles molotov en la calle, cisma en Syriza en el parlamento- y el regocijo de los ajenos.

 

El justo castigo a la perversidad, o más bien a la idiotez política, de Tsipras está siendo obligarle a liderar la rendición incondicional de su pueblo, compareciendo cargado de cadenas, uncido al carro del triunfo de la Europa de los Mercados

 

Nadie encontrará en este análisis ni comprensión ni disculpa tras la irresponsable necedad de Tsipras. Que ahora invoque que nadie ha pasado por un “dilema de conciencia” como el suyo no inspira ninguna pena. Me alegro de que quienes hasta la propia víspera del referéndum le hacían la ola a Sietemachos Varoufakis cuando llamaba “terroristas” a los líderes europeos, hayan quedado engullidos en su propio maremoto y floten hoy como detritos de un oceánico ridículo. Pero no puedo sentirme cómodo en mis convicciones liberales con el ensañamiento del que están siendo víctimas las instituciones griegas, al ser sometidas a un público auto de fe, encañonadas por el grifo del Banco Central Europeo.

ARPONERO BARBERO FINAL
Ilustración: Javier Muñoz

Los peores augurios de que el euro se convirtiera en ese castillo monetario de “irás y no volverás” al que me refería hace dos semanas, se están cumpliendo. Si Atenas hubiera conservado el dracma, los griegos habrían ido empobreciéndose paulatinamente mediante sucesivas devaluaciones pero no se habrían encontrado nunca entre la espada de un diktat insoportable y la pared de una bancarrota segura. Si Tsipras no pasaba por el aro como una fiera domesticada, los bancos cerrados se hubieran transformado en bancos quebrados, dando paso al colapso del Estado y a un escenario de caos social. Ni siquiera hubiera podido pagar a la policía para defenderse de los suyos.

A la hora de la verdad las supuestas alternativas basadas en la ayuda rusa se diluyeron en el aire. Bastó con que le enseñaran el Big Bertha de la expulsión del euro para que el gobierno griego capitulara incondicionalmente, reproduciendo amargos episodios de la historia centroeuropea de hace 80 años, que renuncio a evocar para no ser tildado de pintor de brocha gorda.

¿Era imprescindible imponer un ultimátum de 72 horas para la aprobación por el Parlamento griego de las medidas de ajuste duro rechazadas por el pueblo en las urnas? ¿Resultaba realmente necesario obligar a constituir ese fondo de activos públicos por valor de 50.000 millones bajo supervisión comunitaria como garantía de futuros pagos? ¿Significará esto que los bancos alemanes terminarán siendo los dueños de unas cuantas islas griegas, y quién sabe si del propio Partenón, en el caso de que se vuelva a desatender el servicio de la deuda o acaso Tsipras y sus ministros deberán ingresar como prenda física en una de aquellas cárceles para morosos abolidas por la Revolución Francesa?

La propia escenificación del trágala en una interminable reunión de líderes europeos insomnes, polarizados entre el policía alemán malo (Schäuble) y el policía alemán bueno (Merkel), denota la falta de mecanismos racionales de decisión en una Europa reducida a teatro de la hegemonía de una de sus partes. El propio Der Spiegel reprochaba hace poco a la canciller que, aun conservando la retórica paneuropea de Kohl, en la práctica ha sustituido la construcción política de la UE por un “imperialismo pedagógico” destinado a imponer, a base de exigentes rescates, sus propios valores calvinistas de rigor presupuestario y control del déficit al resto de los miembros.

En el momento en que la técnica del afeitado en seco que funcionó para España, Portugal e Irlanda ha encallado en la rugosa piel de la sociedad griega, la señora Merkel se ha transformado en el remedo político de Sweeney Todd, aquel barbero diabólico de Fleet Street que degollaba a sus víctimas cuando pasaban por su establecimiento a que les hiciera un arreglo y las convertía luego en el picadillo del pastel de carne que vendía en un restaurante anexo. Ese es el menú que desde Berlín y Bruselas se ofrece ahora a la comunidad financiera: de primero carpaccio de Alexis en láminas muy finas, de segundo estofado a la Tsipras y de postre souflé de Syriza.

Al reconocer que no tiene más remedio que aplicar unas medidas en las que ni él ni sus conciudadanos creen, el jefe del Gobierno de Atenas está levantando acta no sólo de su propia defunción política sino de que Grecia ha dejado de existir como Estado independiente. Lo cual tendría sentido si su soberanía hubiera quedado voluntariamente diluida en la de unos Estados Unidos de Europa cuyo gobierno democrático aplicara políticas fiscales uniformes para amortizar la deuda de todos, asumida como carga común. Así actuaría la solidaridad propia de una unión política en la que la moneda única fuera el escaparate de una realidad previa.

A falta de todo ello los actores políticos de los países de la zona euro se dividen en resignados zombis al servicio de los designios de quien manda y clientes potenciales de la barbería de Sweeney Merkel. Reducido a la mudez en los pasillos y antesalas comunitarias -los estafermos no hablan inglés-, Rajoy es el más dócil y servicial de los primeros. Sujeta la bacinilla y los útiles de afeitar a la barbera o limpia con la fregona el rastro de sus sanguinarios alardes sin que ello requiera contraprestación alguna. Y si hasta la propinilla de la presidencia del Eurogrupo para un paisano recomendado se le niega, pues qué le vamos a hacer. Otra vez será. De momento él sigue empleado ahí.

 

Los actores políticos de los países de la zona euro se dividen en resignados zombis al servicio de los designios de quien manda y clientes potenciales de la barbería de Sweeney Merkel. Reducido a la mudez en los pasillos y antesalas comunitarias -los estafermos no hablan inglés-, Rajoy es el más dócil y servicial de los primeros

El segundo grupo es el de los insensatos que, creyéndose capaces de alterar los términos o fronteras de la pax germana impuesta sobre la eurozona, caminan alegres y confiados hacia un inexorable destino tragicómico. Cuando las barbas de Alexis veas pelar, pon las de Pablo a remojar. Zas, zas, un par de tijeretazos y adiós Coletas. Y que vayan contestando Mas, Junqueras y el tal Romeva -que por algo dicen que se parece a Varoufakis- cuantos días aguantaría su pulso independentista con los bancos catalanes cerrados por falta de liquidez o de solvencia. El soberanismo identitario hace lo suficientemente memos a sus comulgantes como para tragarse la añagaza de la lista única de partidos adversos y políticos despolitizados pero, como en el caso de Grecia, lo que tu decidas es irrelevante si no encaja en lo que decidan los demás.

A falta de mejores argumentos, Rajoy ya se ha apresurado a poner el paralelismo tanto ante las narices de Podemos como ante las del orfeón independentista. Sería preferible no tener que recurrir a ello y que nuestra democracia se bastara y sobrara para cerrar el paso mediante la persuasión y la aplicación de la legalidad a ambos tipos de populismo. Pero con un liderazgo como este y una inteligencia institucional como la que permite que alguien pueda anunciar un martes que va a destruir España y sea el viernes recibido en audiencia oficial por el Jefe del Estado -¿rememoraron juntos la pitada del Camp Nou o sólo miraron hacia el abismo?-, ya no nos queda casi sino confiar, compungidos, en la protección de la navaja ordenancista de Frau Merkel. Porque como canta el Figaro asesino en la película de Tim Burton “no hay más que dos tipos de personas: las que están en su sitio y las que te ponen el pie en la cara”. Y alguien tendrá que obligar a estas a volver a meterlo en el tiesto.

 

 

 

Payasos y jabalíes

El discurso del 30 de julio de 1931 ante las Cortes Constituyentes con el que Ortega perdió, según sus propias palabras, la “virginidad parlamentaria”, quedó en la memoria política por aquellas “tres cosas que no podemos venir a hacer aquí”. A saber: “Ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí”. A la vista del percal que lucen hoy los grandes ayuntamientos, la enumeración sigue vigente.

Nadie recuerda en cambio las advertencias que precedieron a esa frase celebrada y aplaudida: “Nada de divagaciones ni de tratar frívolamente problemas que sólo una labor de técnica difícil puede aclarar; sobre todo, nada de estultos e inútiles vocingleos, violencias en el lenguaje o en el ademán”.

El estilo es el carácter, vino a decirnos Ortega. Ténganlo muy en cuenta Carmena o Colau. Por eso lo que prendió y se extendió como un reguero de pólvora fue su denuncia de quienes utilizaban la tribuna de las Cortes para “hacer el jabalí”. Todos entendieron que se refería a los diputados del grupo radical socialista que esgrimían la demagogia agresiva, y a menudo el zafio insulto, como santo y seña.

Su portaestandarte era el ministro de Justicia Álvaro de Albornoz que enarbolaba lemas como “no más abrazos de Vergara, no más pactos del Pardo… si creen que pueden hacer la guerra civil, que la hagan” para justificar la disolución de la Compañía de Jesús, la supresión del presupuesto de Culto y Clero y demás medidas contra la Iglesia.

Cuando ya en el 31 se produjeron los incendios de los templos, su coequipier el Director General de Seguridad Ángel Galarza describió lo sucedido como un “espléndido empuje de sana protesta popular”. La nueva alcaldesa de Madrid ha quedado por tanto lejos de ese baremo, al tildar sólo de “acción feminista” la profanación de la capilla, liderada por su ahora portavoz Rita Maestre al grito de “arderéis como en el 36”. Es cierto que la tea no llegó a prender esta vez en el altar.

En el grupo de los “jabalíes” figuraban también individuos como Samblancat y Barriobero que habrían de hacerse tristemente célebres por su papel en la organización de los Tribunales Populares de Barcelona; el aviador Ramón Franco que tras asegurar que su hermano era capaz de “asesinar a nuestra madre”, se adhirió a su sublevación; el primer diputado comunista Balbontín o el extravagante Pérez Madrigal que pasó sucesivamente del radicalismo revolucionario al lerrouxismo, la CEDA y el carlismo más integrista.

El estilo es el carácter, vino a decirnos Ortega. Ténganlo muy en cuenta Carmena o Colau. Por eso lo que prendió y se extendió como un reguero de pólvora fue su denuncia de quienes utilizaban la tribuna de las Cortes para “hacer el jabalí” 

“El jabalí es el cerdo salvaje, blindado contra las asperezas del bosque, carente de razón pero dotado de espléndidos colmillos”, escribió en 1933 Domingo de Arrese. Pero a los propios aludidos les gustaba la analogía. En una de sus crónicas El Caballero Audaz habla de “esa manada incivil de jabalíes, como gustan llamarse a sí mismos los radicales socialistas”.

“Voy al Parlamento a hacer el jabalí”, habría dicho uno de ellos al salir de Barcelona. “Voy al Ayuntamiento a hacer el jabalí”, sería la versión actualizada. Cuando quiso acusar de tibieza a algunos de sus compañeros de viaje, Balbontín llegó a tacharles de “jabalíes de cartón piedra, jabalíes de pega”. No en vano el principal semanario humorístico de la derecha, Gracia y Justicia, publicaba por entregas el Diccionario del Perfecto Jabalí.

Según Ossorio y Gallardo era una denominación “familiar y amistosa”, que hoy cuadra con el talante de todos esos miembros de las candidaturas de unidad popular y demás mareas que han entrado en los ayuntamientos con la retahíla de sus latas de ominosos tuíts, delatoramente enganchada a su carroza de recién casados con “el pueblo”.

Hemos aprendido y olvidado sus nombres superpuestos, pero tenemos todavía en lo alto del ranking al concejal que hacía chistes con las cenizas de los judíos de Auschwitz y las niñas asesinadas en Alcasser como fuente de “recambios” para las piernas de esa otra niña nuestra que para todos será siempre Irene Villa. Le siguen el concejal que quería probar a ver qué pasaba “torturando y matando” a Gallardón, como si se tratara de un coleóptero ensartado en un cruel alfiler adolescente; y el concejal que proponía “empalar” a Toni Cantó, según el ritual  fálico de la isla rousseauniana del señor de las moscas; y el concejal que lamentaba, “joder, que no exista el GRAPO para darles su merecido a estos fascistas”; y el concejal que proponía “machacar a la derecha hasta en sus casas, como supo hacer el movimiento vasco”; y la proyecto de concejala “feminazi” que lamentaba que Botín no hubiera sido ahorcado en la “lanterne” de la Plaza de la Villa; y la concejala que vitoreó a los asesinos de Terra Lliure; y el concejal con la palabra “odio” tatuada en la nudillera de acero, lista para romper mandíbulas; y la concejala a la que cada vez que suena el himno nacional le da una bajada de tensión, vulgo jamacuco, y sueña con huesos y cunetas.  Para qué seguir.

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Ilustración: Javier Muñoz

¡Qué divertido es el humor negro! ¡Ni un paso atrás, camaradas! ¡Qué siga la conga de los ediles moñas (perdón, quise decir maños)! ¡Qué todo el año sea carnaval en Cádiz! ¡Saquemos en procesión a San Fermín Salvochea, hermano lego de la orden de Koprotkin, patrono de lo divina anarquía, e inspirador del Kichi, antes de que se nos caiga de nuevo de la cama! ¡Qué los amigos de los asesinos de Tomás Caballero ocupen el asiento municipal de Tomás Caballero para que no quede el equívoco! ¡Esta es la nuestra! ¡Sí se puede, sí se puede! Así claman, encendidos, los aleves turiferarios del desquite social y las ajadas cheerleaders de la revancha política que emergen en los medios bajo la máscara de periodistas, mientras dos personajes oscuros se frotan las manos asomados en el antepalco.

Es curioso que de los tres epítetos de Ortega ni el de “tenor”, ni el de “payaso”, cundieran como el de “jabalí”. En el primer caso por sobreabundancia de oradores con ínfulas castelarinas; en el segundo porque aquello dejó enseguida de tener gracia. Las “palabras como puños” -feliz título de una obra colectiva sobre la “intransigencia política” en la Segunda República- se transformaron enseguida en puños contra las palabras. Galarza propuso en las Cortes que “el derecho al voto no lo tenga más que una clase, la clase trabajadora, intelectual o manual, y que el parásito, hombre o mujer, no tenga derecho a intervenir en la legislación del país”. Albornoz insistió en el Ateneo en que “las guerras civiles son necesarias para el crecimiento de los pueblos”. La derecha golpista y una parte significativa del Ejército pensaban lo mismo.

Ochenta años después sólo hemos pasado aún de las palabras a los tuits. Las palabras se las lleva el viento y los tuits se pueden borrar de cien en cien, como ha hecho la propia Carmena para dar ejemplo al equipo municipal. Pero ha bastado una semana de ayuntamientos podemitas para sentar dos axiomas inquietantes que están originando entre las clases medias el mismo gran miedo -“la grande peur”- de las semanas iniciáticas de la Revolución Francesa.

El primero implica que es lícito complementar la labor institucional con la coacción al adversario desde la calle o las tribunas. Lo que le pasó a Villacís cuando la amenazaron con la guillotina, al teniente general insultado en la toma de posesión de Colau o a los cargos del PP a los que impidieron acceder al recinto en Zaragoza está ya torrencialmente relatado en El Primer Naufragio.

El segundo axioma es el restablecimiento de la ley del embudo: tan ancho como para que estar imputada por un delito contra la libertad de culto, como le ocurre a Rita Maestre, sea una medalla al activismo social que realza al cargo público; y estar imputada por adjudicar 1.800 euros al mes a una empresa de internet con múltiples clientes privados, como le ocurre a Lucía Figar, convierta a una política honrada en una corrupta que debe ser extirpada de la vida pública. A partir de ahora no hay imputados, sino imputados e imputados y son Carmena e Iglesias quienes trazan el círculo de tiza caucasiano.

El otro “tenor” que sonríe taimado junto al líder de Podemos es Rajoy. Son socios en esta huida hacia adelante de la bipolarización extrema de España. “La grande peur” alimenta su “in fear we trust” y pronto lo reflejarán los sondeos. Hasta la derecha liberal ha denunciado en portada esa estrategia del miedo. Todo funciona de acuerdo con unas previsiones egoístas, basadas en la destrucción del poder territorial del PP y el castigo en trasero ajeno de las traiciones, corrupciones y mentiras propias.

Cada uno añadía deudas personales a la factura, pero a fin de cuentas Fabra ha pagado por la subida de impuestos, Luisa Fernanda por la contrarreforma del Poder Judicial, María Dolores de las Mentiras por el respaldo a la zapateril Ley del Aborto, Pedro Sanz por las excarcelaciones de etarras, Monago por la caja B de Génova, Rita por los sobresueldos y Esperanza por los SMS de apoyo a Bárcenas que en cualquier democracia habrían acabado fulminantemente con el remitente y aquí sirvieron para acuchillar al cartero.

El otro “tenor” que sonríe taimado junto al líder de Podemos es Rajoy. Son socios en esta huida hacia adelante de la bipolarización extrema de España. “La grande peur” alimenta su “in fear we trust” y pronto lo reflejarán los sondeos

Cada montón de escombros, cada concejal boskimano, cada payaso y sobre todo cada jabalí es ahora un poste repetidor del mensaje único del marianismo atrincherado: o yo o el diluvio de la mugre. Sin asumir ninguna responsabilidad, sin cambiar un ápice, sin comprometerse a nada. Le ayudan sus comisarios políticos en los medios, grandes responsables de la putrefacción del centroderecha y de la destrucción del legado de esa transición que tanto invocan.

Produce vergüenza ver mancillado un indomable recinto tipográfico que fue escenario de batallas memorables con la tesis lacayuna de la “reinvención” del Estafermo. Total porque Hernández y Floriández van a ser reemplazados por los tres simpáticos sobrinos del Pato Donald: Jorgito, Pablito y Andreíta. Pero parece, ¡ay!, que el que habla como un pato, anda como un pato y miente como un pato, ha dejado de ser un pato, después de tantos años de zoología aplicada.  Yo no soy Rodrigo Caro pero “del gimnasio y las termas regaladas, vuelan (ya) cenizas desdichadas”.

“¿Se imaginan un PP con un candidato a la presidencia elegido democráticamente, joven, profesional y limpio?”, se preguntaba en Twitter mi colega Angel Vico, uno de los 5.624 accionistas de El Español convocados a la histórica Junta General del próximo sábado. Yo tengo ese sueño. Cayetana Álvarez de Toledo también. Incluso, al parecer, parte de los directivos de ABC; y desde luego millones de españoles con ellos. Pero puesto que el sueño tendrá que esperar, añadamos otra pregunta a la ecuación: ¿Se imaginan un PSOE que a la menor jabalinada o payasería recupere la centralidad, impulsando mociones de censura en aquellos ayuntamientos en los que imperen los “inútiles vocingleos” o no digamos las “violencias en el lenguaje o en el ademán?”. A ver si lo dice hoy Sánchez.

El nuevo poderío

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El autor critica la falta de contenido del mensaje de los indignados, un movimiento que apelaría más a las tripas que a la razón. Según señala, ha encontrado eco en una ciudadanía necesitada de emociones fuertes y que afronta los problemas del país con actitud pueril. 

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Durante el partido en que la Juventus eliminó al Real Madrid, en la grada del Bernabéu prendió el “Sí se puede”. No fue mayoritario y apenas duró un suspiro, pero lo cierto es que los seguidores del club más laureado del mundo incurrieron en la extravagancia de hacerse pasar por famélica legión. Ni siquiera la posibilidad de que ese grito acabara pendiendo de la undécima hizo desistir al público de dárselas de maldito, que es como se designa, en el Upper Castellana, a los pupas con glamour.

La ola podemista del 24-M tiene que ver con ese frenesí, con la indisimulada inclinación de la ciudadanía a disolverse en masa para, al grito fuenteovejúnico de “Sí se puede”, protagonizar un relato heroico. La otra gran consigna de aquel germen, por cierto, “Lo llaman democracia y no lo es”, parece arrumbada ante la evidencia, ya paladeada por sus promotores, de que debajo de la palabra está la cosa.

“Sí se puede” es el clamor espectral que azota la piel del mundo. Traducción castiza del “Yes we can“, heredero posmoderno del “No pasarán” y hermano bastardo del “Hemos pasao”, el mantra podemita opera a semejanza de un fractal de bondades a cien. Es acercarse al animalillo, toquetearlo curiosamente y desatarse una tormenta de gemidos infalibles, ya se trate de “¡El pueblo unido, jamás será vencido!”, “¡Este partido lo vamos a ganar!” o “¡Viva México, cabrones!”. Todo el andamiaje del nuevo poderío, en fin, descansa sobre una pulsión de hooligan. Sin esa efervescencia, sin el afán de convertir el espacio público en un remedo de Evasión o victoria no habría populismo, que lo es, sobre todo, por imperativo folklórico, pues, como el nacionalismo (un subproducto del populismo), sólo pervive en un medio social en que los sentimientos hayan reemplazado a la razón.

Acaso el lector avisado reponga que no, que “Sí se puede”, lejos de ser la vacuidad que pretendo, hunde sus raíces en el lema de la United Farm Workers of America. No obstante, la única conexión que se me ocurre entre aquella Unión de Campesinos y nuestros desheredados es que, según consta en la Wikipedia, su líder, César Chávez, era vegano. Por lo demás, las condiciones de trabajo de los vendimiadores californianos poco tienen que ver con las de los quincemesinos, que en tanto pueblo viven en estado de perpetua necesidad. Sobre todo, ay, de emociones fuertes.

Así las cosas, lo que se puede no está del todo claro e incluso puede que no se pueda. Como afirma instructivamente Carlos Herrera, el asalto del cielo podría consistir en llenar la ciudad de conserjes y ascensoristas, por aquello de impulsar el empleo de carácter asistencial. Mas ningún decreto, por prodigioso que resulte, va a ser tan molón como el perpetuo atronar del “Sí se puede”. Es rumboso, susceptible de dejar al alcance de los niños y, como en tiempos de la mili obligatoria, sólo compromete a sus objetores.

(Coda: “El problema, el verdadero problema de las drogas en nuestro siglo de pretensiones humanas exageradas y decepcionantes es, sencillamente, que están demasiado ricas”. Sabino Méndez, Corre Rocker).

La estrategia de UPyD: sus errores contra el populismo

El eurodiputado cuestiona a su partido por la resistencia al pacto, el olvido de principios básicos y la falta de transparencia interna. Teme que haya perdido una oportunidad única frente al bipartidismo.

La irrupción del populismo en España es a la vez causa y consecuencia de un cambio trascendental del mapa político del que algunos actores en ese escenario ya han tomado nota. PSOE e IU han puesto en marcha mecanismos de relevo en su liderazgo y hasta el propio rey Juan Carlos decidió abdicar en la persona de su hijo.

Pero no todos los partidos han adoptado decisiones que nos permitan pensar que son conscientes del cambio que apuntan las elecciones del 24 de mayo. Y no se trata sólo de un relevo en su cúpula dirigente, que supondría al menos una voluntad de adecuación a ese nuevo tiempo político. Es el caso de UPyD, que tampoco ha considerado oportuno modificar su política de alianzas, con lo que condena al electorado a elegir entre su partido y Ciudadanos en el estéril ejercicio de poner orden entre dos formaciones políticas que ocupan el mismo reducido espacio. Esa negativa genera el inconveniente añadido de que, en algunos casos, ni uno ni otro consigan obtener representación institucional, ya que el porcentaje de voto que pueda alcanzar cada partido quizás no llegue al fatídico umbral del 5% de los sufragios. Algunas encuestas que se han publicado respecto a las próximas andaluzas indican que ese escenario es posible.

No es bueno para Ciudadanos, desde luego. Pero, como fuerza emergente que es en el panorama político nacional -toda vez que dos tercios de sus votos europeos los obtuvo fuera de Cataluña- el partido de Rivera siempre podrá presentar a la opinión pública el balance de una organización en crecimiento. Su rival, por el contrario, deberá explicar el estancamiento electoral, cuando no su retroceso, en un momento en que todo debía indicar su consolidación al alza como proyecto alternativo a la vieja política del bipartidismo y a la eclosión del populismo.

Resulta más grave aún, porque quizás no exista otra oportunidad. Podría así quedar abolida nuevamente en España la posible emergencia de un nuevo centro político, con ambición de gobierno y capacidad de sumar las voluntades de tantos defraudados por la vieja política pero respetuosos con el marco institucional -y las posibilidades de cambio que éste comporta- y que no están dispuestos a respaldar a un movimiento de perfiles poco nítidos y que dice estar decidido a tomar el poder por asalto empezando su particular cuenta atrás en la Puerta del Sol.

No sólo UPyD se ha encerrado en sí misma. Es que -a mi juicio- además se está deslizando por un camino incorrecto en la defensa de su utilidad como partido. Lo que fue una inteligente medida en su día de denunciar las insuficiencias del sistema penal español y la renuencia de las fiscalías en perseguir los delitos provocados por los corruptos -que no era sino una forma de demostrar las carencias del sistema-, se ha convertido en la cuasi única seña de identidad del partido. En su particular baúl de los recuerdos han quedado las medidas que preconizaba UPyD respecto, por ejemplo, a la fusión de ayuntamientos, desaparición de diputaciones, cierre de empresas públicas… en lo que se refiere al imprescindible adelgazamiento de la Administración, a la modificación de la Ley Electoral y de la Constitución o la devolución de competencias en Sanidad o Educación al Estado.

Todo lo que presenta este partido son campañas pretendidamente imaginativas como “desenchufa al corrupto” o ese juego del cartel de quita y pon que lleva por curioso título el de “zona libre de corruptos”… y que se diría que pretendieran frivolizar algo tan dramático en la percepción de los españoles como es este fenómeno. Aún más, cuando de lo que se trata es de ofrecer la idea lo más precisa posible de la España que queremos construir.

¿Ha elegido este partido la estrategia de disputar el voto al populismo desde el populismo, desterrando su rigor institucional y sus buenas propuestas de reforma o conviven ambas posiciones en una especie de ejercicio de infértil estrabismo político?

El partido puede envolverse en la bandera de la transparencia, si bien es cuestión opinable donde las haya en vista de su realidad interna. Y pondré tres ejemplos al respecto: ahora que acabamos de lanzar la campaña de “Somos 10.000” -entre afiliados y simpatizantes- ¿de dónde salen esas cifras? ¿Por qué no somos capaces siquiera de ofrecer los censos de votantes en las primarias y sólo el número de electores? ¿O es que nos parecería razonable que en unas elecciones no se nos facilitaran los fundamentales datos de la participación y de la abstención?  Segundo ejemplo: parece que se va a cerrar la Fundación de UPyD, y con pérdidas, ¿para cuándo una auditoría de la misma? Y tercero, ya que nos hemos referido a la necesidad de control de los viajes de los diputados después del caso Monago, ¿puede garantizar UPyD que en todo momento los desplazamientos de sus representantes públicos -ya sean privados o exclusivamente de partido- no se han financiado con cargo a los presupuestos del Estado?

Serán preguntas que quedarán con seguridad sin respuesta. Lo que parece cada día más claro -ahí está el tristísimo ridículo de su propia convocatoria en la Puerta del Sol- es que UPyD se ha lanzado al denodado -e imposible- trabajo de disputar el voto a Podemos en el terreno en el que esta nueva formación política tiene ganada la batalla antes incluso de plantearla.

No debería tampoco UPyD aspirar a convertirse en una especie de clon del sindicato Manos Limpias, más aún cuando aún le queda alguna tarea por delante en este sentido. En lugar de eso, se trataría de trabajar en la definición de un perfil de partido de centro, liberal y progresista, regenerador -por supuesto- y respetuoso con las instituciones.

Y, en ese trabajo -como recientemente ha apuntado Fernando Savater- es seguro que se encontraría con Ciudadanos.

¿O eso es precisamente lo que trata de evitar?

Alimentemos a la flaca
para que no se monte la gorda

La verdadera noticia de este CIS no es que Podemos haya vuelto a dar sendos mordiscos a IU y al PSOE sino que los populares siguen anclados en su peor registro.

El fantasma populista que recorre Europa se ha enseñoreado esta semana de la cocina del CIS provocando, siquiera en el volátil plano de la demoscopia, el mítico sorpasso que desde el inicio de la transición viene obsesionando al PCE y sus herederos. Cual anciano Simeón –todo sucede alguna vez- Julio Anguita se habrá mesado la barba en su retiro cordobés para que la satisfacción por el éxito virtual de su pupilo Pablo Iglesias no altere su frágil ritmo cardíaco.

Es secundario que, como alega Ferraz, a los marmitones y pitanceros del instituto oficial –a ver cuándo clausuramos esos fogones, ¿qué diablos hace el Gobierno estimándose a sí mismo cual aborto de Narciso?- se les haya ido la mano a la hora de albardar el filete de Podemos. Que el recién llegado al banquete de la izquierda lleva camino de arramplar con el santo y la limosna es algo que certificará cualquiera que haya dedicado unos minutos a examinar, a través del gigapan de este blog de EL ESPAÑOL, los rostros ávidos de desquite y transidos de urgencia de la feligresía convocada en Sol. El mismo espíritu de clase, la misma ilusión intergeneracional, la misma fe del carbonero que hacía gritar hace treinta y cinco años “¡Se siente, se siente, Santiago está presente!” y “¡Oa, oa, oa, Felipe a la Moncloa!” es hoy el corcel desbocado sobre el que cabalga Pablo Pueblo.

De poco sirve tratar de oponer a ese desbordamiento, gestado durante años de silencioso empobrecimiento colectivo, los diques de la denuncia de la corrupción y la impostura. Para la grey de esta iglesia alternativa los escándalos suscitados por las nada ejemplares conductas de destacados miembros del entorno del Maestro tienen una interpretación inversa a la del resto de los mortales. La resumió muy bien aquel socialista andaluz que a comienzos de los 90, en pleno caso Juan Guerra, dijo que acudía a un mitin “para que la derecha no le quite el despacho al hermano de Arfonzo”.

La movilización se multiplica ahora para impedir que la casta expulse a Monedero y Errejón de la universidad y arrebate sus medios de vida a la familia de Tania. Como si meter la mano en la caja del erario en la proletaria Rivas-Vacíamadrid fuera distinto a hacerlo en la opulenta Boadilla del Monte. Como si una complementaria por dinero procedente de Venezuela fuera menos infamante que una regularización de botines suizos o andorranos. La demostración de fuerza de Sol es la prueba de cómo funciona el “noli me tangere” del Coletas: el milagro de la transubstanciación de la carne del redentor protege a sus apóstoles.

Ilustración: Javier Muñoz
Ilustración: Javier Muñoz

Izquierda Unida ha caído en la trampa del príncipe que abre las puertas de su ciudadela a una aguerrida mesnada, sin reparar en una quinta columna intramuros, liderada nada menos que por la novia del audaz condottiero. Primero desfilaron por las pasarelas catódicas cual salvadores de los encerrados, luego impusieron sus condiciones para erigirse en sus paladines, luego destruyeron el poder instituido, sembrando la confusión y el caos, y sólo ahora cuando el enclave ya es suyo, aunque Cayo Lara y algunos andaluces todavía no se hayan enterado, lo abandonan a su suerte para proseguir una guerra de expansión que a nadie permite dormir tranquilo.

Al PSOE, que inicialmente creyó que todo se reduciría a una implosión de IU con salpicaduras molestas en sus estables fronteras, se le ha helado el rictus al constatar cómo la horda depredadora se expande imparable por el interior de sus dominios. Andalucía se ha convertido ya en sus Termópilas. O Susana Díaz detiene la expansión de los bárbaros a las puertas mismas de San Telmo o no quedará refugio ni morada socialista segura en las autonómicas y municipales. De ahí que Pedro Sánchez no tenga otra alternativa que volcarse en apoyo de su futura rival pues si ella no triunfa con la holgura suficiente para no ser rehén del PP, su propio trono quedará ya enfangado en las arenas movedizas de una coalición antinatural a la defensiva. Sus apuros a la hora de explicar la firma de un pacto antiterrorista con cuya principal novedad –la cadena perpetua revisable- dice estar en radical desacuerdo son sólo un preámbulo del calvario que le espera si lo que se perfila en el horizonte es la entente del inmovilismo, propiciada por el poder fáctico del Consejo de la Competitividad.

Pero quien tiene de verdad motivos para temblar es el PP en el que reina el Estafermo con María Dolores de las Mentiras como Lady Macbeth de El Bonillo y Hernández y Floriández como eximios alfiles políticos. La verdadera noticia de este CIS no es que Podemos haya vuelto a dar sendos mordiscos a IU y al PSOE sino que los populares siguen anclados en su peor registro pese al cambio del viento de la economía, pese a que la ceguera de Rosa Díez lastra la creación de la anhelada alternativa centrista con Ciudadanos y pese a que Vox continua siendo víctima de un ominoso boicot mediático. Sin ningún competidor de empaque en sus propios caladeros –el calendario catalán condiciona el ritmo de la proyección nacional de Albert Rivera- el PP continúa desangrándose, cayendo ya 17 puntos respecto a su despilfarrada mayoría absoluta.

La explicación está en ese 2,4 de valoración del presidente, penúltimo en la parrilla de los trece jefes de partidos parlamentarios. Y es que los problemas del PP se resumen en tres: la ineptitud para el liderazgo de Mariano, la complicidad con la corrupción de Rajoy y las traiciones a su electorado de Brey. Ya puede recurrir Aznar a su timbre más campanudo que la suya seguirá siendo una vox clamantis in deserto: el PP ni está ni se le espera. O que alguien explique cómo es posible que cuando apenas faltan tres meses para las elecciones de mayo se mantenga la incógnita sobre quiénes serán sus candidatos en los lugares en los que se juega la vida. Algo absurdo a más no poder si lo contrastamos con el hecho de que el interfecto –tan egoísta como incoloro, inodoro e insípido- no deje de reiterar una y otra vez, puesto a augurar calamidades, que él será el cabeza de cartel seis meses más tarde.

El índice de popularidad no miente. El plebiscito nacional es claro. Esto es como lo del “Maura sí, Maura no” de hace cien años pero sin la primera parte del dilema. Si le quedara un ápice de patriotismo, un adarme de sentido de la responsabilidad, un átomo de esa sensatez de la que tanto presume, el presidente daría un paso atrás, abriría un proceso de renovación democrática del PP y le permitiría resurgir de sus cenizas para defender con credibilidad los pilares de su programa. Sus críticos nos quedaríamos con dos palmos de narices, compuestos y sin Estafermo, pero los votantes del centro y la derecha volverían a vibrar por una causa y no tendrían que acudir a las urnas provistos de máscaras de gas.

El PSOE al menos tiene la palanca final de las primarias en las que se elegirá al candidato a la Moncloa, pero el PP ni eso. Si nada les desengancha de su caballo perdedor, los populares acudirán sumisos a la pira del sacrificio, entonando cánticos y ornados con florecillas, siendo la única alternativa a la derrota una victoria pírrica de equivalentes efectos retardados. A menos que su sustitución por Ciudadanos –solos o en compañía de otros- sea rotunda e inmediata, ese hundimiento del PP servirá de preludio a la quiebra del modelo constitucional de la transición. Y eso significa que en España se armará la mundial o, por ceñirnos al léxico del sexenio revolucionario que siguió al derrocamiento de Isabel II y al colapso del PP de entonces –la Unión Liberal-, se montará la gorda.

Portada del nº 1 de "La Gorda"
Portada del nº 1 de ‘La Gorda’, 10 de noviembre de 1868

La Gorda era una publicación satírica de signo conservador tirando a carlista que, tratando de prevenir su propio advenimiento, comenzó a publicarse en Madrid a finales de 1868. Tenía como emblema una calabaza y se autodefinía burlonamente como “periódica liberal”. “Estamos en medio de la Gorda, hija ilegítima de la Unión Liberal”, decía en su primer número. “¡Buena la habéis hecho… Habéis querido hacer un pronunciamiento y os ha salido una revolución. Estáis en medio de la Gorda”, remachaba la cuarta entrega.

Frente a La Gorda y con la misma ironía paradójica, surgió al año siguiente en Barcelona La Flaca, adicta a la Constitución monárquica de 1869 pero muy crítica con el Gobierno de Prim y con su subasta de la Corona hasta ceñirla en las sienes de Amadeo de Saboya. “La Flaca no es republicana, ni demócrata, ni unionista… La Flaca es española y sobre española, catalana”, decía su manifiesto fundacional. Por eso exhortaba a los soldados que partían hacia Cuba: “La Providencia os guíe en todos vuestros pasos, esforzados hijos de Cataluña… Pensad que vais a defender nuestra bandera, el pabellón de la España con honra, que sois dignos hijos de los Moncada y Roger de Lauria, la esperanza de la patria”.

Pero lo más significativo de La Flaca no era esta enésima prueba de la españolidad del catalanismo posterior a la Renaixença sino la forma en que se identificaba con la Constitución para representarse a sí misma como una escuálida figura de sexo ambiguo, acompañada por un famélico león. Ésa es la imagen pasiva y resignada que presentan hoy en su debilidad extrema los líderes de los dos partidos dinásticos, impotentes ante el proceso dinamitero de Podemos.

Portada del nº 1 de "La Flaca"
Portada del nº 1 de ‘La Flaca’, marzo de 1869

Sólo el decidido desarrollo de una tercera vía basada en el cambio de las reglas del juego político, la ampliación de los derechos de ciudadanía y la propia enmienda de la Constitución podrán rescatarnos del actual dilema entre inmovilismo y revolución. Ésa es la opción que quiere contribuir a vertebrar EL ESPAÑOL porque o alimentamos a “la flaca” o antes o después se montará la gorda, como ocurrió con la Primera República y el cantonalismo hasta que el general Pavía entró a caballo en el Congreso. Es falso que en la marcha que desembocó en Sol no hubiera banderas españolas. Había banderas españolas pero eran casi todas republicanas. Concretamente de la Segunda República que dio paso a la Guerra Civil.

Extinguido el juancarlismo, nada más allá de su utilidad protege hoy a la Monarquía. Pero mucho más importante que la forma de Estado –en definitiva simbólica- es la separación de poderes. Y en nuestras manos está, sobre todo, evitar la maldición del no hay dos sin tres. Que lo que nos sucedió en los siglos XIX y XX no vuelva a ocurrirnos en el XXI.

Así es la derecha griega que gobernará con Tsipras

Los Independientes Griegos son para Syriza una inevitable piedra en el zapato. Un aliado incómodo, pero útil para garantizarse la ansiada estabilidad parlamentaria. Es un partido conservador en lo social y nacionalista griego que apuesta por romper con la troika (las instituciones europeas y el FMI) para dar un respiro al país. Pero hay asuntos en los que Syriza y Anel se parecen como el agua y el aceite.

Panos Kammenos

Es la austeridad. Un pacto entre Syriza, autodenominada como Coalición de la Izquierda Radical, y un partido conservador como el de los Independientes Griegos (Anel) puede resultar chocante hasta que se habla con dirigentes del partido de Alexis Tsipras como Corina Vasilopoulou. “En Grecia vivimos una crisis humanitaria, el empobrecimiento y la miseria. Acabar con ella es urgente. Los Independientes Griegos se oponen al memorándum [las reformas y recortes a cambio del rescate] así que podemos ponernos de acuerdo”, explica a EL ESPAÑOL la portavoz del Syriza en la región de Ática, donde el partido gobierna desde el año pasado.

Los Independientes Griegos son para Syriza una inevitable piedra en el zapato. Un aliado incómodo, pero útil para garantizarse la ansiada estabilidad parlamentaria. Liderado por Panos Kammenos, el partido nació en 2012 conformado por varios diputados de Nueva Democracia que se opusieron a la línea oficial del partido. Es un partido conservador en lo social y nacionalista griego que apuesta por romper con la troika (las instituciones europeas y el FMI) para dar un respiro al país, que desde que comenzara la crisis ha visto cómo su PIB se ha reducido en más de un cuarto. Su líder, Panos Kammenos, es “carismático y cercano al populismo”, explica a este periódico el periodista Apostolis Fotiadis.

Pero hay asuntos en los que Syriza y Anel se parecen como el agua y el aceite: la inmigración, las relaciones con la Iglesia, los derechos de los homosexuales. Anel está en contra del multiculturalismo (en diciembre, Kammenos llegó a decir que los judíos no pagan impuestos en Grecia) y defiende un sistema educativo cercano a la Iglesia ortodoxa. 

Aunque en las redes sociales se ha hecho la analogía entre el pacto Syriza-Anel y un hipotético Podemos-Vox, la posibilidad de que así fuera es bastante remota. Por una parte, Podemos rechaza pactar con el PP (más aún con una escisión más conservadora). Además, la oposición frontal a la troika y a la política de austeridad no figura entre los postulados de Vox, que sí defiende el control del gasto público y la reducción del endeudamiento.

El reto de la estabilidad del Gobierno

“Habrá asuntos difíciles”, reconoce Vasilopoulou, que dice que los demás partidos no eran una opción. “Los comunistas [KKE, 15 escaños] no quieren pactar con nosotros de ninguna manera”, lamenta. To Potami, los centristas de El Río, con 17 escaños, son vistos por Syriza como “un partido neoliberal, partidario de seguir con el memorándum, apoyado por los grandes lobbys y grupos de comunicación”. Sin estos dos partidos y por supuesto sin la coalición saliente (Nueva Democracia y Pasok) o la extrema derecha de Amanecer Dorado, sólo quedaba Anel, partido con el que se comparte el núcleo del programa económico.

¿Habrá estabilidad en el Gobierno griego? Esa es la gran pregunta. La aritmética favorece inicialmente al acuerdo. Con 162 diputados, la coalición se asegura una gran mayoría parlamentaria. Pero el camino del poder está lleno de fracturas internas. “En Syriza hay mucha gente confundida. El ala más liberal y progresista, así como muchos votantes que se acercaron al partido por primera vez, van a tener que hacer un gran esfuerzo para entender un acuerdo con un socio como los Independientes Griegos. En unos meses, parte del apoyo social de Syriza podría haber desaparecido por ese motivo”, según el periodista griego Fotiadis.

Aunque haya sintonía económica, asuntos como la inmigración o la política social podrían hacer tambalear al Gobierno, cuyo reparto de carteras es ahora clave. Sin embargo, Syriza necesita estabilidad y Anel tiene hambre de poder. “Se necesitan”, dice Fotiadis. “Kammenos es un mal menor”.