El espejismo Corbyn

 REUTERS/Toby Melville

REUTERS/Toby Melville

La elección de Jeremy Corbyn como líder laborista fue saludada en sectores de la izquierda española con una efusión que evoca ejemplos recientes, no siempre con final feliz. 

La elección de Jeremy Corbyn como líder laborista fue saludada en sectores de la izquierda española con una efusión que evoca ejemplos recientes, no siempre con final feliz. Pablo Iglesias intentó capitalizar un supuesto paralelismo, “hurtándole” a Corbyn a la familia socialdemócrata –a la que, bien es cierto, es probable que sólo pertenezca por las particularidades del sistema de partidos británico. Con el fiasco de Tsipras aún presente, quizás la prudencia aconsejaría no correr a abrazarse a figuras que en poco tiempo se consumen en la hoguera de la política real ni intentar apropiarse a toda costa de triunfos que, además de ajenos, pueden acabar amargando.

Pero, al margen del tacticismo electoral, el súbito entusiasmo con Corbyn –que antes fue Tsipras, que antes fue Hollande, que antes fue…– refleja la lectura distorsionada a la que aboca fijarse en personajes y discursos antes que en realidades subyacentes. La elección de Tsipras en enero podía significar un mandato contra la austeridad y un hartazgo respecto a los dos grandes partidos, pero difícilmente que una mayoría de griegos hubieran decidido superar el capitalismo o romper con la UE. Así lo indican a las claras la nueva victoria electoral de Syriza tras la rendición de julio pasado y el fracaso de su escisión purista. El fervor sobrevenido por Corbyn también corre el riesgo de interpretaciones excesivas.

Una de las claves de la elección de Corbyn ha sido el nuevo procedimiento, adoptado durante el mandato de Miliband. Si el antiguo sistema otorgaba el mismo peso a tres colegios electorales (sindicalistas, parlamentarios y afiliados), el nuevo consagra el principio de “un afiliado, un voto” y favorece a las bases frente a las elites del partido. Además, se han simplificado los trámites para afiliarse y votar: uno se registra por Internet y pagando una cantidad más bien simbólica. Este sistema, por cierto, despertó en su momento el miedo de que comunistas y tories se infiltrasen… para votar a Corbyn.

Esta simplificación ha tenido el efecto de multiplicar la afiliación, atrayendo entre otros a un gran número de jóvenes antes desafectos con el partido o la política en general. Hasta qué punto estos votantes jóvenes (ideológicos e hipermovilizados en internet) o las bases laboristas más a la izquierda sean representativos del votante mediano británico en unas generales está por ver, pero no parece haber demasiados motivos para el optimismo.

Como señala David Goodhart en Prospect, la elección de Corbyn no parece corresponder a ningún giro en la opinión pública sino más bien a la búsqueda entre los votantes más politizados de un mensaje distinto y una esperanza tras la mediocridad galopante del período post-Blair, y dada la dificultad de la socialdemocracia actual para ilusionar o vender un proyecto distintivo. Hay incluso quien equipara el protagonismo de Corbyn con el de Nigel Farage en la derecha: candidatos que sobresalen del adocenado discurso político del establishment, vacuo, carente de imaginación y de alternativas, más preocupado de no incurrir en incorrecciones de mensaje o valores que de proponer nada emocionante o disruptivo. Pero lo que para el UKIP puede ser un nicho satisfactorio o exitoso, para el laborismo significa quedarse al margen de las mayorías sociales que dan acceso al gobierno. Frente a las bases laboristas más ideológicas o el universitario de clase media que ha pagado tres libras para votar a Corbyn, la realidad electoral británica aún debe de parecerse más a aquel “Mondeo man” popularizado por Tony Blair: un votante tradicional laborista pero orgulloso de su modesta prosperidad y de los signos de su trabajosamente adquirido estatus, que empieza a percibir el socialismo como una amenaza antes que una esperanza.

Dato interesante: Goodhart compara desfavorablemente a Corbyn con Podemos, en cuanto el partido español sí reflejaría un cambio profundo de tendencia en el electorado. Entre las razones para la desafección de los jóvenes españoles hacia el “sistema”, y muy singularmente hacia el Partido Socialista, están sin duda la dualización y precarización del mercado de trabajo, donde la socialdemocracia y los grandes sindicatos han aparecido más como colaboradores necesarios que como protectores. Esta crisis de aspiraciones se refleja también, sin duda, en el el movimiento pro-Corbyn; aunque, como apunta Goodhart, los jóvenes británicos quizás sean en conjunto más conservadores en términos económicos que los españoles.

Sin embargo, la distribución ideológica de los españoles no ha virado más que marginalmente a la izquierda durante esta crisis. En origen, el propio 15M reflejaba no sólo descontento político y una crisis de representación, sino la frustración larvada de unas aspiraciones materiales básicas, y no exactamente revolucionarias: trabajo, vivienda, la capacidad de construir una vida autónoma y formar una familia. Nada indica que las mayorías de gobierno se ganen ahora peleando por valores extremos de la escala ideológica; ni que la propia escala se haya transformado en ese “arriba vs. abajo” que resume la hipótesis populista de Podemos; ni, en fin, que el espacio de Pablo Iglesias vaya a ser más amplio que el de un hipotético Labour radicalizado. Los problemas de la socialdemocracia, que son reales, no se van a solucionar respondiendo al reflejo de los activistas y el comentariado progresista de “girar a la izquierda” después de cada derrota. Sobre todo si eso significa idealizar el pasado antes que afrontar el presente.

John McDonnell, responsable de Hacienda en el Shadow Cabinet de Corbyn, bromeó en cierta ocasión con que le gustaría viajar al pasado y matar a Margaret Thatcher. La ocurrencia, de mejor o peor gusto, retrata un cierto talante, de nuevo más preocupado por personajes, manifestaciones y símbolos que por el trasfondo. La intelligentsia de izquierdas a menudo parece empeñada en luchar contra fantasmas, y en prepararse concienzudamente para ganar todas las guerras pasadas. Porque, por supuesto, el menor de los problemas de la socialdemocracia europea hoy es Margaret Thatcher. O el giro hacia el “rigor” de Mitterrand en 1983. O, para el caso, Angela Markel. Pese a los discursos apocalípticos, la socialdemocracia ha triunfado en más de un sentido, y muere de éxito: asumida en alguna medida su agenda económica y de valores por todo el espectro político, la paradoja es que hoy parece ofrecer poco de diferencial. Nadie que aspire al gobierno en Europa puede oponerse frontalmente al Estado de bienestar y algún grado de redistribución, e incluso EEUU comienza a mirarse en el espejo escandinavo. Los problemas de verdad atañen a cómo sostener esos Estados de bienestar con una demografía adversa y una realidad laboral compleja, cómo redefinirlos para atender las nuevas urgencias sociales, y cómo conjugarlos con el crecimiento y una inmigración que a veces las clases medias y populares perciben como amenazante.

Los partidos socialistas se enfrentan a dificultades estratégicas que encajan mal en la lógica izquierda-derecha clásica. Goodhart enumera algunas. Sus electorados tradicionales están envejecidos, y la lógica del obrerismo se disipa en economías tercerizadas. En España, como apuntábamos, la dualidad laboral agranda esta fractura entre votantes tradicionales y jóvenes precarios, subempleados y frustrados. Los jóvenes universitarios urbanos y los votantes de más edad, rentas más bajas o circunscripciones rurales divergen en valores: si los primeros comparten una perspectiva posmaterialista con buena parte de sus coetáneos, los otros a menudo defienden valores más tradicionales. Por fin, hay que sumar el dilema territorial, que en el Reino Unido se refleja en la pérdida de Escocia para el laborismo -léase en España el hundimiento del PSOE en alguno de sus feudos tradicionales. ¿Qué soluciones plantean los partidos socialistas en Europa y en España para superar estos retos? No está escrito que sean capaces de generar de nuevo grandes coaliciones sociales uniendo a los trabajadores fijos, a los jóvenes sobrecualificados, a los working poor, a los autoempleados, a los partidarios de más autonomía frente al gobierno central o la UE, a quienes reniegan de la carga fiscal que implica el bienestar, o a quienes recelan de compartir ese bienestar con inmigrantes. (Tampoco sabemos, por cierto, qué opinan de todo esto los supuestos émulos españoles de Corbyn, salvo su decidida voluntad de pescar en el caladero socialista.) Nada es para siempre: los viejos partidos liberales europeos, los socialdemócratas suecos o los laboristas israelíes son testigos de que las hegemonías desaparecen cuando las coaliciones de votantes y los equilibrios sociales que las sostienen se esfuman.

¿Significa esto que el talante y la ideología de los líderes son irrelevantes, y que Corbyn pasará sin pena ni gloria, como muchos vaticinan? Los liderazgos, cuando disfrutan de un cierto capital político, pueden reformular y hasta modelar las preferencias de sus electorados, de abrir camino por así decirlo hacia un nuevo equilibrio político. Algo de eso hubo en Thatcher, como en el tan denostado hoy Blair: supieron reconocer tendencias sociales y reforzarlas desde el gobierno para construir coaliciones ganadoras. Pero esta capacidad es limitada, y quien pretende ejercerla contra las realidades sociológicas y políticas más tozudas suele estrellarse. La lógica del activismo y la de la política no son idénticas, como algunos han aprendido en Grecia y otros están aprendiendo a marchas forzadas en España.

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Jorge San Miguel es politólogo y asesor político. Actualmente colabora con el Equipo Económico de Ciudadanos.

La izquierda más radical captura el liderazgo del laborismo británico

El candidato izquierdista Jeremy Corbyn -en la imagen- se ha hecho este sábado con el liderazgo del Partido Laborista británico por aplastante mayoría. El nuevo líder -declarado admirador de Pablo Iglesias y Podemos, activista antinuclear y pro-palestino declarado- ha conseguido un 59,5% de los votos totales, 40 puntos porcentuales por encima de su rival inmediato, Andy Burhnam (19%).

Foto: STEFAN WERMUTH / REUTERS

Jeremy Corbyn, el nuevo líder laborista británico, este sábado en Londres. NEIL HALL / REUTERS

El candidato izquierdista Jeremy Corbyn se ha hecho hoy con el liderazgo del Partido Laborista británico por aplastante mayoría. Este sábado, aun antes de finalizar el recuento y de ser declarado oficialmente como líder del grupo parlamentario laborista, Corbyn ha agradecido el apoyo de los más de 16.000 voluntarios implicados en una de las campañas más heterodoxas que se recuerdan. El nuevo líder ha conseguido un 59,5% de los votos totales, 40 puntos porcentuales por encima de su rival inmediato, Andy Burhnam (19%).

La victoria de Corbyn no ha sorprendido a nadie: los últimos meses de la campaña electoral se habían convertido en un referéndum sobre su persona y sus políticas. Quien fuera el último candidato en hacer pública su intención de unirse a la carrera por el liderazgo, superando apenas el número mínimo de avales requeridos -36 de los 35 que requiere el Partido Laborista-, y con la única intención explícita de “provocar un debate”, se había convertido en el protagonista indiscutible de la campaña.

Asociado al ala más radical del laborismo, Jeremy Corbyn ha dado de qué hablar entre los tradicionales votantes del Partido Laborista  -algo que los rostros conocidos de Yvette Cooper y Andy Burnham no han conseguido- con ideas tan atrevidas como polémicas. A pesar de que mucha de su retórica anti-austeridad y de sus planes de nacionalización de infraestructuras ya habían sido pregonadas por Ed Miliband y su entorno, declaraciones como su intención de no formar parte del Gabinete de la Reina, o la polémica propuesta de vagones separados para hombres y mujeres en el transporte público al más puro estilo de las monarquías wahabitas del Golfo, han avivado la llama que ha movilizado a gran número de simpatizantes, la mayoría jóvenes estudiantes y sindicalistas, que apoya un laborismo más inclinado a la izquierda del espectro político.

Su audacia no ha dejado indiferente a nadie, y mucho menos a los propios representantes laboristas. Al igual que Ed Miliband y su fallido ministro de Economía en la sombra, Ed Balls, Corbyn mantiene una línea dura contra el New Labour de Tony Blair. Incluso ha ido un paso más lejos declarando públicamente la ilegalidad de la invasión de Iraq en 2003 y asegurando que, si se encuentran pruebas suficientes de que el Blair cometió crímenes de guerra, será llevado ante la justicia sin trato de favor.

El discurso de Corbyn se ha centrado a partes iguales en su denuncia del gobierno conservador de David Cameron y su repulsa del New Labour, algo que ha provocado malestar entre las filas laboristas: los otros tres candidatos a la jefatura del partido -Andy Burnham, Yvette Cooper, Liz Kendall- se apresuraron a desautorizarle, y figuras de la talla de sir Alistair Darling, antiguo ministro laborista, o el propio Tony Blair polarizaron aún más la campaña escribiendo artículos en contra de la posible elección de Corbyn. A pesar de que incluso las figuras más hostiles a su candidatura han negado de forma incansable una hipotética ruptura del partido, ya hay rumores de que los vencidos están preparándose para plantar cara al nuevo líder laborista.

Admirador de Pablo Iglesias y Podemos

A espaldas de la prensa, la actitud tajante del nuevo líder durante la campaña ha generado un cierto sentimiento de desasosiego dentro del partido. El propio Corbyn ha sido contundente aun antes de ser declarado vencedor: “No habrá purgas”, declaró intentando acallar los temores ante posibles represalias políticas que están dividiendo el partido.

Declarado admirador de Pablo Iglesias y Podemos, y activista antinuclear y pro-palestino, Jeremy Corbyn era una figura relativamente desconocida hasta que su inesperada candidatura y su carisma le han coronado líder de uno de los partidos progresistas más poderosos del mundo. La situación internacional, especialmente la llamada Spanish Revolution y el mano a mano de Syriza con la Unión Europea, han ayudado a provocar un sentimiento anti-gubernamental en el Reino Unido del que Corbyn ha sabido aprovecharse.

El giro a la izquierda del Partido Laborista no ha sido beneficioso únicamente para él. En Londres, Sadiq Khan, uno de los candidatos más radicales a la alcaldía que deja vacante el conservador Boris Johnson, ha sido elegido para liderar las listas del laborismo; paradójicamente, es el único candidato de izquierdas al que las encuestas señalan con posibilidades de perder ante el Partido Conservador en una ciudad que suspira por volver con los laboristas.

La victoria de Corbyn ha sido favorecida precisamente por la decisión de varios líderes carismáticos y centristas del laborismo -como Chukua Umuna- de no presentarse a las elecciones generales del 2020, que ya dan por perdidas ante la creciente popularidad de los conservadores en los sectores menos radicales de la opinión pública británica.

 

Conservadores ‘votan’ por Corbyn

El discurso radical y anti-austeridad de Ed Miliband, que muchos en el laborismo ya veían con malos ojos, no sólo no consiguió ganar terreno a los conservadores de Cameron: Ed Miliband no pudo parar la debacle en Escocia -tierra tradicionalmente laborista donde los nacionalistas del SNP consiguieron 56 de los 59 escaños parlamentarios- ni consiguió atraer a los descontentos del Partido Liberal-Demócrata, cuyos feudos -se quedaron en 8 diputados de 56- fueron a parar a manos conservadoras.

El giro a la izquierda del Partido Laborista ha sido facilitado por la percepción general de que David Cameron ha sabido hacer lo que Tony Blair hizo en su día: ganarse al centro político y a los indecisos. La victoria de Corbyn parece favorecer tan sólo a los conservadores, quienes, según las encuestas, mantendrían su mayoría absoluta contra Corbyn en unas hipotéticas elecciones generales con gran facilidad.

De hecho, la campaña al liderazgo laborista se ha visto salpicada de curiosos incidentes en los que los conservadores han mostrado su apoyo al candidato izquierdista, con topics en Twitter como #toriesforcorbyn. Candidatos como Andy Burnham y Liz Kendall denunciaron que conservadores se estaban inscribiendo en masa en las filas laboristas para poder votar por Corbyn, algo, no obstante, de lo que no existen pruebas.

El laborismo británico se encuentra en una encrucijada existencial: las zonas consideradas leales al partido -Escocia, el norte industrial, y Londres- están divididas. Mientras que Escocia denuncia la excesiva tibieza del centro financiero londinense, Londres ve con temor un avance en la escena política de quienes considera como “bárbaros del Norte” que puedan hacer peligrar su prosperidad comercial. Los votantes laboristas, como su propio partido, se han polarizado en dos campos enfrentados, una lucha de la que Corbyn ha salido como indiscutido vencedor.

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Francisco Rivas es abogado, experto en Relaciones Internacionales en Oriente Próximo y ha trabajado en la Embajada de España en Omán. También es escritor; su último libro es 1212: Las Navas.

 

En campaña en el café de Alí

E1 Restaurant-Cafe Horizontal

Ni conservadores ni laboristas prestan atención a los musulmanes británicos. Y sin embargo este jueves su voto puede ser decisivo. Les preocupan menos los problemas globales que la Sanidad o la vivienda. Así lo explican los clientes de este local minúsculo de uno de los barrios más musulmanes de Londres. 

Reportaje gráfico: Miguel Ángel Fonta

Ni conservadores ni laboristas prestan atención a los musulmanes británicos. Y sin embargo este jueves su voto puede ser decisivo. Les preocupan menos los problemas globales que la Sanidad o la vivienda. Así lo explican los clientes de este local minúsculo, situado en uno de los barrios más musulmanes de Londres. 


Al verme entrar por la puerta, Alí desconfía. “¿Esto lo va a leer el gobierno?”, me pregunta cuando le digo que soy periodista.

Alí lleva tres años trabajando en E1, un café restaurante situado a pocos minutos de la estación de metro de Whitechapel. El café, junto con sus dos sucursales en Bangladés, es propiedad de un pariente de Alí. Pero es él quien se ocupa casi siempre del negocio familiar.

“A veces estoy seis meses aquí y seis meses en Bangladesh”, me dice. Ahora lleva siete meses seguidos en este distrito del municipio londinense de Tower Hamlets cuya fama reside en ser el barrio donde cometió muchos de sus crímenes Jack El Destripador.

De los residentes de Tower Hamlets, el 34.5% son musulmanes. La mayoría proceden de Bangladés.

Musulmanes como Alí podrían decidir el resultado de 23 circunscripciones en las elecciones que se celebran este jueves en el Reino Unido. Así lo indican las cifras del Consejo Musulmán del Reino Unido, que advierten que la abstención de los musulmanes ha sido siempre más alta que la del resto de la población. Según datos de Ipsos Mori, el 53% de los musulmanes británicos no votó en las elecciones generales de 2010. Esta vez nadie sabe cuántos irán a las urnas.

Entre Londres y Bangladés

E1 es un café pequeño y un poco oscuro. Se nota que le faltan un par de ventanas. Pero el buen humor de quien lo regenta le da un aire tranquilo y acogedor. Alí es el cocinero pero a menudo se ocupa de servir el café. Abre a las nueve y media de la mañana y echa el cierre a las diez de la noche. Los domingos descansa. “El jefe no tiene dinero para contratar a alguien más y a mí no me importa ayudarle”, explica. “Somos una comunidad muy unida”.

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Musulmanes en el barrio de Whitechapel. / REPORTAJE GRÁFICO: MIGUEL Á. FONTA

De la población bangladesí en el Reino Unido, alrededor del 40% reside en esta zona del este de Londres. Los primeros inmigrantes vinieron a Londres en el siglo XVII. Pero la mayoría llegó aquí después de 1971, cuando se creó el estado de Bangladés.

Los inmigrantes de ese país son una de las minorías más desfavorecidas del Reino Unido. Según el Race Relations Institute, tres de cada cuatro niños de siete años de ese origen vivían en 2010 por debajo del umbral de la pobreza y en uno de cada cuatro hogares no había una sola persona que tuviera empleo.

“Aquí la situación es difícil”, dice Alí. “A los políticos les damos igual. Somos clase trabajadora y una minoría”.

Alí no es el único que se siente distanciado de la clase política. El 29% de los musulmanes que se abstuvieron en 2010 lo hicieron “por desinterés” o “porque no le veían sentido”.

Es un problema que quiere solucionar MEND, una organización musulmana cuyo objetivo es fomentar la participación musulmana en la política. A principios de año, sus líderes llevaron a cabo una investigación cuyo objetivo era averiguar cuáles eran los asuntos que más preocupan al electorado islámico. El estudio culminó con la creación de un Muslim Manifesto: una especie de programa con las principales demandas de este sector de la población.

“Descubrimos que los asuntos que más preocupan a los musulmanes son la creciente islamofobia, los derechos humanos, la falta del trabajo, las medidas antiterroristas y la política exterior del Gobierno inglés”, explica Azad Alí, uno de los líderes de MEND durante una entrevista que tiene lugar en las oficinas de la organización.

Un nido extremista

Algunas voces desconfían del mensaje de MEND. Este artículo del Telegraph dice que la organización es “una fachada para que individuos con opiniones extremistas obtengan influencia política” y acusa a Azad Alí de ser un “extremista” islámico. “La gente que dice estas cosas es la misma que está intentando aislar a la comunidad musulmana con el fin de evitar su participación en la política de Reino Unido”, dice el responsable de la organización.

“Los medios representan a los musulmanes de una forma muy negativa y eso contribuye a la islamofobia”, dice Azad Alí. “En 2010 se descubrió que unos extremistas estaban preparando un atentado contra el Papa y ciertos medios publicaron portadas con titulares proclamando ‘Musulmanes planean matar al Papa’. Nunca hubiesen escrito una portada como ésa sobre ninguna otra religión. Lo único que ha logrado la legislación antiterrorista del Gobierno es contribuir a este ambiente de desconfianza y hostilidad”.

No es la primera vez que surge la polémica al hilo de la legislación antiterrorista. La estrategia Prevent, introducida por primera vez después de los ataques del 11 de septiembre, recibió fuertes críticas de académicos, periodistas y defensores de derechos humanos. La Comisión de Igualdad y Derechos Humanos publicó un informe en 2011 criticando el impacto que esas medidas tenían sobre la comunidad. Muchos jóvenes musulmanes sólo tenían contacto con la policía cuando les paraban por la calle o en el aeropuerto para una inspección.

“Claro que me han parado en el aeropuerto”, dice uno de los clientes de Alí que prefiere no decir su nombre. “Me detuvieron sin darme ninguna razón. Me preguntaron cuántas horas rezaba y me dijeron si iba a la mezquita y si era musulmán”.

En febrero de este año, el Gobierno británico aprobó una nueva legislación antiterrorista cuyo objetivo es “combatir la amenaza del Estado Islámico (…) en el Reino Unido”, según palabras de la ministra Theresa May.

May afirmó en noviembre que se habían descubierto unos 40 complots terroristas desde los ataques del 7 de julio de 2005 y justificó las nuevas medidas diciendo que más de 500 británicos se habían enrolado en las filas yihadistas en Siria e Irak.

Espías en las aulas

Entre los puntos más polémicos de la legislación está la obligación de que colegios, universidades, mezquitas y hospitales colaboren con las autoridades para prevenir el radicalismo. Más de 520 profesores de universidad han firmado una carta protestando contra lo que consideran una amenaza a la libertad de cátedra.

“El Gobierno envía cartas a nuestras mezquitas y les pide que denuncien al Estado Islámico”, me dice el cliente del café de Alí que admite haber sido detenido en el aeropuerto. “Nadie mandó cartas a ninguna iglesia cuando el loco cristiano mató a toda aquella gente en Noruega. A los musulmanes nos tratan como a una comunidad sospechosa”. Le pregunto si se siente discriminado en su día a día y dice que no con la cabeza: “Aquí somos casi todos musulmanes. Somos una comunidad”.

Whitechapel Station

Un piso y una escuela

Al preguntarles por sus problemas, los clientes de Alí no mencionan la islamofobia ni la legislación antiterrorista. Tampoco la política exterior del Gobierno británico.

“Esos son asuntos globales”, dice el responsable del café. “Yo tengo cuatro hijos y vivo en una vivienda social que tiene dos habitaciones. Mi hija tiene 16 años y se está preparando el examen final de la Educación Secundaria. ¿Cómo va a sacar la nota necesaria cuando no tiene una habitación donde estudiar? Mi vida matrimonial se está viniendo abajo por la falta de espacio. Voy al dormitorio y hay cuatro personas. Voy al baño y hay cuatro personas. Se supone que tu casa es tu hogar y tu palacio. ¿Cómo se puede vivir así?”.

La vivienda es un problema que afecta a la mayoría de los musulmanes de este barrio. Según datos del Consejo Musulmán del Reino Unido, quienes vienen de Bangladés son los más proclives a ocupar viviendas sociales. En Tower Hamlets estas viviendas se adjudican según los ingresos y las necesidades de cada familia.

Es un asunto que también preocupa a Farzana, la profesora de inglés que se sienta ahora en el café. “Muchos de mis amigos tienen problemas con la vivienda”, dice. “Presentan solicitudes para obtener una vivienda social pero hay una lista de espera muy larga y ahora mismo no tienen donde vivir. Necesitamos que el Gobierno construya más casas”.

Muchos vecinos tienen otro problema: sus casas están demasiado lejos del colegio de sus hijos. “Ahora mismo las listas de espera para meter a un niño en un colegio de esta zona son de dos o tres años”, dice Ahmed. “Mi hermano viaja durante horas para llevar a sus hijos al colegio y luego tiene que ir a trabajar. Después tiene que ir a recogerlos y casi no duerme por las noches. Cientos de familias tienen el mismo problema”.

Whitechapel Market con The Royal London Hospital de fondo

Sin empleo ni ayudas 

La vivienda no es el único problema de los clientes del café de Alí. A Farzana le preocupan también los recortes sociales. “Cameron ha eliminado muchos empleos y ha reducido los gastos de la Sanidad pública. ¿Y de dónde sacan el dinero? De los inmigrantes. Desde abril quienes vengan a Reino Unido durante más de seis meses tendrán que pagar una tasa sanitaria de 200 libras al año”.

A Usman Alí, que trabaja en una ONG musulmana, le preocupa la educación. “Hasta hace cuatro años los jóvenes que venían de familias pobres podían pedir una ayuda para seguir estudiando. El Gobierno conservador eliminó en 2011 esa ayuda, que usaban el 80% de los jóvenes de Bangladés. También subió las tasas universitarias hasta las 9.000 libras. Una cantidad inalcanzable para muchos de los jóvenes del barrio”.

Mohamed, que estudia en la universidad, está de acuerdo: las nuevas tasas tienen un efecto negativo sobre la comunidad. “Muchos musulmanes no quieren pedir un préstamo con intereses por razones religiosas”, explica. “Tengo amigos que se niegan a pedir ese préstamo y no van a la universidad”.

“¿Ves lo que te digo?”, dice Alí mientras sirve a sus clientes. “No tengo tiempo para discutir sobre leyes antiterroristas o sobre política exterior. Quienes mueren en Irak o en Palestina me dan pena y lo siento por ellos. Pero ya tengo suficiente estrés. Nosotros somos personas normales y hablamos sobre lo que está pasando aquí”.

Dos hijos más

Le pregunto al responsable del café por quién votará este jueves y no lo tiene claro. “Me gusta el plan de vivienda que propone David Cameron”, sugiere. Este programa permitiría a quienes residen en viviendas sociales comprar su piso a un precio más bajo. Ese descuento en Londres rozaría las 100.000 libras. “Con este programa podría llegar a comprarme mi propia casa”, dice Alí ilusionado. “Pero no sé. No me fío”.

A Farzana, en cambio, le atrae el partido laborista. “Me gustan sus propuestas sobre educación y Sanidad. También han prometido construir más casas”. Lo que no le gusta es su líder Ed Miliband. “Tiene una cara rara”, dice entre risas. “No se parece mucho a un líder”.

Quienes desayunan en el café comparten las mismas aspiraciones del resto del electorado británico: una vivienda digna, una buena Sanidad y una educación para sus hijos. Quieren una vida mejor para ellos y para sus familias.

Alí me enseña orgulloso la foto de su mujer y de sus cuatro hijos: tres niñas y un niño de apenas seis años. “Mi hija mayor quiere ser profesora, mi otra hija quiere ser médico”, explica. “Los pequeños aún no lo saben”.

Y sin embargo le preocupa el futuro: “El Gobierno no construye suficientes viviendas sociales con cuatro habitaciones. Sólo hacen pisos con dos o tres”. A Alí le gustaría tener más niños y no le queda sitio. “¡Cuatro hijos son pocos!”, me dice entre risas. “¡Quiero tener al menos seis!”.

Una campaña con un bufón

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El Reino Unido vive un momento político insólito. La campaña electoral la han dominado dos personajes cuyo nombre no estará en ninguna papeleta: la nacionalista Nicola Sturgeon y el cómico Russell Brand.

El Reino Unido vive un momento político insólito. La campaña electoral la han dominado dos personajes cuyo nombre no estará en ninguna papeleta: la nacionalista Nicola Sturgeon y el cómico Russell Brand.

Sturgeon ejerce como primera ministra desde noviembre y es la líder del Partido Nacional Escocés (SNP). No aspira a tener un escaño en el Parlamento de Westminster e incluso niega haberlo visitado nunca. Aun así y a menos de un año de la derrota del sí en el referéndum, los sondeos indican que su partido podría ganar todos los escaños parlamentarios en Escocia.

Sería una victoria historica para el SNP y podría infligirle una herida mortífera al laborista Ed Miliband, que aspira a suceder a David Cameron como primer ministro británico. Durante décadas el laborismo fue el partido dominante en Escocia. Entre otras cosas porque supo sacar provecho de la antipatía que suscitan los tories en Escocia desde los años de Margaret Thatcher. Ahora el fervor por la independencia y el populismo de la carismática Sturgeon amenazan con humillar al laborismo y a apartar a Miliband de Downing Street.

En un mundo muy distinto encontramos a Russell Brand, cómico, ex marido de Katy Perry e ídolo de los jóvenes ingleses (que no de los escoceses). Brand es millonario. Según la clase política británica, es también un charlatán.

Unos meses antes de las elecciones, Brand se presentó como el defensor de los más pobres y lanzó sendas campañas sobre el problema de la vivienda y sobre el salario mínimo. Dos asuntos que se antojan familiares en un país como España. El cómico echó mano de su estilo atrabiliario para decir a sus miles de fans que no fueran a votar en protesta contra un sistema político corrupto.

El llamamiento convirtió al cómico en un personaje ubicuo durante la campaña. Lo que nadie esperaba es que Miliband se sometiera a una entrevista con él en su propia casa. Brand colgó la entrevista en este canal de YouTube excluyendo de la ecuación a la prensa tradicional e incluso a la BBC.

Es pronto para saber si el líder laborista acertó al someterse a la entrevista. Pero mientras escribo este artículo, el vídeo lo ha visto más de un millón de personas. Brand parece haber mejorado su opinión sobre Miliband. Quizá parte de la audiencia también.

Los sondeos apenas separan a Miliband y Cameron y es Miliband quien demuestra estar dispuesto a asumir riesgos durante la campaña. Su imagen pública se ha ido transformando. Son pocos los que ahora lo describen como una persona absurda e incoherente. Ya no se publican fotos suyas en poses ridículas. Hace apenas unos meses todos aquí le veían como un empollón.

No es la economía

Los partidarios de Cameron se muestran cada vez más impacientes. Daban por hecho que ganaría con holgura las elecciones espoleado por su gestión económica: el Reino Unido ha vuelto a crecer, los tipos de interés aún son muy bajos y el paro roza el 5,7%. Muchos observadores creían que esas cifras serían suficientes para apabullar al laborismo, a cuyos líderes muchos siguen culpando de haber llevado al país al borde de la quiebra.

Apenas quedan unos días de las urnas y los sondeos no definen quién formará el próximo Gobierno. A Cameron se le critica por hacer una campaña mediocre y deslucida, sin energía ni vitalidad. El debate no gira en torno a los logros de los últimos años sino en torno a los ajustes que están por venir.

David Cameron visita una feria científica dos meses antes de las elecciones.
David Cameron visita una feria científica dos meses antes de las elecciones.

El premier conservador ha respondido al fenómeno de Sturgeon buscando bronca con los escoceses y aparentando que sólo le preocupan los intereses de los ingleses ricos que residen en Londres o en los condados cercanos a la capital. A medida que se acerca la cita con las urnas, se le percibe cada vez más centrado.

Y sin embargo todos dan por hecho que ni laboristas ni conservadores podrán gobernar en solitario. La matemática electoral perjudica a Cameron y favorece a Miliband, y es muy posible que el primero abandone el poder pese a ganar más votos y más escaños. A pesar de la animosidad que existe entre los laboristas y el SNP, se perfila una alianza informal entre dos partidos cuyo programa tiene elementos progresistas muy similares.

Los tories aspiran a repetir la coalición con los liberal-demócratas. Pero el partido de Nick Clegg se ha desplomado por apoyar a Cameron y se prepara para un derrumbe de su representación. El propio Clegg podría llegar a perder su escaño.

Farage y los Verdes

Al igual que en España, los partidos tradicionales se enfrentan a un gran desafío, impulsado por la insatisfacción que suscita la clase política. La gran diferencia es que en el Reino Unido el sistema uninominal es un estorbo insuperable para los partidos minoritarios.

Quedar segundo o tercero en un distrito no tiene valor alguno porque esos votos se descartan. El mejor ejemplo es el eurófobo UKIP, al que los sondeos le auguran el respaldo del 15% del electorado pero sólo tres o cuatro escaños de un total de 650. Su líder, Nigel Farage, podría ser derrotado en la circunscripción de South Thanet, donde los sondeos apuestan por su rival conservador.

Eso no quiere decir que la intervención de Farage y el fenómeno del UKIP no cuenten para nada. Su influencia ha impregnado toda la campaña.

En su afán de superar al UKIP, los conservadores han girado más a la derecha en las políticas claves como la inmigración, el Estado de Bienestar o el déficit público  y Miliband ha sentido la necesidad de girar al centro. Parte del éxito del SNP en Escocia cabe atribuirla a la frustración por la timidez del laborismo al abordar problemas sociales como la desigualdad, la vivienda o el salario mínimo.

Las elecciones de este jueves serán sólo el primer capítulo de una batalla que se extenderá durante varias semanas. En juego están las carreras políticas de Cameron,  Miliband y Clegg y no se descarta que los tres puedan perder el liderazgo de sus partidos. El futuro de Escocia dentro del Reino Unido está por resolver y asoma un referéndum sobre la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea. Momentos insólitos, sin duda, y de mucha incertidumbre.


Martin Barrow es periodista y fue jefe de Nacional del diario ‘The Times’.

 

Cinco razones por las que Nicola Sturgeon será la gran triunfadora de las elecciones británicas

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La incertidumbre en torno al resultado de las elecciones británicas del jueves contrasta con la previsible victoria del Partido Nacional Escocés (SNP), cuya líder Nicola Sturgeon podría decidir el nombre del primer ministro del Reino Unido.

Gráfico: David Domínguez

Los británicos están llamados a elegir este jueves a sus representantes en el Parlamento de Westminster. Los sondeos apuntan que ningún partido tendrá mayoría absoluta: el conservador David Cameron y su adversario laborista Ed Miliband deberán llegar a acuerdos para gobernar.

Esta incertidumbre contrasta con la previsible victoria arrolladora en Escocia del Partido Nacional Escocés (SNP en sus siglas en inglés). A continuación explico las cinco razones por las que su líder Nicola Sturgeon será la vencedora en las urnas.

1. Más votos que nunca.

En los cinco años que ha durado la legislatura, el SNP se ha disparado en las urnas. Del 19,9% de los votos que consiguió en 2010 a más del 50% de los votos: 54% según el último barómetro de Ipsos Mori. Ha ayudado la buena gestión de los nacionalistas en el Gobierno escocés. Pero los motivos de esta subida se encuentran sobre todo en el referéndum de independencia que se celebró en septiembre de 2014.

El  perdió el referéndum. Pero el margen de la derrota fue muy inferior al esperado. La campaña del , liderada por el SNP, llevó el apoyo a la independencia hasta el 44,7%. Un hito si tenemos en cuenta que hasta entonces nunca había subido del 30%.

Ese logro se magnificó por la reacción del Parlamento de Westminster después del referéndum. Los grandes partidos británicos, que la semana anterior a la votación habían prometido una importante transferencia de poderes si el no ganaba el referéndum, enfriaron su discurso al día siguiente y no han iniciado ninguna iniciativa para dar más poderes al Parlamento de Edimburgo.

Especialmente visible fue el cambio de discurso del primer ministro, David Cameron, que condicionó cualquier transferencia de poderes a encontrar un buen encaje para Inglaterra, que es el único de los cuatro territorios que componen el Reino Unido que no tiene un Gobierno propio. Un detalle que lleva al Parlamento de Westminster a adoptar decisiones que sólo afectan a los ingleses con los votos de diputados de Gales, Escocia e Irlanda del Norte.

La movilización del nacionalismo escocés y la percepción de que Westminster no cumplía con su palabra han creado el escenario perfecto para que el partido se extienda a nuevos sectores del electorado. El partido ha aumentado su base de votantes y Nicola Sturgeon ha logrado captar bajo sus siglas a casi todo el movimiento que votó a favor de la independencia.

Según los datos del estudio electoral británico, el 78,7% de los partidarios del  votarán por el SNP. Eso quiere decir que el laborismo, hasta ahora muy fuerte en Escocia, no ha conseguido posicionarse como el partido del voto útil para evitar un nuevo Gobierno conservador. Los nacionalistas han conseguido ocupar gran parte del espacio electoral que ocupaban hasta ahora los laboristas y los liberal-demócratas escoceses, que han sufrido por su alianza con los conservadores desde 2010.

2. Casi todos los escaños.

El crecimiento del SNP en porcentaje de votos se ve magnificado por el sistema electoral del Parlamento de Westminster. Los británicos lo conocen como first-past-the-post y otorga un escaño al candidato que más votos haya conseguido en cada circunscripción sin importar cuántos votos hayan logrado sus rivales.

Con apenas la mitad de los votos, el partido logrará más del 90% de los 59 escaños que se dirimen en Escocia. Algunas predicciones auguran que los lograrán todos.

Hasta ahora el SNP tenía seis escaños en Westminster. Desde el jueves tendrá más de 50 y dejará casi sin representación a los laboristas, que solían vencer en la mayoría de las circunscripciones escocesas.

3. Más poder en Westminster. 

Ese aumento de escaños es importante porque ni laboristas ni conservadores lograrán la mayoría absoluta. Hoy por hoy los sondeos reflejan un empate técnico y Miliband y Cameron necesitarán llegar a acuerdos para gobernar.

El SNP conseguirá sus mejores resultados justo cuando los partidos pequeños tendrán más influencia que nunca. Hasta ahora los liberal-demócratas eran el tercer partido en número de escaños. Un puesto que a partir de ahora ocuparán los nacionalistas escoceses, que tendrán un gran poder para decidir quién será elegido primer ministro. Si los nacionalistas fueran decisivos, podrían arrancar concesiones en ciertas políticas públicas. Sobre todo más poderes para el Parlamento escocés.

4. Un laborismo acorralado. 

Es posible que ninguno de los dos grandes partidos quiera pactar con el partido que lidera Nicola Sturgeon.

Los conservadores han hecho una campaña muy dura contra los nacionalistas escoceses y no parece probable que ni ellos ni el propio SNP estén dispuestos a firmar ningún tipo de pacto. En cuanto a los laboristas, un pacto con el SNP podría generar rechazo entre algunos de sus votantes ingleses. Un extremo que ha llevado a la mayoría de los líderes laboristas (el último el propio Miliband) a descartar cualquier pacto postelectoral, al menos hasta el momento. Pero incluso si esto ocurre y el laborismo se niega a pactar, el SNP podría también beneficiarse de la situación.

Sturgeon ha dejado claro durante la campaña que para ella la prioridad es que los conservadores no vuelvan a mandar. Si el laborismo decide no pactar y permite que Cameron vuelva a ser primer ministro, los nacionalistas escoceses se lo podrán reprochar en el futuro y se presentarán ante el electorado como la principal oposición al conservadurismo en Escocia.

5. Una líder consolidada. 

La última gran victoria del SNP en estas elecciones es la consolidación de su nueva líder, Nicola Sturgeon. Cuando Alex Salmond dimitió como primer ministro después del referéndum, algunos ya alertaron del potencial de su sustituta.

Sturgeon no sólo ha conseguido agrupar al independentismo escocés en torno a ella. Sus actuaciones en los dos grandes debates televisivos la han catapultado como líder política también fuera de Escocia. Ella fue elegida ganadora del primero según una encuesta de YouGov y su valoración no deja de crecer. Nicola es mujer, es relativamente joven y sobre todo habla y comunica muy bien.

Alex Salmond junto a Nicola Sturgeon. / SNP
Alex Salmond junto a Nicola Sturgeon. / SNP

Se ha dado a conocer muy deprisa y ha aportado cierta frescura en su forma de comunicarse con los votantes. Responde a muchos mensajes por twitter y se pasea a menudo entre sus votantes. Se ha situado muy bien políticamente, captando la simpatía de muchos votantes de centro izquierda.

Sturgeon se opone a la austeridad y a los conservadores con menos complejos que sus rivales laboristas y no tiene un pasado en el Gobierno del que responder. Al mismo tiempo, sin embargo, su discurso sobre inmigración es más moderado que los de los verdes y los nacionalistas galeses.

Hace un año Sturgeon era una desconocida y hoy es una de las políticas mejor valoradas del país con un 62% de popularidad según YouGov. También la cara visible de un movimiento que hoy por hoy parece imparable.


Berta Barbet es politóloga. Cursa estudios de doctorado en la Universidad de Leicester y es editora del Cercle Gerrymandering.