El senador imputado de Bildu sobre Hipercor: “La policía se negó a desalojar”

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Al igual que muchos de sus colegas de Bildu, Goioaga nunca ha condenado el terrorismo de ETA. Su discurso apenas se ha movido desde el inicio de la Transición. Esa actitud quedó clara durante un coloquio que se celebró el 10 de febrero en el Teatro del Barrio.

Iñaki Goioaga ejerció durante años como abogado de varios presos de ETA e ingresó en prisión en 2009 acusado de ayudar a fugarse a dos presos de la banda en un plan disparatado que incluía un helicóptero y pretendía llegar a Portugal. Ni siquiera pasó dos años en la cárcel. Salió después de pagar una fianza de 60.000 euros y fue elegido senador por designación autonómica en enero de 2013.

El Supremo anunció este miércoles que abrirá una causa contra Goioaga a petición de la Audiencia Nacional, cuyo juez Eloy Velasco llegó a la conclusión de que aprovechaba su condición de abogado para mantener controlados a los presos de ETA y difundir sus consignas en prisión.

No se trata de una acusación nueva. José Miguel Latasa Getaria –que ayudó a su colega Kubati a asesinar a la ex etarra Yoyes en 1986 y luego fue expulsado de ETA por buscar la reinserción ocho años después– la formuló en esta entrada de su blog Arabatik:

Desde que entré en la cárcel ya me pusieron al día que era él, el abogado de Gestoras que mandaba en el colectivo. Después, con el tiempo, ya fui viéndolo con mis ojos que este elemento era quien movía los hilos entre los presos y ETA. El venía con las órdenes concretas, quien, al menos conmigo, Kubati y alguno más decía cuándo había que hacer huelga de hambre ; plante o las dos cosas y se permitía , incluso en el ínterin, decirnos que tenía esa noche sidrería. Su chulería sobrepasaba los límites de lo normal.

Hoy Goioaga es senador y sólo puede juzgarle el Tribunal Supremo. Así cabe explicar la exposición razonada que el juez Eloy Velasco envió desde la Audiencia Nacional al alto tribunal, que ahora abre una causa que podría desembocar en su imputación por los delitos de pertenencia a organización terrorista, financiación de terrorismo, blanco de capitales y fraude a la Seguridad Social.

Al igual que muchos de sus colegas de Bildu, Goioaga nunca ha condenado el terrorismo de ETA. Su discurso apenas se ha movido desde el inicio de la Transición. Esa actitud quedó clara durante un coloquio que se celebró el 10 de febrero en el Teatro del Barrio y sobre el que escribimos aquí.

Se trataba de glosar la obra Las guerras correctas, que retrata la entrevista que Iñaki Gabilondo le hizo a Felipe González en los tiempos de la ofensiva judicial para esclarecer los crímenes de los GAL. Acompañaban al senador el periodista Pedro J. Ramírez y la jurista Manuela Carmena, que por entonces no había anunciado su candidatura a la alcaldía de Madrid.

La impunidad fue uno de los asuntos clave del coloquio, que se puede ver entero aquí. La impunidad de los GAL y la de muchos crímenes de ETA que quedaron por esclarecer.

Los tres invitados criticaron el enjuague que propició los indultos de Rafael Vera y José Barrionuevo. Pero Goioaga se desmarcó de los demás al hablar del atentado de Hipercor, en el que fueron asesinadas 21 personas el 19 de junio de 1987. “Fue un resultado terrible y no deseado”, dijo el senador de Bildu. “Se fue a hacer un desalojo dos horas antes de que estallaran los coches bomba y el director y el comisario Francisco Álvarez se negaron y dijeron que era una falsa alarma. Se podría haber evitado. Quién colocó el coche bomba está claro. Pero la verdad es amplia y tiene muchos parámetros”.

Las palabras del senador suscitaron estupor entre los presentes. “¡No, si será culpa de las víctimas!”, gritó desde la quinta fila David Moreno, que se definió como una persona que “cree en la democracia” en su presentación. “La verdad no tiene muchos parámetros sino muchas excusas. Excusas para matar a niños y a embarazadas como hizo ETA”.

Sobre el escenario retomó el asunto Pedro J. Ramírez, que matiza las palabras de otro espectador: “Aquel día ETA no envió el coche bomba para matar a la gente de Hipercor. Pero expresó tal desprecio por las personas estaban en Hipercor que arriesgó sus vidas dejándolas al albur de una situación límite que ellos mismos habían creado. Responsabilizar luego al mal funcionamiento de las autoridades es una vileza. La responsabilidad es de ETA y de nadie más”.

“Jamás un Estado se va a juzgar a sí mismo”, dijo Goioaga al hablar de la violencia policial en el País Vasco. “Ahora los condenados por terrorismo no pueden ser maestros. Pero sí pueden el violador, el pederasta, el pedófilo y el de la violencia de género. ¡Eso es no creer en la reinserción!”.

Hubo otro espectador que le reprochó al senador sus palabras sobre el atentado de Barcelona: “Cuando un tipo llega a Hipercor y deja un coche cargado de explosivos, no viene a regalar bombones”. La respuesta fue muy similar:

ETA hizo autocrítica con el tema de Hipercor. Fue la primera vez en que yo vi a dos personas pedir perdón a los familiares. En Hipercor está condenado el Estado y eso fue un error. Cualquier daño es inadmisible. Otra cuestión es qué se produce y habrá que ver las causas. El que efectúa el daño quizá es porque no tenía otras salidas. Yo me alegro de que seas español. El problema es que los planteamientos de españolidad no se imponen y la pregunta es si hay o no la suficiente libertad para que todas las opciones se puedan expresar con claridad. Sentimos la necesidad de una segunda Transición y de la depuración de los cuerpos franquistas. En 1975 me detuvo la Brigada Político-Social y dos años después me detuvieron los mismos policías, que me dijeron que se habían convertido en demócratas. Es fundamental el reconocimiento del daño. Se ha producido ese daño y el problema es que el Estado no reconoce el daño y tampoco la existencia de víctimas. Colocan árboles con el nombre de su familiar fallecido y la Guardia Civil los arranca. En esos parámetros no hay resolución posible de un conflicto que no se reconoce que existe y que ha generado mucho sufrimiento en el Euskal Herria y en el Estado español. 

El cine teme a ETA

etaImanol Uribe aborda el más tabú de los temas en un drama sentimental, ‘Lejos del mar’. Cada vez se ruedan más títulos sobre la banda terrorista, pero la mayoría dan rodeos.

En la imagen, Eduard Fernández y Elena Anaya, los dos protagonistas del filme de Uribe.

Choque de ‘conciencias’ entre una víctima de ETA y la presidenta Barkos, por Gonzalo Araluce

 

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Eduard Fernández y Elena Anaya, los dos protagonistas del filme de Uribe.

Ayer se proyectó en San Sebastián Lejos del mar, la nueva película de Imanol Uribe, uno de los directores españoles que más ha hablado de ETA en sus películas. Con ésta continúa la trilogía comenzada con La muerte de Mikel (1984) y Días contados (1994). Uribe narra la historia de Marina (Elena Anaya). De niña vio cómo asesinaban a su padre delante de sus ojos. Ahora vive en un pueblo del Cabo de Gata. Está casada con un periodista y tiene un hijo, aunque no parece muy feliz en su matrimonio. Santi (Eduard Fernández), el etarra que mató a su padre, sale de la cárcel y va a dar al pueblo donde vive Marina, quien lo reconoce al instante.

En el pase para Prensa en San Sebastián se oyeron risas. ¿Qué es lo que falla para que un tema tan espinoso abordado en clave de drama sentimental acabe resultando cómico? “La intención de la película es bucear en ese problema, ese pasado colectivo que tenemos todos”, explica el cineasta a EL ESPAÑOL. ¿Puede ser malinterpretada esa intención? “Nunca sabes. La respuesta del espectador se me escapa”.

Más allá de lo improbable de la casualidad que lleva a Santi a cruzarse con Marina, lo que chirría en Lejos del mar es la trama posterior: Marina tratará primero de matar a Santi y después -atención, spoiler, no hay otra forma de analizar el filme-, acabará entregándose a su cuidado y, poco después, a sus brazos. Todo de forma bastante inexplicable, con diálogos sucintos que obligan al público a un ejercicio de imaginación. Como el final que propone Uribe, con una narración cinematográfica que oculta detalles y deja preguntas en el aire, como si el director de Bilbao no quisiera definirse en el terreno de la culpa y el odio. Asegura Uribe que el filme no trata de lanzar ningún mensaje. “No quería. He intentado huir de la política inmediata y hablar de sentimiento, de personas, de las secuelas que produce la violencia con el paso de los años”.

Para eso, ha dibujado a Santi como un buen tipo, que ayuda a sus amigos -a Almería acude para velar por su compañero de celda, un yonqui enfermo incapaz de ordenar su vida que lo ve como a un hermano mayor-, un hombre serio y abrumado por lo que hizo en su pasado. Uribe cree que también un etarra puede ser redimido. “Son personas, cada uno con su responsabilidad. No es lo mismo, ni de coña, que una víctima. Pero tienen su corazoncito, su pasado, su reflexión sobre lo que han hecho, sobre lo que podían haber hecho y no hicieron, y viceversa. La película podría no transcurrir en el País Vasco, podría haber sido en otro país y en otro momento. Trata un tema universal: la relación entre la víctima y el agresor”. Marina, en cambio, aparece ante nuestros ojos como alguien incapaz de superar el rencor.

No es la primera vez que el cine español habla de ETA y la situación del País Vasco durante las últimas décadas. De hecho, en los últimos años, parece un tabú que cada vez más va derrumbándose. Los ejemplos históricos llegaron con cuentagotas: Operación Ogro (1979), El proceso de Burgos (1979), del propio Uribe: Yoyes (2000), de Helena Taberna… Mario Camus contó en Sombras en una batalla (1978) el encuentro entre una ex etarra y un antiguo miembro de los GAL. Poco que ver con el encuentro entre víctima y verdugo. El GAL aparece también en Lasa y Zabala, de Pablo Malo (2014), una mirada necesaria pero incompleta a la realidad del País Vasco de aquellos años. Los títulos más recientes abundan: La casa de mi padre (2008), de Gorka Merchán, una historia familiar con el ambiente de la kale borroka de fondo; o Negociador, de Borja Cobeaga (2014), por citar sólo algunos.

Casos sin resolver

Uno de los cineastas que más claro han hablado sobre el terrorismo de ETA es Iñaki Arteta, un donostiarra que ha dirigido documentales como Voces sin libertad (2004), Trece entre mil (2005), El infierno vasco (2008) y 1980 (2013). “No creo que ya nadie tenga miedo a que le pase algo. Ni que nadie lo haya tenido, salvo quizá yo un poco y alguno más”, responde sobre el silencio del cine español sobre el tema vasco.

Un silencio a medias. ¿Ha habido películas? Sí. Desde 1978 hasta nuestros días se han producido en España unos 4.000 títulos entre ficción y documentales. De ellos, entre 50 y 60 se han acercado a ETA. Pero sólo unos pocos lo han hecho de frente. No más de una decena. Para Arteta, “tiene que ver con el enfoque que se ha dado desde el mundo del arte en general a cómo encuadrar a un terrorista de corte nacionalista. Porque cómo retratar a un terrorista de extrema derecha, eso lo tiene claro todo el mundo. Pero a un nacionalista… La gente del cine no ha querido adentrarse en eso”. Arteta cree que “más que miedo, hay un rechazo a un tema que los directores intuyen como muy complicado”.

Arteta trabaja ya en su nuevo documental, que lleva provisionalmente por título Impunidad. Intenta levantarlo con crowdfunding, aunque con pobres resultados de momento. En él se acercará a los asesinatos relacionados con la banda terrorista que siguen sin resolverse. Expedientes cerrados, callejones sin salida… Habrá testimonios de víctimas e investigaciones de Daniel Portero y Juanfer F. Calderín, de Covite.

Al margen de esfuerzos aislados como el de Arteta, ETA sigue siendo un emperador desnudo al que muy pocos señalan con el dedo de forma directa. Hay aventuras dramáticas, ficción variada, pero en muchos casos se sirven de giros o argumentos que evitan el posicionamiento y el conflicto. Otros lo intentan pero se quedan a medio gas. Para algunos los atentados de ETA son sólo un telón de fondo para la historia que quieren narrar.

En los últimos años se han acercado sin entrar en profundidad en el problema películas como La pelota vasca (2003), de Julio Medem, documental en el que daba voz a uno y otro lado, las víctimas de ETA y las de torturas de las fuerzas de seguridad y la guerra sucia del Estado; tampoco metía el dedo en la llaga Todos estamos invitados (2008), de Manuel Gutiérrez Aragón. El Lobo (2004), de Miguel Curtois, y Santuario (2015), de Olivier Masset-Depasse, eran más thrillers históricos sobre diferentes momentos de la banda.

Demasiada equidistancia

Para Arteta, no hay apenas películas que reflejen “lo que ha significado en la sociedad todo esto. Ahí no se le hinca el diente. Llegará el momento. Entiendo que es complicado. Falta tiempo”. Y hace una reflexión: “Mira qué se estrenó en 1980. El año con más muertes de la banda. La primera de Almodóvar, una de Julio Iglesias… Miras las ciento y pico películas de ese año y piensas que en España no pasaba nada”. Aunque tiene una clave que conviene recordar: “Las películas que se hacen son las que quieren los productores”.

Ha habido incluso filmes que se sitúan en una equidistancia peligrosa entre el País Vasco pro-ETA y el que sufre a la banda como Asier Eta Biok (Asier y yo) (2013), de Aitor Merino, un documental en el que el director narra su amistad desde la infancia con el etarra Asier Aranguren, a quien cuestiona su filiación pero al que también da voz.

Arteta no ha visto aún el filme de Uribe y por lo tanto no puede opinar. Le da crédito de entrada: “En su trayectoria se ha preocupado mucho por el asunto y creo que no ha dado malos enfoques”. Días contados era una película muy buena, recuerda. Algo en lo que muchos estamos de acuerdo. Y aquí entramos ya en un asunto espinoso: la calidad del cine, al margen del enfoque elegido para abordar un tema tan complicado. Al final, lamenta Arteta, “lo que no hay son buenas películas. De las 50 o así que se han hecho de ETA, recuerdo 4 o 5 que podría decir que lo son”. Que cada cuál decida si el número es acertado. Y si es así, cuáles son las que se salvan.

Tres nacionalismos y una Constitución

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El autor recuerda que, en la Historia de España, cuarenta años de paz y prosperidad son la excepción, y que esa trabajada estabilidad la está poniendo en riesgo el nacionalismo. Al independentismo catalán le vaticina el mismo final que tuvo Tejero.  

Dicen los nacionalistas catalanes que España es un país decadente. Se han dado cuenta un poco tarde: el conde-duque de Olivares admitió oficialmente la decadencia en 1621. Y en el largo camino de los siglos, Jovellanos invocaba a los espíritus ilustrados; se nos suicidó Larra vestido con levita; un joven Ortega viajó a Alemania para convertirse en “importador de idealismo”; y ahora, los nacionalistas catalanes devienen en independentistas.

Siguiendo a los sofistas, podemos decir que hay verdades históricas relativas: Dante condenó al infierno a los asesinos de Julio César, mientras que Shakespeare los defendía porque lucharon por la libertad de la república. Sin embargo, hay verdades irrefutables: nunca existió una Corona catalano-aragonesa, sino la Corona de Aragón; y al morir Carlos II, no hubo una Guerra de Secesión, sino una Guerra de Sucesión. Ambas mentiras se enseñan impunemente en las escuelas catalanas. Con la misma impunidad, en las franquistas se enseñaba que España había sido colocada “providencialmente por Dios en el centro del mundo” y que “lo más probable es que Cristóbal Colón fuera español”.

Por cierto, hace un mes, gracias a una fundación financiada por la Generalitat, nos enteramos de que Artur Mas es descendiente de Colón. ¿Vendrá el parentesco por los naufragios (Colón perdió nueve barcos en sus cuatro viajes)? ¿O por Manuel de Prado y Colón de Carvajal, que ingresó en la cárcel de Sevilla II por apropiarse indebidamente de 12 millones de euros?

Todos los nacionalistas desprecian la Historia, la modelan a su antojo como si fuera barro, la manchan

Todos los nacionalistas que en el mundo han sido desprecian la Historia, la modelan a su antojo como si fuera barro, la manchan: Franco quería eliminar el siglo XIX “por ser el culpable de todas la degeneraciones de nuestro ser”; Jordi Pujol, en un pleno parlamentario de finales de los 70, afirmó: “Hay que cambiar no ya cuarenta años, sino quinientos de la Historia de España”.

En la Italia de Mussolini, multaban a los comercios y empresas que rotulaban en lenguas extranjeras (Restaurant, Brasserie…); en la Cataluña del siglo XXI, se multa por hacerlo en una de las lenguas oficiales. Santiago Espot, el presidente de Catalunya Acció, ha denunciado a miles de trabajadores que rotulaban en español; Blas Piñar, el consejero nacional del Movimiento, denunció la publicación de algunos libros, como las Obras Completas de Neruda.

El despacho de Franco en el Palacio de El Pardo se montó sobre el comedor de Carlos III, pero al dictador y a sus censores no les llegaron ni unas migajas ilustradas. En las catacumbas del Ministerio de Información y Turismo, trabajaban los censores (curas y militares en su mayoría). El lápiz rojo dibujó situaciones absolutamente risibles: hubo quien tachó la palabra “insólito” por el “matiz agresivo” de los esdrújulos; y quien, en un poema de Vázquez Montalbán, cambió “sobaco” por “axila” porque el primero era “un vocablo ordinario”.

Se empieza llamando guarros a los españoles y se acaba creando partidos que no condenan a ETA

El padre del nacionalismo vasco, Sabino Arana, decía que el español apenas se lava una vez en su vida. Se empieza llamando guarros a los españoles y se acaba creando una sociedad en la que uno de cada cinco vascos vota a un partido que no condena a ETA (los etarras deben de acostarse cada noche con unas gotitas de Chanel Nº 5).

Los nacionalistas no respetan ni los cielos: en el vuelo que llevaba a la delegación española a Londres para participar en las Olimpiadas de 1948, el famoso general Moscardó (por entonces presidente del COE) le quitó el micrófono a la azafata: “Ahora que llegamos a esta tierra de cabrones, digamos todos ‘¡Viva Franco! ¡Arriba España!’”. Treinta y dos años después, el primer español que coronaba el Everest, Martín Zabaleta, colocó junto a la ikurriña el anagrama de ETA.

En otras ocasiones, es la Iglesia la que no se hace respetar: el 80% de los sacerdotes vascos se confiesa fuertemente nacionalista; el 10%, abertzale; y sólo el otro 10%, no nacionalista. Y qué decir de la actitud durante el franquismo de la Iglesia católica, cuyas doctrinas permearon la sociedad española hasta la asfixia moral (había un censor, el padre Vázquez, que en su estulticia le tenía manía al personaje de Superman; tuvieron que reunirse con él varios directores generales para que permitiera la publicación de los tebeos).

España es el país más descentralizado de Europa y el tercero del mundo, tras Canadá y Australia. La Constitución del 78 fue enormemente generosa con los nacionalismos, concediendo un trato fiscal privilegiado a vascos, navarros y catalanes (estos últimos lo rechazaron). En aquel contexto en el que salíamos de una dictadura, el privilegio podía tener sentido. Hoy, en la Europa que busca la armonización, no.

Es inaceptable que en el siglo XXI unos ciudadanos tengan ventajas fiscales simplemente por haber nacido en un territorio, apelando además a unos derechos históricos muy discutibles. Los mismos que aceptan esos derechos y privilegios, supongo que estarían dispuestos a aceptar que la Casa de Alba tuviese un trato tributario especial.

En ningún otro país europeo hubieran obtenido los nacionalistas tantas concesiones como en España

En la Historia de España, cuarenta años de paz y prosperidad son la excepción. La nuestra es la historia de los enfrentamientos civiles y los pronunciamientos militares. A todos los que elaboraron aquella Constitución (en un arco parlamentario que iba desde los antiguos franquistas a los comunistas), hemos de estarles eternamente agradecidos. Como dice el epitafio de Suárez, “la concordia fue posible”. El único presidente de la Generalitat que trabajó como el que más por esa concordia fue Tarradellas, en cuyo Gobierno había políticos de UCD y comunistas.

En ningún otro país europeo hubieran obtenido los nacionalistas tantas concesiones (el francés ha enmudecido en el ámbito oficial al occitano, el bretón, el corso y el alsaciano; y los Länder de la muy federal Alemania no tienen Policía propia, ni televisión, ni…). Y en vez de ser reivindicativos dentro de la lealtad institucional, se han dedicado a practicar su deporte favorito: el victimismo.

El sueldo de Artur Mas casi triplica el de Rajoy; y llevaba a sus hijos a una de las escuelas privadas más caras de Cataluña -que tiene un régimen de enseñanza trilingüe-, pero no deja que, en la pública, los otros padres puedan elegir el español como lengua vehicular. A pesar de eso, en un símil obsceno, compara la actual situación catalana con la Sudáfrica del apartheid.

Prefiero una España tranquila a una España unida, pero quien quiera soltar las amarras deberá conseguir las mayorías necesarias. De lo contrario, aunque lleve traje y corbata, será un golpista. Patético destino para quien se sueña el Mesías del independentismo: acabar como Tejero, el último espadón del Ejército español.

Parafraseando a Camus, si me dieran a elegir entre la Comunidad Valenciana o España, me quedaría con mi madre. ¿A qué viene buscar tantas diferencias si todos estamos hechos del mismo material que las estrellas?

 

*** José Blasco del Álamo es periodista y escritor

*** Ilustración: Sr. García

Diccionario satírico burlesco (VIII)

La letras G, H, e I tienen su espacio en el fascículo octavo del Diccionario satírico burlesco. Términos tan habituales como Generalitat, Himno o Inmersión lingüística desprenden chispas al pasar por las manos de Anna Grau.

Generalitat

Cúspide del autogobierno catalán y, a la vez, sede de la máxima representación del Estado español en Cataluña. Toma lío bonito. Es sólo una de las contradicciones de una institución que ya se ha fundado tres veces: en 1192, en 1289 y en 1979. Una cosa divertida es que inicialmente la Generalitat era sólo una maquinaria para recaudar impuestos para el rey catalán. Un saco fiscal. Una Montorada. Poco a poco fue adquiriendo peso político hasta el punto de incorporar un Parlamento, un gobierno más o menos ejecutivo con un president al frente, un palacio gótico para este president con su residencia oficial y todo, la famosa Casa dels Canonges. Famosa entre otras cosas porque en ella exigió Lluís Companys a su novia juramento de fidelidad, que se lo exigió en la mismísima cama donde antes que ellos dos durmiera el president Macià. Jordi Pujol, que nunca residió de verdad allí (demasiados hijos…) tuvo que echar a Josep Tarradellas poco menos que con agua hirviendo. Entonces no estaba Ada Colau para frenar desahucios.

Guerra Civil

Inhumano drama humano, valga la paradoja, que cuesta mucho recordar y relatar con la cabeza fría. Quien más quien menos se arma una memoria histórica a la carta, en función del grado de culpa y/o derrota y/o vergüenza y/o rencor que puede soportar. De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus… en fin. Que hay silencios brutales. Y discursos espantosos. Y hasta hay delirios que no se explican ni echando peyote en las aguas de la Font de Canaletes. Atención, atención, gran noticia: la Guerra Civil la perdieron en Cataluña los mismos que la perdieron en toda España. Y viceversa: los que la ganaron en Burgos, también la ganaron en Barcelona. No fue un catalanicidio. Si acaso un hispanicidio. Un omnicidio. El asesinato del todo. Un monumento a una estupidez y una maldad tan grandes que no se salva nadie. ¿O es que hay mucha diferencia entre la muerte de Federico García Lorca y la de Andreu Nin?

Hacienda propia catalana

A ver. Esto hay que contarlo despacio porque hace demasiado tiempo que se cuenta muy deprisa. ¿Saben por qué los vascos tienen Hacienda propia y los catalanes no? “Porque está en la Constitución”, repiten todos en voz alta como un papagayo. Ya. ¿Y quién puso allí, y por qué, semejante discriminación con el resto de los contribuyentes españoles, semejante dislate? Entonces te dicen, más bajito, que todo empezó porque a Franco le salió de los fueros y continuó porque a ETA le salía de las bombas. Puede ser. Y también puede ser que los vascos, que serán egoístas, pero no tontos, hayan tenido ininterrumpidamente claro a lo largo de su historia lo que querían, mientras los catalanes se lo montaban en plan Hamlet. Miquel Roca negoció la Carta Magna en nombre de CiU. Al principio él también hablaba por el PNV, hasta que los de Arzallus le retiraron la franquicia precisamente por este asunto: porque Cataluña reculaba espantada ante la posibilidad de tener un régimen fiscal especial, una Hacienda propia, como la vasca. ¿Y por qué tan espantada Cataluña reculó? Pues porque les dio miedo la impopularidad de recaudar, o les dio miedo no recaudar bastante (los vascos no pueden acogerse al Fondo de Liquidez Autonómica, del que ya hemos hablado…), o les dio miedo su sombra, qué sé yo. ¿De aquellos polvos vienen estos lodos? Vista la impresionante capacidad de los sucesivos gobiernos catalanes para la gestión no ya mala sino pésima, asusta pensar qué habría podido llegar a ocurrir en Cataluña de tener una Hacienda propia. ¿A lo mejor hasta Xavier García Albiol tendría que vender algo con una manta en el suelo para sobrevivir? Por lo menos ahora siempre queda el consuelo de pensar que España nos roba y los inmigrantes ilegales se lo pulen todo.

Himno

¿Cabe mayor prueba de la superioridad moral catalana el hecho de que el himno catalán tiene su música y tiene además su letra, mientras que el himno español sólo tiene chumba, chumba, y por eso hay que pitarlo? Si es para hacerles un favor a los españoles, para que no se note… Otra cosa es que la letra del himno catalán sea un grito de guerra feroz (a su lado, La Marsellesa parece la sintonía de Bob Esponja) que evoca uno de los episodios más violentos de nuestra historia, la sublevación de los campesinos catalanes contra Felipe IV en 1640. Esta sublevación fue el fruto de una suma de injusticias y humillaciones morrocotudas que desencadenaron una fabulosa orgía de sangre y de odio contra Castilla que al parecer nadie en las instituciones catalanas está interesado en amenguar. Como mucho en disimular oficialmente (y no siempre), por ejemplo aprobando en el Parlament una versión oficial moderna del himno pelín menos salvaje y homicida: ya no hay alusiones a teñir las barretinas de rojo con sangre castellana. Aun así, lo que ha quedado no es para mandar a Eurovisión. Para entendernos, el bon cop de falç (buen golpe de hoz) busca segar de todo menos trigo. ¿Y si el himno español no tuviese letra precisamente para no discutir y no acabar de liarla? ¿Pitan, luego cabalgamos?

Inmersión lingüística

Más delante de este diccionario se hablará con más amplitud y cuidado de las lenguas, que, sin ser cosa que cargue el diablo, sí son cosa arrebatada y complicada. Centrémonos aquí en explicar a los profanos y primerizos en Delfos qué es y para qué sirve la inmersión lingüística en las escuelas. Vamos a suponer que vive usted en un país bilingüe, trilingüe o incluso peralingüe. ¿Cómo se soluciona eso? Opción a) garantizando una presencia proporcional y equilibrada de todas las lenguas en liza, no ya como asignaturas sino como vehículos de comunicación, en igualdad de condiciones, en los centros escolares. Opción b) si por lo que sea la opción a) resulta inviable, por falta de medios, por desniveles agudos entre lenguas o incluso, que nunca hay que descartarlo, por mala leche pura y dura del personal, siempre queda la opción de tener coles en una lengua, coles en el otro, y dar todas las facilidades que se puedan para elegir. La opción b) tiene la pega de que favorece los guetos, da ideas a quien se quiera encastillar en lo suyo y hacer oídos sordos a lo otro. Teóricamente la inmersión se planeó para frenar esto, para que un portentoso tsunami de fraternidad lingüística bañara y hasta sumergiera la sociedad catalana toda. ¡Todos tenían que hablarlo todo, y desde el primer día además! Aaaaaaah, pero, feta la immersió, feta la trampa… haciendo como que la parte es el todo, y alegando la necesidad de compensar años de estrangulamiento franquista del catalán en la escuela y en la Administración (que lo hubo, y dolió, y duele), con la excusa de erradicar guetos en castellano se convierte toda Cataluña en un inmenso gueto escolar en catalán. Si no estás de acuerdo te tiran igual a la piscina de cabeza, como el primer día en clase de natación. La única manera de salir del agua es yéndote a la privada (pagando) o al Supremo (retratándote). Dicho y escrito esto por una catalana de pura cepa que cuando recibe cartas de su padre las recibe en castellano porque a él no le enseñaron a escribir bien en catalán. Dios les confunda. Pero no hace falta que nos sigamos confundiendo, ¿no? El enemigo no es la gente castellanohablante que ahora está en la misma situación en Cataluña que en los años 40 estaba mi padre…

Mas y Aduriz, la cruel complacencia

¿Por qué el presidente del Gobierno de España, sabedor de la que se avecinaba, no estaba en el palco del Camp Nou a la derecha del Jefe del Estado durante la sonora pitada al himno nacional en la final de la Copa del Rey el sábado? Analiza la situación Luis Sánchez-Merlo, quien fue secretario general de la Presidencia del Gobierno.

¿Por qué el presidente del Gobierno de España, sabedor de la que se avecinaba, no estaba en el palco del Camp Nou a la derecha del Rey, o sea, del Jefe del Estado? ¿Debería el Monarca haber abandonado el estadio, ante la atronadora pitada al himno nacional o hizo bien amparando la dignidad de todos nosotros, a base de apretar los dientes y aguantar la torrentera?

La media sonrisa complacida de Artur Mas (qué cinismo hablar de provocación, simplemente porque el Gobierno -de madrugada- había anunciado la celebración de una reunión para tratar lo que pasó el sábado) y la risa lateral -indisimulada y bobalicona- del delantero centro del Atlético de Bilbao, Aritz Aduriz, (que lo tiene muy fácil no aceptando la convocatoria -si es que llega- para jugar con la selección española de fútbol) mientras sonaba el himno, han herido la sensibilidad de los que se sienten españoles y por tanto ofendidos con los pitidos al jefe del Estado, en la misa secesionista en que convirtieron la final de la Copa del Rey.

No es cuestión banal. Hay que recibir con satisfacción la reacción del Gobierno que ha sacado el genio y lamentado la afrenta por parte de los que exigen respeto a sus símbolos y no muestran la más mínima sensibilidad cuando se trata de los ajenos.

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En Cataluña, País Vasco, Navarra, Galicia, Baleares y Valencia vive un número indeterminado de españoles (sería interesante tener la cifra) que no se sienten como tales. Coincide el desamor con los territorios donde el castellano convive con otra lengua. No quiero decir que este fenómeno sea exclusivo de estas seis regiones porque en otras partes de lo que llaman el Estado -con toda la intención, para evitar la palabra impronunciable- hay habitantes con DNI español que también reniegan de esta ciudadanía.

Pero no basta con lloriquear la anomalía. Es preciso sacudirse, de una vez por todas, la pereza y empeñarse en averiguar las causas -verbigracia, un sistema educativo frágil- de su auge, tarea esta ineludible para poder entender mejor el fenómeno y aplicar la terapia adecuada. Porque no hacerlo supondrá más apostasía hacia todo lo español, con el daño moral que acarrea a quienes no adolecen de ese mal.

Se discuten el himno, la bandera, la lengua, la forma de Estado y la Constitución. Demasiadas variables en la ecuación. Cómo no van a chiflar el himno y al joven Rey, si convenimos en que impera el odio por encima de la razón. Esto, que no admite mucho debate -aunque tiene muy difícil arreglo-, no puede ventilarse cruzándose los brazos y esperando a que se cansen.

Y en lo que decidimos cómo lo arreglamos, -no bastará con unas simples sanciones- hemos celebrado el triunfo en el Giro de Italia de un gran español, Alberto Contador. En lo alto del podio, con la preciada maglia rosa, él, sus rivales y los aficionados italianos han escuchado, en medio de un respetuoso silencio, el himno -sin letra- español.

Pero qué se habrán creído estos, ¿que nosotros no tenemos sentimientos?


Luis Sánchez-Merlo, abogado y economista, fue secretario general de la Presidencia del Gobierno (1981-82)

Así te contamos la noche electoral

Todos los detalles de la jornada con la opinión de Pedro J. Ramírez, la información de nuestros reporteros y los gráficos de Antonio Delgado, Patricia López y David Domínguez. 

Todos los detalles de la jornada con la opinión de Pedro J. Ramírez, la información de nuestros reporteros y los gráficos de Antonio Delgado, Patricia López y David Domínguez.