Carmen Balcells, adiós a la madre del ‘boom’ iberoamericano

cb

La agente literaria Carmen Balcells, ‘impulsora’ en España de Vargas Llosa, García Márquez, Onetti, Jorge Edwards y Cortázar, fallece a los 85 años. Su figura es capital para las letras en español y sin ella sería imposible comprender el movimiento que en los años 60 y 70 fue conocido como el boom latinoamericano.

Adiós a la Mamá Grande de las letras latinoamericanas. La agente literaria Carmen Balcells ha fallecido este lunes a los 85 años. Balcells (Barcelona, 1930) llegó desde la ciudad condal a todo el mundo. Es una figura capital y sin ella sería imposible comprender el movimiento que en los años 60 y 70 fue conocido como el boom latinoamericano. Por su agencia, la primera que comenzó a representar a autores frente a editores en la Barcelona de la gauche divine, pasaron todos los grandes nombres de las letras en español del momento: Vargas Llosa, García Márquez, Onetti, Jorde Edwards, Donoso, Muñoz Suay, Cortázar…

Nacida en 1930 en el municipio ilerdense de Santa Fe de Segarra, en una familia de propietarios rurales, para Balcells Barcelona se convirtió en su ciudad desde los 24 años. Comenzó en 1960, representando al escritor rumano Vintila Horia hasta que éste se trasladó a París y Balcells creó su propia agencia literaria en su propio piso de la ciudad condal.

Desde Barcelona empezó a fichar a autores extranjeros. Cuba fue una de sus primeras fuentes. Cabrera Infante, al que había que rehacer por la censura franquista. Pero también Colombia, con García Márquez. Más que una editora o agente distante, se convirtió en un seguro para ellos, cubriéndoles las espaldas, ayudándoles con pagos, adelantos y problemas familiares.

Su actitud le ayudó a atraer a un buen puñado de autores de Seix Barral, la editorial del entonces editor de referencia, Carlos Barral.

Vargas Llosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, José Donoso, Alfredo Bryce Echenique, Camilo José Cela, Eduardo Mendoza, Isabel Allende, Vázquez Montalbán, Juan Goytisolo, Gil de Biedma… Todos pasaron por su agencia, y en gran medida la labor de Balcells definió la esencia de aquella Barcelona literaria.

Balcells no se quedó en agente literaria: en los setenta dio el salto a la edición con la apertura de RBA, una empresa de edición junto a Ricardo Rodrigo y Roberto Altarriba.

Honoris Causa por la Universidad de Barcelona y Cruz de San Jordi, la personalidad de Balcells va más allá de los premios. Deja cinco décadas de labor literaria y la creación de un ambiente, un caldo de cultivo del que han salido seis premios Nobel.

José María Ruiz-Mateos: polémica, estafa y 900 empresas

ruizma

Un hombre que marcó una época. Una forma de gestionar. Capaz de crear más de 900 empresas y de ingresar en prisión con 84 años, hace solo tres meses, por estafa y fraude a la Hacienda Pública. El empresario José María Ruiz-Mateos falleció este lunes en un hospital del Puerto de Santa María cuando aún tenía citas pendientes con la Justicia. El recuerdo de Rumasa sigue sobrevolando, aunque pasará a la memoria colectiva por sus actuaciones públicas y sus disfraces.

69805_2_635772300905082009w

Un hombre que marcó una época. Una forma de gestionar. Capaz de crear más de 900 empresas y de ingresar en prisión con 84 años, hace solo tres meses, por estafa y fraude a la Hacienda Pública. El empresario José María Ruiz-Mateos falleció este lunes en un hospital del Puerto de Santa María cuando aún tenía citas pendientes con la Justicia. El recuerdo de Rumasa sigue sobrevolando, aunque pasará a la memoria colectiva por sus actuaciones públicas y sus disfraces.

“Se decreta la expropiación forzosa, por causa de utilidad pública e interés social, de la totalidad de las acciones representativas del capital (…) de los bancos y otras sociedades que componen el grupo Rumasa, S.A. (…) El Estado, a través de la Dirección General de Patrimonio, tomará posesión inmediata de las sociedades expropiadas”. 24 de febrero de 1983. El Boletín Oficial del Estado recogía el Real-Decreto Ley que le quitaba de las manos a José María Ruiz-Mateos el monstruo con cerca de 400 empresas y 18 entidades financieras, incluido el Banco Atlántico, que conformaban Rumasa, la original.

El entonces hombre más rico de España, que había empezado a construir su imperio exportando vinos a Inglaterra allá por 1961, se quedaba sin el timón y sin un barco que daba empleo a más de 60.000 personas.  

Enfrentamiento con Boyer

El ministro de Economía, Miguel Boyer, que no llevaba ni tres meses en el cargo, decidió cortar por lo sano. El detonante fue la negativa de Rumasa a cumplir con las exigencias de información del Banco de España.

A Boyer no le preocupó el escándalo financiero, con corralito de tres días incluido para los bancos del grupo. Bingo. Rumasa encerraba una contabilidad B, un agujero en su patrimonio superior a 100.000 millones de pesetas de 1983 (600 millones de euros al cambio actual) y una excesiva concentración de riesgos en un esquema de créditos de sus bancos a sus empresas, que recuerda al reciente caso del portugués Espirito Santo.

Mientras la Policía entraba en la sede de Rumasa en el madrileño Paseo de Recoletos, Ruiz-Mateos se ocupaba de poner a buen recaudo parte de la fortuna amasada y huía desde su casa de Somosaguas al extranjero, primero a Londres y días después a Fráncfort, desde donde sería finalmente extraditado. El capital que consiguió salvar lo utilizaría décadas después para fundar su segundo entramado, Nueva Rumasa.

Empezaba la guerra en la calle, los medios y los tribunales. La expropiación de Rumasa encendió la mecha de centenares de procesos judiciales que nunca llegaron a buen puerto. Tampoco prosperaron los recursos ante el Constitucional contra la operación del Gobierno socialista, aunque es verdad que la expropiación se salvó gracias al voto de calidad del entonces presidente del alto tribunal Manuel García Pelayo. También encallaron los intentos de anular las reprivatizaciones de Banco Atlántico, Inmobiliarias Reunidas o Galerías Preciados, entre otras.

Y finalmente, Ruiz-Mateos nunca pareció rendirse en su intento de hacer pagar al Estado por quitarle el imperio de la abeja. El resultado: más de 200 sentencias en su contra, incluida la del 22 de noviembre de 2004 del Tribunal Supremo en la que se establecía que el justiprecio del grupo empresarial Rumasa era cero. Ruiz-Mateos no podía exigir nada porque el valor del grupo de la abeja era un número negativo equivalente a sus deudas.

Todavía en 2011, cuando se venía abajo su segundo entramado empresarial, tres décadas después de la intervención del primero, Ruiz-Mateos intentaba eludir sus responsabilidades de pago de los pagarés de Nueva Rumasa ligándolos a la cantidad que aseguraba iba a recibir del Estado por las empresas expropiadas en los ochenta. El Ministerio de Economía se vio obligado a emitir un comunicado negando la existencia de deuda alguna para advertir a los inversores de que no firmasen la propuesta. En 2013, el Supremo rechazaba la petición de Ruiz-Mateos de que el Estado le indemnizase con 6.133 millones de euros por la expropiación de Galerías Preciados y le obligaba a pagar 4.000 euros en costas.

Años de estridencias

La expropiación de Rumasa no fue solo un asunto empresarial, representó el nacimiento de un personaje histriónico y mediático. El primer y más recordado episodio tuvo lugar seis años después de esa histórica medida. A la salida de los juzgados golpeó a Boyer al grito de “Yo te pego, leche”. Éste se convirtió en un mantra durante todos estos años de estridencias.

Con esa agresión comenzaba un enfrentamiento que el propio empresario se encargó de extender durante años. Polémicos anuncios televisivos de los productos de sus empresas, espectáculos a las puertas de los juzgados vestido de presidiario o de Superman… Se sirvió de todo ello para tratar de llamar la atención pública en un litigio para exigir daños por la expropiación que años después acabó perdiendo.

Su tormentosa relación con Boyer no fue una excepción. La que mantenía con jueces y fiscales estuvo trufada de duras declaraciones y momentos surrealistas. Como su huida de la Audiencia Nacional en 1998, donde había sido trasladado para prestar declaración, disfrazado con una peluca y una gabardina. Como en 1993, cuando atacó a los magistrados del Tribunal Constitucional, a los que llamó “peleles”. O cuando insultó gravemente en 2012 a una jueza de Palma, quien reclamó su declaración por una presunta estafa en una operación inmobiliaria en Mallorca.

Otra de las caras de ese personaje hay que buscarla en la arena política. Al margen de su enfrentamiento con el exministro, Ruiz-Mateos creó su propia formación. El nombre: el Partido del Trabajo y Empleo-Agrupación Ruiz-Mateos. “Oposición, oposición, oposición… Ahora, con más razón que nunca” era el lema. El resultado: a finales de los 80 logró un escaño en el Parlamento europeo, con el que se aseguró la inmunidad judicial durante aquella legislatura. La aventura concluyó en 1995.

Volver a nacer

Tras la caída en desgracia de Rumasa, Ruiz-Mateos volvió a reconstruir su apuesta empresarial con los mismos mimbres. Y es difícil repetir procesos similares sin obtener los mismos resultados.

A golpe de promesa, más que de talonario, construyó Nueva Rumasa, que en apariencia operaba como un conglomerado de sociedades, bajo una dirección única y una caja común: la láctea Clesa, los licores Garvey, la hotelera Hotasa, las alimentarias Dhul, Elgorriaga, Hibramer, Trapa, Carcesa o Quesería Menorquina eran algunas de las empresas que integraban su reconstruido imperio. Y el Rayo Vallecano, el equipo madrileño, presidido por su mujer, con el que conseguía un altavoz mediático con palco para autoridades.

En esta segunda etapa, Ruiz-Mateos, junto a sus hijos, se colocó el cartel de salvador de empresas en dificultades y grandes corporaciones le creyeron, lo que le permitió hacerse con marcas de tradición y resonancia entre los consumidores. Por ejemplo, la multinacional estadounidense Kraft vendió a Nueva Rumasa la fábrica de El Caserío en Menorca y dos de sus marcas Apis y Fruco; y Parmalat, la láctea italiana que protagonizó la quiebra transalpina más sonada, vendió Clesa a Ruiz-Mateos, incluida su fábrica madrileña a sólo unos metros del madrileño Paseo de la Castellana.

Esta vez, la crisis surgió por las facturas. A principios de 2010, las compañías de los Ruiz-Mateos dejaron de pagar a sus proveedores y las fábricas se quedaron sin materias primas. Algo que, en cierta medida, no dejaba de ser habitual en plena crisis económica. Sin embargo, el principal problema estaba por detrás. No había un soporte, un armazón que aguantara la estructura empresarial de los Ruiz-Mateos. Y, sin andamios, las compañías de la familia jerezana fueron cayendo una tras otra, acogiéndose a sucesivos concursos de acreedores. Juntas sumaban una plantilla de más de 5.000 empresas.

La trampa de los pagarés

A las facturas sin pagar se sumaron sus emisiones. Uno de los grandes planes de la familia Ruiz-Mateos para relanzar sus empresas fue la emisión de letras y pagarés entre 2009 y 2010. En total, la empresa colocó su deuda en 5 fases a través de 13 emisiones con las que captaron más de 350 millones de euros, aunque se llegó a hablar de cifras que alcanzaban los 550 millones de euros por las aportaciones en efectivo y en ‘dinero B’. Nueva Rumasa consiguió captar a miles de inversores con la publicidad en medios de comunicación (que las televisiones, radios y periódicos se quedaron sin cobrar), el entramado del ‘banquito’ de Jerez y el alto interés que ofrecían sus títulos, que oscilaron entre el 8 y el 12% anual.

Entonces, la promesa de Nueva Rumasa era emplear este dinero para comprar una participación de un 25% o más en una “importante empresa del sector de la alimentación”. Detrás estaba su supuesta intención de adquirir Deoleo, la antigua Sos Cuétara, que vivía su propio escándalo empresarial. Una adquisición que “aportará un mayor liderazgo y complemento de la División Alimentaria”, explicó la compañía a sus inversores, pero la realidad es que la compra nunca llegó a realizarse. Tampoco se pagaron la mayor parte de los intereses prometidos, y seis años después, los inversores siguen esperando la resolución de los tribunales.

La Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) alertó con hasta siete comunicados de los riesgos que estaban asumiendo los inversores. En ellos advirtió que estos pagarés no serían negociables en el mercado secundario, y aconsejó a los ahorradores que se informaran acerca de la “situación jurídica y económico-financiera de la empresa” antes de comprar estos títulos. La participación mínima de los pagarés era de 50.000 euros, un requisito con el que Nueva Rumasa conseguía cumplir el mínimo que exigía la Ley del Mercado de Valores para colocaciones que no tuviesen un folleto registrado y aprobado en el regulador.

“La CNMV advirtió que investigaría si la empresa vendió pagarés por un montante inferior a estos 50.000 euros, pero nunca lo hizo”, explica Joaquín Yvancos, que fuera abogado de la familia Ruiz-Mateos durante tres décadas. El propio Yvancos informa que la empresa sí firmó préstamos por debajo de esta cantidad y que, por tanto, serían ilegales.

“Si no devuelvo el dinero, me pego un tiro”, llegó a exclamar el patriarca de la familia ante los medios de comunicación. Sin embargo, la realidad es que los más de 350 millones de euros que prestaron los inversores a Nueva Rumasa siguen atrapados en una causa que está pendiente de finalizar. De momento, el nuevo titular del juzgado central 5 de instrucción de la Audiencia Nacional, José María de la Mata, ha reactivado la investigación con nuevos interrogatorios a los hijos del empresario. “Esta causa va por la vía de lo penal, por lo que los dirigentes, testaferros y ejecutivos de la compañía se enfrentan a una posible condena de cárcel”, explica Yvancos. El patriarca de la familia y uno de sus hijos, Javier Ruiz-Mateos, ya fueron condenados en febrero a abonar más de 92 millones de euros a algunos acreedores de una emisión de sus pagarés, en un proceso que fue por la vía civil.

Quien se quitó responsabilidad por las emisiones fue el Gobierno de Rodríguez Zapatero. “El Gobierno hizo todo lo que estaba en su mano”, aseguró la entonces ministra de Economía Elena Salgado. “Poco más se puede hacer”, asumió.

Sin capacidad para responder, los Ruiz-Mateos buscaron el respaldo del Banco Santander. La propia familia hizo públicas una serie de misivas con las que justificaba cómo había pedido, sin éxito, el respaldo de Emilio Botín, fallecido hace un año. “Una vez más, mi profunda gratitud en nombre de mi numerosa familia y que Dios siga ayudándote, porque para mí y para muchos, sin duda alguna pasarás a la historia como el mejor banquero del mundo, como lo estás demostrando todos los días”, aseguró en uno de los comunicados que la familia entregó a la prensa como muestra de sus intentos de salvar su conglomerado empresarial.

Un legado judicial y empresarial

Tras la caída de Nueva Rumasa, Ruiz-Mateos inició una nueva carrera en los tribunales, acusado de estafa, fraude a la Hacienda pública e insolvencia punible. El pasado mes de junio, el jerezano volvió a pisar la cárcel. En junio ingresó durante unas horas en la cárcel madrileña de Soto del Real, pero fue trasladado a un hospital por sus problemas de salud, después de que fuese acusado por la Agencia Tributaria de defraudar en el impuesto de sociedades e IVA. Aunque queden sobreseídos los casos penales en los que estaba implicado el empresario, sí seguirán adelante aquellos en los que estén imputados sus hijos, como la presunta estafa en Nueva Rumasa. Sin embargo, según fuentes del caso, la estrategia de la familia desde el primer momento fue hacer único responsable al patriarca.

En cuanto al presente y futuro de las empresas, algunas no han logrado sobrevivir a la caída de Nueva Rumasa, como Clesa, cuya fábrica reconvertirá Metrovacesa en pisos y hoteles. Otras han cambiado de manos. Cacaolat ha logrado renacer de la mano de la cervecera Damm y Cobega, la embotelladora (integrada en Coca-Cola Iberian Partners) de la familia catalana Daurella. Tranchettes, que pertenecía a Quesería Menorquina, ha acabado en el Grupo Bel, dueño de marcas como Babybel o La vaca que ríe. Pese a todo lo ocurrido, los Ruiz-Mateos, según publicó El Economista, no han cesado su actividad empresarial, esta vez, a través de franquicias ligadas al mundo de la restauración.

 

Adiós a Superman

José María Ruiz Mateos estuvo 57 años casado con Teresa Rivero. A pesar de su imagen de marido y padre ejemplar siempre sobrevoló sobre él una leyenda de gran mujeriego, de Superman, incluso mucho antes de que se enfundara el traje del héroe americano en su lucha por recuperar Rumasa. Deja 13 hijos y una “supuesta sin reconocer”. Ha muerto un año después que su gran enemigo Miguel Boyer.

Teresa Rivero y José María Ruiz-Mateos.

José María Ruiz Mateos estuvo 57 años casado con Teresa Rivero. A pesar de su imagen de marido y padre ejemplar siempre sobrevoló sobre él una leyenda de gran mujeriego, de Superman, incluso mucho antes de que se enfundara el traje del héroe americano en su lucha por recuperar Rumasa. Deja 13 hijos y una “supuesta sin reconocer”. Ha muerto un año después que su gran enemigo Miguel Boyer.

La leyenda de “mujeriego” de José María Ruiz-Mateos se va a la tumba con él. Este lunes de madrugada el corazón del empresario jerezano, que llegó un día a ser el hombre más rico de este país, ha dejado de latir. Una fractura de cadera, cuya operación se complicó con una neumonía, ha acabado con el polémico empresario. Sólo su familia y su viuda oficial, Teresa Rivero, con la que llevaba 57 años casado, lloran hoy su muerte en el interior de la residencia de las Hermanitas de los pobres de El Puerto de Santa María (Cádiz). Otras muchas ‘viudas’, que en privado presumían de haber tenido aventuras extra matrimoniales con él, harán lo propio pero en silencio.

Rumasa2
Patricia Montesdeoca y Adela.

Sólo una se atrevió a dar la cara hace dos años, la mexicana Patricia Montesdeoca, madre de Adela, la presunta hija número 14 del empresario jerezano; Patricia y José María, que se conocieron en Chicago, mantuvieron una relación extramatrimonial en los 90. “Estamos tristes desde que hemos conocido la noticia. A Adela no le da tiempo a volar para asistir al funeral, y además no sabemos si la familia le hubiera dejado estar presente”, asegura Patricia a EL ESPAÑOL.

El empresario no quiso reconocerla en vida y esquivó por la vía legal todas las citaciones judiciales e incluso la prueba de ADN, determinante para el caso. Sin embargó, durante años les envió 4.000 euros al mes para su manutención.

La abogada de Adela, Teresa Bueyes presentó este lunes los escritos para evitar su incineración tanto en el Juzgado de lo Civil de Pozuelo de Alarcón (Madrid) como en el del Puerto de Santa María (Cádiz). “Nos hemos encontrado con que ambos juzgados aseguran que no son competentes. Si aún así lo incineran, seguiremos adelante con el proceso y empezaremos de cero el procedimiento, esta vez contra los herederos”, asegura Bueyes.

Matrimonio roto

En 1958, Ruiz-Mateos se casó con María Teresa Rivero, con quien tuvo trece hijos. Ella fue la primera que guardó silencio y prefirió que la imagen que prevaleciera de él fuera la de un padre ejemplar y un católico fervoroso, miembro generoso del Opus Dei. La realidad es muy distinta: hacía años que el matrimonio no tenía ninguna relación y cada uno hacía su vida por caminos distintos. Eso si, vivían el ocaso bajo el mismo techo, la vivienda unifamiliar de Aravaca, a la que se trasladaron hace un año tras abandonar la mansión de Somosaguas, estandarte familiar del imperio.

La familia Ruiz-Mateos lleva años desquebrajada, cada uno por su lado y ofreciendo, dependiendo del interlocutor, versiones encontradas sobre la situación familiar. Y no sólo sobre la situación económica del clan. Sus hijos Álvaro y Javier están en la cárcel y otros dos (Pablo y Alfonso) están a las puertas de ingresar; mientras,  el resto aguarda más de 50 causas judiciales que tienen abiertas por toda España y por la que les han retirado el pasaporte para salir fuera de nuestro país. Sólo su hija Begoña y sus nietos le visitaban en Aravaca.

Una demencia provocada por el parkinson le ha mantenido alejado de la vida pública pero no de pisar nuevamente la cárcel el pasado mes de junio. Volvió a ser entonces, como ya lo fuera tras la expropiación de Rumasa, acusado de estafa, insolvencia y fraude a Hacienda. Sólo pasó una noche en su celda de Soto del Real, antes de ser trasladado al hospital por un empeoramiento grave en su estado de salud. El matrimonio decidió entonces viajar a la casa familiar de veraneo de Vistahermosa, en el Puerto de Santa María.

El primer “affaire” en el 84

Cambio 16 y Diario 16  informaron en marzo de 1984 sobre una supuesta relación sentimental entre José María Ruiz-Mateos y Misericordia (Cori) Miarnau Salvat, esposa de su socio e íntimo amigo José María Sabater. Ambos pasaron una larga temporada de vacaciones en Jamaica sin más compañía. La revista publicó unas supuestas conversaciones telefónicas secretas de Cori y José María que habrían sido grabadas, según la revista, por la policía española y que parecían confirmar la relación. La pareja, sin embargo, lo negó siempre e incluso meses más tarde el matrimonio Sabater-Miarnau visitó a Ruiz-Mateos en la cárcel de Preugensheim, en Francfort, donde estaba preso tras haber huido de la justicia española.

Como amante dicen que era generoso aunque nunca tenía tiempo porque los negocios le absorbían y eran su verdadera pasión. Será enterrado este martes en el columbario familiar de la Iglesia de Nuestra Señora de la O de Rota, su localidad natal, tras una misa que será oficiada por José Mazuelos, obispo de Asidonia-Jerez. Septiembre le ha vuelto a unir a su principal enemigo político, Miguel Boyer, que fallecía hace ahora un año. Hoy además, se marchaba también para siempre la primera mujer del ex ministro de Felipe González, Elena Arnedo. El destino está empeñado en que sus historias vitales vayan en paralelo hasta el final.

Zerolo: del armario a la historia

Zerolo y Valenciano

Los que lo conocieron destacan su pasión (a veces explosiva), su suave manera de hablar (con acento canario) y la multitud de causas en las que se embarcó. Pero su imagen estará ligada a la defensa de los derechos LGTB y a la ley de matrimonio igualitario. Hablamos con tres de los miembros del PSOE que más lo conocieron. 

Zerolo y Valenciano

“Era una de las nuestras”. Elena Valenciano recuerda bien cómo conoció a Pedro Zerolo. A finales de los años 90, Zerolo luchaba como activista por la igualdad y desde cualquier frente. Por eso trabajó codo a codo con los movimientos feministas contra la violencia de género o para ensanchar derechos como el aborto o el divorcio. Por aquel entonces, él presidía la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) y no estaba en el PSOE sino sencillamente “en la calle, donde no dejó de estar ni antes, ni durante su etapa política, ni cuando no estuvo en primera línea”, recuerda la eurodiputada.

La noticia del fallecimiento de Zerolo sorprende a Valenciano en Estrasburgo, donde asiste al pleno del Parlamento Europeo junto a otros eurodiputados que lo conocieron bien. José Blanco, número dos del PSOE durante doce años, coincidió con él durante la celebración de las marchas del Orgullo Gay en 2002. “Me sorprendía lo importante que era su figura entonces y le ofrecí integrarse en el partido”. Desde 2003 fue concejal en el Ayuntamiento de Madrid, pasó a integrarse en la Ejecutiva del PSOE y fraguó uno de los símbolos sociales de la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero: la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo, en 2005.

Los que trataron con él destacan su pasión (a veces explosiva), su suave manera de hablar (con acento canario) y la multitud de causas en las que se involucró. A partir de ahora, su imagen y su recuerdo probablemente quedarán ligados a la defensa de los derechos LGTB y a la ley de matrimonio igualitario. “Cuando la aprobamos en el Congreso, nos hicimos una foto y Zerolo me dio un beso en la mejilla”, explica Juan Fernando López Aguilar, entonces ministro de Justicia. “Hay quien me dijo que aquella no era una buena imagen. Cada día que pasa estoy más orgulloso de ella”, destaca el diputado, camino del aeropuerto para volver a Madrid.

Zerolo no fue el primero que propuso dar un salto de gigante en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales. Pero sin su impulso no hubiera habido ley, coinciden los tres eurodiputados. “Al principio, en el PSOE había bromitas sobre Zerolo. A una parte de nuestro partido, como había pasado con el feminismo, le costaba aceptarlo”, reconoce Valenciano. “Pero a él no le importaba y tenía muy claro que su lucha era su vida”, dice.

A una bienvenida desigual siguió el respeto, la admiración y finalmente una calidez casi mística dentro del PSOE. Zerolo asumió la presidencia de los socialistas madrileños en febrero y se mantuvo activo hasta el final (su último tuit, contra la violencia de género, es de la semana pasada). Pero todos en el PSOE sabían que se iba poco a poco, consumido por una enfermedad letal. En cada acto del partido y en cada homenaje, Zerolo era venerado con aplausos, abrazos y besos de hombres y mujeres admirados por su resistencia.

Zerolo

Según sus compañeros, a Zerolo le dieron dos meses de vida y aguantó casi dos años, en parte gracias a su marido, Jesús, con el que protagonizó una de las primeras bodas homosexuales en España.

Blanco, que acudió a la boda oficiada por Trinidad Jiménez, recuerda “impactado” a “muchísimas personas llorando”. “Me recuerda a lo que años después vi en Washington con tantos negros llorando al ver a Barack Obama llegar a la presidencia”. Era 2005 y el matrimonio homosexual sólo existía en Países Bajos y Bélgica. Se trataba de una ley que se adelantaba al estado de ánimo del país y de la que ahora hacen uso políticos de partidos que se opusieron, como el alcalde de Vitoria, Javier Maroto.

López Aguilar vio a Zerolo hace unos días y dudó sobre viajar a Estrasburgo para el pleno de la Eurocámara. Finalmente lo hizo porque pensaba que el desenlace no sería inminente. De camino al aeropuerto para llegar a Madrid y despedirse de su amigo, recuerda su “lucha hasta el final, sin nunca rendirse ni marchitarse. Hasta el último momento, aún muy debilitado, quería hablar de política, de todo y de todos, menos de sí mismo”. “Vas a ser consejero con Gabilondo”, le dijo López Aguilar para animarlo. Y él respondía con una sonrisa “y su optimismo vital”, siempre al lado de su marido.

Zerolo no creía en Dios. Era “laico, republicano y había salido fuera de todos los armarios”, recuerda López Aguilar. Ahora, según sus amigos, entra en la historia de las luchas por la igualdad.

Soledad Cazorla, fiscal de vocación

El magistrado del Tribunal Supremo Cándido Conde-Pumpido Tourón, ex Fiscal General del Estado, escribe sobre la Fiscal de Sala de Violencia contra la Mujer Soledad Cazorla Prieto, figura clave en la lucha contra la violencia de género y fallecida de forma repentina el 4 de mayo en Madrid a los 60 años de edad.

El magistrado del Tribunal Supremo Cándido Conde-Pumpido Tourón, ex Fiscal General del Estado, escribe sobre la Fiscal de Sala de Violencia contra la Mujer Soledad Cazorla Prieto, figura clave en la lucha contra la violencia de género y fallecida de forma repentina el 4 de mayo en Madrid a los 60 años de edad.

Un escalofrío colectivo recorrió el Tribunal Supremo la mañana del lunes. Soledad Cazorla había fallecido. Fiscal de carrera, fiscal de vocación, fiscal de cuerpo entero. La conocí, en los albores de la democracia, cuando acudía ilusionada a casa de mi padre, entonces Fiscal del Tribunal Supremo, a ‘dar los temas’ como opositora. Era una joven brillante, sonriente, llena de vida, con ansias de justicia y ganas de transformar el mundo. Destacaba entre sus compañeros de preparación -Jacobo López Barja, Joaquín Sánchez Covisa o Alfonso Guevara, hoy excelentes profesionales- por su energía y por la claridad de sus ideas.

conde-pumpido
Cándido Conde-Pumpido y Soledad Cazorla. Foto: Fiscal.es

En esos años de formación se empapó de doctrina sobre un Ministerio Fiscal enérgicamente activo y concebido como la columna vertebral del Estado de Derecho. Al mismo tiempo, adquirió esa inclinación irresistible por ser útil que siempre la ha caracterizado. Eligió, por ello, ser fiscal, e inició su vida profesional en Gerona. Después vino la Fiscalía de Valladolid, ciudad en la que compartió piso y destino con la actual Fiscal General, Consuelo Madrigal, y donde acumuló experiencia y profundizó en su compromiso con la dimensión social del Ministerio Público.

Ya en Madrid coordinó una de las secciones de la Fiscalía provincial con compañeros muy conocidos, como Antonio del Moral, Salvador Viada o Fernando Prieto, que aprendieron a ser fiscales bajo su dirección. Y adquirió un enorme prestigio entre los magistrados, que sonreían y agradecían su fortuna cuando veían incorporarse a sus juicios, o a sus guardias, a esta fiscal joven, hermosa y competente, con sentido del humor, una fuerza arrolladora y una personalidad desbordante.

Dedicó una temporada a conocer bien el Ministerio Público, desde la Inspección de la Fiscalía General. Y viajó con Fausto Cartagena visitando fiscalías por las tierras de España, para impulsar y potenciar el modelo del fiscal al servicio de los ciudadanos, que debe defender sus derechos e intereses legítimos. Una época en la que sus compañeros la recuerdan como una persona muy cercana, como sucede con todos los que, en realidad, están muy por encima.

La etapa que Soledad recordaba siempre como la más fructífera era la que había pasado con ese gran Fiscal General que fue Carlos Granados, en su reducido y selecto equipo de la Secretaría Técnica. Afrontaron juntos con celeridad y eficacia los “incendios” que cada día asolan la Justicia española, y que exigen una reacción inmediata de la Fiscalía General. Situados en la vanguardia del Estado de Derecho, se enfrentaron a situaciones directamente atentatorias a su esencia. De esa época procede, por ejemplo, la creación de la Fiscalía Anticorrupción.

Su coraje personal, especialmente en esa etapa difícil de la secretaría técnica, su coherencia, dignidad  y profesionalidad, fueron escribiendo un libro extenso, fructífero, en el que se narra la aventura de una vida profesional fecunda.

La reencontré en la Sala Segunda del Tribunal Supremo, en los últimos años de la década de los noventa. Madura en lo profesional, sólida en lo personal, sus dictámenes dejaban traslucir la profundidad de una jurista curtida, que no solo sabía derecho sino que, sobre todo, sabía para qué sirve el derecho.

Por ello no tuve ninguna duda cuando, ya como Fiscal General del Estado, tuve que elegir a una Fiscal para dirigir la nueva Fiscalía de Violencia contra la Mujer.

Conseguir la creación de esta primera Fiscalía especializada no fue una tarea fácil. Algún día habrá que escribir esa historia. Pero elegir a su titular sí lo fue. Y aunque siempre estuve seguro de que Soledad Cazorla constituía la decisión acertada, ella superó todas las expectativas.

En el mundo hay dos clases de personas, las que hablan y las que hacen. Soledad era de las últimas.

En el mundo hay dos clases de personas, las que hablan y las que hacen. Soledad era de las últimas y, por ello, durante diez años ha construido una estructura sólida, consistente y eficiente para enfrentarse a la violencia de género, con el instrumento del Derecho Penal. Sin buscar protagonismo, sin declaraciones ni comunicados, sin ruedas de prensa ni presentaciones, la Fiscalía de Violencia contra la Mujer, dirigida desde su creación hace más de 10 años por Soledad Cazorla, ha coordinado la labor de los Fiscales especializados, presentes en todas y cada una de las Fiscalías de España, y ha unificado sus criterios. Ha impulsado, en cada procedimiento y ante cada juez, la tutela de los derechos de las mujeres frente al maltrato.

Soledad se enamoró enseguida de su nueva función. Y aunque siempre añoró regresar a la Fiscalía del Tribunal Supremo, por su vocación de universalidad y su negativa a una especialización excesiva, supo enraizarse en la labor de tutela de los derechos de la mujer frente al maltrato hasta convertirse en una verdadera institución.  Una institución, reconocida y respetada por los jueces, por los fiscales, por los poderes públicos, por las víctimas, por las asociaciones de mujeres y por la sociedad civil.  Porque en este empeño de hacer efectiva la Ley integral contra la violencia de género en el ámbito jurisdiccional, Soledad Cazorla representaba la fortaleza, la continuidad y la autoridad. No observaba, sino que mandaba.

Recuerdo su interés por que la Memoria de la Fiscalía recogiese anualmente una relación pormenorizada de los asesinatos de las mujeres víctimas de la violencia de género. Su empeño en que, desde la Fiscalía, se analizasen exhaustivamente las cifras para desautorizar con datos el bulo de la generalización de denuncias falsas. Su esfuerzo por desterrar el miedo a denunciar. Y su insistencia en que realizásemos jornadas de formación para los fiscales especialistas, dirigidas a hacerles entender que, en la mayoría de las ocasiones, la aparente falta de cooperación de las víctimas solo podía explicarse por el miedo. Todo eso se fue haciendo porque Soledad era una mujer con la fuerza suficiente para conseguir lo que se proponía.

La repercusión pública de su labor como Fiscal de Sala Coordinadora contra Violencia sobre la Mujer no debe hacer olvidar el papel, más discreto pero muy relevante, desempeñado por Soledad como defensora de la igualdad de la mujer en la carrera fiscal. Fue la tercera mujer que alcanzó en la historia del Ministerio Público la categoría de Fiscal de Sala, tras Pilar Fernández Valcárcel y Elvira Tejada. Y estaba empeñada en una intensa pelea para que otras fiscales ascendiesen a esta máxima categoría, al incorporarse a la Junta de Fiscales de Sala donde la mujer está infrarrepresentada.

Nunca podré olvidar la imagen de Soledad irrumpiendo en mi despacho de Fortuny, como una auténtica fuerza de la naturaleza, y exclamando: “¡Ahora toca Consuelo!”, cuando conseguíamos, por ejemplo, una nueva Fiscalía especializada en materia de menores.

Todos destacan, en este dramático momento, la labor realizada por Soledad Cazorla en la Fiscalía de Sala contra la Violencia sobre la Mujer, sosteniendo y apoyando la Ley de Medidas Integrales contra la violencia de género, que concebía como un instrumento necesario para salvar vidas, y defendiendo los derechos de las mujeres frente al maltrato.

Yo, que la conocía bien y escribo bajo la conmoción que nos ha producido su pérdida, no puedo concebir a Soledad sin sus hombres.

Su marido, Joaquín Tagar; periodista comprometido, experto, curtido en mil batallas, que le proporcionaba una especial y muy intensa vinculación con el mundo de la información, la sociedad y la política, y que aportaba a Soledad esa pátina que la caracterizaba como mujer situada muy por encima del ambiente, a veces excesivamente autorreferencial, del mundillo judicial.

Su hermano, Luis Cazorla; abogado, académico, catedrático, Letrado en Cortes, admirable hombre orquesta del derecho, empeñado en mantener viva la historia de la ciudad del Lucus, Larache, donde ambos nacieron, y la memoria de sus raíces familiares en la vieja Novelda.

Sus hijos, Joaquín, y los gemelos, Santiago y Eduardo; todos varones, que constituían su principal orgullo. Creo que era la fortaleza que proporcionaba a Soledad sentirse rodeada y apoyada  por hombres dignos la que contribuía a aportarle la valentía y la decisión, junto a su honestidad y su inquebrantable vocación de búsqueda de la justicia, para luchar infatigablemente contra esa intolerable consecuencia del machismo que es la violencia de género.

Soledad se ha ido bruscamente, de forma inesperada. Se ha ido  y deja una estela de compromiso con los derechos de la mujer, que no es más que una consecuencia de su sentido elemental de la Justicia. Porque, pese a haber dedicado toda su vida profesional al Ministerio Fiscal, ese oficio sólo ha sido para ella el cauce de su vocación por la Justicia con mayúsculas, la que se hace realidad a través de la igualdad, de la tenacidad y de la solidaridad.

Luis Ortega, la vocación de ser útil desde el Derecho

El prestigioso catedrático de Derecho Administrativo y miembro de la Real Academia Española Santiago Muñoz Machado escribe sobre el juez del Tribunal Constitucional Luis Ortega, fallecido el 15 de abril de 2015 repentinamente en la sede del propio TC tras sufrir un infarto. Ortega, de 62 años, se incorporó al Constitucional en enero de 2011 a propuesta del PSOE.

El prestigioso catedrático de Derecho Administrativo y miembro de la Real Academia Española Santiago Muñoz Machado escribe sobre el juez del Tribunal Constitucional Luis Ortega, fallecido el 15 de abril de 2015 repentinamente en la sede del propio TC tras sufrir un infarto. Ortega, de 62 años, se incorporó al Constitucional en enero de 2011 a propuesta del PSOE.

Estuve con él hace unos días en Toledo, en la Facultad de Derecho, porque me había invitado, como solía hacer, a dictar una conferencia en las jornadas sobre organización territorial del Estado que venía celebrando allí desde hacía muchos años. “¿Cuántos?”, le pregunté. Me dijo que veinticinco, con una sonrisa, y me escandalicé por el vertiginoso paso del tiempo. “Nos estamos haciendo viejos”, comenté. Y entonces soltó esa carcajada tan poderosa y característica de su personalidad porque ni lo era ni se sentía tal, en el límite de los sesenta.

Luis Ignacio Ortega Álvarez. Foto: Tribunal Constitucional.

Luis Ortega había llegado a Toledo con la generación fundadora de la Universidad de Castilla-La Mancha. Al principio creyó que era un destino pasajero pero se enamoró enseguida del lugar y de sus posibilidades y, aunque tuvo oportunidades de regresar a la Universidad Complutense, donde había estudiado y se formó como profesor en el departamento que había dirigido durante tantos años Eduardo García de Enterría, se enraizó académicamente en Toledo y, poco a poco, fue capaz de poblar colegios y departamentos con profesores formados a su lado y participar en el desarrollo de otras facultades, en la misma comunidad autónoma, en su mayor parte dirigidas actualmente por discípulos de Luis.

Cuando acabó su carrera de Derecho en la Complutense, completó la primera fase de su formación académica en Roma, en las proximidades del profesor M. S. Giannini, uno de los grandes del Derecho Administrativo europeo, en cuya doctrina se empapó y supo traer luego con acierto a nuestras universidades poniéndola disposición, mediante traducciones de lo esencial, de los cultivadores del derecho público en España. La deslumbrante Roma y la obra humanística del profesor Giannini lo marcaron igualmente porque conservó siempre un interés por las creaciones intelectuales de toda clase, la literatura, especialmente la poesía, y las demás artes mayores con las que supo romper la brutalidad de la especialización excesiva, a la que siempre se negó.

Otra manifestación de la versatilidad de Luis Ortega fue su interés por la política, no expresado ni por su integración en la burocracia partidista ni en la lucha por ocupar cargos concretos, sino entendida como preocupación y placer intelectual por el debate sobre las cosas públicas. Tal vez en sus escritos de administrativista aparezca este rasgo de un modo más caracterizado que en cualquiera de nosotros, sus compañeros. Se trataba de la inclinación irresistible por ser útil para orientar a los gobernantes, buscar las mejores soluciones para los problemas del Estado. Tuvo una oportunidad directa de desarrollar esta vocación el largo período de tiempo que sirvió en el gabinete del vicepresidente del gobierno en la primera etapa felipista. Actualmente había llegado al lugar en que todas sus vocaciones podían desarrollarse conjuntamente: debatir sobre los grandes temas de la política, y hacerlo además con método jurídico y con soluciones constitucionales. Ésta era su tarea como magistrado del Tribunal Constitucional, que ha desempeñado con grandísima devoción, hasta esta misma mañana. “¿Qué tal te va, Luis, en el tribunal?”, le dije en aquella ocasión del principio. “¿No te aburres?”, pregunté. “Me lo paso extraordinariamente bien”, me contestó.

Esta mañana ha acabado todo dramáticamente, bruscamente, de forma inesperada. Escribo todavía bajo la conmoción que me ha producido su pérdida, y solo se me ha ocurrido para glosarla coger de mi librería uno de los pequeños libritos en los que recogía sus poemas. El hombre del mar, se llama este. En algún sitio dice: “Sabía que,/ esperando el tiempo,/ el espacio se convertía en ritmo / y que, / discurriendo el espacio, / el tiempo recuperaba / su forma, / a veces transformada / en deseo”.

Elegía pura

Juan Ramón Jiménez (1881-1958) glosó la figura de Francisco Giner de los Ríos en este obituario, publicado en la revista España. 

Juan Ramón Jiménez (1881-1958) glosó la figura de Francisco Giner de los Ríos en este obituario, publicado en la revista ‘España’ en febrero de 1915. 

“El pobre señor ha muerto…”

Mis ojos se encuentran, al abrirlos la mañana de febrero, con la ventana sin paisaje, todo yerto el cristal de cruda bruma triste. El pensamiento de la madrugada, interrumpido por el paréntesis vano del breve sueño, halla de nuevo, en el opaco amanecer, su hilo:… “El pobre señor ha muerto”… “El pobre señor ha muerto”, dijo anoche un niño.

¡El pobre señor! ¡Qué bien aquí las palabras! Pobreza señora, con esa señoría cierta que, dándolo todo, de todo se enseñorea, por la rica humildad de su tesoro conocido: que hace señor lo que toca: la estancia austera en que piensa, el paisaje que le da fondo, la cátedra que purifica, el jardín que endulza, la amistad que ennoblece; todo esto que ahora va a ser de nuevo lo que es…

Don Francisco… Parecía que hubiese ido encarnando cuanto hay de tierno y de agudo en la vida: la flor, la llama, el pájaro, la cima, el niño… Ahora, tendido en su lecho, cual un río helado que corriera por dentro, es el camino claro para el recorrido sin fin… Fue como la estatua viva de sí mismo, estatua de tierra, de viento, de agua, de fuego. De tal modo se había librado de la escoria cotidiana que, al hablar con él, se creyera que habláramos con su imagen, que tornara a nosotros fiel y perdurable. Sí. Se diría que no iba ya a morirse, que ya hubiese pasado, sin saberlo nadie, por la muerte, y que estaba para siempre, como un alma, con nosotros.

Paz

En la puertecita de la alcoba se siente ya el bienestar. Una senda de olor a romero y violetas, que, con el aire del balcón abierto, va y viene y conduce, como de una blanda mano, hasta el que descansa… Paz. La muerte sólo le ha trocado el color, con una violada veladura de ceniza.

¡Qué suave huele y qué buena cara tiene aquí la muerte! No esas agudas esencias odiosas, ni el exorno de negrura y de oropel. Albo es todo esto y pulcro como una casita del campo andaluz, como el encalado portal de un paraíso de mediodía. Y todo igual que estaba. Sólo que el que estaba se ha ido. ¿Se ha ido? “Es maravilloso, Dios mío -dice Fraulein Tesman, en Hedda Gabler-; ahora Rina está al mismo tiempo, conmigo y en el cielo”… Me acuerdo de esas jaulas que nos parecen vacías porque el pájaro calla en la tabla. Pero ¡ay! este dulce pájaro no subirá más al palillo sus vuelos ni sus cánticos.

¿Dolor?… No es dolor lo que transa el alma al acercarse a este lecho pequeño y nítido que honra un leve cuerpo frío. Es una lenta pena bella, segura de sí misma y de su virtud mejoradora. ¿Verdad, Natalia? ¿verdad, Jacinta? … Ejemplos de ternura, Natalia y Jacinta, entre las flores, miran sin descanso, con sus ojos abiertos en adusto éxtasis, el bendito rostro cerrado.

Se va el día, con un vientecillo afilado que se trae un envío de la primavera. En los cristales se copian confusamente unas nubes rosas. El mirlo, el mirlo que él oyera treinta años y que hubiese querido seguir oyendo muerto ha venido a ver si lo oye. Paz. La alcoba y el jardín luchan mansamente con sus claridades. La albura de la alcoba vence y se derrama, exaltándose, por toda la tarde. Un gorrión friolero sube a una mancha instantánea que el sol pinta en la cima de un árbol cercano y pía casi dentro. En la penumbra, de abajo silva otra vez el mirlo. De vez en cuando parece que se oye la voz que ha callado para siempre.

¡Ay! ¡qué a gusto se está aquí! Es como cuando se sienta uno en una fuente, como cuando se lee bajo un arbol, como cuando se deja uno llevar de la onda por un poético río… Y se sienten ganas de no irse nunca, de abrir hasta lo infinito, como rosas blancas estas horas blancas, puras, plenas: de quedarse prendido a este imán de candor, en el crepúculo eternizado de esta última lección de austeridad y de hermosura.

Cementerio civil

“Cementerio civil” dice en la verja, para que se sepa: frente al otro letrero: “Cementerio católico”, para que se sepa también.

Él no quería que lo enterrasen en este cementerio, tan contrario a la poesía risueña, jugosa y florida de su espíritu. Pero ha tenido que ser así. Ya oirá los mirlos del jardín familiar. “Despues de todo – dice Cossío- creo que no le disgustará estar un ratito con Julián”…

Manos solícitas han quitado humedad a la tierra con romero: sobre la caja han echado rosas, narcisos, violetas. Viene, perdido, un aroma de ayer tarde, un poquito de la alcoba a la que le quitan tanto… Y, apretando con los corazones esta fragancia que se va, una masa cálida de cariño, de atención, de congoja, reduce, hasta dejarla del tamaño de un corazón inmenso, la fosa. Cada persona que llega aumenta con su presencia el silencio.

Silencio. Sol débil. Unos nubarrones con viento arrastran grandes sombras heladas que atraviesan, volando bajo, las negras grajas. Al fondo, Guadarrama, excelsamente casto, se levana en despejados montones cristalinos de cuajada luz blanca. Algún fino pajarillo trina un punto en el sembrado vecino, que ya verdea vagamente; luego viene a la corona e lata de una tumba y se va…

Ni impaciencia, ni cuidados; lentitud y olvidos… Silencio… En el silencio, la voz de un niño que pasa por el campo, un sollozar que ha ido a esconderse entre los sepulcros, el viento, el viento largo de estos días.

He visto, a veces, apagar el fuego con tierra. Innumerables lengüecillas la taladraban por doquiera… Un discípulo albañil, alma fuerte, le ha hecho a este fuego apagado su palacio de barro, en el pedazo de tierra que guardaban dos amigos, entre ellos, para él. Tiene un evónimo, joven y sano, a la cabecera, y a los pies, ya brotada por la primavera que llega, una acacia.

Guirnalda

Otros -yo mismo, más tarde- contarán de su vida y de su obra tanta y tanta cosa buena, útil, bella y justa. Hoy solo sea su pasar muerto por la estancia seria del alma, en la que tanto entrara vivo, colmándola entocnes de gracia, de frescura y de alegría. En el sitio a que él venía queda para siempre su imagen, quieta como el cuerpo en la tumba. Le será al alma un día su sol, otro sus rosas, otro su fuego, otro su rocío, en una eterna postrimería de primavera purificada cuyas hojas verdeoro nunca se llevará el soplo del invierno.

A Don Francisco Giner de los Ríos

Antonio Machado (1875-1939) dedicó estos versos a Francisco Giner de los Ríos en el número de la revista ‘España’ publicado en febrero de 1915. 

Cuando se fue el maestro,
la luz de esta mañana
me dijo: van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.
¿Murió?… Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad: enmudeced, campanas!
Y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba,
del sol de los talleres,
el viejo alegre de la vida santa.
… Oh, sí, llevad, amigos,
su cuerpo a la montaña,
a los azules montes
del ancho Guadarrama.
Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.
Su corazón repose
bajo una encina casta
en tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas…
Allí el maestro un día
soñaba un nuevo florecer de España.