El Calderón se rinde a Messi

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El palco de EL ESPAÑOL en el Vicente Calderón se llenó este sábado de colchoneros que admitieron finalmente la merecida victoria del Barcelona. Los azulgrana continúan la senda iniciada la pasada temporada en la que el conjunto de Luis Enrique venció en los cuatro enfrentamientos al conjunto del Cholo Simeone.

 

Pedro J. y Esteban Urreiztieta con algunos accionistas de nuestro periódico, este sábado, en el palco de EL ESPAÑOL del Vicente Caderón.

El Atlético de Madrid puntuó en sus 6 partidos contra el Barcelona durante la estelar temporada 2013-14, pero perdió sus cuatro enfrentamientos directos en la última campaña. La tendencia se está consolidando. El sábado, al comienzo de la segunda parte, pareció regresar el Atleti victorioso: Torres, discutido durante la primera parte, se había reivindicado con otro gol de velocidad (minuto 51) tras un buen pase en profundidad de Tiago y la duda de Ter Stegen, que no salió.

El Barsa, como decía nuestro suscriptor Coqui, “había sido mejor a los puntos en la primera parte”, pero en los primeros diez minutos de la reanudación los anfitriones habían recrudecido la presión. El equipo se había puesto por delante y nadie parecía percatarse de que en la banda calentaba sigilosamente un futbolista menudo, suplente por sus viajes recientes con la selección argentina y su reciente paternidad. Durante tres minutos, hasta el tremendo empate de Neymar en un libre directo, la ribera del Manzanares fue feliz. Justo después entró Leo Messi y pasó el resto del encuentro mascullando entre dientes “qué bueno es este enano”.

El palco de EL ESPAÑOL en el Vicente Calderón se había poblado este sábado de colchoneros y contó incluso con la amable visita de dos accionistas jerezanos, Julia y Manuel, cuyo entusiasmo con los gráficos publicados hasta ahora parece indicar que la sección de Datos camina en buena dirección. La primera parte estuvo sazonada por una conversación acerca de si Fernando Torres es o no un “ex jugador”: nadie aplaudió más que Esteban Urreiztieta el gol del hijo pródigo atlético, que nunca termina de alcanzar aquel desborde de sus inicios pero logró, sin embargo, salir ovacionado del estadio cuando le sustituyó Jackson Martínez.

Con un clásico 4-4-2 y Juanfran muy pendiente de un inspirado Neymar (“el último jugador brasileño”, se comentaba en el palco), el Atleti vivió de los robos de pelota de Griezmann, el caudillaje de Godín y el despliegue de un Óliver Torres que parece haber crecido más de un año durante su temporada en Oporto: se multiplicó en defensa y estuvo lúcido en la creación hasta que fue reemplazado por Carrasco.

El equipo de Luis Enrique, liderado por Iniesta y Neymar, tocaba mucho más y había rozado la perfección en una jugada maradoniana del ‘8’ que Rakitic remató a puerta y Oblak despejó a córner para regocijo del respetable. Suárez había mandado un balón al larguero. Vermaelen había vuelto a lesionarse. Rafinha iba de menos a más. El empate no llegaba a ser injusto.

Al descanso, como bromeaba Pedro J. Ramírez, el único gol había sido la llegada de la newsletter de EL ESPAÑOL. La carta del Arponero Ingenuo circulaba ya por las redes y empezaba a ser leída en los teléfonos móviles. Aficionados de palcos cercanos se sacaban alguna fotografía con el director del periódico.

 

Antes y después del minuto 59

Durante los canapés del entretiempo, sin embargo, también se habló sobre la imprenta de otro suscriptor madrileño, Pablo, y su trabajo para diversas administraciones públicas y juntas electorales. Para él y sus sesenta empleados sí hace falta aún papel, pero su fe (y la de su hermano Álvaro) en el proyecto de EL ESPAÑOL parecía fuera de toda duda. “¿Salimos seguro el 7 de octubre?”, preguntaba María. “Absolutamente seguro”. Coqui ensalzaba a los dos “magníficos” porteros del Calderón y recomendaba a Florentino Pérez que tomase nota.

La segunda mitad el partido se dividió en dos partes: antes y después del minuto 59. Hasta el 59, el Atleti había sido más intenso, aunque la puñalada de Neymar enfriase algo los ánimos. (Fue la única jugada en que no sería pitado). Poco después Messi entró en el campo acompañado de un rumor general. Simeone refrescó al equipo con el portugués Carrasco (bastante aplaudido), pero la ‘Pulga’ se colocó entre líneas, a la espalda de Tiago y Koke, y comenzó a amargar la vida a la afición local.

“Cómo cambia el Barsa con Messi”, se resignaba Urreiztieta. Suárez se peleaba hasta con los árbitros, como sucede muchas veces cuando se está a punto de definir un partido. Minutos después dejó un balón primoroso de primeras a Messi, que fusiló a Oblak en el área y enmudeció al estadio. Había avisado ya varias veces. Leo estaba fresco e imparable; quería dedicarle un gol a su hijo. La delantera del Barsa, vista desde el palco, parecía al final del partido casi un ejemplo de competencia desleal. No había nada que oponer al triunfo culé, reconocían los suscriptores. “¿Seguro que quieren jugar en una Liga catalana?”

Messi multiplicado por tres

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Luis Enrique tuvo que multiplicar por tres a Messi para ganar la Liga que acaba este sábado.  Y un Messi por triplicado es mucho Messi. Para ello, el entrenador asturiano no dudó en cuestionar algunos de los cimientos en lo que se apuntaló el gran Barça de Pep. Al final, todo salió bien y hemos asistido a la Liga de Messi… y de Luis Enrique. Y todavía quedan Copa y Champions en el horizonte.

Luis Enrique tuvo que modificar los cimientos del Barça y multiplicar por tres a Messi para ganar la Liga que acaba este sábado. Y el argentino por triplicado es incontestable. Al final, hemos asistido a la Liga de Messi… y también de Luis Enrique. Y todavía quedan Copa y Champions en el horizonte.

 

Luis Enrique carecía de prestigio. Aun así, el Barça lo firmó y todos asintieron. Le avalaban sus tres años en el filial, fechados entre el ascenso de Guardiola y el verano de 2011. Sin alejarlo del éxito, a aquel equipo le cambió la cara. Pero no el olor. Ni el sonido, ni el sabor. Por eso parecía coherente con el proceso que el club declaraba perseguir: “Una renovación no revolucionaria”.

Sin embargo, algo chirrió desde el comienzo. El mensaje de la directiva no coincidía con la planificación deportiva que estaba llevando a cabo. Luis Suárez destacaba como fichaje principal, y para potenciarlo, renovar el sistema no bastaría. El uruguayo, como Neymar, iba a necesitar espacios para correr y libertad para tomar sus propias decisiones, lo que sólo se podría obtener mediante una revolución total.

No vaciló Luis Enrique. Primero, restó importancia a la posesión del balón, permitiendo al Barcelona contraatacar con más frecuencia. Después, abolió el Juego de Posición, para que Messi, Suárez y Neymar fluyeran en función de su talento, y no de los trazos de una pizarra. Entregándose de este modo a la MSN, Lucho escogía un camino que le alejaba de la gente. Uno desconocido, y por lo tanto desconfiable. Casi, casi anti-Barça. Pero él lo tenía clarísimo: Messi, Neymar y Suárez iban a ganar.

También trabajó la táctica. En los nueve meses que duró la Liga, supo diseñar tres sistemas diferentes que, mientras duraron, hicieron del suyo un equipo invencible. Manteniendo el 4-3-3 como dibujo de partida, hubo tres versiones del Barça que arrasaron todo a su paso.

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Sistema 1: El Messi mediapunta

El primer sistema dominante se basó en los siguientes ajustes: 1/ Messi bajó unos metros y ejerció de mediapunta. 2/ Los interiores se abrieron y ocuparon los costados. 3/ Y los extremos se cerraron y actuaron de delanteros.

La disposición confesaba desde el principio el gran cambio del proyecto: Messi iba a asumir la dirección del ataque culé. Aunque Rakitic supliera a Xavi como interior derecho,  el sustituto funcional del catalán sería Leo. Cada retoque de Luis Enrique trataba de facilitarle al argentino la aclimatación a su nueva tarea: él bajaba para tocarla antes, los interiores se abrían para dejarle espacio y los extremos se cerraban para marcar los goles.

Al crecer tanto la participación de Messi y hacerlo a su vez en un modelo de juego tan abierto y rápido, el fútbol culé resultaba abrumador. El Barça parecía tener dos marchas más que cualquiera de sus rivales.

El mini-ciclo, que arrancó contra el Elche en la jornada 1, alcanzó su nivel más alto frente al Athletic Club de Bilbao en la jornada 3. Un mes más tarde, se produciría la caída. Fue en La Rosaleda. Javi Gracia descubrió que Rakitic e Iniesta en bandas no producían nada; los dejó solos y enfocó el cien por cien de su atención en el carril central, sobre Messi, retrasando el territorio del “10” hasta la línea divisoria. O sea, anulando su peligro.

La Liga tomó buena nota y el Barça perdió su eficacia. Había que seguir buscando.

Sistema 2: El Messi extremo

Sobre octubre, noviembre y diciembre, corramos un tupido velo. Enero, tras la debacle de Anoeta, sería diferente. Luis Enrique movió ficha y prendió la llama: 1/ Messi actuó como extremo derecho puro. 2/ Suárez se consolidó como “9” clásico. 3/ Y el sector izquierdo recuperó la normalidad. Es decir, Alba subió sin parar, Iniesta ocupó el centro y Neymar arrancó desde la banda.

Un campo de fútbol se divide en tres carriles, y el más importante es el central, pues es donde se ubican las porterías. En consecuencia, las bandas se protegen menos. Situando en las mismas a dos dribladores consumados y rapidísimos, Luis Enrique garantizó para el Barcelona la repetición casi constante de una de las acciones más letales del juego: el regate. Messi y Neymar regateaban en cascada.

Pese a la aparente simpleza del concepto, el Barça se mostraba indefendible. No se puede sujetar un ataque que dribla con acierto cada vez que lo intenta. Por este motivo, el ocaso de la idea no se debió a ninguna ocurrencia enemiga. Sencillamente, Messi y Neymar perdieron frescura. Encadenaban demasiados esfuerzos explosivos y se acabaron quemando. Para el recuerdo, las victorias contra el Atlético de Madrid o el Deportivo de la Coruña. Aunque en general, todo lo contenido entre el 10 de enero y el 21 febrero derrochó categoría.

Sistema 3: El Messi interior

El Messi extremo había deparado tanto fútbol que algunas de sus cosas sirvieron para siempre. La más representativa, la que el escritor Martí Perarnau terminó bautizando como el Alley Oop de Lionel. Provocó infinidad de victorias. La jugada consistía en un pase aéreo y con rosca hacia el desmarque en el segundo palo de Alba o Neymar. En pos de acomodarla, Luis Enrique matizó su 4-3-3 por tercera y definitiva ocasión: 1/ Messi bajó 20 metros y se centró ligeramente. 2/ Rakitic acentuó sus llegadas al área. 3/ Y Neymar se liberó de la banda y pasó a moverse por los tres carriles del ataque.

Con este orden, el Barça lució su versión más asociativa. Y la más controladora. El motivo, cómo no, derivaba de Messi. El argentino seguía abierto y por lo tanto recibía con constancia, pero una vez controlaba la pelota, en lugar de correr hacia delante, proponía templar el ritmo y pasársela a los del medio. Juntando posición y tareas, en algunas ocasiones recordó punto por punto al Xavi más imperial, en lo que fue la mejor noticia del curso para Busquets e Iniesta. Sergio y Andrés empezaron a rendir y a brillar como antes no habían podido.

Por su parte, Neymar y Suárez, juntos y solos arriba, consagraron su potencial. Con la posesión asentada en la media y el ataque desprovisto de una pieza, el espacio a repartir aumentaba sus dimensiones, y lo aprovecharon con maestría. En particular lo de Luis Suárez causó impacto. Su desempeño no desmerecía para nada lo admirado en Inglaterra.

Lo cierto es que, en términos generales, vimos la versión más equilibrada del Barça; la que integró más jugadores en su nivel cúspide y la que ofreció la sensación de dominio más arraigada.

No en vano, fijamos su fecha de origen en la jornada 33 (derbi contra el RCD Espanyol) pero no podemos concretar cuándo menguó su poder. El FC Barcelona del Messi interior continúa vigente. Es el que ha cerrado la Liga, el que intentará levantar la Copa y el que tratará de coronarse como campeón de la UEFA Champions League en la Final de Berlín.

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El instinto de supervivencia

Si hacemos la cuenta, los tres sistemas tiránicos ocuparon, más o menos, la mitad del campeonato. La otra mitad hubo que sacarla a golpe de riñón. Quizá fue en este menester donde el Barça marcó la diferencia. Mientras el Real y el Atlético sucumbieron ante la dificultad, los de Luis Enrique siempre encontraron un clavo ardiendo al que agarrarse para competir. Las paradas de Claudio Bravo y las jugadas personales de la MSN sellaron el arco propio y abrieron el ajeno, pero más allá de esto, que fue bastante obvio, tres tipos singulares merecen su mención.

Los momentos malos del Barça fueron, sobre todo, trabajo de Piqué. Ha rozado la perfección. Estudió el desequilibrio imperante desde la caída de Puyol y supo interpretar que comportándose como un central estándar su ayuda sería insuficiente. Así que recondujo sus servicios. Se focalizó en el corazón del área y lo escondió en una burbuja en la que nadie penetró. Durante meses, rematar un centro o un pase de la muerte cerca de Claudio Bravo no fue una posibilidad. No con Gerard.

Más oscura pero igualmente decisiva fue la obra de Dani Alves. El lateral brasileño patenta una simpatía seria o una seriedad simpática que en el fútbol gana partidos. Ha alcanzado menos que antaño la línea de fondo, pero porque se le ha requerido en el centro del campo. Su energía, concentración y sabiduría velando la espalda de Messi erradicó un problema que parecía irresoluble: las salidas del rival por el lado de Lionel. Rakitic puso los kilómetros, pero Daniel previno con su juego.

Por último, se precia destacar la impresionante puesta en escena de Juan Carlos Unzué al frente del balón parado del Barça. Con la ayuda de Luis Suárez, guardián imperturbable del primer poste, ha desarrollado una estrategia defensiva sin igual en toda Europa. La fiabilidad aérea de los culés obliga a instruirse con ella. Para más inri, en ataque también dio frutos cuantiosos. Los goles de Mathieu contra el Real Madrid o el RC Celta de Vigo, o el de Busquets ante el Valencia en Mestalla, sumaron puntos sin los que no se hubiese triunfado.

Pronto se cumplirán siete años desde que Ronaldinho abandonará la ciudad. Quién iba a anunciar entonces lo que dicha marcha iba a suponer. Bajo el reinado de Leo Messi, el FC Barcelona ha ganado cinco de las últimas siete Ligas disputadas. Esta última, con Luis Enrique, ha costado sudor. Para desarrollar el modelo del triunfo, el entrenador renunció a aquello que le había puesto en el cargo: su ADN. Como premio a la valentía, al sacrificio, ha cosechado más que un título. Por encima de los resultados, el Barça vuelve a jugar bien. Vuelve a ser el mejor.