Cataluña entre dos extremos

Supporters of secessionist group Junts Pel Si (Together for Yes) react after polls closed in a regional parliamentary election in Barcelona, Spain, September 27, 2015.  Separatists have won a clear majority of seats in Catalonia's parliament, an exit poll showed on Sunday, in an election that could set the region on a collision course with Spain's central government over independence.     REUTERS/Andrea Comas

REUTERS / Andrea Comas

La dinámica actual no terminará pronto. Al menos hasta el 20 de diciembre el independentismo tiene todos los incentivos posibles para continuar forzando la legalidad y poniendo a prueba al Gobierno central.

Anoche, al principio del Passeig del Born, ante el espectacular edificio reformado que alberga el museo-homenaje a la construcción nacional de Cataluña, cientos de personas gritaron “in-inde-independencia” hasta quedarse sin voz. Aún estando allí como observador, resultaba difícil no sentir dentro de uno el impulso de unirse al clamor. Cuando Raül Romeva subió al estrado y, con la autoridad y el aplomo que da estar detrás de un atril, empezó a corear “la veu d’un poble” con todos los asistentes, la atracción de pasar a formar parte del “poble” era casi irresistible. Pero la misma escena vista después, a través de la pantalla del móvil, en YouTube, se apreciaba de manera completamente distinta. La atracción se diluía hasta desaparecer. Y aquello solo tenía el aspecto de lo que era: un mitin.

A unos pocos kilómetros de allí, en una sala más bien blanca, más bien luminosa y con una moqueta más bien moderna, toda alma viviente que cabía en ella gritaba “Cataluña es España” ante un estrado níveo coronado por el logo naranja de Ciudadanos. La acústica hacía que la voz rebotase en los oídos y en el interior de la cabeza de manera vibrante. De nuevo, ser uno con la masa era una tentación difícil de esquivar. El atril, la sala, los gritos vibrantes y la moqueta estaban en el Hotel Barceló Sants. Justo sobre la estación del mismo nombre, donde sale el AVE para Madrid.

Al llegar al vestíbulo de esa estación hacia las diez de la noche me encontré con un nutrido y variado grupo de personas con carpetas y acreditaciones azules. Era la pequeña división de militantes que el PP había traído a las elecciones. Esperando al tren que les devolvería al centro de la Península. Ninguno parecía exultante. Algunos estaban cariacontecidos. Hoy, muchos de los dirigentes de Ciudadanos, que ahora es un partido estatal a pesar de sus orígenes catalanes, bajarán de sus habitaciones y, en pocos minutos, tomarán o habrán tomado la misma dirección. Llevándose una parte de las voces consigo.

Entre estos dos extremos anoche cabía Cataluña entera.

La salida del callejón

Llegué a Barcelona en la medianoche del jueves. Yo venía fresco y con ganas: hacía meses que no pisaba la ciudad, en la cual no nací ni crecí pero sí viví y trabajé dos veces en mi vida, la segunda hasta septiembre de 2011. Pero Barcelona me recibió más agotada que entusiasmada.

En las siguientes 72 horas recorrí todo el espacio entre aquellos dos extremos. Fue un periplo dialéctico, tejido a través de todas las discusiones que había dejado de mantener en mi ausencia y que por fin podía recuperar. Al principio me dediqué con devoción a la tarea. Pero no me costó demasiado comprender el agotamiento al que se sometía la ciudad. Hablase con quien hablase, la conversación siempre acababa en el mismo lugar.

Había entre mis interlocutores y yo una serie de premisas compartidas, que ellos llevaban repasando una y otra vez desde hacía meses, años incluso. La primera era que, ahora mismo, el independentismo no sumaba una mayoría absoluta de individuos dispuestos a votar por él. La segunda consistía en asumir que la mayoría relativa era lo suficientemente importante como para requerir algún tipo de respuesta por parte del resto de España. La tercera, que ahora mismo no existe la salida no negociada al conflicto. Es decir: que en cualquier caso iba a haber una mesa y personas hablando en torno a ella en algún momento del futuro próximo. Fuere para discutir un referéndum, una reforma constitucional, un cambio en el modelo de financiación o un proceso de secesión irreversible, la alternativa unilateral quedaba siempre totalmente descartada.

Cabe aclarar que la mayoría de las personas con las que venía hablando eran politólogos, economistas o sociólogos. Por tanto, independientemente de sus preferencias personales comprendían perfectamente que la esencia de cualquier estado consiste en el monopolio de la violencia, la capacidad para recaudar sus propios impuestos sobre una población dispuesta a pagarlos y el reconocimiento internacional. A una hipotética Cataluña separada de España de manera no negociada no le esperaba ninguna de las tres cosas, al menos no con menos del 50% de sus ciudadanos dispuestos a ello y ningún tipo de represión violenta desde Madrid.

Era una vez aceptadas estas tres premisas cuando se llegaba al auténtico punto muerto, al callejón sin salida que provoca el agotamiento. ¿Cuál sería la forma de esa negociación? ¿Cómo se iniciaría, quién daría el primer paso, en qué términos? Era entonces cuando nos embrollábamos en elucubraciones destinadas a reconciliar posturas aparentemente irreconciliables

La Cataluña que está entre el mitin del Passeig del Born y los gritos sobre la Estació de Sants se encuentra también en el siguiente gráfico. La imagen encierra a España de la misma manera. En él se representa la distribución de preferencias en torno al modelo de Estado que quieren los catalanes para España, y el que quieren el resto de españoles para su país, incluyendo en él al país de los otros. La diferencia entre ambos colectivos no es opuesta, pero sí desalentadora.

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Que nadie dude de que de aquí al 20 de diciembre todos los partidos van a aprovecharse de estas diferencias para jugar en corto. Pero lo que importa es que la mesa de negociación, ahora vacía, les espera al final del camino. Paciente.

Una mesa de negociación es un instrumento curioso. Nos hace entender que las preferencias de los individuos no son tan sencillas como parecían un segundo antes de sentarse en ellas. Tomemos un ejemplo sencillo. Un matrimonio. Ella le dice a él que se quiere divorciar, que no está dispuesta a aceptar el actual reparto de trabajo doméstico, según el cual él solo friega los platos una vez por semana y ella se encarga de limpieza, niños, cuentas y compras. Él, lógicamente, tiene una preferencia muy fuerte por mantener su tiempo libre de todas esas tareas. Sin embargo, probablemente también albergue un interés bastante importante por mantener su matrimonio. Ante la expresión por parte de ella de que el coste de las horas adicionales de trabajo supera al coste de romper la relación, tal vez él decida que no sería tan mala idea dedicar más horas a las labores del hogar. Las preferencias no han cambiado exactamente, pero el resultado es distinto gracias a que se ha abierto un proceso de negociación explícito. Gracias a la mesa.

El callejón sin salida del que nos afanábamos en salir en las conversaciones mis interlocutores y yo era precisamente qué pasaría si tal proceso se abriese. Nos preguntábamos, para empezar, si el independentismo era irreversible. Acabamos de vivir la campaña más intensa de la historia reciente de Cataluña. Es normal que, desde fuera, los independentistas parezcan un bloque cerrado, cohesionado. Los intentos que la oposición ha hecho de subrayar las diferencias, casi las contradicciones, ideológicas entre sus integrantes no han surtido demasiado efecto. Debate tras debate, tertulia tras tertulia, el “cómo os vais a poner de acuerdo con X” se estrellaba contra un muro inquebrantable construido con unos ladrillos bien simples: “lo primero es establecer el marco para poder discutir entre nosotros”. Pero todas las campañas tocan a su fin. Y la verdad es que el campo secesionista no es tan homogéneo como pudiese parecer.

Catalanes por convencer

Alguien en el Centre d’Estudis d’Opinió (el CIS catalán) tuvo la fantástica idea de ofrecer tres y no dos opciones ante la pregunta que hacen en sus barómetros periódicos: si usted se considera independentista. En lugar de reducir las alternativas a sí o no, obligan a quien responde a especificar si se trata de un independentista “de toda la vida” o sólo “desde los últimos tiempos”. Gracias a esta distinción podemos apreciar que entre estos últimos los motivos de tipo, digamos, instrumental, son mucho más habituales. Es decir: cuando son interpelados sobre sus razones para la secesión, la cuestión identitaria es citada con mucha menos frecuencia entre los recién incorporados a la causa, que suelen preferir argumentos de conveniencia o de proyecto de futuro. Eso significa que pueden ser convencidos si llega una oferta lo suficientemente interesante y creíble, que les lleve a pensar que tal vez es más conveniente para Cataluña, más provechoso, permanecer dentro de España.

La primera cuestión es quién representa a estos independentistas que podrían ser socios de un pacto. Cuando Oriol Amat, número siete en la lista de Junts pel Si en Barcelona, aceptaba la otra noche en una radio alemana que estaban no solo dispuestos sino incluso interesados en volver a poner sobre la mesa el Estatut de 2006, en realidad se estaba señalando a sí mismo como interlocutor. Probablemente de manera no intencionada, y desde luego no con el acuerdo del resto de su partido. Pero así era. Cuando Mas acaba cualquier intervención memorable con una coletilla que llama a la “concordia” y al “entendimiento” con el resto de España durante el proceso, como hizo incluso en su discurso de victoria la noche electoral, está abriendo una rendijita por donde pueda colarse algo de luz. El fantasma de la negociación planea sobre (al menos una parte de) Junts pel Sí. Pero para que pase a ser una realidad es necesario que haya algo sobre la mesa.

Ésta es la segunda cuestión: quién y cómo tiene la capacidad para hacer una oferta sólida, interesante y creíble de autogobierno desde Madrid hacia Cataluña. Llegados a este punto, uno puede repasar (como hice yo en mis incontables discusiones) el abanico de posibles candidatos y ordenarlos de mayor a menor disposición para la negociación: Podemos, PSOE, Ciudadanos y el Partido Popular. Lo dramático es que el último de esta lista posee ahora mismo el Gobierno de la nación, y todo parece indicar que se mantendrá con más de un 25% del voto después del 20 de diciembre. Se trata por tanto de un partido que incluso aunque pierda el Ejecutivo desde 2016, es muy probable que lo vuelva a ganar en algún momento del futuro. Esto significa que cualquier oferta necesita el apoyo del PP para que sea creíble en la mesa de negociación. Si no, nada garantiza que se mantenga con la siguiente mayoría conservadora y centralista.

Llegará más temprano que tarde un momento en el cual el Partido Popular deberá elegir entre romper España… y romper España. Por un lado, si escoge subirse al barco de la reforma y de la negociación política, sus votantes con preferencias más fuertes y extremas sobre un modelo de Estado centralista lo verán como una traición, y pensarán que el PP acabará por romper España al ceder ante el nacionalismo periférico. Por otro, si elige mantener una postura inflexible ante el independentismo, estará poniendo al Estado en riesgo de ruptura ante los ojos de los más moderados, que entienden que no es posible mantener el matrimonio sin ceder un poco para evitar un divorcio en el largo plazo.

En el agotamiento

No son pocos los independentistas que cuentan con que el PP se mantendrá en la última casilla. De hecho, una parte muy importante del cierre de filas en torno a la idea de secesión hoy se corresponde con la desconfianza, si no directamente la desesperación, respecto a qué hará el PP de ahora en adelante. Un “pierda toda esperanza” flota en el ambiente. De hecho, estoy seguro de que la mayoría de independentistas que lean los párrafos anteriores (incluso de los instrumentales) lo harán arqueando una ceja, preguntándose por qué dedico tantas palabras a hablar de una posibilidad que no parece real ahora mismo en lugar de aquello a lo que se han dedicado los medios en las últimas tres semanas de una manera un tanto desconcertante: si Cataluña se queda en la UE o no, si la ciudadanía española se pierde o no, si los bancos se van o no ante una secesión unilateral. Este debate es en parte artificial, o lo es en el medio plazo, en tanto que no se cumplen los requisitos para que la Generalitat pueda llevar adelante una secesión unilateral: como enunciaba más arriba, una mayoría abrumadora que permita montar estructuras de estado reales y reconocimiento internacional. Pero es normal que el independentista arquee la ceja: al fin y al cabo, en el pasado reciente poco o nada le indica que debe tener esperanza alguna. Por qué ahora.

Este es el agotamiento que se ha instalado de manera implícita en el debate,  y que ha conseguido invadir también mi ánimo en las últimas horas. La mala noticia es que la dinámica actual no terminará pronto. Al menos hasta el 20 de diciembre el independentismo tiene todos los incentivos posibles para continuar forzando la legalidad y poniendo a prueba al Gobierno central. Éste, por su lado, no tiene por qué moverse ni un ápice de su posición cuando su objetivo es maximizar la cantidad de votos recibidos en las siguientes elecciones. Pero llega un momento en el que las opciones se reducen, el largo plazo nos alcanza y nos exige tomar decisiones. Y serán el independentista instrumental que arqueaba la ceja al leer este texto o el ambiguo defensor del statu quo que se sonreía pensando en la posibilidad de que la discusión con la Generalitat fuese más allá de la firme exigencia del cumplimiento de la ley, quienes impongan tal exigencia. Por una razón sencilla: los (altísimos) costes de la incertidumbre no van a ser asumidos eternamente. La mayoría de nosotros no trabajamos ni vivimos para mantenernos en una lucha permanente. No estamos dispuestos a esperar para siempre a que algo pase.

Después de salir de Sants pasé un momento por el Born, donde esperaba que aún resonase “la veu d’un poble”. Pero no fue así. Era la una de la madrugada. A primera vista, allá no quedaba apenas nada. Mientras paseaba con un amigo nos encontramos con agentes de seguridad, limpiadores del Ayuntamiento, taxistas, cámaras de televisión, policías locales que recogían con paciencia y pero sin pasión lo que el mitín había dejado a su paso. A esa hora, pensé, en la sala de blanco luminoso con moqueta moderna alguien estaría desmontando el escenario, recogiendo papeles y botellines de cerveza, pensando quizás en a qué hora le tocaba empezar el siguiente turno de trabajo, quizás en qué iba a ser de su pensión o del futuro de sus hijos, tal vez esperanzado, tal vez algo asustado. Todos, probablemente, dudosos ante lo que viene. En el vacío dejado por los extremos en éxtasis, allí emergía de nuevo: Cataluña entera. Trabajando. Esperando.

Nueve frases que te ayudarán a entender mejor a los (posibles) aliados anticapitalistas de Artur Mas

635789948373724118wQuique García / Efe

La CUP (Candidatura de Unidad Popular) tendrá un papel decisivo en esta legislatura. Aquí explicamos cómo funcionaba la organización. Estas nueve frases reflejan algunos de sus puntos de vista en palabras de sus representantes.

La CUP (Candidatura de Unidad Popular) tendrá un papel decisivo en esta legislatura. Aquí explicamos cómo funcionaba la organización. Estas nueve frases reflejan algunos de sus puntos de vista en palabras de sus representantes.

1. La Unión Europea

“Todos sabemos quién toma las decisiones en la Unión Europea actual: el gran capital y los poderes financieros. Y las ejecutan de forma calculada y milimétrica el Consejo de Europa y la Comisión. No obstante tienen también un Parlament donde tienen a unos cuantos que van a defender los derechos de los pueblos y a criticar la troika. Es una jaula de oro con 20 y pico mil euros por diputado”.
Josep Manel Busqueta, responsable del programa económico.

2. Los lastres

“Nunca nos hubiera parecido estar en un escenario tan confortable: en una jugada, podemos deshacernos de la monarquía, de la OTAN y con un poco de suerte nos echan de la UE. Todos son un lastre”.
Josep Manel Busqueta, responsable del programa económico.

3. La independencia de todo

“Yo lo que no me creo es que alguien diga que quiere ser independiente en la UE. El tema no es si en ocho meses, 12 o 16. El tema es su concepto de independencia. Las grandes palabras, como independencia, que deberíamos estar llenando de contenido, se están quedando cada vez más vacías. Porque parece que independencia es equiparable a montar un Estado al margen del Estado español, pero dentro del marco de la Unión Europea. Eso no es independencia.”
Anna Gabriel Sabaté, número dos de la CUP en las elecciones al Parlament.

4. El euro

“El euro en estos momentos es un corsé para una economía como la nuestra. La UE es un fracaso en sí misma. Para hacerla avanzar hace falta pueblos que planteen la ruptura del euro y la unión económica y monetaria, que es un yugo”.
Josep Manel Busqueta, responsable del programa económico.

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5. La socialdemocracia

“El espacio de la izquierda socialdemócrata, por decirlo de alguna forma, no tiene futuro, y por eso se está teniendo que reinventar y repensar. Yo creo que no nos hacía falta la izquierda socialdemócrata de los últimos siete u 8 ochos años, vista la capacidad del sindicalismo alternativo y las luchas sociales de generar movilizaciones, y sus posibilidades daban para construir un discurso potente que puede ir desde la izquierda radical hasta el anticapitalismo. La idea de un discurso así no es tanto incorporar o sustituir la socialdemocracia sino sobrepasarla.”
Anna Gabriel Sabaté, número 2 de la CUP en las elecciones al Parlament.

6. El anticapitalismo

Queremos una economía de medida, adecuada al país y echar las grandes empresas que arrasan con todo y luego se van. Hay que relocalizar la producción, externalizar quiere decir explotar más lejos. Hoy día ser anticapitalista es ser moderado y tener sentido común.
Antonio Baños, número uno de la CUP a las elecciones al Parlament.

7. Los Países Catalanes

¿Pero es la lengua lo que nos une? Sí y no, nos une es la libre adscripción voluntaria a un proyecto político. Y no y sí, la lengua y la cultura son un factor clave, claro está. Aquí hay independentistas que hablan en castellano y en Valencia hay zonas de interior que no hablan valenciano y no las excluimos. Reivindicamos un espacio relacional cultural y social que son los Països Catalans, que existían antes del régimen del 78, que se encarga, bajo tutela militar, de prohibir expresamente la libre federación de comunidades autónomas. Esa prohibición de los militares, el famoso motorista de Herrero de Miñón, no la hacen pensando en Navarra y el País Vasco, que es una unión que pedía hasta el PSOE y que incluso consta en las disposiciones constitucionales, sino en los Països Catalans, que son una realidad cultural compartida, del mismo modo que puedan serlo Castilla la Nueva y la Vieja. Además, hay unos lazos históricos.
David Fernández, portavoz de la CUP en el Parlament.

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8. La asamblea

La asamblea es el menos malo de los sistemas de participación política. Permite, blinda y protege la participación de una persona un voto, la búsqueda de consenso sin minorías y mayorías, que existan todas las opiniones desde el respeto mutuo, pero también hay lógicas de poder. Ocurre en todos los movimientos sociales. Hay a quien se les escucha más, otros que son más pesados. Las lógicas de poder, de la condición humana, también se replican en la asamblea, siempre hay quien se pone de acuerdo antes de entrar. Una asamblea, no solo de la CUP, también es manipulable. Pero sigue siendo un sistema de una horizontalidad que permite hablar de todo.
Lo digo desde mi zapatismo más militante, reconozco que la asamblea es lenta. Escucha a todos, intenta hacer una síntesis… Es un proceso muy caro, muy lento, inviertes mucho tiempo, un recurso escaso.
David Fernández, portavoz de la CUP en el Parlament.

9. El Estado Español

“Confiamos durante muchos años en nuestros compañeros y hermanos de Herri Batasuna y por eso les seguimos de forma incondicional por que eso era una posibilidad de grieta profunda. Y en ese sentido y como herederos de esa tradición claro que queremos abrir grieta, y abrirla no sólo para abrir puertas al resto de pueblos del estado sino también a sus clases populares, el estado español es una cárcel de pueblos, pero es también una maquinaria oligárquica que sirve a los intereses de unas minorías. La clase trabajadora del estado español también tiene necesidad de liberación”
Anna Gabriel Sabaté, número 2 de la CUP en las elecciones al Parlament.

 

El viaje a ninguna parte

viaje2ok¿Cómo hemos podido llegar a la tesitura actual cuando el independentismo dentro de un Estado que ha cedido ya gran parte de su soberanía a la Unión Europea, para adaptarse a las reglas y tamaños de la era de la globalización, resulta un anacronismo ridículo y sin sentido? 

Ilustración: Javier Muñoz

Puesto que tras la lectura del “libro negro” de Jordi Pérez Colomé el género periodístico que merece ser tomado más en serio en Cataluña es el humorístico, y como no hay dos sin tres, sigamos el viaje que iniciamos con el ¡Cu-Cut!, continuamos con L’Esquella de la Torratxa y hoy nos lleva a recalar en El Be Negre -a la vez la oveja negra y el bien negro-, brillantísimo semanario satírico afín a Acció Catalana, el partido de los intelectuales nacionalistas durante la Segunda República.

Detengámonos en concreto en la portada del número del 4 de enero del 34 -diez meses antes de la declaración de independencia de octubre- y fijémonos en el chiste incrustado en la quinta y sexta columnas, dedicadas al nuevo gobierno de la Generalitat que se formó tras la muerte de Maciá. El ujier del palacio de la plaza de San Jaime recibe a Companys con una pregunta: “Ja es bé catalanista, senyor Companys?”. Y el nuevo presidente le responde: “Més que no era mariner quan vaig ésser ministre”.

be2Obsérvese que lo que el funcionario pregunta no es si el nuevo líder de Esquerra se ha hecho  “separatista” o ni siquiera “nacionalista”, sino tan sólo si es ya lo suficientemente “catalanista” como para entrar por esa puerta. Y que Companys le contesta que “más o menos como era marinero cuando fui ministro”, aludiendo a que durante el verano anterior, en el tercer gobierno presidido por Azaña, había ocupado la cartera de Marina.

Sin esa reticencia generalizada que rodeaba al político logrero y oportunista, comparado siempre en desventaja con el padre de la patria difunto, no se comprende bien su delirio del 6 de Octubre al proclamar el “Estado catalán dentro de la -inexistente- República Federal Española”. Sus pretextos eran tan nimios como que el nuevo gobierno de Lerroux incluía tres ministros “involucionistas” de la CEDA y que el TC de entonces había tumbado la Ley de Contratos de Cultivo. Algo equivalente a la mala relación de estos años con el PP y a la frustración por la sentencia del Estatut.

Poca cosa desde una visión amplia. Por eso hay que centrarse en el factor humano. De hecho las primeras palabras que Companys masculla más que pronuncia tras la arenga del balcón, al volver al salón de Sant Jordi, parecen la continuación del chiste: “Ja està fet! Ja veurem com acabarà! A veure si ara també direu que no soc catalanista!”.

Con ese “a ver si ahora también diréis que no soy catalanista” parece estar midiéndose cada día Mas desde que inició la huida hacia adelante para separarse tanto de la fétida sombra de Pujol como de la memoria de aquel muchacho ambicioso y desideologizado a quien en el colegio Aula todos llamaban Arturo. Igual que Companys trataba de emanciparse del legado de Maciá y del recuerdo del abogadillo laboralista al que los compañeros de UGT llamaban Luis.

Podríamos continuar con el paralelismo preguntándonos si el papel de Dencás que se escapó por la alcantarilla, abandonando en su huida una barba postiza, lo desempeñará esta vez Quico Homs o algún gerifalte de la ANC. Pero más que en los comparsas, el mimetismo está en el ambiente. Y de nuevo la portada de El Be Negre nos lo explica todo al mostrarnos, en fecha tan próxima ya al cataclismo como el 19 de septiembre, a dos visitantes del Observatorio Astronómico del Tibidabo, atónitos ante el gran telescopio que apunta a un cielo cuatribarrado en el que brilla, solitaria, la estrella independentista: “Com ha crescut aquesta estrella en poc temps!”.

be1¡Sí, cómo había crecido, cómo ha crecido ahora, esa estrella en poco tiempo y de la misma manera! Hoy como entonces las instituciones del Estado, emanadas de un Estatuto de Autonomía aprobado por las Cortes, sirven de palanca política y catalizador emocional de un nuevo intento de destruir a ese Estado. Y ahí está la sonrisa de Mas en el balcón del ayuntamiento, idéntica a la del Nou Camp el día del himno, regodeándose de nuevo ante la humillación de un símbolo de la legalidad de la que proceden sus poderes. Solo un gobierno de cabestros políticos como el que tenemos en Madrid ha podido consentir que lleguemos a este punto.

“Tot plegat semblava un somni…”, escribió en sus memorias el gran jurista Amadeu Hurtado al describir los sucesos del 6 de octubre. Sí, todo junto -el balcón, la arenga, el bando, la independencia…- parecía un sueño que enseguida se trocó en pesadilla cuando Lerroux declaró el estado de guerra y el general Batet desplegó unos cientos de hombres para sofocar la sublevación. “Señor ministro, acuéstese, duerma y descanse”, le dijo al titular de Defensa Diego Hidalgo. “Ordene que le llamen a las ocho… A esa hora todo habrá terminado”.

Y así fue una vez que los escamots que defendían la Generalitat salieron despavoridos. “A estos, una zurra en el culo y a dormir”, escribió el comunista Rafael Vidiella en el número de noviembre de la revista Leviatan. Pocos días después Companys daba por hecho que sería condenado a la pena capital: “Es que si no me la piden, me estafan”, le dijo a su abogado Ossorio y Gallardo.

Solo un gobierno de cabestros políticos como el que tenemos en Madrid ha podido consentir que lleguemos a este punto

Ahora también toca frotarse los ojos con incredulidad al repasar el itinerario surrealista que nos ha colocado ante unas elecciones en las que los sondeos pronostican el triunfo rotundo de quienes amenazan con declarar igualmente la independencia por las bravas: aquel “aprobaré el Estatuto que venga de Cataluña”, desmentido lógicamente por la flagrante inconstitucionalidad del texto; aquella absurda demora de cuatro años del TC para llegar a las conclusiones obvias; aquella requisitoria de Pacto Fiscal de Mas bajo amenaza secesionista; esas Diadas multitudinarias, orquestadas desde la Generalitat con las pautas de los regímenes totalitarios; ese referéndum ilegal, celebrado en abierto desafío a la resolución del Constitucional, ante la pasividad de Rajoy; esta nueva convocatoria electoral en la que los que dicen “no” a la legalidad democrática para separarse de ella, se declaran “juntos por el sí”; esta patética campaña en la que la mentira ha sido la verdad y el odio, el amor…

En efecto, “tot plegat sembla un somni”. ¿Cómo hemos podido llegar a la tesitura actual cuando el independentismo dentro de un Estado que ha cedido ya gran parte de su soberanía a la Unión Europea, para adaptarse a las reglas y tamaños de la era de la globalización, resulta un anacronismo ridículo y sin sentido? Sólo la catadura y circunstancia de los actores lo explica. Mas ha resultado ser un frívolo aventurero sin escrúpulos que ha huido así de rendir cuentas sobre la corrupción maremágnum del clan Pujol y la quiebra técnica de la Comunidad Autónoma que ha presidido. El iluminado Junqueras y el trilero Romeva han resultado ser sus perfectos compañeros de viaje y los fanáticos supremacistas de la ANC y Omnium, su fuerza de choque.

Viaje a ninguna parteIlustración: Javier Muñoz

Pero más dañina que su etiología es la de quienes están enfrente. Unos reprochan a Rajoy que no haya blandido ninguna zanahoria, otros que no haya hecho asomar al menos la punta de algún palo. Lo cierto y terrible es que la derrota electoral de las propuestas constitucionales que su mayoría absoluta le obligaba a liderar lleva camino de producirse después de cuatro años de incomparecencia y dos semanas de confusión con goles clamorosos en propia puerta.

Y es que al cabo de toda una legislatura meramente contemplativa, sin iniciativa política alguna, sesteando de manera crónica con el pretexto de no alimentar la espiral soberanista, el jefe del Gobierno y el ridículo pavo real que tiene como ministro de Exteriores han dado un grotesco bandazo, aceptando durante la campaña jugar el partido en el terreno de sus adversarios. Eso es lo que ha ocurrido cuando Rajoy se ha puesto a divagar sobre si los catalanes perderían o no la nacionalidad española -lo que para ZP era “discutido y discutible” parece para él ignorado e ignorable-, dando la misma lacia imagen que aquella noche en Veo 7 cuando me dijo que no entendía su escritura. Eso es lo que ha ocurrido cuando el PP se ha dirigido en un video exclusivamente en catalán -toma inmersión- a una comunidad bilingüe.  Y sobre todo eso es lo que ha ocurrido cuando el gallo Margallo no sólo se ha avenido a debatir con Junqueras, máximo aspirante a presidir la soñada República Catalana, como si la tele de Godó fuera el Consejo de Seguridad de la ONU, sino que ha sido capaz de plantear el símil argelino, regalándole a su rival el argumento de que Cataluña es un territorio pendiente de descolonizar. ¡Mare de Déu!

La noche anterior a la declaración unilateral de independencia Azaña, que había pasado a la oposición y se encontraba en Barcelona, advirtió al conseller de Justicia Lluhí de lo que podría ocurrirles: “No sabrían ustedes qué hacer con su victoria… Todos los resortes del Estado funcionarían de manera automática… No durarían ni dos horas”. A eso es a lo que sin duda se refería el otro día el exquisito Xavier Corberó cuando auguraba a María Marañón que “esto terminará mal a nada que vaya bien”.

Mas ha resultado ser un frívolo aventurero sin escrúpulos que ha huido así de rendir cuentas sobre la corrupción maremágnum del clan Pujol y la quiebra técnica de la Comunidad Autónoma que ha presidido

 

Lluhí replicó a Azaña que lo que se avecinaba era “una demostración pacífica” y que “todo pasaría de manera alegre y sin choques”. También le desveló sus cartas: “Luego cederemos unos y otros. Aquí tendremos que ceder… en Madrid también cederán y todo pasará en paz”. O sea lo mismo que sotto voce repite hoy el entorno de Mas.

Los hechos dieron la razón a Azaña. En sus memorias de aquellos años, certeramente tituladas La pequeña historia de España pues durante toda la Segunda República la grandeza brilló por su ausencia, Lerroux presenta el pulso con Companys como una cuestión de testosterona: “Pudo inmortalizarse él, si hubiese tenido…lo que le falta. O pude inmortalizarle yo, si me hubiese faltado lo que me sobra”. Cambó, opuesto al balconazo, rebaja varios grados la dimensión del conflicto: “No fou més que una gran criaturada”, escribirá a los pocos meses.

Pues ahí vamos: de chiquillada en chiquillada hacia la gamberrada final. Pero si en aquel momento convulso en el que hasta fallaban los teléfonos, funcionaron los “automatismos del Estado”, esta vez -con cada escena televisada en directo- ocurriría lo mismo, con la diferencia de que, en lugar del estado de guerra, se aplicaría el artículo 155 de la Constitución y en lugar de un par de tanquetas, bastaría con mandar a la Generalitat la nota de prensa de la Unión Europea respaldando nuestro orden constitucional.

A ese guión es al que debería haberse ceñido el Gobierno en lugar de fantasear sobre “corralitos”, tasas de paro y una Liga sin el Barça. Nada de eso sucederá porque la guerra de Troya no tendrá lugar. Hay líneas rojas que no se pueden cruzar sin que se dinamiten los puentes. Ni siquiera Rajoy podría aceptar una declaración de independencia -o sea la destrucción de España- sin suspender de inmediato la autonomía de Cataluña, con el respaldo abrumador de la opinión pública y la comunidad internacional. Una UE cargada de corsos, bretones, bávaros y lapadanos no va a admitir jamás un precedente que la corroería  mediante el efecto contagio desde su flanco sur.

He aquí la única certeza: sea cual sea el resultado de este domingo, el independentismo catalán está inmerso en un viaje a ninguna parte, condenado a eternizarse como aquellos interminables trayectos de los renqueantes tranvías de la Barcelona de hace un siglo, en los que, según las bromas de L’Esquella de la Torratxa, de los mayores sólo quedaba el esqueleto, a los jóvenes les crecían luengas barbas, los conejos se reproducían por doquier y hasta el más pequeño cactus se hacía gigantesco, pero nunca se llegaba al destino deseado.

Lee la serie ‘Espejos de Cataluña’:

El rey de los ‘castells’ / El decano de la Boqueria / La sobretituladora del Liceu / El retratista de la Rambla / El exportador de cava

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‘El libro negro del periodismo en Cataluña’

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’ / 5. ‘La tele de la mitad’ / 6. ‘La opinión dependiente’

 

 

Ortega y Azaña: las ideas de dos españoles sobre Cataluña en 1932

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El Congreso debatió en mayo de 1932 el proyecto de Estatuto catalán que había presentado la Generalitat de Francesc Macià. El borrador pretendía la instauración de un régimen federal y una amplia concesión de competencias para Cataluña. Entre los diputados que hablaron se encontraban Manuel Azaña y José Ortega y Gasset.

El Congreso de los Diputados debatió en mayo de 1932 el proyecto de Estatuto catalán que había presentado la Generalitat de Francesc Macià. El borrador pretendía la instauración de un régimen federal y una amplia concesión de competencias para Cataluña. Estas intenciones, que no estuvieron presentes en el documento que se aprobó al final, suscitaron un debate afilado y confuso, reflejado en las intervenciones de los portavoces de los distintos grupos parlamentarios, que se prolongaron durante meses. Entre ellos se encontraban Manuel Azaña y José Ortega y Gasset.

Azaña ya era uno de los rostros más distinguidos del parlamento. Presidía el Consejo de Ministros y había encabezado poco antes el segundo Gobierno provisional de la República. Ortega participaba en la discusión desde el escaño que obtuvo por la provincia de León, representando a la Agrupación al Servicio de la República: un partido que él mismo había creado junto a otros intelectuales como Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala.

Sus intervenciones no tuvieron lugar el mismo día. Ortega dio su versión de lo que tenía que ser el Estatuto el 13 de mayo y Azaña ofreció la suya 14 días después. Ambos se lanzaron dardos envenenados y sus aportaciones tienen la apariencia de un duelo dialéctico.

Tanto uno como otro apostaban por un objetivo: la aprobación del Estatuto. Pero los caminos que proponían para llegar a él eran casi irreconciliables. Quizá por eso escribiera Azaña en sus diarios unos meses antes: “Por lo visto, entre este hombre y yo [refiriéndose a Ortega], toda cordialidad es imposible”. Los discursos de Ortega y Azaña plantean heridas abiertas y problemas que no se han resuelto 80 años después.

Hacia la concordia

Ortega advertía al principio de su intervención de la novedad y la importancia que suponía el debate de la carta autonómica catalana: “Ningún diputado recordará un discurso en el cual se tratase a fondo y de frente el problema de las aspiraciones de Cataluña”. Azaña también apelaba a la cámara para subrayar lo alarmante de la situación: “A nosotros, señores diputados, nos ha tocado vivir y gobernar en una época en que Cataluña no está en silencio sino descontenta, impaciente y discorde”.

La aprobación del Estatuto, que ambos pretendían, supondría, según el filósofo, tan sólo un acercamiento a la concordia. Sin embargo, Azaña creía en el texto autonómico como un modo de solucionar el problema desde su raíz. Dijo Ortega:

“¿Qué diríamos de quien nos obligase sin remisión a resolver de golpe el problema de la cuadratura del círculo? El problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los españoles”.

Catorce días después y probablemente dándose por aludido, Azaña explicó: “Estamos delante de un texto parlamentario que aspira, ni más ni menos que a resolver el problema político que está ante nosotros. Aspira a resolverlo, señores diputados. ¿Por qué no?”.

Ortega se refirió incluso al “destino trágico” del problema catalán:

“Es un problema perpetuo, que ha sido siempre, y seguirá siendo mientras España subsista. Este es el caso doloroso de Cataluña; es algo de lo que nadie es responsable; es el carácter mismo de ese pueblo; es su terrible destino, que arrastra angustioso a lo largo de toda su historia”.

A lo que respondió Azaña:

“Yo no discuto la exactitud de esta descripción o percepción del señor Ortega; no la discuto, pero sí me será permitido decir que la encuentro un poco excesiva y, si no se me toma a mal la palabra, un poco exagerada”.

Más adelante, y de forma reposada, Azaña trataría de desmontar de nuevo la concepción trágica de la que hablaba Ortega:

“A mí se me presenta una fisonomía moral del pueblo catalán un poco diferente de ese concepto trágico de su destino, porque este acérrimo apego que tienen los catalanes a lo que fueron y siguen siendo, esta propensión a lo sentimental, que en vano tratan de enmascarar debajo de una rudeza y aspereza exteriores, ese amor a su tierra natal en la forma concreta que la naturaleza le ha dado, esa ahincada persecución del bienestar y de los frutos del trabajo fecundo, que es, además, felizmente compatible con toda la capacidad del espíritu en su ocupación más noble y elevada, me dan a mí una fisonomía catalana pletórica de vida, de satisfacción de sí misma, de deseos de porvenir, de un concepto sensual de la existencia poco compatible con el concepto de destino trágico”.

Este cruce de declaraciones llevaría a los socialistas republicanos a acusar a Ortega de no comprender los hechos diferenciales del pueblo catalán. La oposición reprocharía a Azaña, en cambio, que era demasiado amable y benevolente con los catalanes cuando éstos exponían sus “diferencias” para conseguir más autonomía.

El particularismo

Ortega y Gasset aprovechó su intervención para bautizar el problema catalán y acuñar el término “nacionalismo particularista” como su causa principal. El filósofo se mostró tajante en cuanto una hipotética solución del nacionalismo, más allá de la efervescencia del problema político catalán:

“La solución del nacionalismo no es cuestión de una ley, ni de dos, ni siquiera de un Estatuto. El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelven en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas. Un Estado en decadencia fomenta los nacionalismos: un Estado en buena ventura los desnutre y reabsorbe”.

Ortega y Azaña, tan discrepantes, coincidieron en la pujanza del problema político catalán, por lo menos desde mucho tiempo atrás hasta ese momento, a pesar de que el filósofo descartara una posible solución y el líder republicano buscara encontrarla en el Estatuto. Dijo Ortega:

“Ese pueblo, que quiere ser precisamente lo que no puede, vive casi siempre preocupado y como obseso por el problema de su soberanía, es decir, de quien le manda o con quien manda él conjuntamente. Por cualquier fecha que cortemos la historia de los catalanes encontraremos a éstos, con gran probabilidad, enzarzados con alguien, y si no consigo mismos”.

A lo que replicó Azaña:

“Hay grandes silencios en la historia de Cataluña; unas veces porque está contenta, y otras porque es débil e impotente; pero en otras ocasiones este silencio se rompe y la inquietud, la discordia, la impaciencia, se robustecen, crecen, se organizan, se articulan, invaden todos los canales de la vida pública de Cataluña, y embarazan la marcha del Estado. Entonces ese problema moral, profundo, histórico, del que hablaba el señor Ortega y Gasset, adquiere la forma, el tamaño, el volumen y la línea de un problema político”.

Por la autonomía

A medida que avanzaban sus discursos, tanto uno como otro, fueron centrándose en aspectos más concretos, empezando por la autonomía y terminando con el posible pacto fiscal, tan discutido hoy. Ambos estaban a favor de dar competencias a las distintas regiones.

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Decía Ortega: “Si a estas horas todas las regiones estuvieran implantando su autonomía, habrían aprendido lo que ésta es y no sentirían esa inquietud, ese recelo, al ver que le era concedida en términos estrictos a Cataluña. Habríamos, pues, reducido el enojo apasionado que hoy hay contra ella en el resto del país. La autonomía es el puente tendido entre los dos acantilados”.

Así le respaldó Azaña: “No se juzgarán jamás con acierto los problemas orgánicos de la autonomía si no nos libramos de una preocupación: que las regiones autónomas, después que tengan la autonomía, no son el extranjero; son España, tan España como lo son hoy; quizá más, porque estarán más contentas”.

Al afrontar el tema de la cultura, Ortega advirtió del peligro que supondría dotar a Cataluña de amplias competencias en este ámbito:

“A crear una cultura siempre hay derecho, por más que la faena no sea sólo difícil sino hasta improbable; pero ciertamente que no es lícito coartar los entusiasmos hacia ello de un grupo nacional. Lo que no sería posible es que para crear esa cultura catalana se usase de los medios que el Estado español ha puesto al servicio de la cultura española, la cual es el origen dinámico, histórico, justamente del Estado español”.

Azaña, en cambio, se mostró partidario de ser “generosos” en las transferencias educativas:

“Esta es la parte más interesante de la cuestión para los que tienen el sentimiento autonómico, diferencial o nacionalista, porque es la parte espiritual que más les afecta, y singularmente lo es de un modo histórico, porque el movimiento regionalista, particularista y nacionalista de Cataluña ha nacido en torno a un movimiento literario y una resurrección del idioma, y por lo tanto, es en este punto no sólo donde los catalanes se sienten más poseídos de su sentimiento, sino donde la República, juzgando y legislando prudentemente, debe ser más generosa y comprensiva con el sentimiento catalán”.

Una Hacienda propia

El orden público adquiría en aquellos momentos una especial relevancia por lo convulso de la década de los 30. Los protagonistas de estas intervenciones, enmarcadas en mayo de 1932, presenciarían tan sólo tres meses más tarde el intento de golpe de Estado del general Sanjurjo. En esta materia, filósofo y político volvían a estar de acuerdo. Así lo mostraban estas palabras de Azaña: “Por estas razones, que ya apuntó el señor Ortega y Gasset, que tampoco era partidario de dividir la función del orden público con el Gobierno de Cataluña, se trata de encontrar el órgano de enlace porque no se puede admitir la idea ni la organización de la duplicidad de los servicios paralelos”.

Este rechazo a la duplicidad del orden público en un mismo territorio también fue rechazada por ambos en lo referente a la justicia. Decía Ortega: “Déjese a los catalanes su justicia municipal; déjeseles todo lo contencioso-administrativo sobre los asuntos que queden inscritos en la órbita de actuación que emana de la Generalidad, pero nada más”. Así lo suscribió Azaña: “No tendría sentido atribuir al parlamento la legislación en una materia y atribuir la facultad de sentar jurisprudencia a un tribunal local”.

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En cuanto al sistema económico, Azaña llegó a hablar de una “Hacienda propia para Cataluña” y la calificó de algo “indiscutible”. Ortega, en términos más generales, explicó así la posición de su grupo parlamentario: “Deseamos que se entreguen a Cataluña cuantías suficientes y holgadas para poder regir y poder fomentar la vida de su pueblo dentro de los términos del Estatuto: lo hacemos no sólo con lealtad, sino con entusiasmo; pero lo que no podemos admitir es que esto se haga con detrimento de la economía española”.

Ambos se mostraron tajantes al afirmar que las concesiones a Cataluña tenían que detallarse con cuidado. “La cesión de tributos la admite el Gobierno y está bien seguro de que, al aceptarla, no cede parte ni toda la soberanía nacional”, explicó Azaña. Ortega, por su parte, aseguró: “No es posible entregar ninguna contribución importante, íntegra, porque eso la desconectaría de la economía general del país, y la economía del país, desarticulada, no podría vivir con salud, mucho menos en aumento y plenitud”.

El debate de la soberanía

Manuel Azaña y José Ortega y Gasset terminaron sus discursos exhortando a la cámara a la aprobación del Estatuto. Decía el filósofo [a los diputados catalanes]: “No nos presentéis vuestro afán en términos de soberanía, porque entonces no nos entenderemos. Planteadlo en términos de autonomía. Lo importante es movilizar todos los pueblos españoles en una gran empresa común. Para esto es necesario que nazca en todos nosotros lo que en casi siempre ha faltado aquí, lo que en ningún instante ni en nadie debió faltar: el entusiasmo constructivo”.

Azaña se extendió y utilizó un tono más político. Al fin y al cabo, era presidente y representante del grupo parlamentario más numeroso: “Todos los españoles están convocados a esta obra política. Cada cual desde su sitio”.

Las palabras de Ortega y Gasset resumen una concepción del problema catalán “trágica” pero “realista”.

“La vida es esencialmente eso: lo que hay que conllevar”, dijo el filósofo. “Sin embargo, sobre la gleba dolorosa que suele ser la vida brotan y florecen no pocas alegrías. [El Estatuto] es restar del problema total aquella porción de él que es insoluble, y venir a concordia en lo demás. ¡Creed que es mejor un tipo de solución de esta índole que aquella pretensión utópica de soluciones radicales! [en clara referencia a la posición sostenida por Azaña] La utopía es mortal, porque la vida es hallarse inexorablemente en una circunstancia determinada, en un sitio y en un lugar, y la palabra utopía significa, en cambio, no hallarse en parte alguna, lo que puede servir muy bien para definir la muerte”.

Manuel Azaña, que confiaba en el Estatuto para aplacar el temporal, terminó su discurso vaticinando un futuro difícil para España, a pesar de no contemplar el “destino trágico” de Cataluña del que hablaba Ortega: “Sé que es más difícil gobernar a España ahora que hace 50 años, y más difícil será gobernarla dentro de algunos años. Es más difícil llevar cuatro caballos que uno solo. El país está en pie, cruzado por apetitos de toda especie, por ansias de toda clase”.

Las cinco lecciones de la campaña

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Acaba de terminar la campaña más importante para Cataluña desde 1980. Aquí van cinco lecciones de dos semanas de mítines, debates y momentazos.

¿Cómo votarán los catalanes? Una predicción del 27S a partir de las encuestas

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El próximo domingo se celebran unas elecciones transcendentales en Cataluña y muchas preguntas permanecen abiertas: ¿logrará Junts pel Sí una mayoría absoluta? ¿Quién será la segunda fuerza? Aquí Kiko Llaneras aborda esas preguntas usando un modelo estadístico de predicción. 

También en EL ESPAÑOL:

El promedio de las encuestas. El primer paso para la predicción hecha en este artículo.

Así son los catalanes que votarán el 27S: una radiografía en cinco gráficos. Una radiografía de los votantes del 27S según su edad, su origen, su nivel de estudios o su renta.

Radiografía de los votantes españoles (I). Donde María Ramos y yo analizamos la edad, profesión, nivel de estudios y la clase social de los votantes del PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos.

Radiografía de los votantes españoles (II). Una radiografía similar a la anterior pero que responde otra pregunta: ¿cómo es la ideología de los votantes de cada partido?

Acaba de terminar la campaña más importante para Cataluña desde 1980. Aquí van cinco lecciones de dos semanas de mítines, debates y momentazos.

1. Los ‘shows’ cuentan.

El icono de la campaña será Miquel Iceta. Empezó bailando y acabó bailando. Son detalles a veces inocuos pero que han dado un foco a Iceta que, por ejemplo, Ramon Espadaler de Unió no ha logrado. Otros partidos criticaron su banalidad, pero vieron rápido que sonaban gruñones. ¿Hubo un asesor que pidió a Iceta que bailara? Probablemente no. La naturalidad fue su victoria: Iceta baila y cuando baila lo da todo. El mitin de final de campaña del PSC tenía el eslogan de “Ven a bailar con Iceta” y el hashtag #Icetalopeta.

Hubo también lenguaje de indios: “Grandes jefes venir reserva catalana para decir a indígenas lo que conviene votar”, dijo Artur Mas. Se refería a los líderes de PP, PSOE y Podemos y pedía para ellos “un corte de mangas”. Pablo Iglesias le respondió con una parrafada en indio. Sus mejores metáforas fueron “coleta morada”, “gran jefe plasma” y “pájaro naranja”. Las bromas llegaron a twitter.

Puede ser que algún mote quede. Pablo Iglesias no se conformó con este lenguaje. También se lanzó a versionar a Krahe. El baile de Iceta tuvo más éxito.

El tercer show fue el más serio. En la fiesta de la Mercè en el Ayuntamiento de Barcelona hubo una pelea de banderas. Aquí se cuenta bien qué pasó. Todos acabaron por pedir disculpas. Hay shows tan ridículos que pueden ser arriesgados. Pero la lección no es ésa sino esta otra: los votos se ganan de maneras muy distintas.

GRA487. BARCELONA, 23/09/2015.-El candidato a la presidencia de la Generalitat por la CUP, Antonio Baños, interviene en el acto político que se celebra esta noche en Cornellà de Llobregat (Barcelona), de cara a las elecciones del 27S. EFFE/Toni Albir
EFE/Toni Albir

2. Algunos líderes mueven (aún) pasiones.

Miquel Iceta destacó por su baile. Luego en los debates fue serio, pero era uno más. Si hubo alguien que destacó en la dialéctica fue Antoni Baños, de la CUP. Baños tiene ese aspecto de yo pasaba por ahí. Como si estar en la tele rodeado de famosos no fuera con él. Excepto los equilibrios sobre la investidura, ha hablado con poco control. Baños bromea con los periodistas (recuerda que lo fue) y coleguea con todos. Es difícil que Baños caiga fatal y que (más allá de ideologías) no se piense que es el tipo más normal. Si la CUP mejora aún más sus perspectivas, su candidato habrá tenido un peso.

Los otros líderes fueron resultones pero ninguno logró destacar con consistencia.

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3. Los líderes no autonómicos también mueven votos.

Ciudadanos y Catalunya Sí que es Pot han jugado con dos equipos. Los titulares (Inés Arrimadas y Lluís Rabell) han tenido unos sustitutos que han jugado casi más: Albert Rivera y Pablo Iglesias. El objetivo obvio de ambos es que sus votantes identifiquen a sus partidos con ellos.

Todos los candidatos de estas elecciones eran nuevos. Pero la marca previa de Ciudadanos y Podemos luce de momento más que la otras siglas tradicionales. El mejor modo de recordarlo a los votantes es que sus lideres estuvieran en todas partes. Eso explica su ubicuidad.

4. Las preguntas importantes siguen sin respuesta.

La lista que logrará más votos (Junts pel Sí) dio a estas elecciones un tono épico: “El voto de tu vida”. Veníamos de lemas como “ahora o nunca” o “ha llegado la hora”. Si Cataluña puede independizarse el día 28 de septiembre de repente, los ciudadanos que dudan debían tener más respuestas: ¿seguirían siendo españoles y europeos? ¿El euro sería aún la moneda y los bancos no tendrían problemas? ¿Las pensiones estarían garantizadas? ¿La liga sería solo catalana? Las preguntas no son aún sobre la calidad del “país nuevo” sino sobre la viabilidad de una transición.

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El problema catalán en 21 fichas 

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Las preguntas, al menos, han empezado a debatirse. Las disputas han sido cada vez más concretas y serias y culminaron en el debate entre Oriol Junqueras y el ministro García Margallo. Pero sigue sin saberse nada con certeza total. Unos insisten en que es obvio que irá bien porque no puede ir de otro modo y que sería absurdo poner trabas en el siglo XXI. Otros insisten que todo irá mal porque a quién se le ocurre levantar fronteras en el siglo XXI. Pero no hay nada pactado. La comunidad internacional no asumirá un cambio inmediato, definitivo pero con alfileres el 28 de septiembre.

A pesar de la épica y con una metáfora que usó Maiol Roger, de El País, en una charla en la radio, ahora “estamos en cuartos de final”. Quien gane pasará a semifinales. Las preguntas aún abiertas necesitan respuestas. Las respuestas necesitan que los votantes las reflexionen. La campaña electoral de las generales no será un momento de pausa para hablar, pero quizá luego sí. Sólo quizá. El año 2015 prometía sacudidas. Pronto todos tendremos ganas de que termine.

GRA444. OLOT (GIRONA), 14/09/2015.- El presidente de la Generalitat, Artur Mas, asiste a un acto de campaña de Junts pel Sí en Olot. EFE/Robin Townsend
Robin Townsend / EFE

5. El ‘president’ más probable no ha bajado del bus.

Estas elecciones tenían un tema principal y no era la gestión del último Gobierno. Se ha comentado mucho la jugada maestra de Mas para seguir si las encuestas aciertan como president sin tener que hablar mucho de recortes, corrupción o deuda. La lista de Junts pel Sí se mueve con otros códigos, llenos de deseos y emoción, pero lejos de políticas públicas específicas. No les que tocaba ahora, ha sido el argumento.

En junio el partido de Mas caía en las encuestas. La gestación de esta lista fue difícil. Hubo unos días en julio en los que la “lista sin políticos” ganó peso y Mas dudó si dejar que hicieran la lista sin él, como cuenta este magnífico reportaje de Crític. Al final se impuso y es probable que le salga bien su jugada: seguir de presidente. Si sólo le hubiera interesado la presidencia, la lista de la sociedad civil tenía mejores perspectivas electorales.

Si optó por este camino es porque no quería sacrificarse aún. Como dijo en una entrevista a Mónica Terribas, “después de todo lo que he hecho puedo pedir una reflexión” y tengo “el pequeño derecho de hacer propuestas”. Su propuesta fue usar a ERC, la Assemblea Nacional de Catalunya y Òmnium. Si no aceptaban, no había elecciones el 27 de septiembre.

También en EL ESPAÑOL:

Lee la serie ‘Espejos de Cataluña’:

El rey de los ‘castells’ / El decano de la Boqueria / La sobretituladora del Liceu / El retratista de la Rambla / El exportador de cava

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Pla y Cambó se citan en el Ritz

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Se instalan cara a cara. Más que su jefe, Cambó es casi su padrino. Hay una gran afinidad de carácter y un tremendo respeto mutuo que ha cuajado en la obra ditirámbica que Pla ha publicado recientemente sobre él. Al ser Cambó elegido diputado en los últimos comicios por Barcelona, se ven con frecuencia. Pero es la primera vez en bastante tiempo que el propio Cambó lo cita, y Pla tiene curiosidad por saber el motivo.

Ilustración: Carlos Rodríguez 

Para esta entrevista era necesario acercarse al Ritz de los años 30 y lo he hecho. Mientras el camarero se aleja, Josep Pla se acomoda en su butaca y lanza una ojeada a su alrededor. Con la apertura de las Cortes, el vestíbulo del Ritz -al igual que el del Palace- está animadísimo. La política vuelve a carburar y las mesas están casi todas ocupadas, con los diputados tomando café o licor o fumando. Por todas partes se ven corrillos discretos de caballeros ataviados de tarde, con trajes elegantes. Reconozco a Santiago Alba, el actual presidente del Congreso, en medio de un grupo de radicales, junto a una de las palmeras de ese jardín de invierno que tanto encandila a las damas de provincias; y  más allá al monárquico Goicoechea. También hay algún que otro hombre de la CEDA y por supuesto la plana principal de la Lliga regionalista catalana, que tiene en el Ritz su centro de operaciones.

Pla, que lleva unos años cubriendo la actualidad parlamentaria para La Veu de Catalunya, está más que familiarizado con todos estos caballeros y sus códigos. Cuando el vestíbulo del Ritz se ve medio desierto, con parejitas sentimentales aquí y allá, es que nada excepcional ocurre. Cuando se llena, algo se está cociendo. Se nota la excitación en el ambiente, en los aires conspiratorios de los corros políticos. Aquí está medio Madrid y también media Cataluña, o por lo menos esa parte de banqueros y empresarios asociados a la Lliga que pulula por los aledaños de las Cortes.

– Aquí tiene, señor Pla.

El camarero le trae un café con leche y media tostada, y Pla se lo agradece. De pronto la señorita de la mesa vecina se vuelve hacia él.

– Perdone, ¿es usted Josep Pla, el cronista de La Veu? Encantada de conocerle. Mi marido está suscrito a su periódico. Soy una sobrina del señor Ventosa –es el parlamentario de la Lliga del que Pla habla mejor–. En fin, sólo quería decirle que le leemos con asiduidad. Los catalanes debemos apoyarnos y más en estos tiempos. Estará usted que trina, con el president Companys en la cárcel y los derechos constitucionales suspendidos. Ésta no es la república que todos queríamos, no señor. No es esto, como ha dicho el señor Ortega y Gasset con gran criterio…

Pla esboza una media sonrisa (“Su tío es un gran parlamentario, perdone un momento”) y aprovecha que aparece Francesc Cambó por el otro extremo del vestíbulo para ponerse en pie. Cambó, que lo busca con la vista, endereza el rumbo. Hombre de poca estatura y seco de carnes, el presidente de la Lliga a sus 50 años todavía no ha perdido esa tensión nerviosa que le caracteriza. Un trabajo metódico y serio lo ha llevado a ser uno de los políticos más valorados y a su edad continúa manteniendo una actividad incesante en Madrid y Barcelona como propagador de las ideas regionalistas. Los años le han agrisado la barba corta; no así la mirada ni la inteligencia. Por el camino saluda a varios conocidos antes de llegar a la mesa donde espera Pla, a quien da un recio apretón de manos.

– Bona tarda, senyor Pla. Siéntese, y perdone que le hable en castellà, pero en los tiempos que corren no pasamos los catalanes por nuestro mejor momento… Es más discreto.

Se instalan cara a cara. Más que su jefe, Cambó es casi su padrino. Hay una gran afinidad de carácter y un tremendo respeto mutuo que ha cuajado en la obra ditirámbica que Pla ha publicado recientemente sobre él. Al ser Cambó elegido diputado en los últimos comicios por Barcelona, se ven con frecuencia. Pero es la primera vez en bastante tiempo que el propio Cambó, siempre bien informado de lo que ocurre entre bambalinas en Madrid, lo cita, y Pla tiene curiosidad por saber el motivo.

– Supongo que se habrá imaginado, dada mi insistencia, que acontece algo excepcional –empieza el político–. Ya habrá notado usted la electricidad que hay en el ambiente, con la apertura de las Cortes. Pues esto no es nada comparado con lo que serán los próximos días…Vamos a tener un otoño más que movido. Tengo noticias de que está a punto de estallar un gran escándalo que salpicará a las más altas instancias de esta República…-dice.

Pero se detiene, porque se acaba de dar cuenta de mi presencia. Pla le explica que hemos quedado para una entrevista y Cambó aprovecha para desaparecer, sin más. Las celebridades del pasado son así. Entonces, cansado del contexto, Pla me propone que salgamos al paseo de Recoletos y mientras lo hacemos se lía un pitillo calmosamente y achina los ojos.

– ¿No sería más lógico entrevistar a Baroja?… Seguramente estará en la cuesta de Moyano, ojeando libros.

– No, le estaba buscando a usted. Me interesa.

– ¿Yo? Soy un escritor catalán, te recuerdo.

– También publica artículos en castellano y dentro de unos años publicará hasta libros.

– Supongo que porque no habrá más remedio… Pero no me va bien este idioma. Está demasiado hinchado para mi gusto, demasiado barroco.

– Hay de todo. Están los Quevedos y están los Barojas. Están los veleros bergantines que van viento en popa, y está Antonio Machado.

Me doy cuenta de que la conversación va a ser complicada, porque a Pla es difícil sacarle de su hurañía, pero lo intento. Le cito a d’Ors, aprovechando que pasamos cerca de donde estará un día su monumento. Sé que es una de sus debilidades.

– Ah, D’Ors. Ha sido el más culto de todos los periodistas de La Veu, y de todos los escritores de la Barcelona de principios de siglo. Nadie, en Cataluña, tenía las lecturas que acumulaba don Eugeni, y yo leía con fruición cada uno de sus artículos durante casi quince años, hasta que dejó Barcelona en el año 20. Eran todos terriblemente nutritivos, sugerentes. Allí había referencias con las que yo construía mi cultura, que me indicaban en qué dirección dirigir mis lecturas.

– También lo frecuentó personalmente en las tertulias de la peña del Ateneo de Barcelona.

– En los años diez, en efecto. Él, Josep María de Sagarra, Francesc Pujols y Alexandre Plana eran, para mí, las personalidades más brillantes de aquella época.

– Es curioso que le haya gustado tanto d’Ors, cuando es un temperamento totalmente opuesto al suyo.  Sus textos están en las antípodas de Pla. Él trabaja con ideas y usted con cosas.

– Yo trabajo con la realidad. Siempre lo digo. Tener opiniones es algo relativamente fácil, pero en cambio una buena descripción… Eso es lo difícil, en literatura. Una descripción de verdad, de una persona, por ejemplo, en la que se vea todo, desde el aspecto físico de los pies a la cabeza, pasando por el efecto que produce, cómo piensa, dónde se posiciona, todo. ¿Cuántas veces se encuentra uno con eso? O un buen paisaje, con todos sus matices. Sólo Azorín ha sido capaz de intentarlo, aunque sea de una manera un tanto aritmética.

– Umbral, uno de sus admiradores, dice que Azorín no sabe coordinar…

– Una crítica malintencionada. Azorín busca una prosa voluntariamente aritmética y es de los pocos, junto con Baroja, que hace sonar el castellano de una manera diferente a la carraca esa barroca y burocrática que tanto gusta aquí.

– A usted, los escritores españoles le respetan. Consideran que hasta en castellano escribe usted bien, a diferencia de Baroja, del que siempre dicen…

– No me gusta que me utilicen para atacar a otros escritores.

– Gusta mucho su adjetivación, y se ha repetido mucho eso de que la literatura está en el adjetivo…

– Es que es cierto.

– Supongo que también estará en el ritmo.

– Es otro de los factores. Pero un adjetivo preciso… eso es una joya. El preciosismo de la literatura está en ese adjetivo. Si Valle-Inclán ha pasado a la historia de la literatura en castellano, es por eso.

– Pero usted no es tan etéreo como Valle. Él podría cerrar los ojos y seguir escribiendo sobre cualquier cosa. Usted en cambio necesita la realidad delante. Usted siempre tuvo los pies en la tierra.

– Yo he necesitado siempre escribir sobre las cosas que tenía delante, sobre lo que he vivido, sí.

– Así escribió sus dos diarios sobre Madrid, su Cartas de lejos y sus libros-reportaje como el que publicó sobre Rusia. Casi estoy tentado a decir que todas sus obras. Son textos muy sencillos pero que funcionan precisamente por esa acumulación de detalles verídicos sacados de la observación. En eso usted siempre ha estado muy cerca de Hemingway.

– Es un gran escritor, ese Hemingway. Es, curiosamente, el único que ha sabido escribir un libro sobre el mundo del toreo como Dios manda. Me ha gustado mucho Muerte en la tarde. Un gran trabajo.

– Cambiemos un poco de tema, ya que estamos aquí. ¿Por qué le gusta tan poco Madrid?

– Porque es una ciudad de tenderos, funcionarios, la villa de recreo de los aristócratas andaluces. Aquí sólo tenéis cortesanos. Es una ciudad con muy poca consistencia histórica. No tiene el pasado medieval de Barcelona. Es una construcción artificial y burocrática que nace a raíz de un capricho de Felipe II, cuando en la segunda mitad del siglo XVI se decide a construir su monasterio –una cosa horrenda, a mi juicio– y escoge la población más cercana como sede conveniente para su corte. Es una ciudad a la que le falta historia. No se la puede equiparar con Londres o París.

– Hubiera sido más lógico que Toledo fuera la capital de España, ¿no es así?

– Eso habría tenido más sentido. De todas maneras, yo la primera vez que llegué a Madrid venía de París, y aquello no se podía comparar. Todo esto resultaba muy pobre y algo triste en comparación. Se supone que una ciudad es la cristalización de un proceso histórico imperial…

– “Imperio”, una palabra muy d’orsiana.

– D’Ors está teniendo más influencia de la que parece, sí. En realidad ha influido más en José Antonio que Ortega. Pero como aquí se le ha leído poco, no se dan cuenta. Decía que una ciudad es la cristalización de un proceso histórico imperial, de un esfuerzo nacional importante, y ahí están las pruebas. Roma, Londrés, París, Viena, son todas la materialización arquitectónica y espiritual de sus respectivos imperios. Pero ¿Madrid? ¿Dónde se siente eso? Parece increíble que esto haya sido la capital de uno de los grandes imperios históricos.

– A lo mejor cuando se la hizo capital, ya empezaba a declinar el imperio… Pero vamos, algo le gustará a usted de esta ciudad. Al menos este paseo sí que le gusta.

– Este paseo es realmente maravilloso. Es lo único que se salva. El Madrid de los Austrias, pase, pero para Galdós. Los barrios bajos, bueno, tienen su personalidad, pero como todos los barrios bajos de cualquier ciudad. Y los barrios modernos son tan anodinos como cualquier barrio moderno. La Gran Vía aspira a ser de un funcionalismo norteamericano sin ningún interés. Pero este ensanche…, esta gran arteria que se abre desde Atocha y que llega hacia el norte, buscando el Guadarrama. El conjunto que forman el Prado, Recoletos y la Castellana, con su arbolado, sus fuentes y bancos, es  sencillamente una maravilla.

– Y está el Prado. La pinacoteca.

– El Prado es un museo que no se merecen los madrileños, ni los españoles. Es, en mi opinión, la mejor pinacoteca del mundo. Ninguna otra, ni siquiera el Louvre, alcanza su categoría. Es el mayor tesoro artístico del país, y solo por el Prado merece Madrid que la visitemos una y otra vez. Esta mañana estuve en él, paseando.

– Como d’Ors.

– ¿Le ha visto?

– No, todavía no porque está ahora mismo en París. Pero lo tengo pendiente. Siempre he pensado que usted y él son como Ortega y Baroja, dos temperamentos opuestos y complementarios. Son ustedes las dos mayores figuras de la cultura catalana de principios de siglo.

– Cataluña es un país pequeño.     

– ¿Quiere usted hablar del problema catalán, en estos momentos? Lo digo porque es una cuestión que va a traer mucha cola… Usted escribió un buen libro sobre el asunto, el que le dedicó a Cambó, muy ditirámbico, por cierto, en el que trazó la genealogía del pensamiento nacionalista catalán…

– El catalanismo, la existencia de Cataluña, no es un problema, como pensáis los castellanos; es una realidad. Aquí, tenéis tendencia a actuar como los ateneístas de nuestro amigo Azaña. Esa gente se reúne, debate los problemas del país, votan una solución, y piensan que el problema, así, estaba resuelto. Y resultaba, claro, que la realidad va por su cuenta y ni se ha enterado. Aquí, en Madrid, lo discutís todo en vuestro Congreso y en vuestros periódicos y vuestras tertulias, y pensáis que así quedan resueltos los problemas… Pero la realidad es muy tozuda.

– De siempre, los catalanes han querido ser muy ingleses a nivel de mentalidad política, muy pragmáticos.

– Es normal. Francia, en cuestión de centralismo, ha sido peor que ningún otro país. Y los catalanes franceses pueden atestiguarlo. En muchos sentidos, están peor que nosotros. Al final, fuerza es reconocerlo, no nos ha ido tan mal con España.

Es una bonita frase de cierre y como veo que Josep está nervioso por volver al hotel, decido despedirme y lo dejo alejándose por entre los plátanos crecidos de Recoletos. Es el autor catalán más importante del siglo XX y, según se aleja, me pregunto qué pensará Artur Mas de su obra. ¿Y de Cambó? ¿Cuánto ha cambiado el catalanismo desde sus tiempos a hoy? Yo diría que poco en lo esencial, pero todo en lo circunstancial. Se diría que han perdido el seny, y sin embargo están más cerca que nunca de su independencia efectiva. El resultado de las elecciones autonómicas nos dirá si todo ha sido un espejismo más o si el proyecto soberanista es una realidad viable, y veremos también si, al igual que en los años treinta, no se ve obligado el Gobierno español a suspender la autonomía. En los tiempos que corren, a mí, por lo menos, ya no me extraña nada.

Extranjeros por la independencia

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Una ‘tupamara’ uruguaya, una abogada griega y un ilustrador griego han creado una asociación independentista al margen de la ANC. Reivindican un independentismo distinto y dicen que la secesión traerá “menos paro” y “papeles para todos”.

Reportaje gráfico: David López Frías

Una ‘tupamara’ uruguaya, una abogada brasileña y un ilustrador griego han creado una asociación independentista al margen de la ANC. Reivindican un independentismo distinto y dicen que la secesión traerá “menos paro” y “papeles para todos”.

“Dicen que a los catalanes nos van a expulsar de la Unión Europea, del euro, del BCE, del FMI, de la ONU y hasta de la Liga. ¡Cojones! ¡Qué mala suerte! ¡Nos van a echar de todos lados menos de España!”.

Lo dice Ana Surra, que nació en Montevideo hace 63 años. Es uruguaya pero lleva once años en Barcelona, se siente catalana, se declara independentista y ejerce como tal. Figura en el número 47 de la lista de Junts pel Sí y es una de las fundadoras de Sí amb Nosaltres, una de las entidades que aglutinan a independentistas nacidos fuera de España. “Cada vez somos más los inmigrantes que nos damos cuenta de que no queremos seguir ni un minuto más gobernados por un Gobierno represivo y de derechas como el del Estado español”.

Surra vive en la zona barcelonesa de Nou Barris. Fue dirigente sindical, guerrillera y miembro del aparato militar de los tupamaros en Uruguay. Huyó de su país en 1975 después de un golpe de Estado y se instaló enValparaíso (Chile), donde se puso a trabajar para los pirquineros, los mineros más pobres del país. “Mi labor era alfabetizarlos peri también formación militar”, recuerda. Allí escapó de otra dictadura (la de Pinochet) y llegó a Panamá. De Centroamérica dio el salto a Europa. Primero a Bélgica, luego a Francia y por fin a Barcelona. “Llegué a Cataluña por un hombre”, dice con gracia. “Concretamente por mi nieto. Mi hijo se casó con una cubana que consiguió trabajo en Barcelona. Me instalé aquí para poder ver al niño”.

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Aquí Surra se ha integrado tanto que ahora centra sus objetivos en contribuir a que Cataluña se separe de España. “La independencia no es un anhelo exclusivo de los catalanes arraigados sino de todas las personas que vivimos en esta tierra y estamos hartos de las políticas del Gobierno español”, explica. “Somos 285.000 inmigrantes y cada día aumenta el número de los que nos hemos cansado”.

La asociación Sí amb Nosaltres nació una tarde en la que Ana Surra estaba viendo la tele. “Escuché a varios políticos de Madrid diciendo que en Catalunya no nos iban a dejar hablar castellano y me dije que eso era mentira”, explica. “Llevo más de 10 años aquí y nunca he tenido ningún problema con el idioma”.

Aquella indignación le llevó a comenzar a militar en la causa soberanista: “Empecé a asistir a actos de Súmate pero allí me dijeron que aquella era una entidad independentista para gente del resto de España. Al poco tiempo me propusieron montar un grupo que aglutinase a inmigrantes independentistas como yo”. De ahí pasó a organizar una primera reunión a la que asistieron personas de varias partes del mundo: “Había gente de Irlanda, Alemania, Rumanía, Uruguay, Paraguay, Argentina…”.

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Una abogada brasileña

En aquel primer encuentro estaba también la abogada brasileña Maria Dantas (Aracajú, 1969). Dantas fue una de las fundadoras de la asociación sectorial de inmigración de la Assemblea Nacional Catalana (ANC) pero acabó abandonando la entidad. “Les respetamos mucho y a menudo trabajamos juntos, pero no nos vimos plenamente representados y decidimos marcharnos para formar una entidad aparte”, aclara. Los planteamientos de ambas entidades difieren en detalles fundamentales. “Nosotros no hablamos de la Guerra dels Segadors ni de 1714 ni de la Secesión ni de las guerras borbónicas ni de la cuestión nacionalista histórica”, subraya Dantas. “La nuestra es una reivindicación mucho más actual por los derechos civiles, la justicia social y la democracia”.

El grupo lo forman sobre todo personas de Europa y Latinoamérica. Lo definen como plural y heterogéneo: “No hay un pensamiento único. Es una señal de salud democrática. Hay gente de izquierdas y de derechas. Yo celebro el abrazo entre David Fernández (CUP) y Artur Mas (CDC) porque creo que no fue el abrazo entre dos políticos de ideologías opuestas sino entre dos seres humanos con un anhelo común: la independencia”, explica María, que no desvela por quién de los dos votará.

“Igual no te voto”, le vacila a Ana Surra, que encaja bien el golpe: “Mi nieto me dice lo mismo porque no le gusta Artur Mas. Ha heredado el espíritu izquierdista de su abuela”, dice.

“En realidad el objetivo final debe ser quemar las banderas y construir un estado democrático y social”, explica Yorgos Konstantinou (Salónica, 1967). Este dibujante e ilustrador griego es otro de los miembros de Sí amb Nosaltres”. Se considera una persona de izquierdas y asegura que quiere romper con España “entre otras cosas porque quiero deshacerme de un estado que tiene raíces franquistas y una monarquía impuesta por un dictador”.

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El griego habla euskera

Konstantinou residió en el Berlín comunista durante los años 80. Allí colaboraba con el extinto semanario cultural Sonntag y vivió la caída del muro. Añorando la vida en el sur de Europa, se instaló en el País Vasco en 1995. “Lo primero que presencié al llegar a Bilbao fue una gran manifestación de vascos de todos los estratos sociales. Había jóvenes, ancianos, anarquistas, madres, punkis y niños con sus abuelos. Al día siguiente compré el diario El País para informarme de lo que había pasado. Lo único que publicó ese periódico fue que unos encapuchados habían quemado una bandera española en el ayuntamiento. Yo no me percaté de ese suceso, pero sí que vi que El País estaba obviando a 10.000 personas que habían salido a la calle. Ahí empecé a simpatizar con las causas independentistas de la Península”.

“España está utilizando el discurso del miedo para afrontar el problema de Cataluña”, dice Konstantinou. “Y si el miedo debe ser el motor de nuestras decisiones, apaga y vámonos”.

Los independentistas foráneos discrepan en las metáforas. El griego cree que la relación entre España y Cataluña es como “una pareja que no funciona”: “El miedo nunca va a ser la solución para recuperar ese cariño o esa confianza”. Ana Surra es mucho más dura y la compara a “una violación en la que el violador se queda en tu casa y te dice que no vas a poder hacer tu vida. Yo lo que quiero es que el violador se vaya ya”.

“Lo que ocurre es que ahora somos más y el violador está acorralado”, concluye la brasileña Maria Dantas.

En esta línea, Surra asegura que no se cree las amenazas que usan en España y en Europa para amedrentarnos. “¿Cómo nos van a echar del euro? En Sudamérica hay dos países, Panamá y Ecuador, en los que circula el dólar como moneda oficial. Aquí se podría usar el euro sin problemas”. Konstantinou recurre a los dos ejemplos europeos: “Kosovo y Montenegro utilizan el euro sin estar dentro del eurogrupo. En Cataluña no tendría por qué ser distinto”.

Sobre la hipotética salida de Cataluña de la Unión Europea, Ana Surra recurre a la historia de su país: “Hace doscientos años que Uruguay dejó de estar bajo el dominio español ¡Y el país no se quedó flotando en el espacio sideral! Permaneció donde estaba. Pudimos hacer nuestras propias leyes y un banco central que controla al resto. En Cataluña va a pasar lo mismo”.

Tampoco les ha provocado miedo la reciente declaración de los bancos catalanes que han amenazado con marcharse si llega a cristalizar la independencia. “En tres días 600.000 personas sacamos todo nuestro dinero de esas entidades y lo metemos en la Caixa d’Enginyers. Son los bancos los que deben teneros miedo y no nosotros a ellos”, sentencia Konstantinou.

Papeles para todos

Ana Surra enumera tres motivos fundamentales que un extranjero tiene para apoyar la independencia: “El trabajo, los papeles y la dignidad”.

“En cuanto acabe el expolio económico español, habrá más trabajo en Catalunya y los inmigrantes saldremos beneficiados”, dice Surra. Sobre los papeles, opina que las políticas de Madrid en ese sentido son injustas y subjetivas.

“Hay gente que pasa muchos años sin obtener el permiso de residencia”, dice la uruguaya. “Otros llegan, se compran una casa de 500.000 euros y tienen la residencia al día siguiente. En ese sentido, los partidos independentistas ya nos han asegurado que catalán será el que resida en Cataluña. Está escrito en la hoja de ruta de ERC y en su momento en la de CiU. También lo reflejan así desde la CUP. Por eso le decimos a todos los inmigrantes que con la independencia van a tener papeles pero que para ello deben seguir con nosotros organizados”.

Los miembros de Sí amb Nosaltres auguran un futuro brillante para los extranjeros en una hipotética república catalana. “Entre todos los inmigrantes hablamos 268 lenguas y eso será muy positivo para las relaciones diplomáticas y comerciales con los otros países”, dice Surra, que no habla catalán. “Seremos el único estado que pueda relacionarse con la diplomacia de las otras naciones en su idioma y de eso tendremos gran parte de responsabilidad los nuevos catalanes”.

Quienes sí hablan catalán son Maria Dantas y Yorgos Konstantinou. El griego también habla español, inglés, alemán, italiano, holandés, polaco y algo de euskera. “Cuando llegué a Bilbao, me propuse aprender tres palabras al día. A los seis meses ya podía mantener una conversación más o menos fluida con los vascos. Como un indio, sí. Pero un indio que habla euskera. Ésa fue una de las grandes diferencias que encontré en cuanto llegué Cataluña. Aquí cambian el idioma de forma automática en cuanto ven que eres extranjero. Enseguida se dirigen a ti en español. Este complejo debe cambiar en una Cataluña independiente”.

Los tres consideran que es demasiado tarde para el federalismo. “La tercera vía no tuvo éxito en la consulta del 9-N”, recuerda Surra. “España aún podría ganar muchos votos si hiciese un ejercicio de humildad, intentase convencernos y reconociese errores”, dice su colega griego.

“Tampoco le estamos pidiendo tanto a España. Sólo que haga lo mismo que hizo el “derechón Cameron en Inglaterra con Escocia y nos deje decidir”, ruega Dantas, que se niega a elogiar aquel proceso: “Lo que pasó simplemente fue un síntoma de normalidad democrática. No envidiamos aquel proceso. Cameron no es ningún santo. Lo único que hizo es respetar la normalidad y la ley. Es lo que le reclamamos a España”.

Konstantinou asiente: “Que no nos traten como a adolescentes y que al menos nos dejen soñar”.

Cinco razones por las que el nuevo vídeo del PP no ganará un solo voto en Cataluña

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El Partido Popular ha publicado un nuevo anuncio donde varios líderes dicen frases en catalán: Mariano Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría, Javier Maroto o Rafael Hernando. Es un modo nuevo de apoyar el PP catalán en las elecciones del domingo. Aquí van cinco motivos por los que es razonable dudar de su eficacia.


El Partido Popular ha publicado un nuevo anuncio donde varios líderes dicen frases en catalán: Mariano Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría, Javier Maroto o Rafael Hernando. Es un modo nuevo de apoyar el PP catalán en las elecciones del domingo. Aquí van cinco motivos por los que es razonable dudar de su eficacia.

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1. Porque hacerse los colegas a 48 horas de las elecciones son más nervios que estrategia.

El Partido Popular no se ha distinguido por su apoyo inquebrantable al catalán. El ex ministro de Educación, José Ignacio Wert, propuso una reforma educativa para “españolizar a los alumnos catalanes”. Rafael Hernando llamó “enfermos” y “energúmenos” a los aficionados del Barça que pitaron el himno nacional en la final de la Copa del Rey.

Las pocas ganas de negociación del presidente Mariano Rajoy han sido una de las excusas básicas del independentismo. Son frases y decisiones políticas obviamente legítimas, pero sitúan al PP en un ángulo del espectro. “Arenas hablando en catalán está en la lista de cosas que nunca hubiera pensado ver antes de morir”, dice Jorge Galindo, sociólogo en la Universidad de Ginebra. La simpatía con el catalán a 48 horas de las elecciones suena a electoralista.

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2. Porque la pronunciación no lo es todo.

Las caras de concentración al decir palabras difíciles en catalán de algunos dirigentes son maravillosas. Quizá por ese motivo han dejado esos “i jo” o “ni jo” a solas. Esa “j” requiere dedicación. “Ver a algunos líderes nacionales de otras comunidades de España hablando por primera vez en catalán puede resultar chocante”, dice el consultor político Daniel Ureña, socio fundador de Mas Consulting.

El final de Rajoy asustado con otro tipo de plano y sólo tres palabras -“perquè units guanyem”- es antológico. El acento impostado de la vicepresidenta en la última sílaba de “catalans” es aún mejor.

Captura de pantalla 2015-09-25 a las 14.27.043. Porque el castellano también es una lengua catalana.

En Cataluña se habla mucho en castellano y no pasa nada. Si los dirigentes del PP querían decir que aman a Cataluña, podían haber combinado ambas lenguas con naturalidad. En algún caso hubiera sonado más sincero. Nunca antes se les había escuchado hablar en catalán. Es, si cabe, más electoralista.

“El PP quiere subrayar que las identidades mixtas son parte de España, pero lo hace desde su posición más extrema en el eje centralista”, dice Galindo. Por eso es difícilmente creíble: “El PP lleva ya tiempo cayendo en Cataluña por ese motivo y no lo va a recuperar ahora”, añade Galindo.

“Sería mucho más natural si se combinara el castellano y el catalán, ya que eso refleja mucho mejor la realidad actual de Cataluña”, dice el consultor Ureña. “En Estados Unidos muchos candidatos, al intentar llegar al votante hispano, chapurrean algunas palabras en español y suele percibirse como artificial”.

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4. Porque no es coherente.

En Cataluña puede haber muchos problemas vinculados al nacionalismo, pero la lengua no es el principal. Si el PP no tiene complejos y es natural, no hubiera sido necesario usar el catalán de este modo ahora. A estas alturas de campaña, el recurso es más ridículo que útil.

“Si el partido hubiera mantenido este tono, un vídeo que lo condensara al final serviría para apuntalar la estrategia. Pero esto es nuevo y llega tarde”, dice Luis Marañón, consultor político. Esta novedad implica una incoherencia estratégica. Xavier García Albiol era un candidato perfecto para polarizar el panorama. Pero al final llega este vídeo con su toque de amabilidad. “Combina mensajes duros -’están muy equivocados’- con otros buenos”, dice Marañón. “Son mensajes bipolares. Las emociones deben ser coherentes: esperanza y miedo no encajan”. La suavización al final de la campaña hace que toda pierda constancia y naturalidad.

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5. Porque en el eslogan final se ve el plumero.

El eslogan final es un ejemplo del cambio de estrategia. El lema de toda la campaña ha sido “Plantemos cara”. Pero este vídeo tiene como frase clave “Unidos ganamos”. No parecen frases del mismo estilo. El nuevo reclamo se parece mucho además a un eslogan habitual de Ciudadanos -“Mejor unidos”- y al “Better together” escocés.

En el mismo Partido Popular reconocen que su estrategia en algún caso ha sido errónea. Un vídeo en catalán difícilmente va a cambiarla.

 

 

El cine teme a ETA

etaImanol Uribe aborda el más tabú de los temas en un drama sentimental, ‘Lejos del mar’. Cada vez se ruedan más títulos sobre la banda terrorista, pero la mayoría dan rodeos.

En la imagen, Eduard Fernández y Elena Anaya, los dos protagonistas del filme de Uribe.

Choque de ‘conciencias’ entre una víctima de ETA y la presidenta Barkos, por Gonzalo Araluce

 

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Eduard Fernández y Elena Anaya, los dos protagonistas del filme de Uribe.

Ayer se proyectó en San Sebastián Lejos del mar, la nueva película de Imanol Uribe, uno de los directores españoles que más ha hablado de ETA en sus películas. Con ésta continúa la trilogía comenzada con La muerte de Mikel (1984) y Días contados (1994). Uribe narra la historia de Marina (Elena Anaya). De niña vio cómo asesinaban a su padre delante de sus ojos. Ahora vive en un pueblo del Cabo de Gata. Está casada con un periodista y tiene un hijo, aunque no parece muy feliz en su matrimonio. Santi (Eduard Fernández), el etarra que mató a su padre, sale de la cárcel y va a dar al pueblo donde vive Marina, quien lo reconoce al instante.

En el pase para Prensa en San Sebastián se oyeron risas. ¿Qué es lo que falla para que un tema tan espinoso abordado en clave de drama sentimental acabe resultando cómico? “La intención de la película es bucear en ese problema, ese pasado colectivo que tenemos todos”, explica el cineasta a EL ESPAÑOL. ¿Puede ser malinterpretada esa intención? “Nunca sabes. La respuesta del espectador se me escapa”.

Más allá de lo improbable de la casualidad que lleva a Santi a cruzarse con Marina, lo que chirría en Lejos del mar es la trama posterior: Marina tratará primero de matar a Santi y después -atención, spoiler, no hay otra forma de analizar el filme-, acabará entregándose a su cuidado y, poco después, a sus brazos. Todo de forma bastante inexplicable, con diálogos sucintos que obligan al público a un ejercicio de imaginación. Como el final que propone Uribe, con una narración cinematográfica que oculta detalles y deja preguntas en el aire, como si el director de Bilbao no quisiera definirse en el terreno de la culpa y el odio. Asegura Uribe que el filme no trata de lanzar ningún mensaje. “No quería. He intentado huir de la política inmediata y hablar de sentimiento, de personas, de las secuelas que produce la violencia con el paso de los años”.

Para eso, ha dibujado a Santi como un buen tipo, que ayuda a sus amigos -a Almería acude para velar por su compañero de celda, un yonqui enfermo incapaz de ordenar su vida que lo ve como a un hermano mayor-, un hombre serio y abrumado por lo que hizo en su pasado. Uribe cree que también un etarra puede ser redimido. “Son personas, cada uno con su responsabilidad. No es lo mismo, ni de coña, que una víctima. Pero tienen su corazoncito, su pasado, su reflexión sobre lo que han hecho, sobre lo que podían haber hecho y no hicieron, y viceversa. La película podría no transcurrir en el País Vasco, podría haber sido en otro país y en otro momento. Trata un tema universal: la relación entre la víctima y el agresor”. Marina, en cambio, aparece ante nuestros ojos como alguien incapaz de superar el rencor.

No es la primera vez que el cine español habla de ETA y la situación del País Vasco durante las últimas décadas. De hecho, en los últimos años, parece un tabú que cada vez más va derrumbándose. Los ejemplos históricos llegaron con cuentagotas: Operación Ogro (1979), El proceso de Burgos (1979), del propio Uribe: Yoyes (2000), de Helena Taberna… Mario Camus contó en Sombras en una batalla (1978) el encuentro entre una ex etarra y un antiguo miembro de los GAL. Poco que ver con el encuentro entre víctima y verdugo. El GAL aparece también en Lasa y Zabala, de Pablo Malo (2014), una mirada necesaria pero incompleta a la realidad del País Vasco de aquellos años. Los títulos más recientes abundan: La casa de mi padre (2008), de Gorka Merchán, una historia familiar con el ambiente de la kale borroka de fondo; o Negociador, de Borja Cobeaga (2014), por citar sólo algunos.

Casos sin resolver

Uno de los cineastas que más claro han hablado sobre el terrorismo de ETA es Iñaki Arteta, un donostiarra que ha dirigido documentales como Voces sin libertad (2004), Trece entre mil (2005), El infierno vasco (2008) y 1980 (2013). “No creo que ya nadie tenga miedo a que le pase algo. Ni que nadie lo haya tenido, salvo quizá yo un poco y alguno más”, responde sobre el silencio del cine español sobre el tema vasco.

Un silencio a medias. ¿Ha habido películas? Sí. Desde 1978 hasta nuestros días se han producido en España unos 4.000 títulos entre ficción y documentales. De ellos, entre 50 y 60 se han acercado a ETA. Pero sólo unos pocos lo han hecho de frente. No más de una decena. Para Arteta, “tiene que ver con el enfoque que se ha dado desde el mundo del arte en general a cómo encuadrar a un terrorista de corte nacionalista. Porque cómo retratar a un terrorista de extrema derecha, eso lo tiene claro todo el mundo. Pero a un nacionalista… La gente del cine no ha querido adentrarse en eso”. Arteta cree que “más que miedo, hay un rechazo a un tema que los directores intuyen como muy complicado”.

Arteta trabaja ya en su nuevo documental, que lleva provisionalmente por título Impunidad. Intenta levantarlo con crowdfunding, aunque con pobres resultados de momento. En él se acercará a los asesinatos relacionados con la banda terrorista que siguen sin resolverse. Expedientes cerrados, callejones sin salida… Habrá testimonios de víctimas e investigaciones de Daniel Portero y Juanfer F. Calderín, de Covite.

Al margen de esfuerzos aislados como el de Arteta, ETA sigue siendo un emperador desnudo al que muy pocos señalan con el dedo de forma directa. Hay aventuras dramáticas, ficción variada, pero en muchos casos se sirven de giros o argumentos que evitan el posicionamiento y el conflicto. Otros lo intentan pero se quedan a medio gas. Para algunos los atentados de ETA son sólo un telón de fondo para la historia que quieren narrar.

En los últimos años se han acercado sin entrar en profundidad en el problema películas como La pelota vasca (2003), de Julio Medem, documental en el que daba voz a uno y otro lado, las víctimas de ETA y las de torturas de las fuerzas de seguridad y la guerra sucia del Estado; tampoco metía el dedo en la llaga Todos estamos invitados (2008), de Manuel Gutiérrez Aragón. El Lobo (2004), de Miguel Curtois, y Santuario (2015), de Olivier Masset-Depasse, eran más thrillers históricos sobre diferentes momentos de la banda.

Demasiada equidistancia

Para Arteta, no hay apenas películas que reflejen “lo que ha significado en la sociedad todo esto. Ahí no se le hinca el diente. Llegará el momento. Entiendo que es complicado. Falta tiempo”. Y hace una reflexión: “Mira qué se estrenó en 1980. El año con más muertes de la banda. La primera de Almodóvar, una de Julio Iglesias… Miras las ciento y pico películas de ese año y piensas que en España no pasaba nada”. Aunque tiene una clave que conviene recordar: “Las películas que se hacen son las que quieren los productores”.

Ha habido incluso filmes que se sitúan en una equidistancia peligrosa entre el País Vasco pro-ETA y el que sufre a la banda como Asier Eta Biok (Asier y yo) (2013), de Aitor Merino, un documental en el que el director narra su amistad desde la infancia con el etarra Asier Aranguren, a quien cuestiona su filiación pero al que también da voz.

Arteta no ha visto aún el filme de Uribe y por lo tanto no puede opinar. Le da crédito de entrada: “En su trayectoria se ha preocupado mucho por el asunto y creo que no ha dado malos enfoques”. Días contados era una película muy buena, recuerda. Algo en lo que muchos estamos de acuerdo. Y aquí entramos ya en un asunto espinoso: la calidad del cine, al margen del enfoque elegido para abordar un tema tan complicado. Al final, lamenta Arteta, “lo que no hay son buenas películas. De las 50 o así que se han hecho de ETA, recuerdo 4 o 5 que podría decir que lo son”. Que cada cuál decida si el número es acertado. Y si es así, cuáles son las que se salvan.

El exportador de cava no se moja sobre el proceso de Mas

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Pere Guilera regenta una de las bodegas con más solera de la comarca del Penedès. El sector ha sobrevivido sin despidos a la crisis y al boicot al cava catalán. Aquí cuenta su historia y se resiste a pronunciarse sobre el proceso soberanista: “Venga lo que venga, ojalá me pille trabajando”.

Reportaje gráfico: David López Frías

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Pere Guilera regenta una de las bodegas con más solera de la comarca del Penedès. El sector ha sobrevivido sin despidos a la crisis y al boicot al cava catalán. Aquí cuenta su historia y se resiste a pronunciarse sobre el proceso soberanista: “Venga lo que venga, ojalá me pille trabajando”.

El ingeniero agrícola Pere Guilera (Subirat, 1949) es el propietario de Cava Guilera, una empresa familiar que cuenta con nueve hectáreas de viña y en la que sólo trabajan tres personas: él, su hija y su yerno. Guilera vende unas 25.000 botellas anuales. La quinta parte las exporta a países como Bélgica o Finlandia.

Guilera es uno de los productores de cava en activo más veteranos de la comarca del Penedès. Es hijo, nieto y padre de productores. Nació y creció en la misma finca en la que hoy vive y trabaja. Desde que era pequeño cuida de las viñas, pisa las uvas y acarrea las herramientas. “Eso no ha cambiado”, explica. “A los tres nos toca hacer de todo. Lo único que yo no hago es ponerme a hablar inglés con las visitas. Eso se lo dejo a mi hija”.

Guilera no ha conocido otro entorno ni tiene intención de hacerlo. “Mi hija me dice que ahora que me voy a jubilar debería ir pensando en otras distracciones. Yo le pregunto que si es que me quiere matar. No sabría estar fuera de este lugar”. Así cuenta él mismo la historia de la empresa:

Mi familia empezó a producir cava en 1927. Mi abuelo, Pere Guilera, trabajaba para un viticultor que se llamaba Calixto. Cuando hubo aprendido todos los secretos del oficio, decidió montar su propio negocio. Corría el año 1933 cuando compró esta finca y levantó su propia bodega. Lo hizo justo antes de la guerra. Al dejar de trabajar para un gran productor corría el riesgo de enemistarse con los de un bando. Al convertirse en nuevo propietario, podía ser considerado un traidor por los otros. Además se hipotecó para varios años en una época de incertidumbre económica. Tomó decisiones muy valientes. Por eso lo llamamos “agosarat” (atrevido en catalán). Hoy, 82 años después, su finca sigue funcionando a pleno rendimiento y nuestro mejor cava se llama así: “Agosarat”, en honor al atrevimiento del pionero y fundador de la empresa.

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Guilera no tiene visos de salir de las viñas. En los últimos quince años ha invertido mucho dinero en su empresa para fortalecerla. Pero no persigue producir más cava ni vender más botellas. Su estrategia ha sido la diversificación del negocio. “Hemos apostado por el enoturismo, que es lo que ha salvado la economía de este pueblo”, explica. “Todos los habitantes de Subirats se benefician de este tipo de turismo. Las bodegas porque los visitantes compran nuestros productos y realizan actividades. Los comercios de la zona porque aumenta el gasto en las tiendas. Los hosteleros porque la gente se queda a comer…”.  

Este nuevo tipo de turismo está atrayendo sobre todo a americanos, escandinavos y alemanes. “Son personas de un alto nivel cultural y entendidos en vino”, explica Guilera. “No es gente que viene a emborracharse. No queremos que vengan a beber sino a aprender y a divertirse”. 

“Lo llevamos haciendo desde principios del siglo XXI”, dice el dueño de la empresa. “Nos dimos cuenta de que este negocio no consiste sólo en beber y en vender. Decidimos montar un pequeño museo y explicar el proceso de fabricación del vino, la historia de la comarca, la presencia de los romanos. Proponemos paseos, acampadas entre los viñedos con autocaravana, aperitivos y comidas con maridajes. También ponemos a los turistas a pisar uva. Es una de las experiencias más divertidas. Vienen familias enteras”.

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Contra el vertedero

¿Es difícil cambiar las inercias de un negocio familiar? Guilera reconoce que hubo varios factores para dar el paso. Uno de ellos fue la lucha contra un gigante: “A finales de los 90 quisieron instalar en nuestro pueblo el gran vertedero de basuras del área metropolitana de Barcelona. Lo iban a poner aquí, delante de nuestras narices”, recuerda el propietario de la empresa, que cuenta que el proyecto ya estaba validado y a punto de ser aprobado por el pleno.

“El ayuntamiento había recibido incluso un cheque de cinco millones de pesetas como adelanto”, dice Guilera. Con muy poco margen de maniobra, en un tiempo récord y con la suerte casi echada, Pere lideró un movimiento ciudadano contra el proyecto. “Recogimos firmas, recurrimos a los medios, movilizamos a los vecinos, hablamos con el alcalde y protestamos delante del ayuntamiento. Todos trabajamos codo con codo”. Al final el alcalde se echó atrás. “Fuimos conscientes de que esa vez habíamos salvado nuestro entorno natural, pero podría haber un segundo intento. Por eso decidimos que teníamos que empezar a montar negocios que tuvieran al paisaje como  protagonista. El enoturismo es uno de ellos”.

El otro factor que llevó a Guilera a reinventar y diversificar su negocio pudo ser el intento de boicot a los productos catalanes durante los años de la batalla en torno al Estatuto catalán. Guilera reconoce que las ventas bajaron “de forma sensible”.

“Al fin y al cabo trabajamos con muchos clientes del resto de España”, explica.

Y sin embargo Guilera vio en el boicot una oportunidad: “Pensamos que podíamos establecer nuevas relaciones comerciales con otros territorios. Me di cuenta de que debía dejar de depender de la venta pura y dura de vino”.

Su carácter didáctico y el empuje de su hija, licenciada en Publicidad, hicieron el resto. Ahora es una de las bodegas del Penedès con más actividades para turistas. A pesar de aquel intento de boicot, Guilera sigue “confiando en los lazos comerciales y de amistad con el resto de España. Nuestras ventas allí suponen el 10% de nuestra facturación. Hemos empezado a trabajar con una tienda de Madrid que vende sólo cava”.

El propietario de la empresa intenta ser diplomático en todas sus respuestas y recuerda que el lema de la empresa es “Prohibido hablar mal de nadie” cuando el reportero le pregunta por su opinión sobre el proceso de independencia catalán. Enseguida muestra una escultura que le hizo un artista granadino después de una visita: “Tenemos amigos en todas partes”.

¿Le gustan a Guilera los espumosos que se producen en otros lugares de España? “No está mal pero en ningún otro sitio tienen la uva Xarel·lo, que es la que de verdad le da carácter a nuestro cava”.

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Mudo sobre el proceso

A las puertas de las elecciones, Guilera no se pronuncia de forma pública sobre sus preferencias políticas ni sobre la situación que está viviendo Cataluña: “Lo que yo opino del proceso es que, venga lo que venga, ojalá me pille trabajando”, bromea. No se moja en cuestiones políticas ni desvela si va a votar a favor de la independencia. Sí lo harán la mayor parte de sus vecinos: Subirats es uno de los ayuntamientos que se han adherido a la red de ayuntamientos por la independencia. El municipio tiene 3.000 habitantes y es el más extenso y disperso de la comarca.

“Yo no te diré si soy independentista o no”, dice el dueño de la empresa. “Yo soy Pere Guilera, un empresario. La figura del empresario no vota. Sólo trabaja e intenta crear puestos de trabajo”. Sus antecedentes tampoco dan muchas pistas. Fue concejal durante dos años en una plataforma local independiente llamada Subirats Un Nou Futur. “A los dos años me fui porque me aburría”, admite. “La política no es para mí. Me gusta hacer cosas por los demás pero no así”.

Pere Guilera está obsesionado por el bien común. Entiende que esa es la clave del éxito: “olvidarnos de individualidades y optar por la unidad”. El ejemplo que pone es el de la plaga de la filoxera en 1860: “Fue un desastre mundial. En la comarca del Vallès había 20.000 hectáreas de viña y no quedó ni una viva. En el Baix Llobregat 20.000 más a las que les pasó lo mismo. En el Penedès, en cambio, nos recuperamos enseguida. Mientras en el resto de comarcas tuvieron que optar por cambiar de cultivos, aquí estuvimos produciendo vino de nuevo a los 10 años. Esto se consiguió gracias a la solidaridad y el trabajo en equipo de Los 7 sabios de Grecia. 

Ése era el nombre con el que pasaron a la posteridad los siete principales viticultores de la comarca: Marc Mir, Rafael Mir, Manuel Raventós (de Codorniu), Francesc Romeu, Pere Rovira de la Foradada, Modest Casanovas y Antoni Escayola. Ante el desastre provocado por aquel insecto llegado de América que se comió todas las cosechas, los siete se reunieron para decidir si cambiaban de cultivo o intentaban recuperar la viña.

“Era gente ilustrada que había viajado a Francia para conocer la solución contra la filoxera”, recuerda Guilera. “Entonces la mayoría de los payeses y de los pequeños productores eran analfabetos. Los siete sabios tenían dos opciones: quedarse la solución para ellos solos y lograr el monopolio de la uva o compartir el remedio con el resto de los productores. Optaron por la segunda. Trabajaron para los demás. Convocaron un congreso con todos los viticultores y les dieron la clave: había que arrancar las vides e implantar nuevas variedades. Eso salvó la uva de la comarca”.

Pere Guilera cree que “el cava está viviendo su segunda edad de oro” después del boom de los 80 y 90. “Hemos pasado la crisis sin despidos, sin recortes de sueldos y sin ERE”, explica. “No hablo de mi empresa sino de las más de 200 que operan en la comarca. Somos un ejemplo”. Afirma no tener miedo a que la independencia catalana imponga aranceles, impuestos y fronteras: “Todos los cambios han de afrontarse con normalidad y con mucho trabajo. Mi abuelo montó esta empresa casi en mitad de la guerra. Pasó muchas tribulaciones y salió airoso. Tendríamos que quejarnos menos porque de todo se sale trabajando”.

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