¿Qué moneda adoptaría una Cataluña independiente? Los tres escenarios monetarios de la secesión

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Una de las cuestiones clave para una Cataluña independiente sería elegir cuál sería su moneda para intentar minimizar el impacto negativo de salir de la eurozona. De esta decisión dependerían los ahorros privados, el sistema bancario y los ciclos de crecimiento. Toda la economía dependerá de esta simple elección: ¿qué divisa elegir?

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Una de las cuestiones clave para una Cataluña independiente sería elegir cuál sería su moneda para intentar minimizar el impacto negativo que tendría salir de la eurozona. Aunque no lo parezca, la teoría monetaria pone a su alcance muchas posibilidades. De esta decisión dependerían los ahorros privados, la capacidad para devolver las deudas, la sostenibilidad del sistema bancario… En definitiva, toda la economía a merced de esta elección; ¿qué divisa elegir?

El euro, sea como sea

La opción preferida de los miembros de la lista soberanista es que Cataluña siga en el euro, pero ¿cómo es posible si sale de la Unión Europea? Hay dos opciones: quedarse en la moneda común con el beneplácito de las instituciones de la eurozona o bien adoptar la divisa de forma unilateral sin el respaldo de los socios. En el euro ya hay ejemplos de los dos grupos.

El primero son los estados que tienen firmado un acuerdo monetario con la eurozona por el que emplean el euro como su moneda oficial. Son cuatro países: Mónaco, San Marino, Ciudad del Vaticano y Andorra, que tienen potestad para emitir un pequeño número de monedas y billetes cada año que son de curso legal en toda la región. Todos ellos han estado vinculados históricamente a las divisas de países que entraron en el euro y no tenían una moneda propia. Mónaco empleaba el franco francés, San Marino y el Vaticano utilizaban la lira italiana y en Andorra circulaban de forma paralela la peseta y el franco.

El acuerdo monetario de cada uno de estos cuatro países con la eurozona no implica que sean estados miembros de pleno derecho del euro. En otras palabras, no tienen ni voz ni voto en los órganos de decisión de la política monetaria del Banco Central Europeo (BCE), pero sí están amparados por las instituciones comunitarias.

Los expertos coinciden que ésta sería la mejor opción para Cataluña al menos durante los primeros meses, ya que serviría para minimizar el impacto negativo que tendría adoptar una nueva divisa. En este escenario, “sería posible que la independencia tuviera un impacto mínimo sobre el marco monetario y también sobre el bancario, que está íntimamente ligado a aquél”, explica Enrique Díaz-Álvarez, experto en divisas de Ebury. Para conseguirlo, el nuevo estado catalán tendría que contar con el beneplácito de la comunidad europea y la española. Pero, ¿quién puede garantizar este respaldo?

La alternativa para los líderes soberanistas si quieren quedarse en el euro sería adoptar la divisa de forma unilateral, sin el apoyo de las instituciones. Si elige este camino, seguiría los pasos de Kosovo y Montenegro, que también emplean la divisa común sin el visto bueno europeo. Ésta es una fórmula que han utilizado muchos países de Latinoamérica durante el siglo XX con el dólar en un proceso que se conoció como dolarización. De esta forma, Cataluña tendría la potestad para quedarse en el euro si así lo decidiese aunque no tendría el respaldo del resto de socios.

En cualquiera de los dos casos, el país perdería un poder cada vez más importante: el control de la política monetaria. El país tendría que renunciar a adoptar las medidas anticíclicas que tienen a su disposición los bancos centrales. De este modo, no podría aplicar estímulos monetarios para combatir las épocas de recesión o los riesgos de deflación ni medidas para frenar un sobrecalentamiento de la economía y la subida de los precios.

 REUTERS/Yves Herman
REUTERS/Yves Herman

La pérdida de la autoridad monetaria podría llevar a una situación paradójica en la que la región se enfrentase a una recesión económica con los tipos de interés altos y al alza. “El problema de no controlar la política monetaria es que genera desequilibrios internos muy extensos”, explica Manuel Hidalgo, profesor de macroeconomía de la Universidad Pablo de Olavide. “Sería un escenario similar al patrón oro de finales del siglo XIX, que generaba ciclos económicos mucho más pronunciados”.

Este escenario “desestabiliza mucho la economía de un país y el riesgo de sufrir continuas recaídas en recesión es muy elevado”, advierte Juan Ignacio Crespo, economista y escritor. Los bancos centrales modernos han conseguido limitar la profundidad de los ciclos económicos y así lo demuestran numerosos estudios, pero un país sin autoridad monetaria puede enfrentarse a una política que va justo en contra de su ciclo económico. A largo plazo, los problemas de este escenario podrían ser recurrentes.mapa

Los inconvenientes de adoptar el euro de forma unilateral van más lejos del sector público y se extienden al sector financiero, ya que las entidades con sede en Cataluña perderían el acceso a la financiación del BCE. Esto significa que no podrían acceder ni a las operaciones ordinarias (MRO, por sus siglas en inglés) ni a las megasubastas trimestrales de liquidez (TLTRO) ni a la liquidez de emergencia del ELA. Este último programa fue el que se hizo muy famoso durante la primavera, ya que sirvió para mantener con vida a la banca griega durante seis meses: desde la victoria de Syriza en las elecciones del 25 de enero hasta que declaró el referéndum. En ese momento, el BCE decidió congelar el ELA y automáticamente Grecia se vio obligada a imponer el corralito.

Las principales entidades con sede en Cataluña ya han advertido de todos los riesgos que se enfrentaría la comunidad autónoma en el caso que declarase unilateralmente la independencia y saliese del euro. No sólo el flujo de crédito estaría en juego sino también los depósitos. ¿Podría evitar Cataluña un control de capitales?

Imprimir una nueva divisa

El segundo escenario para Cataluña es emitir su propia divisa. ¿Tal vez la peseta catalana? El nombre no sería extraño para la región, ya que la moneda nació en La Seca de Barcelona, la casa de la moneda catalana, durante la Guerra de la Independencia en el siglo XIX. Pero el nombre no es lo importante. Lo verdaderamente relevante es cómo conseguiría el banco central del nuevo estado proteger su divisa. En otras palabras: ¿cómo evitar un desplome histórico de la moneda?

Los expertos no quieren poner cifras porque la situación es inédita e imprevisible. “La depreciación sería masiva, no menos de un 40% para empezar”, indica Díaz-Álvarez. Cataluña tendría que convencer a los mercados de que su divisa tiene un valor para evitar una fuga masiva de capitales y la descapitalización de sus bancos. Al mismo tiempo, el banco central necesitaría conseguir capital que respaldase esa divisa que está emitiendo, ya que Cataluña no tiene reservas internacionales y tampoco oro.

La opción que se planteó en Grecia durante la primavera ante la posibilidad de una salida del euro fue que la autoridad monetaria incautase un 30% de los depósitos para generar capital propio. Pocas alternativas tendría el nuevo banco central catalán.

A partir de aquí, los problemas teóricos se adentran en el terreno de la especulación, por lo que es imposible determinar qué podría ocurrir. Lo que sí está claro es que un fuerte descenso de la nueva divisa provocaría un fuerte avance de la inflación ya que todos los productos importados se apreciarían de forma proporcional.

El problema más grave es el petróleo, ya que la materia prima afecta a toda la economía a través de los precios energéticos y del transporte. El banco central se vería obligado a aplicar una política monetaria restrictiva, con unos tipos de interés altos, para atraer capitales y frenar el avance de la inflación. Pero con ello provocaría un deterioro mayor de la actividad económica. Brasil, por ejemplo, se ha visto obligado a subir el precio del dinero hasta el 14,25% los tipos de interés para frenar la inflación y la depreciación de su divisa.

Todos estos problemas parecen menores ante el gran desafío al que se enfrentaría Cataluña: su deuda en euros. El último dato del Banco de España del cierre del segundo trimestre del año sitúa el pasivo de la comunidad en 66.813 millones de euros. De toda esta deuda directa, el 56% está financiada a través del Fondo de Liquidez Autonómica, ya que los tipos que exige el mercado eran insostenibles para la región. A esta cifra habría que añadir la parte de la deuda de la administración central del Estado que le correspondiese a la región, ya fuese por PIB, población o cualquier otro criterio. ¿Cómo conseguiría refinanciar toda esta deuda que, además, está denominada en euros? Una opción es cambiar la divisa y devolver la duda en la nueva divisa. Pero desde el punto de vista legal no es sencillo, ya que necesitaría un acuerdo mayoritario con sus acreedores. ¿Firmarían recibir sus deudas en pesetas catalanas?

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La ‘tercera vía’: una doble divisa

El hipotético Estado catalán independiente podría optar por una vía intermedia: mantener el euro y emitir una moneda paralela. Para lograr un sistema viable, las autoridades tendrían que superar los problemas que enunció en el siglo XVI el comerciante y financiero Sir Thomas Gresham en una ley que lleva su nombre. Según esta máxima, el mercado siempre trata de atesorar la moneda buena y deshacerse de la mala. En otras palabras, “los euros desaparecerían de la circulación y se generaría un gran problema de liquidez”, explica Hidalgo.

Para evitar este escenario, las autoridades tendrían que restringir mucho el uso de euros y obligar a los ciudadanos a emplear la moneda catalana tanto para sus operaciones cotidianas, como para sus ahorros. “Los sistemas en los que se ha implantado este tipo de sistema prohíben las cuentas corrientes denominadas en la moneda fuerte”, explica Javier Santacruz, profesor del IEB. “De este modo, el euro serviría para atender el servicio de la deuda y la inversión extranjera”.

En este escenario de dos monedas paralelas, las autoridades del nuevo estado tendrían que fijar un tipo de cambio fijo (o con cierta fluctuación) entre las dos divisas, pero no podrían permitir la libre circulación de capitales. En otras palabras, para cambiar la divisa catalana por cualquier otra moneda sería necesario pedir autorización al banco central y cumplir los requisitos que éste imponga.deuda_habitante

El problema para todos los estados que vinculan su tipo de cambio a otra divisa es la dificultad para proteger el nivel marcado ante las fuerzas del mercado. Doblegar sus vaivenes no es sencillo y hay ejemplos de grandes bancos centrales que han sucumbido. El caso más famoso fue el ataque de George Soros a la libra, con el que consiguió doblegar al Banco de Inglaterra en septiembre de 1992.

Argentina también tiene un mal recuerdo de sus luchas contra el mercado con la Ley de Convertibilidad del año 1991 por la que establecía un tipo de cambio de uno a uno entre el peso y el dólar. Buenos Aires luchó por defender esta paridad, lo que provocó una gran fuga de pesos a dólares que tuvo que soportar el Banco Central de la República Argentina, lo que provocó que sus reservas se vaciaran. Esta política cambiaria saltó por los aires 11 años después en 2001 y fue una de las causas del corralito argentino.

Hay ejemplos más recientes de la aplicación de un tipo de cambio controlado. Suiza reconoció en enero que era incapaz de mantener un techo de su divisa contra el euro después de pasarse tres años y medio defendiendo el nivel de los 1,20 francos por euro. Los mercados atacaron también a Dinamarca, pero el país los detuvo en colaboración con el BCE ya que es el único país que no está en el euro pero sí dentro del Mecanismo de Tipos de Cambio.

Estos casos vienen a demostrar la dificultad que tiene un país para defender un tipo de cambio fijo contra una moneda fuerte y los desequilibrios que se generan cuando ese tipo de cambio salta por los aires. “La solución puede ser adoptar un tipo de cambio que esté devaluado para así no tener que luchar por defender el nivel de la divisa, aunque esto implicaría una fuerte depreciación de la divisa”, indica Santacruz.

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El ‘corralet’ de Linde: 10 claves para saber si debes temer al corralito… o al gobernador

El gobernador del Banco de España, Luis María Linde, ha encendido una peligrosa mecha, la del temor a un corralito en Cataluña. El máximo responsable de mantener la confianza en el sistema financiero despierta dudas que pueden convertirse en una profecía autocumplida. EL ESPAÑOL despeja las principales incógnitas que rodean a un control de capitales.

El gobernador del Banco de España, Luis María Linde, ha encendido una peligrosa mecha: la del temor a un corralito en Cataluña. El máximo responsable de mantener la confianza en el sistema financiero despierta dudas que pueden convertirse en una profecía autocumplida. EL ESPAÑOL despeja las principales incógnitas que rodean a cualquier control de capitales.

¿Qué es un corralito?

Un ciudadano ingresa 100 euros en un banco. Según la normativa, la entidad sólo tiene que conservar el 1% de esa suma y puede invertir el resto (prestándolo, por ejemplo). Imaginemos que alguien acude a ese banco a pedir un préstamo de 99 euros y los usa para comprarse una cámara de fotos. El vendedor de la cámara ingresa en el mismo banco los 99 euros que recibe. En ese momento, el total de depósitos del banco son 199 euros. Se ha creado dinero bancario a través del crédito. Si el primer ciudadano y el vendedor de cámaras intentan retirar su dinero al mismo tiempo, el banco no tiene dinero suficiente para devolvérselo y no lo tendrá hasta que recupere lo prestado. Hasta entonces tendrá que establecer un límite a la retirada de dinero. Es decir, un corralito.

Este escenario surge cuando se pone límite a la retirada de depósitos de una entidad financiera. Un corralito no significa que el banco no sea solvente ni mucho menos que esté quebrado. La decisión de establecer esa restricción se toma cuando la entidad no tiene liquidez por el intento de retirada masiva de depósitos (lo que en inglés se conoce como bank run). Sin corralito, la falta de liquidez derivaría rápidamente en un problema de solvencia e incluso en la quiebra de la entidad (eso es lo que ocurrió con Banco Madrid). Si un corralito se prolonga en el tiempo, tampoco logra su fin.

¿Quién inventó la palabra corralito y dónde?

El término corralito referido a la banca lo usó por primera vez en 2001 el periodista argentino experto en finanzas Antonio Laje. En su análisis en el programa Después de hora, Laje usó la palabra corralito como símil de lo que estaba ocurriendo con la restricción de retirada de depósitos de los bancos argentinos. Hasta ese momento la palabra corralito sólo servía en Argentina para referirse al sitio con suelo acolchado y protegido por una malla en el que juegan los niños. Un lugar que los mantiene protegidos de los riesgos del exterior.

¿Qué causas originan un corralito?

Los desencadenantes pueden ser múltiples, incluido por ejemplo que un gobernador de un banco central advierta del riesgo de un corralito, pero la causa sólo es una: la pérdida de confianza de los depositantes. Esa falta de confianza puede ser en un banco en concreto o en el peor de los casos en todo el sistema financiero. Para reforzar ese componente psicológico se han creado colchones frente a problemas puntuales de liquidez. El principal es el Fondo de Garantía de Depósitos.

¿Qué es el Fondo de Garantía de Depósitos?

El Fondo de Garantía de Depósitos (FGD) es una entidad jurídica independiente cuyo capital se crea mediante las aportaciones de las entidades financieras. Su principal objeto es garantizar los depósitos de los clientes (en dinero, valores y otros instrumentos financieros) hasta un límite de 100.000 euros por persona y entidad bancaria. No es su única función. El FGD también tiene entre sus finalidades rescatar a las entidades en dificultades.

La principal limitación del FGD es que nunca podría responder a una fuga masiva de depósitos. Ni siquiera cuando estuvo en sus mejores tiempos.

Ahora la situación es peor. A raíz de la crisis financiera, el FGD se encuentra infradotado y en reconstrucción. Después de intervenir Caja Castilla-La Mancha, Caja de Ahorros del Mediterráneo y Unnim, el Estado ofreció a los compradores (Liberbank, Sabadell y BBVA, respectivamente) una serie de garantías en caso de que determinados activos acabaran dando pérdidas y las cargó a cuenta del FGD.

Esas garantías suman unos 8.500 millones de euros que deberán abonarse a estas entidades. Para restaurar la suficiencia patrimonial del Fondo, además de la dotación anual ordinaria de las entidades, en julio de 2012 se aprobó un pago extra de 2.346 millones de euros. Los bancos pagarán la cifra en 10 cuotas anuales de las que por ahora se han abonado tres.

La otra limitación del FGD español es que, aunque su normativa está homogeneizada a nivel europeo, responde de los depósitos de las entidades con licencia bancaria española. Es decir, cubre por ejemplo los depósitos de Deutsche Bank porque la filial en España del grupo alemán tiene ficha española, pero no los de ING, que tiene ficha holandesa y que están cubiertos por el Fondo de Garantía de Depósitos holandés. Si una entidad pierde su ficha española, pierde el respaldo del FGD.

¿Qué efectos pueden tener las palabras de Linde?

El gobernador del Banco de España, Luis María Linde, alertó este lunes de que existe “riesgo” de corralito en Cataluña si la comunidad autónoma declara su independencia. Aunque matizó que este escenario “es un futurible altamente improbable”, dejó claro que el control de capitales sería una posibilidad real. Por el momento, estas palabras sólo han servido para calentar más el debate soberanista, pero su impacto podría ser mucho mayor si afectan a la confianza de los ahorradores.

Lejos de tranquilizar a los depositantes, Linde contribuye a generar más nerviosismo. En un escenario de incertidumbre como el actual, cualquier noticia puede ser el detonante de la pérdida de confianza y puede precipitar una retirada masiva de depósitos. Esto es importante porque el desencadenante no tiene que ser necesariamente la declaración de secesión. El sistema financiero español podría sufrir una fuga de capitales incluso sin independencia.

¿Dijo algo similar el gobernador del Banco de Inglaterra antes del referéndum de Escocia?

El presidente del Banco de Inglaterra, Mark Carney, vivió una situación más estresante que la de su homólogo Linde durante la campaña del referéndum escocés, pero en ningún momento llegó a alertar del riesgo de un corralito en la región. De hecho, su discurso se dirigió en todo momento a tranquilizar a los ahorradores y a las empresas a medida que se aproximaba la consulta.

En aquellos días, muchas compañías anunciaron que moverían su sede al Reino Unido si los independentistas ganaban el referéndum. Carney anunció que el Banco de Inglaterra estaba elaborando un “plan de contingencia” para evitar una posible fuga masiva de capitales. Además subrayó que la entidad monetaria también cumpliría con su responsabilidad de mantener la estabilidad financiera en todo el Reino Unido: “Seguiremos cumpliendo con esas responsabilidades decididas democráticamente por el Parlamento hasta que cambien”, sentenció.

¿Qué puede hacer el BCE?

Los bancos centrales tienen en su mano el poder del control de la base monetaria para frenar un corralito. Cuando una entidad necesita liquidez y no puede captarla en el mercado, puede acudir al BCE para conseguir efectivo. El proceso es sencillo: la institución monetaria habilita liquidez (ordinaria o de emergencia) a los bancos para que puedan atender a la salida de depósitos y transmitir confianza a los ahorradores. Esta herramienta de emergencia es el famoso ELA (Emergency Liquidity Assistance) con el que el BCE mantuvo con vida a los bancos griegos durante la primavera y con el que precipitó el corralito cuando decidió congelarla unos meses después.

Un banco central puede luchar contra un corralito, pero no puede evitarlo. Ante una fuga masiva de depósitos, la entidad central no podrá conceder liquidez ilimitada y eso derivará al final en controles de capital.

La experiencia de Grecia deja otra enseñanza importante: sin el apoyo del Banco Central Europeo, cualquier sistema financiero y cualquier entidad están abocados al corralito. ¿Qué significa esto? Que si el BCE cierra el grifo de la liquidez, las entidades no pueden responder a todas sus obligaciones y tienen que imponer restricciones de capital.

Esto fue lo que ocurrió en Grecia en febrero. Ni siquiera habían pasado dos semanas desde la primera victoria de Syriza y el BCE decidió dejar de aceptar los colaterales de deuda griega en sus operaciones de financiación. En otras palabras: decidió cortar los canales ordinarios por los que las entidades consiguen liquidez y de la noche a la mañana la banca helena se quedó sin efectivo. Por si fuera poco, la noticia acabó con toda la confianza de los ahorradores griegos, que cudieron a retirar su dinero, lo que complicó más la situación.

Este escenario podría ocurrir en cualquier país de Europa y en cualquier entidad. Si el BCE corta la financiación, ese sector financiero queda estigmatizado. Esto provoca dos situaciones paralelas que se retroalimentan. Por un lado, una fuga de depósitos. Por otro, una expulsión de estos bancos de los mercados para captar liquidez.

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¿Habría un corralito en una Cataluña independiente?

En una Cataluña independiente fuera del euro sería probable que ocurriese un corralito. De hecho, sería el escenario base porque las entidades que mantuvieran su sede en el nuevo Estado catalán perderían el acceso a la financiación del BCE y todo el escenario del corralito se precipitaría.

Pero éste no es el peor escenario posible para los ahorradores catalanes. Aquí es donde entra otro concepto acuñado también en Argentina: el corralón. Esta situación ocurre cuando las autoridades de un país cambian los depósitos en una divisa por otra distinta y lo hacen de forma unilateral, lo que deja estos ahorros a merced de la depreciación de la nueva divisa. En este caso los depósitos en euros se cambiarían a la nueva moneda catalana y sufrirían por el camino el impacto de la caída.

Es importante recordar que el temido escenario de corralito no es exclusivo de una Cataluña independiente sino que podría ocurrir en cualquier momento. Los ahorradores pueden perder la confianza en la seguridad de su dinero ante cualquier noticia y acudir en masa a retirar sus depósitos. En un contexto de incertidumbre, cualquier noticia desafortunada puede prender la mecha.

¿Qué podrían hacer los líderes de una Cataluña independiente para evitarlo?

Si Cataluña declarara la independencia, la mejor forma para evitar un corralito sería negociar con sus socios europeos y acordar todos sus pasos, sin tomar decisiones unilaterales. De esta forma conseguiría evitar el pánico de los ahorradores y los mercados.

Una Cataluña independiente y fuera del euro y de la Unión Europea podría conservar el euro como moneda oficial y seguir bajo la tutela del BCE. ¿Esto es posible? Sí. Andorra, San Marino, El Vaticano y Mónaco tienen un acuerdo por el cual emplean el euro como su moneda oficial y pueden emitir un número reducido de monedas al año. Alguno (por ejemplo Mónaco) se encuentra bajo el paraguas regulatorio y de supervisión del BCE. Sin duda alguna, este escenario sería el mejor para evitar un corralito en una Cataluña independiente.

¿Qué corralitos se han producido en la Historia?

Argentina guarda un lugar especial en la memoria de los corralitos de la historia reciente. No sólo por haber rebautizado el fenómeno sino por la pobreza que generó y la violencia que se desató en el país el sábado 1 de diciembre de 2001, cuando el ministro de Economía argentino Domingo Cavallo anunció el establecimiento de restricciones a la retirada de depósitos desde el lunes siguiente.

¿Qué ocurre cuando los depósitos pasan a estar denominados en una moneda diferente a aquélla en que se ingresó el dinero? Es decir, ¿qué ocurre cuando se desencadena un corralón? Después de casi 11 años de paridad del peso con el dólar, Argentina decretó la pesificación asimétrica de los depósitos. Es decir, los saldos de las cuentas bancarias pasaron a estar denominados en pesos al cambio establecido por el Gobierno y ligado a la fluctuación. Las deudas contraídas en dólares, sin embargo, se siguieron debiendo en dólares.

El caso del corralito de Chipre es relevante porque Europa no pudo ser más torpe. La banca chipriota tenía un gravísimo problema de depósitos altamente remunerados para alimentar el crédito. Muchos procedían de dudosas fuentes foráneas. Europa aprobó una quita que afectaba a los ahorradores más modestos. De esta forma habría desprotegido a aquellos ahorradores con saldos por debajo de 100.000 euros. Una medida que no sólo iba en contra de la normativa bancaria comunitaria sino que provocó un pánico que derivó en corralito.

El experimento nunca se aplicó pero de no ser por el BCE y su línea de liquidez de emergencia el asunto podría haber pasado a mayores. La crisis dejó una curiosidad: el bitcoin, la criptomoneda nacida en Internet al margen de las autoridades monetarias, marcó un récord histórico de revalorización en aquellos días por la fuga de dinero de Chipre.

El gran dilema de Europa entre perder… y perder mucho más

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Si gana el NO en el ‘Greferéndum’ del domingo 5 de julio, acompañado de una salida del euro de Grecia, le costará a la Eurozona 239.000 millones de euros, el doble que una victoria del SI, según estimaciones de la banca de inversión.

Si los griegos se quedan en la eurozona será un golpe económico para Europa. Si se van será peor. El dilema entre perder mucho y perder mucho más es el que afrontan estos días los líderes europeos agrupados en una voz única en torno a las tres instituciones con mando durante esta crisis: Eurogrupo (Jeroen Dijsselbloem), Comisión Europea (Jean Claude Juncker) y Banco Central Europeo (Mario Draghi). Si gana el NO en el ‘Greferéndum’ del domingo 5 de julio, acompañado de una salida del euro de Grecia, le costará a la Eurozona 239.000 millones de euros, el doble que una victoria del SI, según estimaciones de la banca de inversión.

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Es unánime. Los países de la Eurozona, entre ellos España, afrontan pérdidas potenciales de 239.000 millones de euros en un escenario de salida de Grecia del euro, según estimaciones de los analistas de Royal Bank of Scotland (RBS). Mantener a los griegos, aceptando su exigencia de una reestructuración de la deuda actual, costaría la mitad, unos 130.000 millones al resto de socios. En este segundo escenario hipotético, Grecia habría votado SI y la Eurozona habría aceptado reestructurar otra vez la deuda de Grecia con una quita y un ablandamiento de las condiciones de pago. En ambos casos toca pagar más que antes de la actual crisis.

Esos cálculos, advierten desde RBS, se han realizado teniendo en cuenta que la deuda global de Grecia se eleva a 537.000 millones de euros. Esto incluye los 320.000 millones de dinero consumido por empresas e instituciones públicas de Grecia. Luego hay otros 219.000 millones que están apuntados en la cuenta griega del BCE por la barra de liquidez de emergencia a sus bancos y la cuota del sistema de liquidación de pagos europeos Target 2, que registra el debe y al haber en cualquier pago y cobro comercial en euros entre países de la eurozona.

También incorporan un nuevo elemento de cálculo que nos afecta: el incremento de costes en la financiación para los países periféricos como España o Italia, que podría elevarse en al menos un 1% en lo que queda de 2015. No es precisamente poco dado el volumen de emisiones del Tesoro español, que entre enero y diciembre prevé haber emitido 240.000 millones de euros para refinanciar anteriores emisiones de deuda -que vencen este año y hay que devolverlas-, así como para afrontar el déficit público con nueva deuda (55.000 millones) destinada a sufragar el recurrente déficit público de la Administración Rajoy.

¿Cielo o infierno? El futuro griego fuera del euro

“Europa no puede ablandar su postura, para evitar más países ‘díscolos’ en el futuro. Pero a nadie, ni a los socios europeos, ni a Grecia, ni al BCE les interesa una salida de Grecia del euro. Tampoco interesa un contagio y el BCE tiene las herramientas necesarias para evitarlo”, explica Joaquín Casasús, director de la gestora Abante Asesores.

Para los griegos -que ya han perdido cerca del 30% del PIB desde que comenzó la crisis y sufren un desempleo del 29%- abandonar el euro supone entrar en el abismo de la devaluación y pérdida de capacidad de compra. Una nueva moneda (otro dracma) que saldría al mercado con una devaluación de entre el 30% y 40% respecto al euro, según un análisis de Mizuho Bank que cita Bloomberg.

Tener una moneda más débil permitiría ganar en competitividad para sus empresas exportadoras y en atractivo a su sector turístico, pero en su reverso, esa moneda, contendría un alto precio a pagar: el pago de una deuda adquirida en euros con un moneda inferior, la evaporación de buena parte de su riqueza financiera en forma de ahorros y depósitos con la inevitable quiebra de sus bancos.

Por supuesto, las pensiones y salarios públicos se pagarían en esa nueva moneda. Con el nuevo dracma se produciría un apagón del crédito para familias y empresas. Al mismo tiempo se encarecería cualquier importación en cuantía similar a la devaluación de la moneda. Entre estos productos no producidos en Grecia se encuentran los medicamentos, automóviles o el petróleo. Casualidad fatal, el llamado ‘oro negro’ es la base de una de sus principales industrias exportadoras: sus derivados como gasolinas, gasóleos y productos químicos. ¿Se puede tener un futuro más oscuro fuera del euro?

Imagen: Puerta del infierno en Grecia (Flickr / Thomas Quine)

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