Así es el CAC, el regulador de medios en manos del nacionalismo catalán

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Las actuaciones del Consejo Audiovisual de Cataluña (CAC) siempre han sido polémicas. Ciudadanos y el PP piden su supresión. Los seis altos cargos que lo dirigen están afiliados a cuatro partidos, cobran unos 100.000 euros al año y gestionan un presupuesto anual de cinco millones de euros. 

Las actuaciones del Consejo Audiovisual de Cataluña (CAC) siempre han sido polémicas. Ciudadanos y el PP piden su supresión. Los seis altos cargos que lo dirigen están afiliados a cuatro partidos, cobran unos 100.000 euros al año y gestionan un presupuesto anual de cinco millones de euros. 

En septiembre de 2006 una plataforma de apoyo a las selecciones deportivas catalanas publicó un anuncio en el que aparecían niños que se enfrentaban por unas camisetas: el protagonista vestía una con los colores de la senyera y se despojaba de ella con rabia para expresar su malestar hacia otro ataviado con la camiseta roja de la selección española. Entonces aparecía el eslogan: “Una nació, una selecció”.

El PP y Ciudadanos se quejaron del anuncio ante el Consejo Audiovisual de Cataluña (CAC), organismo creado en 2000 que legalmente es “la autoridad independiente de regulación de la comunicación audiovisual de Cataluña”. Sus miembros avalaron el anuncio con este argumento: tenía preferencia el “ejercicio del derecho fundamental a la libertad de expresión frente a la adopción de cualquier medida de carácter restrictivo o sancionador en ese ámbito”.

El consejero colocado por el PP fue el único que votó en contra de la decisión. Dos años después, a finales de 2008, el juzgado de lo contencioso administrativo número 9 de Barcelona declaró este anuncio “publicidad ilícita y prohibida” este anuncio al estimar las quejas de PP y C’s.

La cadena humana

Siete años después, se produjo un episodio con un resultado y unos protagonistas muy similares. Al día siguiente de la Diada de 2013, el programa Info K, un informativo infantil de TV3, emitió una pieza en la que entrevistaba a niños que habían participado en la Vía Catalana: la cadena humana de 400 kilómetros en la que participaron miles de personas. Casi todos menores manifiestan su apoyo a la independencia de Cataluña. “Al final España se rendirá”, afirmaba uno de ellos.

El CAC se reunió entonces de forma extraordinaria y concluyó que en la televisión pública no se había vulnerado la protección a los menores. En el pleno del CAC, compuesto por seis altos cargos, hubo un empate a tres votos. Decidió el voto de calidad del presidente del organismo, Roger Loppacher, hombre afín a CiU que llegó a este cargo en 2012 gracias a la coalición nacionalista y que en el pasado ocupó diversos puestos en la administración.

Son sólo dos de las polémicas más sonadas en torno al CAC, creado en el año 2000 con la misión de velar por que se cumpla la normativa aplicable en el sector audiovisual. Sus “principios de actuación” son “la defensa de la libertad de expresión y de información, del pluralismo, de la neutralidad y la honestidad informativas, así como de la libre concurrencia del sector”.

Ciudadanos es el único partido que siempre ha pedido la supresión del CAC. El PP, que ahora también se ha sumado a esa petición, abogaba por su existencia en un principìo aunque pedía mejoras significativas en el mismo. Las formaciones nacionalistas defienden su permanencia. Desde el PSC han criticado algunas de sus actuaciones pero no quieren cerrarlo. Los seis miembros del CAC han sido elegidos mediante distintos pactos entre CiU, ERC, PP y PSC.

Los otros consejos

Apenas existen consejos audiovisuales de este tipo en España. ¿Por qué es necesario el CAC si ya existen los tribunales de justicia para juzgar las conductas de los medios?

Según fuentes oficiales de la institución catalana, este tipo de instituciones complementan la labor de los jueces, son necesarias para regular el sector audiovisual y, de hecho, en otros países europeos ya existen organismos similares. “Desde 2013 España cuenta con un macroregulador, la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), que tiene entre sus competencias la supervisión de los contenidos audiovisuales -arguyen fuentes oficiales-. Con la ley de creación de la CNMC se acabó la anomalía insólita que suponía el hecho de que España fuera el único país de la Unión Europea sin un regulador audiovisual”.

A nivel autonómico sólo hay consejos audiovisuales en Andalucía y en Cataluña. “Los tribunales de justicia, en España y en el resto de Europa, no tienen la misión proactiva de supervisar los contenidos audiovisuales y mucho menos la competencia de adjudicar licencias de radio y televisión”, agregan desde el organismo. Aseguran que el CAC supervisa contenidos y adjudica licencias y que sus decisiones pueden ser recurridas ante los tribunales.

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Diferente opinión tiene Carlos Carrizosa, diputado autonómico de Ciudadanos, que cree que los jueces bastan para controlar los medios audiovisuales  y recuerda que su partido suprimiría el CAC si ganara las elecciones del 27 de septiembre. Recuerda que este consejo está formado por “gente con carné de partido y con vínculos directos con la política” y que dichos consejeros “cobran sustanciosas retribuciones” que a su juicio no merecen. Al diputado Carrizosa el CAC le parece “sectario” y dice que en sus dictámenes se suele equivocar.

Durante esta legislatura, Carrizosa formaba parte de la comisión parlamentaria donde suele comparecer el presidente del CAC. El diario de sesiones demuestra que ningún partido ha censurado tanto como Ciudadanos -en cada sesión- la labor de los consejeros de la institución. También que el PP y el PSC han planteado críticas a sus miembros mientras los partidos nacionalistas los han defendido.

“Siguen órdenes”

En esa misma comisión parlamentaria ha intervenido en numerosas ocasiones Santi Rodríguez, del PP catalán.”Militar o haber militado en un partido no puede suponer una incapacidad para ejercer una función independiente como ser consejero de un organismo supervisor”, dice Rodríguez. “Pero la legitimidad o la credibilidad del órgano se pierde en cuanto algunos consejeros siguen órdenes de partido para ejercer su función, que es lo que está ocurriendo en los últimos años”.

El diputado popular recuerda que existen instituciones similares en otros países europeos pero aporta dos argumentos en contra del CAC: que no hay recursos para mantenerlo y que ha perdido su credibilidad por actuar al dictado del Gobierno.

“En condiciones normales abogaríamos por intentar mejorarlo y optimizar los recursos pero en las actuales condiciones creemos que lo mejor sería su supresión”. Por ejemplo, explica Rodríguez, “en 2012 llegamos a un acuerdo con CiU fue para la reducción del número de consejeros de 10 a 6, algo que disgustó enormemente a ERC y a ICV porque eran los principales perjudicados por la reducción. La apuesta por la supresión actual es consecuencia de la falta de credibilidad que se ha ganado con sus actuaciones partidistas de los últimos años”.

Frente a quienes piensan que el CAC es un instrumento político, los portavoces del organismo recuerdan e insisten en que “todos los países de la Unión Europea” disponen de reguladores audiovisuales. “Los seis miembros del CAC son elegidos por el Parlament, que es uno de los sistemas más legítimos para designar a los miembros”, explican. “Con el añadido que los mandatos son de seis años, con la intención obvia de que no coincidan con las legislaturas parlamentarias, que son de cuatro. Es un mecanismo más, que también aplican otros países, para incrementar el grado de independencia de los miembros del regulador”.

Así son los consejeros

¿Quiénes son ahora los consejeros del Consejo?

El citado Roger Loppacher, presidente del CAC, es un abogado que siempre se ha movido en la órbita de Convergència i Unió (CiU).  Durante los mandatos de Pujol y Mas, fue director general de Medios Audiovisuales, secretario general de los Interior y Gobernación, y vicepresidente del consejo de administración del Centro de Telecomunicaciones de la Generalitat. Antes de llegar al CAC ejerció como  vicepresidente de la CCMA, órgano de control de los medios públicos catalanes, entre 2008 y 2012.

Loppacher llegó al Consejo Audiovisual en 2012 por una suerte de cambio de cromos entre CiU y el PP. Los populares apoyaron en el Parlament el nombre propuesto por CiU a cambio de que los convergentes respaldaran el nombramiento de Daniel Sirera, ex presidente del PP catalán.

A este respecto, Santi Rodríguez matiza que “no existió ningún acuerdo con CiU para nombrar a consejeros del CAC: cuando hay que elegir miembros de estos organismos, los grupos parlamentarios proponen los candidatos de acuerdo con la representación que cada grupo ostenta en el Parlament. Así, con seis miembros en el Consejo: a CiU le correspondía proponer a tres miembros, dos al PSC y uno al PP”. Rodríguez rememora el citado pacto con CiU para reducir el número de consejeros en 2012.

Sirera tampoco es un consejero independiente: fue diputado autonómico, senador y concejal del Ayuntamiento de Barcelona. En 2009 ya no presidía el PP catalán pero volvió a las primeras páginas cuando se publicó cómo escribía a una compañera de filas este mensaje: “Este partido es una mierda”.

Los últimos en aterrizar en el CAC fueron Salvador Alsius, Eva Parera e Yvonne Griley. Llegaron en 2014 por un acuerdo entre CiU y ERC. Los tres simpatizan con las ideas nacionalistas y dos de ellos, Parera y Griley, son militantes de la coalición que lideraba Artur Mas.

Salvador Alsius, vicepresidente, es el único periodista del CAC. Ha trabajado en TVE, TV3 y Catalunya Radio, ha obtenido varios premios periodísticos y ha impartido clases en la Universidad. ERC intentó colocarlo en la institución en 2012 pero se lo impidió el mencionado pacto entre CiU y PP. No hace demasiado tiempo, en septiembre de 2012, afirmó, en una entrevista al diario Ara, que “daría la noticia de la independencia con una gran sonrisa”.

Eva Parera es una abogada que se especializó en asuntos deportivos y trabajó en varios despachos de Barcelona. En 2006 se afilió a Unió Democrática de Catalunya y en 2007 pasó a ocupar su primer cargo político en el Ayuntamiento de Corbera de Llobregat. En 2011 fue designada senadora y ocupó su escaño hasta que se incorporó al CAC en 2014.

En esa fecha llegó al CAC también la filóloga Yvonne Grilley, que milita en Convergència desde 1992 y ocupó el puesto de directora general de Política Lingüística del Gobierno de la Generalitat entre 2011 y 2013.

La más veterana de los seis consejeros del CAC es Carme Figueras (PSC), a la que eligieron como consejera en 2010. En su partido ha ejercido casi todos los cargos que se pueden ocupar en política: concejala en el Ayuntamiento de Molins de Rei, diputada por Barcelona (1993-1995), diputada en el Parlament  (1995-2010) y por penúltimo consejera de Bienestar y Familia de la Generalitat de Cataluña de mayo a noviembre de 2006.

Los sueldos y el presupuesto

Al CAC se le ha criticado a menudo por su presupuesto y por las retribuciones de sus altos cargos. Su presidente se embolsará este año 101.704,98 euros netos y cada uno de los otros cinco consejeros, 96.591,43 euros. Esos seis sueldos suman 584.662 euros. En el Consejo no creen que sean sueldos demasiado altos. Recuerdan que ser consejero del CAC requiere dedicación exclusiva y es incompatible con ejercer cualquier cargo político. “No pueden repetir mandato” y al cesar no reciben ningún finiquito.

El presupuesto del CAC está por encima de los cinco millones de euros anuales. En concreto, 5.521.516 euros en 2015. Unos cuatro millones se usan para pagar la nómina de los 74 empleados: los seis consejeros, ocho cargos eventuales elegidos a dedo, 59 empleados que han aprobado una oposición y una funcionaria.

“Una de las funciones que desarrolla el CAC es la elaboración de meticulosos informes sobre la pluralidad de los medios de comunicación y eso requiere un trabajo de detalle muy importante”, explica el diputado popular Santi Rodríguez, que cree que el objeto de esos documentos debería ser sólo el trabajo de los medios públicos catalanes. El CAC no sólo elabora esos informes. Supervisa la adjudicación de las frecuencias de radio, vela por que se cumplan las condiciones de adjudicación y resuelve conflictos sobre la protección de menores y sobre el cumplimiento de la normativa de publicidad.

La penúltima polémica

Una de las últimas polémicas del CAC derivó en un enfrentamiento con Televisión Española. Ocurrió en abril cuando sus consejeros aprobaron un acuerdo contra el reportaje Querella contra Mas emitido en el programa Informe Semanal el 22 de noviembre de 2014.

La mayoría del CAC señaló que dicha emisión incumplió la misión de servicio público de TVE porque al documental le faltaban rigor y pluralidad. Destacó que la cadena pública había permitido que se vertieran opiniones que resultaban ofensivas hacia el nacionalismo e instó al regulador audiovisual español a actuar contra los responsables del programa. El regulador español archivó la queja tres meses después.

El caso de Informe Semanal no es el más polémico que ha salpicado al CAC durante esta legislatura. De todas las actuaciones del Consejo, una destacó por su relevancia e impacto en otros medios. Ocurrió en noviembre de 2013. Los consejeros emitieron un acuerdo que incluía un listado de 43 expresiones proferidas en los medios que “fomentan el odio, el menosprecio y la discriminación por motivos de nacionalidad y opinión”.

El comunicador más señalado era Federico Jiménez Losantos. Pero aparecían periodistas como Alfonso Merlos, Xavier Horcajo, José Antonio Sentís, Herman Tertsch y Melchor Miralles. En esa lista estaba también Inés Arrimadas, hoy candidata de Ciudadanos a la Generalitat. El CAC señalaba esta conversación entre la política y el periodista Xavier Horcajo en un programa de Intereconomía.

Arrimadas: Y más grave aún. Si tú decides poner una tienda y decides rotularla en castellano te pueden multar porque en Cataluña, obligatoriamente, se tiene que rotular en catalán. Después, además, se puede rotular en castellano.

Horjajo: Entonces, ¿esto no se llama apartheid?

Arrimadas: Bueno, esto se llama persecución.

Unos meses después, el CAC desestimó dos quejas de Ciudadanos sobre comentarios vertidos sobre ellos en dos emisoras de radio. Protestaban por cosas que se habían dicho en los programas La tribu (Catalunya Radio) y La segunda hora (RAC1).

La denuncia decía por ejemplo que los humoristas Carles Xuriguera y Rafael Faixedas habían leído en la radio pública “algunos comentarios vertidos por el dictador Francisco Franco, tales como que ‘no era necesario votar’ o que ‘España era indivisible’ (…) y acabaron la cuña aseverando que ‘esto lo podía haber dicho cualquier diputado de Ciudadanos’”. El CAC amparó esos comentarios porque se enmarcaban dentro de la “sátira política”, incluida en el derecho a la libertad de expresión.

Durante esta legislatura, el CAC sólo ha reprobado la actitud de los medios catalanes en una ocasión. Ocurrió con motivo de la emisión en mayo de un debate en el programa .Cat de TV3. Los miembros del Consejo dictaron que la cadena pública autonómica no había respetado su propio libro de estilo porque sólo incluyó a representantes nacionalistas en la discusión, que versaba sobre el proceso soberanista y las elecciones del 27-S.

Es el ejemplo que usa el CAC para desmentir que sus decisiones sean parciales. Pero esos argumentos no convencen ni al PP ni a Ciudadanos, que están a favor de suprimir la institución.

El libro negro del periodismo en Cataluña: un epílogo con datos

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La prensa catalana ha tratado la corrupción con recato. Es difícil visualizar en unos gráficos algo tan cualitativo. Éste es nuestro intento. Hemos escogido el estallido de tres casos relacionados con posible corrupción política y las portadas durante los 30 días siguientes. 

La prensa catalana ha tratado la corrupción con recato. Es difícil visualizar en unos gráficos algo tan cualitativo. Este es nuestro intento. Hemos escogido el estallido de tres casos relacionados con posible corrupción política y las portadas durante los 30 días siguientes. Los gráficos sólo tienen en cuenta las menciones en portada, no su tamaño o contenido, que también es importante y aclaramos algo en el texto que acompaña.

Son tres casos de épocas distintas: Banca Catalana, Adigsa o el 3% y Palau. Los tres ejemplos tienen rasgos distintos. Banca Catalana fue un boom que provocó reacciones y manifestaciones inmediatas. Adigsa explotó a partir de la investigación fiscal causada por la frase célebre del presidente Pasqual Maragall -“ustedes tienen un problema y este problema se llama 3%”. Palau fue un temblor relacionado con una institución cultural catalana que al principio no tuvo connotaciones políticas.

1. Banca Catalana.

La fiscalía general del Estado se querelló en mayo de 1984 contra el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, y otros 22 dirigentes de Banca Catalana. Les acusaba de haber usado una caja B para intereses propios durante la década anterior. La exclusiva de la querella la dio El País el 19 de mayo, unos días antes de que se presentara. Hacía una semana que Jordi Pujol había sido reelegido president de la Generalitat por primera vez con su mayor mayoría absoluta.

En los días siguientes hubo muestras de apoyo y una gran manifestación el día de la investidura. La Vanguardia anunció la querella el mismo día que se iba a interponer, el 24: “Probable: hoy se presenta la querella contra dirigentes de Banca Catalana”. Pujol no aparecía. Al día siguiente La Vanguardia ya no se hablaba del contenido, sino de las “reacciones”. Avui editorializaba desde el primer día: “La querella contra Pujol desestabiliza Cataluña”. Era la opinión de Miquel Roca. Al día siguiente, también según Roca, “González está detrás de la querella”, decía el Avui. El Periódico fue el primero en reaccionar tras El País, pero daba desde el principio la defensa de Pujol: “Pujol, tranquilo ante el rebrote del ‘caso Catalana’”.

En el gráfico todos estos titulares cuentan como menciones, pero su perspectiva, tamaño y objetivo no tienen relación.
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2. Adigsa y el 3%

El caso del 3% y Adigsa no fue exclusiva de nadie, pero sí lo provocó El Periódico. Había un pleno el 24 de febrero de 2005 en el Parlament sobre el accidente del túnel del Carmel en Barcelona. El Periódico escribió un editorial con mención a las presuntas comisiones del 3%. Desde sus escaños, el president Maragall y el jefe de la oposición, Artur Mas, discutían. Maragall, en un momento de exaltación, acusó sin pruebas a los convergentes de cobrar el 3% de obra pública.

La polémica tomó dos caminos: uno, una crisis política. Dos días después, La Vanguardia titulaba “La acusación de Maragall a CiU amenaza la legislatura”. Había cuatro subtítulos y ninguno mencionaba el 3%. Un titular aislado, abajo, dice: “El fiscal abre una investigación para ver si hubo comisiones”. Este es el segundo camino del 3%: el fiscal José María Mena buscó y acabó por encontrar comisiones de hasta un 20% a través de la empresa pública de vivienda social Adigsa. Ese tema no apareció en la portada de La Vanguardia ni en el Avui. El Periódico lo sacó por abajo. El Mundo y El País tardaron unos días. Fue esta vez un cuentagotas más constante, pero acabó también por apagarse. La prensa no es la única responsable. El empresario que denunció las comisiones del 20%, Juan Antonio Salguero, sigue a la espera del juicio.
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3. El ‘caso Palau’

El caso Palau tardó unas semanas en despegar. La intervención judicial inicial no pareció implicar lo que ha acabado siendo. Los periódicos intervinieron e insistieron poco durante ese verano. La confesión de Fèlix Millet llegó a mediados de septiembre. “Fèlix Millet confiesa”, titulaba La Vanguardia. Como es habitual, puso la noticia en las páginas de Economía. Las portadas de los días siguientes se centraban en Millet, su papel y su relevo.

Fue otro caso que nadie vio venir.

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Nota metodológica

Para este análisis se han seleccionado 586 portadas de las hemerotecas de cinco medios nacionales y regionales: El País, El Mundo, El Periódico, La Vanguardia y el Avui. El período de tiempo se ha ajustado de acuerdo al estallido del caso en los medios de comunicación. El análisis recorre el mes posterior a la primera mención del caso en los diarios.

Los casos seleccionados han sido escogidos por su relevancia mediática. Banca Catalana en mayo de 1984, Adigsa (o el 3%) en febrero de 2005 y Palau en julio de 2009.

En el análisis de Banca Catalana, desde el 19 de mayo de 1984 hasta el 19 de junio de 1984, el diario Avui no se publicaba los lunes y El Mundo no existía.

El caso Adigsa coincidió con la Semana Santa de 2005. En este caso algunos diarios no publicaron el 26 de marzo, festividad del Sábado Santo.

Diccionario satírico burlesco (XIII)

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Salvador Alsius presentando el Telediario de TV3. 

La antepenúltima entrega del diccionario de Anna Grau comienza con Tarradellas, primer presidente catalán de la Democracia, y se cierra con Udef, la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal que ha destapado algunas irregularidades en Cataluña para disgusto de Jordi Pujol.

Lee aquí todas las entregas del Diccionario 

Tarradellas

“Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí!”. No es el “Sangre, sudor y lágrimas” de Winston Churchill pero, con sólo esta frase, Josep Tarradellas entró en la gloria. En su persona se restauraba mágicamente la Generalitat como si no hubieran existido la Guerra Civil con todos sus trágicos errores (por los dos lados) ni el franquismo. O como si finalmente se le pudiese dar carpetazo. Atención que la frasecita gana enteros con el tiempo. Tarradellas, cuyo mayor mérito hasta la fecha había sido aguardar pacientemente en Francia a que escampara, pudo salir al balcón de la Generalitat y decir otra cosa. Pudo decir “Catalans, ja sóc aquí!”. Eligió la fórmula “Ciudadanos de Cataluña” porque quería que su llamado implicara y conmoviera a todos y cada uno. Vinieran de donde vinieran, hubieran nacido donde hubieran nacido, hablaran catalán o castellano. La verdadera Casa Gran, la Cataluña de todos. A partir de aquí todo fue retirarse de la política y llevarse fatal con Jordi Pujol. Se despreciaban el uno al otro colosalmente, genéticamente. El tiempo va poniendo en su lugar las luces y las sombras de cada uno.

Toros

Prohibidos en Cataluña por joder. Como suena. Por joder a los españoles y a España. Se puede decir más alto pero no más claro. La idea es que la tauromaquia la inventó Cagancho en Almagro (nada que ver con una tradición milenaria grabada en el fondo de la vasija de gigantescas civilizaciones…) y la perpetuó Franco para dar gusto a los bajos instintos de su pueblo primitivo y cerril. Por supuesto Hemingway y Picasso le veían la gracia al tema porque eran dos psicópatas y Ava Gardner porque era una ninfómana y una borracha. Da igual que el torero del que se enamoró fuera catalán. En la misma situación pre-esquizofrénica parecen encontrarse todos los que, condenando los toros, defienden el interés cultural de los correbous. Todo ello mientras los índices de audiencia de las corridas televisadas se disparan en Cataluña. ¡Freud, vuelve!

Tres per cent

Hablando de Freud, famosísimo lapsus del entonces president Pasqual Maragall en sede parlamentaria. En pleno rifirrafe con el entonces líder de la oposición Artur Mas, va y le espeta: “Ustedes tienen un problema, el tres per cent“. Al principio nadie entendía nada…o no lo quería entender. Al ponerse Mas colorado y hecho una hidra, ni con la mejor voluntad de papar moscas podía ignorarse que el famoso tres per cent era lo habitual en comisiones para hacer negocios con la Generalitat. Maragall en su día reculó alegando que se había equivocado y, en off the record, que no tenía pruebas. Pues ya eran ganas de no tenerlas. Con el tiempo se ha sabido con doloroso recochineo que si Maragall pecó de algo, fue de optimista: el tres per cent era sólo la punta de un iceberg que podía llegar fácilmente al cinco y al diez. Seguimos para bingo y no paramos.

TV3

Televisión catalana pagada con los impuestos de todos pero puesta exclusivamente al servicio de las ideas y los intereses de algunos. Esto, que en realidad no es nada nuevo en una tele pública y menos autonómica, alcanza cierto paroxismo en Cataluña, donde la reyerta no es meramente partidaria o política sino identitaria. No es una tele de derechas contra los de izquierdas o viceversa. Es un enjuague étnico. Es un simulacro de Cataluñita la Fantástica que se superpone cuidadosamente a la Cataluña real. Y con un poco de suerte la borra del mapa. Ah, TV3 también sirve para pagar a precio de oro producciones externas de gentes MUY adictas a la causa que con el dinero público así acumulado luego financian medios privados de comunicación que siguen engordando y engordando la bola de nieve… siempre la misma, ya es casualidad, y siempre rodando por el mismo lado… Es la forma más sutil y a la vez más definitiva de corrupción: financiar con el dinero de todos el país sólo de algunos. Errequeerrelandia.

Udef

“¿Qué coño es eso de la Udef?”, dijo Jordi Pujol cuando se enteró de que la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal estaba investigando las cuentas de su familia. La Udef, creada en pleno gobierno Zapatero -al césar lo que es del césar- es algo así como el FBI en el cogote de los delincuentes de guante blanco. Son los federales con licencia para actuar en todos los ámbitos y territorios. Antes de esta centralización, todas las brigadas de investigación de estos delitos estaban desperdigadas por distintos cuerpos, colaboraban entre sí lo mínimo, se pasaban información la justa, se ponían la zancadilla a tope… y entretanto, maletines y maletones multimillonarios se evaporaban allende nuestras fronteras. Lástima que esto no sea de verdad una peli americana sino la crónica negra de España de toda la vida y que a la hora de la verdad, una investigación económica tenga que pasar ciertas cribas políticas. Tienen razón Pujol y Mas cuando se quejan de que ahora les miran las cuentas con lupa porque han sido malos chicos. La misma que tenían todos los que durante décadas se desgañitaron en vano denunciando que por mor de sus pactos y pactufos se les permitía llevárselo muerto mientras el Estado miraba para otro lado. ¿Qué es peor, lo de ahora o lo de antes?

Lee aquí todas las entregas del Diccionario 

El libro negro del periodismo en Cataluña (V): La tele de la mitad

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La pregunta eterna sobre TV3 es su papel en la creación de la Cataluña actual. ¿La cadena ha manipulado o censurado informaciones? Sí. ¿Esa censura es siempre política? Lo parece. En la historia de TV3 hay hitos sueltos donde esa presión se ha hecho evidente. Pero en el día a día ha sucedido algo más sutil, constante y eficaz. Es lo que un redactor jefe de informativos en distintas etapas llama “la lluvia fina”.

Este domingo, el sexto capítulo: ‘La opinión dependiente’ 

Lee aquí los cuatro primeros:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’

La pregunta eterna sobre TV3 es su papel en la creación de la Cataluña actual. ¿La cadena ha manipulado o censurado informaciones? Sí. ¿Esa censura es siempre política? Lo parece. En la historia de TV3 hay hitos sueltos donde esa presión se ha hecho evidente. Pero en el día a día ha sucedido algo más sutil, constante y eficaz. Es lo que un redactor jefe de informativos en distintas etapas llama “la lluvia fina”.

El 30 de junio de 1998 ocurrió algo poco habitual en Cataluña. El director del recién creado Teatre Nacional de Catalunya (TNC), Josep Maria Flotats, convocó una rueda de prensa para insultar al conseller de Cultura, Joan Maria Pujals. Le llamó “jovencito con estilo de terrateniente tarraconense que se ha querido comer el mundo”. El motivo era su destitución durante su primera temporada al frente de la institución. Flotats daba sus motivos: “Se me amputaba el proyecto del TNC a causa del chantaje de tres empresarios y dos directores que amenazaron con hacer ruido, y yo mostré mi desacuerdo”.

Al mediodía TV3 dio la noticia sin declaraciones del director. Por la noche, el editor del Telediario, Carles Francino, tenía preparado un vídeo con cortes de voz de Flotats. Poco antes de empezar, el director de la Corporación, Lluís Oliva, pidió a Francino que diera la noticia sin declaraciones. Faltaban minutos para empezar la emisión. Francino se negó y no presentó aquella noche el telediario. Estuvo sola su compañera, Helena García Melero. Después de insistir con varios correos electrónicos, Francino no ha hablado para este reportaje.

Dentro de TV3, aquello se vivió como un momento emocionante. La redacción tenía un Estatuto desde aquel año. Como en todas las televisiones públicas españolas, el nombramiento de los directores de TV3 depende del Gobierno de turno.

Era al menos la segunda vez que un editor no presentaba el Telediario por desacuerdos. La primera fue en febrero de 1987, pero no hubo revuelo. Salvador Alsius dirigía el informativo. Barcelona ya era sede olímpica y el alcalde, Pasqual Maragall, hacía cada semana un acto deportivo con escolares. Alsius había acordado con el jefe de informativos que cubrirían sólo el primero de los actos de Maragall. Pero cuando Alsius supo que el tercero iba a consistir en cinco penaltis del alcalde al portero del Español, Tommy N’Kono, decidió darlo. El jefe de informativos se negó. Discutieron en el camerino, corbata en mano, según Alsius. Se hizo la hora y Àngels Barceló empezó a presentar sola.

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Angels Barceló durante sus años en TV3.

Dos semanas negras

La primera emisión de TV3 fue el 10 de septiembre de 1983. La redacción inicial era de izquierdas. Alsius fue el primer director del Telediario de mediodía. Recuerda una libertad razonable para elegir, excepto en dos semanas negras llenas de imposiciones.

La primera fue la de la querella contra Pujol por Banca Catalana. El director de la tele, Alfons Quintà, que había levantado el caso en El País tres años antes, ahora escribía los audios de alguna de las piezas sobre el caso en TV3 que iban a tener el efecto contrario.

La segunda semana fue la de las elecciones de 1986 donde se presentaron Miquel Roca y el Partido Reformista. TVE usó por primera vez imágenes de alguien que hablaba en catalán y le puso subtítulos. Era Roca. Pudieron pensar que si un político que aspiraba a presidente hablaba en catalán perdería puntos. En la Generalitat lo vieron así y decidieron responder. Alsius tuvo que sacar más a Roca. Recuerda un mitin de Felipe González con 40.000 personas en Bilbao y un encuentro de Roca en Yecla con 35, sin el mil detrás. El jefe de informativos creía que Roca debía salir primero.

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Salvador Alsius durante sus años en TV3.

El cargo más poderoso en los años 80 era el jefe de asignaciones, que decidía dónde enviar cámaras a cubrir actos. El jefe más célebre fue Josep Lluís Suelves. Alsius recuerda una gestión opaca. Le era fácil decir que para tal sitio no había cámaras o que no podía acudirse a otra cobertura. Era por tanto un puesto fácil para filtrar información.

Las leyendas que corren por la redacción de TV3 sobre Suelves, su influencia política, su línea directa con la Generalitat y su fidelidad al pujolismo son asombrosas. Si el president Pujol iba a un pueblo remoto, allí estaba TV3; si viajaba a un país menor, allí estaba TV3. La cobertura era amable, humana. El líder de la oposición socialista, Raimon Obiols, dijo en una entrevista a eldiario.es: “Cuando fui invitado por única vez a los estudios de TV3, después de años de ausencia, dije a los que me recibían que me sentía tentado de besar el suelo, como si fuera la tierra prometida”.

Obiols cita una investigación donde se decía que el porcentaje de pantalla de Pujol en TV3 era 22 veces superior al suyo mientras fue jefe de la oposición.

Paz por territorios

La etapa de los 80 en la redacción de la tele se conoce popularmente como “paz por territorios”: la redacción cumplía con lo que le pedían sin rechistar (paz) a cambio de convenios laborables favorables (territorios).

En aquellos años las noticias que se hacían a petición directa de la Generalitat se llamaban “discos solicitados”. Albert Sáez dirigió la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales entre 2008 y 2010. Como presidente le tocó lidiar con los beneficios excesivos de aquellos convenios que él mismo había disfrutado: “Cuando yo trabajaba en TV3 entre 1984 y 1988, en una huelga a los de mi categoría nos multiplicaron el sueldo por cuatro para equipararlo a otra categoría”. La estrategia sindical era obvia: “Los sindicatos de TVE y TV3 sincronizaban las negociaciones de los convenios para que fueran justo antes de las campañas electorales”, dice Sáez. Así llegaban las concesiones: los “territorios”. Aquellas concesiones del presidente dejaban a los directivos de la cadena “en una situación de extrema debilidad”, según Sáez.

La lluvia fina

En la historia de TV3 hay hitos sueltos donde la presión política se ha hecho evidente, pública y que han podido luego criticarse. Pero en el día a día ha sucedido algo más sutil, constante y eficaz. Es lo que un redactor jefe de informativos en distintas etapas llama “lluvia fina”.

La lluvia fina es la jerarquización de un contenido sobre otro, la extensión de un vídeo, las noticias amables por encima de las polémicas. Ese día en que el director de la tele llama a un director de informativos en fin de semana para que “dé bien las encuestas electorales” y el presentador le dice que no se preocupe y el director insiste en que “no olvide la del Avui”.

Es un goteo cualitativo, no cuantitativo: se puede analizar un día pero no sus efectos. El minutaje de los partidos y los políticos en pantalla, que es el único modo oficial de medir, no refleja estos matices.

El pasado 28 de agosto la Guardia Civil registró la sede de Convergència y de su fundación, CatDem, además de cuatro ayuntamientos convergentes. TV3 dedicó 14 minutos a la información. Los ocho minutos iniciales fueron para dos periodistas en las sedes y para un vídeo de resumen.

Era una información aceptable, aunque con poco contexto, con un inicio centrado en la visibilidad de la operación (no en la presunta corrupción) y con la alcaldesa de Sant Cugat, Mercè Conesa, que insinuaba que era una operación política. Los 2.30 minutos siguientes eran para dirigentes de Convergència, CatDem y el Govern. Los tres decían que era una operación política preelectoral.

El minuto siguiente estaba dedicado al Gobierno central. Los demás partidos catalanes tuvieron entre todos 1.45 minutos. La frase de Ramon Espadaler, de Unió, era sólo: “Respeto por la presunción de inocencia y por la actuación judicial”. A Xavier García Albiol, del PP, sólo se le oía esto: “Artur Mas en base a la responsabilidad como presidente de Convergència y a Romeva y Junqueras como socios de coalición electoral”. No tenía ni siquiera verbo.

No es el único ejemplo.

El 14 de octubre de 2012 el Telediario abrió con una previa de las elecciones venezolanas y con una concentración de castellers en Tarragona. La tercera noticia fue un vídeo de resumen de protestas contra los recortes en 57 ciudades. TVE abrió ese día con las manifestaciones. En el fragmento sobre los castells salía Artur Mas para pedir que los catalanes imitaran a los castellers e hicieran piña. Es poco probable -o imposible de descubrir sin confesiones- que estas cosas sean así debido a consignas políticas. Como en todos los medios, los periodistas saben en el fondo dónde trabajan.

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Este domingo, el sexto capítulo: ‘La opinión dependiente’ 

Lee aquí los cuatro primeros:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’

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El comportamiento de la sección de Política de TV3 se controla al minuto. Cuando hay una información política importante, ofrecen opiniones de todos los partidos: los siete enanitos, les llaman algunos en la redacción. Pero el Gobierno tiene el doble porque su partido es también uno de los enanitos. Una de las batallas importantes de TV3 ha sido decidir qué es más importante: el Consejo de Ministros o el Consell de Govern, la información local o la información que ese día pueda ser más importante fuera de Cataluña. Un análisis cuantitativo no percibe estos matices.

Ramon Espuny, presidente del Sindicat de Periodistes de Catalunya, cree que no es necesario dar órdenes: “Los mecanismos del micropoder van así. No hay que tener carné para obedecer a un partido o un gobierno; la mejor manera es no tenerlo y disfrazarlo de criterios profesionales”.

También es lluvia fina que las menciones de la palabra “nacional” sean sobre todo para “Cataluña” y que la información vinculada a España lleve el adjetivo “estatal”. A veces se ha hablado de “policía estatal” o “selección estatal”.

Esta lluvia fina no se da sólo en los informativos. Miquel Calçada presenta Afers exteriors, que busca catalanes por el mundo. En ninguna de sus ediciones ha sacado a un catalán que diera clases de castellano en el extranjero ni que hubiera aparecido en programas similares en otras cadenas.

El Che Guevara en Política

Los casos de manipulación burda son fáciles de detectar: un documental sobre el futuro de una Cataluña independiente sin que haya un documental alternativo sobre una Cataluña federal u otra gobernada por Ciudadanos; un debate después de las municipales para hablar sólo de la independencia; un espacio durante el Telediario para que el presidente convoque elecciones y una entrevista luego al “jefe de la oposición”, Oriol Junqueras, que ha sido aliado del Gobierno y va en su lista.

Pero es imposible generalizar la responsabilidad. Entre los 400 periodistas de la redacción de TV3 hay de todo. El apoyo a la independencia puede haberse colado para unos cuantos como un valor mayor que la profesionalidad, dice Espuny: “Hay gente independentista que aún dice que hay que defender la profesionalidad, gente que lo matiza y gente que quiere defender la profesionalidad en todo lo demás pero que piensa que éste es un tema de ‘vida o muerte’, de ‘ahora o nunca’, de ‘todo o nada’”.

Un redactor de una sección que no es Política y que defendió en una larga conversación off the record el papel de TV3 en el debate soberanista me dijo esta frase sobre la sección de Política en un correo electrónico posterior a nuestra charla: “Es una sección domesticada y poco conflictiva, atada de manos y pies: podría trabajar el Che Guevara de redactor y no se notaría”. Es una manera de reflejar las pocas intenciones de desligarse de la línea de quien mande en el Parlament.

En 2001 Europraxis, una empresa de Josep Pujol Ferrusola, asesoró a la multinacional Lear en el cierre de su planta en Cervera (Lleida). El secretario de Industria era su hermano, Oriol Pujol, y el conseller de Industria era Antoni Subirà, primo de Jordi Pujol, president de la Generalitat.

Fue un escándalo que llegó al Parlament. En 2002 Indra, que había comprado Europraxis en 2001, se llevó varios contratos millonarios de la Generalitat después de años intentándolo sin éxito. TV3 sólo ha hecho cinco menciones a Europraxis a lo largo de su historia. Fueron todas en 2006, cuando se publicó un informe de la Sindicatura de Cuentas sobre las concesiones “irregulares” a Indra. Había una diferencia con 2002: ya no gobernaba Convergència.

PACO JUNQUERA / GETTY
PACO JUNQUERA / GETTY

La primavera de Praga

En 1999 Pujol se quedó en minoría y una de las primeras leyes que se debatió en el Parlament fue la que regulaba el sector audiovisual. La oposición logró nombrar a un director de la Corporación por consenso, Miquel Puig, y se creó el Consejo del Audiovisual de Cataluña (CAC). La labor del CAC era fiscalizar a las teles y conceder licencias.

Miquel Puig fue un director con buena relación con la redacción. Un redactor jefe llama su época “la primavera de Praga”. Puig creía que uno de los pilares de TV3 debían ser los informativos y la credibilidad. Creó una serie de especiales sobre “los problemas de Cataluña”. El primero fue sobre las comarcas a las que afectaría el trasvase del Ebro. “Recibió muchas críticas desde las alturas”, dice Puig.

Otro episodio recordado es la noche del asesinato de Ernest Lluch. La muerte fue a última hora de la noche y TV3 emitía un programa de Buenafuente ya grabado. El director de Informativos, Josep Maria Torrent, tomó la decisión de no interrumpir la emisión después de dar un flash. Varios redactores llamaron y se ofrecieron a ir a la tele a improvisar un programa. Pero les dijeron que no hacía falta y no se mandó una unidad móvil al lugar de los hechos. Al día siguiente, el comité profesional pidió la destitución de Torrent en una reunión con Puig y el propio Torrent.

“[Hablamos después] en una conversación que no voy a revelar”, dice Puig. Torrent dimitió 24 horas después. Puig cree que “TV3 falló aquella noche”. Tres personas me han dicho que la sospecha principal que corría por la tele acerca de Torrent era que Lluch era socialista y no merecía tanta atención.

En 2002 llegó el final de Puig. Aunque él se resiste a reconocerlo, el Gobierno de Jordi Pujol le forzó a dimitir días después de que destituyera al director de Catalunya Ràdio, Josep Maria Clavaguera, por desacuerdos en la gestión. Puig lo recuerda así: “Habíamos perdido la confianza de CiU. El consenso se había roto”.

Hasta tal punto se había roto el consenso que Pujol nombró como nuevo director de la Corporación a Vicenç Villatoro, diputado de CiU y ex director del diario Avui. Torrent había trabajado también en Avui. Se acercaban las primeras elecciones de Artur Mas como cabeza de lista. Los políticos creen que en esos momentos es mejor tener a gente afín.

El CAC controlaba ya el pluralismo político en las teles pero no se quejó por la salida de Puig: “Era una cuestión interna del operador”, dijo su presidente, Francesc Codina, ex diputado de Convergència. El CAC tiene seis miembros; tres estaban entonces propuestos por CiU. Además de Codina, los otros dos eran un ex director de Avui y ex director general de Promoción Cultural de la Generalitat, Jaume Serrats, y un antiguo miembro del comité de gobierno de Unió y hoy recién cesado director de Catalunya Ràdio, Félix Riera. Los votos importantes iban a estar claros.

Un organismo débil

El CAC funciona con actuaciones acordadas por sus seis miembros. Cuando hay empate, decide el voto de calidad del presidente. Quien tiene el presidente y dos consejeros tiene, por tanto, el poder.

El CAC reparte licencias audiovisuales y vigila el pluralismo, la publicidad, las emisiones infantiles y en general la labor de las empresas que han recibido una licencia audiovisual para emitir. Los consejeros son propuestos por los partidos según su peso en el Parlament.

Es razonable dudar de partidismo en sus decisiones. Un modo para atenuar esas dudas entre la ideología y la profesionalidad es dar los cargos a personalidades sólidas y con una formación específica. En Cataluña el CAC se inspiró en el CSA de Francia. Allí los presidentes son jueces del Consejo de Estado, la alta función pública. La categoría de altos funcionarios, que no existe en Cataluña, ayuda a la independencia de los miembros: “Todo el mundo tiene su orientación pero no tiene que ser alguien sometido”, dice Elisenda Malaret, consejera del CAC entre 2008 y 2014, catedrática de Derecho administrativo en la Universidad de Barcelona y diputada socialista en el Congreso entre 2004 y 2008.

El Parlament aprueba los miembros del CAC. Malaret había visto los exámenes orales que se hacen en el Senado de Estados Unidos a quienes aspiran a cargos públicos importantes y se había preparado respuestas a presuntas incompatibilidades y propuestas sobre cómo mejorar el CAC. Pero la comisión sólo le preguntó vaguedades sobre si era miembro del PSC. Apenas habían hojeado su currículum.

La falta de respeto por la labor parlamentaria de control hace que el Consejo sea fácilmente manipulable. Rafael Jorba, periodista de La Vanguardia y consejero del CAC entre 2006 y 2010, vio que para que funcione bien un organismo de regulación se necesitan dos condiciones: “Una democracia de calidad y un subsistema de medios de calidad”. Jorba se llevó una decepción: “Me di cuenta de que no existe ninguno de los dos”. Jorba ha sido periodista desde 1978 en El Periódico, El País, TVE y La Vanguardia. Conoce por tanto el “subsistema de medios” catalán.

El CAC ha pasado por distintas etapas.

En 2011 sancionó al Grupo Godó con 12.000 euros porque su cadena, 8tv, había emitido en 2009 microespacios de publicidad encubierta del Ayuntamiento de Barcelona, entonces en manos del socialista Jordi Hereu.

En 2015, en cambio, ha creído que la campaña Preparats de la Generalitat es legítima publicidad institucional. En el anuncio sale gente alegre que se dice preparada para mejorar Cataluña. Esta decisión conllevó votos particulares de dos consejeros que explicaban sus diferencias. Sus motivos eran sobre todo dos. El primero, que según la ley la publicidad institucional “sólo” puede informar de servicios públicos. El segundo, que los lemas principales –Preparats y Fem-ho– eran los mismos que el de una campaña de Assemblea Nacional de Catalunya (ANC) en 2014 –Estem preparats– y el de CiU en las elecciones de 2012: La voluntat d’un poble. Fem-ho junts.

En su decisión, el CAC decía que eran eslóganes comunes: los habían usado de modo similar el PSC-PSOE en el año 2000, ERC en las municipales de Torelló en 2011, la Universitat de Vic en 2012, un encuentro empresarial en el Pirineu en 2015 o una campaña benéfica de la AMPA de Mallorca. Todas son campañas de una repercusión ridícula.

Con motivo de un anuncio por el Tricentenario del 1714, el CAC estuvo a punto de emitir un informe sobre la legalidad de esa publicidad institucional. La entonces consejera Elisenda Malaret se negó para que no hubiera un precedente sobre campañas institucionales que no lo son. Prefirió entonces que no saliera nada. Un año después, con la decisión sobre la campaña Preparats, ese precedente ya existe: a partir de ahora la publicidad institucional puede rozar la propaganda y ya hay una actuación del CAC que lo justifica.

Otro expediente polémico del CAC es el que permite que El Punt Avui TV alquilara siete licencias locales de Canal Català. La ley permite emitir sólo un 25% de contenido general en cadenas locales. El Punt Avui TV emite el mismo contenido sin apenas desconexiones. Es decir, se está saltando la ley.

Planeta y otras emisoras estatales -Localia de Prisa o urBeTV de Vocento- intentaron un modelo parecido para toda España pero fracasó por motivos económicos y porque en lugares como Cataluña el CAC lo iba a impedir de acuerdo con la ley. Aunque “tanto en Madrid como en el País Valenciano, Ver-T [de Planeta] emite en cadena por encima del 25% sin problemas porque, aparentemente, ningún organismo los controla”, según los profesores de la Universidad Autónoma de Bellaterra Montse Bonet y Josep Àngel Guimerà.

En Cataluña, para evitar el control del CAC y salvar El Punt Avui TV, la Generalitat cambió la definición de qué es “contenido en cadena de contenidos audiovisuales”.

“ERC e ICV nos pusimos tozudos y cambiaron la ley a través de la Ley de acompañamiento de Presupuestos”, dice la diputada de ICV Marta Ribas. Fue un cambio que se hizo sólo para salvar la tele de El Punt Avui. Mientras, en el CAC, dejaron el expediente en contra de El Punt Avui TV abierto hasta el cambio de ley. Así pudo seguir emitiendo. Nadie ha terminado por controlarles, como ocurrió con otras teles en Valencia o en Madrid.

Para qué ha servido TV3

La pregunta eterna sobre TV3 es su papel en la creación de la Cataluña actual. ¿La cadena ha manipulado o censurado informaciones? Sí. ¿Esa censura es siempre política? Lo parece. ¿Qué peso ha tenido? Quién sabe.

El Comité de Redacción se ha quejado de que la tele ha prestado poca atención al caso Pujol. Uno de los principales señalados ha sido 30 minuts, el Informe semanal catalán. Su director, Eduard Sanjuán, dice que la opción de grabar un documental sobre Pujol lleva tiempo sobre la mesa. No lo han hecho por la falta de concreción del caso y porque Pujol no quiere hablar. (Otro periodista de TV3 hace tiempo que persigue al ex president para un programa especial y no ha conseguido la entrevista. Para este reportaje, a sabiendas de este silencio, he intentado hablar con Lluís Prenafeta, secretario de Presidencia en los 80, que se ha negado con la excusa de que no tenía nada que decir.)

Sanjuán admite que si no ha habido documental sobre Pujol es sólo decisión suya. Dice que no ha recibido presiones.

30 minuts ha recibido otras presiones. En 1990 la Generalitat propuso a 30 minuts un viaje a Alemania para preparar un documental sobre el plan de residuos de Cataluña. En Alemania había un modelo en que se podía fijar el Gobierno catalán. El equipo de 30 minuts se quedó unos días más para ir a ver una planta de tratamiento de residuos en Schwabach. La periodista del equipo era una becaria. Hizo su trabajo y vio que en Schwabach estaban preocupados por los efectos perjudiciales de la planta. El programa se emitió y no gustó. El jefe de Informativos, Josep Maria Ràfols, no lo vio antes de la emisión y al cabo de unos días fue destituido. Y eso que en una pregunta parlamentaria de la época se llegó a decir que el programa se había manipulado para quitar secuencias negativas. Aparentemente no había sido suficiente. En el archivo de 30 minuts de TV3 no puede encontrarse por ahora este reportaje. “Los temas políticos siempre eran más difíciles”, dice Joan Salvat, director del programa durante 25 años hasta 2008.

¿Esto es lluvia fina? Y si lo es, ¿qué papel desempeña en la percepción de los catalanes? Es imposible de cuantificar.

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Mònica Terribas durante sus años en TV3.

Mónica Terribas fue periodista estrella en TV3 en un programa diario nocturno de actualidad y entrevistas. Luego dirigió la tele hasta 2012. Hoy presenta el programa matinal de Catalunya Ràdio, segundo en audiencia.

Pregunto a Terribas si en Cataluña se ha insistido poco con el caso Pujol. Se sorprende. Ha invitado al ex president al menos tres veces en antena a que vaya a explicarse. Pujol no ha ido. ¿Qué importancia tiene que Pujol no se haya explicado ni en TV3 ni en Catalunya Ràdio? Pujol podría hacer esas entrevistas sin problema: se reúne a menudo en privado con periodistas afines. Pero no quiere salir en público. El escaso martilleo de los medios para que hable no le afecta.

Es verdad que otros políticos fuera de Cataluña tampoco hablan. La excusa más habitual entre periodistas catalanes es ésa: en otros lugares -sobre todo en el resto de España- es igual o peor. Es un motivo razonable, pero si en otro lugar es peor, es una manera discreta de admitir que aquí se hace mal.

Así por ejemplo explica Terribas el papel de TV3 y otras cadenas en la situación política actual:

Los medios públicos de todo el mundo contribuyen a crear un imaginario. El trabajo de los informativos es menos importante que el de los programas. Puede construirse ese discurso de que TV3 es un desastre y está en manos del Gobierno. Es fácil. Quizá se acaba consiguiendo, más ahora. Pero la redacción de la tele tiene un amor propio importante y tiene mecanismos de autocorrección también importantes. Si esta imagen se extiende, será muy injusta para el colectivo profesional interno. Políticamente, los grupos mediáticos de España jugarán esta carta de una manera severa y dura, y pasará por desprestigiar las productoras privadas de aquí. Hay una parte que será muy injusta porque los periodistas están intentando hacer las cosas bien.

En esta declaración hay cuatro elementos importantes.

El primero es que las teles han sido cruciales.

El segundo es que es posible construir un relato de TV3 como un pilar de la Cataluña de hoy. Terribas no cree que sea cierto, al menos en el estricto sentido político. “Nosotros no hemos construido ninguna Cataluña. Hemos reflejado lo que está pasando y lo que pasa desde 2003 es la agonía de la construcción del Estatut. La raíz del crecimiento del movimiento independentista está en los movimientos de la política, no en los medios”, aclara.

El tercer elemento es que TV3 es la cadena líder en Cataluña. Si no existiera, la publicidad se repartiría entre el resto de cadenas y las productoras catalanas recibirían menos encargos y serían más débiles.

El cuarto detalle es que los periodistas de TV3 “intentan” hacer las cosas bien pero a veces se equivocan. Terribas lamenta la excesiva juventud de algunos mandos intermedios de informativos. “Les cuelan goles”, dice.

Hay algo que sí se puede medir: qué votantes de cada partido miran los informativos en TV3. Sigue sin quedar claro si influyó primero la tele o la ideología, pero se ve una Cataluña partida según la tele que usa para informarse:

tvEn los lugares de Cataluña menos interesados en la política local, TV3 no es líder. Es difícil encontrar datos geográficos de audiencia. Pero en esta nota de prensa de 2009 la cadena dice que es líder en Lleida, Girona y Tarragona. En Girona y Lleida es líder en todas las comarcas menos en el Valle de Arán. En Tarragona no es líder en cuatro comarcas y en Barcelona no es líder en tres, entre ellas la capital. En esas siete comarcas viven más de cuatro millones de catalanes.

Las teles líderes en esas comarcas ofrecen un contenido poco centrado en la política catalana. Pregunté a Albert Sáez, presidente de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales entre 2008 y 2010, por el resultado discreto de TV3 en esos lugares: “TVE también olvida geográficamente a una parte del país: en Cataluña es la sexta televisión”, dice. El fútbol y otros deportes eran importantes para lograr esas audiencias. Su falta y el momento político han propiciado el desinterés por la cadena, que en algunas zonas puede haber aumentado.

La presión a los directores

Es difícil desgranar los motivos de una redacción como la de TV3. Ha habido presiones políticas desde el inicio. Todos los directores me han dicho que las han vivido continuamente y que todo dependía de su reacción. Así, por ejemplo, Miquel Puig:

Me llamaba mucha gente para sugerirme que hiciera o dejara de hacer algo; sobre todo políticos aunque también empresarios. En una comparecencia en el Parlament, y como ejemplo, relaté que en un mismo día, en el cortísimo trayecto en coche de casa al despacho, había recibido dos llamadas: una para decirme lo importante que era lo que un ‘conseller’ estaba haciendo en Nueva York y la otra de un empresario cuyos problemas habían aparecido en un informativo, para decirme que no veía necesario volver a aparecer. Por cierto, el empresario era Félix Millet [que dimitió después de confesar que se había apropiado de tres millones de euros del Palau de la Música]. Siempre consideré, y así lo declaré a los diputados, que la responsabilidad de qué hacía tras las llamadas sólo era mía.

Puig acabó fuera antes del fin de su mandato.

Terribas describe así el papel de David Madí, secretario de Comunicación de Artur Mas en el último Gobierno de Jordi Pujol:

David Madí siempre ha tenido en la cabeza dos errores. Uno, la teoría de la aguja hipodérmica: aquello de que lo que dices por la tele acaba entrando en el cerebro de la gente y vota. Y dos, cree que al cambiar cargos cambia medios. No es verdad. Las redacciones tienen una identidad de cultura laboral. La cultura laboral de TV3 o Catalunya Ràdio es de servicio público y es muy orgullosa.

Madí cree que estos dos errores son “una solemne estupidez” y apunta que el origen de su conflicto con Terribas es que él quería una TV3 más pequeña en plantilla y por tanto más viable económicamente.

A pesar de esta definición de la labor de Madí, Terribas ha tenido sus mayores problemas, dice, con los socialistas. Después de la entrevista con ETA en Perpiñán del conseller en cap Josep Lluís Carod Rovira, Terribas dejó de hacer las entrevistas institucionales durante unos años. Los encargados de comunicación socialistas decidieron que sus preguntas eran demasiado incisivas, según Terribas. Pero Jordi Mercader, jefe de prensa del president Pasqual Maragall, dice que movieron a Terribas porque ya hacía un programa diario de entrevistas y hacer que el president pasara por ese mismo plató en entrevistas institucionales era quitarle peso.

La tele de Godó

En Cataluña hay una segunda televisión que ha tenido hasta ahora un papel menor: 8tv, del Grupo Godó, editor de La Vanguardia. Cuando llegó la TDT, la Generalitat dio los cuatro canales autonómicos a Godó, un caso sin precedentes en España. David Madí fue quien tomó la decisión. Fue el único grupo, dice, que se ajustó a los criterios del concurso. Hay concursos, claro, que se crean pensando en uno de los que se presenta.

El Grupo Godó tiene dos de esos canales alquilados a Barça TV y a TV3 en alta definición. La Generalitat concedió por tanto un canal a un grupo privado en 2003 y ahora le paga un alquiler a través de su televisión pública.

En 2012 el Gobierno de Artur Mas estuvo a punto de conceder al Grupo Godó a través de un concurso la gestión de la publicidad de TV3. Era un movimiento que podía privatizar uno de los ingresos principales de la tele pública. La Generalitat creía que se hacía de manera poco eficaz, según Martí Blanch, secretario de Comunicación. Terribas era aún directora de la tele e hizo lo posible para que no ocurriera junto a los trabajadores de la casa. Aquello prosperó. Tres años después, Telecinco se ha quedado con el 40% de 8tv.

El secretario de Comunicación de la Generalitat, Josep Martí Blanch, cree que la inversión de Telecinco en 8tv puede ser un problema para TV3 a largo plazo: “Ahora TV3 tiene un competidor que gestiona publicidad en toda España y que por tanto mandará más publicidad a 8tv. Tienes además una cadena con una alianza estratégica y accionarial, con talento y recursos para hacer televisión y con personas que conocen bien el mercado. Es posible que la programación de la tele del Grupo Godó mejore en un periodo razonable”. La audiencia de TV3 puede sufrir y perder su liderazgo histórico. ¿Hubiera sido mejor dejar que Godó vendiera la publicidad de TV3?

Terribas no sabe por qué la echaron de TV3 -“me llamaban la directora sindicalera y me decían que no podía hacer la reestructuración laboral que necesita la casa”- pero cree que la oposición a la gestión de la publicidad de Godó fue clave: “Con la gestión comercial de la publicidad me pusieron la cruz. Se te metían en casa por detrás”.

Su salida causó cierta polémica. Terribas volvió a la universidad. Al ser también una institución pública, la Sindicatura de Cuentas sugirió que no podía quedarse con el finiquito que había recibido. Terribas pidió a su hermana abogada que mirara el asunto y le dijo que no tenía de qué preocuparse. Brauli Duart, el director de la Corporación que la despidió de TV3 (Duart entró en marzo y Terribas salió en abril), la ha contratado ahora para hacer el matinal de Catalunya Ràdio.

Terribas se reunió con Mas cuando dejaba TV3. “Le conté los problemas estructurales que veía”, dice. Alguien en Convergència puede haber llegado a la conclusión de que es más fácil controlar la televisión privada que la pública: una depende de elecciones e incluso un día puede tener un consejo de administración independiente por ley. La otra siempre dependerá de su propietario, en quien es más fácil influir.

De todos modos, este debate pierde cada vez más sentido: en 2009 TV3 era líder con más del 20% de share. Hoy es líder con el 12%.

La época de la influencia crucial de las televisiones ha pasado. Es cierto que Cataluña no sería igual sin TV3. Es la tele autonómica española con más presupuesto y con más audiencia. Pero al final cada catalán ha escogido qué televisión veía. El menú además ha ido creciendo con los años. Si TV3 hubiera sido la BBC, Cataluña sería probablemente distinta. Pero si TVE hubiera sido la BBC, hoy España (y Cataluña) también serían distintas.

Este domingo, el sexto capítulo: ‘La opinión dependiente’ 

Lee aquí los cuatro primeros:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’

El libro negro del periodismo en Cataluña (III): La prensa amiga

Pujol lee el ‘Avui’ en su casa. A su derecha, Marta Ferrusola. / SIGFRID CASALS / GETTY

Jordi Pujol apuntaló con dinero público cabeceras como el ‘Avui’ y llegó a escribir de su puño y letra las preguntas y las respuestas de sus entrevistas. Ni ‘El Periódico’ ni ‘La Vanguardia’ rompieron ese control sobre los medios, que se perpetuó durante los años del tripartito catalán.

Este miércoles, el cuarto capítulo: ‘El pozo con fondo’ 

Lee aquí los dos primeros:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad

Jordi Pujol apuntaló con dinero público cabeceras como el ‘Avui’ y llegó a escribir de su puño y letra las preguntas y las respuestas de sus entrevistas. Ni ‘El Periódico’ ni ‘La Vanguardia’ rompieron ese control sobre los medios, que se perpetuó durante los años del tripartito catalán.

Los periodistas Andreu Farràs, de El Periódico, y Salvador Sabrià, del Diari de Barcelona, salieron de un ascensor en un hotel de Montevideo en 1988 y se encontraron al presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona, el empresario Josep Maria Figueras. Los tres formaban parte de una gran comitiva que acompañaba a Jordi Pujol por América del Sur. Figueras les dejó caer que Uruguay no merecía la pena: “Se ha de tener mucho valor para invertir aquí”, les dijo.

Los dos periodistas incluyeron las declaraciones en sus crónicas. No estaban en el titular ni al principio. Farràs lo daba en el octavo párrafo aunque estaba también en un destacado. Sabrià lo daba en los dos últimos párrafos. El día en que salieron los textos, la jefa de prensa de Pujol, Eva Algarra, llamó a Farràs: “[El secretario de Presidencia] Lluís [Prenafeta] quiere hablar contigo”. Prenafeta esperaba en la recepción del hotel donde se hospedaban, ya en la siguiente etapa del viaje, en la ciudad brasileña de São Paulo.

Era el primer viaje de Ramon Pedrós, nuevo jefe de prensa de Pujol, que iba a sustituir a Algarra. En su libro La volta al món amb Jordi Pujol (Planeta, 2002), Pedrós describe así la escena: “Con la cara encendida y a gritos, Prenafeta gesticulaba mientras el periodista [Andreu Farràs] intentaba protegerse del vendaval, aguantando estoicamente la diatriba, bajando la cabeza”.

La escena tiene mérito porque Prenafeta es muy bajito. El secretario acusaba al periodista de inventarse las declaraciones. Mientras duraba la escena, apareció Figueras, el empresario. Farràs le pidió a Prenafeta que le preguntara. Pedrós reproduce lo que respondió Figueras: “Yo a este señor no lo conozco de nada. No lo he visto en mi vida”. Farràs se defiende aún hoy: “Era la palabra de dos [Sabrià y Farràs] contra uno”. Le pregunté a Farràs si ya en Barcelona se quejó ante su jefe de sección, Antoni Ribas, o ante su director, Antonio Franco. No lo recuerda. “Tampoco hubiera servido de mucho”, añade.

Prenafeta no guardó rencor a Farràs, que fue unos años después el jefe de Política de El Observador, el diario que el hombre de confianza de Pujol impulsó en 1990 para dar una visión en castellano de Cataluña y competir con La Vanguardia. Alfons Quintà, que había sido el primer director de TV3, fue el escogido para dirigirlo. En su primera entrevista con Quintà, Farràs le preguntó si Prenafeta estaba detrás del proyecto. Quintà le juró que no, dice Farràs. El Observador duró apenas tres años, pero prueba que Prenafeta no tenía manías para escoger a sus aliados.

En otro viaje de Pujol por el cono Sur unos años después, en 1997, aparecieron dos de sus hijos en la comitiva: Pere y Marta. En la crónica de cierre del viaje en La Vanguardia, el título es un regalo: Pujol acaba su viaje al Cono Sur ‘abrumado’ por el trato recibido. El subtítulo, aún más: La visita del president, un hito en la proyección de la Generalitat. Pero las últimas cinco líneas, sin ni siquiera ser un párrafo aparte, eran sobre los dos hijos, que habían salido ya en otros periódicos: “Respecto a la presencia de dos hijos (Marta y Pere) del matrimonio Pujol en distintas etapas del viaje, el president se mostró dispuesto a contestar en el Parlament una pregunta de Esquerra pese a que va dirigida al conseller de la Presidéncia, Xavier Trias”. En la dirección de La Vanguardia recuerdan el enfado del presidente como si fuera la bomba atómica.

Captura de pantalla 2015-09-13 a la(s) 12.17.24Crónica final del viaje de final de Pujol por el Cono Sur en diciembre de 1997. 

Pujol, periodista

Un diario de Girona había publicado una entrevista a Pujol. El president quería que La Vanguardia reprodujera las mejores frases y llamó a Lluís Foix, que permaneció en cargos directivos de La Vanguardia entre 1982 y 2000. Foix pidió a un redactor que preparara dos columnas. Al día siguiente, el president llamó para quejarse porque no le había gustado el titular. Era una entrevista sobre valores y Pujol insistía con los valores: “Presidente”, le dijo Foix, “me has hablado muchas veces de valores, pero primero son las conductas”.

“Nunca más me habló de valores”, recuerda Foix.

A Pujol le obsesionaban los titulares y las fotos, según Foix. Despreciaba en cambio los editoriales. “¡No los lee nadie!”, le dijo un día a Foix cuando le contó que iban escribir un editorial sobre un asunto que le interesaba. El president sabía jugar con la autoridad. En otra llamada a Foix le dijo: “¿Verdad que tú no mandas sobre los chistus [chistes en catalán es acudits; ‘chistus’ es un barbarismo]?”. “Era una manera de decirme que tenía poca autoridad”, dice Foix. “Quería que no tocáramos a su familia en los chistes”.  

El nivel de implicación y conocimiento de Pujol en la redacción era ridículamente exagerado. Alguna vez había pedido a Foix que pusieran “una ladilla”. Un “ladillo” es un título que sirve para romper una columna de texto.

El momento quizá más célebre del Pujol periodista fue la entrevista que mandó a La Vanguardia ya hecha. “¿Sabes quién es la persona que mejor me hace las entrevistas?”, preguntó a Foix el president. Foix esperaba que dijera algún periodista de La Vanguardia. “¡Yo!”, dijo Pujol.

A principios de 1990, cumplió y mandó una entrevista ya terminada. Arcadi Espada popularizó aquel episodio con un artículo en el Diari de Barcelona: Jordi Pujol, redactor jefe de Cataluña. Tapia y Foix discutieron qué hacer y optaron por publicarla. Para firmarla, recordaron una fórmula que usaba Le Monde:Declaraciones del presidente de la Generalitat recogidas por ‘La Vanguardia. Pujol usaba el recurso de preguntarse a sí mismo a menudo. Esos textos acabaron otras veces, según su jefe de prensa Ramon Pedrós, en otros periódicos o agencias.

Captura de pantalla 2015-09-13 a la(s) 12.20.32Aquí arriba, la autoentrevista que Pujol publicó en las páginas 11 y 12 de ‘La Vanguardia’ del 7 de enero de 1990. Aquí debajo, la nota al pie que idearon Tapia y Foix.

Captura de pantalla 2015-09-13 a la(s) 12.26.59Las ruedas de prensa eran otra especialidad de Pujol. Tenía dos trucos. El primero era repartir preguntas. Pedrós debía colocar entre los periodistas los temas que Pujol quería explicar: “Quería que pasara las preguntas mientras él empezaba. Era muy duro. Sólo alguna vez logré que esperara un poco antes de empezar para que diera las preguntas. Lo pedía más a amigos que a medios: ‘Ya sabéis cómo es’, les decía”. Había periodistas que se prestaban más. Andreu Farràs era uno de los que pasó por esas ruedas de prensa: “Sabías que Pujol colocaba preguntas pero no sabías cuáles. Algunas veces se pasaba: una vez le preguntaron por los sellos de la Generalitat”.

El segundo truco de Pujol era evitar responder a lo que no quería. Había una frase típica: “Això no toca. El presidente imponía su ley: “Eso quería decir que el poder político fijaba la agenda de lo que toca y no. No tenía gracia, pero nos reíamos”, dice Rafael Jorba, ex subdirector de La Vanguardia.

Pujol tenía un alto concepto de sí mismo. En 1990, el secretario de Estado más importante de la segunda mitad del siglo XX, Henry Kissinger, estuvo en Barcelona. Fue de visita a la Generalitat, donde charló con Pujol, que le contó el papel de Cataluña. La charla se alargó y Pujol, animado, pidió que dieran a Kissinger dos conferencias suyas sobre otros países traducidas al inglés, una sobre los Balcanes. El president parecía creer que su punto de vista sobre la política internacional iba a interesar a uno de los mayores expertos del mundo.

Captura de pantalla 2015-09-13 a la(s) 13.51.05Las correcciones de Jordi Pujol a una entrevista que había pedido revisar.

‘O Foix o Convergència’

Lluís Foix fue nombrado director de La Vanguardia en 1982. Entre 1974 y 1982 fue corresponsal en Londres y en Washington. Cuando volvió a la redacción de Barcelona, el editor Javier Godó, que acababa de hacerse con el mando, creyó que era el momento de nombrar a su primer director. El paso de Foix por Londres y Washington debía ser una garantía. Fue lo contrario. Enseguida le acusaron de tener una concepción demasiado norteamericana del oficio. A la vuelta de un viaje de Madrid, Miquel Roca se encontró con un periodista de La Vanguardia en la capital. En la charla, Roca dijo: “Para La Vanguardia es o Foix o Convergència”. Foix fue destituido poco tiempo después.

El conde nombró director entonces a Paco Noy y director adjunto a Manuel Ibáñez Escofet, que era el hombre de Pujol en la redacción y no se escondía. En 1990 El Periódico publicó un documento que circulaba por la Generalitat sobre la “recatalanización del país”. En el apartado de medios, un epígrafe decía: “Asuntos fundamentales. Introducir a gente nacionalista con una elevada profesionalidad y gran cualificación técnica entre los lugares clave de los medios de comunicación”. Ibáñez Escofet pudo ser uno de ellos.

Después de su destitución, Foix siguió como subdirector “no operativo”, tal como le llamaban, en la sección de Internacional. Aquellos fueron los años más difíciles para Pujol, con la querella de Banca Catalana. La Vanguardia estuvo a su servicio.

Pero incluso para el conde de Godó había un límite: La Vanguardia no era, en el fondo, el periódico de la Generalitat. La Vanguardia estaba cerca de las clases medias catalanas, que tendían hacia Convergència pero eran plurales. Aun así el diario podía simpatizar con Pujol  y hasta sacar partido económico de su Gobierno: La Vanguardia fue uno de los beneficiarios del dinero procedente de la empresa Casinos, que gestionaba los locales de juego en Cataluña y desvió dinero a CiU y a otras instituciones a finales de los años 80, según denunció en 1990 su director financiero Jaume Sentís.

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Antes de las elecciones generales de 1986, La Vanguardia publicó un sondeo con una empresa nueva, Line Staff. Se presentaba Miquel Roca con un partido de centro: el Partido Reformista Democrático (PRD). La encuesta de El País auguraba al PRD entre uno y dos diputados en el Congreso. La Vanguardia decía que iban a obtener entre ocho y 12 escaños.

Al final el PRD no sacó ningún escaño. No es algo que el propietario del periódico pudiera encajar bien. La Vanguardia volvió a su firma demoscópica habitual: el Instituto Opina. Durante los años 90 y los primeros años del siglo XXI, sin embargo, La Vanguardia publicó algunos sondeos de Line Staff. Pero ya no eran encargados por el diario sino encuestas “a las que La Vanguardia había tenido acceso”. Es decir, encuestas que les habían pasado.

En 2002 El País publicó una información titulada El Gobierno de Pujol ha pagado encuestas a Line Staff a un precio que triplica el del mercado. El periodista, Pere Rusiñol, escribía: “Line Staff ha estado varias veces en el ojo del huracán político por las estrechas relaciones que mantiene con CiU y el Gobierno catalán”.

‘Hay que llevarse bien con Pujol’

En Madrid mandaba Felipe González. Joan Tapia, que había vuelto al periódico después de haber sido asesor del ministro de Economía Miguel Boyer, podía ser un recambio para Noy. Godó pudo pensar que no estaría mal cobijarse bajo la sombra del otro gran poder en España y dijo un día en un acto público que Tapia podría ser un buen director.

El encargo del conde para Joan Tapia era claro. “Javier Godó quería hacer un diario moderado y plural”, dice ahora Tapia. “Me nombra director no para ir contra la Generalitat (porque me dice claramente que hay que llevarse bien con Pujol). Pero quiere defender a la empresa: ésta es nuestra casa, no la suya”. Godó creó ese año el equipo de investigación formado por Eduardo Martín de Pozuelo y Jordi Bordas. Era otro modo de asustar a Convergència.

La Vanguardia se tomó su venganza con Prenafeta. El equipo de investigación publicó en 1990 varias páginas dedicadas al papel que tenía Prenafeta en el consejo de administración de una empresa, Iberia de Seguros. Al cabo de unos meses, Prenafeta dimitió pero no olvidó. En sus memorias, responsabiliza de su final político a La Vanguardia: “La querella que me puso el fiscal jefe de Cataluña, señor Jiménez Villarejo, se basó en las 21 páginas que La Vanguardia me dedicó, en muy pocas semanas, para intentar demostrar que yo actuaba en una sociedad de seguros”.

Martín de Pozuelo recuerda que vieron entrar “de casualidad” un día que estaban en la barcelonesa Casa Batlló a Prenafeta en un consejo de administración. Preguntaron al portero y ataron cabos. 

Pero el trato a Prenafeta fue insólito. La noticia de Bordas y Pozuelo salió el 19 de noviembre de 1989. Hasta el 1 de diciembre, La Vanguardia le dedicó cinco piezas más a los chanchullos de Prenafeta con Iberia. La insistencia es un comportamiento poco habitual en La Vanguardia. “Es más bien al contrario: cuando llevas tres días con un tema en portada te dicen que pares”, dice Santiago Tarín, en La Vanguardia desde 1985 y centrado en Tribunales e investigación. Ésta es la teoría de Tarín: “En La Vanguardia desarrollas la técnica del cazador. Te colocas detrás del seto y esperas. Siempre habrá un momento en que podrás darle una perdigonada a alguien. Entonces debes ir con papeles y todo preparado”.

En 1994 dimitieron dos consejeros sucesivos de Obras Públicas del Gobierno de Pujol: Josep Maria Cullell y Jaume Roma. Cullell estaba acusado de presionar a un alcalde para favorecer a su cuñado.

El Mundo publicó a partir del 6 de noviembre de 1994 y durante varios días unas conversaciones telefónicas donde Cullell presionaba al alcalde: Cullell presionó a un alcalde de CiU para que comprara un terreno de su cuñado era el titular de El Mundo.

El domingo 7 de noviembre La Vanguardia publicaba en portada: Cullell se revuelve contra el Ayuntamiento por el caso de la clínica New Teknon. No había ni una palabra de las grabaciones, que sólo salieron el lunes 8 en una pieza diminuta en páginas interiores titulada El Mundo publica otra conversación de CullellEl texto tenía tres frases.

Al día siguiente, José Antich, que entonces estaba en la sección de Política, publicaba una información sobre las intenciones de Pujol: “Las denuncias de tráfico de influencias precipitan la remodelación del Govern”. En periodismo eso se considera “noticia” y no es tan sencillo: requiere llamar al presidente, que se ponga y que lo explique. Son favores difíciles de lograr. Cullell duró 10 días más. Pero La Vanguardia nunca acabó de explicar qué había ocurrido. Las noticias las publicaban otros periódicos.

El 1 de junio de 1995 El Periódico publicaba en exclusiva una querella contra el sucesor de Cullell, Jaume Roma. El titular de El Periódico era suave: Una quiebra salpica al conseller Roma. El titular iba pequeño en portada y la noticia iba en la sección de Economía, no en la de Política. Ni siquiera abría Economía: la noticia principal era La escasez de cereal amenaza al IPC.

Al día siguiente El País titulaba con más claridad Un consejero de la Generalitat acusado de malversación dice que se querellará y La Vanguardia lo hacía así en la página 33, dentro de la sección de Sociedad: Cinco subcontratistas acusan al ICS de adjudicar obras a dedo. En El País las palabras “Jaume Roma” aparecían después de las 10 primeras. En La Vanguardia, “Jaume Roma” salía en la línea 16.

La Vanguardia favorecía a Convergència i Unió porque mandaba y porque era un diario conservador, como el partido. “La Vanguardia es un diario prudente, conservador; más que ideológicamente, es conservador con lo que hay: no se quiere enfrentar a los gobiernos. Nunca es un diario antigubernamental”, dice Tapia. Esa defensa hace que, según Tapia, “las informaciones que hacen daño al pujolismo salgan un poco por casualidad. No son el objetivo pero salen. Podíamos no ser esclavos del régimen pujolista. Pero no era nuestra idea ir en contra. Entre otras cosas porque nadie quería ir”.

Todos los medios tienen tendencias aunque en las mejores cabeceras esa adscripción es a una corriente ideológica (progresista, conservadora, catalanista, cristiana) y no a unas siglas de partido. Los medios en Cataluña, con el Grupo Godó al frente, siempre han recibido ayudas públicas: “Pujol quería medios débiles para que fueran a mendigarle”, dice Tapia. El problema es saber si todas esas ayudas eran subvenciones más o menos regladas o había de otros géneros.

PACO JUNQUERA / GETTY
Pujol de visita en un pueblo de Castilla y León. / PACO JUNQUERA / GETTY

Sostres en Baqueira

En el invierno de 1997 Salvador Sostres trabajaba para La Vanguardia. Hacía una sección pequeña donde recomendaba restaurantes en Barcelona. El redactor jefe de Política, José Antich, le pidió en Navidad si podía ir a hacer unas crónicas a Baqueira Beret, donde pasaban las fiestas el Rey Juan Carlos y el presidente José María Aznar. Antich le dijo a Sostres -que aún no era un columnista célebre- que siguiera a la comitiva de prensa y le fuera contando.

Antich hizo otra cosa: le dio el número de Sostres a Josep Sánchez Llibre, miembro de Unió Democràtica y diputado en el Congreso de los Diputados por CiU, un cargo que todavía ejerce. “Yo estaba subiendo hacia Baqueira y Sánchez Llibre ya me llamó para saber a qué hora llegaba”, dice Sostres. La presencia del político ya no le abandonó en la semana que estuvo en Baqueira: “Menos follar hicimos todo juntos”.

Incluso cuando lograba escabullirse, a Sostres se le aparecía Sánchez Llibre: “La noche de fin de año fui a cenar con unos amigos periodistas a un hotel por allí. Éramos 12 o 13 y cuando fui a pagar, ya estaba pagado”. Después de las 12 campanadas, “la primera llamada del año no fue de mi madre sino de Sánchez Llibre”. El objetivo central eran las crónicas de Sostres: “Él te decía qué tenías que escribir. ‘¿Tienes para apuntar?’, me preguntaba”.

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La Vanguardia publicó cuatro crónicas de Sostres desde Baqueira. En todas salía Josep Antoni Duran i Lleida, líder de Unió, aunque no viniera a cuento. En la más breve (dos párrafos) el titular era El Rey, objetivo constante de los fotógrafos. El segundo párrafo empezaba así: “Josep Antoni Duran Lleida fue también protagonista al efectuar sus primeras declaraciones en Baqueira”. El titular de la pieza más larga era sobre una reunión entre Duran y Aznar y el subtítulo era el siguiente: El presidente se reúne con el líder de Unió antes de verse con Pujol.

En la última crónica, Sostres hizo un pequeño homenaje a su anfitrión. Pidió (o alguien pidió) a dos monitores de esquí que puntuaran a sus alumnos: la copa fue para el entonces Príncipe Felipe y dos medallas de oro para Don Juan Carlos y Doña Sofía. Las medallas de plata eran para el secretario de Estado de Hacienda, el ministro Rodrigo Rato, Duran i Lleida y Sánchez Llibre, que era según los monitores “el político más simpático de las pistas y el que sabe elegir con la misma elegancia los forros polares que las corbatas”. En 2013 Sostres escribía: “La prevalencia que por ejemplo tiene Duran en la política catalana, pese a su indemostrada fuerza electoral, tiene mucho que ver con lo bien que le ha tratado siempre La Vanguardia”. Sabía de lo que hablaba.

Así trabaja José Antich

José Antich sustituyó a Joan Tapia en la dirección de La Vanguardia en el año 2000. En 1999, Pujol había ganado por los pelos su último mandato y tenía en el Parlament el apoyo del Partido Popular. En Madrid, Aznar acababa de conseguir la mayoría absoluta. Era un mal momento para un director como Tapia nombrado en los mejores años de Felipe González. En la campaña de las generales de 2000, cuatro periodistas de La Vanguardia fueron a La Moncloa a entrevistar a Aznar. Cuando acabaron, Antich se puso a preguntar al presidente por problemas familiares con una confianza insólita.

Antich sabe por qué lo hicieron director: “Cuando a mí me ficha [de director] el conde, no es porque tuvieran problemas con Convergència, que Tapia y Foix ya tenían bien resueltos. Tenían problemas con el Gobierno del PP”.

A José Antich le precede su fama. Es un maestro en las relaciones humanas y en el difícil arte de engatusar al poder. Así describe Antich su modo de hacer periodismo:

En periodismo no hay un sistema mejor o peor que otro. Debes escoger el sistema en que te mueves cómodamente y puedes preservar tu independencia. La manera en que yo preservo mi independencia no tiene por qué ser la de otro. Conozco a muchos periodistas que creen que la mejor manera de que un político no te contamine es no hablar con él. Yo creo que la mejor manera es estar muy cerca de él, pero a la vez un punto alejado para que cuando estire el brazo no pueda atraparte. Que me pueda rascar pero no atrapar. Es la manera más ventajosa para llevar información a mi medio. Siempre me ha funcionado.

Antich no está cerca (o muy cerca) de un político sólo para hacerle la pelota. Éste es el trato que le propone: “Yo necesito información. Si la tengo el primero, las cosas irán bien. Si la tengo el segundo, las cosas no irán bien. Tendremos problemas. No podremos tener una relación objetiva”.  

La pregunta obvia es si alguna vez se ha manchado por haber estado tan cerca y ha tenido que decir cosas que no quería: “Seguramente sí. No puedo ser objetivo [al hablar] sobre mí mismo. Si eso ha pasado alguna vez, hay que poner en una balanza qué he traído y qué he perdido”. Eso tiene un nombre que el mismo Antich pone a su labor: “He jugado muy al límite”.

La revista Mongolia publicó el libro Papel mojado. Allí se decía que el PP catalán, cuando lo dirigía el hoy ministro Jorge Fernández Díaz, mandaba a menudo sobres con dinero a Antich. En el sumario del caso Pallerols, sale “el periodista Pepe”, que recibía favores de Unió y que muchos identifican con Antich.

¿Por qué no se ha querellado? “No conozco ningún caso de personas que en casos así se hayan querellado y hayan ganado. Traté el tema con el diario. Me dijeron que yo era director de La Vanguardia, que acabaría haciendo más barullo, que no le diera más vueltas”, responde Antich. He hablado con la fuente de Mongolia sobre los sobres del PP. Describe con precisión las peticiones que le llegaban, el modo en que buscaba el dinero y la mujer que hacía de correo hasta la casa de Antich.

Pasqual Maragall y Jordi Pujol se enfrentaron en las elecciones de 1999. Xavier Roig dirigió la campaña electoral de Maragall en 1999 y recuerda muchas dificultades con La Vanguardia: “Yo decía a la dirección de La Vanguardia que los textos de Antich no eran verdad, pero me decían que no se podían meter. Era todo bastante lamentable”.

Desde la dirección del periódico admiten también dificultades con la sección de Política, dirigida por José Antich. Lluís Foix recuerda un día en que había cuatro páginas para Pujol y una para Maragall. En Política quitaron la de Maragall y Foix se impuso para reponerla. “En el 99 yo no marcaba la línea”, dice Antich. “Era otro que me había dado su confianza. Si yo pasaba por ser convergente, él [Joan Tapia] pasaba por ser socialista. La responsabilidad debe ser de quien dirigía, que dejaba hacer. Nunca recibí una indicación de ‘Oye Pepe, quizá nos estamos pasando’”. El director tenía dos opciones: permitir que hiciera su trabajo o destituirle. Permitió que siguiera con su trabajo. Menos de un año después, fue Antich quien sustituyó a Tapia.

Los pueblerinos de Maragall

Maragall fue jefe de la oposición en el Parlament hasta 2003. En una entrevista con Manuel Fuentes emitida en Telecinco en 2002, llamó “pueblerinos” a quienes querían estrecharle la mano.

El periodista Manuel Trallero debía hacer una crónica. El director, Antich, y el redactor jefe de Política, Jordi Barbeta, querían que aprovechara el texto para destacar la frase de Maragall. “Era la típica astracanada de Maragall, no le veía el interés”, dice Trallero. “Yo había visto la entrevista, pero les dije que no la había visto para evitar hacerlo”.

Barbeta le dijo que no había ningún problema, que fuera a la redacción y que le volverían a poner el programa en vídeo. Trallero fue, hizo el texto y puso el comentario en el quinto párrafo. “Querían más sangre pero les dije que hicieran lo que quisieran y me fui”, recuerda. En el texto de Trallero aparece destacado el comentario de Maragall. Se nota además que se hizo con prisa porque está lleno de erratas. Trallero se había olvidado el reloj en la sala del vídeo. Cuando volvió, el encargado sacaba la cinta. En la etiqueta ponía “Departament de Presidència”. Era el departamento que entonces dirigía Artur Mas.

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Con Antich de director, otra de las víctimas iniciales fue el equipo de investigación, que fue desmembrado. “Nos dijo que no creía en la investigación”, recuerda Martín de Pozuelo. Ésta es la explicación que da Antich: “Sólo puedes dedicarte a la investigación periodística si te vas a dedicar a fondo. La historia nos demuestra que el 80-90% de lo que llamamos investigación periodística son investigaciones policiales pasadas a periodistas”.

Antich centró su periódico en la política catalana, Barcelona y la economía. “No nos servía descubrir temas de la mafia italiana”, dice Antich. La mafia era uno de los temas que Pozuelo y Bordas habían trabajado en los 90. Pero entonces no era la guerra de Antich. “Los diarios pueden dar varias batallas pero nunca todas las batallas”, concluye.

Sin equipo, Martín de Pozuelo siguió sacando algún tema en profundidad, sobre todo de Franco: “Era mi modo de trabajar; siempre hago un par de llamadas de más”, dice. Pero había poco sobre Cataluña. Los tres grandes trabajos del equipo de investigación, según Pozuelo, habían sido “la mafia en España, los desaparecidos españoles en las dictaduras de Argentina y Chile y los secretos del franquismo [a partir de los archivos sobre España del espionaje norteamericano]”. Era un modo de hacer periodismo, pero de lejos. El motivo para Pozuelo es el carácter de su periódico: “La Vanguardia nunca ha tenido un objetivo político sino periodístico; no tenemos más objetivo que ir informando”, dice.

La alianza de los Pepes

La influencia de Convergència en La Vanguardia ha tenido al menos tres frentes: trasvase de dinero público en metálico, en licencias audiovisuales o en compra de ejemplares; las llamadas constantes y los  periodistas puntuales afines dentro de la redacción. Pero el diario estaba de algún modo bien hecho o los catalanes confiaban en él: ha sido el más vendido en Cataluña durante toda la democracia.

Antich logró que la buena relación con la Generalitat se mantuviera en los años del tripartito. Al menos siete personas de dentro del periódico y de la administración me han dicho que el motivo fue la alianza de Antich con el secretario de organización del PSC, José Zaragoza. Les llamaban “los Pepes”.

El pacto tácito era seguir con las mismas ayudas a cambio de no disparar contra el president. Antich tenía fácil su parte del trato: “La Vanguardia nunca ha estado históricamente en contra de ningún presidente”, dice.

Toni Bolaño –que tuvo un enfrentamiento público con Jordi Barbeta, jefe de Política en años de Antich- recuerda ese buen trato con Montilla: “A veces sacaban un artículo diciendo que Montilla era la pera: alto, rubio y con ojos azules”. Eran elogios exagerados para cumplir. El resto del Gobierno y sus socios en cambio no salían tan bien parados. Tal como ha acabado la historia con la dimisión de Zaragoza por las grabaciones del restaurante La Camarga, no parece que su afán por proteger a su partido haya sido un éxito: “Zaragoza no tiene fama de pardillo ni de dejarse liar. Si una persona logró liarlo una vez, quizá es que se dejó o que le interesaba dejarse liar”, dice Antich en alusión a la dirigente popular Alicia Sánchez-Camacho. 

Antich admite que David Madí, secretario de Comunicación de Artur Mas, les ayudó mucho durante el último Gobierno de Jordi Pujol: “Es posible que la actuación de Madí entonces no fuera neutra”. Madí dice que no recuerda nada raro pero que Antich “puede estar mosqueado con su antigua casa”. Sea como sea, Antich advierte que Madí “dejó la política en 2003 y nuestra posición es mejor hoy que entonces”. Por tanto, dice Antich, “si ponemos el mérito de la gente que ayudó no puede quedar fuera Zaragoza; también nos ayudó mucho”. Esta doble ayuda cristalizó incluso en cenas de Antich con Madí y Zaragoza “cuando aún se hablaban”.

‘El Periódico’ no es el rebelde

El empresario Eloi Martín tenía en 1996 una empresa de informática y otras dos que trabajaban para el Servicio Catalán de Ocupación en cursos de formación y orientación. Un día le mandaron por fax una petición para justificar una cantidad muy alta: “Era muy confuso. La cantidad no se parecía en nada a lo que habíamos hecho”, dice Martín. Cuando llamó para confirmar de qué se trataba, le dijeron que o firmaban o dejaba de trabajar para la Generalitat.

Martín reconoció el fraude y quiso que se publicara. Fue a los dos periódicos principales: La Vanguardia y El Periódico. Explicó su caso en recepción y salieron a recibirle dos personas de cada periódico. Martín no supo los nombres. “Me dijeron que no interesaba, se nos sacaron de encima”, dice. Cuando volvía a casa, vio la redacción de El Mundo. Salió a recibirles Xavier Rius, que aceptó, investigó unos meses y publicó el tema. Fue sólo un destello de lo que años después sería el caso Pallerols de corrupción en cursos subvencionados por la Unión Europea. Dos años después, Martín y Rius creaban eNotícies, el medio digital más rebelde en catalán.

El periodista Rafael Wirth cuenta un caso similar en una entrevista en eldiario.es:

En 1984 investigué el modo extraño como se estaba preparando la creación del Hipódromo de Catalunya. Decían que la empresa que lo quería gestionar, Cirsa, daba dinero a Convergència Democràtica. Estuve trabajando este tema durante un año y encontré irregularidades. Al final, ‘La Vanguardia’ me paró y me dijo que me olvidara del tema. [El consejero] Macià Alavedra los llamó y dijo que estaba metiéndome demasiado en este asunto y le estaba creando problemas.

Los problemas no los ponían sólo los políticos o los directivos de periódicos. Un periodista de La Vanguardia me ha contado este caso. Uso una versión sin atribuir porque coincide en el fondo con otros dos episodios parecidos:

Tengo un grupo de amigos de la infancia. Muchos eran ‘pujolistas’. Un día hace años uno, que tenía una empresa, me dijo: “Me han aconsejado que vaya a ver al hijo de Pujol para que me consiga contactos”. Le dije que no perdiera el tiempo, que le cogerían el dinero y no le darían los contactos, que ya estaba dado. Así fue. Años después, cuando Pujol confesó, me dijo: “Tenías razón, todo eso de las comisiones era verdad”. ¡Después de vivirlo, sólo se lo creyó cuando confesó Pujol!

Pujol en Madrid. Antonio Franco, con barba, es el séptimo periodista por la derecha. / PACO JUNQUERA / GETTY
Pujol en Madrid. Antonio Franco, con barba, es el séptimo periodista por la derecha. / PACO JUNQUERA / GETTY

Si algún periódico catalán podía romper esta ensoñación era El Periódico. Competía en lectores con La Vanguardia y tenía unos números de audiencia formidables. No tenía por qué condescender con el pujolismo ni con otros partidos pero lo hacía. El motivo último era la debilidad empresarial del Grupo Zeta. Su director fundador, Antonio Franco, describe así el papel de El Periódico: “No conseguimos superar las dificultades objetivas para informar mejor, pero conseguimos vivir internamente como si fuéramos libres y haciendo putadas. Pero eran putadas puntuales, no estructurales”.

Una de esas putadas fue el caso del 3% en febrero de 2005, en pleno tripartito. El president Pasqual Maragall dijo en el Parlament a Artur Mas: “Ustedes [Convergència] tienen un problema y ese problema es el 3%”. Se refería a las presuntas comisiones que Convergència cobraba de constructoras que hacían las obras públicas en Cataluña. Maragall lo soltó sin ningún otro dato, sin ninguna prueba y rectificó en el mismo pleno.

El origen de la frase de Maragall fue un editorial de El Periódico que, según Franco, “resumía la impotencia de los eunucos: lo sabemos pero no lo podemos demostrar”. El asunto estaba de actualidad por el agujero en el Carmelo, un barrio popular de Barcelona cuyas casas se habían agrietado durante la construcción de la línea 9 del metro. Así eran los dos párrafos clave:

Han existido defectos en el proceso de construcción [del túnel del Carmel]. Se debe determinar si el ahorro económico en materiales y en elementos de seguridad responde a negligencias profesionales, o a que posibles comisiones ilícitas iniciales o subcontrataciones abusivas han desviado de la obra parte del dinero necesario para efectuarla correctamente.

Llega la hora de investigar, por ejemplo, si todo lo que se dice en Cataluña sobre el destino del 3% del dinero de las obras públicas adjudicadas años atrás ha acabado influyendo en el grosor de los encofrados o en el número de catas de la obra del Carmel. También es la hora de lamentar que la nueva Administración catalana esté tardando tanto tiempo en sentar, de una vez, unas nuevas reglas de juego en las adjudicaciones.

Franco no tenía pruebas de que las comisiones o las adjudicaciones poco transparentes hubieran perjudicado el grosor del túnel. Así que hizo un editorial: “Aprovechamos el Carmelo para explicar a la gente qué significan las comisiones”, dice. Según Franco, no había otra manera de contar aquello si no era en un texto de opinión: “La pretensión era que lo que no se pueda sostener ante un tribunal, no lo voy a publicar. Pero voy a intentar crear el ambiente, el estado de opinión de que esto existe”.

Jordi Corachan era uno de los dos miembros del equipo de investigación de El Periódico. Intentó buscar pero tuvo poca suerte: “Había una omertà. No prosperabas. No hablaba ni Dios”. El director, Antonio Franco, cierra así el argumento: “El Periódico ha hecho lo que ha podido. Pero no había un puto testimonio fiable. Vivimos de los rebotados en los conflictos. Aquí en Cataluña había una cosa fantástica: a los rebotados en los conflictos, si tenían alguna posibilidad de hablar, los indemnizaban correctamente”.  

Es una queja habitual entre periodistas catalanes que intentaron saber más de la familia Pujol o de otros casos célebres de corrupción. Pero algo más se podía hacer. En plena crisis del 3%, cuando los periódicos ya hablaban de una “crisis de gobierno”, El Mundo hizo esta portada: CiU recibe desde hace 12 años 5.500 euros al día de forma opaca. El subtítulo decía: Recaudan en Cataluña el 50% más que el PP en toda España. Los dos periodistas que firmaban habían consultado el Tribunal de Cuentas. Era más de lo que se dijo en Cataluña.

La presión política de un periódico no sólo dependía de la búsqueda de nuevas noticias. También del modo en que se trataban. El Periódico solía disimular sus temas más potentes. El abogado chileno de Filesa, Carlos Alberto Van Schouwen, encontró en un periodista de El Periódico, Luis Alberto Fernández Hermana, alguien en quien confiar sus sospechas sobre la financiación ilegal del PSOE.

El Periódico investigó durante semanas. Franco no acababa de fiarse del asunto y no lo sacaban: “Hablábamos con un tipo que no sabíamos quién era [Van Schouwen] y que venía con fotocopias. Yo quería originales. Mis compañeros me decían que yo era un loco peligroso, pero yo les decía que también sabía hacer fotocopias falsas impecables”.

Al final Van Schouwen llevó el material que El Periódico ya había investigado a El Mundo. Cuando El Periódico supo que El Mundo iba a publicarlo, lo sacó el mismo día. Pero la publicación fue distinta. En El Mundo abría el periódico a cinco columnas: Sociedades del PSOE cobran cientos de millones a grandes empresas y luego pagan gastos electorales. El Periódico lo sacó por debajo a dos columnas con un titular más discreto: Dos empresas cobran por extraños estudios para financiar el PSOE. Dentro El Mundo dedicaba tres páginas de información. El Periódico sólo una y con este titular: Dos empresas recaudan para el PSOE.

La sensación de importancia no es la misma en ambos casos. Si luego la tele, la radio y otros periódicos no insisten, el tema se apaga. Los casos de corrupción no son fáciles de seguir: entre los presuntos y las conexiones ocultas cuesta saber qué ocurre. Sin el repique de muchos medios, uno solo no llega muy lejos. Aún menos si apenas insiste.

El catalán juega en otra liga

El Periódico fue el primer gran medio en hacer la doble edición castellano-catalán en 1997. Había un hueco para aumentar su audiencia, vender más periódicos y una opción de recibir subvención automática por el catalán. El presidente del Grupo Zeta, Antonio Asensio, y el director de El Periódico, Antonio Franco, fueron a presentarle el proyecto al president.

“Asensio creía que saldría de allí con la Creu de Sant Jordi”, dice Franco, que era más escéptico. Pujol dijo años después al profesor Josep Àngel Guimerà que sus dos grandes logros en los medios para normalizar el catalán fueron la tele y El Periódico en catalán. Pero aquel día Asensio y Franco no hicieron feliz al president: “deberíais dejar de salir en castellano”, les dijo Pujol según Franco. “Entonces me haríais feliz”, añadió. Franco se negó. La relación distante pero necesaria entre Pujol y el Grupo Zeta siguió.

El diario Avui nació el 23 de abril de 1976 con una espectacular campaña de suscriptores y socios antes de salir. Pero enseguida fue mal y se acabó el dinero, sobre todo por tremendos problemas de distribución de los ejemplares. Su primer director, Josep Faulí, se fue rápido por falta de confianza de la propiedad, llena de fieles a Convergència, que aún no gobernaba.

Pujol leyendo un ejemplar de ‘Avui’. A su derecha, su esposa, Marta Ferrusola. / SIGFRID CASALS / GETTY

Jordi Maluquer sustituyó a Faulí. Estuvo cinco años, pero el periódico no se recuperó. Nunca lo hizo. El gerente de El Correo Catalán, José Manuel Novoa, se hizo cargo a principios de los 80 de ambas empresas. El Correo era de Pujol y al Avui siempre le llegaba dinero de algún lugar. Cuando Novoa no tenía, se lo pedía al administrador único, Carles Sumarroca Coixet, hoy imputado en el caso que instruye el juez José de la Mata. Novoa cuenta así cómo se financiaban entonces los periódicos que gestionaba:

‘El Correo’ no se financiaba solo. Necesitaba unos cinco millones de pesetas cada mes. Sumarroca me decía: “Ve a La Caixa y pide un crédito de tanto”. Yo ya sabía, no tenía que preguntar. Iba allí y decía: necesitamos un crédito. “No se preocupe”, me decían. Les enseñaba los balances y les decía: “Deben hacerse unos retoques”, que significaba que eran mentira. El tipo aceptaba y ya. A este nivel todos saben qué papel hacen.

Avui fue perdiendo dinero durante los 90. El president Pujol reconocía en 2009 en una entrevista con el profesor Guimerà que “era un símbolo: una publicación catalana, de lengua y mentalidad” y “por eso lo ayudamos tanto”. La empresa editora de Avui, Premsa Catalana, vivía a expensas de las ayudas externas y del dinero público. Ramon Pedrós, jefe de prensa de Pujol, cuenta que el conseller de Turismo en 1991, Lluís Alegre, tuvo que firmar en un viaje a Holanda unos cuantos cheques que fueron llevados a Barcelona enseguida para que en el Avui pudieran cobrar la nómina. La historia de la empresa editora está llena de intentos de ampliación de capital.

En 2003 el tripartito recién llegado se encontró con el agujero económico de Avui: “Si lo dejábamos morir, qué hubieran dicho los salvapatrias”, se pregunta Jordi Mercader, director entonces de la Oficina de Difusión. Pusieron más dinero y buscaron dos inversores que mantuvieran el periódico a flote sin hacerse cargo de las deudas: Lara, del Grupo Planeta, y Godó. La apuesta de Lara y Godó duró unos años pero en 2009 se lo quitaron de encima. Entonces la Generalitat aún era la propietaria del 20% de la empresa. El tripartito salvó así a un periódico que simpatizaba históricamente con el nacionalismo.

Un diario nuevo

La Vanguardia empezó a publicarse en catalán en 2011. Unos meses antes, en noviembre de 2010, salió otro periódico en catalán que estaba llamado a jugar un gran papel: Ara. Cinco años después, es líder digital y tiene 31.000 suscriptores pero en papel vende apenas 14.000 ejemplares, 10.000 menos que El Punt Avui. Aún no es un diario rentable y tampoco ha cumplido por ahora las expectativas iniciales. Su impulsor fue Oriol Soler, del grupo cooperativista Cultura03. Buscó empresarios y estrellas de la tele que dieran solidez y fama al proyecto.

Soler creía que en la primera década de los años 2000 “era necesaria una plaza para pensar el país que venía: era un momento equivalente al nacimiento de Le Monde después de la II Guerra Mundial o de El País después de la Transición”.

Acertó en que iban a pasar cosas gordas: “Venían grandes cambios en el mundo y era evidente que en Cataluña se movían cosas profundas”. Más allá del espacio social, en la prensa Soler también veía un hueco. Aquí es donde también empieza a verse la falta de éxito de Ara respecto a sus pretensiones: “Nosotros vinimos para competir con El Periódico y La Vanguardia, no con el Avui. Mi tesis era: en Cataluña hay lugar para dos plazas. La plaza del pasado probablemente es La Vanguardia y la plaza del futuro la queríamos ocupar nosotros”. El Periódico debía quedar ya fuera del plano, pero los números de Ara están de momento lejos.

Dos años después de la creación de Ara, Soler salió de la empresa por diferencias empresariales. Cree que el único responsable de su fracaso en Ara es él:

El gran error del ‘Ara’ es editorial, no financiero. Y eran errores míos: el director, no haber dedicado más tiempo. El problema del ‘Ara’ es que nacimos para hacer una cosa que no supimos hacer. No era para llevar el país a la independencia sino para poder hablar tranquilamente sobre el país que queríamos y construir un paradigma de país moderno que seguramente sería independiente, claro. ‘El País’ en su momento nace para dibujar una España nueva y en esta lógica nacía el ‘Ara’ y no supimos hacerlo bien. Si te compras un horno de pan para hacer pan y haces cruasanes, pues no haces pan. El proyecto no funcionará.

El tópico dice que Ara es un periódico de buen rollo, tierno, juvenil, que apenas muerde. ¿Existiría el Ara sin las subvenciones anuales por publicar en catalán? Probablemente sí. Es un diario con una estructura manejable respecto a sus competidores.

Pero Ara no ha aprovechado del todo bien sus primeros años de vida. Sólo sobrevive. Su madurez debería ser contar cosas que alguien -incluso cercano ideológicamente- no quiera oír. He hablado con tres redactores o ex redactores de Ara pero ninguno ha querido que le cite en esta serie. Hay una prevención especial. Da la impresión que Ara no es tierno porque reciba dinero público o no sólo por ese motivo.

Siempre en off the record, un periodista del Ara ha contado cómo ha preferido disimular antes de crujir a miembros de su partido predilecto que le contaban hechos contradictorios. Otro periodista ha tenido que tragarse noticias valientes porque algunos jefes no querían luego recibir llamadas. Son pasos que dejan de darse y luego puede ser difícil remontar. Las noticias no son siempre buenas para el equipo de casa. A largo plazo acaba por notarse. Aunque es más fácil redirigir periódicos con cinco años de vida que con décadas o siglos.

Este miércoles, el cuarto capítulo: ‘El pozo con fondo’ 

Lee aquí los dos primeros:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad

La faena de la prensa catalana

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Jordi Pérez Colomé nos obliga a preguntarnos, de episodio sórdido en episodio sórdido, por qué desde los inicios del pujolismo toda la porquería que rodeaba a la Sagrada Familia gobernante fue sistemáticamente enterrada en la arena del oasis informativo catalán.

Ilustración: Javier Muñoz

Siempre hemos seguido a Felipe González por lo bien que se explica. Así cuando prometió un referéndum para sacar a España de la OTAN y lo celebró para mantenerla. O cuando lo de “no hay pruebas ni las habrá” -cadáveres en cal viva aparte-, pero que conste que “al Estado se le defiende también en las alcantarillas”.

No me extraña pues que siga siendo el gran referente intelectual del PAIDECLA -Partido de las Ideas Claras-, vulgo PSOE. A esa claridad de luminaria acaba de contribuir con sus centelleantes idas, venidas y revenidas sobre la actual encrucijada catalana. Ya sabemos que cuando escribió que la situación creada por Mas “es lo más parecido a la aventura alemana o italiana de los años treinta del siglo pasado” no se refería en absoluto a “que haya una intención fascistizante o conducente al fascismo hoy en Catalunya”, o sea a que se convoquen multitudinarias manifestaciones de adhesión al régimen, compartimentando a los ciudadanos provistos de cartulinas de distintos colores por demarcaciones, gremios e incluso preferencias sexuales. ¡Qué va! Se refería probablemente al súbito incremento de las ventas de las películas de Cinecittá, los textos de Marinetti y las canciones de Alfredo Clerici entre los barceloneses.

Y sobre todo ya sabemos que Glez, como le llamaba Umbral, está “absolutamente” a favor de que la Constitución reconozca “la identidad nacional de Cataluña” pero “absolutamente” en contra de que la Constitución reconozca a “Cataluña como nación”, lo que le ha hecho merecedor del aplauso sucesivo de toda la plana mayor del PAIDECLA. Nada nuevo bajo el PSOE.

Quien sí ha aportado diferencia a la polémica ha sido su brillante entrevistador Enric Juliana al presentar pruebas documentales de que si bien le preguntó por el  reconocimiento de la “identidad nacional de Cataluña” y luego alteró la transcripción haciendo creer que le había preguntado por el reconocimiento de “Cataluña como nación”, la “oficina” del ex presidente -o sea su veterano jefe de prensa Joaquín Tagar- dio por bueno el “resumen” y añadió: “Nada que objetar”.

La clave está pues en el “resumen”. Había que resumir: “identidad nacional de Cataluña” tiene cuatro palabras y “Cataluña como nación” sólo tres. ¿Pero por qué no escribió Juliana “identidad catalana” que son dos palabras y nos habrían dejado a todos tan contentos? Pues porque esto del soberanismo de la puta y la Ramoneta es como quien juega a las siete y media obsesionado con no quedarse corto. Por eso Maciá proclamó en el 31 la “Republica Federada Catalana dentro de la República Española” y Companys en el 34 el “Estado Catalán dentro de la República Federal Española”. Uno y otro se pasaron de listos, sencillamente porque el contenedor en el que situaban su continente no existía.

Y no existía porque las Cortes, con rotunda mayoría de centro izquierda, asumieron la tesis del presidente de su Comisión Constitucional, el socialista Luis Jiménez de Asúa, y proclamaron que “La República constituye un Estado integral, compatible con la autonomía de los Municipios y las Regiones”. Asúa lo explicó en el debate de totalidad en términos que parece entender mejor Susana Díaz que Pedro Sánchez: “No hablamos de un Estado federal porque federar es reunir. Se han federado aquellos Estados que vivieron dispersos y quisieron reunirse en colectividad”. Asúa anhelaba con sentido visionario una “federación de Europa” y “precisamente eso -añadía- es lo que nos ha hecho pensar en el Estado integral y no en el Estado federal”. ¿Qué pasa, paisano Luena? ¿Es que en Ferraz nadie lee a sus clásicos?

la feyna de la prempsa

Ilustración: Javier Muñoz

A propósito de los años 30, siempre he tenido la sensación de que, más que en el de Pla, Juliana intenta mirarse en el espejo de William L. Shirer y busca sobresaltos troglodíticos, con ahínco digno de mejor suerte, en el Madrid cloroformizado por el Estafermo. Su triquiñuela para sacar a Glez de su apócope mental y hacerle decir un poco más de lo que dijo sería irrelevante fuera del circo de los sintagmas en el que trapecistas y payasos entretienen a los catalanes. Pero es definitoria en su cotidiana nimiedad del papel esencial asignado a la prensa por los impulsores del soberanismo como portavoz de una agenda política irredentista, atizador de un clima social de agravio y gota malaya de un insomnio colectivo permanente.

También me ha llamado la atención que este colega considere una práctica “habitual” enviar el texto de una entrevista al entrevistado para que pueda corregirla antes de su publicación. No digo que no haya veces en que esté justificado, o que yo mismo no lo haya hecho en casos concretos -de hecho el Código Ético de EL ESPAÑOL no lo excluye taxativamente como proponían algunos compañeros- pero de ahí a considerarlo poco menos que una fase del proceso editorial, hay un trecho. El trecho de la condescendencia al final del cual resulta que “la mejor entrevista a Pujol” fue, según Pujol, una en la que Pujol no sólo puso las respuestas de Pujol sino también las preguntas a Pujol. Adivinen quién y cómo la publicó.

Podrán leerlo mañana en la tercera entrega de la impactante serie de investigación de Jordi Pérez Colomé El libro negro del periodismo en Cataluña. Tras entrevistar a más de ochenta redactores, directores, editores y personajes de toda laya de la galaxia mediática, Pérez Colomé nos obliga a preguntarnos, de episodio sórdido en episodio sórdido, por qué “ante casos flagrantes de corrupción la prensa catalana no ha clamado; ante casos dudosos, no ha insistido; ante casos ignorados, no ha rebuscado”.

Es decir por qué desde los inicios del pujolismo toda la porquería que rodeaba a la Sagrada Familia gobernante, empezando por el escándalo de Banca Catalana, siguiendo con el 3% denunciado por Maragall hace ya diez años y desembocando en el “todos eran mis hijos” de la seudoconfesión del patriarca, fue sistemáticamente enterrada en la arena del oasis informativo catalán. Y por qué aun hoy tienen que ser periodistas “foráneos” como Esteban Urreiztieta y Daniel Montero quienes descubran en un medio nonato como EL ESPAÑOL que las comisiones de los Pujol eran del 5% y que su monto les permitió trenzar una trama transcontinental de evasión y blanqueo que unía Andorra con Delaware, Londres con Gabón y los proyectos de ferrocarriles en Turquía con los de las granjas de cerdos en Brasil.

Desde los inicios del pujolismo toda la porquería que rodeaba a la Sagrada Familia gobernante, empezando por el escándalo de Banca Catalana, siguiendo con el 3% denunciado por Maragall hace ya diez años y desembocando en el “todos eran mis hijos” de la seudoconfesión del patriarca, fue sistemáticamente enterrada en la arena del oasis informativo catalán

La respuesta es que durante estas cuatro décadas de democracia la casi totalidad de los medios catalanes han hecho suyas las tesis del llamado “nuevo orden informativo internacional”, impulsado en los 70 y 80 por el director general de la UNESCO, el senegalés Amadou Mahtar M’Bow, según el cual en los países del Tercer Mundo debía anteponerse el “proceso de construcción nacional” a los valores del “periodismo occidental”. O sea que la  autocensura en sus modalidades más groseras o sutiles debía proteger el “Procés” porque lo que era bueno para los Pujol, sus aliados y amigos era bueno para Cataluña.

En otras ínsulas de la España autonómica han ocurrido fenómenos similares -los aupados por cada hecho diferencial siempre se abalanzaban sobre las cajas de ahorros y la prensa-, pero su alcance e intensidad han sido mucho menores. El caudal de dinero invertido por las instituciones controladas por los nacionalistas en el empeño de uniformar a la prensa no tiene precedente en el mundo democrático.

En la práctica en Cataluña no han existido sino medios públicos como TV3, medios concedidos como las emisoras de radio más furibundas y medios concertados como los periódicos cuya cuenta de resultados depende de millonarias subvenciones. En ese escenario no es de extrañar que la cómoda tentación de la servidumbre voluntaria, “la adherencia emocional a la causa catalana” según Pérez Colomé, haya tenido su complemento perfecto en “el temor a un poder total con un sinfín de maneras de imponerse”.

Claro que han existido y existen las excepciones individuales de quienes nadan contra corriente -y conste mi homenaje al equipo de El Mundo de Cataluña en su veinte aniversario-, pero en su conjunto el periodismo catalán, en lugar de ejercer de contrapoder y perro guardián de la democracia, ha sido cómplice activo de la manipulación nacionalista y, junto con el estamento docente, es el gran culpable de que entre mentiras mil veces repetidas y verdades mil veces ocultadas, hayamos llegado a la situación actual con media Cataluña enfrentada civilmente a la otra media. Si la prensa hubiera cumplido allí con su obligación, como algunos lo hicimos por ejemplo en Baleares, Convergencia habría quedado hace tiempo reducida a la misma condición de asociación para delinquir con que se recuerda ahora a Unió Mallorquina, sus líderes habrían merecido una suerte equivalente a la de Munar y compañía y el manantial del que brotaba el dinero con el que se ha narcotizado y envenenado a la sociedad catalana habría sido confiado a guardianes más honrados y leales.

Durante estas cuatro décadas de democracia la casi totalidad de los medios catalanes han hecho suyas las tesis del llamado “nuevo orden informativo internacional”, impulsado en los 70 y 80 por el director general de la UNESCO, el senegalés Amadou Mahtar M’Bow, según el cual en los países del Tercer Mundo debía anteponerse el “proceso de construcción nacional” a los valores del “periodismo occidental”

Por mucho que ahora traten de distanciarse de la purulenta figura que la Justicia y la qué-coño-es-la-UDEF están empezando a iluminar, todos los agrupados para decir “No” a la España constitucional mediante su orwelliano “juntos por el Sí”, e incluso los zapatófilos de la CUP, no son sino el producto del modelo totalizador y reduccionista, impulsado por Pujol desde la Generalitat, en paralelo al saqueo de Cataluña. Todo un ejemplo de ingeniería social a caballo entre el fanatismo público y la rapiña privada. De ahí que Javier Muñoz y yo hayamos querido hoy remedar la histórica portada del 2 de enero de 1902 con que se presentó en sociedad el  ¡Cu-Cut!, primera revista satírica en catalán que alcanzó tiradas masivas.

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Su protagonista, el payés con barretina y pañuelo con lazada que daba nombre al semanario y que sin duda inspiró a los padres de Pujol cuando lo engendraron rellenando el molde, aparecía manejando un tórculo o prensa para estampar grabados, bajo un titular en catalán arcaico: “La feyna de la prempsa catalana”. ¿Y en qué consistía esa “feina”, esa tarea, ese trabajo? Pues, tal y como mostraba el dibujo, en aplastar y estrujar a una serie de individuos variopintos de forma que su sangre se vertiera en una palangana y de ella brotaran jubilosos espermatozoides con barretina, a modo de réplicas de su creador. Una parodia de la famosa cita de Tertuliano sobre los mártires y los primeros cristianos rubricaba la página: “Sanguis cacicarum, semen catalanistarum”.

En relación a esta exhumación hemerográfica vienen hoy a cuento dos precisiones diferenciales. La primera que el periodismo lligaire -vinculado a la Lliga Regionalista de Prat de la Riba y Cambó- que practicaba el ¡Cu-Cut! era entonces una meritoria actividad de riesgo y por eso en 1905 la redacción fue arrasada por un grupo de militares iracundos, ofendidos en su honor por una viñeta más bien inocua sobre las derrotas del 98. La segunda es que lo certero sería darle ahora la vuelta a la parodia para decir “Sanguis catalanistarum, semen cacicarum” porque en definitiva son los catalanes de a pie los que han sido estrujados y expoliados de una parte de su identidad y de sus dineros para inseminar y expandir el cacicazgo nacionalista.

Nada de eso hubiera sido posible sin la complicidad servil de sus tórculos mediáticos. Sin esa presión cotidiana sobre el cerebelo colectivo, el independentismo en una democracia integrada en la Unión Europea, en la era de la globalización, sólo sería motivo de risa o de lástima. Pero Pujol se puso manos a la obra porque sabía que querer no es poder, que, en palabras de Salvat Papasseit, divulgadas por el mejor Serrat, “tenir un propòsit no és fer feina”. El “propòsit” habitaba en él, faltaba la “feina”. Y esa “feina” es la faena que nos ha hecho a todos la prensa catalana.

Lee aquí los dos primeros capítulos de ‘El libro negro en Cataluña’:

1. La corrupción / 2. La comunidad

El libro negro del periodismo en Cataluña (II): La comunidad

El ‘president’ después de reunirse con Felipe González. / PACO JUNQUERA / COVER / GETTY IMAGES

Jordi Pujol puso a sueldo de la Generalitat a periodistas críticos como Alfons Quintà o Wifredo Espina. Pero el dinero nunca fue su único recurso para acercar a periodistas catalanes rebeldes. Los otros dos eran el miedo y Cataluña.

Lee aquí el primer capítulo: La corrupción

Jordi Pujol puso a sueldo de la Generalitat a periodistas críticos como Alfons Quintà o Wifredo Espina. Pero el dinero nunca fue su único recurso para acercar a reporteros rebeldes. Los otros dos eran el miedo y Cataluña.

El periodista Arcadi Espada entró a trabajar en la redacción de Barcelona de El País en 1991. Con 34 años cumplía uno de sus dos objetivos en la vida. El otro era publicar un libro en Anagrama y lo logró unos años después. “Llegué a El País con el convencimiento de que había llegado a la cima de mi generación”, dice Espada. Probablemente por su miopía, Espada suele mirar el mundo de arriba abajo. No le hace falta ser alto: “Cuando llegué a El País, crecido como soy, era ya la hostia. Estaba dispuesto a decir a todo el mundo que eran unos medio mierdas”.

A los pocos días de entrar, esa sensación sufrió una convulsión. Llevaba 15 minutos de charla con Enric Company, un colega de la redacción, que le dijo: “Aquí estamos sitiados”. Company recuerda un adjetivo más suave: “Aislados”. En la cima de Espada había en Cataluña redactores asustados. El origen preciso de aquella marginación era una noticia que El País había publicado el sábado 19 de mayo de 1984: Inminente querella del fiscal general del Estado contra Jordi Pujol y otros responsables de Banca Catalana. El Estado acusaba al presidente de la Generalitat de haberse lucrado ilegalmente con el banco que dirigió en los años 70.

El 29 de abril de 1984 Pujol había sido reelegido presidente con su mayor mayoría absoluta. Un mes más tarde y sólo una semana después de la querella, fue la investidura. Fuera del Parlament miles de personas coreaban “Felipe y Guerra atacan nuestra tierra” y “Fuera las fuerzas de ocupación”. A pesar de la protección de los Mossos, el líder socialista catalán, Raimon Obiols, se llevó golpes y amenazas: “Matadlo, matadlo” y “Obiols, botifler”, que es la versión catalana de “traidor”.

Los manifestantes acompañaron a Pujol y a su Gobierno en una lenta comitiva desde el Parlament al Palau de la Generalitat. Llevaban pegatinas de “Jo, Pujol”. Cuando llegó a Palau, el president salió al balcón. Dijo frases célebres: “En adelante de moral y ética hablaremos nosotros”, “Cataluña no es una cosa con la que se pueda jugar” o “Gracias por esta extraordinaria manifestación con la que apoyáis a las instituciones de Cataluña, no a mí, y sobre todo [gracias] porque apoyáis a Cataluña”. Aquel 30 de mayo de 1984 es el día que tradicionalmente se ha tomado como el inicio de la identificación de Pujol con Cataluña. Si se criticaba al president Pujol, se atacaba a Cataluña.

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Así cubrió ‘La Vanguardia’ las protestas contra la querella del ‘caso Banca Catalana’ en mayo de 1984.

El efímero cuarto poder

La madrugada del 19 de mayo en que El País imprimió la noticia de la querella contra Jordi Pujol, el periodista José Antonio Sorolla tuvo una sensación especial cuando la rotativa empezó a girar. Fue especial porque se sentía Humphrey Bogart y aún la recuerda: “Me sentí como en la película El cuarto poder”. El argumento de esa película es: “Un director de periódico decide sacar a la luz los turbios negocios de un importante mafioso”.

El director de El País Cataluña, Antonio Franco, estaba también allí. Pocas horas después, hacia las seis, el president Pujol le llamaba a casa: “Me preguntó qué locura era ésa que publicaba El País y que por qué no le había llamado anoche”, dice Franco. Ésta fue, según Franco, su respuesta a Pujol:

Pensé que usted haría cosas para interferir la publicación. He tomado la decisión de periodista. Que conste que hemos buscado siempre su opinión antes de publicar algo de Banca Catalana. Pero en esto prefiero que nos dé su opinión al día siguiente.

Franco quería impedir la contrainformación del president: el desmentido antes de la noticia. Pujol era entonces accionista minoritario de El País. Días después llegó la investidura de Pujol con las agresiones a políticos socialistas. El País sufrió también ataques: quemaron periódicos, acusaron a sus periodistas de ser anticatalanes.

Unos meses antes, Jesús de Polanco, Juan Luis Cebrián y el entonces delegado en Cataluña, Alfons Quintà, habían ido a contar a Pujol que habría edición catalana de El País. A Pujol no le gustó la idea, según Quintà: “Nos dijo que prefería que los periódicos de Cataluña estuvieran en manos de catalanes”. Pujol intuía lo que podía pasar: la mayoría de las exclusivas que han revelado los negocios de su partido y de su familia han surgido de fuera de Cataluña. En Cataluña -por dinero, patriotismo, temor o cercanía-, los medios eran menos atrevidos.

El País había empezado antes a adaptarse a su nueva edición catalana. En 1979 había tratado con admiración la aparición del libro Lo que queda de España, de Federico Jiménez Losantos: un extracto de dos páginas en el suplemento Libros, una entrevista del jefe de Cultura, Jose Miguel Ullán, y la publicación del texto entero del discurso que pronunció en la presentación Francisco Umbral, que dijo que estaba ahí ese día “para asistir al nacimiento de un extraordinario escritor español”.

Periodico

Esta querencia de El País por Jiménez Losantos se diluyó en menos de dos años. En enero de 1981 salía el Manifiesto de los 2.300, cuyos firmantes denunciaban lo que entendían como una discriminación contra el castellano en Cataluña. Jiménez Losantos, que era uno de los firmantes, se lo ofreció a El País, que lo rechazó. Su impresión es que el periódico ya se protegía ante su inminente llegada a Cataluña.

El manifiesto lo publicó Diario 16, y El País respondió con un editorial crítico. En mayo de 1981, Jiménez Losantos recibió un tiro en la pierna en un atentado reivindicado por la banda terrorista Terra Lliure. La banda reivindicó el atentado con una llamada al Avui y lo relacionó con el Manifiesto de los 2.300.

La reacción de la prensa no fue unánime en su apoyo al periodista. El Periódico tituló en portada A Jiménez Losantos no le sorprendió el atentado. Era una manera de hacer una insinuación maliciosa: si no le sorprendió ni a él, cómo les iba a sorprender a los demás. Avui decía en portada que Terra Lliure amenaza la Generalitat con un antetítulo que decía “Después de agredir a Jiménez Losantos”. En páginas interiores, la condena era más clara. Raimon Obiols, líder del PSC, publicó en Avui una carta que empezaba así: “Mi desacuerdo político e ideológico con Jiménez Losantos es total. Pero con los miserables imbéciles que han cometido la cobardía inaudita, la bajeza incalificable de anteayer, no hay discrepancia posible. Sólo desprecio”. Ya se cerraban filas en el fondo ante el rival exterior.

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Portada del diario ‘Avui’ al día siguiente del atentado contra el periodista Federico Jiménez Losantos. Arriba, la portada de ‘El Periódico’. 

El recuerdo de Guruceta

Las llamadas de Jordi Pujol no pillaron a Antonio Franco por sorpresa. Hacía años que se conocían. Fue el día del árbitro Guruceta en Barcelona. El 6 de junio de 1970 el Barça y el Real Madrid jugaban la vuelta de cuartos de la Copa. En la ida el Madrid había ganado 2-0. En el Camp Nou iban 1-0 y en el minuto 59 Rifé derribó a Velázquez a un metro del área. El árbitro, Emilio Guruceta, pitó penalti. El Madrid marcó y la lluvia de almohadillas llevó al árbitro a suspender el partido a 10 minutos del final.

Un joven Antonio Franco estaba en la sección de Deportes del Diario de Barcelona. En su crónica del partido citó a Felipe V, el rey que sometió a Cataluña en 1714. “Esto entusiasmó a Pujol”, dice Franco. “Al cabo de una semana me llamó y me dijo que había un grupo de periodistas con los que hacía unas reuniones. Yo le dije que no era de los suyos”.

Pujol insistió y quedaron a solas en un restaurante: “Me llevó a un Piolindo. Era un sitio de pollo. Ibas con una bandeja y te daban a escoger entre pata y ala”. A Franco le sorprendió la frugalidad de Pujol: “Yo llegué a cubrir el Salón Náutico donde nos invitaban a comer caviar en platos soperos y allí había un banquero que me llevaba a comer pollo”.

Las comidas básicas de Pujol son una leyenda confirmada. Alfons Quintà, primer delegado de El País en Cataluña, comió varias veces con Pujol en la cafetería Tropezienne, cerca del despacho del president en el Paseo de Gracia: “Pujol inevitablemente comía una ensalada de tomate maduro y poco aceite y de segundo dos salchichas de Frankfurt y puré. De postre, un flan sin jugo. Agua, si podía ser, del grifo”.

Quintà fue el primer periodista que habló de los problemas de Banca Catalana. El 29 de abril de 1980 El País publicó Dificultades económicas del grupo bancario de Jordi Pujol. Quintà había mandado 12 folios a Madrid. El director, Juan Luis Cebrián, tardó unos días en dar el visto bueno. Cuando lo hizo, se lo pasó al redactor jefe de Economía, José Antonio Martínez Soler, que decidió publicarlo en dos entregas. “Le pedí que no lo hiciera”, dice Quintà. “Si salía la primera parte, no iba a salir la segunda”. Así fue. Alguien llamó a la dirección o a la propiedad para evitar que Banca Catalana se despeñara. El origen de la presión pudo ser alguien desde Cataluña o el Banco de España, al que no le interesaba naturalmente que un banco cerrara.

El origen de las presiones es importante porque la cercanía es clave. La información de la querella contra Pujol iba firmada desde Madrid. El director en Barcelona, Antonio Franco, no recuerda qué ocurrió pero admite que pudo ser una decisión premeditada. Era una forma de proteger a los catalanes. Pujol se atrevía a abroncar a Franco en Barcelona, pero no a la redacción de Madrid: ni tenía tanta confianza ni le tomarían tan en serio. Franco recuerda una llamada donde la estrategia de Pujol era clara:

Al margen de Banca Catalana, me llamó para otros temas. Hubo un editorial donde salía su padre. Me dijo que debía haber intervenido porque eso era indecente: “Y tú lo sabes”, añadió. “No es indecente”, le dije, “es el inicio de Banca Catalana”. Él insistió: “Debes pararles cuando los de Madrid proponen”. Yo le contesté que ese editorial se había escrito en Barcelona.

Todos los directores de periódico catalanes con quienes he hablado han recibido llamadas de Pujol o de sus consellers, aunque no todos igual ni con el mismo tono ni con las mismas consecuencias. Esas llamadas del president eran sólo una de las estrategias de presión que usaba el Gobierno catalán.

Quintà: de crítico a aliado

La historia de Alfons Quintà es una de las más fascinantes del inicio del pujolismo. Quintà fue Premio Ondas en 1977 por el programa Dietari de Radio Barcelona, el primero en catalán. En los años 70 fue también stringer (o periodista local a expensas del corresponsal) en Cataluña del New York Times y la agencia AP. Compaginó ambas labores con la delegación de El País en Barcelona desde 1976.

Quintà no era un periodista más. Su padre había sido buen amigo del escritor Josep Pla. Tenía fuentes fiables en el entorno de Tarradellas, a quien había tratado de joven: fue el primero en publicar que el president de la Generalitat negociaba su vuelta con Adolfo Suárez. Sacó también detalles sobre el caso de corrupción del padre de Javier de la Rosa en la Zona Franca de Barcelona y sobre la polémica del legado de Salvador Dalí. Pero hubo un caso que le hizo famoso: Banca Catalana.

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Alfons Quintà en Barcelona en 1977. / MANEL ARMENGOL

Pujol llamó a Quintà un día a las ocho de la mañana justo después de ganar sus primeras elecciones en 1980. No era para echarle bronca. Quería verle. Ya se conocían: “Había hecho salir a Pujol un par de veces en el New York Times”, recuerda Quintà. (En el archivo digital del Times hay cuatro artículos donde aparece Jordi Pujol entre 1976 y 1979.)

Quintà y Pujol tuvieron varias reuniones entre 1980 y 1981. Tarradellas ya había ofrecido a Quintà la dirección general de la que dependería la “tele de la Generalitat”. Quintà se negó: “Yo creía que la Generalitat no debía crear una televisión sino conceder un canal con unas normas”. Es lo que hizo Pujol, que quería como fuera que Quintà se pusiera a su servicio: “Pujol me dijo un día: ‘Deberías asesorarme en algo’. Quería ponerme a sueldo”. Era fácil imaginar por qué: “No había ningún periodista tan crítico con Pujol como yo”, dice Quintà. La pregunta sin responder en Cataluña es por qué Quintà accedió.

En aquella época El País quería abrir la delegación en Cataluña y sondeó a quien ya era su delegado: “Entre 1980 y 1981 Cebrián decía sin parar que debíamos hacer una versión catalana. Hablé con él, hablé con Polanco. Era una cosa hecha, pero no concretada”, dice Quintà. En el verano de 1981, Cebrián y Quintà se vieron varios días en el Empordà, en una casita que Quintà había alquilado en el pueblo de Regencós. Hubo algo en aquel verano que les distanció. Quintà nunca recibió una explicación y sólo tiene intuiciones.

Cuando supo que Cebrián no iba a contar con él, no aceptó nada a cambio. Un día Cebrián llamó a Quintà: “Tú eres la persona más odiada por los enemigos de este periódico después de mí”, le dijo, siempre según Quintà. Cebrián le ofreció lo que quisiera de redactor jefe para arriba en el periódico: “La única cosa que no aceptaba es que me fuera”, dice Quintà, que tenía claro qué ocurría: “Me quería matar hacia arriba”, dice. Pero ya no había nada que hacer: “Mi postura es que me iba. Me iba a la calle”.

Antonio Franco -que fue el último en intentar que Quintà se quedara en el periódico: en una corresponsalía en Asia, no en Barcelona- confirma esta versión. Quintà salió de El País sin trabajo, pero en menos de un mes había aceptado la oferta de Pujol. Quintà usa esta metáfora: “Tú puedes casarte con una chica porque tenga un gran encanto o porque te haya dejado otra y tengas necesidades afectivas. Mi ida a TV3 sólo se explica por mi salida de El País. Yo no salí de El País para ir a TV3”.

Quintà cree que nadie presionó a El País para que le sacaran de la delegación de Cataluña pero hay algo obvio: “Me quedé sin trabajo. ¿Quién me lo iba a ofrecer? Si La Vanguardia me hubiera contratado de gran reportero, me habría ido”. Pero sólo había alguien dispuesto a contratarle: el protagonista del escándalo de Banca Catalana, que era también president de la Generalitat.

Una vez en la tele, Quintà tomó decisiones que marcaron el futuro de la cadena: la tele iba a ser sólo en catalán, iba a tener una red de repetidores propia y no iba a ser un canal folclórico.

Contrató a unos americanos a quienes llamaban “los mormones” para que les enseñaran a hacer una tele. En febrero de 1984, el primer director del telediario de mediodía, Salvador Alsius, estuvo un mes en Nueva York para ver cómo hacían los informativos las grandes cadenas.

“Pujol quería hacer programas ultra adoctrinantes en castellano”, dice Quintà. “Yo le dije: ‘Esto no lo verá ni el realizador que lo haga’”. La etapa de Quintà en TV3 acabó mal: “Fui manipulado desde el primer día, pero siempre pensé lo mismo: me toca hacer una obra, debo hacerla bien. ¿Hice una tontería? Sí. ¿Estoy arrepentido? Aún más”.

Años después, en un viaje a Bruselas, el presidente Pujol reconoció a Lluís Foix, director adjunto de La Vanguardia, que buena parte del mérito del éxito histórico de TV3 era de su primer director.

Quintà aguantó algo más de dos años. Su dedicación al proyecto fue notable: en el despacho guardaba una carpeta con la etiqueta “Barbería”, donde guardaba documentos que quería leer en algún momento. Cuando su secretaria insistía que debía cortarse el pelo, subían a su despacho a hacerlo. Entonces Quintà tenía un rato donde podía leer.

Un ejemplo del dominio del Gobierno de Pujol en Cataluña es el reguero de cargos que su hombre de confianza, Lluís Prenafeta, ofreció a Quintà cuando salió de la tele: “Director general de Catalunya Ràdio, delegado del Gobierno en Madrid, director del Avui”. Quintà iba diciendo que no y que iba a dedicarse al Derecho. Prenafeta respondió rápido: “Te puedo colocar en el bufete de Joan Piqué Vidal”.

Piqué Vidal fue el abogado de Pujol en Banca Catalana y acabó condenado en 2005 a siete años de cárcel por extorsionar a empresarios. Quintà dijo a Prenafeta que las concepciones del derecho de Piqué y las suyas eran distintas. Al poco tiempo se convirtió en juez de distrito en el Prat de Llobregat, cerca de Barcelona.

Jordi Pujol en enero de 1983. / PACO ELVIDA / COVER / GETTY IMAGES
Jordi Pujol en enero de 1983. / PACO ELVIRA / COVER / GETTY IMAGES

Abducidos por Pujol

Quintà no fue el único periodista célebre al que Pujol captó para sus causas. Wifredo Espina escribía una columna leída en El Correo Catalán en pleno franquismo. Era la típica lectura que entre líneas contaba más de lo que el régimen admitía en los 60 y 70. Pujol se había hecho con El Correo Catalán en los 70 y no dejaba a los periodistas hacer  el periódico tranquilos: “Las presiones de Pujol iban dirigidas ya en el franquismo a ‘hacer país’: entrevistar a gente de Cataluña, que salieran más catalanes”, dice Espina.

Pujol no tenía ningún problema en dar órdenes al entonces director de El Correo, Andreu Roselló: “Ahora mando el editorial, esto mañana no se publica, el titular debería ser éste”, le decía, según Espina.

El columnista aguantó en El Correo hasta su cierre en 1985. Luego se fue al paro. El director del banco donde iba a cobrar el subsidio le reconoció: “Señor Wifredo, ¿qué ha pasado?”. Espina se avergonzaba de su situación. Empezó a colaborar en La Vanguardia, pero las columnas no cuajaron. Hubo presuntas presiones políticas. Jaime Arias, entonces subdirector, le llamaba para advertirle si algo era demasiado atrevido.

En julio de 1987 dejó La Vanguardia. Josep Faulí, director de Avui, le sugirió ser columnista político en las elecciones de 1988. Iba a decir que no porque sabía que no le iban a dejar escribir lo que quisiera. Sin haberse decidido, a los dos días recibió una llamada de Pujol. “Me invitó a cenar en la Casa dels Canonges [la residencia privada de la Generalitat]”, recuerda.

“Mire qué estofado nos han hecho en su honor”, recuerda que le dijo Pujol. Parece que con Espina Pujol tenía un apetito mejor. “Sabía hacerse el simpático cuando quería”, dice el periodista. “Pujol sabía que yo no era nacionalista político”.

El president le dijo durante la cena que en esto del periodismo y de los medios de comunicación había tanta irresponsabilidad que no ayudaban a hacer país. “Quería decir que el problema era que no le ayudaban”, dice Espina. Había que hacer algo. “Ya le llamará Prenafeta [el secretario general de Presidencia de la Generalitat]”, dijo Pujol.

Pregunté a Espina si no temía que le engatusaran para sacarle de los medios. “Sí, claro. Estaba en el paro. Luego he ido pensando: estos tíos dicen que no nos interesa tener otro enemigo conocido en el mundo de la prensa precisamente ahora. Quizá sí, pero Pujol nunca me lo dijo así”, dice Espina. Como con Quintà, primero ofrecieron a Espina otra cosa: ser abogado del gabinete jurídico de la Generalitat. “Me dijo Prenafeta que llamaba al jefe del gabinete jurídico y era ya miembro si quería”, dice Espina, que se negó.

Prenafeta creó para Espina el Centro de Investigación de la Comunicación. Espina pidió redactar el decreto del Diario Oficial que firmó Pujol. Espina aún tenía miedo: “En los tres o cuatro primeros meses vivía en vilo por si recibía una llamada que me dijera si eso sí o eso no, o que fuera a ver a Pujol”. Pero no ocurrió. Le dejaron hacer durante una década hasta que Espina tuvo más de 65 años: montaba conferencias, daba becas, publicaba estudios. Entonces le pidieron que se jubilara y clausuraron el Centro para siempre. Pujol no recibió a Espina para explicarle por qué lo cerró.

Ramón Pedrós, jefe de prensa de Jordi Pujol entre 1988 y 1998, cree que la estrategia de captación era más bien de Prenafeta: “Él me llegó a preguntar por algunos periodistas”.

La teoría de Prenafeta era simple, según Pedrós: “Si yo le hacía un análisis [de los periodistas] bastante próximo o positivo para la Generalitat, no le interesaba tanto. Si era al contrario, ya le interesaba más, y llegó a hacer ofertas en dos ocasiones”. La Generalitat ganaba así dos veces: “Compraba al periodista y revestía los nombramientos de una cierta independencia y pluralidad”, dice Pedrós. El mismo Pedrós, que había sido corresponsal de ABC y la agencia Efe, cree que ése pudo ser su caso.

Una comunidad y punto

El dinero nunca fue el único recurso de la Generalitat para acercar a periodistas catalanes rebeldes. Tenía otros dos recursos: el miedo y Cataluña.

La mayoría de los periodistas de los años 80 en Cataluña eran de izquierdas. Pero Pujol gobernó sin apenas oposición en la prensa. Carles Pastor, redactor jefe en El País y en El Periódico, tiene una teoría del origen de aquella docilidad: “La prensa en Barcelona, al contrario que en Madrid con el Gobierno franquista, nunca había tenido relación con un poder político real. El alcalde había sido lo máximo”. Cuando llegó el poder de verdad, eran inexpertos y tragaron. Pudo ser por miedo, por afinidad con la causa catalana -una prensa crítica hubiera perjudicado las aspiraciones de autogobierno-, pero claudicaron.

Txema Alegre, redactor jefe en La Vanguardia, dice: “Hicimos el pardillo. Era intangible. Muchos en aquella época no lo veíamos, no lo creíamos o no queríamos creerlo. Pero luego decías ‘madre mía, imbécil’. Hay un ejercicio de autocrítica que una generación de periodistas catalanes debe hacer”.

Arcadi Espada tiene una visión similar pero con su toque rimbombante. Espada veía dos maneras de reaccionar: “Una, el orgullo, que era la mía: ‘Nos atacan porque es el mejor diario del país y eso hace daño’. Y luego otra que decía: ‘Nos están haciendo el cordón sanitario’”. Ese cordón era compartido por mucha gente que votaba socialista: “Todos claudicaron”, dice, y sigue:

El gran problema de toda esta gente es que se sentía al borde de la expulsión. No eran valientes porque no tenían necesidad de serlo. Creían que el valor estaba en otro lugar. Decían: ‘Pujol debe caer’. No estaban contentos con el ‘pujolismo’. Pero esta oposición debía desarrollarse con unas reglas del juego nítidas: no podías salir de la comunidad moral, lingüística.

El Gobierno de Pujol había creado el marco: los críticos eran menos o peores o apenas catalanes. Era sólo el principio.

Este lunes, el tercer capítulo: La prensa amiga

Lee aquí el primero: La corrupción

El libro negro del periodismo en Cataluña (I): La corrupción

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Ante casos flagrantes, la prensa catalana no ha clamado; ante casos dudosos, no ha insistido; ante casos ignorados, no ha rebuscado. Esta serie aborda la historia del periodismo en Cataluña desde la llegada al poder de Jordi Pujol a través de 80 entrevistas con directores, redactores, presentadores y jefes de comunicación.

Este sábado, el segundo capítulo: ‘La comunidad’

Ante casos flagrantes, la prensa catalana no ha clamado; ante casos dudosos, no ha insistido; ante casos ignorados, no ha rebuscado. Esta serie aborda la historia del periodismo en Cataluña desde la llegada al poder de Jordi Pujol a través de 80 entrevistas con directores, redactores, presentadores y jefes de comunicación.

El periodista Siscu Baiges estaba un día de principios de los años 90 en los pasillos del Parlament de Catalunya. Se acercaba el entonces consejero de Economía, Macià Alavedra, con su fama de encantador. Al pasar al lado de Baiges, dijo: “A usted, Baiges, ¿qué le pasa, va mal follado? Siempre está metiéndose conmigo”. El periodista recuerda hoy que su respuesta fue bastante digna: “Si pudiera follar mejor, no estaría de más. Pero si sted] dejara de hacer trapicheos, me metería menos con usted”. Este nivel de confianza no es raro entre políticos y periodistas, pero el ataque indicaba algo según Baiges: “Alavedra sabía que yo era un pringado. Me podía pisar como quisiera, era sólo una molestia”.

Los periodistas políticos en Cataluña que “se metían” con altos cargos eran pocos y tenían una vida difícil. Baiges fue uno de los tres autores del libro Banca Catalana. Más que un banco, más que una crisis, publicado en julio de 1985. Los otros dos fueron Enric González y Jaume Reixach. Era una historia seria de Banca Catalana, entonces “la mayor crisis bancaria convencional de la historia financiera europea”, según la contracubierta.

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La editorial Plaza & Janés publicó el libro. Los tres periodistas entregaron el manuscrito en septiembre de 1984, ya revisado por un abogado y con el anticipo pagado. La querella contra Jordi Pujol había salido cuatro meses antes.

El manuscrito tenía actualidad, pero la obra sólo se publicó en julio de 1985. Durante esos meses, la editorial decidió hacer un nuevo repaso jurídico frase a frase. La persona que se encargó fue Mauricio Casals, hoy presidente de La Razón. En una de las reuniones, Jaume Reixach le dijo a Casals que lo había grabado todo: o sacaban el libro o él publicaba las grabaciones. Reixach dice ahora que fue un farol para hacerle claudicar.

Casals fue luego responsable de ABC Cataluña, donde Francisco Marhuenda, hoy director de La Razón, defendió a Pujol en el caso Banca Catalana.

El mismo mes de julio de 1985, Planeta publicó otro libro sobre Banca Catalana: el subtítulo era Toda la verdad. Es legítimo sospechar que los 10 meses de retraso fueron para esperar que las dos obras coincidieran.

El autor de la segunda obra sobre Banca Catalana fue Feliciano Baratech, célebre y oscuro periodista económico de La Vanguardia. El mismo mes de julio La Vanguardia publicó cuatro grandes extractos de la obra de Baratech en días consecutivos. En las tres primeras entregas no salía la palabra “Pujol”. En la entradilla de la primera entrega, Banca Catalana era sólo “un banco que ha movido polémica reciente”. Uno de los dos destacados decía: “En el tema Banca Catalana se han utilizado argumentos falsos”. Era un lavado de imagen extraordinario.

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El libro de los tres periodistas sólo salió citado en La Vanguardia en el ejemplar del 26 de septiembre, entre una larga lista de publicaciones recientes. Las obras que lo rodeaban eran El Código nacionalista vasco durante el franquismo, publicado por Anthropos, y El reto de las metrópolis, del Instituto de Cooperación Iberoamericano. Nadie puede decir que el libro de Baiges, Reixach y González no saliera en La Vanguardia.

La historia del libro no terminó ahí. El País sacó en septiembre una noticia con fragmentos que se habían censurado. Había uno muy sensible: los datos de dos notarios que certificaban la venta de acciones de Jordi Pujol en Banca Catalana por 600 millones de pesetas en 1977. Pujol siempre negó haberse enriquecido con el banco.

Cinco semanas después, Joan Piqué Vidal, abogado de Pujol, convocó una rueda de prensa para aclarar esta información. Andreu Missé, el periodista que escribió la noticia de los fragmentos censurados en El País, no fue convocado. El Periódico titulaba al día siguiente: Pujol regaló las acciones de Banca Catalana a su fundación. En la crónica de El Periódico se lee: “Según se desprende de las palabras de Piqué Vidal, al president de la Generalitat le duele que alguien pueda pensar que se benefició personalmente de la crisis de Banca Catalana”. De pronto los sentimientos del presidente eran noticia.

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En este breve que destacamos se hizo eco ‘La Vanguardia’ de la publicación del libro ‘Banca Catalana. Más que un banco, más que una crisis’

El caso catalán

Esta desigualdad en el trato ha tenido consecuencias para el periodismo catalán en las tres décadas siguientes. Los periódicos, teles y radios catalanas han sido poco incisivos y persistentes con el poder local. Es un fenómeno que también se ha dado en otras comunidades autónomas y en Madrid, pero el caso catalán tiene sus particularidades. No es posible decir que en la prensa catalana se haya censurado información indiscriminadamente pero sí que se ha disimulado: ante casos flagrantes, los medios no han clamado; ante casos dudosos, no han insistido; ante casos ignorados, no han rebuscado.

En más de 35 años de periodismo hay ejemplos buenos y malos. Pero a través de más de 80 entrevistas con directores, redactores, presentadores y jefes de comunicación que han trabajado en Cataluña en distintas etapas se distinguen al menos cuatro causas de la realidad mitigada en que ha vivido la sociedad catalana: las ayudas públicas a la prensa privada (que han sido las más altas y constantes de toda España), la adherencia emocional a la causa catalana (la defensa del país o el silencio ante el “enemigo exterior” ha sido a veces más importante que el oficio), el temor a un poder total (la Generalitat ha tenido un sinfín de maneras de imponerse) y el tamaño del país (los círculos de poder han sido más pequeños e impenetrables).

Estas cuatro causas no son aisladas. Todas han sobrevolado a la vez muchas redacciones barcelonesas. Según el medio, una podía tener más peso que otra. La responsabilidad no es -sería absurdo- de todos los periodistas. Las responsabilidades graves recaen sobre todo en los editores.

Los editores catalanes ven sus medios como negocios, y lo son. Pero a menudo han olvidado el obligado y paralelo servicio público. Cuando un conseller de la Generalitat le llamaba enfadado,  Xavier Vidal-Folch, entonces director de El País en Cataluña, le daba el número de su editor, Jesús de Polanco: “Llámale a él”, decía Vidal-Folch. “Te equivocas de destinatario. Ve a presionar a quien debes presionar”. En otros periódicos catalanes, era distinto: “Sé que compañeros de otros periódicos lo tenían más difícil”, dice Vidal-Folch.

La última llamada insistente que recuerda haber recibido Àlex Sàlmon, director de El Mundo en Cataluña desde 2001, fue de Macià Alavedra, que le telefoneó en 2004. Había puesto en portada una cena que había organizado el conseller con el juez Luis Pascual Estevill, que entonces era juzgado (y luego fue condenado) por prevaricación. Alavedra quería que Sàlmon quitara la noticia de portada.

“Era lo único que le interesaba, salir de portada”, dice Sàlmon. Alavedra dijo, según Sàlmon, que otro director de periódico no creía que ese hecho fuera noticia de portada y le amenazó con llamar a Pedro J. Ramírez, que estaba ese día ilocalizable fuera de España. Pero según Sàlmon hubiera dado igual. “Estábamos fuera del rollo de la presión”, dice.

Había otros que no estaban tan aislados de la presión. Lluís Foix recibió “cientos de llamadas” de Pujol como director adjunto de La Vanguardia entre 1987 y 2000.  ¿Nunca te planteaste decir a Pujol que dejara de llamar?, le pregunté. “No, no era posible”, respondió. La empresa no hubiera apoyado su postura.

Foix lo sabía bien: en 1983 había dejado de ser director por la presión de Convergència. Txema Alegre, redactor jefe en Economía y Política en La Vanguardia durante los 80 y 90, lo explica así: “Cuando el modo de publicar algo no gustaba, los políticos no te lo decían. Iban a la altura y desde allí llegaban los mensajes según cómo los filtrara la dirección. Era un comportamiento mafioso en minúscula”. El cargo de director depende del editor. Si un político presiona a un director y el periodista accede, sólo hay dos motivos: o le conviene –por ideología, amistad, dinero– o le falta el respaldo del editor.

El proceso mental 

Las llamadas de políticos no sólo son una presión posterior o paralela a la publicación. Al cabo de unas cuantas llamadas, el periodista puede empezar a flaquear y autocensurarse. El proceso mental es algo así: a tal político no le gustará esta noticia, su llamada es segura, la propiedad no cerrará filas y es mejor dejarla o disimularla.

Jordi Maluquer fue director de Avui durante el mandato breve del presidente Josep Tarradellas, quien le llamó sólo una vez por una información que no le gustó: “Me dijo: ‘Maluquer, sé que debéis de estar muy nerviosos porque habéis escrito este artículo, que ya he leído. Yo sé por qué hago las cosas y a veces no puedo contarlo todo. Pero escribid lo que queráis’. Pensé que era generoso. Pero claro, ya me hizo notar que me vigilaba”.

La redacción de El País en Cataluña vivió enseguida esas llamadas en el momento más difícil para Pujol. En pleno caso Banca Catalana, Pujol se permitía broncas a su director. Así describe Antonio Franco, director de El País Cataluña entre 1982 y 1988, un encuentro con el presidente:

En el peor momento de Banca Catalana, recibí una llamada de Pujol para decirme que no quería hablar con nadie de ‘El País’ pero que quería hablar conmigo personalmente. Yo le dije que ‘personalmente me llamo Antonio Franco’ y que debía ser en una cafetería. Allí me metió un chorreo y me llamó de todo.

Los periódicos catalanes no han actuado nunca sólo al dictado del poder político. El caso contra el periodismo catalán no es simple, pero es innegable. Una palabra llegó a definir este ambiente resignado: “Oasis”. Ahora sabemos que pasaba algo más de lo que parecía. Aunque había gente que sí sabía: políticos, periodistas, empresarios sobre todo. Algunos no quisieron contarlo y otros no pudieron. El oasis no era un lugar de paz inmaculada. Se censuraron artículos, frases y palabras, pero se publicaban piezas más o menos duras, como me han dicho muchos periodistas con quienes he hablado. Eran sin embargo piedras sueltas que caían en un estanque: creaban unas olas que desaparecían enseguida. No había locutores, titulares, analistas que insistieran con otras piedras para averiguar más o enturbiar la paz.

Un off the record es el acuerdo que obliga a un periodista a no identificar a la fuente de una información. Los periodistas suelen evitar los off the record, excepto cuando son ellos quienes hablan. Las más de 80 entrevistas que son la base de esta serie han estado trufadas de off the record, a menudo incluso con la grabadora apagada. He procurado utilizar esas miniconfesiones que no podía revelar para entender mejor el contexto. También ha habido cuatro fuentes que han querido ver antes de publicar sus frases entrecomilladas a cambio de hablar en abierto sin preocuparse. He cedido para no perder las entrevistas. En el texto está siempre la fuente de la información. Si no la hay es porque hay al menos dos fuentes off the record con un testimonio muy parecido. Si no advierto del motivo, no hay nada con una sola fuente off the record.

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Las dos fotografías de Jordi Pujol que acompañan a este artículo las hizo el fotógrafo catalán Manel Armengol en 1977.

Te hago un informe

El padre de Enric González, Francisco González Ledesma, había ganado el premio Planeta en 1984 y les dio dinero a sus tres hijos. Enric, uno de los tres autores del libro sobre Banca Catalana, se fue a dar la vuelta al mundo y al volver se reincorporó a El Periódico: “No se ponía nadie al teléfono, no me aceptaban en ruedas de prensa, me impedían pasar”, dice González. Su director, Enrique Arias Vega, le dijo: “Lo tienes mal. Están enfadados contigo”. Arias Vega sabía qué era lo que hacía enfadar al gobierno. En 1984 censuró una viñeta del dibujante Alfons Rodríguez, que no ha dado ahora permiso para reproducirla aquí ni ha querido dar su versión. En el dibujo que nunca apareció, Pujol canta folclore catalán mientras los fiscales Mena y Villarejo esperan entre telarañas que quiera declarar sobre Banca Catalana.

En sus Memorias líquidas (Jot Down Books, 2013), González explica que hicieron un informe sobre él: “Un antiguo colega del Correo, a quien su espíritu nacionalista le había permitido cobijarse en el gabinete de prensa de la Generalitat, me telefoneó para advertirme de que le habían encargado la confección de un informe sobre mí: ‘¿Quieres que ponga algo en especial?’, me preguntó”.

Había más informes de la Generalitat sobre periodistas. El 22 de febrero de 2006, se supo que “Pujol encargó informes sobre la orientación política de periodistas de TV3”. Ese mismo día, La Vanguardia publicaba un breve sobre el mismo tema con un título más suave: ICV lleva a la fiscalía los sondeos encargados por el Gobierno de CiU. Hay muchas maneras de dar la misma información. Al día siguiente, La Vanguardia daba algún detalle más en una pieza titulada Los bajos fondos del poder y hablaba de “encuestas y estudios encargados por las administraciones convergentes entre 1983 y 2003”. En total eran más de cien.

La Vanguardia no daba ningún detalle del contenido. El País citaba un informe de 1993. Salvador Alsius, célebre presentador de TV3, tenía “unas claras tendencias antinacionalistas y sobre todo anticonvergentes y antipujolistas”, decía el texto. Junto a Alsius, Àngels Barceló era “quintacolumnista, colaboracionista y botifler”.

En otro informe de 1994 había detalles más específicos. Habla al menos de dos radios de pueblos. En Abrera “trabajan unas chicas que hablan en catalán pero que entre ellas se relacionan en castellano” y en Radio Súria “los niños de familias castellanohablantes que pasan por la emisora se expresan en su totalidad en catalán”.

Enric González estuvo una temporada más en El Periódico sin ocuparse de temas catalanes. Poco después, fichó por la sección de Economía del diario El País. Dos años después, le trasladaron a Madrid. A finales de los 90 volvió a Cataluña y se encargó durante un año de la política catalana. Acompañó a Pujol a alguno de sus viajes. González recuerda que un día el presidente le preguntó: “¿Pero es usted catalán o no?”. González es obviamente catalán: “Se refería a si era de los suyos”, aclara. Hoy González es periodista en El Mundo.

Marcados para siempre

Jaume Reixach y Siscu Baiges, los otros autores del libro, tomaron otro camino: “Quedamos marcados para siempre”, dice Baiges. “Yo me he dedicado muchos años a hacer cosas que no tenían nada que ver pero he sido siempre el sociata que hizo el libro de Banca Catalana”. Ambos acabaron en el Diari de Barcelona, un periódico cercano a los socialistas. Xavier Roig, jefe de gabinete del alcalde Pasqual Maragall, aún recuerda cómo el director, Josep Pernau, iba a pedirle ayuda. La ayuda era algo ambiguo: anuncios, suscripciones, colaboración. En el fondo era básicamente dinero. Roig lamenta ahora no haber hecho algo más: “Quizá deberíamos haber buscado más para ayudarles”.

Reixach y Baiges formaban el equipo de investigación del Diari. Encontraban alguna cosa. Baiges fue un día con un colega de redacción a ver al jefe de prensa de Macià Alavedra: “Mientras esperábamos en la entrada abrí una fotocopiadora, había un papel y lo cogí”. Eran deudas de la Caric (Comisión de Ayudas a la Reconversión Industrial de Cataluña) que el departamento había renunciado a recuperar. La Caric era una especie de banco público que prestaba dinero a empresas privadas.

En el papel de Baiges había unas 20 empresas con los avales perdonados: “Una era de Antoni Subirà y otras estaban vinculadas al Grupo Zeta: Gráficas Industriales, Editorial Bruguera”. Subirà era portavoz de CiU en el Parlament y primo segundo del presidente Pujol. El Grupo Zeta era también propietario de El Periódico, que era el segundo diario de Cataluña. Caric había avalado directamente a El Periódico y otros medios.

El caso Caric fue uno de los primeros escándalos del pujolismo, hoy olvidado si no fuera por una frase del fiscal general del Estado Eligio Hernández: a pesar de no ver delito en la concesión de los créditos, sí percibía “aromas de corrupción”.

Baiges recuerda otras dos noticias medio impactantes que publicó en el Diari. A finales de los años 80, las conversaciones de los primeros móviles podían interceptarse con las frecuencias de radioaficionados. Baiges pidió a un amigo que grabara una hora de llamadas para demostrarlo: “Me pasó la cinta y salía [el secretario general de Presidencia Lluís] Prenafeta hablando con su secretaria sobre su agenda”. Lo publicaron y les amenazaron con querellas por pinchar los teléfonos de la Generalitat. Otro día vio una obra pública cuya arquitecta era Marta Pujol Ferrusola, hija del presidente. No era ilegal pero sí era feo.

Los métodos de Baiges eran rudimentarios. Iba de vez en cuando a la portería de una empresa que tenían tres ex políticos o amigos de líderes convergentes. Esperaba a que el portero estuviera despistado y ponía la mano en el buzón. Se llevaba los sobres, tomaba nota de las direcciones y luego volvía a dejarlos. “Era muy ortopédico”, dice.

Este runrún era suficiente para que el consejero Macià Alavedra llamara mal follado a Baiges. Esos insultos eran los suaves. Baiges recuerda llamadas a casa: “Te cortaremos los cojones, hijo de puta”, le dijeron alguna vez. “Era desagradable y luego veías que no servía para nada”, dice. “Más denunciabas y más mayorías absolutas sacaba Pujol”.

Así se le quitaban las ganas pero pronto cambiaron sus responsabilidades en el Diari: dejó la investigación para dedicarse a la información olímpica. Alguien del Ayuntamiento había llamado para cortarles las alas: si no paraban, la Generalitat de Pujol no pondría un dinero para alguna obra olímpica que le había solicitado el alcalde Maragall. Baiges recuerda bien la anécdota, pero Carlos Revés, director del Diari entonces y hoy empleado de Planeta, no.

Después de salir del Diari, Baiges entró a trabajar en Com Ràdio, una emisora impulsada por la Diputación de Barcelona, de tendencia socialista. Allí estuvo cerca de 20 años sobre todo en Tots per tots, un programa dedicado a las ONG y la solidaridad. Ahora, después de dos años en el paro, hace colaboraciones.

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El periodista Jaume Reixach, fundador de ‘El Triangle’. / ALBERTO GAMAZO

El periodismo guerrillero

Jaume Reixach era distinto. “Siempre usé la máxima de ‘si me censuran me voy’”, dice. Tuvo que usarla varias veces, también en el Diari de Barcelona. En enero de 1990 fundó El Triangle, un semanario satírico underground. Su modelo es Le canard enchainé pero nunca ha tenido un éxito de público parecido. El Triangle sí hacía (y hace) algo: publica de todo. “Mi estrategia es de guerrillero de la información y los guerrilleros siempre somos pocos”, cuenta Reixach. Los guerrilleros a veces también disparan a todo lo que se mueve.

He entrevistado a algunos periodistas peculiares en este reportaje. Jaume Reixach es el más raro de todos. Mientras habla, al final de algunas frases suelta carcajadas. Parecen una especie de liberación nerviosa. “Te tratan de loco”, le digo. “Lo respeto. Yo sólo quiero ser feliz con el trabajo que hago”, responde.

Reixach da la impresión de que todo reproche le da igual. Solo ríe y ríe sin motivo. Al final de un email, como despedida, me escribió: “¡Caña!”

La metáfora de guerrillero de Reixach es excelente: lleva décadas en los márgenes sin que nadie pueda derrotarle pero también sin poder vencer.

El periodismo de Reixach pisa todas las líneas rojas: “Aunque pase por ser un tío muy alocado, las cosas que decimos tienen su perímetro de certeza. No contamos lo primero que nos dicen. Hacemos mucha labor de verificación”.

El perímetro es la zona peligrosa. Reixach vive de confidencias. Parece haber acertado a menudo.

Sólo ha perdido dos querellas: una por publicar una conversación privada del conseller Cullell y otra por hacer un chiste. El tono de El Triangle no requiere publicar fuentes. Jaume Boix Angelats y Arcadi Espada, que coincidieron con Rexach en El Diari de Barcelona, recuerdan que las noticias que traía a veces estaban poco confirmadas: faltaba el documento, la declaración definitiva. Esta exigencia agotaba a Reixach y le empujó a la guerrilla. Su trabajo quedó marcado, pero a menudo era muy serio y acertaba.

He leído artículos de los primeros años de El Triangle. Son denuncias a menudo sólidas con toques de humor y opinión. Éste es un ejemplo del artículo Trío de ases publicado el 30 de abril de 1990:

Si tenemos en cuenta que la instalación eléctrica de TV3 ha corrido a cargo de EMTE, una empresa que tiene capital de Terasaki España SA y que coincide con los holdings de Macià Alavedra y Lluís Prenafeta en otras empresas, está todo dicho. Efectivamente, en Terasaki España hay dinero del grupo EMTE, a través de su sociedad instrumental Proelec SA, y también interviene la famosa peletería Típel, de los Prenafeta, donde el aún secretario de Presidencia tiene un mínimo de 13 millones de pesetas, y Contax, la instrumental del grupo vinculado a Macià Alavedra. Los amos de EMTE son Jaume Rosell y Carles Sumarroca, dos pesos pesados del empresariado convergente, amigos de la familia Pujol y, en especial, por el lado de Marta Ferrusola, ya que Núria Claverol, la mujer de Sumarroca, es cofundadora con la “primera dama” de la floristería Hidroplant.

En ese mismo texto, Joan Granados, entonces director de la Corporación Catalana de Radio y Televisión, reconoce que han pagado “dos millones” a Terasaki por “una reposición de material” eléctrico. Es un modo de decir que el material original era también de esa compañía, y no debían ser sólo dos millones.

“Yo soy pionero en ir al registro mercantil y registro de la propiedad. Es un periodismo pesado”, dice Reixach. Carles Sumarroca y las empresas EMTE y Teyco son protagonistas del caso Petrum, que ha sacudido la campaña electoral en 2015. Hace más de 20 años ya estaban en marcha. Alfons Quintà, entonces director de TV3, recuerda cómo Sumarroca le llamó por orden de Prenafeta para tener las condiciones del concurso público para la instalación eléctrica en la sede de los estudios de la tele antes que nadie.

Cobrar por no publicar

En la mejor época de El Triangle, hacia el año 2000, Reixach pagaba 15 sueldos. En febrero de 2002, presentó una querella contra el secretario de Comunicación de la Generalitat y mano derecha de Artur Mas, David Madí, por discriminación en la inserción de publicidad.

Reixach y Madí tuvieron dos reuniones ese año. La querella fue admitida a trámite -luego no fructificó- y Madí tuvo que ir a declarar ante el juez. Allí manifestó dos cosas. La primera, que El Triangle no recibía más publicidad por su escasa “capacidad de influencia en el mercado” y no por ser “incómoda”. La segunda, que había grabado una reunión con Reixach porque “no estaba muy seguro de cuáles serían las intenciones del solicitante de la reunión” debido a “la fama que acompañaba al medio”.

Esa fama, según me han confirmado al menos una docena de periodistas off the record, es que El Triangle cobra por no publicar informaciones. No he sabido encontrar ninguna prueba ni nadie que haya podido dármela o haya querido reconocerlo en abierto. Reixach conoce esa fama y la niega: “Que digan lo que quieran, pero yo no he cobrado nunca ni lo aceptaría por no publicar”.

Los presuntos cobros serían en publicidad o en suscripciones en bloque. La Caixa, Banc Sabadell, Abertis, Gas Natural o FIATC ponen publicidad hoy en El Triangle. “Es porque quieren. Tengo publicidad, pero siempre de buen rollo: si queréis hacer, ponedla; si no, pues no”, dice Reixach.

A partir de un rifirrafe con el ex presidente del Barça, Joan Laporta, Reixach explica algo mejor una de sus maneras de hacer. En 1974, el Barça dio la Medalla de Oro del club a Franco. Reixach le pidió a Laporta que se la retirara y el entonces presidente se lo prometió. Hubo una campaña de recogida de firmas, pero Laporta les dijo que no podría hacerlo. “Tú mismo, tío”, le dijo Reixach a Laporta. Y sigue:

La vida ha querido que empiecen a salir cosas de Laporta que me llegan sin buscar. La vida se me presenta de tal manera que quien me la hace se lo acaba encontrando. Y como éste, todos. Si dices que vas a sacar la medalla y luego resulta que no, pues peor para ti. Yo no haré nada, pero tal vez me empiecen a interesar tu vida y milagros. Yo siempre de buena fe, de buen rollo, siempre amigo, siempre colega. Me pasó lo mismo con Rosell. Mi actitud vital es buen rollo con todos.

Reixach tiene otro argumento para defenderse: no es rico. “Duermo en el despacho, de alquiler. Voy con un cochecito”, dice. Vi su coche y su móvil y no son de un millonario. El dinero quizá no le ha permitido enriquecerse pero sí sobrevivir. Reixach, de 57 años, se defiende así: “No entienden que una persona pueda sacrificar su vida por su trabajo. Los estándares de vida que tienen el resto de compañeros de mi generación, yo no los tengo”. Todo tiene un precio: “Si hubiera seguido en El Correo Catalán siendo un chico obediente, quizá ahora estaría en TV3”, aventura. El Triangle ha pasado también por problemas judiciales con sus trabajadores. En 2014 condenaron a la revista por diez despidos improcedentes.

En la querella que El Triangle puso contra Madí, daba algunas informaciones que habían publicado que podían hacer que la Generalitat fuera reacia a poner publicidad en el semanario: “Los negocios de los hijos de Jordi Pujol y de empresarios afines al President; el caso del conseller Cullell; los sumarios sobre la supuesta financiación irregular de Unió (Trabajo, Turismo); los negocios del Ebro partidarios del Plan Hidrológico; el gasto del Govern en asesores y estudios”. Es una lista aproximada. “Nosotros somos muy gota malaya. Es un periodismo de insistencia”, dice Reixach. No es algo que el resto de medios catalanes pueda repetir. Los casos de favoritismo, nepotismo y trapicheos nunca han sido repetidos y desmenuzados en titulares o portadas.

El grupo japonés Nikkei compró en julio el Financial Times. El Guardian le dedicó un editorial:

El periodismo japonés no es corrupto, pero es respetuoso, como la cultura que lo rodea. Las tradiciones periodísticas anglosajonas no son, en sus mejores momentos, respetuosas con nada. Hay cosas que los periódicos británicos deberían respetar más, como la privacidad, pero también es posible que el respeto oculte una deferencia poco curiosa ante el poder que deja florecer comportamientos escandalosos.

Esas zonas de sombra no dependen sólo del aclamado periodismo de investigación. Dependen de las ganas de publicar. El ejemplo eterno del Watergate elimina todo debate sobre la función de la prensa. Las dos únicas opciones de la prensa no son los dos extremos: derribar al presidente más poderoso o reproducir notas de prensa del ministro. Hay muchas opciones intermedias. En Cataluña, como en Japón, se respeta demasiado. La duda es saber si ha sido sólo por un asunto cultural como en Japón o por algo más. “El mundo necesita periodismo que sea comedido e incisivo a la vez”, dice el Guardian. El periodismo catalán ha sido más bien comedido.

La pintora Malfeito 

Doris Malfeito era pintora y era la mujer del conseller Macià Alavedra. Su mejor época llegó a finales de los 80. Sus cuadros llegaron a venderse por miles de euros.

Durante una de sus exposiciones, el director de El Periódico, Antonio Franco, llamó a su crítico de arte, José María Cadena: “José María, voy a joderte”, le dijo Franco según Cadena. Franco no recuerda con precisión esta anécdota, pero le parece plausible. La memoria histórica de Cadena es célebre en Barcelona. Franco siguió, según Cadena: había una pintora que tenía muchos deseos de que el periodista hiciera una crítica sobre ella y la casa estaba comprometida. Cadena adivinó que era Malfeito: “Me ha llamado dos veces y le he dado largas”, dijo.

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‘Paisaje costero’. Óleo sobre lienzo de la pintora Doris Malfeito.

“Era una pintora mala”, dice ahora Cadena, que se resignó a la voluntad de Franco: “Imagino que si me pides una crítica, será una crítica a favor. Yo te la haré. Pero empieza a buscar otro crítico”. Franco quiso evitarlo pero Cadena lo cortó: “No es por mí. Yo tengo que servir al diario, y me habré desacreditado y ya no seré útil”. Cadena al final evitó escribir. Convenció a Franco para que dijera que estaba fuera y no lo había encontrado. La exposición acababa un par de días después. Es un asunto menor, dice Cadena, “pero la gente se mueve por cosas pequeñas”.

En 1984, Malfeito expuso en París y le dieron un premio. La Vanguardia empezaba con esta ironía gruesa un breve sobre el acto: “Doris Malfeito, pintora de categoría y que se basta y sobra por sí sola para triunfar”. El resto de la nota era un eco social anodino. Estas bromas son más habituales de lo que parece. En alguna noticia sobre mafias, el equipo de investigación de La Vanguardia, Eduardo Martín de Pozuelo y Jordi Bordas, colaban la palabra “convergencia”: “Marbella no es solamente un lugar turístico famoso por las fiestas de la jet set sino que es una de las localidades de convergencia en España de la Mafia, representada en este caso por el “clan de los cataneses”. Si se aísla queda así: “es una de las localidades de convergencia en España de la Mafia”. Y de “cataneses” a “catalanes” hay un paso.

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Así se hizo eco ‘La Vanguardia’ de la exposición de Doris Malfeito en París. 

En una exposición de Malfeito en Barcelona en 1995, en cambio, no había acidez: “Algunos críticos de arte confiesan que todavía añoran los concisos y pregones (sic) retratos infantiles al lápiz o las marinas de Doris Malfeito. Pero, a un tiempo, aseguran que no pueden más que rendirse ante sus nuevos paisajes ampurdaneses”. Cadena no era uno de esos críticos “rendidos”.

Los elogios mundanos de Malfeito quizá no eran tan menores. Malfeito murió en 2014. El obituario de El País -que va sin firma- recuerda cómo sus cuadros tenían “gran demanda” entre empresarios y personalidades. Pone dos ejemplos: el presidente de Cirsa, Manuel Lao, y el empresario americano John Rosillo.

Rosillo era un empresario estadounidense que fue condenado a más de seis años de cárcel por fraude fiscal relacionado con Diagonal Mar, un centro comercial en Barcelona construido en los años 90. No cumplió condena porque logró huir a Panamá.

En noviembre de 1999 un célebre periodista del New Yorker, Jon Lee Anderson, se encontró a Rosillo en Panamá. Anderson hacía un reportaje sobre el futuro de Panamá con la entonces nueva presidenta, Mireya Moscoso. Uno de los miembros del Gobierno de Moscoso era Nicolás Barletta, heredado del presidente anterior, Ernesto Pérez Balladares. A Barletta lo habían acusado de cobrar comisiones de una petrolera americana a cambio de favores en el país. Anderson acompañó un día por Panamá a Barletta, que iba en esa jornada con Rosillo y “un acompañante español”. Los dos estaban, según Anderson, “visiblemente incómodos” por su presencia. El acompañante de Rosillo era Josep Pujol Ferrusola, a quien Barletta daba un “completo trato de VIP, que incluía un helicóptero para ver las propiedades disponibles”.

En diciembre de 1999, El País publicó una nota pequeña de tres párrafos con un título sencillo: Rosillo y un hijo de Pujol planearon invertir en Panamá, según ‘New Yorker’. No dice que Rosillo había sido condenado en Barcelona a seis años de cárcel unos meses antes. En La Vanguardia, la información ocupa un párrafo escondido de las páginas de economía.

En Avui, Alfons Quintà hacía esta mención del reportaje en un artículo de opinión titulado Tristeza, en Venezuela y aquí. En el cuarto párrafo Quintà habla del reportaje de Anderson en “una magnífica revista” norteamericana. Habla de Rosillo -condenado por “un asunto del que la prensa ya informó”- y de que iba acompañado de “un familiar de un político de casa”. No da ningún nombre. He escrito a Anderson, que no recuerda si en aquel momento algún periodista español se puso en contacto con él: “Tengo la  impresión, sin embargo, de que nunca se ahondó mucho más de lo mío, y que todo quedó en lo anecdótico”, dice Anderson, que recuerda también cómo sobre todo Pujol le “rehuía” y “no sabía qué hacer”.

La información en estos tres ejemplos obliga al lector a contextualizar, adivinar, desentrañar. Es una escritura que en el fondo oscurece detalles y ha sido constante en temas espinosos. Me han dicho que es una herencia del franquismo: que se intuya pero que no se entienda. Este tipo de lenguaje cifrado sólo para iniciados ha dejado a los periodistas tranquilos pero a la mayor parte de la sociedad en la ignorancia de los chanchullos políticos.

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Éste es el obituario de Doris Malfeito que publicó ‘El País’ sin firma el 1 de agosto de 2014. 

El Lamborghini de Jordi Jr.

El Mundo, cuya edición catalana llegó en 1995, era más directo. Elianne Ros fue corresponsal en Girona del diario entre 1995 y 1999. Un día de 1997 paró a repostar cerca de Figueres. En otro surtidor se detuvo un Lamborghini. Ros y el propietario del deportivo fueron a pagar juntos. Era Jordi Pujol Ferrusola, a quien Ros había conocido en un congreso de Convergència. Ros recuerda que le dijo: “Hola Jordi, ¡qué coche llevas!”. Se fue sin responder. Ros memorizó la matrícula. Lo publicaron, pero la noticia no tuvo ninguna repercusión.

Jordi Pujol Ferrusola, el hijo mayor de Jordi Pujol, había empezado ya a recibir favores: en 1991 Natural Stone, empresa de la que era socio, suministró mármol a FCC para el aeropuerto de Barcelona. En 2001 hubo que cambiarlo todo porque era un mármol demasiado fino para el suelo. Pujol Ferrusola llevaba ya tiempo en los negocios. Formaba parte también de la empresa Hot Line. Una jueza había decretado arresto domiciliario contra él y sus socios si no pagaban 100.000 pesetas por la bancarrota. Lo sacó El Triangle. Sólo lo dio otro medio en España: Diario 16. En Cataluña no lo publicó nadie.

Félix Martínez, en El Mundo, publicó durante los dos últimos mandatos de Pujol bastantes aproximaciones a los trapicheos de la familia. Eran temas propios hechos con cuidado pero sin poder llegar a fondo. “Su participación apenas deja rastro”, dice sobre Jordi Pujol Ferrusola y uno de sus negocios. Fue una constante. Quizá si más periodistas hubieran buscado, la presión habría crecido: “Nunca ha habido un periodismo con vocación de investigación en Cataluña”, dice Martínez. “El Mundo iba contracorriente. En las ruedas de prensa los compañeros nos miraban mal”.  

He preguntado a todos los periodistas que en los 80 y 90 estaban en activo cuándo supieron que la familia Pujol hacía chanchullos. Lluís Foix, director adjunto de La Vanguardia entre 1987 y 2000, ha escrito que a mediados de los 90 se lo dijo incluso al presidente Pujol: “Le comenté que corría por Barcelona que su hijo Jordi cobraba comisiones. Me lo razonó y me dijo que todo el mundo lo hacía, pero que su hijo lo hacía mucho mejor, más rápido y con mejores resultados”. La Vanguardia no publicó nada. Foix ha contado en un artículo de abril de 2015 que “el silencio clamoroso” era extendido.

Otro director de periódico me dijo off the record que llevaría siempre “una aguja clavada en el corazón”. No pudo hacer más por destapar la extorsión del hijo mayor de Jordi Pujol a un alcalde para que permitiera un negocio en su municipio. O un subdirector a quien un dirigente de Convergència le había dicho que había advertido a Pujol que un alcalde había ido a quejarse del comportamiento de su hijo. Pujol le respondió que haría algo. Al cabo de un tiempo, otro alcalde fue al dirigente con el mismo cuento y se lo volvió a decir al president. La tercera vez ya no fue. O una tercera historia: dos consellers de Presidencia a los que Pujol al final de su mandato había ido con el ruego de que le ayudaran a controlar a sus hijos.

¿Había pruebas de estas acciones? No. ¿Había alguien dispuesto a denunciarlas en un tribunal? No. ¿Se podía hacer algo más? Quién sabe. Rafael Jorba, subdirector de La Vanguardia en los 90, cree que ya no es el momento del periodismo: “Soy poco partidario de la comisión parlamentaria y del show al que hemos asistido. Este señor fue presidente durante 23 años: todo lo que en la política y en el periodismo no supimos o pudimos o hicimos suficientemente bien entonces que ahora lo hagan los tribunales”.

En una encuesta casera, he preguntado a una docena de conocidos no periodistas y mayores de 35 años si habían oído hablar del caso Caric o Casinos, quiénes eran Jaume Roma o Carles Sumarroca o qué habían hecho presuntamente Prenafeta o Alavedra antes del caso Pretoria de 2009. Todo eran vaguedades. La reacción es diferente en casos como Barrionuevo y los GAL, Roldán, Filesa, Mariano Rubio, Bankia o los ERE.

Hay periodistas catalanes que creen que sacar noticias que perjudiquen a políticos locales daña a las instituciones. Es dar munición al adversario y desde fuera se aprovecha para limitar las competencias. Hay editores que creen que se gana más dinero si los políticos no se enfadan. El periodismo no sirve para defender una causa o sólo ganar dinero –aunque es clave que lo gane. Tampoco debe encargarse de investigarlo y descubrirlo todo: para eso están la policía y la Justicia. Pero cuando sabe algo que puede implicar ya no delito pero sí chanchullos o trato de favor es saludable airearlo, si puede ser con luces de colores en la portada. Los trapos sucios se lavan mejor en público. Es el mejor modo de que no se vuelvan a ensuciar.

Este sábado, el segundo capítulo: ‘La comunidad’