El Calderón se rinde a Messi

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El palco de EL ESPAÑOL en el Vicente Calderón se llenó este sábado de colchoneros que admitieron finalmente la merecida victoria del Barcelona. Los azulgrana continúan la senda iniciada la pasada temporada en la que el conjunto de Luis Enrique venció en los cuatro enfrentamientos al conjunto del Cholo Simeone.

 

Pedro J. y Esteban Urreiztieta con algunos accionistas de nuestro periódico, este sábado, en el palco de EL ESPAÑOL del Vicente Caderón.

El Atlético de Madrid puntuó en sus 6 partidos contra el Barcelona durante la estelar temporada 2013-14, pero perdió sus cuatro enfrentamientos directos en la última campaña. La tendencia se está consolidando. El sábado, al comienzo de la segunda parte, pareció regresar el Atleti victorioso: Torres, discutido durante la primera parte, se había reivindicado con otro gol de velocidad (minuto 51) tras un buen pase en profundidad de Tiago y la duda de Ter Stegen, que no salió.

El Barsa, como decía nuestro suscriptor Coqui, “había sido mejor a los puntos en la primera parte”, pero en los primeros diez minutos de la reanudación los anfitriones habían recrudecido la presión. El equipo se había puesto por delante y nadie parecía percatarse de que en la banda calentaba sigilosamente un futbolista menudo, suplente por sus viajes recientes con la selección argentina y su reciente paternidad. Durante tres minutos, hasta el tremendo empate de Neymar en un libre directo, la ribera del Manzanares fue feliz. Justo después entró Leo Messi y pasó el resto del encuentro mascullando entre dientes “qué bueno es este enano”.

El palco de EL ESPAÑOL en el Vicente Calderón se había poblado este sábado de colchoneros y contó incluso con la amable visita de dos accionistas jerezanos, Julia y Manuel, cuyo entusiasmo con los gráficos publicados hasta ahora parece indicar que la sección de Datos camina en buena dirección. La primera parte estuvo sazonada por una conversación acerca de si Fernando Torres es o no un “ex jugador”: nadie aplaudió más que Esteban Urreiztieta el gol del hijo pródigo atlético, que nunca termina de alcanzar aquel desborde de sus inicios pero logró, sin embargo, salir ovacionado del estadio cuando le sustituyó Jackson Martínez.

Con un clásico 4-4-2 y Juanfran muy pendiente de un inspirado Neymar (“el último jugador brasileño”, se comentaba en el palco), el Atleti vivió de los robos de pelota de Griezmann, el caudillaje de Godín y el despliegue de un Óliver Torres que parece haber crecido más de un año durante su temporada en Oporto: se multiplicó en defensa y estuvo lúcido en la creación hasta que fue reemplazado por Carrasco.

El equipo de Luis Enrique, liderado por Iniesta y Neymar, tocaba mucho más y había rozado la perfección en una jugada maradoniana del ‘8’ que Rakitic remató a puerta y Oblak despejó a córner para regocijo del respetable. Suárez había mandado un balón al larguero. Vermaelen había vuelto a lesionarse. Rafinha iba de menos a más. El empate no llegaba a ser injusto.

Al descanso, como bromeaba Pedro J. Ramírez, el único gol había sido la llegada de la newsletter de EL ESPAÑOL. La carta del Arponero Ingenuo circulaba ya por las redes y empezaba a ser leída en los teléfonos móviles. Aficionados de palcos cercanos se sacaban alguna fotografía con el director del periódico.

 

Antes y después del minuto 59

Durante los canapés del entretiempo, sin embargo, también se habló sobre la imprenta de otro suscriptor madrileño, Pablo, y su trabajo para diversas administraciones públicas y juntas electorales. Para él y sus sesenta empleados sí hace falta aún papel, pero su fe (y la de su hermano Álvaro) en el proyecto de EL ESPAÑOL parecía fuera de toda duda. “¿Salimos seguro el 7 de octubre?”, preguntaba María. “Absolutamente seguro”. Coqui ensalzaba a los dos “magníficos” porteros del Calderón y recomendaba a Florentino Pérez que tomase nota.

La segunda mitad el partido se dividió en dos partes: antes y después del minuto 59. Hasta el 59, el Atleti había sido más intenso, aunque la puñalada de Neymar enfriase algo los ánimos. (Fue la única jugada en que no sería pitado). Poco después Messi entró en el campo acompañado de un rumor general. Simeone refrescó al equipo con el portugués Carrasco (bastante aplaudido), pero la ‘Pulga’ se colocó entre líneas, a la espalda de Tiago y Koke, y comenzó a amargar la vida a la afición local.

“Cómo cambia el Barsa con Messi”, se resignaba Urreiztieta. Suárez se peleaba hasta con los árbitros, como sucede muchas veces cuando se está a punto de definir un partido. Minutos después dejó un balón primoroso de primeras a Messi, que fusiló a Oblak en el área y enmudeció al estadio. Había avisado ya varias veces. Leo estaba fresco e imparable; quería dedicarle un gol a su hijo. La delantera del Barsa, vista desde el palco, parecía al final del partido casi un ejemplo de competencia desleal. No había nada que oponer al triunfo culé, reconocían los suscriptores. “¿Seguro que quieren jugar en una Liga catalana?”

Arda Turan: una operación y tres vencedores

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Arda Turan se convirtió el pasado lunes en el segundo fichaje del nuevo Barcelona. En términos oficiales, se trata de una petición del legitimado Luis Enrique. El jugador llega tras triunfar sin paliativos en el Atlético de Madrid, si bien su salida podría acabar implicando incluso un plus para el equipo de Simeone.

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Arda Turan se convirtió el pasado lunes en el segundo fichaje del nuevo Barcelona. En términos oficiales, se trata de una petición del legitimado Luis Enrique. El jugador llega tras triunfar sin paliativos en el Atlético de Madrid, si bien su salida podría acabar implicando incluso un plus para el equipo de Simeone.

Turan forma parte del gremio más selecto del fútbol, el de los genios. Dentro del mismo, existen dos categorías. La superior está compuesta por los futbolistas que dominan los partidos, lo cual incluye al balón, a sus compañeros y a sus rivales. Hombres así hay pocos y el turco no es uno de ellos. Él no domina ni a los suyos ni a los otros, él domina el balón. Sólo el balón.

Que no es poca cosa, y lo hace de maravilla. Lo controla como si fuese su quinta extremidad, es casi imposible arrebatárselo si él se empeña en protegerlo. Para sus entrenadores, contar con ello resulta excitante, aumenta su margen de maniobra hasta puntos elevadísimos. Luego, cada cual lo utiliza a su manera según el estilo que elija y las necesidades que le asolen.

En el Vicente Calderón

El Atlético de Madrid se cimienta sobre cuatro principios fundamentales: la defensa organizada, los pelotazos al delantero, la voluntad contragolpeadora y el balón parado. Siendo claros y concisos, Arda Turan no destaca en ninguno de ellos. Sin embargo, el Cholo se las apañó para convertirlo en una estrella.

Su tarea más importante consistió en colorear el proyecto. En el fútbol no solo constan la táctica, la técnica y el físico, de hecho ni siquiera son las magnitudes preponderantes. Como en cualquier actividad creativa que se nos ocurra, la fuerza motriz reside en lo emocional.

Arda fue un chute de felicidad para el Vicente Calderón. El Cholismo conecta con la grada a partir del esfuerzo, lo cual está muy bien, pero la gente no va al estadio sólo para ganar, sino también para divertirse. La magia de Arda cumplió con esa función en un contexto poco dado al espectáculo. Emocionalmente, completó la experiencia. Él se reía, y desde el sentido más pragmático posible, reírse fue clave. Ayudó a crear ese ambiente positivo, por momentos inspirador, que originó la ola del río Manzanares.

En el equipo de Simeone

No obstante, su aportación tangible no ha sido tan grande como pueda parecer, ni estadística ni futbolísticamente. Pese a tratarse del tercer jugador más ofensivo del once titular, en las dos últimas Ligas ha promediado 3,5 goles y 3,5 asistencias. Es el detalle que descubre de primeras lo que se observa cuando se le analiza con lupa: se trata de un jugador bastante incompleto.

“El balón es su quinta extremidad” para lo bueno y para lo malo. Cuando se separa de su cuerpo, no le sirve para nada. Sus pases carecen de intención y ruedan con cierta pesadez. Eso le convierte en un asistente discreto y en un lanzador de contras anodino. Para más inri, sus chuts no son nada del otro mundo. En conjunto, como instrumento atacante, aunque choque, Turan es una herramienta bastante limitada.

Astuto, Simeone dio a su fútbol un carácter defensivo. El turco fue, ante todo, un administrador de ventajas, su juego explotaba tras el primer gol del Atleti. Se pegaba a la banda, escondía el balón y desesperaba al rival. Sus escapismos protegían tanto como los despejes de Godín; si la tarea se reducía a mantener la posesión, Turan garantizaba el triunfo. De ahí su éxito en la temporada 2013/14, cuando Diego Costa casi siempre abría el marcador.

El año pasado no sucedió lo mismo. El gol tardaba en llegar, o no llegaba, o el oponente se adelantaba, y obligado a desequilibrar, Arda no respondió.

Su marcha permitirá a Simeone apostar por un futbolista verdaderamente ofensivo, alguien que dé asistencias, que meta goles y que sea un activo importante a la hora de contraatacar, ya sea lanzando la transición, conduciéndola o irrumpiendo en el área. Sería lo más coherente.

Arda en el Vicente Calderón ha sido una historia preciosa, pero también algo forzada. Separados, las dos partes están en disposición de dar un salto de calidad. El Atlético sólo necesita una excusa para seguir sonriendo. Por su parte, Turan deberá adaptarse al siempre complejo FC Barcelona. Contará con Luis Enrique, que le facilitará la misión.

En la idea de Luis Enrique

El Barça ha cambiado. Durante años utilizó un modelo táctico llamado “Juego de Posición” (aquí se profundiza en él)  enriquecido por un estilo personal basado en la posesión del balón. Ambas cosas, modelo y estilo, eran innegociables. Como resultado, el Barça era como una orquesta: cada uno tocaba su instrumento, pero todos leían la misma partitura.

Pep Guardiola, uno de los pensadores más prolíficos de la escuela, afirmaba lo siguiente: “El juego de posición es muy difícil […] Tienes que aceptar no intervenir […] Este es un proceso muy largo […] Cuando trabajas solo el ataque posicional y lo haces con jugadores que ya lo han ganado todo, y que lo han hecho en otros clubes con un modelo diferente al posicional, pueden surgir problemas”.

Turan debutará a pocos días de cumplir los 29 años y nunca se ha desenvuelto en un juego de posición. Su adaptación a un Barça natural generaría serias dudas. Eso en lo referente al modelo.

En cuanto al estilo, Xavi Hernández esgrimía lo que prosigue en una entrevista concedida a “El Mundo” en febrero de 2008: “No es lo mismo un rondo con Oleguer, con Iniesta o conmigo que con los brasileños, que pisan la pelota. Con nosotros, el balón ni lo ves. Una maravilla. A veces, Rexach estaba de espaldas y nos gritaba ‘¡bien, bien!’. ‘¡Pero si no lo ha visto!’, decíamos. ‘Pero escucho el balón y sé que va bien’, contestaba”.

Como antes se señaló, Arda no destaca por su manera de soltar la pelota; él brilla por lo mismo que apuntaba Xavi sobre los brasileños: por cómo la pisa, por cómo la guarda. No cuadraría.

Pero el Barça ha cambiado con Luis Enrique, decíamos. Hoy es algo igual de efectivo pero más impersonal, más flexible, lo cual beneficia a Turan. Sus futbolistas no forman parte de un todo comprendido e inalterable; cada uno aporta su don y entre los ajustes de Luis Enrique y la interpretación de Leo Messi se va dotando de equilibrio al equipo como tal. De hecho, no existe mayor prueba del cambio que el particular rol del propio Xavi en su última campaña como culé.

Antaño, Xavi fue el epicentro de una posesión estudiada y predefinida cuyo objetivo era ir eliminando con paciencia líneas de presión del rival; siempre manteniendo ocupadas de manera fija las posiciones estipuladas por el sistema. Nadie interpretó esa partitura como el genio de Tarrasa. Con Luis Enrique, sin embargo, Xavi saltaba al campo para dormir el partido, para hacer las cuatro esquinas, para perder tiempo. Sólo para eso, a modo de recurso defensivo, como Turan en el Atlético de Madrid. Así pues, las piezas empiezan a encajar.

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En el sistema de Messi

Arda escondió el balón entre la hierba jugando en un equipo que jugaba por el aire. En el Barça, la pelota rueda todo el rato, más rápido, con más precisión y más intención. Se la pasarán mejor. Brillará aún más.

Dicho efecto podría acabar convirtiéndolo en aquello que no es: un interior apropiado para un 4-3-3. En condiciones normales, sus escasas aptitudes defensivas se lo acabarían imposibilitando.

El Barça es la excepción en la regla por un motivo muy sencillo: casi siempre tiene la pelota. Con independencia de que Luis Enrique dé menos importancia que otros a la posesión del balón, sus futbolistas poseen tal nivel técnico y talento asociativo que terminan por inercia llevando la iniciativa. Eso protegería a Arda, como protege a Iniesta o protegió a Xavi. En el Camp Nou se defiende menos. Es simple.

Aceptado el truco, toca analizar en cuál de los dos interiores se asentaría el recién llegado. Y aquí parte con una ventaja: a él le da igual. Tanto en la izquierda como en la derecha exhibe su virtuosismo sin resentirse un ápice. En base a esto, se situará en un perfil u otro dependiendo de quién sea el lateral derecho escogido. Vayamos al por qué.

Cuando Messi ejerce de extremo derecho, necesita a su vera un tipo que pare la pelota y otro que corra al espacio; alguien con quien asociarse en corto y alguien que se desmarque hacia adelante para abrir el campo y crear espacios. En 2009, Xavi se le acercaba y el joven Alves se le alejaba; en 2015, Rakitic se le alejó y el viejo Alves se le acercó. No importa quién desarrolle cada tarea, si el interior o el lateral; lo importante radica en que cada uno cumpla una función diferente.

En este sentido, Aleix Vidal representa al lateral profundo y Dani Alves, al lateral asociativo. Cuando juegue el español, Arda servirá mejor como apoyo de Messi; si en cambio juega el brasileño, Arda convendrá más en el otro lado, con Rakitic en la derecha corriendo como demostró. Recordemos que Luis Enrique fue el único entrenador de la carrera de Xavi que lo situó en el perfil zurdo. En parte, se debió a esta causa.

Para concluir, procede mencionar dos valores inmateriales que Turan ofrecerá al Barcelona como ofreció al Atlético de Madrid. En primer lugar, si rodeado por compañeros físicos abrumaba a los contrarios con su fantasía, imaginemos qué tipo de efecto no podrá causar una coreografía que una al turco con, por ejemplo, Neymar JR. Y en segundo y último término, ponderemos que estamos ante un futbolista experto y acostumbrado a competir contra los mejores que tiene un vacío en su carrera que reconoce a boca llena: necesita ganar una Copa de Europa. Como competidor, será perfecto.

Final Champions: Barça-Juve, lo eterno contra lo mortal

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Barça y Juve se disputan este sábado el centro del fútbol europeo. Lo eterno contra lo mortal. Luis Enrique, Messi, Suárez, Neymar y Jordi Alba, por citar a algunos, por un lado; Allegri, Pirlo, Pogba, Vidal y Tévez, también por citar a algunos, por el otro; y en el medio,  un millón de variantes sobre el césped de Berlín. Los azulgrana parten como favoritos pero en una final tan importante como la calidad es el hambre. 

Barça y Juve se disputan este sábado el centro del fútbol europeo. Lo eterno contra lo mortal. Luis Enrique, Messi, Suárez, Neymar y Jordi Alba, por citar a algunos, por un lado; Allegri, Pirlo, Pogba, Vidal y Tévez, también por citar a algunos, por el otro; y en el medio, un millón de variantes sobre el césped de Berlín. Los azulgrana son favoritos pero en una final tan importante como la calidad es el hambre. 

Dicen quienes las han jugado, que una final no se gana por fútbol, sino por hambre. Y aunque hay de todo en esta historia, la teoría merece deferencia.

El futbolista es una persona que tiene la opción de besar la inmortalidad; se trata de alzar la Copa del Mundo vestido de país o la de Europa vestido de ciudad. Cuando lo consigue, entra en la memoria de su gente e incluso de gente que aún está por nacer. Por este motivo, el grupo humano que forma la Juventus necesita vencer aquí y ahora. A nadie le gusta morir, y tomar la vida para siempre pasa por resistir 90 minutos más.

El Barça llegará a Berlín radiante y superior. Pero con la eternidad ya adquirida antaño tanto en Roma como en Wembley. Ahí radica la única desventaja de Luis Enrique para el choque decisivo. Lo demás correrá a su favor. Cada punto, cada duelo, cada variante. Veamos los porqués.

Allegri contra el mejor

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Eliminar al Real Madrid acreditó a la Juventus como finalista respetable. Para lograrlo, hizo de sí misma. No modificó ninguna de sus rutinas, ni siquiera intentó maquillar sus defectos. Depositando esa confianza en sus jugadores, Allegri eliminó el factor miedo y dotó a los suyos de calma e inspiración. Ganó por eso. Sólo por eso. Ahora bien, como hace poco dijo alguien, “una cosa es un equipo, y otra un equipo con Messi”. Ante Messi, casi nadie conserva la autoestima.

Y la Juve sin Chiellini, menos. Sus carencias evocan muerte si enfrente se encuentra Lionel. Cuando el adversario le quita el balón y la encierra, se le nota la falta de costumbre. En parte, por la gran traba de su sistema: Pirlo no defiende. Literalmente, el mediocentro de la Juventus no defiende. Nada. Cero. Se queda quieto. Es una estatua. Lo casi nunca visto. Lo jamás soportado.

Luis Enrique suspira, Allegri transpira. Entremos en la táctica.

El mejor contra la Juventus

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Messi no atacará a Pirlo. No de manera directa. Pero dará igual. Será su efecto secundario. En principio recibirá más atrás y abierto a la derecha. Se topará con Pogba. Pogba ejerce de interior izquierdo en el 4-3-1-2 de la Juventus. Es grande, fuerte, rápido y mucho más inteligente de lo que su parecido físico con Balotelli deja presumir, pero carece de la concentración y los fundamentos de un especialista defensivo. Messi podrá participar. Tocará la pelota más de 70 veces en los 90 minutos de Berlín. Seguro.

Y entonces entrará en juego la bomba atómica que Uruguay le regaló. Se llama Luis Suárez, es su delantero centro y sí atacará a Pirlo de manera frontal. Frontal, lateral y dorsal. Y sobre todo, vascular. Su hiperactividad contrasta con la quietud del italiano, aparece por cualquier lado con una agresividad inaudita. Y pese a su pose huraña, piensa con conocimiento. La conexión Messi-Suárez es medio título para el Barça. Y Neymar querrá potenciarla. Aunque este estará en otros frentes.

Jordi Alba: la bala perdida

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Allegri ocupa cada banda con un solo hombre. Lichtsteiner habita la derecha y Evra, la izquierda. Y nadie les ayuda demasiado. Los demás gravitan hacia el centro. Jordi Alba lo celebra. Subirá siempre y nadie le perseguirá; habrá un culé desmarcado en campo contrario de forma constante. Un cambio de orientación del propio Leo, Piqué, Alves o Rakitic hacia Jordi Alba oxigenará la posesión e instalará la misma en la mitad bianconera. La presión de Allegri se desinfla por aquí. Y nadie como el Barça para aprovechar la coyuntura.

Una vez reciba Alba, la Juve iniciará su basculación. Llegará a destiempo. Y además, en dos contra tres: Lichtsteiner y Marchisio contra Jordi, Iniesta y Neymar. Es decir, incluso su escenario más optimista resulta desventajoso. La izquierda de Luis Enrique, la derecha de la Juventus, será de color azulgrana. Iniesta controlando y Neymar creando ocasiones deben sacarle fruto. Dependerá de ellos. Será una cuestión individual. Suya. La pizarra les sonríe.

A menos que Allegri cambie de sistema. Puede cerrar la banda con Tévez, usar defensa de cinco o quién sabe qué extraño invento. Si alguno le sirve de algo, será Arturo Vidal. Luis Enrique le eliminaría si pudiese. Vidal es a la Vecchia Signora lo que Drogba al Chelsea de Múnich o Gerrard al Liverpool de Estambul; el símbolo del deseo. Si la Juventus sobrevive al Barça, él se habrá multiplicado.

La epopeya de Vidal

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Entre lesiones y confusiones, Vidal este año no ha jugado bien. Sin embargo, Luis Enrique le respeta con razón. Se trata de un centrocampista completísimo capaz de marcar la diferencia con balón o sin balón. Detenta tal potencial que, tocado por una varita, aspira a compensar diez defectos a la vez. Allegri deberá elegir sobre cuáles priorizar.

Se espera que ejerza de mediapunta en el rombo de la medular. En dicha posición, varios roles defensivos podría sostener. El principal, bajar adonde Pirlo, ponerse a su lado, formar doble pivote, abrir a Marchisio y Pogba y formar un 4-4-2. Con ese dibujo, la Juve sería más ancha y borraría en cierto grado lo explicado en “la bala perdida”. La mejor Juventus juega de este modo.

La segunda variante situaría a Vidal de interior derecho. A Messi le agradaría. Le quedaría lejos y lo vería poco.

Y en última estancia, Vidal como interior izquierdo. Ocurriría lo contrario. Cuanto más cerca esté de Lionel, peor (o menos bien) atacará el Barcelona. Pero Pogba, si no está ahí, se pierde.

En cualquier caso, el valor de Vidal rompe la pizarra y se cuela en la poesía. Drogba y Gerrard. En aquellas noches de sol. Ese es el concepto. Eso es lo que asusta. Puede invocar esa esencia. Si juega sólo bien, el Barça sabrá torearlo.

El fortín de Luis Enrique

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Toca hablar de los goles bianconeri. Se acercan de cuatro maneras: a balón parado, por contras del ya citado Vidal, a causa de Tévez y gracias a Morata.

La receta de Cruyff anula lo primero. Para que Pirlo no meta una falta, lo mejor es no cometerla. Pirlo de libre directo es mucho más peligroso que cualquier otro jugador de la Juve intentando cualquier otra acción. Piqué, Mascherano y Busquets saben cómo chocar. Alba y Alves habrán de gastar cuidado. Es de vital importancia.

Las contras de Vidal se explican en un momento. El Barça atacará por la derecha; la Juve robará donde Pogba. Tanto él como su cercano, Pirlo, llevan un guante en la bota, y Arturo, en el lado contrario al balón, gana corriendo a Iniesta y a Busquets. Así salen casi siempre. La mejor prevención, que Alves y Rakitic presionen rápido tras la pérdida. Pueden y suelen hacerlo.

Tévez es otro asunto. Es talento, improvisación, la jugada imperceptible. Mascherano le conoce bien; a Piqué no le cuadra su gambeta. Pero no se recuerda una final donde Gerard no rozase la perfección. Dicho lo cual, lo prudente es no forzarle. Si el Barça necesita la posesión es para que el Apache no se encuentre demasiado. Carlos es una estrella. Conviene quitarle la luz.

Y luego aparece Morata. Morata es una toxina que afecta al sistema nervioso. Viene, va, salta, cae, pega, esquiva, rebota y explota. Siempre está haciendo algo. Ante él, la clave estriba en medir con precisión el valor real de cada una de sus gestiones. Su insistencia, en la mitad de su medida, resulta fútil. Morata es peligroso en el punto de penalti y en la esquina izquierda del área. En lo demás, se trata de un anzuelo. Picar es de pescados.

Fútbol contra deseo

Carlos Tevez

90 minutos duran poco tiempo. Cualquier detalle a favor o en contra propiciaría una contrarreloj loca y pavorosa. Y habrá muchísima calidad sobre el césped. Especialmente, del lado azulgrana. Cada ataque de Messi, Suárez o Neymar podrá romper el equilibrio; como un contacto de Pirlo o un zarpazo de Tévez.

En lo colectivo, Luis Enrique hallará más chambas que peligros. La salida desde atrás de la Juventus pierde la pelota con frecuencia, su defensa de los contraataques parece frágil y el capi Buffon no es quien supo ser. En el lado comprometido, los de Allegri saben mover el balón y eso al Barça no le gusta.

Aunque siendo fieles y concisos, el obstáculo culé radica en lo arriba presentado: en el muro de la mortalidad. De la mortalidad de la Juventus. El Barça de nuestros días nunca será olvidado, ya ganó la Champions dos veces y siempre la podrá ganar. La Juventus, sin embargo, zanjará su destino en Berlín. Esa lucha por la supervivencia histórica a veces genera una fuerza añadida y misteriosa que nivela lo incompensable. Si el Barça apaga esa llama a base de fútbol, tendrá todas las de vencer. Es más rápido, más preciso, más creativo, más seguro y más peligroso. Y le protege Lionel Messi.

Messi multiplicado por tres

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Luis Enrique tuvo que multiplicar por tres a Messi para ganar la Liga que acaba este sábado.  Y un Messi por triplicado es mucho Messi. Para ello, el entrenador asturiano no dudó en cuestionar algunos de los cimientos en lo que se apuntaló el gran Barça de Pep. Al final, todo salió bien y hemos asistido a la Liga de Messi… y de Luis Enrique. Y todavía quedan Copa y Champions en el horizonte.

Luis Enrique tuvo que modificar los cimientos del Barça y multiplicar por tres a Messi para ganar la Liga que acaba este sábado. Y el argentino por triplicado es incontestable. Al final, hemos asistido a la Liga de Messi… y también de Luis Enrique. Y todavía quedan Copa y Champions en el horizonte.

 

Luis Enrique carecía de prestigio. Aun así, el Barça lo firmó y todos asintieron. Le avalaban sus tres años en el filial, fechados entre el ascenso de Guardiola y el verano de 2011. Sin alejarlo del éxito, a aquel equipo le cambió la cara. Pero no el olor. Ni el sonido, ni el sabor. Por eso parecía coherente con el proceso que el club declaraba perseguir: “Una renovación no revolucionaria”.

Sin embargo, algo chirrió desde el comienzo. El mensaje de la directiva no coincidía con la planificación deportiva que estaba llevando a cabo. Luis Suárez destacaba como fichaje principal, y para potenciarlo, renovar el sistema no bastaría. El uruguayo, como Neymar, iba a necesitar espacios para correr y libertad para tomar sus propias decisiones, lo que sólo se podría obtener mediante una revolución total.

No vaciló Luis Enrique. Primero, restó importancia a la posesión del balón, permitiendo al Barcelona contraatacar con más frecuencia. Después, abolió el Juego de Posición, para que Messi, Suárez y Neymar fluyeran en función de su talento, y no de los trazos de una pizarra. Entregándose de este modo a la MSN, Lucho escogía un camino que le alejaba de la gente. Uno desconocido, y por lo tanto desconfiable. Casi, casi anti-Barça. Pero él lo tenía clarísimo: Messi, Neymar y Suárez iban a ganar.

También trabajó la táctica. En los nueve meses que duró la Liga, supo diseñar tres sistemas diferentes que, mientras duraron, hicieron del suyo un equipo invencible. Manteniendo el 4-3-3 como dibujo de partida, hubo tres versiones del Barça que arrasaron todo a su paso.

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Sistema 1: El Messi mediapunta

El primer sistema dominante se basó en los siguientes ajustes: 1/ Messi bajó unos metros y ejerció de mediapunta. 2/ Los interiores se abrieron y ocuparon los costados. 3/ Y los extremos se cerraron y actuaron de delanteros.

La disposición confesaba desde el principio el gran cambio del proyecto: Messi iba a asumir la dirección del ataque culé. Aunque Rakitic supliera a Xavi como interior derecho,  el sustituto funcional del catalán sería Leo. Cada retoque de Luis Enrique trataba de facilitarle al argentino la aclimatación a su nueva tarea: él bajaba para tocarla antes, los interiores se abrían para dejarle espacio y los extremos se cerraban para marcar los goles.

Al crecer tanto la participación de Messi y hacerlo a su vez en un modelo de juego tan abierto y rápido, el fútbol culé resultaba abrumador. El Barça parecía tener dos marchas más que cualquiera de sus rivales.

El mini-ciclo, que arrancó contra el Elche en la jornada 1, alcanzó su nivel más alto frente al Athletic Club de Bilbao en la jornada 3. Un mes más tarde, se produciría la caída. Fue en La Rosaleda. Javi Gracia descubrió que Rakitic e Iniesta en bandas no producían nada; los dejó solos y enfocó el cien por cien de su atención en el carril central, sobre Messi, retrasando el territorio del “10” hasta la línea divisoria. O sea, anulando su peligro.

La Liga tomó buena nota y el Barça perdió su eficacia. Había que seguir buscando.

Sistema 2: El Messi extremo

Sobre octubre, noviembre y diciembre, corramos un tupido velo. Enero, tras la debacle de Anoeta, sería diferente. Luis Enrique movió ficha y prendió la llama: 1/ Messi actuó como extremo derecho puro. 2/ Suárez se consolidó como “9” clásico. 3/ Y el sector izquierdo recuperó la normalidad. Es decir, Alba subió sin parar, Iniesta ocupó el centro y Neymar arrancó desde la banda.

Un campo de fútbol se divide en tres carriles, y el más importante es el central, pues es donde se ubican las porterías. En consecuencia, las bandas se protegen menos. Situando en las mismas a dos dribladores consumados y rapidísimos, Luis Enrique garantizó para el Barcelona la repetición casi constante de una de las acciones más letales del juego: el regate. Messi y Neymar regateaban en cascada.

Pese a la aparente simpleza del concepto, el Barça se mostraba indefendible. No se puede sujetar un ataque que dribla con acierto cada vez que lo intenta. Por este motivo, el ocaso de la idea no se debió a ninguna ocurrencia enemiga. Sencillamente, Messi y Neymar perdieron frescura. Encadenaban demasiados esfuerzos explosivos y se acabaron quemando. Para el recuerdo, las victorias contra el Atlético de Madrid o el Deportivo de la Coruña. Aunque en general, todo lo contenido entre el 10 de enero y el 21 febrero derrochó categoría.

Sistema 3: El Messi interior

El Messi extremo había deparado tanto fútbol que algunas de sus cosas sirvieron para siempre. La más representativa, la que el escritor Martí Perarnau terminó bautizando como el Alley Oop de Lionel. Provocó infinidad de victorias. La jugada consistía en un pase aéreo y con rosca hacia el desmarque en el segundo palo de Alba o Neymar. En pos de acomodarla, Luis Enrique matizó su 4-3-3 por tercera y definitiva ocasión: 1/ Messi bajó 20 metros y se centró ligeramente. 2/ Rakitic acentuó sus llegadas al área. 3/ Y Neymar se liberó de la banda y pasó a moverse por los tres carriles del ataque.

Con este orden, el Barça lució su versión más asociativa. Y la más controladora. El motivo, cómo no, derivaba de Messi. El argentino seguía abierto y por lo tanto recibía con constancia, pero una vez controlaba la pelota, en lugar de correr hacia delante, proponía templar el ritmo y pasársela a los del medio. Juntando posición y tareas, en algunas ocasiones recordó punto por punto al Xavi más imperial, en lo que fue la mejor noticia del curso para Busquets e Iniesta. Sergio y Andrés empezaron a rendir y a brillar como antes no habían podido.

Por su parte, Neymar y Suárez, juntos y solos arriba, consagraron su potencial. Con la posesión asentada en la media y el ataque desprovisto de una pieza, el espacio a repartir aumentaba sus dimensiones, y lo aprovecharon con maestría. En particular lo de Luis Suárez causó impacto. Su desempeño no desmerecía para nada lo admirado en Inglaterra.

Lo cierto es que, en términos generales, vimos la versión más equilibrada del Barça; la que integró más jugadores en su nivel cúspide y la que ofreció la sensación de dominio más arraigada.

No en vano, fijamos su fecha de origen en la jornada 33 (derbi contra el RCD Espanyol) pero no podemos concretar cuándo menguó su poder. El FC Barcelona del Messi interior continúa vigente. Es el que ha cerrado la Liga, el que intentará levantar la Copa y el que tratará de coronarse como campeón de la UEFA Champions League en la Final de Berlín.

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El instinto de supervivencia

Si hacemos la cuenta, los tres sistemas tiránicos ocuparon, más o menos, la mitad del campeonato. La otra mitad hubo que sacarla a golpe de riñón. Quizá fue en este menester donde el Barça marcó la diferencia. Mientras el Real y el Atlético sucumbieron ante la dificultad, los de Luis Enrique siempre encontraron un clavo ardiendo al que agarrarse para competir. Las paradas de Claudio Bravo y las jugadas personales de la MSN sellaron el arco propio y abrieron el ajeno, pero más allá de esto, que fue bastante obvio, tres tipos singulares merecen su mención.

Los momentos malos del Barça fueron, sobre todo, trabajo de Piqué. Ha rozado la perfección. Estudió el desequilibrio imperante desde la caída de Puyol y supo interpretar que comportándose como un central estándar su ayuda sería insuficiente. Así que recondujo sus servicios. Se focalizó en el corazón del área y lo escondió en una burbuja en la que nadie penetró. Durante meses, rematar un centro o un pase de la muerte cerca de Claudio Bravo no fue una posibilidad. No con Gerard.

Más oscura pero igualmente decisiva fue la obra de Dani Alves. El lateral brasileño patenta una simpatía seria o una seriedad simpática que en el fútbol gana partidos. Ha alcanzado menos que antaño la línea de fondo, pero porque se le ha requerido en el centro del campo. Su energía, concentración y sabiduría velando la espalda de Messi erradicó un problema que parecía irresoluble: las salidas del rival por el lado de Lionel. Rakitic puso los kilómetros, pero Daniel previno con su juego.

Por último, se precia destacar la impresionante puesta en escena de Juan Carlos Unzué al frente del balón parado del Barça. Con la ayuda de Luis Suárez, guardián imperturbable del primer poste, ha desarrollado una estrategia defensiva sin igual en toda Europa. La fiabilidad aérea de los culés obliga a instruirse con ella. Para más inri, en ataque también dio frutos cuantiosos. Los goles de Mathieu contra el Real Madrid o el RC Celta de Vigo, o el de Busquets ante el Valencia en Mestalla, sumaron puntos sin los que no se hubiese triunfado.

Pronto se cumplirán siete años desde que Ronaldinho abandonará la ciudad. Quién iba a anunciar entonces lo que dicha marcha iba a suponer. Bajo el reinado de Leo Messi, el FC Barcelona ha ganado cinco de las últimas siete Ligas disputadas. Esta última, con Luis Enrique, ha costado sudor. Para desarrollar el modelo del triunfo, el entrenador renunció a aquello que le había puesto en el cargo: su ADN. Como premio a la valentía, al sacrificio, ha cosechado más que un título. Por encima de los resultados, el Barça vuelve a jugar bien. Vuelve a ser el mejor.

Guardiola contra sí mismo

Pep Guardiola

El entrenador que reventó las vitrinas del Camp Nou vuelve a casa para enfrentarse a su pasado: Messi. El jugador que crea ocasiones de la nada y que el propio Pep ayudó a convertir en milagro. 

El entrenador que reventó las vitrinas del Camp Nou vuelve a casa para enfrentarse a su pasado: Messi. El jugador que crea ocasiones de la nada y que el propio Pep ayudó a convertir en milagro. 


Superman: Hijo Rojo es una miniserie de cómics que hace ficción dentro de su ficción. Nos remite a tiempos de la Guerra Fría y el cambio sustancial consiste en estrellar la nave que vino de Krypton, la que cayó en Smallville (Kansas), en una granja ucraniana. Así pues, el protector más icónico y poderoso de América crece y madura en la URSS estalinista que, de esta guisa, toma la iniciativa en el conflicto dibujando un futuro imprevisible. Traducido al fútbol, esto es Pep Guardiola contra el FC Barcelona con el Camp Nou de testigo. Ocurrirá. En la realidad.

Con una diferencia. La semifinal es más pequeña porque implica a menos gente, pero atañe una complejidad superior. Existe una historia previa entre el héroe y su origen original que ningún guion, caprichoso o genial, puede borrar. Guardiola y el Barça se quieren. Se quieren muchísimo. Eso complica las cosas, pero a su vez las embellece. No es una guerra, son dos partidos de Champions entre locos del ganar que lucharán una semana entera y luego serán uno solo, hablando catalán o bávaro, por la conquista de Berlín.

Aclarado el punto, volvamos a la parábola del Hijo Rojo. En lo referente al juego, y nada más que al juego, sí es perfecta para nuestro caso. Guardiola surte a sus hombres de una serie de habilidades que se consagran en un poder imponente: la posesión del balón. La que siempre fue del Barça y hoy es del Bayern.

Juego de Posición

Los motivos no son etéreos sino casi científicos. Guardiola sublima el denominado ‘Juego de Posición’, un modelo basado en la repetición de ubicaciones, desmarques y pases que ayuda a sus pupilos en dos quehaceres capitales: la ocupación racional del campo y la toma de decisiones con balón. La colocación es perfecta porque Pep la ha dibujado y es fija. Como todo se repite, el jugador se familiariza con cada situación posible, se vuelve más listo y juega con más confianza y mejor. Y se queda la pelota. Prueba de contraste: la evolución en su día de Abidal.

El Barça de hoy no es tan meticuloso. Su orden parece más voluble y su fe en la posesión, menos firme. Aunque los hombres de Lucho la toquen con más clase, la arquitectura táctica de Guardiola da la iniciativa a Pep. Recuérdense aquellas pretemporadas en las que un Barça lleno de canteranos ignotos escondía el esférico a los más grandes de Europa. El de Santpedor reparte los papeles, define quién ataca y quién contragolpea. Pese a sus contratiempos.

Las lesiones de Robben y Alaba se han cargado medio esquema. Afectan demasiado a la salida desde atrás. Arjen es el único crack independiente que hay en la plantilla de Guardiola, el único que recibiendo a 50 metros del arco supone un peligro real; cuando se ausenta, dejarle huecos al Bayern apenas asusta: se le presiona con más fuerza, más gente y menos riesgo. Por su parte, Alaba es el saltapresiones oficial, con pases, controles o giros. Sin Arjen ni David, la salida del Bayern cojea.

La presión culé

Pero no queda claro que precisamente el Barça pueda apretarle con garantías. Aunque en fechas recientes se haya enaltecido su presión, hay truco (legítimo y elogiable). El Barça no presiona desde cero; lo que hace es aprovechar que los equipos se le encierran aposta, entonces ataca de maravilla, desborda al contrario y, cuando éste recupera el balón, lo hace atrás, cansado, desordenado y asustado. Y entonces es cuando el Barça muerde.

Es decir, emplea el desgaste físico, táctico y mental que su fútbol le inflige al otro para luego presionarle en ventaja. Si el Bayern ejerce de Pep Team, la película diferirá. No habrá repliegue intencionado. No habrá facilidad. Se notará que Messi, Iniesta y Neymar no son Drogba, Vieira y Eto’o.

En cualquier caso, lo dicho. Sin Robben, ir a morderle, no pillar cacho y dejarle correr tampoco tiene por qué matar. Sería un riesgo, digamos, moderado. Y quizá rentable. Sobre todo porque dificultaría lo que siempre pretenden el equipo de Guardiola: el Bayern, con el balón controlado, en campo de Ter Stegen.

Si el Bayern cruza la divisoria y se pone a tocar la pelota, feo. El diseño ofensivo de Pep será fantástico, pues ahí no falla jamás y los bávaros, aun con bajas, acopian talento. Las subidas de Bernat, Thiago entre líneas, Lahm sobre Alba o Müller contra Mascherano son armas con potencia de fuego. A corto, medio y largo alcance.

El sacrificio de Pep

Parece nítido, entonces; el Bayern crece en campo rival y el Barça mengua en su propia mitad. En consecuencia, como Guardiola decide, su fin y papeleta consistirán en vivir arriba. O no. O sí, es que no está claro. Existe otra arista, una que puede girarlo todo. ¿Y si hemos malinterpretado la traslación del Hijo Rojo? ¿Y si el Barça no es América ni Pep es Superman? ¿Y si Guardiola era el way-of-life y Messi, su protector? Dicen los que saben que el fútbol es de los futbolistas.

Y Leo no es uno más, él es un milagro. Crea ocasiones de la nada y requiere menos ocasiones que el resto para marcar el gol del triunfo. O se asimilan las devastadoras connotaciones de la simple frase anterior o no se le comprende. Dominar al Barcelona, obligarle a cosas que no quiere, mostrar sus miserias, no sirve. Varios lo han logrado y casi todos han perdido. Se trata de dominar a Messi. De poco vale chutar dos veces cuando Leo tira o asiste una, una sola, con cierta comodidad.

La posesión azulgrana comenzó su cuesta abajo el día en que Pep salió del Camp Nou. Quitarle el balón al Barça fue una opción factible desde entonces. Pero nadie se lo quiso quitar. Un Barça dominante da miedo, pero mucho menos que un Messi con espacios. Ni hablar de un Messi con espacios con Suárez y Neymar secundando la moción.

Durante cuatro temporadas, Guardiola entrenó a Lionel. Pensar más en potenciarse a uno mismo que en limitar al contrario estaba justificado. Sin embargo, el año pasado, el primero sin los mejores, mantuvo su sino y perdió 5-0 con el Real Madrid. Y este miércoles y el martes que viene, ante Messi, Suárez y Neymar, su inferioridad se presenta mayor si cabe. Aunque en Pep parezca casi impensable, se impone valorar un cambio de registro. Siquiera porque, con cualquier otro míster, el Bayern saldría a defender. Por eso y porque, contra Piqué, Alves, Busquets, Iniesta y compañía, aun teniendo los pases más preparados, el balón nunca se tiene siempre.

La noche de Iniesta

Guardiola cuenta con Xabi Alonso, que se sabe de memoria el único método que, con cierta constancia, ha frenado al ’10’: el que se inventó Mourinho. No meterle el pie para que no regatee, cubrirle la salida hacia su izquierda para llevarlo hacia la banda, escalonar ayudas detrás de cada defensor para cerrarle el paso si se va por velocidad, interponerse en la línea de su pase favorito –rosca desde la derecha hacia el segundo palo–, etcétera. El Madrid, que sigue estos pasos, ha sufrido cero goles y cero asistencias de Messi en juego en los tres últimos clásicos.

Pero lo avisado: dicho plan conlleva decisiones impropias de Pep. La primera, protegerse con mucha gente por detrás del balón, lo cual deriva en renunciar a su juego de posición y regalar parte de la posesión de la pelota.

Y en las últimas citas, cabe resaltar, el Barça está brillando con ella. Paris Saint-Germain, Espanyol, Getafe y Córdoba dan fe de lo sucedido. Como denominador común, que los cuatro se encerraron, que ninguno presionó. A partir de ahí, el concepto culé fue trasparente, Messi bajó hasta donde no había rivales –o sea, un montón– y así influyó sobre dos parejas magnánimas: Suárez y Neymar, e Iniesta y Busquets. Veamos cómo.

A Suárez y Neymar les dio espacios, los dejó solos en el frente del ataque. Tres carriles para dos hombres, cuatro defensas para dos puntas. La incesante movilidad de la dupla, con desmarques larguísimos y entrecruzados, bordó el fútbol, turbó zagueros y generó goles. Cuesta imaginar a Benatia y a Boateng, no digamos a Dante, sobreviviendo a tal juicio. Se insiste, la última posición de Messi, muy, muy retrasada, regaló espacios a Suárez y a Neymar.

También devolvió el protagonismo a Busquets y Andrés Iniesta. Iniesta es rosa y libro en la diada de Sant Jordi; simboliza pasión y cultura en un momento de orgullo. Cuando brilla, el Camp Nou se siente en paz y realza su influencia. Justo lo que está ocurriendo.

El detalle de Alves 

Por último, un verso suelto en el partido. A veces, Guardiola prescinde de los extremos y alinea tres centrales juntos, con la intención habitual de ganar un hombre extra para la salida desde atrás. Sin embargo, con el ajuste, los laterales del rival arrancan solos y en Europa el más listo es Dani Alves. Crearía un 4 por 3 en el medio, en favor del Barcelona. Lo hace siempre que se lo permiten. Y domina con razón. El 5-3-2 muniqués sería la invitación al control del brasileño.

La eliminatoria, habrá quedado claro, cruza mil argumentos. Por norma, la duda reside en el desenlace, pero en este caso incluso la introducción resulta un gran misterio. No obstante, la cadena de premisas sí parece definida:

  1. Colectivamente, ambos equipos son mejores con balón que sin él.
  2. Estructuralmente, el Bayern está más preparado para adueñarse del mismo.
  3. Individualmente, los atacantes culés se adivinan casi indefendibles si pueden correr.

Y el fútbol es de los futbolistas. En condiciones normales, el factor 3 prevalecería sobre los otros dos.

Pero piensa Guardiola. Proteger su legado debe preocuparle. El futuro de su pasado depende de su decisión. A toda costa, intentará preservar su estilo. Por eso, al final la previa se resume en una pregunta: ¿Cómo ve Guardiola a Messi? Es decir, hoy y ahora.

Sólo la mejor versión del ’10’, la que pese a su brutal rendimiento llevamos dos Champions sin ver, haría dudar sobre sí mismo a quien nunca se dio derecho a hacerlo. Donde todo lo aprendió, donde todo lo recordará. Donde vive su familia y en el fondo él.