El jefe de los espías durante el 11-M asegura que Aznar le “marginó, manipuló y engañó”

dezcallar2Diplomático brillante y jefe de espías, Jorge Dezcallar denuncia en un libro inédito en nuestro país que Aznar lo “marginó, manipuló y engañó” durante tres días tras el sangriento atentado. “Yo lo que sé es que a mí me llamaron para que dijera una cosa que, en el momento en el que me llamaron, sabían que era falsa”.

Foto: MOEH ATITAR

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El embajador Jorge Dezcallar este jueves en Madrid. / MOEH ATITAR

Jorge Dezcallar sigue como siempre: con pinta de pincel recién salido de la ducha e impecable como el pañuelo que emerge del bolsillo de su chaqueta.

Las arrugas no han hecho mella en él ni por dentro ni por fuera: no hay sombra de esos 70 años que cumple dentro de un mes ni de esas dentelladas que dice haber sufrido en nuestra España cainita.

Haber sido uno de los diplomáticos más brillantes de la democracia -11 años al frente de la dirección general de Africa del Norte y Oriente Medio; gestor político del ministerio o embajador en Marruecos-  no le sirvió de escudo protector para evitar pasillos con el PSOE y con el PP. La última vez, tras la victoria de Mariano Rajoy en noviembre de 2011.  Cuatro años tuvo que adelantar su jubilación porque el ministro Margallo no encontró sitio para él en ningún lugar del mundo para el que entonces era embajador en Washington.  “No soy ni de unos, ni de otros. Soy independiente”, explica el día que sale a la venta su primer libro,  Valió la pena,  (Península), un documento inédito en nuestro país:  por primera vez, un ex jefe de los servicios de inteligencia se lanza a desvelar el engaño “masivo” del que fue objeto por parte de un Gobierno en un momento particularmente duro, con 191 cadáveres sobre la mesa.

Sabe de lo que habla cuando escribe, al final de las  479 páginas que dedica a la vida de “ese chico de provincias nacido en el franquismo” : “Es triste constatar que los políticos en España están todos cortados por el mismo patrón: quieren lealtades acríticas y les agrada rodearse de yes-men”.

“Señor, ha cometido errores graves”

Él no lo es.  Poco antes de abdicar,  en la primavera de 2014,  el rey Juan Carlos le consultó si creía que era realmente tan impopular como decían los medios. Dezcallar fue sincero: “Señor, ha cometido errores graves en un momento en el que la opinión no está para bromas, la gente lo está pasando mal, y esto marca el final de una etapa. Ya no se dejan pasar cosas que antes sí se dejaban. Pero esto no quiere decir que la historia lo vaya a juzgar por esto: la historia lo juzgará por haber posibilitado la mejor época de la historia de España en 300 años”.

Al igual que el Rey con su desafortunado final, Dezcallar no quiere permitir que el 11-M marque una carrera de servicio a España que comenzó a los 25 años.  Este libro se lo debe, dice, a su familia. También reconoce que fue un “elemento esencial” el segundo tomo de las memorias de Aznar aparecido en 2013. En él, el ex presidente del Gobierno se refiere al informe Dezcallar hecho público después del atentado y vierte sobre él la responsabilidad de lo que él considera un “uso partidista” del atentado terrorista.

Valió la pena tiene dos partes muy señaladas. Hay una claramente ligera de recuerdos diplomáticos como los líos logísticos vividos con el inefable Chencho Arias o el embarazoso incidente del bailaor de Hassan II: “Responde a mi deseo de explicar por qué me hice diplomático”. La segunda (capítulos 8 y 9) es oscura como lo fueron los acontecimientos desde su llegada al Centro Nacional de Inteligencia (CNI) en junio de 2001:  el 11-S,  los informes sobre las inexistentes armas de destrucción masiva de Sadam Hussein,  el asesinato de siete agentes del CNI en Irak. Y así hasta el terrible día 11 de marzo.

Ahí está el leitmotiv de la obra:  “El libro de Aznar me hizo pensar que yo tenía una obligación con mi familia, conmigo y con el Centro que he dirigido, en contar cómo vi yo las cosas por dentro, honradamente, desde un punto de vista absolutamente independiente y dar mi visión que es importante porque se están contando muchas medias verdades que están desfigurando la realidad”.

“Es el rey quien me envía a Washington”

Sin ese volumen de Aznar quizá se hubiera sentido sufiencientemente resarcido con la intervención del rey Juan Carlos cuatro años después del 11-M, cuando él ya estaba felizmente trabajando en Repsol y no tenía ninguna intención de regresar a la carrera: “A mi el Rey cuando me llama para ir a Washington, porque es él el que me llama, y me dice: ´Jorge yo quiero que tú vayas Washington porque este país no se ha portado bien contigo, y yo quiero que se te reconozca públicamente tu trabajo´.”

Esta intervención real no está contada en el libro, como tampoco está relatado que Don Juan Carlos quiso que él se quedara al frente del CNI cuando Zapatero llegó al poder.  Bono amenazó con dimitir si Dezcallar permanecía, y de nuevo fue el Rey el que llamó para advertirle de que iban a cesarlo.

Dezcallar quiere ahora destacarlo: “Eso fue bonito por su parte”.  Pero no suficiente.  El libro Valió la pena es un duro J´accuse contra la acción de Aznar y su Gobierno esos tres días aciagos de 2004.

Dezcallar asume su parte de culpa: “El CNI no vio venir el 11-M como al CIA no vio el 11-S, y tiene muchos más medios que nosotros”. Pero quiere que los demás también lo hagan.

¿No ha sido revisado (cleared) por el CNI? “Yo no le he pasado este libro absolutamente a nadie antes de publicar, ni siquiera a mi mujer, porque no quiero que nadie sea responsable de nada”.  Como jubilado, explica, no tiene la obligación de los funcionarios en activo: “No cuento secretos oficiales. Entiendo que un secreto oficial es aquello que afecta al funcionamiento del servicio: a los agentes, a los informadores, a los objetivos, pero el que me hagan a mi una faena no es un secreto oficial. Conmigo se portaron muy mal”.

Hace unos días envió una carta de cortesía al actual director del CNI, Félix Sanz Roldán, y nada más. A Aznar, del que no pudo, dice, ni despedirse, tampoco lo ha llamado. “Nuestra relación no era buena. Luego le he visto, y me he puesto a su disposición, pero nunca nos hemos ido a comer juntos.  Porque él no ha querido. Le mandé una carta de despedida que tampoco me contestó”.

¿Le faltó arrojo para dimitir en esos días?  Por ejemplo, el sábado 13 de marzo cuando, harto de ser menospreciado, se autoinvita a una reunión con Angel Acebes y su número dos, Ignacio Astarloa, en Interior: “Es posible. Ese día, cuando vengo de la conversación con Astarloa,  tengo seis llamadas de [Alfredo] Timmermans [portavoz de Moncloa] para que salga en televisión.  Le contesté así, en voz muy alta: ´Dile al presidente que mi obligación no es salir en televisión, y que no lo voy a hacer´.  A la sexta vez que me llama, le digo haré un comunicado [descafeinado en el que no descarta ninguna de las dos líneas de investigación, ni la de ETA ni la islamista].  Eso efectivamente no complace ni a tirios ni troyanos. Pero que me hagan eso sin decirme que ya estaban detenidos [los indios que vendieron las tarjetas de los móviles] no tiene nombre. Si lo llego a saber, no habría emitido ese comunicado”.

“Ninguneado desde el primer momento del 11 de marzo”

Ese día fue el determinante, pero Dezcallar explica que fue “ninguneado desde el primer momento” del jueves 11 de marzo. “No me invitaban a participar en las reuniones de políticos. Hubo una decisión clara de marginarme. Aquella mañana [11 de marzo] yo estoy reunido con mi gente y no me avisan de esa primera reunión en Moncloa. Después hay otra en Interior y tampoco. Después la furgoneta y nada, no nos lo dicen. Mi gente se pone en contacto con Interior y les cierran la puerta”.

¿Quizá por la sospecha de que era un infiltrado de  Rubalcaba? “Eso es una infamia. Lo mismo me pasó con el PSOE.  En este país si no estás cien por cien con unos estás con los otros.  Yo tengo sentido del Estado, y eso en este país aparentemente no se lleva. Pensar que yo fui desleal al Gobierno es una injuria que no tiene ningún fundamento. Otra cosa es que a Aznar no le gustara lo que yo le decía. Yo empiezo a notar que mi relación con él se enfría a partir de 2002 cuando doy una conferencia en Elcano sobre las armas de Hussein. Es una apreciación que yo tuve. Me dolía cuando él decía que no se guiaba por los informes de los servicios secretos.  Se produce un distanciamiento. Me va preguntando menos.  Nunca me dice lo que tengo que decir pero yo noto que no le gusta”.

¿Le da miedo dar este puñetazo encima de la mesa?  “Digo que me engañaron a mi, me sentí usado y manipulado. Pero te lo diré citando a Artigas,  el padre de la independencia uruguaya: ‘Con la verdad ni ofendo ni temo’. Yo cuento la verdad, yo cuento cómo lo viví yo. No tengo ningún interés político, no aspiro a nada, pero quiero que que no se cuenten cosas que no son verdad: antes de que yo dijera que había sido ETA lo habían dicho el presidente del Gobierno, el ministro del Interior y Ana Palacio se había lanzado a escribir las instrucciones de Naciones Unidas.  No me echen a mi la culpa de eso. Yo acuso de que a mi me manipularon, me usaron, quisieron utilizarme para que les fuera útil en determinados fines que yo ignoro, habría que preguntárselos a ellos. Yo lo que sé es que a mí me llamaron para que dijera una cosa que, en el momento en el que me llamaron, sabían que era falsa. Yo no quiero hacerme enemigos, pero no quiero que se me eche el muerto encima”.

El momento que más le dolió, y más puso en pie de guerra a su gente del centro, fue cuando Aznar decidió dos días después de los comicios desclasificar parcialmente el llamado informe Dezcallar en el que se sugiere la autoría de ETA. Eso, viniendo de un presidente que en 1996 cuando ganó las elecciones a Felipe González se negó a a desclasificar los famosos papeles del Cesid sobre la creación de los GAL: “No se desclasifican  documentos del CNI. Nunca. El no lo ha hace para defender la seguridad del Estado. El lo hace para defender sus vergüenzas y la de los suyos. Y en el centro eso sienta muy mal. Había un malestar terrible”.

Reconoce que podía/debía quizá haber dado el golpe sobre la mesa que está dando ahora con este libro la tarde-noche del sábado 13 de marzo de 2004 después de la conversación con Astarloa.  Pudo más, dice, su sentido del deber: “Había tipos con explosivos por la calle y unas elecciones generales al día siguiente. El bombazo hubiera sido tan grande. La responsabilidad era demasiado pesada”.  Y ante determinados acontecimientos recientes en el CNI, acaba con una  sonrisa,  tan perfecta como el golpe de pañuelo en su bolsillo: “Como escribo en el libro, en el centro no hay cadáveres, si acaso alguna que otra cucaracha”.

 

Inquisidores del callejero

Ada Colau

ERC quiere ‘desterrar’ a Felipe VI y sus antepasados de Barcelona, a lo que la CUP ha replicado pidiendo que se arríe la bandera española del Ayuntamiento y que se replantee la presencia del Ejército en la Ciudad Condal. Ambas propuestas se han formulado después de que Ada Colau ordenara la retirada del busto de Juan Carlos I del salón de plenos. La estrategia de independentistas y gobiernos de unidad popular es coincidente: adecuar la Historia según los propios intereses y desterrar los símbolos de unidad nacional.

La intención anunciada por ERC de eliminar del callejero de Barcelona toda referencia a la dinastía borbónica y la propuesta subsiguiente de la CUP de retirar la bandera española del Ayuntamiento y “replantear la estancia” en la Ciudad Condal de responsables del Estado y del Ejército forman parte de una misma estrategia: desterrar cualquier símbolo de unidad nacional y alentar un clima de crispación que favorezca su pulso al Estado.

Ambas iniciativas son coherentes con el empeño típicamente nacionalista que tan agrios frutos ha dado históricamente, según el cual el pasado debe ponerse al servicio de sus intereses y mitologías. También es consecuente con las primeras decisiones adoptadas por los autodenominados “gobiernos de unidad popular”, que han encontrado en la revisión de los símbolos la forma de desenterrar la dialéctica de vencedores y vencidos. Cualquiera diría que la nueva política surgida del 24-M exige también un nuevo callejero y un nueva Historia para, junto a los independentistas, jugar la carta de la división y el revanchismo.

No es casual que la supresión del nomenclátor de toda referencia a la Monarquía se formule en el preámbulo de las elecciones catalanas y tan sólo un mes después de que Manuela Carmena, en Madrid, y Ada Colau, en Barcelona, prendieran polémicas similares; una con su plan para expulsar del callejero de la capital a referentes verdaderos o ficticios de la Dictadura, y otra con la retirada de un busto del Rey Juan Carlos I del salón de plenos municipal.

Estas iniciativas van mucho más allá de la Ley de Memoria Histórica. La arbitrariedad y el maniqueísmo con que independentistas y gobiernos de izquierda radical purgan el callejero y retiran bustos y símbolos sólo persigue envenenar la convivencia y borrar de un plumazo lazos de unión que se han construido durante siglos de historia compartida. En esa tarea inquisitorial sus impulsores suplen la falta de rigor intelectual con vehemencia: lo de menos es que Calvo Sotelo, asesinado antes de que estallara la Guerra Civil, no tuviera siquiera tiempo de convertirse en franquista; o que Muñoz Seca, lejos de ser un represor, acabara sus días junto a otros 2.000 ajusticiados en Paracuellos; o que ni uno solo de los borbones a los que ERC quiere borrar para siempre de Barcelona haya tenido algo que ver con la represión del catalanismo o de las instituciones de autogobierno (más bien lo contrario en el caso de Felipe VI y de su padre). Lo principal es generar un espacio de confrontación entre Cataluña y el resto de España, establecer una división entre buenos y malos y acabar con cualquier referencia a la concordia y la fraternidad.

A cualquier persona mínimamente formada le resultarán esperpénticas las maniobras del independentismo para catalanizar a Cristóbal Colón y Teresa de Ávila, o para expulsar a Felipe VI y todos sus antepasados de Cataluña mientras se dedican calles a terroristas de Terra Lliure. Pero sólo es un paso más en la escalada de quienes hace tiempo que presentan la Guerra de Sucesión y la Guerra Civil como preludios de una lucha por la independencia aún por ganar. Por ahora, lo único que pueden conseguir estos profesionales de la revisión de parte es volver locos a turistas y servicios postales con sus cambios sumarísimos del callejero. Pero el esperpento está llegando demasiado lejos.

Foto: Barcelona en Comú / Flickr

La verdad de la ópera no está en las tumbas

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El Don Carlos español es más bien una revancha que una reinterpretación. Su origen es la necesidad, así sentida por Boadella, de reivindicar la verdadera historia de España frente a los tópicos esparcidos por autores extranjeros. Pero la ópera es ficción; más una ópera sobre la libertad, sobre los límites y complejidad del poder y sobre la influencia de poderes fácticos. 

Además: Marcos Ríos, el accionista de EL ESPAÑOL que disfrutó de la ópera

Un sobrio tablero apizarrado sirve como suelo común a Felipe II, el rey en cuyos dominios nunca se ponía el sol, y a su hijo Carlos, un príncipe de Asturias infeliz y trastornado con el que antagoniza. Sobre esa enorme lápida se representa Don Carlos, el clásico de Giuseppe Verdi donde sólo hay espacio para el honor, los celos y la muerte.

Albert Boadella, responsable de la producción, pretende en su primera incursión en la ópera corregir la interpretación histórica con la que Friedrich Schiller, en quien se basó Verdi, dibujó a un Felipe II tiránico y dogmático y a un Carlos heroico y libertario.

El propio dramaturgo ha presentado su apuesta como un ajuste de cuentas con la historia, como una cita con la verdad frente a una lectura interesada del siglo XVI español. Así, Felipe II es más humano que rey por la gracia de dios y su hijo es más un loco (de niño le gustaba asar liebres vivas, cuenta la leyenda), que un romántico defensor de los derechos de Flandes, que entonces se rebelaban contra la corona española.

Hay varias versiones de Don Carlos, de cinco actos, encargada por la Ópera de París y estrenada en francés en 1867. Ha sufrido numerosas modificaciones (la primera versión se alargaba hasta la medianoche) y después fue presentada en italiano. Según Boadella, hay una versión francesa, otra italiana y por fin una española, que es la que lleva su firma.

El morbo de El Escorial

La propuesta de Boadella es atractiva, para empezar, por el mero morbo de ser representada en El Escorial, emblema de los mejores momentos de la monarquía española. Hasta allí se desplazaron, para el ensayo general y la segunda función, Felipe VI y Juan Carlos I, respectivamente. Padre e hijo no sólo en el escenario sino en el patio de butacas.

Pero lo importante de la producción es que se atreve a repensar, pese a medios limitados y lejos del calor de los grandes teatros, una de las grandes óperas que tratan asuntos españoles.

Hacer ópera hoy no puede ser ser un ejercicio arqueológico o de época. El autor de una ópera nunca deja el destino de su obra atado y bien atado. “¡Horrenda paz! ¡La paz de los sepulcros!”, reprocha Rodrigo, marqués de Posa, ante un Felipe II que pretende imponerse por la fuerza. La ópera necesita ser flexible y atractiva para el público actual desde el respeto al espíritu del compositor. La pregunta es sencillamente cuál es la mejor manera de lograrlo.

El Don Carlos español es más bien una revancha que una reinterpretación. Su origen es la necesidad, así sentida por Boadella, de reivindicar la verdadera historia de España frente a los tópicos esparcidos por autores extranjeros: el verdadero papel de Felipe II y la verdadera cara de su hijo, ausente en otras producciones. Sin embargo, la ópera de Verdi es ficción.

Verdi, considerado un “dramaturgo musical del liberalismo”, según la definición del filósofo Bernard Williams, acomodó en buenas parte de sus obras su simpatía por el nacionalismo italiano en el momento mismo de la construcción del Estado. Sus obras están impregnadas de una gran vitalidad y su utilización de los coros en varias óperas ha legado, un siglo y medio después, numerosos himnos al pueblo italiano.

Ficción, no historia

Don Carlos es, por tanto, más una ópera sobre la libertad, sobre los límites y complejidad del poder y sobre la influencia de poderes fácticos (como la Iglesia). Si se quiere, históricamente es más una ópera sobre Italia que sobre España. Por ese motivo, convertirla en una obra sobre un antagonismo español puede ser poco fiel a la verdad de su proceso de composición.

Por si fuera poco, en la ópera canta un muerto, el fantasma del emperador Carlos V, padre de Felipe II. En otras palabras: la ópera de Verdi es una ópera muy seria, pero no merece la pena tomarla muy en serio desde el punto de vista del rigor histórico. Entre otras cosas, porque reconducirla como hace Boadella acaba colocando el peso de la apuesta en tics y cojeras. La sentencia que dicta la música y el texto muy difícilmente puede ser revertida por la escena o la dirección de actores.

Puestos a reinterpretar y actualizar la ópera, Boadella podría haber colocado a Felipe II en el papel de Estado o presidente del Gobierno, a Don Carlos en un Artur Mas que pide la independencia de Cataluña (en vez de la de Flandes), y al marqués de Posa en el papel de un nacionalista moderado, no independentista, que tiende puentes entre unos y otros.

En lo musical, la esforzada solidez del bajo-barítono John Relyea en el papel de Felipe II sobresale sobre el resto del reparto y da empaque a una producción en la que también destaca Ángel Ódena como un robusto Rodrigo, marqués de Posa, enamorado de su amigo Don Carlos.

El personaje que da nombre a la ópera responde sin estridencias al desafío, aunque con algunas dificultades vocales. Las dos mujeres de la obra, Virginia Tola (Isabel de Valois, esposa de Felipe II) y Ketevan Kemoklidze (princesa de Éboli), van ganando cuerpo a medida que avanzan los actos, como lo hace la orquesta de la Comunidad de Madrid (ORCAM), dirigida por Maximiliano Valdés.

El tirón de Boadella entre un público con muchos nombres propios (nadie quería perdérselo, pero eran sólo tres funciones sin entradas baratas) brindó a la producción una gran ovación cimentada por la vigencia de la música y tramas de la obra que de momento seguirá buscando su verdad fuera del sepulcro.

Además: Marcos Ríos, el accionista de EL ESPAÑOL que disfrutó de la ópera

El busto retirado

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En el mes de abril de 1904, un entonces joven don Alfonso XIII visitaba por primera vez en su reinado la ciudad de Barcelona. A ella le llevaba su primer ministro, don Antonio Maura, que sufriría -recuerda su bisnieto en este artículo-  a continuación el primero de sus atentados, obra del anarquista Artal…  Han tenido que pasar más de 110 años desde entonces, para que un alcalde de esa ciudad retire el busto de su nieto y diga que considerará la posibilidad de colocar el de su biznieto don Felipe.

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Momento de la retirada del busto de Juan Carlos I

En el mes de abril de 1904, un entonces joven don Alfonso XIII visitaba por primera vez en su reinado la ciudad de Barcelona. A ella le llevaba su primer ministro, don Antonio Maura, que sufriría a continuación el primero de sus atentados, obra del anarquista Artal.

 

Fue recibido don Alfonso en aquella ocasión por la Corporación municipal en pleno. Y aun los historiadores de la época siguen haciéndose eco de las palabras que entonces pronunciara otro joven, un concejal catalanista, cuyo nombre era Francesc Cambó. Una intervención reivindicativa, aunque mesurada, en el más puro estilo del seny catalán; por la que, pese a la inicial abstención de los solidarios respecto del viaje real, confirmaba el éxito final del mismo.

 

Han tenido que pasar más de 110 años desde entonces, para que un alcalde de esa ciudad retire el busto de su nieto y diga que considerará la posibilidad de colocar el de su biznieto  don Felipe.

 

Quien fuera uno de los fundadores de la idea democristiana en España, Ossorio y Gallardo, gobernador civil del Gobierno Largo de Maura (1907-9) en Barcelona, tenía la costumbre de despachar personalmente con su Primer Ministro. En sus cartas le decía que el problema en Cataluña era en un 20% de doctrina y en un 80% de política.

 

100 años después nadie puede poner en duda que haya existido política española en Cataluña; buena y mala, desde luego, pero política al cabo. Todavía en régimen monárquico, un gobierno Dato puso en marcha la Mancomunidad; en la República el primer estatuto de autonomía; la Constitución de 1978, en una nueva restauración monárquica, esta vez parlamentaria y plenamente democrática, el segundo y en el más reciente año 2006, el tercero de los estatutos de su historia.

 

Se ha hecho, sí, política. Quizás haya fallado más la doctrina: defender por ejemplo que España y los españoles no somos unos intrusos en esas tierras; que Cataluña -como todas las regiones de España son producto del mestizaje de los siglos; que el afecto, además de los intereses, cuenta en nuestra relación común; que Cataluña no se entiende sin España, lo mismo que esta sin aquella; que no hay robos ni atropellos, sino solo ciudadanos más ricos que pagan mayores impuestos; que no se produce en este caso ninguno de los supuestos que el Derecho Internacional exige para la autodeterminación,aunque la bauticen con la edulcorada mención de derecho a decidir.

 

Una carencia de doctrina que ha agravado el particular protagonismo que la vigente Ley Electoral ha proporcionado a los partidos nacionalistas, en particular a Convergencia I Unió, que obtenían de forma progresiva compensaciones territoriales a cambio de votos para la mayoría en el Congreso. Ninguno de los dos partidos establecía como línea roja infranqueable la unidad de España y la igualdad de los españoles en cuanto a la prestación de los servicios públicos se refiere, residan en la parte de nuestro territorio que deseen.

 

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Ada Colau, alcaldesa de Barcelona.

Y ahora, don Juan Carlos en efigie abandona el salón de plenos de la Ciudad Condal, en tanto que el President Mas nos anuncia su muy cercano propósito del abandono de España. De esa manera, la imagen de la institución que simboliza como ninguna otra la unidad de nuestro país, anuncia un episodio de difícil solución desde la política, entendida esta como el diálogo y la negociación.

 

Urge entonces aceptar el desafío que los cantos de sirena de la independencia nos anuncian desde aquellas tierras, escoger la firmeza de nuestras convicciones democráticas -la principal, el imperio de la ley-, asumir el próximo proceso electoral en Cataluña como lo que es -unas elecciones autonómicas y no un plebiscito-, explicar a catalanes y resto de los españoles que no vamos a ceder al chantaje y a nuestros socios europeos que una Constitución no es una aproximación al Derecho, sino que es el Derecho mismo. Y, cuando llegue el momento, actuar, sin dudas ni temores.

 

Un largo ciclo parece concluir con esa imagen de unas manos que recogen el busto de don Juan Carlos para alojarlo en una caja de cartón que luego depositarán en alguna dependencia municipal.  ¿La oficina en que se guardan los objetos perdidos, una suerte de baúl de los recuerdos? ¡Quién sabe! En todo caso, habrá que volver a empezar.

Un Rey en paz

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Este viernes se cumple un año de la abdicación de Juan Carlos I. En apenas 12 meses, Felipe VI ha recuperado el hechizo visual de la monarquía: restan ahora la función y la legitimidad. Felipe VI se enfrenta hoy a una lista urgente de deberes.

También en EL ESPAÑOL: Un gesto histórico para un comienzo de partida

Entrevista a Ana Romero: Juan Carlos I es un rey en el crepúsculo

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Foto: Casa Real

“¡Viva el Rey!”. Frente al colegio San José de la calle  Moreno Nieto de Madrid, los murciélagos se lanzaron en picado contra la última raya de luz y una veintena de personas rompió a aplaudir.

Móvil en mano,  mujeres y niñas en su mayoría consiguieron su objetivo: atraer hacia ellas a Felipe VI cuando salió del edificio de ladrillo visto donde Isaac Peral levantó la primera fábrica de baterías industriales  y donde Google acaba de instalar una  incubadora de start-ups.

En su afán por dirigirse al grupo que le vitoreaba,  el Rey tropezó contra un pequeño montículo de cemento y causó un pequeño revuelo.  Se recompuso súbito y saludó, una por una,  a todas las personas. Sólo las niñas más pequeñas, ésas que apenas le llegaban a la cintura, se quedaron sin estrechar su mano.

“Son otros tiempos”, señala Aurora, que tiene 77 años, los mismos que el rey emérito, y un hijo de 47, como el monarca actual.  Vaya si lo son. El número 9 de la calle Mazarredo de la capital de España, hoy Google Campus Madrid, languidecía hace 20 años entre jeringuillas junto a unas antiguas vías de tren.

“Él es muy distinto a su padre”, añade esta monárquica convencida, que replica así, en carne y hueso, lo que a modo de encuestas nos ofrecen estos días  El Mundo y El País:  en este  primer año,  Felipe VI ha logrado recuperar lo que Carlos Reyero llama el “hechizo de la imagen regia” (Monarquía y Romanticismo, Siglo XXI de España Editores, 2015).

Juan Carlos I dinamitó esa alquimia en los últimos años de su reinado a base de escándalos y abdicó de la Corona para convertirse, por accidente, en el primer regenerador de la osificada democracia española. Superado el trance, Felipe VI se enfrenta hoy a una lista urgente de deberes: conseguir que su obstinada hermana, la infanta Cristina, renuncie a los derechos dinásticos y, a continuación, establecer en la institución una transparencia de verdad.

¿Cuánto cuesta la Jefatura del Estado? Unos 8 millones de euros anuales, nos dicen. En un presupuesto familiar,  esto sería dinero de bolsillo. Sabemos que el total equivale a la suma de todos los millones que los ministerios de Presidencia, Defensa, Interior y Exteriores destinan a la institución. ¿50? ¿100? ¿200?

El post-it de Felipe VI incluye, a la mayor brevedad posible, un estatuto jurídico que transforme el Título II de la Constitución -claramente insuficiente para regular la institución- en un auténtico Estatuto de la Corona. Derechos y obligaciones. Juan Carlos I se dejó el prestigio en ese coladero jurídico que es la Carta Magna. ¿Por qué dejarlo de nuevo todo en manos de la responsabilidad de un hombre?

Nada más llegar, Felipe VI corrigió los abusos del pasado con un código de conducta: no a los regalos excesivos; no a los préstamos ventajosos; no al trabajo para empresas privadas; no a los gratis total en vuelos comerciales o en tiendas de ropa, y no a los viajes al extranjero sin una estricta coordinación con el Gobierno. Lo normal. El nuevo rey alejó a la monarquía española de los usos y costumbres de los hermanos árabes de Juan Carlos I y la acercó a las democracias occidentales.

Del mismo modo, Felipe VI celebrará este viernes una ceremonia de merits que recuerda a los que tradicionalmente imparte Isabel II en el Reino Unido. Por fin. Se trata de premiar a los españoles que sirven a la sociedad y no al Rey, como se hacía en la Edad Media. Los reyes del siglo XXI son los que hoy condecoran a Hugo -el cuidador paraguayo que arriesgó su vida para salvar de un incendio a un hombre de 92 años- y no al enésimo empresario-marqués o al rey autócrata con un Toisón de Oro.

Aire fresco y más post-its: Felipe VI busca modular su función política como árbitro y moderador de la fragmentada escena política. La Constitución española es muy parca en palabras en lo que se refiere a la Corona, a la que obliga a ser “garante” de la unidad de España. ¿Cómo?

Juan Carlos I fue dejándose en el camino su particular capacidad de persuasión política a medida que perdía prestigio. Le ocurrió, claramente, en septiembre de 2012 con su carta destinada a hacer frente al soberanismo catalán en la que hablaba de “galgos y podencos”. Felipe VI  tendrá que determinar qué papel juega en el futuro como operador político, si es que le corresponde alguno. De la mano de esa decisión vendrá su legitimidad, que algunos sólo encuentran en un referéndum.

Despunta ya en el reinado de Felipe VI el almíbar mediático que terminó empachando a Juan Carlos I. Se alaba su talento y su temperamento, y el de la reina Letizia casi por igual. Se omite sin embargo cómo se ha sudado la camiseta en la sala de máquinas de Zarzuela para ganar esas seis décimas -sí, apenas 0,6- que separa a la monarquía del aprobado, según el CIS. El primer suspenso llegó  en octubre de 2011 (4,89) y la peor nota en mayo de 2014 (3,72). El mes pasado (4,34) Zarzuela pisó el acelerador y decidió revocar el ducado a doña Cristina.

El año 2013 fue aciago para la monarquía, y el príncipe Felipe arrastró solo el peso de problemas propios y ajenos. Anoche, entre jóvenes emprendedores dedicados a incubar una nueva España, emergió un Rey en paz. Consigo mismo y con su país.

Un gesto histórico para un comienzo de partida

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Felipe VI quiere comenzar su particular partida como rey limpio de polvo y paja. Por eso, una semana antes de celebrar su primer año al frente del trono, se ha remontado 106 años en la historia para emular a su bisabuelo Alfonso XIII cuando éste retiró la dignidad real a su primo el Infante Alfonso de Orleans por casarse sin su venia.

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Felipe VI quiere comenzar su particular partida como rey limpio de polvo y paja.  Por eso, una semana antes de celebrar su primer año al frente del trono, se ha remontado 106 años en la historia para emular a su bisabuelo Alfonso XIII cuando éste retiró la dignidad real a su primo el Infante Alfonso de Orleans por casarse sin su venia.

La partida de su padre, Juan Carlos I, duró 38 años y medio y terminó de manera complicada. Entre el anuncio del prematuro adiós del rey emérito el 2 de junio de 2014 y este histórico 11 de junio ha transcurrido poco más de un año. Ha sido una especie de interregno en el que el Don Felipe príncipe se ha posicionado como monarca con pequeños grandes gestos, como la prohibición de recibir prebendas o la imposibilidad de trabajar en o para una empresa privada si eres miembro de la Familia Real (seis personas en este momento, dos de ellas menores de edad).

Ahora empieza la acción. Felipe VI ha dado un puñetazo encima de la mesa que ha sorprendido a los españoles. ¿Por qué el 11 de junio de 2015? ¿Por qué casi cuatro años después de ese 11-11-11 en el que Iñaki Urdangarin fue llamado a capítulo a La Zarzuela? No lo sabemos a ciencia cierta, pero lo intuimos. Una persona que sabe mucho de la Casa Real y que, además, despacha un gran sentido del humor lo resume en andaluz: “Por jartera”.

Harto de ver a su hermana regodearse en el pozo de la arrogancia y la soberbia, de ese lugar húmedo y oscuro del que la infanta Cristina parece incapaz de salir desde que el caso Noos salió a la palestra en 2011.

Cansado de esperar ese gesto que nunca llegó, a pesar de que se lo han pedido por activa y por pasiva, la primera vez, en diciembre de 2011 a través de Fernando Almansa, ex jefe de la Casa, según lo desvelado por los periodistas Eduardo Inda y Esteban Urreiztieta.

Felipe VI “ha forzado un poco la interpretación legislativa para tomar una medida política necesaria”

Felipe VI “ha forzado un poco la interpretación legislativa para tomar una medida política necesaria”, según fuentes conocedores del casuismo existente en torno al régimen de atribución de derechos. En España, al igual que en el Reino Unido, se ha optado por la existencia de una clara regla en torno a la Corona: “poquitas leyes e interpretaciones adecuadas”.

Por ello, la revocación del título de duquesa de Palma a la infanta Cristina se ajusta al régimen general de los títulos a pesar de que éste figura como vitalicio en el real decreto de concesión de 1997, cuando contrajo matrimonio con Iñaki Urdangarin. Sobre todo en lo que a títulos concesionarios se refiere, el rey tiene la potestad de darlos y de quitarlos. No es así en el caso de los sucesorios, como el de un conocido duque sevillano que hace años se vio involucrado en un caso de pederastia. Nunca se planteó la posibilidad de revocarle el título.

No obstante, y para aquéllos que se pregunten sobre la legalidad de la revocación, ahí está la famosa carta de la infanta Cristina en la que ella misma renuncia al ducado. Una falta de elegancia más que ha servido para rubricar la decisión tomada por el rey.

El siguiente escalón, el de los derechos sucesorios, es más difícil de sortear. La Constitución española sólo reconoce la posibilidad de retirada en caso de matrimonio en contra de la voluntad del rey y de las Cortes. La Zarzuela ha estudiado a fondo el asunto: se trata de un acto personalísimo que sólo puede tomar, en este caso, la propia infanta Cristina.

Como a ella le gusta repetir, Cristina de Borbón y Grecia será infanta hasta que muera porque es hija de rey

Finalmente está su condición de infanta. Como a ella le gusta repetir hasta la saciedad, Cristina de Borbón y Grecia será infanta hasta que muera porque es hija de rey. Si se fuerza la legislación, Felipe VI podría empeñarse en quitarle el tratamiento de alteza real atribuido a los que tienen la condición de infante. Don Carlos, primo de Juan Carlos I, fue creado infante por el rey emérito aunque no es hijo de rey.

Hasta aquí, la arquitectura legal que construyó Sabino Fernández Campo para la organización de la Casa del Rey y para honores y tratamiento. En tiempos más recientes ha sido José Manuel Romero, conde de Fontao, el encargado de ir interpretando la ausencia de normas, como en su día la decisión de que la infanta Elena pudiera contraer matrimonio con Jaime de Marichalar sin el permiso expreso de las Cortes españolas.

Cristina de Borbón puede atrincherarse en el bastión de los derechos sucesorios y en su condición étnica de infanta. También puede seguir sonriendo, como lo hizo en su última aparición pública en el funeral de Kardam de Bulgaria. Puede intentar parar el tiempo en Suiza y refugiarse en una condición real sobre el papel que los españoles no le reconocen.

La vida, en España, sigue. Lo que queda, lo importante de la medida de higiene política que ha tomado Felipe VI en la persona de su hermana Cristina, es que marca el inicio de un juego nuevo y de una monarquía que aspira, ahora sí, a ser renovada.


Ana Romero es autora del bestseller Final de Partida, el libro que narra las circunstancias que provocaron la abdicación de Juan Carlos I (Esfera de los Libros, 2015)

Farsa y licencia del Monarca Castizo

Si hubiera que añadir una cita más al abanico de referencias literarias desplegado por Ana Romero en su meticulosa y estremecedora reconstrucción del deprimente final del reinado de Juan Carlos I, desde Shakespeare a Fitzgerald, pasando por Samuel Beckett -que aporta el título del libro: Final de Partida-, yo me permitiría alterar tres palabras en los famosos versos de Valle Inclán sobre la corte isabelina, para cambiarles el género: “Apaga de repente sus luces el guiñol/ y en el reino de Babia del Monarca Castizo/ rueda por los tejados la pelota del sol“.

De hecho es la propia Ana Romero quien ve reflejada la efigie del penúltimo rey de España en el espejo deforme de su tatarabuela, a través de un párrafo de su biógrafa Isabel Burriel, omitido -sin duda por razones de espacio- en la prepublicación que se hizo el pasado domingo: “El problema de Isabel II había sido su absoluta falta de discreción, el estado casi maníaco en el que cayó y el embrollo político que provocó . Su fama de inestable e impredecible, incapaz de controlar sus pasiones, esclava de sus deseos, viene de entonces”.

Pero aunque esta mirada alusiva a la Corte de los Milagros no hubiera sido explícita, resultaría imposible dejar de relacionar el elenco de personajes duchamente descritos por Ana Romero con el que puebla el esperpéntico retablo de Valle. O mejor aún con el que puebla el relato histórico de La Estafeta de Palacio, del escritor monárquico Ildefonso Antonio Bermejo, que sirvió de fuente de inspiración a Valle. “Podría demostrarse fácilmente que, desde el punto de vista del contenido histórico narrado, es más grotesca La Estafeta de Palacio que El Ruedo Ibérico“, sostiene con razón la filóloga Leda Schiavo en su ensayo Historia y novela en Valle-Inclán.

Y es que ningún novelista pudo imaginar nunca una situación tan digna del Callejón del Gato como el episodio del cazador cazado en Botswana,  muy pasado de copas, con la cadera rota y con la “familia paralela” -Corinna, Philip, Alexander- que compartía su vida privada a espaldas de los españoles, instalada en la tienda de al lado. Obsérvenles vestidos todos de safari en el despendolado vuelo de emergencia de su febril regreso a Madrid. “Viaje de horror, incertidumbre, miedo y dolor”, confiesan sus protagonistas a Ana Romero. Media hora después del escándalo, la indignación y el agravio, es imposible no sentir compasión cuando se comprueba que, como explicaba el propio Valle en una entrevista publicada en 1928 en ABC, “los héroes son enanos patizambos que juegan una tragedia”.

Ilustración: Javier Muñoz

Mientras en el lance que inspiró la Farsa y Licencia de la Reina Castiza quedó tendido el cadáver del ministro de la Guerra, un tal Urbiztondo, cuando en compañía del rey consorte intentó forzar la entrada de la antecámara de Isabel II, custodiada por el jefe de Gobierno Narváez, las únicas víctimas mortales de la expedición a Botswana fueron, en apariencia, los pobres elefantes, protocolariamente cuadrados en posición de firmes ante la mirilla del rifle del monarca y su séquito: “El Señor siempre se cobra primero”.

Pero como se demuestra en el intenso y subyugante libro de Ana Romero, el propio Juan Carlos volvía también con una bala alojada en la Corona, demasiado próxima a sus órganos vitales. A la luz de mi propia experiencia, yo pensé -y así lo escribí entonces- que bastaría la prótesis de titanio, diestramente colocada por el eficiente doctor Villamor, para devolver al titular de la institución todas sus funcionalidades. Las magnéticas 340 páginas de Final de Partida prueban que me equivoqué.

Final de partida retrata a un Juan Carlos, frívolo y egoísta hasta la necedad, que trata despóticamente a los funcionarios de la Zarzuela, supedita su papel institucional a sus apetencias y fracasa al intentar reconquistar el apoyo de sus súbditos.

No encontrarán en ellas ni a Paco Natillas, ni al espadón de Loja, ni al padre Claret, ni a sor Patrocinio “la monja de las llagas”. ¿Pero qué me dicen de un jefe de la Casa Real que queda a almorzar en Zarzuela con dos directivos de un periódico, se levanta prematuramente, invocando una cita inaplazable, y se planta en la sede de ese periódico para reunirse con su director, de espaldas a sus invitados, antes de reclamar “ejemplaridad” a los demás con una tarjeta black en el bolsillo? ¿O del jugador de balonmano que, instado por su suegro a desmontar un tinglado destinado al saqueo de las administraciones públicas, lo sustituye por una fundación-pantalla orientada al mismo fin, bajo la coartada de ayudar a niños disminuidos psíquicos? ¿O del estafador convicto que, cual nuevo aguador Chamorro, comparte intimidades y asuetos con el monarca gracias a haber eludido la prisión por un cambio de la doctrina de la prescripción, diseñado en el Tribunal Constitucional como un traje a la medida? ¿O del jefe de los servicios secretos a quien la “diabólica” Corinna rebautiza como el Troll después de que acuda a visitarla, en “labores de inteligencia”, a la lujosa suite del hotel Connaught de Londres, con el propósito de que interrumpa su relación con el monarca? ¿O del ministro kikirikí que ejerce de carabina diplomática en los inauditos almuerzos que Su Majestad organiza para favorecer los lucrativos proyectos de su “amiga entrañable”? ¡Viva mi dueño!

La “diabólica” Corinna, o CSW como la identifica Ana Romero, aparece en el libro como el centro de ese carrusel en el que todo el mundo es un teatro… de vaudeville, hasta el extremo de que un líder planetario como Putin puede asistir a una fiesta de cumpleaños -¡de Arturo Fernández, leer para creer!- con tal de contentar a Su Majestad. Es cierto que, como sugiere la autora, CSW tiene un aire picante y acuoso a lo Lauren Hutton, pero a mí me recuerda más a la inteligente y seductora Madame du Cayla, última favorita de un Rey de Francia. Fue después de compartir mesa y mantel con ella, cuando expliqué que entendía perfectamente que Juan Carlos, aburrido como un hongo en la soledad de su palacio -incapaz, a diferencia de Luis XVIII, de encontrar solaz alguno en la lectura- prefiriera pasar las tardes con una tipa divertida, culta y ocurrente que con generales descascarillados o dirigentes del Ibex con problemas de dicción.

He ahí a la mujer que abofetea públicamente al monarca -plás, plás- en el hall de un Hotel de Venecia (p. 236), que le reprocha haber pedido perdón a los españoles como si se avergonzara de ella (p. 178) o que no quiere saber nada de él cuando descubre que sigue alternándola con antiguas y nuevas amantes (p. 29). Nada de particular. La vida misma. “Isabelita, Arana te es infiel”, cuentan las crónicas que le espetaba a la reina su consorte, refiriéndose al “pollo real” de turno.

‘Yo también tengo derecho a mi vida privada’, me espetó hace veinte años, a solas en su despacho. “El único español que no puede decir eso es Su Majestad”, le respondí, abriendo la brecha de la desconfianza con que me distinguió desde entonces.

Si Juan Carlos era capaz de denigrar a la reina Sofía ante un ministro: “La odio, no puedo soportarla”, si de ninguna manera quería viajar con ella aun a costa de crear problemas en las relaciones diplomáticas, si buscaba en cambio cualquier oportunidad para meter a CSW en el avión, si la tuvo durante tanto tiempo clandestinamente instalada en la Angorilla, si “la familia también hacía tiempo que había desaparecido, si es que alguna vez la tuvo”, si la rubia alemana era “la única que le daba vidilla”, ¿por qué no se divorció y se casó con ella, como habría hecho cualquier don Juan otoñal de provincias? La respuesta de la autora está en uno de los primeros capítulos: “La monarquía parlamentaria occidental es una institución democrática que se sustenta en la familia”. Y eso implica, en consecuencia, sustituir el interrogante anterior por otro mucho más desolador para el conjunto de los españoles: “¿Cómo llegó el Jefe del Estado a tal grado de irresponsabilidad?”.

Final de partida retrata a un Juan Carlos, frívolo y egoísta hasta la necedad, que trata despóticamente a los funcionarios de la Zarzuela, supedita su papel institucional a sus apetencias y fracasa al intentar reconquistar el apoyo de sus súbditos. Es el Campechano I de Jiménez Losantos al que, según Ana Romero, “se le marchitó el clavel” en el delta del Okavango. Pero el libro también deja entrever al ser humano atrapado en el cepo de lo que la autora define perfectamente como “una familia desestructurada”, prisionero del propio código de la institución que encarna -“La sangre es más espesa que el agua”, le dice a CSW para explicarle su apoyo a la infanta Cristina- y dando bandazos entre el sentido del deber y la llamada del capricho, hasta el extremo de comprometer su recuperación con sus recurrentes visitas a Sussex. “Yo también tengo derecho a mi vida privada”, me espetó hace veinte años, a solas en su despacho. “El único español que no puede decir eso es Su Majestad”, le respondí, abriendo la brecha de la desconfianza con la que, según explica la autora, me distinguió desde entonces. Es probable que si la víspera de la Pascua Militar en la que se trastabillló, insomne y espeso, ante sus espantados compañeros de armas, no hubiera hecho una de esas escapadas a la campiña inglesa, Juan Carlos seguiría hoy en el trono.

Su mayor riesgo de cara a la posteridad es que CSW se divide en dos: Cáceres y Badajoz. Con más o menos condescendencia, la mayoría de los ciudadanos están dispuestos a perdonar cuanto suceda de cintura para abajo, pero no serán indulgentes de cintura para arriba. “El problema con ella no es la cama sino la billetera”. Ese fue el diagnóstico al que, según Ana Romero, llegaron los responsables de la Casa del Rey a medida que la vieron irrumpir ora en el Fondo Hispano-Saudí -“CSW puso el cazo, algunos caímos porque detrás estaba el Rey”-, ora en la frustrada venta de Repsol a Lukoil, ora en la iniciativa para compensar al Gobierno de Abu Dabi por la reducción de las primas a las energías renovables. Tal vez fuera una sensación injusta, pero en el propio entorno del monarca se percibía que detrás de la sonrisa profiláctica de aquella “organizadora de eventos”, tan aficionada a las “alfombras voladoras”, siempre había una implacable máquina registradora facturando mordidas.

Al adentrarse en las arenas pantanosas de las finanzas de ambos, la franqueza con que Ana Romero se expresa sobre todos los demás asuntos se trueca en contención y cautela. Expresiones como “fuentes cercanas a las organización (de los Laureus) señalan que por cada patrocinio CSW obtuvo un 10%”, “dicen que la mayor parte de esos 15 millones (del Fondo Hispano- Saudí) fue a parar a manos de CSW” o “personas cercanas al Gobierno de Abu Dabi me han confirmado que CSW tiene un contrato con la ciudad Estado” van trenzando el camino que desemboca en un tenebroso penúltimo capítulo –Arabia Felix– dedicado a ponderar las especulaciones sobre la fortuna oculta de Juan Carlos I. La pregunta directa que la periodista del New York Times Doreen Carvajal planteó en la Zarzuela -“¿El Rey cobra comisiones?”-  mantiene desde hace tiempo en vilo al león de la opinión pública y planea ya como un estigma que en cualquier momento puede embadurnar para siempre al monarca que facilitó la transformación de la dictadura en democracia, paró el 23-F e integró a la izquierda en el sistema.

Su mayor riesgo de cara a la posteridad es que CSW se divide en dos: Cáceres y Badajoz. Con más o menos condescendencia, la mayoría de los ciudadanos están dispuestos a perdonar cuanto suceda de cintura para abajo, pero no serán indulgentes de cintura para arriba.

La mañana de la abdicación, poco antes de que Juan Carlos compareciera en la televisión, una alta autoridad del Estado me llamó para pedir que apoyara públicamente la iniciativa. “De todas las decisiones importantes del reinado, esta es la que menos me gusta”, le contesté excusándome. No lo esperaba. No lo entendía. Su estupor palpitaba al otro lado del auricular. Requerido por él, resumí de forma sintética mis razones: “En primer lugar porque es un mal final para lo que, en conjunto, ha sido un buen reinado. En segundo lugar porque es un pésimo precedente para la institución”.

Hay quien sostiene que tras la publicación de este elocuente libro que marca una rotunda raya en la arena -ya nadie podrá alegar desconocimiento-, yo debería abjurar de esa postura, renegar de artículos como El Rey batallador, en los que respaldaba que Juan Carlos I debía seguir reinando hasta que la muerte u otro impedimento inexorable se cruzara en su camino, y sumarme al coro de pirañas que entona el “se va el caimán, se va el caimán”. Invirtiendo el orden de los factores, concluiremos, sin embargo, que si Juan Carlos I siguiera reinando, este Final de Partida no se habría publicado hasta que la jugada postrera no se hubiera consumado sobre el tornadizo tablero.

No hace mucho Carmen Iglesias me hablaba, a propósito de unas páginas de Javier Marías sobre la macabra muerte, decapitada en accidente de tráfico, de la sex symbol Jayne Mansfield, del “horror narrativo” que producen esos malos finales que distorsionan el significado de las trayectorias más valiosas, vaciándolas en la última escayola de la mueca grotesca que queda en la retina. Eso es lo que está sucediendo hoy, ahí yace enterrado y escarnecido en vida, con el monarca que, con todos los defectos que afloran en este libro y muchos más todavía sumergidos, fue capaz de enderezar el rumbo de España, en un tiempo que se antoja ya remoto para los jóvenes, sacándola del cubo de la basura de la Historia por la senda de las libertades y la modernidad.

Y me repugna que el mismo gobernante que durante catorce años decisivos consintió, o más bien alentó, esa autoindulgente concepción de la “vida privada” del Monarca que desembocó en el desastre de Botswana, a cambio de la protección que obtuvo de él cuando montó una trama terrorista y fomentó el saqueo del erario, aparezca ahora -es una de las grandes revelaciones de Ana Romero- como ideólogo y artífice de una indigna suelta de lastre en la que han concurrido cuantos pretenden perpetuar su abusiva hegemonía, fruto de unas reglas del juego fosilizadas a fuer de injustas, reemplazando un viejo jarrón desportillado por un nuevo florero de juncal talle.

Alega con gracia Gibbon que en la patrística cristiana los milagros nunca son contemporáneos, sino que cada generación descubre los poderes sobrenaturales que adornaron a la anterior. Así ha venido sucediendo desde tiempo inmemorial con las taras de los Reyes: durante su vida siempre quedan ocultas tras el ropaje de las patentes virtudes apreciadas y loadas por sus publicistas y es a su muerte -o derrocamiento- cuando, trasladado el incensario a la antecámara del heredero, se descubre la pestilencia del difunto como elemento de contraste y prueba de satisfacción para quienes tienen la dicha de ser súbditos del providencial nuevo monarca y no de su desenmascarado antecesor. Por algo dice Quevedo que “la mayor fiesta con que la fortuna entretiene a los vasallos es remudarlos de dominio”.

Ahí yace enterrado y escarnecido en vida el monarca que, con todos los defectos que afloran en este libro, fue capaz de enderezar el rumbo de España, en un tiempo que se antoja ya remoto para los jóvenes, sacándola del cubo de la basura de la Historia.

No es casualidad que el último y más escandaloso tomo de La Estafeta de Palacio -“el desvelo prolijo con que escribo esta parte de la historia de vuestra excelsa madre”- estuviera dedicado al futuro Alfonso XII, ni tampoco que Valle Inclán remitiera un ejemplar de Farsa y Licencia de la Reina Castiza a Alfonso XIII con un inequívoco mensaje: “Señor, tengo el honor de enviaros este libro, estilización del reinado de vuestra abuela Isabel II, y hago votos por que el vuestro no sugiera la misma estilización a los poetas del porvenir”.

De nada servirá pues que Ana Romero constate que “la decepción personal provocada por el Rey confirmó a muchos españoles la maldición del gen Borbón que acaba siempre mal para España” -entre otras cosas porque, a veces, en el ínterin y bajo ese mismo gen, también suceden cosas positivas- o que, citando a un “príncipe amigo”, aporte el diagnóstico más lúcido del libro: “Todas las familias reales son disfuncionales porque la institución requiere un comportamiento de sus miembros que no es del todo humano”.

Es ley de vida y desde que La Esfera de los Libros inició la distribución de la obra, hay una larga caravana de vehículos de políticos horrendos, potentados pestilentes, folicularios de prosa mediocre, aspirantes a intelectuales orgánicos y demás zánganos arribistas haciendo cola en la Zarzuela para entregar a la nueva rama de la dinastía -la “sangre” de los Ortiz Rocasolano también es, cómo no, “más espesa que el agua”- un ejemplar de Final de Partida con votos similares a los de la reveladora dedicatoria de Valle. A “estilización” muerta, “estilización” puesta. La única excepción es Pablo Iglesias que, en vez del libro de Ana Romero, aporta al besamanos,  con envoltorio de regalo y cintita morada de remate, un subversivo ejemplar de La cabaña del tío Tom. La Corona estará hueca, pero vaya lo que aún resuena.

“Juan Carlos I es un rey en el crepúsculo, no parece un papel digno para él”

Ana Romero

Fotografía: Diego Sinova

No ha sido fácil de escribir ni de publicar, reconoce Ana Romero, autora de una crónica en forma de libro llamada ‘Final de partida’ que narra los últimos cuatro años del reinado de Juan Carlos I. No obstante, la propia autora reconoce durante su presentación, en el muy republicano Ateneo de Madrid, que en España “las cosas están cambiando”, afortunadamente.

No ha sido una historia fácil de escribir ni de publicar, admite Ana Romero, autora de una crónica en forma de libro llamada ‘Final de partida’. No obstante, la periodista reconoce durante su presentación, en el muy republicano Ateneo de Madrid, que en España “las cosas están cambiando”, afortunadamente.

El libro narra, con un estilo claro y periodístico, los últimos años del reinado de Juan Carlos I, desde mayo de 2010 -primeros signos de agotamiento- hasta su abdicación (2 de junio de 2014) y la proclamación de Felipe VI (19 de junio de 2014). Son cuatro años vistos a través de los ojos de esta reportera, entonces corresponsal en la Casa Real, en una época tan convulsa para la Corona que la propia institución se vio en peligro.

La deteriorada salud del monarca, sus viajes privados, sus parejas y amantes secretas, los escándalos en su familia como el ‘caso Urdangarin’, la situación de profunda crisis en España y el papel del rey como ‘embajador económico’ hundieron su popularidad en tiempo récord, algo inimaginable hace un lustro. Como dijo una persona de su entorno que se menciona en el libro, “el clavel se le marchitó”. El peligro de que arrastrase a la institución, con la que se había identificado su persona desde la Transición, precipitó su abdicación.

Ana Romero cuenta sus experiencias, lo que vio “con sus propios ojos”. Reportera y gran entrevistadora -como muestra, el libro contiene datos de más de 100 entrevistas dentro y fuera de España-, me da un titular por teléfono el día antes de la presentación: “En mi libro no ataco ni defiendo al rey Juan Carlos I, simplemente relato”. Y a pesar de que en España ya se ha terminado ese manto de silencio mediático del que ha gozado el propio monarca durante casi todo su reinado, la publicación de este libro no ha sido fácil por presiones más o menos veladas. “Presiones bondadosas”, reconoce la autora. “En España las cosas están cambiando, pero todavía tienen que cambiar más”.

¿Esperaba mucha concurrencia en la rueda de prensa?

No. Y me ha sorprendido. ¿A ti no? Lo primero que he hecho ha sido usar el método para contar la asistencia en manifestaciones, contar los que había en primera fila y luego multiplicar por las filas de asientos. Me salía como 50 personas y pico. Medio centenar. Me ha sorprendido positivamente, porque eso quiere decir que, como la canción de Bob Dylan, The Times They Are a-Changin’, las cosas están cambiando…

¿Ha sufrido presiones mientras escribía este libro?

Sí, claro que sí. Hay un tipo de presión que yo llamo la ‘presión bondadosa’, y es la que procede de la persona que te dice que “no es bueno para ti”. Ya me pasó con el libro de Carmen Díez de Rivera, también hubo gente que me dijo: “No es bueno para ti”. Ahora también ha habido estas ‘presiones bondadosas’ y otro tipo de presiones [que la autora no quiere comentar en la entrevista]. Pero nunca nadie me ha dicho abiertamente “no hagas ese libro”, por supuesto. Presiones en plan película de miedo, muy directas, no he tenido. Es verdad que ha habido que hacer esfuerzos para que el libro saliera porque, como he dicho antes, las cosas están cambiando en España, pero todavía tienen que cambiar más. Estamos como en una transición… Fíjate que creo que lo que ha habido más es una especie de ‘autocensura’. Es decir, gente que actúa motu proprio sin recibir peticiones expresas, gente que se pone las pilas inmediatamente y piensa: “¿Esto estará bien? ¿Estará mal? ¿Me afectará a mí o no me afectará? ¿Será bueno o será malo?” Es muy diferente a la reacción inmediata que tienen en EEUU, que es: “¿Esto es una historia o no es una historia? ¿Es interesante o no?”.

Ese temor de algunos, esa ‘autocensura’ de la que habla… ¿En dónde la ha encontrado? ¿En los alrededores más inmediatos del rey Juan Carlos? ¿En las instituciones?

He creído percibir más preocupación por cómo quedan otras personas, no tanto por la figura de Juan Carlos I. Una vez que ha abdicado, creo que esta figura ha pasado a un segundo plano por completo, como me decía una persona cercana a él. A nadie le interesa ahora tanto como cuando estaba en la primera fila. Sí he percibido que hay personas a las que les preocupa mucho cómo quedan ellos mismos; se disfrazan o protegen tras la imagen del rey, pero en realidad lo que les preocupa es su propia persona. Cuando cuento que muchas de las fuentes son anónimas, en muchos casos es porque a nadie le gusta decir cosas que no sean perfectas y maravillosas de don Juan Carlos, como ha sido habitual. En otros casos, porque piensan que ellos van a quedar mal al haber estado ahí cuando las cosas se deberían haber hecho de otra manera. Hubo gente que tenía que haberle dicho al rey ‘no’, y no lo hizo.

En el libro destaca eso, precisamente: ¿dónde estaba la gente que tenía que haberle dicho ‘no’ al rey?

Claro. No estoy tratando de disculparle, pero sí es verdad que un rey tiene que estar como un presidente o un director, rodeado de gente que le diga que no.

Cuenta con todo detalle la intrahistoria de su entrevista en exclusiva con Corinna zu Sayn-Wittgenstein. Es una mujer clave en los últimos años del reinado de Juan Carlos I. Otra es la reina Sofía y su mala relación con su marido. Al final, ninguna de las dos sale muy bien paradas en el libro. ¿Se ha sentido usted incómoda describiendo lo que cuenta de ellas? ¿Tiene la sensación de que este libro le ha cerrado puertas?

Ha sido difícil. Quiero decir que es mucho más fácil para un periodista agradar. Si agradas, todo es mucho más sencillo: te invitan a todos los sitios, te sonríen, te cuentan cosas, te dan exclusivas, te dan papeles, te dan de comer, existes… Todo lo que nos gusta a los periodistas. Es más fácil, pero es tramposo. Cuando me preguntan si es verdad todo lo que cuento en el libro respondo que deseo que todo sea verdad. Pero, sobre todo, respondo que no hago trampas. Eso es lo fundamental. Un periodista puede querer no mentir, le pueden contar algo que no es verdad, pero no hay que hacer trampas. Seguramente este libro me ha cerrado puertas. A mí me han acusado de ser la portavoz de Corinna, su lavadora de imagen… ¡Y para nada! Que lean el libro.

¿Cuál ha sido el pasaje más difícil de escribir?

Ese pasaje no existe, y creo que con eso lo digo todo. Lo que más trabajo me ha costado, algo que pudiera pensar “cómo estoy escribiendo yo eso”… No, eso no existe.

¿Y cuál ha sido la experiencia más divertida mientras trabajaba en el libro?

No lo puedo contar porque de la misma manera que me comprometí a no desvelar la identidad de varias personas, también me comprometí a no explicar dónde hablo con esas personas, cómo son esas conversaciones y las maneras. Y si lo cuento, estoy dando pistas. Para un periodista es importante la palabra dada. No por bondad ni por honorabilidad sino por puro trabajo. Yo me comprometí a no describir mis fuentes. Eso sí, ha habido situaciones divertidísimas dentro y fuera de España, en las que yo misma me decía: “No me lo puedo creer, esto no puede estar pasando, esto se cuenta y nadie se lo cree porque es mitad trágico, mitad cómico, qué mamarracho…”.

¿Y qué es lo que más le ha inquietado?

Pues haber tenido la ocasión de comprobar que en lo más alto del poder, en las instancias más altas, las emociones, las pasiones y los deseos son tan básicos como en lo más bajo. Y eso para mí ha sido inquietante porque siempre uno se siente más protegido al pensar que hay alguien ahí. Lo más inquietante para mí en estos años fue preguntarme: “¿Quién está al cargo? ¿Quién controla esto? ¿Quién se está ocupando de este país?”. Y a continuación sentir que no había nadie…

¿Y lo más triste?

¿Triste? Ha sido comprobar lo que es capaz de hacer la gente por interés. Eso para mí es lo más triste. O llámalo inocencia…

Llaman la atención en el libro las versiones falsas que el entorno de la Casa Real facilitaba a los periodistas. Algo especialmente grave en el caso del tristemente famoso viaje del rey a Botswana, cuando se informó a los medios de que estaba trabajando en su despacho mientras volaba de regreso a Madrid con la cadera rota. Aquello era mentira. ¿Cómo reacciona a eso?

También ha sido un gran descubrimiento que, además, me trajo muchos problemas. De alguna manera yo era mucho más inocente cuando empecé a cubrir Casa Real: pensaba que uno no debía mentir profesionalmente. Ahora he descubierto que personas muy serias y muy importantes, representativas… pues mienten. Y eso, para un periodista, es casi un momento Nixon: “¡Es que es mentira!” Es impactante. No sólo mienten, sino que alguno es capaz de montarte el número en función de una mentira; es capaz de intentar insultarte o humillarte o acusarte o ridiculizarte cuando es mentira lo que te está diciendo. Eso para mí fue un bautizo. Pero, por otro lado, no quiero ser inocente. Es un poco ‘Heidi’ creer que el poder es eso…

Y eso que tiene una larga trayectoria como periodista…

Exacto, tengo una larga trayectoria. Lo más cercano que he vivido a este tipo de situaciones fue la etapa de Felipe González, durante los años 90, cuando fui corresponsal diplomática para El Mundo. Ahí, en menor medida, también noté lo que provocaba tocar un poco las narices al poder, las famosas preguntas en las ruedas de prensa de Felipe González y la reacción de mis propios compañeros. Me di cuenta de que hay dos maneras de hacer las cosas en nuestra profesión: la fácil y la difícil.

¿Qué papel debería tener ahora Juan Carlos I?

Ése es el problema, su emeritud crepuscular; es un rey en el crepúsculo. No me parece un papel que sea digno para él. Es un poco un semiexilio, y recuerda de alguna manera a la situación de su abuelo Alfonso XIII. Lo que pasa es que en la época de su abuelo el mundo era Europa occidental (y sus balnearios, sus casinos… por los que se paseaba) y ahora el mundo es ‘el mundo entero’. Entonces tan pronto estás en Palm Beach como en Berlín, en Riad, en Barbados, en Los Ángeles o en Botswana, donde él mismo ha vuelto recientemente. No me parece un destino ni feliz ni digno para un hombre que ha hecho tanto por este país.

¿Qué se puede hacer con él? Parece que está viviendo la vida que no ha tenido, o al menos creo que así se desprende del libro…

Es muy difícil. Si hubiera tenido otra vida, pues estaría ahora al frente de una fundación para ayudar a niños discapacitados, por ejemplo. Pero claro, como tuvo la vida que tuvo… Hubo un intento frustrado, que cuento en el libro, de hacer para él un cargo en la Fundación Cotec. Y ahora es muy complicado porque la Casa Real actual no quiere verse muy cercana a él, no quiere tenerlo muy cerca. Por lo tanto, no sé la respuesta. Es una patata caliente. Algo habría que inventarse.

Habla mucho de las relaciones del rey Juan Carlos con los países del Golfo Pérsico y sus monarquías, que él siente muy cercanas. ¿Qué va a pasar ahora con las relaciones con estos países y, en general, con los países árabes?

Es que todos llevan reinando durante periodos similares. Juan Carlos I conoce a la familia real saudí y su complicado árbol genealógico. Esto debería utilizarse. ¿Pero cómo? Ése es el problema. Ahí veo un papel importante que podría desempeñar. Hace muy poco le llevaron a ICAI a presentar la cátedra América Latina con Felipe González. Yo creo que tendría más sentido hacerle presidente de la Casa Árabe, ¿no? O bien que se ocupara de esa parte del mundo, de actividades entre España y el mundo árabe. Yo lo veo más así que paseando por ahí. Creo que lo haría fenomenal, se siente muy cómodo con esa cultura.

Al final, ¿monarquía o república?

[Silencio] Indistintamente, me siento igual de cómoda en ambos sistemas, tanto en una monarquía como en una república, siempre y cuando ambos funcionen bien. Lo que sea, pero que funcione bien. No una monarquía o una república imperfecta. Estoy muy bien en el Reino Unido y estoy muy bien en Francia. Pero que funcione, que exista control.

 

[su_box title=”Las cinco claves del libro ‘Final de partida'”]

Corinna zu Sayn-Wittgenstein

Personaje clave en la vida de Juan Carlos I durante la última década -la conoció en febrero de 2004-, Corinna zu Sayn-Wittgenstein está presente en casi todo el libro bajo sus siglas, CSW. Ana Romero explica que es la forma que tuvo de acabar con polémicas: “Si la llamo Corinna Larsen, me acusan de criticar sus orígenes; si la llamo Corinna zu Sayn-Wittgenstein, me acusan de querer ensalzarla como princesa”. Llegó a mantener una relación de pareja con el monarca hasta el punto de “multiplicar sus peticiones para que [el rey] se decidiera de una vez a ‘aclarar y dignificar’ su relación con ella”. No sale muy bien parada en el libro: gracias a su relación con el rey -al que le daba ‘vidilla’, confiesan incluso algunas de las personas que intentaban separarlos- CSW se afianzó en su papel de persona influyente en la esfera de los High Net Worth Individuals, los más ricos entre los ricos.

Botswana

Las consecuencias del polémico safari están narradas en detalle en el libro. Esta escapada privada fue un detonante frente a la opinión pública y provocó el fin definitivo del silencio mediático alrededor de la vida del monarca: la prensa no volvería a callarse más ante su doble vida. La caída y fractura de cadera del rey, su viaje de vuelta a España, las mentiras que se contaron a la prensa, el hecho de que ni siquiera Mariano Rajoy supiera dónde estaba el monarca… El momento que escogió para su escapada no pudo ser peor: el país estaba al borde del rescate, la prima de riesgo se disparaba por encima de los 400 puntos, Argentina había nacionalizado YPF contra los intereses de Repsol y su nieto mayor, Felipe Juan Froilán, se había disparado en un pie.

El golfo Pérsico

Los países árabes, especialmente los del golfo Pérsico, eran el escenario en el que don Juan Carlos parecía más cómodo y podía desplegar toda su influencia. No en vano, su último viaje como monarca fue a estos países hermanos. El libro describe la relación preferente del rey emérito con Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. Aporta valiosos datos que explican el porqué de esta relación, y recopila los rumores del posible enriquecimiento de Juan Carlos I durante años, a base de comisiones, por mediar entre empresas, inversores y dichos países, en los que nada se mueve sin el visto bueno de sus monarcas. ¿Un secreto a voces? No hay pruebas. “No existen ni existirán”, decía Ana Romero durante la presentación de su libro. La periodista apunta que el papel de “embajador económico” de España que asumió el monarca a partir de 1992 fue “negativo”. Al final, la percepción púbica era que el Rey parecía un representante ‘semipersonal’ de los grandes empresarios del Ibex 35.

El declive físico

El libro arranca, cronológicamente, con los problemas de salud de don Juan Carlos que se evidenciaron el 7 de mayo de 2010 durante una visita a España del vicepresidente de EEUU Joseph Biden. El rey “no consigue concentrarse en la conversación”. A partir de ese momento, los problemas físicos y el agotamiento del monarca son cada vez más evidentes, algunas veces fruto de accidentes silenciados -como la caída en su barco en Mallorca en 2007, en la que se fracturó un hombro- y otras veces directamente culpa de “hábitos poco saludables”. El doctor Villamor, prestigioso traumatólogo, se convirtió a partir de 2011 en “el médico del rey” y en su confidente tras una exitosa operación en la rodilla. La relación entre don Juan Carlos y el doctor no era vista con buenos ojos por Rafael Spottorno, entonces jefe de la Casa del Rey, que desconfiaba del exitoso traumatólogo. La escenificación de la ruptura con Zarzuela quedó patente tras la infección de la prótesis de cadera, que el propio Villamor, le había colocado, en agosto de 2013. El libro cuenta cómo el propio Spottorno “no podía permitir que un complaciente advenedizo pudiera poner palos en las ruedas de una delicadísima operación de Estado”. Hoy, el rey y el doctor han retomado el contacto.

La abdicación

Quizá la parte del libro más intensa es la que lleva por título ‘Ni un minuto más’. Cuenta los hechos que precipitaron la abdicación de don Juan Carlos en junio de 2014. El capítulo arranca con la celebración de la Pascua Militar el 6 de enero de ese año. Su intervención tartamudeante en una ocasión tan solemne acaparó toda la atención del país y disparó dudas sobre su capacidad. En esa ocasión, la mentira oficial fue que al rey le faltaba luz en el atril, cuando en realidad se había ido fuera de España a celebrar su cumpleaños el día anterior y su avión se retrasó por la niebla londinense. Al día siguiente, la infanta Cristina fue imputada por el juez Castro. Ana Romero navega entre la versión oficial (una decisión personalísima del rey) y la oficiosa (Juan Carlos I se vio forzado por presiones de personas con sentido de Estado que veían peligrar la institución), y resume nueve hechos conocidos “a ciencia cierta” relacionados con la abdicación. Hubo tres personajes clave en este proceso: Rafael Spottorno, Félix Sanz Roldán -director del Centro Nacional de Inteligencia- y Felipe González, “el único político en el que rey ha confiado”. El historiador Paul Preston opina en el libro: “Creo que el proceso de convencerlo para que abdicara ha tenido que ser muy difícil. Pero al final lo hizo y eso es lo importante. […] En 2014, aun sin querer dejar el trono, entendió que era la única manera de asegurar la supervivencia de la dinastía que representa”.[/su_box]

 

Susana y los viejos

Ilustración: Javier Muñoz 

Susana o la carnalidad, Susana o el deseo, Susana o la fertilidad. La práctica totalidad de los grandes pintores que se enfrentaron al más famoso de los relatos añadidos en la versión griega del Libro de Daniel centraron su mirada, y la nuestra, en la exuberante desnudez de su protagonista.

Susana o la carnalidad, Susana o el deseo, Susana o la fertilidad. La práctica totalidad de los grandes pintores que se enfrentaron al más famoso de los relatos añadidos en la versión griega del Libro de Daniel centraron su mirada, y la nuestra, en la exuberante desnudez de su protagonista.

Tintoretto la muestra de cuarto y mitad al borde del baño, tapando los senos con sus brazos y el pubis con sus muslos pero desparramando la sensualidad imponente de todas sus curvas, rodeada de joyas y vasijas, para deleite propio ante un espejo y tortura de los viejos voyeurs, escondidos tras un seto.

Rubens la retrata de espaldas, mostrando un dorso magnífico, sugerentemente sentada en cuclillas sobre una banqueta, con las piernas abiertas y la mano escondida, mientras ella gira la cabeza ante la irrupción lasciva de los viejos, como si hubiera sido interrumpida en una tarea íntima.

En el cuadro de Van Dyck los crapulosos asaltantes ya están pegados a su espalda, Susana ya siente su aliento, uno de ellos ya le ha puesto la mano encima, ¿qué sucederá ahora?, pero el único propósito de esos rostros cetrinos y de esos oscuros ropajes es destacar la reluciente piel de nácar en las mejillas, los brazos, las piernas y el pecho de la esposa de Joaquín, itinerario luminoso que brilla entre las tinieblas de la condición humana.

La gran excepción a la regla y mi versión favorita del lance, por muy atractivas, magnéticas y voluptuosas que parezcan las demás, es la de la pintora romana Artemisia Gentileschi en la que los dos viejos fundidos en un inquietante abrazo ocupan la mitad superior del cuadro y el foco central está puesto en la proposición infame que susurran al oído de una espantada, desvalida y mucho menos formidable Susana. Es el retrato de la perfidia, la radiografía del momento en que le plantean que se entregue a ellos o de lo contrario denunciarán que la han sorprendido yaciendo con un joven desconocido.

Artemisia estaba no se sabe si contando o anticipando su propia historia pues en la época en que pintó el cuadro, su preceptor Agostino Tassi la violó aviesamente, dando pie a un proceso inquisitorial en el que la víctima y denunciante -icono del feminismo contemporáneo- fue torturada, lacerando con bramantes sus dedos de pintora, para saber si decía la verdad. Sussana e i vecchioni, Artemisia e i vecchio. Si hubiera que volver a titular su fascinante lienzo como base de una producción cinematográfica yo no escogería, por demasiado obvio, Una proposición indecente sino El secreto inconfesable.

Artemisia nos incita a olvidarnos de ese pobre cuerpo, en el que la desnudez ya no es convite carnal sino mera fragilidad física, y a fijarnos en la tortura psicológica que supone para Susana una maquinación tan bien urdida. El menos viejo de los dos viejos da las instrucciones en el oído del otro y este las transmite en forma de susurro a la joven, reforzando el secreto con la pantalla de la mano. Susana sabe que los dos ancianos son jueces y que su prestigio es tal que nadie la creerá si los denuncia. Por eso agita los brazos con espanto e impotencia, no para defenderse de la agresión física sino para intentar zafarse de la trampa sin salida a la que se ve abocada.

Ilustración: Javier Muñoz
Ilustración: Javier Muñoz

Supongo que desde la promoción de Susana Díaz a la presidencia de la Junta de Andalucía se habrán publicado unos cuantos artículos inspirados en este pasaje del Libro de Daniel. Pero hasta ahora los viejos que la incomodaban eran Chaves y Griñán, prestos a mancillar su pureza política con el rijoso chantaje de un pasado compartido. Era una variante del tema bíblico: o nos proteges para que nuestras culpas queden impunes o diremos que estabas con nosotros cuando sucedió todo lo de los ERE, Mercasevilla, las subvenciones a UGT, Invercaria y demás vacas asadas. Con el matiz nada trivial, claro, de que probablemente era cierto.

En la encrucijada electoral yo veo sin embargo que los dos viejos que deslizan una propuesta sonrojante en los oídos de la lideresa andaluza son Mariano Rajoy y Felipe González, una pareja tan sorprendente como para casi todos desconocida que se ha autoerigido en guardiana del bipartidismo y el statu quo, al servicio de los poderes fácticos que confluyen en el accionariado, equipo directivo y entorno del grupo Prisa.

La sintonía entre estos dos personajes, unidos por una común falta de escrúpulos, quedó patente para quienes conocen los turbios manejos que desembocaron en la brusca abdicación del rey Juan Carlos. Un año después el monarca dimisionario mantiene un constante trajín alrededor del mundo, bastante equiparable a su anterior actividad como Jefe del Estado, refutando así que fueran problemas de salud los que le impedían seguir reinando. Sólo queda la hipótesis de que se precipitó la sucesión como forma de apuntalar el bipartidismo coronado, cambiando a un septuagenario bajo sospecha por un joven monarca impoluto como elemento decorativo.

Se trataba de garantizar que el poder quedara en manos del mismo conglomerado político-económico-mediático de siempre a pesar del elevado coste que su egoísmo e incompetencia ha tenido para los españoles durante los duros años de la crisis. Empezaron reparando el tejado y ahora pretenden volver a encofrar las paredes para atrincherarse en ellas. Su objetivo es aguantar el vendaval de este año que la calle presiente y anhela como el de la sustitución de la vieja política por la nueva política para que a su término todo quede en nada y continúen siendo el PP y el PSOE quienes monopolicen las poltronas.

Rajoy sigue cosechando las mayores cotas de impopularidad de un gobernante democrático y esto no habrá coyuntura económica que lo enmiende pues la pertinaz noluntad que ha caracterizado su estéril legislatura decepciona a los unos e indigna a los otros. Esa es la única división de opiniones que galvaniza a los tendidos. Pero él y los suyos tienen tanta basura acumulada en la sentina de Génova y en los cementerios de residuos autonómicos que no pueden arriesgarse a que las excavadoras de la regeneración la desentierren.

Por eso han buscado una original forma de blanquear a los imputados que puedan ir en sus listas, cambiando su denominación por la de “investigados”. Como si pintado de cebra el perro, se acabara la rabia. Eso es lo que hacían algunos castellanos viejos cuando, según recordaba el otro día Luis del Pino, echaban a los cerdos al río durante la cuaresma para pescarlos a continuación y zampárselos sin remordimiento alguno. Ya se sabe: del monte, el mero; y del río, el cordero.

Admitamos que lo de “imputados” supone una incitación permanente a cerrar el plano, como hicimos con aquella pancarta que incluía las letras “ETA” precediendo a una marcha de simpatizantes de la banda, y a recordar todos los días que la política española es la casa de putas con mayor overbooking de la historia. Pero lo correcto hubiera sido trocar el vocablo por el de “encausados” para distinguir a aquellos en cuyas conductas un juez ve indicios de delito, de aquellos que, suscitando sospechas en la policía, son investigados dentro de la estricta legalidad, como Villarejo hizo con Ignacio González, en pos de los elementos que permitan judicializar el caso.

Hecha esta precisión queda el debate de la presencia en las listas de quienes a esos efectos igual da que lleven etiqueta de carne o de pescado. Y estando contra el automatismo que dejaría en manos de los jueces la confección de las candidaturas por la simple vía de admitir a trámite una querella y citar a declarar a los incluidos en ella, más aún lo estoy contra la reiterada praxis de la cupolocracia consistente en eludir la depuración de responsabilidades políticas amparándose en el carácter meramente indagatorio que tiene la fase de instrucción sumarial.

González y Rajoy dicen lo mismo porque están juntos en el barco de los intereses creados y los encubrimientos recíprocos”.

Todo está perfectamente resumido en la perorata que el letrado Felipe González, que ya se embutió la toga -y de qué manera- para defender a Barrionuevo, acaba de dirigir al tribunal de la opinión pública en pro de Manuel Chaves, imputado por el Supremo en el sumario de los ERE. Sostiene Antonio que Bruto es un hombre honrado. Incluso que es “una persona absolutamente íntegra”. Y lo presenta como víctima de una “causa general” porque “en el caso de que hubiera tenido responsabilidad política, que también lo dudo, es impresionante que se transforme en responsabilidad penal”. Y eso “lo tiene que corregir la propia Justicia”. Caramba, si es lo mismo que masculló el día del entierro de Tomás y Valiente: “¿Es que no hay nadie que les diga a los jueces lo que tienen que hacer?”.

El razonamiento pertinente es el inverso: sea cual sea su responsabilidad penal y al margen de en qué fase se encuentre el proceso, un partido con un mínimo sentido del pudor y la vergüenza ajena debería haber retirado hace ya tiempo de la vida pública a quien presidía la Junta de Andalucía cuando se malversaron miles de millones -el desvío del dinero no es presunto- a bolsillos afines. Pero, claro, ese cuento debería habérselo aplicado a sí mismo el señor X en los tiempos de los GAL y serviría también de rasero para el fariseo Rajoy que nos dice que seguirá “mandando SMS” porque “confía en la gente” como si Bárcenas hubiera conseguido bloquear informativamente la Moncloa durante los dos días que transcurrieron entre la divulgación del hallazgo de su fortuna en Suiza y el “Luis, sé fuerte” tecleado por su jefe, amigo y protector.

González y Rajoy dicen lo mismo porque están juntos en el barco de los intereses creados y los encubrimientos recíprocos. Lo ideal para ellos, además de domeñar a la justicia, sería domesticar a los piratas que preparan el abordaje por sus respectivos flancos. Pero ni Pablo Iglesias ni Albert Rivera van a ser tan estúpidos de prestarse a servir de comparsas para apuntalar el poder territorial del PSOE o el PP cuando quedan unos meses para la madre de todas las batallas en la que el premio es la Moncloa.

Sea cual sea el margen de su victoria y por muy variable que resulte la geometría del parlamento andaluz Susana Díaz va a necesitar que el PP le permita gobernar a base de abstenciones y otro tanto lleva camino de ocurrirles a la inversa a Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes. Al servicio de ese do ut des han sido sacrificados los dos listos del tranvía que pasaba por el ático. Y el remate de todo sería la gran coalición que dejaría a la nueva política con dos palmos de narices y mantendría a Rajoy en el Trono de Hierro hasta que dentro de esos “tres, cuatro o cinco años”, señalados por el padre padrone, llegara la lideresa andaluza a relevarle.

Ese es el plan. Ese es el guión que un viejo le ha soplado al otro viejo y que este a su vez ha chichisbeado a la casta Susana. En el Libro de Daniel el busilis consistía en inventar a un joven seductor como socio de la imaginaria coyunda. En esta reedición felipista de la Biblia el pretendiente existe pero lleva camino de quedarse al pie del altar, con las flores en la mano, repitiendo compulsivamente eso de “tú a San Telmo, yo a la Moncloa”, hasta que un día la ambiciosa Susana emerja cual ballena Turandot para engullirle en uno de sus acertijos.