Ortega y Azaña: las ideas de dos españoles sobre Cataluña en 1932

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El Congreso debatió en mayo de 1932 el proyecto de Estatuto catalán que había presentado la Generalitat de Francesc Macià. El borrador pretendía la instauración de un régimen federal y una amplia concesión de competencias para Cataluña. Entre los diputados que hablaron se encontraban Manuel Azaña y José Ortega y Gasset.

El Congreso de los Diputados debatió en mayo de 1932 el proyecto de Estatuto catalán que había presentado la Generalitat de Francesc Macià. El borrador pretendía la instauración de un régimen federal y una amplia concesión de competencias para Cataluña. Estas intenciones, que no estuvieron presentes en el documento que se aprobó al final, suscitaron un debate afilado y confuso, reflejado en las intervenciones de los portavoces de los distintos grupos parlamentarios, que se prolongaron durante meses. Entre ellos se encontraban Manuel Azaña y José Ortega y Gasset.

Azaña ya era uno de los rostros más distinguidos del parlamento. Presidía el Consejo de Ministros y había encabezado poco antes el segundo Gobierno provisional de la República. Ortega participaba en la discusión desde el escaño que obtuvo por la provincia de León, representando a la Agrupación al Servicio de la República: un partido que él mismo había creado junto a otros intelectuales como Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala.

Sus intervenciones no tuvieron lugar el mismo día. Ortega dio su versión de lo que tenía que ser el Estatuto el 13 de mayo y Azaña ofreció la suya 14 días después. Ambos se lanzaron dardos envenenados y sus aportaciones tienen la apariencia de un duelo dialéctico.

Tanto uno como otro apostaban por un objetivo: la aprobación del Estatuto. Pero los caminos que proponían para llegar a él eran casi irreconciliables. Quizá por eso escribiera Azaña en sus diarios unos meses antes: “Por lo visto, entre este hombre y yo [refiriéndose a Ortega], toda cordialidad es imposible”. Los discursos de Ortega y Azaña plantean heridas abiertas y problemas que no se han resuelto 80 años después.

Hacia la concordia

Ortega advertía al principio de su intervención de la novedad y la importancia que suponía el debate de la carta autonómica catalana: “Ningún diputado recordará un discurso en el cual se tratase a fondo y de frente el problema de las aspiraciones de Cataluña”. Azaña también apelaba a la cámara para subrayar lo alarmante de la situación: “A nosotros, señores diputados, nos ha tocado vivir y gobernar en una época en que Cataluña no está en silencio sino descontenta, impaciente y discorde”.

La aprobación del Estatuto, que ambos pretendían, supondría, según el filósofo, tan sólo un acercamiento a la concordia. Sin embargo, Azaña creía en el texto autonómico como un modo de solucionar el problema desde su raíz. Dijo Ortega:

“¿Qué diríamos de quien nos obligase sin remisión a resolver de golpe el problema de la cuadratura del círculo? El problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los españoles”.

Catorce días después y probablemente dándose por aludido, Azaña explicó: “Estamos delante de un texto parlamentario que aspira, ni más ni menos que a resolver el problema político que está ante nosotros. Aspira a resolverlo, señores diputados. ¿Por qué no?”.

Ortega se refirió incluso al “destino trágico” del problema catalán:

“Es un problema perpetuo, que ha sido siempre, y seguirá siendo mientras España subsista. Este es el caso doloroso de Cataluña; es algo de lo que nadie es responsable; es el carácter mismo de ese pueblo; es su terrible destino, que arrastra angustioso a lo largo de toda su historia”.

A lo que respondió Azaña:

“Yo no discuto la exactitud de esta descripción o percepción del señor Ortega; no la discuto, pero sí me será permitido decir que la encuentro un poco excesiva y, si no se me toma a mal la palabra, un poco exagerada”.

Más adelante, y de forma reposada, Azaña trataría de desmontar de nuevo la concepción trágica de la que hablaba Ortega:

“A mí se me presenta una fisonomía moral del pueblo catalán un poco diferente de ese concepto trágico de su destino, porque este acérrimo apego que tienen los catalanes a lo que fueron y siguen siendo, esta propensión a lo sentimental, que en vano tratan de enmascarar debajo de una rudeza y aspereza exteriores, ese amor a su tierra natal en la forma concreta que la naturaleza le ha dado, esa ahincada persecución del bienestar y de los frutos del trabajo fecundo, que es, además, felizmente compatible con toda la capacidad del espíritu en su ocupación más noble y elevada, me dan a mí una fisonomía catalana pletórica de vida, de satisfacción de sí misma, de deseos de porvenir, de un concepto sensual de la existencia poco compatible con el concepto de destino trágico”.

Este cruce de declaraciones llevaría a los socialistas republicanos a acusar a Ortega de no comprender los hechos diferenciales del pueblo catalán. La oposición reprocharía a Azaña, en cambio, que era demasiado amable y benevolente con los catalanes cuando éstos exponían sus “diferencias” para conseguir más autonomía.

El particularismo

Ortega y Gasset aprovechó su intervención para bautizar el problema catalán y acuñar el término “nacionalismo particularista” como su causa principal. El filósofo se mostró tajante en cuanto una hipotética solución del nacionalismo, más allá de la efervescencia del problema político catalán:

“La solución del nacionalismo no es cuestión de una ley, ni de dos, ni siquiera de un Estatuto. El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelven en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas. Un Estado en decadencia fomenta los nacionalismos: un Estado en buena ventura los desnutre y reabsorbe”.

Ortega y Azaña, tan discrepantes, coincidieron en la pujanza del problema político catalán, por lo menos desde mucho tiempo atrás hasta ese momento, a pesar de que el filósofo descartara una posible solución y el líder republicano buscara encontrarla en el Estatuto. Dijo Ortega:

“Ese pueblo, que quiere ser precisamente lo que no puede, vive casi siempre preocupado y como obseso por el problema de su soberanía, es decir, de quien le manda o con quien manda él conjuntamente. Por cualquier fecha que cortemos la historia de los catalanes encontraremos a éstos, con gran probabilidad, enzarzados con alguien, y si no consigo mismos”.

A lo que replicó Azaña:

“Hay grandes silencios en la historia de Cataluña; unas veces porque está contenta, y otras porque es débil e impotente; pero en otras ocasiones este silencio se rompe y la inquietud, la discordia, la impaciencia, se robustecen, crecen, se organizan, se articulan, invaden todos los canales de la vida pública de Cataluña, y embarazan la marcha del Estado. Entonces ese problema moral, profundo, histórico, del que hablaba el señor Ortega y Gasset, adquiere la forma, el tamaño, el volumen y la línea de un problema político”.

Por la autonomía

A medida que avanzaban sus discursos, tanto uno como otro, fueron centrándose en aspectos más concretos, empezando por la autonomía y terminando con el posible pacto fiscal, tan discutido hoy. Ambos estaban a favor de dar competencias a las distintas regiones.

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Decía Ortega: “Si a estas horas todas las regiones estuvieran implantando su autonomía, habrían aprendido lo que ésta es y no sentirían esa inquietud, ese recelo, al ver que le era concedida en términos estrictos a Cataluña. Habríamos, pues, reducido el enojo apasionado que hoy hay contra ella en el resto del país. La autonomía es el puente tendido entre los dos acantilados”.

Así le respaldó Azaña: “No se juzgarán jamás con acierto los problemas orgánicos de la autonomía si no nos libramos de una preocupación: que las regiones autónomas, después que tengan la autonomía, no son el extranjero; son España, tan España como lo son hoy; quizá más, porque estarán más contentas”.

Al afrontar el tema de la cultura, Ortega advirtió del peligro que supondría dotar a Cataluña de amplias competencias en este ámbito:

“A crear una cultura siempre hay derecho, por más que la faena no sea sólo difícil sino hasta improbable; pero ciertamente que no es lícito coartar los entusiasmos hacia ello de un grupo nacional. Lo que no sería posible es que para crear esa cultura catalana se usase de los medios que el Estado español ha puesto al servicio de la cultura española, la cual es el origen dinámico, histórico, justamente del Estado español”.

Azaña, en cambio, se mostró partidario de ser “generosos” en las transferencias educativas:

“Esta es la parte más interesante de la cuestión para los que tienen el sentimiento autonómico, diferencial o nacionalista, porque es la parte espiritual que más les afecta, y singularmente lo es de un modo histórico, porque el movimiento regionalista, particularista y nacionalista de Cataluña ha nacido en torno a un movimiento literario y una resurrección del idioma, y por lo tanto, es en este punto no sólo donde los catalanes se sienten más poseídos de su sentimiento, sino donde la República, juzgando y legislando prudentemente, debe ser más generosa y comprensiva con el sentimiento catalán”.

Una Hacienda propia

El orden público adquiría en aquellos momentos una especial relevancia por lo convulso de la década de los 30. Los protagonistas de estas intervenciones, enmarcadas en mayo de 1932, presenciarían tan sólo tres meses más tarde el intento de golpe de Estado del general Sanjurjo. En esta materia, filósofo y político volvían a estar de acuerdo. Así lo mostraban estas palabras de Azaña: “Por estas razones, que ya apuntó el señor Ortega y Gasset, que tampoco era partidario de dividir la función del orden público con el Gobierno de Cataluña, se trata de encontrar el órgano de enlace porque no se puede admitir la idea ni la organización de la duplicidad de los servicios paralelos”.

Este rechazo a la duplicidad del orden público en un mismo territorio también fue rechazada por ambos en lo referente a la justicia. Decía Ortega: “Déjese a los catalanes su justicia municipal; déjeseles todo lo contencioso-administrativo sobre los asuntos que queden inscritos en la órbita de actuación que emana de la Generalidad, pero nada más”. Así lo suscribió Azaña: “No tendría sentido atribuir al parlamento la legislación en una materia y atribuir la facultad de sentar jurisprudencia a un tribunal local”.

Manuel_Azaña,_1933

En cuanto al sistema económico, Azaña llegó a hablar de una “Hacienda propia para Cataluña” y la calificó de algo “indiscutible”. Ortega, en términos más generales, explicó así la posición de su grupo parlamentario: “Deseamos que se entreguen a Cataluña cuantías suficientes y holgadas para poder regir y poder fomentar la vida de su pueblo dentro de los términos del Estatuto: lo hacemos no sólo con lealtad, sino con entusiasmo; pero lo que no podemos admitir es que esto se haga con detrimento de la economía española”.

Ambos se mostraron tajantes al afirmar que las concesiones a Cataluña tenían que detallarse con cuidado. “La cesión de tributos la admite el Gobierno y está bien seguro de que, al aceptarla, no cede parte ni toda la soberanía nacional”, explicó Azaña. Ortega, por su parte, aseguró: “No es posible entregar ninguna contribución importante, íntegra, porque eso la desconectaría de la economía general del país, y la economía del país, desarticulada, no podría vivir con salud, mucho menos en aumento y plenitud”.

El debate de la soberanía

Manuel Azaña y José Ortega y Gasset terminaron sus discursos exhortando a la cámara a la aprobación del Estatuto. Decía el filósofo [a los diputados catalanes]: “No nos presentéis vuestro afán en términos de soberanía, porque entonces no nos entenderemos. Planteadlo en términos de autonomía. Lo importante es movilizar todos los pueblos españoles en una gran empresa común. Para esto es necesario que nazca en todos nosotros lo que en casi siempre ha faltado aquí, lo que en ningún instante ni en nadie debió faltar: el entusiasmo constructivo”.

Azaña se extendió y utilizó un tono más político. Al fin y al cabo, era presidente y representante del grupo parlamentario más numeroso: “Todos los españoles están convocados a esta obra política. Cada cual desde su sitio”.

Las palabras de Ortega y Gasset resumen una concepción del problema catalán “trágica” pero “realista”.

“La vida es esencialmente eso: lo que hay que conllevar”, dijo el filósofo. “Sin embargo, sobre la gleba dolorosa que suele ser la vida brotan y florecen no pocas alegrías. [El Estatuto] es restar del problema total aquella porción de él que es insoluble, y venir a concordia en lo demás. ¡Creed que es mejor un tipo de solución de esta índole que aquella pretensión utópica de soluciones radicales! [en clara referencia a la posición sostenida por Azaña] La utopía es mortal, porque la vida es hallarse inexorablemente en una circunstancia determinada, en un sitio y en un lugar, y la palabra utopía significa, en cambio, no hallarse en parte alguna, lo que puede servir muy bien para definir la muerte”.

Manuel Azaña, que confiaba en el Estatuto para aplacar el temporal, terminó su discurso vaticinando un futuro difícil para España, a pesar de no contemplar el “destino trágico” de Cataluña del que hablaba Ortega: “Sé que es más difícil gobernar a España ahora que hace 50 años, y más difícil será gobernarla dentro de algunos años. Es más difícil llevar cuatro caballos que uno solo. El país está en pie, cruzado por apetitos de toda especie, por ansias de toda clase”.

Payasos y jabalíes

El discurso del 30 de julio de 1931 ante las Cortes Constituyentes con el que Ortega perdió, según sus propias palabras, la “virginidad parlamentaria”, quedó en la memoria política por aquellas “tres cosas que no podemos venir a hacer aquí”. A saber: “Ni el payaso, ni el tenor, ni el jabalí”. A la vista del percal que lucen hoy los grandes ayuntamientos, la enumeración sigue vigente.

Nadie recuerda en cambio las advertencias que precedieron a esa frase celebrada y aplaudida: “Nada de divagaciones ni de tratar frívolamente problemas que sólo una labor de técnica difícil puede aclarar; sobre todo, nada de estultos e inútiles vocingleos, violencias en el lenguaje o en el ademán”.

El estilo es el carácter, vino a decirnos Ortega. Ténganlo muy en cuenta Carmena o Colau. Por eso lo que prendió y se extendió como un reguero de pólvora fue su denuncia de quienes utilizaban la tribuna de las Cortes para “hacer el jabalí”. Todos entendieron que se refería a los diputados del grupo radical socialista que esgrimían la demagogia agresiva, y a menudo el zafio insulto, como santo y seña.

Su portaestandarte era el ministro de Justicia Álvaro de Albornoz que enarbolaba lemas como “no más abrazos de Vergara, no más pactos del Pardo… si creen que pueden hacer la guerra civil, que la hagan” para justificar la disolución de la Compañía de Jesús, la supresión del presupuesto de Culto y Clero y demás medidas contra la Iglesia.

Cuando ya en el 31 se produjeron los incendios de los templos, su coequipier el Director General de Seguridad Ángel Galarza describió lo sucedido como un “espléndido empuje de sana protesta popular”. La nueva alcaldesa de Madrid ha quedado por tanto lejos de ese baremo, al tildar sólo de “acción feminista” la profanación de la capilla, liderada por su ahora portavoz Rita Maestre al grito de “arderéis como en el 36”. Es cierto que la tea no llegó a prender esta vez en el altar.

En el grupo de los “jabalíes” figuraban también individuos como Samblancat y Barriobero que habrían de hacerse tristemente célebres por su papel en la organización de los Tribunales Populares de Barcelona; el aviador Ramón Franco que tras asegurar que su hermano era capaz de “asesinar a nuestra madre”, se adhirió a su sublevación; el primer diputado comunista Balbontín o el extravagante Pérez Madrigal que pasó sucesivamente del radicalismo revolucionario al lerrouxismo, la CEDA y el carlismo más integrista.

El estilo es el carácter, vino a decirnos Ortega. Ténganlo muy en cuenta Carmena o Colau. Por eso lo que prendió y se extendió como un reguero de pólvora fue su denuncia de quienes utilizaban la tribuna de las Cortes para “hacer el jabalí” 

“El jabalí es el cerdo salvaje, blindado contra las asperezas del bosque, carente de razón pero dotado de espléndidos colmillos”, escribió en 1933 Domingo de Arrese. Pero a los propios aludidos les gustaba la analogía. En una de sus crónicas El Caballero Audaz habla de “esa manada incivil de jabalíes, como gustan llamarse a sí mismos los radicales socialistas”.

“Voy al Parlamento a hacer el jabalí”, habría dicho uno de ellos al salir de Barcelona. “Voy al Ayuntamiento a hacer el jabalí”, sería la versión actualizada. Cuando quiso acusar de tibieza a algunos de sus compañeros de viaje, Balbontín llegó a tacharles de “jabalíes de cartón piedra, jabalíes de pega”. No en vano el principal semanario humorístico de la derecha, Gracia y Justicia, publicaba por entregas el Diccionario del Perfecto Jabalí.

Según Ossorio y Gallardo era una denominación “familiar y amistosa”, que hoy cuadra con el talante de todos esos miembros de las candidaturas de unidad popular y demás mareas que han entrado en los ayuntamientos con la retahíla de sus latas de ominosos tuíts, delatoramente enganchada a su carroza de recién casados con “el pueblo”.

Hemos aprendido y olvidado sus nombres superpuestos, pero tenemos todavía en lo alto del ranking al concejal que hacía chistes con las cenizas de los judíos de Auschwitz y las niñas asesinadas en Alcasser como fuente de “recambios” para las piernas de esa otra niña nuestra que para todos será siempre Irene Villa. Le siguen el concejal que quería probar a ver qué pasaba “torturando y matando” a Gallardón, como si se tratara de un coleóptero ensartado en un cruel alfiler adolescente; y el concejal que proponía “empalar” a Toni Cantó, según el ritual  fálico de la isla rousseauniana del señor de las moscas; y el concejal que lamentaba, “joder, que no exista el GRAPO para darles su merecido a estos fascistas”; y el concejal que proponía “machacar a la derecha hasta en sus casas, como supo hacer el movimiento vasco”; y la proyecto de concejala “feminazi” que lamentaba que Botín no hubiera sido ahorcado en la “lanterne” de la Plaza de la Villa; y la concejala que vitoreó a los asesinos de Terra Lliure; y el concejal con la palabra “odio” tatuada en la nudillera de acero, lista para romper mandíbulas; y la concejala a la que cada vez que suena el himno nacional le da una bajada de tensión, vulgo jamacuco, y sueña con huesos y cunetas.  Para qué seguir.

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Ilustración: Javier Muñoz

¡Qué divertido es el humor negro! ¡Ni un paso atrás, camaradas! ¡Qué siga la conga de los ediles moñas (perdón, quise decir maños)! ¡Qué todo el año sea carnaval en Cádiz! ¡Saquemos en procesión a San Fermín Salvochea, hermano lego de la orden de Koprotkin, patrono de lo divina anarquía, e inspirador del Kichi, antes de que se nos caiga de nuevo de la cama! ¡Qué los amigos de los asesinos de Tomás Caballero ocupen el asiento municipal de Tomás Caballero para que no quede el equívoco! ¡Esta es la nuestra! ¡Sí se puede, sí se puede! Así claman, encendidos, los aleves turiferarios del desquite social y las ajadas cheerleaders de la revancha política que emergen en los medios bajo la máscara de periodistas, mientras dos personajes oscuros se frotan las manos asomados en el antepalco.

Es curioso que de los tres epítetos de Ortega ni el de “tenor”, ni el de “payaso”, cundieran como el de “jabalí”. En el primer caso por sobreabundancia de oradores con ínfulas castelarinas; en el segundo porque aquello dejó enseguida de tener gracia. Las “palabras como puños” -feliz título de una obra colectiva sobre la “intransigencia política” en la Segunda República- se transformaron enseguida en puños contra las palabras. Galarza propuso en las Cortes que “el derecho al voto no lo tenga más que una clase, la clase trabajadora, intelectual o manual, y que el parásito, hombre o mujer, no tenga derecho a intervenir en la legislación del país”. Albornoz insistió en el Ateneo en que “las guerras civiles son necesarias para el crecimiento de los pueblos”. La derecha golpista y una parte significativa del Ejército pensaban lo mismo.

Ochenta años después sólo hemos pasado aún de las palabras a los tuits. Las palabras se las lleva el viento y los tuits se pueden borrar de cien en cien, como ha hecho la propia Carmena para dar ejemplo al equipo municipal. Pero ha bastado una semana de ayuntamientos podemitas para sentar dos axiomas inquietantes que están originando entre las clases medias el mismo gran miedo -“la grande peur”- de las semanas iniciáticas de la Revolución Francesa.

El primero implica que es lícito complementar la labor institucional con la coacción al adversario desde la calle o las tribunas. Lo que le pasó a Villacís cuando la amenazaron con la guillotina, al teniente general insultado en la toma de posesión de Colau o a los cargos del PP a los que impidieron acceder al recinto en Zaragoza está ya torrencialmente relatado en El Primer Naufragio.

El segundo axioma es el restablecimiento de la ley del embudo: tan ancho como para que estar imputada por un delito contra la libertad de culto, como le ocurre a Rita Maestre, sea una medalla al activismo social que realza al cargo público; y estar imputada por adjudicar 1.800 euros al mes a una empresa de internet con múltiples clientes privados, como le ocurre a Lucía Figar, convierta a una política honrada en una corrupta que debe ser extirpada de la vida pública. A partir de ahora no hay imputados, sino imputados e imputados y son Carmena e Iglesias quienes trazan el círculo de tiza caucasiano.

El otro “tenor” que sonríe taimado junto al líder de Podemos es Rajoy. Son socios en esta huida hacia adelante de la bipolarización extrema de España. “La grande peur” alimenta su “in fear we trust” y pronto lo reflejarán los sondeos. Hasta la derecha liberal ha denunciado en portada esa estrategia del miedo. Todo funciona de acuerdo con unas previsiones egoístas, basadas en la destrucción del poder territorial del PP y el castigo en trasero ajeno de las traiciones, corrupciones y mentiras propias.

Cada uno añadía deudas personales a la factura, pero a fin de cuentas Fabra ha pagado por la subida de impuestos, Luisa Fernanda por la contrarreforma del Poder Judicial, María Dolores de las Mentiras por el respaldo a la zapateril Ley del Aborto, Pedro Sanz por las excarcelaciones de etarras, Monago por la caja B de Génova, Rita por los sobresueldos y Esperanza por los SMS de apoyo a Bárcenas que en cualquier democracia habrían acabado fulminantemente con el remitente y aquí sirvieron para acuchillar al cartero.

El otro “tenor” que sonríe taimado junto al líder de Podemos es Rajoy. Son socios en esta huida hacia adelante de la bipolarización extrema de España. “La grande peur” alimenta su “in fear we trust” y pronto lo reflejarán los sondeos

Cada montón de escombros, cada concejal boskimano, cada payaso y sobre todo cada jabalí es ahora un poste repetidor del mensaje único del marianismo atrincherado: o yo o el diluvio de la mugre. Sin asumir ninguna responsabilidad, sin cambiar un ápice, sin comprometerse a nada. Le ayudan sus comisarios políticos en los medios, grandes responsables de la putrefacción del centroderecha y de la destrucción del legado de esa transición que tanto invocan.

Produce vergüenza ver mancillado un indomable recinto tipográfico que fue escenario de batallas memorables con la tesis lacayuna de la “reinvención” del Estafermo. Total porque Hernández y Floriández van a ser reemplazados por los tres simpáticos sobrinos del Pato Donald: Jorgito, Pablito y Andreíta. Pero parece, ¡ay!, que el que habla como un pato, anda como un pato y miente como un pato, ha dejado de ser un pato, después de tantos años de zoología aplicada.  Yo no soy Rodrigo Caro pero “del gimnasio y las termas regaladas, vuelan (ya) cenizas desdichadas”.

“¿Se imaginan un PP con un candidato a la presidencia elegido democráticamente, joven, profesional y limpio?”, se preguntaba en Twitter mi colega Angel Vico, uno de los 5.624 accionistas de El Español convocados a la histórica Junta General del próximo sábado. Yo tengo ese sueño. Cayetana Álvarez de Toledo también. Incluso, al parecer, parte de los directivos de ABC; y desde luego millones de españoles con ellos. Pero puesto que el sueño tendrá que esperar, añadamos otra pregunta a la ecuación: ¿Se imaginan un PSOE que a la menor jabalinada o payasería recupere la centralidad, impulsando mociones de censura en aquellos ayuntamientos en los que imperen los “inútiles vocingleos” o no digamos las “violencias en el lenguaje o en el ademán?”. A ver si lo dice hoy Sánchez.

Los zorros y el armiño

arponero-los-zorrosextLo que hoy representa Ciudadanos lo representaba hace un siglo el Partido Reformista: una esperanza frente al bipartidismo, una oportunidad de superar la corrupción inherente al turnismo de los partidos dinásticos, un cauce para la participación de los intelectuales en la vida pública, un elemento de movilización de los sectores mejor formados y más exigentes de la población.

Lo que hoy representa Ciudadanos lo representaba hace un siglo el Partido Reformista: una esperanza frente al bipartidismo, una oportunidad de superar la corrupción inherente al turnismo de los partidos dinásticos, un cauce para la participación de los intelectuales en la vida pública, un elemento de movilización de los sectores mejor formados y más exigentes de la población. No es de extrañar que su líder, el abogado asturiano Melquíades Álvarez, escuchara cantos de sirena similares a los que ya arrullan a Albert Rivera en Andalucía y pronto le arrullarán en toda España. Su gran error, precisamente en mayo de 1915, fue dejarse seducir por uno de ellos.

El Partido Reformista había nacido tres años antes, fruto de una escisión en el ala moderada del bloque republicano, y pronto había recibido el valioso apoyo de la Liga para la Educación Política de España, promovida por Ortega, Azcárate, Pérez de Ayala, Azaña, Cajal o Fernando de los Ríos. No era un brindis al sol. A diferencia de lo que ocurría aún con el PSOE, su accidentalismo permitía a los reformistas colaborar con la Monarquía y convertirse en la opción de una minoritaria pero emergente tercera España.

La Primera Guerra Mundial marcaba la agenda. La creciente frustración ante la inoperancia del gobierno conservador, presidido por ese Rajoy con quevedos que era el incoloro, inodoro e insípido Eduardo Dato, sirvió de palanca aquella primavera al conde de Romanones, líder del añejo Partido Liberal, para hacer un movimiento audaz. En un mitin celebrado en Mallorca, quien pasaría a la historia como paradigma del caciquismo emplazó al Partido Reformista a plantear una alternativa conjunta a la esclerosis de la derecha. Tras consultar con la dirección de su grupo, Melquíades Álvarez le contestó en Granada, mostrándose receptivo “si se trata de un empeño serio, verdaderamente liberal y democrático” y ofreciéndole nada menos que “una colaboración entusiasta, apasionada, decidida, generosa, resuelta”.

Ortega montó en cólera y escribió un artículo mucho menos notorio que Bajo el arco en ruinas, De un estorbo nacional o El error Berenguer pero tan vigoroso como todos ellos. Lo publicó el 14 de mayo -tal día como este último jueves- en esa revista España de la que los promotores de EL ESPAÑOL nos declaramos no herederos, que sería petulancia, sino feudatarios. Se titulaba Un discurso de resignación y abominaba de la proyectada entente “con el viejo partido asmático y caduco que ha extirpado de la conciencia pública casi todas las esperanzas”. Tan “asmático” como el PP de Rajoy, por mucha bici que le pongan debajo; tan “caduco” como el PSOE que vuelve a las andadas en Aznalcóllar.

“¿Cómo es esto posible?”, se preguntaba Ortega, si “nació el Partido Reformista a su vida actual como un afán de nuevos usos políticos”, aglutinando a “quienes habían hecho de su no incorporación a los dos partidos gobernantes su formal actitud política”. Y sin excluir a nadie por razones generacionales, como atolondradamente hizo el otro día Rivera, precisaba: “Para los que no somos aun viejos significaba el primer partido ‘nuevo’, el primer partido ‘otro’. Es decir otro que el liberal y el conservador”. Eso es lo que ocurre hoy con Ciudadanos, una opción esperanzadora porque pensamos que no actuará ni como el “asmático” ni como el “caduco”. Ya veremos lo que es; de momento nos gusta lo que no es.

Ilustración: Javier Muñoz
Ilustración: Javier Muñoz

Sin tapujos ni medias tintas, Ortega recordaba la gran prioridad, casi telúrica, que había fijado el año anterior en su discurso del Teatro de la Comedia: “Es preciso aniquilar a esos dos partidos monstruosos que están en pie como dicen que, después de muertos, siguen en pie los elefantes”. Su argumento clave -tan vigente hoy- era que si “los españoles han llegado a pensar que todo político no es sino un ambicioso vulgar o un vulgar negociante”, los culpables eran “aquellos dos partidos que han tenido desde hace cuarenta años delante de sus ojos… dos partidos que han sido los grandes fabricantes de la desesperanza española”.

Exactamente eso podría decirse del PP de la Gürtel y del PSOE de los ERE. Ellos representan la usurpación partitocrática mediante las listas cerradas y bloqueadas, la politización de la Justicia y la negativa a asumir ningún tipo de responsabilidades que precarice el empleo estable de su legión de colocados.

Frente a la vieja política urgía, urge, alumbrar y dar visibilidad a la nueva política. “Vano será que el Partido Reformista aspire a la libertad y a la democracia si no se cuida de colgar a la cabecera de su política una piel de armiño”, advertía Ortega. “En política no basta ser lo que se es: hace falta parecerlo”. Antes de concluir el artículo se recrearía dos veces más en esa metáfora de la inocencia política, que es la que en buena medida sigue envolviendo a Rivera desde que se fotografiara in puris naturalibus cuando se presentó por primera vez a las elecciones.

El consejo de Ortega al Partido Reformista era claro: debía “mantener intacta su piel de armiño y aguardar, si se cree que no es ahora buen tiempo, a cumplir con su solo brazo alguna hazaña”. O sea, mejor solo, que mal acompañado. Ante todo conservar la virginidad. Que la impaciencia no arruine el empeño por administrar mal los tiempos. Y la requisitoria final también era inequívoca: “¿Qué va a ganar el armiño sin más arma que su blancura, emparejándose con el zorro?”. La pregunta sirve igual para la Sevilla de la Susana Díaz al borde del ataque de nervios que para Madrid o Valencia, corroídas por la corrupción popular.

No todos los intelectuales reformistas pensaban como Ortega. Su amigo y miembro del equipo fundacional de España, Luis de Zulueta, le replicó en las páginas de la revista, subrayando  desde una perspectiva posibilista “lo ineficaz que resultaría una política desligada de los partidos actuales” pues “equivaldría a tomar de nuevo la posición crítica, infecunda, fracasada de los partidos republicanos, sin poder agitar siquiera como ellos el espectro de la revolución”.

Esto implicaría decir ahora: ojo que Ciudadanos no es Podemos, que no es una fuerza rupturista sino reformista, que no está contra el sistema constitucional sino contra su degeneración. Ortega hizo una contrarréplica sardónica -“Por lo visto la capacidad de realismo se determina según la distancia a la que se esté del conde de Romanones”- y las espadas quedaron en alto.

En noviembre de 1915 se celebraron elecciones municipales y Melquíades Álvarez aceptó participar en candidaturas de concentración con los liberales. El triunfo fue para los conservadores con 2.473 concejales en ciudades de más de 6.000 habitantes, mientras los liberales lograron 1.802 y sus socios reformistas tuvieron que conformarse con 162. Pese a tan magro resultado, Melquíades Álvarez contribuyó decisivamente a la estrategia de cerco parlamentario que desembocó a continuación en la caída del gobierno Dato y su reemplazo –según las reglas del turno dinástico fijadas en el Pacto del Pardo- por uno encabezado por el conde de Romanones.

Melquíades Álvarez rechazó con dignidad –como dice Albert Rivera que harán los dirigentes de Ciudadanos que no ganen en las urnas- la cartera ministerial que se le ofreció, pero mantuvo su apoyo a los liberales. En abril de 1916, con un intervalo de cinco meses, igual al que probablemente habrá ahora tras las municipales, se celebraron elecciones generales y el Partido Reformista no pasó de catorce escaños. Por no atreverse a ser alternativa, apenas había llegado a comparsa.

“Para eso”, había advertido el entonces órgano republicano El País, “maldita la falta que hacía el reformismo”. Según el certero análisis del historiador Manuel Suárez Cortina, aquello era la “evidente muestra de que el aparato caciquil mantenía por sí mismo sus límites” y de que el Partido Reformista, “sin una línea de acción bien definida”, había sido “incapaz de limar votos ni a la izquierda republicana ni a los partidos dinásticos”.

La política actual es muy distinta a la de la Restauración. Fundamentalmente porque la Corona no toma iniciativas en favor de uno u otro partido y porque las elecciones son limpias dentro de su trampa original: el encasillado lo siguen trazando las cúpulas dirigentes pero ya no lo rellenan los caciques sino los votantes. Sin embargo, pese a esas dos diferencias nada banales, la encrucijada de Ciudadanos es la misma que afrontaba el Partido Reformista hace cien años.

De ahí que lo conveniente para Albert Rivera y para cuantos españoles vean en Ciudadanos un instrumento de regeneración democrática y cambio político, sea apurar al máximo el ciclo expansivo que le otorgan las encuestas, reafirmándose como alternativa al bipartidismo de los “asmáticos” y “caducos”, sea cual sea el resultado de las elecciones del próximo domingo.

También se parece mucho al dilema del CDS hace un cuarto de siglo. Adolfo Suárez cometió de hecho el mismo error que Melquíades Álvarez al prestarse a servir de “perchero” del PSOE, ensanchando su ajustada mayoría de octubre del 89. Su pasteleo en el histórico pleno del caso Juan Guerra del 1 de febrero del 90 fue el principio del fin de ese antepenúltimo proyecto centrista en la política española.

Podría alegarse que el penúltimo -la UPyD de Rosa Díez- está en vías de liquidación precisamente por lo contrario. O sea por su integrismo identitario y su falta de flexibilidad ante las ofertas de pactos. Y al margen de que no es lo mismo dar calabazas al afín que hacerlo con el distante, es preciso reconocer que en el juego de la política tan equivocado como pasarse es no llegar.

De ahí que lo conveniente para Albert Rivera y para cuantos españoles vean en Ciudadanos un instrumento de regeneración democrática y cambio político, sea apurar al máximo el ciclo expansivo que le otorgan las encuestas, reafirmándose como alternativa al bipartidismo de los “asmáticos” y “caducos”, sea cual sea el resultado de las elecciones del próximo domingo. Eso implicaría facilitar la gobernabilidad de ayuntamientos y comunidades a través de la abstención, sin jugar en ningún caso a Bertrand Duguesclin, es decir sin poner encima a quienes hayan quedado debajo, y sin implicarse en pacto alguno de legislatura, o menos aún de gobierno, en ningún sitio.

Se trataría de concurrir a las elecciones generales impolutos, con la disposición, el propósito y la posibilidad de ganarlas. Bastaría con que Ciudadanos tuviera de aquí a fin de año la misma progresión del último semestre para que se convirtiera en la fuerza más votada. Puede parecer una quimera pero las series demoscópicas indican que no lo es.

Es cierto que “los milagros, Sancho, son cosa que sucede rara vez”, que lo normal es que Albert Rivera, con los focos permanentemente encima, siga cometiendo errores como el del AVE o el del rasero efebocrático y que hay que contar con que todos los que viven del bipartidismo presenten esos escuetos charcos como océanos inabarcables. En todo caso la ventana de oportunidad está ahí  y la obligación del líder de Ciudadanos es hacer, como decía Montaigne, “la más bella carrera” posible. Sólo cuando sepamos cuántos escaños tenga cada uno en el Congreso de los Diputados habrá llegado la hora de colgar el armiño y sentarse con los zorros, programa en ristre.

Let us give life to EL ESPAÑOL,
let us change Spain

And here you have us, to be able to keep chasing whales the harpoon thrower has had to turn into a ship owner.

Dijimos que EL ESPAÑOL será universal. He aquí nuestro prospecto en inglés. Ya se puede invertir en EL ESPAÑOL desde el extranjero (si eres ciudadano de uno de los países de la Unión Europea).

 

El Español -a new online media outlet that will launch in Spain in the autumn- opened its blog last Saturday. In two days, its crowdfunding platform has received around €370,000 from almost 500 people, who have now become shareholders.

And here you have us, to be able to keep chasing whales the harpoon thrower has had to turn into a ship owner. That is what it takes when the biggest ships, controlled by those wishing to conserve power, hug the coastline carefully to maintain a semblance of activity, but set course to starboard as soon as the slightest glimmer of white sperm whale appears in the distance. Be careful with those stories, better not to bump into them. That’s how it goes, it hurts us and you all know it.

There is no more eloquent symbol of society’s gangrene than its level of concentration of power in a voracious political, economic and media Leviathan, ruled by the principle of mutual aid. Government is put at the service of a few, democracy turns into oligarchy, the public is drugged and the dissident drowned. This is the (Spanish regional) State monster that has advanced geometrically in Spain, pushing those citizens who don’t sponge off others further and further into a corner. This is, make no mistake, the political root of an economic crisis that has ruined millions of Spaniards and impoverished almost all the others.

But if the tragedy that surrounds us is great and made greater still by the coercion justice is subject to, the self-censorship that inoculates the press, and the resulting illusion of a recovery compatible with the perpetuation of the vices of the system, the determination with which the founders of EL ESPAÑOL are ready to row against the tide is emphatic.

There is neither ingenuity nor bitterness in our effort. We will be born “of rage and hope”, that very “Spanish couple” who, as Ortega said, gave birth, exactly 100 years ago, to his first media creature: the magazine called “España”. It makes one shudder to read again the recurrent validity of his founding diagnosis in January 1915: “The radical discredit of all of the apparatus of public life is the sovereign fact, the maximum fact, that wraps itself around our daily existence. We all feel that that official Spain within which or under which we live is not our Spain, but a Spain of hallucination and ineptitude”.

Even the word regeneration must today be regenerated. The new Head of State used it in his spirited first Christmas speech, without offering any clarification at all on the reasons behind his father’s abdication or the consequences of his sister’s legal situation. It will, rightly, be said that the King does not govern even his closest relatives, but we see a revealing sample of the Lampedusian secretion that “official Spain” is capable of, seeming to believe a tidying up of the façade will be enough—with a tall, young, handsome King or an equally tall, young, handsome leader of the opposition—for the “real Spain” to feel at home once more.

“Can you see, Sancho, my friend, those two big clouds of dust that appear to be enemy armies? Well, in reality, they are two flocks of sheep”.

Nut grass in the gulf, as Torrente Ballester said. Pigs might fly. As I explained on December 18 in the Ateneo, laying the foundations on which the editorial line of EL ESPAÑOL will be built, we must “change the rules of the game so that citizens regain control of their destiny”. Some might allege they never had such control, but that was at least the gospel preached by Suárez during the Transition: the street should rule the offices, not the offices the street; those represented must mark the time their representatives march to, not the other way round. That was the course we were on until the political class began to build a wall with the arrogance of every endogamous line and the lack of scruples of every insatiable usurper.

Although they might have devastated our fields and cities, those politicians have not befallen us like a plague of locusts born of inscrutable design. They are not the handiwork of fate but of necessity. With an electoral law, a party financing law and a judicial power law like the ones we have, something like this had to happen sooner or later. If someone wants to hoist the flags of regeneration with some credibility, he can start with those three.

The well-founded degree to which citizens are fed up with the corruption, selfishness and ineptitude of a political class selected from the worst and most docile has reached such an extreme that either we change Spain from within the parameters of freedom or it will be changed for us by a new despotism. Neither the resistance to change that governs us submerged in chloroform, nor any of the make up being readied as a solution to the emergency, are enough to bind together a social majority, much less mobilise one. Change must run deep, be substantial and be immediately palpable. Only an energetic, stunning programme of reforms, including those mentioned, could be seen as a convincing alternative faced with the revolutionary siren songs chanting equality from below that we can all now hear in crescendo.

Our aim is to contribute to the revival and growth of a third Spain, in the dynamic between the guardians of the system and the anti-system forces, based on merit, effort and culture, and supported by the expansion of citizens’ rights. Without such a new actor, the landscape of our public life will again turn into what Penagos had Don Quixote say, in his magnificent cartoon published in the second edition of Ortega’s magazine, concerning the Great War: “Can you see, Sancho, my friend, those two big clouds of dust that appear to be enemy armies? Well, in reality, they are two flocks of sheep”.

There is nothing more dangerous for a society than that acritical, accepting conformism with which sheep follow their shepherd, because in some circumstances—and that generation suffered real tragedy–the fury of armies is easily forged given the docility of the flock. Faced with the aim of keeping “those above” bewildered in a fold of fear and threatening to herd “those below” into a fold of resentment, faced with the separatist aim of making the most of the dust cloud of crisis to fence a new flock off to the side, where even bleating is controlled, we must urgently strengthen a Nation of citizens, based on the empire of the law, individual rights, solidarity and social protection.

It will not be in our hands to supply the political instruments that make this democratic rebirth possible, but we will contribute to creating the social climate that allows them to be forged. Our newspaper will be universal in its scope and sensitivity, but it will be called EL ESPAÑOL because it will interpret reality from the point of view of that so frequently perplexed man in the street who watches a procession of interested protectors pass him by, just so long as he agrees to conflict due to his condition as a Catalan, Basque or Andalusian, or his ascription to one party or another, and then finds himself defenceless when abused as a taxpayer, a consumer, a user of public services, a pensioner or a fooled voter.

Our newspaper will be called EL ESPAÑOL because it defends those Spaniards, one by one, as collective owners of their sovereignty. Not from a miserly nationalist perspective but rather in a national, European, cosmopolitan sense, tolerant of dissidence and welcoming diversity, but belligerent in the face of those who use that excuse to foment fanatical integrism like that which machine-gunned our brothers at Charlie Hebdo. Democracy must not be stupid, and only the Spanish Nation, constituted as a State within a strong European Union, can guarantee our rights.

El ESPAÑOL will give citizens all the information the powerful lock away under seven keys, and all of the interpretations, explanations and opinions that help them to decide within the law. We want to publish a useful newspaper in every sense of the word and that is why we will use the most innovative formats on the mobile devices carried by Spaniards in their daily lives.

This text is not yet a foundational manifesto but rather a declaration of intent, a prospectus like the ones printed before the birth of new publications in the 19th gestation, nine months will pass before the birth, but this blog will reveal, with its weekly ultrasound scans, the genesis of our creature.

And I say ours because I suggest to you that EL ESPAÑOL be a collective work that defends the best of the journalism of the past to grow on all of the media of the future, making the most of the tools of participation and dialogue already offered by technology. That is why we proclaim ourselves the successors of El ESPAÑOL founded by Blanco White in London, Andrés Borrego’s innovative “El Español”, in which Larra published his best articles, of “El Español” that supported the liberal Maura, of the libertarian Bonafoux’s “El Español”—not for nothing was he christened “the viper of Asnieres”—and of the magazine España edited first by Ortega and then by the socialist Araquistain and the republican Azaña. And that is why we call on all of those citizens with similar interests to our own to join our project.

Join us as shareholders and subscribers, taking part until February 28 in the share issue underway, with the same conditions as the founders. Our publishing company has enough resources to guarantee its continuity, just as I have invested the totality of the compensation I received after being sacked as the editor of my previous newspaper. But the greater the social foundation of this project, the greater our chances will be of resisting any pressure.

Join us too with your suggestions, ideas and professional skills. Small investors will be very welcome, but the creativity and talent of those who cannot contribute otherwise will be no less so. That is why we opened four inboxes for suggestions, and a fifth for CVs. We are looking for the best reporters, writers, specialist analysts, illustrators or video-journalists from a new generation so that “federated along one keel”—that is how Melville saw the crew of a whaler—“each man isolated lives on his own continent”.

I am talking to you, and you and you, anywhere you might be. The horn is blowing in the depth of the forest, the whistle on the dock of the port. Board before we set sail, join the beginning of the adventure. Let us give life to EL ESPAÑOL, let us change Spain.

@pedroj_ramirez
pedroj.ramirez@elespanol.com

Translation: Matthew Bennett (gracias)

Reed the original version of this article (Spanish)

ESPAÑA saluda al lector y dice:

Portada revista España

España, Número 1, 29 de enero de 1915. Nacido del enojo y la esperanza, pareja española, sale al mundo este semanario España. Los que hemos de escribir en sus columnas -gente ni del todo moza ni del todo vieja- asistimos desde 1898 al desenvolvimiento de la vida española.

Portada revista España
España, Número 1, 29 de enero de 1915.

Nacido del enojo y la esperanza, pareja española, sale al mundo este semanario España.

Los que hemos de escribir en sus columnas -gente ni del todo moza ni del todo vieja- asistimos desde 1898 al desenvolvimiento de la vida española. Durante esos diecisiete años de experiencia nacional, raro fue el día en que la realidad pública nos trajo otra cosa que impresiones ingratas. Cuanto más patriotas éramos, mayor enojo sentíamos.

Conforme el tiempo corría nos íbamos convenciendo de que no era ese estado de ánimo una viciosidad de nuestro temperamento, algo así como una acedía de “intelectuales”, sino que por el contrario teníamos el honor de coincidir en él con el más humilde de nuestros labriegos y el más sencillo de nuestros artesanos.

Y esta experiencia de que existe una vasta comunidad de gentes gravemente enojadas -toda una España nueva que siente encono contra otra España fermentada, podrida- ha hecho surgir en nosotros la esperanza.

Creemos en efecto que ha empezado para nuestro país una buena época. ¿No es esto demasiado optimismo?, se nos dirá. No; porque hay en la historia dos clases de buenas épocas. Es una la de aquellos tiempos brillantes y magníficos en que las virtudes de una raza dan sus mejores frutos; son las épocas de plenitud y de gloria. Pero hay otras épocas sin plenitud y sin gloria, menos aún, llenas de agonía y miserias que, no obstante, pueden ser fecundas y saludables. Son aquellas en que el pueblo no padece ilusiones ni vive alucinado creyendo que posee buenos políticos y buenos generales, buenos hacendistas y buenos oradores, buenos poetas y buenas tierras ubérrimas, buenos maestros y buena industria cuando nada de eso tiene. Pues bien, media España, por lo menos, ha entrado ya en una de estas edades, exentes de gloria pero transidas de sinceridad.

¿Es ello una frase nada más? Tú, lector, que tal vez vives en el fondo de una provincia, ocupado en la modestia de tus afanes aldeanos, recapacita con la mano puesta sobre el corazón y pregúntate qué institución vigente de la vida española te merece confianza y te impone respeto. ¿No es cierto que del Parlamento a la Universidad, pasando por las Academias, del Ministerio de la Guerra a los cuerpos judiciales, pasando por las oficinas de  Hacienda, nada despierta en ti fe?

El desprestigio radical de todos los aparatos de la vida pública es el hecho soberano, el hecho máximo que envuelve nuestra existencia cotidiana. Todos sentimos que esa España oficial dentro de la cual o bajo la cual vivimos, no es la España nuestra, sino una España de alucinación y de inepcia.

Pero no se ha fundado ESPAÑA con el fin de decir sólo esto, que es una negación. La negación solo es útil y noble y piadosa cuando sirve de tránsito a una nueva afirmación. Si nuestro pueblo ha perdido la fe en todos sus institutos oficiales, hace falta que la cobre en sí mismo. Es preciso reorganizar la esperanza española. Mientras no entren en erupción pasional e intelectual los últimos rincones peninsulares, mientras cada español no posea la voluntad y la orgullosa dignidad de sí mismo, mientras no logre hacer que se respeten sus deseos y sus empeños particulares, mientras la palabra “ministro” signifique otra cosa que servidor y la palabra “diputado” otra cosa que mandadero -que es su estricto sentido- no podrá comenzar la restauración de nuestra raza.

Es un crimen de lesa patria dejar que la Nación prosiga en su actitud servil ante un Estado cuyas instituciones han perdido sus prestigios. De aquí nace esa horrible desgana, esa mortal sospecha, en que vivimos los españoles, de ser inútil intentar cosa alguna. Un pueblo convencido de la ineficacia de todo esfuerzo va recto hacia la muerte. El imperialismo más desmoralizador es el imperialismo de los diputados sin prestigio, de los ministros sin autoridad, de los funcionarios burlescos o rapaces.

¿Partido? No somos de ningún partido actual porque las diferencias que separan unos de otros responden, cuando más, a palabras y no a diferencias reales de opinión”

Aprovechemos con religiosa solicitud esta época de sinceridad para organizar de nuevo la confianza. Una nación es ante todo una solidaridad en ciertos prestigios. Cuando estos son falsos se pierden, y cuando están perdidos la nación se desarticula, se pulveriza, y el primer vendaval que llega la hace desaparecer. Por ello es urgente faena de patriotismo dar un empujón definitivo a todos esos valores desprestigiados que corrompen nuestra vida colectiva.

Nuestra política será pues la más sencilla del mundo: en toda ocasión, en todo momento estaremos al lado de la España humilde de las villas, los campos y las costas frente a las instituciones carcomidas; nos haremos solidarios de toda intención noble, de toda persona benemérita, de toda queja justa, cualquiera que sea su origen y su nombre.

¿Partido? No somos de ningún partido actual porque las diferencias que separan unos de otros responden, cuando más, a palabras y no a diferencias reales de opinión. Hay que confundir los partidos de hoy para que sean posibles mañana nuevos partidos vigorosos.

El momento es de una inminencia aterradora. La línea toda del horizonte europeo arde en un incendio fabuloso. De la guerra saldrá otra Europa. Y es forzoso intentar que salga también otra España.

Entre los españoles que piensan así, no creemos ser nosotros ni los mejores ni los primeros. Somos unos de tantos que ofrecemos a los demás en estas columnas un cauce limpio donde pueden fluir los raudales de su nuevo patriotismo. Se publica en Madrid nuestro semanario pero será escrito en toda la nación. No es para nosotros Madrid el centro moral del país. Por cada pueblo, por cada campiña pasa, a cierta hora del año, el eje nacional. Solicitamos pues -sin ella nada haríamos- la colaboración de cuantos aspiran a una España mejor y creen que a ella se llega mediante una rebeldía constructora.

¡Lector, te pedimos para ESPAÑA diez céntimos, y todo lo demás para España!

Demos vida a EL ESPAÑOL, cambiemos España

Quijote

Y hétenos aquí que para poder seguir persiguiendo ballenas el arponero ha tenido que hacerse armador.

Y hétenos aquí que para poder seguir persiguiendo ballenas el arponero ha tenido que hacerse armador. A eso hemos llegado cuando los mayores barcos, controlados por los conservacionistas del poder, costean con cautela para mantener apariencia de actividad, pero ponen rumbo a estribor tan pronto como surge en lontananza el menor atisbo de cachalote blanco. Cuidado con según qué noticias, mejor no toparse con ellas. Es lo que pasa, ahí nos duele y muchos lo notáis.

No hay síntoma más elocuente de la gangrena de una sociedad que el nivel de concentración del poder en un voraz Leviatán político, económico y mediático, regido por el principio de auxilios mutuos. El gobierno se ejerce al servicio de unos pocos, la democracia deviene en oligarquía, al público se le narcotiza y al disidente se le ahoga. Este es el monstruo con forma de Estado (autonómico) que ha progresado geométricamente en España, arrinconando cada vez más a la ciudadanía que no vive del cuento. Esta es, atención, la raíz política de una crisis económica que ha arruinado a millones de españoles y empobrecido a casi todos los demás.

Pero si grande es la desgracia que nos envuelve y mayor la hace aun la coacción a la que se somete a la justicia, la autocensura que se inocula a la prensa y el resultante espejismo de una recuperación compatible con la perpetuación de los vicios del sistema, igualmente rotunda es la determinación con la que los promotores de EL ESPAÑOL estamos dispuestos a bogar contracorriente.

No hay ingenuidad o resentimiento en nuestro empeño. Naceremos “del enojo y la esperanza”, esa “pareja española” donde la haya que, según Ortega, dio a luz, precisamente hace cien años, a su primera criatura periodística: la revista España. Estremece comprobar la recurrente vigencia de su diagnóstico fundacional de enero de 1915: “El desprestigio radical de todos los aparatos de la vida pública es el hecho soberano, el hecho máximo que envuelve nuestra existencia cotidiana. Todos sentimos que esa España oficial dentro de la cual o bajo la cual vivimos no es la España nuestra, sino una España de alucinación y de inepcia”.

Hasta la palabra regeneración debe ser hoy regenerada. El nuevo Jefe del Estado la empleó en su brioso primer mensaje navideño, sin acompañarla de clarificación alguna sobre las causas de la abdicación de su padre o las consecuencias de la situación procesal de su hermana. Se dirá, con razón, que el Rey no gobierna ni siquiera sobre los miembros de su familia. Pero se trata de una reveladora muestra de la secreción lampedusiana de una “España oficial” que parece creer que bastará con adecentar la fachada -con un Rey alto, joven y guapo o un líder de la oposición ídem de ídem de ídem- para que la “España real” vuelva a sentirse conforme en su morada.

Quijote
“¿Ves amigo Sancho, esas dos grandes polvaredas que parecen dos ejércitos enemigos? Pues se trata, en realidad, de dos rebaños de ovejas”.

Cotufas en el golfo, que decía Torrente Ballester. Como expliqué el 18 de diciembre en el Ateneo, aportando los cimientos sobre los que habrá que edificar la línea editorial de EL ESPAÑOL, debemos “cambiar las reglas del juego para que los ciudadanos recuperen el control de sus destinos”. Podrá alegarse que no tuvieron nunca tal control, pero ese fue al menos el evangelio de la Transición que predicó Suárez: que la calle rija a los despachos y no los despachos a la calle, que los representados marquen el paso a los representantes y no a la inversa. Ese fue el rumbo que apuntaban las cosas hasta que la clase política comenzó a blindarse con la soberbia de todo linaje endogámico y la falta de escrúpulos de todo usurpador insaciable.

Aunque hayan devastado nuestros campos y ciudades, esos políticos no han caído sobre nosotros como una plaga de langostas fruto de un designio inescrutable. No son hechuras del azar sino de la necesidad. Con una ley electoral, una ley de financiación de partidos y una ley del poder judicial como las vigentes, necesariamente tenía que ocurrirnos algo así. Si alguien quiere enarbolar banderas regeneracionistas con alguna credibilidad ya sabe por qué tres debe empezar.

Queremos contribuir a que reviva y se abra paso una tercera España del mérito, el esfuerzo y la cultura, apoyada en el ensanche de los derechos de ciudadanía”

El fundado hartazgo de los ciudadanos ante la corrupción, el egoísmo y la “inepcia”, sí, de una clase política lobotomizada, fruto de la selección de los peores y más dóciles, ha llegado hasta tal extremo que o cambiamos España desde los parámetros de la libertad, o nos la cambiarán desde los de un nuevo despotismo nacional o foráneo. Ni el inmovilismo que gobierna sumergido en cloroformo, ni ninguno de los maquillajes que se preparan como soluciones de emergencia sirven ya para aglutinar, y no digamos movilizar, a una mayoría social.

El cambio tiene que ser sustancial, profundo y a la vez palpable de inmediato. Sólo un enérgico y fulgurante programa de reformas, que incluya las antedichas, podrá erigirse en alternativa convincente frente a los revolucionarios cantos de sirena de la igualación por abajo, cuyo crescendo ya escuchamos todos.

Nuestro propósito es contribuir a que en la dinámica de confrontación entre los guardianes del sistema y las fuerzas antisistema reviva y se abra paso una tercera España del mérito, el esfuerzo y la cultura, apoyada en el ensanche de los derechos de ciudadanía. Sin ese nuevo actor el paisaje de nuestra vida pública volverá a asemejarse al que Penagos reflejó en boca de don Quijote, en su magnífica viñeta publicada en el segundo número de la revista de Ortega, a propósito de la Gran Guerra: “¿Ves amigo Sancho, esas dos grandes polvaredas que parecen dos ejércitos enemigos Pues se trata, en realidad, de dos rebaños de ovejas”.

No hay nada más peligroso para una sociedad que ese conformismo acrítico y pastueño con que los óvidos siguen a sus pastores, pues en determinadas circunstancias -y aquella generación sufrió en su carne la tragedia- con la mansedumbre de los rebaños se forja fácilmente el furor de los ejércitos o al menos el de las masas iracundas.  Frente a la pretensión de mantener aturullados en el aprisco del miedo a “los de arriba” y agrupar amenazantes en el aprisco del desquite a “los de abajo”, frente a la pretensión separatista de aprovechar la polvareda de la crisis para hacer rebaño aparte regulando hasta la modulación de los balidos, urge fortalecer una Nación de ciudadanos, basada en el imperio de la ley, los derechos individuales, la solidaridad y la protección social.

No estará en nuestras manos suministrar los instrumentos políticos que hagan posible ese resurgimiento democrático, pero sí contribuir a crear el clima social que permita moldearlos. Nuestro periódico será universal en su proyección y sensibilidad, pero se llamará EL ESPAÑOL porque interpretará la realidad desde la mirada de ese tantas veces perplejo hombre de la calle que ve salirle al paso todo tipo de interesados protectores, siempre que se deje llevar al conflicto por mor de su condición de catalán, vasco o andaluz o de su adscripción a tal o cual partido, y a la vez queda indefenso cuando se abusa de él como contribuyente, consumidor, usuario de los servicios públicos, pensionista o votante estafado por los incumplidores profesionales de programas.

Nuestro periódico se llamará EL ESPAÑOL porque defenderá a esos españoles, de uno en uno, como titulares colectivos de su soberanía. No desde una mezquina perspectiva nacionalista, pero sí con un sentido nacional europeísta y cosmopolita, tolerante de la disidencia e integrador de la diversidad, pero beligerante frente a quienes hacen de esa coartada el caldo de cultivo de integrismos fanáticos como el que ha ametrallado a nuestros hermanos de Charlie Hebdo. La democracia no debe ser estúpida y sólo la Nación española, constituida como Estado dentro de una Unión Europea fuerte, puede garantizar nuestros derechos.

EL ESPAÑOL proporcionará a los ciudadanos todas las informaciones que los poderosos esconden bajo siete llaves y todas las interpretaciones, explicaciones y opiniones que les ayuden a decidir su destino dentro de la ley. Queremos publicar un periódico útil en todos los sentidos del término y para ello emplearemos los formatos más innovadores en los dispositivos móviles que acompañan a cada español en su vida cotidiana.

Este texto no es todavía un manifiesto fundacional sino tan sólo una declaración de intenciones, un mero prospecto como el que antecedía al nacimiento de las publicaciones en el siglo XIX. Según el canon de toda gestación humana, transcurrirán nueve meses antes del alumbramiento; pero este blog ira adelantando, a modo de ecografías semanales, la génesis de nuestra criatura.

Nuestro periódico será universal pero se llamará EL ESPAÑOL porque interpretará la realidad desde la mirada de ese tantas veces perplejo hombre de la calle”

Y digo nuestra porque lo que os propongo es que EL ESPAÑOL sea una obra colectiva que reivindique lo mejor del periodismo del pasado y crezca en todos los soportes del futuro, aprovechando los mecanismos de participación y diálogo que proporciona ya la tecnología. Por eso nos proclamamos sucesores de El Español que Blanco White fundó en Londres, de El Español innovador de Andrés Borrego en el que Larra publicó sus mejores artículos, de El Español que apoyaba al Maura liberal, de El Español del libertario Bonafoux, por algo bautizado La víbora de Asnieres, y de la revista España que dirigieron sucesivamente Ortega, el socialista Araquistain y el republicano Azaña. Y por eso también convocamos a todos los ciudadanos con inquietudes similares a las nuestras a que se sumen al proyecto.

Sumaos como accionistas y suscriptores, participando hasta el 28 de febrero en la ampliación de capital en marcha, en las mismas condiciones que los fundadores. Nuestra sociedad editora dispone de suficientes recursos para garantizar su continuidad, toda vez que yo mismo he invertido ya la totalidad de la indemnización que cobré al ser destituido como director de mi anterior periódico. Pero cuanto mayor sea la base social de este proyecto, mayores serán nuestras posibilidades de resistir cualquier presión.

Sumaos también con vuestras sugerencias, ideas y capacidad profesional. La aportación de los pequeños inversores será muy bienvenida, pero igualmente lo será la creatividad y el talento de los que no puedan contribuir de otra manera. Para eso abrimos nuestros cuatro buzones de sugerencias y un quinto destinado a los currículos. Buscamos a los mejores reporteros, escritores, analistas especializados, ilustradores o videoperiodistas de la nueva generación para que, “federados en una sola quilla” -así veía Melville a la tripulación de un ballenero-, “cada hombre hasta ahora aislado viva en un continente propio”.

Me dirijo a ti, a ti y a ti, en cualquier lugar en el que estés. El cuerno suena en la espesura del bosque, el silbato en la dársena del puerto. Sumaos antes de zarpar, participad desde el comienzo en la aventura. Demos vida a EL ESPAÑOL, cambiemos España.

@pedroj_ramirez
pedroj.ramirez@elespanol.com