El jefe de los espías durante el 11-M asegura que Aznar le “marginó, manipuló y engañó”

dezcallar2Diplomático brillante y jefe de espías, Jorge Dezcallar denuncia en un libro inédito en nuestro país que Aznar lo “marginó, manipuló y engañó” durante tres días tras el sangriento atentado. “Yo lo que sé es que a mí me llamaron para que dijera una cosa que, en el momento en el que me llamaron, sabían que era falsa”.

Foto: MOEH ATITAR

dezcallar2
El embajador Jorge Dezcallar este jueves en Madrid. / MOEH ATITAR

Jorge Dezcallar sigue como siempre: con pinta de pincel recién salido de la ducha e impecable como el pañuelo que emerge del bolsillo de su chaqueta.

Las arrugas no han hecho mella en él ni por dentro ni por fuera: no hay sombra de esos 70 años que cumple dentro de un mes ni de esas dentelladas que dice haber sufrido en nuestra España cainita.

Haber sido uno de los diplomáticos más brillantes de la democracia -11 años al frente de la dirección general de Africa del Norte y Oriente Medio; gestor político del ministerio o embajador en Marruecos-  no le sirvió de escudo protector para evitar pasillos con el PSOE y con el PP. La última vez, tras la victoria de Mariano Rajoy en noviembre de 2011.  Cuatro años tuvo que adelantar su jubilación porque el ministro Margallo no encontró sitio para él en ningún lugar del mundo para el que entonces era embajador en Washington.  “No soy ni de unos, ni de otros. Soy independiente”, explica el día que sale a la venta su primer libro,  Valió la pena,  (Península), un documento inédito en nuestro país:  por primera vez, un ex jefe de los servicios de inteligencia se lanza a desvelar el engaño “masivo” del que fue objeto por parte de un Gobierno en un momento particularmente duro, con 191 cadáveres sobre la mesa.

Sabe de lo que habla cuando escribe, al final de las  479 páginas que dedica a la vida de “ese chico de provincias nacido en el franquismo” : “Es triste constatar que los políticos en España están todos cortados por el mismo patrón: quieren lealtades acríticas y les agrada rodearse de yes-men”.

“Señor, ha cometido errores graves”

Él no lo es.  Poco antes de abdicar,  en la primavera de 2014,  el rey Juan Carlos le consultó si creía que era realmente tan impopular como decían los medios. Dezcallar fue sincero: “Señor, ha cometido errores graves en un momento en el que la opinión no está para bromas, la gente lo está pasando mal, y esto marca el final de una etapa. Ya no se dejan pasar cosas que antes sí se dejaban. Pero esto no quiere decir que la historia lo vaya a juzgar por esto: la historia lo juzgará por haber posibilitado la mejor época de la historia de España en 300 años”.

Al igual que el Rey con su desafortunado final, Dezcallar no quiere permitir que el 11-M marque una carrera de servicio a España que comenzó a los 25 años.  Este libro se lo debe, dice, a su familia. También reconoce que fue un “elemento esencial” el segundo tomo de las memorias de Aznar aparecido en 2013. En él, el ex presidente del Gobierno se refiere al informe Dezcallar hecho público después del atentado y vierte sobre él la responsabilidad de lo que él considera un “uso partidista” del atentado terrorista.

Valió la pena tiene dos partes muy señaladas. Hay una claramente ligera de recuerdos diplomáticos como los líos logísticos vividos con el inefable Chencho Arias o el embarazoso incidente del bailaor de Hassan II: “Responde a mi deseo de explicar por qué me hice diplomático”. La segunda (capítulos 8 y 9) es oscura como lo fueron los acontecimientos desde su llegada al Centro Nacional de Inteligencia (CNI) en junio de 2001:  el 11-S,  los informes sobre las inexistentes armas de destrucción masiva de Sadam Hussein,  el asesinato de siete agentes del CNI en Irak. Y así hasta el terrible día 11 de marzo.

Ahí está el leitmotiv de la obra:  “El libro de Aznar me hizo pensar que yo tenía una obligación con mi familia, conmigo y con el Centro que he dirigido, en contar cómo vi yo las cosas por dentro, honradamente, desde un punto de vista absolutamente independiente y dar mi visión que es importante porque se están contando muchas medias verdades que están desfigurando la realidad”.

“Es el rey quien me envía a Washington”

Sin ese volumen de Aznar quizá se hubiera sentido sufiencientemente resarcido con la intervención del rey Juan Carlos cuatro años después del 11-M, cuando él ya estaba felizmente trabajando en Repsol y no tenía ninguna intención de regresar a la carrera: “A mi el Rey cuando me llama para ir a Washington, porque es él el que me llama, y me dice: ´Jorge yo quiero que tú vayas Washington porque este país no se ha portado bien contigo, y yo quiero que se te reconozca públicamente tu trabajo´.”

Esta intervención real no está contada en el libro, como tampoco está relatado que Don Juan Carlos quiso que él se quedara al frente del CNI cuando Zapatero llegó al poder.  Bono amenazó con dimitir si Dezcallar permanecía, y de nuevo fue el Rey el que llamó para advertirle de que iban a cesarlo.

Dezcallar quiere ahora destacarlo: “Eso fue bonito por su parte”.  Pero no suficiente.  El libro Valió la pena es un duro J´accuse contra la acción de Aznar y su Gobierno esos tres días aciagos de 2004.

Dezcallar asume su parte de culpa: “El CNI no vio venir el 11-M como al CIA no vio el 11-S, y tiene muchos más medios que nosotros”. Pero quiere que los demás también lo hagan.

¿No ha sido revisado (cleared) por el CNI? “Yo no le he pasado este libro absolutamente a nadie antes de publicar, ni siquiera a mi mujer, porque no quiero que nadie sea responsable de nada”.  Como jubilado, explica, no tiene la obligación de los funcionarios en activo: “No cuento secretos oficiales. Entiendo que un secreto oficial es aquello que afecta al funcionamiento del servicio: a los agentes, a los informadores, a los objetivos, pero el que me hagan a mi una faena no es un secreto oficial. Conmigo se portaron muy mal”.

Hace unos días envió una carta de cortesía al actual director del CNI, Félix Sanz Roldán, y nada más. A Aznar, del que no pudo, dice, ni despedirse, tampoco lo ha llamado. “Nuestra relación no era buena. Luego le he visto, y me he puesto a su disposición, pero nunca nos hemos ido a comer juntos.  Porque él no ha querido. Le mandé una carta de despedida que tampoco me contestó”.

¿Le faltó arrojo para dimitir en esos días?  Por ejemplo, el sábado 13 de marzo cuando, harto de ser menospreciado, se autoinvita a una reunión con Angel Acebes y su número dos, Ignacio Astarloa, en Interior: “Es posible. Ese día, cuando vengo de la conversación con Astarloa,  tengo seis llamadas de [Alfredo] Timmermans [portavoz de Moncloa] para que salga en televisión.  Le contesté así, en voz muy alta: ´Dile al presidente que mi obligación no es salir en televisión, y que no lo voy a hacer´.  A la sexta vez que me llama, le digo haré un comunicado [descafeinado en el que no descarta ninguna de las dos líneas de investigación, ni la de ETA ni la islamista].  Eso efectivamente no complace ni a tirios ni troyanos. Pero que me hagan eso sin decirme que ya estaban detenidos [los indios que vendieron las tarjetas de los móviles] no tiene nombre. Si lo llego a saber, no habría emitido ese comunicado”.

“Ninguneado desde el primer momento del 11 de marzo”

Ese día fue el determinante, pero Dezcallar explica que fue “ninguneado desde el primer momento” del jueves 11 de marzo. “No me invitaban a participar en las reuniones de políticos. Hubo una decisión clara de marginarme. Aquella mañana [11 de marzo] yo estoy reunido con mi gente y no me avisan de esa primera reunión en Moncloa. Después hay otra en Interior y tampoco. Después la furgoneta y nada, no nos lo dicen. Mi gente se pone en contacto con Interior y les cierran la puerta”.

¿Quizá por la sospecha de que era un infiltrado de  Rubalcaba? “Eso es una infamia. Lo mismo me pasó con el PSOE.  En este país si no estás cien por cien con unos estás con los otros.  Yo tengo sentido del Estado, y eso en este país aparentemente no se lleva. Pensar que yo fui desleal al Gobierno es una injuria que no tiene ningún fundamento. Otra cosa es que a Aznar no le gustara lo que yo le decía. Yo empiezo a notar que mi relación con él se enfría a partir de 2002 cuando doy una conferencia en Elcano sobre las armas de Hussein. Es una apreciación que yo tuve. Me dolía cuando él decía que no se guiaba por los informes de los servicios secretos.  Se produce un distanciamiento. Me va preguntando menos.  Nunca me dice lo que tengo que decir pero yo noto que no le gusta”.

¿Le da miedo dar este puñetazo encima de la mesa?  “Digo que me engañaron a mi, me sentí usado y manipulado. Pero te lo diré citando a Artigas,  el padre de la independencia uruguaya: ‘Con la verdad ni ofendo ni temo’. Yo cuento la verdad, yo cuento cómo lo viví yo. No tengo ningún interés político, no aspiro a nada, pero quiero que que no se cuenten cosas que no son verdad: antes de que yo dijera que había sido ETA lo habían dicho el presidente del Gobierno, el ministro del Interior y Ana Palacio se había lanzado a escribir las instrucciones de Naciones Unidas.  No me echen a mi la culpa de eso. Yo acuso de que a mi me manipularon, me usaron, quisieron utilizarme para que les fuera útil en determinados fines que yo ignoro, habría que preguntárselos a ellos. Yo lo que sé es que a mí me llamaron para que dijera una cosa que, en el momento en el que me llamaron, sabían que era falsa. Yo no quiero hacerme enemigos, pero no quiero que se me eche el muerto encima”.

El momento que más le dolió, y más puso en pie de guerra a su gente del centro, fue cuando Aznar decidió dos días después de los comicios desclasificar parcialmente el llamado informe Dezcallar en el que se sugiere la autoría de ETA. Eso, viniendo de un presidente que en 1996 cuando ganó las elecciones a Felipe González se negó a a desclasificar los famosos papeles del Cesid sobre la creación de los GAL: “No se desclasifican  documentos del CNI. Nunca. El no lo ha hace para defender la seguridad del Estado. El lo hace para defender sus vergüenzas y la de los suyos. Y en el centro eso sienta muy mal. Había un malestar terrible”.

Reconoce que podía/debía quizá haber dado el golpe sobre la mesa que está dando ahora con este libro la tarde-noche del sábado 13 de marzo de 2004 después de la conversación con Astarloa.  Pudo más, dice, su sentido del deber: “Había tipos con explosivos por la calle y unas elecciones generales al día siguiente. El bombazo hubiera sido tan grande. La responsabilidad era demasiado pesada”.  Y ante determinados acontecimientos recientes en el CNI, acaba con una  sonrisa,  tan perfecta como el golpe de pañuelo en su bolsillo: “Como escribo en el libro, en el centro no hay cadáveres, si acaso alguna que otra cucaracha”.

 

Luis Alberto de Cuenca: “Mas debería leer a Ramón Llull para comportarse como un verdadero caballero”

ESPA—A UIMP. VELADAS POETICAS:CUL24. SANTANDER, 01/09/11.- El poeta, filÛlogo, traductor y ensayista, Luis Alberto de Cuenca quien se encargar· de cerrar la dÈcima ediciÛn del ciclo; "Veladas PoÈticas ", que organiza la Universidad Internacional MenÈndez Pelayo en Santander. EFE/Esteban Cobo.

Foto:  Esteban Cobo/EFE

ESPAÑA UIMP. VELADAS POETICAS:CUL24. SANTANDER, 01/09/11.- El poeta, filólogo, traductor y ensayista, Luis Alberto de Cuenca quien se encargará de cerrar la décima edición del ciclo; "Veladas Poéticas ", que organiza la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Santander. EFE/Esteban Cobo.
Esteban Cobo/EFE

Luis Alberto de Cuenca (Lora del Río, Sevilla, 1950) lo ha hecho todo. Filólogo convertido en político, poeta con ropa de editor y traductor, humanista con plaza en la Real Academia de la Historia, ha controlado los impulsos culturales del país desde la Secretaría de Estado de Cultura con José María Aznar como presidente (entre 2000 y 2004), después de haber dirigido la Biblioteca Nacional (de 1996 a 2000). Entre todos los oropeles que adornaban su trayectoria como poeta faltaba el Premio Nacional de Poesía, que acaba de recibir gracias a su poemario Cuaderno de vacaciones (Visor). El jurado señala que “constituye una de las aportaciones poéticas de mayor motivación existencia y simbólica en la historia de la lírica reciente en España”.

Es un libro lleno de tembleques, que se agita ante la muerte y la vejez, que ríe con cada amanecer después de haber derrotado a la muerte. De Cuenca tiende a la alegría, a restar gravedad a lo grave sin caer en lo trivial. A pesar de su título, es un libro tragicómico, en el que el autor vibra sobre sus contradicciones -las nuestras-, sin renunciar a la máquina de picadillo pop que ha caracterizado su última poesía, capaz de mezclar la cuenta del supermercado con el pintor de Quattrocento Piero Della Francesca.

El tribunal del Premio habla de la excelencia de su estilo, de la autenticidad de su voz y de la fuerza emocional. Él dice que es un canto a la vacación, a la relajación, un punto de fuga de lo que asedia, una oportunidad para lo que no preocupa. Que por escrito las fobias pierden calibre, que en el papel las amenazas asustan poco. “El hombre es el único animal capaz de reírse y estos poemas tienen algo de sonrisa, de esperanza y desesperanza. La poesía tiene también algo de autoayuda. Puede tener un efecto terapéutico, la poesiterapia”, cuenta a este periódico, sin olvidarse de la otra, la que sume en la desesperación más absoluta. Reconoce adoración por Ángel González y Pepe Hierro.

P. No produce, no es rentable, trata de saltarse las reglas, ¿la poesía es antisistema?

R. No, porque forma parte del sistema de lo humano desde la época sumeria. Lo antisistémico es muy aburrido, porque es delirante pensar que se puede uno sustraer al sistema. Todo lo crea el sistema y es imposible sustraerse a él.

P. Pero se le supone un ánimo crítico.

R. La poesía siempre es crítica, la mía también. No poesía social como la de los años cincuenta y sesenta. La poesía no derriba gobiernos. Pero la actitud del poeta siempre es crítica por su inteligencia. La poesía que yo he elegido es la de la comunicación, la que trata de llegar a un público que no lee poesía. Hay lectores de poesía en potencia en un número mayor de lo que pensamos, me los encuentro en los centros de Educación Secundaria a los que voy a recitar. No hay mediadores que difundan nuestro mensaje. A Pepe Hierro se le podría recitar en un estadio de fútbol.

P. ¿Mejor comunicar que presumir?

R. Uno si tiene la facultad de hacer una poesía comunicativa y fácil y directa.

P. Pero antes, cuando era joven, su obra no era así.

R. Cuando uno es joven todo está enmarañado y lioso y eso es un deslumbramiento tan grande que uno no puede dar títere con cabeza. Creo que en esa maraña del principio está toda mi poesía más reciente.

P. ¿Leer a Tintín le hace a uno estar en contacto con la calle?

R. Tintín es un caso de literatura secuenciada, cómic, absolutamente elitista, que ha llegado a todos los rincones gracias a la línea clara de Hergé. Hergé es uno de los grandes artistas plásticos del XX.

P. ¿Los poetas de España en 2015 son diferentes, el contexto hace al poeta?

R. Los poetas de 2015 son distintos, pero la actitud ante la relación con el mundo es la mismo: el mensaje poético. El mensaje poético es la cursiva de la realidad. Debe insistir en lo que la gente no percibe.

P. ¿Y eso de la “poesía útil”, qué es?

R. Siempre he defendido ese concepto que pretende que la poesía mejore a los lectores. La poesía puede ser muy útil.

P. ¿Podría librarnos de los corruptos?

R. Eso es difícil. De los corruptos no nos librará nadie, porque el hombre incurre por naturaleza en la corrupción. El buenismo ha intentado hacernos creer en el buen salvaje, pero el hombre es proclive a la corrupción. En todos los países hay listillos que quieren forrarse a costa de los demás. No es un fenómeno típicamente español, pero hay que arbitrar las leyes necesarias para detenerles.

P. Usted que ha estado cerca de todos, ¿qué presidente le ha parecido que ha apoyado más a la cultura?

R. José María Aznar. Soy un enamorado, porque intentó hacer algo por la cultura. Por ejemplo, apoyó mucho a la Academia del Cine, pero no hay ninguna placa en la sede Zurbano que lo recuerde. Acepté entrar en política porque en ese momento me divertía probar otra parcela de actuación. Me dediqué con todos mis sentidos a la tarea. Si no hubieran sido años de bonanza me lo habría pensado…

P. ¿Qué poesía le regalaría a Artur Mas?

R. Le regalaría el Libro de la orden de caballería, de Ramón Llull. Un manual fabuloso sobre cómo debe comportarse un caballero, que he traducido al castellano. Para ver si así aprende a comportarse como un verdadero caballero.

P. ¿Y a Mariano Rajoy?

R. Cualquier libro relacionado con el ciclismo, que es lo que más le gusta a Mariano.

P. ¿A Mas le alecciona y a Rajoy le perdona?

R. Es que le tengo mucho cariño y lo que quiero es complacerle.

P. Y en la Academia de la Historia, ¿es más poeta que político?

R. En la Academia soy un historiador de la literatura y filólogo de lenguas clásicas. Soy un fanático de la literatura universal, sé de todas un poco y nada de una en particular. Humanismo contra la hiperespecialización.

P. Su editor habrá mandado una reimpresión de Cuaderno de vacaciones hoy mismo, ¿cree como él que la poesía femenina no es comparable con la masculina?

R. Me gustan mucho las poetas. Amalia Batista y Almudena Guzmán están entre las mejores y comparables con los poetas masculinos. La poesía femenina es mucho más atractiva que lo que le parece a Jesús, mi editor.

P. ¿Es un lugar machista la poesía?

R. ¡En absoluto! Pero si se la inventó Safo. La auténtica lírica nace en Grecia fruto de una mujer. La poesía no entiende de sexos.

 

“Esta mujer asesinó a mi padre”

combo_etaFrancisco José, hijo del policía Eduardo López Moreno asesinado por ETA el 19 de abril de 1995, quiere que se haga justicia. Tras la detención este martes de Iratxe Sorzabal, presunta asesina de su padre, sólo exige “que cumpla todo lo que tenga que cumplir”.

La etarra Iratxe Sorzabal y en la otra imagen Eduardo López, asesinado en 1995, su esposa y el hijo de ambos Francisco José.

combo_eta
La etarra Iratxe Sorzabal y en la otra imagen Eduardo López, asesinado en 1995, su esposa y el hijo de ambos Francisco José.

Francisco José, hijo del policía Eduardo López Moreno asesinado por ETA el 19 de abril de 1995, quiere que se haga justicia. Tras la detención este martes de Iratxe Sorzabal, presunta responsable de la muerte de su padre, sólo exige “que cumpla todo lo que tenga que cumplir. Ella marcó la vida de toda mi familia”.

Francisco José López Aguilar.

Francisco José López Aguilar parpadeó un par de veces, incrédulo, al ver la noticia de la desarticulación de la cúpula de ETA que anunciaba ayer la televisión: “David Pla e Iratxe Sorzabal”, repetían los informativos. Los nombres corresponden a los dos terroristas que, según anunciaron fuentes de la lucha antiterrorista, dirigían los restos de la banda desde Francia. Algunos miembros del Ejecutivo se apresuraron a suponer el golpe definitivo a la organización. Para Francisco José, la trascendencia de la operación iba todavía más allá: “Ella [Sorzabal] marcó la vida de toda mi familia. Todo cambió para nosotros cuando su comando mató a mi padre”.

Los sucesos a los que se refiere este joven navarro de 32 años se remiten a 1995. Su padre, Eduardo López Moreno, era miembro de la Policía Nacional destinado en el cuartel de Etxalar, municipio ubicado el norte de la Comunidad Foral y que hace frontera con Francia; un enclave estratégico para evitar el paso de etarras de un país a otro.

El policía, natural de Montilla (Córdoba), había establecido su residencia en el pueblo de Bera, que lindaba con Etxalar. Los vecinos conocían a Eduardo López Moreno y a su familia -estaba casado y tenía tres hijos- por su participación en actos culturales y deportivos. Todos ellos vivían, en definitiva, una vida tranquila, algo de lo que no podían presumir todos los compañeros de profesión del policía.

Con todo, Francisco José López recuerda algunos episodios que, cuando apenas era un niño, no terminaba de comprender: “En algunas ocasiones se vivían momentos violentos en el pueblo -apunta-. Nos quemaron el coche un año antes de que mataran a mi padre. Siempre he asumido cuál era su profesión y que vivíamos en un pueblo complicado”.

El asesinato tuvo lugar el 19 de abril de 1995. Ese día, el policía Eduardo López Moreno había planeado entrar en el cuartel abandonado de la Guardia Civil en Endarlatsa. Según había comentado, su propósito era recoger algunos materiales del edificio desvencijado para utilizarlos en labores de carpintería. Sin saberlo, se dirigía al mismo lugar en el que un comando de ETA había colocado un artefacto compuesto por cinco kilos de amerital. El propósito de los terroristas, previsiblemente, era que la bomba estallase al paso de algún agente de la Benemérita que todavía rondaba el enclave.

“A veces sueño con el momento en el que mi padre entra en el cuartel”, reflexiona Francisco José. “Imagino que soy yo el que entra y que es a mí a quien le explota la bomba”. La detonación alcanzó de pleno al agente y murió en el instante. Los agentes que inspeccionaron el escenario reconocieron la identidad de la víctima gracias a la alianza de boda que encontraron en la estancia.

Un crimen que cayó en el olvido

El mismo día en el que explotaba el artefacto contra Eduardo López Moreno, ETA protagonizaba en Madrid otro episodio que se llevó todas las portadas de los periódicos: el presidente del Gobierno, José María Aznar, era víctima de un atentado de la banda terrorista que pretendía acabar con su vida. En esta ocasión, los terroristas hicieron estallar otra bomba con treinta kilos de amosal al paso del coche del político. La deflagración, que provocó el derrumbe de una casa cercana y que acabó con la vida de su inquilina -Margarita González Mansilla-, no pudo con el blindaje del vehículo. Sus tres ocupantes -Aznar, el conductor y un escolta- resultaron ilesos.

El intento de asesinato del presidente del Gobierno relegó a un segundo plano el crimen de Endarlatsa; un olvido que la familia de Eduardo López Moreno también cree que se produjo desde las instituciones. “Enterramos a mi padre en Córdoba y nos dimos cuenta de que no podíamos volver a Bera -recuerda Francisco José-. Mi madre aguantó hasta junio para no tener que cambiarnos de colegio a punto de terminar el curso. Después nos fuimos a Montilla y tratamos de empezar una nueva vida”.

Con el paso de los años, Francisco José lamenta que nunca se les haya informado sobre cualquier avance en la investigación sobre el caso de su padre: “La primera vez que oí hablar del comando Ibarla fue por la televisión. Lo relacionaban con el asesinato y comencé a investigar por Internet quiénes estaban detrás del atentado. Guardé muchos recortes y artículos, y todas las informaciones apuntaban al comando Ibarla”. Efectivamente, fuentes de la lucha antiterrorista atribuyeron el atentado a este grupo, del que formaba parte Iratxe Sorzabal, ayer detenida en la localidad francesa Saint-Étienne-de-Baigorry. En la operación también fueron arrestados David Pla -con quien Sorzabal constituía la cúpula del aparato político de la banda- y Ramón Sagarzazu, antiguo jefe del aparato internacional, además de una cuarta persona, Pantxo Lopez, acusada de dar apoyo a los terroristas.

“Esta mujer asesinó a mi padre -reflexiona Francisco José-. Ahora espero que cumpla lo que tiene que cumplir. Las circunstancias del atentado fueron un poco extrañas porque no fueron a por él, como hicieron con otras víctimas. Por eso no sé si tendrán pruebas que relacionen a Sorzabal con este crimen o en qué quedará el juicio”.

La maza de Mariano en la nuca de Rodrigo

Rato

Lo recuerdo como si fuera hoy. Era 2001 y acababa de estallar el caso Gescartera. La sospecha del favoritismo, el tráfico de influencias, y tal vez el de maletines, planeaba por primera vez sobre Rodrigo Rato. Era un domingo por la mañana y había acudido, acompañado de mi en aquel tiempo fiel escudero, a la modesta vivienda que el vicepresidente económico compartía aún con Gela Alarco y sus tres hijos pequeños. “Tú tienes dos problemas, Rodrigo”, le dije. “El primero es que todo el mundo cree que eres rico; el segundo, que no lo eres”. Pensé que mi diagnóstico tal vez le ayudaría a desmochar su imagen pública de la soberbia, el oropel y la prepotencia que le caracterizaban, pero no imaginé que en lugar de afrontar ese primer problema se centraría desde entonces con ahínco en resolver el segundo.

Lo recuerdo como si fuera hoy. Era 2001 y acababa de estallar el caso Gescartera. La sospecha del favoritismo, el tráfico de influencias, y tal vez el de maletines, planeaba por primera vez sobre Rodrigo Rato. Era un domingo por la mañana y había acudido, acompañado de mi en aquel tiempo fiel escudero, a la modesta vivienda que el vicepresidente económico compartía aún con Gela Alarco y sus tres hijos pequeños. “Tú tienes dos problemas, Rodrigo”, le dije. “El primero es que todo el mundo cree que eres rico; el segundo, que no lo eres”. Pensé que mi diagnóstico tal vez le ayudaría a desmochar su imagen pública de la soberbia, el oropel y la prepotencia que le caracterizaban, pero no imaginé que en lugar de afrontar ese primer problema se centraría desde entonces con ahínco en resolver el segundo.

Sin embargo, en las notas que tomé tras la cena, mano a mano, de esa misma primavera, en la que me explicó que renunciaba a suceder a Aznar, dando pie a mi desestabilizadora Carta “Rodrigo no quiere”, estaba ya clara cuál era su obsesión dominante: “Después de haber arreglado las finanzas de los españoles, quiero arreglar las de mi familia”.

En su último libro de memorias Aznar sostiene que fue el hecho de que Rato le mandara un recado de tal entidad a través de un periodista lo que abrió una brecha en la relación de confianza e íntima amistad que les había unido durante su larga marcha hacia el poder. Pero también me acuerdo de que, hablando del que todos consideraban su delfín, el Faraón de la Moncloa soltó una tarde una de sus frases lapidarias a través de una infrecuente fisura en su muralla de hermetismo: “Lo malo de Rodrigo es que es él y sus circunstancias”.

Se refería tanto a la turbia gestión de su hermano Ramón Rato Figueredo al frente de un conglomerado empresarial que incluía constructoras -Padilla, Riesgo-, una importante empresa alimentaria -Aguas de Fonsanta-, hoteles y emisoras de radio, fruto de concesiones públicas, como sobre todo a la sombra de lo ocurrido con su padre Ramón Rato Rodríguez-San Pedro, detenido y encarcelado en los años 60 tras la quiebra del Banco de Siero, en medio de un gran escándalo social. Esa especie de maldición familiar debió estar en la mente del ídolo caído durante las horas de su tan efímera como aireada detención del jueves.

Ilustración: Javier Muñoz
Ilustración: Javier Muñoz

A medida que los hechos conocidos van perfilando un itinerario cada vez más escandaloso de huida hacia adelante en pos de una fortuna que sustituyera a la dilapidada por su familia, adquieren más significado las actitudes de Rato en aquellos primeros episodios que hace quince años pusieron a prueba la consistencia ética del primer Gobierno del PP. Mientras Aznar consideró intolerable que su amigo Juan Villalonga se enriqueciera con las stock options de una compañía recién privatizada, Rato lo defendió hasta el último momento alegando que había creado valor para la compañía y que esas eran las reglas del mercado. Cuando estalló el caso Alierta, que desembocaría en la absolución por prescripción de un delito de información privilegiada que, con otro cómputo, habría llevado a la cárcel a quien hoy sigue siendo el hombre más poderoso de España, Rato se puso decididamente de su lado, blindándole frente a cualquier consecuencia política. Luego resultaría que el propio Alierta y Emilio Botín le devolverían con creces los favores de su etapa en el Gobierno, ayudándole a remendar los rotos familiares y colocándole dadivosamente en sus consejos. ¿Quién dijo clientelismo de alto standing?

Pese a esos lances en los que ya iba exhibiendo una conciencia más bien laxa respecto a la ética del capitalismo, Rato salió del Gobierno en 2004 con la gran aureola de haber sido el artífice de la entrada de España en el euro que había traído la recuperación económica primero y la prosperidad después. Su distanciamiento final de Aznar y sus discretas objeciones al apoyo de la invasión de Irak hacían incluso de él una clara alternativa de futuro al ortopédico liderazgo de Rajoy. Cada vez que acudía a un acto del partido, temblaba el misterio.

Su irresponsable espantada, al abandonar tres años después por “motivos personales” la dirección del Fondo Monetario Internacional que Aznar y Zapatero le habían conseguido en comandita por razones de Estado, reveló ya sin embargo una inquietante pérdida del sentido de las obligaciones de la vida pública. Así fue emergiendo poco a poco el perfil hasta entonces oculto de un Rato egoísta y poco escrupuloso, ávido de remuneraciones y haberes, obsesionado por ejemplificar la máxima de su predecesor Carlos Solchaga y ganar el mayor dinero posible en el menor tiempo imaginable.

“Su distanciamiento final de Aznar y sus discretas objeciones al apoyo de la invasión de Irak hacían incluso de él una clara alternativa de futuro al ortopédico liderazgo de Rajoy. Cada vez que acudía a un acto del partido, temblaba el misterio”.

Sólo esa pérdida del sentido de los límites explica episodios tan poco edificantes -tengan o no consecuencias penales- como los lucrativos contratos de ida y vuelta con el banco de negocios Lazard o la desaforada escalada de gastos lúdico-suntuarios con la tarjeta black en sus días finales de Bankia. Este hombre se había vuelto loco, diría la sabiduría popular. Loco de avaricia, loco de afán de acaparar patrimonio, loco de fiebre por consumir lo mejor y lo más caro.

Su error garrafal fue pretender aunar ese delirio lucrativo con una base de poder que le mantuviera en el candelero político como era la presidencia de Cajamadrid. También ahí jugó temerariamente a las siete y media y se pasó con creces de frenada. Si en lugar de buscar tamaño para crear un megabanco a su mayor gloria, sin importarle apenas la calidad de los activos que, con la complicidad del Banco de España, engullía, se hubiera conformado con ser el segundo violín de la fusión con la Caixa que promovían Rajoy y Guindos, ahora presidiría un gran grupo industrial y seguiría forrándose de forma menos turbulenta.

No se dio cuenta de que todo, su brillantez, su leyenda, su temperamento, su chulería, su alta exposición al riesgo, hacían de él un chivo expiatorio perfecto, de sus propias culpas y de las ajenas, para el supuesto de que las cosas vinieran mal dadas y fuera necesario escenificar un escarmiento. No en vano comparé hace tres años la forma en que Rato fue descabalgado de Bankia con el modo implacable que César Borgia -el duque Valentino que tanto impresionaba a Maquiavelo- tenía de desembarazarse de quienes le incomodaban. Con lo que Rato sin duda no contaba es con que, después de tal apuñalamiento, el Gobierno de Rajoy -qué tiempos aquellos en los que Mariano veía en Rodrigo todo lo que le hubiera gustado ser- desenterraría su cadáver para matarle de nuevo con estrépito.

En el relato de esta saga/fuga nadie encontrará simpatía, comprensión ni menos aún condescendencia, fruto de nuestra larga relación. Rato no es el primero ni será el último al que veo de cerca perder la cabeza y la mera hipótesis de que quien durante tanto tiempo exigía con tanto celo que los demás pagáramos impuestos, haya podido incurrir en el delito de evadirlos, produce una especial repulsión. Pero tampoco es posible callarse ante la obscena carrera en pelo que ministros y altos cargos del PP protagonizaron el jueves por la noche para alancear al moro muerto. Máxime cuando su mortaja tuvo todas las características de las producciones teatrales de un poder capaz de lo que sea para perpetuarse.

Es imposible separar lo sucedido de los malos augurios que para el PP arrojan los sondeos de este año electoral por quintuplicado. De igual manera que hace dos primaveras convenía encarcelar preventivamente a Bárcenas y tirar la llave al mar para paliar el impacto de los sobresueldos en Génova y los SMS de Rajoy, ahora convenía tratar con la máxima dureza posible a Rato para acallar el creciente escándalo de la amnistía fiscal -40.000 millones blanqueados para recaudar apenas un 3%- en el marco de la impunidad de la corrupción. Era inevitable que viniera a la memoria el precedente de lo ocurrido cuando el entonces fiscal de Madrid Mariano Fernández Bermejo encarceló a Mariano Rubio, también por presunta evasión tributaria, para que Felipe González pudiera alardear en una programada rueda de prensa de rigor ante los afines que se apartaban del buen camino.

Pocas cosas hay tan desmoralizadoras como que un ex-gobernador del Banco de España o no digamos un ex-vicepresidente económico puedan defraudar a Hacienda. Pero aun más dañino para los valores democráticos resulta presenciar el linchamiento público de un Ecce Homo arrojado por el Gobierno a los pies de los caballos de la opinión televisada. Ya vivimos algo similar hace unas semanas con Juan Carlos Monedero cuando sus sospechosos chanchullos venezolanos permitieron a Montoro utilizar sus datos como contribuyente para dictar sentencia pública por anticipado.

“La imagen del agente de la policía aduanera agarrando con saña por la nuca a Rato ante las cámaras, como si se tratara del más peligroso de los criminales, una piltrafa humana, la peor escoria de la sociedad, de violador para arriba, nunca se habría producido si ese funcionario no hubiera creído estar agradando a sus superiores”.

María Peral acaba de aportar en este blog detalles clave de cómo la Agencia Tributaria decidió remitir el expediente de Rato -y sólo el de Rato, de los otros 705 investigados nadie sabe nada- a la Fiscalía de Madrid cuando Anticorrupción le dijo que la investigación estaba “verde”; de cómo se decidió presentar una denuncia por tres graves delitos en el turno de guardia tras la filtración a Vozpópuli -de nuevo un medio digital les moja la oreja a los tradicionales-; y de  cómo un fiscal sugirió al juez que procedía dictar orden de detención durante el registro. La conclusión de sus fuentes judiciales es rotunda: “Detrás de esto hay una mano política”. O sea, la típica operación de control de daños a través de un auto de fe ante “el tribunal de la plebe, al que se entrega al individuo para ser descuartizado”, como denuncia aquí mismo Liaño.

La imagen del agente de la policía aduanera agarrando con saña por la nuca a Rato ante las cámaras, como si se tratara del más peligroso de los criminales, una piltrafa humana, la peor escoria de la sociedad, de violador para arriba, nunca se habría producido si ese funcionario no hubiera creído estar agradando a sus superiores. Tampoco las declaraciones concertadas de los ministros Montoro, Catalá, el vicesorayo Ayllón y el viceportavoz Gallego, compitiendo por hacer leña del venerado roble, tumbado por el rayo. Sólo falta encontrar al aprendiz de Bruto que cual nuevo Hernández Moltó pronuncie la definitiva sentencia fisionómica: “Míreme a los ojos, señor Rubio… Míreme a los ojos, señor Rato” .

El pasado fin de semana, sin que viniera a cuento de nada, Rajoy dijo en su discurso ante los candidatos del PP a las autonómica que en su entorno “hay manzanas podridas como en todas partes”. Sabía de lo que hablaba y sabía lo que iba a ocurrir porque cuando la lanza de la opinión pública impacta en el pecho del Estafermo y le hace girar en derredor, sólo él puede darse cuenta de contra qué espalda va a impactar por pura inercia la maza del brazo tonto de la ley.

El del sábado 11 de abril fue también el discurso en el que Rajoy metió la morcilla que le salió del alma, identificando a los votantes del PP como “seres humanos normales”. Quizá convenga saber que cuando un periódico norteamericano le pidió que definiera al hombre “normal”, el criminólogo Cesare Lombroso contestó: “Buen apetito, trabajador, aferrado a sus costumbres, misoneísta -o sea, refractario a las novedades-, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal doméstico”. Y quizá convenga saber que eso dio pie al psicólogo argentino José Ingenieros a desarrollar su teoría del “hombre mediocre”. Volveremos sobre ella pero quede aquí este apunte: “El hombre mediocre juzga a los hombres como los oye juzgar. Reverenciará a su más cruel adversario si este se encumbra; desdeñará a su mejor amigo si nadie le elogia… No viven su vida para sí mismos sino para el fantasma que proyectan en la opinión de sus similares… Pueden practicar el mal por inercia y el bien por equivocación… Cuando se arrebañan son peligrosos”.