Por qué Zapatero no ha participado en la campaña catalana

Zapatero

Está apagado o fuera de cobertura o, lo que es lo mismo, “dolido” y viajando con la nueva ONG que preside, lejos de la trascendental campaña electoral catalana. Pero los problemas de agenda no son el único motivo de su ausencia.

Fue ante una muchedumbre y en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Acompañando sus palabras de versos en catalán de Miquel Martí i Pol y al lado de Pasquall Maragall, José Luis Rodríguez Zapatero pronunció la frase:

“Apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán”.

Era noviembre de 2003, a tres días de las elecciones que alumbrarían el tripartito de PSC, ERC e ICV. Zapatero proponía, como hoy Pablo Iglesias, echar a Artur Mas, que se presentaba por primera vez como cabeza de lista, y a CiU de la Generalitat que la hoy extinta coalición ocupó durante más de dos décadas. Era, según él, el paso previo a desalojar del Gobierno meses después al PP y a Mariano Rajoy, que sería el candidato a La Moncloa.

Hoy, Zapatero está apagado o fuera de cobertura o, más bien, decepcionado y viajando con la ONG internacional Instituto de Diplomacia Cultural, con sede en Berlín. A diferencia de Felipe González, el último jefe del Ejecutivo socialista no ha participado en la campaña electoral catalana. Fuentes de su entorno explican que fue invitado por Miquel Iceta, el líder del PSC, pero no aceptó la oferta argumentando problemas de agenda. Sin embargo, en la decisión ha pesado mucho la imagen actual del expresidente, que se siente “dolido” y decepcionado por lo que considera una manipulación de su gestión.

“Zapatero puso de acuerdo a todos, también los nacionalistas de CiU y a ERC, para un nuevo estatuto que podría haber resuelto el problema para los próximos 20 o 30 años”, razonan estas fuentes. El recurso ante el Constitucional y su fallo, envuelto en la polémica, frustraron esa esperanza que tanto aplaudía Maragall en el Palau Sant Jordi. La sentencia de 2010 es considerada a menudo como el punto de inflexión tras el que el independentismo dejó de ser residual para convertirse en relevante en la sociedad catalana. Y Zapatero, al que le incomoda que le reproduzcan su frase, es considerado “como parte del problema, cuando en realidad lo fue de la solución”, agumentan sus próximos. Por si fuera poco, la inversión en Cataluña de los Gobiernos de Zapatero “fue altísima, al contrario que la del PP”, señalan, algo que no se está teniendo en cuenta.

Una mala relación con Ferraz

La relación del expresidente con Pedro Sánchez es un factor adicional que explica su insólito silencio. El actual líder del PSOE está desplegando una intensa actividad en Cataluña, en la que muchos ven un intento por fabricar una imagen de presidenciable que se vería contaminada por la presencia de sus antecesores en las riendas del partido.

Sánchez se ha desmarcado de la reforma de la Constitución que abanderó Zapatero en el verano de 2010, a pesar de que entonces votó a favor. Desde Ferraz, se reprocha al expresidente su cercanía a rivales internos como Eduardo Madina o recientemente Juan Segovia, el candidato a liderar el PSOE en Madrid que perdió en primarias frente a Sara Hernández, preferida por Sánchez.

Alfredo Pérez Rubalcaba tampoco ha estado en la campaña al serle imposible participar en la fecha que le propusieron, según confirman desde el PSC. En cualquier caso, fuentes cercanas a Rubalcaba y Zapatero destacan que, en caso de haber existido un gran interés por la presencia de ambos, no habrían faltado a la cita. “Cuando se quiere, se puede”, resumen. Desde la Ejecutiva de Ferraz, en cambio, se descarga en el PSC la responsabilidad de invitar a los que han sido primeros espadas del socialismo español, a pesar de que estaban llamados a compartir escenario con el actual líder del partido.

Estas ausencias contrastan con la gran presencia que ha tenido González en la campaña, compartiendo mitin este miércoles con Sánchez e Iceta y manteniendo una intensa presencia en medios de comunicación, incluyendo una polémica entrevista en la que consideró a Cataluña como nación y un artículo en el que pedía a los votantes que no se entregasen al independentismo.

Zapatero propone un “esfuerzo común y conjunto” para “hacer que las banderas no separen”, “que la diversidad nos una y que caminemos en el convencimiento del progreso”. Se refiere, en un vídeo que aparece en la web de la ONG que preside desde este verano, a los caminos de la diplomacia internacional.

La necesaria revisión de la casta universitaria española

30 abril 2011 página 29 MADRID, 07/06/2010.- Vista general del aula magna de la Facultad de Odontología, esta mañana antes del comienzo de los exámenes de selectividad en Madrid, que este año realizarán cerca de 26.000 alumnos. EFE/Sergio Barrenechea

Es evidente que España se juega mucho en el desafío al Estado de Derecho encabezado por el presidente de Cataluña Artur Mas. Parece impensable que España pueda perder esta batalla, pero deberíamos sacar alguna conclusiones para evitar situaciones similares en el futuro.

Foto: EFE

Es evidente que España se juega mucho en el desafío al Estado de Derecho encabezado por el presidente de Cataluña Artur Mas. Parece impensable que España pueda perder esta batalla, pero deberíamos sacar alguna conclusiones para evitar situaciones similares en el futuro.

Cualquier español pudiera pensar que este duelo podría perderlo nuestro país por simple incomparecencia o, mejor dicho, por dejación de funciones de los partidos políticos de ámbito nacional, partidos que supuestamente deberían representar el interés general.

En esa dejación de funciones destacan por igual PP y PSOE. Sin embargo, es un innegable mérito del ‘zapaterismo’ habernos devuelto a las dos Españas, reabriendo una vieja herida que ya pensábamos cicatrizada como resultado del acuerdo entre fuerzas políticas de la Transición.

No podemos entender el ‘zapaterismo’ como un fenómeno accidental, sino como el resultado de plasmar en la esfera política los prejuicios de la elitista, oligárquica y endogámica burocracia española, en concreto, de la casta universitaria de la que provenía el propio Zapatero.

Esta casta no presta servicio alguno a la ciudadanía, ya que su propio fin y existencia se orienta exclusivamente a inocular en los estudiantes un veneno contra la empresa privada y la generación de riqueza, arrancando de raíz cualquier posibilidad para desarrollar actitudes personales encaminadas al emprendimiento y promoviendo el deseo de convertirse en funcionarios.

¿A quién rinde cuentas de su trabajo el funcionario? O, en el ámbito universitario, ¿quién mide o evalúa el resultado de la tarea docente? España, como el resto de las sociedades occidentales, ha de estudiar con detenimiento el funcionamiento de su burocracia con el fin de transformarla en una herramienta al servicio de la sociedad.

Parece que no hemos aprendido que cuando la meritocracia se aleja del horizonte y el injusto igualitarismo castiga a los mejores, bloqueando cualquier posibilidad de un beneficio proporcional al esfuerzo y al riesgo, acabamos en la situación de paupérrima miseria a la que nos llevó el comunismo. 

Son el riesgo de fracaso y la incertidumbre (propios del mundo privado) los elementos que crean el ambiente adecuado para el progreso. El hecho de que algo pueda salir mal nos asusta y nos lleva a hacer todo lo que está en nuestra mano para que ese resultado adverso no se produzca. El esfuerzo, la reflexión y la creatividad surgen en contextos de incertidumbre y el hecho de que las cosas puedan cambiar nos activa para sobrevivir.

Sin embargo, el diseño burocrático y endogámico de la universidad (véase el sistema de elección de los profesores, el sistema de promoción interna, el de financiación y evaluación, su escasa interrelación con el mundo de la empresa…) ha inmovilizado su funcionamiento, impedido su dinamismo y alejado a sus miembros del mundo real, convirtiéndoles en los agentes sociales que más animadversión sienten ante la variación del status quo. No sorprende que no tengamos universidades punteras, ya que viven en un universo paralelo, estático e inamovible, donde la meritocracia y la creación de soluciones viables a los problemas reales han quedado relegadas al rincón del olvido.

Es necesario analizar los resultados de 30 años de función pública en democracia para proceder a implementar cambios que generen beneficios para la sociedad, convirtiendo la docencia en un motor del desarrollo económico nacional, ya que de esa actividad provienen las conductas que generan actitud y mentalidad empresarial, génesis de la creación de riqueza.

Sin duda, la casta funcionarial universitaria no va permitir dejar de adoctrinar a nuestros jóvenes, dado que supondría el fin de la izquierda trasnochada que aun campea por las aulas. Pero sin ese cambio se mantendrá ad eternum la contienda de las dos Españas.

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Pedro Francisco Muñoz Lorite es abogado

Diccionario satírico burlesco (XIV)

La penúltima entrega del glosario de Anna Grau discurre entre la V de Vanguardia (La), el diario de la familia Godó, y la Z de ZP, el presidente que destapó la caja de los truenos al comprometerse a aceptar el Estatuto que le enviara Pasqual Maraggall, extremo que no fue posible. 

Vanguardia, La

A la vez más y menos que el gran periódico catalán. Lo mejor y lo peor. Alfa y omega de la prensa. Leyenda con luces y sombras, algunas que quitan el hipo. Tuvo que ser un director andaluz, Modesto Sánchez Ortiz, quien catapultara lo que inicialmente era un diario de avisos del puerto de Barcelona a algo digno de figurar en la cartelería histórica del modernismo. Cuando la dirigía Gaziel La Vanguardia fue incautada y reconvertida en órgano oficial de la Generalitat. Los propietarios originales, los Godó, no volvieron a serlo hasta la victoria de Franco. Impertérritos aguantaron entonces que les dirigiera el invento lo mismo Luis de Galinsoga que Manuel Aznar -abuelo de José María-, que les cambiaran el nombre de la cabecera y hasta que les obligaran a saltarse retroactivamente ediciones. ¿Se repite la historia, del derecho o del revés? A día de hoy nadie se incauta directamente de nada, no está bien visto, pero bueno, hay subvención o no la hay. De ahí el súbito y sorprendente entusiasmo de esos mismos Godó por lanzar una edición en catalán y hasta un editorial conjunto con todos los demás periódicos del vecindario. Hubo un tiempo en que se afirmaba que para entender la apasionante complejidad de Cataluña había que leer La Vanguardia. Empieza a ser más verdad al revés: si no eres catalán muy acérrimo, La Vanguardia aburrrrrre….¿volvemos a ser el diario de avisos del puerto?

World Trade Center

El de Barcelona, el de Barcelona, no el otro… aunque está cerca de ser declarado zona tan catastrófica como en su día lo fue el de Nueva York. Hablamos de un parque empresarial emblemático junto al frente marítimo, precioso y con firma arquitectónica ilustre. Una especie de Museo Guggenheim de Bilbao, pero en Barcelona y dedicado a la empresa y no al arte. A no ser que se considere un arte perder dinero. Tantos miles de metros de oficinas, de servicios, de hoteles, inaugurado todo con la mejor buena voluntad en 1999, y ahora boqueando, luchando por sobrevivir y por dejar de ser un monumento a la desinversión. Y a la pérdida de esperanza financiera en una ciudad que presumió de ser locomotora económica de toda España.

Xènius

El más famoso de los nombres de guerra de Eugeni D’Ors, uno de esos complicados personajazos catalanes que la patria tiene problemas para encajar en su panteón porque por un lado era eminentísimo, el padre del noucentisme, y por el otro… ¡se pasó con armas, bagajes y convicciones al franquismo! Es una jugada que se repite suficientes veces a lo largo de la atormentada historia intelectual catalana como para hacerse una, quizás, alarmante pregunta. La misma que en plan retórico lanzó Jordi Pujol en uno de sus mitines en los 90: “¡Hay gente más lista, más brillante que nosotros! ¡Pero nadie ama a Cataluña como nosotros!”. ¿Por qué será?

Yoda (Pujol)

“El tamaño no importa. Veme a mí. ¿Por mi tamaño me juzgas? ¿Hmm? Hmm. Pues hacerlo no deberías. Pues mi aliada es la Fuerza, y una poderosa aliada es”. Son palabras que en el episodio quinto de la saga Star Wars (El Imperio Contraataca) oye Luke Skywalker de la boca de Yoda, ese pequeño pero dicharachero jedi de increíble parecido físico con Jordi Pujol. La broma ha sido constante y recurrente desde que se estrenó esa película. Quien esto firma casi se come una vez las escaleras del Casino de Madrid al vislumbrar cómo unos periodistas de Telecinco tomaban planos de Pujol blandiendo feliz una espada de luz de juguete. Quien fue molt honorable ha sabido siempre sacar un inteligente partido de su limitada apostura y estatura. Durante muchos años eso le valió para sugerir subliminalmente, o no tanto, que él era un pobre David rodeado de Goliats. A los que se iba comiendo uno tras otro como cocos de un videojuego. Nada más hace falta recordar la espectacular conversión a la Fuerza de aquellos que una vez gritaron “Pujol, enano, habla castellano”. Dicho esto, en las distancias cortas Yoda-Pujol no ha carecido nunca de una sorprendente capacidad de seducción. Marta Ferrusola (a la que se atribuye la ascensión en política del único personaje más bajito que Pujol, el conseguidor Lluís Prenafeta, posteriormente procesado y mandado a Alcalá Meco junto a Macià Alavedra, bien es verdad que en virtud de un sumario instruido por Baltasar Garzón…) se plantó una vez en el programa de radio de Odette Pinto para exigir que cesaran ciertos rumores de amoríos extraconyugales porque, de ser cierto todo lo que se contaba, su marido sería “un Superman”.

ZP

Todavía no se sabe con absoluta seguridad qué fue primero, si el huevo o la gallina; si José Luis Rodríguez Zapatero o Pasqual Maragall, dos personajes, sépase de una vez, que jamás han tenido ni la más mínima química personal. Ni siquiera esa famosa noche en el Palau Sant Jordi de Barcelona en que el primero prometió dar apoyo al Estatut que el segundo le mandara, así se lo mandara dentro de un cucurucho de churros y con abundante azúcar glasé para disimular. ¿Quién calentó la boca a quién? Todavía hoy se echan los unos a los otros el Estatut de marras a la cabeza y nadie admite tener ninguna culpa de nada: ni los que metieron una pata ni los que metieron la otra. Cataluña salió innecesariamente humillada y escocida, España salió hasta los mismísimos de los catalanes. El Tribunal Constitucional salió como un ogro. Y en cuanto al PP, que Dios se lo pague con muchos florianos y bárcenas. Tanta acumulación de mal karma tampoco puede ser porque sí.

El PPP

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Ahí les tenéis. Fijaos en esos púgiles paradójicamente próximos, en esa pamema de pugna en el pantano, en esa pareja promotora del pánico, en esos pícaros de un poder polarizado…

Ahí les tenéis. Fijaos en esos púgiles paradójicamente próximos, en esa pamema de pugna en el pantano, en esa pareja promotora del pánico, en esos pícaros de un poder polarizado, en ese pertinaz pedrisco de paráfrasis, en esa patota de propaladores de ponzoña, en esos puritanos del punzón y del puñal, en esos parlanchines puteando al personal, en esos perseguidores de plumíferos polémicos, en esa patología popular o populista, en ese priapismo palabrero prendido de la puñetera pantalla de plasma que nos pringa de prosopopeya en el papeo.

“En las próximas elecciones habrá dos opciones: PP y Podemos”. Hacía tiempo que no se descorchaba tanto champagne en la Moncloa como cuando llegó la portada del pasado domingo de El País con esta declaración de Pablo Iglesias. El Estafermo y su indescriptible equipo de colaboradores -el más mediocre que jamás ha acampado por ahí- tenían al fin una expectativa que celebrar. Si la gente termina por creer eso, estamos salvados. Incluso a María Dolores de las Mentiras se le apartó fugazmente el vinagre de la faz.

Camino de consumir la mayoría absoluta más yerma de la historia de la democracia -hasta su preterido patriarca pregunta si de verdad quieren ganar-, el partido del Gobierno no tiene de hecho otra estrategia para el vertiginoso año electoral en ciernes sino el estímulo del miedo a la banda del Coletas. In fear we trust. El eslogan le va a Rajoy como anillo al dedo. Son tantos sus fracasos, traiciones e incumplimientos que sabe que lo único que puede sacarle de los pies de los caballos de las urnas es que los ciudadanos acudan a votar embargados por un sentimiento más fuerte que la irritación y el ansia de desquite.

Nada le beneficiaría tanto como que un nuevo Ramiro de Maeztu pudiera revalidar aquel atroz diagnóstico de la topografía política de hace un siglo: “Ahí las tienen ustedes, son dos Españas, contrarias, antagónicas, colocadas frente a frente”. Nada como ese frentismo cainita podría favorecer a un egoísta incompetente empeñado en rehuir toda asunción de responsabilidades políticas. Nada como el fantasma revolucionario de las expropiaciones, las ocupaciones de fincas, el reparto de la propiedad y la riqueza, los impuestos estratosféricos, la suspensión de pagos del Estado, el corralito financiero, los topes salariales… para que una aturdida clase media se tapara la nariz, soslayara la cuestión previa de la corrupción y los SMS que le dieron amparo y viera un valor refugio en este PP inmovilista y romo.

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“…el presentido pluralismo primaveral es suplantado por la pasmosa pareja pragmática de polka, pericón o pasodoble…” | Ilustración: JAVIER MUÑOZ

De ahí que la consigna mediática haya sido dramatizar el irrelevante encuentro del retirado Zapatero con Iglesias.  Si Podemos sigue comiendo terreno a los socialistas gracias a los dos metros de apolínea torpeza del pobre Pedro, vaya poste, y llega a ser percibido como aglutinante de una izquierda rupturista -mira por donde quienes tanto clamaban contra el bipartidismo intentan ahora coprotagonizarlo- desencadenaría la carambola anhelada por el gurú de los sobresueldos en B: la voladura del centro como espacio para el voto útil. Tras el error autodestructivo de Rosa Díez, sería más fácil bloquear así el ascenso de Ciudadanos, presentándola como la opción escapista, poco menos que testimonial, de quien toca el violín mientras los bárbaros acampan a las puertas de la ciudad.

De igual manera que un PP en cuya primera línea sigan atrincherados los cooperadores necesarios de Bárcenas, ungidos por los santos óleos de su caja negra, supone un regalo inagotable para Podemos -he ahí la quintaesencia purulenta de la casta-, cuanto más cumpla la guardia de corps de Iglesias con el arquetipo de los jóvenes airados dispuestos a llevarse lo que sea por delante, mejor que mejor para los populares. Si después de que su ninfa sevillana haya propuesto abolir la Semana Santa al modo de los exaltados del Trienio, uno de ellos remedara a Romero Alpuente para proclamar que la “guerra civil es un don del cielo” o a Alvaro de Albornoz para ensalzar el “derecho a la barbarie”, habría repique de campanas en la calle Génova y hasta un Te Deum en el Ministerio del Interior.

Tras su yerma mayoría absoluta, Rajoy no tiene otra estrategia para el vertiginoso año electoral en ciernes sino el estímulo del miedo a la banda del Coletas. In fear we trust”.

Poco ha durado, es cierto, la alegría en la casa del pobre. La ortopédica sonrisa bruñida a toda prisa para la Convención de este fin de semana se les trocó a los marianistas en agrio rictus cuando las fauces de Soto del Real regurgitaron a su cuate y tesorero sano, salvo y cabreado como un oso estepario herido, poniendo el foco en lo que Rajoy le escribió desde la Moncloa. Ese no era el guion. El guión era convertirle en el Hombre de la Máscara de Hierro. En un ciego, sordo y mudo que no recordara ni su propio nombre. Para eso llevaba camino de los dos años como preventivo y no me resisto a reproducir aquí los dos párrafos de prosa psicodélica con los que el director de la cárcel le denegó el mes pasado su solicitud de mantener conmigo una “comunicación ordinaria” a través del locutorio, advirtiendo que prácticamente cada línea contiene gérmenes tóxicos para la sintaxis que pueden causar daños irreparables a la salud gramatical del lector:

“El presente acuerdo se ha adoptado por razones de Seguridad y buen orden del Establecimiento. Don Pedro José Ramírez Codina ostenta de forma pública la condición de Periodista y ha efectuado numerosos artículos e intervenciones sobre la persona de usted, la última realizada a Pedro Aparicio en el medio digital prnoticias.com el día 25 de noviembre del presente”.

“La instrumentalización de la comunicación solicitada tiene en los medios audiovisuales una importante repercusión mediática que favorece y provoca intereses económicos incitadores para otros internos a introducir objetos e instrumentos prohibidos con mecanismos de reproducción y grabación como ya sucediera con el medio televisivo la Sexta y la emisión de imágenes de usted y otros internos en distintas actividades regimentales”.

¡Santa Madonna! Hay que reconocer que la paella de paridas de tal ponencia no desmerece de su prosa de palinúrido parapléjico. Cuando la leí me pregunté si más que por puto periodista pericoloso no me habrían tomado por cirujano: de ahí que el director del penal coligiera que después de aquella “intervención” de amígdalas que a mí me costó el rótulo y a Bárcenas la libertad, tal vez pretendiera extraerle ahora unos cuantos cálculos renales. Tranquiliza, eso sí, saber que quien hable con el colega Aparicio -de la nota se deduce que también pasó por mi quirófano- no puede hacerlo con Bárcenas, que cuanto sale en los medios tiene “repercusión mediática” -cráneo privilegiado- y que no hay nada como una autorización reglamentaria para que enseguida se vulnere el reglamento.

“¿No sería bueno que se comenzasen a emplear en los Ministerios a gentes que por lo menos supiesen ya leer y escribir?”, se preguntaba a comienzos de 1836 en El Español nuestro pontífice, padre y padrino Mariano José de Larra ante una deposición análoga del Director General de Correos. Claro que también reprochaba pocos días después a los actores del Teatro de la Cruz que utilizaran expresiones como incensantementeojebciones o prespectiva, instándoles a cuidar el idioma “sobre todo en noches en que haya público”. Pues eso: dígale, señor director de la cárcel de Soto, a su Director General de Prisiones que le diga al Secretario de Estado, que le diga al Señor Ministro que cuide el dictado de sus arbitrariedades a través de la cadena de mando, sobre todo en días en que lo vaya a leer alguien.

“¿Tiene motivos Rajoy para temer a Bárcenas?”, me preguntó Jesús Cintora en la primera conexión en directo que hizo con la redacción de EL ESPAÑOL colándose por una rendija del boicot de los sorayos. “A quien tiene motivos para temer es a los electores”, le contesté ipso facto. Y no tuve tiempo de añadir -seguro que habrá pronto ocasión- que su último salvavidas son los de Pablemos, que diría FJL.

¿Se imaginan el padecimiento, la pelagrosa pesadilla de tener que vivir en una España en la que hubiera que elegir entre el PP del plegadizo pasmarote y la pantera pendenciera de Podemos?”.

Algo juega un tanto inesperadamente a favor de este presidente pánfilo y panarra, de este parsimonioso y pamplinero papamoscas que más que perezoso es pamposado en su pachorra. Y es que detrás del parloteo de Pablo Pueblo, más allá de la pelambrera y la perilla del profeta también aflora la picara pandereta patrañera. ¿En qué se diferencia la reacción de Iglesias avalando la “honorabilidad” de su hasta ahora pareja Tania Sánchez de la de Rajoy respaldando, mientras pudo, a Ana Mato, excepto en que en Rivas-Vaciamadrid no pastan los jaguares? ¿Qué distingue la negativa de Errejón y sobre todo de Monedero a dar un paso atrás cuando han sido descubiertos -buen trabajo el de El Plural– en situaciones que son la antítesis de la ejemplaridad, de la bunquerización equivalente de aquellos a los que llevan tantos meses azotando?

Frente a la perfidia purulenta de otro Pablo -Escobar- se formó en la Colombia de los 90 una sorprendente amalgama de terrorismo antiterrorista autodenominada los Pepes. Eran los “perseguidos por Pablo” que incluían tan extraños compañeros de cama como los paramilitares, el cartel de Cali o altos mandos de la Policía. Aquí y ahora, si el parto de la prestidigitadora prodigiosa no lo remedia y el presentido pluralismo primaveral es suplantado por la pasmosa pareja pragmática de polka, pericón o pasodoble que forman el plúmbeo y provecto pinchaúvas y el proteico pimpollo proletario, la cacofonía tartamudeará hacia los Pepepes: penosos, pragmáticos postizos… patosos, papagayos, pollastres… pazguatos, petulantes, pedestres.

Dice la académica Inés Fernández Ordóñez que el sonido de la “p” es “uno de los primeros fonemas que adquieren los niños al aprender a hablar y uno de los últimos que se olvidan en los procesos de afasia o de pérdida del habla”. Pero una cosa es que esa letra colonice el  idioma por doquier y otra que nuestra preciosa poligamia política quede engullida por tan pobre y paródico paraguas. ¿Se imaginan el padecimiento, la pelagrosa pesadilla de vivir en una España en la que hubiera que elegir entre el PP del plegadizo pasmarote y la pantera pendenciera de Podemos?

Afortunadamente, como señala el difunto gran poeta y también académico Ángel González Muñiz hay otra consonante -sólo esa- con más capacidad de arrastrar vocablos que la “p”. Se trata de la “c”. La “c” de la cordura, la “c” del centrismo, la “c” de la ciudadanía.

El Manifiesto del Ateneo

“Nosotros somos nuestra patria”: el texto que establece las bases de lo que será la línea editorial de EL ESPAÑOL.

Vuelvo al Ateneo ya como socio de la “docta casa”. Si Azaña habló en su famoso discurso de 1930 de las tres generaciones del Ateneo refiriéndose a la de los Alcalá Galiano y Martínez de la Rosa, a la de los Castelar y Juan Valera y a la suya propia, con Ortega y Unamuno entre sus puntales, pronto podemos identificar a otras tres generaciones y yo me sentiré muy honrado de haberme incorporado a la sexta.

Conste mi agradecimiento a estos tres grandes columnistas que me han acompañado hoy. Por lo que han dicho aquí pero sobre todo por lo que han dejado escrito a lo largo de los años. Gistau, Jabois y Ussía encarnan la mejor tradición del periodismo literario español: la de la excelencia en la escritura. En sus textos reverbera la prosa de Azorín y de Ruano, de Bonafoux y Fernández Flórez, de Camba y de Umbral… He tenido la suerte de haber contado en El Mundo con Gistau y Jabois -dos centauros del desierto con cabeza de literato, cascos de reportero y corazón indomable- y la desdicha de no haberlo conseguido con Ussía, pero a cambio me ha elegido para presentar su nueva entrega de la saga de Sotoancho. El lunes habrá pues partido de vuelta en el Palace.

Umbral prologó el primer volumen de mi antología de Cartas del Director publicado en 2005 cuando se cumplieron 25 desde mi nombramiento al frente de Diario 16. Este segundo volumen recoge textos publicados durante nueve años más hasta mi destitución como director de El Mundo en enero de este año. La selección atañe pues a los años de Zapatero y Rajoy en la Moncloa aunque no los abarque por completo.

Si se titula Contra Unos y Otros no es tan sólo porque mi obra refleje la función adversativa consustancial al periodismo; no es tan sólo porque yo siempre me haya sentido, al modo de Montaigne, “gibelino entre los güelfos y güelfo entre los gibelinos”; no es tan sólo porque el perro guardián tenga que ejercer su labor de vigilancia, gobierne quien gobierne.

No, si se titula Contra Unos y Otros es porque durante este concreto periodo de tiempo, como le escribía Larra a su director Andrés Borrego el año anterior a su suicidio, “constantemente he formado en las filas de la oposición. No habiendo un solo ministerio que haya acertado con nuestro remedio, me he creído obligado a decírselo así claramente a todos”.

Es cierto que si nos atenemos a la reacción personal de Zapatero y Rajoy frente a esas críticas, me ha tocado vivir una gran paradoja.

Un líder de izquierdas, al que no respaldé casi nunca y al que critiqué con gran dureza casi siempre, dio un ejemplo de tolerancia y fair play, aceptando las reconvenciones más severas como parte de la normalidad democrática, manteniendo conmigo una buena relación personal, rayana a veces en la intimidad, a sabiendas de que siempre me tendría enfrente en asuntos clave.

En cambio un líder de centro-derecha, para el que pedí tres veces el voto y al que acogí con claras muestras de apoyo, rompió todos los puentes, que él mismo había tendido con interesado ahínco durante su larga travesía del desierto, en cuanto llegó al poder y recibió mis primeras críticas; y se lanzó ferozmente a mi yugular, en cuanto vio comprometida su supervivencia política por sus SMS de apoyo a Bárcenas, publicados en la portada del periódico. De hecho fue él y no yo quien quedó retratado para siempre cuando me coceó en aquel bochornoso pleno del 1 de agosto de 2013.

Pero que mi relación personal con Zapatero fuera excelente y con Rajoy haya devenido de mal en peor, hasta simas sólo habitadas hasta ahora por el señor X, no es algo que concierna demasiado a los ciudadanos, ni siquiera a mis lectores, pues este volumen es la prueba de que a la hora de escribir lo que cuentan son los hechos de quien gobierna y no si intenta matarte a besos o a base de puñaladas traperas.

Durante esta última década de la vida de España he estado Contra Unos y Otros -he sido muy crítico con los gobiernos del PSOE y con los del PP-, porque ni unos ni otros han mejorado ni la calidad de nuestra democracia ni los fundamentos de nuestra economía. Por el contrario han sido años, siguen siéndolo, de decadencia y retroceso.

No digo que todo lo hayan hecho mal. Zapatero amplió los derechos de las minorías y Rajoy hizo una razonable reforma laboral. Pero en conjunto han creado más problemas de los que han resuelto y han provocado que las esperanzas e ilusiones de una sociedad que comenzó vigorosamente el siglo XXI se hayan trocado en decepciones y frustraciones.

Nunca he disparado al bulto. Todas mis críticas han tenido fundamento y han sido expuestas razonadamente.

He estado Contra Unos y Otros porque ni los unos ni los otros han sido capaces de impulsar la economía, crear empleo digno de tal nombre y ofrecer oportunidades en España a la gran mayoría de los jóvenes.

He estado Contra Unos y Otros porque ni los unos ni los otros han reformado la administración, renunciado a ningún privilegio y recortado el gasto público lo suficiente como para permitir respirar y desarrollarse a las pequeñas y medianas empresas, a los autónomos, al sector privado, a los profesionales, a las clases medias en suma.

He estado Contra Unos y Otros porque unos y otros han preferido hacer el ajuste crujiendo a impuestos a los españoles de hoy e hipotecando el futuro de los españoles de mañana con sus déficits desmesurados, con su vertiginoso y temerario endeudamiento público.

He estado Contra Unos y Otros porque unos y otros se han plegado a los intereses de ese autonombrado Gobierno en la sombra que bajo la denominación de Consejo de la Competitividad ha sustituido a los oscuros poderes fácticos del pasado y ejerce como inquietante grupo de presión para decidir el futuro de la política, de la economía y de los medios de comunicación.

He estado Contra Unos y Otros porque ni los unos ni los otros han tratado con la dignidad que merecían a las víctimas del terrorismo etarra, asumiendo sin pestañear e incluso fomentando la excarcelación de los más infames asesinos y la legalización de la rama política de la propia banda terrorista sin que mediara antes ni su disolución, ni la entrega de las armas, ni el arrepentimiento, ni la petición de perdón, ni nada de nada.

He estado Contra Unos y Otros porque ni los unos ni los otros, han movido un dedo, se han molestado un ápice, han puesto absolutamente nada de su parte para impulsar el esclarecimiento de todas las lagunas, incógnitas, errores fácticos y falsedades moleculares que contiene la sentencia del 11-M, la mayor masacre terrorista cometida nunca en España, el acontecimiento que interrumpió nuestro auge y extravió nuestro rumbo.

He estado Contra Unos y Otros porque unos y otros han incubado, fomentado y protegido la corrupción en su seno, permitiendo por un lado que decenas y decenas, centenares y centenares de políticos en ejercicio se convirtieran en bandoleros y beneficiándose simultáneamente de mecanismos de financiación ilegal que han adulterado una y otra vez el juego democrático. Albarda sobre albarda, oprobio sobre oprobio. Cuantos se beneficiaron en las urnas de ese latrocinio organizado y esas trampas sistematizadas no deberían tener la desvergüenza de volver a comparecer ante ellas.

He estado Contra Unos y Otros porque unos y otros han destruido la independencia del Poder Judicial, interviniendo en los nombramientos o sanciones de los jueces a través de sus comisarios políticos en el CGPJ, destruyendo el principio del juez natural, blindándose desde su condición de aforados frente a las investigaciones por corrupción, manipulando incluso las comisiones de servicio de los jueces para quitarse de encima un instructor incómodo.

He estado Contra Unos y Otros porque ni los unos ni los otros han sido capaces de responder con la inteligencia y contundencia política necesaria al desafío separatista, impulsado desde una institución del Estado como la Generalitat de Cataluña. Una institución del Estado que ha puesto medios y recursos públicos al servicio de la destrucción de España ante la apatía, abulia e incluso complicidad del poder central.

Y sobre todo, y en consecuencia, he estado Contra Unos y Otros porque ni los unos ni los otros han sido capaces de ofrecer a los españoles ese “sugestivo proyecto de vida en común” que demandaba Ortega y que hoy necesitamos perentoriamente como cauce y estímulo de nuestro “patriotismo constitucional”.

Vivimos tiempos excepcionales. Todos estos ingredientes conforman una situación crítica para la Nación que deberá canalizarse a través del proceso democrático. En 2015 habrá elecciones municipales y autonómicas, tal vez elecciones catalanas anticipadas y finalmente elecciones generales.

De cara a este año decisivo conviene no confundir los síntomas con la esencia del problema. El auge del otrora larvado separatismo catalán es un síntoma, pero el problema es España. La irrupción de una fuerza política como Podemos que está poniendo en jaque aspectos clave de nuestro modelo de sociedad es un síntoma, pero el problema es España. El problema vuelve a ser España o más concretamente la falta de una política capaz de proporcionar estabilidad y prosperidad a la Nación, capaz de aglutinar y movilizar a los españoles entorno a los valores democráticos, capaz de asentarlos en su “morada vital” que diría Américo Castro, capaz de rentabilizar su “herencia temperamental” que replicaría Sánchez Albornoz.

Fue todo un símbolo, todo un mensaje del destino que Adolfo Suárez, el único líder de la transición que devolvió gran parte del poder acumulado por el Estado durante la dictadura a la sociedad, falleciera el mismo 23 de marzo en que se cumplía el centenario del famoso discurso de Ortega en el teatro de la Comedia: Vieja y nueva política.

Hoy como hace cien años España necesita una nueva política que ponga fin a la vieja política que ha noqueado económica y vitalmente a tantos ciudadanos y ha colocado a la propia Nación contra las cuerdas. Y eso plantea tres preguntas candentes: ¿qué hacer?, ¿cómo hacerlo? y ¿para qué hacerlo?

Respecto al qué en mi opinión estamos ante una cuestión transideológica, ante un desafío previo al debate entre izquierdas y derechas, pues se trata de cambiar las reglas del juego para que los ciudadanos, tanto si se sienten socialistas como liberales, recuperen el control sobre sus destinos. Se trata de volver a dotar de contenido a los derechos de participación política que desde el inicio de la Transición han venido siendo usurpados de manera paulatina por las cúpulas de los partidos. Ésa es la devolución que necesitamos y reclamamos a la partitocracia, a la cupulocracia, desde este Ateneo, a ras de calle.

Hay que hablar con toda claridad. Es muy difícil, casi imposible, que la nueva política pueda brotar de las madrigueras en las que siguen atrincheradas las comadrejas de la vieja política. El milagro del arrepentimiento y la redención por las buenas obras siempre es posible. Pero será eso: un milagro, una excepción. La nueva política precisa de nuevos políticos y si fuera necesario de nuevos partidos.

Es muy difícil, casi imposible, que la nueva política pueda brotar de las madrigueras en las que siguen atrincheradas las comadrejas de la vieja política”.

En todo caso éste es el rasero por el debemos medir a quienes concurran a las elecciones: el que esté dispuesto a cambiar la ley electoral, a imponer la democracia interna en los partidos, a devolver la independencia al poder judicial, a renunciar a aforamientos y demás privilegios, a predicar con el ejemplo dando un paso atrás ante la menor sospecha de connivencia con la corrupción, a incluir mecanismos de participación ciudadana en el proceso legislativo, ése representará a la nueva política.

El que con los más diversos pretextos eluda pronunciarse rotundamente ante estas cuestiones decisivas, ese representará a la vieja política.

Insisto en que se trata de una cuestión preliminar al debate ideológico. Quienes nos sentimos liberales podemos entendernos con quienes llevan el intervencionismo en la sangre sobre estas reglas del juego. Si González y Suárez, si hasta Fraga y Carrillo pudieron ponerse de acuerdo hace casi 40 años sobre las reglas del juego, no veo ninguna razón para que Albert Rivera no pueda entenderse con Pablo Iglesias, Santi Abascal con Alberto Garzón o un nuevo dirigente que ponga patas arriba la vieja casa del PP con Pedro Sánchez. Eso es lo que pedimos y exigimos a la nueva política: una devolución de poder a los ciudadanos que autentifique y vivifique el proceso democrático.

La segunda gran cuestión es cómo hacerlo y yo, admirador de Tocqueville, historiador de naufragios y desventuras, sigo pensando que el camino de las reformas es mucho más fiable y garantiza mejor los derechos y libertades de las personas que el de las revoluciones. La cuestión es cuál debe ser el calado legislativo de esas reformas y aquí surge el debate sobre la reforma constitucional. ¿Qué hacer con nuestra Carta Magna una vez que la experiencia ha puesto de relieve tanto los enormes aciertos de sus redactores como algunas de sus muy graves equivocaciones?

No hay que tenerle ningún miedo a ese debate. Puesto que todos los principales partidos, menos uno que parece estar en caída libre, proponen cambios en la Constitución es conveniente que las próximas elecciones generales sirvan de cauce a esa discusión y que la próxima legislatura tenga un cariz constituyente o para ser más exactos reconstituyente, en el sentido de que sirva para insuflar un nuevo vigor a un organismo que pese a todos sus achaques sigue estando vivo. Reformar la Constitución, o si se quiere enmendarla, no significa destruirla sino perfeccionarla.

Al final todo dependerá de la correlación de fuerzas que surja de las urnas y del nivel de consenso que se alcance entre ellas. Lo ideal sería que hubiera más de los preceptivos dos tercios del Congreso que respaldaran cambios constitucionales encaminados a mejorar la calidad de nuestra democracia. Pero ese objetivo también puede conseguirse mediante leyes orgánicas e incluso a través de normas de menor rango. Lo mejor no tiene por qué ser enemigo de lo bueno.

El en otras cosas tan superado y arcaico pero siempre brillante Juan Donoso Cortés tenía razón en 1836 al azotar aquí en el Ateneo tanto a los “escépticos” que consideran que “las reformas son inútiles y lo mejor es ni intentarlas” como a los “puritanos que se proponen curar las llagas de las sociedades moribundas con la virtud de una fórmula, a la manera de los mágicos de las pasadas edades que libraban de los espíritus maléficos a un alma poseída, con la virtud de un conjuro”.

Las reformas políticas, incluida la reforma constitucional, no pueden ser concebidas como un atolondrado fin en sí mismo sino como un instrumento al servicio de unos fines. Por eso la tercera pregunta es la decisiva: ¿Reforma constitucional para qué?

Si alguien me dice que quiere reformar la Constitución -tal y como propuso en 2006 el Consejo de Estado- para blindar las competencias del Estado, cerrar el mapa autonómico y garantizar la lealtad institucional de todos los poderes que emanan de ella, yo estoy a favor de la reforma constitucional.

Si alguien me dice que quiere reformar la Constitución para facilitar el cambio del sistema electoral, para condicionar la financiación pública de los partidos a la elección de sus candidatos por sus afiliados o para blindar al poder judicial frente a las intromisiones de los políticos, o no digamos para garantizar la separación entre el ejecutivo y el legislativo mediante un sistema presidencialista como el norteamericano o el francés, yo no sólo estoy a favor de la reforma constitucional sino que me ofrezco a levantar el pendón de ese banderín de enganche.

Ahora bien si alguien me dice que quiere reformar la Constitución para fragmentar la soberanía nacional y convertir a las comunidades autónomas en imaginarios estados soberanos que acceden a federarse adquiriendo la capacidad de disponer unilateralmente sobre su relación con el Estado para repetir, entre tanto, corregidos y aumentados los disparates de las cajas de ahorros, las televisiones públicas y las embajadas en el extranjero, entonces yo estoy en contra de esa reforma constitucional.

No quiero una reforma constitucional que acomode y de más poder a los territorios, es decir a las corruptas y caciquiles élites políticas que los gobiernan”.

Y no digamos nada si alguien me dice que quiere reformar la Constitución, no ya para reconocer y regular hechos diferenciales como la lengua propia o la insularidad, sino para dotar de mayores derechos políticos a algunos de esos estados federados en función de su capacidad de coacción separatista, sumando al dislate de la fragmentación el de la desigualdad, alegando que de lo que se trata es de “facilitar el encaje” -ésta es la expresión bobalicona de moda- de una parte de España en el resto, como si el Estado fuera el mecano de un aprendiz de brujo… Si es para eso, yo no quiero que se reforme la Constitución. Si es para eso que la Virgencita y las Cortes Generales nos dejen como estamos.

Yo no quiero una reforma constitucional que acomode y de más poder a los territorios, es decir a las corruptas y caciquiles élites políticas que los gobiernan; yo quiero una reforma constitucional que acomode y dé más poder a los ciudadanos.

Hoy por hoy estamos lejos de la acumulación de fuerzas necesaria para alcanzar ese objetivo. La concentración del poder político, económico y mediático ha asfixiado la disidencia en los partidos, ha narcotizado al perro guardián del periodismo y ha entontecido con la esquemática superficialidad del duopolio televisivo a gran parte de la sociedad.

Por eso reitero que es la hora de los Ateneos como foros de debate y de participación cívica. En lugares como éste debe volver a escribirse, como dijera en su día Ruiz Salvador, el “borrador de la Historia de España”.

Y si es la hora de los Ateneos también es la hora de la prensa independiente. “Es imposible que un pueblo que sabe llegue a ser tiranizado”, aseguró en esta misma tribuna el gran líder progresista Joaquín María López.

Los problemas que nos ha creado la tecnología nos los está resolviendo la tecnología. Los gobiernos y sus aliados económicos son capaces de controlar a los medios tradicionales -bautizados por los anglosajones como legacy media, la herencia del pasado- abusando del derrumbe de su modelo de negocio. Pero asisten impotentes al desarrollo del nuevo ágora electrónico, al que cada vez concurren más y mejores proyectos editoriales.

No anticipemos acontecimientos. 2015 será el año más importante de mi carrera periodística. Nunca pensé verme de nuevo en esta tesitura, pero si los dados han rodado así, si éstas son las cartas que me ha deparado la fortuna, ahí estaré desde el 1 de enero, asumiendo por tercera vez el envite, revitalizado por el contacto con mis cada vez más jóvenes compañeros.

Una cosa tengo clara y es que en defensa del derecho a la información de los ciudadanos seguiremos estando contra unos y otros, contra éstos, aquéllos y, por supuesto también contra los de más allá. Todos sabemos que hay quienes se erigen en portaestandartes de la derecha y portaestandartes de la izquierda, quienes se presentan como portavoces de los catalanes y quienes se presentan como portavoces de los andaluces, quienes se erigen en heraldos de la Revolución y quienes explotan el miedo al cambio de los más inmovilistas. ¿Pero quién defiende transversal y desinteresadamente al conjunto de los españoles como votantes, como administrados, como consumidores… como ciudadanos dotados de derechos políticos, económicos y sociales?

Ese es el papel de la prensa plural e independiente. Esa nuestra tarea, nuestra obligación, nuestro desafío. Recordar todos los días a los españoles, mirándoles a la cara desde el ordenador, la tableta o el teléfono móvil, que como bien dijo el presidente de esta casa, y si empecé con Manuel Azaña acabo con Manuel Azaña, “nosotros somos nuestra patria”. Nosotros de uno en uno, pero todos juntos y con conocimiento de causa.

Esa es la España europea y universal en la que creo -sí: europea y universal-, la patria de la inteligencia de la que me siento partícipe, el proyecto común que anhelo contribuir a regenerar… desde la incertidumbre de la libertad.

Muchas gracias a todos. Después de las doce campanadas tendréis noticias mías.


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[Texto de la intervención en el Ateneo de Madrid con motivo de la presentación del libro Contra Unos y Otros. Los años de Zapatero y Rajoy, 2006–2014].