Corrupción en escena

Daniel Muriel e Ignasi Vidal en Dignidad (foto: Teatros del Canal)

Acaba la función. El público aplaude. Un espectador emocionado se acerca a Ignasi Vidal, uno de los actores protagonistas, y le entrega un papel donde se puede leer una nota escrita a mano: “sí se puede”. Vidal protagoniza Dignidad, una obra sobre la corrupción, ejemplo de que los textos sobre política que hace unos años era imposible encontrar en la cartelera ahora proliferan.

Las obras políticas son cada vez más populares en los teatros de Madrid y Barcelona. Sus dramaturgos, sus directores y sus protagonistas explican aquí las claves de un éxito inesperado.  
Daniel Muriel e Ignasi Vidal en Dignidad (foto: Teatros del Canal)

Acaba la función. El público aplaude. Un espectador emocionado se acerca a Ignasi Vidal, uno de los actores protagonistas, y le entrega un papel donde se puede leer una nota escrita a mano: “Sí se puede”.

Vidal (Barcelona, 1973) no tiene nada que ver con Podemos. Al contrario: acaba de ingresar en la dirección de UPyD para arrimar el hombro en el peor momento del partido. “Algo está cambiando. También en el teatro”, asegura desde los Teatros del Canal, en Madrid. Allí se representa estos días Dignidad, una obra sobre la corrupción que escribió él y que protagoniza junto a Daniel Muriel. Es un ejemplo más de los textos sobre política que ahora proliferan y que hace unos años era imposible encontrar. La corrupción ha llegado al escenario.

El líder de un partido que aspira a gobernar a España se reúne después de un día de trabajo con su número dos, un secretario de Organización que conoce de primera mano las entrañas de la política. En su conversación aparecen muestras de lo peor de la profesión: las comisiones ilegales, las luchas intestinas, la ambición sin límite y el abismo con la realidad de la calle. En la producción hay detalles muy cuidados, como el vídeo de la entrevista que hace la periodista Esther Palomera o un mitin tan habitual en la política real como cínico en su contenido. Sobrevolando el argumento, la referencia clave al concepto romano de dignidad: el prestigio de ser un ciudadano honrado.

“Llega un momento en el que muchos políticos se transforman, no recuerdan ya por qué se metieron en ello. Me apetecía contar esa desnaturalización que se vive en España. Es mi primera obra sobre la política. Y cada vez hay más autores que buscan el teatro como una manera de contar la realidad más inmediata y cambiarla”, asegura Vidal. Sin ir más lejos, Un trozo invisible de este mundo, un drama político de Sergio Peris-Mencheta y Juan Diego Botto, triunfó en la última edición de los Premios Max de teatro con cuatro galardones, entre ellos el de mejor obra y mejor autor revelación.

Durante años ha habido sequía de títulos así. Albert Boadella, director artístico de los Teatros del Canal, lo explica por el síndrome de “la Europa del bienestar”, que coincide en España con la época posterior a la Transición. Según dice, ha habido un “tributo de vasallaje” por el apoyo de los gobiernos a las artes. “Aunque ha sido positivo, tiene contrapartidas. Se mide cualquier ataque, cualquier riesgo de perder ese favor institucional”, lamenta Boadella, cuya compañía durante décadas, Els Joglars, es uno de los más máximos exponentes del teatro político e incómodo.

“El teatro prefirió ocuparse de otros asuntos, de la psicología, la metafísica o la sociología. Sólo así se explica que en España todavía no se haya hecho una obra de teatro verdaderamente importante sobre el terrorismo de ETA”, asegura. Mientras tanto, el teatro político se ha centrado en clásicos como William Shakespeare, Antón Chéjov o Samuel Beckett.

También el modelo de negocio está cambiando. En Madrid y Barcelona hay cada vez más salas medianas y pequeñas que no reciben subvenciones y se apuntan a la política o la denuncia social. En Madrid destaca el Teatro del Barrio, dirigido por Alberto San Juan. “Más que teatro político, se trata de teatro periodístico, con una voluntad informativa. A través del teatro queremos explicar lo que ha pasado en este país en estos años”, señala San Juan.

Cuando la ficción se queda corta

San Juan cita a Ruz-Bárcenas, una de las obras más celebradas del Teatro del Barrio, como exponente de esa corriente dramática. “El director, Jordi Casanovas, me escribió un correo electrónico proponiéndome la idea. Quería hacer una obra sobre corrupción. Necesitaba escribir, pero la ficción se le quedaba corta, así que decidió tomar un trozo de la realidad: la declaración de Luis Bárcenas ante el juez Pablo Ruz”. En la obra no hay nada añadido, nada que no se hubiera dicho. Y el resultado es una obra que oscila entre la comedia, la performance y el drama. “La realidad es ya suficiente”, justifica San Juan.

Pedro Casablanc como Luis Bárcenas (Foto: Teatro del Barrio)

Casanovas es también el autor de Pàtria, la obra “más importante hecha sobre el proceso independentista”, en palabras de Andreu Gomila, periodista y poeta. Allí el aumento de producciones políticas llegó “hace unos dos años”, pero ha derivado hacia dramas más sociales, según Gomila, que es también director de la revista Time Out Barcelona. Ejemplos destacados son la serie Tot pels diners (Todo por el dinero), que se interroga en el Teatre Lliure sobre lo que cualquiera está dispuesto a hacer por dinero. También New Order, en la sala Fly Hard, un drama explosivo sobre las consecuencias de la crisis.

“Los autores tienen ganas y obras escritas, pero hasta ahora el interés de las grandes salas y de la audiencia ha sido pequeño”, señala Gomila. En ello tiene mucho que ver una tradición de teatro contemporáneo menos arraigada que en otros países. “Tras todo esto está la pregunta sobre si el teatro debe servir sólo para entretener o para algo más”, plantea.

Para Boadella, obras como estas sirven para agitar las conciencias de un perfil concreto de espectador. “El teatro siempre ha sido un espectáculo de minorías. En el mayor teatro de la Roma clásica cabían 8.000 personas. En el Coliseo entraban 100.000. El espectador de teatro es influyente. Es una élite que puede cambiar las cosas. Por eso es importante que se hagan estas apuestas”.

El modelo del Teatro del Barrio es justo el contrario. Su obsesión es hacer teatro asequible y atractivo para todo tipo de público. “Después de la Transición, un período lleno de vida, la sociedad ha pasado 30 años despolitizándose. Explosiones de conciencia como el 15-M nos han demostrado que tenemos que reflexionar sobre estos asuntos. No es que el teatro haya estado fuera de la política. Es la sociedad la que ha estado fuera”, dice San Juan.

“Si hay algo que no se perdona en España es el compromiso político, y menos de un actor”, dice Vidal. “Pero estas obras pueden hacernos entender que los políticos no son sino un reflejo de la sociedad”. Y esa sociedad “tiene un problema grave con la corrupción como hace 30 años lo tenía con la seguridad vial, aunque no fuera percibido como tal”, según dice Boadella.

Mientras apura las últimas funciones de Dignidad, Vidal no cierra la puerta a una obra sobre otro sector que también vive su convulsión: el del periodismo.