Las cinco lecciones de la campaña

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Acaba de terminar la campaña más importante para Cataluña desde 1980. Aquí van cinco lecciones de dos semanas de mítines, debates y momentazos.

¿Cómo votarán los catalanes? Una predicción del 27S a partir de las encuestas

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El próximo domingo se celebran unas elecciones transcendentales en Cataluña y muchas preguntas permanecen abiertas: ¿logrará Junts pel Sí una mayoría absoluta? ¿Quién será la segunda fuerza? Aquí Kiko Llaneras aborda esas preguntas usando un modelo estadístico de predicción. 

También en EL ESPAÑOL:

El promedio de las encuestas. El primer paso para la predicción hecha en este artículo.

Así son los catalanes que votarán el 27S: una radiografía en cinco gráficos. Una radiografía de los votantes del 27S según su edad, su origen, su nivel de estudios o su renta.

Radiografía de los votantes españoles (I). Donde María Ramos y yo analizamos la edad, profesión, nivel de estudios y la clase social de los votantes del PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos.

Radiografía de los votantes españoles (II). Una radiografía similar a la anterior pero que responde otra pregunta: ¿cómo es la ideología de los votantes de cada partido?

Acaba de terminar la campaña más importante para Cataluña desde 1980. Aquí van cinco lecciones de dos semanas de mítines, debates y momentazos.

1. Los ‘shows’ cuentan.

El icono de la campaña será Miquel Iceta. Empezó bailando y acabó bailando. Son detalles a veces inocuos pero que han dado un foco a Iceta que, por ejemplo, Ramon Espadaler de Unió no ha logrado. Otros partidos criticaron su banalidad, pero vieron rápido que sonaban gruñones. ¿Hubo un asesor que pidió a Iceta que bailara? Probablemente no. La naturalidad fue su victoria: Iceta baila y cuando baila lo da todo. El mitin de final de campaña del PSC tenía el eslogan de “Ven a bailar con Iceta” y el hashtag #Icetalopeta.

Hubo también lenguaje de indios: “Grandes jefes venir reserva catalana para decir a indígenas lo que conviene votar”, dijo Artur Mas. Se refería a los líderes de PP, PSOE y Podemos y pedía para ellos “un corte de mangas”. Pablo Iglesias le respondió con una parrafada en indio. Sus mejores metáforas fueron “coleta morada”, “gran jefe plasma” y “pájaro naranja”. Las bromas llegaron a twitter.

Puede ser que algún mote quede. Pablo Iglesias no se conformó con este lenguaje. También se lanzó a versionar a Krahe. El baile de Iceta tuvo más éxito.

El tercer show fue el más serio. En la fiesta de la Mercè en el Ayuntamiento de Barcelona hubo una pelea de banderas. Aquí se cuenta bien qué pasó. Todos acabaron por pedir disculpas. Hay shows tan ridículos que pueden ser arriesgados. Pero la lección no es ésa sino esta otra: los votos se ganan de maneras muy distintas.

GRA487. BARCELONA, 23/09/2015.-El candidato a la presidencia de la Generalitat por la CUP, Antonio Baños, interviene en el acto político que se celebra esta noche en Cornellà de Llobregat (Barcelona), de cara a las elecciones del 27S. EFFE/Toni Albir
EFE/Toni Albir

2. Algunos líderes mueven (aún) pasiones.

Miquel Iceta destacó por su baile. Luego en los debates fue serio, pero era uno más. Si hubo alguien que destacó en la dialéctica fue Antoni Baños, de la CUP. Baños tiene ese aspecto de yo pasaba por ahí. Como si estar en la tele rodeado de famosos no fuera con él. Excepto los equilibrios sobre la investidura, ha hablado con poco control. Baños bromea con los periodistas (recuerda que lo fue) y coleguea con todos. Es difícil que Baños caiga fatal y que (más allá de ideologías) no se piense que es el tipo más normal. Si la CUP mejora aún más sus perspectivas, su candidato habrá tenido un peso.

Los otros líderes fueron resultones pero ninguno logró destacar con consistencia.

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3. Los líderes no autonómicos también mueven votos.

Ciudadanos y Catalunya Sí que es Pot han jugado con dos equipos. Los titulares (Inés Arrimadas y Lluís Rabell) han tenido unos sustitutos que han jugado casi más: Albert Rivera y Pablo Iglesias. El objetivo obvio de ambos es que sus votantes identifiquen a sus partidos con ellos.

Todos los candidatos de estas elecciones eran nuevos. Pero la marca previa de Ciudadanos y Podemos luce de momento más que la otras siglas tradicionales. El mejor modo de recordarlo a los votantes es que sus lideres estuvieran en todas partes. Eso explica su ubicuidad.

4. Las preguntas importantes siguen sin respuesta.

La lista que logrará más votos (Junts pel Sí) dio a estas elecciones un tono épico: “El voto de tu vida”. Veníamos de lemas como “ahora o nunca” o “ha llegado la hora”. Si Cataluña puede independizarse el día 28 de septiembre de repente, los ciudadanos que dudan debían tener más respuestas: ¿seguirían siendo españoles y europeos? ¿El euro sería aún la moneda y los bancos no tendrían problemas? ¿Las pensiones estarían garantizadas? ¿La liga sería solo catalana? Las preguntas no son aún sobre la calidad del “país nuevo” sino sobre la viabilidad de una transición.

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El problema catalán en 21 fichas 

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Las preguntas, al menos, han empezado a debatirse. Las disputas han sido cada vez más concretas y serias y culminaron en el debate entre Oriol Junqueras y el ministro García Margallo. Pero sigue sin saberse nada con certeza total. Unos insisten en que es obvio que irá bien porque no puede ir de otro modo y que sería absurdo poner trabas en el siglo XXI. Otros insisten que todo irá mal porque a quién se le ocurre levantar fronteras en el siglo XXI. Pero no hay nada pactado. La comunidad internacional no asumirá un cambio inmediato, definitivo pero con alfileres el 28 de septiembre.

A pesar de la épica y con una metáfora que usó Maiol Roger, de El País, en una charla en la radio, ahora “estamos en cuartos de final”. Quien gane pasará a semifinales. Las preguntas aún abiertas necesitan respuestas. Las respuestas necesitan que los votantes las reflexionen. La campaña electoral de las generales no será un momento de pausa para hablar, pero quizá luego sí. Sólo quizá. El año 2015 prometía sacudidas. Pronto todos tendremos ganas de que termine.

GRA444. OLOT (GIRONA), 14/09/2015.- El presidente de la Generalitat, Artur Mas, asiste a un acto de campaña de Junts pel Sí en Olot. EFE/Robin Townsend
Robin Townsend / EFE

5. El ‘president’ más probable no ha bajado del bus.

Estas elecciones tenían un tema principal y no era la gestión del último Gobierno. Se ha comentado mucho la jugada maestra de Mas para seguir si las encuestas aciertan como president sin tener que hablar mucho de recortes, corrupción o deuda. La lista de Junts pel Sí se mueve con otros códigos, llenos de deseos y emoción, pero lejos de políticas públicas específicas. No les que tocaba ahora, ha sido el argumento.

En junio el partido de Mas caía en las encuestas. La gestación de esta lista fue difícil. Hubo unos días en julio en los que la “lista sin políticos” ganó peso y Mas dudó si dejar que hicieran la lista sin él, como cuenta este magnífico reportaje de Crític. Al final se impuso y es probable que le salga bien su jugada: seguir de presidente. Si sólo le hubiera interesado la presidencia, la lista de la sociedad civil tenía mejores perspectivas electorales.

Si optó por este camino es porque no quería sacrificarse aún. Como dijo en una entrevista a Mónica Terribas, “después de todo lo que he hecho puedo pedir una reflexión” y tengo “el pequeño derecho de hacer propuestas”. Su propuesta fue usar a ERC, la Assemblea Nacional de Catalunya y Òmnium. Si no aceptaban, no había elecciones el 27 de septiembre.

También en EL ESPAÑOL:

Lee la serie ‘Espejos de Cataluña’:

El rey de los ‘castells’ / El decano de la Boqueria / La sobretituladora del Liceu / El retratista de la Rambla / El exportador de cava

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Pla y Cambó se citan en el Ritz

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Se instalan cara a cara. Más que su jefe, Cambó es casi su padrino. Hay una gran afinidad de carácter y un tremendo respeto mutuo que ha cuajado en la obra ditirámbica que Pla ha publicado recientemente sobre él. Al ser Cambó elegido diputado en los últimos comicios por Barcelona, se ven con frecuencia. Pero es la primera vez en bastante tiempo que el propio Cambó lo cita, y Pla tiene curiosidad por saber el motivo.

Ilustración: Carlos Rodríguez 

Para esta entrevista era necesario acercarse al Ritz de los años 30 y lo he hecho. Mientras el camarero se aleja, Josep Pla se acomoda en su butaca y lanza una ojeada a su alrededor. Con la apertura de las Cortes, el vestíbulo del Ritz -al igual que el del Palace- está animadísimo. La política vuelve a carburar y las mesas están casi todas ocupadas, con los diputados tomando café o licor o fumando. Por todas partes se ven corrillos discretos de caballeros ataviados de tarde, con trajes elegantes. Reconozco a Santiago Alba, el actual presidente del Congreso, en medio de un grupo de radicales, junto a una de las palmeras de ese jardín de invierno que tanto encandila a las damas de provincias; y  más allá al monárquico Goicoechea. También hay algún que otro hombre de la CEDA y por supuesto la plana principal de la Lliga regionalista catalana, que tiene en el Ritz su centro de operaciones.

Pla, que lleva unos años cubriendo la actualidad parlamentaria para La Veu de Catalunya, está más que familiarizado con todos estos caballeros y sus códigos. Cuando el vestíbulo del Ritz se ve medio desierto, con parejitas sentimentales aquí y allá, es que nada excepcional ocurre. Cuando se llena, algo se está cociendo. Se nota la excitación en el ambiente, en los aires conspiratorios de los corros políticos. Aquí está medio Madrid y también media Cataluña, o por lo menos esa parte de banqueros y empresarios asociados a la Lliga que pulula por los aledaños de las Cortes.

– Aquí tiene, señor Pla.

El camarero le trae un café con leche y media tostada, y Pla se lo agradece. De pronto la señorita de la mesa vecina se vuelve hacia él.

– Perdone, ¿es usted Josep Pla, el cronista de La Veu? Encantada de conocerle. Mi marido está suscrito a su periódico. Soy una sobrina del señor Ventosa –es el parlamentario de la Lliga del que Pla habla mejor–. En fin, sólo quería decirle que le leemos con asiduidad. Los catalanes debemos apoyarnos y más en estos tiempos. Estará usted que trina, con el president Companys en la cárcel y los derechos constitucionales suspendidos. Ésta no es la república que todos queríamos, no señor. No es esto, como ha dicho el señor Ortega y Gasset con gran criterio…

Pla esboza una media sonrisa (“Su tío es un gran parlamentario, perdone un momento”) y aprovecha que aparece Francesc Cambó por el otro extremo del vestíbulo para ponerse en pie. Cambó, que lo busca con la vista, endereza el rumbo. Hombre de poca estatura y seco de carnes, el presidente de la Lliga a sus 50 años todavía no ha perdido esa tensión nerviosa que le caracteriza. Un trabajo metódico y serio lo ha llevado a ser uno de los políticos más valorados y a su edad continúa manteniendo una actividad incesante en Madrid y Barcelona como propagador de las ideas regionalistas. Los años le han agrisado la barba corta; no así la mirada ni la inteligencia. Por el camino saluda a varios conocidos antes de llegar a la mesa donde espera Pla, a quien da un recio apretón de manos.

– Bona tarda, senyor Pla. Siéntese, y perdone que le hable en castellà, pero en los tiempos que corren no pasamos los catalanes por nuestro mejor momento… Es más discreto.

Se instalan cara a cara. Más que su jefe, Cambó es casi su padrino. Hay una gran afinidad de carácter y un tremendo respeto mutuo que ha cuajado en la obra ditirámbica que Pla ha publicado recientemente sobre él. Al ser Cambó elegido diputado en los últimos comicios por Barcelona, se ven con frecuencia. Pero es la primera vez en bastante tiempo que el propio Cambó, siempre bien informado de lo que ocurre entre bambalinas en Madrid, lo cita, y Pla tiene curiosidad por saber el motivo.

– Supongo que se habrá imaginado, dada mi insistencia, que acontece algo excepcional –empieza el político–. Ya habrá notado usted la electricidad que hay en el ambiente, con la apertura de las Cortes. Pues esto no es nada comparado con lo que serán los próximos días…Vamos a tener un otoño más que movido. Tengo noticias de que está a punto de estallar un gran escándalo que salpicará a las más altas instancias de esta República…-dice.

Pero se detiene, porque se acaba de dar cuenta de mi presencia. Pla le explica que hemos quedado para una entrevista y Cambó aprovecha para desaparecer, sin más. Las celebridades del pasado son así. Entonces, cansado del contexto, Pla me propone que salgamos al paseo de Recoletos y mientras lo hacemos se lía un pitillo calmosamente y achina los ojos.

– ¿No sería más lógico entrevistar a Baroja?… Seguramente estará en la cuesta de Moyano, ojeando libros.

– No, le estaba buscando a usted. Me interesa.

– ¿Yo? Soy un escritor catalán, te recuerdo.

– También publica artículos en castellano y dentro de unos años publicará hasta libros.

– Supongo que porque no habrá más remedio… Pero no me va bien este idioma. Está demasiado hinchado para mi gusto, demasiado barroco.

– Hay de todo. Están los Quevedos y están los Barojas. Están los veleros bergantines que van viento en popa, y está Antonio Machado.

Me doy cuenta de que la conversación va a ser complicada, porque a Pla es difícil sacarle de su hurañía, pero lo intento. Le cito a d’Ors, aprovechando que pasamos cerca de donde estará un día su monumento. Sé que es una de sus debilidades.

– Ah, D’Ors. Ha sido el más culto de todos los periodistas de La Veu, y de todos los escritores de la Barcelona de principios de siglo. Nadie, en Cataluña, tenía las lecturas que acumulaba don Eugeni, y yo leía con fruición cada uno de sus artículos durante casi quince años, hasta que dejó Barcelona en el año 20. Eran todos terriblemente nutritivos, sugerentes. Allí había referencias con las que yo construía mi cultura, que me indicaban en qué dirección dirigir mis lecturas.

– También lo frecuentó personalmente en las tertulias de la peña del Ateneo de Barcelona.

– En los años diez, en efecto. Él, Josep María de Sagarra, Francesc Pujols y Alexandre Plana eran, para mí, las personalidades más brillantes de aquella época.

– Es curioso que le haya gustado tanto d’Ors, cuando es un temperamento totalmente opuesto al suyo.  Sus textos están en las antípodas de Pla. Él trabaja con ideas y usted con cosas.

– Yo trabajo con la realidad. Siempre lo digo. Tener opiniones es algo relativamente fácil, pero en cambio una buena descripción… Eso es lo difícil, en literatura. Una descripción de verdad, de una persona, por ejemplo, en la que se vea todo, desde el aspecto físico de los pies a la cabeza, pasando por el efecto que produce, cómo piensa, dónde se posiciona, todo. ¿Cuántas veces se encuentra uno con eso? O un buen paisaje, con todos sus matices. Sólo Azorín ha sido capaz de intentarlo, aunque sea de una manera un tanto aritmética.

– Umbral, uno de sus admiradores, dice que Azorín no sabe coordinar…

– Una crítica malintencionada. Azorín busca una prosa voluntariamente aritmética y es de los pocos, junto con Baroja, que hace sonar el castellano de una manera diferente a la carraca esa barroca y burocrática que tanto gusta aquí.

– A usted, los escritores españoles le respetan. Consideran que hasta en castellano escribe usted bien, a diferencia de Baroja, del que siempre dicen…

– No me gusta que me utilicen para atacar a otros escritores.

– Gusta mucho su adjetivación, y se ha repetido mucho eso de que la literatura está en el adjetivo…

– Es que es cierto.

– Supongo que también estará en el ritmo.

– Es otro de los factores. Pero un adjetivo preciso… eso es una joya. El preciosismo de la literatura está en ese adjetivo. Si Valle-Inclán ha pasado a la historia de la literatura en castellano, es por eso.

– Pero usted no es tan etéreo como Valle. Él podría cerrar los ojos y seguir escribiendo sobre cualquier cosa. Usted en cambio necesita la realidad delante. Usted siempre tuvo los pies en la tierra.

– Yo he necesitado siempre escribir sobre las cosas que tenía delante, sobre lo que he vivido, sí.

– Así escribió sus dos diarios sobre Madrid, su Cartas de lejos y sus libros-reportaje como el que publicó sobre Rusia. Casi estoy tentado a decir que todas sus obras. Son textos muy sencillos pero que funcionan precisamente por esa acumulación de detalles verídicos sacados de la observación. En eso usted siempre ha estado muy cerca de Hemingway.

– Es un gran escritor, ese Hemingway. Es, curiosamente, el único que ha sabido escribir un libro sobre el mundo del toreo como Dios manda. Me ha gustado mucho Muerte en la tarde. Un gran trabajo.

– Cambiemos un poco de tema, ya que estamos aquí. ¿Por qué le gusta tan poco Madrid?

– Porque es una ciudad de tenderos, funcionarios, la villa de recreo de los aristócratas andaluces. Aquí sólo tenéis cortesanos. Es una ciudad con muy poca consistencia histórica. No tiene el pasado medieval de Barcelona. Es una construcción artificial y burocrática que nace a raíz de un capricho de Felipe II, cuando en la segunda mitad del siglo XVI se decide a construir su monasterio –una cosa horrenda, a mi juicio– y escoge la población más cercana como sede conveniente para su corte. Es una ciudad a la que le falta historia. No se la puede equiparar con Londres o París.

– Hubiera sido más lógico que Toledo fuera la capital de España, ¿no es así?

– Eso habría tenido más sentido. De todas maneras, yo la primera vez que llegué a Madrid venía de París, y aquello no se podía comparar. Todo esto resultaba muy pobre y algo triste en comparación. Se supone que una ciudad es la cristalización de un proceso histórico imperial…

– “Imperio”, una palabra muy d’orsiana.

– D’Ors está teniendo más influencia de la que parece, sí. En realidad ha influido más en José Antonio que Ortega. Pero como aquí se le ha leído poco, no se dan cuenta. Decía que una ciudad es la cristalización de un proceso histórico imperial, de un esfuerzo nacional importante, y ahí están las pruebas. Roma, Londrés, París, Viena, son todas la materialización arquitectónica y espiritual de sus respectivos imperios. Pero ¿Madrid? ¿Dónde se siente eso? Parece increíble que esto haya sido la capital de uno de los grandes imperios históricos.

– A lo mejor cuando se la hizo capital, ya empezaba a declinar el imperio… Pero vamos, algo le gustará a usted de esta ciudad. Al menos este paseo sí que le gusta.

– Este paseo es realmente maravilloso. Es lo único que se salva. El Madrid de los Austrias, pase, pero para Galdós. Los barrios bajos, bueno, tienen su personalidad, pero como todos los barrios bajos de cualquier ciudad. Y los barrios modernos son tan anodinos como cualquier barrio moderno. La Gran Vía aspira a ser de un funcionalismo norteamericano sin ningún interés. Pero este ensanche…, esta gran arteria que se abre desde Atocha y que llega hacia el norte, buscando el Guadarrama. El conjunto que forman el Prado, Recoletos y la Castellana, con su arbolado, sus fuentes y bancos, es  sencillamente una maravilla.

– Y está el Prado. La pinacoteca.

– El Prado es un museo que no se merecen los madrileños, ni los españoles. Es, en mi opinión, la mejor pinacoteca del mundo. Ninguna otra, ni siquiera el Louvre, alcanza su categoría. Es el mayor tesoro artístico del país, y solo por el Prado merece Madrid que la visitemos una y otra vez. Esta mañana estuve en él, paseando.

– Como d’Ors.

– ¿Le ha visto?

– No, todavía no porque está ahora mismo en París. Pero lo tengo pendiente. Siempre he pensado que usted y él son como Ortega y Baroja, dos temperamentos opuestos y complementarios. Son ustedes las dos mayores figuras de la cultura catalana de principios de siglo.

– Cataluña es un país pequeño.     

– ¿Quiere usted hablar del problema catalán, en estos momentos? Lo digo porque es una cuestión que va a traer mucha cola… Usted escribió un buen libro sobre el asunto, el que le dedicó a Cambó, muy ditirámbico, por cierto, en el que trazó la genealogía del pensamiento nacionalista catalán…

– El catalanismo, la existencia de Cataluña, no es un problema, como pensáis los castellanos; es una realidad. Aquí, tenéis tendencia a actuar como los ateneístas de nuestro amigo Azaña. Esa gente se reúne, debate los problemas del país, votan una solución, y piensan que el problema, así, estaba resuelto. Y resultaba, claro, que la realidad va por su cuenta y ni se ha enterado. Aquí, en Madrid, lo discutís todo en vuestro Congreso y en vuestros periódicos y vuestras tertulias, y pensáis que así quedan resueltos los problemas… Pero la realidad es muy tozuda.

– De siempre, los catalanes han querido ser muy ingleses a nivel de mentalidad política, muy pragmáticos.

– Es normal. Francia, en cuestión de centralismo, ha sido peor que ningún otro país. Y los catalanes franceses pueden atestiguarlo. En muchos sentidos, están peor que nosotros. Al final, fuerza es reconocerlo, no nos ha ido tan mal con España.

Es una bonita frase de cierre y como veo que Josep está nervioso por volver al hotel, decido despedirme y lo dejo alejándose por entre los plátanos crecidos de Recoletos. Es el autor catalán más importante del siglo XX y, según se aleja, me pregunto qué pensará Artur Mas de su obra. ¿Y de Cambó? ¿Cuánto ha cambiado el catalanismo desde sus tiempos a hoy? Yo diría que poco en lo esencial, pero todo en lo circunstancial. Se diría que han perdido el seny, y sin embargo están más cerca que nunca de su independencia efectiva. El resultado de las elecciones autonómicas nos dirá si todo ha sido un espejismo más o si el proyecto soberanista es una realidad viable, y veremos también si, al igual que en los años treinta, no se ve obligado el Gobierno español a suspender la autonomía. En los tiempos que corren, a mí, por lo menos, ya no me extraña nada.

Por qué el independentismo se ha triplicado en Cataluña en la última década

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Los catalanes que quieren una Cataluña independiente se han multiplicado por tres y en las próximas elecciones del 27 de septiembre las candidaturas abiertamente independentistas aspiran a ocupar la mayoría de los escaños del Parlamento Catalán. ¿Qué hay detrás de este crecimiento espectacular? 

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Durante los últimos años, el independentismo en Cataluña ha experimentado un crecimiento indiscutible. Un movimiento que apenas era capaz de reunir unos pocos miles de incondicionales ha logrado realizar, en pocos años, manifestaciones multitudinarias que han dado la vuelta al mundo. Los catalanes que quieren una Cataluña independiente se han multiplicado por tres y en las próximas elecciones del 27 de septiembre las candidaturas abiertamente independentistas aspiran a ocupar la mayoría de los escaños del Parlamento Catalán. ¿Qué hay detrás de este crecimiento espectacular?

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No se puede descartar que la principal razón del independentismo de Artur Mas sea mantener su influencia política y la de su partido. En las recientes elecciones autonómicas de mayo, sólo dos de los 13 presidentes autonómicos revalidaron la presidencia. Ocurrió en Murcia y en Castilla y León, cuyos presidentes estaban muy por encima del 31 % cosechado por Artur Mas en 2012 e incluso del 38% alcanzado en 2010.

La gestión política de la crisis económica pasa factura, más aún cuando el partido está salpicado por la corrupción por los cuatro costados: Palau, ITV, Adigsa o la confesión de Pujol. Con este panorama, se antoja difícil imaginar que Mas y Convergència hubieran podido seguir gobernando Cataluña sin su reciente conversión al independentismo.

Ahora bien, las razones por las que tantos catalanes apoyan hoy la independencia no pueden confundirse con las de una elite política. Con tal de minimizar el fenómeno independentista, algunos prefieren pensar que se trata de un montaje del president y de TV3. A pesar de que la televisión pública catalana no es un ejemplo de neutralidad y de las innegables aptitudes políticas de Mas, cada ciudadano forma autónomamente sus razones para ser o no ser independentista. Conviene, por tanto, entender esas razones.

Las razones de cada independentista para apoyar un estado catalán son distintas. Además, cada independentista puede tener más de una razón para serlo e incluso alguna razón para no serlo. Hay razones de carácter identitario (quienes no se sienten españoles), razones de carácter instrumental (quienes creen que con la independencia vivirían mejor) e incluso razones de carácter estratégico (quienes apoyan la independencia como una amenaza para lograr mayor autonomía y recursos económicos para Cataluña).

El primer elemento que debemos tener en cuenta es que el independentismo no ha aumentado de forma homogénea entre quienes tienen distintos sentimientos de pertenencia. Sólo ha aumentado significativamente entre quienes se sienten más catalanes que españoles o exclusivamente catalanes. Por norma general, una preeminencia de la identidad catalana parece ser condición necesaria aunque no suficiente a la hora de adoptar actitudes independentistas.

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Sin embargo, la identidad nacional no es algo inmutable. Los catalanes que se sienten sólo catalanes o más catalanes que españoles han experimentado un aumento en los últimos años en detrimento, principalmente, de los que se consideraban tan catalanes como españoles. Es difícil predecir qué puede explicar tales cambios. Pero es probable que los debates surgidos a raíz de la reforma del Estatut cambiaran la perspectiva de algunos catalanes que hasta el momento se habían sentido cómodos con la doble identidad.

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Más allá de la identidad, otro factor a tener en cuenta son las perspectivas que los catalanes tienen de un hipotético estado independiente. El movimiento independentista durante los últimos años ha puesto especial énfasis en los beneficios económicos que tendrían los catalanes en una Cataluña independiente. El razonamiento es meridianamente simple: puesto que Cataluña aporta más a España de lo que recibe, una Cataluña independiente dispondría de mayores recursos y con estos recursos podría invertir más en servicios sociales para los catalanes.

Esta perspectiva, sin embargo, no está exenta de motivos identitarios. Si una Cataluña independiente dispondría de más recursos, es muy difícil argumentar que una España sin Cataluña no dispondría de menos. La identidad nacional y las perspectivas de la independencia no son ortogonales porque la identidad construye el sujeto sobre el que calcular los beneficios económicos de la independencia. Dejando de lado consideraciones de solidaridad, a mayor identidad catalana, menor importancia tiene el efecto de la independencia sobre el resto de España y viceversa. En realidad, incluso cuando se habla de los beneficios económicos de la independencia se está hablando de identidades.

Es difícil saber cómo acabará esta historia. Los votantes sólo consideran relevante la identidad cuando puede ser movilizada para conseguir objetivos políticos y económicos. La incapacidad de los partidos tradicionales y sobre todo de la socialdemocracia europea para dar respuesta a las necesidades sociales en los peores años de la crisis ha hecho más atractivas otras alternativas políticas. El independentismo mantendrá su salud mientras no haya una alternativa política que dé una respuesta más convincente a las necesidades de los catalanes.

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Un suflé muy resistente: tres razones que explican por qué no se desinfla el independentismo catalán

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Hay razones para pensar que el cambio que hemos observado en los últimos años se ha ido consolidando. El independentismo no parece ir en camino de lograr una supermayoría en la opinión pública catalana. Pero tampoco es probable que se retraiga a los niveles previos al proceso soberanista. ¿En qué se sustenta este nuevo equilibrio? ¿Qué nos lleva a pensar que estamos en una fase de relativa consolidación de posiciones?

El Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat empezó a preguntar a los catalanes en 2005 si preferían un estado independiente frente a otras opciones como el federalismo, la autonomía o un sistema regional. Entonces el porcentaje de ciudadanos que preferían la independencia rondaba el 13%. Diez años después, se sitúa alrededor del 40%. En estos años se han producido fuertes turbulencias en la opinión pública catalana, que se ha movido en distintas direcciones contribuyendo decisivamente a una transformación profunda del sistema catalán de partidos.

Sin embargo, al menos en lo que al apoyo a la independencia se refiere, parece que la fase de los grandes movimientos ya pasó. Desde principios de 2013, entramos en una fase de estabilización de la opinión pública, seguida de un moderado descenso de las preferencias independentistas. El desgaste del independentismo, que podemos cifrar en unos cinco puntos desde su nivel máximo de 2013, en ningún caso parece que tenga que devolver las cosas al punto de partida. De hecho, hay indicios que apuntan que en el marco de la campaña del 27S se está produciendo un nuevo repunte del independentismo. Después de un fuerte (y rápido) realineamiento de la opinión pública catalana, hay signos de un período de relativa estabilidad con altos y bajos coyunturales.

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Fuente: CEO. Datos ponderados por el autor para hacer coincidir la composición lingüística (lengua primera) de la muestra con la de la población mayor de 18 años con derecho a voto (basado en EULC 2013)

En un tiempo de turbulencias políticas como el que atravesamos, pueden suceder muchas cosas en los próximos meses o años que rompan este nuevo equilibrio. Pero hay razones para pensar que el cambio que hemos observado en los últimos años, más allá de algunas oscilaciones, se ha ido consolidando. El independentismo no parece ir en camino de lograr una supermayoría en la opinión pública catalana. Pero tampoco es probable que se retraiga a los niveles previos al proceso soberanista. ¿En qué se sustenta este nuevo equilibrio? ¿Qué nos lleva a pensar que estamos en una fase de relativa consolidación de posiciones?

Hay al menos tres razones que nos conducen a formular esta hipótesis. Son tres mecanismos de anclaje de la opinión pública que hacen más difícil el cambio en la opinión pública: el cambio observado en la identificación nacional, la consolidación de posiciones de líderes políticos y sociales, y un proceso de maduración del debate.

1. La identificación nacional.

En primer lugar, si nos fijamos en las encuestas, podemos ver cómo junto con el crecimiento del apoyo a la independencia se ha producido también un cierto cambio, aunque no tan brusco, en algo que hasta hace poco considerábamos muy estable: la identificación nacional de los catalanes. Si en 2005 el 15% declaraba sentirse sólo catalán, este porcentaje se situaba en el 18% en 2011 y se disparó hasta superar el 25% en 2013.

Hasta ahora se pensaba la identidad nacional como algo que cambia muy lentamente, entre generaciones. Por tanto, veíamos la identidad como una causa de las preferencias territoriales. Sin embargo, tenemos evidencias de que las preferencias políticas y territoriales también pueden a su vez influir en la identidad nacional, que resulta ser algo más maleable de lo que se tendía a creer. Que se haya producido este movimiento en la identificación nacional parece sugerir que el cambio de preferencias sobre la relación Cataluña-España ha penetrado en la opinión pública y ha llevado a un segmento de la sociedad catalana a replantearse su propia identidad. Cierto es que tal como ha subido podría bajar de nuevo pero no parece el escenario más probable.

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Fuente: CEO. Datos ponderados por el autor para hacer coincidir la composición lingüística (lengua primera) de la muestra con la de la población mayor de 18 años con derecho a voto (basado en EULC 2013)

2. Los líderes políticos.

Hay que tener en cuenta que no es sólo la opinión pública la que ha cambiado. También algunos partidos y líderes de opinión. Empezando por Convergència i Unió o el propio Artur Mas y siguiendo por destacados miembros del PSC o deportistas, músicos y actores que hoy defienden la independencia. Otros líderes políticos y sociales han ido consolidando sus posiciones en sentido contrario y son pocos los que mantienen aún una cierta ambigüedad.

Estos liderazgos actúan a menudo como referentes para parte de la opinión pública y contribuyen a fijar las posiciones porque se convierten en puntos de anclaje. En estos años han surgido o crecido organizaciones bien estructuradas (desde la independentista ANC a la antiindependentista SCC) que contribuyen a movilizar a sus bases y mantenerlas cohesionadas alrededor de posiciones bien definidas.

3. La maduración del debate.

Y sin embargo sería erróneo pensar que los anclajes de la opinión pública sólo tienen que ver con la identidad o con los liderazgos. A pesar de todo el debate racional, el intercambio de argumentos también contribuye a que una parte de la sociedad tome partido en una dirección o en otra. A medida que pasa el tiempo, el debate sobre la cuestión ha ido madurando. A menudo tenemos la sensación de que oímos los mismos argumentos una y otra vez y que las posiciones parecen ya muy fijadas. Quien era susceptible de cambiar de opinión sobre la independencia ha tenido ya muchas oportunidades para hacerlo. Es decir, de modo natural el espacio para el cambio de posiciones se va reduciendo a medida que pasa el tiempo.

En los términos que usa el politólogo canadiense Lawrence LeDuc, experto en referéndums, hemos pasado de un escenario en 2011-2012 de formación de opiniones sobre un tema que saltó al centro de la agenda política a un escenario de mucha más estabilidad en la que la campaña se convierte en una lucha muy focalizada con un segmento menguante de votantes susceptibles de cambiar de opinión. Lo que Leduc denomina uphill struggle.

Así pues, a pesar de que la prudencia más elemental recomienda abstenerse de hacer cualquier tipo de predicción y más en tiempos de turbulencias como los que atravesamos, existen elementos para pensar que después de la tormenta la opinión pública catalana ha entrado en una fase de relativa estabilidad.

Sólo acontecimientos políticos de gran calado podrían alterar de modo significativo y rápido las posiciones.La hipótesis más razonable es que nos espera un período de pequeños cambios, altos y bajos, más que de grandes sobresaltos como los que hemos tenido estos años quienes seguimos las encuestas de opinión. El independentismo como fenómeno de masas parece que está aquí para quedarse. No parece que le espere un plácido paseo triunfal, pero tampoco es previsible que se deshinche como un suflé en el corto plazo. Tenemos tema para rato.

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Jordi Muñoz es politólogo e investigador de la Universidad de Barcelona.