Siete nombres para huir de Corea del Norte

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Han pasado 18 años desde que cruzó un río helado para llegar a China. Hyeonseo es su séptimo nombre. Significa “la fortuna de la luz del sol” y se lo puso ella misma al alcanzar la libertad. Ahora ha plasmado su vida en el libro La chica de los siete nombres (Península, 2015). 

Reportaje gráfico: Moeh Atitar

Hyeonseo Lee tiene una sonrisa dulce que ni siquiera desaparece cuando la rodean recuerdos de miseria, muerte y represión. Su pelo negro contrasta con un vestido blanco, que acompaña la luminosidad y la decoración sobria de la biblioteca. Habla en inglés, un idioma que siempre creyó “enemigo” hasta que huyó con 17 años de Corea del Norte.

Al explicar lo que supone para ella la libertad, reflejada en los grandes anuncios, las tiendas y los carteles de la Gran Vía madrileña, alza sus brazos intentando abrazar el espacio y gesticula diciendo: “No sabría explicar esa sensación, la de vivir en libertad por primera vez. No es sólo el aspecto de la calle, puede sentirse en el aire, en la naturaleza, en los olores, en las miradas de la gente”.

Han pasado 18 años desde que cruzó un río helado para llegar a China. Hyeonseo es su séptimo nombre. Se lo puso ella misma cuando alcanzó la libertad: “Lo elegí porque no quería volver a las sombras”. “Hyeon” significa “luz del sol”, y “seo”, “fortuna”.

Después de refugiarse en un sinfín de identidades, sufrir interrogatorios y esquivar la deportación durante años, ha plasmado su vida en el libro La chica de los siete nombres (Península, 2015). Ahora recorre el mundo con el objetivo de lograr apoyo internacional para proteger los derechos humanos en su país, que todavía “ama y echa de menos”. Lo que sigue a continuación es su vida según la cuenta ella misma en las páginas del libro y durante nuestra conversación. foto_nc1

Reportaje gráfico: Moeh Atitar

Un ruido atronador

La historia de Hyeonseo arranca cuando apenas tiene cuatro años. Lleva un vestido azul cielo. Ha salido a jugar al terraplén de hierba que hay detrás de su casa. Se sienta en la vía del tren y juega a recoger piedras, dejándolas en su regazo. El suelo húmedo ensucia sus manos de barro y hierba. De pronto, oye un ruido atronador, huele a quemado y no ve nada, tan sólo oscuridad. A gatas, escapa de los bajos de un vagón. Su madre, corriendo, se abre paso entre la multitud y la coge en brazos. Una mujer se acerca y dice: “Sobrevivir a tal accidente es un buen presagio. Tendrás una larga vida”.

No se equivocó. Unos años más tarde, la casa de los Lee ardió en llamas. A Hyeonseo no le pasó nada. Cuando el incendio calcinaba las paredes y el humo se tornaba cada vez más negro, su padre volvió dentro. Temían lo peor, pero consiguió salir con dos objetos rectangulares bajo el brazo: los retratos de los líderes Kim Il-sung y Kim Jong-il.

Hyeonseo creció bajo aquellas miradas, acristaladas y colocadas por imperativo legal en cualquier edificio: “Los marcos tenían que ser el objeto más elevado de la estancia y estar perfectamente alineados. Los limpiábamos con un paño especial proporcionado por el Gobierno que no debía usarse para nada más. Un oficial, con guantes blancos, los revisaba una vez al mes. Si no estaban limpios, se recibía un castigo”.

De niña fue feliz, o por lo menos así lo recuerda. “Creía que todo lo que ocurría a mi alrededor era normal. No sabía que más allá de las fronteras existía un universo distinto”. Hyesan, la ciudad donde vivía, está rodeada por las montañas, que brillan en verano, y en invierno se cubren de nieve. El río Yalu, que la recorre, separa al país de China, que empieza en la otra orilla. Tiene once metros de ancho y no es muy profundo. Cuando bajan las temperaturas, el hielo lo convierte en un puente hacia el contrabandismo o la libertad, como en el caso de Hyeonseo, que lo cruzaría poco antes de cumplir los dieciocho. “Parece que en Hyesan acaba todo, que no hay nada más allá. Por eso la llaman el fin del mundo”.

Las ejecuciones públicas

Cuando tenía siete años, vio su primera ejecución. Su madre la mandó a hacer un recado. Hacía calor, la humedad era desagradable y había algo que emanaba un olor fétido. Las moscas estaban por todas partes. Una masa de gente se amontonaba bajo el puente del ferrocarril. Había un hombre colgado del cuello. Una bolsa de tela cubría su rostro y llevaba las manos atadas a la espalda.

Ya en la educación primaria es obligatorio asistir a las ejecuciones públicas. Hyeonseo recuerda una de ellas: “Había tres hombres atados a una estaca. El juez anunció que los criminales habían confesado sus crímenes y luego les preguntó si tenían algo más que decir. Estaban amordazados, con la boca llena de piedras, supongo que para que no maldijeran al régimen con su último aliento. En el momento de los disparos, colocan a los parientes en primera fila”. Ahora, explica, contar al mundo que esto ocurre es una de las partes más importantes de su mensaje.

El colegio en Corea del Norte entraña muchas obligaciones. Una de ellas, las sesiones de autocensura. “Tenían lugar cada sábado. Asistíamos las cuarenta alumnas de la clase y las presidía la maestra. Por turnos, nos levantábamos para acusar a alguien y confesar algo”. Hyeonseo explica que los coreanos del norte son introvertidos, en gran parte, por miedo a que los delaten: “El ciudadano hace el trabajo del policía. Aprendí de mi madre, desde pequeña, a ser muy reservada, a no coger confianza con aquellos que no eran de mi familia”.

Hasta los 14 años, los alumnos son ‘exploradores’ y protagonizan los juegos colectivos, grandes desfiles que hacen de ellos “unos buenos comunistas”. Preguntada por el objetivo de estas actividades, utiliza unas palabras de Kim Jong-il: “Puesto que cada niño sabe que un solo desliz puede estropear una exhibición colectiva, aprende a subordinar su voluntad a la del grupo”. A partir de los 14, los juegos colectivos desaparecen para dejar paso a la liga de las juventudes socialistas, donde se adiestra militarmente a todos y cada uno de los adolescentes.

Las asignaturas, centradas en la vida de los líderes, la ética comunista y el odio hacia los coreanos del sur y los estadounidenses, contribuyen a crear un pensamiento vengativo: “Nos ponían imágenes de tanques del sur cruzando la frontera, masacrando la población civil. Los ojos se me ponían llorosos, bullía pensando en la venganza y en hacer justicia. Era un sentimiento común”.

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El suicidio y las castas

El padre de Hyeonseo siempre había trabajado en el ejército, pero fue destinado a una empresa comercial, lógicamente en manos del Estado, lo que llevó a la familia a orillas del río, a la frontera con China, adonde el señor Lee tendría que viajar con frecuencia. “Estábamos tan cerca de China que nuestro televisor podía sintonizar sus canales”.

Un día, el padre de Hyeonseo fue arrestado en la frontera. Cinco militares entraron en casa por la noche y buscaron objetos de valor y dinero: “Rompieron las paredes, abrieron el suelo y desmontaron el techo”. Lo acusaban de soborno y abuso de poder. Fue ingresado en el hospital porque le habían dado una paliza. Le obligaban a escribir una confesión. Cuando lo hacía, los militares la rompían una y otra vez al no conseguir lo que querían. Unos días después, el hospital certificó su fallecimiento: “Suicidio con sobredosis de tranquilizantes”.

El sistema de castas que estructura Corea del Norte castiga a los familiares de quienes se quitan la vida tachándolos de “hostiles”, lo que les impide estudiar en la universidad o acceder a un buen puesto de trabajo. “Mi madre sobornó al hospital y consiguió que cambiaran el certificado”.

Con 15 años, y a pesar de los canales chinos de televisión, la música extranjera de contrabando y las luces que brillaban en el país del otro lado del río, Hyeonseo conservaba una inocencia peligrosa: “Creía que me podía quedar embarazada con tan sólo besar a un hombre. Mis amigas pensaban lo mismo. Nos enteramos de la realidad viendo una película ilegal”.

La muerte del dictador

El 8 de julio de aquel año, 1994, Hyeonseo fue al colegio, pero las clases se suspendieron. Enviaron a los alumnos a casa y les dijeron que encendieran el televisor, lo que extrañó a muchos ya que no había emisiones diurnas.

“El gran corazón ha dejado de latir”, dijo la locutora. “Kim Il-sung ha muerto”.

Semanas más tarde, muchos fueron castigados por no haber vertido lágrimas suficientes: “No conseguía llorar. Me humedecía los ojos con saliva y los frotaba. Una chica de mi clase fue castigada, pero tuve suerte”.

Al año siguiente, la gran hambruna comenzó a asolar al país. Aparecieron mendigos por todas partes, sobre todo alrededor de los mercadillos. También había niños vagabundos que iban del campo a la ciudad.

Hyeonseo recuerda las aceras vacías y las personas hablando consigo mismas, alucinando por culpa del hambre. Había cuerpos en el río, boca arriba, que los guardias fronterizos recogían para que no los vieran desde la orilla china. Pero no solo faltaban los alimentos. También escaseaban los fertilizantes.

“Los niños fueron obligados a llevar al colegio sus excrementos para usarlos con este fin”, explica. “Las familias cerraban con llave sus retretes exteriores para que los ladrones no les quitasen lo que pudieran contener”. Hyeonseo empezó a preguntarse: “¿Por qué la gente se muere de hambre? ¿No vivimos en el mejor país del mundo?”.

La muerte por inanición del profesor de acordeón de su hermano o de un ladrón escuálido que no pudo llevarse el televisor de su casa por falta de fuerza son algunos de sus recuerdos de la gran hambruna.

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La huida

Durante el invierno de 1997, poco antes de que Hyeonseo cumpliera los 18 años, una compañera del colegio le propuso cruzar el río hacia China. Las luces de neón del otro lado, los guardias chinos fornidos y uniformados y los niños que no parecían hambrientos picaban su curiosidad. Sabía que si quería cruzar aquél era el momento.

A partir de la mayoría de edad, cometer un delito podía traerle problemas mucho más graves y hubo un detalle que la ayudó: el guardia que cubría el tramo del río más cercano a su casa se enamoró de ella. Llegó incluso a proponerle matrimonio. Su fuerte amistad le animó a cruzar. Sabía que si él la detenía, no correría demasiado peligro.

Ocurrió la segunda semana de diciembre. Era de noche. Hacía frío y sobre el río helado se podía caminar. La nariz quemaba y el vapor del aliento coloreaba la oscuridad. El viento apenas soplaba y el silencio era absoluto. Cuando Hyeonseo llegó al río se encontró con el guardia, al que convenció para cruzar. Así pisó China por primera vez.

“Tenía la idea de visitar a unos parientes. Ni siquiera miré atrás. Pensaba que volvería en unos días”, explica. Ya en casa de sus tíos, a la que llegó acompañada por un contrabandista amigo de su familia, se enamoró de los brillantes colores de la ropa, la música, los anuncios y la libertad. Su estancia se prolongó, celebró allí los 18 años y para cuando se dio cuenta estuvo a punto de casarse con el hijo de unos amigos de sus tíos. “Era un matrimonio de conveniencia”, dijo. “Notaba que todo lo que me pasaba sucedía, sin que yo pudiera elegir. Huí una vez más”.

A partir de ese momento, alternó trabajos en distintos restaurantes. Superó los interrogatorios en comisaría y evitó la deportación. La compra de un documento de identidad en el mercado negro le otorgó la nacionalidad china, lo que le dio tranquilidad y la posibilidad de optar a puestos mejor remunerados.

La libertad no es todo

Mientras tanto, en Corea del Norte, su madre sufría una estrecha vigilancia. Tuvo que fingir la desaparición de su hija, lo que no convencía a las autoridades. A su hermano, después de recibir dinero y objetos de contrabando, le pegaron una paliza, intentando averiguar la procedencia del paquete de su hermana.

La preocupación por la seguridad de su familia y la soledad llevaron a Hyeonseo a la frontera a recoger a su madre y a su hermano, para sacarlos de aquel infierno. Recorrieron China los tres juntos, disfrazados de una guía que acompañaba a dos sordomudos. Ya en la frontera con Laos, donde tenían previsto que la embajada de Corea del Sur les diera asilo político, su familia fue detenida por la policía, que los retuvo tres meses en la cárcel antes de permitirles viajar a Seúl.

– En el libro cuenta que “la libertad no lo es todo”, que incluso estuvo tentada de volver a su país.

– Es cierto. Pagué un precio demasiado alto por la libertad, el de no volver a ver a mi madre, a mi hermano, a mis tíos. Me corroía por dentro. No podía soportarlo. Además, no fui realmente libre hasta que llegué a Corea del Sur. Hasta entonces estuve escondiéndome, pensando en que mi deserción podía suponer los peores peligros para los que todavía estaban allí.

Ese peligro todavía acecha a los familiares de Hyeonseo que viven en Corea del Norte. Por ello, en el libro se refiere a ellos como el tío Cine, la tía Bonita o el tío Rico. Las caras de su madre y hermano, huidos gracias a ella recientemente, aparecen difuminadas por miedo a las represalias.

Hyeonseo ama su país. Desea volver algún día. Ahora lucha por los derechos humanos de quienes no pueden escapar, de aquellos que viven en la sombra, sin saber que “existe un mundo maravilloso, de ciudades preciosas, de sitios por conocer, y de personas tan distintas”.

Sudán del Sur, el último país del mundo

Reportaje en Adior, Sudán del Sur. Reconciliación entre los dinka y los nuer. Los nuer llegaron a Adior huyendo de la guerra en la región de Jonglei. Fotos realizadas en febrero de 2015.

Salva Kiir, presidente de Sudán del Sur, y Riek Machar, líder rebelde, firman un acuerdo de paz que aspira a poner fin a un conflicto que golpea la región desde hace más de sesenta años. En Adior, una aldea de la región de Lagos, los dinka y los nuer -etnias enfrentadas en el conflicto- conviven en un caso único de paz en el país.

En la imagen una niña de Bor, perteneciente a la etnia nuer, desplazada a la aldea de Adior. GONZALO ARALUCE

Salva Kiir, presidente de Sudán del Sur, y Riek Machar, líder rebelde, firman un acuerdo de paz que aspira a poner fin a un conflicto que golpea la región desde hace más de sesenta años. En Adior, una aldea de la región de Lagos, los dinka y los nuer -etnias enfrentadas en el conflicto- conviven en un caso único de paz en el país.

Mary Ayomkou no sabía qué hacer con su gente. Trescientos mujeres y niños la seguían en una marcha sin rumbo, huyendo de los envites de la guerra que desangraba Sudán del Sur. Tras de sí dejaban Bor, la tierra de sus ancestros, sin tener claro dónde dirigirse. Marchar hacia el este, hacia la región de Jonglei donde el conflicto se recrudecía, suponía una muerte segura; por otra parte, el condado de Lagos, al oeste, estaba controlado por la tribu de los dinka, enfrentada con el clan al que ellos pertenecían, los nuer. Apenas tenían comida ni agua y la fragilidad de su existencia amenazaba con resquebrajarse. Sin nada que perder y con las manos vacías emprendieron el camino hacia el oeste, a la tierra de sus enemigos.

El conflicto de Sudán del Sur viene prolongándose desde hace más de sesenta años. Primero, para alcanzar la independencia respecto a sus vecinos del norte, Sudán. El reportero polaco Ryszard Kapuscinski resumía así el espíritu de esta disputa: “Entre estas dos comunidades imperaba un antiguo antagonismo, la hostilidad y el odio –explicaba el periodista en su libro Ébano–, porque los árabes del norte durante años habían invadido el sur con el fin de apresar a sus habitantes, a los que luego vendían como esclavos. ¿Cómo aquellos mundos tan hostiles podían vivir en un mismo estado independiente? No podían”.

Los más débiles sufren los envites del hambre y la guerra de Sudán del Sur. En la imagen, una niña de Bor, perteneciente a la etnia nuer, desplazada a la aldea de Adior./ REPORTAJE GRÁFICO: GONZALO ARALUCE

No existen cifras oficiales sobre el alcance de este conflicto: algunos estudios estiman que cientos de miles de personas murieron víctimas de la escasez y la enfermedad; otras estadísticas elevan el número a dos millones. El número de desplazados internos habría alcanzado los cuatro millones, la mitad de la población del país.

En 2011, Sudán del Sur alcanzó la independencia, pero con ella no llegó la paz. A los pocos meses, su presidente Salva Kiir, y su vicepresidente, Riek Machar, -ambos habían compartido trincheras en el conflicto contra sus vecinos del norte- se enzarzaron en una guerra de poder que, salvo algunos paréntesis, se prolonga hasta hoy. Cada uno de ellos pertenece a una etnia –dinka y nuer, respectivamente–, a las que han empujado a combatir entre sí para defender sus intereses personales: a pesar de la pobreza endémica que sacude la región, Sudán del Sur es rico en yacimientos petrolíferos, a los que sólo acceden los privilegiados.

Tras dos años de conflicto interno y empujado por la presión internacional, el Gobierno de Kiir alcanzó, este miércoles, un principio de acuerdo de paz con los rebeldes de Machar.

Mary Ayomkou y las trescientas personas que la seguían eran víctimas de este conflicto. Perseguidas por el hambre y las balas, emprendieron un camino que no tenía destino. Era diciembre de 2014, época seca. A los miembros de la comitiva sólo les sostenía su lucha por la supervivencia. Sus ropas se pudrían al sol. Bajo sus pies, un desierto de piedra y tierra. Apenas encontraban comida y el agua con la que se cruzaban estaba estancada. Ni los animales bebían de ella.

Los más débiles no tardaron en enfermar: aquella fue su sentencia de muerte. Los supervivientes caminaban en silencio, “con la mirada vacía”: “Algunos soñaban despiertos con un lugar en el que asentarse; otros lloraban por dentro la ausencia de sus seres queridos”, explica Mary, que había sido elegida entre su comunidad por sus dotes de liderazgo para guiar a los suyos. Todos ellos eran nuer.

Mary Ayomkou, líder de los habitantes de Bor.

La gente que habitaba Adior, una aldea compuesta por un millar de dinka, temía el avance del conflicto. Sin embargo, no podían sospechar que, aquella tarde de febrero, llegaría el enemigo. Alguien dio la señal de alarma: “¡Se acercan los nuer!”. Las mujeres, presas del pánico, recogieron a sus niños y huyeron hacia la selva, buscando refugio. Los hombres, mientras tanto, con más miedo que decisión, se armaron para el combate: palos y machetes, cuchillos y rifles AK47 comprados en el mercado negro.

No tardaron en dar con el rastro de la comitiva. Pero la debilidad de las mujeres, niños y ancianos les desarmó: la piel se les pegaba a los huesos, suplicaban ayuda y en sus manos no tenían más que el sueño de alcanzar un lugar en el que asentarse. Entre dinka y nuer no era posible la comunicación, -cada tribu habla un idioma diferente-, pero los primeros comprendieron que la vida de los segundos estaba en sus manos. Les abrazaron y juntos marcharon hacia Adior.

Los líderes de la comunidad de Adior, única en Sursudán por la convivencia pacífica entre dinka y nuer, explican el “sinsentido” de la guerra que ha enfrentado, durante dos años, a las tribus a las que pertenecen. “Kiir y Machar quieren gobernar el país y cada uno de ellos utiliza a los suyos -valora Mary Ayomkou, jefa de los nuer-. A mis 48 años apenas he conocido unos breves periodos de paz. Ojalá mis siete hijos puedan vivir tranquilos en Adior e ir a la escuela. Es una bendición que nos hayan recibido”.

“¿Cómo no íbamos a darles la bienvenida?”, se pregunta Marta Amuor, una de las líderes de los dinka de Adior. A sus 23 años, carga con buena parte de la responsabilidad del pueblo. Su familia ha sido, tradicionalmente, la que ha dirigido la aldea. La guerra y el hambre obligó a muchos de los parientes de Marta a marcharse y ella asumió el compromiso de la jefatura. “Ellos son como nosotros -prosigue-. No representan ningún peligro y están hambrientos. También nosotros lo estamos. La única manera de encontrar una salida a todo este dolor es ayudarnos los unos a los otros”.

Hijos de ganaderos que viven en las inmediaciones de Adior. Impregnan su cara con cenizas para protegerse de los mosquitos.

Sin embargo, cuando no es la guerra la que persigue a los habitantes de Adior lo hace el hambre. Basta con dar una vuelta por el pueblo para comprobar que sus vecinos temen al futuro más inmediato. “Necesitamos anzuelos para pescar en el río”, apunta una mujer. “Y plástico para cubrir nuestros tejados y protegernos de las lluvias”, añade una segunda. “Y medicinas y comidas”, puntualiza la tercera.

“¿Ves a toda esta gente?”, pregunta un soldado del Ejército, vestido de uniforme y con el dedo en el gatillo de su kalashnikov: su nombre es Peter Malual. “No sé qué será de ellos -apunta Peter, mientras los señala con el dedo-. Soy el único que protege a todos estos ancianos, mujeres y niños. Los hombres, o bien se fueron a la guerra, o han muerto”. El soldado se ajusta la boina a su cabeza, da una palmada a su fusil y sentencia: “Pero si alguien viene con ganas de pelea, la encontrará”.

Juba, capital de Sudán del Sur, acogió la firma del acuerdo de paz entre Riek Machar y Salva Kiir. La Unión Africana y la ONU vienen presionando a ambos líderes desde que comenzó el conflicto para que pongan fin a las hostilidades. Uhuru Kenyatta y Yoweri Museveni, presidentes de Kenia y Uganda, y Haile Mariam Desalegne, primer ministro de Etiopía, asistieron al acto para manifestar su respaldo al proceso. Salva Kiir manifestó sus dudas a estampar su rúbrica: “Somos reticentes, pero firmaremos el documento”.

La frase del presidente sursudanés despertó la inquietud entre las autoridades asistentes al acto: en los últimos años, Kiir y Machar han alcanzado varios acuerdos de paz que al día siguiente morían bajo los disparos de sus hombres.

El hambre endémica, mientras tanto, sobrevuela la región, una de las más pobres del mundo. El país, que es también el más joven, firma las bases para mirar al futuro y cerrar las heridas del pasado; de una guerra que los habitantes de Adior califican como un “sinsentido” y a la que decidieron enterrar con el abrazo entre dinka y nuer.

La firma de paz entre Salva Kiir y Riek Machar abre las puertas a un futuro sin guerra en el país más pobre del mundo.