Diez medidas europeas para atajar la crisis de los refugiados

“Ha llegado la hora de adoptar medidas para gestionar la crisis de los refugiados”, dijo el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en el discurso sobre el Estado de la Unión el 9 de septiembre. Se trata de habilitar medidas legales y seguras que eviten las travesías mortales a las que se arriesgan las personas que huyen de la guerra, la persecución, la pobreza y el caos.

1.  “Hacen falta normas obligatorias y competencias distribuidas”

El asilo es un derecho fundamental y su concesión una obligación internacional con arreglo a la Convención de Ginebra de 1951. Desde 1999, la Unión Europea trabaja en la creación de un Sistema Europeo Común de Asilo para establecer un espacio de protección y solidaridad compartido, basado en un procedimiento y un estatuto uniforme para estas personas en peligro.

“Estamos legislando, pero hay que aplicar en su totalidad estas normas, algo que no está sucediendo”, lamenta Juncker. Sólo cinco estados miembros aplican correctamente la legislación comunitaria en materia de asilo. Ninguno es España. Hasta el momento hay setenta y cinco procedimientos de infracción abiertos por este motivo.

“Los estándares mínimos están regulados, pero no están funcionando porque cada estado miembro aplica un sistema de asilo distinto”, asegura la portavoz del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), María Jesús Vega. Uno de los procedimientos abiertos contra España es por no adaptar la Directiva que armoniza criterios básicos como los que determinan quién debe ser considerado refugiado y, por tanto, ser protegido.

“Europa tiene que llegar a un acuerdo para poner en práctica una política común. Tienen que establecerla ya, con normas obligatorias y competencias distribuidas”, concluye Fernando Mariño, catedrático de Derecho Internacional Público en la Universidad Carlos III de Madrid.

2.  “Habilitar las embajadas para acelerar los trámites de asilo”

La acogida en las embajadas es posible. Implica otorgar asilo de facto, como ocurre con el caso de Julian Assange, fundador de Wikileaks, en la embajada de Ecuador en Londres. Cuestión distinta es la capacidad, o incapacidad, de embajadas y consulados para acoger a un gran número de personas, como serían todos los sirios que huyen de la guerra.

Los embajadores no tienen competencia para conceder asilo. “En la práctica no están concediendo un pasaporte que les permita llegar a un país seguro para solicitar asilo. Les dicen: nosotros no se lo podemos dar, pero vamos a enviar su petición a la capital y ahí van a estudiar su caso”, explica Fernando Mariño, miembro del Comité contra la Tortura de Naciones Unidas.

Ante el retraso en la respuesta, el silencio o la negativa, muchas personas deciden alcanzar por su cuenta, o recurriendo a los traficantes de personas, las fronteras europeas.

Aunque algunas normas dejen abiertos pequeños resquicios, en la práctica estas personas sólo pueden solicitar asilo si llegan a la frontera del país Europeo en cuestión, lo cual se desprende del artículo 3 del Convenio de Dublín.

Sólo pueden pedir ayuda en las embajadas localizadas en terceros países de los que no sean nacionales, según el artículo 38 de la Ley de Asilo española. Así, los sirios, para pedir asilo en España, tendrían que trasladarse a otro país donde haya representación española. No pueden solicitarlo en Damasco.

Fernando Mariño cree que la situación podría mejorar si se estableciesen en el extranjero embajadas específicas ad hoc, delegaciones u oficinas de la Unión Europea en los países en conflicto que se encargasen de las solicitudes directamente: “Si se pusieran de acuerdo, podrían habilitar las embajadas para acelerar los trámites de asilo y tomar todas las medidas necesarias para proteger a estas personas”.

“De ese modo, estas personas vendrían al continente europeo con su solicitud de asilo ya hecha y no se arriesgarían a todo lo que estamos viendo”, apoya José Javier Sánchez Espinosa, director de inclusión social en Cruz Roja.

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Una niña sostiene una flor tras ser detenida por cruzar de forma ilegal la frontera húngara./ Dado Ruvic/ Reuters
3. “Si tuvieran un visado se podrían pagar un vuelo a Europa”

Para viajar a un país europeo legalmente, necesitan un pasaporte y un visado.

En estos momentos, las embajadas ofrecen un visado común para todos, sin diferenciar en función de las circunstancias personales de cada uno. Sánchez Espinosa explica que éste “exige acreditar recursos económicos, demostrar que tienes intención de volver a tu país, mostrar billete de ida y vuelta, tener un seguro médico”. Unos requisitos que ningún asilado puede probar, partiendo de que estas personas no pueden volver a su país sin arriesgar su vida, su integridad física o moral. “Por eso, cuando estas personas solicitan un visado normal, se les deniega”, concluye Cruz Roja.

En busca de una protección más amplia, se proponen los visados por razones humanitarias. Este permiso se concedería siempre que exista un conflicto armado (como el de Siria) o un peligro grave para la seguridad (las amenazas del Estado Islámico), sin necesidad de demostrar que existe un riesgo específico y personal (como la muerte). Este visado les permitiría llegar a nuestro país, o a suelo europeo, de forma legal. Una vez aquí, solicitar asilo.

Pero lo que está ocurriendo es lo contrario, explica Sánchez Espinosa: “Están obligados a entrar de forma irregular. Están pagando un precio muy alto a los traficantes de personas, cuando, con ese dinero, si tuvieran un visado, se podrían pagar un vuelo a Europa”.

4.     “No romper la unión familiar es un principio de humanidad”

A las mesas de ACNUR se acercan unos padres que tienen a sus hijas, ambas menores de diez años, solas en Jordania. A ellos no les dejan moverse. No pueden reunirse. También un hermano que, por haber cumplido dieciocho años, no puede estar con su familia.

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Una niña juega con su muñeca cerca de la frontera entre Serbia y Hungría./ Stoyan Nenov/ Reuters

La portavoz de la agencia de la ONU para los refugiados, María Jesús Vega, apuesta por una reunificación flexible y ágil.

Flexible.

Reformando el Convenio de Dublín, el cual establece que el solicitante está obligado a tramitar su asilo en el primer país europeo que pisa, aunque no quiera quedarse en él. Esto da lugar a devoluciones muchos años después: “El país en el que te asientas, que sabe que has pasado por uno anterior, te devuelve al primero. Hay refugiados establecidos en un país junto a decenas de familiares durante más de diez años, que trabajan, que tienen casa, y que son devueltos al primer país por el que pasaron, donde ni ahora ni nunca tuvieron absolutamente nada ni a nadie”.

Ágil.

“No puedo esperar tres años a que venga mi mujer y mi hijo porque para entonces puede que estén muertos por una bomba en Siria, o puede que a mi hija la hayan dado en matrimonio para dar de comer al resto de la familia si está en Jordania o en Líbano”, continúa la responsable de ACNUR.

Para Fernando Mariño este es un factor determinante, sobre todo si se trata de niños pequeños o mujeres embarazadas: “No romper la unión familiar es un principio de humanidad”.

5.      “Acogerlos con los brazos abiertos”

La Comisión Europea propuso en un principio establecer un mecanismo permanente de reubicación y fijar cuotas de reparto obligatorias por países. En este punto hay que diferenciar entre reubicación y reasentamiento. Reubicar es trasladar hasta un país de la Unión Europea a aquellas personas que ya están dentro de la Unión. A refugiados que ya han llegado y que se encuentran en los principales países de entrada a Europa.

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Niñas sirias dan clase en un colegio de Unicef en el campamento de Jordania./ Muhammad Hamed/ Reuters

Son las 160.000 personas a las que los estados miembros deben “recoger con los brazos abiertos”, dijo Juncker. Los 120.000 de Grecia, Hungría e Italia, y los 40.000 más que ya solicitaron protección en mayo y cuya reubicación fue aprobada el 14 de septiembre.

Una mayoría cualificada ha llegado también a un acuerdo para el reparto en dos años de los 120.000. Un acuerdo al que se oponen Hungría, Rumanía, República Checa y Eslovaquia. Éstos no están dispuestos a cumplir con lo adoptado y recurrirán la decisión.

Ya hay acuerdo también para los 120.000, aunque con el voto en contra de Hungría, Rumanía, República Checa y Eslovaquia. El primer año se trasladará a 66.000 personas procedentes de los centros de acogida de Grecia (50.400) e Italia (15.600). En un segundo año se reubicarán las 54.000 restantes.

El Alto Comisionado de la ONU advierte de que las 120.000 personas sólo equivalen al número de refugiados que llegan a Europa en veinte días. Nuria Díaz, portavoz de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), insiste en la necesidad de que éste sea un mecanismo permanente, y no puntual, para evitar “discusiones eternas cada vez que nos encontremos con esta situación en nuestras fronteras mientras al otro lado haya vidas humanas en riesgo”.

6.     “No se trata de números en una tabla de excel”

“Estas personas tienen que ser escuchadas. No se puede hacer una tabla de excel y enviar a unas personas para un lado y a otras para el otro sin ningún criterio”, señala la jefa de misión de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), María Jesús Herrera, quien apuesta por que sean organizaciones como la suya quienes identifiquen y determinen quiénes son los más vulnerables y a dónde deben ir.

¿Quiénes van a ser estas personas a distribuir en el seno de la Unión?, se pregunta ACNUR. “Si se encarga la UE, probablemente, por agilizar los trámites, se va a tratar de aquellas personas cuya nacionalidad goza de un alto reconocimiento en todos los países miembros y sobre las que existe consenso sobre su estatuto de refugiado: los eritreos, los sirios y los afganos. Los chechenos, por ejemplo, no tienen el mismo reconocimiento”, adelanta María Jesús Vega.

CEAR defiende que el reparto del número de refugiados se debe basar en la solidaridad de todos los estados por igual. Entiende que se puedan tener en cuenta una serie de criterios como la riqueza o los ingresos de un determinado país, pero insiste en que la única manera de homogeneizar el mapa consiste en trabajar para que “en todos los estados, las acogidas sean dignas, porque se les haya dotado de los medios necesarios y de reconocimientos parecidos”, reclama Nuria Díaz.

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Unos refugiados consultan un mapa al llegar a una estación de tren en Suecia./ Ola Torkelsson/ Reuters
7.     “Estamos hablando de personas y de realidades diferentes”

La OIM considera que es fundamental realizar un registro, una identificación y un análisis de las circunstancias de cada una de estas personas. Cree que es el único modo de dar garantías al proceso.

“Estamos hablando de personas y de realidades diferentes”, indica María Jesús Herrera. “Son muchas en números globales, pero dentro de Europa no son tantas: podemos permitirnos realizar una aproximación más directa de estas personas, seres humanos, víctimas de conflictos”.

ACNUR también cree que las medidas a desarrollar sólo serán exitosas si sabemos exactamente “quiénes están entrando y qué perfiles tienen” para lo que “tiene que haber una movilización de la Oficina de Asilo Europea, las agencias europeas de inmigración y de protección civil. La dimensión del fenómeno lo requiere”.

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Una joven siria a su llegada a la isla griega de Lebos./ Alkis Konstantinidis/Reuters
8.  “El 86% de los refugiados está en los países más pobres”

A diferencia de la reubicación, las tareas de reasentamiento pretenden trasladar a las personas refugiadas en terceros países fuera de la Unión Europea, y en los cuales no pueden permanecer por problemas de seguridad, escasez de recursos o porque necesitan atención psicosocial o un tratamiento básico que no existe. Y es que, según CEAR, “el 86% de los refugiados se encuentran en los países más pobres del planeta”.

Estos casos suelen ser detectados por ACNUR, quien propone su reasentamiento: “Hay 60 millones de personas en el mundo desplazadas por conflicto. No estamos pidiendo reasentamiento para todas, estamos hablando de una pequeña parte de esa población”.

Tal y como ha recordado Juncker, “en Líbano, los refugiados suponen el 25% de la población en un país que sólo posee un quinto de la riqueza de la que disfrutamos en Europa”. Las 160.000 personas que necesitan ayuda europea sólo representan el 0,11%.

9.     “Tener en cuenta la voluntad de regreso”

El presidente de la Comisión Europea ha defendido la creación de una lista de países seguros como una medida que aceleraría los procedimientos de asilo “al determinar cuántos pueden volver a sus países”. “Sería una simplificación del procedimiento, que en ningún caso elimina el derecho fundamental de los solicitantes de asilo”.

La responsable de la OIM, María Jesús Herrera, interpreta la propuesta en positivo: “Es bueno tener en cuenta la voluntad de estas personas, que pueden querer regresar a su país si la situación lo permite”.

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Dos niños se asoman a una valla en el campo de tránsito de Gevgelija, Macedonia. Ognen Teofilovski/ Reuters

La lista de Juncker también pretende “dar prioridad a aquellos que están huyendo de países más peligrosos, como Siria”. Ante eso, Herrera apuesta por el criterio de la vulnerabilidad: “podemos aceptar que en determinadas circunstancias haya colectivos considerados más vulnerables: los menores no acompañados, los enfermos, las víctimas de trata… o los ciudadanos sirios; lo importante es que esto no vaya nunca en perjuicio del resto”.

10.   “Pedir asilo no puede ser como jugar a la lotería”

Aunque, como ya hemos repetido, existe una regulación común europea, la política migratoria es competencia de cada uno de los estados miembros. Si no se alcanza un acuerdo comunitario, cada uno aplica su sistema y toma sus decisiones.

“Es necesario que pedir asilo no sea una lotería”, dice la portavoz de CEAR, Nuria Díaz. Hoy no es lo mismo pedir asilo en España que en Alemania, donde el reconocimiento es mayor. Esto ocurre en los veintiocho estados, que no se ponen de acuerdo sobre quién se considera refugiado, las condiciones de acogida, los plazos de resolución, “lo cual demuestra la dirección en la que debemos seguir trabajando: en hacer realidad un sistema común europeo de asilo”.

Además, “las medidas que cada país tome de forma individual sólo agravarán el problema”, completa ACNUR, que se muestra especialmente preocupada por las reformas de Hungría, con leyes que permiten al Ejército emplear pelotas de goma y gas lacrimógeno contra los migrantes y que prevén penas de entre tres y cinco años de cárcel por cruzar de forma ilegal sus fronteras, en las que ha levantado alambradas con cuchillas.

“Ha llegado la hora de adoptar medidas para gestionar la crisis de los refugiados”, dijo el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, el 9 de septiembre. Se trata de habilitar medidas legales y seguras que eviten las travesías mortales a las que se arriesgan las personas que huyen de la guerra, la persecución, la pobreza y el caos.

En la imagen, un niño hace la señal de victoria al llegar a un centro de atención para refugiados en Bruselas. Yves Herman/ Reuters

Así declararon su independencia los últimos países europeos

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La llamada Vía Báltica, que recorrió el espacio entre Tallin y Vilnius. / UNESCO

La mayoría celebraron referéndums, pero en otros no se consultó a la población. Hay declaraciones unilaterales de independencia pero también procedimientos pactados. Lo que todos tienen en común es que son el fruto de la crisis y la descomposición de la Unión Soviética y Yugoslavia.

Muchas son las diferencias entre los procesos de independencia de los países europeos más recientes. En algunos casos hubo grandes manifestaciones ciudadanas y en otros el apoyo popular fue más bajo.

La mayoría de estos países celebraron referéndums, pero en otros no se consultó a la población. Hay declaraciones unilaterales de independencia pero también procedimientos pactados. Lo que todos tienen en común es que son el fruto de la crisis y la descomposición de regímenes totalitarios comunistas construidos artificialmente. En concreto, la Unión Soviética y Yugoslavia. A continuación examino cinco casos. 

La Vía Báltica

Estonia, Letonia y Lituania fueron anexionadas por la Unión Soviética en 1940 gracias a un pacto con la Alemania nazi. A finales de los 80, resurgieron con fuerza los movimientos nacionalistas en las tres repúblicas bálticas aprovechando la apertura política y económica de la perestroika de Mijaíl Gorbachov.

Su manifestación más espectacular fue la denominada Vía Báltica, que tuvo lugar el 23 de agosto de 1989. Cientos de miles de personas (entre medio millón y dos millones según diferentes versiones) formaron una cadena humana de 600 kilómetros de longitud que unió las tres capitales: desde Tallin hasta Vilnius pasando por Riga. Los manifestantes reclamaban independizarse de la URSS justo cuando se cumplían 50 años del pacto secreto entre soviéticos y nazis. La idea de la Vía Báltica fue imitada por los independentistas catalanes en la Diada de 2013.

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Tras las primeras elecciones democráticas a principios de 1990, el Parlamento de Lituania abrió el camino al ser el primero en declarar la independencia el 11 de marzo de ese año. Le siguieron poco después los parlamentos de Estonia y Letonia. Los tres países organizaron después referéndums en los que el  ganó por aplastante mayoría.

La reacción inicial de Moscú fue considerar esas declaraciones ilegales e imponer un bloqueo económico.

A principios de 1991 tropas soviéticas llegaron a ocupar la torre de la televisión lituana en Vilnius en un ataque en el que murieron 14 personas. Pero el golpe de estado contra Gorbachov en agosto de 1991 precipitó la salida de las repúblicas bálticas y la disolución de la Unión Soviética. Sus líderes reconocieron la independencia de Estonia, Letonia y Lituania en septiembre de ese año unos días después de que lo hicieran Estados Unidos y varios países europeos.

El divorcio de terciopelo

En Checoslovaquia, un país creado a finales de la I Guerra Mundial, las tensiones separatistas se agudizaron inmediatamente después de la caída del régimen comunista en 1989. Los checos se quejaban de tener que financiar a sus vecinos pobres. Los eslovacos éstos recelaban de la centralización de todo el poder en Praga y reclamaban más autonomía. Pero la ruptura fue una decisión política. En ninguna de las dos partes había una mayoría a favor de la independencia según las encuestas y no se convocó ningún referéndum para conocer la opinión de los ciudadanos.

Los acontecimientos se precipitaron después de las elecciones de junio de 1992. El conservador Vaclav Klaus se convirtió en primer ministro de Chequia mientras que el nacionalista Vladimir Meciar logró la victoria en Eslovaquia.

El Parlamento eslovaco declaró la independencia el 17 de julio y sólo seis días más tarde Klaus y Meciar pactaron en una reunión en Bratislava dividir Checoslovaquia de mutuo acuerdo sin que se produjera ningún incidente, de forma pacífica y ordenada. En noviembre el Parlamento checoslovaco aprobó la disolución del país. El 31 de diciembre de 1992 se consumó este “divorcio de terciopelo” y República Checa y Eslovaquia fueron admitidos en la ONU como estados separados en enero de 1993.

Eslovenia y el principio del fin

Las réplicas de la caída del telón de acero alcanzaron también a Yugoslavia: una entidad federal cuyo origen se remontaba a 1918 y que había nacido de la desintegración del imperio austrohúngaro.

El principio del fin de Yugoslavia empezó en Eslovenia con la celebración de las primeras elecciones libres en primavera de 1990. El Gobierno elegido convocó un referéndum sobre la independencia el 23 de diciembre de ese mismo año. El 94,8% de los votantes apoyó el con una participación que superó el 90% del censo. El 25 de junio de 1991, el Parlamento esloveno declaró unilateralmente la independencia de forma simultánea al parlamento de Croacia, que también había celebrado previamente su propia consulta.

Inmediatamente después, el Ejército yugoslavo, dominado por los serbios, lanzó una ofensiva para controlar los pasos fronterizos de Eslovenia. Pero las fuerzas armadas eslovenas lograron rápidamente la victoria en lo que se conoce como la Guerra de los Diez Días.

Los enfrentamientos bélicos se trasladaron después a Croacia y a Bosnia Herzegovina. La comunidad internacional dudó a la hora de reconocer la independencia de Eslovenia y Croacia por temor a agravar el conflicto. Uno de los primeros países en hacerlo fue Alemania en diciembre de 1991. Estados Unidos le siguió en abril de 1992, año en el que Eslovenia accedió a Naciones Unidas.

Un referéndum tutelado por la UE

Al final de las guerras de los Balcanes, Yugoslavia quedó reducida a Serbia y Montenegro. Pese a que los montenegrinos ya pensaban en la independencia desde finales de los 90, la Unión Europea, que temía un nuevo conflicto en la región, actuó como mediadora para mantener la unión entre las dos repúblicas.

No obstante, la carta constitucional de la nueva federación de Serbia y Montenegro, que entró en vigor a principios de 2003, ya preveía la posibilidad que cualquiera de las dos repúblicas se independizara si lo deseaba pero sólo después de un plazo de tres años. La decisión de romper tenía que aprobarse en una consulta.

Montenegro convocó su referéndum el 21 de mayo de 2006. Pero las reglas del juego las fijó de nuevo Bruselas. La UE sólo reconocería la independencia si votaba más del 50% del censo y si el obtenía más del 55% de los votos. Un umbral considerado excesivo por el Gobierno montenegrino, que trató de cambiarlo sin éxito. Finalmente, el ganó con un 55,5% de los sufragios. El Parlamento montenegrino declaró el 3 de junio de 2006 la independencia, que no fue contestada por Serbia y obtuvo el reconocimiento inmediato de la comunidad internacional. 

Shkumbin Saneja / FLICKR
Una muchedumbre celebra la independencia de Kosovo con banderas albanesas. / Shkumbin Saneja / FLICKR

El limbo de Kosovo

Después del referéndum de Montenegro, quedaba por resolver en los Balcanes el estatuto de Kosovo. Esta provincia serbia de mayoría albanesa se había convertido de hecho en un protectorado de Naciones Unidas desde la intervención de la OTAN en 1999 para frenar los ataques de las fuerzas armadas yugoslavas y serbias contra los separatistas kosovares. Después de varios años de negociaciones infructuosas, el Parlamento kosovar declaró unilateralmente su independencia de Serbia el 17 de febrero de 2008.

La secesión fue reconocida de inmediato por Estados Unidos y por las grandes potencias europeas. Se opuso Serbia con el apoyo de Rusia, que avisó de que el reconocimiento impulsaría a los movimientos separatistas en todo el mundo.

La independencia kosovar dividió a la comunidad internacional y también a la Unión Europea. Todavía hoy hay cinco estados miembros –España, Grecia, Chipre, Rumanía y Eslovaquia– que no reconocen a Kosovo.

Tanto el Gobierno de Zapatero como el de Rajoy han alegado que el problema es que se trató de una decisión unilateral y no pactada con Serbia. El resultado es que Kosovo sigue en un limbo jurídico. No ha podido entrar en Naciones Unidas y no ha obtenido aún el estatus de candidato a la adhesión a la UE. Serbia llevó el caso al Tribunal Internacional de Justicia de la ONU, que en 2010 dictaminó que la independencia de Kosovo no vulnera el derecho internacional. Kosovo y Serbia alcanzaron un primer acuerdo de buena vecindad en 2013 auspiciado por la UE.

El único precedente para Cataluña es Kosovo

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Desde la II Guerra Mundial se han celebrado casi 50 referéndums separatistas en el mundo. El planteamiento catalán de convertir las elecciones autonómicas en un voto de facto sobre la independencia sólo tiene un precedente: Kosovo.

Desde la II Guerra Mundial se han celebrado casi 50 referéndums separatistas en el mundo. El planteamiento catalán de convertir las elecciones autonómicas en un voto de facto sobre la independencia sólo tiene un precedente: Kosovo.

El 8 de abril de 1933, el estado de Australia Occidental votó mayoritariamente a favor de independizarse del resto del país en un referéndum. Las autoridades locales enviaron el resultado al Gobierno central y el Parlamento británico para iniciar la secesión. Fueron ignorados. La ley australiana no contemplaba la ruptura de una parte de su territorio.

Antes de la II Guerra Mundial (1939-1945), apenas hay constancia de un puñado de ejemplos como el de Australia o Texas, en Estados Unidos, que fracasaron en el intento de conquistar la independencia por las urnas. Después de la guerra y la consolidación de los sistemas democráticos, se han celebrado hasta el momento casi 50 plebiscitos de independencia. El último de ellos en Escocia el año pasado. Son 27 los países que han nacido gracias al voto directo. Algunos de ellos forzaron la declaración unilateral tras la negativa de sus respectivos gobiernos federales a reconocer el resultado de las consultas  El resto no lo logró porque perdieron, no alcanzaron la mayoría cualificada o simplemente se quedaron sin la bendición de la comunidad internacional. 

El planteamiento catalán de convertir unas elecciones autonómicas en un voto de facto sobre la independencia sólo tiene el precedente de Kosovo. La región balcánica utilizó el Parlamento surgido de las urnas para declarar su independencia unilateral en febrero del 2008. Las elecciones se celebraron en noviembre del 2007. La lista del guerrillero Hashim Thaçi ganó con el 35% de las papeletas. España, que sabe lo que tiene en casa, nunca ha reconocido a Kosovo.

Las diferencias entre Kosovo y Cataluña son demasiado evidentes”, dice Matthew Qvortrup Yorgos Konstantinou, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Coventry, en el Reino Unido. “El Parlamento invocó un viejo referéndum de 1991. Fue la única salida que encontró la comunidad internacional a una guerra con centenares de miles de muertos”.

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Problema legal y político

Qvortrup es uno de los mayores expertos del mundo en el estudio de los procesos secesionistas. En su opinión, la fórmula de elecciones plebiscitarias de Artur Mas y Esquerra Republicana plantea un problema legal y otro político. El legal es que la Constitución española no reconoce ese escenario. Y la Unión Europea, con demasiados fuegos que apagar, no se va a revolver contra la legalidad de un estado miembro. El político es que la anunciada victoria del separatismo que proyectan las encuestas, sea o no con mayoría absoluta, no puede ignorarse.

Cuando los estados son incapaces de encontrar una solución equilibrada en lo legal y lo político, el conflicto termina en guerra”, explica. “No estoy diciendo que sea el caso de Cataluña, pero la historia demuestra que siempre ha sido así”.

Qvortrup asegura que la campaña catalana ha sido un espejo de la del referéndum escocés. Los discursos se han centrado en los beneficios económicos, o no, de la independencia y la permanencia en Europa. Pero el profesor defiende que el caso español guarda más similitudes con el canadiense que con el británico. La victoria del nacionalismo de Quebec en unas elecciones que se plantearon casi como un plebiscito en 1976 forzó la reforma de la Constitución de Canadá. Quebec pudo celebrar el referéndum de independencia en 1980. El independentismo perdió y volvió a caer en un segundo referéndum en 1995.

Ganar un referéndum de independencia en circunstancias de estabilidad política como las que vive España es muy complicado”, asegura. “Lo que pasó en Quebec y en Escocia el año pasado demuestra que hacen falta algo más que promesas económicas para ganar el respaldo de la sociedad”.

Qvortrup ha estudiado los patrones del separatismo desde que Islandia se independizara de Dinamarca en 1944. En los países democráticos, los referendos secesionistas han logrado siempre una alta participación (un 79% de media. Cuando ha ganado el , el respaldo ha alcanzado una media del 62% de los votos.

La URSS y Yugoslavia

Durante los últimos  70 años, dos grandes oleadas han alterado las fronteras del mundo. La primera comienza con la descolonización de África después de la guerra. La vía democrática demostró su eficacia en casos como el de Argelia y Francia. El referéndum de autodeterminación argelino fue parte de los acuerdos de Evian en 1962, que acabaron con ocho años de guerra. La segunda oleada se enmarca en la caída soviética primero y el conflicto yugoslavo, después. La negativa de los gobiernos federales a aceptar el resultado de los plebiscitos favoreció el recurso de la ruptura unilateral.

Todas las repúblicas soviéticas y las yugoslavas nacieron con declaraciones unilaterales de independencia más o menos respaldadas en las urnas”, dice. “Pero eran circunstancias diferentes. En el caso yugoslavo, por ejemplo, sangrientas. Y en el ruso, vinculadas a la caída del muro de Berlín y a los acontecimientos que se sucedieron”.

El impacto de la guerra en los Balcanes enfrió el espíritu secesionista. Según Qvortrup, las tensiones independentistas, sobre todo en Occidente, son residuales. Movimientos tradicionales como el de los flamencos belgas han aparcado su reivindicación histórica de un país en el que viven al margen de sus compatriotas francófonos. Pero hay excepciones. El divorcio amistoso de la República Checa y Eslovaquia en 1993 es uno de ellos. También el reciente caso de Crimea, que en realidad votó la anexión a Rusia.

Las posibilidades de éxito del separatismo catalán son escasas a corto plazo, según este profesor. Pero advierte de un hito cercano en el tiempo que podría generar una tercera oleada independentista.

Si el Reino Unido decide abandonar la Unión Europea en el referéndum previsto antes de 2017, estoy convencido de que Escocia volverá a votar con muchas posibilidades de respaldar la escisión”, dice. “Esto podría activar referendos en Cataluña y otras regiones”.

Juan Mayorga: “Hacer memoria siempre es hacer política”

_DPZ69891972. Bobby Fischer se enfrenta a Boris Spassky en ‘la partida del siglo’. Aquel duelo mítico de ajedrez llega al Centro Dramático Nacional con Reikiavik y de la mano de Juan Mayorga

Foto: DANI POZO

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El Dramaturgo Juan Mayorga. Foto: DANI POZO

Dramaturgo versátil e inquieto, Juan Mayorga ha indagado en la esencia humana y las cuestiones claves de nuestro tiempo. Ha hablado del Holocausto, de la pederastia, del lugar del hombre en el mundo, de la seguridad frente a la violencia… Y ha acudido a la historia para hablar del poder y la libertad con resultados jugosos en numerosas ocasiones. Ahí, más o menos, entra uno de sus dramas más recientes, Reikiavik, que se estrenará este jueves en la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán. En el texto, Mayorga se acerca, mediante un subterfugio teatral, a la partida del siglo. Hablamos de ajedrez.

Un encuentro, en 1972, entre Bobby Fischer y Boris Spassky. EE UU frente a la URSS; el capitalismo contra el comunismo. La Guerra Fría sobre 64 escaques. Mayorga, doctor en Filosofía, licenciado en Matemáticas, ajedrecista y hombre de verbo exacto recibe a EL ESPAÑOL en su hogar madrileño. Vive en una zona tranquila cerca de O’Donnell, un un hogar relativamente acomodado, pero sin ostentación. Su gato, Tormenta, nos acompaña en la entrevista. Su familia ha “huido” para dejarnos tranquilos. En las estanterías, libros y más libros y algún que otro premio.

-Es difícil plantear una entrevista a alguien que ha escrito una obra titulada El arte de la entrevista. ¿Es posible entrevistar a Juan Mayorga y que el resultado le retrate de verdad?

-Bueno, yo no creo que haya nunca un retrato auténtico de nadie. Lo que sí se puede es establecer una conversación. Ahí siempre aparece un tercero, porque cuando el diálogo no se produce de forma mecánica, como si fuese una partida de frontón o de squash, sino que las preguntas o respuestas desestabilizan las posiciones previas de los interlocutores, quizá no aparezca un retrato, pero sí un tercero que no es ni el entrevistador ni el entrevistado. Por cierto: este verano he reescrito El arte de la entrevista.

-¿Hace eso a menudo? ¿Reescribe mucho sus obras?

-Permanentemente, porque no escribo documentos sobre un estado de mi vida. Por supuesto, cada versión es también eso: un recuento de cómo te encuentras, de qué te preocupa. Sucede que los textos conviven conmigo. Los personajes están siempre vivos. Quien reescribe, finalmente, no soy yo, sino que es el tiempo. Es el que desangra un texto o lo desengrasa. Hay un cierto movimiento de sístole y diástole, al menos en mi escritura. Un texto que he reescrito recientemente es Palabra de perro, que es una versión muy libre de El coloquio de los perros.

– A la vista de lo que está ocurriendo con los recortes y cómo están viviendo muchas personas en nuestra sociedad, Palabra de perro parece cobrar vigencia. ¿La actualidad le lleva también en esas reescrituras?

-Claro. Luis Blat me propuso, creo que era 1997, hacer una versión de El coloquio de los perros, de Cervantes. Es mi primera obra en que aparecen personajes animales. Ahí descubro, por un lado, su enorme valor poético, en la medida en que, si estableces con el espectador ese pacto, que va a haber un actor que hace de animal, y lo acepta, se rompen marcos. Por otro, el personaje animal ofrece enormes posibilidades de exploración al actor y al director. El valor político del animal en escena no fue descubierto por mí: está en Kafka, en La metamorfosis: cuando te tratan como a un perro, acabas siendo un perro. Cuando te tratan como a un insecto, acabas convertido en uno. Vivimos en unos tiempos en que está ante nosotros la evidencia de que hay seres humanos que están siendo tratados como perros, o como animales. Lo que hay es derechos de Estados. Vivimos en un mundo de Estados donde el individuo está en peligro.

-Se va a Reikiavik en una de sus últimas obras, al menos una de las más recientes, aunque no sé si es la última que ha escrito…

-Estaba trabajando en Reikiavik al mismo tiempo que en Famélica.

Allí tuvo lugar un duelo interesante, sin armas, o al menos con una poco habitual: la mente. Un encuentro de ajedrez entre dos campeones. Hábleme de esa partida del siglo. ¿Por qué le fascinó?

-Yo era un niño lector de periódicos. Recuerdo imágenes, siendo muy pequeñajo, de aquel niño que de pronto se enteraba de que en Francia estaban compitiendo tres tipos que eran Mitterrand, Giscard d’Estaing y Chaban-Delmas. Me hacían mucha gracia esos nombres. Tengo vagas imágenes de un campeonato que iba a tener lugar en 1972. Desde entonces, para mí ha sido fascinante y conmovedor ver cómo dos personajes que eran elevados a una categoría de iconos de las dos naciones más poderosas de la Tierra, y de dos sistemas antagónicos, luego han acabado siendo expatriados. La historia de Bobby Fischer la conocemos: acaba muriendo en Islandia sin poder retornar a EE UU, donde había sido elevado a figura clave en la lucha simbólica contra el comunismo. Y el propio Spassky, después de haber sido ese hombre de equipo, acabó jugando al ajedrez bajo bandera francesa.

-La URSS no perdonaba los fracasos…

-No. Hay algo en la obra acerca de esto. Habla de muchos antagonismos. Por un lado está el individualismo radical, que es coherente con el mundo ideológico norteamericano, de esta suerte de “cowboy” que, solo ante el peligro, se enfrenta a enemigos enormes, pero que conduce a una suerte de paranoia en la que por todas partes ve elementos sospechosos y enemigos. Pero a algo muy parecido se llega desde el extremo contrario: cuando tu individualidad se disuelve y tú eres uno más para defender el equipo, el error se paga como traición. Y eso conduce también a una permanente paranoia y a soledad.

-Dos personajes que dan para una obra de teatro…

-Sí, me fascinaban. Y me fascina el ajedrez. A mí me enseñó mi padre, nunca he sido un gran jugador pero me parece un mundo extraordinario. El del pequeño jugador que desafía a otro a jugar en un parque, o el de esos grandes maestros. Es un mundo que aparece ya en El jardín quemado. Ese mundo de gente que atesora en su cabeza partidas que se jugaron hace 200 años y que participa de ellas. El deseo de escribir algo en torno a Fischer-Spassky era antiguo.

-Pero no escribe directamente de ellos: se sirve de tres personajes, Waterloo, Bailén y un muchacho.

-Yo pensaba en algo que tuviese que ver, por qué no, con el teatro-documento, probablemente con muchos actores. Y en un momento dado encontré a Bailén y Waterloo y descubrí que podía contar esa partida hablando de dos tipos que han encontrado en Reikiavik la historia de todas las historias. Waterloo y Bailén cuentan eso una y otra vez porque, a la vez, revisan sus propias vidas: hablando de Fischer y Spassky puedes contar tu historia con tu mujer o tus mujeres, con las novias que nunca tuviste, con tu jefe y tu subordinado, y hablar a la vez de la amistad, el poder, la traición, la enseñanza…

-La obra habla de un enfrentamiento ajedrecístico, pero también geopolítico. Hay un momento en la obra en que un personaje se pregunta si esa lucha se libró realmente. ¿Hubo una tercera guerra mundial?

-Sincera o teatralmente, los personajes juegan a imaginar. Y Waterloo se pregunta: ¿la guerra tuvo lugar o no? Yo creo que sí la hubo. Hubo una guerra que se jugó de forma cruenta en muchos lugares: en Vietnam, en Chile, en Argentina, en Corea… Y hubo una guerra de posiciones, por utilizar un término gramsciano. Por cierto, muy ajedrecística. En ella, ninguna pieza, ningún escaque era insignificante.

-¿Quién la ganó? ¿Hubo un vencedor claro?

-Sin duda, el mercado. Y hubo una extensión de la libertad. Yo no siento ninguna nostalgia del régimen soviético: es un sistema autoritario y, si bien nuestras democracias no son ni mucho menos perfectas, tienen un cierto margen, que no podemos exagerar, de autocorrección, de circulación de las ideas, la conversación y las imágenes que las hacen preferibles. Es cierto que, durante unos cuantos años, después del colapso, apareció un tipo de diagnóstico, ese sintagma de el fin de la historia que puso en circulación aquel politólogo llamado Fukuyama, y dio la sensación de que no había nada que discutir, de que ya no había que hacer política.

-¿Y había que hacerla?

-Sí, ha habido un retorno de la política, una recuperación, y volvemos a darnos cuenta de que es muy importante que haya sociedad, comunidad y una política para la humanidad, y el mercado no nos lo va a entregar. En este sentido, toda la experiencia comunista es muy rica y ha de ser reconsiderada. Yo comparto el ideal o una visión política de que cada ser humano es responsable de todos los demás y debemos ser capaces de crear una política para la Humanidad.

-¿Cómo se aplica eso a una crisis como la actual de los refugiados?

-Estamos viendo imágenes espantosas estos días, y ante niños que se ahogan, ante gente que sufre, la contestación ha de ser mundial. Ha de ser una política socialista, en el sentido de que nadie quede desamparado. Pero eso, por supuesto, no implica tener ninguna nostalgia de un régimen que fue de un autoritarismo y una centralización que se reveló no funcional y cruel.

-Usted ha hablado mucho de memoria y pensamiento. Ha escrito sobre el Holocausto en Himmelweg, sobre el totalitarismo de la URSS en Cartas de amor a Stalin… En esa reflexión sobre la inmigración y la crisis de los refugiados, ¿qué papel tiene la memoria?

-Yo me eduqué en Walter Benjamin. Para él, el pasado fallido es nuestra arma más poderosa para construir un presente y un futuro para la humanidad. El pasado de los vencidos, la memoria de las injusticias, la memoria paradójica de los olvidos, la voz de los silencios. El recordar, por ejemplo, el exterminio de los judíos europeos. Europa está atravesada por eso. Nos concierne a todos recordar que hubo unos seres humanos que fueron azotados, tratados como animales, que hubo una persecución del hombre por el hombre, que Europa no fue capaz de defender a sus judíos. No es sólo un asunto alemán.

-De hecho, hubo pogromos antes, en Rusia y otros países…

-Y hubo una indeferencia en muchos lugares, y una invisibilización de esa violencia. Himmelweg quería hablar de eso. El hecho de que hubo gente que fue perseguida en su casa y no tuvo otra a la que acceder nos tiene que hacer pensar en nuestro tiempo. Si hay gente que está sufriendo persecuciones en su país, Europa debe acogerla. Inmediatamente, los columnistas y los políticos tendrán que encontrar cómo hacer eso para que luego no se produzcan desequilibrios que se paguen por otro lado. Ése es su trabajo. Pero no se puede contestar con cinismo diciendo: ”Yo no hago esto porque el otro no lo hace”.

-Entonces, ¿qué papel tiene la memoria en la sociedad?

-Desde luego, hacer memoria siempre es hacer política. Vemos cómo una y otra vez es invocada, por ejemplo en el enfrentamiento que se da hoy entre el Estado central y Cataluña. Una y otra vez aparecen relatos concurrentes. Se suele utilizar la memoria para fortalecer las propias posiciones, los propios prejuicios. La memoria cuando se hace importante es cuando te desestabiliza, cuando te incomoda, cuando te obliga a actuar, y éste es el caso.

Lo que ocurre es que a veces se utiliza para falsear. En el caso concreto de Cataluña, se ha tergiversado mucho.

-Sin duda, no hay nada más imprevisible que el pasado. Es un permanente campo de batalla para construir un relato que fortifique tu posición de presente. Benjamin hablaba de cómo hay posiciones que hacen un uso del pasado en la manera en que lo hace la moda: hay una colonización del pasado por parte del presente, que tiende a utilizarlo, a manejarlo como un espacio muerto.

-Siguiendo con Walter Benjamin: su tesis doctoral trataba de la revolución conservadora y la conservación revolucionaria. A la vista de los cambios políticos, ¿es posible en España hoy alguna de estas combinaciones?

-Yo siempre escribo desde la tensión. Algo constitutivo de mi teatro es que ningún personaje es estable, cada uno está habitado en cierto modo por su contrario, por su enemigo íntimo. Esa tensión aparecía en aquel trabajo. La estrategia hermenéutica de la tesis era leer a Benjamin, atravesado por la lectura paralela que estaba haciendo de Carl Schmitt, Ernst Juger, Juan Donoso Cortés… Benjamin sin duda es un revolucionario, un pensador de la izquierda, pero recupera asuntos, temas que no suelen abundar en el temario de la izquierda. Por ejemplo, él no tiene una actitud despectiva respecto de la religión ni de las tradiciones. Y piensa, políticamente, que la revolución se hará no tanto en la esperanza de la emancipación de los nietos sino en la memoria de la injusticia sufrida por los abuelos.

-En él hay una mirada hacia el pasado.

-Pero no es conservadora, sino que hay en su actitud un gesto conservador revolucionario. Mientras que los pensadores de la llamada “revolución conservadora” estarían en una situación contraria: tendrían un gesto revolucionario pero para conservar de algún modo el statu quo, el pasado. En unos y otros me interesaban ciertas convergencias que resultan explosivas. Benjamin habla de la revolución como Estado de excepción. No creo que mi tesis llegase a conclusiones. Pero aquellas lecturas reaparecen una y otra vez en mis textos. En la actualidad percibo una y otra vez cómo lo conservador y lo revolucionario se mezclan y aparecen contenidos reaccionarios bajo aspecto revolucionario. Y al contrario: cómo surgen fuerzas de emancipación que a simple vista pueden parecer conservadoras.

A la vista de esto, ¿sería interesante que leyeran a Benjamin los líderes de Ciudadanos o Podemos?

-Por supuesto, es fundamental. Dice Primo Levi que todas las historias están en el campo de concentración. Creo que lo dice en Los hundidos y los salvados. Todo está en el lager, una suerte de microcosmos en el que hay una densidad narrativa extraordinaria. Todos los personajes, todas las historias, las de los griegos y las que podamos imaginar, vuelven a aparecer ahí, en ese periodo y en ese espacio. Pero también enormes debates que nos son relevantes se dan precisamente en ese momento. Se está hablando de qué violencia es legítima, de si hay una violencia justa… Benjamin utiliza una imagen: el niño político mundial que está enredado en una red. Pensaba en ella cuando veíamos esta imagen espantosa del niño ahogado en la playa. Mi maestro, reyes Mate, me enseñó que el acto justo es una respuesta a la injusticia: cuando hay un niño en peligro, hay que reaccionar inmediatamente.

-Más que debatir…

-Sí. Y cuando hablamos de niños hablamos de mujeres, ancianos, seres desnudos. La vida desnuda hay que protegerla. Esto es el judeocristianismo: el judaísmo, primero, y luego el cristianismo, lo que proponen es una moral de defensa de la vida. Luego ya vendrá cómo nos organizamos, pero a esto hay que responder inmediatamente.

-¿Ahí entraría el Islam? ¿Debería, por su raíz estar en la misma definción, aunque estemos viendo barbaridades?

-Sin duda, los pueblos del Libro no deberían dudar acerca de eso. Yo no participo de la fe del resucitado. Esto tiene que ver con lo que hablábamos de Benjamin. Por eso he escrito una obra como La lengua en pedazos. No tengo una actitud de superioridad respecto a la religión: no me siento más listo que mis padres. Hay un misterio que me importa. Benjamin muere antes del Holocausto, en 1940, pero él y otros están detectando que hay una lógica perversa que conduce al exterminio. La derrota militar de los alemanes en 1944 no interrumpe esa lógica sacrifical, que ha sobrevivido. Es eso lo que hay que interrumpir: tenemos que organizarnos de modo que los seres humanos sean cuidados.

-Hablamos de filosofía, usted procede de esa formación. Y luego se dedica al teatro. Parece antitético: lo racional frente a lo instintivo. ¿Ha tenido conflictos por ello?

-Creo que no. Me siento privilegiado de trabajar en el teatro, porque me permite explorar preocupaciones que tengo. Las que veo cuando estoy en un parque o dilemas morales y políticos como los que pueden aparecer en obras como La paz perpetua. El teatro es un arte extraordinariamente acogedor. Piensa y da que pensar. Tiene la capacidad de presentar ante el espectador problemas para los que el filósofo todavía no tiene palabras.

-O sea, que son dos mundos más cercanos de lo que parece.

-Filosofía y teatro nacen al mismo tiempo, del conflicto, del vértigo que produce la situación conflictiva. Cuando Sófocles escribe Antígona lo importante no es la posición del autor, sino que el espectador quede suspendido ante la pregunta. No veo una discontinuidad entre mi trabajo en la filosofía y en el teatro. Al contrario: de algún modo, hago filosofía, en el sentido de que propongo una conversación sobre problemas que me importan.

-También es matemático. Otro mundo que parece tener poco en común con el teatro.

-Alguna vez he establecido la relación entre el teatro y la cartografía y las matemáticas. Un buen mapa es aquel que te hace ver aquello que no verías a simple vista. Un gesto importante del cartógrafo es la exclusión: quita algo para hacer otra cosa visible. Luego busca un código sencillo. Cuando hago teatro, hago cartografía. El matemático es un cartógrafo de cierto tipo de ideas: busca aquello que es común a realidades aparentemente diferentes pero en las que subyace una idea común. Es lo que hacen la fórmula de la elipse, la noción de triángulo, el Teorema de Fermat o el Binomio de Newton. Ese trabajo es común a la escena: el del teatro ha de ser un lenguaje sin grasa. El mejor actor es capaz de dar cuenta del estado de un personaje sólo con un gesto. Y con ese gesto, espectadores que nada tienen que ver entre sí, se reconocen. Mi trabajo como matemático me ha nutrido como dramaturgo en esa búsqueda de lo esencial.

Se le ha etiquetado como autor de un teatro de tesis. ¿Se siente cómodo en esa definición?

-No, si uno echa un vistazo a textos como El jardín quemado o Himmelweg, antes que una tesis lo que aparece es la presentación de problemas. Otra cosa es que yo tenga mi propia respuesta. Por ejemplo, La paz perpetua es una obra que hace una pregunta sobre el mal necesario.

-Es un debate muy interesante sobre la libertad y la seguridad, si no recuerdo mal la escribe después del 11-S…

-La escribo, de hecho, después del 11-M. Este verano se ha repuesto en México y se da en distintos lugares. Aquí inmediatamente se asoció a ETA, pero para mí es una cuestión importante. Mi respuesta tiene que ver con la de algún personaje. En la obra se plantea si debería torturarse a un sospechoso cuya confesión pudiera salvar a población civil amenazada. Mi respuesta es la que daría, creo, el propio Kant: la tortura es inaceptable, porque torturar a un ser humano es tratarlo como a un cuerpo. Eso tiene que ver con que la obra esté contada a través de perros. Si yo te torturo, te convierto en un medio, te estoy animalizando. Si uno hace eso, todos estamos en peligro.

-Pero también da voz a los malvados.

-Cuando escribí La paz perpetua, era importante no ridiculizar a la posición contraria, al ser humano que plantea el problema, no convertirlo en un fascista de libro. En Himmelweg, intenté hacer al comandante nazi tan inteligente y atractivo como pude. Es fácil ridiculizarlo y el espectador lo está deseando. Hay que evitar deslizarse a la posición de la víctima. Es el lugar sagrado, el de la inocencia. Yo intento distanciarme de ese tipo de creadores que dicen querer hablar por los sin voz. Tú no tienes derecho a hacer eso: es una suplantación, una segunda muerte. No puedes hablar por el niño que murió en la playa. Lo más que puedes hacer es que resuenen su silencio y que se perciba su ausencia.

Es más interesante colocar al espectador en el lugar del verdugo.

-Sí, hacer que se pregunte: ¿hasta qué punto hay alguien así en mí? ¿Alguien como el comandante de Himmelweg, el hombre bajo de Animales nocturnos, el Inquisidor de La lengua en pedazos…? ¿En qué medida hay en mí algo que mata? No intento presentar tesis. Trato de defender y de atacar cada personaje a muerte.

-Hasta el punto de convertirse en personaje, un autor teatral, enfrentado a su némesis en El crítico.

-No hay encuentro más duro que el que podríamos tener al hallar en nuestro camino una posibilidad de nosotros mismos; aquel que serías si hubieses tomado la decisión que no tomaste. El combate es existencial. Son duelos espectrales de alguien con su enemigo íntimo, su fantasma. Eso tiene que ver con Reikiavik: Waterloo y Bailen, y Fischer y Spassky acaban siendo pareja. No hablo de homosexualidad. No hay nadie que sea tanto tu pareja como tu enemigo.

-¿Me acaba de reconocer que los críticos son sus enemigos?

-Yo me los tomo muy en serio. En mi ordenador hay una carpeta que se llama Tormenta, como mi gato, pero que en realidad son comentarios que me ha hecho gente que me importa. Yo no debo ser obediente al espectador, y el crítico es uno privilegiado. Pero sería imbécil si no le escucho. Entiendo la crítica, en principio, como un gesto de amistad. Si un amigo me dice “te sienta fatal esa camisa” no lo entiendo como un gesto agresivo, sino de amistad. Una y otra vez en la vida y, desde luego, en el teatro, descubro que hay gente que tiene otras razones que yo no tengo.

Barack Obama, un ‘hijo pródigo’ contra la yihad

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El presidente de Estados Unidos regresa a Kenia, la tierra de sus ancestros, en un viaje en el que, más allá de la carga simbólica, se abordará el futuro inmediato en la lucha contra el terror impuesto por Al Shabab. Impera el orden militar en Nairobi en previsión de posibles atentados. Los ciudadanos, divididos sobre la visita del líder estadounidense.

Reportaje fotográfico: Gonzalo Araluce

El presidente de Estados Unidos regresa a Kenia, la tierra de sus ancestros, en un viaje en el que, más allá de la carga simbólica, se abordará el futuro inmediato en la lucha contra el terror impuesto por Al Shabab. Impera el orden militar en Nairobi en previsión de posibles atentados. Los ciudadanos están divididos sobre la visita del líder estadounidense.


Tyler Hicks, fotógrafo de The New York Times, recibió el aviso de que algo extraño estaba ocurriendo en el centro comercial Westgate, refugio de turistas y de la clase alta de Nairobi, capital de Kenia. Eran las 13.00 horas del 21 de septiembre de 2013. El periodista, en un primer momento, pensó que se trataba de un robo. Su intuición, no obstante, le empujó hasta el escenario de la noticia. “Cuando llegué allí me encontré a cientos de personas corriendo horrorizadas”, contaría Hicks en una entrevista divulgada por NPR, productora radiofónica de EEUU. “Enseguida comprendí que se trataba de algo importante y me lancé al interior del centro comercial”.

Sin saberlo, Hicks se adentraba en el infierno que el grupo yihadista Al Shabab había planeado para aquel día. Cámara en mano, el periodista reflejó el dolor y la angustia de las víctimas en un atentado que se llevó la vida de 72 personas, incluyendo las de los cinco terroristas. Entre aquellas imágenes, hubo una que dio la vuelta al mundo: la lucha silenciosa de una madre y de sus dos hijos, tumbados en el suelo durante cinco horas tratando de confundir a los asaltantes. Los tres sobrevivieron al ataque y aquella escena fue galardonada, meses después, con el Premio Pulitzer.

El atentado que Al Shabab perpetró contra el centro comercial Westgate alteró el transcurso de la historia reciente de Kenia; un país que, en el contexto africano, se había erigido como ejemplo de seguridad y estabilidad política. Desde entonces, el grupo yihadista ha extendido su campaña de hostigamiento a otras regiones del país. El ataque contra la Universidad de Garissa, en el que murieron 148 personas, es un ejemplo de ello.

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Según Obama, su padre se crió ‘escuchando a las cabras pastar’, en una pequeña aldea al oeste de Kenia. Imagen de un paraje de Mara.

“Muchos creen que con la llegada de Obama todo eso va a cambiar, que vamos a lavarnos la cara y que volverán los turistas y los inversores”, comenta Joseph Mbue, quien, con ojo clínico, trata de esquivar con su taxi los atascos que estos días registra la capital de Kenia. Las obras para adecentar Nairobi se han precipitado ante la inminente visita del presidente estadounidense, que llega el viernes en el país africano; en la tierra en la que nació su padre y en la que todavía vive parte de su familia.

“Mi padre se crió en una aldea pequeña al oeste de Kenia. Fue a una escuela humilde y creció escuchando a las cabras pastar”, recuerda el presidente de Estados Unidos cada vez que le preguntan sobre su sangre africana. Un relato con el que buena parte de los ciudadanos de Kenia se siente identificado.

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Joseph Mbue, taxista de 27 años, se muestra escéptico sobre la visita de Obama.

“Saludamos al líder de Estados Unidos”, prosigue Joseph, a los mandos de su taxi, “pero hay que ser realistas: este viaje no va a solucionar todos nuestros problemas”. A lo largo de la jornada, este joven de 27 años se topa una y otra vez con Obama. Su cara adorna los carteles de las principales avenidas y de camisetas diseñadas para la ocasión, de anuncios publicitarios y de pinturas garabateadas por artistas callejeros. “Es el hijo del estudiante keniano que cambió el mundo”, anuncia en su portada el Daily Nation, principal cabecera del país.

La proliferación de los mensajes de bienvenida a Barack Obama tan solo es comparable con el aumento de la presencia policial y militar. El Gobierno de Uhuru Kenyatta confía en que esta visita sirva para relanzar la imagen del país. Por otro lado, la alerta por posible atentado terrorista ha alcanzado su máximo nivel. Nairobi se ha convertido en una ciudad fortificada, con controles de seguridad en los principales accesos y cortes en las comunicaciones, incluidas las telefónicas. La prensa local denuncia, además, la expulsión forzosa de 3.000 vagabundos de la ciudad; la mitad de ellos, niños.

El futuro del cuerno de África, en juego

Barack Obama visita la tierra de sus ancestros en un viaje en el que, más allá del trasfondo simbólico, se abordará la hoja de ruta que la región seguirá durante los próximos años, especialmente en materia de seguridad. El terrorismo yihadista amenaza con desestabilizar el escenario geopolítico de la región y los asesores de Obama temen un efecto dominó sobre otros países vecinos.

Aunque Al Shabab nació en Somalia y éste es su principal escenario de actuación, en los últimos años ha extendido sus tentáculos más allá de sus fronteras, perpetrando sus ataques en Kenia o Uganda. “Atacaremos a todo aquel país que mate a nuestros familiares”, apunta la organización terrorista en referencia a las fuerzas que componen la misión de paz con la que la Unión Africana opera en Somalia.

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Un vendedor de periódicos ambulante muestra la portada del Daily Nation.

Durante los próximos días, Obama y Kenyatta pretenden estrechar lazos en la lucha contra el terrorismo yihadista. La frontera entre ambos países, trazada con escuadra y cartabón, es irreconocible salvo sobre un mapa. El terror infundido por Al Shabab y otras milicias ha empujado a cientos de miles de somalíes fuera de su país. Hasta el momento, 400.000 de ellos han ido a parar a Dadaab, al este de Kenia, donde se levanta el campo de refugiados más grande del mundo.

“Estados Unidos es un gran aliado. Nos apoya y forma a nuestros hombres para combatir a los terroristas”, apunta Joseph Ole Lenku, ministro del Interior, en una entrevista emitida recientemente en la CNN.  Además, el Pentágono ha proyectado algunas de las operaciones que han causado mayores estragos entre las filas de Al Shabab: entre ellos, un ataque con dron que acabó con la vida de Adan Garar, líder destacado de la milicia que planeó el atentado contra la Universidad de Garissa.

Bajo este escenario de terror, Barack Obama pisa Kenia por tercera vez, la primera desde que es presidente de Estados Unidos. Un país en el que todavía escuecen las heridas de los atentados, que late bajo la amenaza yihadista y que tratará de empapelar sus miedos en carteles callejeros para ofrecer, estos días, su mejor cara.

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Comercios en uno de los arrabales de las afueras de Nairobi.

El acuerdo Washington-Teheran: un triunfo para Obama

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Irán y Estados Unidos acaban de firmar el llamado “Acuerdo Nuclear”. ¿Por qué se ha firmado un acuerdo ahora? El principal giro hay que buscarlo no en Teherán, sino en Washington. Teniendo en cuenta los inmensos cambios que están desarrollándose más allá de Oriente Próximo es difícil que Estados Unidos pueda defender sus intereses en el mundo musulmán al mismo tiempo que se centra en el enfrentamiento con China, algo que inevitablemente hará si quiere defender su posición hegemónica.

Irán y Estados Unidos acaban de firmar el llamado “Acuerdo Nuclear”. La República Islámica no sólo tendrá más facilidad para continuar con su programa nuclear, sino que dejará de ser un Estado paria para reintegrarse, pese a todas las sospechas, en la sociedad internacional. Lo que queda por ver es cómo será el aterrizaje de Irán en ese mundo del que fue expulsado en 1979, y qué se puede esperar del país persa y de sus vecinos en este nuevo escenario.

¿Por qué se ha firmado un acuerdo ahora? El nombramiento de Rouhani como presidente de la República en verano de 2013 y su política de acercamiento a Occidente parece ser el detonante de la negociación. Sin embargo, en Irán el Presidente de la República es un cargo con un poder muy limitado (es el único líder del Poder Ejecutivo del mundo que no tiene mando sobre las Fuerzas Armadas, por ejemplo), y por lo tanto corresponde al Ayatolá Supremo definir la política del país, tanto a nivel interno como con el resto del mundo.

Tampoco es la primera vez que un clérigo aperturista llega a la Presidencia de Irán: Mohammed Khatami, Presidente de la República entre 1997 y 2005, fue un reformista que permitió inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía Atómica y firmó un acuerdo con Francia, Alemania y el Reino Unido, el Acuerdo de París, en el que se comprometía a suspender el enriquecimiento de uranio. Pero no se llegó a más, ni se profundizó tanto como se ha profundizado ahora, pese a darse unas condiciones similares.

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Presidente Rouhani de Irán

¿Por qué ahora?

El principal giro hay que buscarlo no en Teherán, sino en Washington. Al margen de las diferencias entre Obama y Bush, los intereses geoestratégicos de Estados Unidos han cambiado enormemente en los últimos diez años, coincidiendo con dos fenómenos que no tienen nada que ver con Irán: el ascenso de China en el Pacífico, con el consecuente incremento de su agresividad, y el desmesurado crecimiento de la producción de petróleo estadounidense, que desde 2008 ha crecido un 70%. El primer fenómeno supone un desafío a la hegemonía estadounidense, el segundo acerca a Estados Unidos a la independencia energética y a una menor dependencia de Oriente Próximo.

¿Qué relación tiene esto con el Acuerdo Nuclear? Una nación como Estados Unidos tiene intereses en todas las partes del globo, y no puede permitir desentenderse de ninguna de ellas. Si los estadounidenses reducen el nivel de implicación en Oriente Próximo, deben dejar tras de sí un escenario en el cual se minimicen los eventuales riesgos asociados a un menor control directo.

La razón por la que Washington no puede dejar desatendida ninguna zona del mundo está incrustada en la lógica del poder geopolítico, y la expresa perfectamente Mearsheimer, uno de los pensadores más relevantes del ámbito de las Relaciones Internacionales y creador de la teoría del realismo ofensivo. Según Mearsheimer, ninguna nación puede gobernar el mundo por completo, dado que es imposible obtener tal grado de poder que permita la dominación mundial. No obstante, las naciones pueden ser los poderes hegemónicos en sus zonas de influencia geográficas o culturales, y por lo tanto pueden (y deben) intentar evitar que ninguna otra nación del globo adquiera en su propia zona de influencia un poder similar.

Aplicado a la realidad geopolítica de nuestro tiempo, Estados Unidos no domina, ni puede dominar, el planeta. Pero sí domina el continente americano y seguirá siendo la primera potencia mundial mientras impida que otra nación gobierne en su propia zona de influencia. La lógica para enfrentarse a la Alemania nazi y a la Unión Soviética era evitar que ningún poder gobernara Europa en solitario, y esta misma lógica es lo que le impulsa a enfrentarse a China: para limitar su eventual dominio de Asia.

Ahora que el suministro de petróleo empieza a ser un tema secundario, la presencia militar en el Oriente Próximo lo será también, por lo que Estados Unidos puede recurrir a una situación menos conflictiva, menos costosa y más segura para los intereses estadunidenses. El propio Mearsheimer defendió esta teoría en 2008 en relación precisamente con Oriente Próximo. Esta estratagema consiste en enfrentar a dos naciones de una misma zona geográfica de forma que el conflicto les desgaste y les impida convertirse en potencias hegemónicas.

La realidad geopolítica

Oriente Próximo y el mundo musulmán en general está dividido en dos bloques antagónicos: por un lado, el mundo suní liderado por Arabia Saudí y las Monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo. Por otro lado, el mundo chií liderado por la República Islámica de Irán. Cualquiera que conozca de cerca el mundo islámico sabe, y Estados Unidos lo sabe bien, que se odian entre sí más de lo que odian a los estadounidenses o incluso a Israel.

Estados Unidos sabe que si el acuerdo nuclear no se hubiese firmado es probable que a la larga el bloque suní hubiera acabado desbancando al chií. Las sanciones a Irán limitarían su capacidad, por lo que el bloque suní tendría las manos libres para incrementar su influencia de manera contraria a los intereses estadounidenses (como ya sucedió en 1973). Para forzar al bloque suní a centrarse en su amenaza más próxima, es inevitable dotar de mecanismos a su enemigo. El levantamiento de las sanciones fortalecerá la capacidad económica de Irán y con ello, su capacidad para sostener movimientos anti-suníes en Iraq, Yemen, Líbano o Siria, que puedan hacer frente a los movimientos anti-chiíes financiados directa o indirectamente por Arabia Saudí y el Golfo, como el Estado Islámico, Al Qaeda o el Frente Al-Nusra.

También es muy importante tener en cuenta que a los ojos de Arabia Saudí (e Israel), este acuerdo deja las manos libres a Irán para conseguir la bomba atómica, un escenario insoportable para los saudíes. Esto obligará a Arabia Saudí a elevar el gasto militar (previsiblemente cerrando acuerdos con empresas de armamento estadounidenses) y a entrar en una carrera armamentística que Irán se verá obligada a seguir, lo que creará un agujero negro económico en ambas naciones que limitará su capacidad de amenazar a Estados Unidos y que probablemente intentaría ser saneado de la forma más eficaz que tienen ambas naciones, que es con la venta de hidrocarburos… posiblemente a Estados Unidos.

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Negociación del pacto nuclear

Pero, ¿y si realmente Irán consiguiera la bomba atómica? Esto no es en absoluto un escenario indeseable para la Casa Blanca, ya que entonces Arabia Saudí también la obtendría (de hecho lleva tiempo buscando adquirirla a través de Pakistán). Y cuando dos enemigos acérrimos obtienen la bomba atómica, se produce lo que en Relaciones Internacionales se conoce como la “paradoja estabilidad-inestabilidad”. Esto significa que los conflictos directos se reducen drásticamente, mientras que los conflictos indirectos aumentan en la misma medida.

Por lo tanto si esta situación de estabilidad-inestabilidad se reprodujera en Oriente Medio entre el bloque suní y el chií esto sería una bendición para Estados Unidos, ya que el país norteamericano  podría olvidarse definitivamente de que ninguno de los dos bloques obtuviera suficiente poder como para dominar esta zona geográfica.

El estatus de Israel

El único cabo suelto que quedaría en este nuevo escenario es el estatus de Israel. Muchos medios y políticos israelíes han presentado este acuerdo como un paso que pone en grave riesgo la supervivencia de Israel. Sin embargo es poco probable que esto suceda, ni siquiera aunque Irán consiguiera la bomba atómica. Si Corea del Norte, un Estado regido por un Gobierno demencial y con una sociedad civil masacrada, no ha lanzado la bomba atómica, no hay motivos para pensar peor de Irán, un Estado con un Gobierno suficientemente sensato como para sentarse a negociar con Occidente y con una sociedad civil enérgica y vibrante.

En segundo lugar, el lanzamiento de una bomba atómica requiere de muchas negociaciones y muchos preparativos, por lo que es improbable que pasara inadvertido por el Mossad, la CIA y las demás agencias de inteligencia, que seguramente podrían neutralizar eficazmente el lanzamiento. Esto se aplicaría a cualquier nación que pretendiera usar armamento nuclear, llámese Irán, Pakistán, Francia… o el propio Israel.

La razón por la que el Estado Judío ha batallado tan ardientemente contra el Acuerdo Nuclear no es por una cuestión de supervivencia, sino de influencia. Israel es un Estado cuya supervivencia se fundamenta en tres pilares: una política de contención agresiva con sus vecinos, un Ejército y unos servicios de inteligencia extraordinariamente profesionales, y la existencia de un lobby capaz de ejercer una presión sustancial sobre las naciones occidentales y particularmente sobre Estados Unidos. La diferencia entre ambas naciones es que Estados Unidos puede permitirse olvidarse de Israel, pero Israel no puede permitirse que Estados Unidos le olvide. Apoyar a Israel era conveniente para los estadounidenses cuando tenían grandes intereses en Oriente Próximo, pero ahora que esos intereses empiezan a cuestionarse, es poco probable que Israel disponga de la misma influencia que ha tenido hasta ahora en la política exterior de la Casa Blanca.

Israel todavía está a tiempo de revertir esta situación si los políticos estadounidenses patrocinados por el lobby judío consiguen crear una oposición suficientemente fuerte al acuerdo nuclear. No sería la primera vez que Israel interviene decisivamente en la política exterior de Estados Unidos. Pero, si no lo lograra, quizá sí sería la última vez.

Teniendo en cuenta los inmensos cambios que están desarrollándose más allá de Oriente Próximo es difícil que Estados Unidos pueda defender sus intereses en el mundo musulmán al mismo tiempo que se centra en el enfrentamiento con China, algo que inevitablemente hará si quiere defender su posición hegemónica. Previsiblemente, el mundo experimentará una gran transformación en los próximos veinte años, pero quien más capacidad tendrá para determinar el impacto y el ritmo de estos cambios será Washington. En el modelo que han diseñado para Oriente Próximo, el gran perdedor será Arabia Saudí, que nunca debió haber provocado a la superpotencia en 1973. Irán será un vencedor relativo, mejorando su estatus aunque sea a costa de una mayor tensión, pero el vencedor indiscutible será la Casa Blanca que ahora habita Barack Obama.

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Francisco Rivas es abogado, experto en Relaciones Internacionales en Oriente Próximo y ha trabajado en la Embajada de España en Omán. También es escritor; su último libro es 1212: Las Navas.

La importancia del acuerdo nuclear con Irán en seis puntos

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Hace ya una semana que seis potencias con Estados Unidos al frente llegaron a un acuerdo con Irán sobre su programa nuclear. Desde entonces se analiza, discute, critica y elogia una y otra vez. El acuerdo tiene el potencial de cambiar la región; crear un conflicto grave con el gran aliado americano, Israel, o definir quién será el próximo presidente de Estados Unidos. Estos son los porqués:

1. Es muy importante, pero aún no es nada. El acuerdo del 2 de abril es solo un marco para seguir negociando. Los detalles no están cerrados. Es una declaración provisional, que no compromete a nadie. Pero a pesar de no ser nada concreto, ha generado miles de noticias y comentarios. Es una pequeña primera prueba de su importancia.

Los documentos han servido para avanzar y comprobar el ambiente. En un despliegue de sinceridad, el embajador francés en Estados Unidos ha dicho este viernes: “Mantengámonos frios. Cualquier negociación difícil va precedida de preparación de músculos y demandas. Esperemos las discusiones reales”.

Hace años que se negocia algún tipo de acuerdo. El embajador Araud llama calentamiento a lo que ha ocurrido hasta ahora. Es un consuelo que llegue la hora de la verdad. El plazo ahora para el acuerdo definitivo es el 30 de junio, pero podría retrasarse de nuevo.

2. Quién va ganando. Estados Unidos y sus aliados llevan ventaja. Irán defiende su derecho a tener un programa nuclear civil. Estados Unidos le acusa de camuflar un programa nuclear militar para lograr una bomba. Los países con armas nucleares son un club reducido: Rusia, Estados Unidos, Francia, Reino Unido, India, Pakistán, China, Israel y Corea del Norte.

Para los países pequeños es sobre todo un arma defensiva, disuasoria. Si Corea del Norte es capaz de matar con un solo proyectil a cientos de miles de surcoreanos o japoneses, sus enemigos pensarán bien si quieren atacar o invadirles.

Irán aspira a la misma seguridad. Pero esa seguridad comprometería la de sus vecinos. En un momento de nervios y descontrol, una bomba nuclear puede ser el origen de una terrible reacción en cadena.

¿Cómo el mundo ha logrado por ahora detener el presunto avance iraní hacia una bomba? Con sanciones económicas. Estas medidas impulsadas por países concretos, por la Unión Europea y por Naciones Unidas hacen que las relaciones comerciales de Irán estén capadas.

Con menos ingresos por petróleo y con menos capacidad de participar en mercados internacionales, el país sufre. Tras años de economía de resistencia y con la elección de un presidente moderado, Hasan Rohani, Irán ha cambiado de rumbo. La CIA está segura de que el temor de un derrumbe económico -y por tanto del régimen- ha hecho que Irán se siente a negociar por su programa nuclear.

Las negociaciones serían un modo más seguro de salvar el régimen que una bomba. Al menos por ahora. Un analista iraní dice que Rohani quiere ser “el Deng Xiaoping iraní”, no el Gorbachev. Deng inició el cambio chino hacia el capitalismo para mantener el régimen. El problema de Rohani es que no tiene la última palabra. Las decisiones últimas en Irán son del ayatolá Jamenei.

Irán empezaba a negociar con desventaja y ha tenido que ceder. Todo esto es provisional, pero estas son las cuatro medidas más importantes que ha concedido: permitir inspecciones exhaustivas, enviar al extranjero casi todo su uranio enriquecido, detener y precintar dos tercios de centrifugadores que enriquecen uranio y transformar las centrales de Arak y Fordo.

3. Por qué Irán tiene suficiente. En una partida, si el pequeño logra salvar el tipo ya basta. Con no perder, Irán tiene suficiente. Los ayatolás se guardan al menos tres recursos: el acuerdo es para diez años, con lo que pueden esperar y ver; podrán seguir investigando sobre energía nuclear, y nada va a destruirse.

En una entrevista a la radio NPR, Obama dijo: “Lo que es un temor más relevante es que en los años 13, 14, 15 [después del inicio del acuerdo], ellos tienen centrifugadores avanzados que pueden enriquecer uranio bastante rápido, y en ese punto los tiempos para lograr uranio suficiente para una bomba pueden disminuir hasta cero”.

Obama está admitiendo que una vez caduque su acuerdo, la bomba podría ser cuestión de semanas. Es poco esperanzador para la comunidad internacional.

4. Los flecos son largos. Si hubiera que resumir el acuerdo en los dos puntos esenciales serían estos: inspecciones y sanciones. Estados Unidos y sus aliados quieren que Irán permita todo tipo de inspección intrusiva, tanto en bases militares como en centros de producción de armas de largo alcance.

Irán quiere que las sanciones desaparezcan el primer día tras la firma del acuerdo. Estados Unidos quiere que su retirada sea progresiva según Irán vaya cumpliendo sus obligaciones. Una vez anuladas, sería muy difícil volver a activar las sanciones. Las sanciones más eficaces son las multilaterales -Naciones Unidas y Unión Europea- porque afectan a más países. Si se derogan, Rusia o China pueden vetar su nueva puesta en marcha.

5. Por qué Israel se sigue quejando. Hay dos motivos sencillos por los que Israel tiene más interés en este acuerdo: la amenaza persistente iraní de destruirlo y la geografía. Israel tiene a norte y sur el Líbano y Gaza. Las bandas Hezbolá y Hamás viven de financiación iraní. Si llegaran a tener material radioactivo, su capacidad se multiplicaría de modo inimaginable.

El presidente Obama sólo promete a Israel que le ayudará en caso de conflicto contra Irán, pero los israelíes serían los primeros en sufrir la amenaza. Es lógico que el primer ministro Netanyahu vea el acuerdo como insuficiente. El problema son las alternativas escasas.

6. Qué alternativas hay si Irán hace trampas. La diplomacia está para hacer trampa. Nada es sencillo. El régimen norcoreano es la prueba de que detener con medios pacíficos a un país que quiere la bomba es difícil. También llegaron a un acuerdo con la administración Clinton y ahora Kim Jong-un vive tranquilo con sus armas nucleares.

El director de la CIA, John Brennan, dice que han aprendido la lección y que serán capaces de detectar posibles trucos iraníes. Pero nada será automático. Como dice aquí el eterno Henry Kissinger, “idear modelos teóricos de inspección es una cosa. Obligar a su cumplimiento, semana a semana, a pesar de crisis internacionales en paralelo y distracciones internas, es otra”.

Si se firma un acuerdo definitivo y aceptable e Irán engaña, el reto de Estados Unidos será demostrar que la trampa es real, constante y malintencionada. La tarea de convencer a chinos y rusos sobre todo sería difícil.

El camino hasta una guerra sería por tanto largo. La garantía que el presidente Obama ofrece con el posible acuerdo en vigor a los detractores del acuerdo -republicanos e israelíes, sobre todo- es que si Irán no cumple habrá un año para actuar antes de que logren una bomba.

Obama ha prometido que Irán no lograría un arma nuclear “en mi mandato”. Está a punto de conseguirlo. Pero la patata caliente pasará al siguiente. Si además de evitar el arma, logra algún tipo de acercamiento con Teherán gracias a la confianza generada, sería con más motivo el mayor legado de su presidencia.

Las consecuencias de un deshielo son imprevisibles. Aún así, ¿aseguraría eso que Irán deja de tener pretensiones nucleares? Probablemente no. El único modo seguro de frenar la amenazas iraní es un cambio de régimen. No es un método sencillo: ya se ha visto cómo han terminado la guerra de Irak y la primavera árabe.

Se mire como se mire, las consecuencias de las negociaciones con Irán son extraordinarias.