El Banco de España aflora 1.000 millones de deuda oculta en Cataluña

Artur Mas, the acting head of Catalonia's regional government, speaks during a meeting at the regional government headquarters in Barcelona, Spain, September 29, 2015. Catalonia's Supreme Court has indicted Mas for carrying out a non-binding referendum on independence last November, facing preliminary charges for disobedience, abuse of authority, and usurping authority, according to court documents released on Tuesday. REUTERS/Stringer

Las ‘facturas ocultas’ elevan la deuda pública de Cataluña casi un 2%, por encima de 67.800 millones de euros e imposibilitan al Gobierno cumplir el Programa de Estabilidad.

Foto: REUTERS/Stringer

Artur Mas, the acting head of Catalonia's regional government, speaks during a meeting at the regional government headquarters in Barcelona, Spain, September 29, 2015. Catalonia's Supreme Court has indicted Mas for carrying out a non-binding referendum on independence last November, facing preliminary charges for disobedience, abuse of authority, and usurping authority, according to court documents released on Tuesday. REUTERS/Stringer
Arturo Mas, presidente en funciones de la Generalitat./ REUTERS/Stringer

La pesadilla de las deudas sin contabilizar vuelve a revivirse este año. El Banco de España saca a la luz facturas ocultas del último año en Cataluña por valor de 1.042 millones de euros. Este pasivo no contabilizado hasta ahora procede de deudas de asociaciones público-privadas. En concreto, se refieren a dos grandes bloques de deuda: uno con fecha en diciembre de 2014 y un segundo, de junio de este año, que superan los 1.000 millones de euros. Estas facturas contra el erario público afloran justo cuatro días después de la celebración de las elecciones catalanas, por lo que no han influido en el voto de los ciudadanos.

Dos picos que elevan el pasivo de Cataluña hasta los 67.855 millones de euros, un nivel nunca antes visto, y que llevan la ratio de deuda sobre el PIB de la comunidad hasta el 33,9%. En total, un avance de 1,1 puntos del PIB que deja a Cataluña en el tercer puesto de autonomías más endeudadas, por detrás de la Comunidad Valenciana y Castilla-La Mancha.

Ratio deuda/PIB de las comunidades autónomas (%)

Fuente: Banco de España. Datos hasta junio.

Cataluña, que ya era una de las comunidades que tenía más problemas por el volumen de su deuda, empeora su situación de un plumazo. La Comunidad tiene ya el 27% del pasivo de todas las autonomías. En el extremo opuesto se sitúa la Comunidad de Madrid, para la que el Banco de España ha revisado a la baja su volumen total de deuda. En concreto, ha ajustado su pasivo en 29 millones el pasivo de la región, hasta dejarlo en 26.312 millones, lo que supone un 13,3% de su PIB.

Rompe la promesa del Gobierno

Esta desviación de las cuentas de Cataluña, unido a la revisión a la baja del PIB realizada por el INE, hará imposible que España cumpla este año las previsiones de déficit y deuda comprometidas con Europa. Hacienda remitió a Bruselas en abril su Programa de Estabilidad para los años 2015-2018 en el que prometía que el endeudamiento público se quedaría en el 98,9% del PIB y que en ningún caso superaría el 100%.

Estas promesas son ya papel mojado con las nuevas cifras del Banco de España. La actualización de las cuentas financieras ha elevado el endeudamiento público en 1,8 puntos de PIB, hasta el 99,5%. De un plumazo el pasivo de España se ha colocado seis décimas por encima de lo comprometido por el Ejecutivo. En total, en torno a 6.000 millones de euros de desviación sólo hasta el mes de junio que tendrán una solución muy complicada en la segunda mitad del año.

España también tenía muy complicado cumplir el objetivo de déficit para este año marcado por Bruselas, pero con este nuevo pasivo carga sobre sus espaldas, ahora es prácticamente imposible que lo logre. El mandato europeo es cerrar el año con un déficit del 4,2% sobre el PIB y al cierre de julio ya contabiliza un desvío superior al 3%.

Las comunidades autónomas están siendo las más incumplidoras de todas las administraciones públicas. Si antes de esta revisión ya habían superado el límite de déficit para todo el año, ahora el escenario es mucho peor. El Ejecutivo central había marcado un objetivo de desviación máximo del 0,7% sobre el PIB, cifra que ya habían sobrepasado en julio. Con esta actualización del Banco de España, la desviación de las autonomías ya será superior al 0,8% del PIB.

Actualización del PIB

Una buena parte de la revisión al alza de la ratio de endeudamiento se debe a que el Banco de España ha incorporado la revisión a la baja del PIB español realizado por el INE. Esto significa que, como baja el tamaño de la producción española anual, el porcentaje que representa la deuda sobre ésta es mayor.deuda_nueva

El endeudamiento de todas las autonomías ha aumentado tras esta revisión, liderado por el avance de Cataluña, que aumenta 1,1 puntos de PIB. La Comunidad Valenciana ocupa esta dudosa segunda posición, ya que su ratio de endeudamiento aumenta en 0,7 puntos de su PIB y Castilla-La Mancha ocupa el tercer puesto, con un avance de 0,6 puntos.

El independentismo presiona a la CUP para investir a Mas

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Medios y periodistas afines al president tratan de convencer a la formación anticapitalista para que permita la investidura del líder de CDC. La CUP mantiene el pulso e insiste en encontrar un candidato de consenso.

Medios y periodistas afines al president tratan de convencer a la formación anticapitalista para que permita la investidura del líder de CDC. La CUP mantiene el pulso e insiste en encontrar un candidato de consenso.

Un miembro de la CUP acuñó hace unos años un término que en Cataluña ha hecho fortuna. Habló del Camamilla Party. El término en catalán significa manzanilla, hace referencia al Tea Party estadounidense y describe a un sector de la sociedad catalana. Ese grupo lo forman contertulios, columnistas, directores de medios y un ejército de miles de tuiteros.

A grandes rasgos y con matices, los miembros del Camamilla Party defienden a Artur Mas como la única persona capaz de liderar el proceso soberanista. Consideran que no toca hablar de los recortes hasta que Cataluña sea independiente y atribuyen cualquier indicio de corrupción a una guerra del Estado contra Cataluña. Ese mismo sector no le ahorró reproches a la CUP cuando decidió no ir en la lista unitaria soberanista. Odian tanto a Mariano Rajoy como a Pablo Iglesias o Duran Lleida y les dolió sobremanera que la alcaldía de Barcelona quedara en manos de Ada Colau.

En las últimas horas, el Camamilla Party se ha volcado en presionar a la CUP para que ceda y haga presidente a Artur Mas.

El diario Ara ha publicado en su versión impresa de este martes un editorial llamado Mas no puede ser el problema. El editorial iba destacado en portada con el titular Peligra la investidura. Uno de sus más destacados columnistas, Antoni Bassas, también publica en el mismo periódico un artículo a favor de la investidura del president en funciones. “Sería un error que lo que no ha conseguido la persecución mediática con base en Madrid se decidiera ahora en Barcelona”, asegura.

El exdirector de La Vanguardia, José Antich, también afirma en un artículo que los intentos de desplazar a Mas de la presidencia son de una “gran miopía”. Pilar Rahola aseguró este lunes en 8TV que no le parecería justo que se apartara ahora al president. Otros periodistas y opinadores invitaban a la CUP a reflexionar sobre por qué se alinea con los poderes unionistas en el rechazo a Artur Mas.

https://twitter.com/jordibarbeta/status/648721503140364288

El ‘president’ mártir

La imputación de Artur Mas por la consulta del 9N, conocida durante la mañana de este martes, ha aumentado aún más la presión sobre la CUP. Todo el soberanismo ha cerrado filas en torno a Mas y esto ha dejado a la CUP aún más expuesta a pesar de que el líder del partido, Antonio Baños, ha mostrado su solidaridad con Mas y las demás imputadas.

Para más inri, el juez ha citado a Mas a declarar en el 75º aniversario del fusilamiento del antiguo president de la Generalitat Lluís Companys.

Muchos han interpretado la imputación de Mas como el estímulo necesario para que la CUP cediera en su postura de negar la investidura. Mas adquiría una posición más transgresora y se convertía en representante de la desobediencia que prodiga la CUP. Baños, sin embargo, ha mantenido el discurso del partido y ha dejado claro que no cederán a las presiones. “Después de décadas de represión policial y judicial, no nos asusta demasiado una campaña de Twitter”, ha afirmado el líder de la CUP.

Quiénes han evitado pronunciarse a favor de la investidura de Mas han sido los presidentes de la ANC y Òmnium Cultural. En una rueda de prensa conjunta, han criticado la imputación y han confiado en que las formaciones llegarán a un acuerdo, pero no han querido valorar si es importante que Mas sea president.

Un poder inesperado

Todas las encuestas indicaban que la CUP tendría la sartén por el mango a la hora de articular una mayoría soberanista en el Parlament. Lo que no se esperaba la formación era que la investidura de Mas como president dependería de sus votos. El partido anticapitalista se sentía mucho más cómodo con la posibilidad de una abstención en segunda vuelta. Pero ahora este escenario no es posible y la CUP tiene la carga de ser quién puede dinamitar el proceso si JPS tampoco cede.

La situación no ha avanzado durante este martes. Ambas formaciones han reafirmado sus posiciones ante los medios durante la mañana y por ahora nadie quiere aparentar que está dispuesto a ceder. El entorno de Mas ha filtrado a TV3 que el proceso no se va a parar y que la CUP ha de decidir si lo va a apoyar. Baños ha vuelto a repetir que no investirán a Mas y ha insistido en una figura de consenso con la que “todos nos podamos sentir cómodos”. Si Mas representa un extremo y la CUP otro, lo que buscan es un candidato intermedio. Con esas palabras lo ha explicado Baños durante una entrevista en TV3.

CDC, sin embargo, no está dispuesta a dejar de liderar el proceso y considera “irrenunciable” la presidencia de Mas. Después de todos los costes de la aventura independentista para el partido –de la ruptura con Unió a las imputaciones–, no quieren que la presidencia quede en manos de una persona de ERC o de un candidato independiente como Romeva. ERC sigue defendiendo que el candidato de Junts pel Sí es Mas pero de manera menos apasionada. “Concentrémonos en el qué y no en el quién”, ha afirmado este martes Oriol Junqueras.

Junts compareció este martes para valorar los resultados y proyectó una imagen de unidad en torno a Mas. Las declaraciones de Romeva y del propio Mas, no obstante, dejaban la puerta abierta a negociar otro presidente. “El candidato es Mas, y a partir de aquí negociaremos”, explicó Romeva. “Lo importante es saber si los 72 diputados están dispuestos a sacar adelante la hoja de ruta (…) y el resto son cosas añadidas”, zanjó Mas.

Las negociaciones, en marcha

Ambos partidos ya han empezado con algunas llamadas los primeros contactos de lo que se prevé como una dura negociación.

El núcleo duro de Junts se ha reunido en el Parlament para empezar a confeccionar el nuevo Gobierno y la organización del grupo parlamentario y a barajar nombres de futuros consellers. A la reunión han acudido Romeva, hombres de confianza de Mas como Josep Rull o Jordi Turull, dirigentes de ERC como Marta Rovira y Lluís Salvadó y las expresidentas de las organizaciones sociales ANC y Òmnium, que iban en la lista en los puestos dos y tres.

A la vez se ha designado una comisión negociadora formada por miembros de todos los partidos y entidades de la candidatura con el objetivo de iniciar los contactos con la CUP. Junts busca contactos discretos y sin aspavientos y evita críticas contra la postura de los anticapitalistas.

La CUP, por su parte, ha iniciado conversaciones con todos los partidos que puedan sumarse al llamado proceso constituyente. También con la coalición izquierdista Catalunya Sí que es Pot (CSP), que incluye a Podemos y a Iniciativa. 

Lo que sí que se prevé es una de las negociaciones más herméticas de los últimos tiempos. La CUP ya ha advertido que sus miembros se levantarán de la mesa de negociaciones en cuanto se produzca la primera filtración. El partido ya abandonó la negociación de la lista única en julio después de que se filtrara información a los medios de comunicación.

El desplome del bipartidismo en cuatro gráficos que deberían preocupar (sobre todo) a Pedro Sánchez

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PP y PSC viven sus horas más bajas en Cataluña, pero es Pedro Sánchez quien más debe preocuparse por el auge de Ciudadanos. Su carrera a La Moncloa podría verse más afectada.

“No se puede gobernar España sin Cataluña”. La frase la pronunció este lunes Pedro Sánchez, secretario general y candidato a La Moncloa del PSOE. Estaba dirigida a un Mariano Rajoy que “ha convertido a su partido en marginal”. En el PSOE creen haber salvado los muebles al superar el resultado que pronosticaban las encuestas y de paso a la marca que abanderaba Podemos, su principal rival en la izquierda.

El PSC, la marca socialista en Cataluña, ha perdido cuatro escaños con respecto a las últimas elecciones con un número de votos ligeramente inferior al cosechado en 2012. El PP, que también buscaba contener el desgaste, ha perdido ocho y, a diferencia del PSC, un número de votos muy significativo: más de 120.000. Los dos partidos que han gobernado España viven sus horas más bajas en Cataluña.

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Si se echa la vista atrás, el retroceso del PSC es mucho más significativo. Una comparación de resultados a corto plazo permite hacer un análisis compasivo con la campaña de Miquel Iceta. Contra pronóstico, llegó vivo al final del baile y su formación es la tercera en el Parlament. Pero el resultado del PSC es el peor de su historia.

La diferencia entre PP y PSOE

El PP nunca ha superado la barrera de los 20 escaños en un Parlament de 135 sillas. Nunca ha sido alternativa de Gobierno a Convergencia i Unió, que ha gobernado Cataluña más de 28 años con Jordi Pujol y Artur Mas. El PSC sí. Gobernó durante siete años (2003-2010).

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Los socialistas catalanes llegaron a conquistar 52 escaños en las elecciones de 1999, las primeras a las que se presentó Pasqual Maragall. Faltaban cuatro años para que el exalcalde de Barcelona se convirtiese en president de la Generalitat. Después le sucedió José Montilla al frente de otro tripartito hasta 2010. Hoy, cinco años después, los 37 escaños que gestionó Montilla parecen un sueño inalcanzable para el socialismo catalán.

Un par de mapas sirven para explicar otras preocupantes derivadas del resultado socialista. El PSC pierde en áreas de tradicional influencia. La ciudad de Barcelona, un feudo de la izquierda y del socialismo durante prácticamente toda la democracia, dejó de estar gobernada por el PSC en 2011, cuando Xavier Trias (CiU) se convirtió en alcalde. Hace unos meses, la izquierda recuperó el bastón de mando de la mano de Ada Colau, ausente de la campaña que han hecho sus compañeros de Catalunya Sí que es Pot (CSP).

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En estas elecciones, Junts pel Sí ha teñido de verde aguamarina todos los distritos menos uno: Nou Barris, un barrio obrero en el que solía imponerse el PSC. Pero Nou Barris no es socialista sino de Ciudadanos, según se puede ver en el mapa de la derecha.

En el área metropolitana de Barcelona, el naranja Ciudadanos se disputa con Junts pel Sí la predilección del electorado, desplazando de su tradicional feudo al PSC. En L’Hospitalet de Llobregat, la segunda ciudad más poblada de Cataluña con más de 250.000 habitantes, más electores votaron a Ciudadanos que al PSC. En las elecciones municipales de mayo, los socialistas tuvieron más del doble de votos que el partido que lidera Albert Rivera.

La comparación del porcentaje de voto socialista de las autonómicas de 1999, cuando el PSC logró su máximo histórico, y del de este domingo, muestra a una Cataluña que poco a poco ha ido perdiendo un color rojo que le era propio.

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Los socialistas recuerdan que pese a todo en las elecciones municipales el PSC fue el segundo partido con más votos en Cataluña, superando ligeramente a ERC y por detrás de CiU.

Unas elecciones generales inciertas

El resultado del PSC no dejaría de ser sencillamente un mal resultado en otra coyuntura política. Pero sus implicaciones para la política nacional pueden ser un serio problema en la carrera de Pedro Sánchez a La Moncloa.

Fuentes socialistas recuerdan que “todas las victorias del PSOE en España han contado con dos graneros de votos, Andalucía y Cataluña”. Los resultados de las últimas elecciones autonómicas no son halagüeños. Según un influyente diputado socialista, con unos resultados así, Cataluña sólo aportaría nueve diputados al grupo parlamentario del PSOE en el Congreso. Ahora tiene 14. La última vez que el PSOE ganó unas elecciones, con José Luis Rodríguez Zapatero en 2008, de Cataluña salieron 25 socialistas rumbo a la Carrera de San Jerónimo.

El desplome del PP tampoco permite aventurar un rebote en diciembre. En 2011, cuando Rajoy llegó a La Moncloa con una cómoda mayoría absoluta, Cataluña aportó 11 diputados. Entonces, un 20% del electorado se decantó por el PP. Este domingo, el porcentaje era del 8,5%.

La pronunciada caída del bipartidismo y la aparición de partidos emergentes como Ciudadanos auguran un Congreso de los Diputados muy fragmentado, al menos en cuanto a los diputados que se eligen en la comunidad. Queda por ver cómo se presentan ERC y CDC, espina dorsal de Junts pel Sí, y si votantes que han optado por CUP se decantan por Podemos en diciembre. Las elecciones autonómicas de este domingo muestran que el espacio de la izquierda sigue existiendo en Cataluña, pero que ya no lo capitaliza sin discusión el PSC.

También en EL ESPAÑOL:

Nueve claves que explican por qué Mas lo tiene cada vez más difícil para repetir

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Jesús Diges / Efe

Lejos de aclarar dudas, las elecciones del domingo en Cataluña han sembrado más incógnitas de las que había antes de la jornada electoral. ¿Cuántos votos hacen falta para ser president? ¿Se pueden entender la CUP y Convergència? ¿Quién será el elegido para conducir todo el proceso? A continuación intento responder a las preguntas más destacadas que han aparecido después de los comicios.

Radiografía del resultado: así votó Cataluña en su noche más decisiva

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Artur Mas convocó estas elecciones con la intención de impulsar el proceso soberanista. Pero menos de la mitad de los votantes ha respaldado a las dos listas que defendían abiertamente la independencia: Junts pel Sí y la CUP. Aquí una radiografía de la noche electoral: datos, análisis y contexto. 

Lejos de aclarar dudas, las elecciones del domingo en Cataluña han sembrado más incógnitas de las que había antes de la jornada electoral. El sector soberanista celebra la victoria y se siente avalado por la ciudadanía para continuar con el proceso de independencia. Las formaciones constitucionalistas consideran fracasado el plebiscito porque los independentistas no han alcanzado más del 50 % de los votos.

En el aire quedan cuestiones de vital importancia. ¿Cuántos votos hacen falta para ser president? ¿Se pueden entender la CUP y Convergència? ¿Quién será el elegido para conducir todo el proceso? A continuación intento responder a las preguntas más destacadas que han aparecido después de los comicios.

1. ¿Cuántos votos necesita Mas para ser investido?

Según el reglamento del Parlament, la sesión constitutiva del nuevo pleno deberá celebrarse antes del 26 de octubre. La sesión de investidura deberá celebrarse como muy tarde el 9 de noviembre.

Después del debate de investidura en el que intervienen los candidatos, se procede a una primera votación. Para ser investido presidente en esta primera ronda se necesitan 68 votos a favor. La lista de Mas tiene 62 diputados. La CUP ya ha anunciado que no votará a favor de Mas. Es decir, esta opción tiene pocas posibilidades de prosperar.

El propio Artur Mas especuló durante la campaña con la opción de ser investido en segunda vuelta gracias a una abstención de la CUP. Esta votación se celebra al cabo de dos días y al president le bastaría con una mayoría simple (más votos a favor que en contra) para ser elegido.

Tampoco esta fórmula parece que le pueda servir a Mas, por mucho que la CUP se abstenga. Los diputados de C’s, PP, PSC y Catalunya Sí que es Pot (CSP) suman 63 escaños, uno más que Junts pel Sí. Ninguno de estos partidos se abstendrá en una segunda votación. El líder de CSP, Lluís Rabell, ha afirmado esta mañana en la emisora RAC1 que sus diputados votarán en contra de la investidura de Mas.

Mas lo tiene muy complicado para ser presidente a no ser que la CUP cambie de criterio, cosa muy poco probable. El otro escenario es que Junts pel Sí se enroque en la defensa de Mas como candidato a la presidencia. En este caso cobraría fuerza la opción de unas nuevas elecciones.

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2. ¿Cuáles son las alternativas a Mas?

Cualquier candidato alternativo debe ser refrendado por un acuerdo entre Junts pel Sí y la CUP. La formación anticapitalista ha deslizado en más de una ocasión que no le desagradan ni Raül Romeva ni Oriol Junqueras, si bien habría que ver cómo sentaría en CDC la designación de un presidente escorado a la izquierda. En este sentido la figura de Romeva tiene más posibilidades que la de Junqueras: está más cerca de representar lo que sería un candidato independiente mientras Junqueras es el líder de ERC.

La opción de escoger un candidato independiente que no fuera en las listas tampoco es posible ya que el presidente debe figurar en alguna lista electoral. En todo caso dentro de la lista de Junts Pel Sí hay muchos candidatos progresistas que podrían ser del agrado de la CUP.

Las fuerzas constitucionalistas no tienen suficientes escaños para pactar un presidente así que la opción de una candidatura alternativa tampoco es viable.

Durante la campaña, sobre todo desde CSP, se ha planteado la posibilidad de un eje de izquierdas que incluya CSP, la CUP y ERC. Los pobres resultados de la lista de Lluís Rabell, sin embargo, hacen imposible esta opción

3. ¿Ralentizará la CUP el proceso de independencia?

Se ha hablado mucho sobre el compromiso de la CUP de requerir más del 50% de los votos para seguir adelante con el proceso soberanista. Esa afirmación tiene un matiz importante. La CUP consideraba necesario ese porcentaje para hacer una declaración unilateral de independencia el 28 de septiembre. Pero no para seguir adelante con el proceso.

“Tenemos el mandato democrático que nos permite tirar hacia la república catalana”, ha afirmado esta mañana el líder de la CUP, Antonio Baños. Si Junts pel Sí y la CUP salvan el escollo del nombre del president y acuerdan algunas de las reclamaciones sociales de la formación anticapitalista, la CUP estará ahí.

4. ¿Abandona la CUP el proceso soberanista?

No. El partido liderado por Baños tiene una larga tradición de desobediencia y no será esta formación quién le ponga el freno al proceso. Al contrario. “La CUP es el acelerador del proceso de ruptura con España”, afirmó Baños ayer por la noche.

Queda por ver cómo llegarán ambas formaciones a un acuerdo sobre la cuestión europea. Junts pel Sí defiende la pertenencia a la UE como pilar básico del nuevo estado. La CUP, en cambio, aboga por salir de la organización.

5. ¿Cómo decidirá la CUP si apoyar o no a Mas?

La decisión ya está tomada. La CUP no votará a favor de la investidura de Artur Mas, aseguran en el partido. La candidatura anticapitalista ha anunciado esta mañana que comenzará una ronda de encuentros para articular un nuevo Gobierno. Estas conversaciones incluyen asambleas internas y contactos con distintos agentes políticos y sociales que no militan en la formación.

En el partido afirman que las reuniones anunciadas este lunes por la CUP están dirigidas a pensar quién puede sustituir a Mas y no si se apoya al líder de CDC como president de la Generalitat.

6. ¿Estaría dispuesta CSP a facilitar la investidura de Mas?

El líder de la coalición izquierdista CSP, Lluís Rabell, ha afirmado esta misma mañana en una entrevista en RAC1 que su formación votará en contra de la investidura de Artur Mas. “Para trabajar a favor de un referéndum nos encontrarán, para apoyar a CDC no”, ha dicho Rabell.

7. ¿Sería viable una candidatura de Arrimadas?

Las fuerzas constitucionalistas (C’s, PSC y PP) suman 52 diputados. Para que Inés Arrimadas fuera presidenta de la Generalitat, necesitaría el apoyo expreso de los 11 diputados de CSP en la votación. Lluís Rabell ha dejado claro esta mañana que tampoco apoyarán a la líder de C’s: “No investiremos a Artur Mas, y aún menos a Inés Arrimadas”.

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8. ¿Pueden llegar a un acuerdo la CUP y Junts pel Sí?

El acuerdo Junts-CUP dependerá de la voluntad de consenso de ambas formaciones. Está por ver hasta dónde está dispuesto a ceder cada formación. Existen algunas reclamaciones de la CUP que pueden despertar simpatías dentro de la lista de JPS, dónde hay muchos diputados de tradición socialdemócrata. Otras, sin embargo, son inaceptables para una lista que en el fondo representa una buena parte del establishment catalán.

La CUP ha insistido en tres cuestiones: el final de los desahucios, el frenazo a las privatizaciones y la negativa a la figura de artur Mas o a cualquier otro miembro de CDC “que represente la corrupción o los recortes” como president de la Generalitat. Estas tres reclamaciones parecen escollos superables. Otros requisitos como la salida de la UE, la OTAN y el euro son inaceptables para Junts pel Sí.

A ninguna de las dos partes le interesan unas nuevas elecciones (Cataluña lleva tres en cinco años). Pero Junts pel Sí, con 62 diputados, tampoco está dispuesta a aceptar todo lo que le pida una formación que sólo ostenta 10 escaños.

9. ¿Anula el resultado el plan de los independentistas?

No. La candidatura de Junts pel Sí nunca pretendió tener más del 50% de los votos para iniciar el proceso hacia la independencia. En el primer párrafo de la llamada Hoja de Ruta ya habla de una mayoría de diputados y en ningún momento se refiere a los votos.

Evidentemente, obtener más de la mitad de los votos habría otorgado más legitimidad a la propuesta. Los soberanistas, no obstante, se sienten suficientemente legitimados con 72 diputados para iniciar este proceso de 18 meses en los que se prevé la desconexión de España y la celebración de unas elecciones constituyentes. La lista de Junts pel Sí también se apoya en la alta participación en los comicios (casi un 78%) para legitimar el Parlamento escogido en estos comicios.

Radiografía del resultado: así votó Cataluña en su noche más decisiva

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Artur Mas convocó estas elecciones con la intención de impulsar el proceso soberanista. Pero menos de la mitad de los votantes ha respaldado a las dos listas que defendían abiertamente la independencia: Junts pel Sí y la CUP. Aquí una radiografía de la noche electoral: datos, análisis y contexto.

Una locomotora naranja en la estación de Sants

Ciudadanos eligió como sede para la noche electoral un hotel construido sobre una estación. En el primer piso se congregó la locomotora naranja, cuyos militantes hicieron mucho ruido porque tenían muchas cosas que celebrar. 

Ciudadanos eligió como sede para la noche electoral un hotel construido sobre una estación. En el primer piso se congregó la locomotora naranja, cuyos militantes hicieron mucho ruido porque tenían muchas cosas que celebrar. Entre otras cosas, que su partido ya es la segunda fuerza política de Cataluña. O que con sólo nueve años de vida la formación liderada por Albert Rivera ha adelantado por la izquierda a PP y PSOE. O que ha triplicado el número de votos obtenidos en 2012. O que ha irrumpido en Girona y Lleida, tradicionales feudos independentistas en los que hasta ahora no tenía representación.

Todos esos factores convirtieron a Ciudadanos en la triunfadora absoluta de la noche y provocaron el delirio en la atestada sala de convenciones del hotel Barceló Sants. Los presentes entonaban cánticos que dotaban a la sala del ambiente de un campo de fútbol. “Yo soy español, español, español”, “España unida jamás será vencida” o “Cataluña es España” fueron los estribillos más coreados.

Una multitud esperó paciente la salida de Albert Rivera y de Inés Arrimadas, los dos grandes artífices de este éxito. Fueron los últimos en comparecer.

Cuando Artur Mas apareció en pantalla, el público pidió su dimisión y coreó  “¡Tres per cent, tres per cent!” en referencia a las comisiones ilegales que cobraba presuntamente su formación. A Pablo Iglesias le dedicaron un innovador “Vaya cagada, coleta morada”. Los abucheos a los rivales eran interrumpidos por aplausos en cada oleada del escrutinio.

Al final apareció el tándem que le ha dado la vuelta al panorama político catalán: Albert Rivera e Inés Arrimadas. Tomó la palabra la jerezana, que llegaba muy justa de voz a la cita. Agradeció el apoyo de más de 700.000 catalanes y enumeró las tres opciones que según ella tiene Artur Mas: “Dimitir, dimitir y dimitir”. Le sumó una cuarta: “Lo que también puede hacer es irse a su casa”. Una propuesta que fue secundada por el público al grito de “Dimisión, dimisión”.

Para entonces, el suelo ya temblaba como si los trenes de la estación de Sants hubiesen tomado la sala. Arrimadas, que era interrumpida por un cántico diferente a cada frase, aseguró que los catalanes habían apostado “por la convivencia y por la unión”.

Plena de confianza y espoleada por los resultados, retó a las formaciones independentistas a una nueva pelea: “Lo que tienen que hacer es convocar unas nuevas elecciones en las que todos nos presentemos como partidos, con nuestras siglas y nuestros programas, que es algo que ellos no han hecho”.

Como en el fútbol

Los asistentes coreaban “Campeones, campeones”. En esa tesitura Arrimadas le dio el relevo a Albert Rivera, el gran artífice de que una plataforma cívica nacida en 2006 sea ya segunda fuerza en el Parlament.

Arrimadas se refirió a Rivera como “el único líder nacional que está aquí, apoyando a su partido en Cataluña”.  Ésa puede ser una de las claves del éxito de la formación naranja: Rivera ha jugado en casa. Es el único presidente catalán de todos los partidos nacionales y se ha volcado con la campaña catalana más que ningún otro.

Rivera ha demostrado ser un estratega: ha concedido mucho protagonismo a Arrimadas, que se defendió bien en los careos que mantuvo contra políticos mucho más bregados. No la ha eclipsado pero tampoco la ha dejado sola. La foto de Rivera ha aparecido en los carteles electorales. Su cara estaba en las marquesinas de la paradas de bus.

Rivera no ha bailado, como Iceta y Sánchez. Tampoco ha hablado como un indio ni ha prometido sexo con látigo como Pablo Iglesias. El líder de Podemos no aparecía en los carteles porque comparecía con una marca blanca como la de las municipales. Igual que Mas y Juqueras, que además se han escondido detrás de un recién llegado como Romeva.

Rivera tampoco grabó un spot con acentos impostados, como han hecho en el PP. Ni ha ido cambiando de portavoz en los debates, como la CUP, despistando a los votantes indecisos. Rivera ha optado por ser fiel a unas siglas, a una imagen y a un programa. Los votantes lo han interpretado como un ejercicio de responsabilidad. Rivera no recurrió a frivolidades durante la campaña. Anoche botó a petición del publico, bromeó y hasta parafraseó a Lola Flores (“Si me queréis, callarse”). Pero sólo se lo ha permitido cuando ha tenido la victoria en el bolsillo. Hasta entonces ha preferido trasmitir la imagen de seguridad que confiere un político bien valorado en las encuestas. El resultado ha sido una campaña brillante.

El broche 

Rivera cogió el micro y puso el colofón a la noche. Se desbordó el júbilo. Unos gritaban “Ahora a La Moncloa” y otros entonaban el cohesionador “Viva España y Visca Catalunya”. Rivera mantuvo el ambiente futbolístico creado por los presentes: “”Os dije que había partido y lo acabamos de demostrar. No ha sido el PP ni el PSC ni Podemos. Hoy ha sido Ciudadanos el partido que ha evitado la ruptura de este país”. Rivera anunció el funeral “de la vieja política”, y aventuró el principio de una nueva era “que comienza esta noche”.

“Artur Mas ha sido el que ha querido que pasemos de tres a 25 diputados”, dijo Rivera, que planteó estos comicios como una previa para la gran pelea: las elecciones generales.

El futuro de Mas, en manos de una asamblea

La CUP decidirá qué hacer en la sesión de investidura en una asamblea de sus militantes. Plantean tres alternativas: apoyar a Raül Romeva, proponer un candidato independiente o abstenerse en la votación de Mas. 

La Candidatura de Unitat Popular (CUP) se ha convertido en una de las claves del independentismo. El partido anticapitalista multiplicó este domingo su número de escaños y pasó de tres diputados a 10 con el 8,2% de los votos. Estos resultados convierten a la formación en un actor principal del proceso independentista después de que Junts pel Sí, con 62 escaños, se haya quedado lejos de la mayoría absoluta y necesite apoyos parlamentarios poner en marcha la hoja de ruta secesionista.

La CUP entiende los resultados como un reclamo de Cataluña para romper el statu quo e iniciar un proceso constituyente que culmine con una república catalana. El número uno de la formación, Antonio Baños, afirmó que el partido se ha convertido en “el acelerador del proceso” y que los catalanes han expedido “el certificado de defunción del autonomismo”.

La fiesta de la CUP se celebró en el Casino L’Aliança Poblenou, que estaba lleno a rebosar. Baños advirtió que “la desobediencia es la independencia” y que “a partir de ahora, la legalidad española puede y tiene que ser desobedecida por la soberanía catalana”. También enfatizó su mensaje social y advirtió que Cataluña tiene que buscar “un plan de choque” para lograr que en todos los hogares “puedan haber tres comidas al día”.

La número dos del partido, Anna Gabriel, agradeció el apoyo que ha recibido el partido y recordó a los asistentes que la CUP es una chispa en el sur de Europa y que ahora representan a todos aquellos militantes anticapitalistas. “No olvidamos el resto de pueblos del Estado y el resto de pueblos en lucha”.

El ambiente durante el acto era eufórico y había una sensación de victoria absoluta. Los asistentes que se acercaban al Casino L’Aliança hacían cálculos electorales para discutir el papel clave que tendrá la CUP en esta legislatura. Centenares de votantes llenaron la sala y vitorearon al exdiputado Quim Arrufat cuando lo enfocaban por TV3, aplaudieron los malos resultados de Unió Democrática a medida que se iban confirmando y abuchearon las comparecencias de Pedro Sánchez y Xavier García Albiol.

Una de las incógnitas que dejó la noche fue la relación política que tendrá la CUP con Junts pel Sí en el futuro. Gabriel sólo se refirió a este punto con estas palabras: “El proyecto independentista seguirá adelante, pero hoy el señor Mas ya no es imprescindible”. 

Baños ha dicho en varias ocasiones durante la campaña que el partido no apoyará la investidura del actual president de la Generalitat. Aun así, una vez terminado el acto, las conversaciones en la calle giraron en torno a cuál debe ser la posición de la CUP de ahora en adelante.

La formación decidirá esa posición en una asamblea durante los próximos días y después de hablar con una decena de militantes sólo hay una cosa clara: el partido no investirá a Mas. Las tres alternativas que dieron esos militantes anoche son más difusas: apoyar a Raül Romeva, proponer un candidato independiente o abstenerse en una eventual investidura de Mas. Sean cuales sean los próximos pasos, el futuro del independentismo pasará inevitablemente por el proceso asambleario de la CUP.

Cataluña entre dos extremos

Supporters of secessionist group Junts Pel Si (Together for Yes) react after polls closed in a regional parliamentary election in Barcelona, Spain, September 27, 2015.  Separatists have won a clear majority of seats in Catalonia's parliament, an exit poll showed on Sunday, in an election that could set the region on a collision course with Spain's central government over independence.     REUTERS/Andrea Comas

REUTERS / Andrea Comas

La dinámica actual no terminará pronto. Al menos hasta el 20 de diciembre el independentismo tiene todos los incentivos posibles para continuar forzando la legalidad y poniendo a prueba al Gobierno central.

Anoche, al principio del Passeig del Born, ante el espectacular edificio reformado que alberga el museo-homenaje a la construcción nacional de Cataluña, cientos de personas gritaron “in-inde-independencia” hasta quedarse sin voz. Aún estando allí como observador, resultaba difícil no sentir dentro de uno el impulso de unirse al clamor. Cuando Raül Romeva subió al estrado y, con la autoridad y el aplomo que da estar detrás de un atril, empezó a corear “la veu d’un poble” con todos los asistentes, la atracción de pasar a formar parte del “poble” era casi irresistible. Pero la misma escena vista después, a través de la pantalla del móvil, en YouTube, se apreciaba de manera completamente distinta. La atracción se diluía hasta desaparecer. Y aquello solo tenía el aspecto de lo que era: un mitin.

A unos pocos kilómetros de allí, en una sala más bien blanca, más bien luminosa y con una moqueta más bien moderna, toda alma viviente que cabía en ella gritaba “Cataluña es España” ante un estrado níveo coronado por el logo naranja de Ciudadanos. La acústica hacía que la voz rebotase en los oídos y en el interior de la cabeza de manera vibrante. De nuevo, ser uno con la masa era una tentación difícil de esquivar. El atril, la sala, los gritos vibrantes y la moqueta estaban en el Hotel Barceló Sants. Justo sobre la estación del mismo nombre, donde sale el AVE para Madrid.

Al llegar al vestíbulo de esa estación hacia las diez de la noche me encontré con un nutrido y variado grupo de personas con carpetas y acreditaciones azules. Era la pequeña división de militantes que el PP había traído a las elecciones. Esperando al tren que les devolvería al centro de la Península. Ninguno parecía exultante. Algunos estaban cariacontecidos. Hoy, muchos de los dirigentes de Ciudadanos, que ahora es un partido estatal a pesar de sus orígenes catalanes, bajarán de sus habitaciones y, en pocos minutos, tomarán o habrán tomado la misma dirección. Llevándose una parte de las voces consigo.

Entre estos dos extremos anoche cabía Cataluña entera.

La salida del callejón

Llegué a Barcelona en la medianoche del jueves. Yo venía fresco y con ganas: hacía meses que no pisaba la ciudad, en la cual no nací ni crecí pero sí viví y trabajé dos veces en mi vida, la segunda hasta septiembre de 2011. Pero Barcelona me recibió más agotada que entusiasmada.

En las siguientes 72 horas recorrí todo el espacio entre aquellos dos extremos. Fue un periplo dialéctico, tejido a través de todas las discusiones que había dejado de mantener en mi ausencia y que por fin podía recuperar. Al principio me dediqué con devoción a la tarea. Pero no me costó demasiado comprender el agotamiento al que se sometía la ciudad. Hablase con quien hablase, la conversación siempre acababa en el mismo lugar.

Había entre mis interlocutores y yo una serie de premisas compartidas, que ellos llevaban repasando una y otra vez desde hacía meses, años incluso. La primera era que, ahora mismo, el independentismo no sumaba una mayoría absoluta de individuos dispuestos a votar por él. La segunda consistía en asumir que la mayoría relativa era lo suficientemente importante como para requerir algún tipo de respuesta por parte del resto de España. La tercera, que ahora mismo no existe la salida no negociada al conflicto. Es decir: que en cualquier caso iba a haber una mesa y personas hablando en torno a ella en algún momento del futuro próximo. Fuere para discutir un referéndum, una reforma constitucional, un cambio en el modelo de financiación o un proceso de secesión irreversible, la alternativa unilateral quedaba siempre totalmente descartada.

Cabe aclarar que la mayoría de las personas con las que venía hablando eran politólogos, economistas o sociólogos. Por tanto, independientemente de sus preferencias personales comprendían perfectamente que la esencia de cualquier estado consiste en el monopolio de la violencia, la capacidad para recaudar sus propios impuestos sobre una población dispuesta a pagarlos y el reconocimiento internacional. A una hipotética Cataluña separada de España de manera no negociada no le esperaba ninguna de las tres cosas, al menos no con menos del 50% de sus ciudadanos dispuestos a ello y ningún tipo de represión violenta desde Madrid.

Era una vez aceptadas estas tres premisas cuando se llegaba al auténtico punto muerto, al callejón sin salida que provoca el agotamiento. ¿Cuál sería la forma de esa negociación? ¿Cómo se iniciaría, quién daría el primer paso, en qué términos? Era entonces cuando nos embrollábamos en elucubraciones destinadas a reconciliar posturas aparentemente irreconciliables

La Cataluña que está entre el mitin del Passeig del Born y los gritos sobre la Estació de Sants se encuentra también en el siguiente gráfico. La imagen encierra a España de la misma manera. En él se representa la distribución de preferencias en torno al modelo de Estado que quieren los catalanes para España, y el que quieren el resto de españoles para su país, incluyendo en él al país de los otros. La diferencia entre ambos colectivos no es opuesta, pero sí desalentadora.

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Que nadie dude de que de aquí al 20 de diciembre todos los partidos van a aprovecharse de estas diferencias para jugar en corto. Pero lo que importa es que la mesa de negociación, ahora vacía, les espera al final del camino. Paciente.

Una mesa de negociación es un instrumento curioso. Nos hace entender que las preferencias de los individuos no son tan sencillas como parecían un segundo antes de sentarse en ellas. Tomemos un ejemplo sencillo. Un matrimonio. Ella le dice a él que se quiere divorciar, que no está dispuesta a aceptar el actual reparto de trabajo doméstico, según el cual él solo friega los platos una vez por semana y ella se encarga de limpieza, niños, cuentas y compras. Él, lógicamente, tiene una preferencia muy fuerte por mantener su tiempo libre de todas esas tareas. Sin embargo, probablemente también albergue un interés bastante importante por mantener su matrimonio. Ante la expresión por parte de ella de que el coste de las horas adicionales de trabajo supera al coste de romper la relación, tal vez él decida que no sería tan mala idea dedicar más horas a las labores del hogar. Las preferencias no han cambiado exactamente, pero el resultado es distinto gracias a que se ha abierto un proceso de negociación explícito. Gracias a la mesa.

El callejón sin salida del que nos afanábamos en salir en las conversaciones mis interlocutores y yo era precisamente qué pasaría si tal proceso se abriese. Nos preguntábamos, para empezar, si el independentismo era irreversible. Acabamos de vivir la campaña más intensa de la historia reciente de Cataluña. Es normal que, desde fuera, los independentistas parezcan un bloque cerrado, cohesionado. Los intentos que la oposición ha hecho de subrayar las diferencias, casi las contradicciones, ideológicas entre sus integrantes no han surtido demasiado efecto. Debate tras debate, tertulia tras tertulia, el “cómo os vais a poner de acuerdo con X” se estrellaba contra un muro inquebrantable construido con unos ladrillos bien simples: “lo primero es establecer el marco para poder discutir entre nosotros”. Pero todas las campañas tocan a su fin. Y la verdad es que el campo secesionista no es tan homogéneo como pudiese parecer.

Catalanes por convencer

Alguien en el Centre d’Estudis d’Opinió (el CIS catalán) tuvo la fantástica idea de ofrecer tres y no dos opciones ante la pregunta que hacen en sus barómetros periódicos: si usted se considera independentista. En lugar de reducir las alternativas a sí o no, obligan a quien responde a especificar si se trata de un independentista “de toda la vida” o sólo “desde los últimos tiempos”. Gracias a esta distinción podemos apreciar que entre estos últimos los motivos de tipo, digamos, instrumental, son mucho más habituales. Es decir: cuando son interpelados sobre sus razones para la secesión, la cuestión identitaria es citada con mucha menos frecuencia entre los recién incorporados a la causa, que suelen preferir argumentos de conveniencia o de proyecto de futuro. Eso significa que pueden ser convencidos si llega una oferta lo suficientemente interesante y creíble, que les lleve a pensar que tal vez es más conveniente para Cataluña, más provechoso, permanecer dentro de España.

La primera cuestión es quién representa a estos independentistas que podrían ser socios de un pacto. Cuando Oriol Amat, número siete en la lista de Junts pel Si en Barcelona, aceptaba la otra noche en una radio alemana que estaban no solo dispuestos sino incluso interesados en volver a poner sobre la mesa el Estatut de 2006, en realidad se estaba señalando a sí mismo como interlocutor. Probablemente de manera no intencionada, y desde luego no con el acuerdo del resto de su partido. Pero así era. Cuando Mas acaba cualquier intervención memorable con una coletilla que llama a la “concordia” y al “entendimiento” con el resto de España durante el proceso, como hizo incluso en su discurso de victoria la noche electoral, está abriendo una rendijita por donde pueda colarse algo de luz. El fantasma de la negociación planea sobre (al menos una parte de) Junts pel Sí. Pero para que pase a ser una realidad es necesario que haya algo sobre la mesa.

Ésta es la segunda cuestión: quién y cómo tiene la capacidad para hacer una oferta sólida, interesante y creíble de autogobierno desde Madrid hacia Cataluña. Llegados a este punto, uno puede repasar (como hice yo en mis incontables discusiones) el abanico de posibles candidatos y ordenarlos de mayor a menor disposición para la negociación: Podemos, PSOE, Ciudadanos y el Partido Popular. Lo dramático es que el último de esta lista posee ahora mismo el Gobierno de la nación, y todo parece indicar que se mantendrá con más de un 25% del voto después del 20 de diciembre. Se trata por tanto de un partido que incluso aunque pierda el Ejecutivo desde 2016, es muy probable que lo vuelva a ganar en algún momento del futuro. Esto significa que cualquier oferta necesita el apoyo del PP para que sea creíble en la mesa de negociación. Si no, nada garantiza que se mantenga con la siguiente mayoría conservadora y centralista.

Llegará más temprano que tarde un momento en el cual el Partido Popular deberá elegir entre romper España… y romper España. Por un lado, si escoge subirse al barco de la reforma y de la negociación política, sus votantes con preferencias más fuertes y extremas sobre un modelo de Estado centralista lo verán como una traición, y pensarán que el PP acabará por romper España al ceder ante el nacionalismo periférico. Por otro, si elige mantener una postura inflexible ante el independentismo, estará poniendo al Estado en riesgo de ruptura ante los ojos de los más moderados, que entienden que no es posible mantener el matrimonio sin ceder un poco para evitar un divorcio en el largo plazo.

En el agotamiento

No son pocos los independentistas que cuentan con que el PP se mantendrá en la última casilla. De hecho, una parte muy importante del cierre de filas en torno a la idea de secesión hoy se corresponde con la desconfianza, si no directamente la desesperación, respecto a qué hará el PP de ahora en adelante. Un “pierda toda esperanza” flota en el ambiente. De hecho, estoy seguro de que la mayoría de independentistas que lean los párrafos anteriores (incluso de los instrumentales) lo harán arqueando una ceja, preguntándose por qué dedico tantas palabras a hablar de una posibilidad que no parece real ahora mismo en lugar de aquello a lo que se han dedicado los medios en las últimas tres semanas de una manera un tanto desconcertante: si Cataluña se queda en la UE o no, si la ciudadanía española se pierde o no, si los bancos se van o no ante una secesión unilateral. Este debate es en parte artificial, o lo es en el medio plazo, en tanto que no se cumplen los requisitos para que la Generalitat pueda llevar adelante una secesión unilateral: como enunciaba más arriba, una mayoría abrumadora que permita montar estructuras de estado reales y reconocimiento internacional. Pero es normal que el independentista arquee la ceja: al fin y al cabo, en el pasado reciente poco o nada le indica que debe tener esperanza alguna. Por qué ahora.

Este es el agotamiento que se ha instalado de manera implícita en el debate,  y que ha conseguido invadir también mi ánimo en las últimas horas. La mala noticia es que la dinámica actual no terminará pronto. Al menos hasta el 20 de diciembre el independentismo tiene todos los incentivos posibles para continuar forzando la legalidad y poniendo a prueba al Gobierno central. Éste, por su lado, no tiene por qué moverse ni un ápice de su posición cuando su objetivo es maximizar la cantidad de votos recibidos en las siguientes elecciones. Pero llega un momento en el que las opciones se reducen, el largo plazo nos alcanza y nos exige tomar decisiones. Y serán el independentista instrumental que arqueaba la ceja al leer este texto o el ambiguo defensor del statu quo que se sonreía pensando en la posibilidad de que la discusión con la Generalitat fuese más allá de la firme exigencia del cumplimiento de la ley, quienes impongan tal exigencia. Por una razón sencilla: los (altísimos) costes de la incertidumbre no van a ser asumidos eternamente. La mayoría de nosotros no trabajamos ni vivimos para mantenernos en una lucha permanente. No estamos dispuestos a esperar para siempre a que algo pase.

Después de salir de Sants pasé un momento por el Born, donde esperaba que aún resonase “la veu d’un poble”. Pero no fue así. Era la una de la madrugada. A primera vista, allá no quedaba apenas nada. Mientras paseaba con un amigo nos encontramos con agentes de seguridad, limpiadores del Ayuntamiento, taxistas, cámaras de televisión, policías locales que recogían con paciencia y pero sin pasión lo que el mitín había dejado a su paso. A esa hora, pensé, en la sala de blanco luminoso con moqueta moderna alguien estaría desmontando el escenario, recogiendo papeles y botellines de cerveza, pensando quizás en a qué hora le tocaba empezar el siguiente turno de trabajo, quizás en qué iba a ser de su pensión o del futuro de sus hijos, tal vez esperanzado, tal vez algo asustado. Todos, probablemente, dudosos ante lo que viene. En el vacío dejado por los extremos en éxtasis, allí emergía de nuevo: Cataluña entera. Trabajando. Esperando.

La derrota del vencedor deja en el aire a Cataluña

Junts pel Sí ha ganado aritméticamente las elecciones autonómicas, pero se trata de una victoria pírrica. Tanto el número de  escaños como el porcentaje de votos obtenidos (47%) son un freno para el proyecto separatista de Mas.

Junts pel Sí ha ganado aritméticamente las elecciones autonómicas, pero se trata de una victoria pírrica. Tanto el número de  escaños como el porcentaje de votos obtenidos (47%) son un freno para el proyecto separatista de Mas.

Las elecciones catalanas dejan una Cataluña partida por la mitad y un escenario de manifiesta ingobernabilidad. Partida, porque los afines a la inpedendencia recogen el 47% de los votos. Ingobernable, porque Artur Mas no puede plantear la secesión con el resultado obtenido ni puede presentar un programa de gobierno o aprobar unos presupuestos de la mano de la extrema izquierda y los radicales antisistema.

Si Artur Mas tuviera un ápice de responsabilidad debería presentar hoy mismo su dimisión. Ha sometido a Cataluña a una enorme tensión en los últimos cinco años, con la convocatoria de tres elecciones en ese tiempo, un simulacro de referéndum y sucesivas Diadas y cadenas humanas para agitar la calle. Con todo a favor -el control de los resortes del poder y la unidad de fuerzas por encima de ideologías en torno al sueño independentista- no ha logrado su objetivo.

La candidatura de Junts pel sí (Convergència, ERC y colectivos de izquierda) gana las elecciones, pero consigue 62 escaños, seis menos de los que dan la mayoría absoluta y nueve menos de los que CiU y ERC sumaron en las últimas autonómicas: 71.

Es cierto que con los 10 escaños de la CUP, los partidarios de la secesión alcanzan los 72, que son, aritméticamente, cuatro más de los necesarios para ganar una votación en el Parlament. Pero incluso con la CUP, este bloque obtuvo más escaños en 2010: 74.

La realidad es que si estos comicios hubieran sido un plebiscito, que es el espíritu con el que Artur Mas los convocó, los independentistas lo habrían perdido con menos del 48% de los votos. Es decir, ni tiene margen legal para intentarlo ni ha conseguido el respaldo moral que perseguía.

Aunque intente presentar ahora los resultados como una victoria, la verdad es que, en aras de su apuesta independentista, ha acabado entregando a la extrema izquierda un partido que durante décadas defendió los intereses de la burguesía tradicional catalana. El balance que puede presentar es desolador: Mas tenía 62 escaños en 2010; cinco años después tiene los mismos, pero para lograrlos ha debido de  movilizar desde Lluís Llach a Pep Guardiola, y esos escaños ya no son sólo suyos: los comparte con Romeva y Junqueras.

Mas puede caer en la tentación de decir que el “procés” continúa, pero para seguir hinchando ese globo necesita el aire de la CUP, un partido que quiere sacar a Cataluña de la UE y de la OTAN y que ya anuncia que “desobedecerá” cualquier ley qque no sea de su agrado.

Los grandes derrotados en estas elecciones, junto a Mas, son los populares y Catalunya sí que es pot, la coalición en la que participaba el partido de Pablo Iglesias junto a ICV. El PP pierde ocho escaños y se queda como quinta fuera política con 11 escaños. Los partidarios de Iglesias obtienen otros tantos, pero ICV por sí sola, sacó 13 en 2012.

El batacazo del PP debería llevar a Rajoy a renunciar a ser el candidato de su partido en las generales de finales de año. Ya acumula tres fracasos históricos en 2015: el de las andaluzas, el de las muncipales y autonómicas, y ahora el de las catalanas. ¿Irá a por el cuarto?

Enfrente, el gran ganador es Albert Rivera y Ciudadanos. Este partido triplica sus apoyos y se convierte en la segunda fuerza política en Cataluña, con 25 escaños. Se trata de un resultado histórico que supone un trampolín para Rivera de cara a las generales.

El éxito de Ciudadanos contribuye a hacer más evidente la derrota del ganador aritmético, Artur Mas, para quien, desde hoy mismo comienza su cuenta atrás. Ni ha obtenido la pretendida mayoría absoluta ni la mayoría de votos para su proyecto rupturista. Aunque la CUP se abstenga en segunda votación, sus 62 escaños son uno menos de los que podría aglutinar Arrimadas en torno a la idea de convocar nuevas elecciones que facilitaran la gobernabilidad.

Todo sigue en el aire en Cataluña.

El viaje a ninguna parte

viaje2ok¿Cómo hemos podido llegar a la tesitura actual cuando el independentismo dentro de un Estado que ha cedido ya gran parte de su soberanía a la Unión Europea, para adaptarse a las reglas y tamaños de la era de la globalización, resulta un anacronismo ridículo y sin sentido? 

Ilustración: Javier Muñoz

Puesto que tras la lectura del “libro negro” de Jordi Pérez Colomé el género periodístico que merece ser tomado más en serio en Cataluña es el humorístico, y como no hay dos sin tres, sigamos el viaje que iniciamos con el ¡Cu-Cut!, continuamos con L’Esquella de la Torratxa y hoy nos lleva a recalar en El Be Negre -a la vez la oveja negra y el bien negro-, brillantísimo semanario satírico afín a Acció Catalana, el partido de los intelectuales nacionalistas durante la Segunda República.

Detengámonos en concreto en la portada del número del 4 de enero del 34 -diez meses antes de la declaración de independencia de octubre- y fijémonos en el chiste incrustado en la quinta y sexta columnas, dedicadas al nuevo gobierno de la Generalitat que se formó tras la muerte de Maciá. El ujier del palacio de la plaza de San Jaime recibe a Companys con una pregunta: “Ja es bé catalanista, senyor Companys?”. Y el nuevo presidente le responde: “Més que no era mariner quan vaig ésser ministre”.

be2Obsérvese que lo que el funcionario pregunta no es si el nuevo líder de Esquerra se ha hecho  “separatista” o ni siquiera “nacionalista”, sino tan sólo si es ya lo suficientemente “catalanista” como para entrar por esa puerta. Y que Companys le contesta que “más o menos como era marinero cuando fui ministro”, aludiendo a que durante el verano anterior, en el tercer gobierno presidido por Azaña, había ocupado la cartera de Marina.

Sin esa reticencia generalizada que rodeaba al político logrero y oportunista, comparado siempre en desventaja con el padre de la patria difunto, no se comprende bien su delirio del 6 de Octubre al proclamar el “Estado catalán dentro de la -inexistente- República Federal Española”. Sus pretextos eran tan nimios como que el nuevo gobierno de Lerroux incluía tres ministros “involucionistas” de la CEDA y que el TC de entonces había tumbado la Ley de Contratos de Cultivo. Algo equivalente a la mala relación de estos años con el PP y a la frustración por la sentencia del Estatut.

Poca cosa desde una visión amplia. Por eso hay que centrarse en el factor humano. De hecho las primeras palabras que Companys masculla más que pronuncia tras la arenga del balcón, al volver al salón de Sant Jordi, parecen la continuación del chiste: “Ja està fet! Ja veurem com acabarà! A veure si ara també direu que no soc catalanista!”.

Con ese “a ver si ahora también diréis que no soy catalanista” parece estar midiéndose cada día Mas desde que inició la huida hacia adelante para separarse tanto de la fétida sombra de Pujol como de la memoria de aquel muchacho ambicioso y desideologizado a quien en el colegio Aula todos llamaban Arturo. Igual que Companys trataba de emanciparse del legado de Maciá y del recuerdo del abogadillo laboralista al que los compañeros de UGT llamaban Luis.

Podríamos continuar con el paralelismo preguntándonos si el papel de Dencás que se escapó por la alcantarilla, abandonando en su huida una barba postiza, lo desempeñará esta vez Quico Homs o algún gerifalte de la ANC. Pero más que en los comparsas, el mimetismo está en el ambiente. Y de nuevo la portada de El Be Negre nos lo explica todo al mostrarnos, en fecha tan próxima ya al cataclismo como el 19 de septiembre, a dos visitantes del Observatorio Astronómico del Tibidabo, atónitos ante el gran telescopio que apunta a un cielo cuatribarrado en el que brilla, solitaria, la estrella independentista: “Com ha crescut aquesta estrella en poc temps!”.

be1¡Sí, cómo había crecido, cómo ha crecido ahora, esa estrella en poco tiempo y de la misma manera! Hoy como entonces las instituciones del Estado, emanadas de un Estatuto de Autonomía aprobado por las Cortes, sirven de palanca política y catalizador emocional de un nuevo intento de destruir a ese Estado. Y ahí está la sonrisa de Mas en el balcón del ayuntamiento, idéntica a la del Nou Camp el día del himno, regodeándose de nuevo ante la humillación de un símbolo de la legalidad de la que proceden sus poderes. Solo un gobierno de cabestros políticos como el que tenemos en Madrid ha podido consentir que lleguemos a este punto.

“Tot plegat semblava un somni…”, escribió en sus memorias el gran jurista Amadeu Hurtado al describir los sucesos del 6 de octubre. Sí, todo junto -el balcón, la arenga, el bando, la independencia…- parecía un sueño que enseguida se trocó en pesadilla cuando Lerroux declaró el estado de guerra y el general Batet desplegó unos cientos de hombres para sofocar la sublevación. “Señor ministro, acuéstese, duerma y descanse”, le dijo al titular de Defensa Diego Hidalgo. “Ordene que le llamen a las ocho… A esa hora todo habrá terminado”.

Y así fue una vez que los escamots que defendían la Generalitat salieron despavoridos. “A estos, una zurra en el culo y a dormir”, escribió el comunista Rafael Vidiella en el número de noviembre de la revista Leviatan. Pocos días después Companys daba por hecho que sería condenado a la pena capital: “Es que si no me la piden, me estafan”, le dijo a su abogado Ossorio y Gallardo.

Solo un gobierno de cabestros políticos como el que tenemos en Madrid ha podido consentir que lleguemos a este punto

Ahora también toca frotarse los ojos con incredulidad al repasar el itinerario surrealista que nos ha colocado ante unas elecciones en las que los sondeos pronostican el triunfo rotundo de quienes amenazan con declarar igualmente la independencia por las bravas: aquel “aprobaré el Estatuto que venga de Cataluña”, desmentido lógicamente por la flagrante inconstitucionalidad del texto; aquella absurda demora de cuatro años del TC para llegar a las conclusiones obvias; aquella requisitoria de Pacto Fiscal de Mas bajo amenaza secesionista; esas Diadas multitudinarias, orquestadas desde la Generalitat con las pautas de los regímenes totalitarios; ese referéndum ilegal, celebrado en abierto desafío a la resolución del Constitucional, ante la pasividad de Rajoy; esta nueva convocatoria electoral en la que los que dicen “no” a la legalidad democrática para separarse de ella, se declaran “juntos por el sí”; esta patética campaña en la que la mentira ha sido la verdad y el odio, el amor…

En efecto, “tot plegat sembla un somni”. ¿Cómo hemos podido llegar a la tesitura actual cuando el independentismo dentro de un Estado que ha cedido ya gran parte de su soberanía a la Unión Europea, para adaptarse a las reglas y tamaños de la era de la globalización, resulta un anacronismo ridículo y sin sentido? Sólo la catadura y circunstancia de los actores lo explica. Mas ha resultado ser un frívolo aventurero sin escrúpulos que ha huido así de rendir cuentas sobre la corrupción maremágnum del clan Pujol y la quiebra técnica de la Comunidad Autónoma que ha presidido. El iluminado Junqueras y el trilero Romeva han resultado ser sus perfectos compañeros de viaje y los fanáticos supremacistas de la ANC y Omnium, su fuerza de choque.

Viaje a ninguna parteIlustración: Javier Muñoz

Pero más dañina que su etiología es la de quienes están enfrente. Unos reprochan a Rajoy que no haya blandido ninguna zanahoria, otros que no haya hecho asomar al menos la punta de algún palo. Lo cierto y terrible es que la derrota electoral de las propuestas constitucionales que su mayoría absoluta le obligaba a liderar lleva camino de producirse después de cuatro años de incomparecencia y dos semanas de confusión con goles clamorosos en propia puerta.

Y es que al cabo de toda una legislatura meramente contemplativa, sin iniciativa política alguna, sesteando de manera crónica con el pretexto de no alimentar la espiral soberanista, el jefe del Gobierno y el ridículo pavo real que tiene como ministro de Exteriores han dado un grotesco bandazo, aceptando durante la campaña jugar el partido en el terreno de sus adversarios. Eso es lo que ha ocurrido cuando Rajoy se ha puesto a divagar sobre si los catalanes perderían o no la nacionalidad española -lo que para ZP era “discutido y discutible” parece para él ignorado e ignorable-, dando la misma lacia imagen que aquella noche en Veo 7 cuando me dijo que no entendía su escritura. Eso es lo que ha ocurrido cuando el PP se ha dirigido en un video exclusivamente en catalán -toma inmersión- a una comunidad bilingüe.  Y sobre todo eso es lo que ha ocurrido cuando el gallo Margallo no sólo se ha avenido a debatir con Junqueras, máximo aspirante a presidir la soñada República Catalana, como si la tele de Godó fuera el Consejo de Seguridad de la ONU, sino que ha sido capaz de plantear el símil argelino, regalándole a su rival el argumento de que Cataluña es un territorio pendiente de descolonizar. ¡Mare de Déu!

La noche anterior a la declaración unilateral de independencia Azaña, que había pasado a la oposición y se encontraba en Barcelona, advirtió al conseller de Justicia Lluhí de lo que podría ocurrirles: “No sabrían ustedes qué hacer con su victoria… Todos los resortes del Estado funcionarían de manera automática… No durarían ni dos horas”. A eso es a lo que sin duda se refería el otro día el exquisito Xavier Corberó cuando auguraba a María Marañón que “esto terminará mal a nada que vaya bien”.

Mas ha resultado ser un frívolo aventurero sin escrúpulos que ha huido así de rendir cuentas sobre la corrupción maremágnum del clan Pujol y la quiebra técnica de la Comunidad Autónoma que ha presidido

 

Lluhí replicó a Azaña que lo que se avecinaba era “una demostración pacífica” y que “todo pasaría de manera alegre y sin choques”. También le desveló sus cartas: “Luego cederemos unos y otros. Aquí tendremos que ceder… en Madrid también cederán y todo pasará en paz”. O sea lo mismo que sotto voce repite hoy el entorno de Mas.

Los hechos dieron la razón a Azaña. En sus memorias de aquellos años, certeramente tituladas La pequeña historia de España pues durante toda la Segunda República la grandeza brilló por su ausencia, Lerroux presenta el pulso con Companys como una cuestión de testosterona: “Pudo inmortalizarse él, si hubiese tenido…lo que le falta. O pude inmortalizarle yo, si me hubiese faltado lo que me sobra”. Cambó, opuesto al balconazo, rebaja varios grados la dimensión del conflicto: “No fou més que una gran criaturada”, escribirá a los pocos meses.

Pues ahí vamos: de chiquillada en chiquillada hacia la gamberrada final. Pero si en aquel momento convulso en el que hasta fallaban los teléfonos, funcionaron los “automatismos del Estado”, esta vez -con cada escena televisada en directo- ocurriría lo mismo, con la diferencia de que, en lugar del estado de guerra, se aplicaría el artículo 155 de la Constitución y en lugar de un par de tanquetas, bastaría con mandar a la Generalitat la nota de prensa de la Unión Europea respaldando nuestro orden constitucional.

A ese guión es al que debería haberse ceñido el Gobierno en lugar de fantasear sobre “corralitos”, tasas de paro y una Liga sin el Barça. Nada de eso sucederá porque la guerra de Troya no tendrá lugar. Hay líneas rojas que no se pueden cruzar sin que se dinamiten los puentes. Ni siquiera Rajoy podría aceptar una declaración de independencia -o sea la destrucción de España- sin suspender de inmediato la autonomía de Cataluña, con el respaldo abrumador de la opinión pública y la comunidad internacional. Una UE cargada de corsos, bretones, bávaros y lapadanos no va a admitir jamás un precedente que la corroería  mediante el efecto contagio desde su flanco sur.

He aquí la única certeza: sea cual sea el resultado de este domingo, el independentismo catalán está inmerso en un viaje a ninguna parte, condenado a eternizarse como aquellos interminables trayectos de los renqueantes tranvías de la Barcelona de hace un siglo, en los que, según las bromas de L’Esquella de la Torratxa, de los mayores sólo quedaba el esqueleto, a los jóvenes les crecían luengas barbas, los conejos se reproducían por doquier y hasta el más pequeño cactus se hacía gigantesco, pero nunca se llegaba al destino deseado.

Lee la serie ‘Espejos de Cataluña’:

El rey de los ‘castells’ / El decano de la Boqueria / La sobretituladora del Liceu / El retratista de la Rambla / El exportador de cava

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‘El libro negro del periodismo en Cataluña’

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’ / 5. ‘La tele de la mitad’ / 6. ‘La opinión dependiente’

 

 

Ortega y Azaña: las ideas de dos españoles sobre Cataluña en 1932

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El Congreso debatió en mayo de 1932 el proyecto de Estatuto catalán que había presentado la Generalitat de Francesc Macià. El borrador pretendía la instauración de un régimen federal y una amplia concesión de competencias para Cataluña. Entre los diputados que hablaron se encontraban Manuel Azaña y José Ortega y Gasset.

El Congreso de los Diputados debatió en mayo de 1932 el proyecto de Estatuto catalán que había presentado la Generalitat de Francesc Macià. El borrador pretendía la instauración de un régimen federal y una amplia concesión de competencias para Cataluña. Estas intenciones, que no estuvieron presentes en el documento que se aprobó al final, suscitaron un debate afilado y confuso, reflejado en las intervenciones de los portavoces de los distintos grupos parlamentarios, que se prolongaron durante meses. Entre ellos se encontraban Manuel Azaña y José Ortega y Gasset.

Azaña ya era uno de los rostros más distinguidos del parlamento. Presidía el Consejo de Ministros y había encabezado poco antes el segundo Gobierno provisional de la República. Ortega participaba en la discusión desde el escaño que obtuvo por la provincia de León, representando a la Agrupación al Servicio de la República: un partido que él mismo había creado junto a otros intelectuales como Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala.

Sus intervenciones no tuvieron lugar el mismo día. Ortega dio su versión de lo que tenía que ser el Estatuto el 13 de mayo y Azaña ofreció la suya 14 días después. Ambos se lanzaron dardos envenenados y sus aportaciones tienen la apariencia de un duelo dialéctico.

Tanto uno como otro apostaban por un objetivo: la aprobación del Estatuto. Pero los caminos que proponían para llegar a él eran casi irreconciliables. Quizá por eso escribiera Azaña en sus diarios unos meses antes: “Por lo visto, entre este hombre y yo [refiriéndose a Ortega], toda cordialidad es imposible”. Los discursos de Ortega y Azaña plantean heridas abiertas y problemas que no se han resuelto 80 años después.

Hacia la concordia

Ortega advertía al principio de su intervención de la novedad y la importancia que suponía el debate de la carta autonómica catalana: “Ningún diputado recordará un discurso en el cual se tratase a fondo y de frente el problema de las aspiraciones de Cataluña”. Azaña también apelaba a la cámara para subrayar lo alarmante de la situación: “A nosotros, señores diputados, nos ha tocado vivir y gobernar en una época en que Cataluña no está en silencio sino descontenta, impaciente y discorde”.

La aprobación del Estatuto, que ambos pretendían, supondría, según el filósofo, tan sólo un acercamiento a la concordia. Sin embargo, Azaña creía en el texto autonómico como un modo de solucionar el problema desde su raíz. Dijo Ortega:

“¿Qué diríamos de quien nos obligase sin remisión a resolver de golpe el problema de la cuadratura del círculo? El problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los españoles”.

Catorce días después y probablemente dándose por aludido, Azaña explicó: “Estamos delante de un texto parlamentario que aspira, ni más ni menos que a resolver el problema político que está ante nosotros. Aspira a resolverlo, señores diputados. ¿Por qué no?”.

Ortega se refirió incluso al “destino trágico” del problema catalán:

“Es un problema perpetuo, que ha sido siempre, y seguirá siendo mientras España subsista. Este es el caso doloroso de Cataluña; es algo de lo que nadie es responsable; es el carácter mismo de ese pueblo; es su terrible destino, que arrastra angustioso a lo largo de toda su historia”.

A lo que respondió Azaña:

“Yo no discuto la exactitud de esta descripción o percepción del señor Ortega; no la discuto, pero sí me será permitido decir que la encuentro un poco excesiva y, si no se me toma a mal la palabra, un poco exagerada”.

Más adelante, y de forma reposada, Azaña trataría de desmontar de nuevo la concepción trágica de la que hablaba Ortega:

“A mí se me presenta una fisonomía moral del pueblo catalán un poco diferente de ese concepto trágico de su destino, porque este acérrimo apego que tienen los catalanes a lo que fueron y siguen siendo, esta propensión a lo sentimental, que en vano tratan de enmascarar debajo de una rudeza y aspereza exteriores, ese amor a su tierra natal en la forma concreta que la naturaleza le ha dado, esa ahincada persecución del bienestar y de los frutos del trabajo fecundo, que es, además, felizmente compatible con toda la capacidad del espíritu en su ocupación más noble y elevada, me dan a mí una fisonomía catalana pletórica de vida, de satisfacción de sí misma, de deseos de porvenir, de un concepto sensual de la existencia poco compatible con el concepto de destino trágico”.

Este cruce de declaraciones llevaría a los socialistas republicanos a acusar a Ortega de no comprender los hechos diferenciales del pueblo catalán. La oposición reprocharía a Azaña, en cambio, que era demasiado amable y benevolente con los catalanes cuando éstos exponían sus “diferencias” para conseguir más autonomía.

El particularismo

Ortega y Gasset aprovechó su intervención para bautizar el problema catalán y acuñar el término “nacionalismo particularista” como su causa principal. El filósofo se mostró tajante en cuanto una hipotética solución del nacionalismo, más allá de la efervescencia del problema político catalán:

“La solución del nacionalismo no es cuestión de una ley, ni de dos, ni siquiera de un Estatuto. El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelven en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas. Un Estado en decadencia fomenta los nacionalismos: un Estado en buena ventura los desnutre y reabsorbe”.

Ortega y Azaña, tan discrepantes, coincidieron en la pujanza del problema político catalán, por lo menos desde mucho tiempo atrás hasta ese momento, a pesar de que el filósofo descartara una posible solución y el líder republicano buscara encontrarla en el Estatuto. Dijo Ortega:

“Ese pueblo, que quiere ser precisamente lo que no puede, vive casi siempre preocupado y como obseso por el problema de su soberanía, es decir, de quien le manda o con quien manda él conjuntamente. Por cualquier fecha que cortemos la historia de los catalanes encontraremos a éstos, con gran probabilidad, enzarzados con alguien, y si no consigo mismos”.

A lo que replicó Azaña:

“Hay grandes silencios en la historia de Cataluña; unas veces porque está contenta, y otras porque es débil e impotente; pero en otras ocasiones este silencio se rompe y la inquietud, la discordia, la impaciencia, se robustecen, crecen, se organizan, se articulan, invaden todos los canales de la vida pública de Cataluña, y embarazan la marcha del Estado. Entonces ese problema moral, profundo, histórico, del que hablaba el señor Ortega y Gasset, adquiere la forma, el tamaño, el volumen y la línea de un problema político”.

Por la autonomía

A medida que avanzaban sus discursos, tanto uno como otro, fueron centrándose en aspectos más concretos, empezando por la autonomía y terminando con el posible pacto fiscal, tan discutido hoy. Ambos estaban a favor de dar competencias a las distintas regiones.

JoseOrtegayGasset

Decía Ortega: “Si a estas horas todas las regiones estuvieran implantando su autonomía, habrían aprendido lo que ésta es y no sentirían esa inquietud, ese recelo, al ver que le era concedida en términos estrictos a Cataluña. Habríamos, pues, reducido el enojo apasionado que hoy hay contra ella en el resto del país. La autonomía es el puente tendido entre los dos acantilados”.

Así le respaldó Azaña: “No se juzgarán jamás con acierto los problemas orgánicos de la autonomía si no nos libramos de una preocupación: que las regiones autónomas, después que tengan la autonomía, no son el extranjero; son España, tan España como lo son hoy; quizá más, porque estarán más contentas”.

Al afrontar el tema de la cultura, Ortega advirtió del peligro que supondría dotar a Cataluña de amplias competencias en este ámbito:

“A crear una cultura siempre hay derecho, por más que la faena no sea sólo difícil sino hasta improbable; pero ciertamente que no es lícito coartar los entusiasmos hacia ello de un grupo nacional. Lo que no sería posible es que para crear esa cultura catalana se usase de los medios que el Estado español ha puesto al servicio de la cultura española, la cual es el origen dinámico, histórico, justamente del Estado español”.

Azaña, en cambio, se mostró partidario de ser “generosos” en las transferencias educativas:

“Esta es la parte más interesante de la cuestión para los que tienen el sentimiento autonómico, diferencial o nacionalista, porque es la parte espiritual que más les afecta, y singularmente lo es de un modo histórico, porque el movimiento regionalista, particularista y nacionalista de Cataluña ha nacido en torno a un movimiento literario y una resurrección del idioma, y por lo tanto, es en este punto no sólo donde los catalanes se sienten más poseídos de su sentimiento, sino donde la República, juzgando y legislando prudentemente, debe ser más generosa y comprensiva con el sentimiento catalán”.

Una Hacienda propia

El orden público adquiría en aquellos momentos una especial relevancia por lo convulso de la década de los 30. Los protagonistas de estas intervenciones, enmarcadas en mayo de 1932, presenciarían tan sólo tres meses más tarde el intento de golpe de Estado del general Sanjurjo. En esta materia, filósofo y político volvían a estar de acuerdo. Así lo mostraban estas palabras de Azaña: “Por estas razones, que ya apuntó el señor Ortega y Gasset, que tampoco era partidario de dividir la función del orden público con el Gobierno de Cataluña, se trata de encontrar el órgano de enlace porque no se puede admitir la idea ni la organización de la duplicidad de los servicios paralelos”.

Este rechazo a la duplicidad del orden público en un mismo territorio también fue rechazada por ambos en lo referente a la justicia. Decía Ortega: “Déjese a los catalanes su justicia municipal; déjeseles todo lo contencioso-administrativo sobre los asuntos que queden inscritos en la órbita de actuación que emana de la Generalidad, pero nada más”. Así lo suscribió Azaña: “No tendría sentido atribuir al parlamento la legislación en una materia y atribuir la facultad de sentar jurisprudencia a un tribunal local”.

Manuel_Azaña,_1933

En cuanto al sistema económico, Azaña llegó a hablar de una “Hacienda propia para Cataluña” y la calificó de algo “indiscutible”. Ortega, en términos más generales, explicó así la posición de su grupo parlamentario: “Deseamos que se entreguen a Cataluña cuantías suficientes y holgadas para poder regir y poder fomentar la vida de su pueblo dentro de los términos del Estatuto: lo hacemos no sólo con lealtad, sino con entusiasmo; pero lo que no podemos admitir es que esto se haga con detrimento de la economía española”.

Ambos se mostraron tajantes al afirmar que las concesiones a Cataluña tenían que detallarse con cuidado. “La cesión de tributos la admite el Gobierno y está bien seguro de que, al aceptarla, no cede parte ni toda la soberanía nacional”, explicó Azaña. Ortega, por su parte, aseguró: “No es posible entregar ninguna contribución importante, íntegra, porque eso la desconectaría de la economía general del país, y la economía del país, desarticulada, no podría vivir con salud, mucho menos en aumento y plenitud”.

El debate de la soberanía

Manuel Azaña y José Ortega y Gasset terminaron sus discursos exhortando a la cámara a la aprobación del Estatuto. Decía el filósofo [a los diputados catalanes]: “No nos presentéis vuestro afán en términos de soberanía, porque entonces no nos entenderemos. Planteadlo en términos de autonomía. Lo importante es movilizar todos los pueblos españoles en una gran empresa común. Para esto es necesario que nazca en todos nosotros lo que en casi siempre ha faltado aquí, lo que en ningún instante ni en nadie debió faltar: el entusiasmo constructivo”.

Azaña se extendió y utilizó un tono más político. Al fin y al cabo, era presidente y representante del grupo parlamentario más numeroso: “Todos los españoles están convocados a esta obra política. Cada cual desde su sitio”.

Las palabras de Ortega y Gasset resumen una concepción del problema catalán “trágica” pero “realista”.

“La vida es esencialmente eso: lo que hay que conllevar”, dijo el filósofo. “Sin embargo, sobre la gleba dolorosa que suele ser la vida brotan y florecen no pocas alegrías. [El Estatuto] es restar del problema total aquella porción de él que es insoluble, y venir a concordia en lo demás. ¡Creed que es mejor un tipo de solución de esta índole que aquella pretensión utópica de soluciones radicales! [en clara referencia a la posición sostenida por Azaña] La utopía es mortal, porque la vida es hallarse inexorablemente en una circunstancia determinada, en un sitio y en un lugar, y la palabra utopía significa, en cambio, no hallarse en parte alguna, lo que puede servir muy bien para definir la muerte”.

Manuel Azaña, que confiaba en el Estatuto para aplacar el temporal, terminó su discurso vaticinando un futuro difícil para España, a pesar de no contemplar el “destino trágico” de Cataluña del que hablaba Ortega: “Sé que es más difícil gobernar a España ahora que hace 50 años, y más difícil será gobernarla dentro de algunos años. Es más difícil llevar cuatro caballos que uno solo. El país está en pie, cruzado por apetitos de toda especie, por ansias de toda clase”.