El senador imputado de Bildu sobre Hipercor: “La policía se negó a desalojar”

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Al igual que muchos de sus colegas de Bildu, Goioaga nunca ha condenado el terrorismo de ETA. Su discurso apenas se ha movido desde el inicio de la Transición. Esa actitud quedó clara durante un coloquio que se celebró el 10 de febrero en el Teatro del Barrio.

Iñaki Goioaga ejerció durante años como abogado de varios presos de ETA e ingresó en prisión en 2009 acusado de ayudar a fugarse a dos presos de la banda en un plan disparatado que incluía un helicóptero y pretendía llegar a Portugal. Ni siquiera pasó dos años en la cárcel. Salió después de pagar una fianza de 60.000 euros y fue elegido senador por designación autonómica en enero de 2013.

El Supremo anunció este miércoles que abrirá una causa contra Goioaga a petición de la Audiencia Nacional, cuyo juez Eloy Velasco llegó a la conclusión de que aprovechaba su condición de abogado para mantener controlados a los presos de ETA y difundir sus consignas en prisión.

No se trata de una acusación nueva. José Miguel Latasa Getaria –que ayudó a su colega Kubati a asesinar a la ex etarra Yoyes en 1986 y luego fue expulsado de ETA por buscar la reinserción ocho años después– la formuló en esta entrada de su blog Arabatik:

Desde que entré en la cárcel ya me pusieron al día que era él, el abogado de Gestoras que mandaba en el colectivo. Después, con el tiempo, ya fui viéndolo con mis ojos que este elemento era quien movía los hilos entre los presos y ETA. El venía con las órdenes concretas, quien, al menos conmigo, Kubati y alguno más decía cuándo había que hacer huelga de hambre ; plante o las dos cosas y se permitía , incluso en el ínterin, decirnos que tenía esa noche sidrería. Su chulería sobrepasaba los límites de lo normal.

Hoy Goioaga es senador y sólo puede juzgarle el Tribunal Supremo. Así cabe explicar la exposición razonada que el juez Eloy Velasco envió desde la Audiencia Nacional al alto tribunal, que ahora abre una causa que podría desembocar en su imputación por los delitos de pertenencia a organización terrorista, financiación de terrorismo, blanco de capitales y fraude a la Seguridad Social.

Al igual que muchos de sus colegas de Bildu, Goioaga nunca ha condenado el terrorismo de ETA. Su discurso apenas se ha movido desde el inicio de la Transición. Esa actitud quedó clara durante un coloquio que se celebró el 10 de febrero en el Teatro del Barrio y sobre el que escribimos aquí.

Se trataba de glosar la obra Las guerras correctas, que retrata la entrevista que Iñaki Gabilondo le hizo a Felipe González en los tiempos de la ofensiva judicial para esclarecer los crímenes de los GAL. Acompañaban al senador el periodista Pedro J. Ramírez y la jurista Manuela Carmena, que por entonces no había anunciado su candidatura a la alcaldía de Madrid.

La impunidad fue uno de los asuntos clave del coloquio, que se puede ver entero aquí. La impunidad de los GAL y la de muchos crímenes de ETA que quedaron por esclarecer.

Los tres invitados criticaron el enjuague que propició los indultos de Rafael Vera y José Barrionuevo. Pero Goioaga se desmarcó de los demás al hablar del atentado de Hipercor, en el que fueron asesinadas 21 personas el 19 de junio de 1987. “Fue un resultado terrible y no deseado”, dijo el senador de Bildu. “Se fue a hacer un desalojo dos horas antes de que estallaran los coches bomba y el director y el comisario Francisco Álvarez se negaron y dijeron que era una falsa alarma. Se podría haber evitado. Quién colocó el coche bomba está claro. Pero la verdad es amplia y tiene muchos parámetros”.

Las palabras del senador suscitaron estupor entre los presentes. “¡No, si será culpa de las víctimas!”, gritó desde la quinta fila David Moreno, que se definió como una persona que “cree en la democracia” en su presentación. “La verdad no tiene muchos parámetros sino muchas excusas. Excusas para matar a niños y a embarazadas como hizo ETA”.

Sobre el escenario retomó el asunto Pedro J. Ramírez, que matiza las palabras de otro espectador: “Aquel día ETA no envió el coche bomba para matar a la gente de Hipercor. Pero expresó tal desprecio por las personas estaban en Hipercor que arriesgó sus vidas dejándolas al albur de una situación límite que ellos mismos habían creado. Responsabilizar luego al mal funcionamiento de las autoridades es una vileza. La responsabilidad es de ETA y de nadie más”.

“Jamás un Estado se va a juzgar a sí mismo”, dijo Goioaga al hablar de la violencia policial en el País Vasco. “Ahora los condenados por terrorismo no pueden ser maestros. Pero sí pueden el violador, el pederasta, el pedófilo y el de la violencia de género. ¡Eso es no creer en la reinserción!”.

Hubo otro espectador que le reprochó al senador sus palabras sobre el atentado de Barcelona: “Cuando un tipo llega a Hipercor y deja un coche cargado de explosivos, no viene a regalar bombones”. La respuesta fue muy similar:

ETA hizo autocrítica con el tema de Hipercor. Fue la primera vez en que yo vi a dos personas pedir perdón a los familiares. En Hipercor está condenado el Estado y eso fue un error. Cualquier daño es inadmisible. Otra cuestión es qué se produce y habrá que ver las causas. El que efectúa el daño quizá es porque no tenía otras salidas. Yo me alegro de que seas español. El problema es que los planteamientos de españolidad no se imponen y la pregunta es si hay o no la suficiente libertad para que todas las opciones se puedan expresar con claridad. Sentimos la necesidad de una segunda Transición y de la depuración de los cuerpos franquistas. En 1975 me detuvo la Brigada Político-Social y dos años después me detuvieron los mismos policías, que me dijeron que se habían convertido en demócratas. Es fundamental el reconocimiento del daño. Se ha producido ese daño y el problema es que el Estado no reconoce el daño y tampoco la existencia de víctimas. Colocan árboles con el nombre de su familiar fallecido y la Guardia Civil los arranca. En esos parámetros no hay resolución posible de un conflicto que no se reconoce que existe y que ha generado mucho sufrimiento en el Euskal Herria y en el Estado español. 

Susana y los viejos

Ilustración: Javier Muñoz 

Susana o la carnalidad, Susana o el deseo, Susana o la fertilidad. La práctica totalidad de los grandes pintores que se enfrentaron al más famoso de los relatos añadidos en la versión griega del Libro de Daniel centraron su mirada, y la nuestra, en la exuberante desnudez de su protagonista.

Susana o la carnalidad, Susana o el deseo, Susana o la fertilidad. La práctica totalidad de los grandes pintores que se enfrentaron al más famoso de los relatos añadidos en la versión griega del Libro de Daniel centraron su mirada, y la nuestra, en la exuberante desnudez de su protagonista.

Tintoretto la muestra de cuarto y mitad al borde del baño, tapando los senos con sus brazos y el pubis con sus muslos pero desparramando la sensualidad imponente de todas sus curvas, rodeada de joyas y vasijas, para deleite propio ante un espejo y tortura de los viejos voyeurs, escondidos tras un seto.

Rubens la retrata de espaldas, mostrando un dorso magnífico, sugerentemente sentada en cuclillas sobre una banqueta, con las piernas abiertas y la mano escondida, mientras ella gira la cabeza ante la irrupción lasciva de los viejos, como si hubiera sido interrumpida en una tarea íntima.

En el cuadro de Van Dyck los crapulosos asaltantes ya están pegados a su espalda, Susana ya siente su aliento, uno de ellos ya le ha puesto la mano encima, ¿qué sucederá ahora?, pero el único propósito de esos rostros cetrinos y de esos oscuros ropajes es destacar la reluciente piel de nácar en las mejillas, los brazos, las piernas y el pecho de la esposa de Joaquín, itinerario luminoso que brilla entre las tinieblas de la condición humana.

La gran excepción a la regla y mi versión favorita del lance, por muy atractivas, magnéticas y voluptuosas que parezcan las demás, es la de la pintora romana Artemisia Gentileschi en la que los dos viejos fundidos en un inquietante abrazo ocupan la mitad superior del cuadro y el foco central está puesto en la proposición infame que susurran al oído de una espantada, desvalida y mucho menos formidable Susana. Es el retrato de la perfidia, la radiografía del momento en que le plantean que se entregue a ellos o de lo contrario denunciarán que la han sorprendido yaciendo con un joven desconocido.

Artemisia estaba no se sabe si contando o anticipando su propia historia pues en la época en que pintó el cuadro, su preceptor Agostino Tassi la violó aviesamente, dando pie a un proceso inquisitorial en el que la víctima y denunciante -icono del feminismo contemporáneo- fue torturada, lacerando con bramantes sus dedos de pintora, para saber si decía la verdad. Sussana e i vecchioni, Artemisia e i vecchio. Si hubiera que volver a titular su fascinante lienzo como base de una producción cinematográfica yo no escogería, por demasiado obvio, Una proposición indecente sino El secreto inconfesable.

Artemisia nos incita a olvidarnos de ese pobre cuerpo, en el que la desnudez ya no es convite carnal sino mera fragilidad física, y a fijarnos en la tortura psicológica que supone para Susana una maquinación tan bien urdida. El menos viejo de los dos viejos da las instrucciones en el oído del otro y este las transmite en forma de susurro a la joven, reforzando el secreto con la pantalla de la mano. Susana sabe que los dos ancianos son jueces y que su prestigio es tal que nadie la creerá si los denuncia. Por eso agita los brazos con espanto e impotencia, no para defenderse de la agresión física sino para intentar zafarse de la trampa sin salida a la que se ve abocada.

Ilustración: Javier Muñoz
Ilustración: Javier Muñoz

Supongo que desde la promoción de Susana Díaz a la presidencia de la Junta de Andalucía se habrán publicado unos cuantos artículos inspirados en este pasaje del Libro de Daniel. Pero hasta ahora los viejos que la incomodaban eran Chaves y Griñán, prestos a mancillar su pureza política con el rijoso chantaje de un pasado compartido. Era una variante del tema bíblico: o nos proteges para que nuestras culpas queden impunes o diremos que estabas con nosotros cuando sucedió todo lo de los ERE, Mercasevilla, las subvenciones a UGT, Invercaria y demás vacas asadas. Con el matiz nada trivial, claro, de que probablemente era cierto.

En la encrucijada electoral yo veo sin embargo que los dos viejos que deslizan una propuesta sonrojante en los oídos de la lideresa andaluza son Mariano Rajoy y Felipe González, una pareja tan sorprendente como para casi todos desconocida que se ha autoerigido en guardiana del bipartidismo y el statu quo, al servicio de los poderes fácticos que confluyen en el accionariado, equipo directivo y entorno del grupo Prisa.

La sintonía entre estos dos personajes, unidos por una común falta de escrúpulos, quedó patente para quienes conocen los turbios manejos que desembocaron en la brusca abdicación del rey Juan Carlos. Un año después el monarca dimisionario mantiene un constante trajín alrededor del mundo, bastante equiparable a su anterior actividad como Jefe del Estado, refutando así que fueran problemas de salud los que le impedían seguir reinando. Sólo queda la hipótesis de que se precipitó la sucesión como forma de apuntalar el bipartidismo coronado, cambiando a un septuagenario bajo sospecha por un joven monarca impoluto como elemento decorativo.

Se trataba de garantizar que el poder quedara en manos del mismo conglomerado político-económico-mediático de siempre a pesar del elevado coste que su egoísmo e incompetencia ha tenido para los españoles durante los duros años de la crisis. Empezaron reparando el tejado y ahora pretenden volver a encofrar las paredes para atrincherarse en ellas. Su objetivo es aguantar el vendaval de este año que la calle presiente y anhela como el de la sustitución de la vieja política por la nueva política para que a su término todo quede en nada y continúen siendo el PP y el PSOE quienes monopolicen las poltronas.

Rajoy sigue cosechando las mayores cotas de impopularidad de un gobernante democrático y esto no habrá coyuntura económica que lo enmiende pues la pertinaz noluntad que ha caracterizado su estéril legislatura decepciona a los unos e indigna a los otros. Esa es la única división de opiniones que galvaniza a los tendidos. Pero él y los suyos tienen tanta basura acumulada en la sentina de Génova y en los cementerios de residuos autonómicos que no pueden arriesgarse a que las excavadoras de la regeneración la desentierren.

Por eso han buscado una original forma de blanquear a los imputados que puedan ir en sus listas, cambiando su denominación por la de “investigados”. Como si pintado de cebra el perro, se acabara la rabia. Eso es lo que hacían algunos castellanos viejos cuando, según recordaba el otro día Luis del Pino, echaban a los cerdos al río durante la cuaresma para pescarlos a continuación y zampárselos sin remordimiento alguno. Ya se sabe: del monte, el mero; y del río, el cordero.

Admitamos que lo de “imputados” supone una incitación permanente a cerrar el plano, como hicimos con aquella pancarta que incluía las letras “ETA” precediendo a una marcha de simpatizantes de la banda, y a recordar todos los días que la política española es la casa de putas con mayor overbooking de la historia. Pero lo correcto hubiera sido trocar el vocablo por el de “encausados” para distinguir a aquellos en cuyas conductas un juez ve indicios de delito, de aquellos que, suscitando sospechas en la policía, son investigados dentro de la estricta legalidad, como Villarejo hizo con Ignacio González, en pos de los elementos que permitan judicializar el caso.

Hecha esta precisión queda el debate de la presencia en las listas de quienes a esos efectos igual da que lleven etiqueta de carne o de pescado. Y estando contra el automatismo que dejaría en manos de los jueces la confección de las candidaturas por la simple vía de admitir a trámite una querella y citar a declarar a los incluidos en ella, más aún lo estoy contra la reiterada praxis de la cupolocracia consistente en eludir la depuración de responsabilidades políticas amparándose en el carácter meramente indagatorio que tiene la fase de instrucción sumarial.

González y Rajoy dicen lo mismo porque están juntos en el barco de los intereses creados y los encubrimientos recíprocos”.

Todo está perfectamente resumido en la perorata que el letrado Felipe González, que ya se embutió la toga -y de qué manera- para defender a Barrionuevo, acaba de dirigir al tribunal de la opinión pública en pro de Manuel Chaves, imputado por el Supremo en el sumario de los ERE. Sostiene Antonio que Bruto es un hombre honrado. Incluso que es “una persona absolutamente íntegra”. Y lo presenta como víctima de una “causa general” porque “en el caso de que hubiera tenido responsabilidad política, que también lo dudo, es impresionante que se transforme en responsabilidad penal”. Y eso “lo tiene que corregir la propia Justicia”. Caramba, si es lo mismo que masculló el día del entierro de Tomás y Valiente: “¿Es que no hay nadie que les diga a los jueces lo que tienen que hacer?”.

El razonamiento pertinente es el inverso: sea cual sea su responsabilidad penal y al margen de en qué fase se encuentre el proceso, un partido con un mínimo sentido del pudor y la vergüenza ajena debería haber retirado hace ya tiempo de la vida pública a quien presidía la Junta de Andalucía cuando se malversaron miles de millones -el desvío del dinero no es presunto- a bolsillos afines. Pero, claro, ese cuento debería habérselo aplicado a sí mismo el señor X en los tiempos de los GAL y serviría también de rasero para el fariseo Rajoy que nos dice que seguirá “mandando SMS” porque “confía en la gente” como si Bárcenas hubiera conseguido bloquear informativamente la Moncloa durante los dos días que transcurrieron entre la divulgación del hallazgo de su fortuna en Suiza y el “Luis, sé fuerte” tecleado por su jefe, amigo y protector.

González y Rajoy dicen lo mismo porque están juntos en el barco de los intereses creados y los encubrimientos recíprocos. Lo ideal para ellos, además de domeñar a la justicia, sería domesticar a los piratas que preparan el abordaje por sus respectivos flancos. Pero ni Pablo Iglesias ni Albert Rivera van a ser tan estúpidos de prestarse a servir de comparsas para apuntalar el poder territorial del PSOE o el PP cuando quedan unos meses para la madre de todas las batallas en la que el premio es la Moncloa.

Sea cual sea el margen de su victoria y por muy variable que resulte la geometría del parlamento andaluz Susana Díaz va a necesitar que el PP le permita gobernar a base de abstenciones y otro tanto lleva camino de ocurrirles a la inversa a Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes. Al servicio de ese do ut des han sido sacrificados los dos listos del tranvía que pasaba por el ático. Y el remate de todo sería la gran coalición que dejaría a la nueva política con dos palmos de narices y mantendría a Rajoy en el Trono de Hierro hasta que dentro de esos “tres, cuatro o cinco años”, señalados por el padre padrone, llegara la lideresa andaluza a relevarle.

Ese es el plan. Ese es el guión que un viejo le ha soplado al otro viejo y que este a su vez ha chichisbeado a la casta Susana. En el Libro de Daniel el busilis consistía en inventar a un joven seductor como socio de la imaginaria coyunda. En esta reedición felipista de la Biblia el pretendiente existe pero lleva camino de quedarse al pie del altar, con las flores en la mano, repitiendo compulsivamente eso de “tú a San Telmo, yo a la Moncloa”, hasta que un día la ambiciosa Susana emerja cual ballena Turandot para engullirle en uno de sus acertijos.

Los GAL y la desmemoria histórica

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La obra ‘Las guerras correctas’ es un relato de la entrevista de Iñaki Gabilondo a Felipe González el 9 de enero de 1995 pero no indaga en la trama política de los GAL. 

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Manolo Solo y Luis Callejo interpretando a Felipe González e Iñaki Gabilondo en la obra ‘Las guerras correctas’, que se representa en el Teatro del Barrio hasta el 1 de marzo . / ARMANDO VELASCO

 

Jerónimo Zurita (1512-1580) ejerció como funcionario en la corte de Felipe II y se retiró luego en un convento a escribir los Anales de la Corona de Aragón. Una obra que le otorgó un lugar de honor entre los pioneros de la historiografía española y un nombre en el callejero de Madrid.

La calle Zurita es una cuesta estrecha y sin apenas aceras en el barrio de Lavapiés. Aquí se encuentra la sede de Podemos y casi enfrente el Teatro del Barrio, donde un senador de Bildu, una jueza progresista y el periodista Pedro J. Ramírez se sientan este martes a conversar sobre los crímenes de los GAL.

El motivo es el estreno de la obra Las guerras correctas, que recrea la entrevista de Iñaki Gabilondo a Felipe González el 9 de enero de 1995 y aspira a presentar los dilemas morales de aquella época a una generación que no la vivió. El autor del texto es Gabriel Ochoa, que mantuvo una larga conversación con el periodista pero no con el político sevillano, que según explica en el programa no le quiso recibir.

El espejo en el que se mira Las guerras correctas son las entrevistas de Richard Nixon con el periodista británico David Frost. Es una analogía imperfecta por el perfil de sus protagonistas. El Nixon que recibió a Frost era un jubilado y percibió la entrevista como una oportunidad para redimirse. El hombre que respondió a Gabilondo era el líder de un Gobierno asediado por las revelaciones sobre el terrorismo de Estado y sobre la corrupción. Al contrario que Nixon, Felipe González no confesó. Aprovechó la ocasión para blanquear su imagen con la ayuda de Jordi García Candau, que dirigía RTVE desde 1990 y reclutó a Gabilondo como entrevistador.

Se podría decir que Las guerras correctas es una obra sobre la relación personal entre González y Gabilondo y no un tratado sobre los entresijos de los crímenes de los GAL. Por eso es aún más interesante este debate que se celebra el martes al final de la función. Sus protagonistas son la jueza Manuela Carmena, el senador ‘abertzale’ Iñaki Goioaga y el periodista Pedro J. Ramírez y el moderador es Emilio Silva, periodista y fundador de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. A Goioaga y Carmena les ha gustado la obra. A Ramírez le ha parecido un retrato poco fidedigno y salpicado de errores documentales que corrige al inicio de su intervención.

“Yo siento mucho decir que lo que se cuenta aquí no es lo que ocurrió”, dice el fundador de EL ESPAÑOL. “Iñaki actuó dignamente pero aquella entrevista fue una operación de control de daños. García Candau no era el gilipollas que se presenta aquí sino un alto cargo felipista que programó aquella entrevista como respuesta a algo que aquí sale de pasada y que fue el detonante de todo: las detenciones de los altos cargos del Ministerio del Interior”.

El origen de los arrestos de Rafael Vera y Julián Sancristóbal no fue la entrevista de Gabilondo sino la que mantuvo el policía José Amedo con el periodista Melchor Miralles en una habitación del hotel Eurobuilding en diciembre de 1994. “Amedo le entregó a Melchor el manuscrito que le había dado Sancristóbal para reivindicar el secuestro de Segundo Marey”, explica Ramírez. “Es eso lo que desata el pánico en el Gobierno. Había una prueba material y aquello lo precipitaba todo”.

Son detalles que no se cuentan en la obra, que tampoco indaga en los orígenes de los GAL. Iñaki Goioaga, que defendió en los tribunales a un sinfín de presos de ETA, recuerda que el terrorismo de Estado nació mucho antes de 1983 y Manuela Carmena explica que los GAL no hubieran salido a la luz sin una cierta presión social. “Al ver la obra he sentido cierta envidia del pulso democrático de entonces”, dice Carmena, que ejerció como jueza durante décadas y ayudó a destapar los abusos de la mafia policial. “Pienso en lo que acaba de ocurrir en Francia después del atentado contra Charlie Hebdo. A nadie le extraña que se hable de abatir a un terrorista como si fuera una pieza de caza. El terrorismo de Estado ha dejado de interesar”.

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La impunidad es uno de los asuntos clave del coloquio, que se puede ver entero aquí. La de los GAL y la de muchos crímenes de ETA que quedaron por esclarecer. Los tres invitados critican el enjuague que propició los indultos de Rafael Vera y José Barrionuevo. Pero Goioaga se desmarca al hablar del atentado de Hipercor, en el que fueron asesinadas 21 personas el 19 de junio de 1987. “Fue un resultado terrible y no deseado”, explica el senador de Bildu. “Se fue a hacer un desalojo y el comisario Francisco Álvarez dijo que era una falsa alarma. Por eso siempre digo que se podría haber evitado y que la verdad tiene muchos parámetros. Ha habido sufrimiento pero por todas partes. Cualquier daño es inadmisible pero quien hace daño quizá es porque no ve otras salidas”.

Las palabras del senador suscitan estupor entre los presentes. “¡No, si será culpa de las víctimas!”, grita desde la quinta fila David Moreno, que se define como una persona que “cree en la democracia” en su presentación. “La verdad no tiene muchos parámetros sino muchas excusas”, prosigue. “Excusas para matar a niños y a embarazadas como hizo ETA”.

Sobre el escenario retoma el asunto Pedro J. Ramírez, que matiza las palabras de otro espectador: “Aquel día ETA no envió el coche bomba para matar a la gente de Hipercor. Pero expresó tal desprecio por las personas estaban en Hipercor que arriesgó sus vidas dejándolas al albur de una situación límite que ellos mismos habían creado. Responsabilizar luego al mal funcionamiento de las autoridades es una vileza. La responsabilidad es de ETA y de nadie más”.

¿Debería pedir perdón el Estado por los crímenes y las torturas de los GAL? Goioaga y Carmena piensan que sí por la impunidad que han sufrido sus víctimas. Pedro J. Ramírez no está de acuerdo: “Quien tiene que pedir perdón es Felipe González. Tan Estado era él como los fiscales que nos facilitaron las pruebas que su Gobierno intentaba encubrir”.

Habla Gabilondo

Unos días antes, se celebra este otro coloquio al final de la primera función de ‘Las guerras correctas’. Sus protagonistas son Ignacio Escolar e Iñaki Gabilondo, que reflexionan sobre el parecido entre la obra y lo que ocurrió en aquel plató de TVE. Entre el público periodistas como Juan José Millás, Jon Sistiaga o Fran Lorente, cuya gestión como director de Informativos propició unos años mucho más libres que los de Jordi García Candau.

Gabilondo habla sobre su relación con el presidente y explica por qué siempre ha guardado cierta distancia con los políticos: “Digamos que casi todos los hombres tienen su parte de razón y encuentran en mí un receptor bastante bueno. Por eso siempre he preferido guardar las distancias. Para juzgar mejor la realidad”.

La obra cuenta cómo González invitó al periodista a su casa unos años después de la entrevista y le mostró el diario que había escrito en sus días más difíciles en el poder. “Mi impresión es que aquella noche en antena Felipe perdió una oportunidad”, dice el periodista, que durante décadas dirigió el programa matutino ‘Hoy por hoy’. “Debería haber dicho: ‘Yo soy inocente pero soy responsable. Me espanta todo esto y me marcho a mi casa’. Entonces habría cambiado la Historia de España”.

Gabilondo explica que un presidente siempre tiene una majestad que “impone un poco” y elogia la sana “impertinencia” de las entrevistas de su discípula Ana Pastor.

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Iñaki Goioaga, Emilio Silva, Manuela Carmena y Pedro J. Ramírez en el Teatro del Barrio. / EDUARDO SUÁREZ

 

Aquella entrevista con Felipe González la vieron casi ocho millones de personas pero su intensidad fue mucho menor que la conversación que el presidente y Pedro J. Ramírez mantuvieron en un pasillo del Congreso de los Diputados el día de la Constitución de 1987. Melchor Miralles y Ricardo Arqués acababan de publicar los detalles sobre el zulo de los GAL en Diario 16 y González le espetó a su director: “Parecéis el Egin. Lo que estáis publicando es terrible”.

El momento quedó reflejado en esta fotografía en la que Ramírez aparece con un sombrero en la mano y el rostro demudado por lo que el presidente le dijo justo después: “Lo único que tenemos que negociar con ETA es que si ellos nos dejan de matar a nosotros, nosotros les dejaremos de matar a ellos”.

Escenas como ésta no aparecen en Las guerras correctas y pueden generar una cierta confusión entre los espectadores jóvenes que no hayan vivido los años que se retratan aquí. Es difícil fijar la memoria histórica de unos hechos que apenas investigó la Justicia española y sobre los que se ha tendido un manto de silencio propiciado por los indultos y la negativa a desclasificar documentos del CNI. Pero merece la pena recordar qué periodistas ayudaron a destapar los hechos y cuáles miraron para otro lado o calumniaron a quienes se atrevieron a denunciar los crímenes de los GAL.

Queda mucho por escribir sobre el terrorismo de Estado en los primeros años de la democracia. Es imposible condensar lo que se sabe en una película o en un texto tan breve como el que se presenta en el Teatro del Barrio y no se han contado cosas que quedan por saber. Los GAL no han encontrado por ahora un Peter Weiss que lleve al escenario su rastro de crueldad pero nunca es demasiado tarde. A Jerónimo Zurita le llevó tres décadas terminar sus Anales de la Corona del Aragón en el siglo XVI y hoy los expertos los consideran uno de los primeros ejemplos de la historiografía moderna por su diversidad de fuentes y por su rigor.

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La obra Las guerras correctas de Gabriel Ochoa estará en cartel en el Teatro del Barrio hasta el 1 de marzo. Las entradas se pueden comprar aquí.