“Un Premio Nacional trasciende a los gobiernos de turno”

José Manuel Sánchez Ron peq El físico recibe el Premio Nacional de Ensayo por su último libro, El mundo después de la revolución: la física de la segunda mitad del siglo XX (Ed. Pasado y presente, 2014). Por primera vez se reconoce la divulgación científica.

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José Manuel Sánchez Ron peq
José Manuel Sánchez Ron. (EFE)

José Manuel Sánchez Ron (Madrid, 1949) sabía que “habían presentado” su último libro, El mundo después de la revolución: la física de la segunda mitad del siglo XX (Ed. Pasado y presente, 2014) al Premio Nacional de Ensayo, un galardón que, dotado con 20.000 euros, otorga anualmente el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Aún así, el fallo del jurado le ha pillado por sorpresa porque “nunca se había dado a un ensayo completamente dedicado a la ciencia”.

¿Cómo ha reaccionado al saber que era el nuevo Premio Nacional de Ensayo?

Me siento muy satisfecho por que se reconozca el papel de la ciencia. El ensayo es un género para comprender el mundo y la ciencia es esencial para ayudarnos a lograrlo, precisamente porque forma parte de la cultura y de la sociedad. En este libro, concretamente en el último capítulo, explico cómo la física cambió el mundo. ¿Sabía, por ejemplo, que Sillicon Valley fue creado por un físico, uno de los inventores del transistor? [Se refiere al Nobel William Bradford Shockley]. En el volumen hablo de los problemas que han surgido de la relación entre los científicos y la economía, por ejemplo. Y me centro además en la segunda mitad del siglo XX, que va más allá de revoluciones protagonizadas por la física, como la de la relatividad, y que es cuando realmente la Física ha modificado el mundo.

Si se habla de relaciones problemáticas, es imposible no recordar las últimas polémicas protagonizadas por otros galardonados con un Premio Nacional, que lo han rechazado por su desacuerdo con las políticas gubernamentales…

Los Premios Nacionales tienen una larga historia y trascienden a los distintos gobiernos que los otorgan. Yo entiendo éste como el reconocimiento de una sociedad a una obra y, aunque respeto totalmente a las personas que han rechazado el galardón, no comparto esa adjudicación de la responsabilidad al Gobierno de turno.

Pero ¿tiene algún comentario sobre la política científica del actual Gobierno?

Creo que no es el momento de opinar sobre esto.

¿Cómo empezó su interés por la divulgación científica?

Yo no llamaría divulgación a lo que escribo, aunque no me ofende el término. Yo escribo sobre la historia de la ciencia y por lo que sí que me preocupo es por que se entienda. Supongo que por eso se llama divulgación pero, si se fija, supone una diferencia con respecto a otras disciplinas. No se denomina divulgación histórica a la Historia que se entiende o divulgación sociológica a la Sociología que se entiende. Aunque yo empecé como físico teórico, pronto mi interés evolucionó al interés por la historia de la ciencia, hasta el punto de que en 1994 la Universidad Autónoma de Madrid creó una cátedra específica en la que aún trabajo.

Además de catedrático de Historia de la Ciencia usted es académico de la Real Academia de la Lengua (RAE). Hay quien puede pensar que las ciencias y las letras son campos antagónicos ¿cuál es su opinión?

No se trata en absoluto de campos antagónicos. La RAE tiene muy clara la importancia del lenguaje de la ciencia y de cómo éste forma parte del lenguaje en general. Además, debido a la rapidez con la que evoluciona todo en este área, la RAE está especialmente interesada en sus campos léxicos, más dinámicos.

“La RAE tiene muy clara la importancia del lenguaje de la ciencia y de cómo éste forma parte del lenguaje en general”

Aunque la Física se puede considerar una ciencia “dura” hay asuntos que parecen interesar de repente a todo el mundo, como ocurrió con el bosón de Higgs. ¿A qué cree que se debe ese protagonismo momentáneo? 

Más reciente que lo del bosón de Higgs es el hallazgo de agua en Marte. Creo que esto se explica porque son cuestiones que responden a intereses atávicos de las personas y porque tienen que ver con temas como la estructura última de la materia. Hay preguntas que nos rondan desde la antigüedad, como dónde estamos o de qué estamos hechos, y estos temas se engloban en dicha categoría. Además, hay que reconocer el papel de las instituciones que comunican, en el caso del bosón de Higgs el CERN y en el del agua en Marte, la NASA.

Como escritor de divulgación científica ¿podría escoger su obra favorita en este campo? ¿Y un libro en general?

Creo que pondría en primer lugar el Origen de las Especies, que publicó Charles Darwin en 1859. Lo elijo no sólo por lo que representó, sino porque se puede leer fácilmente. Respecto a la segunda pregunta, la literatura es un océano tan inmenso que me resulta difícil escoger un único libro.

¿Y qué me dice de su propia obra? ¿Algún favorito?

No nos vamos a engañar [ríe]; ahora mismo, tengo que decir que éste último. Ha venido con un pan debajo del brazo.

Algunos de sus libros los ha escrito en colaboración con otros autores. ¿Cómo ha sido la experiencia?

Aunque soy bastante solitario, es cierto que ocasionalmente he colaborado con otras personas en algunos libros y muchas veces en artículos. En el caso de Mingote, que ilustró algunos de mis libros, tuvimos una relación especial y fue muy sencillo. Nos entendíamos bien. La colaboración con el historiador Miguel Artola, con quien escribí Los pilares de la ciencia (Espasa, 2012), fue una experiencia muy satisfactoria sobre todo en lo que se refiere a compartir, interaccionar e intercambiar ideas. Para mí, una norma esencial en la colaboración es que haya una sintonía personal, que se pueda hablar casi de una amistad.

Usted ha colaborado con varios medios de comunicación. ¿Cómo ve el nivel de la divulgación científica informativa en España?

Aunque depende del medio y no voy a entrar a juzgar casos particulares, creo que el nivel es mucho mejor que en el pasado. Es importante resaltar que la ciencia es parte de la cultura, de la política y de la economía, y que trasciende por lo tanto a un sólo campo. Eso sí, creo que la ciencia debería ocupar espacio en los medios más allá de cuando haya un descubrimiento prodigioso.

Científicos por la independencia

 

Un nutrido grupo de científicos se ha manifestado a favor de la secesión. Entre ellos están algunos de los investigadores catalanes más destacados.  EL ESPAÑOL ha localizado a algunos de ellos y les ha preguntado por los motivos de su posición.

Un nutrido grupo de científicos se ha manifestado a favor de la secesión. Entre ellos están algunos de los investigadores catalanes más destacados.  EL ESPAÑOL ha localizado a algunos de ellos y les ha preguntado por los motivos de su posición.

Todos son brillantes en sus respectivos campos, trabajan en entidades de prestigio reconocido y han apoyado públicamente la opción independentista. ¿Cuáles son las razones de este apoyo? ¿Sufrirá la ciencia catalana ante una hipotética separación? ¿Se puede defender la independencia desde la razón y no desde el corazón? He aquí sus respuestas.

El físico 

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David Jou afirma que se adhirió al manifiesto por la independencia como ciudadano “más que como científico especializado”. Quizás por eso señala esta parte como la menos “conflictiva” del asunto. “Para mí los factores científicos se hallan entre los desacuerdos menos graves y aquí el encuentro puede ser más fácil, fructífero y cordial”, afirma. “Los efectos de las insuficientes inversiones gubernamentales en ciencia son sentidos en toda España y la importancia de la ciencia para la colectividad es ampliamente compartida por todos los científicos del mundo”. Aun así, destaca que los catalanes se sienten “un poco desasistidos, sobre todo por la política de recortes”.

La razón que más pesa en el respaldo de Jou es un desencanto personal con la realidad política. “Los factores de fondo relacionados con la aspiración a la independencia son más generales y graves”, explica. “Votamos con esperanza la Constitución en 1978, pero hemos ido viendo cómo las competencias prometidas llegaban con mucho retraso y con fondos insuficientes y cómo eran laminadas sucesivamente. [También hemos visto] cómo el Gobierno de España se oponía a la oficialidad de la lengua catalana en Europa y cómo las inversiones en infraestructuras eran un año tras otro injustamente insuficientes”.

Jou ha perdido la esperanza de ver una “España auténticamente plural, acogedora y amable en lo político” y destaca la falta de reconocimiento de la diversidad. “Ni tan siquiera en las matrículas de los automóviles, donde nada costaba. No digo que tal España sea imposible, pero me parece más complicado conseguirla que lograr la independencia, por difícil que esto sea”, apunta el físico.

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Jou cree que la relación entre Cataluña y España no ha sido siempre igual. De hecho, considera que se ha visto afectada sobre todo por “determinadas respuestas” a la postura independentista. Jou cree que desde Madrid se acude siempre “a la letra de la ley para amenazar y no tener que escuchar”. Pone el ejemplo de la sentencia del Constitucional del 27 de junio de 2010 sobre el Estatuto de 2006 como una “muestra definitiva del fracaso político, jurídico y cultural del espíritu que había inspirado la Constitución”.

De vuelta a la ciencia, Jou supone que “durante un periodo de transición se generará una cierta incertidumbre”. Con respecto al futuro, reconoce que permanecer fuera de la Unión Europea “no sería positivo”. Pero piensa que “existiría la posibilidad de cerrar acuerdos bilaterales”.

En cualquier caso, el investigador cree que una posible independencia de Cataluña tendría repercusión en la investigación científica: “Una mayor flexibilidad a la hora de establecer las prioridades de investigación puede repercutir en una mayor eficiencia y en más interés por parte de los ciudadanos por una ciencia que les toca más de cerca en algunos aspectos”, concluye.

El biólogo

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Ricard Solé explica el porqué de la red de científicos independentistas: dice que los científicos son parte de la sociedad y que si quieren cambiarla han de participar: “No podemos hacer nada sólo desde nuestro laboratorio”.

Solé cree que la ciencia catalana es superior a la española y lo es porque, a su juicio, el sentido común ha imperado en el desarrollo del modelo de ciencia en Cataluña. “Esto no lo ha conseguido un partido o una persona concreta”, señala.

Solé dice que en Cataluña hay un consenso sobre la necesidad de invertir en ciencia “a largo plazo”. Cada vez que se cambia de partido o de Gobierno no hay que desmontarlo todo. “Hay que seguir tomándose en serio esa inversión, hacerla al estilo americano y que la palabra excelencia, que tan mal se emplea, sea real”.

“Si fuéramos un país, que no lo somos, estaríamos en tercer lugar en Europa en cuanto a producción científica por habitante”, dice Solé, que ejerce como biólogo en la Universidad Pompeu Fabra.

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La clave del éxito catalán en ciencia según Solé se debe a que los grandes centros de investigación se han construido con un criterio que no apuesta por la contratación de “científicos catalanes” sino de “gente que de verdad vale la pena, la mayoría extranjeros”.

Se podría haber cometido el “habitual error de contratar a alguien con nombre y a punto de jubilarse en lugar de seguir el modelo de traer a gente al principio de su carrera”, dice el biólogo. “Se trata de traer a gente que sabes que va a dar el máximo y darle las mayores facilidades: un buen espacio de laboratorio, recursos para tener investigadores y herramientas para tejer su red internacional. Ésa es la clave de todo y lo que siempre ha fallado en España”.

Hoy la ciencia es internacional y multidisciplinar. ¿Encaja eso con el proceso soberanista? “No tiene sentido pensar en mi trabajo sin la idea de que voy a seguir colaborando con gente de todas partes”, dice Solé, que enumera a parte de su equipo: dos investigadores postdoctorales de Málaga y un doctorando de Galicia. “Los he tenido de Madrid y de otras parte. Es gente brillante y ahí se acaba la historia, no puede haber otro baremo más que este”.

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Como receptor en 2012 de una beca del Consejo de Investigación Europeo (ERC), Solé es muy consciente de la importancia de la financiación europea en la ciencia catalana y de todo a lo que podrían tener que renunciar si Cataluña se independiza y no sigue dentro de la UE. “Un error que Cataluña ha cometido muchas veces es pensar que nos harán caso porque tenemos buenos argumentos y eso es mucho pedir”, dice. “Por el peso que tiene nuestra ciencia y la gran red de interacciones y proyectos europeos, dudo mucho que la Unión Europea decida de la noche a la mañana que eso se va al traste. No sólo por la ciencia sino por el peso económico que tenemos”.

“No podemos evitar intentar ser optimistas”, dice el investigador. “Muchas cosas que se hacen en Cataluña están conectadas, por ejemplo, con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Eso tendríamos que resolverlo también. No vamos a dejar a todos esos científicos en la calle. Reconozco que no será nada fácil de gestionar, pero no veo visión en los políticos españoles, y lo digo con tristeza. No veo que esto vaya a cambiar y el cortoplacismo en ciencia no tiene ningún sentido”.

El bioinformático

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Para Rodéric Guigó el apoyo a la opción independentista en Cataluña se explica por muchos factores: “Por supuesto, los hay sentimentales. Te sientes de un país. No es mejor ni peor. Pero lo sientes otro país. No es algo racional. Es como el enamoramiento, que no se puede discutir. Influye cómo has sido educado”.

“Yo no me siento español aunque comparto referentes culturales y hablo su lengua. La mitad de mi familia es española. Yo entiendo que se molesten y que esto produzca malestar, pero deberíamos relativizar esta parte irracional”, añade.

Este bioinformático apunta también a un componente racional: “He llegado a la conclusión de que lo mejor para todos es que Cataluña sea independiente del resto de España”. Utilizando un símil científico, Guigó señala a la teoría de juegos: “En principio, estar unidos es mejor que estar separados. Pero siempre que el esfuerzo que hace falta para estar unidos no sea mayor que el beneficio que se obtiene. Es la suma positiva frente a la suma negativa. En mi opinión, lo que ocurre por desgracia es que la unión entre España y Cataluña hasta ahora ha sido de suma negativa. Por ejemplo, se han hecho gastos en infraestructuras no racionales sólo con la idea de coser un país. Sería mejor que fuéramos independientes. Si nos mantuviéramos en Europa, la independencia haría que las relaciones entre España y Cataluña fueran mejores”.

Guigó huye de los estereotipos: “El argumento de que España nos roba me parece desafortunado. Pero me hace gracia cuando dicen que el nacionalismo se cura viajando. Precisamente yo no me hice nacionalista hasta que viví fuera de España, cuando me di cuenta de que ni mi país ni mi lengua eran inferiores porque personas de países más pequeños que Cataluña se sentían orgullosos. No tiene ninguna justificación que Andorra sea un país y Cataluña no lo sea”.

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“Hace 20 años, al menos en mi campo [biología molecular] la ciencia era muy superior en Madrid”, recuerda Guigó, que cita al filósofo español José Ortega y Gasset para explicar el cambio: “Como él decía, ‘Yo soy yo y mis circunstancias’  y lo que ha ocurrido aquí en Cataluña es que se han implantado medidas modestas y poco costosas que han permitido un mejor desarrollo de la ciencia”.

Esas medidas se resumen en el establecimiento de un sistema de funcionamiento “más dinámico al margen del CSIC y de las universidades y se ha conseguido atraer a muchos científicos de fuera”, según dice Guigó, que señala que eso se debe las ideas del conseller Andreu Mas-Colell.

¿Qué ocurriría si gana el independentismo en el 27S? “Va a ser un camino difícil por los poderes fácticos”, dice Guigó. “Está claro que unidos se pueden hacer mejor las cosas, pero también supondrá la posibilidad de empezar de nuevo. A mí no me parecería mal que se pudiera llegar a un acuerdo y que determinadas cosas se pudieran hacer de forma común con España”, puntualiza el investigador, que pone como ejemplo a los países nórdicos. 

 

 

 

La ‘partícula de Dios’ explicada para los mortales

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El Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN) de Ginebra ha vuelto a poner en marcha estos días el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), con el que hace tres años se realizó uno de los descubrimientos más importantes en el campo de la física de partículas en las últimas décadas: el bosón de Higgs. Explicamos qué es la llamada ‘partícula de Dios’ y por qué su detección fue tan importante.

El Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN) de Ginebra ha vuelto a poner en marcha estos días el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), con el que hace un par de años se realizó uno de los descubrimientos más importantes en el campo de la física de partículas en las últimas décadas: el bosón de Higgs. Explicamos qué es la llamada ‘partícula de Dios’ y por qué su detección fue tan importante.


 

La ‘partícula de Dios’ se manifestó por primera vez entre los hombres el 4 de julio de 2012. Más conocida como Bosón de Higgs, un grupo de físicos propuso su existencia en 1964 pero no se confirmó hasta la primavera de 2013 en el CERN.

Los científicos del LHC, un acelerador de partículas del CERN, proclamaron su descubrimiento después de más de medio siglo de búsqueda y el hallazgo conmocionó al mundo. Sin embargo, más allá de los círculos científicos, muchos no iniciados ignoran qué es este bosón y por qué es relevante su existencia.

Entonces, ¿qué es el bosón de Higgs?

En esencia y de forma burda, se trata de una partícula elemental que permite explicar la diferencia entre las masas de las distintas partículas que componen la naturaleza. Para poder ahondar en este fenómeno y llegar a comprenderlo, es necesario refrescar previamente una serie de conceptos.

En primer lugar, la materia está compuesta por átomos. Estos átomos, a su vez, están formados por un núcleo central, con neutrones y protones, y a su alrededor giran los electrones.

Sin embargo, estos protones y neutrones se componen de partículas todavía más pequeñas, llamadas quarks. Se trata de partículas elementales, igual que los electrones, que son indivisibles.

¿Cuál es el problema?

En la década de los sesenta, los científicos trataban de comprender cómo funcionaban los protones y los neutrones por dentro, y las teorías no terminaban de encajar.

Los físicos no entendían a qué se debían las enormes diferencias de masa entre las distintas partículas elementales. Por ejemplo, el quark ‘cima’ (uno de los seis tipos que existen) es mucho más pesado que un electrón. Concretamente, su masa es 350.000 veces mayor. Esta es la misma diferencia de peso que hay entre una sardina y una ballena.

Las preguntas quedaban abiertas y eran muy profundas: ¿Qué confiere la masa a las partículas? ¿Qué es realmente la masa? ¿Por qué existen estas diferencias?

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Imagen de una sección del túnel del Gran Colisionador de Hadrones (CERN)

Para dar respuesta a todas estas cuestiones, en 1964 el físico británico Peter Higgs propuso, junto a otros colegas, una solución. Presentaron una teoría que aseguraba que todo el espacio está relleno de un campo que interacciona con las partículas elementales y es esto lo que les confiere masa.

Se trata del ‘campo de Higgs’, que permea todo el universo.

Como peces en el agua

Para comprender mejor su funcionamiento, es posible establecer una sencilla analogía. Las partículas elementales están inmersas en el campo de Higgs como los peces en el agua. Una sardina en el mar, al ser pequeña, interacciona muy poco con el medio y puede moverse rápidamente. Por el contrario, una ballena, con un tamaño mucho mayor, interacciona con más agua y se desplazará más despacio.

Al trasladarlo al caso subatómico, la idea es que cuanto mayor es la interacción de una partícula con el campo de Higgs, mayor es su masa. Se podría decir que este campo “frena” más a las partículas cuanto más pesadas son, igual que ocurre con el agua y los peces.

Así, un electrón interacciona poco con el campo de Higgs, por lo que se desplaza fácilmente a su través. Dicho de otra forma, el campo de Higgs hace que el electrón tenga una masa mínima (sería el caso de la sardina).

Por su parte, el quark ‘cima’ presenta una interacción muy fuerte con el campo de Higgs, por lo que se desplaza lentamente. O lo que es lo mismo, es muy pesado (como la ballena).

Según esta teoría, la masa no sería una propiedad intrínseca de las partículas sino el resultado de una interacción con el campo de Higgs.

¿Dónde aparece el bosón de Higgs?

De la misma manera que el agua está compuesta por moléculas de H2O, el campo de Higgs está formado por un incontable número de bosones de Higgs.

Para demostrar que esta teoría propuesta en 1964 era cierta, era necesario encontrar estos bosones. Para ello, se construyeron los grandes aceleradores de partículas.

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Evento candidato de Higgs a partir de colisiones entre protones (CMR | CERN)

¿Por qué resultó tan complicado observarlo?

Por dos motivos fundamentales. En primer lugar, para generar un bosón de Higgs se necesitan intensidades de energía muy elevadas, similares a las del Big Bang. Para reproducir estas condiciones, fue necesario construir grandes aceleradores de partículas como el LHC del CERN, donde finalmente fue detectado.

En segundo lugar, una vez generado el bosón de Higgs, se desintegra muy rápidamente y desaparece antes de que pueda ser observado. De hecho, lo que se detecta en los experimentos no es el bosón de Higgs, sino los residuos que deja al descomponerse.

¿Qué hicieron los físicos en el LHC?

De manera muy simplificada, en este acelerador se hizo colisionar de frente haces de protones a velocidades elevadísimas para generar instantes de gran energía y observar qué partículas aparecían. Durante fracciones de segundo, el LHC conseguía reproducir las condiciones del Big Bang y se formaban nuevas partículas subatómicas, entre ellas el bosón de Higgs.

Hasta hace poco, los aceleradores no eran capaces de reproducir estas condiciones y conseguir así que los protones chocasen a velocidades suficientemente altas para producir el bosón de Higgs. Por ese motivo, no pudo ser detectado definitivamente hasta hace un par de años.

¿De dónde viene el término ‘partícula de Dios’?

El Premio Nobel de Física Leon Lederman escribió en la década de los noventa un libro en el que se refería al bosón de Higgs como “the goddamn particle”, esto es, “la maldita partícula”, por lo difícil que era detectarla.

En un alarde de originalidad, el editor del texto decidió sustituir el nombre por “the God particle”, es decir, “la partícula de Dios”. Desde entonces, el bosón de Higgs quedó rebautizado.

Sin embargo, algunos investigadores prefieren el apodo de “la partícula botella de champagne”. Este término hace referencia a la anécdota que relata que el ministro de Ciencia británico William Waldegrave ofreció este obsequio a quien fuera capaz de explicarle qué era el bosón de Higgs.

¿Y ahora qué?

El descubrimiento del bosón de Higgs supuso todo un acontecimiento en la comunidad científica porque constituye una victoria del Modelo Estándar de la Física, esto es, la teoría que engloba todos los conocimientos sobre el mundo subatómico.

Este modelo predice qué partículas forman la materia y qué fuerzas interactúan entre ellas. Asimismo, preveía la existencia del bosón de Higgs y su confirmación respalda el modelo y afianza las ideas actuales. Si este hallazgo no se hubiese producido, los físicos habrían tenido que asumir que algunos de estos planteamientos eran erróneos y plantear formulaciones alternativas.

Sin embargo, el Modelo Estándar no llega a ser una teoría completa, ya que no incluye la gravedad, que es una de las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza. Tampoco explica qué son la materia y la energía oscuras. Muchos científicos están convencidos de que la confirmación de la existencia del bosón de Higgs permitirá avanzar en teorías como la supersimetría o la unificación de las fuerzas de la naturaleza.

A partir de ahora, las investigaciones deberán continuar en esta línea para desentrañar los secretos de la naturaleza.


 

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