El viaje a ninguna parte

viaje2ok¿Cómo hemos podido llegar a la tesitura actual cuando el independentismo dentro de un Estado que ha cedido ya gran parte de su soberanía a la Unión Europea, para adaptarse a las reglas y tamaños de la era de la globalización, resulta un anacronismo ridículo y sin sentido? 

Ilustración: Javier Muñoz

Puesto que tras la lectura del “libro negro” de Jordi Pérez Colomé el género periodístico que merece ser tomado más en serio en Cataluña es el humorístico, y como no hay dos sin tres, sigamos el viaje que iniciamos con el ¡Cu-Cut!, continuamos con L’Esquella de la Torratxa y hoy nos lleva a recalar en El Be Negre -a la vez la oveja negra y el bien negro-, brillantísimo semanario satírico afín a Acció Catalana, el partido de los intelectuales nacionalistas durante la Segunda República.

Detengámonos en concreto en la portada del número del 4 de enero del 34 -diez meses antes de la declaración de independencia de octubre- y fijémonos en el chiste incrustado en la quinta y sexta columnas, dedicadas al nuevo gobierno de la Generalitat que se formó tras la muerte de Maciá. El ujier del palacio de la plaza de San Jaime recibe a Companys con una pregunta: “Ja es bé catalanista, senyor Companys?”. Y el nuevo presidente le responde: “Més que no era mariner quan vaig ésser ministre”.

be2Obsérvese que lo que el funcionario pregunta no es si el nuevo líder de Esquerra se ha hecho  “separatista” o ni siquiera “nacionalista”, sino tan sólo si es ya lo suficientemente “catalanista” como para entrar por esa puerta. Y que Companys le contesta que “más o menos como era marinero cuando fui ministro”, aludiendo a que durante el verano anterior, en el tercer gobierno presidido por Azaña, había ocupado la cartera de Marina.

Sin esa reticencia generalizada que rodeaba al político logrero y oportunista, comparado siempre en desventaja con el padre de la patria difunto, no se comprende bien su delirio del 6 de Octubre al proclamar el “Estado catalán dentro de la -inexistente- República Federal Española”. Sus pretextos eran tan nimios como que el nuevo gobierno de Lerroux incluía tres ministros “involucionistas” de la CEDA y que el TC de entonces había tumbado la Ley de Contratos de Cultivo. Algo equivalente a la mala relación de estos años con el PP y a la frustración por la sentencia del Estatut.

Poca cosa desde una visión amplia. Por eso hay que centrarse en el factor humano. De hecho las primeras palabras que Companys masculla más que pronuncia tras la arenga del balcón, al volver al salón de Sant Jordi, parecen la continuación del chiste: “Ja està fet! Ja veurem com acabarà! A veure si ara també direu que no soc catalanista!”.

Con ese “a ver si ahora también diréis que no soy catalanista” parece estar midiéndose cada día Mas desde que inició la huida hacia adelante para separarse tanto de la fétida sombra de Pujol como de la memoria de aquel muchacho ambicioso y desideologizado a quien en el colegio Aula todos llamaban Arturo. Igual que Companys trataba de emanciparse del legado de Maciá y del recuerdo del abogadillo laboralista al que los compañeros de UGT llamaban Luis.

Podríamos continuar con el paralelismo preguntándonos si el papel de Dencás que se escapó por la alcantarilla, abandonando en su huida una barba postiza, lo desempeñará esta vez Quico Homs o algún gerifalte de la ANC. Pero más que en los comparsas, el mimetismo está en el ambiente. Y de nuevo la portada de El Be Negre nos lo explica todo al mostrarnos, en fecha tan próxima ya al cataclismo como el 19 de septiembre, a dos visitantes del Observatorio Astronómico del Tibidabo, atónitos ante el gran telescopio que apunta a un cielo cuatribarrado en el que brilla, solitaria, la estrella independentista: “Com ha crescut aquesta estrella en poc temps!”.

be1¡Sí, cómo había crecido, cómo ha crecido ahora, esa estrella en poco tiempo y de la misma manera! Hoy como entonces las instituciones del Estado, emanadas de un Estatuto de Autonomía aprobado por las Cortes, sirven de palanca política y catalizador emocional de un nuevo intento de destruir a ese Estado. Y ahí está la sonrisa de Mas en el balcón del ayuntamiento, idéntica a la del Nou Camp el día del himno, regodeándose de nuevo ante la humillación de un símbolo de la legalidad de la que proceden sus poderes. Solo un gobierno de cabestros políticos como el que tenemos en Madrid ha podido consentir que lleguemos a este punto.

“Tot plegat semblava un somni…”, escribió en sus memorias el gran jurista Amadeu Hurtado al describir los sucesos del 6 de octubre. Sí, todo junto -el balcón, la arenga, el bando, la independencia…- parecía un sueño que enseguida se trocó en pesadilla cuando Lerroux declaró el estado de guerra y el general Batet desplegó unos cientos de hombres para sofocar la sublevación. “Señor ministro, acuéstese, duerma y descanse”, le dijo al titular de Defensa Diego Hidalgo. “Ordene que le llamen a las ocho… A esa hora todo habrá terminado”.

Y así fue una vez que los escamots que defendían la Generalitat salieron despavoridos. “A estos, una zurra en el culo y a dormir”, escribió el comunista Rafael Vidiella en el número de noviembre de la revista Leviatan. Pocos días después Companys daba por hecho que sería condenado a la pena capital: “Es que si no me la piden, me estafan”, le dijo a su abogado Ossorio y Gallardo.

Solo un gobierno de cabestros políticos como el que tenemos en Madrid ha podido consentir que lleguemos a este punto

Ahora también toca frotarse los ojos con incredulidad al repasar el itinerario surrealista que nos ha colocado ante unas elecciones en las que los sondeos pronostican el triunfo rotundo de quienes amenazan con declarar igualmente la independencia por las bravas: aquel “aprobaré el Estatuto que venga de Cataluña”, desmentido lógicamente por la flagrante inconstitucionalidad del texto; aquella absurda demora de cuatro años del TC para llegar a las conclusiones obvias; aquella requisitoria de Pacto Fiscal de Mas bajo amenaza secesionista; esas Diadas multitudinarias, orquestadas desde la Generalitat con las pautas de los regímenes totalitarios; ese referéndum ilegal, celebrado en abierto desafío a la resolución del Constitucional, ante la pasividad de Rajoy; esta nueva convocatoria electoral en la que los que dicen “no” a la legalidad democrática para separarse de ella, se declaran “juntos por el sí”; esta patética campaña en la que la mentira ha sido la verdad y el odio, el amor…

En efecto, “tot plegat sembla un somni”. ¿Cómo hemos podido llegar a la tesitura actual cuando el independentismo dentro de un Estado que ha cedido ya gran parte de su soberanía a la Unión Europea, para adaptarse a las reglas y tamaños de la era de la globalización, resulta un anacronismo ridículo y sin sentido? Sólo la catadura y circunstancia de los actores lo explica. Mas ha resultado ser un frívolo aventurero sin escrúpulos que ha huido así de rendir cuentas sobre la corrupción maremágnum del clan Pujol y la quiebra técnica de la Comunidad Autónoma que ha presidido. El iluminado Junqueras y el trilero Romeva han resultado ser sus perfectos compañeros de viaje y los fanáticos supremacistas de la ANC y Omnium, su fuerza de choque.

Viaje a ninguna parteIlustración: Javier Muñoz

Pero más dañina que su etiología es la de quienes están enfrente. Unos reprochan a Rajoy que no haya blandido ninguna zanahoria, otros que no haya hecho asomar al menos la punta de algún palo. Lo cierto y terrible es que la derrota electoral de las propuestas constitucionales que su mayoría absoluta le obligaba a liderar lleva camino de producirse después de cuatro años de incomparecencia y dos semanas de confusión con goles clamorosos en propia puerta.

Y es que al cabo de toda una legislatura meramente contemplativa, sin iniciativa política alguna, sesteando de manera crónica con el pretexto de no alimentar la espiral soberanista, el jefe del Gobierno y el ridículo pavo real que tiene como ministro de Exteriores han dado un grotesco bandazo, aceptando durante la campaña jugar el partido en el terreno de sus adversarios. Eso es lo que ha ocurrido cuando Rajoy se ha puesto a divagar sobre si los catalanes perderían o no la nacionalidad española -lo que para ZP era “discutido y discutible” parece para él ignorado e ignorable-, dando la misma lacia imagen que aquella noche en Veo 7 cuando me dijo que no entendía su escritura. Eso es lo que ha ocurrido cuando el PP se ha dirigido en un video exclusivamente en catalán -toma inmersión- a una comunidad bilingüe.  Y sobre todo eso es lo que ha ocurrido cuando el gallo Margallo no sólo se ha avenido a debatir con Junqueras, máximo aspirante a presidir la soñada República Catalana, como si la tele de Godó fuera el Consejo de Seguridad de la ONU, sino que ha sido capaz de plantear el símil argelino, regalándole a su rival el argumento de que Cataluña es un territorio pendiente de descolonizar. ¡Mare de Déu!

La noche anterior a la declaración unilateral de independencia Azaña, que había pasado a la oposición y se encontraba en Barcelona, advirtió al conseller de Justicia Lluhí de lo que podría ocurrirles: “No sabrían ustedes qué hacer con su victoria… Todos los resortes del Estado funcionarían de manera automática… No durarían ni dos horas”. A eso es a lo que sin duda se refería el otro día el exquisito Xavier Corberó cuando auguraba a María Marañón que “esto terminará mal a nada que vaya bien”.

Mas ha resultado ser un frívolo aventurero sin escrúpulos que ha huido así de rendir cuentas sobre la corrupción maremágnum del clan Pujol y la quiebra técnica de la Comunidad Autónoma que ha presidido

 

Lluhí replicó a Azaña que lo que se avecinaba era “una demostración pacífica” y que “todo pasaría de manera alegre y sin choques”. También le desveló sus cartas: “Luego cederemos unos y otros. Aquí tendremos que ceder… en Madrid también cederán y todo pasará en paz”. O sea lo mismo que sotto voce repite hoy el entorno de Mas.

Los hechos dieron la razón a Azaña. En sus memorias de aquellos años, certeramente tituladas La pequeña historia de España pues durante toda la Segunda República la grandeza brilló por su ausencia, Lerroux presenta el pulso con Companys como una cuestión de testosterona: “Pudo inmortalizarse él, si hubiese tenido…lo que le falta. O pude inmortalizarle yo, si me hubiese faltado lo que me sobra”. Cambó, opuesto al balconazo, rebaja varios grados la dimensión del conflicto: “No fou més que una gran criaturada”, escribirá a los pocos meses.

Pues ahí vamos: de chiquillada en chiquillada hacia la gamberrada final. Pero si en aquel momento convulso en el que hasta fallaban los teléfonos, funcionaron los “automatismos del Estado”, esta vez -con cada escena televisada en directo- ocurriría lo mismo, con la diferencia de que, en lugar del estado de guerra, se aplicaría el artículo 155 de la Constitución y en lugar de un par de tanquetas, bastaría con mandar a la Generalitat la nota de prensa de la Unión Europea respaldando nuestro orden constitucional.

A ese guión es al que debería haberse ceñido el Gobierno en lugar de fantasear sobre “corralitos”, tasas de paro y una Liga sin el Barça. Nada de eso sucederá porque la guerra de Troya no tendrá lugar. Hay líneas rojas que no se pueden cruzar sin que se dinamiten los puentes. Ni siquiera Rajoy podría aceptar una declaración de independencia -o sea la destrucción de España- sin suspender de inmediato la autonomía de Cataluña, con el respaldo abrumador de la opinión pública y la comunidad internacional. Una UE cargada de corsos, bretones, bávaros y lapadanos no va a admitir jamás un precedente que la corroería  mediante el efecto contagio desde su flanco sur.

He aquí la única certeza: sea cual sea el resultado de este domingo, el independentismo catalán está inmerso en un viaje a ninguna parte, condenado a eternizarse como aquellos interminables trayectos de los renqueantes tranvías de la Barcelona de hace un siglo, en los que, según las bromas de L’Esquella de la Torratxa, de los mayores sólo quedaba el esqueleto, a los jóvenes les crecían luengas barbas, los conejos se reproducían por doquier y hasta el más pequeño cactus se hacía gigantesco, pero nunca se llegaba al destino deseado.

Lee la serie ‘Espejos de Cataluña’:

El rey de los ‘castells’ / El decano de la Boqueria / La sobretituladora del Liceu / El retratista de la Rambla / El exportador de cava

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‘El libro negro del periodismo en Cataluña’

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’ / 5. ‘La tele de la mitad’ / 6. ‘La opinión dependiente’

 

 

Ortega y Azaña: las ideas de dos españoles sobre Cataluña en 1932

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El Congreso debatió en mayo de 1932 el proyecto de Estatuto catalán que había presentado la Generalitat de Francesc Macià. El borrador pretendía la instauración de un régimen federal y una amplia concesión de competencias para Cataluña. Entre los diputados que hablaron se encontraban Manuel Azaña y José Ortega y Gasset.

El Congreso de los Diputados debatió en mayo de 1932 el proyecto de Estatuto catalán que había presentado la Generalitat de Francesc Macià. El borrador pretendía la instauración de un régimen federal y una amplia concesión de competencias para Cataluña. Estas intenciones, que no estuvieron presentes en el documento que se aprobó al final, suscitaron un debate afilado y confuso, reflejado en las intervenciones de los portavoces de los distintos grupos parlamentarios, que se prolongaron durante meses. Entre ellos se encontraban Manuel Azaña y José Ortega y Gasset.

Azaña ya era uno de los rostros más distinguidos del parlamento. Presidía el Consejo de Ministros y había encabezado poco antes el segundo Gobierno provisional de la República. Ortega participaba en la discusión desde el escaño que obtuvo por la provincia de León, representando a la Agrupación al Servicio de la República: un partido que él mismo había creado junto a otros intelectuales como Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala.

Sus intervenciones no tuvieron lugar el mismo día. Ortega dio su versión de lo que tenía que ser el Estatuto el 13 de mayo y Azaña ofreció la suya 14 días después. Ambos se lanzaron dardos envenenados y sus aportaciones tienen la apariencia de un duelo dialéctico.

Tanto uno como otro apostaban por un objetivo: la aprobación del Estatuto. Pero los caminos que proponían para llegar a él eran casi irreconciliables. Quizá por eso escribiera Azaña en sus diarios unos meses antes: “Por lo visto, entre este hombre y yo [refiriéndose a Ortega], toda cordialidad es imposible”. Los discursos de Ortega y Azaña plantean heridas abiertas y problemas que no se han resuelto 80 años después.

Hacia la concordia

Ortega advertía al principio de su intervención de la novedad y la importancia que suponía el debate de la carta autonómica catalana: “Ningún diputado recordará un discurso en el cual se tratase a fondo y de frente el problema de las aspiraciones de Cataluña”. Azaña también apelaba a la cámara para subrayar lo alarmante de la situación: “A nosotros, señores diputados, nos ha tocado vivir y gobernar en una época en que Cataluña no está en silencio sino descontenta, impaciente y discorde”.

La aprobación del Estatuto, que ambos pretendían, supondría, según el filósofo, tan sólo un acercamiento a la concordia. Sin embargo, Azaña creía en el texto autonómico como un modo de solucionar el problema desde su raíz. Dijo Ortega:

“¿Qué diríamos de quien nos obligase sin remisión a resolver de golpe el problema de la cuadratura del círculo? El problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los españoles”.

Catorce días después y probablemente dándose por aludido, Azaña explicó: “Estamos delante de un texto parlamentario que aspira, ni más ni menos que a resolver el problema político que está ante nosotros. Aspira a resolverlo, señores diputados. ¿Por qué no?”.

Ortega se refirió incluso al “destino trágico” del problema catalán:

“Es un problema perpetuo, que ha sido siempre, y seguirá siendo mientras España subsista. Este es el caso doloroso de Cataluña; es algo de lo que nadie es responsable; es el carácter mismo de ese pueblo; es su terrible destino, que arrastra angustioso a lo largo de toda su historia”.

A lo que respondió Azaña:

“Yo no discuto la exactitud de esta descripción o percepción del señor Ortega; no la discuto, pero sí me será permitido decir que la encuentro un poco excesiva y, si no se me toma a mal la palabra, un poco exagerada”.

Más adelante, y de forma reposada, Azaña trataría de desmontar de nuevo la concepción trágica de la que hablaba Ortega:

“A mí se me presenta una fisonomía moral del pueblo catalán un poco diferente de ese concepto trágico de su destino, porque este acérrimo apego que tienen los catalanes a lo que fueron y siguen siendo, esta propensión a lo sentimental, que en vano tratan de enmascarar debajo de una rudeza y aspereza exteriores, ese amor a su tierra natal en la forma concreta que la naturaleza le ha dado, esa ahincada persecución del bienestar y de los frutos del trabajo fecundo, que es, además, felizmente compatible con toda la capacidad del espíritu en su ocupación más noble y elevada, me dan a mí una fisonomía catalana pletórica de vida, de satisfacción de sí misma, de deseos de porvenir, de un concepto sensual de la existencia poco compatible con el concepto de destino trágico”.

Este cruce de declaraciones llevaría a los socialistas republicanos a acusar a Ortega de no comprender los hechos diferenciales del pueblo catalán. La oposición reprocharía a Azaña, en cambio, que era demasiado amable y benevolente con los catalanes cuando éstos exponían sus “diferencias” para conseguir más autonomía.

El particularismo

Ortega y Gasset aprovechó su intervención para bautizar el problema catalán y acuñar el término “nacionalismo particularista” como su causa principal. El filósofo se mostró tajante en cuanto una hipotética solución del nacionalismo, más allá de la efervescencia del problema político catalán:

“La solución del nacionalismo no es cuestión de una ley, ni de dos, ni siquiera de un Estatuto. El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelven en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas. Un Estado en decadencia fomenta los nacionalismos: un Estado en buena ventura los desnutre y reabsorbe”.

Ortega y Azaña, tan discrepantes, coincidieron en la pujanza del problema político catalán, por lo menos desde mucho tiempo atrás hasta ese momento, a pesar de que el filósofo descartara una posible solución y el líder republicano buscara encontrarla en el Estatuto. Dijo Ortega:

“Ese pueblo, que quiere ser precisamente lo que no puede, vive casi siempre preocupado y como obseso por el problema de su soberanía, es decir, de quien le manda o con quien manda él conjuntamente. Por cualquier fecha que cortemos la historia de los catalanes encontraremos a éstos, con gran probabilidad, enzarzados con alguien, y si no consigo mismos”.

A lo que replicó Azaña:

“Hay grandes silencios en la historia de Cataluña; unas veces porque está contenta, y otras porque es débil e impotente; pero en otras ocasiones este silencio se rompe y la inquietud, la discordia, la impaciencia, se robustecen, crecen, se organizan, se articulan, invaden todos los canales de la vida pública de Cataluña, y embarazan la marcha del Estado. Entonces ese problema moral, profundo, histórico, del que hablaba el señor Ortega y Gasset, adquiere la forma, el tamaño, el volumen y la línea de un problema político”.

Por la autonomía

A medida que avanzaban sus discursos, tanto uno como otro, fueron centrándose en aspectos más concretos, empezando por la autonomía y terminando con el posible pacto fiscal, tan discutido hoy. Ambos estaban a favor de dar competencias a las distintas regiones.

JoseOrtegayGasset

Decía Ortega: “Si a estas horas todas las regiones estuvieran implantando su autonomía, habrían aprendido lo que ésta es y no sentirían esa inquietud, ese recelo, al ver que le era concedida en términos estrictos a Cataluña. Habríamos, pues, reducido el enojo apasionado que hoy hay contra ella en el resto del país. La autonomía es el puente tendido entre los dos acantilados”.

Así le respaldó Azaña: “No se juzgarán jamás con acierto los problemas orgánicos de la autonomía si no nos libramos de una preocupación: que las regiones autónomas, después que tengan la autonomía, no son el extranjero; son España, tan España como lo son hoy; quizá más, porque estarán más contentas”.

Al afrontar el tema de la cultura, Ortega advirtió del peligro que supondría dotar a Cataluña de amplias competencias en este ámbito:

“A crear una cultura siempre hay derecho, por más que la faena no sea sólo difícil sino hasta improbable; pero ciertamente que no es lícito coartar los entusiasmos hacia ello de un grupo nacional. Lo que no sería posible es que para crear esa cultura catalana se usase de los medios que el Estado español ha puesto al servicio de la cultura española, la cual es el origen dinámico, histórico, justamente del Estado español”.

Azaña, en cambio, se mostró partidario de ser “generosos” en las transferencias educativas:

“Esta es la parte más interesante de la cuestión para los que tienen el sentimiento autonómico, diferencial o nacionalista, porque es la parte espiritual que más les afecta, y singularmente lo es de un modo histórico, porque el movimiento regionalista, particularista y nacionalista de Cataluña ha nacido en torno a un movimiento literario y una resurrección del idioma, y por lo tanto, es en este punto no sólo donde los catalanes se sienten más poseídos de su sentimiento, sino donde la República, juzgando y legislando prudentemente, debe ser más generosa y comprensiva con el sentimiento catalán”.

Una Hacienda propia

El orden público adquiría en aquellos momentos una especial relevancia por lo convulso de la década de los 30. Los protagonistas de estas intervenciones, enmarcadas en mayo de 1932, presenciarían tan sólo tres meses más tarde el intento de golpe de Estado del general Sanjurjo. En esta materia, filósofo y político volvían a estar de acuerdo. Así lo mostraban estas palabras de Azaña: “Por estas razones, que ya apuntó el señor Ortega y Gasset, que tampoco era partidario de dividir la función del orden público con el Gobierno de Cataluña, se trata de encontrar el órgano de enlace porque no se puede admitir la idea ni la organización de la duplicidad de los servicios paralelos”.

Este rechazo a la duplicidad del orden público en un mismo territorio también fue rechazada por ambos en lo referente a la justicia. Decía Ortega: “Déjese a los catalanes su justicia municipal; déjeseles todo lo contencioso-administrativo sobre los asuntos que queden inscritos en la órbita de actuación que emana de la Generalidad, pero nada más”. Así lo suscribió Azaña: “No tendría sentido atribuir al parlamento la legislación en una materia y atribuir la facultad de sentar jurisprudencia a un tribunal local”.

Manuel_Azaña,_1933

En cuanto al sistema económico, Azaña llegó a hablar de una “Hacienda propia para Cataluña” y la calificó de algo “indiscutible”. Ortega, en términos más generales, explicó así la posición de su grupo parlamentario: “Deseamos que se entreguen a Cataluña cuantías suficientes y holgadas para poder regir y poder fomentar la vida de su pueblo dentro de los términos del Estatuto: lo hacemos no sólo con lealtad, sino con entusiasmo; pero lo que no podemos admitir es que esto se haga con detrimento de la economía española”.

Ambos se mostraron tajantes al afirmar que las concesiones a Cataluña tenían que detallarse con cuidado. “La cesión de tributos la admite el Gobierno y está bien seguro de que, al aceptarla, no cede parte ni toda la soberanía nacional”, explicó Azaña. Ortega, por su parte, aseguró: “No es posible entregar ninguna contribución importante, íntegra, porque eso la desconectaría de la economía general del país, y la economía del país, desarticulada, no podría vivir con salud, mucho menos en aumento y plenitud”.

El debate de la soberanía

Manuel Azaña y José Ortega y Gasset terminaron sus discursos exhortando a la cámara a la aprobación del Estatuto. Decía el filósofo [a los diputados catalanes]: “No nos presentéis vuestro afán en términos de soberanía, porque entonces no nos entenderemos. Planteadlo en términos de autonomía. Lo importante es movilizar todos los pueblos españoles en una gran empresa común. Para esto es necesario que nazca en todos nosotros lo que en casi siempre ha faltado aquí, lo que en ningún instante ni en nadie debió faltar: el entusiasmo constructivo”.

Azaña se extendió y utilizó un tono más político. Al fin y al cabo, era presidente y representante del grupo parlamentario más numeroso: “Todos los españoles están convocados a esta obra política. Cada cual desde su sitio”.

Las palabras de Ortega y Gasset resumen una concepción del problema catalán “trágica” pero “realista”.

“La vida es esencialmente eso: lo que hay que conllevar”, dijo el filósofo. “Sin embargo, sobre la gleba dolorosa que suele ser la vida brotan y florecen no pocas alegrías. [El Estatuto] es restar del problema total aquella porción de él que es insoluble, y venir a concordia en lo demás. ¡Creed que es mejor un tipo de solución de esta índole que aquella pretensión utópica de soluciones radicales! [en clara referencia a la posición sostenida por Azaña] La utopía es mortal, porque la vida es hallarse inexorablemente en una circunstancia determinada, en un sitio y en un lugar, y la palabra utopía significa, en cambio, no hallarse en parte alguna, lo que puede servir muy bien para definir la muerte”.

Manuel Azaña, que confiaba en el Estatuto para aplacar el temporal, terminó su discurso vaticinando un futuro difícil para España, a pesar de no contemplar el “destino trágico” de Cataluña del que hablaba Ortega: “Sé que es más difícil gobernar a España ahora que hace 50 años, y más difícil será gobernarla dentro de algunos años. Es más difícil llevar cuatro caballos que uno solo. El país está en pie, cruzado por apetitos de toda especie, por ansias de toda clase”.

El cuento de los 16.000 millones y sus consecuencias

Francisco de la Torre Díaz, inspector de Hacienda y responsable del programa fiscal de Ciudadanos, enumera las falacias de una hipotética independencia de Cataluña. 

Esta campaña catalana ha tenido varios candidatos haciendo literalmente el indio: “coleta morada”, alias Pablo Iglesias diciendo que “Pequeño Pujol” votaba con “gran jefe plasma” “amnistía fiscal”. Ésta era la respuesta al lenguaje “indio” de Àrtur Mas y su petición de “butifarra” al electorado, es decir corte de mangas. Como era previsible, el nivel de las declaraciones fue bajando, y por ejemplo, la “musa estelada” del separatismo, Karmele Marchante pidió que se “quemen los bancos” que ponían en cuestión la soberanía catalana. Nadie en su sano juicio se tomaría esto en serio. Lo peor es que algunos economistas cercanos a la lista de Mas sí han pretendido que se les tome en serio con el resultado fiscal de la secesión, los famosos 16.000 millones, con los que el más conocido de ellos Xavier Sala i Martín, seguía insistiendo en el diario El País hace unos días.

Los 16.000 millones de “expolio fiscal”,”déficit de la balazanza fiscal” o “dividendo fiscal de la Independencia” de Cataluña (llámenlo como prefieran) no son una falacia, sino varias falacias en una. En primer lugar, este importe está calculado para el año 2010, cuando hay datos posteriores. La incapacidad de encontrar datos de algunos está siendo sorprendente. Por ejemplo, los economistas secesionistas sistemáticamente se utilizan datos de la Seguridad Social de los años 1995-2011, como si fuesen los últimos disponibles. Pueden ver un par de ejemplos aquí y aquí.

Sorprendentemente, o no tanto, 2011 fue el último año bueno en las cuentas de la Seguridad Social, con un déficit del 0,1%, y los años 1999-2009 estas cuentas tuvieron, todos los años, superávit. Claro, a partir de aquí llegan afirmaciones “curiosas” como que en una Cataluña independiente se podrían incrementar las pensiones un 10%. Lo que no se incluye en las explicaciones es el plano de Ikea para montar la máquina del tiempo separatista (TM) y volver a 2007.

En segundo lugar, una balanza sirve para orientarnos pero no mide los efectos de las decisiones de ruptura. Por ejemplo, la balanza comercial de España con China es claramente deficitaria, es decir le vendemos a China mucho menos de lo que le compramos. Sin embargo, si prohibiésemos el comercio con China, España no sería más rica sino más pobre. Esto es algo parecido a lo que le ocurriría a Cataluña con la segura salida de la Unión Europea y del Euro; que no es algo que diga yo sino Merkel, Cameron, la Comisión Europea, y cualquiera que se haya leído los Tratados.

Incluso prescindiendo de todo esto, la mayor falacia es que la Generalitat dispondría de 16.000 millones de euros para gastar al día siguiente de la secesión. En primer término, sí que hay un superávit en el sistema de financiación, pero sólo ascendió en 2013 según datos recientes de la propia Generalitat a 1.688 millones de euros. Recordemos que el sistema de financiación absorbe el 54% de la recaudación de impuestos del Estado. Esto quiere decir que el Estado recaudó en Cataluña de esta parte de los impuestos 17.362 millones de euros, de los que 15.674 quedaron para financiar a la Generalitat. Para seguir, la Generalitat cerró el ejercicio 2014 con un déficit de 5.152 millones de euros, el triple de su superávit en el sistema de financiación.

A esto hay que añadirle el problema más grave: las pensiones. En Cataluña, la Seguridad Social recaudó por cotizaciones sociales en 2014 14.495 millones de euros. En cambio, el gasto en pensiones contributivas en Cataluña ascendió a 19.973 millones. Esto supone un déficit de 5.478 millones de euros, que supuestamente una Generalitat independiente debería cubrir con impuestos; por lo menos si quiere garantizar que los pensionistas siguen cobrando su pensión. Naturalmente, hay una solución, bueno dos, una es la ya comentada de la máquina del tiempo para volver a 2007.

La otra solución es más brillante, como corresponde al conseller de Economía de la Generalitat, el profesor Mas-Colell. La solución consiste en que ” los catalanes que han cotizado “durante décadas” tienen “derecho” a cobrar las pensiones, ya que se trata de un “contrato individual” entre ellos y España, una “obligación legal” que se podría reclamar ante los tribunales internacionales”. Si no le ha quedado claro, o si no se lo puede creer, se lo traduzco: La Seguridad Social España tendría que pagar las pensiones de los catalanes, aunque las cotizaciones las cobraría la nueva Seguridad Social catalana.

Si usted tiene nociones básicas de cómo funciona la Seguridad Social verá que algo falla: esencialmente que las pensiones de hoy se pagan con las cotizaciones actuales. Esto significaría que la Seguridad Social Española que ya tiene un importante déficit, estaría simplemente quebrada, y que los pensionistas catalanes no podrían cobrar; salvo que los dirigentes separatistas recapacitasen y decidiesen pagar las pensiones con las cotizaciones de los trabajadores y las empresas catalanas. Pero claro, esto lleva a un déficit abultado.

Estos números, si se pagan las pensiones, que no son un ejercicio de simulación teórico, sino simplemente sumar los datos oficiales de la Generalitat y la Seguridad Social, dejan un déficit de 8.942 millones de euros antes de construir una réplica de la Administración del Estado. Esto habría que hacerlo con el 46% de los impuestos estatales recaudados en Cataluña, los no incluidos en el sistema de financiación, y no serían bastantes.

El principal problema es que estos impuestos, y todos los demás, hay que cobrarlos. Sin embargo, Cataluña no dispone de una Hacienda que pueda hacerlo, dado que “no dispone de bases de datos”, ni de “una organización de medios personales y materiales” que le permita controlar las obligaciones tributarias de los catalanes. Esto no sólo es mi opinión, ni la de cualquiera que conozca la Hacienda Catalana, que también, sino el diagnóstico del Consell Asessor per la Transició Nacional de la Generalitat de Cataluña, en su segundo informe (página 88).

En fin, no sólo no hay 16.000 millones teóricos en caja, sino déficit, es que, además, no hay capacidad práctica para cobrar los impuestos. Esto lleva a un déficit fuera de control.

¿Qué le ocurre a un Estado que tiene un déficit descontrolado? Que si puede recurre a su propio banco central y emite moneda para cubrir el déficit. Si no puede, porque el Banco Central está fuera de su control, tendrá que subir sustancialmente impuestos a los que ya pagan, y efectuar drásticos recortes. La primera es contra la que alertaron las entidades financieras en su comunicado, y que dio lugar, a los pocos días a las declaraciones del Gobernador del Banco de España, señalando que podía haber un “corralito” en Cataluña.

¿Todo esto lleva a un corralito? No, porque nadie se termina de creer que esto acabe pasando. El problema es que el mero hecho de que se plantee origina temor. Esto, como se confirme en las elecciones, será un problema real, porque los mercados financieros lo descontarán. España no quería salir del euro en 2012 ni quería impagar la deuda, como amenaza Àrtur Mas, pero la existencia de esa eventualidad, ínfimamente probable, como se demostró luego, llevó la prima a más de 600 puntos. Esto significó el corte de financiación de muchos proyectos con consecuencias muy graves sobre el consumo, la inversión y el empleo, sobre la economía real.

Las opciones separatistas, bien apostando directamente por la salida del euro, como las CUP, bien proponiendo políticas que necesariamente lo implican como la lista de Mas, están comprando boletos en la rifa de una crisis financiera.

En fin, el domingo los catalanes tienen la palabra; tienen que elegir entre los que hacen el indio, los que proponen viajes a Ítaca, viajes a ninguna parte, y los que creen que las ventajas de estar juntos son muy superiores a las falacias y a la fantasía, aunque sólo sea porque son reales. En cualquier caso, su voto importa más que nunca, por razones sociales y económicas, aunque muchos no se lo terminen de creer. Las consecuencias nos acabarán afectando a todos, a ellos los primeros.

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Francisco de la Torre Díaz es Inspector de Hacienda, autor de “¿Hacienda somos todos? y responsable del programa fiscal de Ciudadanos.

Tres nacionalismos y una Constitución

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El autor recuerda que, en la Historia de España, cuarenta años de paz y prosperidad son la excepción, y que esa trabajada estabilidad la está poniendo en riesgo el nacionalismo. Al independentismo catalán le vaticina el mismo final que tuvo Tejero.  

Dicen los nacionalistas catalanes que España es un país decadente. Se han dado cuenta un poco tarde: el conde-duque de Olivares admitió oficialmente la decadencia en 1621. Y en el largo camino de los siglos, Jovellanos invocaba a los espíritus ilustrados; se nos suicidó Larra vestido con levita; un joven Ortega viajó a Alemania para convertirse en “importador de idealismo”; y ahora, los nacionalistas catalanes devienen en independentistas.

Siguiendo a los sofistas, podemos decir que hay verdades históricas relativas: Dante condenó al infierno a los asesinos de Julio César, mientras que Shakespeare los defendía porque lucharon por la libertad de la república. Sin embargo, hay verdades irrefutables: nunca existió una Corona catalano-aragonesa, sino la Corona de Aragón; y al morir Carlos II, no hubo una Guerra de Secesión, sino una Guerra de Sucesión. Ambas mentiras se enseñan impunemente en las escuelas catalanas. Con la misma impunidad, en las franquistas se enseñaba que España había sido colocada “providencialmente por Dios en el centro del mundo” y que “lo más probable es que Cristóbal Colón fuera español”.

Por cierto, hace un mes, gracias a una fundación financiada por la Generalitat, nos enteramos de que Artur Mas es descendiente de Colón. ¿Vendrá el parentesco por los naufragios (Colón perdió nueve barcos en sus cuatro viajes)? ¿O por Manuel de Prado y Colón de Carvajal, que ingresó en la cárcel de Sevilla II por apropiarse indebidamente de 12 millones de euros?

Todos los nacionalistas desprecian la Historia, la modelan a su antojo como si fuera barro, la manchan

Todos los nacionalistas que en el mundo han sido desprecian la Historia, la modelan a su antojo como si fuera barro, la manchan: Franco quería eliminar el siglo XIX “por ser el culpable de todas la degeneraciones de nuestro ser”; Jordi Pujol, en un pleno parlamentario de finales de los 70, afirmó: “Hay que cambiar no ya cuarenta años, sino quinientos de la Historia de España”.

En la Italia de Mussolini, multaban a los comercios y empresas que rotulaban en lenguas extranjeras (Restaurant, Brasserie…); en la Cataluña del siglo XXI, se multa por hacerlo en una de las lenguas oficiales. Santiago Espot, el presidente de Catalunya Acció, ha denunciado a miles de trabajadores que rotulaban en español; Blas Piñar, el consejero nacional del Movimiento, denunció la publicación de algunos libros, como las Obras Completas de Neruda.

El despacho de Franco en el Palacio de El Pardo se montó sobre el comedor de Carlos III, pero al dictador y a sus censores no les llegaron ni unas migajas ilustradas. En las catacumbas del Ministerio de Información y Turismo, trabajaban los censores (curas y militares en su mayoría). El lápiz rojo dibujó situaciones absolutamente risibles: hubo quien tachó la palabra “insólito” por el “matiz agresivo” de los esdrújulos; y quien, en un poema de Vázquez Montalbán, cambió “sobaco” por “axila” porque el primero era “un vocablo ordinario”.

Se empieza llamando guarros a los españoles y se acaba creando partidos que no condenan a ETA

El padre del nacionalismo vasco, Sabino Arana, decía que el español apenas se lava una vez en su vida. Se empieza llamando guarros a los españoles y se acaba creando una sociedad en la que uno de cada cinco vascos vota a un partido que no condena a ETA (los etarras deben de acostarse cada noche con unas gotitas de Chanel Nº 5).

Los nacionalistas no respetan ni los cielos: en el vuelo que llevaba a la delegación española a Londres para participar en las Olimpiadas de 1948, el famoso general Moscardó (por entonces presidente del COE) le quitó el micrófono a la azafata: “Ahora que llegamos a esta tierra de cabrones, digamos todos ‘¡Viva Franco! ¡Arriba España!’”. Treinta y dos años después, el primer español que coronaba el Everest, Martín Zabaleta, colocó junto a la ikurriña el anagrama de ETA.

En otras ocasiones, es la Iglesia la que no se hace respetar: el 80% de los sacerdotes vascos se confiesa fuertemente nacionalista; el 10%, abertzale; y sólo el otro 10%, no nacionalista. Y qué decir de la actitud durante el franquismo de la Iglesia católica, cuyas doctrinas permearon la sociedad española hasta la asfixia moral (había un censor, el padre Vázquez, que en su estulticia le tenía manía al personaje de Superman; tuvieron que reunirse con él varios directores generales para que permitiera la publicación de los tebeos).

España es el país más descentralizado de Europa y el tercero del mundo, tras Canadá y Australia. La Constitución del 78 fue enormemente generosa con los nacionalismos, concediendo un trato fiscal privilegiado a vascos, navarros y catalanes (estos últimos lo rechazaron). En aquel contexto en el que salíamos de una dictadura, el privilegio podía tener sentido. Hoy, en la Europa que busca la armonización, no.

Es inaceptable que en el siglo XXI unos ciudadanos tengan ventajas fiscales simplemente por haber nacido en un territorio, apelando además a unos derechos históricos muy discutibles. Los mismos que aceptan esos derechos y privilegios, supongo que estarían dispuestos a aceptar que la Casa de Alba tuviese un trato tributario especial.

En ningún otro país europeo hubieran obtenido los nacionalistas tantas concesiones como en España

En la Historia de España, cuarenta años de paz y prosperidad son la excepción. La nuestra es la historia de los enfrentamientos civiles y los pronunciamientos militares. A todos los que elaboraron aquella Constitución (en un arco parlamentario que iba desde los antiguos franquistas a los comunistas), hemos de estarles eternamente agradecidos. Como dice el epitafio de Suárez, “la concordia fue posible”. El único presidente de la Generalitat que trabajó como el que más por esa concordia fue Tarradellas, en cuyo Gobierno había políticos de UCD y comunistas.

En ningún otro país europeo hubieran obtenido los nacionalistas tantas concesiones (el francés ha enmudecido en el ámbito oficial al occitano, el bretón, el corso y el alsaciano; y los Länder de la muy federal Alemania no tienen Policía propia, ni televisión, ni…). Y en vez de ser reivindicativos dentro de la lealtad institucional, se han dedicado a practicar su deporte favorito: el victimismo.

El sueldo de Artur Mas casi triplica el de Rajoy; y llevaba a sus hijos a una de las escuelas privadas más caras de Cataluña -que tiene un régimen de enseñanza trilingüe-, pero no deja que, en la pública, los otros padres puedan elegir el español como lengua vehicular. A pesar de eso, en un símil obsceno, compara la actual situación catalana con la Sudáfrica del apartheid.

Prefiero una España tranquila a una España unida, pero quien quiera soltar las amarras deberá conseguir las mayorías necesarias. De lo contrario, aunque lleve traje y corbata, será un golpista. Patético destino para quien se sueña el Mesías del independentismo: acabar como Tejero, el último espadón del Ejército español.

Parafraseando a Camus, si me dieran a elegir entre la Comunidad Valenciana o España, me quedaría con mi madre. ¿A qué viene buscar tantas diferencias si todos estamos hechos del mismo material que las estrellas?

 

*** José Blasco del Álamo es periodista y escritor

*** Ilustración: Sr. García

Diccionario satírico burlesco (VIII)

La letras G, H, e I tienen su espacio en el fascículo octavo del Diccionario satírico burlesco. Términos tan habituales como Generalitat, Himno o Inmersión lingüística desprenden chispas al pasar por las manos de Anna Grau.

Generalitat

Cúspide del autogobierno catalán y, a la vez, sede de la máxima representación del Estado español en Cataluña. Toma lío bonito. Es sólo una de las contradicciones de una institución que ya se ha fundado tres veces: en 1192, en 1289 y en 1979. Una cosa divertida es que inicialmente la Generalitat era sólo una maquinaria para recaudar impuestos para el rey catalán. Un saco fiscal. Una Montorada. Poco a poco fue adquiriendo peso político hasta el punto de incorporar un Parlamento, un gobierno más o menos ejecutivo con un president al frente, un palacio gótico para este president con su residencia oficial y todo, la famosa Casa dels Canonges. Famosa entre otras cosas porque en ella exigió Lluís Companys a su novia juramento de fidelidad, que se lo exigió en la mismísima cama donde antes que ellos dos durmiera el president Macià. Jordi Pujol, que nunca residió de verdad allí (demasiados hijos…) tuvo que echar a Josep Tarradellas poco menos que con agua hirviendo. Entonces no estaba Ada Colau para frenar desahucios.

Guerra Civil

Inhumano drama humano, valga la paradoja, que cuesta mucho recordar y relatar con la cabeza fría. Quien más quien menos se arma una memoria histórica a la carta, en función del grado de culpa y/o derrota y/o vergüenza y/o rencor que puede soportar. De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus… en fin. Que hay silencios brutales. Y discursos espantosos. Y hasta hay delirios que no se explican ni echando peyote en las aguas de la Font de Canaletes. Atención, atención, gran noticia: la Guerra Civil la perdieron en Cataluña los mismos que la perdieron en toda España. Y viceversa: los que la ganaron en Burgos, también la ganaron en Barcelona. No fue un catalanicidio. Si acaso un hispanicidio. Un omnicidio. El asesinato del todo. Un monumento a una estupidez y una maldad tan grandes que no se salva nadie. ¿O es que hay mucha diferencia entre la muerte de Federico García Lorca y la de Andreu Nin?

Hacienda propia catalana

A ver. Esto hay que contarlo despacio porque hace demasiado tiempo que se cuenta muy deprisa. ¿Saben por qué los vascos tienen Hacienda propia y los catalanes no? “Porque está en la Constitución”, repiten todos en voz alta como un papagayo. Ya. ¿Y quién puso allí, y por qué, semejante discriminación con el resto de los contribuyentes españoles, semejante dislate? Entonces te dicen, más bajito, que todo empezó porque a Franco le salió de los fueros y continuó porque a ETA le salía de las bombas. Puede ser. Y también puede ser que los vascos, que serán egoístas, pero no tontos, hayan tenido ininterrumpidamente claro a lo largo de su historia lo que querían, mientras los catalanes se lo montaban en plan Hamlet. Miquel Roca negoció la Carta Magna en nombre de CiU. Al principio él también hablaba por el PNV, hasta que los de Arzallus le retiraron la franquicia precisamente por este asunto: porque Cataluña reculaba espantada ante la posibilidad de tener un régimen fiscal especial, una Hacienda propia, como la vasca. ¿Y por qué tan espantada Cataluña reculó? Pues porque les dio miedo la impopularidad de recaudar, o les dio miedo no recaudar bastante (los vascos no pueden acogerse al Fondo de Liquidez Autonómica, del que ya hemos hablado…), o les dio miedo su sombra, qué sé yo. ¿De aquellos polvos vienen estos lodos? Vista la impresionante capacidad de los sucesivos gobiernos catalanes para la gestión no ya mala sino pésima, asusta pensar qué habría podido llegar a ocurrir en Cataluña de tener una Hacienda propia. ¿A lo mejor hasta Xavier García Albiol tendría que vender algo con una manta en el suelo para sobrevivir? Por lo menos ahora siempre queda el consuelo de pensar que España nos roba y los inmigrantes ilegales se lo pulen todo.

Himno

¿Cabe mayor prueba de la superioridad moral catalana el hecho de que el himno catalán tiene su música y tiene además su letra, mientras que el himno español sólo tiene chumba, chumba, y por eso hay que pitarlo? Si es para hacerles un favor a los españoles, para que no se note… Otra cosa es que la letra del himno catalán sea un grito de guerra feroz (a su lado, La Marsellesa parece la sintonía de Bob Esponja) que evoca uno de los episodios más violentos de nuestra historia, la sublevación de los campesinos catalanes contra Felipe IV en 1640. Esta sublevación fue el fruto de una suma de injusticias y humillaciones morrocotudas que desencadenaron una fabulosa orgía de sangre y de odio contra Castilla que al parecer nadie en las instituciones catalanas está interesado en amenguar. Como mucho en disimular oficialmente (y no siempre), por ejemplo aprobando en el Parlament una versión oficial moderna del himno pelín menos salvaje y homicida: ya no hay alusiones a teñir las barretinas de rojo con sangre castellana. Aun así, lo que ha quedado no es para mandar a Eurovisión. Para entendernos, el bon cop de falç (buen golpe de hoz) busca segar de todo menos trigo. ¿Y si el himno español no tuviese letra precisamente para no discutir y no acabar de liarla? ¿Pitan, luego cabalgamos?

Inmersión lingüística

Más delante de este diccionario se hablará con más amplitud y cuidado de las lenguas, que, sin ser cosa que cargue el diablo, sí son cosa arrebatada y complicada. Centrémonos aquí en explicar a los profanos y primerizos en Delfos qué es y para qué sirve la inmersión lingüística en las escuelas. Vamos a suponer que vive usted en un país bilingüe, trilingüe o incluso peralingüe. ¿Cómo se soluciona eso? Opción a) garantizando una presencia proporcional y equilibrada de todas las lenguas en liza, no ya como asignaturas sino como vehículos de comunicación, en igualdad de condiciones, en los centros escolares. Opción b) si por lo que sea la opción a) resulta inviable, por falta de medios, por desniveles agudos entre lenguas o incluso, que nunca hay que descartarlo, por mala leche pura y dura del personal, siempre queda la opción de tener coles en una lengua, coles en el otro, y dar todas las facilidades que se puedan para elegir. La opción b) tiene la pega de que favorece los guetos, da ideas a quien se quiera encastillar en lo suyo y hacer oídos sordos a lo otro. Teóricamente la inmersión se planeó para frenar esto, para que un portentoso tsunami de fraternidad lingüística bañara y hasta sumergiera la sociedad catalana toda. ¡Todos tenían que hablarlo todo, y desde el primer día además! Aaaaaaah, pero, feta la immersió, feta la trampa… haciendo como que la parte es el todo, y alegando la necesidad de compensar años de estrangulamiento franquista del catalán en la escuela y en la Administración (que lo hubo, y dolió, y duele), con la excusa de erradicar guetos en castellano se convierte toda Cataluña en un inmenso gueto escolar en catalán. Si no estás de acuerdo te tiran igual a la piscina de cabeza, como el primer día en clase de natación. La única manera de salir del agua es yéndote a la privada (pagando) o al Supremo (retratándote). Dicho y escrito esto por una catalana de pura cepa que cuando recibe cartas de su padre las recibe en castellano porque a él no le enseñaron a escribir bien en catalán. Dios les confunda. Pero no hace falta que nos sigamos confundiendo, ¿no? El enemigo no es la gente castellanohablante que ahora está en la misma situación en Cataluña que en los años 40 estaba mi padre…

Diccionario satírico burlesco (VII)

La séptima entrega del glosario satírico burlesco, dedicado a la letra F, incluye a los tres Felipes más famosos hoy en Cataluña: Felipe V (el monarca que acabó con los fueros), el Rey Felipe VI y Felipe González. También a la monja Teresa Forcades.

Fotografía: Alberto Gamazo

Felipe V

En Cataluña, la Calamidad de la Patria, el Archienemigo del mundo libre, el ISIS de su época. El peor Borbón. En su leyenda negra no se pone el sol. Y eso que era un pobre esquizofrénico, que le costó Dios y ayuda ganar el trono y la guerra y que su ímpetu recentralizador deja mucho que desear. Con Decreto de Nueva Planta y todo, los catalanes siguieron huraños y respondones, mucho más de lo que se habrían podido permitir en Francia, donde al primer verbo irregular francés mal conjugado te cortaban la lengua, fin de la historia. Felipe V además se deprimió, abdicó, se le murió el hijo que había heredado la Corona, tuvo que volver a reinar, dejó de lavarse. Lo pasó fatal. ¿Fue acaso el primer republicano frustrado? ¿Le habría gustado votar a Podemos, como dicen que le gustaría a Froilán?

Felipe VI

Dice mucho del fino espíritu risueño de su señor padre, Juan Carlos, que decidiera bautizarle de forma tan evocadora y tan simpática, sin duda pensando en la futura popularidad de la monarquía en Cataluña. Entre esto y el caso Urdangarin… Otra cosa es que el chaval haya salido menos Borbón y más Grecia, menos campechano y más ligeramente prusiano. Eso en Barcelona gusta. Como gusta, curiosamente, “ir al Rey” (como quien va a la seño…) haciendo en lo posible caso omiso del presidente del Gobierno (de España). La mismísima Pilar Rahola salió en su día arrobada de la Zarzuela porque, según ella, el rey emérito -que entonces, de emérito, nada- le había metido mano al escote con la excusa de ver mejor y más de cerca un pin de Francesc Macià. Artur Mas no aspira a tanto. Pero también se emociona cuando lee en la prensa que ha puesto en “jaque” a la Jefatura del Estado con su visita. Es un… ¿subidón?

Felipe ‘el One’

Felipe González Márquez es sin duda el gobernante español que más y mejor ha entendido a Cataluña… en el sentido de tomarle la medida y hasta el pelo de la dehesa. Ciertamente esto pasaba en los tiempos en que el socialismo catalán parecía algo. Alfonso Guerra iba a la Feria de Abril catalana y le aclamaban multitudes. Hasta Pepe Borrell llegó a caer simpático y Narcís Serra a parecer normal. Nadie como Felipe, pero, para llenar el Palau Sant Jordi. O para torear al otro Jordi un poco menos santo -lo cual se ha ido sabiendo con el tiempo-, transfiriéndole esta competencia y aquella otra pero sin un duro (esta es sólo una de las claves del harakiri financiero de la Generalitat) o haciendo como que le daba la luna cuando en realidad… tururú. Andado el tiempo, el mismo Pujol admitiría que Aznar era áspero, pero hombre de palabra, mientras que negociar con Felipe implicaba un constante y extenuante ir a por lana para volver sedosamente trasquilado. Cepillado de arriba abajo y sin cobrar. Ahora que Felipe ya no es presidente de España ni de nada, se dedica a escribir cartas a Cataluña cargadas de razón, advirtiendo de que la ruptura de España es imposible pero la de la convivencia, no. Lástima que no pusiera más empeño en evitarla tomando menos el pelo a los nacionalistas con los que pactaba. Lástima que no se los tomara más en serio, a ellos y al cataclismo que ahora melancólicamente vaticina.

Fondo de Liquidez Autonómica (FLA)

El secreto a voces mejor guardado del moderno Estado de las Autonomías. Visto desde Cataluña: no llegamos a final de mes (en la Generalitat) porque España nos roba, y por eso mismo vamos a Madrid a pedir dinero para llegar a final de mes. ¡Y Madrid sin rechistar nos lo da! Lógica aristotélica pura, ¿a que sí? Nunca lo que va del dicho al hecho en el discurso nacionalista había sido tan quilométricamente desfachatado. Tan niqueladamente cínico. Pero la verdad es que lo del otro lado no se entiende mucho tampoco. Montoro no tiene piedad fiscal ni de su madre y en cambio venga a meter moneditas en el chancho catalán, venga a aguantar sus gruñidos y hasta sus insultos estoicamente y con esa sonrisilla de Jaimito que le sale… Mira que si al señor ministro de Hacienda lo que de verdad le va es la caña, en plan Cincuenta Sombras de Grey

Forcades, Teresa

Prominente religiosa catalana conocida por sus controvertidas opiniones mediáticas sobre muchas cosas y por su encendido apoyo a la independencia. Esto no es nuevo. La Abadía de Montserrat es y ha sido un formidable referente del nacionalismo catalán y al muy católico, apostólico y romano Jordi Pujol poco le faltó para subir la Scala Sancta para tratar de atraerse a la causa al Vaticano, que siempre se ha mostrado entre desdeñoso y reservón. Hay mucho exseminarista en el panteón hipernacionalista o incluso independentista: lo fueron Joan Rigol, Àngel Colom, Josep-Lluís Carod-Rovira… La versión más romántica de todo este asunto es que la Iglesia catalana siempre se significó históricamente frente al franquismo, amparando -de ser menester- a cuantos fugitivos lo fuesen bajo sus sotanas. En esto había a menudo más leyenda que verdad. Pero efectivamente algún que otro ateazo como el Guti, mítico dirigente comunista catalán, fue visto huyendo de la brigada político-social por las azoteas de la calle Entença de Barcelona tras una reunión clandestina en una parroquia, al amparo de un cura encarcelado al principio de la guerra por los rojos. Últimamente la cosa ha perdido narices y matices. La Iglesia catalana, como tantas cosas en Cataluña, se está fracturando en curas “buenos” o “malos” en función de si ven o no ven la estelada en los pucheros. Un cristiano que no se quiera meter en el tema puede llegar a sentirse un tanto… ¿incómodo?

Cincuenta sombras de Mas

ALBERT GEA / REUTERS

Francisco de la Torre, inspector de Hacienda y responsable del programa fiscal de Ciudadanos, recurre a los números para desmentir la visión idílica que de una hipotética Cataluña independiente ofrecen los partidarios de la secesión.

“Le vamos a dar sexo a Mas, le vamos a dar látigo…”. Aunque la frase parece sacada de la novela Cincuenta sombras de Grey, en realidad la pronunció hace unos días Pablo Iglesias, líder de Podemos. Parece que en una campaña como la de las catalanas, completamente fuera de la realidad, Iglesias pretendía, por lo menos, que las fantasías fueran para adultos. Eso no siempre se aprecia debidamente y otro intelectual, el cantautor Lluís Llach, número uno por Girona de la lista de Mas, salió en defensa de su jefe y recomendó a Iglesias que arreglase sus problemas sexuales en el psicólogo.

Un ejemplo muy claro de que esta campaña está siendo de fantasía más bien infantil son las declaraciones de la número dos y ex presidenta de la Asamblea Nacional de Cataluña, Carme Forcadell, que prometía que las abuelas no tendrían que hacer de canguros de sus nietos en una Cataluña independiente. Lo que no aclaraba Forcadell es el estado de las negociaciones con Australia para traer los canguros necesarios.

En fin, todo esto es muy divertido pero no le va a solucionar los problemas a ningún catalán. Es más, parece que puede agravarlos porque gobernar sin ideas y sin programas sólo puede conducir al desastre. La sombra más evidente de la lista en la que Artur Mas se ha emboscado de número cuatro es su ausencia de programa y de ideas. Esto no es una forma de hablar, es literal: la mezcolanza de ex comunistas del PSUC como Romeva, la gente de Esquerra Republicana, independientes y Convergència, no presenta programa y sólo tiene una idea en común: la declaración unilateral de independencia. Eso para gestionar un presupuesto de gasto de más de 23.800 millones de euros, con centenares de colegios, centros de salud o institutos es una receta segura para el desastre.

La segunda gran sombra también pertenece al género del sadomasoquismo: los números del “expolio fiscal”, ahora rebautizado como “dividendo fiscal de la independencia”. Una declaración unilateral de independencia sería muy negativa para el resto de España, pero el estado de hastío con todo este tema es tal que muchos españoles estarían por aprobarla. Sin embargo, los mayores perjudicados serían los propios catalanes.

Hay una lista muy importante de perjuicios para Cataluña: las relaciones comerciales, los problemas financieros por la salida del euro, los aranceles, el restablecimiento de fronteras… Podríamos seguir. Pero según los apóstoles del secesionismo todo se arreglaría porque la Generalitat tendría más recursos.

Esto dista de estar claro pese al jaleo de balanzas fiscales, cuentas públicas territorializadas y otros oscuros cálculos económicos. Veamos. Según los datos de la Generalitat, los contribuyentes de Cataluña aportaron 17.362 millones de euros en 2013. La Generalitat recibió ese año recursos tributarios del modelo de financiación por un importe de 15.674 millones. La diferencia no son los tan cacareados y falsos 16.000 millones, sino sólo 1.688 millones de euros. Es decir, 223 euros por residente en Cataluña o un 7% del Presupuesto de la Generalitat. Aquí se puede acceder a los datos oficiales del gabinete del conseller Mas-Colell.

Estos datos corresponden al 54% de los impuestos recaudados por la Agencia Tributaria: el 50% de la recaudación del IRPF, el 58% de los impuestos especiales y un 50% del IVA, así como fondos adicionales del Estado procedentes de los demás impuestos. En total, algo más de 93.000 millones de euros repartidos a las comunidades autónomas.

Este modelo, que muchos consideran injusto, es el que Zapatero pactó precisamente con Artur Mas, incorporándolo al Estatuto de Cataluña, y que Rajoy y Montoro se han negado a modificar, pese a la mayoría absoluta del PP.

Después de la ansiada independencia, la Generalitat seguiría con déficit aun ahorrándose la solidaridad interterritorial

¿Por qué esta diferencia? Aunque sea la décima parte de lo publicitado por la Generalitat, no es un dividendo que un Gobierno catalán se pueda gastar en caso de secesión. En primer lugar, porque el déficit de la Generalitat es muy superior: por ejemplo, 3.860 millones en 2013 o 5.152 millones en 2014. Traduciendo, la Generalitat seguiría teniendo déficit, aunque no aportase un euro a la solidaridad interterritorial. No está de más recordar que este déficit lo está financiando el Fondo de Liquidez Autonómica (FLA). Es decir el Estado, a tipos cercanos a cero. El FLA, a estas alturas, ya ha adquirido más de la mitad de la deuda autonómica.

En segundo lugar, porque el nuevo Estado catalán tendría que cubrir un grave déficit en pensiones. Como ya explicamos en EL ESPAÑOL y en otros medios, hay un grave problema en la Seguridad Social porque las cotizaciones no cubren el importe a pagar por las pensiones y los subsidios.

En 2014 se recaudaron en España por cuotas de Seguridad Social 97.736,17 millones y se pagaron en subsidios y pensiones 111.938 millones. En una Cataluña independiente esas cifras serían peores. Durante décadas, Cataluña ha sido el territorio con menor natalidad. Las bases de cotización de sus trabajadores -ahora jubilados- están entre las más elevadas. En esta situación, si la Generalitat no pudiera destinar ingentes recursos a tapar el agujero, las pensiones no estarían garantizadas en una Cataluña separada de España.

En tercer lugar, queda por ver si el 46% de los impuestos que ahora recauda la Agencia Tributaria en Cataluña y que financia la Administración del Estado serían superiores o no a los que Cataluña tendría que emplear en gastos estatales que ahora no paga como la red de embajadas o el gasto militar. Esto no está claro, pero incluso aunque fuese así no podría compensar todo lo anterior. Lo que sí está claro es que en esa orgía de despilfarro y duplicidades algunos se iban a llevar más del 3%.

Por otra parte, los impuestos hay que recaudarlos, y eso no es fácil ni se improvisa. Mientras se establecen obligaciones de información y sistemas informáticos y se prepara al personal, el fraude se dispara y la recaudación se derrumba. Y ese mientras tanto son varios años. Pretender, como hace el Consell Assessor per a la Transició Nacional de la Generalitat en su informe, que todos los catalanes pagarían voluntariamente aunque no hubiese sistemas de control… forma parte de las fantasías más infantiles o es puro teatro.

La historia del ‘expolio fiscal’ es un mito que estoy dispuesto a discutir con cualquier economista de la lista de Mas

Es una lástima que no haya la más mínima manifestación de ningún alto cargo de la Agencia Tributaria o del Gobierno explicando esto. Por mi parte, estoy dispuesto, al igual que otros miembros del equipo económico de Ciudadanos como Luis Garicano o Toni Roldán, a discutir con cualquier economista de la lista de Mas los aspectos económicos de la ruptura con el resto de España. Los ciudadanos catalanes se merecen una explicación de las consecuencias económicas de los proyectos que se presentan a las elecciones.

Esta historia del “expolio fiscal” o del “dividendo” es un mito y debería llamarse la quimera del oro, igual que la novela de Jack London. Como relata este escritor, miles de mineros perdieron la vida en Alaska buscando un oro que muchas veces no existía. Los pocos que lo encontraron fueron expoliados por todo tipo de pícaros y malhechores.

Todo esto es una metáfora de muchas de las sombras de Mas y su lista: los depósitos en Liechtenstein, las cuentas ocultas en Suiza, el tres per cent, el caso Palau… hasta el padre de la patria Pujol ha confesado haber defraudado a Hacienda. Son decenas de casos de presunta corrupción salpimentados con alguna conversación secreta de alto voltaje sexual grabada con micrófono oculto para que no falte de nada… La súbita conversión al secesionismo de muchos convergentes -incluido su president Artur Mas- ha ido en paralelo a los descubrimientos de casos de corrupción.

Seamos honestos y tratemos al lector como adulto: todo esto no sólo pasa en Cataluña. De hecho, esto no habría pasado en Cataluña sin la connivencia de los sucesivos gobiernos españoles del PP y el PSOE. Pensemos, por ejemplo, en el ex fiscal jefe de Cataluña y anticorrupción, Carlos Jiménez Villarejo, que ha declarado que recibió órdenes de todos los fiscales generales de no investigar a Pujol.

Estas sombras no desaparecerán adentrándose más en la oscuridad del viaje a Ítaca, del viaje a la secesión, del viaje a ninguna parte. Estas sombras sólo desaparecerán con la regeneración. La crisis en Cataluña no es más que el reflejo y la reacción ante la gravísima crisis moral, económica e institucional en toda España. Como señala Albert Rivera, “no habrá una España unida, si no se regenera España”. Para esto, más que látigo y sexo, hacen falta proyecto, ideas claras y decencia. Dejemos la fantasía y el sado-maso para las novelas y el cine y no para la política. Nos irá a todos mucho mejor.

Francisco de la Torre Díaz es inspector de Hacienda del Estado, autor de ‘¿Hacienda somos todos?’ (Debate) y responsable del programa fiscal de Ciudadanos.