Un cuadro histórico aparece 100 años después en el Museo Cerralbo partido en 21 trozos

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Un siglo después de que se diera por destruido en el incendio que devastó el Tribunal Supremo el 4 de mayo de 1915, un cuadro histórico, El desembarco de Fernando VII en el Puerto de Santa María, ha aparecido en el Museo Cerralbo. El enorme lienzo, de 4,62 cms de alto por 7,30 de ancho, se encuentra ahora fragmentado en 21 trozos. Uno de ellos volverá a exhibirse la próxima semana en el Palacio de las Salesas.

En la imagen, una copia del cuadro original, realizada por Aparicio en un tamaño más pequeño, que se conserva en el Museo del Romanticismo.

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Una copia del cuadro original, realizada por Aparicio en un tamaño más pequeño, se conserva en el Museo del Romanticismo

Ironía de la historia: El desembarco de Fernando VII en el Puerto de Santa María, que inmortalizó el acontecimiento que dio paso a la Década Ominosa y, con ella, a la fulminante supresión del Supremo creado por la Constitución de 1812, fue precisamente uno de los cuadros elegidos para ser exhibido en el Alto Tribunal en 1883, cuando el Museo del Prado lo entregó en depósito junto a otras 86 obras.

El severo rostro del monarca absolutista en el momento de ser recibido por el duque de Angulema, encargado por la Santa Alianza de restituirle en sus poderes frente a las Cortes liberales, pudo ser contemplado hasta el 4 de mayo de 1915 en la antesala que precedía a las Salas Primera y Segunda.

Era un “aparatosísimo” lienzo– según lo describió el humanista Elías Tormo, miembro del Patronato del Museo del Prado en esa época- que servía de “distracción de los abogados vestidos de toga a la espera de las vistas” por el gran número de personajes que en él aparecían. Incluso “en los últimos años se había colocado, para descifrarlos, un cuadrito al pie en el que, numeradas las siluetas, se ofrecían los nombres de muchos de ellos”.

Mayor tasación que un ‘goya’

El alicantino José Aparicio, pintor de cámara de Fernando VII y que, junto a José de Madrazo y Juan Antonio de Ribera, es exponente de la escuela neoclásica, retrató a más de medio centenar de celebridades del siglo XIX: los miembros de la familia real, militares franceses y españoles y representantes de la nobleza y del clero. Hasta las nodrizas de los infantes, los maceros del Ayuntamiento de El Puerto y el patrón de la falúa real tuvieron su sitio en un cuadro que Aparicio tardó en realizar cuatro años y que llegó a tasarse en 180.000 reales a la muerte de Fernando VII. Como sorprendente referencia comparativa, La Familia de Carlos IV de Goya no pasó de 80.000.

Obsesionado con la reproducción fiel de los detalles, Aparicio se desplazó a El Puerto pocas semanas después de la “liberación” de Fernando VII y en noviembre ya había dibujado la barcaza tal como se encontraba en el momento del desembarco, el 1 de octubre de 1823. Terminó el cuadro en 1827 y el Rey dispuso que se presentara al público en la exposición que en septiembre de ese año se celebró en la Academia de San Fernando, según una investigación del historiador del arte Enrique Pardo Canalís. Luego se llevó al Real Museo de Pinturas, antecedente de El Prado.

Una real orden de 9 de marzo de 1883 autorizó el traslado de la tela al monasterio de las Salesas, incautado 13 años antes por el Estado para ser la sede del Tribunal Supremo.

Cuenta Tormo en un relevante artículo publicado en junio de 1915 (“La galería de cuadros del incendiado Palacio de Justicia”) que, saturado El Prado de obras pictóricas procedentes de la desamortización, “comenzó el desfile de miles y miles de lienzos para depósitos en palacios, ministerios (…) y otros centros”.

Lo que pasó en el Palacio de Justicia es que “allí el magistrado encargado de procurar selección en el envío de depósitos era un conocido poeta y un amante de las artes, don Joaquín José Cervino” y fue él quien acudió a elegir los cuadros que habían de trasladarse al Tribunal Supremo “cuando todavía de ellos no había salido a depósitos lo mejor de lo que había de salir”.

“Se ha quemado”

A las Salesas llegaron, de ese modo, obras de Alonso Cano, Ribera, Lucas Jordán… y el lienzo de Aparicio. Las últimas referencias que tenemos de él coinciden en que desapareció en medio de las llamas que redujeron el Palacio de Justicia a poco más que a muros y paredes maestras el 4 de mayo de 1915.

El periódico La Época del día siguiente aseguraba que “entre los objetos de valor destruidos por el fuego figura un Cristo de Alonso Cano (…) También ha sido destruido un cuadro de enormes dimensiones que representaba el Desembarco de Fernando VII en Cádiz”.

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Imagen del incendio que sufrió hace 100 años el Tribunal Supremo.

Elías Tormo también afirmó en el artículo citado que “el gran cuadro (…) del desembarco de Fernando VII en la isla de León, al ser libertado de los constitucionales por el duque de Angulema y los cien mil hijos de San Luis, se ha quemado”.

Y aún hoy la ficha que puede consultarse en la Red Digital de Colecciones de Museos de España, dependiente del Ministerio de Educación, refleja que El Desembarco quedó “destruido en el incendio del Convento de las Salesas reales de Madrid en 1915 (…)”.

Según fuentes del Supremo, a principios de este año la directora del Museo Cerralbo, Lurdes Vaquero, se puso en contacto con la oficina del presidente del tribunal para informar de que en los almacenes del museo se encontraba “un cuadro quemado” que en su día había estado depositado en el Palacio de las Salesas. Tanto el presidente del TS como el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Madrid forman parte del patronato de la Fundación Museo Cerralbo ya que así lo dispuso el XVII marqués, Enrique de Aguilera y Gamboa, al donar su legado artístico a la nación española en 1922. [El actual presidente del Poder Judicial, Carlos Lesmes, no ha asistido nunca a las reuniones del patronato, delegando en el presidente del TSJM, Francisco Vieira].

A raíz de esa llamada, una veterana y eficaz documentalista del Alto Tribunal, María Luisa Román, empezó a investigar tanto el incendio de 1915 como el expediente de El desembarco y, con sus conclusiones, responsables del TS visitaron el Cerralbo con la pretensión de que el cuadro volviera a vestir las paredes del Palacio de Justicia. No ha sido posible: en el Cerralbo se les aseguró que el lienzo está ahora fragmentado en 21 trozos que necesitan ser restaurados para su exhibición. Finalmente, uno de los fragmentos, el del retrato de Fernando VII, va a ser mostrado en la exposición que, con motivo del centenario del incendio, se inaugurará el próximo día 11.

El misterio

Quién sacó el cuadro del Supremo, quién lo troceó y cómo fue a parar a lo que, hasta la aceptación por el Estado del legado de Aguilera y Gamboa en 1924, era una una colección privada forma parte del misterio. La directora del Museo Cerralbo, que atendió amablemente a EL ESPAÑOL, declinó hacer declaraciones al tratarse de un “asunto delicado”. Vaquero, no obstante, ha anunciado su participación en una mesa redonda que se celebrará también el día 11 en el TS.

Este periódico se dirigió igualmente al Ministerio de Educación, que en la tarde de ayer informó de que “la obra, fragmentada en varios lienzos -13 retratos y ocho fragmentos-, fue adquirida en los años 20 en el rastro por el XVII marqués de Cerralbo, Don Enrique de Aguilera y Gamboa, quien a su vez ordenó su restauración para salvaguardar este patrimonio que, en un principio, se identificó como autoría de otro pintor de corte como es José Camarón y Bonanat. La obra recuperada por el marqués de Cerralbo estaba ya incompleta y recortada cuando se adquirió, habiendo sobrevivido un 75-80% del lienzo original”.

Según el Ministerio, gracias a la documentación que se conservó del lienzo, que fue fotografiado por Juan Cabré, primer director del Museo Cerralbo, en 2014 Pilar Tébar Martínez, de la Universidad de Alicante, publicó el artículo “José Aparicio Inglada: de Alicante a la corte de Fernando VII”, identificando los fragmentos con la obra que se creía desaparecida de Aparicio.

“Comienza así una intensa colaboración entre los técnicos del Museo Cerralbo y del Museo Nacional del Prado que ha permitido, entre otros aspectos, la digitalización de todos los fragmentos conservados, el acondicionamiento físico de parte de la obra que aún estaba enrollada (…) y la regularización administrativa de la adscripción de la obra como fondo fundacional del Museo Nacional del Prado”, añade Educación.

De acuerdo con documentos del Museo Cerralbo, la obra de Aparicio ingresó en 1927 por legado de Amelia del Valle y Serrano procedente de la casa que la familia tenía en Santa María de Huerta (Soria). Segunda marquesa de Villa-Huerta, Amelia del Valle era hijastra de Enrique de Aguilera y Gamboa y, a la muerte de éste en 1922, se encargó de cuidar de la colección y asegurar su trasmisión al Estado, tal como estableció el marqués en su testamento, del que Amelia fue albacea.

¿Existe alguna otra obra u objeto procedente del Palacio de las Salesas en poder del Cerralbo? En el Tribunal Supremo creen que sí, pero desde el museo se niega. Por el momento, al menos la parte del cuadro que inmortalizó al Rey que quiso abolir el Supremo volverá a exhibirse en él. Larga vida al Tribunal.

 

Contra las tragaderas

ruedas2“¡Cuántos infelices habrán muerto añusgados sólo por habérseles atravesado en el esófago la espina de un besugo de Asturias o de un abadejo de Terranova, o el hueso de una guinda de Aranjuez, o el de un pavo de tierra de Campazas!”.

“¡Cuántos infelices habrán muerto añusgados sólo por habérseles atravesado en el esófago la espina de un besugo de Asturias o de un abadejo de Terranova, o el hueso de una guinda de Aranjuez, o el de un pavo de tierra de Campazas!”.

Así comenzaba la Capillada número 229 del Fray Gerundio que Modesto Lafuente publicó el 10 de marzo de 1840. Se trataba de un periódico satírico que tomaba su nombre de un imaginario fraile exclaustrado por la desamortización de Mendizábal. Era el fruto en agraz de la fértil prosa del joven liberal que luego adquiriría fama imperecedera como autor de una monumental Historia de España.

No faltarán hijos de la LOGSE que consideren rareza o casualidad que a ese chico le pusieran el mismo nombre de la menestral calle chamberilera, pródiga en restaurantes exóticos, que baja desde Orense hasta Martínez Campos; pero lo cierto es que si alguien recogió con calidad literaria, brío e ingenio el cetro del periodismo crítico tras el suicidio de Larra fue Modesto Lafuente. Su Fray Gerundio -no confundirlo con el protagonista de la homónima novela del padre Isla publicada el siglo anterior- había nacido en 1837 en la covachuela que Lafuente ocupaba en el gobierno civil de León y había alcanzado tal éxito como comentarista satírico de la actualidad, mano a mano con el lego Tirabeque, que un año después el autor y sus criaturas ya estaban instalados en Madrid abasteciendo de capilladas -que así es como se llamaba a todo buen azote con la capucha de los frailes- a un público masivo y fiel.

Ilustración: JAVIER MUÑOZ
Ilustración: JAVIER MUÑOZ

Cual nuevos Quijote y Sancho, alternando el latín macarrónico con el habla popular, Fray Gerundio y Tirabeque, surcaban el páramo político de la regencia de la Reina Gobernadora María Cristina de Nápoles, tocando las narices a los gobiernos moderados de la etapa contrarrevolucionaria que sucedió al bienio progresista surgido de la sargentada de La Granja. Aquella Capillada 229, que desató la intolerancia ministerial en forma de orden de secuestro, se titulaba “Las Tragaderas” e iba dedicada a la facilidad con que la mayoría gubernamental daba por buenas en las Cortes las actas de las elecciones amañadas que llegaban de provincias.

Tras ese inicial memento a los “añusgados” difuntos, Fray Gerundio evocaba sus propios apuros en el refectorio el día que se le atravesó una espina de bacalao, equiparándolos a los del prócer que se ve obligado a elogiar a un detestado compañero de partido. Si entonces hablaba de Pidal y Toreno, hoy habría puesto como ejemplo los desgarros que debió sentir Rajoy en faringe, laringe y esófago presenciando las aclamaciones que Aznar recibía a costa suya.

Frente al angustioso itinerario que va de la sofocación al ahoguío, camino de la disnea, Fray Gerundio no recataba su envidia hacia “los que tienen las tragaderas anchas”. Y ponía como ejemplo a los siempre dóciles diputados del partido en el Gobierno: “¡Alabado sea Dios, qué fauces tan holgadas deben ser las suyas! Para ellos no hay espinas ni huesos en las actas. Vedlos si no, hermanos míos, ved como abren las mandíbulas. Como ruedas de molino son algunas actas pero el hecho es que se las tragan, algunas después de una pequeña masticación, otras enteras y como quien se engulle una cucharada de cuajadillas frescas”.

Cualquiera diría que esa singular “aptitud esófago-mandibular” mediante la que la boa constrictor completa la depredación del saurio es una característica genética que el parlamentarius hispanicus transmite y perfecciona de generación en generación cual legado pujoliano. Si los diputados del PSOE heredaron de los tiempos de la República el sobrenombre de “mayoría de cemento” era por su capacidad de engullir impávidos hasta cascotes de hormigón armado o paletadas de cal viva y así lo demostraron durante el felipismo con el referéndum de la OTAN y los crímenes de los GAL.

Cuando se sometió a votación en el grupo parlamentario el respaldo a la invasión de Irak que casi todos repudiaban, los diputados del PP no sólo arroparon a Aznar como un solo hombre sino que alguno se las apañó para votar dos veces y que no quedara duda. En medio de la hecatombe de mayo de 2010 el único que le falló a Zapatero a la hora de refrendar el recorte de las pensiones y los sueldos de los funcionarios fue el sindicalista Antonio Gutiérrez que incurrió en el sublime heroísmo de abstenerse.

A nadie podía sorprenderle pues que en el Pleno de la Vergüenza del 1 de agosto de 2013 sus señorías populares fingieran ignorar la presunción de los sobresueldos y la constancia de los SMS para aclamar a su Estafermo cuando, diciendo “me equivoqué”, pretendió circunscribir su responsabilidad por la sistemática financiación ilegal del partido al error “in eligendo” de haber ascendido a Bárcenas. Puesto que ni un solo corcel, jamelgo o percherón tampoco esbozó luego el más tenue relincho en la cuadra del partido cuando el estólido en su estrago mintió a la cadena SER alegando que escribió los mensajes de texto -la fecha del “Luis se fuerte” es la pistola humeante- porque no sabía lo que sí sabía, cabe pensar en efecto que si el eximio líder apareciera en un vídeo apuñalando a una ancianita, la mesnada popular clamaría al unísono contra la muy zancarrona por abalanzarse sobre él cuando se disponía a abrir el correo.

Pero una cosa es que de los polvos de las listas cerradas y bloqueadas y la barra libre de la financiación pública de los partidos, sin la exigencia simétrica de prácticas tasadas de democracia interna, hayan surgido los actuales lodos que rebozan a esta casta despreciada y despreciable y otra mucho más grave que se nos pretenda tratar al conjunto de los ciudadanos como si formáramos parte de esa misma horda de gaznápiros zangolotinos.

Siendo cierto que como clamó Miguel Cabrera de Nevares en el gaditano Duende de los Cafés, cuando Fernando VII restableció el absolutismo en 1814, “si no hubiera esclavos no habría tiranos”, es urgente liberar a la prensa de sus actuales cadenas para que pueda proporcionar cada día los antídotos que hagan vomitar a los españoles los guisos envenenados que las cocinas de la partitocracia pretenden embaularles.

No hay mejor remedio para la lacayuna enfermedad de las mandíbulas laxas que la memoria y la argumentación. Por eso una vez que el juez, el fiscal y el abogado del Estado consideran probado que el PP mantuvo durante años una caja B nutrida de donaciones en metálico con la que pagaba gastos de toda índole, procede darle una y otra vez al replay en el minuto 9,25 del vídeo de la comparecencia de Rajoy el 2 de febrero de 2013: “En este partido no se pagan cantidades que no hayan sido registradas en la contabilidad ni que de cualquier otra manera sean físicamente opacas. No es cierto que hayamos recibido dinero en metálico que hayamos ocultado al fisco”.

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El lunes en Tele 5 ya cambió de mentira -como quien sustituye una herencia infamante por un legado inocuo- y dijo que ni él “ni los dirigentes del partido que conozco” sabían que eso estuviera ocurriendo puesto que la caja negra “era de alguien, no del PP”. O sea que Bárcenas tenía allí un dinero sucio pero su alma era tan limpia que lo dedicaba a untar al arquitecto para que reformara con especial mimo las dependencias nobles de la casa a fin de que su jefe leyera más mullida y confortablemente el Marca.

Tratándose de asuntos muy distintos pero de la misma manera de concebir “la mentira como forma de ejercicio del poder” -certera expresión de Santos Juliá-, permítaseme dirigirle hoy a Rajoy uno de los párrafos de mi carta abierta a Felipe González cuando hace 10 años respondió a la confesión de Amedo con desmentidos igualmente enfáticos e inverosímiles:

“Lo que usted pretende no es encabezar una sociedad democrática sino una secta de comulgantes con ruedas de molino. Usted pretende corrompernos. Usted pretende instalarnos perpetuamente en la mentira… Usted pretende envilecernos, obligándonos a seguir adelante como si nada hubiera sucedido, como si no supiéramos lo que ya sabemos, como si los conceptos de legalidad y moralidad no significaran nada para nadie, como si todos fuéramos oportunistas, cobardes o cerriles, como si todos nos apellidáramos como esos prohombres de su partido que por caridad hoy no mencionaré”.

En iguales términos podrían dirigirse los andaluces a Susana Díaz por no depurar responsabilidades sobre los ERE o los catalanes a Artur Mas por pretender llamarse andana respecto a la corrupción del clan al que pertenecía. Y lo peor del caso es que la requisitoria empieza a ser también de aplicación a quien se presenta como abanderado de la nueva política. El mesiánico noli me tangere con que Pablo Iglesias ha reaccionado a las denuncias que afectan a su entorno -“Cuando tocan a Errejón, a Monedero o a Tania me están tocando a mi”-, como si Robespierre hubiera sido trasplantado al cuadro de Correggio, ya nos lo sabemos bien. Está a dos palmos de narices de la sin par doctrina de los estigmas que embalsamó al incorruptible señor X.

De ahí que el Español Ejemplar de la semana haya sido el valiente que entre los abucheos de los asistentes al mitin podemita de Valencia tuvo los pelendengues de desplegar una luminosa pancarta transgeneracional: “Señor Iglesias, espero no cantarle El Cuervo Ingenuo“. Como bien sabe Pablo Iglesias que no ha mucho la entonó a dúo con su autor, se refería a la mítica canción en la que Javier Krahe fustigaba la voltereta de González sobre la OTAN en un idioma comanche homologable a los latinajos de Fray Gerundio: “Lo que antes ser muy mal/ permanecer todo igual/ y hoy resultar excelente”. Yo la hubiera repartido en octavillas durante el auto sacramental de este sábado en Sol para evitar que el baño de masas desembocara en nuevas levitaciones del Kirie Eleison vallecano.

Pues bien, ante la estirpe indomable de Viriato a la que pertenece ese desconocido Español Ejemplar de la pancarta -ante ti, ante ti y ante ti también- hoy me comprometo a que la ejemplaridad de EL ESPAÑOL consistirá en no bajar jamás la guardia del racionalismo crítico y en hablar muy alto y claro pero apresurándose a cerrar la boca para que jamás se cuelen en ella ni las sabrosas tentaciones del poder ni el dulce soborno del halago. Los enemigos de EL ESPAÑOL no serán el mundo, el demonio y la carne… sino las tragaderas.

Por eso termino mi Capillada de hoy con la misma exhortación que introducía la primera de Fray Gerundio. “Lector, suscribe, amicique erimus ambo et ¿ubi malius posses gastare duretem?”. Y con su traducción libre por Modesto Lafuente: “Suscríbete, oh lector, yo te conjuro; serás amigo mío eternamente, ¿y en qué mejor podrás gastar un duro?”. Si no eres todavía accionista, súmate al empeño. Si ya lo eres, enrola a un amigo. Demos vida a EL ESPAÑOL, cambiemos España. Hagámoslo juntos.

Conclusión de esta obra

A continuación publicamos un extracto del último artículo del último número de ‘El Español’ de José María Blanco White. El texto, escrito por el intelectual sevillano en la primavera de 1814 y reproducido aquí con su grafía original, refleja su decepción con los diputados liberales de las Cortes de Cádiz y con el retorno de Fernando VII, cuyo decreto restaurando el absolutismo aparece también en el mismo número de ‘El Español’. Blanco White explica por qué se siente defraudado y por qué deja de editar la publicación que lanzó cuatro años antes en abril de 1810.

La esperanza de ser útil á mi patria que me ha sostenido por espacio de quatro años en el penoso empeño de continuar este periódico (…) acabó de extinguirse con la noticia de la completa revolución que la llegada del rey acaba de verificar en España. Difícil era escribir quando la injusticia y el insulto me acometían por todas partes; quando mis llamados amigos me abandonaban ó se declaraban enemigos por ganar la popularidad de un día, á mi costa; quando los partidos más opuestos entre sí me creían instrumento los unos de los otros; en fin, quando solo, y sin más apoyo que la aprobación de un corto número, sacrificaba mi tiempo, mi industria y mi salud a un trabajo, ímprobo por naturaleza, estéril por su objeto y doloroso por mis circunstancias.

Difícil, repito, era escribir de este modo; mas, al fin, los acontecimientos habían ya convencido á algunos de mis contrarios, la irresistible verdad había cerrado la boca á los otros, y no pocos entre las gentes sensatas de España y América empezaban á persuadirse de que había un camino medio entre la mal fraguada democracia de las Cortes y la arbitrariedad monárquica del tiempo de Carlos IV. En esta inteligencia continuaba hasta ver si por alguna feliz casualidad, las Cortes, conociendo su peligro, volvían atrás en los errados pasos con que se dirigían á su ruina, y estableciendo una representación en que tuviesen una justa parte el clero y la nobleza de España, mejoraban de tal modo su constitución antigua, que al volver el rey nadie tuviese interés en destruir la gran obra política á que por seis años han convidado las circunstancias de España.

Pero en vano quería engañar á mi desanimada esperanza. Las Cortes, ora fuese persuasión de su mayoría ora, como creo, temor de la facción interna y externa que estaba empeñada en sostener el sistema que se fundó en Cádiz, cerraron los ojos á su peligro, hasta que llegó el día que en estas páginas se les había predicho; y el edificio que con tan estéril afán habían elevado sobre arena vino completamente a tierra, dexando al suelo tan mal parado con sus ruinas que tardará mucho en ponerse capaz de que se haga en él otra tentativa más racional y prudente. (…)

Una sola idea me ocupa; y es la casi imposibilidad de mejora en que veo á la España. Los desórdenes del reynado anterior la habían preparado para una reforma, aún mucho más que lo que el estado de la opinión pública permitiera en otras circunstancias. La misma invasión francesa fue un cáustico utilísimo que pudo contribuir á darle nueva vida. La intolerable arbitrariedad de Carlos IV hacía que todos deseasen leyes que la evitasen en adelante; y la devastación de las armas francesas había, entre infinitos males, hecho algunos bienes que acaso eran superiores á las fuerzas de meros legisladores. La inquisición y la mayor parte de los conventos estaban abolidos de hecho, y pudieran haber quedado así por ley, si las nuevas leyes no hubieran sido la expresión de las pasiones de un corto número de hombres que irritaban con ellas á la mayor y más poderosa parte de la nación que había de guardarlas.

Pero quanto se hizo en aquella favorable época todo llevó la marca de facción, de violencia y de insulto. ¿Qué importa que se diesen decretos utilísimos, si respiraban el placer de humillar al clero y la nobleza mezclados con otros tan absurdos, y hechos de tal modo que escandalizaban á la mayor parte de los Españoles? (…)

España está dividida en dos partidos tan distantes entre sí por sus opiniones, intereses y miras como el norte del mediodía. Uno pequeño, y obligado á disimular por sus principios; el otro numeroso, y sostenido por las preocupaciones de la masa del pueblo; ambos exagerados y extremosos, aunque el primero gana al segundo en vehemencia, lo que este al otro en tenacidad y unión. El pequeño profesa principios y opiniones que en su origen y tendencia son favorables á la mejora de las naciones pero que en el estado crudo y de fermentación en que las tiene no pueden causar más que confusión y anarquía. El mayor, cerrando los ojos á las luces, y queriendo detener el curso a los siglos, está contento solo con que nada se altere. Aquellos llaman vida al frenesí; para estos el sopor es el estado de salud más perfecto. ¿A quién, pues, volverá los ojos el Español que apetezca ver á su patria libre del furor democrático, igualmente que de la arbitrariedad del trono, esenta del delirio de la irreligión, no menos que de la tyranía del santo oficio? ¿A quien los ha de volver sino al cielo que así ha permitido que una nación dotada de las mejores disposiciones, yazca como una selva en que las plantas silvestres ahogan á las útiles, si es que su sombra no las hace degenerar en venenos?

Un solo medio hay de poner á la nación al nivel que le pertenece entre las demás de Europa: este es, establecer un gobierno fundado en los principios que han elevado á Inglaterra al alto puesto en que se halla -fundado en verdadera libertad religiosa y civil. No hay que engañarse: la una no puede crecer ni arraygarse sin la otra. ¿Está el rey Católico dispuesto á conceder lo que el Cristianísimo ha dado á sus vasallos -libertad de profesar la religión que á cada qual dicte su propria conciencia? ¿Lo permitiría el partido en que ha apoyado su cetro? Si no lo está (como me parece indudable) males y males sin fin amenazan á mi infeliz patria; abatimiento ahora; agitaciones y horrores más adelante. (…)

Lo que quisiera hacerles entender [a los españoles] es que la opresión (…) es el medio más cierto de propagar la incredulidad que los atemoriza, y con opresión, y la religión que es su pretexto; el trono que la protege; las leyes que la confirman y hasta la tierra misma en que se ponen en práctica. (…)

De esta opresión, de este tormento pudiera decirse con toda verdad que habita en la casa con el que lo padece, le sigue quando sale de ella, con él se sienta á la mesa, le inquieta quando quiere reposar en su lecho, le acosa en la ciudad, le persigue en los campos, consume su juventud, y amarga sus últimos años. Discurran, pues, los amigos de la opresión religiosa, si en tiempo de revoluciones políticas estarán en favor del gobierno los que tal sufren ó si perderán la ocasión de aniquilarlo.

Pero, ¿crecerá en España el número de esta clase de gentes [liberales]? Sí, lo repito, crece y crecerá cada día: las universidades serán su semillero, y quantos jóvenes valgan algo, otros tantos se hallarán en el caso que describo: “las luces y cultura de las naciones no sufren ya” que se sostengan dogmas con leyes: y esta circunstancia basta para sospecharlos de falsos. ¡Qué absurdo tan funesto el del gobierno español si persiste en mantener el systema de la Inquisición, la prohibición de libros, y la persecución por opiniones teológicas! La concusión que ha recibido el trono es terrible: sus cimientos han quedado minados por mil partes ¿y querrá cargar sobre ellos lo que ningún otro de Europa se atreve á sostener en el día? (…)

En semejante estado de cosas (…) mis circunstancias me obligan á poner fin á la carrera que he seguido desde mi llegada á este pays: mis observaciones, aun quando valiesen más, de nada servirían á mi patria habiendo cesado en ella el gobierno popular que se había establecido. En tanto que la opinión pública podía influir en los decretos de las Cortes, me figuré que mi periódico podría esparcir entre los Españoles algunas ideas útiles que he procurado aprender en el pays donde la ciencia política se sabe mejor que en ningún otro del mundo. Pero habiendo el rey tomado entera posesión de su soberanía, mis censuras de las medidas de su gobierno sólo servirían de aumentar los riesgos y las dificultades que he descrito, aumentando el descontento, y dando armas á los que deseen la confusión, la guerra civil y la anarquía.

Empero no soltaré la pluma sin atreverme á expresar la sensación desfavorable que ha causado la conducta del gobierno Español respecto de las personas que se han distinguido, en la época pasada, sino por su prudencia, seguramente por su patriotismo y su odio á los invasores de España. Fernando VII tiene un derecho indudable á recobrar los legítimos derechos de su corona; pero jamás puede olvidarse de que esa corona la debe al patriotismo de la nación entera, y en especial al de los que las circunstancias de aquella época pusieron al frente de su pueblo. Errores muy graves han cometido los gefes de las Cortes; pero son errores que tuvieron origen en un principio muy noble -en el amor á su patria. Esta consideración, y la de lo que el deseado Fernando debe á su fama en lo demás del mundo, donde solo se sabe que los que le han defendido su reyno, yacen en prisiones desde que él salió de las suyas, no pueden menos que interesar la generosidad de su corazón, y hacerle que ponga fin á precauciones tan violentas. La magnanimidad, y dulzura que tan bien sienta á los reyes, en todos casos, son en las circunstancias actuales de España, la única guardia invencible á quien Fernando VII puede fiar sus derechos y su trono.