Una reina siniestra en el Real

ENSAYO DE "ROBERTO DEVEREUX"

Una inyección de monarquía. Concentrada, con su dosis de pompa, de honor, de protocolo, de grandes eufemismos y sobre todo de esas bajezas tan cotidianas que resultan grotescas cuando salen a la luz en la vida de sus majestades, sean los Tudor o los Borbón. Eso es Roberto Devereux, la primera ópera de la temporada en el Teatro Real. 

Una inyección de monarquía. Concentrada, con su dosis de pompa, de honor, de protocolo, de grandes eufemismos y sobre todo de esas bajezas tan cotidianas que resultan grotescas cuando salen a la luz en la vida de sus majestades, sean los Tudor o los Borbón. Ese éxtasis de lo elevado y (sobre todo) lo viscoso de reinar, es la base de Roberto Devereux, una ópera tardía de Gaetano Donizetti, uno de los maestros del género.

Cuando compuso la obra, Donizetti sufría problemas mentales y una crisis existencial. Alessandro Talevi, el director de escena de la producción que este martes se estrenó en el Teatro Real, aprovecha esa oscuridad para huir de los trajes de época, de los pelucones y las faldas, de las grandes estancias y los bailes de la corte que los apriorismos han asociado al bel canto, con sus grandes y virtuosos despliegues vocales.

Talevi busca el negro absoluto, la intimidad y la transformación de ese patetismo psicológico de la reina Isabel I de Inglaterra en un decorado que recuerda a un caserón de los horrores y un bosque más propio de la serie True Detective. Hasta había siniestros trofeos de caza en las paredes. Por sus lugares para la matanza y por la fría exposición de emociones despiadadas. El coro y las manos agolpadas en los cristales recuerdan más a la fría ansiedad de un pueblo de zombies de The Walking Dead, que se arrastra hacia la sangre fresca de los vivos, entretenidos con el cuarteto amoroso que protagonizan los duques de Nottingham, el conde de Essex (Roberto Devereux) y la reina Isabel I de Inglaterra.

La obra evoluciona y la reina acaba montada en una gran tarántula, a medio camino entre un gran trono y una criatura fantástica, para tratar de engullir a Roberto Devereux, condenado a muerte por traición y por estar enamorado de su rival, la duquesa de Nottingham. Una gran explosión y la aparición en la escena de cabezas clavadas en largas picas asocian finalmente la escena más a Juego de Tronos o El señor de los anillos que a cualquier representación de época del título.

Pudiera parecer que hay un contraste entre la negrura de la escena y la música, con su virtuosismo y arias apasionadas, pero no es sino una amplificación efectiva y sin riesgos de los amargos soliloquios de los personajes, de sus “tú sucumbiste a la muerte, mas yo, mientras viva, moriré”, que canta Sara, la duquesa, sus “-¡Ven!. -¿Dónde? -A la muerte”, que clama el coro.

Roberto Devereux

La oscuridad de la escena contagió a una orquesta poco brillante en manos del reconocido director Bruno Campanella. El primer reparto incluye a pesos pesados del género, como Mariella Devia, en el papel de reina Isabel I, que brilló al final con una interpretación precisa y solemne. La otra diva, Silvia Tro Santafé (la duquesa de Nottingham y amante de Roberto Devereux), también destacó por su línea vocal junto al tenor Gregory Kunde en el papel protagonista, con una voz correcta, sobria y esforzada que en algunos momentos pareció escapársele con cierto nerviosismo.

Los espectadores que fueron para oir-cantar-bien, uno de esos objetivos irrenunciables de los amantes de la ópera, lo consiguieron, aunque a los protagonistas les faltó un empujón para hacer una función redonda. Los que fueron buscando cómo la escena puede actualizar una obra compuesta hace poco menos de dos siglos, probablemente se lleven una sensación parecida.

En cualquier caso, se trata de un inicio de temporada infinitamente más ambicioso que el de la temporada pasada, con unas Bodas de Figaro de fondo de armario (era la tercera vez que se representaba el montaje en el Real) resucitadas sin pasión.

El overbooking de personalidades que el martes poblaba el Teatro Real, con los reyes Felipe y Letizia, los ministros de Cultura y Sanidad, el presidente del Constitucional, y la pareja de moda en la élita madrileña, Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler, aportó ese ambiente exclusivo y de gran acontecimiento que busca la institución para sus estrenos, pero que ha de hacer compatible con un teatro accesible a las personas de carne y hueso para las que están reservadas las próximas diez funciones.

Roberto Devereux se representa en el Teatro Real de Madrid hasta el 8 de octubre.

Los Reyes celebran en la ópera la absolución de la familia Ortiz

 

reyes

El padre, la tía y la abuela paterna de Doña Letizia han sido absueltos de un delito de insolvencia punible: Y en cinco meses, los Urdangarín también se sentaran en el banquillo.

En la imagen, los Reyes, este martes, en el Teatro Real de Madrid. EFE

Los Reyes, este martes, en el Teatro Real de Madrid. EFE

El Juzgado número dos de lo Penal de Oviedo ha absuelto de un delito de insolvencia punible al padre, de la Reina Letizia, Jesús Ortiz, la tía, Henar Ortiz y a la abuela María del Carmen Álvarez del Valle. La acusación pedía para ellos, dos años y seis meses de prisión, y multa de 10 euros diarios durante 16 meses. Además, pedía que Henar y Jesús Ortiz no pudieran volver a desempeñar ningún cargo de administradores o apoderados en ninguna empresa.

Una noticia que ha dejado más tranquilos a los Reyes, que esta noche han acudido al Teatro Real a la inauguración de la temporada de ópera, dónde han disfrutado de Roberto Devereux, una tragedia lírica que mezcla intrigas palaciegas y afectos en la corte de la reina Isabel I de Inglaterra. Muy identificada se habrá sentido Doña Letizia cuando la protagonista exclama: “No reino, no vivo”. Termina una pesadilla judicial que atormentaba a la familia paterna de la monarca desde hace tres años,y también a la institución monárquica afectada por cualquier escándalo de alguno de sus miembros, aunque sean parientes lejanos.

Todo empezó en febrero de 2012, cuando la artesana Sandra María Ruiz Vázquez decidió denunciar a Henar Ortiz Decoración S.L y ‘Henarmonía, S.C.’, ambas sociedades respondían por la tienda que la tía Henar abrió en la calle González del Valle en Oviedo en noviembre de 2004, con el apoyo de su madre y su hermano Jesús. El negoció de joyas y bolsos que ella misma diseñaba, no marchó como esperaba y cuatro años más tarde, se vio obligada a echar el cierre con deudas pendientes a la Seguridad Social y sin pagar a algunos proveedores. Este es el caso de Sandra, la denunciante a la que adeuda, con los intereses de demora, más de 30.000 euros, de los que la propia Henar aseguró en el juicio haber abonado ya 15.000 euros. Sin embargo, la demandante aseguró haberse quedado en el paro desde entonces y vivir de ayudas.

Jesús Ortiz se desmarca

Jesús Ortiz y su hermana díscola, Henar no mantienen ninguna relación. Apenas cruzaron la mirada y menos aún palabras durante la vista judicial. A los Ortiz, no les ha gustado el protagonismo mediático que la tía adquirió tras el enlace real y menos aún sus manifestaciones anti monárquicas, que nada benefician a su sobrina. Henar es una defensora pública de un referéndum para que el puebla diga sí o no, a la monarquía.

Pero hubo un tiempo en que la familia estaba unida y efectivamente Jesús ayudó a su hermana a montar el negocio. Tanto es así, que ambos pidieron una hipoteca inversa de la casa de la madre, María del Carmen Álvarez del Valle por importe de 239.000 euros. Un producto bancario para mayores de 65 años, que convierte en dinero el valor patrimonial de la vivienda, sin perder la titularidad. La operación crediticia se realizó con la intención de saldar una deuda de 135.000 euros con Banif. La acusación alegando que la familia de la Reina, lo había hecho para evitar que les fueran embargados los bienes tras la denuncia.

El padre de Doña Letizia declaró que sabía que su hermana tenía problemas económicos pero nunca le detalló las deudas exactas: “la administración la llevaba ella. Me decía: ‘Tranquilo, que lo intento controlar’. A mí me entró el nerviosismo cuando llegó un burofax del Banif recordándome que era avalista de un préstamo a mi hermana”, indicó Jesús Ortiz.

Tal y como lo detalló su bufete de abogados en un comunicado previo al juicio: “la empresa Henar Ortiz Decoradora S.L., de la que Jesús Ortiz fue partícipe con un 10%, “no tiene ninguna deuda” con Sandra Ruiz y añade que “no es ni fue nunca participe o parte” de la compañía Henarmonía S.C. que inicialmente contrajo la deuda. Los abogados admiten que Henar Ortiz Decoradora S.L., propiedad de Jesús Ortiz, “sí contrajo una deuda con Dña. Sandra Ruiz de 5.200,12 euros” pero esta “fue abonada” por el propio padre de la Reina “en calidad de socio de esta sociedad antes de la presentación de la querella que dio origen al juicio”. Versión contradicha por la denunciante que aseguró haber intentado llegar a un acuerdo con ambos antes de ir a juicio, pero no obtuvo respuesta.

Esta resolución judicial le cae como un jarro de agua fría a Sandra, cuyo hermano abogado de profesión ejerce su defensa. Durante el juicio el ministerio fiscal pidió el sobreseimiento de la causa al no encontrar pruebas. Hoy tía Henar, según ella arruinada, aunque con un negocio rural en marcha, celebra la resolución. No sabemos si ha llamado a su hermano Jesús Ortiz, el padre de la Reina, que intenta mantener a ralla a la familia. La pobre abuela Menchu, con bolso de Loewe en el banquillo y la casa hipotecada para salvar a la hija díscola, también cenará más tranquila. Doña Letizia aún no puede respirar tranquila, queda el recurso de apelación, que la acusación tiene diez días para presentar. En el Teatro Real se repite… “No reino, no vivo” .

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Diccionario satírico burlesco (VII)

La séptima entrega del glosario satírico burlesco, dedicado a la letra F, incluye a los tres Felipes más famosos hoy en Cataluña: Felipe V (el monarca que acabó con los fueros), el Rey Felipe VI y Felipe González. También a la monja Teresa Forcades.

Fotografía: Alberto Gamazo

Felipe V

En Cataluña, la Calamidad de la Patria, el Archienemigo del mundo libre, el ISIS de su época. El peor Borbón. En su leyenda negra no se pone el sol. Y eso que era un pobre esquizofrénico, que le costó Dios y ayuda ganar el trono y la guerra y que su ímpetu recentralizador deja mucho que desear. Con Decreto de Nueva Planta y todo, los catalanes siguieron huraños y respondones, mucho más de lo que se habrían podido permitir en Francia, donde al primer verbo irregular francés mal conjugado te cortaban la lengua, fin de la historia. Felipe V además se deprimió, abdicó, se le murió el hijo que había heredado la Corona, tuvo que volver a reinar, dejó de lavarse. Lo pasó fatal. ¿Fue acaso el primer republicano frustrado? ¿Le habría gustado votar a Podemos, como dicen que le gustaría a Froilán?

Felipe VI

Dice mucho del fino espíritu risueño de su señor padre, Juan Carlos, que decidiera bautizarle de forma tan evocadora y tan simpática, sin duda pensando en la futura popularidad de la monarquía en Cataluña. Entre esto y el caso Urdangarin… Otra cosa es que el chaval haya salido menos Borbón y más Grecia, menos campechano y más ligeramente prusiano. Eso en Barcelona gusta. Como gusta, curiosamente, “ir al Rey” (como quien va a la seño…) haciendo en lo posible caso omiso del presidente del Gobierno (de España). La mismísima Pilar Rahola salió en su día arrobada de la Zarzuela porque, según ella, el rey emérito -que entonces, de emérito, nada- le había metido mano al escote con la excusa de ver mejor y más de cerca un pin de Francesc Macià. Artur Mas no aspira a tanto. Pero también se emociona cuando lee en la prensa que ha puesto en “jaque” a la Jefatura del Estado con su visita. Es un… ¿subidón?

Felipe ‘el One’

Felipe González Márquez es sin duda el gobernante español que más y mejor ha entendido a Cataluña… en el sentido de tomarle la medida y hasta el pelo de la dehesa. Ciertamente esto pasaba en los tiempos en que el socialismo catalán parecía algo. Alfonso Guerra iba a la Feria de Abril catalana y le aclamaban multitudes. Hasta Pepe Borrell llegó a caer simpático y Narcís Serra a parecer normal. Nadie como Felipe, pero, para llenar el Palau Sant Jordi. O para torear al otro Jordi un poco menos santo -lo cual se ha ido sabiendo con el tiempo-, transfiriéndole esta competencia y aquella otra pero sin un duro (esta es sólo una de las claves del harakiri financiero de la Generalitat) o haciendo como que le daba la luna cuando en realidad… tururú. Andado el tiempo, el mismo Pujol admitiría que Aznar era áspero, pero hombre de palabra, mientras que negociar con Felipe implicaba un constante y extenuante ir a por lana para volver sedosamente trasquilado. Cepillado de arriba abajo y sin cobrar. Ahora que Felipe ya no es presidente de España ni de nada, se dedica a escribir cartas a Cataluña cargadas de razón, advirtiendo de que la ruptura de España es imposible pero la de la convivencia, no. Lástima que no pusiera más empeño en evitarla tomando menos el pelo a los nacionalistas con los que pactaba. Lástima que no se los tomara más en serio, a ellos y al cataclismo que ahora melancólicamente vaticina.

Fondo de Liquidez Autonómica (FLA)

El secreto a voces mejor guardado del moderno Estado de las Autonomías. Visto desde Cataluña: no llegamos a final de mes (en la Generalitat) porque España nos roba, y por eso mismo vamos a Madrid a pedir dinero para llegar a final de mes. ¡Y Madrid sin rechistar nos lo da! Lógica aristotélica pura, ¿a que sí? Nunca lo que va del dicho al hecho en el discurso nacionalista había sido tan quilométricamente desfachatado. Tan niqueladamente cínico. Pero la verdad es que lo del otro lado no se entiende mucho tampoco. Montoro no tiene piedad fiscal ni de su madre y en cambio venga a meter moneditas en el chancho catalán, venga a aguantar sus gruñidos y hasta sus insultos estoicamente y con esa sonrisilla de Jaimito que le sale… Mira que si al señor ministro de Hacienda lo que de verdad le va es la caña, en plan Cincuenta Sombras de Grey

Forcades, Teresa

Prominente religiosa catalana conocida por sus controvertidas opiniones mediáticas sobre muchas cosas y por su encendido apoyo a la independencia. Esto no es nuevo. La Abadía de Montserrat es y ha sido un formidable referente del nacionalismo catalán y al muy católico, apostólico y romano Jordi Pujol poco le faltó para subir la Scala Sancta para tratar de atraerse a la causa al Vaticano, que siempre se ha mostrado entre desdeñoso y reservón. Hay mucho exseminarista en el panteón hipernacionalista o incluso independentista: lo fueron Joan Rigol, Àngel Colom, Josep-Lluís Carod-Rovira… La versión más romántica de todo este asunto es que la Iglesia catalana siempre se significó históricamente frente al franquismo, amparando -de ser menester- a cuantos fugitivos lo fuesen bajo sus sotanas. En esto había a menudo más leyenda que verdad. Pero efectivamente algún que otro ateazo como el Guti, mítico dirigente comunista catalán, fue visto huyendo de la brigada político-social por las azoteas de la calle Entença de Barcelona tras una reunión clandestina en una parroquia, al amparo de un cura encarcelado al principio de la guerra por los rojos. Últimamente la cosa ha perdido narices y matices. La Iglesia catalana, como tantas cosas en Cataluña, se está fracturando en curas “buenos” o “malos” en función de si ven o no ven la estelada en los pucheros. Un cristiano que no se quiera meter en el tema puede llegar a sentirse un tanto… ¿incómodo?

Michelle y Letizia: té y tarta de calabaza

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aaaobamareina04_galeria_landscapeEste martes en uno de los salones privados de la Casa Blanca, la Reina Doña Letizia será sorprendida por la familia Obama con una fiesta sorpresa para celebrar su 43 cumpleaños. Este cariñoso gesto se ha ocultado hasta el momento en la agenda oficial, que habla sólo de que la primera dama estadounidense y la monarca tomarán el té y esta le enseñará el huerto ecológico que comenzó a cultivar en 2009 recién llegada a la Casa Blanca. Una iniciativa saludable que a buen seguro podría copiar doña Letizia para Zarzuela. A ella también le obsesiona la vida sana. Mientras tanto, el Rey será recibido por Obama en el Despacho Oval.

Según ha podido saber EL ESPAÑOL, Michelle ha supervisado hasta el último detalle de esta sorpresa, tanto es así que habría contado con la complicidad de la Embajada de EEUU en Madrid, en cuanto a gustos de la monarca. Entre ambas hubo mucha química en anteriores encuentros. En septiembre del año pasado compartieron recepción con motivo de la 69ª Asamblea de Naciones Unidas en el lujoso hotel Waldorf Astoria de Nueva York.

El huerto ecológico de la Casa Blanca.

Pero el primer encuentro más distendido tuvo lugar en agosto de 2010, cuando los Reyes ‘salientes’ Juan Carlos y Sofía recibieron a la esposa de Obama y a su hija pequeña, Sasha, en el Palacio de Marivent de Mallorca. A esa pequeña reunión también asistió la entonces Princesa de Asturias, quien tuvo la oportunidad de conocer más de cerca a Michelle. Ésta a diferencia de la Reina exhibe sin pudor su día a día,  a través de su cuenta oficial de Twitter. Casa Real estrenó la cuenta hace un año y de momento sólo se usa para asuntos de carácter oficial. Aunque como gesto de cercanía, algunas veces se han hecho selfies con el pueblo.

Antes de la celebración de cumpleaños, los Reyes de España llevarán a cabo una ofrenda floral en el panteón del presidente George Washington en el cementerio Mount Vernon. El miércoles, desayunarán con empresarios estadounidenses con intereses comerciales en España. Y el jueves, viajarán a Miami, para asistir a un acto en la Universidad de Miami-Dade, mientras que el viernes estarán en San Agustín, ciudad de Florida en la que tiene lugar el Foro España-Estados Unidos con motivo del 450 aniversario de su fundación.

Sin concierto indie

Este fin de semana en la Ciudad Universitaria de Madrid, la Reina Doña Letizia faltó a su cita anual con el festival musical Dcode, dónde ha acudido los tres últimos años para celebrar por anticipado con sus amigas su cumpleaños.

Sin embargo, en esta ocasión, ni cumpleaños, ni festival, ni amigas. Nada ha tenido que ver en esta decisión que Sam Smith, cabeza de cartel de esta edición, cancelara su actuación a primera hora del sábado por enfermedad.

Su Majestad ha preferido pasar a segundo plano tal vez por la vista judicial de su padre y su abuela, por un lado, y por estar preparando su viaje al otro lado del charco. Casualidad o premeditación, lo que es cierto es que el de este año promete ser inolvidable, con Michelle Obama como anfitriona, todo es posible.

Inquisidores del callejero

Ada Colau

ERC quiere ‘desterrar’ a Felipe VI y sus antepasados de Barcelona, a lo que la CUP ha replicado pidiendo que se arríe la bandera española del Ayuntamiento y que se replantee la presencia del Ejército en la Ciudad Condal. Ambas propuestas se han formulado después de que Ada Colau ordenara la retirada del busto de Juan Carlos I del salón de plenos. La estrategia de independentistas y gobiernos de unidad popular es coincidente: adecuar la Historia según los propios intereses y desterrar los símbolos de unidad nacional.

La intención anunciada por ERC de eliminar del callejero de Barcelona toda referencia a la dinastía borbónica y la propuesta subsiguiente de la CUP de retirar la bandera española del Ayuntamiento y “replantear la estancia” en la Ciudad Condal de responsables del Estado y del Ejército forman parte de una misma estrategia: desterrar cualquier símbolo de unidad nacional y alentar un clima de crispación que favorezca su pulso al Estado.

Ambas iniciativas son coherentes con el empeño típicamente nacionalista que tan agrios frutos ha dado históricamente, según el cual el pasado debe ponerse al servicio de sus intereses y mitologías. También es consecuente con las primeras decisiones adoptadas por los autodenominados “gobiernos de unidad popular”, que han encontrado en la revisión de los símbolos la forma de desenterrar la dialéctica de vencedores y vencidos. Cualquiera diría que la nueva política surgida del 24-M exige también un nuevo callejero y un nueva Historia para, junto a los independentistas, jugar la carta de la división y el revanchismo.

No es casual que la supresión del nomenclátor de toda referencia a la Monarquía se formule en el preámbulo de las elecciones catalanas y tan sólo un mes después de que Manuela Carmena, en Madrid, y Ada Colau, en Barcelona, prendieran polémicas similares; una con su plan para expulsar del callejero de la capital a referentes verdaderos o ficticios de la Dictadura, y otra con la retirada de un busto del Rey Juan Carlos I del salón de plenos municipal.

Estas iniciativas van mucho más allá de la Ley de Memoria Histórica. La arbitrariedad y el maniqueísmo con que independentistas y gobiernos de izquierda radical purgan el callejero y retiran bustos y símbolos sólo persigue envenenar la convivencia y borrar de un plumazo lazos de unión que se han construido durante siglos de historia compartida. En esa tarea inquisitorial sus impulsores suplen la falta de rigor intelectual con vehemencia: lo de menos es que Calvo Sotelo, asesinado antes de que estallara la Guerra Civil, no tuviera siquiera tiempo de convertirse en franquista; o que Muñoz Seca, lejos de ser un represor, acabara sus días junto a otros 2.000 ajusticiados en Paracuellos; o que ni uno solo de los borbones a los que ERC quiere borrar para siempre de Barcelona haya tenido algo que ver con la represión del catalanismo o de las instituciones de autogobierno (más bien lo contrario en el caso de Felipe VI y de su padre). Lo principal es generar un espacio de confrontación entre Cataluña y el resto de España, establecer una división entre buenos y malos y acabar con cualquier referencia a la concordia y la fraternidad.

A cualquier persona mínimamente formada le resultarán esperpénticas las maniobras del independentismo para catalanizar a Cristóbal Colón y Teresa de Ávila, o para expulsar a Felipe VI y todos sus antepasados de Cataluña mientras se dedican calles a terroristas de Terra Lliure. Pero sólo es un paso más en la escalada de quienes hace tiempo que presentan la Guerra de Sucesión y la Guerra Civil como preludios de una lucha por la independencia aún por ganar. Por ahora, lo único que pueden conseguir estos profesionales de la revisión de parte es volver locos a turistas y servicios postales con sus cambios sumarísimos del callejero. Pero el esperpento está llegando demasiado lejos.

Foto: Barcelona en Comú / Flickr

La verdad de la ópera no está en las tumbas

doncarlo

El Don Carlos español es más bien una revancha que una reinterpretación. Su origen es la necesidad, así sentida por Boadella, de reivindicar la verdadera historia de España frente a los tópicos esparcidos por autores extranjeros. Pero la ópera es ficción; más una ópera sobre la libertad, sobre los límites y complejidad del poder y sobre la influencia de poderes fácticos. 

Además: Marcos Ríos, el accionista de EL ESPAÑOL que disfrutó de la ópera

Un sobrio tablero apizarrado sirve como suelo común a Felipe II, el rey en cuyos dominios nunca se ponía el sol, y a su hijo Carlos, un príncipe de Asturias infeliz y trastornado con el que antagoniza. Sobre esa enorme lápida se representa Don Carlos, el clásico de Giuseppe Verdi donde sólo hay espacio para el honor, los celos y la muerte.

Albert Boadella, responsable de la producción, pretende en su primera incursión en la ópera corregir la interpretación histórica con la que Friedrich Schiller, en quien se basó Verdi, dibujó a un Felipe II tiránico y dogmático y a un Carlos heroico y libertario.

El propio dramaturgo ha presentado su apuesta como un ajuste de cuentas con la historia, como una cita con la verdad frente a una lectura interesada del siglo XVI español. Así, Felipe II es más humano que rey por la gracia de dios y su hijo es más un loco (de niño le gustaba asar liebres vivas, cuenta la leyenda), que un romántico defensor de los derechos de Flandes, que entonces se rebelaban contra la corona española.

Hay varias versiones de Don Carlos, de cinco actos, encargada por la Ópera de París y estrenada en francés en 1867. Ha sufrido numerosas modificaciones (la primera versión se alargaba hasta la medianoche) y después fue presentada en italiano. Según Boadella, hay una versión francesa, otra italiana y por fin una española, que es la que lleva su firma.

El morbo de El Escorial

La propuesta de Boadella es atractiva, para empezar, por el mero morbo de ser representada en El Escorial, emblema de los mejores momentos de la monarquía española. Hasta allí se desplazaron, para el ensayo general y la segunda función, Felipe VI y Juan Carlos I, respectivamente. Padre e hijo no sólo en el escenario sino en el patio de butacas.

Pero lo importante de la producción es que se atreve a repensar, pese a medios limitados y lejos del calor de los grandes teatros, una de las grandes óperas que tratan asuntos españoles.

Hacer ópera hoy no puede ser ser un ejercicio arqueológico o de época. El autor de una ópera nunca deja el destino de su obra atado y bien atado. “¡Horrenda paz! ¡La paz de los sepulcros!”, reprocha Rodrigo, marqués de Posa, ante un Felipe II que pretende imponerse por la fuerza. La ópera necesita ser flexible y atractiva para el público actual desde el respeto al espíritu del compositor. La pregunta es sencillamente cuál es la mejor manera de lograrlo.

El Don Carlos español es más bien una revancha que una reinterpretación. Su origen es la necesidad, así sentida por Boadella, de reivindicar la verdadera historia de España frente a los tópicos esparcidos por autores extranjeros: el verdadero papel de Felipe II y la verdadera cara de su hijo, ausente en otras producciones. Sin embargo, la ópera de Verdi es ficción.

Verdi, considerado un “dramaturgo musical del liberalismo”, según la definición del filósofo Bernard Williams, acomodó en buenas parte de sus obras su simpatía por el nacionalismo italiano en el momento mismo de la construcción del Estado. Sus obras están impregnadas de una gran vitalidad y su utilización de los coros en varias óperas ha legado, un siglo y medio después, numerosos himnos al pueblo italiano.

Ficción, no historia

Don Carlos es, por tanto, más una ópera sobre la libertad, sobre los límites y complejidad del poder y sobre la influencia de poderes fácticos (como la Iglesia). Si se quiere, históricamente es más una ópera sobre Italia que sobre España. Por ese motivo, convertirla en una obra sobre un antagonismo español puede ser poco fiel a la verdad de su proceso de composición.

Por si fuera poco, en la ópera canta un muerto, el fantasma del emperador Carlos V, padre de Felipe II. En otras palabras: la ópera de Verdi es una ópera muy seria, pero no merece la pena tomarla muy en serio desde el punto de vista del rigor histórico. Entre otras cosas, porque reconducirla como hace Boadella acaba colocando el peso de la apuesta en tics y cojeras. La sentencia que dicta la música y el texto muy difícilmente puede ser revertida por la escena o la dirección de actores.

Puestos a reinterpretar y actualizar la ópera, Boadella podría haber colocado a Felipe II en el papel de Estado o presidente del Gobierno, a Don Carlos en un Artur Mas que pide la independencia de Cataluña (en vez de la de Flandes), y al marqués de Posa en el papel de un nacionalista moderado, no independentista, que tiende puentes entre unos y otros.

En lo musical, la esforzada solidez del bajo-barítono John Relyea en el papel de Felipe II sobresale sobre el resto del reparto y da empaque a una producción en la que también destaca Ángel Ódena como un robusto Rodrigo, marqués de Posa, enamorado de su amigo Don Carlos.

El personaje que da nombre a la ópera responde sin estridencias al desafío, aunque con algunas dificultades vocales. Las dos mujeres de la obra, Virginia Tola (Isabel de Valois, esposa de Felipe II) y Ketevan Kemoklidze (princesa de Éboli), van ganando cuerpo a medida que avanzan los actos, como lo hace la orquesta de la Comunidad de Madrid (ORCAM), dirigida por Maximiliano Valdés.

El tirón de Boadella entre un público con muchos nombres propios (nadie quería perdérselo, pero eran sólo tres funciones sin entradas baratas) brindó a la producción una gran ovación cimentada por la vigencia de la música y tramas de la obra que de momento seguirá buscando su verdad fuera del sepulcro.

Además: Marcos Ríos, el accionista de EL ESPAÑOL que disfrutó de la ópera

El último tren a Katanga

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Cuando el pasado fin de semana Artur Mas alegó, con esa mezcla de fatalismo y rebeldía que siempre termina dando empleo y sueldo a los nacionalistas, que si el 27-S no triunfa la independencia “Cataluña caerá en una vía muerta” y añadió que entonces “en Madrid nos pasarán por encima sin misericordia”, no estaba eligiendo una metáfora cualquiera.

Ilustración: Javier Muñoz

Cuando el pasado fin de semana Artur Mas alegó, con esa mezcla de fatalismo y rebeldía que siempre termina dando empleo y sueldo a los nacionalistas, que si el 27-S no triunfa la independencia “Cataluña caerá en una vía muerta” y añadió que entonces “en Madrid nos pasarán por encima sin misericordia”, no estaba eligiendo una metáfora cualquiera.

Cataluña, la patria irredenta, es para él un tren formado por tantos vagones como partidos, organizaciones sociales, clubes deportivos o entidades diversas se sumen al empeño de la “desconexión” del convoy español que lastra y ralentiza su marcha hacia un destino próspero y glorioso. Mas se siente como el Maquinista de la General que ha plantado la bandera estelada en el morro de la añeja locomotora remozada, que es la lista unitaria, y lanza sus últimos pitidos convocando a los viajeros rezagados, mientras la caldera exhala sus vapores identitarios y el sistema hidráulico del periodismo subvencionado pone trabajosamente en marcha las ruedas.

Es una apuesta en la que sólo la evasión es sinónimo de victoria. Un trayecto sin marcha atrás en el que la alternativa a alcanzar la estación término es la tragedia de quedar atorados en esa “vía muerta” madrileña en la que lo que aguardaría a Cataluña no sería tan sólo el moho, la herrumbre, la parálisis, sino un implacable aplastamiento. Imaginad, queridos patufets, la escena: los patriotas catalanes invocando a la Mare de Deu, apiñados en los vagones con sus vituallas tradicionales y los libros de sus poetas, trémulos de miedo bajo sus barretinas, mientras la inexorable apisonadora española avanza entre la bruma del amanecer como los tanques soviéticos lo hicieron en Budapest y Praga.

Algo sólo comparable al Campo de los Mirlos o las fosas de Katyn. “¡Nos pasarán por encima sin misericordia”! Así apela Mas a la movilización. Así justifica el tal Romeva que le sirve de ariete -o ya veremos si de bumerán- su “¡vamos a por todas!” Lo que piden es un voto de confianza para vulnerar la ley por mor de un insoportable estado de necesidad. O la conquista del paraíso de la independencia o la laminación del ser de Cataluña por la barbarie centralista. Como en 1714 o en 1934.

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Ilustración: Javier Muñoz

Sus argumentos y consignas ya sonaron entonces: “Catalanes: los partidos y los hombres que han hecho públicas manifestaciones contra las menguadas libertades de nuestra tierra, los núcleos políticos que predican constantemente el odio y la guerra a Cataluña, constituyen hoy el soporte de las actuales instituciones… Cataluña enarbola su bandera, llama a todos al cumplimiento del deber y a la obediencia debida al gobierno de la Generalidad… Nos sentimos fuertes e invencibles… La hora es grave y gloriosa… ¡Viva la libertad!”.

Por actuar de forma acorde con esta proclama el Tribunal de Garantías Constitucionales de la Segunda República condenó a Lluis Companys y varios miembros de su gobierno a 30 años de cárcel. Luego fueron indultados. Otro régimen menos humanitario los habría fusilado. De hecho es lo que hizo después el franquismo, como santo y seña de su barbarie. No apelo por supuesto a esa alternativa pero debería existir un término medio entre la represión de una sublevación y la audiencia oficial del Jefe del Estado a quien anuncia su intención de emprenderla.

A medida que pasan los días resulta más incomprensible que el Rey Felipe se prestara a escenificar una normalidad institucional que si de verdad existiera le convertiría en cómplice inconsciente de una conspiración contra el orden constitucional. ¿Tan contagiosa es la estulticia del Estafermo como para que el Jefe del Estado se preste a blanquear con el detergente de la rutina protocolaria los cacareados propósitos de Mas de promover el incumplimiento de la legalidad y tomar a varios millones de españoles como rehenes de sus delirios? Y que no apelen los medios dinásticos a su semblante severo ni traten de amortizar ese error con su posterior advertencia de que los jueces han de aplicar la ley. Sólo faltaba que después del oprobio del Camp Nou le sonriera a Mas como en la foto del cochecito aquel o que no resaltara lo obvio ante los magistrados.

¿Tan contagiosa es la estulticia del Estafermo como para que el Jefe del Estado se preste a blanquear con el detergente de la rutina protocolaria los cacareados propósitos de Mas de promover el incumplimiento de la legalidad y tomar a varios millones de españoles como rehenes de sus delirios?

No se trata de que la Casa Real rompa los puentes institucionales con el Gobierno catalán -si hay que coincidir en un acto público se coincide- pero la audiencia podía y debía haberse aplazado al menos hasta después del 27-S. Faltaron reflejos para responder al condescendiente y perdonavidas “vengo en son de paz” de Mas y no hay mejor síntoma de la mala conciencia que debió quedar en la Zarzuela que la aparición del presidente de Cantabria ejerciendo de portavoz oficioso de la frustración del Rey una semana después.

Si en cuanto al fondo del asunto tuviéramos que basarnos en la aparente firmeza con que Rajoy insiste una y otra vez en que Cataluña no se separará de España, sus antecedentes en materia de bajada de impuestos, independencia judicial, modificación de la ley del aborto o respaldo a las víctimas del terrorismo deberían desatar todas las alarmas. La impresión general es que, en su redomada vagancia, en su olímpica abulia, en su aquietamiento existencial, volverá a irse de vacaciones un cuarto verano en el poder sin haber desarrollado plan de contingencia alguno para abortar la secesión.

Toda vez que Pedro Sánchez sigue sin enterarse de los argumentos que esgrimía Jiménez de Asúa para proclamar en nombre del PSOE la superioridad del “Estado integral” sobre el federalismo, sólo nos queda confiar en que, al cabo de tanta prosopopeya ferroviaria, sea el propio Mas quien haga descarrilar su expreso independentista. Dentro de ese género cinematográfico evocado por él mismo, la película a la que más tiende a parecerse la que se ha montado es de hecho El último tren a Katanga, ungida por Quentin Tarantino como antecedente de su manera de emplear la violencia como pathos narrativo. Y no porque su protagonista, Rod Taylor, sea el actor con el mentón achichonado más parecido al del líder de Convergencia, ni porque emprenda la misión bajo los auspicios de un ficticio presidente Ubi cuya rapacidad nos lleva al Ubu president de Boadella.

El paralelismo surge de la heterogénea recluta de los más audaces para ejecutar su golpe de mano y sobre todo de la mitificación del destino de su peligroso viaje. Como se recordará Katanga -con un peso relativo en demografía y riqueza similar al de Cataluña- trató de separarse de la República del Congo en 1960 cuando Bélgica le concedió la independencia. El presidente electo de la provincia, Moisés Tshombé, rompió unilateralmente con el gobierno de Lumumba -y contribuyó a su asesinato- alegando que su deriva marxista había arrastrado al país al caos.

Toda vez que Pedro Sánchez sigue sin enterarse de los argumentos que esgrimía Jiménez de Asúa para proclamar en nombre del PSOE la superioridad del “Estado integral” sobre el federalismo, sólo nos queda confiar en que, al cabo de tanta prosopopeya ferroviaria, sea el propio Mas quien haga descarrilar su expreso independentista

Era un buen argumento en el apogeo de la Guerra Fría y las minas de diamantes de Katanga constituían un señuelo de primer orden para todo tipo de intereses. Sin embargo, la comunidad internacional no picó en el anzuelo y ninguna potencia respaldó a los separatistas. Por el contrario la ONU envió a sus cascos azules a combatirlos y sofocó, al cabo de dos años de combates, la insurrección. Como telón de fondo legal quedó acuñada su doctrina de que el derecho de autodeterminación de los pueblos debe entenderse como protección de las minorías en el seno de los Estados constituidos y no como aval para romperlos.

No parece que exista ningún Gobierno de ningún país relevante que conceda hoy menos importancia a la integridad territorial de España que la que tenía hace medio siglo la de la República del Congo. Que no se siga engañando pues a los catalanes más incautos con el ejemplo de los nuevos Estados creados en Europa tras el desmoronamiento del imperio soviético. En primer lugar tendría que producirse un colapso equivalente de la Unión Europea. Y en segundo lugar hay que subrayar que incluso en ese contexto sólo hay dos modelos: la separación por mutuo acuerdo o la vía balcánica con su interminable reguero de destrucción y muerte.

Como ningún gobierno español aceptará nunca, bajo ninguna circunstancia, la secesión ilegal de Cataluña y cualquier acto de fuerza de la Generalitat sería contestado en el mismo plano -además del artículo 155, la Constitución también incluye el 116 que regula los estados de Alarma, Excepción y Sitio- con el respaldo sin fisuras de las instituciones europeas, el último tren a Katanga del comando de Artur Mas, con el chico de la colonia como adorno, sólo puede terminar en el fondo del barranco.

A esos efectos da igual que obtengan 60 o 120 escaños. Nadie puede disponer unilateralmente de lo que comparte con otro. Los diamantes de Katanga eran de todos los congoleños y la soberanía de Cataluña concierne a todos los españoles. Sólo una modificación de la Constitución que incluyera una Ley de Claridad como la de Quebec daría paso a hablar de procedimientos y porcentajes y es obvio que si para reformar un Estatuto de Autonomía se requieren los dos tercios de la cámara catalana, una decisión de alcance superior también exigiría una mayoría aún más cualificada.

¿No son conscientes de todo esto Mas, Junqueras y el chico de la colonia? Hay quien sostiene que lo que buscan es perder con dignidad -de ahí el artefacto de una candidatura apolítica liderada por un político distinto del que, emboscado en el cuarto puesto, seguiría en el poder en caso de victoria- pero corriendo el riesgo de pasarse de frenada como le ocurrió a Tsipras con el referéndum griego.

No tienen salida. La derrota les arrojaría al abismo por el lado de la vía del ridículo, la victoria los precipitaría por el flanco del suicidio. Su problema no es España sino el orden mundial. Por eso el epitafio que les recordará en el fondo del barranco dirá algo parecido al dedicado a una de las primeras víctimas del último tren de Katanga: “Le mató un arma china, pagada con rublos rusos, fabricada con el acero de una factoría alemana que construyeron los franceses, y transportada hasta aquí por una aerolínea sudafricana, subvencionada por los Estados Unidos”. Con la homologación de Bruselas, faltó añadir.

Un Rey en paz

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Este viernes se cumple un año de la abdicación de Juan Carlos I. En apenas 12 meses, Felipe VI ha recuperado el hechizo visual de la monarquía: restan ahora la función y la legitimidad. Felipe VI se enfrenta hoy a una lista urgente de deberes.

También en EL ESPAÑOL: Un gesto histórico para un comienzo de partida

Entrevista a Ana Romero: Juan Carlos I es un rey en el crepúsculo

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Foto: Casa Real

“¡Viva el Rey!”. Frente al colegio San José de la calle  Moreno Nieto de Madrid, los murciélagos se lanzaron en picado contra la última raya de luz y una veintena de personas rompió a aplaudir.

Móvil en mano,  mujeres y niñas en su mayoría consiguieron su objetivo: atraer hacia ellas a Felipe VI cuando salió del edificio de ladrillo visto donde Isaac Peral levantó la primera fábrica de baterías industriales  y donde Google acaba de instalar una  incubadora de start-ups.

En su afán por dirigirse al grupo que le vitoreaba,  el Rey tropezó contra un pequeño montículo de cemento y causó un pequeño revuelo.  Se recompuso súbito y saludó, una por una,  a todas las personas. Sólo las niñas más pequeñas, ésas que apenas le llegaban a la cintura, se quedaron sin estrechar su mano.

“Son otros tiempos”, señala Aurora, que tiene 77 años, los mismos que el rey emérito, y un hijo de 47, como el monarca actual.  Vaya si lo son. El número 9 de la calle Mazarredo de la capital de España, hoy Google Campus Madrid, languidecía hace 20 años entre jeringuillas junto a unas antiguas vías de tren.

“Él es muy distinto a su padre”, añade esta monárquica convencida, que replica así, en carne y hueso, lo que a modo de encuestas nos ofrecen estos días  El Mundo y El País:  en este  primer año,  Felipe VI ha logrado recuperar lo que Carlos Reyero llama el “hechizo de la imagen regia” (Monarquía y Romanticismo, Siglo XXI de España Editores, 2015).

Juan Carlos I dinamitó esa alquimia en los últimos años de su reinado a base de escándalos y abdicó de la Corona para convertirse, por accidente, en el primer regenerador de la osificada democracia española. Superado el trance, Felipe VI se enfrenta hoy a una lista urgente de deberes: conseguir que su obstinada hermana, la infanta Cristina, renuncie a los derechos dinásticos y, a continuación, establecer en la institución una transparencia de verdad.

¿Cuánto cuesta la Jefatura del Estado? Unos 8 millones de euros anuales, nos dicen. En un presupuesto familiar,  esto sería dinero de bolsillo. Sabemos que el total equivale a la suma de todos los millones que los ministerios de Presidencia, Defensa, Interior y Exteriores destinan a la institución. ¿50? ¿100? ¿200?

El post-it de Felipe VI incluye, a la mayor brevedad posible, un estatuto jurídico que transforme el Título II de la Constitución -claramente insuficiente para regular la institución- en un auténtico Estatuto de la Corona. Derechos y obligaciones. Juan Carlos I se dejó el prestigio en ese coladero jurídico que es la Carta Magna. ¿Por qué dejarlo de nuevo todo en manos de la responsabilidad de un hombre?

Nada más llegar, Felipe VI corrigió los abusos del pasado con un código de conducta: no a los regalos excesivos; no a los préstamos ventajosos; no al trabajo para empresas privadas; no a los gratis total en vuelos comerciales o en tiendas de ropa, y no a los viajes al extranjero sin una estricta coordinación con el Gobierno. Lo normal. El nuevo rey alejó a la monarquía española de los usos y costumbres de los hermanos árabes de Juan Carlos I y la acercó a las democracias occidentales.

Del mismo modo, Felipe VI celebrará este viernes una ceremonia de merits que recuerda a los que tradicionalmente imparte Isabel II en el Reino Unido. Por fin. Se trata de premiar a los españoles que sirven a la sociedad y no al Rey, como se hacía en la Edad Media. Los reyes del siglo XXI son los que hoy condecoran a Hugo -el cuidador paraguayo que arriesgó su vida para salvar de un incendio a un hombre de 92 años- y no al enésimo empresario-marqués o al rey autócrata con un Toisón de Oro.

Aire fresco y más post-its: Felipe VI busca modular su función política como árbitro y moderador de la fragmentada escena política. La Constitución española es muy parca en palabras en lo que se refiere a la Corona, a la que obliga a ser “garante” de la unidad de España. ¿Cómo?

Juan Carlos I fue dejándose en el camino su particular capacidad de persuasión política a medida que perdía prestigio. Le ocurrió, claramente, en septiembre de 2012 con su carta destinada a hacer frente al soberanismo catalán en la que hablaba de “galgos y podencos”. Felipe VI  tendrá que determinar qué papel juega en el futuro como operador político, si es que le corresponde alguno. De la mano de esa decisión vendrá su legitimidad, que algunos sólo encuentran en un referéndum.

Despunta ya en el reinado de Felipe VI el almíbar mediático que terminó empachando a Juan Carlos I. Se alaba su talento y su temperamento, y el de la reina Letizia casi por igual. Se omite sin embargo cómo se ha sudado la camiseta en la sala de máquinas de Zarzuela para ganar esas seis décimas -sí, apenas 0,6- que separa a la monarquía del aprobado, según el CIS. El primer suspenso llegó  en octubre de 2011 (4,89) y la peor nota en mayo de 2014 (3,72). El mes pasado (4,34) Zarzuela pisó el acelerador y decidió revocar el ducado a doña Cristina.

El año 2013 fue aciago para la monarquía, y el príncipe Felipe arrastró solo el peso de problemas propios y ajenos. Anoche, entre jóvenes emprendedores dedicados a incubar una nueva España, emergió un Rey en paz. Consigo mismo y con su país.

Un gesto histórico para un comienzo de partida

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Felipe VI quiere comenzar su particular partida como rey limpio de polvo y paja. Por eso, una semana antes de celebrar su primer año al frente del trono, se ha remontado 106 años en la historia para emular a su bisabuelo Alfonso XIII cuando éste retiró la dignidad real a su primo el Infante Alfonso de Orleans por casarse sin su venia.

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Felipe VI quiere comenzar su particular partida como rey limpio de polvo y paja.  Por eso, una semana antes de celebrar su primer año al frente del trono, se ha remontado 106 años en la historia para emular a su bisabuelo Alfonso XIII cuando éste retiró la dignidad real a su primo el Infante Alfonso de Orleans por casarse sin su venia.

La partida de su padre, Juan Carlos I, duró 38 años y medio y terminó de manera complicada. Entre el anuncio del prematuro adiós del rey emérito el 2 de junio de 2014 y este histórico 11 de junio ha transcurrido poco más de un año. Ha sido una especie de interregno en el que el Don Felipe príncipe se ha posicionado como monarca con pequeños grandes gestos, como la prohibición de recibir prebendas o la imposibilidad de trabajar en o para una empresa privada si eres miembro de la Familia Real (seis personas en este momento, dos de ellas menores de edad).

Ahora empieza la acción. Felipe VI ha dado un puñetazo encima de la mesa que ha sorprendido a los españoles. ¿Por qué el 11 de junio de 2015? ¿Por qué casi cuatro años después de ese 11-11-11 en el que Iñaki Urdangarin fue llamado a capítulo a La Zarzuela? No lo sabemos a ciencia cierta, pero lo intuimos. Una persona que sabe mucho de la Casa Real y que, además, despacha un gran sentido del humor lo resume en andaluz: “Por jartera”.

Harto de ver a su hermana regodearse en el pozo de la arrogancia y la soberbia, de ese lugar húmedo y oscuro del que la infanta Cristina parece incapaz de salir desde que el caso Noos salió a la palestra en 2011.

Cansado de esperar ese gesto que nunca llegó, a pesar de que se lo han pedido por activa y por pasiva, la primera vez, en diciembre de 2011 a través de Fernando Almansa, ex jefe de la Casa, según lo desvelado por los periodistas Eduardo Inda y Esteban Urreiztieta.

Felipe VI “ha forzado un poco la interpretación legislativa para tomar una medida política necesaria”

Felipe VI “ha forzado un poco la interpretación legislativa para tomar una medida política necesaria”, según fuentes conocedores del casuismo existente en torno al régimen de atribución de derechos. En España, al igual que en el Reino Unido, se ha optado por la existencia de una clara regla en torno a la Corona: “poquitas leyes e interpretaciones adecuadas”.

Por ello, la revocación del título de duquesa de Palma a la infanta Cristina se ajusta al régimen general de los títulos a pesar de que éste figura como vitalicio en el real decreto de concesión de 1997, cuando contrajo matrimonio con Iñaki Urdangarin. Sobre todo en lo que a títulos concesionarios se refiere, el rey tiene la potestad de darlos y de quitarlos. No es así en el caso de los sucesorios, como el de un conocido duque sevillano que hace años se vio involucrado en un caso de pederastia. Nunca se planteó la posibilidad de revocarle el título.

No obstante, y para aquéllos que se pregunten sobre la legalidad de la revocación, ahí está la famosa carta de la infanta Cristina en la que ella misma renuncia al ducado. Una falta de elegancia más que ha servido para rubricar la decisión tomada por el rey.

El siguiente escalón, el de los derechos sucesorios, es más difícil de sortear. La Constitución española sólo reconoce la posibilidad de retirada en caso de matrimonio en contra de la voluntad del rey y de las Cortes. La Zarzuela ha estudiado a fondo el asunto: se trata de un acto personalísimo que sólo puede tomar, en este caso, la propia infanta Cristina.

Como a ella le gusta repetir, Cristina de Borbón y Grecia será infanta hasta que muera porque es hija de rey

Finalmente está su condición de infanta. Como a ella le gusta repetir hasta la saciedad, Cristina de Borbón y Grecia será infanta hasta que muera porque es hija de rey. Si se fuerza la legislación, Felipe VI podría empeñarse en quitarle el tratamiento de alteza real atribuido a los que tienen la condición de infante. Don Carlos, primo de Juan Carlos I, fue creado infante por el rey emérito aunque no es hijo de rey.

Hasta aquí, la arquitectura legal que construyó Sabino Fernández Campo para la organización de la Casa del Rey y para honores y tratamiento. En tiempos más recientes ha sido José Manuel Romero, conde de Fontao, el encargado de ir interpretando la ausencia de normas, como en su día la decisión de que la infanta Elena pudiera contraer matrimonio con Jaime de Marichalar sin el permiso expreso de las Cortes españolas.

Cristina de Borbón puede atrincherarse en el bastión de los derechos sucesorios y en su condición étnica de infanta. También puede seguir sonriendo, como lo hizo en su última aparición pública en el funeral de Kardam de Bulgaria. Puede intentar parar el tiempo en Suiza y refugiarse en una condición real sobre el papel que los españoles no le reconocen.

La vida, en España, sigue. Lo que queda, lo importante de la medida de higiene política que ha tomado Felipe VI en la persona de su hermana Cristina, es que marca el inicio de un juego nuevo y de una monarquía que aspira, ahora sí, a ser renovada.


Ana Romero es autora del bestseller Final de Partida, el libro que narra las circunstancias que provocaron la abdicación de Juan Carlos I (Esfera de los Libros, 2015)

El espantoso clamor

espantoso-clamor-final-extUn testigo presencial describe así los hechos: “En lo alto de la tribuna apareció el Rey. Entonces, doloroso es referirlo, pero nos hemos propuesto decir la verdad, se oyó un clamor espantoso, compuesto de gritos, silbidos y rugidos atronadores… Miles de individuos apiñados aullaban como fieras. Además oímos proferir mil injurias groseras que la pluma se niega a transcribir. Los guardias veían aquellas escenas vergonzosas con los brazos cruzados”.

Un testigo presencial describe así los hechos: “En lo alto de la tribuna apareció el Rey. Entonces, doloroso es referirlo, pero nos hemos propuesto decir la verdad, se oyó un clamor espantoso, compuesto de gritos, silbidos y rugidos atronadores… Miles de individuos apiñados aullaban como fieras. Además oímos proferir mil injurias groseras que la pluma se niega a transcribir. Los guardias veían aquellas escenas vergonzosas con los brazos cruzados”.

Aunque cada palabra cuadre con lo ocurrido en el Camp Nou, lo que acabo de reproducir es el relato del multitudinario abucheo a Alfonso XII a su llegada a la Estación del Norte de París el 29 de septiembre de 1883. El enviado especial de La Época Alfredo Escobar lo publicó en forma de instant book pocos días después del acontecimiento.

Se trata del único antecedente histórico que he podido encontrar de una muestra de desaprobación tan estridente y multitudinaria en presencia de un Rey de España. Con tres notables diferencias respecto a lo ocurrido en Valencia en 2009 y ahora en Barcelona: sucedió en el extranjero, no fue televisado en directo y la culpa no fue del Gobierno sino del Rey que se lo había buscado.

Alfonso XII había cometido la imprudencia de visitar Alemania antes que la capital francesa. Había asistido nada menos que a unas maniobras del ejército imperial, había aceptado el nombramiento de coronel de un regimiento de hulanos y había levantado su copa ante el emperador Guillermo I, prometiéndole el apoyo de España en caso de una nueva guerra. Con la herida abierta por la derrota de Sedán aún sangrando a borbotones, la agresividad de la acogida en París estaba tan cantada como la megapitada de la final de Copa.

De ahí que el ministro de Estado, Marqués de la Vega de Armijo, de acuerdo con el jefe del Gobierno Sagasta y el entonces líder de la oposición Cánovas, tratara de persuadir sobre la marcha al Rey de que cambiara de planes, anulara la visita oficial a Francia y se embarcara en Amberes de regreso a España. En contraste con el abúlico conformismo del gobierno de Rajoy ante el desastre anunciado, los líderes políticos de la Restauración consideraban que era su deber evitar que se consumara un ultraje a los españoles en la persona del Jefe del Estado.

Fue el propio don Alfonso quien, según explica Melchor Fernández Almagro, “se opuso resueltamente a modificar el itinerario previsto porque no le parecía digno de la nación española que a su Rey le preocupase lo que pudiera ocurrirle en París y que, anunciada su visita, no dejaría de hacerlo, “aunque le costase la vida””. Como el Rey aún gobernaba sobre el Gobierno, se hizo la voluntad de Su Majestad que aguantó tan impertérrito como su tataranieto Felipe VI la monumental bronca que se le vino encima.

Sin embargo, y esta es una cuarta gran diferencia, la ofensa colectiva generó también un desagravio colectivo que a la postre fortaleció la unidad de la Nación en torno a la Corona. Alfredo Escobar cuenta que pese a que el tren real llegó de madrugada a San Sebastián, una muchedumbre de “vascongados y castellanos” le aguardaba con “un sólo grito continuado que hacía vibrar las fibras más delicadas del corazón y ensordecía el espacio, ese grito era: ¡¡España!!”.

El 3 de octubre el Rey “fue aclamadísimo por el pueblo madrileño que lo siguió hasta Palacio y que, por expreso deseo de don Alfonso, halló franco el paso al interior, en multitudinario oleaje de entusiasmo… Obreros, menestrales, mujeres, personas que jamás habían pisado las regias estancias, las invadieron dando gritos atronadores y sin detenerse a mirar los suntuosos adornos, sólo pensaban en aclamar al Rey y a la patria”. Según Escobar 100.000 personas -un cuarto de la población de entonces- se echaron ese día a la calle en Madrid. “Agraviado el Rey, los españoles se sintieron agraviados también”, sentencia Fernández Almagro.

Ilustración: Javier Muñoz
Ilustración: Javier Muñoz

Estoy seguro de que en el caso de Felipe VI se habría producido una reacción análoga si su valentía se hubiera manifestado de forma opuesta a la de Alfonso XII. Es decir, si después de haber acudido como un mandado al matadero del escarnio, hubiera tenido el gesto de dignidad herida de abandonar el recinto tan pronto como terminó de sonar el himno, dejando a Mas colgado de su pérfida mueca. Seguro que a Rajoy le hubiera contrariado ese arranque pero el Rey habría adquirido la misma popularidad sobrevenida que acompañó a su padre desde el 23-F. Y naturalmente que no estoy comparando una pitada concertada a los símbolos de la Nación con un golpe de Estado pues pertenecen a categorías muy diferentes de lo execrable, pero sí incidiendo en que no hay mejor atajo hacia el prestigio que el repudio explícito de lo intolerable.

Si alguien sabe de algún otro lugar en el mundo en el que ocurran cosas así, en el que la persona y el himno que representan al conjunto de la ciudadanía sean objeto de befa y vituperio de forma coordinada, subvencionada, impune y retransmitida en horario de máxima audiencia, que lo diga. A Rajoy, Soraya, Fernández Díaz y demás estólidos en su estrago debería caérseles la cara de vergüenza. Sabían a qué tipo de escabechina moral enviaban a Felipe VI y por eso delegaron la representación del Gobierno en el difunto Wert.

Ellos son los responsables directos de que el Rey compareciera para servir de pim-pam-pum a las invectivas de la chusma cual monigote de feria. Ellos son los responsables directos de que una autoridad del Estado que el pasado noviembre utilizó medios del Estado para intentar destruir al Estado, desobedeciendo las resoluciones judiciales del Estado, pudiera exhibir su sonrisa rufianesca junto a Felipe VI para añadir así la albarda de la burla a la albarda del ultraje.

Cuan hiriente e insufrible, cuan ofensivo y vergonzoso sería el hecho para el ciudadano medio, sin especiales ardores patrióticos pero con un elemental sentido de la urbanidad exigible en la morada común, que incluso ese estaférmico Gobierno se sintió obligado a anunciar ipso facto la convocatoria de la Comisión Antiviolencia. Frente a la ingenuidad de los arponeros que pensábamos que al fin esta vez el decoro institucional se cobraría algún que otro cetáceo estelado, lo que se impuso fue el business as usual y la decrépita montaña volvió a parir el ridículo ratón de una mera pesquisa informativa.

Ha transcurrido toda una semana y el ya casi extinto debate sólo ha generado un prolífico catálogo de impotencias: no es posible interrumpir el acontecimiento, desalojar el estadio y jugar el partido a puerta cerrada, como prevé la legislación francesa, porque eso generaría un problema de orden público; no es posible sancionar a los clubes cuyas aficiones protagonizaron la afrenta, y menos aún clausurar durante equis jornadas el Camp Nou, porque eso estimularía el victimismo nacionalista en vísperas de unas elecciones con pretensiones decisorias; no es posible proceder contra las personas físicas, perfectamente reconocibles en los vídeos de la jornada, porque hay jurisprudencia de la Audiencia Nacional que alberga manifestaciones análogas bajo el paraguas de la libertad de expresión; no es posible reformar el Código Penal para que no quepa el equívoco y las agresiones a los símbolos nacionales en el espacio público sean equiparadas a las manifestaciones de odio, racismo y xenofobia porque no se debe legislar en caliente y estamos además próximos a la disolución de las Cortes. Frustrante letanía colgada de la tópica premisa de que no hay que fijarse en los efectos sin rastrear las causas al menos hasta los tiempos de Recesvinto.

Así las cosas, hay algo que sí es posible: incluir el abucheo en el protocolo del acto que la Federación Española de Futbol distribuye a los medios de comunicación. Rezaría de esta guisa: 21,25.- Entra en el Estadio Su Majestad el Rey, acogido con los primeros pitos e insultos. 21,27.- Suena el Himno Nacional mientras los gritos e invectivas se generalizan hasta hacerlo inaudible. 21,29.- Sonrisa rufianesca del presidente de la Comunidad Autónoma dirigida a Su Majestad el Rey, con posado ante las cámaras. 21,30.- Sorteo de campo entre los capitanes e inicio del encuentro, acompañado de los últimos insultos al Jefe del Estado.

Todos sabríamos a qué atenernos. Serían los cinco minutos rituales del odio, mucho más entretenidos que el mensaje de Navidad. Las familias se congregarían ante el televisor a ver y oír la bronca contra el Rey y su “puta España” y los comentaristas de la cadena pública ponderarían los decibelios de la pitada, el calibre de las injurias y la impasibilidad del monarca en relación a años anteriores. Naturalmente “el monarca” sería ya un sosias maquillado y el propio Felipe VI podría seguir la retransmisión por la pequeña pantalla junto a su jefe de Gobierno. Pitando se entiende la gente.

Me alegra que esta semana aciaga haya desembocado en el final feliz de un viaje inverso al de Alfonso XII y que su tataranieto haya podido encontrar en las ovaciones de la Asamblea Nacional Francesa el bálsamo para las ofensas sufridas en la soledad del Camp Nou. No es sin embargo un síntoma demasiado alentador de la salud de nuestra democracia que al Rey de España le abucheen en Barcelona y le aplaudan en París. Para eso mejor quedarnos en lo de 1883.

Con un liderazgo autonómico grotesco y una faz esclerótica y roída por la corrupción a nivel nacional, ¿qué atractivo ofrece el actual PP a esos dos tercios de catalanes que quieren continuar unidos a España o al menos dudan ante el salto en el vacío del independentismo?

O en lo de Recesvinto que, según el atrabiliario organizador de la pitada Santiago Espot, seguro que en realidad se llamaba Resesvint y, por supuesto, era catalán. Pero no sigamos engañándonos con estas disquisiciones. Poco importa que a finales del XIX ya volviera a estar en ebullición la “cuestión de Cataluña” o que sus raíces se remonten o no hasta los Reyes Godos. ¿Acaso los Pirineos marcan una división tan drástica entre dos especies del género humano como para que de un lado se rinda culto a la Nación y del otro se la ultraje por sistema?

No, la diferencia la marcan las leyes y las personas encargadas de aplicarlas. Si la Constitución del 78 dejó el modelo territorial abierto al voraz irredentismo nacionalista y la ambigüedad de Zapatero dio alas a los más radicales, es con el gobierno de mayoría absoluta de Rajoy cuando más se está notando el abandono de Cataluña por parte del Estado. La estrategia política brilla por su ausencia, la acción cultural es un páramo yerto, los proyectos económicos ni están ni se les espera. Con un liderazgo autonómico grotesco y una faz esclerótica y roída por la corrupción a nivel nacional, ¿qué atractivo ofrece el actual PP a esos dos tercios de catalanes que quieren continuar unidos a España o al menos dudan ante el salto en el vacío del independentismo?

Mucho más espantoso que el desabrido clamor de una noche de pasiones y rebuznos es en el fondo el educado coro de murmullos de las clases medias catalanas sobre la pasividad, el abandonismo y la torpeza del Gobierno. De ahí que venga tan a cuento este chiste del gran Bagaría publicado hace cien años en nuestra admirada revistaEspaña. Eduardo Dato, el Rajoy de entonces, líder de un partido conservador atestado de caciques, increpa al siempre pactista Cambó: “Ustedes quieren separarse de España…” Y Cambó -¿dónde está hoy su trasunto?- replica flemático: “Lo que queremos es separarnos de ustedes, que no es lo mismo”.

Ilustración: Bagaría. (Publicada en la revista 'España')
Ilustración: Bagaría. (Publicada en la revista ‘España’)