Chikunguña: una historia de mosquitos

5

Más de un millón de personas se han contagiado en los últimos meses con el virus chikunguña, que causa una enfermedad muy dolorosa aunque raramente letal, y para la que no existe vacuna ni cura. Para frenar al virus se intenta atacar su principal vector de transmisión: ciertos tipos de mosquito.

“Si aún no ha oído hablar del chikunguña, no se preocupe, lo hará”. 
Maryn McKenna en National Geographic

Hace ahora casi un año, el doctor Fernando de la Calle, de la Unidad de Medicina Tropical del Hospital Universitario La Paz, trataba junto a sus compañeros de sacar el ébola del cuerpo de Teresa Romero, subidos todos en un escenario hasta entonces inimaginable. Alrededor de ellos, docenas de micrófonos y cámaras; más allá, controles térmicos en los aeropuertos, alarmas en hospitales de toda España y bastante inquietud, tanto en la población como en el gobierno, pese a que la posibilidad de una epidemia de ébola era -y sigue siendo- muy baja.

La principal lección que nos dejó aquella pequeña, pero trágica, infiltración del virus en nuestras vidas es que ahora las enfermedades infecciosas ya no están confinadas en lejanos reservorios selváticos. Como cuenta ahora el doctor De la Calle, “es el problema de la globalización, que la enfermedad también viaja”.

Aunque las brasas del ébola en África Occidental siguen incandescentes, actualmente hay otros brotes que preocupan especialmente a los epidemiólogos. Uno, el síndrome respiratorio por coronavirus de Oriente Medio o MERS, detectado hace tres años en Arabia Saudí, es hoy, con una mortalidad del 36%, una amenaza en Corea del Sur.

El otro, el virus chikunguña, se identificó hace más de 50 años en Tanzania -de hecho el nombre del virus procede del dialecto makonde, hablado al sur del país, y significa, literalmente, “retorcerse” de dolor- y salvo algunos saltos a Asia, permaneció más o menos estable geográficamente hasta hace una década. Ahora, una epidemia que comenzó en el Caribe a finales de 2013, sigue su curso hacia el sur, donde ha llegado a Colombia, Venezuela, Perú y Ecuador, y hacia el norte con casos autóctonos en México y Estados Unidos.

En total, más de un millón de personas se han contagiado en los últimos meses de esta “enfermedad del dolor”, raramente letal pero siempre incapacitante y para la que no existe vacuna ni cura. Es además, una muy probable candidata a dar el salto a los países mediterráneos.

Chikunguña en España

De hecho, mientras los focos apuntaban al Instituto Carlos III y a los tres pacientes con ébola que hubo en España el año pasado, 266 personas trajeron el chikunguña a lo largo de 2014 según el Centro Nacional de Epidemiología, una cifra bastante notable comparada con los 475 casos notificados en toda Europa entre 2008 y 2012 (PDF).

La primera víctima fue en marzo, una mujer de la República Dominicana, a donde el virus había llegado en febrero. Un 96% de los 266 procedía de América Latina, principalmente de la citada isla caribeña. Y lo más importante, casi 4 de cada 10 casos se produjeron en Cataluña, Comunidad Valenciana, Murcia y Baleares, zonas de especial riesgo ya que aquí se encuentra el vector de la enfermedad y principal protagonista de esta historia: el Aedes albopictus, también conocido como mosquito tigre.

“No hay que ser alarmista, pero no es descabellado que el chikunguña se instale en Europa, ya que uno de los vectores que transmiten la enfermedad está en toda la cuenca mediterránea”, confirma De la Calle. Además, este mosquito se está extendiendo territorialmente, por todo el levante español pero también hacia el interior, Ebro adentro hasta Aragón. “Además, el virus tiene unas pequeñas mutaciones que lo han hecho más fácil de acceder a ese vector”, dice este epidemiólogo, que estima que “este año estamos otra vez viendo más, bastantes más”.

De un mosquito a otro

El factor fundamental por el que el chikunguña, una enfermedad con un circuito de transmisión parecido al dengue, no ha llamado a nuestra puerta hasta ahora es precisamente el medio de transporte. Durante las últimas décadas, el virus viajaba exclusivamente en el Aedes aegypti, también conocido como el mosquito de la fiebre amarilla. Este vector limitaba la presencia del chikunguña a África y Asia, pero alrededor de 2005 algo cambió.

Una cepa del virus comenzó a detectarse en el Océano Indico, y esta vez la amenaza iba a lomos de un mosquito tigre. La explicación científica más consolidada habla de una mutación, llamada E1 A226V, en una proteína del virus. Esta mutación le permitía adaptarse al mosquito tigre y replicarse más rápido. Este arma permitió al chikunguña extenderse y perpetuarse en climas menos tropicales, donde el ciclo de vida del mosquito es menor.

En 2007, un turista llegado de India provocó un brote de 205 casos autóctonos en Rimini, al norte de Italia y entonces los expertos se preguntaron “¿qué está ocurriendo?”. Luego volvió a ocurrir en Croacia, y más tarde, en Francia, dos veces, en 2010 y 2014.

[su_slider source=”media: 6220,6219,6218,6217″ title=”no” arrows=”no” mousewheel=”no” autoplay=”0″ responsive=”yes”]

Precisamente, un grupo de investigadores franceses dirigidos por Remi Charrel, de la Universidad de Aix-Marsella, publicaron el año pasado un estudio titulado: Globalización del chikunguña: Diez años para invadir el mundo.

Tradicionalmente, la enfermedad ha sido vista como de un riesgo moderado. Tras un periodo de incubación de entre 3 y 7 días, comienza con fiebres muy altas, una súbita erupción cutánea y de repente, un dolor por todo el cuerpo que dura unos 10 días pero puede llegar a cronificarse. “El problema que tiene el chikunguña”, dice el médico del Instituto Carlos III, “es que en un porcentaje no despreciable da muchos problemas articulares a medio plazo, gente joven que se infecta y se pegan dos meses con rodillas o manos muy inflamadas, no pueden trabajar. No es un virus que lo pasas y ya, hay que vigilar esas artralgias”.

Mutación

Lo que descubrieron Charrel y su equipo es que, en el brote caribeño de 2013, comenzaron a verse en la isla de Reunión consecuencias clínicas sin precedentes: fallos respiratorios y hepáticos, meningoencefalitis, descompensación cardiovascular e incluso hepatitis aguda. El chikunguña está mutando hacia formas que lo hacen llegar más lejos y hacer más daño.

“Es como la pólvora, allá donde cae se extiende”, dice De la Calle. En algunas zonas de África, hasta el 80% de la población ha desarrollado anticuerpos, es decir, ha estado expuesto al virus. “No hay que alarmarse, pero es un problema de salud pública que en España hay que tener mucho en cuenta porque, más allá de la inmigración, que ahora es menor, muchísimos españoles van a Latinoamérica de turismo”.

6
Afectados en Rep. Dominicana. Foto: WHO

Y además, abre una puerta igualmente inquietante. Si una enfermedad que se transmite como el dengue, y para la que, como el dengue, no existe vacuna ni cura, puede acabar llegando a Europa, ¿por qué no otras como el virus Zika o el propio dengue?

Europa necesita un plan, pero afortunadamente, alguien tiene una buena idea.

Mosquito contra mosquito

Ese alguien es escocés, se llama Luke Alphey y trabaja en el Departamento de Zoología de la Universidad de Oxford. Le encontramos en París, en un lujoso hotel del Boulevard Haussmann, donde ha sido nominado a un premio a Inventor Europeo del Año por crear mosquitos genéticamente modificados para, literalmente, acabar con su especie y frenar la transmisión de enfermedades como el dengue o el chikunguña.

Los mosquitos que transmiten enfermedades son siempre hembra, que buscan la sangre para alimentar a sus crías. Los mosquitos transgénicos de Alphey son machos, y tienen la particularidad de que, al aparearse con esas hembras, generan una descendencia que muere antes de alcanzar la edad adulta. Así, liberados en plena naturaleza, son capaces de arrasar una colonia mientras intentan justo lo contrario. Su Técnica del Insecto Estéril, que vio la luz hace 15 años en un artículo de Science, se encuentra ya en vías de comercialización tras exitosos ensayos en las Islas Caimán, Malasia, Panamá y Brasil.

alphey
Luke Alphey. Foto: EPO

Aunque el concepto mosquito transgénico pueda levantar ciertas suspicacias, para Alphey no hay debate en este punto. “La comida tiene un sitio especial, queremos comida limpia, segura y natural. Pero si pensamos en medicina es al revés, quieres que un hospital reluzca y esté lleno de alta tecnología, lo opuesto a natural”, dice el zoólogo. “Y cuando piensas en ingeniería genética, bueno, millones de personas se inyectan insulina genéticamente modificada cada día. E incluso las vacunas que se ensayan para el dengue consisten en virus genéticamente modificados, y es algo aceptable”.

Pregunta: Señor Alphey, en el arte del apareamiento, ¿se comporta igual un mosquito genéticamente estéril que uno normal? ¿No hay “algo” que le falta y que puede hacerle mostrar menos interés en la hembra que un macho salvaje?

Respuesta: Nos gustaría que fueran lo mismo, pero realísticamente, no van a ser tan buenos. Un mosquito irradiado, al soltarlo en las pruebas de campo, cambia. No son tan buenos, pero son bastante buenos. Y son baratos de producir. Hay espacio de mejora, pero funciona. En los ensayos logramos reducir las poblaciones de mosquito en un 90%.

P: Usted se ha centrado en el dengue, pero en teoría debería servir para todas las enfermedades que el mosquito puede transportar.

R: Así es. Controlar ese mosquito, el Aedes aegypti, permite controlar la fiebre amarilla, el dengue, y la otra enfermedad que transporta, el chikunguña.

P: Pero el chikunguña saltó además al mosquito tigre hace diez años. ¿Su técnica sería válida también en ese otro vector?

R: Sí. En efecto, en Europa continental no tenemos Aedes aegypti por el clima, pero sí Aedes albopictus, mucho más tolerante al frío. Normalmente no es tan buen vector para enfermedades, salvo para esta versión del chikunguña, en la que el mosquito tigre es tan bueno, o incluso mejor, que el mosquito de la fiebre amarilla. Pero de hecho, no sólo podemos poner nuestra tecnología en el albopictus, sino que lo hemos hecho.

Conste que Alphey no ganó finalmente el premio. Pero quizá pueda contentarse con haber hallado la solución para, al menos, un par de enfermedades cuyo número de epidemias mundiales no deja de aumentar, cuyas mutaciones las hacen cada vez más virulentas y que, para más inri, pronto podríamos sufrir en nuestras propias y caucásicas carnes.

No es un mal premio de consolación.

Los enterradores del ébola

Mohamed Kaabbia y su mujer, Fatmata Konteh, junto a su hija Kadijata Kaabbia de 4 años permanecen en cuarentena con 12 familias más.

Sólo 14 equipos de enterradores están autorizados a tocar un cadáver en Sierra Leona. Ésta es la historia de uno de esos equipos, cuyos miembros cobran muy bien pero viven con el estigma de la enfermedad.

Reportaje gráfico: Alfons Rodríguez

Sólo 14 equipos de enterradores están autorizados a tocar un cadáver en Sierra Leona. Ésta es la historia de uno de esos equipos, cuyos miembros cobran muy bien pero viven con el estigma de la enfermedad.

“Nos vamos”. Samuel Caulker y el resto del equipo acaban de recibir la primera llamada del día. “A veces nos llaman enseguida, nada más llegar. Otras veces tardan algunas horas”, explica mientras se sube a un todoterreno blanco. Detrás va otro. Son el equipo de enterradores número 10 de Freetown, la capital de Sierra Leona. Su jornada acaba de empezar.

“Es un bebé de nueve meses que murió ayer”, explica Samuel botando sobre su asiento, ajeno a los baches del camino embarrado.

Sólo los equipos de enterradores están autorizados a tocar cadáveres en Sierra Leona. Así lo dicta la ley desde el verano pasado: tocar es la principal causa de contagio del ébola y tocar un muerto aumenta el riesgo en un 40%. “Recogemos dos o tres cadáveres cada día: vamos a la casa, la desinfectamos, recogemos el cuerpo y lo llevamos a enterrar. No sabemos si tiene ébola. Eso lo dirá una prueba de laboratorio con la muestra que les vamos a enviar. Pero por si acaso hay que hacer todo esto”.

Samuel Caulker tiene 35 años. Está casado y tiene dos hijas. Se hizo enterrador en mayo de 2014. “Antes trabajaba como vigilante en una empresa de seguridad pero me ofrecí voluntario para este puesto”, me dice. “Es un trabajo peligroso y muy sacrificado, pero lo hago por mi país. Al principio me daba miedo. Ahora ya no. Creo que estoy preparado para morir”.

Samuel cobra 100 euros a la semana, un buen sueldo si lo comparamos con los ocho euros a la semana que percibe el 70% de la población del país. “Puedo dar una buena vida a mi familia”, explica mientras el todoterreno entra en Grafton, un campo de desplazados de la guerra civil reconvertido en aldea. “Éste es uno de los lugares más pobres del país”. Casitas de adobe se levantan sobre el barro y sus tejados son grandes trozos de plásticos sobre los que repican goteras; los niños, descalzos sobre los charcos, se arremolinan ante los dos vehículos.

Samuel y otros dos enterradores comienzan a ponerse el EPI o Equipo de Protección Individual: el buzo blanco que los aísla de cualquier posible infección. Traje, botas, guantes, gorro, mascarilla y máscara. Una vez puesto el traje, la figura de los enterradores se dibuja impoluta en medio de un paisaje embarrado, rojizo y rural.

Samuel y el resto del equipo avanzan lentos como seres extraños, como piezas que no corresponden al lugar. Los vecinos los miran prudentes y tristes: la presencia de los hombres de blanco es sinónimo de un muerto. La humedad es sofocante. Aún más sofocante debajo del plástico del EPI.

Los enterradores avanzan entre las casitas imantando miradas. “Primero Sallu, nuestro supervisor, dirá unas palabras a la familia”, dice Samuel con una voz que suena metálica detrás de la máscara. Sallu Deen lleva gorra y gafas y se dirige a los jóvenes padres dentro de su chabola. Les da las condolencias y les explica que están allí para cumplir con una obligación legal: desinfectar la habitación del bebé y llevarse su cadáver para un entierro seguro.

La familia escucha en silencio. En la otra estancia de la casa y sobre unas telas reposa el cuerpo del niño, que se llama Hassan. Algunos vecinos se acercan a la escena.

Samuel entra en la habitación y la desinfecta con un aspersor que lleva colgado a la espalda a modo de mochila. Su compañero sujeta la cabeza del bebé, que se descuelga inerte cuando lo intentan meter en una bolsa de plástico blanco. Levantan el cadáver y lo sacan de la casa. Sólo entonces se escucha el grito quebrado de la madre.

Cuando Samuel se quita el traje, está empapado en sudor. Lo hace con un cuidado exquisito. Cada miembro del equipo se quita cuatro pares de guantes en riguroso orden mientras un compañero lo desinfecta todo. El traje lo meten en una bolsa que quemarán después.

“Cuando es un bebé, todo es más difícil. Pero es algo que ocurre casi a diario. Aquí es muy normal que se mueran niños”, dice Samuel. “Mira a tu alrededor, ¿cómo van a vivir así?”.

Mohamed Kaabbia y su mujer, Fatmata Konteh, junto a su hija Kadijata Kaabbia de 4 años permanecen en cuarentena con 12 familias más.
Mohamed Kaabbia, su mujer y su hija permanecen en cuarentena con 12 familias más.

Reportaje gráfico: Alfons Rodríguez

Sólo cuatro ambulancias

El ébola llegó a Sierra Leona desde la vecina Guinea. Ambos países están conectados a través de una carretera por la que fluyen vecinos y comerciantes. Así desembarcó el primer caso, registrado el 24 de mayo de 2014.

“Es probable que hubiera casos anteriores, pero no se llegaron a diagnosticar”, explica Stephen J. Gaojia, coordinador del Centro Nacional de Respuesta contra el Ébola (NERC). Cuando Médicos Sin Fronteras (MSF) confirmó que el ébola estaba en casa, el Gobierno pidió ayuda. No tenían nada para iniciar la lucha.

“En el país había cuatro ambulancias”, dice Gaojia. “El 40% de los sanatorios no tenían agua. Contábamos con 134 médicos. Es decir, 22 médicos por cada millón de habitantes”.

Sierra Leona es el décimo país más pobre del mundo según la ONU y no tiene infraestructuras públicas de ningún tipo. Entre 1991 y 2002 sufrió una sangrienta guerra civil entre rebeldes de la etnia temné y milicias progubernamentales de la etnia mendé. El conflicto, de enorme violencia, se caracterizó por el uso de niños soldados y por el constante tráfico de los llamados diamantes de sangre con los que se financiaban las milicias.

La guerra terminó de hundir un país ya endeble, hijo de un protectorado británico y cuya población desciende de esclavos liberados por Reino Unido. De ahí el nombre de la capital: Freetown.

En síntesis, Sierra Leona era (y es) lo que suele llamarse un estado fallido. Hasta ahora quien caía enfermo acudía al curandero local. El ébola, un virus que se contagia a través de los fluidos (incluido el sudor) no tuvo problemas para extenderse en un país tropical y sin medios. Bastaba un abrazo, un partido de fútbol, un apretón de manos.

En julio del año pasado habían muerto 224 personas.

El Gobierno lanzó entonces una campaña de prevención mediante carteles y avisos por megafonía que incluía cuatro medidas:

  • Tratar de concienciar a todo el mundo para lavarse las manos. Cientos de cubos con agua y cloro pueblan el país. 
  • Desaconsejar el contacto físico entre la gente. Así reza el primer cartel que el visitante se encuentra en el aeropuerto de Freetown a su llegada. Nadie se toca en Sierra Leona. Ya no se estrechan la mano cuando se saludan. En las misas la paz cristiana se da levantando las palmas.
  • Prohibir los rituales de los entierros. Antes del ébola las familias (mayoritariamente musulmanas) lavaban, vestían y velaban el cuerpo del difunto. Luego lo enterraban en la propia comunidad. ¿Quién tiene dinero para pagar un sepelio y para desplazarse hasta un cementerio? Ahora sólo los equipos de enterradores pueden tocar los cadáveres. Un extremo que mutila el duelo de los allegados.
  • Obligar a la familia a permanecer en cuarentena. Los familiares de los enfermos están 21 días sin salir de casa o de un centro especial.

Nadie hizo caso de las medidas. En Sierra Leona nadie hace caso al gobierno.

La gente se siguió tocando y siguió lavando los cadáveres. Se escapaban de casa para comer o trabajar si les recluían en cuarentena. “No se creían el ébola”, explica Gaojia. “Lo decía el Gobierno y por tanto tenía que ser una trampa”.

Las autoridades se vieron obligadas a cambiar de estrategia. Acudieron a los bra, los líderes de barrios, aldeas y comunidades y verdaderos jefes del país. Los vecinos responden ante ellos y a ellos acuden con cualquier problema. “Aun así los bra no nos creían. Hasta que les tocó en su comunidad no reaccionaron. Esto dio mucho margen al ébola”.

En octubre habían muerto 678 personas.

El Gobierno impuso un toque de queda y el país se llenó de check points vigilados por soldados con fusiles y termómetros. Los colegios cerraron. Miles de niños se quedaron en la calle sin nada que hacer. Sólo cuando cada vecindario fue tocado por el ébola, los bra alertaron de lo que ocurría.

Hoy los muros de Sierra Leona contienen decenas de pintadas: “El bra dice: el ébola es real. Lávate las manos. No toques a la gente”. Hoy la gente obedece y la inmensa mayoría sigue el protocolo. Si un familiar cae enfermo, llama al número gratuito 117 y una ambulancia recoge al enfermo.

La epidemia parece controlada. Según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se han registrado 22 casos durante el mes de mayo.

Samuel Caulker (35 años) desinfecta la casa de una persona fallecida.
Samuel Caulker (35 años) desinfecta la casa de una persona fallecida.

En cuarentena

“Me quedé sin amigos, eso es lo malo”, cuenta Samuel de nuevo dentro del todoterreno. “Trabajar en algo relacionado con el ébola te marca. Yo llevo un estigma”.

Cuando se hizo enterrador, los amigos de Samuel le dejaron de hablar. No quieren acercarse a él. “No me dejan entrar en las tiendas de mi barrio, tengo que ir a otros mercados. Tampoco puedo subir en el autobús. No me dejan”. Algo similar les sucede a médicos, enfermeros, técnicos, supervivientes y familiares de enfermos.

En Moa Wharf, una insalubre barriada al este de Freetown, viven 8.000 personas. Es el epicentro del ébola en la capital. Aquí es donde aparecen más casos. Las condiciones invitan: un paseo permite ver infraviviendas enredadas en laberintos de barro y descolgándose hacia el mar y aguas residuales donde los niños comparten juegos con cerdos y cabras. El calor se mezcla con el humo de las parrillas de pescado junto a una chabola rodeada por una cinta de plástico roja y blanca.

A la entrada de la vivienda, un policía duerme profundamente. “Están en cuarentena”, explica el bra o líder de la comunidad.

La familia recluida se acerca a la cinta desde dentro de la casa. Apenas les separa un metro de sus vecinos pero tienen prohibido tocarse. No debe saltar el sudor que empapa los rostros de todos.

“Mi nombre es Abu Kamara”, cuenta el padre de familia, que añade que son 15 personas las que están recluidas dentro de la chabola y que llevan 17 días allí dentro.

El policía que dormía a la entrada de la casa se despierta y empieza a escuchar mientras se coloca los pantalones. Lleva una pequeña vara de madera en la mano. “Mi hermano enfermó y se lo llevaron. No sabemos si está vivo pero nosotros no podremos salir de aquí hasta el día 21”, cuenta Abu. “Los vecinos no se acercan, no quieren estar cerca y cuando termine esto no creo que quieran volver a hablarnos”.

Algo similar le ocurre a Alimatu Mamsaray (27 años) en Portee, otro barrio marginal de la capital. “Me contagió mi madre, que murió. Pero llamé a tiempo al 117 y me salvaron”, dice la chica, que vive ahora la segunda parte. “Mi familia y yo no podemos cruzar esa zanja”.

Alimatu señala con el dedo una frontera cavada sin demasiada claridad por los vecinos y que insinúa una división. “Los vecinos no quieren que vayamos a ese lado y en la fuente sólo podemos coger agua si no hay nadie más. Lo mismo para cocinar: el lado derecho de la parrilla es el nuestro. Nadie más lo usa”. Cientos de familias en Sierra Leona sufren el mismo problema. También pequeñas aldeas o pueblos diezmados por la enfermedad. A quienes hemos charlado con Aimatu nos observan con extrañeza, con desconfianza.

Alimatu Mansaray (27 años)  se contagió en diciembre de su abuela, que era curandera. Sobrevivió y se hizo cargo del hijo de su mejor amiga.
Alimatu Mansaray (27 años) se contagió en diciembre de su abuela. Sobrevivió y se hizo cargo del hijo de su mejor amiga.

El entierro del bebé

Al entierro del pequeño Hassan, de nueve meses, no ha venido nadie. Sus padres no tienen dinero para desplazarse al cementerio de Matheinkay, que se encuentra a unos 20 minutos en coche de la aldea donde residen.

La ceremonia queda despojada de cualquier solemnidad: ocurre en un rincón del cementerio. Samuel y su compañero, enfundados en el traje aislante, introducen la bolsa con el cuerpo del pequeño en una tumba cavada en la tierra. Unas rápidas paladas zanjan el protocolo. Después se alejan, se quitan el buzo y se desinfectan. Eso es todo.

No sólo mueren los niños. También sus padres. Siempre hubo muchos huérfanos en Sierra Leona por culpa de la malaria o el cólera. El ébola ha recrudecido esa realidad. Desde hace meses, organizaciones como la salesiana Don Bosco o UNICEF trabajan para poder reintegrar a esos niños.

No es una tarea fácil. Así lo demuestra el caso de Abdulai Kamara, un adolescente de 17 años que es hincha del Barça y que vivía hace unos meses con su padre, su madrastra y los cuatro hijos de ella en la aldea de Morabie, no lejos de Freetown.

El padre enfermó en septiembre y falleció unos días después. Después de la cuarentena, la madrastra, de nombre Marie, rechazó a Abdulai. “No tenía sitio para quedarse”, cuenta la propia Marie en su casa, rodeada de vecinos.

-¿Pero antes de la enfermedad ella sí tenía sitio?

-No, no. Tampoco. Dormía en casa de unos amigos, pero se mudaron. Ojalá fuera distinto, pero yo no puedo hacerme cargo.

A Abdulai lo salvó Zainab, una chica de 15 años a quien conoció en el centro de cuarentena. A ella la había acogido una vecina que se llamaba Salamatu después de perder a su madre y a cuatro hermanos y ella fue quien convenció a la señora de que también se hiciera cargo de Abdulai.

Hoy Abdulai y Zainab viven juntos en la aldea vecina de Manor Corner. “Me siento como su madre”, dice su anfitriona. “Al principio tenía miedo a contagiarme. Los primeros días Zainab estuvo vomitando y tenía fiebre. Yo tenía mucho miedo pero ella me enseñaba el certificado de superviviente de ébola y me decía: tranquila, es malaria”.

“Ahora estamos bien y yo estoy feliz de que estén aquí”, dice Salamatu sobre sus huéspedes.

Abdulai Kamara (17 años) en un suburbio de Sierra Leona.
Abdulai Kamara en un suburbio de Sierra Leona.

Dinero fácil

El equipo de enterradores número 10 suele terminar la jornada a las tres o a las cuatro de la tarde. Regresan al centro de tratamiento y un autobús especial los lleva a cada uno a casa. “Yo nunca había ganado tanto dinero y esto me está ayudando mucho”, confiesa Samuel.

Algunas voces hablan de los efectos positivos que el ébola ha tenido en Sierra Leona. Así lo explica una cooperante que prefiere no decir su nombre: “En cierto modo, hay cosas que han mejorado gracias a la crisis del ébola. Ahora hay un sistema sanitario: hay médicos, hospitales y ambulancias. Hay un gran número de puestos de trabajo con salarios que nunca habían soñado. Hay más conciencia y educación. Quiero pensar que cuando el ébola ya no esté, esto seguirá y que habrá servido para algo”.

Es una incógnita, quizá un consuelo, pero no es suficiente. “Ahora somos el país del ébola. Estamos señalados”, dice Joseph Mattar, un empresario de la construcción local. “La débil economía del país se ha desmoronado por el ébola: nadie quiere invertir ni venir aquí. Tengo decenas de proyectos parados porque los ingenieros y obreros de fuera no quieren venir. Dicen que sí a todo y cuando se enteran de que es Sierra Leona, hasta luego”.

El país vive aislado. Casi todas las aerolíneas que iban a Europa han cancelado sus vuelos. El escaso turismo que comenzaba a asomar después de la guerra civil se ha evaporado. “Hasta los chinos tienen dudas y eso es muy mala señal”, añade Joseph entre risas.

La onda expansiva del ébola se empieza a ver ahora que el virus remite. Son daños sociales, políticos y económicos que se alimentan de una ilusión falsa: que el problema ya se ha superado después de casi 4.000 muertos.

“Lo difícil de verdad llegará cuando todos os vayáis”, dice Samuel Caulker. Luego se despide sin dar la mano y se sube al autobús. Mañana a las nueve volverá al trabajo.