Woody Allen: 80 años de neurosis

woodyEl cineasta será octogenario en diciembre. ¿Creen que lo conocen? El Allen que hoy estrena Irrational Man no es el de hace cinco décadas

woody¿Quién es Woody Allen hoy? Parece una pregunta fácil: si hay un artista que le ha abierto su alma al espectador ése es Allan Stewart Konigsberg -su verdadero nombre-, el judío neoyorquino obsesionado con el sexo, la enfermedad y la muerte. A sus casi 80 años sigue a lo suyo, rodando sin parar, a película por año. Este viernes estrena Irrational Man, un nuevo retrato en clave de ficción romántica de sí mismo, su mundo y sus alrededores. Aunque, como viene haciendo desde hace ya algunos años, con alter ego en pantalla, esta vez encarnado por Joaquin Phoenix.

Trazar su retrato no es tan sencillo como puede parecer: el Woody Allen de 2015 no es el de 1965, cuando debutó como guionista en el cine con ¿Qué tal, Pussycat? En esas cinco décadas de carrera ha ido evolucionando de las comedias alocadas al reposo de un cine romántico en el que el director parece, por primera vez, cree en el amor y en las segundas oportunidades. En Annie Hall (1977), Allen dividía la vida en “dos categorías: lo horrible y lo miserable”. Abe Lucas, el protagonista de Irrational Man, un profesor de filosofía en plena crisis existencial y creativa, le dice a su alumna Jill (Emma Stone) al comienzo: “No podía recordar una razón para vivir, y cuando lo hacía no era convincente”. Pero, como ocurría en Si la cosa funciona (2009), Allen le tiende un puente a la vida. ¿Por qué no? ¿Y si merece la pena vivir?

La mirada del guionista, dramaturgo y director ha pasado del nihilismo a la luz. Justo el camino que podría pensarse el opuesto a alguien a quien cada vez le queda menos recorrido vital. Aunque ya en su juventud encontraba momentos de optimismo: ahí está el célebre monólogo de Manhattan (1979), grabadora en mano, de las cosas por las que merece la pena vivir.

Autoparodia

Hace tiempo que el dibujo que Allen hace de sí mismo no es el del caótico y desastroso perdedor, carente de encantos y arrojado a la vida sin atributos, sino más bien el de un solitario, un descreído contemplativo. Una conversación estándar de Woody Allen en los años 70 podía ser más o menos algo así:

Nancy: ‘Eres un inmaduro, Fielding’. Fielding: ‘¿En qué sentido soy inmaduro?’ Nancy: ‘Bueno, emocional, sexual e intelectualmente’. Fielding: ‘Bueno, sí, ¿pero en qué otros sentidos?’ (Bananas, 1971)

En cambio, el Stanley de Magia a la luz de la luna (2014) es un tipo prepotente y encantado  de conocerse, convencido de sus encantos personales y su superioridad intelectual. Quizá Allen se ha cansado de identificarse con loosers.

Sexo

Es una de las caras de la autoparodia en Allen. En Manhattan, cuando Allen le pregunta a Mariel Hemingway cuántas veces podía hacerlo en una noche y ésta respondía “muchas”, él soltaba hecho un campeón: “Muchas es mi número favorito”. En sus películas solía presentarse a través de personajes que estaban convencidos de ser auténticos sementales. ”Debería estar en un trabajo para el que tuviera algún tipo de aptitud, como donar semen a un laboratorio de inseminación artificial”, decía en Bananas.

Sonja: ‘El sexo sin amor es una experiencia vacía’. Boris: ‘Sí, pero como experiencia vacía, es una de las mejores’. (La última noche de Boris Grushenko, 1975)

Las primeras etapa de Allen está atravesada por bromas sobre la sexualidad. ¿Le recuerdan como un espermatozoide en Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo (y nunca se atrevió a preguntar)? Era, junto con Poderosa Afrodita (1995), una suerte de Pretty Woman sin moralina, una de sus películas más directas. Pero aquí y allá, hasta en los lugares menos esperados, Allen deja caer alguna perla sobre el más recurrente de sus temas. Algunas son ya ya famosas:

‘La última vez que estuve dentro de una mujer fue cuando visité la Estatua de la Libertad’ (Delitos y faltas, 1989).

Familia

Otra de las obsesiones de Allen que se han matizado con la edad es el peso de la familia y el vínculo materno. Para un judío como él, era una losa, materializada en la aparición materna flotante que no dejaba en paz al protagonista de su mediometraje en Historias de Nueva York (1989). No es casual que titulara aquel fragmento en su original inglés Naufragios edípicos. En Bananas, el protagonista, Fielding Mellish, decía: “Tengo una buena relación con mis padres. Creo que me pegaron una vez, de hecho, en toda mi infancia. Ellos, esto… empezaron a pegarme el 23 de diciembre de 1942 y pararon a finales de la primavera del 44”.

‘No, mis padres nunca se divorciaron, pese a que se lo rogué’ (Sueños de un seductor, 1972)

En Manhattan. La ex esposa del protagonista es ahora lesbiana y cría a su hijo. Mary, su amante, le dice que eso puede funcionar.

Mary: ‘No necesitas a un macho. Dos madres sirven perfectamente’. Isaac: ‘¿De verdad? Porque siempre tengo la sensación de que muy poca gente es capaz de sobrevivir a una’

Sin embargo, en sus películas más recientes, como en Magia a la luz de la luna, la madre aparece como una figura beatífica que ayuda al protagonista a encauzar su desastrosa vida amorosa. ¿Ha hecho las paces Allen con sus progenitores?

Dios

Ser o no ser. He ahí la gran cuestión. ¿Existe un Dios o nos espera la nada? Perdón por ponernos tan espesos. Pero ha sido una preocupación constante de Allen, judío, al menos por sus raíces. Baste una cita para resumir su relación de amor/odio con lo trascendental. A lo Primo Levi, se preguntaba:

‘Si hay Dios, ¿por qué hubo nazis?’ (Hannah y sus hermanas, 1986)

En este punto, no ha cambiado demasiado con los años: ‘Nunca he creído en Dios. Ni siquiera cuando era un niño. Solía pensar que, si existiera, habría hecho un trabajo tan espantoso que es increíble que la gente no se haya unido para denunciarle’ (Todos dicen I Love You, 1997)

Neurosis y suicidio

Imposible hacer el recuento del número de veces que la palabra suicidio aparece en el discurso de Woody Allen. Para ser un tipo que está cerca de cumplir los 80, puede decirse que ha controlado bien sus inclinaciones. Y eso que en Hannah y sus hermanas (1986) se ponía un rifle en la cabeza y decía: “¿Y si me equivoco? ¿Y si Dios existe? Al fin y al cabo, nadie lo sabe realmente. Luego pensé: No, un quizá no es suficiente. Quiero tener la certeza absoluta”. No, no lo hacía, aunque se le disparaba el arma y destrozaba un espejo. El tema sigue apareciendo con frases redondas:

‘Intenté suicidarme. Obviamente, no lo conseguí’ (Si la cosa funciona, 2009)

Las neuras diversas del cineasta y las alusiones a la psiquiatría y a sus visitas al psicólogo saltaban constantemente en sus historias. “Soy un claustrofóbico de fama internacional”, decía en Misterioso asesinato en Manhattan (1993).

En su última etapa, sin embargo, también parece estar en paz con la psiquiatría. Desde Conocerás al hombre de tus sueños (2010) hasta Irrational Man el único filme que se ríe con el caos emocional de su protagonista es Blue Jasmin (2013)… y es una mujer que, tras una crisis nerviosa, comienza a rehacer su personalidad.

Asesinato y culpa

Sí, también hay un Woody Allen serio, un director sin concesiones. Tres lustros separan Delitos y faltas de Match Point, pero ambas hablan del asesinato como medio del protagonista para mantener su statu quo o para conseguirse uno a su medida.

Ben: ‘Es una vida humana’. ¿No crees que Dios está observando? Judah: ‘Dios es un lujo que no puedo permitirme’. (Delitos y faltas, 1989)

El reputado oftalmólogo Judah Rosenthal o el instructor de tenis trepa y sin escrúpulos Chris Wilton se diferencian sólo en sus dudas y en el resultado de sus acciones.

Chris: ‘Tienes que aprender a meter la culpa debajo de la alfombra y seguir adelante. De lo contrario, te abrumará’. (Match Point, 2005)

Nueva York

La Gran Manzana fue su ciudad, inmortalizada en el arranque de Manhattan (1979), con aquella primera frase -“Capítulo uno. Él adoraba Nueva York”- y muchas de sus películas lo confirman: Annie Hall, Broadway Danny Rose, Desmontando a Harry, Poderosa Afrodita

‘Nueva York es la ciudad que nunca duerme! Por eso no vivimos en Duluth. Por eso, y porque ni siquiera sé dónde está Duluth’ (Misterioso asesinato en Manhattan, 1993)

Pero Europa comenzó a ponerle mejores ojitos que los USA a Allen, en todos los sentidos. Incluidos los costes del rodaje. Así, en las últimas dos décadas, el cineasta neoyorquino ha pasado a retratar Venecia, París, Barcelona, Londres… Lejos quedan sus cartas de amor en blanco y negro al Puente de Brooklyn y sus paseos por Central Park.

Enfermedad

Dentro de algunas décadas, cuando nuestros nietos busquen en Google hipocondria, aparecerá una foto de Woody Allen acompañando a la definición.

“Las palabras más importantes en inglés no son ‘Te quiero’, sino ‘Es benigno’ (Desmontando a Harry, )

Aunque últimamente son las pequeñas miserias las que, como buen representante de la tercera edad, parecen preocuparle más.

“Cariño, hacer algo excitante en mi vida es cenar sin tener acidez después” (Scoop, 2006).

Muerte

Por fin: el mayor de los miedos. El miedo definitivo. Quizá Woody Allen es en realidad el más valiente de los hombres, pues lleva décadas hablando claro: reconociendo su miedo a la muerte. Y en eso no ha cambiado. La mejor respuesta que alguien haya podido ofrecer preguntado por qué piensa de la muerte la dio Allen en Cannes hace unos años: “Estoy en contra”.

En La última noche de Boris Grushenko (1975) mantenía una charla con la parca en persona, al estilo de El séptimo sello: “Eres un joven muy interesante. Volveremos a vernos”, le decía la muerte. “Oh, no te molestes”, respondía Boris. En eso no ha cambiado mucho, salvo en la serenidad del discurso: “Sí, le temo. Diría que es mi mayor miedo”, le respondía a Ernest Hemingway el protagonista de Midnight in Paris (2011)

Al final, Allen ha preferido tener la cabeza centrada en todo aquello que la vida ha supuesto para él. Al fin y al cabo, la muerte es inevitable. “El sexo y la muerte son dos cosas que te suceden una vez en la vida”, arrojaba en El dormilón (1973). Como decía otro de sus personajes hace ya dos décadas:

‘No puedes controlar la vida. No se desarrolla perfectamente. Sólo puedes controlar el arte. El arte y la masturbación. Dos áreas en las que soy un absoluto experto’ (Recuerdos, 1980)

Ahora que podemos hacerlo sin pagar copyright, esperemos poder cantar el 1 de diciembre el Happy Birthday a un cineasta que es un complejo cruce de caminos. Un nombre y un apellido que dan para este artículo y mucho más.

“El turismo funerario no tiene ningún sentido”

forenseAntonio Alonso, el jefe del CSI a la española, explica la importancia de descifrar el ADN del autor del Quijote.“Ningún país europeo pondría trabas a la inversión económica para continuar el estudio. Si lo abandonamos ahora sería una temeridad científica”.

En la imagen, el genetista Antonio Alonso. DANI POZO

forense
El genetista Antonio Alonso. DANI POZO

El mayor logro de la política en su empeño por titular todos los periódicos con los restos de Cervantes fue enfrentar dos mundos hermanados: el de las letras y el de las ciencias. La consecuencia del empeño de Ana Botella, ex alcaldesa de Madrid, por pasar a la historia anunciando un pequeño paso para la humanidad pero decisivo para el turismo, fue la revuelta de escritores y académicos de la lengua reclamando más atención a la obra del padre de Alonso Quijano y menos a las hipótesis de los científicos empujados por el ocaso de una legislatura rocambolesca.

Medio año después, los titulares ya no hablan de Botella, pero el equipo del antropólogo forense Francisco Etxebarría sigue trabajando -por cuenta propia- en el Convento de las Trinitarias, porque no han obtenido el permiso del Arzobispado para llevarse los restos óseos a sus laboratorios y clasificarlos. Lo siguen haciendo como empeño personal, sobre el terreno que durante meses miraron con lupa: 36 nichos, casi 300 cuerpos y -en la última esquina en el último momento- el amasijo de huesos de 17 individuos que buscaban. La conclusión fue determinante y decepcionante para las expectativas políticas: “Es posible que los restos estén ahí. Pero no podemos hablar con certeza absoluta, porque no hay ADN”, explicó en su día Etxebarría.

“Sería una temeridad abandonar”

Antonio Alonso espera en el banquillo para saltar al campo a jugar. Con más de 30 años de experiencia, se enfrenta cada día a casos sin tanto folclore, como la identificación de las víctimas del malogrado vuelo JK 5022 de Spanair hace siete años. Es uno de los tres genetistas del equipo científico sin fondos para continuar la investigación. El interés político es voluble y se resiste a concederle tiempo al rigor. “Ningún país europeo pondría trabas a la inversión económica para continuar el estudio. Si lo abandonamos ahora sería una temeridad científica”, explica a EL ESPAÑOL un día antes de ofrecer una conferencia en el Instituto Cervantes sobre la importancia del rescate del ADN del escritor.

Entre las actividades presentadas por la Comisión Nacional para la conmemoración del IV Centenario de la muerte de Cervantes no aparece -de momento- ninguna que ayude a la ciencia a terminar su trabajo. “Debemos reunir a todas las instituciones interesadas, plantear un proyecto de actuación científico y determinar qué puede aportar cada una de ellas. Habría laboratorios científicos dispuestos a invertir su tecnología para llevarlo a cabo”, cuenta.

La ciencia está preparada, ¿lo están la sociedad y sus gestores? “El desarrollo técnico nos permite hacer cosas que hace tres años no podíamos. La secuenciación masiva ha sido una revolución”. El desarrollo técnico lleva la delantera a la política y al marco jurídico. Si Cervantes es Patrimonio de la Humanidad la ciencia está interesada en resolver las incógnitas que lo rodean, a pesar de los inconvenientes que rodean a la ciencia. Ahí entra el ADN, ahí la política.

Alonso es el mandamás del CSI a la española. El jefe de biología del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses, y secretario de la Comisión Nacional para el uso forense del ADN explica que hay que descubrir las referencias que los estudios históricos tienen documentados: el enterramiento del abuelo y la abuela del escritor, cuyos huesos descansan en Córdoba y en Arganda del Rey, respectivamente.

Ésa es la prioridad ahora, la referencia. Si lograran encontrar la tumba, excavar y extraer el ADN, muchas de las incógnitas de Cervantes quedarían resueltas, sin tener en cuenta la reducción de huesos de las Trinitarias. A pesar de que los restos están muy deteriorados, como asegura el experto, “eso no significa que no se pueda extraer el genoma de Cervantes”. Si lo descifrara quedaría resuelto el enigma de su genealogía: o pertenece a una familia judía conversa o nació entre León y Galicia. ¿Entonces no era catalán, no era “Cervant”? “Esa teoría es descabellada”, remata.

“Una inversión rentable para la sociedad”

“La pura identificación es una necesidad de reparación histórica, importantísima cuando hay víctimas. En este caso no es así, pero entiendo que es una inversión rentable para la sociedad, desde el punto de vista económico y cultural. El turismo funerario no tiene ningún sentido, pero la ciencia nos puede aportar más cosas”, explica el científico, que trata de conciliar sus intereses con los de los folletos turísticos.

Descubrir su origen familiar ayudaría a entender si la población judía tenía un genoma diferente. Hay determinados haplotipos de cromosoma que tienen mucha frecuencia en la población judía. “La población española actual es una mezcla de haplotipos musulmanes, judíos e íberos”. Los genes no entienden de creencias. Tampoco de política, a pesar de que dependan de ella para aplicar sus progresos.

En caso de llevar a cabo el estudio de ADN se podría determinar también las enfermedades y causa de la muerte del escritor. Podríamos saber si fue la diabetes, como deja por escrito en uno de sus viajes al referirse a una sed insaciable. Es uno de los síntomas de la enfermedad que la genética podría determinar. También averiguaría Alonso si hubiese muerto por la pandemia de malaria que afectó a la población española. O si fue tartamudo, como deja entrever en el prólogo de sus Novelas ejemplares, cuando hace referencia a su enfrentamiento dialéctico con Lope de Vega. Quizá sólo era una licencia literaria para destacar el ingenio del dramaturgo barroco.

Incluso se podría especular con el rostro de quien no se conserva más que un retrato y quizá ni siquiera sea él. “Podemos determinar el color de ojos, el color de pelo, los antecedentes… Existe un software que reconstruye el rostro del ADN estudiado. Probablemente sea anecdótico, pero los resultados son realmente sorprendentes”, cuenta. El testigo de la historia es el ADN, aunque nunca podrá desvelar la imaginación de los inventos políticos en campaña electoral.

Grünenthal, que ingresó 466 millones en 4 años, no indemnizará a las 305 víctimas españolas de la talidomida

Las 305 víctimas españolas de la talidomida vieron ayer esfumarse la esperanza de que la Grünenthal Pharma S. A., la filial española de los laboratorios alemanes Grünenthal GmbH, les indemnice por los severos daños incurables causados por el fármaco. El Tribunal Supremo ha confirmado, por 8 votos frente a 1, la prescripción del derecho a reclamar. La farmacéutica, que ha ingresado en los últimos cuatro años 466 millones de euros por sus ventas en España, sí ha indemnizado, en cambio, a los afectados alemanes. 

En la imagen, el vicepresidente de la Asociación de Víctimas de la Talidomida en España (Avite), Rafael Basterrechea, este miércoles ante el Tribunal Supremo. Mariscal / EFE

GRA033 MADRID, 23/09/2015.- El vicepresidente de la Asociación de Víctimas de la Talidomida en España (Avite), Rafael Basterrechea, hoy ante el Tribunal Supremo, donde se celebra la vista del recurso de las víctimas del medicamento Talidomida contra la sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid que anuló sus indemnizaciones. EFE/Mariscal
El vicepresidente de la Asociación de Víctimas de la Talidomida en España (Avite), Rafael Basterrechea, este miércoles ante el Tribunal Supremo. Mariscal / EFE

La Sala Civil del Tribunal Supremo acordó este miércoles desestimar el recurso interpuesto por la Asociación de Víctimas de la Talidomida en España (Avite) contra la sentencia dictada el pasado octubre por la Audiencia Provincial de Madrid, que declaró prescrita la acción de responsabilidad civil emprendida por los afectados contra Grünenthal Pharma S.A. Ha sido un fallo contundente: 8 votos en contra del recurso de Avite y sólo uno a favor, emitido por el magistrado Francico Arroyo.

Los recurrentes contaban con el apoyo de la Fiscalía. El fiscal de Sala José María Paz escribió en su informe favorable a las víctimas que el hecho de que Grünenthal “pidiera perdón en el año 2012, reconociendo su culpa pero no queriendo indemnizar por su conducta, nos parece un hecho gravísimo para la conciencia de la humanidad”.

El Supremo, sin embargo, ha confirmado el criterio de la Audiencia de que los afectados debieron reclamar mucho antes, en concreto antes de que transcurriera el plazo legal de un año desde que cada uno de ellos alcanzó la mayoría de edad. Los magistrados han estimado que los daños que las víctimas de la talidomida padecen quedaron determinados al nacer. Conocían, por tanto, el alcance de sus secuelas, que son permanentes y están consolidadas, por lo que debieron reclamar como máximo dentro de los 365 días siguientes a cumplir los 18 años.

Al no haber presentado una inicial demanda de conciliación hasta junio de 2011 y una posterior reclamación conjunta en el Juzgado en febrero de 2012, la acción de responsabilidad civil se ha considerado prescrita. La prescripción extingue el derecho a ser indemnizados al no haber sido ejercido en el plazo fijado por la ley, que en este caso era de un año.

El contraste con los afectados alemanes

A salvo de lo que pueda ocurrir con el recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional anunciado de inmediato por Ignacio Martínez, abogado de Avite, las víctimas españolas de la talidomida no van a ser indemnizadas con un solo euro por Grünenthal Pharma. Según sus propias cifras, la filial española del grupo alemán Grünenthal GmbH ingresó por ventas en los últimos cuatro años 466 millones de euros, de los que 109 millones corresponden a 2014. En todo el mundo, la cifra más reciente de ventas corresponde al año 2012 y asciende a 973 millones de euros.

Avite asegura que durante las negociaciones celebradas antes de la presentación de la demanda Grünenthal ofreció una indemnización de 120.000 euros para el conjunto de las 305 víctimas españolas. Una cuantía “ridícula” si se tiene en cuenta que los laboratorios han destinado a los afectados alemanes unos 500 millones, afirma.

El procedimiento judicial ofrece otros motivos de agravio. El medicamento, utilizado para el tratamiento de las náuseas y vómitos de las mujeres embarazadas, fue retirado por Grünenthal en Alemania en diciembre de 1961, pero no lo hizo en España hasta mayo de 1962. La sentencia dictada en noviembre de 2013 por la jueza de la primera instancia, Gemma Fernández, afirmaba que los primeros casos de afectados por la ingesta de talidomida en España ya habían empezado a evidenciarse en el primer trimestre de 1960 y señalaba que “conociendo los efectos nocivos del medicamento que ya estaba en el mercado y su gravedad se optó por no ponerlo en conocimiento de los profesionales médicos [españoles] y por informar parcialmente a los colaboradores externos, que son, precisamente, los que tratan con los médicos y farmacéuticos en el proceso de distribución y venta para el consumo”.

La talidomida tenía efectos teratogénicos (producía malformaciones en el feto) y fue el origen de polineuritis en muchos bebés nacidos de madres que la tomaron durante la gestación. Las malformaciones afectaban fundamentalmente al acortamiento de los brazos y antebrazos, aunque también se produjeron alteraciones en otros órganos, incluidos los internos. “La demandada ni siquiera niega este presupuesto básico”, indicó respecto a Grünenthal la sentencia de la primera instancia, revocada por la Audiencia de Madrid en lo referido a la prescripción.

La tesis del Juzgado de Primera Instancia, que rechazó la prescripción, ha sido apoyada por un solo magistrado de la Sala Civil del Supremo. Arroyo, que ha anunciado que plasmará sus argumentos en un voto discrepante, considera que la decisión de la mayoría se aparta de la doctrina de la Sala, que en numerosos precedentes ha establecido que el plazo de prescripción debe empezar a computarse a partir de la declaración -judicial o administrativa- de incapacidad del afectado. En el caso de la talidomida, el real decreto 1006/2010, de 5 de agosto, puede ser considerado una declaración administrativa de incapacidad ya que reconoció oficialmente a las víctimas de la enfermedad y estableció la concesión de ayudas de la Administración (un pago único de entre 30.000 y 100.000 euros). Desde esa perspectiva, la demanda de conciliación de las víctimas (junio de 2011) no habría prescrito.

La compañía ha declinado valorar la decisión del Supremo “hasta recibir la sentencia oficialmente”. En un comunicado de prensa, la empresa ha reiterado que, “con independencia de la resolución”, ya existen “medios satisfactoriamente establecidos” para que todos aquellos afectados por un producto que contuviese talidomida de Grünenthal, o de su distribuidor local en España, puedan beneficiarse de ayudas económicas.

En conversación telefónica con EL ESPAÑOL, un portavoz de la compañía afirma que los afectados españoles por el fármaco pueden recibir “hasta 7.000 euros mensuales” a través de las dos fundaciones habilitadas para gestionar sus ayudas, la Fundación Contergan y la Fundación Grünenthal, ambas en Alemania.

Sin embargo, Avite asegura que sólo uno de los más de 300 afectados españoles que pertenecen a la asociación es pensionista de una de las fundaciones alemanas, ya que del resto “se han rechazado las solicitudes con las excusas más arbitrarias”. La sentencia de la Audiencia de Madrid alude a cinco víctimas españolas que reciben la pensión de la fundación alemana, cuatro de las cuales no pertenecen a Avite.

Respecto a su culpabilidad, la empresa la reconoce: “Lo hemos hecho públicamente y hemos pedido perdón”. Sin embargo, apunta a un dato que reconocen también las propias víctimas: Medinsa, la representante del laboratorio en aquella época, comercializaba cuatro de los siete medicamentos que contenían el principio activo talidomida. Otros tres los vendían los laboratorios U.C.B. Pevya (hoy UCB Pharma) y Farmacobiológicos Nessa. “El porqué no se piden indemnizaciones a estas empresas además de a Grünenthal es algo que habría que preguntar a las víctimas”, concluye el portavoz del laboratorio en España.

El Ayuntamiento de Madrid obliga a una interina recién operada de cáncer a opositar por su plaza

foto_1La psicóloga interina municipal Mari Mar Alcalá estaba inmersa en una oposición cuando le diagnosticaron cáncer de mama. El cansancio crónico, los mareos, o las quemaduras de la radioterapia no han sido razones para que el Ayuntamiento retrase su examen. Desde el Consistorio aseguran que podrá volver a su puesto, pero la funcionaria interina niega haber sido notificada.

La psicóloga Mari Mar Alcalá, este martes en su domicilio. MOEH ATITAR / EL ESPAÑOL

Mari Mar Alcalá, este martes en su domicilio. MOEH ATITAR / EL ESPAÑOL

El cansancio crónico, los mareos, las náuseas, el insomnio e incluso las quemaduras por la radioterapia posterior a una mastectomía no han sido razones suficientes para que el Ayuntamiento de Madrid retrasara el examen que tenía que realizar el pasado 3 de septiembre la psicóloga Mari Mar Alcalá para consolidar su puesto de trabajo en el Consistorio dirigido por Manuela Carmena.

“Llevaba todo la semana sin dormir, sin fuerza ninguna, pensando en el examen, pero sobre todo imaginando la situación en la que me quedo si no consigo la plaza. Tendré que cesar y me quedaré en el paro”, explica a EL ESPAÑOL la funcionaria interina que acumula más de nueve años de experiencia en uno de los centros de atención a la infancia del Consistorio de Madrid.

A las 15:00 del citado día la esperaban los examinadores para realizarle la prueba, pero en ese momento se encontraba en el hospital porque tenía sesión de radioterapia. “¡Cómo iba a ir en estas condiciones, no puedo ni sostener el bolígrafo”, afirma Alcalá, quien dice no entender cómo el Ayuntamiento de Madrid “no ha escuchado” sus “súplicas” para retrasar el examen o resolver la convocatoria dejando libre la plaza que actualmente ocupa.

En su lugar, acudió su hermano para transmitir al tribunal que “lo que están haciendo con Mari Mar es inhumano” porque “no se encuentra en condiciones de examinarse”. “Necesita tranquilidad y nada de estrés y esta situación no está contribuyendo nada a su recuperación y todo esto es consecuencia de un error del propio tribunal”, reza el acta.

El origen del calvario

El error al que hace referencia el hermano de Alcalá es el origen de su calvario en forma de oposición que comenzó en 2014. El área de Economía convocó la posibilidad de consolidación de 30 plazas de interinos temporales. Entre ellas, la que ocupa Mari Mar. A partir de ahí, convivió con su fibromialgia y pilas de apuntes con la meta de convertirse en funcionaria “de pleno derecho”. “Podía conseguir el puesto”, recuerda.

Con esa premisa se presentó a su primer examen el 5 de marzo del pasado año. Allí, un cuadernillo con 60 preguntas, una hoja de respuestas y supuestamente 70 minutos extra de adaptación por su discapacidad reconocida del 34%.

Y aquí “el error”.

“No me respetaron el tiempo extra, no me dio tiempo a pasar las respuestas a la hoja final, y las tenía bien”, parece excusarse Alcalá mientras enseña los documentos.

Una situación de indefensión en el examen que posteriormente reconoció el tribunal -a su juicio, “llegó tarde”-, por lo que volvieron a convocar a Alcalá para que repitiese el examen el 15 de junio de 2015. Marcó la fecha en el calendario de asuntos pendientes, pero un mes antes del día señalado le diagnosticaron un cáncer de mama.

Seis días antes de la prueba le realizaron una mastectomía radical (extirpación de la mama y de los ganglios adyacentes). Alcalá recuerda esos días “como una pesadilla”, el insomnio llenaba sus noches, la ansiedad sus amaneceres y las náuseas y el agotamiento el día: “Cuando supe que me iban a operar presenté los informes médicos pero no suspendieron el examen, tuvo que ir mi padre y al día siguiente tuve que acompañar justificante de que me encontraba en el hospital en el momento del examen”.

Informes médicos y temarios

Con este escenario, el departamento de Economía decide convocar de nuevo a la aspirante a consolidar su plaza dos meses más tarde -“dos meses, dos meses”, repite-: el 3 de septiembre. A partir de ahí, los informes sobre la mesa se mezclan entre el temario:

“El tratamiento de radio y quimioterapia presenta efectos secundarios frecuentes de intensidad severa y se prevé dure hasta 2016 […] por lo que difícilmente la paciente se encontrará en situación de someterse al examen”, dicen desde atención primaria.

“La paciente con tratamientos de esta índole está incapacitada para desarrollar ninguna actividad laboral y profesional, debe permanecer tranquila y en reposo”, advierten desde la Fundación Jiménez Díaz.

Y una sola respuesta. Dos días antes recibió una notificación de la subdirectora general de selección en la que simplemente decía remitir la documentación al tribunal calificador -cuando Alcalá acompañó todos los informes, como tiene acreditado, a ambos organismos-: “Me dió la risa, surrealista lo que están haciendo”.

-Pero, ¿y qué pasa con los demás opositores que esperan a que se resuelva el proceso y esperan que no se dilate más?

-Yo los entiendo. Es un proceso largo y son compañeros, pero creo que la solución es que resuelvan la oposición dejando libre mi plaza para que cuando me recupere de la baja me pueda incorporar.

A esta petición parece haber accedido el Ayuntamiento cuatro días después de la fecha del examen. Según aseguran a este periódico desde la Alcaldía, se comprometen a mantener la plaza de Alcalá como funcionaria interina “para que en un futuro, si lo desea, pueda consolidar su puesto”:  “Así se lo hemos notificado en una resolución firmada el día 7”, insisten, pese a que ayer la funcionaria afirmaba con rotundidad que no ha recibido ninguna notificación del Ayuntamiento.

“Me veo vendiendo mi casa, con dos gemelos y en la calle. ¿Dónde va una mujer de 51 años hoy día a buscar empleo?”, se pregunta Alcalá, quien promueve su caso en change.org para recoger firmas -2.500 hasta el momento- que le permitan “ser escuchada”.

El ‘calvario’ de Isabel Pantoja en busca del tercer grado

La tonadillera ha cumplido un cuarto de condena, ha pagado la mitad de la multa y está enferma; pero ni su aparente voluntad de trabajar para cumplir con la deuda que tiene con el Estado, ni el precedente de Ortega Cano que no salió de la cárcel hasta cumplir casi la mitad de la condena parecen estar de su parte para la obtención del tercer grado penitenciario.

Isabel Pantoja y su hermano Agustín el pasado 1 de junio a la salida de la cárcel de Alcalá de Guadaíra. /GTRES

El abogado de Isabel Pantoja, Carlos Esteban Romero, está haciendo malabarismos jurídicos para conseguir el tercer grado de su representada. Según ha podido saber EL ESPAÑOL la concesión podría no estar tan cerca como se está especulando. La artista cumple los requisitos legales fundamentales para su obtención: ha cumplido el cuarto de la condena impuesta de 24 meses, tiene buen comportamiento y voluntad de satisfacer la responsabilidad civil todavía pendiente (600.000 euros). Sin embargo, la última decisión la tiene la jueza de Vigilancia Penitenciaria nº2 de Sevilla, ahora de vacaciones.

Fuentes jurídicas consultadas aseguran que “hasta hace años el acuerdo para pasar de segundo a tercer grado funcionaba a partir de la barrera de la cuarta parte de la condena cumplida. De unos años a esta parte el límite ha aumentado hasta la mitad de la condena”. Si tomamos de referencia el caso de Ortega Cano, condenado a 30 meses de prisión, no obtuvo el tercer grado hasta semanas antes de cumplir la mitad de su condena. Por tanto, la concesión de esta nueva clasificación para Pantoja también sería ejemplar y “se la estaría asfixiando a golpe de Código Penal”.

Hay que recordar que ahora mismo la folclórica está a la espera de la respuesta por parte del juzgado al recurso presentado por su abogado, tras conocer el pasado mes de julio que la prisión de Alcalá de Guadaíra le denegaba el tercer grado penitenciario. En esta negativa pesó y mucho la polémica suscitada por la denuncia de un grupo de funcionarios que señalaban un trato de favor y privilegios hacia la artista dentro de la cárcel. Esta denuncia desembocó en una investigación interna encargada por el Ministerio del Interior. La inspección descartó “tajantemente” que existiera cualquier trato de favor hacia la cantante.

Su defensa no desiste y, a la espera de que la juez responda al recurso, ha cursado una nueva solicitud apoyándose en el nuevo Código Penal. Alega el riesgo que para su salud laboral tiene su continuidad en la cárcel y también la necesidad de volver a trabajar para poder pagar las deudas pendientes con el Estado. Para el abogado de Pantoja su estancia en prisión ya “excede el carácter ejemplar y se ha convertido en un castigo”.

Polémicos permisos

Isabel Pantoja el día que ingresó en prisión el pasado 21 de noviembre./ GTRES

Desde que Pantoja ingresara en prisión el pasado 21 de noviembre ha disfrutado de dos permisos; un primero de cuatro días y otro de seis, tal y como marca la ley de régimen penitenciario. Un día antes de que expirara el segundo permiso, Pantoja ingresó en Urgencias del Hospital Infanta Luisa de Sevilla aquejada de una nefropatía diabética crónica. La elección de un centro privado de su confianza y la falta de información oficial sobre el verdadero estado de salud de la artista volvieron a suscitar el debate ya que le fueron concedidos tres permisos extraordinarios durante su hospitalización, en total 20 días, hasta que su mejoría le ha permitido su vuelta a prisión, un día antes de que agotase el tercer permiso .

Las quejas en esta ocasión llegaron hasta el Congreso de los Diputados. El secretario general de Instituciones Penitenciarias, Ángel Yuste, tuvo que dar explicaciones sobre estas concesiones, ante la pregunta de un diputado: “Isabel padece una dolencia (neofropatía diabética) y los permisos han sido concedidos por el juez con informe favorable de la Fiscalía y después de ser visitada por dos forenses distintos”, aclaró.

Los médicos le han prescrito un dieta rigurosa y controles periódicos en la enfermería de Alcalá de Guadaíra. Tanto la cocina como la enfermería de la cárcel sevillana están preparadas para ser tratada correctamente. La auxiliar de enfermería de Alcalá de Guadaíra y el funcionario de prisiones de guardia, los fines de semana, son los encargados de facilitarle a diario la medicación que le ha recetado el internista con el objetivo de mantener los niveles de azúcar y mejorar el funcionamiento del riñón dañado. Respecto a la comida, no está suponiendo un problema ya que el comedor de la cárcel llega a elaborar al menos cinco menús diferentes a diario; el general, el menú de dieta, para diabéticos, vegetal y sin cerdo para musulmanes. Pantoja toma desde el lunes el menú para diabéticos con alimentos bajos en azúcar.

Un ejemplo; de primero espárragos blancos en conserva y un segundo que incluye una proteína a la plancha con ensalada y fruta. También le han recomendado realizar ejercicio a diario e intentar dejar de fumar o moderar el consumo. A su favor tiene que Alcalá de Guadaíra es un centro modelo galardonado por la Organización Mundial de la Salud por su ‘Programa de deshabituación tabáquica” con las presas.

El sueño de la condicional

Si el tercer grado es ansiado por la tonadillera, la libertad condicional se hace más difícil, ya que uno de los requisitos es que se hayan cumplido dos tercios o tres cuartas partes de la condena. Estaríamos hablando de dieciséis meses en el primer caso y dieciocho en el segundo. Pantoja sólo lleva nueve meses en prisión, por lo que es legalmente difícil que obtenga este cuarto grado antes de febrero de 2016, en caso de que se le concediera sólo con los dos tercios. Lo que si podría obtener antes de las próximas Navidades es el tercer grado, que le permitiría pernoctar en un Centro de Inserción Social u optar por un dispositivo telemático que le permitiera estar localizada pero a su vez poder seguir ofreciendo conciertos.

Lo que sigue siendo una incógnita es la verdadera situación económica de Isabel. Por un lado, se alega que necesita trabajar para poder pagar la multa, sin embargo, durante su estancia en la cárcel ha podido hacer frente a 647.000 euros de la sanción impuesta por el juez.

Tiene además todas las propiedades embargadas por Hacienda, con la que tiene una deuda pendiente de 1.800.000 euros. Su hermano Agustín ha enmudecido, su hijo Kiko está enfadado con la publicación de una supuesta infidelidad en la víspera de su boda y su hija Chabelita va por libre y está pero sin estar. El resto del clan ni está ni se les espera. En manos de la jueza de Vigilancia Penitenciaria está el contenido del próximo capítulo.

Chikunguña: una historia de mosquitos

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Más de un millón de personas se han contagiado en los últimos meses con el virus chikunguña, que causa una enfermedad muy dolorosa aunque raramente letal, y para la que no existe vacuna ni cura. Para frenar al virus se intenta atacar su principal vector de transmisión: ciertos tipos de mosquito.

“Si aún no ha oído hablar del chikunguña, no se preocupe, lo hará”. 
Maryn McKenna en National Geographic

Hace ahora casi un año, el doctor Fernando de la Calle, de la Unidad de Medicina Tropical del Hospital Universitario La Paz, trataba junto a sus compañeros de sacar el ébola del cuerpo de Teresa Romero, subidos todos en un escenario hasta entonces inimaginable. Alrededor de ellos, docenas de micrófonos y cámaras; más allá, controles térmicos en los aeropuertos, alarmas en hospitales de toda España y bastante inquietud, tanto en la población como en el gobierno, pese a que la posibilidad de una epidemia de ébola era -y sigue siendo- muy baja.

La principal lección que nos dejó aquella pequeña, pero trágica, infiltración del virus en nuestras vidas es que ahora las enfermedades infecciosas ya no están confinadas en lejanos reservorios selváticos. Como cuenta ahora el doctor De la Calle, “es el problema de la globalización, que la enfermedad también viaja”.

Aunque las brasas del ébola en África Occidental siguen incandescentes, actualmente hay otros brotes que preocupan especialmente a los epidemiólogos. Uno, el síndrome respiratorio por coronavirus de Oriente Medio o MERS, detectado hace tres años en Arabia Saudí, es hoy, con una mortalidad del 36%, una amenaza en Corea del Sur.

El otro, el virus chikunguña, se identificó hace más de 50 años en Tanzania -de hecho el nombre del virus procede del dialecto makonde, hablado al sur del país, y significa, literalmente, “retorcerse” de dolor- y salvo algunos saltos a Asia, permaneció más o menos estable geográficamente hasta hace una década. Ahora, una epidemia que comenzó en el Caribe a finales de 2013, sigue su curso hacia el sur, donde ha llegado a Colombia, Venezuela, Perú y Ecuador, y hacia el norte con casos autóctonos en México y Estados Unidos.

En total, más de un millón de personas se han contagiado en los últimos meses de esta “enfermedad del dolor”, raramente letal pero siempre incapacitante y para la que no existe vacuna ni cura. Es además, una muy probable candidata a dar el salto a los países mediterráneos.

Chikunguña en España

De hecho, mientras los focos apuntaban al Instituto Carlos III y a los tres pacientes con ébola que hubo en España el año pasado, 266 personas trajeron el chikunguña a lo largo de 2014 según el Centro Nacional de Epidemiología, una cifra bastante notable comparada con los 475 casos notificados en toda Europa entre 2008 y 2012 (PDF).

La primera víctima fue en marzo, una mujer de la República Dominicana, a donde el virus había llegado en febrero. Un 96% de los 266 procedía de América Latina, principalmente de la citada isla caribeña. Y lo más importante, casi 4 de cada 10 casos se produjeron en Cataluña, Comunidad Valenciana, Murcia y Baleares, zonas de especial riesgo ya que aquí se encuentra el vector de la enfermedad y principal protagonista de esta historia: el Aedes albopictus, también conocido como mosquito tigre.

“No hay que ser alarmista, pero no es descabellado que el chikunguña se instale en Europa, ya que uno de los vectores que transmiten la enfermedad está en toda la cuenca mediterránea”, confirma De la Calle. Además, este mosquito se está extendiendo territorialmente, por todo el levante español pero también hacia el interior, Ebro adentro hasta Aragón. “Además, el virus tiene unas pequeñas mutaciones que lo han hecho más fácil de acceder a ese vector”, dice este epidemiólogo, que estima que “este año estamos otra vez viendo más, bastantes más”.

De un mosquito a otro

El factor fundamental por el que el chikunguña, una enfermedad con un circuito de transmisión parecido al dengue, no ha llamado a nuestra puerta hasta ahora es precisamente el medio de transporte. Durante las últimas décadas, el virus viajaba exclusivamente en el Aedes aegypti, también conocido como el mosquito de la fiebre amarilla. Este vector limitaba la presencia del chikunguña a África y Asia, pero alrededor de 2005 algo cambió.

Una cepa del virus comenzó a detectarse en el Océano Indico, y esta vez la amenaza iba a lomos de un mosquito tigre. La explicación científica más consolidada habla de una mutación, llamada E1 A226V, en una proteína del virus. Esta mutación le permitía adaptarse al mosquito tigre y replicarse más rápido. Este arma permitió al chikunguña extenderse y perpetuarse en climas menos tropicales, donde el ciclo de vida del mosquito es menor.

En 2007, un turista llegado de India provocó un brote de 205 casos autóctonos en Rimini, al norte de Italia y entonces los expertos se preguntaron “¿qué está ocurriendo?”. Luego volvió a ocurrir en Croacia, y más tarde, en Francia, dos veces, en 2010 y 2014.

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Precisamente, un grupo de investigadores franceses dirigidos por Remi Charrel, de la Universidad de Aix-Marsella, publicaron el año pasado un estudio titulado: Globalización del chikunguña: Diez años para invadir el mundo.

Tradicionalmente, la enfermedad ha sido vista como de un riesgo moderado. Tras un periodo de incubación de entre 3 y 7 días, comienza con fiebres muy altas, una súbita erupción cutánea y de repente, un dolor por todo el cuerpo que dura unos 10 días pero puede llegar a cronificarse. “El problema que tiene el chikunguña”, dice el médico del Instituto Carlos III, “es que en un porcentaje no despreciable da muchos problemas articulares a medio plazo, gente joven que se infecta y se pegan dos meses con rodillas o manos muy inflamadas, no pueden trabajar. No es un virus que lo pasas y ya, hay que vigilar esas artralgias”.

Mutación

Lo que descubrieron Charrel y su equipo es que, en el brote caribeño de 2013, comenzaron a verse en la isla de Reunión consecuencias clínicas sin precedentes: fallos respiratorios y hepáticos, meningoencefalitis, descompensación cardiovascular e incluso hepatitis aguda. El chikunguña está mutando hacia formas que lo hacen llegar más lejos y hacer más daño.

“Es como la pólvora, allá donde cae se extiende”, dice De la Calle. En algunas zonas de África, hasta el 80% de la población ha desarrollado anticuerpos, es decir, ha estado expuesto al virus. “No hay que alarmarse, pero es un problema de salud pública que en España hay que tener mucho en cuenta porque, más allá de la inmigración, que ahora es menor, muchísimos españoles van a Latinoamérica de turismo”.

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Afectados en Rep. Dominicana. Foto: WHO

Y además, abre una puerta igualmente inquietante. Si una enfermedad que se transmite como el dengue, y para la que, como el dengue, no existe vacuna ni cura, puede acabar llegando a Europa, ¿por qué no otras como el virus Zika o el propio dengue?

Europa necesita un plan, pero afortunadamente, alguien tiene una buena idea.

Mosquito contra mosquito

Ese alguien es escocés, se llama Luke Alphey y trabaja en el Departamento de Zoología de la Universidad de Oxford. Le encontramos en París, en un lujoso hotel del Boulevard Haussmann, donde ha sido nominado a un premio a Inventor Europeo del Año por crear mosquitos genéticamente modificados para, literalmente, acabar con su especie y frenar la transmisión de enfermedades como el dengue o el chikunguña.

Los mosquitos que transmiten enfermedades son siempre hembra, que buscan la sangre para alimentar a sus crías. Los mosquitos transgénicos de Alphey son machos, y tienen la particularidad de que, al aparearse con esas hembras, generan una descendencia que muere antes de alcanzar la edad adulta. Así, liberados en plena naturaleza, son capaces de arrasar una colonia mientras intentan justo lo contrario. Su Técnica del Insecto Estéril, que vio la luz hace 15 años en un artículo de Science, se encuentra ya en vías de comercialización tras exitosos ensayos en las Islas Caimán, Malasia, Panamá y Brasil.

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Luke Alphey. Foto: EPO

Aunque el concepto mosquito transgénico pueda levantar ciertas suspicacias, para Alphey no hay debate en este punto. “La comida tiene un sitio especial, queremos comida limpia, segura y natural. Pero si pensamos en medicina es al revés, quieres que un hospital reluzca y esté lleno de alta tecnología, lo opuesto a natural”, dice el zoólogo. “Y cuando piensas en ingeniería genética, bueno, millones de personas se inyectan insulina genéticamente modificada cada día. E incluso las vacunas que se ensayan para el dengue consisten en virus genéticamente modificados, y es algo aceptable”.

Pregunta: Señor Alphey, en el arte del apareamiento, ¿se comporta igual un mosquito genéticamente estéril que uno normal? ¿No hay “algo” que le falta y que puede hacerle mostrar menos interés en la hembra que un macho salvaje?

Respuesta: Nos gustaría que fueran lo mismo, pero realísticamente, no van a ser tan buenos. Un mosquito irradiado, al soltarlo en las pruebas de campo, cambia. No son tan buenos, pero son bastante buenos. Y son baratos de producir. Hay espacio de mejora, pero funciona. En los ensayos logramos reducir las poblaciones de mosquito en un 90%.

P: Usted se ha centrado en el dengue, pero en teoría debería servir para todas las enfermedades que el mosquito puede transportar.

R: Así es. Controlar ese mosquito, el Aedes aegypti, permite controlar la fiebre amarilla, el dengue, y la otra enfermedad que transporta, el chikunguña.

P: Pero el chikunguña saltó además al mosquito tigre hace diez años. ¿Su técnica sería válida también en ese otro vector?

R: Sí. En efecto, en Europa continental no tenemos Aedes aegypti por el clima, pero sí Aedes albopictus, mucho más tolerante al frío. Normalmente no es tan buen vector para enfermedades, salvo para esta versión del chikunguña, en la que el mosquito tigre es tan bueno, o incluso mejor, que el mosquito de la fiebre amarilla. Pero de hecho, no sólo podemos poner nuestra tecnología en el albopictus, sino que lo hemos hecho.

Conste que Alphey no ganó finalmente el premio. Pero quizá pueda contentarse con haber hallado la solución para, al menos, un par de enfermedades cuyo número de epidemias mundiales no deja de aumentar, cuyas mutaciones las hacen cada vez más virulentas y que, para más inri, pronto podríamos sufrir en nuestras propias y caucásicas carnes.

No es un mal premio de consolación.

Los enterradores del ébola

Mohamed Kaabbia y su mujer, Fatmata Konteh, junto a su hija Kadijata Kaabbia de 4 años permanecen en cuarentena con 12 familias más.

Sólo 14 equipos de enterradores están autorizados a tocar un cadáver en Sierra Leona. Ésta es la historia de uno de esos equipos, cuyos miembros cobran muy bien pero viven con el estigma de la enfermedad.

Reportaje gráfico: Alfons Rodríguez

Sólo 14 equipos de enterradores están autorizados a tocar un cadáver en Sierra Leona. Ésta es la historia de uno de esos equipos, cuyos miembros cobran muy bien pero viven con el estigma de la enfermedad.

“Nos vamos”. Samuel Caulker y el resto del equipo acaban de recibir la primera llamada del día. “A veces nos llaman enseguida, nada más llegar. Otras veces tardan algunas horas”, explica mientras se sube a un todoterreno blanco. Detrás va otro. Son el equipo de enterradores número 10 de Freetown, la capital de Sierra Leona. Su jornada acaba de empezar.

“Es un bebé de nueve meses que murió ayer”, explica Samuel botando sobre su asiento, ajeno a los baches del camino embarrado.

Sólo los equipos de enterradores están autorizados a tocar cadáveres en Sierra Leona. Así lo dicta la ley desde el verano pasado: tocar es la principal causa de contagio del ébola y tocar un muerto aumenta el riesgo en un 40%. “Recogemos dos o tres cadáveres cada día: vamos a la casa, la desinfectamos, recogemos el cuerpo y lo llevamos a enterrar. No sabemos si tiene ébola. Eso lo dirá una prueba de laboratorio con la muestra que les vamos a enviar. Pero por si acaso hay que hacer todo esto”.

Samuel Caulker tiene 35 años. Está casado y tiene dos hijas. Se hizo enterrador en mayo de 2014. “Antes trabajaba como vigilante en una empresa de seguridad pero me ofrecí voluntario para este puesto”, me dice. “Es un trabajo peligroso y muy sacrificado, pero lo hago por mi país. Al principio me daba miedo. Ahora ya no. Creo que estoy preparado para morir”.

Samuel cobra 100 euros a la semana, un buen sueldo si lo comparamos con los ocho euros a la semana que percibe el 70% de la población del país. “Puedo dar una buena vida a mi familia”, explica mientras el todoterreno entra en Grafton, un campo de desplazados de la guerra civil reconvertido en aldea. “Éste es uno de los lugares más pobres del país”. Casitas de adobe se levantan sobre el barro y sus tejados son grandes trozos de plásticos sobre los que repican goteras; los niños, descalzos sobre los charcos, se arremolinan ante los dos vehículos.

Samuel y otros dos enterradores comienzan a ponerse el EPI o Equipo de Protección Individual: el buzo blanco que los aísla de cualquier posible infección. Traje, botas, guantes, gorro, mascarilla y máscara. Una vez puesto el traje, la figura de los enterradores se dibuja impoluta en medio de un paisaje embarrado, rojizo y rural.

Samuel y el resto del equipo avanzan lentos como seres extraños, como piezas que no corresponden al lugar. Los vecinos los miran prudentes y tristes: la presencia de los hombres de blanco es sinónimo de un muerto. La humedad es sofocante. Aún más sofocante debajo del plástico del EPI.

Los enterradores avanzan entre las casitas imantando miradas. “Primero Sallu, nuestro supervisor, dirá unas palabras a la familia”, dice Samuel con una voz que suena metálica detrás de la máscara. Sallu Deen lleva gorra y gafas y se dirige a los jóvenes padres dentro de su chabola. Les da las condolencias y les explica que están allí para cumplir con una obligación legal: desinfectar la habitación del bebé y llevarse su cadáver para un entierro seguro.

La familia escucha en silencio. En la otra estancia de la casa y sobre unas telas reposa el cuerpo del niño, que se llama Hassan. Algunos vecinos se acercan a la escena.

Samuel entra en la habitación y la desinfecta con un aspersor que lleva colgado a la espalda a modo de mochila. Su compañero sujeta la cabeza del bebé, que se descuelga inerte cuando lo intentan meter en una bolsa de plástico blanco. Levantan el cadáver y lo sacan de la casa. Sólo entonces se escucha el grito quebrado de la madre.

Cuando Samuel se quita el traje, está empapado en sudor. Lo hace con un cuidado exquisito. Cada miembro del equipo se quita cuatro pares de guantes en riguroso orden mientras un compañero lo desinfecta todo. El traje lo meten en una bolsa que quemarán después.

“Cuando es un bebé, todo es más difícil. Pero es algo que ocurre casi a diario. Aquí es muy normal que se mueran niños”, dice Samuel. “Mira a tu alrededor, ¿cómo van a vivir así?”.

Mohamed Kaabbia y su mujer, Fatmata Konteh, junto a su hija Kadijata Kaabbia de 4 años permanecen en cuarentena con 12 familias más.
Mohamed Kaabbia, su mujer y su hija permanecen en cuarentena con 12 familias más.

Reportaje gráfico: Alfons Rodríguez

Sólo cuatro ambulancias

El ébola llegó a Sierra Leona desde la vecina Guinea. Ambos países están conectados a través de una carretera por la que fluyen vecinos y comerciantes. Así desembarcó el primer caso, registrado el 24 de mayo de 2014.

“Es probable que hubiera casos anteriores, pero no se llegaron a diagnosticar”, explica Stephen J. Gaojia, coordinador del Centro Nacional de Respuesta contra el Ébola (NERC). Cuando Médicos Sin Fronteras (MSF) confirmó que el ébola estaba en casa, el Gobierno pidió ayuda. No tenían nada para iniciar la lucha.

“En el país había cuatro ambulancias”, dice Gaojia. “El 40% de los sanatorios no tenían agua. Contábamos con 134 médicos. Es decir, 22 médicos por cada millón de habitantes”.

Sierra Leona es el décimo país más pobre del mundo según la ONU y no tiene infraestructuras públicas de ningún tipo. Entre 1991 y 2002 sufrió una sangrienta guerra civil entre rebeldes de la etnia temné y milicias progubernamentales de la etnia mendé. El conflicto, de enorme violencia, se caracterizó por el uso de niños soldados y por el constante tráfico de los llamados diamantes de sangre con los que se financiaban las milicias.

La guerra terminó de hundir un país ya endeble, hijo de un protectorado británico y cuya población desciende de esclavos liberados por Reino Unido. De ahí el nombre de la capital: Freetown.

En síntesis, Sierra Leona era (y es) lo que suele llamarse un estado fallido. Hasta ahora quien caía enfermo acudía al curandero local. El ébola, un virus que se contagia a través de los fluidos (incluido el sudor) no tuvo problemas para extenderse en un país tropical y sin medios. Bastaba un abrazo, un partido de fútbol, un apretón de manos.

En julio del año pasado habían muerto 224 personas.

El Gobierno lanzó entonces una campaña de prevención mediante carteles y avisos por megafonía que incluía cuatro medidas:

  • Tratar de concienciar a todo el mundo para lavarse las manos. Cientos de cubos con agua y cloro pueblan el país. 
  • Desaconsejar el contacto físico entre la gente. Así reza el primer cartel que el visitante se encuentra en el aeropuerto de Freetown a su llegada. Nadie se toca en Sierra Leona. Ya no se estrechan la mano cuando se saludan. En las misas la paz cristiana se da levantando las palmas.
  • Prohibir los rituales de los entierros. Antes del ébola las familias (mayoritariamente musulmanas) lavaban, vestían y velaban el cuerpo del difunto. Luego lo enterraban en la propia comunidad. ¿Quién tiene dinero para pagar un sepelio y para desplazarse hasta un cementerio? Ahora sólo los equipos de enterradores pueden tocar los cadáveres. Un extremo que mutila el duelo de los allegados.
  • Obligar a la familia a permanecer en cuarentena. Los familiares de los enfermos están 21 días sin salir de casa o de un centro especial.

Nadie hizo caso de las medidas. En Sierra Leona nadie hace caso al gobierno.

La gente se siguió tocando y siguió lavando los cadáveres. Se escapaban de casa para comer o trabajar si les recluían en cuarentena. “No se creían el ébola”, explica Gaojia. “Lo decía el Gobierno y por tanto tenía que ser una trampa”.

Las autoridades se vieron obligadas a cambiar de estrategia. Acudieron a los bra, los líderes de barrios, aldeas y comunidades y verdaderos jefes del país. Los vecinos responden ante ellos y a ellos acuden con cualquier problema. “Aun así los bra no nos creían. Hasta que les tocó en su comunidad no reaccionaron. Esto dio mucho margen al ébola”.

En octubre habían muerto 678 personas.

El Gobierno impuso un toque de queda y el país se llenó de check points vigilados por soldados con fusiles y termómetros. Los colegios cerraron. Miles de niños se quedaron en la calle sin nada que hacer. Sólo cuando cada vecindario fue tocado por el ébola, los bra alertaron de lo que ocurría.

Hoy los muros de Sierra Leona contienen decenas de pintadas: “El bra dice: el ébola es real. Lávate las manos. No toques a la gente”. Hoy la gente obedece y la inmensa mayoría sigue el protocolo. Si un familiar cae enfermo, llama al número gratuito 117 y una ambulancia recoge al enfermo.

La epidemia parece controlada. Según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se han registrado 22 casos durante el mes de mayo.

Samuel Caulker (35 años) desinfecta la casa de una persona fallecida.
Samuel Caulker (35 años) desinfecta la casa de una persona fallecida.

En cuarentena

“Me quedé sin amigos, eso es lo malo”, cuenta Samuel de nuevo dentro del todoterreno. “Trabajar en algo relacionado con el ébola te marca. Yo llevo un estigma”.

Cuando se hizo enterrador, los amigos de Samuel le dejaron de hablar. No quieren acercarse a él. “No me dejan entrar en las tiendas de mi barrio, tengo que ir a otros mercados. Tampoco puedo subir en el autobús. No me dejan”. Algo similar les sucede a médicos, enfermeros, técnicos, supervivientes y familiares de enfermos.

En Moa Wharf, una insalubre barriada al este de Freetown, viven 8.000 personas. Es el epicentro del ébola en la capital. Aquí es donde aparecen más casos. Las condiciones invitan: un paseo permite ver infraviviendas enredadas en laberintos de barro y descolgándose hacia el mar y aguas residuales donde los niños comparten juegos con cerdos y cabras. El calor se mezcla con el humo de las parrillas de pescado junto a una chabola rodeada por una cinta de plástico roja y blanca.

A la entrada de la vivienda, un policía duerme profundamente. “Están en cuarentena”, explica el bra o líder de la comunidad.

La familia recluida se acerca a la cinta desde dentro de la casa. Apenas les separa un metro de sus vecinos pero tienen prohibido tocarse. No debe saltar el sudor que empapa los rostros de todos.

“Mi nombre es Abu Kamara”, cuenta el padre de familia, que añade que son 15 personas las que están recluidas dentro de la chabola y que llevan 17 días allí dentro.

El policía que dormía a la entrada de la casa se despierta y empieza a escuchar mientras se coloca los pantalones. Lleva una pequeña vara de madera en la mano. “Mi hermano enfermó y se lo llevaron. No sabemos si está vivo pero nosotros no podremos salir de aquí hasta el día 21”, cuenta Abu. “Los vecinos no se acercan, no quieren estar cerca y cuando termine esto no creo que quieran volver a hablarnos”.

Algo similar le ocurre a Alimatu Mamsaray (27 años) en Portee, otro barrio marginal de la capital. “Me contagió mi madre, que murió. Pero llamé a tiempo al 117 y me salvaron”, dice la chica, que vive ahora la segunda parte. “Mi familia y yo no podemos cruzar esa zanja”.

Alimatu señala con el dedo una frontera cavada sin demasiada claridad por los vecinos y que insinúa una división. “Los vecinos no quieren que vayamos a ese lado y en la fuente sólo podemos coger agua si no hay nadie más. Lo mismo para cocinar: el lado derecho de la parrilla es el nuestro. Nadie más lo usa”. Cientos de familias en Sierra Leona sufren el mismo problema. También pequeñas aldeas o pueblos diezmados por la enfermedad. A quienes hemos charlado con Aimatu nos observan con extrañeza, con desconfianza.

Alimatu Mansaray (27 años)  se contagió en diciembre de su abuela, que era curandera. Sobrevivió y se hizo cargo del hijo de su mejor amiga.
Alimatu Mansaray (27 años) se contagió en diciembre de su abuela. Sobrevivió y se hizo cargo del hijo de su mejor amiga.

El entierro del bebé

Al entierro del pequeño Hassan, de nueve meses, no ha venido nadie. Sus padres no tienen dinero para desplazarse al cementerio de Matheinkay, que se encuentra a unos 20 minutos en coche de la aldea donde residen.

La ceremonia queda despojada de cualquier solemnidad: ocurre en un rincón del cementerio. Samuel y su compañero, enfundados en el traje aislante, introducen la bolsa con el cuerpo del pequeño en una tumba cavada en la tierra. Unas rápidas paladas zanjan el protocolo. Después se alejan, se quitan el buzo y se desinfectan. Eso es todo.

No sólo mueren los niños. También sus padres. Siempre hubo muchos huérfanos en Sierra Leona por culpa de la malaria o el cólera. El ébola ha recrudecido esa realidad. Desde hace meses, organizaciones como la salesiana Don Bosco o UNICEF trabajan para poder reintegrar a esos niños.

No es una tarea fácil. Así lo demuestra el caso de Abdulai Kamara, un adolescente de 17 años que es hincha del Barça y que vivía hace unos meses con su padre, su madrastra y los cuatro hijos de ella en la aldea de Morabie, no lejos de Freetown.

El padre enfermó en septiembre y falleció unos días después. Después de la cuarentena, la madrastra, de nombre Marie, rechazó a Abdulai. “No tenía sitio para quedarse”, cuenta la propia Marie en su casa, rodeada de vecinos.

-¿Pero antes de la enfermedad ella sí tenía sitio?

-No, no. Tampoco. Dormía en casa de unos amigos, pero se mudaron. Ojalá fuera distinto, pero yo no puedo hacerme cargo.

A Abdulai lo salvó Zainab, una chica de 15 años a quien conoció en el centro de cuarentena. A ella la había acogido una vecina que se llamaba Salamatu después de perder a su madre y a cuatro hermanos y ella fue quien convenció a la señora de que también se hiciera cargo de Abdulai.

Hoy Abdulai y Zainab viven juntos en la aldea vecina de Manor Corner. “Me siento como su madre”, dice su anfitriona. “Al principio tenía miedo a contagiarme. Los primeros días Zainab estuvo vomitando y tenía fiebre. Yo tenía mucho miedo pero ella me enseñaba el certificado de superviviente de ébola y me decía: tranquila, es malaria”.

“Ahora estamos bien y yo estoy feliz de que estén aquí”, dice Salamatu sobre sus huéspedes.

Abdulai Kamara (17 años) en un suburbio de Sierra Leona.
Abdulai Kamara en un suburbio de Sierra Leona.

Dinero fácil

El equipo de enterradores número 10 suele terminar la jornada a las tres o a las cuatro de la tarde. Regresan al centro de tratamiento y un autobús especial los lleva a cada uno a casa. “Yo nunca había ganado tanto dinero y esto me está ayudando mucho”, confiesa Samuel.

Algunas voces hablan de los efectos positivos que el ébola ha tenido en Sierra Leona. Así lo explica una cooperante que prefiere no decir su nombre: “En cierto modo, hay cosas que han mejorado gracias a la crisis del ébola. Ahora hay un sistema sanitario: hay médicos, hospitales y ambulancias. Hay un gran número de puestos de trabajo con salarios que nunca habían soñado. Hay más conciencia y educación. Quiero pensar que cuando el ébola ya no esté, esto seguirá y que habrá servido para algo”.

Es una incógnita, quizá un consuelo, pero no es suficiente. “Ahora somos el país del ébola. Estamos señalados”, dice Joseph Mattar, un empresario de la construcción local. “La débil economía del país se ha desmoronado por el ébola: nadie quiere invertir ni venir aquí. Tengo decenas de proyectos parados porque los ingenieros y obreros de fuera no quieren venir. Dicen que sí a todo y cuando se enteran de que es Sierra Leona, hasta luego”.

El país vive aislado. Casi todas las aerolíneas que iban a Europa han cancelado sus vuelos. El escaso turismo que comenzaba a asomar después de la guerra civil se ha evaporado. “Hasta los chinos tienen dudas y eso es muy mala señal”, añade Joseph entre risas.

La onda expansiva del ébola se empieza a ver ahora que el virus remite. Son daños sociales, políticos y económicos que se alimentan de una ilusión falsa: que el problema ya se ha superado después de casi 4.000 muertos.

“Lo difícil de verdad llegará cuando todos os vayáis”, dice Samuel Caulker. Luego se despide sin dar la mano y se sube al autobús. Mañana a las nueve volverá al trabajo.

Ciencia con billete de vuelta

Guadalupe Sabio, en su laboratorio del CNIC

Guadalupe Sabio forma parte de un club que ha ido encogiendo por la crisis: es española, tiene una formación brillante y hace ciencia en su país. Durante años trabajó en Escocia y Massachusetts. Ahora investiga la relación entre un grupo de proteínas y enfermedades como la obesidad, la diabetes o el cáncer. Algunos la ven como un milagro o un ejemplo. Para la mayoría es una desconocida.

Reportaje gráfico: Dani Pozo

Guadalupe Sabio forma parte de un club que ha ido encogiendo por la crisis: es española, tiene una formación brillante y hace ciencia en su país. Durante años trabajó en Escocia y Massachusetts. Ahora investiga la relación entre unas proteínas y enfermedades como la obesidad, la diabetes o el cáncer. Algunos la ven como un milagro o un ejemplo. Para la mayoría es una desconocida.

Si la ciencia está en deuda con la imaginación de los investigadores, Guadalupe Sabio lo está con la curiosidad que de niña la llevó a coleccionar minerales. Aún recuerda con cierta nostalgia la caja de piedras que compartía con su hermana. También los veranos en el laboratorio del instituto de Badajoz donde su padre daba clase de Química. Ahí empezó a hacerse preguntas. Muchas. Diferentes. Sin buscar nada más que una respuesta a los acertijos que acabarían rigiendo su vida.

Hoy, Guadalupe, o Guada para los más cercanos, lidera a una decena de personas en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), que dirige Valentín Fuster. Estudia la relación entre un tipo de proteínas y enfermedades como la obesidad, la diabetes, el cáncer hepático y el fallo cardíaco.

Sin pretenderlo, ha acabado ingresando en un club tristemente selecto. Es una joven investigadora española, tiene una formación muy brillante y hace ciencia en su país, donde vive con su marido y sus tres hijos.

Para algunos es un milagro. Para otros, un ejemplo. Para la mayoría, Guadalupe Sabio es una desconocida.

Las proteínas que estudia, llamadas quinasas, pueden modificar moléculas provocando reacciones en las células. Comprender cómo se producen esas reacciones y qué hay que hacer para conseguirlas es el eslabón de una cadena que podría terminar con la fabricación de la pastilla fiable contra la obesidad o dar pasos de gigante para prevenir y tratar la diabetes tipo II, los tumores en el hígado y los trastornos cardiovasculares.

El entorno de Guadalupe explica con entusiasmo el potencial de las investigaciones, para las que cuenta en Madrid con su equipo, un laboratorio y una plantilla de sufridos ratones ajenos a su protagonismo en el progreso de la ciencia. Valentín Fuster asegura que se trata de un “campo crucial” que a menudo se trata con superficialidad: “Es fácil hablar de la obesidad, pero no tanto de sus aspectos genéticos, en los que se pueden lograr grandes avances”.

“Hace 100 años, la gente se moría de gripe, de tétanos, de tuberculosis o de sarampión. Hoy, en una sociedad como la nuestra, es impensable gracias a todos los avances logrados. Hace 30 años, el sida era mortal y la ciencia ha hecho de él una enfermedad crónica”, explica Miguel López, que dirige su propio grupo de investigación en la Universidad de Santiago de Compostela y que colabora con Sabio, a quien conoce desde hace años.

Según López, la obesidad es ahora un desafío comparable y más profundo. Una epidemia a menudo menospreciada pero directamente relacionada con el cáncer, la diabetes o los problemas de corazón, que es lo que investiga Sabio.

Guadalupe Sabio, con su equipo en su laboratorio del CNIC
Guadalupe Sabio, con su equipo en su laboratorio del CNIC

En un restaurante italiano que no frecuenta (suele comer un poco antes de la una en la cantina del CNIC), Guadalupe evita cualquier atisbo de grandilocuencia. Huye de ese discurso. Por prudencia e higiene mental.

“Si llegas a la ciencia con la esperanza de curar el cáncer o la diabetes, o eres un genio o la frustración es enorme”, explica. Nació en Badajoz hace 37 años. Conserva el acento, que acompaña a sus explicaciones ante un contundente plato de pappardelle. “No soy como Douglas Melton, que cambió toda su línea de investigación cuando descubrió que su hijo tenía diabetes tipo 1”.

Melton, copresidente del departamento de células madre de Harvard, puso su carrera patas arriba cuando a su hijo Sam, de seis meses, le fue diagnosticada la enfermedad que luego aparecería en Emma, otra de sus hijas, a la edad de 14 años. Desde entonces, vive por y para la la lucha contra la diabetes. “Pensar que cada minuto cuenta, que tu familia puede verse beneficiada por tus avances es una presión que nunca me he podido imponer”, admite. Respeta el heroísmo como leitmotiv de algunos investigadores pero a ella no le va.

“Un pasito adelante y un pasito atrás”

En la ciencia todo camina más lento de lo que parece desde fuera. Lo sabe bien Angelines, la abuela de Guadalupe, que a sus 83 años disfruta al escuchar a su nieta hablar de su trabajo. “Yo no entiendo ni papa, pero me da igual. Me encanta”, confiesa. “Siempre supe que era un genio, pero además ahora lo dice gente muy importante”. La lista de reconocimientos es enorme: premio fin de carrera, premio extraordinario de doctorado, premio L’Oreal-Unesco para la financiación y el impulso a las mujeres científicas y premio Impulsa de la Fundación Príncipe de Girona, que recogió de manos del hoy rey Felipe, como puede verse en un dibujo colgado en su despacho.

“Lo mío es un pasito adelante y un pasito atrás”, asegura para quitar hierro a sus galardones. Los días en que le sale bien uno de sus experimentos con los ratones se va a casa “con una sensación espectacular”. Los días que salen mal le cambia el carácter. Entre un sentimiento y otro transcurre su vida, salpicada también de artículos en revistas científicas, patentes de sus avances y congresos como el que estos días la ha llevado a Argentina.

“En realidad, siempre he tenido mucho respeto a meter la pata”, dice. Aunque le gustaba la química, como a su padre, y también la medicina, optó por Veterinaria y se fue a Cáceres, donde está el campus de la Universidad de Extremadura.

Su despacho, lleno de dibujos y fotos, la mayoría de sus tres hijos.
Su despacho, lleno de dibujos y fotos, la mayoría de sus tres hijos.

“En primero hice prácticas en una clínica y en algún momento me dije: no. No soy capaz de que por una decisión mía se vaya a morir el perro de alguien, por ejemplo. Veía que en veterinaria, más aún que en medicina, donde hay muchos más medios, se tomaban decisiones sin saber seguro, por intuición. El veterinario decía: “Es esto” y yo me decía: “¡Pero si no lo sabe!”. Esa manera de trabajar nunca me convenció. En segundo me apunté al laboratorio de bioquímica. Me encantó. Descubrí que podía hacerme una pregunta y buscar una respuesta hasta encontrarla de verdad”, recuerda.

En el laboratorio descubrió más pasiones que las de la bioquímica. Se enamoró de Alfonso Mora, tres años mayor, que ya había acabado la carrera y preparaba su doctorado. Francisco Centeno, el profesor que estaba al cargo y que acabaría dirigiendo la tesis de Sabio, los recuerda jocosamente como “dos ratitas de laboratorio”. Desde entonces casi no se han separado.

Centeno recuerda que su alumna, para la que hoy trabaja como orgulloso colaborador, destacó desde el primer día porque “era observadora, mostraba interés y tenía una enorme capacidad de trabajo. Me sigue fascinando cómo organiza su tiempo y cómo es capaz de hacer ella sola el trabajo para el que los demás necesitaríamos un equipo. Aunque siguió una vía habitual, con un doctorado para seguir trabajando en un área que le interesaba, lo que es muy poco común es el impacto y los resultados de su trabajo”. Años más tarde, eminencias de la investigación como Fuster acabarían corroborando esa percepción.

De Cáceres a Massachusetts

Desde Cáceres, Sabio siguió los pasos de su marido hasta Dundee, en Escocia, y se enroló en un centro especializado donde logró avances en la descripción de dos quinasas clave. Después, ante la dificultad de continuar trabajando en Europa sin separarse, se fueron cuatro años a Massachusetts, donde Guadalupe comenzó a trabajar junto a otro reconocido bioquímico, Roger Davis, en el Instituo Médico Howard Hughes.

“En los grandes centros de EEUU tienen tantos medios que pueden permitir soltar a un científico en un laboratorio sin asignarle una tarea concreta durante meses”, explica. “Luego comprendí que es una buena manera de probarlos antes de asignarles un gran proyecto”. Ella, que quería investigar sobre el cáncer, fue flexible para adaptarse al proyecto sobre diabetes que le fue encomendado.

De EEUU destaca, además de la excelencia en algunos centros, la percepción de que “si eres científico eres alguien importante”. “Eso tenemos que aprenderlo aquí”, dice. “Cuando una vecina descubrió que éramos PhD [el equivalente al doctorado en España], se quedó alucinada y le pareció algo extraordinario, algo que contar a sus amistades. Si aquí dices que eres doctor, te confunden con un médico. Eso, con suerte”.

El laboratorio de Guadalupe Sabiio

“Es el reflejo de un país que cree que los científicos no trabajan encerrados en sí mismos sino al servicio de la sociedad. Esa percepción hace que los investigadores también se relacionen más entre ellos, hablen de ciencia fuera del trabajo, coincidan más”, dice. Guadalupe todavía recuerda cuando fue a una de las reuniones de premios Nobel que se celebra en Lindau (Alemania) y en la que los galardonados explican sobre cómo llegaron al descubrimiento que mereció el galardón o sobre aspectos más personales. “Uno de ellos nos empezó a contar un encuentro casual con un colega en un estadio de fútbol. Empezaron a hablar y descubrieron que estaban investigando sobre aspectos muy similares pero desde puntos de vista distintos. Eso no te pasaría nunca en España”, lamenta.

En 2008, la pareja de investigadores dejó EEUU, donde habían nacido dos de sus tres hijos, para instalarse en Madrid. A la madre de Guadalupe le detectaron un cáncer en el cerebro que fue apagando su vida. La joven investigadora tenía entonces 30 años y perdió de golpe la sonrisa mientras veía cómo su madre moría sin que la ciencia hubiera encontrado una cura para su tumor.

Fue uno de los momentos más difíciles de su vida pero se centró en la ciencia. Consiguió financiación a través del programa Ramón y Cajal, que promueve la contratación de jóvenes investigadores, y siguió su camino, primero en el Centro Nacional de Biotecnología (CNB) y luego en el CNIC.

Sabio llegó a España justo cuando se acababa la era de la abundancia. Después llegó la depresión que ha llevado a situaciones límite a buques insignia de la ciencia española como el Consejo Superior de Investigacionces Científicas (CSIC). Reducción de la financiación, congelación de los nuevos contratos y exilio de miles de investigadores. “Justo en el momento en el que más se necesita”, dice Sabio. “Justo cuando otros países, en plena crisis, están incrementando su inversión en ciencia”.

“La mejor gente del país no tiene salida”

“Apenas empieza a haber una tradición científica consolidada”, dice la científica sobre España. “Todavía depende mucho más de vaivenes políticos que de la voluntad de la sociedad. Cuando vas al médico y te da una pastilla que te cura, es más fácil interpretar que te ha curado el médico que acordarte del esfuerzo científico que hay antes de ese momento y esto es una carrera. Habrá países donde se produzca un valor añadido y vivan mejor y otros donde trabajemos mucho sin generarlo”, advierte.

El Gobierno lo considera una positiva “movilidad internacional”. Pero Guadalupe lo ve como una “fuga de cerebros” en toda regla. “La mejor gente del país no tiene salida en España”, explica. “Da igual lo bueno que seas, lo formado que estés, lo importante que sea tu trabajo. La sensación de que no hay nada que puedas hacer y que acabarás en la calle es demoledora”.

Todos los investigadores cuyo testimonio está presente en este artículo coinciden en que trabajar en el extranjero no sólo es bueno sino que es fundamental. “No se trata de una fuga de cerebros sino de airear el cerebro y formarse”, advierte muy serio Valentín Fuster, que exhibe una larga trayectoria internacional. Pero “el problema no es irte sino que no tengas dónde volver, que tu país no te pueda recuperar”, dice Sabio. Francisco Centeno, su director de tesis, lo define como “un billete sólo de ida”.

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Muchos investigadores ni siquiera se plantean salir ante la imposibilidad de volver. Dejan la ciencia y se dedican a otra cosa ante el coste personal del billete sin retorno.

Es ahí donde, según Centeno, se está rompiendo el equilibrio que ha permitido a España prosperar desde la Transición, el período en el que nació Guadalupe. “Ella es el fruto de un Estado en el que si eres bueno puedes confiar en que vas a prosperar”. Pero esa imagen, acaso una versión europea del sueño americano, se ha emborronado demasiado.

¿El futuro? “Se sabe que los obesos tienen más posibilidades de tener cáncer hepático pero no por qué. Estamos viendo cómo el metabolismo puede controlar en el cáncer. Cómo un adipocito [una célula con contenido graso] puede llegar a segregar sustancias que afectan al hígado. Sabemos que si modificamos los adipocitos de un ratón podemos llegar a proteger a ese ratón del cáncer. Pero no sabemos cómo ni por qué. Es uno de los proyectos más difíciles del laboratorio pero a mí me entusiasma”.

Guadalupe se siente una privilegiada y agradece al CNIC haberle dotado de “medios que me permiten hacer casi cualquier cosa que quiera”. Pero el año que viene, tras cinco años en la casa, llegará la evaluación de su programa. De ese examen depende la renovación de su contrato y es un buen momento para hacer balance.

Sabio tiene una cosa clara: “En el momento en que en España no pueda hacer ciencia, me iré”. Es serenamente consciente de que a las investigaciones que está haciendo ahora les faltan años hasta desembocar en el éxtasis del descubrimiento probado y aplicable. Acepta que serán probablemente otros los que den los siguientes pasos, los que acaben realizando los costosísimos ensayos clínicos que puedan cambiar la vida de millones de personas.

Sin embargo, Miguel López, su colaborador, cree que “lo mejor para ella está por venir porque es rigurosa, seria y brillante”. Angelines, su abuela, no puede evitar echarse a reír. Estas navidades su marido le regaló a sus nietos una caja nueva de minerales.