Amenábar: “Me agotan cinco temporadas de una serie”

Amenabar-Emma-Watson-rodaje-Regresion_68003260_9675_1706x1280El director vuelve con Regresión, un thriller de recuerdos escondidos y rituales satánicos. ¿Cree Amenábar en el demonio? La respuesta está ahí fuera.

En la imagen, Emma Watson y Alejandro Amenábar en un momento del rodaje.

Amenabar-Emma-Watson-rodaje-Regresion_68003260_9675_1706x1280
Emma Watson y Alejandro Amenábar en un momento del rodaje.

Minnesota. O sea, eso que llamamos la América profunda. Un dato que, al final de la película, cobrará sentido. Año 1990. John Gray, un mecánico tan gris como su apellido (David Dencik), confiesa haber abusado sexualmente de su hija adolescente (Emma Watson), aunque no lo recuerda. Quiere colaborar, llegar a la verdad. La regresión hipnótica será la forma de entender qué pasó. La investigación llevará al detective Kenner (Ethan Hawke) a aventurarse en un laberinto de recuerdos de rituales satánicos, abusos en grupo y crímenes en familia.

“Inspirado en casos reales”. El mantra al comienzo de Regresión avisa de un giro en lo nuevo de Alejandro Amenábar. ¿O no? Parte de su cine se sostiene sobre dudas y desenlaces sorprendentes. Y Regresión, que esta semana llega a los cines, devuelve al director de Ágora a los tiempos de Tesis y Abre los ojos, al menos en el género elegido, el thriller. “Me siento naturalmente llamado al terror y el misterio”, explica el cineasta a EL ESPAÑOL al hablar de sus gustos como espectador. Lo último que ha visto: FoxcatcherIt Follows – “muy buena”-, La visitaLa isla mínima… y Del revés.

“Soy muy mal viajero”

Como en Abre los ojos, cualquier cosa que contemos del final de Regresión destrozaría la película. Por eso cuesta hablar de la idea final que defiende el cineasta, desmitificadora, con los pies en el suelo. “Decidimos que fuera un final cerrado por honestidad, para que la película contara exactamente lo que yo quería decir. En todos los proyectos aprendo algo: en éste he aprendido mucho de psicología. Todo lo que no leí cuando estaba escribiendo Abre los ojos, donde también había regresiones, lo he leído aquí y me ha resultado muy interesante. Y, por supuesto, lo comparto”, deja claro sobre lo que piensa del método hipnótico que da título al filme. “Soy muy mal viajero. Todo nace de la investigación en libros, internet, y por supuesto de las películas que todos hemos visto”, añade el cineasta.

Aunque, para ese viaje, podría haber apostado por otro tipo de alforjas. En Regresión se pasa 90 minutos defendiendo un tema para cambiar de dirección en los 10 finales. ¿No había otra forma? “Cuando haces una película, puedes empezar por el final -explica el director-. Yo, de hecho, siempre empiezo por ahí. A mí me gusta plantear preguntas en las películas y dar las respuestas al final. El viaje del protagonista, que es al que está destinado el espectador, es un viaje de 100 minutos. Pero para los investigadores de los casos reales llevó varios años. Este proceso se inició en 1980 y no terminó hasta mediados de los 90”.

Asegura Amenábar que le interesaba tanto los rituales satánicos como la investigación con el método de regresión, “lo que pasa es que el tono, el género, ha sido finalmente el policíaco. Pero la película podría haberte empujado más a la psicología, a la religión, si uno de los dos protagonistas hubiera sido un cura o un psicólogo. Decidí utilizar una figura más en medio, que es la del policía, porque me parecía que era la que mejor podía resumir esa incertidumbre entre el camino científico y el religioso”.

Cargada de mensaje

Con Regresión, Amenábar vuelve a los giros efectistas, a la sorpresa. ¿Quizá a su cine menos personal? “Hago la película que me gustaría ver en pantalla y me dejo llevar por lo que a mí me inspira. No hago cine a la carta. Igual se percibe una película como menos personal, pero intento establecer dos niveles de lectura: uno más mainstream o general, donde los espectadores ven una historia dentro de unos códigos de género y la disfrutan más o menos. Y otra más profunda o intelectual, donde va el mensaje. Y esta película va cargada de mensaje”.

Con todo, es consciente de que “lo que más define mi carrera es el misterio y el suspense. Como espectador, porque me siento naturalmente llamado por el suspense desde que he sido niño, incluso por el terror. Y como creador. Lo que pasa es que nunca sabes dónde vas a encontrar esa historia que te guste y cuál es el género que va a demandar”.

Han pasado seis años desde que estrenó Ágora. Y Regresión es un nuevo golpe de timón, 180 grados, al menos en tono y género. “cuando hice Ágora estaba intentando escapar de Mar adentro, y en Mar adentro, de Los otros. El proceso creativo en mi caso es una manera de evadirme, aunque en este caso sea volver atrás”. Y reconoce: “Acabo bastante obsesionado por mis proyectos”.

Ágora costó 50 millones de euros. Regresión, seis años después, es una historia más pequeña: 18 millones de dólares. Una coproducción hispano-canadiense, rodada en Toronto con actores internacionales. “El cine está difícil. José Luis Cuerda dice que hacer una película es un milagro. Yo digo que es una operación de alto riesgo. Es un bien inmaterial que se puede bajar gratis por internet. Y encima cuesta muchísimo dinero”, asegura el director. Es su sexto largometraje, el tercero rodado en inglés.

Regresión se ha financiado, explica, con anticipos de producción de todo el mundo. “En realidad, con todos mis proyectos he sentido que tenía mucha libertad… o un margen de libertad razonable, para decir: ésta es mi película”. Por eso, asegura, no le gusta la idea de un director’s cut. “Ésta es la película que yo quería hacer”.

En ese panorama, Amenábar se alegra por el fenómeno que supuso Ocho apellidos vascos (“es algo que hay que celebrar”) y saca el título cuando se le pregunta por cómo se espera siempre lo nuevo de Almodóvar o Amenábar. Pero no deja de ser parte de un modelo cuestionable: los 22 millones de espectadores del cine español en 2014 se lograron gracias al filme de Emilio Martínez Lázaro, ayudado por La isla mínima y El niño. La industria española sigue dependiendo en gran medida de ese taquillazo que salve el año. Cuando no lo hay, como en 2013, las cifras caen (11 millones de espectadores). “Lo más deseable es un modelo donde participen más películas de ese pastel de taquilla. Hay años que efectivamente hay una que es el gran caballo de Troya”, corrobora el director.

Pero a la cinematografía española “le pasa lo de siempre”. A saber: “Es una industria precaria y nos movemos en un terreno de nadie. Lo que sí creo es que hay talento. No me cabe la menor duda”. Amenábar entra en qué necesita el sector: “Tiene que haber una política activa de apoyo al cine. El IVA cultural es realmente una excepción en Europa. El pedazo de IVA que tenemos es vergonzoso, ha hecho muchísimo daño”.

Rodar en Madrid

¿Recuerdan Abre los ojos? Amenábar tiene claro cuál es otro de los problemas del cine español: “Se acaba rodando en una ciudad como Toronto porque tiene exenciones fiscales. Son territorios que se preparan para acoger rodajes y para invitar a que se invierta allí. Eso se debería hacer más en España. Es un disparate, ya lo decía Bayona, que una película como Pompeya se acabe rodando en Canadá en vez de en España”. Sobre la decisión de Cristina Cifuentes de eliminar las trabas para rodar en Madrid, es rotundo: “Sería fantástico. Es un ciudad hostil para los rodajes. Un plano como el que hicimos con la Gran Vía vacía hoy en día sería impensable”. Se refiere, claro, a la película que abría este párrafo, con Eduardo Noriega ante una calle desierta.

Tiene claro qué hace falta mejorar: “Permisos y eliminación de burocracias”. El precio de parar una calle sigue aumentando, lamenta el director. “Cuando veo películas de terror que se hacen por dos o tres millones de dólares, pienso: fantástico, pero ya sé el truco. No salir de un decorado. En el momento en que quieres ver el pueblo, se dispara el presupuesto”.

La política, dice con rotundidad, “me apasiona, pero como cineasta me da miedo”. Ágora es lo más parecido que ha hecho a una cinta de fondo ideológico. “No lleva las siglas PP-PSOE, pero estaba hablando de cosas que pasan en la actualidad. Lo que no sé es si me atrevería a hacer una película de corte claramente político”.

Ágora no funcionó exactamente como se esperaba de ella en taquilla. “Quizá el planteamiento más adecuado con habría sido el de una miniserie, ahora que se habla tanto de estos formatos”, reconoce. Ese formato, dice, le podría interesar. Pero nada que pase de “mini”. “No soy animal televisivo, ni como espectador. Reconozco que las cosas más interesantes que se hacen hoy en día se están haciendo en televisión. Puedo llegar a disfrutar una temporada de una serie, pero cuando sé que me quedan cinco más, me agoto”, asegura. Alguna vez le han ofrecido proyectos concretos para este medio que no ha aceptado.

El guión perfecto no llega, cuenta. “Hay que esperar un proyecto y encontrar la manera de hacerlo tuyo”. Con una excepción: “Donde no me veo es en las películas de superhéroes. No me veo y no me interesan demasiado como espectador: estoy saturado de ellas”

Euskera: marca España de cine

loreak2-1‘Loreak’, de Jose Mari Goenaga y Jon Garaño, representará a este país en los Premios de la Academia de Hollywood. Es la primera vez que se selecciona una película rodada en euskera

loreak2-1Por primera vez, España es candidata a la selección de la Mejor Película de Habla no Inglesa en los Oscar, con una película en euskera. Loreak, de José Mari Goenaga y Jon Garaño, ha sido seleccionada por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España. “Estamos muy orgullosos de hacer viajar el euskera hasta Hollywood. Es algo único y muy bonito. Si el idioma está en la calle, en los comercios, en las escuelas, en la vida en general, tiene que estar en el cine también”, dice Jon Garaño.

Con Loreak, la Academia vuelve a poner el plurilingüismo español en la ruta de los Oscar, después de que en 2011 fuera seleccionada la catalana Pa Negre, de Agustí Villaronga. “Es un paso muy importante. El reconocimiento de los académicos a películas con idiomas minoritarios es fundamental para fomentar su producción”, añade Joxe Portela, presidente de la Asociación de Productoras Audiovisuales Independientes del País Vasco (IBAI).

El año pasado se han rodado cinco películas en euskera, entre ficción, documental y animación. “Es más o menos la media y, de ellas, dos suelen ser totalmente en euskera”, explica el director. Un número satisfactorio, en la perspectiva de Garaño: “Me parece que está muy bien. El euskera tiene un público reducido, un mercado pequeño, y no podemos pretender hacer 20 películas al año”. El presidente de la IBAI está de acuerdo: “No podemos perder de vista que el euskera lo habla muy poca gente. ¿Hay público para más? Pues no lo sé, yo estaría satisfecho con que se siguieran produciendo estas dos películas al año”.

Loreak llevó al cine a 44.471 espectadores, lejos aún de la media de asistentes del cine español de los últimos 10 años, que ronda los 105.000. “Hay que ver cómo va evolucionando el público y si demanda más producciones”, cuenta Portela. Por ahora, la producción en euskera depende de la colaboración de la ETB, la televisión pública vasca. “Tenemos un convenio firmado con ellos por el que apoyan dos películas de ficción al año, rodadas totalmente en euskera. En los últimos años, de los 5 millones de euros anuales que destinan al apoyo a la producción, más o menos 1,5 millones son para estas dos ficciones”, añade.

Sin estrategia para Hollywood

Los dos esperan que la selección de Loreak promocione el cine que se hace en euskera. “Se trata de poner el foco, porque el cine es cuestión de modas también. Que se hable de nosotros puede ayudar a promocionar otras producciones, muy buenas, que se vienen haciendo hace años”, dice Garaño.

La estrategia para Hollywood aún no está trazada. “No lo hemos cerrado aún con nuestro productor, pero intentaremos conseguir apoyos institucionales y patrocinios privados. Somos conscientes de que tenemos que movernos mucho para conseguir que los académicos vean la película y la voten”, cuenta el director. En sus primeras incursiones en el mercado americano, Loreak ganó el premio a la mejor película latina en el festival de Palm Springs y consiguió buenas críticas en los medios. “Pecamos siempre de pesimistas, pero creo que tenemos razones para la esperanza.”

Loreak es una película sencilla e intimista, que cuenta la historia de Ane, una mujer que cada día recibe una ramo de flores de manera anónima y cuya vida da un giro cuando los envíos paran y ella se adentra en la vida de su admirador. ¿Puede ésta ser una historia de Oscar? “Hemos tenido una muy buena acogida en este mercado y además, en los últimos años, hay una tendencia en las películas de habla no inglesa, para premiar al cine de autor, historias más intimistas, lejos de la corriente comercial. Y Loreak encaja en esta definición”, concluye.

Woody Allen: 80 años de neurosis

woodyEl cineasta será octogenario en diciembre. ¿Creen que lo conocen? El Allen que hoy estrena Irrational Man no es el de hace cinco décadas

woody¿Quién es Woody Allen hoy? Parece una pregunta fácil: si hay un artista que le ha abierto su alma al espectador ése es Allan Stewart Konigsberg -su verdadero nombre-, el judío neoyorquino obsesionado con el sexo, la enfermedad y la muerte. A sus casi 80 años sigue a lo suyo, rodando sin parar, a película por año. Este viernes estrena Irrational Man, un nuevo retrato en clave de ficción romántica de sí mismo, su mundo y sus alrededores. Aunque, como viene haciendo desde hace ya algunos años, con alter ego en pantalla, esta vez encarnado por Joaquin Phoenix.

Trazar su retrato no es tan sencillo como puede parecer: el Woody Allen de 2015 no es el de 1965, cuando debutó como guionista en el cine con ¿Qué tal, Pussycat? En esas cinco décadas de carrera ha ido evolucionando de las comedias alocadas al reposo de un cine romántico en el que el director parece, por primera vez, cree en el amor y en las segundas oportunidades. En Annie Hall (1977), Allen dividía la vida en “dos categorías: lo horrible y lo miserable”. Abe Lucas, el protagonista de Irrational Man, un profesor de filosofía en plena crisis existencial y creativa, le dice a su alumna Jill (Emma Stone) al comienzo: “No podía recordar una razón para vivir, y cuando lo hacía no era convincente”. Pero, como ocurría en Si la cosa funciona (2009), Allen le tiende un puente a la vida. ¿Por qué no? ¿Y si merece la pena vivir?

La mirada del guionista, dramaturgo y director ha pasado del nihilismo a la luz. Justo el camino que podría pensarse el opuesto a alguien a quien cada vez le queda menos recorrido vital. Aunque ya en su juventud encontraba momentos de optimismo: ahí está el célebre monólogo de Manhattan (1979), grabadora en mano, de las cosas por las que merece la pena vivir.

Autoparodia

Hace tiempo que el dibujo que Allen hace de sí mismo no es el del caótico y desastroso perdedor, carente de encantos y arrojado a la vida sin atributos, sino más bien el de un solitario, un descreído contemplativo. Una conversación estándar de Woody Allen en los años 70 podía ser más o menos algo así:

Nancy: ‘Eres un inmaduro, Fielding’. Fielding: ‘¿En qué sentido soy inmaduro?’ Nancy: ‘Bueno, emocional, sexual e intelectualmente’. Fielding: ‘Bueno, sí, ¿pero en qué otros sentidos?’ (Bananas, 1971)

En cambio, el Stanley de Magia a la luz de la luna (2014) es un tipo prepotente y encantado  de conocerse, convencido de sus encantos personales y su superioridad intelectual. Quizá Allen se ha cansado de identificarse con loosers.

Sexo

Es una de las caras de la autoparodia en Allen. En Manhattan, cuando Allen le pregunta a Mariel Hemingway cuántas veces podía hacerlo en una noche y ésta respondía “muchas”, él soltaba hecho un campeón: “Muchas es mi número favorito”. En sus películas solía presentarse a través de personajes que estaban convencidos de ser auténticos sementales. ”Debería estar en un trabajo para el que tuviera algún tipo de aptitud, como donar semen a un laboratorio de inseminación artificial”, decía en Bananas.

Sonja: ‘El sexo sin amor es una experiencia vacía’. Boris: ‘Sí, pero como experiencia vacía, es una de las mejores’. (La última noche de Boris Grushenko, 1975)

Las primeras etapa de Allen está atravesada por bromas sobre la sexualidad. ¿Le recuerdan como un espermatozoide en Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo (y nunca se atrevió a preguntar)? Era, junto con Poderosa Afrodita (1995), una suerte de Pretty Woman sin moralina, una de sus películas más directas. Pero aquí y allá, hasta en los lugares menos esperados, Allen deja caer alguna perla sobre el más recurrente de sus temas. Algunas son ya ya famosas:

‘La última vez que estuve dentro de una mujer fue cuando visité la Estatua de la Libertad’ (Delitos y faltas, 1989).

Familia

Otra de las obsesiones de Allen que se han matizado con la edad es el peso de la familia y el vínculo materno. Para un judío como él, era una losa, materializada en la aparición materna flotante que no dejaba en paz al protagonista de su mediometraje en Historias de Nueva York (1989). No es casual que titulara aquel fragmento en su original inglés Naufragios edípicos. En Bananas, el protagonista, Fielding Mellish, decía: “Tengo una buena relación con mis padres. Creo que me pegaron una vez, de hecho, en toda mi infancia. Ellos, esto… empezaron a pegarme el 23 de diciembre de 1942 y pararon a finales de la primavera del 44”.

‘No, mis padres nunca se divorciaron, pese a que se lo rogué’ (Sueños de un seductor, 1972)

En Manhattan. La ex esposa del protagonista es ahora lesbiana y cría a su hijo. Mary, su amante, le dice que eso puede funcionar.

Mary: ‘No necesitas a un macho. Dos madres sirven perfectamente’. Isaac: ‘¿De verdad? Porque siempre tengo la sensación de que muy poca gente es capaz de sobrevivir a una’

Sin embargo, en sus películas más recientes, como en Magia a la luz de la luna, la madre aparece como una figura beatífica que ayuda al protagonista a encauzar su desastrosa vida amorosa. ¿Ha hecho las paces Allen con sus progenitores?

Dios

Ser o no ser. He ahí la gran cuestión. ¿Existe un Dios o nos espera la nada? Perdón por ponernos tan espesos. Pero ha sido una preocupación constante de Allen, judío, al menos por sus raíces. Baste una cita para resumir su relación de amor/odio con lo trascendental. A lo Primo Levi, se preguntaba:

‘Si hay Dios, ¿por qué hubo nazis?’ (Hannah y sus hermanas, 1986)

En este punto, no ha cambiado demasiado con los años: ‘Nunca he creído en Dios. Ni siquiera cuando era un niño. Solía pensar que, si existiera, habría hecho un trabajo tan espantoso que es increíble que la gente no se haya unido para denunciarle’ (Todos dicen I Love You, 1997)

Neurosis y suicidio

Imposible hacer el recuento del número de veces que la palabra suicidio aparece en el discurso de Woody Allen. Para ser un tipo que está cerca de cumplir los 80, puede decirse que ha controlado bien sus inclinaciones. Y eso que en Hannah y sus hermanas (1986) se ponía un rifle en la cabeza y decía: “¿Y si me equivoco? ¿Y si Dios existe? Al fin y al cabo, nadie lo sabe realmente. Luego pensé: No, un quizá no es suficiente. Quiero tener la certeza absoluta”. No, no lo hacía, aunque se le disparaba el arma y destrozaba un espejo. El tema sigue apareciendo con frases redondas:

‘Intenté suicidarme. Obviamente, no lo conseguí’ (Si la cosa funciona, 2009)

Las neuras diversas del cineasta y las alusiones a la psiquiatría y a sus visitas al psicólogo saltaban constantemente en sus historias. “Soy un claustrofóbico de fama internacional”, decía en Misterioso asesinato en Manhattan (1993).

En su última etapa, sin embargo, también parece estar en paz con la psiquiatría. Desde Conocerás al hombre de tus sueños (2010) hasta Irrational Man el único filme que se ríe con el caos emocional de su protagonista es Blue Jasmin (2013)… y es una mujer que, tras una crisis nerviosa, comienza a rehacer su personalidad.

Asesinato y culpa

Sí, también hay un Woody Allen serio, un director sin concesiones. Tres lustros separan Delitos y faltas de Match Point, pero ambas hablan del asesinato como medio del protagonista para mantener su statu quo o para conseguirse uno a su medida.

Ben: ‘Es una vida humana’. ¿No crees que Dios está observando? Judah: ‘Dios es un lujo que no puedo permitirme’. (Delitos y faltas, 1989)

El reputado oftalmólogo Judah Rosenthal o el instructor de tenis trepa y sin escrúpulos Chris Wilton se diferencian sólo en sus dudas y en el resultado de sus acciones.

Chris: ‘Tienes que aprender a meter la culpa debajo de la alfombra y seguir adelante. De lo contrario, te abrumará’. (Match Point, 2005)

Nueva York

La Gran Manzana fue su ciudad, inmortalizada en el arranque de Manhattan (1979), con aquella primera frase -“Capítulo uno. Él adoraba Nueva York”- y muchas de sus películas lo confirman: Annie Hall, Broadway Danny Rose, Desmontando a Harry, Poderosa Afrodita

‘Nueva York es la ciudad que nunca duerme! Por eso no vivimos en Duluth. Por eso, y porque ni siquiera sé dónde está Duluth’ (Misterioso asesinato en Manhattan, 1993)

Pero Europa comenzó a ponerle mejores ojitos que los USA a Allen, en todos los sentidos. Incluidos los costes del rodaje. Así, en las últimas dos décadas, el cineasta neoyorquino ha pasado a retratar Venecia, París, Barcelona, Londres… Lejos quedan sus cartas de amor en blanco y negro al Puente de Brooklyn y sus paseos por Central Park.

Enfermedad

Dentro de algunas décadas, cuando nuestros nietos busquen en Google hipocondria, aparecerá una foto de Woody Allen acompañando a la definición.

“Las palabras más importantes en inglés no son ‘Te quiero’, sino ‘Es benigno’ (Desmontando a Harry, )

Aunque últimamente son las pequeñas miserias las que, como buen representante de la tercera edad, parecen preocuparle más.

“Cariño, hacer algo excitante en mi vida es cenar sin tener acidez después” (Scoop, 2006).

Muerte

Por fin: el mayor de los miedos. El miedo definitivo. Quizá Woody Allen es en realidad el más valiente de los hombres, pues lleva décadas hablando claro: reconociendo su miedo a la muerte. Y en eso no ha cambiado. La mejor respuesta que alguien haya podido ofrecer preguntado por qué piensa de la muerte la dio Allen en Cannes hace unos años: “Estoy en contra”.

En La última noche de Boris Grushenko (1975) mantenía una charla con la parca en persona, al estilo de El séptimo sello: “Eres un joven muy interesante. Volveremos a vernos”, le decía la muerte. “Oh, no te molestes”, respondía Boris. En eso no ha cambiado mucho, salvo en la serenidad del discurso: “Sí, le temo. Diría que es mi mayor miedo”, le respondía a Ernest Hemingway el protagonista de Midnight in Paris (2011)

Al final, Allen ha preferido tener la cabeza centrada en todo aquello que la vida ha supuesto para él. Al fin y al cabo, la muerte es inevitable. “El sexo y la muerte son dos cosas que te suceden una vez en la vida”, arrojaba en El dormilón (1973). Como decía otro de sus personajes hace ya dos décadas:

‘No puedes controlar la vida. No se desarrolla perfectamente. Sólo puedes controlar el arte. El arte y la masturbación. Dos áreas en las que soy un absoluto experto’ (Recuerdos, 1980)

Ahora que podemos hacerlo sin pagar copyright, esperemos poder cantar el 1 de diciembre el Happy Birthday a un cineasta que es un complejo cruce de caminos. Un nombre y un apellido que dan para este artículo y mucho más.

El cine teme a ETA

etaImanol Uribe aborda el más tabú de los temas en un drama sentimental, ‘Lejos del mar’. Cada vez se ruedan más títulos sobre la banda terrorista, pero la mayoría dan rodeos.

En la imagen, Eduard Fernández y Elena Anaya, los dos protagonistas del filme de Uribe.

Choque de ‘conciencias’ entre una víctima de ETA y la presidenta Barkos, por Gonzalo Araluce

 

eta
Eduard Fernández y Elena Anaya, los dos protagonistas del filme de Uribe.

Ayer se proyectó en San Sebastián Lejos del mar, la nueva película de Imanol Uribe, uno de los directores españoles que más ha hablado de ETA en sus películas. Con ésta continúa la trilogía comenzada con La muerte de Mikel (1984) y Días contados (1994). Uribe narra la historia de Marina (Elena Anaya). De niña vio cómo asesinaban a su padre delante de sus ojos. Ahora vive en un pueblo del Cabo de Gata. Está casada con un periodista y tiene un hijo, aunque no parece muy feliz en su matrimonio. Santi (Eduard Fernández), el etarra que mató a su padre, sale de la cárcel y va a dar al pueblo donde vive Marina, quien lo reconoce al instante.

En el pase para Prensa en San Sebastián se oyeron risas. ¿Qué es lo que falla para que un tema tan espinoso abordado en clave de drama sentimental acabe resultando cómico? “La intención de la película es bucear en ese problema, ese pasado colectivo que tenemos todos”, explica el cineasta a EL ESPAÑOL. ¿Puede ser malinterpretada esa intención? “Nunca sabes. La respuesta del espectador se me escapa”.

Más allá de lo improbable de la casualidad que lleva a Santi a cruzarse con Marina, lo que chirría en Lejos del mar es la trama posterior: Marina tratará primero de matar a Santi y después -atención, spoiler, no hay otra forma de analizar el filme-, acabará entregándose a su cuidado y, poco después, a sus brazos. Todo de forma bastante inexplicable, con diálogos sucintos que obligan al público a un ejercicio de imaginación. Como el final que propone Uribe, con una narración cinematográfica que oculta detalles y deja preguntas en el aire, como si el director de Bilbao no quisiera definirse en el terreno de la culpa y el odio. Asegura Uribe que el filme no trata de lanzar ningún mensaje. “No quería. He intentado huir de la política inmediata y hablar de sentimiento, de personas, de las secuelas que produce la violencia con el paso de los años”.

Para eso, ha dibujado a Santi como un buen tipo, que ayuda a sus amigos -a Almería acude para velar por su compañero de celda, un yonqui enfermo incapaz de ordenar su vida que lo ve como a un hermano mayor-, un hombre serio y abrumado por lo que hizo en su pasado. Uribe cree que también un etarra puede ser redimido. “Son personas, cada uno con su responsabilidad. No es lo mismo, ni de coña, que una víctima. Pero tienen su corazoncito, su pasado, su reflexión sobre lo que han hecho, sobre lo que podían haber hecho y no hicieron, y viceversa. La película podría no transcurrir en el País Vasco, podría haber sido en otro país y en otro momento. Trata un tema universal: la relación entre la víctima y el agresor”. Marina, en cambio, aparece ante nuestros ojos como alguien incapaz de superar el rencor.

No es la primera vez que el cine español habla de ETA y la situación del País Vasco durante las últimas décadas. De hecho, en los últimos años, parece un tabú que cada vez más va derrumbándose. Los ejemplos históricos llegaron con cuentagotas: Operación Ogro (1979), El proceso de Burgos (1979), del propio Uribe: Yoyes (2000), de Helena Taberna… Mario Camus contó en Sombras en una batalla (1978) el encuentro entre una ex etarra y un antiguo miembro de los GAL. Poco que ver con el encuentro entre víctima y verdugo. El GAL aparece también en Lasa y Zabala, de Pablo Malo (2014), una mirada necesaria pero incompleta a la realidad del País Vasco de aquellos años. Los títulos más recientes abundan: La casa de mi padre (2008), de Gorka Merchán, una historia familiar con el ambiente de la kale borroka de fondo; o Negociador, de Borja Cobeaga (2014), por citar sólo algunos.

Casos sin resolver

Uno de los cineastas que más claro han hablado sobre el terrorismo de ETA es Iñaki Arteta, un donostiarra que ha dirigido documentales como Voces sin libertad (2004), Trece entre mil (2005), El infierno vasco (2008) y 1980 (2013). “No creo que ya nadie tenga miedo a que le pase algo. Ni que nadie lo haya tenido, salvo quizá yo un poco y alguno más”, responde sobre el silencio del cine español sobre el tema vasco.

Un silencio a medias. ¿Ha habido películas? Sí. Desde 1978 hasta nuestros días se han producido en España unos 4.000 títulos entre ficción y documentales. De ellos, entre 50 y 60 se han acercado a ETA. Pero sólo unos pocos lo han hecho de frente. No más de una decena. Para Arteta, “tiene que ver con el enfoque que se ha dado desde el mundo del arte en general a cómo encuadrar a un terrorista de corte nacionalista. Porque cómo retratar a un terrorista de extrema derecha, eso lo tiene claro todo el mundo. Pero a un nacionalista… La gente del cine no ha querido adentrarse en eso”. Arteta cree que “más que miedo, hay un rechazo a un tema que los directores intuyen como muy complicado”.

Arteta trabaja ya en su nuevo documental, que lleva provisionalmente por título Impunidad. Intenta levantarlo con crowdfunding, aunque con pobres resultados de momento. En él se acercará a los asesinatos relacionados con la banda terrorista que siguen sin resolverse. Expedientes cerrados, callejones sin salida… Habrá testimonios de víctimas e investigaciones de Daniel Portero y Juanfer F. Calderín, de Covite.

Al margen de esfuerzos aislados como el de Arteta, ETA sigue siendo un emperador desnudo al que muy pocos señalan con el dedo de forma directa. Hay aventuras dramáticas, ficción variada, pero en muchos casos se sirven de giros o argumentos que evitan el posicionamiento y el conflicto. Otros lo intentan pero se quedan a medio gas. Para algunos los atentados de ETA son sólo un telón de fondo para la historia que quieren narrar.

En los últimos años se han acercado sin entrar en profundidad en el problema películas como La pelota vasca (2003), de Julio Medem, documental en el que daba voz a uno y otro lado, las víctimas de ETA y las de torturas de las fuerzas de seguridad y la guerra sucia del Estado; tampoco metía el dedo en la llaga Todos estamos invitados (2008), de Manuel Gutiérrez Aragón. El Lobo (2004), de Miguel Curtois, y Santuario (2015), de Olivier Masset-Depasse, eran más thrillers históricos sobre diferentes momentos de la banda.

Demasiada equidistancia

Para Arteta, no hay apenas películas que reflejen “lo que ha significado en la sociedad todo esto. Ahí no se le hinca el diente. Llegará el momento. Entiendo que es complicado. Falta tiempo”. Y hace una reflexión: “Mira qué se estrenó en 1980. El año con más muertes de la banda. La primera de Almodóvar, una de Julio Iglesias… Miras las ciento y pico películas de ese año y piensas que en España no pasaba nada”. Aunque tiene una clave que conviene recordar: “Las películas que se hacen son las que quieren los productores”.

Ha habido incluso filmes que se sitúan en una equidistancia peligrosa entre el País Vasco pro-ETA y el que sufre a la banda como Asier Eta Biok (Asier y yo) (2013), de Aitor Merino, un documental en el que el director narra su amistad desde la infancia con el etarra Asier Aranguren, a quien cuestiona su filiación pero al que también da voz.

Arteta no ha visto aún el filme de Uribe y por lo tanto no puede opinar. Le da crédito de entrada: “En su trayectoria se ha preocupado mucho por el asunto y creo que no ha dado malos enfoques”. Días contados era una película muy buena, recuerda. Algo en lo que muchos estamos de acuerdo. Y aquí entramos ya en un asunto espinoso: la calidad del cine, al margen del enfoque elegido para abordar un tema tan complicado. Al final, lamenta Arteta, “lo que no hay son buenas películas. De las 50 o así que se han hecho de ETA, recuerdo 4 o 5 que podría decir que lo son”. Que cada cuál decida si el número es acertado. Y si es así, cuáles son las que se salvan.