“Papá, mamá: Me ejecutarán mañana de mañana”

FonsecaHace ahora 40 años cinco hombres fueron fusilados a la madrugada acusados de terroristas. Eran Xosé Humberto Baena, (25 años), Ángel Otaegui (33), Ramón García Sanz (27), José Luis Sánchez (21) y Juan Paredes (21). El periodista Carlos Fonseca recupera su recuerdo en el libro Mañana cuando me maten.

Fonseca26 de septiembre de 1975. “Papá, Mamá: Me ejecutarán mañana de mañana. Quiero daros ánimos. Pensad que yo muero, pero que la vida sigue. Recuerdo que en tu última visita, papá, me dijiste que fuese valiente, como un buen gallego. Lo he sido, te lo aseguro. Cuando me fusilen mañana pediré que no me tapen los ojos para ver la muerte de frente”. Xosé Humberto, de 25 años, escribe a sus padres antes de ser fusilado junto a Ángel Otaegui (33 años), Ramón García Sanz (27 años), José Luis Sánchez (21 años) y Juan Paredes (21 años), acusados de ser militantes del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico) y de ETA, y condenados por matar a cuatro miembros de la policía armada y de la guardia civil.

El periodista Carlos Fonseca (Madrid, 1959) ha recuperado el episodio para dar a conocer a quienes no habían nacido entonces uno de los capítulos más miserables de la dictadura y demostrar que la decisión sobre las penas de muerte fue “arbitraria”. El autor se ha vestido con las ropas de historiador para rastrear el pasado, como los periodistas hacen con el presente, partiendo de documentos, datos y testimonios hasta llegar a la verdad.

“Dramatizo los acontecimientos para conseguir una lectura más amena, esa es la diferencia entre la historia, el periodismo y la narrativa. Mañana cuando me maten (La esfera de los libros) no es un libro académico, pero no está reñido con el rigor”, cuenta el autor, que tocó el éxito hace once años con el libro Trece rosas rojas.

La carta de Xosé Humberto continúa: “Siento tener que dejaros. Lo siento por vosotros, que sois viejos y sé que me queréis mucho, como yo os quiero, no por mí. Pero tenéis muchos hijos, que todo el pueblo es vuestro hijo. Al menos, yo así os lo pido”. No es la única misiva que incluye en el texto, también aparece la de Gregorio Peces Barba explicando por qué no se hace cargo de la defensa.

“No creo que le deje en buen lugar, porque los abogados que los defendieron lo hicieron porque estaban en contra de la pena de muerte. Defenderlos era su deber ético”, señala Fonseca. Pero tanto el PSOE como el PCE dieron instrucciones a sus abogados para no defender a ningún militante de ETA o del FRAP, porque para ellos los atentados no contribuían a poner fin a la dictadura, sino que torpedeaban la apertura del régimen.

“Una victoria de los intransigentes”

Carlos Fonseca reconoce que los historiadores y periodistas no están ceñidos por las mismas condiciones. La diferencia está en el relato. “No estamos encorsetados como lo está el historiador. Nosotros tenemos una voluntad divulgativa. Quiero que la gente se entretenga”, dice. Los historiadores tampoco son amigos de los testimonios, porque a pesar del color y el tono de las declaraciones, desconfían de las subjetividad de las fuentes. “Muchos de los documentos también están falseados y manipulados. De la unión de ambos surge una aproximación a la verdad”.

“¿Recordáis lo que dije en el juicio? Que mi muerte sea la última que dicte un tribunal militar. Ese era mi deseo, pero tengo la seguridad de que habrá muchos más. ¡Mala suerte!”. La frustración de Xosé se mantiene hasta el final de la carta. “Los fusilamientos fueron una victoria de los intransigentes sobre los aperturistas”, sentencia el autor.

Fonseca no lo ha tenido fácil. El acceso oficial ha sido parcial. “Nunca pensé que iba a encontrarme con tantas dificultades”, reconoce. Ni transparencia, ni accesibilidad en los archivos de la represión militar. La documentación que necesitaba estaba depositada pero no para consulta historiográfica. Los papeles que encontraba, además, chocaban con dos leyes: Memoria Histórica y de Patrimonio Nacional. Una permite la publicación, la otra preserva el honor de los implicados hasta 50 años.

Sólo una sentencia de los tribunales haría posible una sentencia que determinase el interés. “Ojalá alguien decida entrar en el tema a fondo, porque la Memoria Histórica se ha quedado en retórica. Prefiero tener ésta ley a ninguna, aunque esté inutilizada. El franquismo no forma parte de la agenda política”.

El libro tiene una pretensión modesta: dar a conocer el episodio… 40 años después. Quizá no hayamos ejercitado lo suficiente la memoria para dar a luz estos hechos enterrados. “La Transición no fue modélica, fue la que se pudo hacer con lo que había. Nos ha valido. Pero frente a esa historia de transición modélica donde todo eran parabienes ha llegado el momento de contar los otros detalles y episodios que matizan esa versión amable. No se trata de desmerecer la Transición, sino de aproximarnos a la verdad. Por eso no termino de entender que se califique a la Memoria Histórica como marketing. Todavía hay mucho por investigar en un país sometido por la historia de los vencedores”.

Y Xosé cierra la carta a su padre: “¡Cuánto siento morir sin poder daros ni siquiera el último abrazo!”.

 

 

Siete nombres para huir de Corea del Norte

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Han pasado 18 años desde que cruzó un río helado para llegar a China. Hyeonseo es su séptimo nombre. Significa “la fortuna de la luz del sol” y se lo puso ella misma al alcanzar la libertad. Ahora ha plasmado su vida en el libro La chica de los siete nombres (Península, 2015). 

Reportaje gráfico: Moeh Atitar

Hyeonseo Lee tiene una sonrisa dulce que ni siquiera desaparece cuando la rodean recuerdos de miseria, muerte y represión. Su pelo negro contrasta con un vestido blanco, que acompaña la luminosidad y la decoración sobria de la biblioteca. Habla en inglés, un idioma que siempre creyó “enemigo” hasta que huyó con 17 años de Corea del Norte.

Al explicar lo que supone para ella la libertad, reflejada en los grandes anuncios, las tiendas y los carteles de la Gran Vía madrileña, alza sus brazos intentando abrazar el espacio y gesticula diciendo: “No sabría explicar esa sensación, la de vivir en libertad por primera vez. No es sólo el aspecto de la calle, puede sentirse en el aire, en la naturaleza, en los olores, en las miradas de la gente”.

Han pasado 18 años desde que cruzó un río helado para llegar a China. Hyeonseo es su séptimo nombre. Se lo puso ella misma cuando alcanzó la libertad: “Lo elegí porque no quería volver a las sombras”. “Hyeon” significa “luz del sol”, y “seo”, “fortuna”.

Después de refugiarse en un sinfín de identidades, sufrir interrogatorios y esquivar la deportación durante años, ha plasmado su vida en el libro La chica de los siete nombres (Península, 2015). Ahora recorre el mundo con el objetivo de lograr apoyo internacional para proteger los derechos humanos en su país, que todavía “ama y echa de menos”. Lo que sigue a continuación es su vida según la cuenta ella misma en las páginas del libro y durante nuestra conversación. foto_nc1

Reportaje gráfico: Moeh Atitar

Un ruido atronador

La historia de Hyeonseo arranca cuando apenas tiene cuatro años. Lleva un vestido azul cielo. Ha salido a jugar al terraplén de hierba que hay detrás de su casa. Se sienta en la vía del tren y juega a recoger piedras, dejándolas en su regazo. El suelo húmedo ensucia sus manos de barro y hierba. De pronto, oye un ruido atronador, huele a quemado y no ve nada, tan sólo oscuridad. A gatas, escapa de los bajos de un vagón. Su madre, corriendo, se abre paso entre la multitud y la coge en brazos. Una mujer se acerca y dice: “Sobrevivir a tal accidente es un buen presagio. Tendrás una larga vida”.

No se equivocó. Unos años más tarde, la casa de los Lee ardió en llamas. A Hyeonseo no le pasó nada. Cuando el incendio calcinaba las paredes y el humo se tornaba cada vez más negro, su padre volvió dentro. Temían lo peor, pero consiguió salir con dos objetos rectangulares bajo el brazo: los retratos de los líderes Kim Il-sung y Kim Jong-il.

Hyeonseo creció bajo aquellas miradas, acristaladas y colocadas por imperativo legal en cualquier edificio: “Los marcos tenían que ser el objeto más elevado de la estancia y estar perfectamente alineados. Los limpiábamos con un paño especial proporcionado por el Gobierno que no debía usarse para nada más. Un oficial, con guantes blancos, los revisaba una vez al mes. Si no estaban limpios, se recibía un castigo”.

De niña fue feliz, o por lo menos así lo recuerda. “Creía que todo lo que ocurría a mi alrededor era normal. No sabía que más allá de las fronteras existía un universo distinto”. Hyesan, la ciudad donde vivía, está rodeada por las montañas, que brillan en verano, y en invierno se cubren de nieve. El río Yalu, que la recorre, separa al país de China, que empieza en la otra orilla. Tiene once metros de ancho y no es muy profundo. Cuando bajan las temperaturas, el hielo lo convierte en un puente hacia el contrabandismo o la libertad, como en el caso de Hyeonseo, que lo cruzaría poco antes de cumplir los dieciocho. “Parece que en Hyesan acaba todo, que no hay nada más allá. Por eso la llaman el fin del mundo”.

Las ejecuciones públicas

Cuando tenía siete años, vio su primera ejecución. Su madre la mandó a hacer un recado. Hacía calor, la humedad era desagradable y había algo que emanaba un olor fétido. Las moscas estaban por todas partes. Una masa de gente se amontonaba bajo el puente del ferrocarril. Había un hombre colgado del cuello. Una bolsa de tela cubría su rostro y llevaba las manos atadas a la espalda.

Ya en la educación primaria es obligatorio asistir a las ejecuciones públicas. Hyeonseo recuerda una de ellas: “Había tres hombres atados a una estaca. El juez anunció que los criminales habían confesado sus crímenes y luego les preguntó si tenían algo más que decir. Estaban amordazados, con la boca llena de piedras, supongo que para que no maldijeran al régimen con su último aliento. En el momento de los disparos, colocan a los parientes en primera fila”. Ahora, explica, contar al mundo que esto ocurre es una de las partes más importantes de su mensaje.

El colegio en Corea del Norte entraña muchas obligaciones. Una de ellas, las sesiones de autocensura. “Tenían lugar cada sábado. Asistíamos las cuarenta alumnas de la clase y las presidía la maestra. Por turnos, nos levantábamos para acusar a alguien y confesar algo”. Hyeonseo explica que los coreanos del norte son introvertidos, en gran parte, por miedo a que los delaten: “El ciudadano hace el trabajo del policía. Aprendí de mi madre, desde pequeña, a ser muy reservada, a no coger confianza con aquellos que no eran de mi familia”.

Hasta los 14 años, los alumnos son ‘exploradores’ y protagonizan los juegos colectivos, grandes desfiles que hacen de ellos “unos buenos comunistas”. Preguntada por el objetivo de estas actividades, utiliza unas palabras de Kim Jong-il: “Puesto que cada niño sabe que un solo desliz puede estropear una exhibición colectiva, aprende a subordinar su voluntad a la del grupo”. A partir de los 14, los juegos colectivos desaparecen para dejar paso a la liga de las juventudes socialistas, donde se adiestra militarmente a todos y cada uno de los adolescentes.

Las asignaturas, centradas en la vida de los líderes, la ética comunista y el odio hacia los coreanos del sur y los estadounidenses, contribuyen a crear un pensamiento vengativo: “Nos ponían imágenes de tanques del sur cruzando la frontera, masacrando la población civil. Los ojos se me ponían llorosos, bullía pensando en la venganza y en hacer justicia. Era un sentimiento común”.

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El suicidio y las castas

El padre de Hyeonseo siempre había trabajado en el ejército, pero fue destinado a una empresa comercial, lógicamente en manos del Estado, lo que llevó a la familia a orillas del río, a la frontera con China, adonde el señor Lee tendría que viajar con frecuencia. “Estábamos tan cerca de China que nuestro televisor podía sintonizar sus canales”.

Un día, el padre de Hyeonseo fue arrestado en la frontera. Cinco militares entraron en casa por la noche y buscaron objetos de valor y dinero: “Rompieron las paredes, abrieron el suelo y desmontaron el techo”. Lo acusaban de soborno y abuso de poder. Fue ingresado en el hospital porque le habían dado una paliza. Le obligaban a escribir una confesión. Cuando lo hacía, los militares la rompían una y otra vez al no conseguir lo que querían. Unos días después, el hospital certificó su fallecimiento: “Suicidio con sobredosis de tranquilizantes”.

El sistema de castas que estructura Corea del Norte castiga a los familiares de quienes se quitan la vida tachándolos de “hostiles”, lo que les impide estudiar en la universidad o acceder a un buen puesto de trabajo. “Mi madre sobornó al hospital y consiguió que cambiaran el certificado”.

Con 15 años, y a pesar de los canales chinos de televisión, la música extranjera de contrabando y las luces que brillaban en el país del otro lado del río, Hyeonseo conservaba una inocencia peligrosa: “Creía que me podía quedar embarazada con tan sólo besar a un hombre. Mis amigas pensaban lo mismo. Nos enteramos de la realidad viendo una película ilegal”.

La muerte del dictador

El 8 de julio de aquel año, 1994, Hyeonseo fue al colegio, pero las clases se suspendieron. Enviaron a los alumnos a casa y les dijeron que encendieran el televisor, lo que extrañó a muchos ya que no había emisiones diurnas.

“El gran corazón ha dejado de latir”, dijo la locutora. “Kim Il-sung ha muerto”.

Semanas más tarde, muchos fueron castigados por no haber vertido lágrimas suficientes: “No conseguía llorar. Me humedecía los ojos con saliva y los frotaba. Una chica de mi clase fue castigada, pero tuve suerte”.

Al año siguiente, la gran hambruna comenzó a asolar al país. Aparecieron mendigos por todas partes, sobre todo alrededor de los mercadillos. También había niños vagabundos que iban del campo a la ciudad.

Hyeonseo recuerda las aceras vacías y las personas hablando consigo mismas, alucinando por culpa del hambre. Había cuerpos en el río, boca arriba, que los guardias fronterizos recogían para que no los vieran desde la orilla china. Pero no solo faltaban los alimentos. También escaseaban los fertilizantes.

“Los niños fueron obligados a llevar al colegio sus excrementos para usarlos con este fin”, explica. “Las familias cerraban con llave sus retretes exteriores para que los ladrones no les quitasen lo que pudieran contener”. Hyeonseo empezó a preguntarse: “¿Por qué la gente se muere de hambre? ¿No vivimos en el mejor país del mundo?”.

La muerte por inanición del profesor de acordeón de su hermano o de un ladrón escuálido que no pudo llevarse el televisor de su casa por falta de fuerza son algunos de sus recuerdos de la gran hambruna.

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La huida

Durante el invierno de 1997, poco antes de que Hyeonseo cumpliera los 18 años, una compañera del colegio le propuso cruzar el río hacia China. Las luces de neón del otro lado, los guardias chinos fornidos y uniformados y los niños que no parecían hambrientos picaban su curiosidad. Sabía que si quería cruzar aquél era el momento.

A partir de la mayoría de edad, cometer un delito podía traerle problemas mucho más graves y hubo un detalle que la ayudó: el guardia que cubría el tramo del río más cercano a su casa se enamoró de ella. Llegó incluso a proponerle matrimonio. Su fuerte amistad le animó a cruzar. Sabía que si él la detenía, no correría demasiado peligro.

Ocurrió la segunda semana de diciembre. Era de noche. Hacía frío y sobre el río helado se podía caminar. La nariz quemaba y el vapor del aliento coloreaba la oscuridad. El viento apenas soplaba y el silencio era absoluto. Cuando Hyeonseo llegó al río se encontró con el guardia, al que convenció para cruzar. Así pisó China por primera vez.

“Tenía la idea de visitar a unos parientes. Ni siquiera miré atrás. Pensaba que volvería en unos días”, explica. Ya en casa de sus tíos, a la que llegó acompañada por un contrabandista amigo de su familia, se enamoró de los brillantes colores de la ropa, la música, los anuncios y la libertad. Su estancia se prolongó, celebró allí los 18 años y para cuando se dio cuenta estuvo a punto de casarse con el hijo de unos amigos de sus tíos. “Era un matrimonio de conveniencia”, dijo. “Notaba que todo lo que me pasaba sucedía, sin que yo pudiera elegir. Huí una vez más”.

A partir de ese momento, alternó trabajos en distintos restaurantes. Superó los interrogatorios en comisaría y evitó la deportación. La compra de un documento de identidad en el mercado negro le otorgó la nacionalidad china, lo que le dio tranquilidad y la posibilidad de optar a puestos mejor remunerados.

La libertad no es todo

Mientras tanto, en Corea del Norte, su madre sufría una estrecha vigilancia. Tuvo que fingir la desaparición de su hija, lo que no convencía a las autoridades. A su hermano, después de recibir dinero y objetos de contrabando, le pegaron una paliza, intentando averiguar la procedencia del paquete de su hermana.

La preocupación por la seguridad de su familia y la soledad llevaron a Hyeonseo a la frontera a recoger a su madre y a su hermano, para sacarlos de aquel infierno. Recorrieron China los tres juntos, disfrazados de una guía que acompañaba a dos sordomudos. Ya en la frontera con Laos, donde tenían previsto que la embajada de Corea del Sur les diera asilo político, su familia fue detenida por la policía, que los retuvo tres meses en la cárcel antes de permitirles viajar a Seúl.

– En el libro cuenta que “la libertad no lo es todo”, que incluso estuvo tentada de volver a su país.

– Es cierto. Pagué un precio demasiado alto por la libertad, el de no volver a ver a mi madre, a mi hermano, a mis tíos. Me corroía por dentro. No podía soportarlo. Además, no fui realmente libre hasta que llegué a Corea del Sur. Hasta entonces estuve escondiéndome, pensando en que mi deserción podía suponer los peores peligros para los que todavía estaban allí.

Ese peligro todavía acecha a los familiares de Hyeonseo que viven en Corea del Norte. Por ello, en el libro se refiere a ellos como el tío Cine, la tía Bonita o el tío Rico. Las caras de su madre y hermano, huidos gracias a ella recientemente, aparecen difuminadas por miedo a las represalias.

Hyeonseo ama su país. Desea volver algún día. Ahora lucha por los derechos humanos de quienes no pueden escapar, de aquellos que viven en la sombra, sin saber que “existe un mundo maravilloso, de ciudades preciosas, de sitios por conocer, y de personas tan distintas”.

El ‘Rudolf Hess’ de Argentina

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La Corte Suprema argentina ha rechazado la excarcelación definitiva del general Luciano Benjamín Menéndez, de 88 años de edad. Durante la dictadura de 1976 a 1983 era el ‘número dos’ entre los jefes de la guerra sucia detrás de Videla y Massera. Menéndez y sus oficiales arrasaron con todo secuestrando, torturando y exterminando a unos 2.500 prisioneros que pasaron por dos campos de la muerte: “La Perla” y “La Ribera”. Ahora lleva camino de convertirse en otro Rudolf Hess.

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Una reciente imagen del general argentino Luciano Benjamín Menéndez.

El general argentino Luciano Benjamín Menéndez (88 años) no conoció al jerarca de la Alemania nazi Rudolf Hess, por obvios motivos de lejanías cronológica y geográfica. Sin embargo su vida se asemeja asombrosamente a la del secretario de Adolf Hitler y parece ir destinada hacia un mismo punto final.

Durante la dictadura argentina, de 1976 a 1983, Menéndez comandó el tercer cuerpo de Ejército en la provincia de Córdoba (centro) con jurisdicción en la mitad norte del país. Era el ‘número dos’ entre los jefes de la guerra sucia contra las guerrillas y opositores políticos, detrás de los dictadores Jorge Videla y Emilio Massera.

Córdoba era una fuerte plaza industrial y universitaria, por lo que concentraba al activismo sindical y estudiantil de izquierdas.  Menéndez y sus oficiales arrasaron con todo secuestrando, torturando y exterminando a unos 2.500 prisioneros que pasaron por dos campos de la muerte, “La Perla” y “La Ribera”, dentro de la guarnición.

Allí hasta se ideó el accidente de tráfico que en 1978 provocó la muerte al cantante Jorge Cafrune, muy conocido en España en los ’60 y ’70. El músico desafiaba al régimen interpretando canciones prohibidas y los militares se  lo cobraron con un atentado disfrazado de choque en la carretera, según atestiguó la superviviente Graciela Geuna.

Hijo y nieto de generales, Menéndez profesó una ideología ultra nacionalista. Tanta era su exaltación patriotera que en 1978 estuvo a un tris de meter a Argentina en una guerra contra Chile (dictadura de Augusto Pinochet) por unas diferencias territoriales en el atlántico austral. Hasta arengaba a su tropa a “cruzar los Andes y mear champán en el Pacífico”.

No obstante la recuperación de la democracia en 1983 y su jubilación como militar, no impidió que continuara llamando a los argentinos a combatir por aquel conflicto de fronteras. A la salida de un debate en televisión sobre ese asunto,  el público le gritó “asesino”. Entonces Menéndez desenfundó un puñal de comando y se abalanzó contra la gente. Pero los escoltas lo frenaron y evitaron la carnicería.

A la salida de un debate en televisión el público le gritó “asesino”. Entonces Menéndez desenfundó un puñal de comando y se abalanzó contra la gente. / Enrique Rosito (DyN)

El reportero Enrique Rosito, de la agencia Diarios y Noticias (DyN), captó, el 21 de agosto de 1984, ese instante de ira asesina. La foto se publicó en la prensa internacional y ganó el Premio Rey de España. “Si tuvo una reacción así en democracia, ya retirado del Ejército y de paisano, uno no puede siquiera imaginarse lo que habrá sido cuando dominaba Córdoba y se creía un semidiós”.

Secuestros, torturas y matanzas

Con el devenir democrático, el general entorchado que se pavoneaba en desfiles castrenses, convencido de que libraba la Tercera Guerra Mundial contra el comunismo, ha mutado en un anciano de 88 años, canoso y de ojeras, que hoy por hoy arrastra 12 condenas por secuestros, torturas y matanzas. De las cuales 10 son a cadena perpetua.

Menéndez ostenta el record de castigos en la política de memoria, verdad y justicia que Argentina aplica desde 2003. El país juzga a todos los represores. En total hay unos 600 condenados y 1.100 procesados. El resto de naciones de Latinoamérica, en cambio, los amnistió total o parcialmente.

“Argentina es el primer país que juzga a sus soldados victoriosos que lucharon y vencieron, por orden de sus compatriotas a la subversión marxista, que quiso asaltar el poder”, despotricó en sus alegatos defensivos. Y lamentó que “todo empezó en 1960 cuando Fidel Castro se hizo comunista” y se propuso “someter a Argentina y a los países de Sudamérica en satélites de Rusia”.

Por su avanzada edad y mala salud, el general viene insistiendo ante la justicia que le permita salir definitivamente de la prisión. En Argentina los reos pueden solicitar el pase a la detención domiciliaria a partir de los 70 años. Las recaídas en enfermedades le han facilitado algunas escapadas a clínicas privadas e incluso a su casa, siempre vigilado por guardias. De hecho desde hace unas semanas se encuentra en su vivienda. Pero el miércoles pasado la Corte Suprema argentina le ha negado la excarcelación definitiva.

Así pues, Menéndez volvería a prisión y seguiría los pasos de Rudolf Hess, el secretario de Hitler condenado a cadena perpetua en el juicio de Nüremberg que clamaba por salir de Spandau, penal de la Alemania occidental,  pero fracasó, sobre todo por la oposición de la URSS y el Reino Unido. Murió encerrado allí a los 93 años, en 1987. Menéndez también lo tiene difícil: su ex jefe Videla murió en una celda, a los 87 años, sentado en el retrete.

El estado lamentable de la primavera árabe

Si parte del mundo árabe vive una transición, será una transición larga. Túnez es el único país afectado por las revueltas de 2011 que parece progresar hacia una situación política más libre. El ataque terrorista en el Museo del Bardo hace peligrar ese avance.

Si parte del mundo árabe vive una transición, será una transición larga. Túnez es el único país afectado por las revueltas de 2011 que parece progresar hacia una situación política más libre. El ataque terrorista en el Museo del Bardo (con 19 víctimas, 17 turistas extranjeros) hace peligrar ese avance.

El ataque no lo ha reivindicado nadie pero no faltan candidatos. Túnez es uno de los principales proveedores de combatientes del grupo conocido como Estado Islámico en Siria, Irak y Libia: más de 7.000. Quienes van pueden volver con una misión como ocurre en los países europeos. El mercado ilegal de armas es también más accesible. Pero hasta que no haya una reivindicación creíble nada es definitivo.

Tampoco faltan posibles excusas. Una podría ser que la presunta muerte en combate este martes en Sirte (Libia) de Ahmed Rouissi, un tunecino sospechoso de asesinar al político Chokri Belaid en 2013. Otra que en el momento del ataque el Parlamento debatía una nueva ley antiterrorista. Una prueba de la unión de los diputados es este canto improvisado del himno durante el cierre por el ataque:

[su_youtube url=”https://youtu.be/Rpor6rOPJZM”] 

“La voluntad del ataque de desestabilizar Túnez es obvia”, dice Eduard Soler, coordinador de investigación en el Cidob: el turismo es una fuente básica de ingresos y el Parlamento, que está en el mismo complejo de edificios que el museo, es la muestra de unidad de la sociedad tunecina. Soler no cree que el atentado vaya a acabar por ahora con el experimento tunecino. Ha ocurrido otras veces: en octubre de 2013 hubo dos intentos fallidos. El terrorismo tiene fácil acertar -es extraño de hecho que no haya ocurrido antes en Túnez-, pero también requiere cierta organización. Los cruceros suelen atracar en Túnez los miércoles y los pistoleros esperaron a que llegaran los buses para atacar.

El polvorín de Libia

La primavera árabe fuera de Túnez no necesita nuevos atentados para descarrilar. Hubo al menos otros cinco países donde las revueltas tuvieron cierto impacto: hoy son todos un desastre igual o mayor que en 2011. Siria es el caso más sangrante. El régimen ha matado a decenas de miles de sirios y el caos ha permitido el desarrollo de Jabat al Nusra y Estado Islámico. Libia es un polvorín. Egipto y Túnez viven pendientes de sus fronteras con Libia. Egipto bombardea de vez en cuando suelo libio. Túnez, además, debe vigilar que Al Qaeda en el Magreb no le ataque desde Argelia. Sirte, la ciudad natal de Gadafi, está dominada por Estado Islámico. Con el dictador habría sido impensable. Yemen es un país dividido entre el presidente depuesto, que gobierna desde Adén (en el sur del país) y el norte controlado por los hutíes, una secta chií que conquistó la capital en enero. Las monarquías del Golfo ya han colocado sus embajadas en Adén. El embajador americano, que ha cerrado la sede diplomática en Saná, la capital, estuvo de visita en Adén hace poco. No hay guerra civil pero puede haberla. Los asesinatos de periodistas y activistas apenas son noticia en el exterior.

Bahráin revive de vez en cuando la represión de los chiíes, que es intermitente desde 2011. Egipto es otra broma pesada. El Gobierno del presidente Sisi es más severo que el de Mubarak ante cualquier tipo de oposición. Acaba de implantar un visado previo al viaje para los turistas, como si no necesitara sus ingresos para subsistir. La excusa que ofrecen es que Europa exporta ahora posibles islamistas. Egipto vive amenazado por ataques terroristas, sobre todo en la península del Sinaí.

Antes de que las cosas mejoren, primero van a peor. Las revueltas acarrearon al menos tres cosas que no han ayudado al desarrollo en la región:

  • La caída falsa de la vieja guardia. Gadafi, Ben Ali, Mubarak, Asad, Saleh, los Saud mandaban y mandan mucho en sus países pero su régimen no era cosa de una sola persona. Hay miles de acólitos en sus partidos y en el ejército que vivían bien gracias a la “estabilidad”. Su caída era el fin de la buena vida para muchos. No lo han permitido y la vieja guardia ha vuelto o nunca se ha ido.
  • La libertad y el poder. En Túnez y en Egipto sobre todo se vivieron meses donde la sociedad fue más o menos libre de equivocarse. Y se equivocaron. Pero también bajó la vigilancia contra el yihadismo. Los predicadores salafistas eran más libres de reclutar. Es una ironía que la libertad trajera más problemas, pero ninguna sociedad en transición gestiona con facilidad los cambios repentinos. En 2010, el futuro presidente islamista de Egipto, Mohamed Morsi, decía que la palabra oposición no le gustaba: “Tiene la connotación de perseguir el poder y en este momento no buscamos el poder porque requiere preparación y la sociedad no está preparada”. En poco más de dos años, Morsi y los Hermanos Musulmanes cambiaron de opinión. La cercanía al poder les pudo y el país, claro, no estaba preparado.
  • La falta de desarrollo. El problema de las dictaduras no era tanto la falta de libertades como la falta de progreso económico. Cuando el cambio político no trajo mejoras económicas, muchos decepcionados se volvieron hacia otros líderes: la oferta terrenal y espiritual del yihadismo ha visto un hueco para los decepcionados.

El foco estará estos días en el norte de África y en Oriente Medio. Pasará como otras veces hasta nuevo aviso. Las transiciones tienen otro tipo de tiempo. La única esperanza es que Túnez aguante en su camino.