A por la píldora masculina

Espermatozoides1

Científicos japoneses demuestran en ratones una posible nueva estrategia para encontrar la píldora masculina, un Santo Grial que no se ha conseguido hasta la fecha y para el que hay distintas opciones en desarrollo.

Espermatozoides1
Imagen: Scott Maxwell (Flickr licencia CC comercial)

En 1960, la FDA, organismo que regula los fármacos en EEUU, aprobó un medicamento que marcó un hito en la historia del feminismo. El nombre comercial era Enovid y su indicación, insólita hasta la fecha: prevenir el embarazo tras una relación sexual.

Pasaron los años y lo que pronto se conoció con el nombre genérico de la píldora -en España no se legalizó hasta 1978- se convirtió en un fármaco habitual en el botiquín de millones de mujeres, que disponían de una opción para evitar la maternidad de forma reversible.

Mientras la fémina que optaba por esta opción tenía que acordarse de tomar el anticonceptivo a diario, el hombre carecía de una opción similar: su alternativa era el preservativo, un método muy eficaz pero del que muchas personas reniegan, al menos a la hora de utilizarlo en todas las relaciones sexuales.

Más de medio siglo después de la aprobación de Enovid, ningún científico ha conseguido desarrollar un fármaco equivalente para el varón. La píldora masculina se resiste hasta ahora a la ciencia.

La revista Science se hace eco de un hallazgo en ratones que podría suponer un avance en este sentido. Científicos de la Universidad de Osaka (Japón) han demostrado que la aplicación de dos inmunosupresores -fármacos que se utilizan en trasplantados para evitar el rechazo a lo órganos recibidos de un donante- consigue que el esperma de los animales sea incapaz de fecundar un óvulo, incluso con fecundación in vitro, es decir, en la probeta de un laboratorio.

El experimento ha demostrado que una proteína, la calcineurina, se presenta de forma específica en las células que componen los espermatozoides y que está regulada por dos genes. Al desactivarlos, que fue lo que lograron con estos medicamentos, se consigue la ansiada infertilidad masculina reversible.

Los ratones tardaron entre cuatro o cinco días en producir esperma infértil y, tras dejar de consumir el fármaco, recuperaron su fertilidad en una semana.

Todo un reto científico

Si los resultados se pudieran trasladar a humanos, algo que los autores del trabajo no se atreven a asegurar, la píldora masculina podría llegar a ser una realidad. No es la primera vez que se intenta y, de hecho, existen varios compuestos en estudio. Pero ¿por qué se tarda tanto en encontrar este medicamento?

Para Javier Romero, andrólogo de la Clínica de la Luz, el problema es que hasta ahora la mayoría de los intentos eran tratamientos de acción hormonal. “Aunque algunos han mostrado eficacia a la hora de prevenir embarazos, alteraban también la testosterona, por lo que tenían efecto secundarios sobre el estado de ánimo, cognitivos y otros muchos procesos en los que interviene esta hormona tan importante para el varón”, resume.

El experto señala además que no se trata de un nicho para el que haya una gran necesidad. La razón: existe una alternativa fácil, barata y, al contrario de lo que mucha gente cree, reversible. Se trata de la vasectomía, una operación que, en la actualidad, se realiza “sin bisturí y en media hora”.

El andrólogo reconoce que no es un método apto para los más jóvenes (aunque es reversible, sí se necesita pasar por el quirófano para ello). Pero apunta a que este segmento de la población debería optar más por “métodos de barrera” para evitar también las enfermedades de transmisión sexual.

“Quizás para jóvenes en relaciones estables sí podría tener sentido el desarrollo de una píldora masculina”, reflexiona.

La ciencia, sin embargo, sigue buscando ese Santo Grial. Lo demuestra tanto esta última publicación de Science como la cantidad de compuestos en investigación que tratan de masculinizar la píldora. The Guardian recogió recientemente los principales avances en este sentido:

Vasalgel. Este gel de polímeros empezará sus ensayos en humanos a principios de 2016. Se inyecta en el escroto, en los conductos por los que viaja la eyaculación. Según estudios realizados en animales, su eficacia podría durar cuatro años y la inyección de otra sustancia en el mismo lugar revertiría casi de inmediato su efecto anticonceptivo.

La píldora de las sábanas limpias. También en ensayos con animales (en este caso, ovejas) esta combinación de dos principios activos -fenoxibenzamina y tioridazina- evita la contracción muscular e impide así que el esperma salga del pene, aunque permite experimentar el orgasmo. Provocaría una especie de eyaculación seca, algo similar a lo que se persigue con el sexo tántrico.

Gendarussa. La mayor base de datos de ensayos clínicos, Pubmed, recoge alrededor de 20 realizados con esta planta de Indonesia, pero ninguno enfocado al campo de la infertilidad masculina. Aún así, diversos medios de comunicación la bautizaron en 2014 como la nueva “píldora masculina” tras el anuncio de la compañía indonesia PT Indo Farma de buenos resultados en ensayos clínicos aún no publicados.

Epididymal. Un inhibidor de la proteasa, la misma familia a la que pertenecen varios fármacos para el VIH, ha demostrado en animales un efecto sobre la fertilidad masculina. La acción del fármaco, que podría consumirse de forma oral o implantarse debajo de la piel, consiste en evitar que los espermatozoides se dirijan al óvulo y lo fecunden.

JQ1. La prestigiosa revista Cell recogía en 2012 un estudio sobre el efecto de una terapia génica, inicialmente desarrollada para el cáncer, sobre la capacidad reproductiva masculina. En seis semanas, consiguió que los animales en los que se probó lograran la infertilidad, que regresó tres meses después de su aplicación.

“Un Premio Nacional trasciende a los gobiernos de turno”

José Manuel Sánchez Ron peq El físico recibe el Premio Nacional de Ensayo por su último libro, El mundo después de la revolución: la física de la segunda mitad del siglo XX (Ed. Pasado y presente, 2014). Por primera vez se reconoce la divulgación científica.

Foto. EFE

José Manuel Sánchez Ron peq
José Manuel Sánchez Ron. (EFE)

José Manuel Sánchez Ron (Madrid, 1949) sabía que “habían presentado” su último libro, El mundo después de la revolución: la física de la segunda mitad del siglo XX (Ed. Pasado y presente, 2014) al Premio Nacional de Ensayo, un galardón que, dotado con 20.000 euros, otorga anualmente el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Aún así, el fallo del jurado le ha pillado por sorpresa porque “nunca se había dado a un ensayo completamente dedicado a la ciencia”.

¿Cómo ha reaccionado al saber que era el nuevo Premio Nacional de Ensayo?

Me siento muy satisfecho por que se reconozca el papel de la ciencia. El ensayo es un género para comprender el mundo y la ciencia es esencial para ayudarnos a lograrlo, precisamente porque forma parte de la cultura y de la sociedad. En este libro, concretamente en el último capítulo, explico cómo la física cambió el mundo. ¿Sabía, por ejemplo, que Sillicon Valley fue creado por un físico, uno de los inventores del transistor? [Se refiere al Nobel William Bradford Shockley]. En el volumen hablo de los problemas que han surgido de la relación entre los científicos y la economía, por ejemplo. Y me centro además en la segunda mitad del siglo XX, que va más allá de revoluciones protagonizadas por la física, como la de la relatividad, y que es cuando realmente la Física ha modificado el mundo.

Si se habla de relaciones problemáticas, es imposible no recordar las últimas polémicas protagonizadas por otros galardonados con un Premio Nacional, que lo han rechazado por su desacuerdo con las políticas gubernamentales…

Los Premios Nacionales tienen una larga historia y trascienden a los distintos gobiernos que los otorgan. Yo entiendo éste como el reconocimiento de una sociedad a una obra y, aunque respeto totalmente a las personas que han rechazado el galardón, no comparto esa adjudicación de la responsabilidad al Gobierno de turno.

Pero ¿tiene algún comentario sobre la política científica del actual Gobierno?

Creo que no es el momento de opinar sobre esto.

¿Cómo empezó su interés por la divulgación científica?

Yo no llamaría divulgación a lo que escribo, aunque no me ofende el término. Yo escribo sobre la historia de la ciencia y por lo que sí que me preocupo es por que se entienda. Supongo que por eso se llama divulgación pero, si se fija, supone una diferencia con respecto a otras disciplinas. No se denomina divulgación histórica a la Historia que se entiende o divulgación sociológica a la Sociología que se entiende. Aunque yo empecé como físico teórico, pronto mi interés evolucionó al interés por la historia de la ciencia, hasta el punto de que en 1994 la Universidad Autónoma de Madrid creó una cátedra específica en la que aún trabajo.

Además de catedrático de Historia de la Ciencia usted es académico de la Real Academia de la Lengua (RAE). Hay quien puede pensar que las ciencias y las letras son campos antagónicos ¿cuál es su opinión?

No se trata en absoluto de campos antagónicos. La RAE tiene muy clara la importancia del lenguaje de la ciencia y de cómo éste forma parte del lenguaje en general. Además, debido a la rapidez con la que evoluciona todo en este área, la RAE está especialmente interesada en sus campos léxicos, más dinámicos.

“La RAE tiene muy clara la importancia del lenguaje de la ciencia y de cómo éste forma parte del lenguaje en general”

Aunque la Física se puede considerar una ciencia “dura” hay asuntos que parecen interesar de repente a todo el mundo, como ocurrió con el bosón de Higgs. ¿A qué cree que se debe ese protagonismo momentáneo? 

Más reciente que lo del bosón de Higgs es el hallazgo de agua en Marte. Creo que esto se explica porque son cuestiones que responden a intereses atávicos de las personas y porque tienen que ver con temas como la estructura última de la materia. Hay preguntas que nos rondan desde la antigüedad, como dónde estamos o de qué estamos hechos, y estos temas se engloban en dicha categoría. Además, hay que reconocer el papel de las instituciones que comunican, en el caso del bosón de Higgs el CERN y en el del agua en Marte, la NASA.

Como escritor de divulgación científica ¿podría escoger su obra favorita en este campo? ¿Y un libro en general?

Creo que pondría en primer lugar el Origen de las Especies, que publicó Charles Darwin en 1859. Lo elijo no sólo por lo que representó, sino porque se puede leer fácilmente. Respecto a la segunda pregunta, la literatura es un océano tan inmenso que me resulta difícil escoger un único libro.

¿Y qué me dice de su propia obra? ¿Algún favorito?

No nos vamos a engañar [ríe]; ahora mismo, tengo que decir que éste último. Ha venido con un pan debajo del brazo.

Algunos de sus libros los ha escrito en colaboración con otros autores. ¿Cómo ha sido la experiencia?

Aunque soy bastante solitario, es cierto que ocasionalmente he colaborado con otras personas en algunos libros y muchas veces en artículos. En el caso de Mingote, que ilustró algunos de mis libros, tuvimos una relación especial y fue muy sencillo. Nos entendíamos bien. La colaboración con el historiador Miguel Artola, con quien escribí Los pilares de la ciencia (Espasa, 2012), fue una experiencia muy satisfactoria sobre todo en lo que se refiere a compartir, interaccionar e intercambiar ideas. Para mí, una norma esencial en la colaboración es que haya una sintonía personal, que se pueda hablar casi de una amistad.

Usted ha colaborado con varios medios de comunicación. ¿Cómo ve el nivel de la divulgación científica informativa en España?

Aunque depende del medio y no voy a entrar a juzgar casos particulares, creo que el nivel es mucho mejor que en el pasado. Es importante resaltar que la ciencia es parte de la cultura, de la política y de la economía, y que trasciende por lo tanto a un sólo campo. Eso sí, creo que la ciencia debería ocupar espacio en los medios más allá de cuando haya un descubrimiento prodigioso.

Agua salada fluye por Marte

 

marte1La NASA ha anunciado hoy la presencia de una salmuera compuesta por agua líquida y sales de sodio y magnesio. El hallazgo tiene importantes implicaciones sobre la habitabilidad del planeta rojo

marte1
Imagen coloreada de algunas colinas de Marte. (Foto: NASA/JPL)

La NASA ha confirmado la presencia de agua salada en la superficie de Marte, algo que se sospechaba desde hacía tiempo, gracias a unos surcos lineales detectados por el satélite de reconocimiento orbital (MRO por sus siglas en inglés). La única posibilidad que explicaba esa escorrentía era el agua, pero hasta ahora no ha podido demostrarse con suficiente seguridad. El trabajo publicado hoy en Nature Geosciences muestra que en realidad ese agua se trata de una densa salmuera, que se arrastra por la superficie en pendiente y genera esta erosión.

La anunciada presencia hoy del investigador Lujendra Ojha en la rueda de prensa de la NASA daba muchas pistas sobre el contenido de la exclusiva. Hace cuatro años, como estudiante de grado en la Universidad de Arizona, fue el primero en apuntar a la posibilidad de que en Marte hubiera agua salada corriendo por la superficie durante los meses cálidos, en los que la temperatura en el ecuador del planeta rojo puede alcanzar los 20ºC. En latitudes medias, la temperatura suele promediar los -50ºC y en los polos puede alcanzar los -150ºC.

Junto a Ojha estaba hoy además su mentor en Arizona, Alfred McEwen, investigador principal de la MRO. Estos investigadores detectaron con imágenes de espectrometría en alta resolución una serie de surcos oscuros que aparecen cada verano y desaparecen cada invierno. Los investigadores analizaron imágenes de cuatro sitios diferentes en los que había aparecido este tipo de erosión, zonas muy especiales por su exposición al sol. Estos últimos análisis de bandas de absorción confirmaron que las sales son en realidad perclorato de sodio, perclorato de magnesio y clorato de magnesio.

marte2
Los surcos en las paredes del cráter Garni. Foto: NASA /JPL

Dado que los surcos, de hasta 100 metros de longitud, aparecen en el verano marciano, cuando la superficie es más cálida, una posibilidad era que pudieran ser producidos por hielo que se derrite y drena bajo la superficie de las laderas. Además, al tratarse de una salmuera muy concentrada sería capaz de permanecer en un estado líquido a temperaturas de incluso -23ºC.

“Algunas formas geológicas en las pendientes de cráteres en la superficie de Marte presentan variaciones estacionales sorprendentes en principio, y ahora ya está claro que son debidas a depósitos en el subsuelo, tipo salmueras o aguas saladas, que se evaporan cuando se calientan por el sol”, explica a EL ESPAÑOL Miguel Ángel López Valverde, investigador del Instituto de Astrofísica de Andalucía y coordinador del proyecto europeo UPWARDS. “La idea no es nueva, pero es la primera vez que se confirma con medidas directas”, añade.

Julia de León, investigadora del Instituto de Astrofísica de Canarias, está especializada en la búsqueda de minerales en asteroides y otros cuerpos menores del Sistema Solar. “Para que existan sales hidratadas es necesaria la existencia de agua líquida”, apunta De León, y añade: “Parece que al fin existe una evidencia, una detección” de estas sales y su comportamiento. El estudio apunta a la posibilidad de la existencia de agua líquida actual, no antigua, y que ésta se manifiesta en ciclos. “Lo más probable es que se trate de una especie de condensación de la humedad de la atmósfera, las sales atraparían y precipitarían el agua”, aventura.

Implicaciones para la vida en Marte

En mayo de este año, un grupo de investigadores españoles liderados por Jesús Martínez-Frías, investigador del Instituto de Geociencias del CSIC y la Universidad Complutense de Madrid, ya fue portada en Nature Geosciences al sugerir esta misma hipótesis. En conversación con EL ESPAÑOL, Martínez-Frías valora este nuevo estudio como una confirmación de “la presencia de sales hidratadas en los taludes donde se había observado esta actividad”. Además, esta identificación “verifica los resultados obtenidos en nuestro estudio reciente y refuerza nuestra hipótesis científica sobre las salmueras”, dice el geólogo, primer español en aparecer en portada de esta publicación.

Este descubrimiento apoya los planteamientos sobre un Marte activo, es decir, geológicamente vivo y con posible actividad acuosa actual, que generaría una “escorrentía efímera” de estas salmueras. Aún queda por ver si esto puede relacionarse con un posible ciclo hidrológico en el planeta marciano.

“Si el trabajo se confirma con posteriores estudios y aclaraciones”, comenta López Valverde, “entonces esto confirma la existencia de depósitos de agua o hielo en el subsuelo en latitudes medias, lo que indicaría más cantidad de los almacenes de este elemento, hasta ahora mas abundantes en altas latitudes y en las capas polares”.

Finalmente, estos resultados también son importantes desde el punto de vista de la habitabilidad de Marte. Según Martínez-Frías, “como ya se ha indicado, en la superficie de Marte las condiciones son muy hostiles para la vida, especialmente debido a la radiación UV, pero estos nuevos datos sobre la posible existencia de agua líquida actual sub-superficial respaldan que la habitabilidad es mucho más favorable bajo el regolito marciano”, es decir, bajo la capa de polvo mineral y rocas que cubre la superficie. Allí, dice el investigador, “es donde habrá que concentrar los esfuerzos futuros en la búsqueda de vida”.

Prohibido el paso a los suicidas

Clifton suspension bridge. shrinkin'violet

Un estudio concluye que dificultar el acceso a lugares conocidos para esta práctica reduce en un 90% los casos de suicidio. El trabajo analiza las medidas restrictivas puestas en marcha en 18 de estos puntos en todo el mundo

Clifton suspension bridge. shrinkin'violet
Imagen: shrinkin’violet

En octubre de 1998, casi a hurtadillas y sin foto inaugural, se colocaron en Madrid un centenar y medio de mamparas transparentes de vidrio de 1,90 metros de altura por 2,97 de longitud a lo largo del viaducto de Segovia, a la altura de la calle Bailén.

Según la prensa de entonces, los vecinos acogieron la instalación con frialdad. Un psiquiatra declaró a El País que las llamadas pantallas antisuicidio eran una “ridiculez”. Los políticos se defendieron porque “algo había que hacer”, ya que el puente era un lugar frecuentado por suicidas, donde se registraba al menos un caso a la semana.

Casi dos décadas después, un estudio publicado en la revista The Lancet da la razón a los que idearon esta medida y otras similares y demuestra que reducen de facto el número de suicidios. Es un documento con el máximo nivel de evidencia científica, ya que se trata de un metaanálisis, un trabajo que engloba estudios anteriores ya publicados.

Los investigadores, coordinados por Jane Pirkis del Centro para la Prevención del Suicidio de la Universidad de Melbourne (Australia), se ciñeron a los datos. Analizaron 18 puntos escogidos habitualmente por los suicidas para acabar con su vida. Los propios autores reconocen que existe un llamado “efecto contagio” y que los lugares incluidos en el trabajo son objetivamente utilizados para este fin.

La mayoría de los sitios, distribuidos por todo el mundo, son puentes, edificios altos o puntos de paso de la vía del tren, aunque también hay zonas aisladas en medio de la naturaleza.

suicidios
Localización de los lugares de suicidio que señala el estudio.

Las medidas para intentar evitar los suicidios varían. Se engloban en tres categorías. La más obvia es tapar el acceso físico a los lugares -lo que se hizo en Madrid-; el segundo grupo son medidas para que el potencial suicida busque ayuda (por ejemplo, teléfonos desde los que llamar a asociaciones de ayuda o carteles con mensajes positivos); y el último es el de medidas para aumentar la posibilidad de que un tercero evite el evento, como cámaras de vídeo o hacer del sitio un lugar atractivo para la gente.

En algunos de los lugares analizados, como Gap Park de Sidney, los cuatro tipos de medidas se implementaron de forma simultánea.

Lo que se hizo fue medir de forma cuantitativa el impacto de estos métodos en el número de suicidios. Los datos demostraron que cualquiera de las medidas era eficaz en la reducción, aunque no de la misma forma. Así, evitar el acceso físico a los puntos analizados condujo a la reducción de un 93% de muertes anuales por suicidio.

Las intervenciones destinadas a la búsqueda de autoayuda redujeron el número de muertes en un 61% y las medidas para aumentar las posibilidades de que una tercera persona evitara el suicidio lograron rebajar los decesos en un 47% al año.

Para el psicólogo Andoni Ansean, presidente de la Sociedad Española de Suicidiología y creador de la primera aplicación en español para prevenirlo -Prevensuic-, “esta investigación viene a confirmar el mensaje de la OMS de que la mejor manera de reducir las muertes por suicidio es a través de la limitación al acceso a medios letales”. Hay quienes pueden rebatir que encontrarán un método alternativo para consumarlo pero, para este experto, no es verdad: “La mayoría no lo hace, con lo que se evita un importante número de muertes”

Así, el trabajo quita la razón a quien pudiera pensar que una persona que quiere acabar con su vida lo terminará haciendo en cualquier caso, “uno de tantos mitos existentes en torno al suicidio”, según Ansean.

“Existen muchos ejemplos de la influencia del acceso a medios letales como facilitadores de la conducta suicida, como el acceso a las armas de fuego en fuerzas de seguridad o sociedades como la estadounidense, el acceso a medicamentos en el caso de profesionales médicos o de pesticidas en el medio rural y agrícola, cuyo control evita decenas de miles de muertes, sobre todo en países asiáticos”, señala el psicólogo, que concluye: “Controlar y limitar el acceso estos medios es, por tanto, una prioridad en los programas de prevención del suicidio”.

El Antártico nos concede una tregua trampa

El océano Austral absorbe cada vez más CO2 de la atmósfera, lo que mitiga las consecuencias del cambio climático, pero al mismo tiempo acelera efectos secundarios como la acidificación del océano

El buque de investigación Marion Dufresne en aguas del Antártico. / Nicholas Metzl

El buque de investigación Marion Dufresne, en el Antártico. / Nicholas Metzl

El océano Antártico fascina hoy a los investigadores climáticos tanto como fascinaba hace siglos a James Cook o Fernão de Magalhães, empeñados en demostrar hasta dónde llegaba el mar más allá del Cabo de Buena Esperanza. Tanto entonces como ahora, el cuerpo de agua que rodea la Antártida sigue guardando muchos secretos, uno de los cuales es su capacidad de ‘secuestrar’ CO2 atmosférico mitigando así los efectos del cambio climático.

Hace unos meses, la Royal Society británica evaluó las últimas perspectivas sobre el rol del Antártico en el ciclo del carbono en la Tierra, así como su conexión con el calentamiento global. “Debido a que el principal reservorio de dióxido de carbono en la Tierra es el océano profundo, y que éste conecta con superficie y atmósfera principalmente en el océano Antártico, tanto la física como la química y biología de esta región tienen una influencia de primer orden en la concentración de CO2 atmosférico”, decía Andrew Watson, de la Universidad de Exeter, en aquel número de Philosophical Transactions, la histórica revista de la institución que publicó el primer trabajo de Newton.

El Antártico ha sido comparado a una esponja, capaz de absorber una gran cantidad de gas y luego irlo liberando -poco a poco y a través del resto del planeta- con ayuda de las corrientes marinas. Sin embargo, en la última década, diversos estudios han apuntado a una reducción en la capacidad del Antártico de absorber CO2, algo que los científicos han relacionado con el cambio climático reciente, el debido a la actividad humana; en resumen, estamos produciendo tanto gas que el océano no puede absorberlo tan eficientemente.

Pero un trabajo publicado en la última edición de Science rebate el conocimiento acumulado recientemente: desde 2002, el Antártico ha estado aumentando su capacidad de absorber este gas de efecto invernadero. Además, otro estudio, que apareció esta semana en Geophysical Research Letters, refuta estos mismos resultados.

La primera reacción es de alivio: si el Antártico es potencialmente capaz de secuestrar más CO2, quedará menos en la atmósfera y más se atenuarán los efectos del cambio climático. Generalmente, un 50% del dióxido de carbono emitido se queda en el aire, la otra mitad es atrapada por los árboles y por los océanos. Pero a medio y largo plazo, es un arma de doble filo.

En declaraciones a EL ESPAÑOL, Nicholas Gruber, investigador en la ETH Zürich y uno de los autores del trabajo de Science confirma que “es cierto que hay otra cara de la moneda”. “A medida que el océano absorbe más CO2 de la atmósfera, la acidificación [una bajada del PH provocada por el exceso de gases de efecto invernadero que afecta, por ejemplo, al metabolismo de muchas especies o al blanqueamiento de los arrecifes de coral] se acelerará, lo que puede acelerar el impacto en los organismos marinos y los ecosistemas”. De hecho, la acidificación de los océanos a causa de albergar más CO2 -precisamente, el que produce la actividad humana- se considera una de las consecuencias más preocupantes del cambio climático.

En cuanto a otros efectos secundarios, Gruber se muestra prudente: “Fenómenos como El Niño afectan también al océano Antártico pero prefiero no hacer una predicción de cómo afectará a su sumidero de carbono. Sí que estoy seguro de que no influirá en el evento que estamos sufriendo actualmente, igual que tampoco creo que afecte a la ocurrencia de fenómenos extremos”, como huracanes o sequías.

landschutzer2HR
Mar gruesa en una de las campañas científicas realizadas por los investigadores en el Antártico. / Nicholas Metzl

Curiosamente, aquel estudio de 2007 en Science que afirmaba que el Antártico estaba perdiendo eficacia al absorber CO2 estaba escrito por algunos de los autores de los artículos con conclusiones opuestas publicados esta semana. ¿Cómo es esto posible? Principalmente, por la dificultad de medir el carbón oceánico durante varios años en las aguas más hoscas del mundo. Gracias a nuevos instrumentos de medición y al cruce de bases de datos entre investigadores de 11 instituciones de todo el mundo, el Antártico guarda un secreto menos.

Chikunguña: una historia de mosquitos

5

Más de un millón de personas se han contagiado en los últimos meses con el virus chikunguña, que causa una enfermedad muy dolorosa aunque raramente letal, y para la que no existe vacuna ni cura. Para frenar al virus se intenta atacar su principal vector de transmisión: ciertos tipos de mosquito.

“Si aún no ha oído hablar del chikunguña, no se preocupe, lo hará”. 
Maryn McKenna en National Geographic

Hace ahora casi un año, el doctor Fernando de la Calle, de la Unidad de Medicina Tropical del Hospital Universitario La Paz, trataba junto a sus compañeros de sacar el ébola del cuerpo de Teresa Romero, subidos todos en un escenario hasta entonces inimaginable. Alrededor de ellos, docenas de micrófonos y cámaras; más allá, controles térmicos en los aeropuertos, alarmas en hospitales de toda España y bastante inquietud, tanto en la población como en el gobierno, pese a que la posibilidad de una epidemia de ébola era -y sigue siendo- muy baja.

La principal lección que nos dejó aquella pequeña, pero trágica, infiltración del virus en nuestras vidas es que ahora las enfermedades infecciosas ya no están confinadas en lejanos reservorios selváticos. Como cuenta ahora el doctor De la Calle, “es el problema de la globalización, que la enfermedad también viaja”.

Aunque las brasas del ébola en África Occidental siguen incandescentes, actualmente hay otros brotes que preocupan especialmente a los epidemiólogos. Uno, el síndrome respiratorio por coronavirus de Oriente Medio o MERS, detectado hace tres años en Arabia Saudí, es hoy, con una mortalidad del 36%, una amenaza en Corea del Sur.

El otro, el virus chikunguña, se identificó hace más de 50 años en Tanzania -de hecho el nombre del virus procede del dialecto makonde, hablado al sur del país, y significa, literalmente, “retorcerse” de dolor- y salvo algunos saltos a Asia, permaneció más o menos estable geográficamente hasta hace una década. Ahora, una epidemia que comenzó en el Caribe a finales de 2013, sigue su curso hacia el sur, donde ha llegado a Colombia, Venezuela, Perú y Ecuador, y hacia el norte con casos autóctonos en México y Estados Unidos.

En total, más de un millón de personas se han contagiado en los últimos meses de esta “enfermedad del dolor”, raramente letal pero siempre incapacitante y para la que no existe vacuna ni cura. Es además, una muy probable candidata a dar el salto a los países mediterráneos.

Chikunguña en España

De hecho, mientras los focos apuntaban al Instituto Carlos III y a los tres pacientes con ébola que hubo en España el año pasado, 266 personas trajeron el chikunguña a lo largo de 2014 según el Centro Nacional de Epidemiología, una cifra bastante notable comparada con los 475 casos notificados en toda Europa entre 2008 y 2012 (PDF).

La primera víctima fue en marzo, una mujer de la República Dominicana, a donde el virus había llegado en febrero. Un 96% de los 266 procedía de América Latina, principalmente de la citada isla caribeña. Y lo más importante, casi 4 de cada 10 casos se produjeron en Cataluña, Comunidad Valenciana, Murcia y Baleares, zonas de especial riesgo ya que aquí se encuentra el vector de la enfermedad y principal protagonista de esta historia: el Aedes albopictus, también conocido como mosquito tigre.

“No hay que ser alarmista, pero no es descabellado que el chikunguña se instale en Europa, ya que uno de los vectores que transmiten la enfermedad está en toda la cuenca mediterránea”, confirma De la Calle. Además, este mosquito se está extendiendo territorialmente, por todo el levante español pero también hacia el interior, Ebro adentro hasta Aragón. “Además, el virus tiene unas pequeñas mutaciones que lo han hecho más fácil de acceder a ese vector”, dice este epidemiólogo, que estima que “este año estamos otra vez viendo más, bastantes más”.

De un mosquito a otro

El factor fundamental por el que el chikunguña, una enfermedad con un circuito de transmisión parecido al dengue, no ha llamado a nuestra puerta hasta ahora es precisamente el medio de transporte. Durante las últimas décadas, el virus viajaba exclusivamente en el Aedes aegypti, también conocido como el mosquito de la fiebre amarilla. Este vector limitaba la presencia del chikunguña a África y Asia, pero alrededor de 2005 algo cambió.

Una cepa del virus comenzó a detectarse en el Océano Indico, y esta vez la amenaza iba a lomos de un mosquito tigre. La explicación científica más consolidada habla de una mutación, llamada E1 A226V, en una proteína del virus. Esta mutación le permitía adaptarse al mosquito tigre y replicarse más rápido. Este arma permitió al chikunguña extenderse y perpetuarse en climas menos tropicales, donde el ciclo de vida del mosquito es menor.

En 2007, un turista llegado de India provocó un brote de 205 casos autóctonos en Rimini, al norte de Italia y entonces los expertos se preguntaron “¿qué está ocurriendo?”. Luego volvió a ocurrir en Croacia, y más tarde, en Francia, dos veces, en 2010 y 2014.

[su_slider source=”media: 6220,6219,6218,6217″ title=”no” arrows=”no” mousewheel=”no” autoplay=”0″ responsive=”yes”]

Precisamente, un grupo de investigadores franceses dirigidos por Remi Charrel, de la Universidad de Aix-Marsella, publicaron el año pasado un estudio titulado: Globalización del chikunguña: Diez años para invadir el mundo.

Tradicionalmente, la enfermedad ha sido vista como de un riesgo moderado. Tras un periodo de incubación de entre 3 y 7 días, comienza con fiebres muy altas, una súbita erupción cutánea y de repente, un dolor por todo el cuerpo que dura unos 10 días pero puede llegar a cronificarse. “El problema que tiene el chikunguña”, dice el médico del Instituto Carlos III, “es que en un porcentaje no despreciable da muchos problemas articulares a medio plazo, gente joven que se infecta y se pegan dos meses con rodillas o manos muy inflamadas, no pueden trabajar. No es un virus que lo pasas y ya, hay que vigilar esas artralgias”.

Mutación

Lo que descubrieron Charrel y su equipo es que, en el brote caribeño de 2013, comenzaron a verse en la isla de Reunión consecuencias clínicas sin precedentes: fallos respiratorios y hepáticos, meningoencefalitis, descompensación cardiovascular e incluso hepatitis aguda. El chikunguña está mutando hacia formas que lo hacen llegar más lejos y hacer más daño.

“Es como la pólvora, allá donde cae se extiende”, dice De la Calle. En algunas zonas de África, hasta el 80% de la población ha desarrollado anticuerpos, es decir, ha estado expuesto al virus. “No hay que alarmarse, pero es un problema de salud pública que en España hay que tener mucho en cuenta porque, más allá de la inmigración, que ahora es menor, muchísimos españoles van a Latinoamérica de turismo”.

6
Afectados en Rep. Dominicana. Foto: WHO

Y además, abre una puerta igualmente inquietante. Si una enfermedad que se transmite como el dengue, y para la que, como el dengue, no existe vacuna ni cura, puede acabar llegando a Europa, ¿por qué no otras como el virus Zika o el propio dengue?

Europa necesita un plan, pero afortunadamente, alguien tiene una buena idea.

Mosquito contra mosquito

Ese alguien es escocés, se llama Luke Alphey y trabaja en el Departamento de Zoología de la Universidad de Oxford. Le encontramos en París, en un lujoso hotel del Boulevard Haussmann, donde ha sido nominado a un premio a Inventor Europeo del Año por crear mosquitos genéticamente modificados para, literalmente, acabar con su especie y frenar la transmisión de enfermedades como el dengue o el chikunguña.

Los mosquitos que transmiten enfermedades son siempre hembra, que buscan la sangre para alimentar a sus crías. Los mosquitos transgénicos de Alphey son machos, y tienen la particularidad de que, al aparearse con esas hembras, generan una descendencia que muere antes de alcanzar la edad adulta. Así, liberados en plena naturaleza, son capaces de arrasar una colonia mientras intentan justo lo contrario. Su Técnica del Insecto Estéril, que vio la luz hace 15 años en un artículo de Science, se encuentra ya en vías de comercialización tras exitosos ensayos en las Islas Caimán, Malasia, Panamá y Brasil.

alphey
Luke Alphey. Foto: EPO

Aunque el concepto mosquito transgénico pueda levantar ciertas suspicacias, para Alphey no hay debate en este punto. “La comida tiene un sitio especial, queremos comida limpia, segura y natural. Pero si pensamos en medicina es al revés, quieres que un hospital reluzca y esté lleno de alta tecnología, lo opuesto a natural”, dice el zoólogo. “Y cuando piensas en ingeniería genética, bueno, millones de personas se inyectan insulina genéticamente modificada cada día. E incluso las vacunas que se ensayan para el dengue consisten en virus genéticamente modificados, y es algo aceptable”.

Pregunta: Señor Alphey, en el arte del apareamiento, ¿se comporta igual un mosquito genéticamente estéril que uno normal? ¿No hay “algo” que le falta y que puede hacerle mostrar menos interés en la hembra que un macho salvaje?

Respuesta: Nos gustaría que fueran lo mismo, pero realísticamente, no van a ser tan buenos. Un mosquito irradiado, al soltarlo en las pruebas de campo, cambia. No son tan buenos, pero son bastante buenos. Y son baratos de producir. Hay espacio de mejora, pero funciona. En los ensayos logramos reducir las poblaciones de mosquito en un 90%.

P: Usted se ha centrado en el dengue, pero en teoría debería servir para todas las enfermedades que el mosquito puede transportar.

R: Así es. Controlar ese mosquito, el Aedes aegypti, permite controlar la fiebre amarilla, el dengue, y la otra enfermedad que transporta, el chikunguña.

P: Pero el chikunguña saltó además al mosquito tigre hace diez años. ¿Su técnica sería válida también en ese otro vector?

R: Sí. En efecto, en Europa continental no tenemos Aedes aegypti por el clima, pero sí Aedes albopictus, mucho más tolerante al frío. Normalmente no es tan buen vector para enfermedades, salvo para esta versión del chikunguña, en la que el mosquito tigre es tan bueno, o incluso mejor, que el mosquito de la fiebre amarilla. Pero de hecho, no sólo podemos poner nuestra tecnología en el albopictus, sino que lo hemos hecho.

Conste que Alphey no ganó finalmente el premio. Pero quizá pueda contentarse con haber hallado la solución para, al menos, un par de enfermedades cuyo número de epidemias mundiales no deja de aumentar, cuyas mutaciones las hacen cada vez más virulentas y que, para más inri, pronto podríamos sufrir en nuestras propias y caucásicas carnes.

No es un mal premio de consolación.

La ‘partícula de Dios’ explicada para los mortales

cern

El Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN) de Ginebra ha vuelto a poner en marcha estos días el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), con el que hace tres años se realizó uno de los descubrimientos más importantes en el campo de la física de partículas en las últimas décadas: el bosón de Higgs. Explicamos qué es la llamada ‘partícula de Dios’ y por qué su detección fue tan importante.

El Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN) de Ginebra ha vuelto a poner en marcha estos días el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), con el que hace un par de años se realizó uno de los descubrimientos más importantes en el campo de la física de partículas en las últimas décadas: el bosón de Higgs. Explicamos qué es la llamada ‘partícula de Dios’ y por qué su detección fue tan importante.


 

La ‘partícula de Dios’ se manifestó por primera vez entre los hombres el 4 de julio de 2012. Más conocida como Bosón de Higgs, un grupo de físicos propuso su existencia en 1964 pero no se confirmó hasta la primavera de 2013 en el CERN.

Los científicos del LHC, un acelerador de partículas del CERN, proclamaron su descubrimiento después de más de medio siglo de búsqueda y el hallazgo conmocionó al mundo. Sin embargo, más allá de los círculos científicos, muchos no iniciados ignoran qué es este bosón y por qué es relevante su existencia.

Entonces, ¿qué es el bosón de Higgs?

En esencia y de forma burda, se trata de una partícula elemental que permite explicar la diferencia entre las masas de las distintas partículas que componen la naturaleza. Para poder ahondar en este fenómeno y llegar a comprenderlo, es necesario refrescar previamente una serie de conceptos.

En primer lugar, la materia está compuesta por átomos. Estos átomos, a su vez, están formados por un núcleo central, con neutrones y protones, y a su alrededor giran los electrones.

Sin embargo, estos protones y neutrones se componen de partículas todavía más pequeñas, llamadas quarks. Se trata de partículas elementales, igual que los electrones, que son indivisibles.

¿Cuál es el problema?

En la década de los sesenta, los científicos trataban de comprender cómo funcionaban los protones y los neutrones por dentro, y las teorías no terminaban de encajar.

Los físicos no entendían a qué se debían las enormes diferencias de masa entre las distintas partículas elementales. Por ejemplo, el quark ‘cima’ (uno de los seis tipos que existen) es mucho más pesado que un electrón. Concretamente, su masa es 350.000 veces mayor. Esta es la misma diferencia de peso que hay entre una sardina y una ballena.

Las preguntas quedaban abiertas y eran muy profundas: ¿Qué confiere la masa a las partículas? ¿Qué es realmente la masa? ¿Por qué existen estas diferencias?

cern
Imagen de una sección del túnel del Gran Colisionador de Hadrones (CERN)

Para dar respuesta a todas estas cuestiones, en 1964 el físico británico Peter Higgs propuso, junto a otros colegas, una solución. Presentaron una teoría que aseguraba que todo el espacio está relleno de un campo que interacciona con las partículas elementales y es esto lo que les confiere masa.

Se trata del ‘campo de Higgs’, que permea todo el universo.

Como peces en el agua

Para comprender mejor su funcionamiento, es posible establecer una sencilla analogía. Las partículas elementales están inmersas en el campo de Higgs como los peces en el agua. Una sardina en el mar, al ser pequeña, interacciona muy poco con el medio y puede moverse rápidamente. Por el contrario, una ballena, con un tamaño mucho mayor, interacciona con más agua y se desplazará más despacio.

Al trasladarlo al caso subatómico, la idea es que cuanto mayor es la interacción de una partícula con el campo de Higgs, mayor es su masa. Se podría decir que este campo “frena” más a las partículas cuanto más pesadas son, igual que ocurre con el agua y los peces.

Así, un electrón interacciona poco con el campo de Higgs, por lo que se desplaza fácilmente a su través. Dicho de otra forma, el campo de Higgs hace que el electrón tenga una masa mínima (sería el caso de la sardina).

Por su parte, el quark ‘cima’ presenta una interacción muy fuerte con el campo de Higgs, por lo que se desplaza lentamente. O lo que es lo mismo, es muy pesado (como la ballena).

Según esta teoría, la masa no sería una propiedad intrínseca de las partículas sino el resultado de una interacción con el campo de Higgs.

¿Dónde aparece el bosón de Higgs?

De la misma manera que el agua está compuesta por moléculas de H2O, el campo de Higgs está formado por un incontable número de bosones de Higgs.

Para demostrar que esta teoría propuesta en 1964 era cierta, era necesario encontrar estos bosones. Para ello, se construyeron los grandes aceleradores de partículas.

gammagamma_run194108_evt564224000_ispy_3d
Evento candidato de Higgs a partir de colisiones entre protones (CMR | CERN)

¿Por qué resultó tan complicado observarlo?

Por dos motivos fundamentales. En primer lugar, para generar un bosón de Higgs se necesitan intensidades de energía muy elevadas, similares a las del Big Bang. Para reproducir estas condiciones, fue necesario construir grandes aceleradores de partículas como el LHC del CERN, donde finalmente fue detectado.

En segundo lugar, una vez generado el bosón de Higgs, se desintegra muy rápidamente y desaparece antes de que pueda ser observado. De hecho, lo que se detecta en los experimentos no es el bosón de Higgs, sino los residuos que deja al descomponerse.

¿Qué hicieron los físicos en el LHC?

De manera muy simplificada, en este acelerador se hizo colisionar de frente haces de protones a velocidades elevadísimas para generar instantes de gran energía y observar qué partículas aparecían. Durante fracciones de segundo, el LHC conseguía reproducir las condiciones del Big Bang y se formaban nuevas partículas subatómicas, entre ellas el bosón de Higgs.

Hasta hace poco, los aceleradores no eran capaces de reproducir estas condiciones y conseguir así que los protones chocasen a velocidades suficientemente altas para producir el bosón de Higgs. Por ese motivo, no pudo ser detectado definitivamente hasta hace un par de años.

¿De dónde viene el término ‘partícula de Dios’?

El Premio Nobel de Física Leon Lederman escribió en la década de los noventa un libro en el que se refería al bosón de Higgs como “the goddamn particle”, esto es, “la maldita partícula”, por lo difícil que era detectarla.

En un alarde de originalidad, el editor del texto decidió sustituir el nombre por “the God particle”, es decir, “la partícula de Dios”. Desde entonces, el bosón de Higgs quedó rebautizado.

Sin embargo, algunos investigadores prefieren el apodo de “la partícula botella de champagne”. Este término hace referencia a la anécdota que relata que el ministro de Ciencia británico William Waldegrave ofreció este obsequio a quien fuera capaz de explicarle qué era el bosón de Higgs.

¿Y ahora qué?

El descubrimiento del bosón de Higgs supuso todo un acontecimiento en la comunidad científica porque constituye una victoria del Modelo Estándar de la Física, esto es, la teoría que engloba todos los conocimientos sobre el mundo subatómico.

Este modelo predice qué partículas forman la materia y qué fuerzas interactúan entre ellas. Asimismo, preveía la existencia del bosón de Higgs y su confirmación respalda el modelo y afianza las ideas actuales. Si este hallazgo no se hubiese producido, los físicos habrían tenido que asumir que algunos de estos planteamientos eran erróneos y plantear formulaciones alternativas.

Sin embargo, el Modelo Estándar no llega a ser una teoría completa, ya que no incluye la gravedad, que es una de las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza. Tampoco explica qué son la materia y la energía oscuras. Muchos científicos están convencidos de que la confirmación de la existencia del bosón de Higgs permitirá avanzar en teorías como la supersimetría o la unificación de las fuerzas de la naturaleza.

A partir de ahora, las investigaciones deberán continuar en esta línea para desentrañar los secretos de la naturaleza.


 

ENLACES DE INTERÉS:

Europa se prepara para el segundo viaje del Colisionador de Hadrones

Rumbo a ‘terra incognita’: el LHC reinicia su singladura

Major work to ready the LHC experiments for Run 2

Ciencia con billete de vuelta

Guadalupe Sabio, en su laboratorio del CNIC

Guadalupe Sabio forma parte de un club que ha ido encogiendo por la crisis: es española, tiene una formación brillante y hace ciencia en su país. Durante años trabajó en Escocia y Massachusetts. Ahora investiga la relación entre un grupo de proteínas y enfermedades como la obesidad, la diabetes o el cáncer. Algunos la ven como un milagro o un ejemplo. Para la mayoría es una desconocida.

Reportaje gráfico: Dani Pozo

Guadalupe Sabio forma parte de un club que ha ido encogiendo por la crisis: es española, tiene una formación brillante y hace ciencia en su país. Durante años trabajó en Escocia y Massachusetts. Ahora investiga la relación entre unas proteínas y enfermedades como la obesidad, la diabetes o el cáncer. Algunos la ven como un milagro o un ejemplo. Para la mayoría es una desconocida.

Si la ciencia está en deuda con la imaginación de los investigadores, Guadalupe Sabio lo está con la curiosidad que de niña la llevó a coleccionar minerales. Aún recuerda con cierta nostalgia la caja de piedras que compartía con su hermana. También los veranos en el laboratorio del instituto de Badajoz donde su padre daba clase de Química. Ahí empezó a hacerse preguntas. Muchas. Diferentes. Sin buscar nada más que una respuesta a los acertijos que acabarían rigiendo su vida.

Hoy, Guadalupe, o Guada para los más cercanos, lidera a una decena de personas en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), que dirige Valentín Fuster. Estudia la relación entre un tipo de proteínas y enfermedades como la obesidad, la diabetes, el cáncer hepático y el fallo cardíaco.

Sin pretenderlo, ha acabado ingresando en un club tristemente selecto. Es una joven investigadora española, tiene una formación muy brillante y hace ciencia en su país, donde vive con su marido y sus tres hijos.

Para algunos es un milagro. Para otros, un ejemplo. Para la mayoría, Guadalupe Sabio es una desconocida.

Las proteínas que estudia, llamadas quinasas, pueden modificar moléculas provocando reacciones en las células. Comprender cómo se producen esas reacciones y qué hay que hacer para conseguirlas es el eslabón de una cadena que podría terminar con la fabricación de la pastilla fiable contra la obesidad o dar pasos de gigante para prevenir y tratar la diabetes tipo II, los tumores en el hígado y los trastornos cardiovasculares.

El entorno de Guadalupe explica con entusiasmo el potencial de las investigaciones, para las que cuenta en Madrid con su equipo, un laboratorio y una plantilla de sufridos ratones ajenos a su protagonismo en el progreso de la ciencia. Valentín Fuster asegura que se trata de un “campo crucial” que a menudo se trata con superficialidad: “Es fácil hablar de la obesidad, pero no tanto de sus aspectos genéticos, en los que se pueden lograr grandes avances”.

“Hace 100 años, la gente se moría de gripe, de tétanos, de tuberculosis o de sarampión. Hoy, en una sociedad como la nuestra, es impensable gracias a todos los avances logrados. Hace 30 años, el sida era mortal y la ciencia ha hecho de él una enfermedad crónica”, explica Miguel López, que dirige su propio grupo de investigación en la Universidad de Santiago de Compostela y que colabora con Sabio, a quien conoce desde hace años.

Según López, la obesidad es ahora un desafío comparable y más profundo. Una epidemia a menudo menospreciada pero directamente relacionada con el cáncer, la diabetes o los problemas de corazón, que es lo que investiga Sabio.

Guadalupe Sabio, con su equipo en su laboratorio del CNIC
Guadalupe Sabio, con su equipo en su laboratorio del CNIC

En un restaurante italiano que no frecuenta (suele comer un poco antes de la una en la cantina del CNIC), Guadalupe evita cualquier atisbo de grandilocuencia. Huye de ese discurso. Por prudencia e higiene mental.

“Si llegas a la ciencia con la esperanza de curar el cáncer o la diabetes, o eres un genio o la frustración es enorme”, explica. Nació en Badajoz hace 37 años. Conserva el acento, que acompaña a sus explicaciones ante un contundente plato de pappardelle. “No soy como Douglas Melton, que cambió toda su línea de investigación cuando descubrió que su hijo tenía diabetes tipo 1”.

Melton, copresidente del departamento de células madre de Harvard, puso su carrera patas arriba cuando a su hijo Sam, de seis meses, le fue diagnosticada la enfermedad que luego aparecería en Emma, otra de sus hijas, a la edad de 14 años. Desde entonces, vive por y para la la lucha contra la diabetes. “Pensar que cada minuto cuenta, que tu familia puede verse beneficiada por tus avances es una presión que nunca me he podido imponer”, admite. Respeta el heroísmo como leitmotiv de algunos investigadores pero a ella no le va.

“Un pasito adelante y un pasito atrás”

En la ciencia todo camina más lento de lo que parece desde fuera. Lo sabe bien Angelines, la abuela de Guadalupe, que a sus 83 años disfruta al escuchar a su nieta hablar de su trabajo. “Yo no entiendo ni papa, pero me da igual. Me encanta”, confiesa. “Siempre supe que era un genio, pero además ahora lo dice gente muy importante”. La lista de reconocimientos es enorme: premio fin de carrera, premio extraordinario de doctorado, premio L’Oreal-Unesco para la financiación y el impulso a las mujeres científicas y premio Impulsa de la Fundación Príncipe de Girona, que recogió de manos del hoy rey Felipe, como puede verse en un dibujo colgado en su despacho.

“Lo mío es un pasito adelante y un pasito atrás”, asegura para quitar hierro a sus galardones. Los días en que le sale bien uno de sus experimentos con los ratones se va a casa “con una sensación espectacular”. Los días que salen mal le cambia el carácter. Entre un sentimiento y otro transcurre su vida, salpicada también de artículos en revistas científicas, patentes de sus avances y congresos como el que estos días la ha llevado a Argentina.

“En realidad, siempre he tenido mucho respeto a meter la pata”, dice. Aunque le gustaba la química, como a su padre, y también la medicina, optó por Veterinaria y se fue a Cáceres, donde está el campus de la Universidad de Extremadura.

Su despacho, lleno de dibujos y fotos, la mayoría de sus tres hijos.
Su despacho, lleno de dibujos y fotos, la mayoría de sus tres hijos.

“En primero hice prácticas en una clínica y en algún momento me dije: no. No soy capaz de que por una decisión mía se vaya a morir el perro de alguien, por ejemplo. Veía que en veterinaria, más aún que en medicina, donde hay muchos más medios, se tomaban decisiones sin saber seguro, por intuición. El veterinario decía: “Es esto” y yo me decía: “¡Pero si no lo sabe!”. Esa manera de trabajar nunca me convenció. En segundo me apunté al laboratorio de bioquímica. Me encantó. Descubrí que podía hacerme una pregunta y buscar una respuesta hasta encontrarla de verdad”, recuerda.

En el laboratorio descubrió más pasiones que las de la bioquímica. Se enamoró de Alfonso Mora, tres años mayor, que ya había acabado la carrera y preparaba su doctorado. Francisco Centeno, el profesor que estaba al cargo y que acabaría dirigiendo la tesis de Sabio, los recuerda jocosamente como “dos ratitas de laboratorio”. Desde entonces casi no se han separado.

Centeno recuerda que su alumna, para la que hoy trabaja como orgulloso colaborador, destacó desde el primer día porque “era observadora, mostraba interés y tenía una enorme capacidad de trabajo. Me sigue fascinando cómo organiza su tiempo y cómo es capaz de hacer ella sola el trabajo para el que los demás necesitaríamos un equipo. Aunque siguió una vía habitual, con un doctorado para seguir trabajando en un área que le interesaba, lo que es muy poco común es el impacto y los resultados de su trabajo”. Años más tarde, eminencias de la investigación como Fuster acabarían corroborando esa percepción.

De Cáceres a Massachusetts

Desde Cáceres, Sabio siguió los pasos de su marido hasta Dundee, en Escocia, y se enroló en un centro especializado donde logró avances en la descripción de dos quinasas clave. Después, ante la dificultad de continuar trabajando en Europa sin separarse, se fueron cuatro años a Massachusetts, donde Guadalupe comenzó a trabajar junto a otro reconocido bioquímico, Roger Davis, en el Instituo Médico Howard Hughes.

“En los grandes centros de EEUU tienen tantos medios que pueden permitir soltar a un científico en un laboratorio sin asignarle una tarea concreta durante meses”, explica. “Luego comprendí que es una buena manera de probarlos antes de asignarles un gran proyecto”. Ella, que quería investigar sobre el cáncer, fue flexible para adaptarse al proyecto sobre diabetes que le fue encomendado.

De EEUU destaca, además de la excelencia en algunos centros, la percepción de que “si eres científico eres alguien importante”. “Eso tenemos que aprenderlo aquí”, dice. “Cuando una vecina descubrió que éramos PhD [el equivalente al doctorado en España], se quedó alucinada y le pareció algo extraordinario, algo que contar a sus amistades. Si aquí dices que eres doctor, te confunden con un médico. Eso, con suerte”.

El laboratorio de Guadalupe Sabiio

“Es el reflejo de un país que cree que los científicos no trabajan encerrados en sí mismos sino al servicio de la sociedad. Esa percepción hace que los investigadores también se relacionen más entre ellos, hablen de ciencia fuera del trabajo, coincidan más”, dice. Guadalupe todavía recuerda cuando fue a una de las reuniones de premios Nobel que se celebra en Lindau (Alemania) y en la que los galardonados explican sobre cómo llegaron al descubrimiento que mereció el galardón o sobre aspectos más personales. “Uno de ellos nos empezó a contar un encuentro casual con un colega en un estadio de fútbol. Empezaron a hablar y descubrieron que estaban investigando sobre aspectos muy similares pero desde puntos de vista distintos. Eso no te pasaría nunca en España”, lamenta.

En 2008, la pareja de investigadores dejó EEUU, donde habían nacido dos de sus tres hijos, para instalarse en Madrid. A la madre de Guadalupe le detectaron un cáncer en el cerebro que fue apagando su vida. La joven investigadora tenía entonces 30 años y perdió de golpe la sonrisa mientras veía cómo su madre moría sin que la ciencia hubiera encontrado una cura para su tumor.

Fue uno de los momentos más difíciles de su vida pero se centró en la ciencia. Consiguió financiación a través del programa Ramón y Cajal, que promueve la contratación de jóvenes investigadores, y siguió su camino, primero en el Centro Nacional de Biotecnología (CNB) y luego en el CNIC.

Sabio llegó a España justo cuando se acababa la era de la abundancia. Después llegó la depresión que ha llevado a situaciones límite a buques insignia de la ciencia española como el Consejo Superior de Investigacionces Científicas (CSIC). Reducción de la financiación, congelación de los nuevos contratos y exilio de miles de investigadores. “Justo en el momento en el que más se necesita”, dice Sabio. “Justo cuando otros países, en plena crisis, están incrementando su inversión en ciencia”.

“La mejor gente del país no tiene salida”

“Apenas empieza a haber una tradición científica consolidada”, dice la científica sobre España. “Todavía depende mucho más de vaivenes políticos que de la voluntad de la sociedad. Cuando vas al médico y te da una pastilla que te cura, es más fácil interpretar que te ha curado el médico que acordarte del esfuerzo científico que hay antes de ese momento y esto es una carrera. Habrá países donde se produzca un valor añadido y vivan mejor y otros donde trabajemos mucho sin generarlo”, advierte.

El Gobierno lo considera una positiva “movilidad internacional”. Pero Guadalupe lo ve como una “fuga de cerebros” en toda regla. “La mejor gente del país no tiene salida en España”, explica. “Da igual lo bueno que seas, lo formado que estés, lo importante que sea tu trabajo. La sensación de que no hay nada que puedas hacer y que acabarás en la calle es demoledora”.

Todos los investigadores cuyo testimonio está presente en este artículo coinciden en que trabajar en el extranjero no sólo es bueno sino que es fundamental. “No se trata de una fuga de cerebros sino de airear el cerebro y formarse”, advierte muy serio Valentín Fuster, que exhibe una larga trayectoria internacional. Pero “el problema no es irte sino que no tengas dónde volver, que tu país no te pueda recuperar”, dice Sabio. Francisco Centeno, su director de tesis, lo define como “un billete sólo de ida”.

gallery

WcMgcq

Muchos investigadores ni siquiera se plantean salir ante la imposibilidad de volver. Dejan la ciencia y se dedican a otra cosa ante el coste personal del billete sin retorno.

Es ahí donde, según Centeno, se está rompiendo el equilibrio que ha permitido a España prosperar desde la Transición, el período en el que nació Guadalupe. “Ella es el fruto de un Estado en el que si eres bueno puedes confiar en que vas a prosperar”. Pero esa imagen, acaso una versión europea del sueño americano, se ha emborronado demasiado.

¿El futuro? “Se sabe que los obesos tienen más posibilidades de tener cáncer hepático pero no por qué. Estamos viendo cómo el metabolismo puede controlar en el cáncer. Cómo un adipocito [una célula con contenido graso] puede llegar a segregar sustancias que afectan al hígado. Sabemos que si modificamos los adipocitos de un ratón podemos llegar a proteger a ese ratón del cáncer. Pero no sabemos cómo ni por qué. Es uno de los proyectos más difíciles del laboratorio pero a mí me entusiasma”.

Guadalupe se siente una privilegiada y agradece al CNIC haberle dotado de “medios que me permiten hacer casi cualquier cosa que quiera”. Pero el año que viene, tras cinco años en la casa, llegará la evaluación de su programa. De ese examen depende la renovación de su contrato y es un buen momento para hacer balance.

Sabio tiene una cosa clara: “En el momento en que en España no pueda hacer ciencia, me iré”. Es serenamente consciente de que a las investigaciones que está haciendo ahora les faltan años hasta desembocar en el éxtasis del descubrimiento probado y aplicable. Acepta que serán probablemente otros los que den los siguientes pasos, los que acaben realizando los costosísimos ensayos clínicos que puedan cambiar la vida de millones de personas.

Sin embargo, Miguel López, su colaborador, cree que “lo mejor para ella está por venir porque es rigurosa, seria y brillante”. Angelines, su abuela, no puede evitar echarse a reír. Estas navidades su marido le regaló a sus nietos una caja nueva de minerales.