La Audiencia Nacional valora reabrir la causa contra Zapata para imputarle por los tuits

ZapataGuillermoLa Sala Penal de la Audiencia Nacional se inclina por reabrir la causa contra el concejal de Ahora Madrid Guillermo Zapata por sus polémicos mensajes sobre las víctimas de ETA y de otros delitos.

“Han tenido que cerrar el cementerio de las niñas de Alcaser para que no vaya Irene Villa a por repuestos”. “Rajoy promete resucitar la economía y a Marta del Castillo”. “¿Cómo meterías a 5 millones de judíos en un seiscientos?, en un cenicero”.

Estos tuits pueden ser la causa de que el concejal del Ayuntamiento de la capital Guillermo Zapata (Ahora Madrid) tenga finalmente que acudir a declarar ante el juez Pedraz si la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional concluye -tal como baraja en este momento- que debe dar explicaciones sobre el contenido de esos mensajes y su intención al escribirlos.

La Sección Penal Segunda de la Audiencia Nacional se inclina por estimar el recurso que interpuso la Fiscalía contra la decisión de Pedraz de archivar las diligencias abiertas a Zapata, contra quien la asociación Dignidad y Justicia presentó una querella por el delito del artículo 578 del Código Penal.

Este precepto castiga la realización de actos que entrañen descrédito, menosprecio o humillación de las víctimas del terrorismo o de sus familiares. La última reforma penal ha agravado incluso la sanción, que ahora puede llegar hasta tres años de prisión (antes, dos años).

Cierre sin declaración

El pasado 2 de julio, Pedraz dictó una resolución en la que, rectificando su inicial decisión de citar a Zapata a declarar, consideró que el concejal no tuvo el ánimo de ofender a las víctimas ni incurrió en una conducta “especialmente perversa”.

El juez, que sostuvo que hacer declarar a Zapata como imputado “supondría un plus de perjuicio moral para él” debido a la llamada “pena del paseíllo” o “pena del telediario”, apreció que la calificación más apropiada para sus tuits sería la de “chistes de humor negro” y destacaba que así lo había percibido la propia Irene Villa en un escrito dirigido al Juzgado.

La Fiscalía reaccionó de inmediato frente al archivo del caso y fue directamente en apelación a la Sala de lo Penal para reclamar la reapertura de las diligencias. Su posición puede ser acogida por los magistrados, que, según ha podido saber EL ESPAÑOL, comparten el criterio del Ministerio Público de que, una vez abierto el procedimiento, no puede ser cerrado sin ni siquiera recibir declaración al imputado para que explique el sentido de los tuits y el ánimo que tuvo al escribirlos. Una intención que no puede ser determinada sin oírle y sin ver cómo responde al interrogatorio de las partes.

Las fuentes consultadas indicaron que, al igual que ocurre en otros países en los que se sancionan las burlas al holocausto o la homosexualidad, el legislador español ha querido proteger a las víctimas del terrorismo y a sus familiares incluso de los sarcasmos. Es por ello que los tuits de Zapata pudieron afectar a la dignidad de las víctimas de ETA en su conjunto y no sólo a Irene Villa.

Para los magistrados, además, es preciso valorar todos los tuits de Zapata en su conjunto y no individualizar exclusivamente el que hacía referencia a la joven mutilada por ETA.

Tres palizas distintas y un solo odio verdadero

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Agresiones físicas al grito de ‘fascista’, ‘maricones’ o ‘puto sin techo’ a una dirigente de Vox, una pareja homosexual y un indigente, respectivamente, en menos de 24 horas con “el odio al diferente” como eje común. Esta brutalidad hace saltar las alarmas entre asociaciones y colectivos que reclaman “aunar fuerzas” para luchar contra los delitos de odio: “El problema es mayor de lo que estamos viendo, esto sólo es la punta de un iceberg que va a demandar medidas integrales”.

En la imagen, Inma Sequí, la dirigente de Vox brutalmente agredida.

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Inma Sequí, la dirigente de Vox brutalmente agredida.

Por “fascista”.

Una patada por la espalda al grito de “fascista de los cojones” sirvió para tirarla al suelo. Una vez noqueada, mientras que uno de los tres agresores le propinaba una ristra de puñetazos en el pómulo y en la boca, el otro le agarraba del cuello y un tercero la desafió con un “a ver si ahora eres tan valiente”.

La agredida es Inma Sequí, dirigente de Vox en Cuenca, y como resultado de la paliza que recibió el martes, contusiones abdominales, medio pómulo roto, un esguince de muñeca y el labio destrozado: “Pero sin puntos”, parece excusarse la dirigente política a EL ESPAÑOL.

Por “maricones de mierda”.

Horas antes de la agresión a Sequí, en la Feria de Almería, una pareja de homosexuales sufrió “una agresión brutal” -según señala el colectivo Colegas Almería- a la salida de una caseta.

En esta ocasión, los agresores utilizaron el “maricón de mierda” para acompañar los puñetazos y patadas que hicieron que uno de los agredidos acabará con “la mandíbula rota, uno de los brazos fracturados, además de dientes rotos y contusiones”, según recoge el parte médico.

Por “puto sintecho”.

“Me hicieron una encerrona, me vi rodeado, me pegaron y me quedé ciego después de escuchar ‘Mátalo, dale en la cabeza al puto sintecho”, relata Marcos, un indigente de 36 años que pasa las noches a la intemperie en Granada.

Los causantes en este caso eran dos jóvenes de 20 y 23 años que ya han sido detenidos y otros cuatro menores que también ha sido identificados.

Tres palizas, tres agredidos, tres motivos

Tres palizas, tres agredidos y tres motivos en distintos puntos de la geografía que según explican las víctimas -o los colectivos que dicen representarlos- tienen su germen “en el discurso del odio al diferente”. Y en apenas 24 horas.

Lo analiza para EL ESPAÑOL la presidenta de la Comisión de delitos de odio del colegio de abogados de Málaga, Charo Alises: “No se ataca sólo a una persona, sino que el ataque va dirigido a una comunidad que piensa igual que el vejado. Es un mensaje para intentar callar a todo el colectivo”.

“Callar”. Algo que no han conseguido con Sequí, quien, sin que le tiemble la voz a pesar de sus 18 años, dice en declaraciones telefónicas no tener ningún miedo porque va a seguir “luchando por las ideas en las que cree”, las del argumentario del partido creado por Santiago Abascal.

“Siempre he debatido, siempre he defendido mis ideas y lo voy a seguir haciendo. No me van a amedrentar”, argumenta después de la paliza que considera “premeditada” y que iba dirigida, a su juicio, a todos sus compañeros. “Aunque prefiero que me haya pasado a mí que a ellos”, asegura al mismo tiempo que aprovecha -ha seguido la actualidad entre entrevistas-  para condenar las otras dos agresiones en Almería y Granada.

1.285 delitos de odio en 2014

Los tres incidentes, que se han producido con un lapso de 24 horas, se enmarcan en las categorías que el Ministerio del Interior está recopilando desde hace dos años como “delitos de odio contra la ideología, orientación sexual y situación de pobreza”, respectivamente; en 2014 fueron 1285, entre los que también se incluyen aquellos que tienen cuestión de raza, religión o discapacidad.

Por ello, los colectivos y observatorios consultados, piden al unísono “aunar fuerzas” para luchar contra los delitos de odio “en un momento en el que la confrontación política y social está a la orden del día”. Son palabras de la abogada especialista en vulnerabilidad y derechos humanos Violeta Assiego, quien añade que en estos momentos “en los que el nivel de violencia es especialmente llamativo, hay una ausencia de valores que en otros tiempos estaban presentes como son el diálogo y la integración”.

Para la letrada, estos tres casos, no tienen tanto que ver con un tema de “tomarse la justicia por tu mano”, sino con “la intolerancia”, con el mandar mensajes que creen distinguir “lo bueno de lo malo” a través de una brutal violencia.

Un hecho que, a su juicio, debe hacer saltar las alarmas “ya que no tenemos constancia de lo que realmente está sucediendo porque sólo denuncian aquellas personas que se sienten amparadas por la sociedad”.

Los argumentos de Assiego están respaldados en un informe de la Agencia Europea de Derechos Fundamentales en el que se señala que entre un 10 y un 40 por ciento de las víctimas de delitos motivados por sentimiento de odio no denuncian su caso por “miedo” o porque “creen que nada va a cambiar”.

En el caso de agresiones contra el colectivo LGTB (Lesbianas, gais, transexuales y bisexuales) el handicap radica en “la visibilidad”, ya que el hecho de denunciarlas supone “poner sobre la mesa tu orientación sexual”, por lo que muchas agresiones “caen en saco roto” -explican desde los colectivos-: “Los datos de Interior sólo hacen un recuento de las denuncias, no de la realidad”, se quejan.

Rubén López, portavoz de Arcopoli, advierte que “tener que identificarse” a la hora de interponer una denuncia por homofobia supone para la víctima conectar con su pasado. “En muchas ocasiones, marcado por el maricón o bollera del colegio. Es desvelar tu intimidad más íntima”.

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Marcos, el sintecho agredido en Granada.

Más allá van desde el Observatorio de delitos de odio contra personas sin hogar ‘Hatento’. Según su coordinadora técnica, Maribel Ramos, los ataques a los sintecho no se dirigen hacia una vulnerabilidad “que forma parte de la identidad de una persona”, como puede ser el caso de los homosexuales o el pertenecer a una raza concreta. “No tener hogar puede ser algo transitorio, no algo que te acompaña toda la vida”, aclara.

De este modo, Assiego manifiesta que “el problema es mucho mayor de lo que estamos viendo. A medida que se denuncia se irá viendo la realidad, la punta de un iceberg que va a demandar medidas integrales”.

De momento, con la reforma del Código penal que entró en vigor el pasado 1 de julio, a estas agresiones les sería aplicado el artículo 510 -sustancialmente modificado-, que endurece las penas de prisión de uno a cuatro años y multa de seis a doce meses a quienes fomenten, promuevan o inciten al odio contra una persona o grupo por motivos ideológicos, de orientación sexual o discapacidad.

La norma no recoge ninguna referencia a la situación de pobreza o exclusión social, como sí hace Interior en sus estadísticas, por lo que asociaciones como Hatento reclaman un cambio “urgente” que permita incluir este agravante.

La diferencia entre matar a un ruiseñor y poner un centinela

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Cinco décadas después de publicar Matar a un ruiseñor llega a las librerías Ve y pon un centinela. 20 años transcurren entre ambas historias escritas por Harper Lee. El nuevo libro se presenta como la segunda parte de la primera novela, pero se escribió antes. En la reciente publicación el mito de Atticus se rompe. El abogado defensor de los negros se muestra ahora racista y segregacionista. Su hija Jean Louise, ‘Scout’ en la primera novela, cuenta cómo su padre deja de ser su ídolo para convertirse en un hombre deplorable cuyos actos la hacen vomitar. 

En la imagen, Atticus Finch (Gregory Peck) y Harper Lee.

Matar a un ruiseñor, el premio Pulitzer que dibujó como pocos el deber del buen ciudadano y el mito de la justicia y la igualdad en la Norteamérica sureña, racista y segregacionista, ha desembocado en Ve y pon un centinela. El nuevo best seller ha traído noticias de errores de imprenta, peleas de editoriales por publicar el libro del año y el morbo añadido sobre si la autora permitió o no, a sus 89 años y después de 55 de silencio, la publicación del mismo.

Más que un cambio de la primera a la tercera persona en la narración, el nuevo libro de Harper Lee es un paso de lo idílico a lo real. Matar a un ruiseñor es la historia de Atticus Finch narrada por su hija. Finch es abogado, viudo y padre de dos pequeños (Scout y Jem), que se ve en la obligación de defender a Tom Robinson, un joven negro acusado de violar a una blanca. El pueblo entero se pone en su contra pero Atticus se mantiene firme y recto en su juicio. El letrado lleva al extremo sus deseos de justicia, sin importar el color del acusado, aunque sabía que el juicio estaba perdido desde antes de empezar.

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Cinco décadas después se publica Ve y pon un centinela. La nueva trama tiene lugar 20 años después de lo narrado en Matar a un ruiseñor. El libro se presenta como la segunda parte de la primera novela, pero se escribió antes. En la reciente publicación el mito de Atticus se rompe. El abogado defensor de los negros se muestra racista y segregacionista. Su hija Jean Louise, apodada Scout en la primera novela, cuenta ahora cómo su padre deja de ser su ídolo para convertirse en un hombre deplorable cuyos actos la hacen vomitar. Pero Jean Louise también deja de ser Scout.

“Atticus se convirtió en un héroe que trascendió al racismo”, explica a EL ESPAÑOL la catedrática de literatura inglesa de la Universidad de Navarra Rocío Davis. “En Ve y pon un centinela deja de ser así y se ajusta más a la realidad. Finch vivió en la década de 1950 en el sur de Estados Unidos, donde casi toda la sociedad era racista. Él era un abogado que creía en la justicia, aunque en un momento de la primera novela dice no querer el caso”, añade. La editorial HarperCollins, que publica Ve y pon un centinela, explica que este último fue rechazado por los editores de Harper Lee y después de reescribirlo surgió el primer libro.

La publicación de lo que se suponía iba a ser la segunda parte de Matar a un ruiseñor, más que una continuación parece una contradicción.

1. El título de la inocencia y el de la defensa

El emblemático título del libro ganador del Pulitzer habla de justicia. En Matar a un ruiseñor Scout narra cómo su padre, cuando les regala a ella y a su hermano Jem unos rifles de aire comprimido, les pide que utilicen bien su nuevo juguete:

 

“… Matad todos los arrendajos azules que queráis, si podéis darles, pero recordad que matar un ruiseñor es pecado.

Aquélla fue la única vez que le oí decir a Atticus que ésta o aquélla acción fuesen pecado, e interrogué a miss Maudie sobre el caso.

–Tu padre tiene razón me respondió–. Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos. No devoran los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor”.

 

Es pecado hacer daño al inocente, es pecado culpar a alguien de algo que no hizo. Por eso, Atticus Finch defiende a Thomas Robinson (“Tom”), un joven negro acusado de violar a una chica blanca.

Ve y pon un centinela es un título sacado del libro de Isaías en el Antiguo Testamento que dice: “Porque el Señor me dijo así: ve y pon un centinela que haga saber lo que viere”. La desesperación de Jean Louise al descubrir que su padre asistía a reuniones en las que se defendía la segregación racial es lo que le da el título a la novela:

 

“Necesito un centinela que me diga ‘esto es lo que dice fulano y esto es lo que quiere decir de verdad’, que trace una raya en medio y diga ‘aquí hay una justicia y me haga entender la diferencia’”. [Dice Jean Louise].

 

Finalmente, el Tío Jack, hermano de Atticus Finch, tranquiliza a Jean Louise cuando le dice: “La isla de cada ser humano, Jean Louise, el centinela de cada uno, es su conciencia. Eso de la conciencia colectiva no existe”. Al mismo tiempo le explica que ella ha confundido a su padre con Dios, pues nunca fue capaz de verle como un “hombre con el corazón de un hombre”, según le explica el Tío Jack a su sobrina.

Atticus y Scout.

2. La traviesa Scout y la señorita Jean Louise Finch

La niña intrépida se ha convertido en la señorita Jean Louise. Scout golpeaba a sus compañeros de clase y jugaba como un chico más con su hermano y su mejor amigo Dill, personaje inspirado en Truman Capote.

 

–¿Retirarás lo que dijiste, muchacho?

–¡Tendrás que obligarme primero! –chilló él–. ¡Mis padres dicen que tu padre era una calamidad y que aquel negro debería colgar del depósito de agua!

Yo le asesté un golpe, y recordando lo que Atticus me había dicho, dejé caer los puños a los costados y me marché. El grito de: “¡Scout es una co…barde!”, retumbaba en mis oídos. Era la primera vez que abandonaba una pelea.

 

Dos décadas después Jean Louise sigue siendo testaruda. Aún tiene problemas con su tía Alexandra, la hermana de Atticus que se encargó de la educación de sus hijos cuando él quedó viudo. Que Jean Louise no fuese femenina ni se relacionara con la sociedad sureña siguen siendo, desde la primera novela, un problema para su tía. “Me gustaría que esta vez intentaras vestirte mejor mientras estés en casa. La gente se lleva una mala impresión de ti. Piensan que eres… eh… de barrio pobre”, dice Alexandra a Jean Louise en Ve y pon un centinela.

Jean Louise intenta ser Scout en toda la nueva novela, y mantiene su carácter: “Tía … ¿por qué no te vas a la mierda?”, le dijo a Alexandra cuando le argumentaba que no debería casarse con Hank, su novio, porque era “gentuza”. Aunque al final de la trama la nueva Jean Louise decide dejar a Hank:

 

— Tío Jack —le dijo—, ¿qué voy a hacer con Hank?
— Lo que desees hacer, cuando llegue el momento— respondió él.
— ¿Rechazarlo sin más?
— Ajá.
— ¿Por qué?
— No es de tu clase

 

“Ama a quien quieras, pero cásate con los de tu clase”, piensa y narra Jean Louise después de lo que le ha dicho su tío. Y eso hace; lo rechaza porque no es de su clase.

Atticus Finch y su defendido Tom Robinson.

3. De ejemplo de padre a abogado racista

Aunque Jean Louise siempre llamó a Atticus Finch por su nombre, el personaje del primer libro era un padre, el padre de Scout: un hombre idealizado, ícono de abogados y de todo ciudadano estadounidense. El Atticus Finch de Matar a un ruiseñor era la estrella del primer libro, que en el cine dio un oscar a Gregory Peck (quien representaba el papel del abogado).

 

–Atticus, ¿tú defiendes nigros? –pregunté a mi padre aquella noche.

–Claro que sí, Y no digas nigros, Scout. Es grosero.

–Es lo que dice todo el mundo en la escuela.

–Desde hoy lo dirán todos menos una…

 

Ese fue el padre de Scout de frases lapidarias como: “Derechos iguales para todos; privilegios especiales para ninguno”. El nuevo Atticus es otro personaje, un abogado racista que sólo conserva su caballerosidad:

 

—Entonces vamos a llevarlo al terreno práctico. ¿Quieres que haya negros a montones en nuestras escuelas, en nuestras iglesias y nuestros cines? ¿Los quieres en nuestro mundo? [Dice Atticus a Jean Louise].

—¿Son personas, no? Estuvimos muy dispuestos a importarlos cuando nos hacían ganar dinero. [Contesta Jean Louise].

—¿Quieres que tus hijos vayan a una escuela que haya bajado de nivel para integrar a niños negros?

—El nivel académico de la escuela que hay en esta misma calle no podría ser más bajo, Atticus, y tú lo sabes. Tienen derecho a las mismas oportunidades que los demás, tienen derecho a disfrutar de las mismas…

 

”Según mi experiencia lo blanco es blanco y lo negro es negro”, concluye el Atticus de 72 años.

4. La trama: los juegos y los problemas de amor

Scout, junto con Jem y Dill (su hermano mayor y el mejor amigo de ambos), llenan Matar a un ruiseñor de historias graciosas. Entre juegos y problemas de niños que en apariencia son insignificantes pero que para ellos son grandes preocupaciones, Scout cuenta cómo era la realidad del sur de Estados Unidos durante la década de los treinta con los problemas de la Gran Depresión.

El mayor misterio para Scout y sus compañeros de aventuras es la casa de los Radley. Los niños crean una historia ficticia alrededor de Boo Radley, uno de los jóvenes de la casa que es bastante excéntrico. Boo sale poco a la calle, y eso les da oportunidad para crear de él un monstruo extraño.

 

Ahora que Walter y yo andábamos a su lado, parecía que Jem le temía muy poco a Boo Radley. Lo cierto es que se puso jactancioso.
–Una vez subí hasta la casa– dijo.
–Nadie que haya ido una vez hasta la casa debería después echar a correr cuando pasa por delante de ella –dije yo, mirando a las nubes del cielo.
–¿Y quién echa a correr, señorita Remilgada?
–Tú, cuando no va nadie contigo.

 

Boo Radley termina defendiendo a Jem del ataque de venganza de Bob Ewell, el padre de la jovencita que acusaba a Tom Robinson de violación. Esa es otra lección más de la novela. En el proceso antes y durante el juicio de Atticus como defensor de Tom: en palabras de niños, con juegos y exageraciones la novela ahonda en temas trascendentales y deja enseñanzas que han sido objeto de estudio.

El nuevo libro hace menos aportaciones trascendentales. Boo Radley no aparece en la historia, tampoco Dill; y Jem ha muerto. Según el New Yorker durante toda la novela se apela a clichés de la época, las ya muy conocidas actuaciones de negros frente a blancos. Ejemplo de esto es el encuentro de Scout con su amada Calpurnia, la cocinera negra que la cuidó durante toda su infancia:

 

— Cal —le dijo llorando—, Cal, Cal, Cal, ¿qué me estás haciendo? ¿Qué sucede? Yo soy tu niñita, ¿es que te has olvidado de mí? ¿Por qué me apartas? ¿Qué me estás haciendo?

Calpurnia levantó las manos y las apoyó suavemente sobre los brazos de la mecedora. Su cara tenía mil pequeñas arrugas y, detrás de las gruesas gafas, sus ojos se veían apagados.

—¿Qué nos están haciendo ustedes a nosotros?— preguntó ella.

Calpurnia fue clave en la educación de los dos niños huérfanos de madre, parece increíble que actúe de tal forma. Pero es verdad que la historia de las afroamericanas trabajadoras del hogar que al pasar los años se separan de los niños que han educado es ya un cliché de principios del siglo XX; así se muestra en películas como The Help (Criadas y señoras).

Además, los problemas de Jean Louise ya no son pelear con sus compañeros porque ofendan a su padre por defender a Tom. Ahora le preocupa, como a las mujeres de su época, casarse con el hombre correcto, pues entiende que su novio Hank no es de su clase y eso puede traerles problemas después:

 

—Lo siento, cariño. —Apagó su cigarrillo—. Es solo que me da miedo casarme con quien no debo. Con un hombre con el que no congenie, quiero decir, Soy como todas las demás mujeres, y si me caso con quien no debo me convertiré en una arpía gritona en tiempo récord. [Dice Jean Louise a Hank].

 

5. Los medios del Pulitzer y los medios de la secuela

Así cubrieron los medios la salida de Matar a un ruiseñor y así lo hacen ahora con Ve y pon un centinela:

The Atlantic: Antes y ahora

Time: Antes y ahora

NYT: Antes y ahora

El País: Hace 5 años y ahora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otros medios online han hablado de Ve y pon un centinela, como los estadounidenses Quartz y la revista Slate.  Quartz hace hincapié en la idea de que Ve y pon un Centinela es un borrador de lo que fue después el libro ganador del Pulitzer. Muestra párrafos que se repiten en ambas novelas, líneas enteras con palabras exactamente iguales. Pero en Quartz dejan abierto el debate y no se posicionan.

La revista Slate habla con personas que llamaron a sus hijos Atticus. Ellos intentaban inculcar en sus pequeños la justicia que representaba el personaje ficticio. Hoy se sienten defraudados.

La raza (todavía) importa en Estados Unidos

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La raza (todavía) importa en Estados Unidos. Junio ha sido un mes trágico y difícil para la convivencia racial en el país norteamericano. En el espacio de 15 días, el asesinato de nueve personas afroamericanas en una iglesia de Charleston, la brutalidad policial en una piscina de Texas y la polémica desatada por la activista blanca que se hacía pasar por negra en Spokane han reabierto viejas heridas.

Vea el vídeo completo de la piscina de Texas.

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Barak Obama durante su alocución tras la matanza de Charleston.

Junio ha sido un mes trágico y complicado para la convivencia racial en Estados Unidos. En el espacio de 15 días, el asesinato de nueve personas afroamericanas en una iglesia de Charleston, la brutalidad policial en una piscina de Texas y la polémica desatada por la activista blanca que se hacía pasar por negra en Spokane han reabierto viejas heridas sobre la realidad racial en el país norteamericano. Allí, la raza (todavía) importa.

Activistas, escritores, medios estadounidenses y anglosajones y hasta el propio Barak Obama han participado en un debate que parece no tener fin: la realidad en la que viven los ciudadanos negros en Estados Unidos.

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Frente y perfil del presunto asesino de Charleston, Dylann Roof.

La matanza de Charleston

El 17 de junio de 2015 Dylann Roof, un chico blanco de 21 años, entró en una iglesia negra en Charleston y asesinó a nueve afroamericanos. Según un testigo que presenció los disparos, antes de abrir fuego el atacante exclamó: “Necesito hacer esto porque estáis violando a nuestras mujeres y estáis tomando el control de nuestro país”. Jamelle Boie explica en Slate cómo el miedo a que los negros violen a las mujeres blancas es utilizado desde el siglo XIX para justificar la violencia contra los afroamericanos. La bandera confederada, con la que el asesino tiene varias fotografías y que continúa izada en la capital de Carolina del Sur, ha sido objeto de controversia tras la matanza por ser un “símbolo de odio racial”. Este sábado una mujer negra trepó el mástil de 10 metros para remover esta bandera, un acto aplaudido por muchos aunque la bandera volvió a ser izada pocas horas después.

El ataque contra la iglesia afroamericana también ha reabierto el debate sobre cómo los medios cubren este tipo de tragedias cuando el asesino es un hombre blanco. La profesora de religión y estudios africanos de la Universidad de Pennsylvania Anthea Butler escribe en  The Washington Post que los medios americanos prefieren utilizar el término “lobo solitario” en vez de “terrorista” cuando se refieren a un asesino de raza blanca.

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Roof y la polémica bandera confederada.

“Si escuchas a los medios hablar sobre Dylann Roof puedes ver que no le llaman terrorista”, dice Butler en su artículo. “Cuando el crimen lo cometen negros o musulmanes, los medios rápidamente los caracterizan cómo terroristas o matones, y en seguida se pide algún tipo de respuesta o acción por parte de las personas que comparten su raza o religión. En cambio, cuando el asesino era blanco, los medios le caracterizan como “lobo solitario” y atribuyen sus acciones a algún tipo de enfermedad mental”. En un artículo para The New York Times, la escritora Brit Bennett afirma que cuando un terrorista es blanco la violencia de sus acciones nunca se achaca a su color de piel.

La cobertura de los medios ha sido abordada en un artículo en The Guardian. Según escribe el periodista freelance Roy Greenslade, varios periódicos británicos relegaron la noticia sobre los asesinatos de Charleston a un segundo lugar el día de la matanza. “¿Hubiesen tratado la historia de la misma manera si un hombre negro hubiese matado a nueva personas blancas en una iglesia?”, pregunta el periodista. Greenslade señala que el día de la masacre de Sandy Hook, el colegio donde 20 niños y 6 adultos fueron asesinados en 2012, la noticia salió en todas las portadas de todos los periódicos británicos.

El otro debate que esta tragedia ha reavivado es el derecho a las armas. En su alocución televisada después de la tragedia, Obama pidió nuevamente el control de armas: “En algún momento tendremos que darnos cuenta de que este tipo de violencia no ocurre en otros países”. En el servicio religioso por una de las víctimas del ataque que tuvo lugar este pasado viernes, el presidente de Estados Unidos emocionó a los asistentes con un discurso sobre el racismo y la violencia armada, que terminó con el presidente entonando el himno góspel Amazing Grace.

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Rachel Dolezal.

Rachel Dolezal quiere ser negra

Rachel Dolezal es de ascendencia alemana y checa, pero ella se considera negra. La activista y ex líder de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color en Spokane (Washington) saltó a la fama tras la revelación de sus padres de que su hija estaba fingiendo ser de una raza que no era. Según cuenta la familia Dolezal, Rachel se había hecho pasar por negra durante los últimos 10 años.

Algunas personas han defendido el derecho de la activista “a ser negra si ella quiere”. Otros, principalmente afroamericanos, han acusado a Dolezal de estar apropiándose de experiencias que no son suyas. Alicia Walters, una mujer negra que también vive en Spokane, escribe en un artículo para The Guardian que “la identidad negra no se puede poner como un par de zapatos”. “Ser una niña negra en Spokane significa estar aislada y ser rechazada. Mi proceso de convertirme en una mujer negra no tuvo que ver con ropa o con la textura de mi pelo sino con el trauma del rechazo y aislamiento de mi infancia”, afirma. “En cambio, Rachel solo tuvo que cambiarse el pelo para ser negra”.

Otro motivo de controversia que ha surgido a raíz de las declaraciones de los padres de Dolezal es el uso de la palabra “transracial”. Este término empezó a ser popular entre usuarios de Twitter para defender el derecho de la activista a ser de la raza que ella quiera. Según los defensores de este término, ¿si una mujer puede ser un hombre y viceversa por qué una persona blanca no puede ser negra?

Este argumento ha sido criticado por varios motivos. Kat Blaque, una popular vlogger transexual, ha dicho públicamente “que yo no estoy mintiendo sobre quien soy ahora. Llevé a cabo mi transición para ser quien realmente ahora y dejar de pretender ser alguien quien no soy. Rachel está viviendo una mentira.” Vanessa Urquhart afirma en un artículo de Slate que la gran diferencia entre una persona transexual y Dolezal es que “parece ser que las personas nacen con una determinada identidad de género mientras que la identidad racial no tiene ninguna base genética”.

Por último, la escritora Lisa Marie Rollins explica en el Huffington Post que el término “transracial” se utiliza en investigaciones académicas y trabajos culturales para definir a personas que han sido adoptadas por otra raza. Muchas de estas personas se han sentido ofendidas al ser comparadas con Dolezal.

Violencia policial en una piscina de Texas

El video de una joven afroamericana de 15 años siendo brutalmente arrestada por un policía blanco en una piscina de Texas ha recorrido el mundo entero. El policía arrestó a la adolescente Dajerria Becton y a sus amigos afroamericanos tras recibir una llamada de unos residentes blancos que se quejaban del comportamiento de los adolescentes. A pesar de que existen distintas versiones de cómo empezó la disputa entre los bañistas blancos y el grupo de jóvenes mayoritariamente negros, la brutalidad exhibida por el policía ha sido condenada por la mayor parte de la sociedad estadunidense.

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The New York Times describe la ciudad de McKinney como “una ciudad con grandes divisiones económicas y raciales”. En un artículo en The Atlantic, el periodista Yoni Appelbaum equipara lo sucedido en la piscina de de esta ciudad con la historia de segregación de las piscinas americanas. “Formalmente, la segregación legal es cosa del pasado. Sin embargo todavía existen divisiones marcadas”, escribe. El periodista explica que las piscinas han sido mayoritariamente privatizadas en las últimas décadas y normalmente se encuentran tras puertas cerradas en barrios lujosos. Lo que pasó en McKinney ocurrió en este contexto de privatización “donde los residentes esperaban poder controlar quien toma el sol o chapotea en la piscina con ellos”, dice Appelbaum.

La brutalidad del policía que agarró y empujó al suelo a la chica negra también ha sido criticada por Brittney Cooper en Salon: “Esto jamás habría ocurrido si la chica hubiese sido blanca. No existe un lugar donde la policía pueda arrastrar del pelo a una adolescente blanca en bikini, la tire al suelo y se arrodille encima de su cuerpo sin suscitar una indignación moral masiva”, dice Cooper. “Sin embargo, a las chicas negras no se las considera lo suficientemente femeninas para que su vulnerabilidad sea evidente. Frecuentemente son vistas como agresoras por la policía y por los ciudadanos simplemente por hacer cosas de adolescente”.

Arthur Chu escribe en The Daily Beast que la parte más reveladora del video es la
que no vemos: la raza de la persona que sujeta el móvil. “Brandon Brooks, el chico blanco que hizo el vídeo, va de un lado para otro con su móvil grabándolo todo sin que le pase nada. Brooks afirmó de hecho que durante el altercado se sintió invisible”.

“Prefiero a mi hijo lejos de aquí”

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El joven de la fotografía sobrevivió a tres encuentros difíciles con la policía de Filadelfia. Brandon Brown no tuvo la misma suerte: murió acribillado por varios agentes en un incidente similar a los de Ferguson o Baltimore. Ahora su madre busca justicia y un cambio en la conducta policial.  

Reportaje gráfico: Samantha Madera

El joven de la fotografía sobrevivió a tres encuentros difíciles con la policía de Filadelfia. Brandon Brown no tuvo la misma suerte: murió acribillado por varios agentes en un incidente similar a los de Ferguson o Baltimore. Ahora su madre busca justicia y un cambio en la conducta policial.  


Se llama Tome Ellistt y es uno de los millones de muchachos afroamericanos que viven en la ciudad de Filadelfia. Tiene 20 años y suele vestir con esos pantalones holgados que cuelgan mucho más abajo de la cintura. Para la foto posa muy serio. Le gustan las camisetas grandes de colores lisos y sus brazos y su cuello dejan adivinar un cuerpo repleto de tatuajes.

Tome cumple uno por uno con los estereotipos del joven afroamericano en Estados Unidos. Filadelfia no es Ferguson ni Charleston ni Baltimore. Pero Tome es consciente de que un día un encuentro con la policía podría terminar en una tragedia similar a la de Mike Brown, Walter Scott o Freddie Gray.

La primera vez que Tome se topó con un agente tenía 13 años. Su padre le había mandado a comprar comida a un restaurante chino. El establecimiento acaba de sufrir un atraco y dos policías blancos creyeron que el joven podía ser el ladrón. “No entendía nada de lo que sucedía”, recuerda. “Les decía: ‘Dejadme ir, dejadme ir. Por favor, llamad a mi padre. No tengo nada que ver’. Me hicieron muchísimas preguntas. Yo estaba agobiado. ¿Cómo puedes demostrar que no tienes nada que ver con algo si te están culpando a ti?”.

Antes de que volviera a casa, el nombre de Tome ya estaba en una de las bases de datos de la policía de Filadelfia. “Cuando era un adolescente y me paraban sin razón alguna, me enfadaba muchísimo”, me explica durante una protesta contra la violencia policial. “Me encaraba con los guardias como un loco y les decía: ‘¿Por qué me paráis? ¿por qué puta mierda me paráis ahora?'”.

A jóvenes como Tome un encuentro con la policía les puede ocasionar un despido por llegar tarde al trabajo. A Tome nunca le han golpeado aunque sí ha sufrido “empujones, burlas y zarandeos”.

“Ahora intento tomármelo de otra manera”, dice. “No quiero problemas con ellos”.

Un arresto arbitrario

Los encuentros de los que habla Tome tienen un nombre en inglés: stop-and-frisk. Una práctica policial según la cual un agente puede parar y detener a cualquier peatón si tiene la sospecha de que ha cometido un delito.

Muchas voces entienden que esta forma de actuar supone una violación de la Cuarta Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que asegura el derecho de los ciudadanos a estar a salvo de aprehensiones arbitrarias. Pero sus defensores recuerdan que está respaldada por una decisión del Tribunal Supremo, cuyos jueces fallaron en 1968 a favor de que la policía pudiera hacer registros sin ningún indicio previo.

Según un informe de la Unión Estadounidense por los Derechos Civiles, el 37% de las 200.000 paradas de la policía de Filadelfia se hicieron sin alguna sospecha razonable. El único indicio era el color de la piel del sospechoso. Ocho de cada 10 las sufrieron hispanos y afroamericanos, que apenas representan el 54% de la población.

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El peor encuentro de Tome Ellistt con la policía sucedió cuando tenía 16 años y volvía en tren desde el centro con su novia. Habían pasado la tarde en The Gallery, un centro comercial que fue durante décadas el punto de referencia de los adolescentes afroamericanos de la ciudad.

“Vimos una gran pelea y pensamos que lo mejor era marcharnos”, explica.

Ya en el tren, unos agentes le abordaron y le acusaron de haber tomado parte en la pelea. Fue el segundo error policial que sufrió Tome. El tercero ocurrió hace unas semanas, cuando entró en una tienda de DVD con la capucha puesta y los agentes creyeron que estaba robando.

El origen del mal

“¿En qué momento los afroamericanos pasamos a tener que ser protegidos por la policía para convertirnos en su objetivo?”, se pregunta Tome en este día de primavera. El origen podría estar en las cuotas de detención exigidas en los departamentos de policía, que obligan a los agentes a cumplir con un número de personas a las que paran aunque no exista un motivo aparente.

Con la intención de evitar que los chicos se metan en problemas, padres y madres e incluso organizaciones comunitarias ponen un empeño especial en educarles para los encuentros con la policía. Se les recuerda que tienen derecho a permanecer en silencio. Se les dice que respondan de forma calmada y educada pero se les anima también a que graben a los agentes si consideran que sufren un abuso.

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La activista Tanya Brown. Su hijo murió por los disparos de la policía de Filadelfia. / SAMANTHA MADERA

Nada de esto le sirvió al hijo de Tanya Brown. Se llamaba Brandon y murió por los disparos de unos policías. Los agentes detuvieron su coche de madrugada junto a su casa el 15 diciembre del año pasado. “Yo sé que mi hijo se quejó”, dice su madre. “Pero también sé que él no quería hacer nada que le llevase cárcel”.

Nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrió después. Los policías aseguran que dispararon a Brandon después de un forcejeo cuando intentó alcanzar un arma de fuego que llevaba dentro del coche. Su madre denuncia la existencia de un vídeo en el que se ve que Brandon no recibe el disparo al lado de la puerta sino mientras se encuentra en la parte trasera del vehículo.

La familia rechaza la decisión del fiscal de exonerar a los agentes y pide a las autoridades que hagan públicas las imágenes que dejan clara la violencia policial. “No era necesario que mi hijo falleciese”, apunta la madre del joven. “Brandon recibió una bala mortal en la nuca. No le dieron ninguna oportunidad”.

Tanya ha presentado una denuncia por homicidio contra el Ayuntamiento de Filadelfia. Pero su intención es que se convierta en una demanda colectiva. “Ahora soy activista por lo que me ha sucedido pero sé que habría estado aquí también si no hubiera pasado nada”, me dice este jueves durante la manifestación en apoyo de la comunidad afroamericana de Baltimore.

Ocurrió en Ferguson con los padres de Mike Brown y ha ocurrido también en Filadelfia: Tanya se ha convertido en una líder comunitaria. Vive ese nuevo rol con una resignación agridulce. Quiere justicia para Brandon pero también quiere que eso suponga un cambio para quienes sufren una persecución similar. “Me gustaría que todos se sientan seguros en Filadelfia”, dice. “Me gustaría que las madres afroamericanas no se sientan angustiadas si sus hijos se retrasan al volver a casa”.

59 heridos en seis años

La familia de Brandon pide una compensación económica pero también reformas en la policía local. Sus letrados echan mano de unas sugerencias del Gobierno federal, que analizó los casos de las 400 personas que habían sido disparadas por agentes de Filadelfia entre 2007 y 2013.

Cincuenta y nueve de esas 400 personas estaban desarmadas cuando las dispararon. En la mitad de estos casos, los agentes apretaron el gatillo porque se equivocaron al identificar como una amenaza un gesto como agarrarse de los pantalones o coger un teléfono móvil.

El Gobierno federal concluyó entonces que los policías no estaban bien formados: nadie les había explicado que el temor por sus vidas no justifica por sí solo el uso de la fuerza letal. El informe criticó también la incoherencia y la impuntualidad de las investigaciones. La policía de Filadelfia aparece como una institución fracasada y disfuncional.

Detalles como el viaje en furgoneta que le costó la vida a Freddie Gray en Baltimore tras golpearse en su interior y romperse la columna son harto conocidas en la ciudad, como denuncia en su blog Christopher Sawyer, candidato republicano a sheriff.

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El Ayuntamiento de Filadelfia afronta varias denuncias contra agentes que podrían haber falseado pruebas. Pero el cuerpo se ha mostrado incapaz de deshacerse de quienes han demostrado no estar preparados para enfrentar su responsabilidad como deben. Al menos 19 agentes han sido readmitidos después de ser despedidos por violencia doméstica, por trabajar borrachos o drogados o por algún caso de brutalidad.

Tanto Tanya Brown como Tome Ellistt están de acuerdo en que los policías convierten a Filadelfia en una ciudad peligrosa para los jóvenes afroamericanos.

Brandon tenía un hermano pero ya no vive aquí. Tanya decidió que debía abandonar la ciudad por lo que le pudiera ocurrir. Tome tiene un bebé que vive con su madre en el estado vecino de New Jersey: “Aún es pequeño pero no sé cómo decirte. Prefiero a mi hijo lejos de aquí”.

El retorno envenenado de Hitler

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‘Mein Kampf’ volverá el 1 de enero del año que viene a las librerías de Alemania. Siete décadas después del suicidio del ‘fuhrer’ y en medio del auge repentino de los ‘ultras’ de Pegida, no todos ven con buenos ojos su reedición.

‘Mein Kampf’ volverá el 1 de enero del año que viene a las librerías de Alemania. Siete décadas después del suicidio del ‘fuhrer’ y en medio del auge repentino de los ‘ultras’ de Pegida, no todos ven con buenos ojos su reedición.


Frunce ligeramente el ceño. Se aplasta el pelo y lo deja caer del mismo lado, un mechón liso color azabache que nace en la parte derecha de la cabeza, cruza la frente y coquetea con la oreja izquierda. Achica la boca hasta casi esconder los labios y se atusa un pequeño bigote que apenas asoma por debajo de la nariz. Gira suave la cara y mira de reojo. Clic.

Dos años después, Lutz Bachmann pediría perdón por aquella fotografía caracterizado de Hitler. No fue suficiente. Ni siquiera para el líder de Pegida: Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente según su acrónimo alemán. Unas semanas antes, este movimiento había reunido hasta 25.000 personas en Dresde “en contra de la aceptación de refugiados económicos”. Un eufemismo que empleó el propio Bachmann para justificar el racismo que inspiran sus convocatorias. “Hay que reírse de uno mismo de vez en cuando”, alegó en el diario sensacionalista Bild.

La dimisión fue la única salida para quien había jugado a resucitar la figura histórica del dictador alemán. Hitler es aún un tabú para la sociedad alemana y por eso la censura fue unánime: incluso los conservadores euroescépticos de Alternativa por Alemania (AfD) mostraron su disconformidad mientras abandonaban Pegida otros cinco dirigentes, entre ellos su portavoz Kathrin Oertel. Si hay algo que en Alemania no admite bromas es el führer.

Y sin embargo el espíritu de Hitler regresa justo en este momento de la mano de una efemérides. El 30 de abril se cumplen 70 años de su muerte y la República Federal ha encendido todas las alarmas porque el dictador no vuelve solo. Lo hace acompañado de su libro, Mein Kampf, que por primera vez queda liberado para nuevas ediciones.

Al invadir Alemania, el Ejército de EEUU requisó el patrimonio de la editorial nazi Eher Verlag, que tenía los derechos de la obra. Al final de la ocupación, los derechos pasaron al Gobierno de Baviera, que ha custodiado Mein Kampf durante un periodo que expira el primer día de enero de 2016.

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El alcalde y los ultras

“Se trata de mis hijos y de mi esposa, que desde nuestras ventanas han visto con miedo cómo se acercaban los neonazis del NPD. No lo soporto más”. Así cuenta su experiencia Markus Nierth, que dijo ‘basta’ el 5 de marzo de 2015, cuando un centenar de ultras le obligaron a dejar su puesto de alcalde en Tröglitz, al Este de Alemania. Apostados frente a su vivienda, vociferaban contra su política de inclusión.

Su dimisión, lamentada a través de Facebook, recordaba la historia más negra de un municipio de menos de 3.000 habitantes que durante el nazismo tuvo su propio campo de concentración. Dos meses después, el democristiano Nierth reflexiona sobre el auge de este fenómeno en todo el país. “Cada vez más personas se atreven a articular un racismo o una misantropía antes encubiertos”, me dice. “El temor hacia lo nuevo es comprensible pero debe ser atajado, explicado y mitigado rápidamente, antes de que los radicales de derecha acaparen estos temas”.

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Markus Nierth.

El albergue para refugiados de Tröglizt sufrió un incendio intencionado a principios de abril. Un suceso que según Nierth evidencia el poder de un fenómeno que es “un desafío global de la sociedad”.

“Hay personas que han endurecido sus corazones y se han convertido en racistas modernos”, dice el ex alcalde. “No van directamente contra una raza sino contra una cultura o una religión. Ahora lo dicen abiertamente y sin tantos rodeos. Las encuestas sugieren que estamos hablando de alrededor del 20% de la población”.

Dos nuevos ataques neonazis, esta vez en Berlín, corroboran que el odio sigue ahí, tan grosero como de costumbre. No es generalizado pero tampoco un hecho aislado: las agresiones se triplicaron el año pasado con respecto a 2013, según ha revelado el rotativo liberal Der Tagesspiegel con datos del Gobierno federal. “Es una tendencia creciente en el interior de la democracia. En sus diferentes tonalidades, se está generalizando entre la población y también se extiende por la política, y no sólo en la derecha. Es incluso un fenómeno cultural”, me dice el criminólogo alemán Bernd Wagner, cofundador de Exit Deutschland, la iniciativa que pretende rescatar del extremismo a los fanáticos de derecha.

De la cárcel a los mítines

Los 25.000 manifestantes que sacaron a las calles en la capital de Sajonia los líderes de Pegida a finales de 2014 mermaron hasta el par de miles a principios de este año. Pero las cifras han vuelto a crecer y ya están cerca de los 8.000.

El estudio ‘¿Qué y cómo piensan los manifestantes de Pegida?’, del politólogo de la facultad de Filosofía de la Universidad Técnica de Dresde Werner J. Patzelt, divide a sus seguidores en tres grupos: ‘nacionalistas xenófobos de derecha” (un tercio), ‘bienintencionados preocupados’ (menos de dos tercios) y “bienintencionados indignados” (la décima parte).

El estudio de Patzelt traza el siguiente retrato robot de los seguidores de Pegida: alrededor de 50 años, con un salario ligeramente superior a la media y sin creencia ni afiliación política concreta. Sus líderes personas como Lutz Bachmann, un condenado por 16 robos con violencia que volvió sobre sus pasos en febrero y vuelve a tener el micrófono de Pegida en la mano. O por Kathrin Oertel, la portavoz que huyó de Pegida tras la polémica por el disfraz de Hitler y que ha repetido, espantada con el movimiento que fundó para resarcirse, Democracia Directa para Europa (DDfE).

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Miles de simpatizantes de Pegida se manifiestan en la calle de una ciudad alemana. / PEGIDA

Pegida, AfD, NPD, DDfE, Dügida (en Düsseldolf), Legida (en Leipzig)… Son siglas que confluyen en analizar la inmigración como un grave problema sin procedentes para Alemania. Las cifras oficiales de la Oficina Federal de Migración y Refugiados muestran un ascenso de los solicitantes de asilo que acoge el país en los últimos años: de 28.018 en 2008 a los 202.834 en 2014. Una panorámica más completa desmonta el argumentario de los ultras: el pico se registró en 1992 con 438.191 solicitantes.

El ex regidor de Tröglitz sigue convencido de que la hospitalidad es la mejor de las políticas: “Ya es hora de que los alemanes seamos agradecidos por todo. También por haber podido salir tan bien de nuestro fatídico pasado; ayudar ahora a los demás no nos hace más pobres sino más ricos”.

Un simple ‘clic’

Relegado en Alemania a mercadillos de segunda mano, copias manoseadas y lomos desgastados, Mein Kampf regresa a las librerías y escaparates en un contexto convulso.

El Instituto de Historia Contemporánea (IfZ en sus siglas alemanas) ha tomado la delantera y está preparando una nueva edición comentada de un texto que dejó de estar prohibido en 1979. El beneficio económico parece asegurado: la biblia del nazismo ha sido un éxito de ventas desde 1925. Se estiman unas ventas de más de 50 millones de ejemplares.

El cuidado de esa versión académica no ha apaciguado las dudas. El partido izquierdista Die Linke ha mostrado públicamente su oposición a la reedición. También la comunidad judía. “Se trata de uno de los peores escritos inflamatorios contra los judíos. Construyó la postura ideológica básica que llevó al Holocausto. La obra no merece atención. Es una chapuza de resentimiento y odio. No tiene justificación alguna en una democracia libre”, me dice Charlotte Knobloch, presidenta de la Comunidad de Culto Israelí en Múnich y Alta Baviera.

Hasta ahora se podía leer y difundir Mein Kampf. De acuerdo con la Ley de Derechos de Autor, expira el copyright de la obra, vigilado hasta ahora por el Estado Libre de Baviera, la región al sureste donde el canciller tuvo su última residencia.

¿Tiene sentido censurar un título que se puede conseguir por internet? Knobloch piensa que no: “Soy consciente de que se puede conseguir con un simple clic y en otros lugares. Pero acceder legalmente y en masa tendría un poder simbólico diferente. Claro que confío en el juicio de la gente. Sobre todo porque nuestra sociedad es lo suficientemente madura como para resistirse y poner en su sitio este panfleto. Pero tenemos un problema creciente con el antisemitismo y su difusión no ayuda a revertir la tendencia. Alemania tiene que mantener echado el cerrojo”.

No es una respuesta unánime. De hecho, la comunidad académica se inclina más bien por desmitificar el libro. “No hay ningún peligro. La obra está tan relacionada con el contexto de los años 20 que no imagino cómo la extrema derecha actual puede sacar algo de ahí”, me explica el historiador alemán Sönke Neitzl, que da clases en la London School of Economics.

Miedo al tabú

La revisión bibliográfica en la que trabaja el instituto muniqués tendrá dos tomos y sumará unas 2.000 páginas llenas de comentarios frente a los dos volúmenes y 800 folios del texto original, escrito por Hitler durante su estancia en prisión después del golpe fallido de 1923.

Mein Kampf detalla las líneas ideológicas del nacionalsocialismo, centrado en la “lucha de razas” y con centro en la “Gran Alemania”. El texto incluye numerosas referencias antisemitas y detalles autobiográficos. Como cuando se refería a sí mismo como ‘superhombre’.

Velar por un análisis científico e histórico de la obra y al mismo tiempo controlar su reedición son las motivaciones del IfZ. “Más allá de ofrecer una gran cantidad de información y de contexto histórico, nuestro proyecto quiere establecer normas para futuras ediciones. Sobre todo contra aquellas matizadas ideológicamente por editores de derecha o por especuladores dudosos que quieran ganar dinero rápido”, me dicen indican los responsables de la institución.

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Hitler sostiene un ejemplar de ‘Mein Kampf’ en una viñeta de la revista satírica ‘Témoin’.

“Es bastante absurda la idea de que un lector actual se convierta en neonazi sólo por la lectura de Mein Kampf”, insisten los responsables del IfZ. “Ocurre justo lo contrario: cuanto más se atormente uno con este texto, más pequeño parecerá su autor y su visión cruda del mundo. El peligro es más bien mantenerlo como un tabú, otorgándole un significado místico que no se merece”.

El 30 de abril de 1945 Hitler se suicidó con un disparo en el búnker que le sirvió de guarida durante sus últimos meses. De aquel escondrijo queda sólo un cartel en la esquina de la calle Gertrud Kolmar, una más en el centro de Berlín. Pero la extrema derecha asoma en Alemania siete décadas después.

“Es importante tener miedo”, me recuerda el ex alcalde Nierth. Le pregunto si le ha vencido el racismo. Si los extremistas se han salido con la suya.

“Conmigo no han logrado su objetivo”, asegura. “Mi esposa y yo, junto con un grupo de simpatizantes, seguimos acogiendo calurosamente a los refugiados. A esas personas las apoyan también los políticos importantes, que ahora sí se preocupan por estos temas”.