Una reina siniestra en el Real

ENSAYO DE "ROBERTO DEVEREUX"

Una inyección de monarquía. Concentrada, con su dosis de pompa, de honor, de protocolo, de grandes eufemismos y sobre todo de esas bajezas tan cotidianas que resultan grotescas cuando salen a la luz en la vida de sus majestades, sean los Tudor o los Borbón. Eso es Roberto Devereux, la primera ópera de la temporada en el Teatro Real. 

Una inyección de monarquía. Concentrada, con su dosis de pompa, de honor, de protocolo, de grandes eufemismos y sobre todo de esas bajezas tan cotidianas que resultan grotescas cuando salen a la luz en la vida de sus majestades, sean los Tudor o los Borbón. Ese éxtasis de lo elevado y (sobre todo) lo viscoso de reinar, es la base de Roberto Devereux, una ópera tardía de Gaetano Donizetti, uno de los maestros del género.

Cuando compuso la obra, Donizetti sufría problemas mentales y una crisis existencial. Alessandro Talevi, el director de escena de la producción que este martes se estrenó en el Teatro Real, aprovecha esa oscuridad para huir de los trajes de época, de los pelucones y las faldas, de las grandes estancias y los bailes de la corte que los apriorismos han asociado al bel canto, con sus grandes y virtuosos despliegues vocales.

Talevi busca el negro absoluto, la intimidad y la transformación de ese patetismo psicológico de la reina Isabel I de Inglaterra en un decorado que recuerda a un caserón de los horrores y un bosque más propio de la serie True Detective. Hasta había siniestros trofeos de caza en las paredes. Por sus lugares para la matanza y por la fría exposición de emociones despiadadas. El coro y las manos agolpadas en los cristales recuerdan más a la fría ansiedad de un pueblo de zombies de The Walking Dead, que se arrastra hacia la sangre fresca de los vivos, entretenidos con el cuarteto amoroso que protagonizan los duques de Nottingham, el conde de Essex (Roberto Devereux) y la reina Isabel I de Inglaterra.

La obra evoluciona y la reina acaba montada en una gran tarántula, a medio camino entre un gran trono y una criatura fantástica, para tratar de engullir a Roberto Devereux, condenado a muerte por traición y por estar enamorado de su rival, la duquesa de Nottingham. Una gran explosión y la aparición en la escena de cabezas clavadas en largas picas asocian finalmente la escena más a Juego de Tronos o El señor de los anillos que a cualquier representación de época del título.

Pudiera parecer que hay un contraste entre la negrura de la escena y la música, con su virtuosismo y arias apasionadas, pero no es sino una amplificación efectiva y sin riesgos de los amargos soliloquios de los personajes, de sus “tú sucumbiste a la muerte, mas yo, mientras viva, moriré”, que canta Sara, la duquesa, sus “-¡Ven!. -¿Dónde? -A la muerte”, que clama el coro.

Roberto Devereux

La oscuridad de la escena contagió a una orquesta poco brillante en manos del reconocido director Bruno Campanella. El primer reparto incluye a pesos pesados del género, como Mariella Devia, en el papel de reina Isabel I, que brilló al final con una interpretación precisa y solemne. La otra diva, Silvia Tro Santafé (la duquesa de Nottingham y amante de Roberto Devereux), también destacó por su línea vocal junto al tenor Gregory Kunde en el papel protagonista, con una voz correcta, sobria y esforzada que en algunos momentos pareció escapársele con cierto nerviosismo.

Los espectadores que fueron para oir-cantar-bien, uno de esos objetivos irrenunciables de los amantes de la ópera, lo consiguieron, aunque a los protagonistas les faltó un empujón para hacer una función redonda. Los que fueron buscando cómo la escena puede actualizar una obra compuesta hace poco menos de dos siglos, probablemente se lleven una sensación parecida.

En cualquier caso, se trata de un inicio de temporada infinitamente más ambicioso que el de la temporada pasada, con unas Bodas de Figaro de fondo de armario (era la tercera vez que se representaba el montaje en el Real) resucitadas sin pasión.

El overbooking de personalidades que el martes poblaba el Teatro Real, con los reyes Felipe y Letizia, los ministros de Cultura y Sanidad, el presidente del Constitucional, y la pareja de moda en la élita madrileña, Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler, aportó ese ambiente exclusivo y de gran acontecimiento que busca la institución para sus estrenos, pero que ha de hacer compatible con un teatro accesible a las personas de carne y hueso para las que están reservadas las próximas diez funciones.

Roberto Devereux se representa en el Teatro Real de Madrid hasta el 8 de octubre.

Hamlet, una estrella de rock

hamEsta nueva versión de la obra maestra de Shakespeare, interpretada por Benedict Cumberbatch, ostenta el récord de ser el espectáculo que más rápidamente ha agotado sus entradas en la historia del teatro en Londres. Los 100.000 tickets disponibles se vendieron en cuestión de minutos cuando se pusieron a la venta en agosto de 2014, un año antes de su estreno.

hamAlrededor de una veintena de fans hacen cola a las siete de la mañana cerca de la City de Londres en un frío y gris sábado de septiembre. Entre los 20 y los 40 años, alguno mayor, y de varias nacionalidades. Varios han pasado la noche al raso en sacos de dormir. No, no esperan a los chicos de ‘One Direction’, ni a Taylor Swift, ni a ninguna estrella del rock. Buscan entradas para el último montaje de ‘Hamlet’ en el teatro Barbican. La causa de esta expectación sin precedentes para ver el mayor clásico del teatro inglés es su protagonista, el actor de moda Benedict Cumberbatch, que saltó a la fama por encarnar al detective Sherlock Holmes en la aclamada serie de la BBC y ha protagonizado películas como The imitation game (Descifrando enigma en España)”.

Esta nueva versión de la obra maestra de Shakespeare ostenta el récord de ser el espectáculo que más rápidamente ha agotado sus entradas en la historia del teatro en Londres. Los 100.000 tickets disponibles se vendieron en cuestión de minutos cuando se pusieron a la venta en agosto de 2014, un año antes de su estreno. El fanatismo de los seguidores de Cumberbatch, ansiosos por fotografiar y grabar cada uno de sus movimientos como si se tratara de un concierto en un gran estadio, obligó al propio actor a intervenir. Tuvo que pedirles, al salir del teatro tras una de las primeras representaciones a principios de agosto, que no utilizaran cámaras o móviles durante el espectáculo. Las luces desconcentraban al reparto y suponían una experiencia “mortificadora”, les dijo.

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Como es tradición en Londres, incluso en las obras más codiciadas para las que no quedan entradas, el teatro reserva una treintena de tickets que se ponen a la venta cada día a primera hora de la mañana. Así que madrugando un poco y con paciencia (la diferencia horaria con Bruselas ayuda), consigo entradas para ver ‘Hamlet’ ¡por 10 libras! (ni llega a 14 euros).

Y la espera vale la pena. Pese a algunos excesos y altibajos de la producción, creo que Cumberbatch sale airoso y con nota del reto que para todo actor británico supone ponerse en la piel de Hamlet. La obra empieza con el príncipe de Dinamarca solo en escena, ensimismado hojeando lo que parece un álbum de fotos familiar, mientras suena ‘Nature Boy’ de Nat King Cole en un tocadiscos antiguo. Durante los últimos ensayos con público antes del estreno oficial, la directora, Lyndsey Turner, había situado en este momento inicial, como apertura de la representación, el famoso soliloquio del ‘Ser o no ser’. La reacción furibunda de parte de la prensa británica le ha hecho rectificar y devolverlo a su lugar original. Tras ver la obra, el ‘Ser o no ser’ podría perfectamente haber ido al principio, el único momento íntimo de la representación.

Los soliloquios de Hamlet

Porque a diferencia del último Hamlet teatral protagonizado por otra estrella, el de Jude Law en 2009, con una puesta en escena minimalista, el de Cumberbatch es una superproducción teatral con muchos elementos que lo acercan al cine. El decorado, que se revela tras esta escena inicial, reconstruye un enorme salón de un palacio decadente, en azul, con las paredes recargadas de cuadros y espadas, una gran lámpara de cristal y una escalera que da a una especie de balconada. Al final de la primera parte del espectáculo, cuando el rey Claudio ordena la muerte de Hamlet, una fuerte tormenta arrasa el palacio. Tras el descanso, el palacio aparece en ruinas, con las sillas por el suelo y todo cubierto de basura, en la que se entierra a Ofelia tras su suicidio. El vestuario mezcla elementos de época, como los uniformes, con ropa moderna, como vaqueros y camisetas, que permiten a Cumberbatch lucir su buena forma física.

Uno de los mejores hallazgos del montaje es la forma de poner en escena los soliloquios de Hamlet. Una luz blanca se concentra en él, mientras el resto de personajes en la escena quedan en penumbra, en segundo plano, aunque siguen moviéndose e interactuando en silencio, como a cámara lenta. Así, el primer monólogo, cuando Hamlet denuncia que su madre Gertrudis se haya casado con su tío Claudio poco después de la muerte de su padre, se produce en pleno banquete en el palacio con casi todos los personajes en escena. La acción se congela y Cumberbatch se sube a la mesa mientras se lamenta en voz alta. Pero a veces se echa de menos una mayor sutileza. Para mostrar que Hamlet finge estar loco con el fin de desenmascarar a su tío como asesino de su padre, aparece disfrazado de soldadito de plomo y con una especie de castillo hinchable gigante.

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Pero Cumberbatch es tan buen actor que evita el ridículo incluso en esa escena. Lo mejor de su actuación es su versatilidad. En apenas segundos es capaz de pasar sin esfuerzo aparente de un momento cómico, cuando se finge loco, a la agonía y casi la rabia por su incapacidad de ejecutar la venganza por el asesinato de su padre. Su Hamlet es reflexivo pero también un hombre de acción en escenas como el combate de esgrima final con Laertes. Su protagonismo es absoluto. De hecho, uno de los problemas del montaje es que el resto de personajes quedan muy difuminados.

La crítica británica ha sido poco amable con este montaje de Hamlet. Varios medios se saltaron el embargo y publicaron las primeras reseñas del espectáculo incluso antes del estreno oficial. En general, han elogiado la interpretación de Cumberbatch, aunque alguno la considera superficial, y critican sobre todo las simplificaciones y el gigantismo de la producción. El público no opina lo mismo. Tras las tres horas de representación –por cierto, en absoluto silencio y sin que se viera ninguna cámara grabando- aclamaron a los actores, sobre todo, como no, a Cumberbatch. Y a la salida sus fans le esperaban para que les firmara autógrafos, como a cualquier estrella del rock.

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Hamlet se representa en el teatro Barbican de Londres hasta el 31 de octubre. La representación del 15 de octubre se retransmitirá en directo en cines de todo el mundo.