Baréin: la Fórmula de la sangre

Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI

De todas las revoluciones de la primavera árabe, la de Baréin es la más desconocida y olvidada. Tuvo su pico de atención informativa en 2011, pero luego cayó en el olvido. Se trata de un país minúsculo, difícil de situar en el mapa, sometido a un apagón informativo por parte del gobierno, y eclipsado mediáticamente por la violencia en Irak, Siria, Egipto o Yemen. Baréin solo vuelve a la actualidad con ocasión del Gran Premio de Fórmula 1, que se celebrará este fin de semana en una fabulosa pista en mitad del desierto. Y en estas fechas de lo último de lo que se habla es de la situación política. Lo que pasa en Baréin se queda fuera.

Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI
Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI

De todas las revoluciones de la primavera árabe, la de Baréin es la más desconocida y olvidada. Tuvo su pico de atención informativa en 2011, pero luego cayó en el olvido. Se trata de un país minúsculo, difícil de situar en el mapa, sometido a un apagón informativo por parte del gobierno, y eclipsado mediáticamente por la violencia en Irak, Siria, Egipto o Yemen. Baréin solo vuelve a la actualidad con ocasión del Gran Premio de Fórmula 1, que se celebrará este fin de semana en una fabulosa pista en mitad del desierto. Y en estas fechas de lo último de lo que se habla es de la situación política. Lo que pasa en Baréin se queda fuera.

Byron Young, corresponsal de Fórmula 1 en el Daily Mirror, explica en su cuenta de Twitter que ha recibido un correo electrónico del Gobierno recordándole que solo está autorizado a cubrir los eventos dentro del circuito. Para ejercer de periodista fuera del recinto deportivo, requiere del permiso especial de la Autoridad de Asuntos Informativos. En el dudoso caso de que se lo concedieran, iría escoltado por funcionarios del Ministerio del Interior.

¿A qué se debe tanto celo?¿Qué es lo que el Gobierno no quiere que veas? Las manifestaciones, las barricadas en las carreteras, los cócteles molotov, los gases lacrimógenos, las tanquetas antidisturbios apuntando a los pueblos chiíes, los torturados, los presos políticos hacinados en las cárceles.

Empecemos por el principio, empecemos por el mapa: Baréin es una isla del tamaño de Menorca situada en el Golfo Pérsico. Entre Catar y Arabia Saudí, con la que está conectada a través de una autopista de 25 kilómetros. Tiene fama de ser el país más liberal del Golfo, un título que en esta región hay que tomar con cierta cautela. No hay, como en la vecina Arabia, policía religiosa patrullando las calles ni ejecuciones públicas. Las mujeres están integradas en el mercado laboral. Aunque la presión social es grande, no hay ninguna ley que les obligue a vestir con niqab o hiyab. Aunque es un estado confesional, existe libertad de culto. El expatriado occidental puede hacer negocios con facilidad y hasta beber alcohol. En general, la vida es menos opresiva que en los países de su entorno. Hasta aquí la parte bonita que las empresas de relaciones públicas americanas contratadas por el gobierno cultivan con mimo en medios occidentales.

Baréin es un país de mayoría chií. Pero ha sido gobernado por la familia suní Al Jalifa desde el siglo XVIII, incluso durante la época colonial británica que finalizó en 1971. El Gobierno se vende a sí mismo como una monarquía parlamentaria. Pero lo cierto es que todo el poder emana de la familia real porque el Parlamento, elegido por sufragio universal, no posee capacidad legislativa. El primer ministro Jalifa bin Salman Al Jalifa es el tío del actual rey y gobierna el país desde hace más de 40 años, lo que le convierte en el gobernante en activo más longevo del mundo. Fue él quien compro por un dinar (al cambio unos dos euros y medio) los terrenos públicos en los que se construyó el complejo de rascacielos Bahrain Financial Harbour (BFH).

Una Gomorra infiel

La familia real funciona en la práctica como un empresario privilegiado. Posee numerosas inversiones en construcción, hoteles de lujo y explota la lucrativa venta de alcohol para el cual hay abundante público: la población expatriada occidental, los trabajadores asiáticos, los soldados estadounidenses de la Quinta Flota, algunos locales y los miles de saudíes que inundan el puente cada fin de semana con el ansia de libertad de un adolescente en viaje de fin de curso. En algún bar puede verse la insólita escena de soldados estadounidenses y ciudadanos saudíes charlando con prostitutas filipinas en la misma barra. Baréin es visto por los fundamentalistas del Golfo como una Gomorra infiel.

Casi toda la población vive concentrada en el tercio norte de la isla, mientras el resto del país es propiedad privada de la familia real o instalaciones militares. Como resultado, la sensación de chiringuito y rapiña familiar es asfixiante en un país minúsculo de un millón y medio de habitantes de los cuales la mitad son trabajadores extranjeros.

No hay un censo oficial sobre filiación religiosa desde los años 70, pero se calcula que entre el 60 y 70 por ciento de la población es chií. A pesar de ser mayoría, los seguidores de esta rama del Islam sufren discriminación laboral y de acceso a políticas sociales como la vivienda. Se trata de una discriminación oficiosa, sin base jurídica en el ordenamiento legal, que funciona como un tabú innombrable en medios oficiales. Pero los hechos no dejan lugar a dudas: los chiíes tienen vetado su acceso al Ejército y a la policía. En su lugar, el Gobierno contrata y concede la nacionalidad a policías suníes de otros países árabes: sirios, jordanos, yemeníes, egipcios y pakistaníes. Esta marginación de facto es una losa que lleva décadas alimentando la frustración de la población chií y envenenando la convivencia entre ambas comunidades.

Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI
Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI

En febrero de 2011, la ola de las revoluciones árabes encontró en Baréin el cultivo perfecto: al tradicional desencanto chií se unió el hartazgo de muchos suníes hacia la corrupción y el absolutismo del gobierno. Se produjo una acampada en la Plaza de la Perla, una rotonda hostil en un país sin plazas, coronada por una escultura de seis columnas rematada por una perla gigante. El nombre de la plaza tiene su explicación: antes del petróleo, la perla era la principal actividad económica del país.

Aquella acampada recibió el apoyo de casi todo el espectro político local: de islamistas moderados a izquierdistas laicos y partidos que incluyen a varias confesiones. Todos ellos con experiencia en la lucha política desde los años 70. Más allá de las posibles agendas ocultas de los diferentes partidos, fue un movimiento que trascendía las tradicionales reivindicaciones chiíes. El grito, moderado y masivamente compartido, era “queremos reformar la monarquía”. El blanco de las iras no era tanto el rey sino el primer ministro, el hombre con un dinar en el bolsillo.

Aquella revuelta fue especialmente inquietante para las monarquías del golfo, con Arabia Saudí a la cabeza. Era pacífica, tenía un enorme apoyo popular y fue capaz de articular, momentáneamente, un discurso integrador de chiíes y suníes. El 17 de febrero de 2011 la policía atacó el campamento y mató a cuatro personas, pero días después los manifestantes volvieron a tomar la plaza.

Una protesta aplastada por tanques saudíes

Cualquier posibilidad de acuerdo dialogado con la oposición fue aplastada cuando el 14 de marzo los tanques saudíes -y otras fuerzas del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG)- entraron a sangre y fuego en Baréin.

El símbolo de la protesta, el campamento de la Perla, fue arrasado. No fue suficiente: poco después se mandó derribar el monumento con la excusa de remodelar urbanísticamente la plaza que aún hoy, cuatro años después, sigue cerrada y cercada por el Ejército y la policía. La televisión nacional transmitió el derribo en directo pero hubo de interrumpir la emisión porque la perla gigante, al caer, mató a un operario.

Siguiendo con esta cruel e infantil destrucción de la memoria física, se retiraron de la circulación las monedas acuñadas con la estatua de la perla, que hoy se venden bajo cuerda en el zoco como reliquias históricas junto a billetes de Sadam Husein. El efecto logrado ha sido el contrario: la estatua de la perla se ha convertido en el símbolo de la resistencia y su efigie aparece dibujada en las paredes de los pueblos chiíes.

Empezaron las detenciones arbitrarias, las desapariciones, las torturas y la caza de brujas con campañas animando a denunciar a cualquier persona que hubiera participado en la acampada. Varios detenidos aparecieron en televisión pidiendo perdón en un bochornoso acto de contrición pública.

Nadie estaba a salvo. En plena paranoia represora, el Ejército saudí convirtió el principal hospital del país en objetivo militar. Impidió que los heridos fueran atendidos, dio palizas a conductores de ambulancia y encarceló a numerosos médicos, algunos suníes, que habían atendido a los heridos. Muchos siguen aún en la cárcel. El editor, librero y fundador del periódico Al Wasat, Abd al-Karim Fajrawi, acudió a comisaría a quejarse de la persecución a la que estaba siendo sometido un familiar. Lo torturaron hasta la muerte.

Presionado por sus socios occidentales y por el estado de shock en el que se encontraba el país, el Gobierno se vio obligado a establecer un Diálogo Nacional. Una comisión independiente elaboró un informe sobre violaciones de derechos humanos. El rey aceptó las conclusiones del informe y se comprometió a castigar a los culpables y poner cámaras en las instalaciones policiales para evitar la tortura.

Aquel movimiento prometedor sólo ha servido como lavado de imagen. Desde entonces, han surgido centros de detención clandestina y solo se han dictado un puñado de sentencias leves contra algunos agentes acusados de asesinato.

A una contrarrevolución no le basta con la violencia: necesita un relato. El Gobierno tuvo claro su mensaje: la revuelta había sido una conspiración sectaria de los chiíes, apoyada por Irán. Ahondar en la brecha sectaria se convirtió en la prioridad ideológica y en los meses posteriores a la revuelta, el Gobierno derribó unas 40 mezquitas chiíes. A día de hoy, muchos fieles todavía acuden a rezar al aire libre allí donde antes se levantaban los templos.

El rey, ¿un mal menor?

La estrategia del gobierno fue un éxito. Algunos suníes que habían apoyado las primeras manifestaciones empezaron ahora a cerrar filas en torno a lo que consideran el mal menor: “Mejor un rey corrupto que una revuelta chií que nos convertirá en una teocracia como Irán” es la coletilla frecuente utilizada por suníes descontentos pero leales al Régimen.

La profecía de odio sectario va camino de hacerse realidad gracias también a la coyuntura política de la región. Todo lo que sucede en los países vecinos tiende a leerse en clave sectaria: las matanzas de chiíes por parte del ISIS, las contraofensivas de las milicias chiíes en Irak, o los recientes bombardeos de la coalición liderada por Arabia Saudí contra los hutíes de Yemen. La narrativa de lucha sectaria se ha impuesto sobre la vieja dicotomía libertad-tiranía de la Primavera árabe. De alguna manera, los más beneficiados de este cambio de guión son los propios regímenes dictatoriales.

La campaña de represión ha radicalizado a parte de la oposición chií, cuya estrategia de lucha callejera incluye ahora esporádicos atentados mortales contra agentes de policía (3 muertos en el último año), vistos como mercenarios de una fuerza de ocupación extranjera. Las barricadas en la carretera con neumáticos ardiendo se repiten a diario alimentando una espiral infinita de acción-represión. El empleo indiscriminado de gas lacrimógeno ha costado la vida a varias personas (no hay datos fiables), algunas de las cuales estaban dentro de sus casas.

Fuera de los núcleos más conflictivos, gran parte de la población vive estos hechos con indiferencia y sin sufrir más molestia que algún ocasional atasco. Aunque el helicóptero de la policía y las columnas de humo sean parte del paisaje diario, no pude decirse, ni mucho menos, que los altercados callejeros hayan paralizado la vida normal del país. Para mucha gente, las barricadas es como vivir en un país en obras. Los suníes lo ven como un prueba más de la intolerancia chii, y la comunidad chii se divide entre quienes lo ven con simpatía y quienes consideran que es una estrategia dañina que, en última instancia, solo provoca molestias a los habitantes de los pueblos chiíes.

En general cunde la resignación y se asume que no hay nada que hacer. “Nosotros ya tuvimos nuestra dosis de represión, y bien que nos lo comimos. Ahora le toca el turno a la nueva generación”, dice uno de los participantes en la acampada de la Perla.

En 2011, Ecclestone no tuvo más remedio que suspender la carrera de Fórmula 1. No porque le preocupara la violación sistemática de los derechos humanos sino por el miedo a la seguridad de los pilotos en un país con toque de queda, patrullado por el Ejército saudí. En 2012, la Fórmula 1 volvió a Baréin y la carrera sigue celebrándose desde entonces a pesar de la llamada al boicot por numerosas asociaciones de derechos humanos. A medida que se acerca la fecha, la violencia aumenta en las calles de los pueblos chiíes y se multiplican los carteles, pintadas y vídeos contra lo que ellos llaman la Fórmula de sangre.

Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI
Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI

La ética de los grandes premios

En estas circunstancias, merece la pena plantear la responsabilidad ética de los grandes acontecimientos deportivos al dar legitimidad a regímenes crueles. Ahí está el caso de la vecina Catar, cuyas obras para el Mundial de fútbol han costado la vida a más de 1.200 trabajadores asiáticos. Un eufemismo utilizado en el Golfo para referirse a la mano de obra semi-esclava. No sabemos qué capacidad de presión sobre un Gobierno posee un evento deportivo privado. Lo que sí habría que plantearse es la capacidad de presión que tendrían las potencias mundiales.

Baréin no es Siria, dijo David Cameron en 2011 para justificar su tibieza ante la represión en este país del golfo. “Allá donde haya una injusticia, allí acudiremos los americanos”, dijo entonces el presidente Obama en referencia a la incipiente primavera árabe cuando solo amenazaba a regímenes enemigos. La reacción de ambos países antes los sucesos de Baréin ha oscilado entre la condena tímida y la presión para elaborar el informe al que nos hemos referido antes, al elogio y la complicidad.

¿Por qué no se muestran más inflexibles? Porque Baréin es, a efectos políticos, un apéndice de Arabia Saudí. Porque Estados Unidos tiene en Baréin la Quinta Flota del ejército, la mayor base americana en Oriente Medio. Porque Reino Unido ha firmado recientemente un acuerdo para construir en Baréin la que sería la única base británica permanente en Oriente Medio. Porque ambos países son, además, los principales vendedores de material militar a Baréin. España, por cierto, también vendió armamento por valor de 6,3 millones de en 2011 y 21,1 millones en 2012.

Estos países argumentarán que Baréin es un socio estable en la lucha contra el ISIS. Pero lo cierto es que el gobierno no siempre ha combatido el islamismo radical interno con la misma energía con el que lo ha hecho fuera de sus fronteras. Antes de convertirse en activo militante del ISIS, Turki al-Binali se pasó meses haciendo proselitismo del ISIS en Baréin sin tener ningún problema con la policía. Es cierto, sin embargo, que recientemente le ha incluido en la lista de 72 ciudadanos a los que ha revocado la nacionalidad. Lo más llamativo es que en ese grupo, junto a 19 yihadistas, aparecían 50 miembros chiíes de la oposición (periodistas, doctores, activistas de derechos humanos). Al meterlos a todos en la misma lista, el Gobierno intenta equiparar al terrorismo con la oposición democrática.

Uno de los que más ha denunciado la represión es el activista Nabeel Rajab, fundador del Centro Bareiní Derechos Humanos y una de las caras más conocidas de la oposición. Ha pasado dos de los tres últimos años en la cárcel. Ahora se enfrenta a dos condenas de cárcel, una de ella por 10 años, por escribir dos tuits. En el primero afirmaba que muchos de los bareiníes alistados al Estado Islámico procedían de las fuerzas de seguridad, a la que acusó de ser el incubador ideológico del terrorismo. En el segundo denunciaba las torturas en la prisión de Jaw, situada a unos 20 kilómetros del circuito de F1. Rajab es carismático, tolerante, laico, valiente y con buenos contactos en la prensa global: esta semana, el New York Times ha publicado una carta abierta a Obama.

Fue detenido hace dos semanas y espera condena en la cárcel. Es una de las personas que el Gobierno no quiere que veas ni escuches mientras se celebra la carrera de F1. Pero basta ya de palabras. Que empiece el espectáculo.

Aclaración: El nombre de la autora de este artículo es un seudónimo. Baréin no permite trabajar con libertad a periodistas.

El estado lamentable de la primavera árabe

Si parte del mundo árabe vive una transición, será una transición larga. Túnez es el único país afectado por las revueltas de 2011 que parece progresar hacia una situación política más libre. El ataque terrorista en el Museo del Bardo hace peligrar ese avance.

Si parte del mundo árabe vive una transición, será una transición larga. Túnez es el único país afectado por las revueltas de 2011 que parece progresar hacia una situación política más libre. El ataque terrorista en el Museo del Bardo (con 19 víctimas, 17 turistas extranjeros) hace peligrar ese avance.

El ataque no lo ha reivindicado nadie pero no faltan candidatos. Túnez es uno de los principales proveedores de combatientes del grupo conocido como Estado Islámico en Siria, Irak y Libia: más de 7.000. Quienes van pueden volver con una misión como ocurre en los países europeos. El mercado ilegal de armas es también más accesible. Pero hasta que no haya una reivindicación creíble nada es definitivo.

Tampoco faltan posibles excusas. Una podría ser que la presunta muerte en combate este martes en Sirte (Libia) de Ahmed Rouissi, un tunecino sospechoso de asesinar al político Chokri Belaid en 2013. Otra que en el momento del ataque el Parlamento debatía una nueva ley antiterrorista. Una prueba de la unión de los diputados es este canto improvisado del himno durante el cierre por el ataque:

[su_youtube url=”https://youtu.be/Rpor6rOPJZM”] 

“La voluntad del ataque de desestabilizar Túnez es obvia”, dice Eduard Soler, coordinador de investigación en el Cidob: el turismo es una fuente básica de ingresos y el Parlamento, que está en el mismo complejo de edificios que el museo, es la muestra de unidad de la sociedad tunecina. Soler no cree que el atentado vaya a acabar por ahora con el experimento tunecino. Ha ocurrido otras veces: en octubre de 2013 hubo dos intentos fallidos. El terrorismo tiene fácil acertar -es extraño de hecho que no haya ocurrido antes en Túnez-, pero también requiere cierta organización. Los cruceros suelen atracar en Túnez los miércoles y los pistoleros esperaron a que llegaran los buses para atacar.

El polvorín de Libia

La primavera árabe fuera de Túnez no necesita nuevos atentados para descarrilar. Hubo al menos otros cinco países donde las revueltas tuvieron cierto impacto: hoy son todos un desastre igual o mayor que en 2011. Siria es el caso más sangrante. El régimen ha matado a decenas de miles de sirios y el caos ha permitido el desarrollo de Jabat al Nusra y Estado Islámico. Libia es un polvorín. Egipto y Túnez viven pendientes de sus fronteras con Libia. Egipto bombardea de vez en cuando suelo libio. Túnez, además, debe vigilar que Al Qaeda en el Magreb no le ataque desde Argelia. Sirte, la ciudad natal de Gadafi, está dominada por Estado Islámico. Con el dictador habría sido impensable. Yemen es un país dividido entre el presidente depuesto, que gobierna desde Adén (en el sur del país) y el norte controlado por los hutíes, una secta chií que conquistó la capital en enero. Las monarquías del Golfo ya han colocado sus embajadas en Adén. El embajador americano, que ha cerrado la sede diplomática en Saná, la capital, estuvo de visita en Adén hace poco. No hay guerra civil pero puede haberla. Los asesinatos de periodistas y activistas apenas son noticia en el exterior.

Bahráin revive de vez en cuando la represión de los chiíes, que es intermitente desde 2011. Egipto es otra broma pesada. El Gobierno del presidente Sisi es más severo que el de Mubarak ante cualquier tipo de oposición. Acaba de implantar un visado previo al viaje para los turistas, como si no necesitara sus ingresos para subsistir. La excusa que ofrecen es que Europa exporta ahora posibles islamistas. Egipto vive amenazado por ataques terroristas, sobre todo en la península del Sinaí.

Antes de que las cosas mejoren, primero van a peor. Las revueltas acarrearon al menos tres cosas que no han ayudado al desarrollo en la región:

  • La caída falsa de la vieja guardia. Gadafi, Ben Ali, Mubarak, Asad, Saleh, los Saud mandaban y mandan mucho en sus países pero su régimen no era cosa de una sola persona. Hay miles de acólitos en sus partidos y en el ejército que vivían bien gracias a la “estabilidad”. Su caída era el fin de la buena vida para muchos. No lo han permitido y la vieja guardia ha vuelto o nunca se ha ido.
  • La libertad y el poder. En Túnez y en Egipto sobre todo se vivieron meses donde la sociedad fue más o menos libre de equivocarse. Y se equivocaron. Pero también bajó la vigilancia contra el yihadismo. Los predicadores salafistas eran más libres de reclutar. Es una ironía que la libertad trajera más problemas, pero ninguna sociedad en transición gestiona con facilidad los cambios repentinos. En 2010, el futuro presidente islamista de Egipto, Mohamed Morsi, decía que la palabra oposición no le gustaba: “Tiene la connotación de perseguir el poder y en este momento no buscamos el poder porque requiere preparación y la sociedad no está preparada”. En poco más de dos años, Morsi y los Hermanos Musulmanes cambiaron de opinión. La cercanía al poder les pudo y el país, claro, no estaba preparado.
  • La falta de desarrollo. El problema de las dictaduras no era tanto la falta de libertades como la falta de progreso económico. Cuando el cambio político no trajo mejoras económicas, muchos decepcionados se volvieron hacia otros líderes: la oferta terrenal y espiritual del yihadismo ha visto un hueco para los decepcionados.

El foco estará estos días en el norte de África y en Oriente Medio. Pasará como otras veces hasta nuevo aviso. Las transiciones tienen otro tipo de tiempo. La única esperanza es que Túnez aguante en su camino.

Israel sueña con ser un país normal y otras 5 claves de las elecciones

BIBI

Este martes los israelíes están llamados a las urnas. Estas son unas claves para entender mejor el proceso y las alianzas que decidirán el futuro de Benjamin Netanyahu. 

BIBI
Dos operarios retiran un cartel de Benjamin Netanyahu. Detrás aparece uno de su rival laborista Isaac Herzog.

 

Este martes 17 de marzo hay elecciones en Israel. Éstas son seis claves para entender mejor el proceso y los posibles resultados.

1. Netanyahu, Netanyahu, Netanyahu.

Benjamin Netanyahu es el segundo primer ministro israelí con más años en el cargo. El primero fue el fundador del país, David Ben Gurion. Netanyahu lleva en el poder desde marzo de 2009 y estuvo otros tres años entre 1996 y 1999.

Su gestión -junto a la de Ariel Sharon- ha marcado el Israel del siglo XXI: el proceso de paz firmado en Oslo está casi extinguido, hay más colonos en los asentamientos, Irán es el gran enemigo y hay una economía más liberalizada que ahora crece menos y donde el sector tecnológico es la estrella.

Estas elecciones son un referéndum en el que los israelíes deben responder esta pregunta: ¿quieres que Netanyahu siga? La gran ventaja del primer ministro es que nadie le hace sombra. El suyo es probablemente el cargo de primer ministro más duro del mundo. Netanyahu se lo ha hecho a su medida. No hay en el horizonte nadie con su perfil. Está tan claro que el primer ministro se permite grabar anuncios de campaña así: Israel es su guardería.

En diciembre, cuando convocó estas elecciones, su victoria parecía un trámite. Hace una semana, también. Pero de repente, a días de las elecciones, hay alguna opción pequeña de que no siga.

2. Alternativa gris pero eficaz.

Si Netanyahu no repite, el primer ministro será Isaac Herzog, el líder laborista. Herzog es nieto del primer rabino jefe de Israel e hijo de un militar de éxito y ex presidente -que no primer ministro- de Israel. Herzog es abogado de un barrio rico. Parece más joven de lo que es y no es un orador con carisma.

He hablado por correo electrónico con un israelí que conoce a Herzog desde hace 20 años y que prefiere que no le nombre porque trabaja ahora para el gobierno. Lo describe así:

La mayoría de la gente acepta que Herzog es un estratega político astuto, un tipo que cumple lo que dice (ha sido varias veces un ministro eficaz y la mayoría de ministros no lo son). Es un buen tipo, pero no un matador (lo digo en un sentido metafórico, no como nuestros enemigos describen a menudo a nuestros líderes). ¿Se enfrentará a alguien realmente amenazante? No lo veo suficientemente duro para el cargo.

Herzog tiene una respuesta para esta presunta debilidad: Levi Eshkol. Eshkol fue el primer ministro que sucedió al padre de la patria, Ben Gurion, en los 60. Era dubitativo, pactista, pero ayudó a levantar el país con infraestructuras y visión. Fue el primer ministro de la exitosa pero caótica Guerra de los Seis Días. Hoy le llaman “el héroe olvidado”. Herzog puede intentar ser algo parecido. Un primer ministro que mire hacia dentro y procure ganar, a su pesar, si una guerra acecha.

Desde 1999 ningún laborista gobierna Israel. El último primer ministro del partido fue Ehud Barak. El laborismo mandó en Israel desde 1948 hasta 1977. Desde entonces, sólo dos laboristas han ganado elecciones: Barak y Rabin. Los dos habían sido generales. Uno firmó los acuerdos de Oslo y el otro intentó un segundo acuerdo de paz en Camp David y Taba.

Hay algo más que ayuda a Herzog en estas elecciones. Al inicio de la campaña se alió con Tzipi Livni, que ha sido ministra en casi todos los gobiernos desde 2001. Primero con el Likud (con Ariel Sharon de primer ministro) y luego con Kadima (el partido que creó Sharon al escindirse del Likud). La unión de Herzog y Livni se llama Unión Sionista.

Si ganan, Herzog y Livni se repartirán el cargo de primer ministro: primero dos años para Herzog y luego otros dos para Livni. El acuerdo es un favor mutuo. El Partido Laborista es un partido mayor que Hatnuá, la formación de Livni. Ella aporta un toque centrista a Herzog, aunque hace ya años que el laborismo no es un partido de izquierdas.

3. Lo más probable.

En los sondeos de la última semana, la Unión Sionista ha sacado una ligera ventaja al Likud de Netanyahu: 24 escaños a 20. Los dos partidos están lejos de la mayoría absoluta de 61 escaños pero es importante ser el primero con holgura para que el presidente, Reuven Rivlin, encargue al ganador la formación del gobierno.

Ésta es por ejemplo la última encuesta que publicó este viernes Channel 10. Ya no se pueden publicar más pero la tendencia reciente a favor de Herzog y Livni es evidente.

Cuando acaben las elecciones, empezarán los problemas. El panorama político de Israel es un mosaico de colorines. Si la Unión Sionista gana, es más difícil que forme gobierno porque tiene menos aliados naturales que Netanyahu. Aquí están todas las opciones bien explicadas. Éstas son las principales:

a) Hacia la izquierda. El único partido judío realmente de izquierdas es Meretz. Hay un partido comunista, Hadash, formado por árabes y judíos, que este año se integra en la Lista Árabe Unida (JAL). Los partidos árabes podrían ser este año la tercera fuerza en Israel. Sería un bombazo. Les dedico el punto siguiente. Si Herzog se uniera con Meretz, sumarían 29 escaños.

b) De centro. Hay un partido de centro-izquierda, Yesh Atid, y uno de centro-derecha, Kulanu. Los dos fueron creados hace poco y pueden aliarse con cualquiera de los dos favoritos. El primero está liderado por Yair Lapid, ex presentador de televisión, que en sus segundas elecciones sacará algo más de 10 escaños. Ahora tenía 19. Kulanu es un partido recién fundado. Su líder, Moshe Kahlon, fue ministro del Likud. Entre Kulanu y Yesh Atid suman 22 escaños en los sondeos. El centro más la izquierda llegarían a 51 escaños, lejos aún de los 61 de la mayoría absoluta. Sería una coalición rara porque Kulanu es aliado natural de Netanyahu, pero podría ser.

c) Hacia la derecha. El Likud de Netanyahu tiene a su derecha a Bayit Yehudi e Yisrael Beitenu. Entre los tres sacarían 37 escaños. Si se añadieran los 22 del centro, serían 59. Netanyahu está más cerca de formar una coalición sólida. Pero si su partido pierde con varios escaños de distancia, el presidente Rivlin estará obligado a pedir a Herzog que intente levantar una coalición. La decisión de Rivlin depende también de consultas con los líderes de todos los partidos. Herzog dispondría de dos meses para lograr un acuerdo y lo tendría difícil, pero no imposible.

d) Los ultraortodoxos. El comodín para cualquiera de los dos favoritos son los 19 escaños de los tres partidos ultraortodoxos. Eso si van juntos. Los ultraortodoxos tienen intereses propios de su comunidad, que son básicamente que les dejen en paz y les sigan pagando subsidios para estudiar religión y tener familias numerosas. 

Un partido es el gran enemigo de los ultraortodoxos: Yesh Atid. Su líder Lapid ha impulsado una reforma para que los ultraortodoxos estén obligados a ir al ejército. Si en 2017 se niegan, se les impondrán las mismas sanciones que a cualquier desertor: detención y posible cárcel. Es improbable por tanto que si Yesh Atid va con Herzog -como sería natural- los ultraortodoxos acepten entrar.

Para complicarlo aún más, Meretz no quiere compartir alianza con Yisrael Beitenu. Las negociaciones serán un billar con bolas de porcelana. Todas estas teorías surgen de sondeos. Israel es un país que suele dar alguna sorpresa en las elecciones. He hablado por teléfono con una consultora de opinión pública. No puede dar su nombre porque asesora durante la campaña a un partido. Una de las grandes preguntas es si la tendencia se mantendrá y Unión Sionista llegará a los 30 escaños. Eso le facilitaría una coalición. “Es muy muy difícil”, me ha dicho.

En resumen: Netanyahu perderá la elección pero tendrá más fácil formar gobierno. Aunque si la victoria de Herzog es contundente, una de sus virtudes -su habilidad para los pactos- puede acabar por echar a Netanyahu del poder.

Por si todo esto lío no bastara, el presidente puede pedir a Herzog y a Netanyahu que formen un gobierno de unidad nacional. Es improbable, pero es una opción real.

4. Árabes menos invisibles.

La mayoría de los ciudadanos de Israel son judíos. Pero hay un 20 por ciento de israelíes que son de origen árabe. Tienen representación en el Parlamento pero no participan en gobiernos ni en grandes decisiones. Aunque sí ha habido algún ministro árabe en partidos judíos.

Esta vez ha habido un cambio electoral. Yisrael Beitenu impulsó un cambio en el porcentaje mínimo de votos para entrar en el Parlamento. Su intención era dejar fuera a los pequeños partidos árabes. Se han coaligado para evitarlo. En una ironía increíble, ese nuevo límite electoral amenaza con dejar fuera del Parlamento al partido que lo impulsó, Ysrael Beitenu, cuyo líder Avigdor Liberman era ministro de Exteriores.

Los partidos árabes suelen aparecer poco en los medios y en las conversaciones. Los miembros de la coalición forzosa son cuatro: dos nacionalistas, un islamista y un comunista. Ahora su alianza puede ser la tercera fuerza del país. No sólo eso: su líder, Ayman Odeh, es distinto. Su discurso no es sólo propalestino. Su intención es incluso captar votos judíos de descontentos con el trato a los pobres: “Mientras nos peleamos sobre la definición de Israel como estado judío o un estado para todos sus ciudadanos, Israel no es ninguna de las dos cosas. Es el estado de los magnates que nos mandan a todos”, dice Odeh.

Amnon Vidan, director de responsabilidad social corporativa en una empresa en Haifa, me dice por email: “Hasta ahora Odeh ha dado una impresión positiva y se le ve como pragmático, razonable y dialogante”. Es una percepción extendida. Odeh tiene al menos dos misiones: hacer que los israelíes judíos les tengan en cuenta y mantener unida a su variopinta coalición. Ya han tenido conatos de peleas.

5. El conflicto seguirá ahí.

Si no hay violencia, el conflicto no se ve o se ve menos. Al sol, en un café de Tel Aviv, es fácil olvidar que el país ocupa militarmente una región a menos de cien kilómetros de allí. El proceso de paz es el asunto eterno en Israel y en el extranjero. Gane quien gane, lo seguirá siendo: cerca de un 60% de israelíes cree que no habrá ningún avance después de las elecciones.

Los temas difíciles para el acuerdo son los cuatro de siempre: seguridad -Cisjordania desmilitarizada o no-, frontera definitiva, división de Jerusalén y asentamientos. ¿Por qué es difícil un acuerdo? En Gaza había menos de 10.000 colonos cuando Sharon les ordenó en 2005 que abandonaran sus casas. Fue un drama nacional y hoy Hamás lanza cohetes desde Gaza. En Cisjordania hay 350.000 colonos sin contar Jerusalén este. El esfuerzo nacional para hacer que toda esa gente abandone sus casas es inimaginable.

Herzog ha preparado cinco gestos si gana las elecciones y forma gobierno. El único que tiene que ver con la Autoridad Palestina y el conflicto es el cuarto: “Iré a El Cairo para reunirme con el presidente Al Sisi y ver si puede hacer volver a Mahmud Abás al proceso de paz”. Si esa negociación mediada avanzara, debería lidiar con los asuntos más difíciles. Así explica Herzog cómo lo hará:

No habrá retirada [militar de Cisjordania] hasta que no haya alguien que asuma responsabilidad por el territorio. Así que si se demuestra imposible conseguir un acuerdo permanente, intentaré obtener un acuerdo interino basado en delinear la frontera y asegurar seguridad. Y entonces, si el momento debiera llegar de sacar los asentamientos, lo haré. Pero solo lo haré como lo hizo [el primer ministro del Likud Menachem] Begin: con acuerdo y después de dialogar con los mismos colonos.

Todo son frases con condiciones. Es palabrería. El conflicto podría entrar en otra fase, pero una solución final es soñar.

6. Ser un país normal.

Israel es un país obsesionado por su seguridad. Herzog sería un candidato ganador en muchos otros países. Pero en Israel no. El conflicto sería sólo una de sus prioridades en sus primeros días como primer ministro. Las otras cuatro serían: visitar la tumba de su padre para demostrar sus raíces y lealtad, aplicar un programa socioeconómico nacido de las protestas de 2011 (el 15-M israelí), ir a Washington a ver al presidente Obama e intentar volver a ser amigos (a pesar de Irán) y hacer algún gesto de reconciliación hacia la población árabe israelí. Este anuncio electoral de la Unión Sionista insiste en esa idea:

Entre esas medidas, solo hay propuestas positivas: no hay amenazas ni miedos ni líneas rojas. No hay tensión. Es lo contrario de lo que ocurre hoy. Israel ha probado el camino de Netanyahu y su partido, el Likud. ¿Sienten hoy los israelíes que viven en un país más seguro? Según las encuestas, parece que no del todo. Así lo explica David Yabo, un israelí de origen español desde Rishon Lezion, un suburbio de Tel Aviv: “La política de Netanyahu se basa en el miedo. Hace creer a la población que sólo él puede mantener a raya el terrorismo palestino y se equivoca. Atentados, aunque pequeños, se siguen sucediendo en el país y caminar según por qué barrios de Jerusalén y a según qué horas sigue siendo arriesgado”.

Esto es lo que dice al diario Haaretz el director de un concesionario: “Netanyahu no se preocupa ya por la gente normal. Lo que quiero es un país normal donde el primer ministro no hable solo de Irán y tenga en cuenta cosas normales como los precios altos y la vivienda”. Israel no es un país normal. Pero quizá se pueda vivir en esa ficción unos meses, unos años. Es probable que sea poco, como dice aquí el experto en seguridad Daniel Nisman:

Por un rato, por una campaña, Israel se centrará en los impuestos y el Estado del Bienestar, en la educación y en la inflación. Incluso el Likud ve que debería haberlo hecho más. Pero será por poco tiempo. En abril, la Autoridad Palestina llevará los asentamientos y la última guerra de Gaza a la Corte Penal Internacional de La Haya. Empezará un proceso largo que requerirá atención y debate. Aunque no haya violencia -o la violencia sea asumible- Israel no podrá esconder la cabeza durante mucho tiempo.