Cataluña entre dos extremos

Supporters of secessionist group Junts Pel Si (Together for Yes) react after polls closed in a regional parliamentary election in Barcelona, Spain, September 27, 2015.  Separatists have won a clear majority of seats in Catalonia's parliament, an exit poll showed on Sunday, in an election that could set the region on a collision course with Spain's central government over independence.     REUTERS/Andrea Comas

REUTERS / Andrea Comas

La dinámica actual no terminará pronto. Al menos hasta el 20 de diciembre el independentismo tiene todos los incentivos posibles para continuar forzando la legalidad y poniendo a prueba al Gobierno central.

Anoche, al principio del Passeig del Born, ante el espectacular edificio reformado que alberga el museo-homenaje a la construcción nacional de Cataluña, cientos de personas gritaron “in-inde-independencia” hasta quedarse sin voz. Aún estando allí como observador, resultaba difícil no sentir dentro de uno el impulso de unirse al clamor. Cuando Raül Romeva subió al estrado y, con la autoridad y el aplomo que da estar detrás de un atril, empezó a corear “la veu d’un poble” con todos los asistentes, la atracción de pasar a formar parte del “poble” era casi irresistible. Pero la misma escena vista después, a través de la pantalla del móvil, en YouTube, se apreciaba de manera completamente distinta. La atracción se diluía hasta desaparecer. Y aquello solo tenía el aspecto de lo que era: un mitin.

A unos pocos kilómetros de allí, en una sala más bien blanca, más bien luminosa y con una moqueta más bien moderna, toda alma viviente que cabía en ella gritaba “Cataluña es España” ante un estrado níveo coronado por el logo naranja de Ciudadanos. La acústica hacía que la voz rebotase en los oídos y en el interior de la cabeza de manera vibrante. De nuevo, ser uno con la masa era una tentación difícil de esquivar. El atril, la sala, los gritos vibrantes y la moqueta estaban en el Hotel Barceló Sants. Justo sobre la estación del mismo nombre, donde sale el AVE para Madrid.

Al llegar al vestíbulo de esa estación hacia las diez de la noche me encontré con un nutrido y variado grupo de personas con carpetas y acreditaciones azules. Era la pequeña división de militantes que el PP había traído a las elecciones. Esperando al tren que les devolvería al centro de la Península. Ninguno parecía exultante. Algunos estaban cariacontecidos. Hoy, muchos de los dirigentes de Ciudadanos, que ahora es un partido estatal a pesar de sus orígenes catalanes, bajarán de sus habitaciones y, en pocos minutos, tomarán o habrán tomado la misma dirección. Llevándose una parte de las voces consigo.

Entre estos dos extremos anoche cabía Cataluña entera.

La salida del callejón

Llegué a Barcelona en la medianoche del jueves. Yo venía fresco y con ganas: hacía meses que no pisaba la ciudad, en la cual no nací ni crecí pero sí viví y trabajé dos veces en mi vida, la segunda hasta septiembre de 2011. Pero Barcelona me recibió más agotada que entusiasmada.

En las siguientes 72 horas recorrí todo el espacio entre aquellos dos extremos. Fue un periplo dialéctico, tejido a través de todas las discusiones que había dejado de mantener en mi ausencia y que por fin podía recuperar. Al principio me dediqué con devoción a la tarea. Pero no me costó demasiado comprender el agotamiento al que se sometía la ciudad. Hablase con quien hablase, la conversación siempre acababa en el mismo lugar.

Había entre mis interlocutores y yo una serie de premisas compartidas, que ellos llevaban repasando una y otra vez desde hacía meses, años incluso. La primera era que, ahora mismo, el independentismo no sumaba una mayoría absoluta de individuos dispuestos a votar por él. La segunda consistía en asumir que la mayoría relativa era lo suficientemente importante como para requerir algún tipo de respuesta por parte del resto de España. La tercera, que ahora mismo no existe la salida no negociada al conflicto. Es decir: que en cualquier caso iba a haber una mesa y personas hablando en torno a ella en algún momento del futuro próximo. Fuere para discutir un referéndum, una reforma constitucional, un cambio en el modelo de financiación o un proceso de secesión irreversible, la alternativa unilateral quedaba siempre totalmente descartada.

Cabe aclarar que la mayoría de las personas con las que venía hablando eran politólogos, economistas o sociólogos. Por tanto, independientemente de sus preferencias personales comprendían perfectamente que la esencia de cualquier estado consiste en el monopolio de la violencia, la capacidad para recaudar sus propios impuestos sobre una población dispuesta a pagarlos y el reconocimiento internacional. A una hipotética Cataluña separada de España de manera no negociada no le esperaba ninguna de las tres cosas, al menos no con menos del 50% de sus ciudadanos dispuestos a ello y ningún tipo de represión violenta desde Madrid.

Era una vez aceptadas estas tres premisas cuando se llegaba al auténtico punto muerto, al callejón sin salida que provoca el agotamiento. ¿Cuál sería la forma de esa negociación? ¿Cómo se iniciaría, quién daría el primer paso, en qué términos? Era entonces cuando nos embrollábamos en elucubraciones destinadas a reconciliar posturas aparentemente irreconciliables

La Cataluña que está entre el mitin del Passeig del Born y los gritos sobre la Estació de Sants se encuentra también en el siguiente gráfico. La imagen encierra a España de la misma manera. En él se representa la distribución de preferencias en torno al modelo de Estado que quieren los catalanes para España, y el que quieren el resto de españoles para su país, incluyendo en él al país de los otros. La diferencia entre ambos colectivos no es opuesta, pero sí desalentadora.

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Que nadie dude de que de aquí al 20 de diciembre todos los partidos van a aprovecharse de estas diferencias para jugar en corto. Pero lo que importa es que la mesa de negociación, ahora vacía, les espera al final del camino. Paciente.

Una mesa de negociación es un instrumento curioso. Nos hace entender que las preferencias de los individuos no son tan sencillas como parecían un segundo antes de sentarse en ellas. Tomemos un ejemplo sencillo. Un matrimonio. Ella le dice a él que se quiere divorciar, que no está dispuesta a aceptar el actual reparto de trabajo doméstico, según el cual él solo friega los platos una vez por semana y ella se encarga de limpieza, niños, cuentas y compras. Él, lógicamente, tiene una preferencia muy fuerte por mantener su tiempo libre de todas esas tareas. Sin embargo, probablemente también albergue un interés bastante importante por mantener su matrimonio. Ante la expresión por parte de ella de que el coste de las horas adicionales de trabajo supera al coste de romper la relación, tal vez él decida que no sería tan mala idea dedicar más horas a las labores del hogar. Las preferencias no han cambiado exactamente, pero el resultado es distinto gracias a que se ha abierto un proceso de negociación explícito. Gracias a la mesa.

El callejón sin salida del que nos afanábamos en salir en las conversaciones mis interlocutores y yo era precisamente qué pasaría si tal proceso se abriese. Nos preguntábamos, para empezar, si el independentismo era irreversible. Acabamos de vivir la campaña más intensa de la historia reciente de Cataluña. Es normal que, desde fuera, los independentistas parezcan un bloque cerrado, cohesionado. Los intentos que la oposición ha hecho de subrayar las diferencias, casi las contradicciones, ideológicas entre sus integrantes no han surtido demasiado efecto. Debate tras debate, tertulia tras tertulia, el “cómo os vais a poner de acuerdo con X” se estrellaba contra un muro inquebrantable construido con unos ladrillos bien simples: “lo primero es establecer el marco para poder discutir entre nosotros”. Pero todas las campañas tocan a su fin. Y la verdad es que el campo secesionista no es tan homogéneo como pudiese parecer.

Catalanes por convencer

Alguien en el Centre d’Estudis d’Opinió (el CIS catalán) tuvo la fantástica idea de ofrecer tres y no dos opciones ante la pregunta que hacen en sus barómetros periódicos: si usted se considera independentista. En lugar de reducir las alternativas a sí o no, obligan a quien responde a especificar si se trata de un independentista “de toda la vida” o sólo “desde los últimos tiempos”. Gracias a esta distinción podemos apreciar que entre estos últimos los motivos de tipo, digamos, instrumental, son mucho más habituales. Es decir: cuando son interpelados sobre sus razones para la secesión, la cuestión identitaria es citada con mucha menos frecuencia entre los recién incorporados a la causa, que suelen preferir argumentos de conveniencia o de proyecto de futuro. Eso significa que pueden ser convencidos si llega una oferta lo suficientemente interesante y creíble, que les lleve a pensar que tal vez es más conveniente para Cataluña, más provechoso, permanecer dentro de España.

La primera cuestión es quién representa a estos independentistas que podrían ser socios de un pacto. Cuando Oriol Amat, número siete en la lista de Junts pel Si en Barcelona, aceptaba la otra noche en una radio alemana que estaban no solo dispuestos sino incluso interesados en volver a poner sobre la mesa el Estatut de 2006, en realidad se estaba señalando a sí mismo como interlocutor. Probablemente de manera no intencionada, y desde luego no con el acuerdo del resto de su partido. Pero así era. Cuando Mas acaba cualquier intervención memorable con una coletilla que llama a la “concordia” y al “entendimiento” con el resto de España durante el proceso, como hizo incluso en su discurso de victoria la noche electoral, está abriendo una rendijita por donde pueda colarse algo de luz. El fantasma de la negociación planea sobre (al menos una parte de) Junts pel Sí. Pero para que pase a ser una realidad es necesario que haya algo sobre la mesa.

Ésta es la segunda cuestión: quién y cómo tiene la capacidad para hacer una oferta sólida, interesante y creíble de autogobierno desde Madrid hacia Cataluña. Llegados a este punto, uno puede repasar (como hice yo en mis incontables discusiones) el abanico de posibles candidatos y ordenarlos de mayor a menor disposición para la negociación: Podemos, PSOE, Ciudadanos y el Partido Popular. Lo dramático es que el último de esta lista posee ahora mismo el Gobierno de la nación, y todo parece indicar que se mantendrá con más de un 25% del voto después del 20 de diciembre. Se trata por tanto de un partido que incluso aunque pierda el Ejecutivo desde 2016, es muy probable que lo vuelva a ganar en algún momento del futuro. Esto significa que cualquier oferta necesita el apoyo del PP para que sea creíble en la mesa de negociación. Si no, nada garantiza que se mantenga con la siguiente mayoría conservadora y centralista.

Llegará más temprano que tarde un momento en el cual el Partido Popular deberá elegir entre romper España… y romper España. Por un lado, si escoge subirse al barco de la reforma y de la negociación política, sus votantes con preferencias más fuertes y extremas sobre un modelo de Estado centralista lo verán como una traición, y pensarán que el PP acabará por romper España al ceder ante el nacionalismo periférico. Por otro, si elige mantener una postura inflexible ante el independentismo, estará poniendo al Estado en riesgo de ruptura ante los ojos de los más moderados, que entienden que no es posible mantener el matrimonio sin ceder un poco para evitar un divorcio en el largo plazo.

En el agotamiento

No son pocos los independentistas que cuentan con que el PP se mantendrá en la última casilla. De hecho, una parte muy importante del cierre de filas en torno a la idea de secesión hoy se corresponde con la desconfianza, si no directamente la desesperación, respecto a qué hará el PP de ahora en adelante. Un “pierda toda esperanza” flota en el ambiente. De hecho, estoy seguro de que la mayoría de independentistas que lean los párrafos anteriores (incluso de los instrumentales) lo harán arqueando una ceja, preguntándose por qué dedico tantas palabras a hablar de una posibilidad que no parece real ahora mismo en lugar de aquello a lo que se han dedicado los medios en las últimas tres semanas de una manera un tanto desconcertante: si Cataluña se queda en la UE o no, si la ciudadanía española se pierde o no, si los bancos se van o no ante una secesión unilateral. Este debate es en parte artificial, o lo es en el medio plazo, en tanto que no se cumplen los requisitos para que la Generalitat pueda llevar adelante una secesión unilateral: como enunciaba más arriba, una mayoría abrumadora que permita montar estructuras de estado reales y reconocimiento internacional. Pero es normal que el independentista arquee la ceja: al fin y al cabo, en el pasado reciente poco o nada le indica que debe tener esperanza alguna. Por qué ahora.

Este es el agotamiento que se ha instalado de manera implícita en el debate,  y que ha conseguido invadir también mi ánimo en las últimas horas. La mala noticia es que la dinámica actual no terminará pronto. Al menos hasta el 20 de diciembre el independentismo tiene todos los incentivos posibles para continuar forzando la legalidad y poniendo a prueba al Gobierno central. Éste, por su lado, no tiene por qué moverse ni un ápice de su posición cuando su objetivo es maximizar la cantidad de votos recibidos en las siguientes elecciones. Pero llega un momento en el que las opciones se reducen, el largo plazo nos alcanza y nos exige tomar decisiones. Y serán el independentista instrumental que arqueaba la ceja al leer este texto o el ambiguo defensor del statu quo que se sonreía pensando en la posibilidad de que la discusión con la Generalitat fuese más allá de la firme exigencia del cumplimiento de la ley, quienes impongan tal exigencia. Por una razón sencilla: los (altísimos) costes de la incertidumbre no van a ser asumidos eternamente. La mayoría de nosotros no trabajamos ni vivimos para mantenernos en una lucha permanente. No estamos dispuestos a esperar para siempre a que algo pase.

Después de salir de Sants pasé un momento por el Born, donde esperaba que aún resonase “la veu d’un poble”. Pero no fue así. Era la una de la madrugada. A primera vista, allá no quedaba apenas nada. Mientras paseaba con un amigo nos encontramos con agentes de seguridad, limpiadores del Ayuntamiento, taxistas, cámaras de televisión, policías locales que recogían con paciencia y pero sin pasión lo que el mitín había dejado a su paso. A esa hora, pensé, en la sala de blanco luminoso con moqueta moderna alguien estaría desmontando el escenario, recogiendo papeles y botellines de cerveza, pensando quizás en a qué hora le tocaba empezar el siguiente turno de trabajo, quizás en qué iba a ser de su pensión o del futuro de sus hijos, tal vez esperanzado, tal vez algo asustado. Todos, probablemente, dudosos ante lo que viene. En el vacío dejado por los extremos en éxtasis, allí emergía de nuevo: Cataluña entera. Trabajando. Esperando.

Por qué el independentismo se ha triplicado en Cataluña en la última década

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Los catalanes que quieren una Cataluña independiente se han multiplicado por tres y en las próximas elecciones del 27 de septiembre las candidaturas abiertamente independentistas aspiran a ocupar la mayoría de los escaños del Parlamento Catalán. ¿Qué hay detrás de este crecimiento espectacular? 

Por qué Junts pel Sí crece a la izquierda

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Durante los últimos años, el independentismo en Cataluña ha experimentado un crecimiento indiscutible. Un movimiento que apenas era capaz de reunir unos pocos miles de incondicionales ha logrado realizar, en pocos años, manifestaciones multitudinarias que han dado la vuelta al mundo. Los catalanes que quieren una Cataluña independiente se han multiplicado por tres y en las próximas elecciones del 27 de septiembre las candidaturas abiertamente independentistas aspiran a ocupar la mayoría de los escaños del Parlamento Catalán. ¿Qué hay detrás de este crecimiento espectacular?

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No se puede descartar que la principal razón del independentismo de Artur Mas sea mantener su influencia política y la de su partido. En las recientes elecciones autonómicas de mayo, sólo dos de los 13 presidentes autonómicos revalidaron la presidencia. Ocurrió en Murcia y en Castilla y León, cuyos presidentes estaban muy por encima del 31 % cosechado por Artur Mas en 2012 e incluso del 38% alcanzado en 2010.

La gestión política de la crisis económica pasa factura, más aún cuando el partido está salpicado por la corrupción por los cuatro costados: Palau, ITV, Adigsa o la confesión de Pujol. Con este panorama, se antoja difícil imaginar que Mas y Convergència hubieran podido seguir gobernando Cataluña sin su reciente conversión al independentismo.

Ahora bien, las razones por las que tantos catalanes apoyan hoy la independencia no pueden confundirse con las de una elite política. Con tal de minimizar el fenómeno independentista, algunos prefieren pensar que se trata de un montaje del president y de TV3. A pesar de que la televisión pública catalana no es un ejemplo de neutralidad y de las innegables aptitudes políticas de Mas, cada ciudadano forma autónomamente sus razones para ser o no ser independentista. Conviene, por tanto, entender esas razones.

Las razones de cada independentista para apoyar un estado catalán son distintas. Además, cada independentista puede tener más de una razón para serlo e incluso alguna razón para no serlo. Hay razones de carácter identitario (quienes no se sienten españoles), razones de carácter instrumental (quienes creen que con la independencia vivirían mejor) e incluso razones de carácter estratégico (quienes apoyan la independencia como una amenaza para lograr mayor autonomía y recursos económicos para Cataluña).

El primer elemento que debemos tener en cuenta es que el independentismo no ha aumentado de forma homogénea entre quienes tienen distintos sentimientos de pertenencia. Sólo ha aumentado significativamente entre quienes se sienten más catalanes que españoles o exclusivamente catalanes. Por norma general, una preeminencia de la identidad catalana parece ser condición necesaria aunque no suficiente a la hora de adoptar actitudes independentistas.

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Sin embargo, la identidad nacional no es algo inmutable. Los catalanes que se sienten sólo catalanes o más catalanes que españoles han experimentado un aumento en los últimos años en detrimento, principalmente, de los que se consideraban tan catalanes como españoles. Es difícil predecir qué puede explicar tales cambios. Pero es probable que los debates surgidos a raíz de la reforma del Estatut cambiaran la perspectiva de algunos catalanes que hasta el momento se habían sentido cómodos con la doble identidad.

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Más allá de la identidad, otro factor a tener en cuenta son las perspectivas que los catalanes tienen de un hipotético estado independiente. El movimiento independentista durante los últimos años ha puesto especial énfasis en los beneficios económicos que tendrían los catalanes en una Cataluña independiente. El razonamiento es meridianamente simple: puesto que Cataluña aporta más a España de lo que recibe, una Cataluña independiente dispondría de mayores recursos y con estos recursos podría invertir más en servicios sociales para los catalanes.

Esta perspectiva, sin embargo, no está exenta de motivos identitarios. Si una Cataluña independiente dispondría de más recursos, es muy difícil argumentar que una España sin Cataluña no dispondría de menos. La identidad nacional y las perspectivas de la independencia no son ortogonales porque la identidad construye el sujeto sobre el que calcular los beneficios económicos de la independencia. Dejando de lado consideraciones de solidaridad, a mayor identidad catalana, menor importancia tiene el efecto de la independencia sobre el resto de España y viceversa. En realidad, incluso cuando se habla de los beneficios económicos de la independencia se está hablando de identidades.

Es difícil saber cómo acabará esta historia. Los votantes sólo consideran relevante la identidad cuando puede ser movilizada para conseguir objetivos políticos y económicos. La incapacidad de los partidos tradicionales y sobre todo de la socialdemocracia europea para dar respuesta a las necesidades sociales en los peores años de la crisis ha hecho más atractivas otras alternativas políticas. El independentismo mantendrá su salud mientras no haya una alternativa política que dé una respuesta más convincente a las necesidades de los catalanes.

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Un suflé muy resistente: tres razones que explican por qué no se desinfla el independentismo catalán

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Hay razones para pensar que el cambio que hemos observado en los últimos años se ha ido consolidando. El independentismo no parece ir en camino de lograr una supermayoría en la opinión pública catalana. Pero tampoco es probable que se retraiga a los niveles previos al proceso soberanista. ¿En qué se sustenta este nuevo equilibrio? ¿Qué nos lleva a pensar que estamos en una fase de relativa consolidación de posiciones?

El Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat empezó a preguntar a los catalanes en 2005 si preferían un estado independiente frente a otras opciones como el federalismo, la autonomía o un sistema regional. Entonces el porcentaje de ciudadanos que preferían la independencia rondaba el 13%. Diez años después, se sitúa alrededor del 40%. En estos años se han producido fuertes turbulencias en la opinión pública catalana, que se ha movido en distintas direcciones contribuyendo decisivamente a una transformación profunda del sistema catalán de partidos.

Sin embargo, al menos en lo que al apoyo a la independencia se refiere, parece que la fase de los grandes movimientos ya pasó. Desde principios de 2013, entramos en una fase de estabilización de la opinión pública, seguida de un moderado descenso de las preferencias independentistas. El desgaste del independentismo, que podemos cifrar en unos cinco puntos desde su nivel máximo de 2013, en ningún caso parece que tenga que devolver las cosas al punto de partida. De hecho, hay indicios que apuntan que en el marco de la campaña del 27S se está produciendo un nuevo repunte del independentismo. Después de un fuerte (y rápido) realineamiento de la opinión pública catalana, hay signos de un período de relativa estabilidad con altos y bajos coyunturales.

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Fuente: CEO. Datos ponderados por el autor para hacer coincidir la composición lingüística (lengua primera) de la muestra con la de la población mayor de 18 años con derecho a voto (basado en EULC 2013)

En un tiempo de turbulencias políticas como el que atravesamos, pueden suceder muchas cosas en los próximos meses o años que rompan este nuevo equilibrio. Pero hay razones para pensar que el cambio que hemos observado en los últimos años, más allá de algunas oscilaciones, se ha ido consolidando. El independentismo no parece ir en camino de lograr una supermayoría en la opinión pública catalana. Pero tampoco es probable que se retraiga a los niveles previos al proceso soberanista. ¿En qué se sustenta este nuevo equilibrio? ¿Qué nos lleva a pensar que estamos en una fase de relativa consolidación de posiciones?

Hay al menos tres razones que nos conducen a formular esta hipótesis. Son tres mecanismos de anclaje de la opinión pública que hacen más difícil el cambio en la opinión pública: el cambio observado en la identificación nacional, la consolidación de posiciones de líderes políticos y sociales, y un proceso de maduración del debate.

1. La identificación nacional.

En primer lugar, si nos fijamos en las encuestas, podemos ver cómo junto con el crecimiento del apoyo a la independencia se ha producido también un cierto cambio, aunque no tan brusco, en algo que hasta hace poco considerábamos muy estable: la identificación nacional de los catalanes. Si en 2005 el 15% declaraba sentirse sólo catalán, este porcentaje se situaba en el 18% en 2011 y se disparó hasta superar el 25% en 2013.

Hasta ahora se pensaba la identidad nacional como algo que cambia muy lentamente, entre generaciones. Por tanto, veíamos la identidad como una causa de las preferencias territoriales. Sin embargo, tenemos evidencias de que las preferencias políticas y territoriales también pueden a su vez influir en la identidad nacional, que resulta ser algo más maleable de lo que se tendía a creer. Que se haya producido este movimiento en la identificación nacional parece sugerir que el cambio de preferencias sobre la relación Cataluña-España ha penetrado en la opinión pública y ha llevado a un segmento de la sociedad catalana a replantearse su propia identidad. Cierto es que tal como ha subido podría bajar de nuevo pero no parece el escenario más probable.

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Fuente: CEO. Datos ponderados por el autor para hacer coincidir la composición lingüística (lengua primera) de la muestra con la de la población mayor de 18 años con derecho a voto (basado en EULC 2013)

2. Los líderes políticos.

Hay que tener en cuenta que no es sólo la opinión pública la que ha cambiado. También algunos partidos y líderes de opinión. Empezando por Convergència i Unió o el propio Artur Mas y siguiendo por destacados miembros del PSC o deportistas, músicos y actores que hoy defienden la independencia. Otros líderes políticos y sociales han ido consolidando sus posiciones en sentido contrario y son pocos los que mantienen aún una cierta ambigüedad.

Estos liderazgos actúan a menudo como referentes para parte de la opinión pública y contribuyen a fijar las posiciones porque se convierten en puntos de anclaje. En estos años han surgido o crecido organizaciones bien estructuradas (desde la independentista ANC a la antiindependentista SCC) que contribuyen a movilizar a sus bases y mantenerlas cohesionadas alrededor de posiciones bien definidas.

3. La maduración del debate.

Y sin embargo sería erróneo pensar que los anclajes de la opinión pública sólo tienen que ver con la identidad o con los liderazgos. A pesar de todo el debate racional, el intercambio de argumentos también contribuye a que una parte de la sociedad tome partido en una dirección o en otra. A medida que pasa el tiempo, el debate sobre la cuestión ha ido madurando. A menudo tenemos la sensación de que oímos los mismos argumentos una y otra vez y que las posiciones parecen ya muy fijadas. Quien era susceptible de cambiar de opinión sobre la independencia ha tenido ya muchas oportunidades para hacerlo. Es decir, de modo natural el espacio para el cambio de posiciones se va reduciendo a medida que pasa el tiempo.

En los términos que usa el politólogo canadiense Lawrence LeDuc, experto en referéndums, hemos pasado de un escenario en 2011-2012 de formación de opiniones sobre un tema que saltó al centro de la agenda política a un escenario de mucha más estabilidad en la que la campaña se convierte en una lucha muy focalizada con un segmento menguante de votantes susceptibles de cambiar de opinión. Lo que Leduc denomina uphill struggle.

Así pues, a pesar de que la prudencia más elemental recomienda abstenerse de hacer cualquier tipo de predicción y más en tiempos de turbulencias como los que atravesamos, existen elementos para pensar que después de la tormenta la opinión pública catalana ha entrado en una fase de relativa estabilidad.

Sólo acontecimientos políticos de gran calado podrían alterar de modo significativo y rápido las posiciones.La hipótesis más razonable es que nos espera un período de pequeños cambios, altos y bajos, más que de grandes sobresaltos como los que hemos tenido estos años quienes seguimos las encuestas de opinión. El independentismo como fenómeno de masas parece que está aquí para quedarse. No parece que le espere un plácido paseo triunfal, pero tampoco es previsible que se deshinche como un suflé en el corto plazo. Tenemos tema para rato.

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Jordi Muñoz es politólogo e investigador de la Universidad de Barcelona.

Así son los catalanes que votarán el 27S: una radiografía en cinco gráficos

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En Cataluña la disputa electoral tiene tres ejes: la ideología, el soberanismo y el contraste entre nueva y vieja política. Quizás por eso su sistema de partidos está más fragmentado: hasta ocho partidos pueden lograr escaños el 27S. ¿Pero cómo son los simpatizantes de cada formación? Hoy nos preguntamos a qué votantes está atrayendo cada partido, según su edad, su origen, su nivel de estudios o su renta.

También en EL ESPAÑOL:

En Cataluña la disputa electoral tiene tres ejes: la ideología, el soberanismo y el contraste entre nueva y vieja política. Quizás por eso su sistema de partidos está más fragmentado: ocho partidos pueden lograr escaños en las próximas elecciones y cinco de ellos superarán el 10% de votos según las encuestas.

¿Pero cómo son los simpatizantes de cada formación? Hoy nos preguntamos a qué votantes está atrayendo cada partido, según su edad, su origen, su nivel de estudios o su renta.

1. Los votantes catalanes: edad, sexo y población

El primer gráfico muestra el porcentaje de simpatizantes que logra cada partido entre diferentes grupos. Los datos provienen del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO) y en concreto de su barómetro de junio. He decidido usar una encuesta previa a que se formasen las coaliciones coyunturales del 27S —Junts pel Sí y Catalunya Sí que es Pot— porque creo que eso hace que la radiografía sea más informativa.uno

En el gráfico vemos que CiU tiene un electorado envejecido: consigue tres veces más simpatizantes entre mayores de 50 años que entre menores de 34. Al PSC y el PP les ocurre algo parecido. Los jóvenes, en cambio, prefieren a Podem, ERC y la CUP. Desde una perspectiva generacional, de hecho, la CUP y CiU son perfectos opuestos.

También hay diferencias llamativas entre hombres y mujeres. Tres partidos tienen más simpatizantes mujeres, precisamente los tres tradicionales: CIU, PSC y PP. En ERC y los partidos nuevos dominan los hombres: con Ciutadans simpatizan siete mujeres por cada diez hombres, con las CUP entre seis y siete, y con Podem apenas seis.

CiU y ERC tienen también una gran ventaja en los pueblos mientras que en las grandes ciudades —entre las que dominan Barcelona y su cinturón— los partidos que despiertan más simpatía son Podem y PSC.

2. Los votantes catalanes: educación y renta

El siguiente gráfico muestra el porcentaje de simpatizantes que logra cada partido entre grupos de distinto nivel educativo y de renta familiar.tres

ERC, Podem y las CUP tienen más simpatizantes entre las personas con estudios superiores. En cambio el PSC se distingue por ser exitoso entre personas sin estudios o con estudios básicos. Estos datos se explican en parte por diferencias de edad: los jóvenes tienen más estudios y por tanto los partidos con simpatizantes más jóvenes tienen simpatizantes más educados.

También son claras las diferencias por renta.

ERC y CiU logran las simpatías del 18% y el 16% de las personas que declaran unos ingresos familiares de más de 1.800 euros. Pero sus apoyos entre familias de rentas inferiores a los mil euros caen al 8% y el 9% respectivamente.

El caso del PSC es opuesto y aún más acusado. Los socialistas catalanes son el partido preferido por las rentas bajas (17%), pero sólo el quinto para las rentas más altas (7%). También el PPC tiene un éxito escaso entre las familias de mayores ingresos.

3. Los votantes catalanes: origen y lengua

El siguiente gráfico muestra la distribución de simpatizantes según el origen de los encuestados y su lengua habitual.dos

A la izquierda muestro las simpatías políticas de los encuestados cuyos padres nacieron en Cataluña o fuera de ella.

Las diferencias son muy marcadas.

Entre los votantes cuyos padres nacieron en Cataluña hay sobre todo simpatizantes de CiU y ERC. También de la CUP. En cambio, el PP, Podem y el PSC consiguen más apoyo de los hijos cuyos padres no nacieron en Cataluña. El único partido que tiene el mismo éxito entre uno y otro grupo es Ciutadans.

La lengua habitual de los encuestados también puede relacionarse con su voto. Quienes tienen el catalán como lengua habitual simpatizan más con CiU, ERC y la CUP mientras que los castellanohablantes prefieren al PSC, Podem y Ciutadans. Podem es también el preferido de los catalanes que dicen usar el castellano y el catalán por igual.

4. Los votantes catalanes: radiografía laboral

El cuarto gráfico representa el porcentaje de simpatizantes que logra cada partido según la situación laboral de los encuestados.cuatro

Aunque ERC y CiU tiene muchos simpatizantes en todas las circunstancias, su éxito es menor entre parados y trabajadores temporales. Las personas desempleadas simpatizan más con Podem y los trabajadores temporales con la CUP.

El PSC, Podem y Ciutadans comparten una característica: los tres partidos despiertan más simpatías entre los trabajadores ‘precarios’ —parados y temporales— que entre autónomos o trabajadores fijos.

5. Los votantes catalanes: por provincias

El último gráfico muestra la distribución de los votantes en cada una de las provincias catalanas, Barcelona, Girona, Lleida y Tarragona.cinco

Girona y Lleida son las provincias con más simpatizantes independentistas (incluyendo ahí a todos los simpatizantes de CiU antes de la escisión de Unió). En las dos provincias los partidos con más apoyo son ERC, CiU y la CUP. En el otro extremo queda Barcelona, donde los partidos con más simpatizantes son Podem y el PSC.

 

Nota. En este texto he usado datos de simpatía por un partido. Esta variable es útil para los propósitos de este artículo, pero no es una buena predicción del voto. Entre cosas porque un 25% de encuestados no declara simpatía por ningún partido.


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