El libro negro del periodismo en Cataluña (VI): La opinión dependiente

264467

Una opinión vale tanto como otra. Un hecho confirmado vale mucho más. Pero la opinión también ha sufrido limitaciones en Cataluña. En los últimos años se han censurado artículos en ‘La Vanguardia’, ‘Ara’ y ‘El Punt Avui’. 

Gráfico: Kiko Llaneras

Este martes, un epílogo con datos.

Lee aquí los cinco primeros capítulos:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’ / 5. ‘La tele de la mitad’

Una opinión vale tanto como otra. Un hecho confirmado vale mucho más. Pero la opinión también ha sufrido limitaciones en Cataluña. En los últimos años se han censurado artículos en ‘La Vanguardia’, ‘Ara’ y ‘El Punt Avui’. 

En la primavera de 2015, un articulista mandó a su diario el texto de la semana. Era sobre un partido catalán en un momento conflictivo. Al cabo de un rato recibió un correo electrónico del director con esta respuesta:

Hoy han comido el editor y el líder del partido. Has hecho un artículo que traerá problemas. A ver qué se te ocurre para que los dos podamos evitarnos líos. Hay muchos nervios en ese partido, como sabes.

He ocultado el nombre del partido, del periódico y del articulista por razones obvias pero son los tres reconocidos.

[su_divider top=”no” size=”1″]

Lee aquí los cinco primeros capítulos:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’ / 5. ‘La tele de la mitad’

[su_divider top=”no” size=”1″]

En los últimos años, La Vanguardia, Ara y El Punt Avui han censurado artículos de colaboradores habituales. Casi todos los artículos terminaron publicados en internet. En años anteriores -antes de la expansión de las redes sociales- salieron otros presuntos casos pero son más difíciles de detectar. El gremio de los dibujantes ha sufrido especialmente y no sólo censura política.

El director de La Vanguardia Joan Tapia fichó a Gregorio Morán poco después de ser nombrado en 1987. Era un articulista incómodo y La Vanguardia es más bien un periódico cómodo. Pero servía para dar equilibrio, que es algo que el diario ha buscado a menudo con la opinión, su sección tradicionalmente más atrevida.

A Morán le habían censurado hasta 2013 sólo dos artículos, en ambos casos con Tapia como director. Uno se lo retiraron porque se metía con Israel. El otro, por atacar a Jordi Pujol. Fue el 9 de octubre de 1999, en plena batalla electoral entre el president y Pasqual Maragall. El artículo se titulaba Las trampas del redentor y ya estaba maquetado, con su dibujo en página. Salió incluso en los primeros periódicos impresos. El director decidió quitarlo a última hora, cuando le avisaron. El texto criticaba sobre todo la doblez de Pujol:

[Pujol] ha conseguido hacer de la doblez una moral. Entre el personaje real y el que la gente se quiere creer hay tal diferencia que el resultado es un producto genuino; él es él y su doblez. No miente, sencillamente olvida decir la verdad. No tiene ningún apego al dinero, le basta con el que le tiene su entorno. Le importa un comino la familia, pero con tal de estar tranquilo en su casa acepta todas las trágalas que le presentan. No es un hombre corrupto; sencillamente, no pregunta ni de dónde salió el Lamborghini de su retoño ni por los éxitos empresariales de la floristería de su señora.

Hoy parece algo menor porque todo eso ha acabado circulando. Pero entonces el Lamborghini, por ejemplo, había salido sólo en El Mundo. Las páginas de opinión eran un modo de publicar lo que no salía como información.

Este tipo de censura nunca comportó grandes denuncias de compañeros en Cataluña. El 11 de octubre, Manuel Vázquez Montalbán escribía al final de su columna de El País: “Posdata: Un artículo de Gregorio Morán sobre Pujol desapareció el sábado en los subterráneos virtuales de La Vanguardia. Gregorio: Siempre nos quedará París y el Internet”.

El día 14, otro colega en El País, Guillem Martínez, decía dentro de una crónica desde el palco del Camp Nou: “El sábado, por cierto, un diario barcelonés levantó un artículo de Gregorio Morán -y, tal vez, a Gregorio Morán- titulado Las trampas del redentor. Sobre Pujol. En una democracia europea, éste hubiera sido el tema de la semana en una sala como ésta”.

264467
AYUNTAMIENTO DE GIRONA

El Col·legi de Periodistes de Catalunya no tiene por costumbre denunciar estas censuras. En su web aparecen 73 resultados cuando uno busca la palabra “censura”. Llamé para preguntar si tenían otro tipo de comunicados y me pasaron estos 58. Son similares. Todos están relacionados con la censura franquista o con la imposición de bloques electorales en la información electoral de los medios audiovisuales públicos.

Sólo hay un caso reciente en que el Col·legi ha emitido declaraciones oficiales: la portada censurada de El Jueves sobre la abdicación del Rey. “Nuestro compromiso es con la libertad de expresión como derecho fundamental y por eso estamos en contra de todo tipo de censura”, decía el Col·legi. Luego pedía que nada se convirtiera en “un tema tabú”. TV3 dedicó también un reportaje a la portada de El Jueves y se plantó en la sede de la editora de El Jueves -RBA- donde la reportera indignada denunciaba que a ella y a su equipo no les habían dejado entrar.

En el caso de artículos o humor gráfico sobre otros temas, el revuelo ha sido menor.

Un artículo en cuarentena

El Punt Avui censuró en 2013 un artículo de Bernat Dedéu donde acusaba al director de orquesta Carles Coll de quedarse con buena parte de las subvenciones que recibía para su Orquestra de Cambra de l’Empordà y maltratar laboralmente a sus músicos.

Dedéu daba los números y los nombres de los amigos de Coll en Girona, entre ellos Santi Vila, conseller de Territorio y Sostenibilidad. El director de El Punt Avui, Xevi Xirgo, dijo a Dedéu que ponía el artículo “en cuarentena”: “Es la única llamada que recibí del director. Me dijo que haría unas llamadas y nunca más se supo. Esperé un día y vi que no pintaba muy bien”.

Dedéu anunció que se iba. Ningún otro gran medio dio la noticia. Ahora escribe su blog, La torre de les hores, y tiene más visitas que muchos articulistas asentados en periódicos.

Dedéu es joven y pomposo. Le encanta su acento catalán no barcelonés (en la capital el acento es más chabacano) y salpica sus frases de palabras de otra época que le dan un aire clásico que equilibra bien con toques en inglés y algún taco. Le he visto en verano pero en invierno es fácil imaginarle con sombrero, bastón y capa.

Dedéu es un personaje con horas de elucubración. Cree que su caso ilustra que el miedo es un problema en los directores de periódicos en Cataluña: “Si uno de tus columnistas te asusta, es imposible ficharle. La pregunta entonces, que es casi filosófica, es de qué tienen miedo los directores de periódico catalanes. Si el caso que yo expliqué en El Punt Avui -que no daba como noticia sino como reflexión- no puede publicarse, imagina cuando toquemos algo importante”.

Bernat Dedéu en un evento. / BIBLIOTECA DE CATALUÑA.
Bernat Dedéu en un evento. / BIBLIOTECA DE CATALUÑA.

Sánchez-Piñol, lejos lejos

La Vanguardia censuró la publicación de un artículo del escritor Albert Sánchez-Piñol. Se metía con otro articulista del periódico, José Antonio Zarzalejos.

El título era Zarzalejos, lejos lejos. Pero la historia venía de un par de semanas antes. El artículo anterior de Sánchez-Piñol había sido sobre un hipotético museo militar en Barcelona. Piñol contaba los ataques del Ejército en Cataluña. Cuando La Vanguardia recibió el artículo, le dijo a Sánchez-Piñol que el texto tocaba temas sensibles y que verían qué hacían. Pero el domingo el artículo apareció por error durante unas horas en la web del periódico.

Al día siguiente, el director, Màrius Carol, dijo en RAC1, propiedad del Grupo Godó, que tenían una pieza sobre el grupo Estado Islámico más importante y que el artículo de Sánchez-Piñol se publicaría al cabo de unos días. Carol añadió una amenaza: “Algunos salvapatrias que estén tranquilos. Hay a quienes les gusta romper piernas, pero como todos nos tenemos detectados, tranquilos: ya nos encontraremos por el camino”.

Algunos “salvapatrias” salieron a defender a Sánchez-Piñol. A Carol no le gustó y usó el tópico de país pequeño: “Todos nos tenemos detectados”. El diario Ara y medios digitales publicaron una declaración del escritor que corrió por las redes sociales y donde contaba su versión.

Días después de publicar la pieza sobre el museo, otro artículo en La Vanguardia del catedrático Francesc Granell criticaba a Sánchez-Piñol.

El siguiente artículo del escritor fue Zarzalejos lejos lejos. La Vanguardia no lo publicó.

En la siguiente tertulia en RAC1 con Carol, el presentador no preguntó sobre el artículo. Semanas después, el ex director de La Vanguardia, José Antich, se despidió del periódico con este tuit: “Muy contento de estar aquí, con vosotros. Hoy La Vanguardia, lejos lejos”. Sánchez Piñol y La Vanguardia son más famosos que Dedéu y El Punt Avui, pero la diferencia de repercusión fue extraordinaria: la combinación de “Bernat Dedéu” y el músico “Carles Coll” da 37 resultados en Google; “Sánchez Piñol” y “lejos lejos”, más de 4 mil. El contenido de los artículos de Piñol encaja mejor en la narrativa preponderante.

Hay articulistas que perjudican

De las páginas del Ara se han ido dos articulistas después de que un artículo suyo no apareciera: la periodista Anna Grau, que ahora escribe en EL ESPAÑOL, y el profesor de la Universidad de Stanford Joan Ramon Resina.

Grau escribió una pieza en 2011 sobre una mujer negra en un autobús de Nueva York. Describía una discusión de racismo inverso. En Ara le dijeron que “los lectores catalanes no la entenderían”. En su testimonio en e-Notícies Grau dijo que antes ya había tenido problemas –llamadas, quejas- por dos artículos sobre Pujol y sobre la independencia. En su despedida voluntaria, el jefe de Opinión, Ignasi Aragay, le dijo que era lógico: “El Ara va por un lado y tú por otro”.

Captura de pantalla 2015-09-19 a las 20.42.25
La periodista Anna Grau. / MOEH ATITAR

El caso de Resina es menos conocido. Dedéu lo explicó en su blog. Contacté con Resina, pero prefirió no hacer declaraciones. En septiembre de 2013 publicó un artículo en la revista para tabletas Esguard, donde contó lo que había ocurrido.

Después de una disputa entre dos diputados del PSC y de la CUP en el Parlament por un artículo en el Frankfurter Allgemeine que ironizaba sobre el proceso catalán, Resina glosaba y criticaba la pieza alemana. En Ara le dijeron que aquello “ya no era relevante” y no publicaron el artículo. Resina escribió luego tres piezas más, que también fueron censuradas.

Desde el periódico ningún responsable le avisó del fin de su colaboración: “La Cataluña actual se ha hecho con estos silencios”, explica Resina, que cree que dejaron de publicarle cuatro artículos para disimular que había sobre todo uno que no querían sacar. Aquel texto se titulaba “Gestión de las estructuras culturales de Estado” y criticaba la labor del conseller de Cultura, Ferran Mascarell. Como el resto de piezas, este artículo lo publicó la revista para tabletas Esguard. Resina describe en una introducción el mal del diario Ara, que puede afectar a otros medios catalanes: “El Ara confunde interesadamente dos tipos de independencia, la que se propone como objetivo de un proceso político de impulso popular, que el diario ha sabido convertir en razón de ser de su éxito, y la que se ganan duramente los medios de información que no aceptan sobornos del poder y a los que no hace falta, en consecuencia, presionar a los colaboradores”. Esto tiene una consecuencia que puede afectar el modo de ser del país, según Resina: “Miserias de país pequeño, corregidas y aumentadas por la hipocresía, que hace que el espíritu crítico esté muy afilado contra el enemigo oficial y considerablemente embotado o totalmente romo ante quienes tienen la llave de la despensa”.

Un pensamiento folclorizado

Un periódico puede elegir a sus colaboradores. Pero es raro que una vez asumida la participación habitual de una pluma tenga problemas porque ese articulista dice cosas que disgustan. Es inevitable que esa postura acabe por afectar al escritor.

Jordi Graupera escribe para La Vanguardia. Prepara su doctorado en Nueva York y da clases de Filosofía. La mayoría de las personas que le conocen y saben que he hablado con él me han dicho una variante de esta frase: Graupera será un día presidente de Cataluña.

No sé si habrá confesiones privadas pero los motivos públicos son claros: argumenta con solidez en las tertulias de RAC1, habla sin trabarse y parece tener un proyecto político en la cabeza. En Cataluña con menos se han hecho políticos de larga carrera.

Graupera cree que debe vigilar con su escritura: “En un ambiente normal (Madrid, Washington, Londres) los mejores columnistas están estimulados para perseguir su libertad. Cada vez que me siento a escribir, no pienso ‘qué es lo que no ha dicho aún nadie’ sino ‘qué es lo que es publicable’. Esto te folcloriza el pensamiento”. Cree Graupera que este problema no sólo ocurre en las cabeceras barcelonesas: “Si en los diarios españoles hay menos censura es porque no se ponen a prueba las costuras fundamentales”.

Dedéu cree que una de las causas principales son las ayudas públicas: “Tú no puedes criticar al poder que te alimenta. Desde que la prensa catalana recibe un gran nivel de subvenciones, es imposible que no sea complaciente. Pero es que me pasaría también a mí. Por eso no recibo ayudas públicas. A veces pasa que quien las recibe se vuelve complaciente para seguir recibiéndolas”.

La consecuencia de una actitud así (aunque sea por otro motivo) es más grave: “Me preocupan los diarios para convencidos. Siempre hago mis artículos, como filósofo, para violentar el pensamiento. Pero la mayoría de lectores de periódico en Cataluña quieren reconfortar su pensamiento”. Es el tipo de mentalidad de quien lee un periódico deportivo.  

prensa

Gráfico: Kiko Llaneras

Todo es una tertulia

La opinión tiene otro ámbito creciente: la tertulia en radio o tele. El debate de bar entre gente que sabe bastante de algo y nada de mucho se ha convertido en un fijo de las programaciones por dos motivos: es fácil de montar y barato de hacer. No hay que buscar expertos en cada aspecto de la actualidad y tampoco hay que enviar a periodistas y cámaras a cubrir eventos durante horas o a hacer media docena de entrevistas. Sirven además para la tele y para la radio.

Con tanta tertulia, la ideología de cada participante se ha convertido a menudo en razón de Estado. Nadie niega que en las radios y teles en catalán hay sobrepeso de partidarios o próximos a la independencia. No es sin embargo un sobrepeso siempre apabullante, aunque esporádicamente sí.

Dedéu por ejemplo se negó en 2015 a ir a una tertulia en un canal informativo de TV3 porque los otros dos también eran independentistas. Se quejó en público y llamaron a uno de los jóvenes no independentistas ilustres, el joven politólogo y tertuliano ascendente Nacho Martín Blanco. Al final eran tres contra uno. La producción del programa dijo a Dedéu que a veces montaban tertulias entre independentistas para ver sus diferencias. Dedéu les respondió que no había visto nunca aún una tertulia sólo entre españolistas.

Los sectores independentistas tienen una excusa sencilla: las tertulias catalanas sobre el procés siguen sin ser tan parciales como las tertulias hechas en Madrid, donde la aparición de catalanes que simpatizan con la independencia es aún escasa. Hay memes en internet que reflejan esas quejas.

Las tertulias son una metáfora de una parte del sistema de medios: siempre hay alguien que lo hace peor y por tanto justifica un presunto comportamiento mediocre o poco limpio. El lema parece ser: “Primero hay que ganar. Luego ya habrá tiempo de ser mejores”. Durante tres décadas de democracia los medios han creado este ambiente irrealmente relajado.

Este martes, un epílogo con datos.

Lee aquí los cinco primeros capítulos:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’ / 5. ‘La tele de la mitad’

El libro negro del periodismo en Cataluña (V): La tele de la mitad

361381

La pregunta eterna sobre TV3 es su papel en la creación de la Cataluña actual. ¿La cadena ha manipulado o censurado informaciones? Sí. ¿Esa censura es siempre política? Lo parece. En la historia de TV3 hay hitos sueltos donde esa presión se ha hecho evidente. Pero en el día a día ha sucedido algo más sutil, constante y eficaz. Es lo que un redactor jefe de informativos en distintas etapas llama “la lluvia fina”.

Este domingo, el sexto capítulo: ‘La opinión dependiente’ 

Lee aquí los cuatro primeros:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’

La pregunta eterna sobre TV3 es su papel en la creación de la Cataluña actual. ¿La cadena ha manipulado o censurado informaciones? Sí. ¿Esa censura es siempre política? Lo parece. En la historia de TV3 hay hitos sueltos donde esa presión se ha hecho evidente. Pero en el día a día ha sucedido algo más sutil, constante y eficaz. Es lo que un redactor jefe de informativos en distintas etapas llama “la lluvia fina”.

El 30 de junio de 1998 ocurrió algo poco habitual en Cataluña. El director del recién creado Teatre Nacional de Catalunya (TNC), Josep Maria Flotats, convocó una rueda de prensa para insultar al conseller de Cultura, Joan Maria Pujals. Le llamó “jovencito con estilo de terrateniente tarraconense que se ha querido comer el mundo”. El motivo era su destitución durante su primera temporada al frente de la institución. Flotats daba sus motivos: “Se me amputaba el proyecto del TNC a causa del chantaje de tres empresarios y dos directores que amenazaron con hacer ruido, y yo mostré mi desacuerdo”.

Al mediodía TV3 dio la noticia sin declaraciones del director. Por la noche, el editor del Telediario, Carles Francino, tenía preparado un vídeo con cortes de voz de Flotats. Poco antes de empezar, el director de la Corporación, Lluís Oliva, pidió a Francino que diera la noticia sin declaraciones. Faltaban minutos para empezar la emisión. Francino se negó y no presentó aquella noche el telediario. Estuvo sola su compañera, Helena García Melero. Después de insistir con varios correos electrónicos, Francino no ha hablado para este reportaje.

Dentro de TV3, aquello se vivió como un momento emocionante. La redacción tenía un Estatuto desde aquel año. Como en todas las televisiones públicas españolas, el nombramiento de los directores de TV3 depende del Gobierno de turno.

Era al menos la segunda vez que un editor no presentaba el Telediario por desacuerdos. La primera fue en febrero de 1987, pero no hubo revuelo. Salvador Alsius dirigía el informativo. Barcelona ya era sede olímpica y el alcalde, Pasqual Maragall, hacía cada semana un acto deportivo con escolares. Alsius había acordado con el jefe de informativos que cubrirían sólo el primero de los actos de Maragall. Pero cuando Alsius supo que el tercero iba a consistir en cinco penaltis del alcalde al portero del Español, Tommy N’Kono, decidió darlo. El jefe de informativos se negó. Discutieron en el camerino, corbata en mano, según Alsius. Se hizo la hora y Àngels Barceló empezó a presentar sola.

barcelo
Angels Barceló durante sus años en TV3.

Dos semanas negras

La primera emisión de TV3 fue el 10 de septiembre de 1983. La redacción inicial era de izquierdas. Alsius fue el primer director del Telediario de mediodía. Recuerda una libertad razonable para elegir, excepto en dos semanas negras llenas de imposiciones.

La primera fue la de la querella contra Pujol por Banca Catalana. El director de la tele, Alfons Quintà, que había levantado el caso en El País tres años antes, ahora escribía los audios de alguna de las piezas sobre el caso en TV3 que iban a tener el efecto contrario.

La segunda semana fue la de las elecciones de 1986 donde se presentaron Miquel Roca y el Partido Reformista. TVE usó por primera vez imágenes de alguien que hablaba en catalán y le puso subtítulos. Era Roca. Pudieron pensar que si un político que aspiraba a presidente hablaba en catalán perdería puntos. En la Generalitat lo vieron así y decidieron responder. Alsius tuvo que sacar más a Roca. Recuerda un mitin de Felipe González con 40.000 personas en Bilbao y un encuentro de Roca en Yecla con 35, sin el mil detrás. El jefe de informativos creía que Roca debía salir primero.

salvador
Salvador Alsius durante sus años en TV3.

El cargo más poderoso en los años 80 era el jefe de asignaciones, que decidía dónde enviar cámaras a cubrir actos. El jefe más célebre fue Josep Lluís Suelves. Alsius recuerda una gestión opaca. Le era fácil decir que para tal sitio no había cámaras o que no podía acudirse a otra cobertura. Era por tanto un puesto fácil para filtrar información.

Las leyendas que corren por la redacción de TV3 sobre Suelves, su influencia política, su línea directa con la Generalitat y su fidelidad al pujolismo son asombrosas. Si el president Pujol iba a un pueblo remoto, allí estaba TV3; si viajaba a un país menor, allí estaba TV3. La cobertura era amable, humana. El líder de la oposición socialista, Raimon Obiols, dijo en una entrevista a eldiario.es: “Cuando fui invitado por única vez a los estudios de TV3, después de años de ausencia, dije a los que me recibían que me sentía tentado de besar el suelo, como si fuera la tierra prometida”.

Obiols cita una investigación donde se decía que el porcentaje de pantalla de Pujol en TV3 era 22 veces superior al suyo mientras fue jefe de la oposición.

Paz por territorios

La etapa de los 80 en la redacción de la tele se conoce popularmente como “paz por territorios”: la redacción cumplía con lo que le pedían sin rechistar (paz) a cambio de convenios laborables favorables (territorios).

En aquellos años las noticias que se hacían a petición directa de la Generalitat se llamaban “discos solicitados”. Albert Sáez dirigió la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales entre 2008 y 2010. Como presidente le tocó lidiar con los beneficios excesivos de aquellos convenios que él mismo había disfrutado: “Cuando yo trabajaba en TV3 entre 1984 y 1988, en una huelga a los de mi categoría nos multiplicaron el sueldo por cuatro para equipararlo a otra categoría”. La estrategia sindical era obvia: “Los sindicatos de TVE y TV3 sincronizaban las negociaciones de los convenios para que fueran justo antes de las campañas electorales”, dice Sáez. Así llegaban las concesiones: los “territorios”. Aquellas concesiones del presidente dejaban a los directivos de la cadena “en una situación de extrema debilidad”, según Sáez.

La lluvia fina

En la historia de TV3 hay hitos sueltos donde la presión política se ha hecho evidente, pública y que han podido luego criticarse. Pero en el día a día ha sucedido algo más sutil, constante y eficaz. Es lo que un redactor jefe de informativos en distintas etapas llama “lluvia fina”.

La lluvia fina es la jerarquización de un contenido sobre otro, la extensión de un vídeo, las noticias amables por encima de las polémicas. Ese día en que el director de la tele llama a un director de informativos en fin de semana para que “dé bien las encuestas electorales” y el presentador le dice que no se preocupe y el director insiste en que “no olvide la del Avui”.

Es un goteo cualitativo, no cuantitativo: se puede analizar un día pero no sus efectos. El minutaje de los partidos y los políticos en pantalla, que es el único modo oficial de medir, no refleja estos matices.

El pasado 28 de agosto la Guardia Civil registró la sede de Convergència y de su fundación, CatDem, además de cuatro ayuntamientos convergentes. TV3 dedicó 14 minutos a la información. Los ocho minutos iniciales fueron para dos periodistas en las sedes y para un vídeo de resumen.

Era una información aceptable, aunque con poco contexto, con un inicio centrado en la visibilidad de la operación (no en la presunta corrupción) y con la alcaldesa de Sant Cugat, Mercè Conesa, que insinuaba que era una operación política. Los 2.30 minutos siguientes eran para dirigentes de Convergència, CatDem y el Govern. Los tres decían que era una operación política preelectoral.

El minuto siguiente estaba dedicado al Gobierno central. Los demás partidos catalanes tuvieron entre todos 1.45 minutos. La frase de Ramon Espadaler, de Unió, era sólo: “Respeto por la presunción de inocencia y por la actuación judicial”. A Xavier García Albiol, del PP, sólo se le oía esto: “Artur Mas en base a la responsabilidad como presidente de Convergència y a Romeva y Junqueras como socios de coalición electoral”. No tenía ni siquiera verbo.

No es el único ejemplo.

El 14 de octubre de 2012 el Telediario abrió con una previa de las elecciones venezolanas y con una concentración de castellers en Tarragona. La tercera noticia fue un vídeo de resumen de protestas contra los recortes en 57 ciudades. TVE abrió ese día con las manifestaciones. En el fragmento sobre los castells salía Artur Mas para pedir que los catalanes imitaran a los castellers e hicieran piña. Es poco probable -o imposible de descubrir sin confesiones- que estas cosas sean así debido a consignas políticas. Como en todos los medios, los periodistas saben en el fondo dónde trabajan.

[su_divider top=”no” size=”1″]

Este domingo, el sexto capítulo: ‘La opinión dependiente’ 

Lee aquí los cuatro primeros:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’

[su_divider top=”no” size=”1″]

El comportamiento de la sección de Política de TV3 se controla al minuto. Cuando hay una información política importante, ofrecen opiniones de todos los partidos: los siete enanitos, les llaman algunos en la redacción. Pero el Gobierno tiene el doble porque su partido es también uno de los enanitos. Una de las batallas importantes de TV3 ha sido decidir qué es más importante: el Consejo de Ministros o el Consell de Govern, la información local o la información que ese día pueda ser más importante fuera de Cataluña. Un análisis cuantitativo no percibe estos matices.

Ramon Espuny, presidente del Sindicat de Periodistes de Catalunya, cree que no es necesario dar órdenes: “Los mecanismos del micropoder van así. No hay que tener carné para obedecer a un partido o un gobierno; la mejor manera es no tenerlo y disfrazarlo de criterios profesionales”.

También es lluvia fina que las menciones de la palabra “nacional” sean sobre todo para “Cataluña” y que la información vinculada a España lleve el adjetivo “estatal”. A veces se ha hablado de “policía estatal” o “selección estatal”.

Esta lluvia fina no se da sólo en los informativos. Miquel Calçada presenta Afers exteriors, que busca catalanes por el mundo. En ninguna de sus ediciones ha sacado a un catalán que diera clases de castellano en el extranjero ni que hubiera aparecido en programas similares en otras cadenas.

El Che Guevara en Política

Los casos de manipulación burda son fáciles de detectar: un documental sobre el futuro de una Cataluña independiente sin que haya un documental alternativo sobre una Cataluña federal u otra gobernada por Ciudadanos; un debate después de las municipales para hablar sólo de la independencia; un espacio durante el Telediario para que el presidente convoque elecciones y una entrevista luego al “jefe de la oposición”, Oriol Junqueras, que ha sido aliado del Gobierno y va en su lista.

Pero es imposible generalizar la responsabilidad. Entre los 400 periodistas de la redacción de TV3 hay de todo. El apoyo a la independencia puede haberse colado para unos cuantos como un valor mayor que la profesionalidad, dice Espuny: “Hay gente independentista que aún dice que hay que defender la profesionalidad, gente que lo matiza y gente que quiere defender la profesionalidad en todo lo demás pero que piensa que éste es un tema de ‘vida o muerte’, de ‘ahora o nunca’, de ‘todo o nada’”.

Un redactor de una sección que no es Política y que defendió en una larga conversación off the record el papel de TV3 en el debate soberanista me dijo esta frase sobre la sección de Política en un correo electrónico posterior a nuestra charla: “Es una sección domesticada y poco conflictiva, atada de manos y pies: podría trabajar el Che Guevara de redactor y no se notaría”. Es una manera de reflejar las pocas intenciones de desligarse de la línea de quien mande en el Parlament.

En 2001 Europraxis, una empresa de Josep Pujol Ferrusola, asesoró a la multinacional Lear en el cierre de su planta en Cervera (Lleida). El secretario de Industria era su hermano, Oriol Pujol, y el conseller de Industria era Antoni Subirà, primo de Jordi Pujol, president de la Generalitat.

Fue un escándalo que llegó al Parlament. En 2002 Indra, que había comprado Europraxis en 2001, se llevó varios contratos millonarios de la Generalitat después de años intentándolo sin éxito. TV3 sólo ha hecho cinco menciones a Europraxis a lo largo de su historia. Fueron todas en 2006, cuando se publicó un informe de la Sindicatura de Cuentas sobre las concesiones “irregulares” a Indra. Había una diferencia con 2002: ya no gobernaba Convergència.

PACO JUNQUERA / GETTY
PACO JUNQUERA / GETTY

La primavera de Praga

En 1999 Pujol se quedó en minoría y una de las primeras leyes que se debatió en el Parlament fue la que regulaba el sector audiovisual. La oposición logró nombrar a un director de la Corporación por consenso, Miquel Puig, y se creó el Consejo del Audiovisual de Cataluña (CAC). La labor del CAC era fiscalizar a las teles y conceder licencias.

Miquel Puig fue un director con buena relación con la redacción. Un redactor jefe llama su época “la primavera de Praga”. Puig creía que uno de los pilares de TV3 debían ser los informativos y la credibilidad. Creó una serie de especiales sobre “los problemas de Cataluña”. El primero fue sobre las comarcas a las que afectaría el trasvase del Ebro. “Recibió muchas críticas desde las alturas”, dice Puig.

Otro episodio recordado es la noche del asesinato de Ernest Lluch. La muerte fue a última hora de la noche y TV3 emitía un programa de Buenafuente ya grabado. El director de Informativos, Josep Maria Torrent, tomó la decisión de no interrumpir la emisión después de dar un flash. Varios redactores llamaron y se ofrecieron a ir a la tele a improvisar un programa. Pero les dijeron que no hacía falta y no se mandó una unidad móvil al lugar de los hechos. Al día siguiente, el comité profesional pidió la destitución de Torrent en una reunión con Puig y el propio Torrent.

“[Hablamos después] en una conversación que no voy a revelar”, dice Puig. Torrent dimitió 24 horas después. Puig cree que “TV3 falló aquella noche”. Tres personas me han dicho que la sospecha principal que corría por la tele acerca de Torrent era que Lluch era socialista y no merecía tanta atención.

En 2002 llegó el final de Puig. Aunque él se resiste a reconocerlo, el Gobierno de Jordi Pujol le forzó a dimitir días después de que destituyera al director de Catalunya Ràdio, Josep Maria Clavaguera, por desacuerdos en la gestión. Puig lo recuerda así: “Habíamos perdido la confianza de CiU. El consenso se había roto”.

Hasta tal punto se había roto el consenso que Pujol nombró como nuevo director de la Corporación a Vicenç Villatoro, diputado de CiU y ex director del diario Avui. Torrent había trabajado también en Avui. Se acercaban las primeras elecciones de Artur Mas como cabeza de lista. Los políticos creen que en esos momentos es mejor tener a gente afín.

El CAC controlaba ya el pluralismo político en las teles pero no se quejó por la salida de Puig: “Era una cuestión interna del operador”, dijo su presidente, Francesc Codina, ex diputado de Convergència. El CAC tiene seis miembros; tres estaban entonces propuestos por CiU. Además de Codina, los otros dos eran un ex director de Avui y ex director general de Promoción Cultural de la Generalitat, Jaume Serrats, y un antiguo miembro del comité de gobierno de Unió y hoy recién cesado director de Catalunya Ràdio, Félix Riera. Los votos importantes iban a estar claros.

Un organismo débil

El CAC funciona con actuaciones acordadas por sus seis miembros. Cuando hay empate, decide el voto de calidad del presidente. Quien tiene el presidente y dos consejeros tiene, por tanto, el poder.

El CAC reparte licencias audiovisuales y vigila el pluralismo, la publicidad, las emisiones infantiles y en general la labor de las empresas que han recibido una licencia audiovisual para emitir. Los consejeros son propuestos por los partidos según su peso en el Parlament.

Es razonable dudar de partidismo en sus decisiones. Un modo para atenuar esas dudas entre la ideología y la profesionalidad es dar los cargos a personalidades sólidas y con una formación específica. En Cataluña el CAC se inspiró en el CSA de Francia. Allí los presidentes son jueces del Consejo de Estado, la alta función pública. La categoría de altos funcionarios, que no existe en Cataluña, ayuda a la independencia de los miembros: “Todo el mundo tiene su orientación pero no tiene que ser alguien sometido”, dice Elisenda Malaret, consejera del CAC entre 2008 y 2014, catedrática de Derecho administrativo en la Universidad de Barcelona y diputada socialista en el Congreso entre 2004 y 2008.

El Parlament aprueba los miembros del CAC. Malaret había visto los exámenes orales que se hacen en el Senado de Estados Unidos a quienes aspiran a cargos públicos importantes y se había preparado respuestas a presuntas incompatibilidades y propuestas sobre cómo mejorar el CAC. Pero la comisión sólo le preguntó vaguedades sobre si era miembro del PSC. Apenas habían hojeado su currículum.

La falta de respeto por la labor parlamentaria de control hace que el Consejo sea fácilmente manipulable. Rafael Jorba, periodista de La Vanguardia y consejero del CAC entre 2006 y 2010, vio que para que funcione bien un organismo de regulación se necesitan dos condiciones: “Una democracia de calidad y un subsistema de medios de calidad”. Jorba se llevó una decepción: “Me di cuenta de que no existe ninguno de los dos”. Jorba ha sido periodista desde 1978 en El Periódico, El País, TVE y La Vanguardia. Conoce por tanto el “subsistema de medios” catalán.

El CAC ha pasado por distintas etapas.

En 2011 sancionó al Grupo Godó con 12.000 euros porque su cadena, 8tv, había emitido en 2009 microespacios de publicidad encubierta del Ayuntamiento de Barcelona, entonces en manos del socialista Jordi Hereu.

En 2015, en cambio, ha creído que la campaña Preparats de la Generalitat es legítima publicidad institucional. En el anuncio sale gente alegre que se dice preparada para mejorar Cataluña. Esta decisión conllevó votos particulares de dos consejeros que explicaban sus diferencias. Sus motivos eran sobre todo dos. El primero, que según la ley la publicidad institucional “sólo” puede informar de servicios públicos. El segundo, que los lemas principales –Preparats y Fem-ho– eran los mismos que el de una campaña de Assemblea Nacional de Catalunya (ANC) en 2014 –Estem preparats– y el de CiU en las elecciones de 2012: La voluntat d’un poble. Fem-ho junts.

En su decisión, el CAC decía que eran eslóganes comunes: los habían usado de modo similar el PSC-PSOE en el año 2000, ERC en las municipales de Torelló en 2011, la Universitat de Vic en 2012, un encuentro empresarial en el Pirineu en 2015 o una campaña benéfica de la AMPA de Mallorca. Todas son campañas de una repercusión ridícula.

Con motivo de un anuncio por el Tricentenario del 1714, el CAC estuvo a punto de emitir un informe sobre la legalidad de esa publicidad institucional. La entonces consejera Elisenda Malaret se negó para que no hubiera un precedente sobre campañas institucionales que no lo son. Prefirió entonces que no saliera nada. Un año después, con la decisión sobre la campaña Preparats, ese precedente ya existe: a partir de ahora la publicidad institucional puede rozar la propaganda y ya hay una actuación del CAC que lo justifica.

Otro expediente polémico del CAC es el que permite que El Punt Avui TV alquilara siete licencias locales de Canal Català. La ley permite emitir sólo un 25% de contenido general en cadenas locales. El Punt Avui TV emite el mismo contenido sin apenas desconexiones. Es decir, se está saltando la ley.

Planeta y otras emisoras estatales -Localia de Prisa o urBeTV de Vocento- intentaron un modelo parecido para toda España pero fracasó por motivos económicos y porque en lugares como Cataluña el CAC lo iba a impedir de acuerdo con la ley. Aunque “tanto en Madrid como en el País Valenciano, Ver-T [de Planeta] emite en cadena por encima del 25% sin problemas porque, aparentemente, ningún organismo los controla”, según los profesores de la Universidad Autónoma de Bellaterra Montse Bonet y Josep Àngel Guimerà.

En Cataluña, para evitar el control del CAC y salvar El Punt Avui TV, la Generalitat cambió la definición de qué es “contenido en cadena de contenidos audiovisuales”.

“ERC e ICV nos pusimos tozudos y cambiaron la ley a través de la Ley de acompañamiento de Presupuestos”, dice la diputada de ICV Marta Ribas. Fue un cambio que se hizo sólo para salvar la tele de El Punt Avui. Mientras, en el CAC, dejaron el expediente en contra de El Punt Avui TV abierto hasta el cambio de ley. Así pudo seguir emitiendo. Nadie ha terminado por controlarles, como ocurrió con otras teles en Valencia o en Madrid.

Para qué ha servido TV3

La pregunta eterna sobre TV3 es su papel en la creación de la Cataluña actual. ¿La cadena ha manipulado o censurado informaciones? Sí. ¿Esa censura es siempre política? Lo parece. ¿Qué peso ha tenido? Quién sabe.

El Comité de Redacción se ha quejado de que la tele ha prestado poca atención al caso Pujol. Uno de los principales señalados ha sido 30 minuts, el Informe semanal catalán. Su director, Eduard Sanjuán, dice que la opción de grabar un documental sobre Pujol lleva tiempo sobre la mesa. No lo han hecho por la falta de concreción del caso y porque Pujol no quiere hablar. (Otro periodista de TV3 hace tiempo que persigue al ex president para un programa especial y no ha conseguido la entrevista. Para este reportaje, a sabiendas de este silencio, he intentado hablar con Lluís Prenafeta, secretario de Presidencia en los 80, que se ha negado con la excusa de que no tenía nada que decir.)

Sanjuán admite que si no ha habido documental sobre Pujol es sólo decisión suya. Dice que no ha recibido presiones.

30 minuts ha recibido otras presiones. En 1990 la Generalitat propuso a 30 minuts un viaje a Alemania para preparar un documental sobre el plan de residuos de Cataluña. En Alemania había un modelo en que se podía fijar el Gobierno catalán. El equipo de 30 minuts se quedó unos días más para ir a ver una planta de tratamiento de residuos en Schwabach. La periodista del equipo era una becaria. Hizo su trabajo y vio que en Schwabach estaban preocupados por los efectos perjudiciales de la planta. El programa se emitió y no gustó. El jefe de Informativos, Josep Maria Ràfols, no lo vio antes de la emisión y al cabo de unos días fue destituido. Y eso que en una pregunta parlamentaria de la época se llegó a decir que el programa se había manipulado para quitar secuencias negativas. Aparentemente no había sido suficiente. En el archivo de 30 minuts de TV3 no puede encontrarse por ahora este reportaje. “Los temas políticos siempre eran más difíciles”, dice Joan Salvat, director del programa durante 25 años hasta 2008.

¿Esto es lluvia fina? Y si lo es, ¿qué papel desempeña en la percepción de los catalanes? Es imposible de cuantificar.

tarribas
Mònica Terribas durante sus años en TV3.

Mónica Terribas fue periodista estrella en TV3 en un programa diario nocturno de actualidad y entrevistas. Luego dirigió la tele hasta 2012. Hoy presenta el programa matinal de Catalunya Ràdio, segundo en audiencia.

Pregunto a Terribas si en Cataluña se ha insistido poco con el caso Pujol. Se sorprende. Ha invitado al ex president al menos tres veces en antena a que vaya a explicarse. Pujol no ha ido. ¿Qué importancia tiene que Pujol no se haya explicado ni en TV3 ni en Catalunya Ràdio? Pujol podría hacer esas entrevistas sin problema: se reúne a menudo en privado con periodistas afines. Pero no quiere salir en público. El escaso martilleo de los medios para que hable no le afecta.

Es verdad que otros políticos fuera de Cataluña tampoco hablan. La excusa más habitual entre periodistas catalanes es ésa: en otros lugares -sobre todo en el resto de España- es igual o peor. Es un motivo razonable, pero si en otro lugar es peor, es una manera discreta de admitir que aquí se hace mal.

Así por ejemplo explica Terribas el papel de TV3 y otras cadenas en la situación política actual:

Los medios públicos de todo el mundo contribuyen a crear un imaginario. El trabajo de los informativos es menos importante que el de los programas. Puede construirse ese discurso de que TV3 es un desastre y está en manos del Gobierno. Es fácil. Quizá se acaba consiguiendo, más ahora. Pero la redacción de la tele tiene un amor propio importante y tiene mecanismos de autocorrección también importantes. Si esta imagen se extiende, será muy injusta para el colectivo profesional interno. Políticamente, los grupos mediáticos de España jugarán esta carta de una manera severa y dura, y pasará por desprestigiar las productoras privadas de aquí. Hay una parte que será muy injusta porque los periodistas están intentando hacer las cosas bien.

En esta declaración hay cuatro elementos importantes.

El primero es que las teles han sido cruciales.

El segundo es que es posible construir un relato de TV3 como un pilar de la Cataluña de hoy. Terribas no cree que sea cierto, al menos en el estricto sentido político. “Nosotros no hemos construido ninguna Cataluña. Hemos reflejado lo que está pasando y lo que pasa desde 2003 es la agonía de la construcción del Estatut. La raíz del crecimiento del movimiento independentista está en los movimientos de la política, no en los medios”, aclara.

El tercer elemento es que TV3 es la cadena líder en Cataluña. Si no existiera, la publicidad se repartiría entre el resto de cadenas y las productoras catalanas recibirían menos encargos y serían más débiles.

El cuarto detalle es que los periodistas de TV3 “intentan” hacer las cosas bien pero a veces se equivocan. Terribas lamenta la excesiva juventud de algunos mandos intermedios de informativos. “Les cuelan goles”, dice.

Hay algo que sí se puede medir: qué votantes de cada partido miran los informativos en TV3. Sigue sin quedar claro si influyó primero la tele o la ideología, pero se ve una Cataluña partida según la tele que usa para informarse:

tvEn los lugares de Cataluña menos interesados en la política local, TV3 no es líder. Es difícil encontrar datos geográficos de audiencia. Pero en esta nota de prensa de 2009 la cadena dice que es líder en Lleida, Girona y Tarragona. En Girona y Lleida es líder en todas las comarcas menos en el Valle de Arán. En Tarragona no es líder en cuatro comarcas y en Barcelona no es líder en tres, entre ellas la capital. En esas siete comarcas viven más de cuatro millones de catalanes.

Las teles líderes en esas comarcas ofrecen un contenido poco centrado en la política catalana. Pregunté a Albert Sáez, presidente de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales entre 2008 y 2010, por el resultado discreto de TV3 en esos lugares: “TVE también olvida geográficamente a una parte del país: en Cataluña es la sexta televisión”, dice. El fútbol y otros deportes eran importantes para lograr esas audiencias. Su falta y el momento político han propiciado el desinterés por la cadena, que en algunas zonas puede haber aumentado.

La presión a los directores

Es difícil desgranar los motivos de una redacción como la de TV3. Ha habido presiones políticas desde el inicio. Todos los directores me han dicho que las han vivido continuamente y que todo dependía de su reacción. Así, por ejemplo, Miquel Puig:

Me llamaba mucha gente para sugerirme que hiciera o dejara de hacer algo; sobre todo políticos aunque también empresarios. En una comparecencia en el Parlament, y como ejemplo, relaté que en un mismo día, en el cortísimo trayecto en coche de casa al despacho, había recibido dos llamadas: una para decirme lo importante que era lo que un ‘conseller’ estaba haciendo en Nueva York y la otra de un empresario cuyos problemas habían aparecido en un informativo, para decirme que no veía necesario volver a aparecer. Por cierto, el empresario era Félix Millet [que dimitió después de confesar que se había apropiado de tres millones de euros del Palau de la Música]. Siempre consideré, y así lo declaré a los diputados, que la responsabilidad de qué hacía tras las llamadas sólo era mía.

Puig acabó fuera antes del fin de su mandato.

Terribas describe así el papel de David Madí, secretario de Comunicación de Artur Mas en el último Gobierno de Jordi Pujol:

David Madí siempre ha tenido en la cabeza dos errores. Uno, la teoría de la aguja hipodérmica: aquello de que lo que dices por la tele acaba entrando en el cerebro de la gente y vota. Y dos, cree que al cambiar cargos cambia medios. No es verdad. Las redacciones tienen una identidad de cultura laboral. La cultura laboral de TV3 o Catalunya Ràdio es de servicio público y es muy orgullosa.

Madí cree que estos dos errores son “una solemne estupidez” y apunta que el origen de su conflicto con Terribas es que él quería una TV3 más pequeña en plantilla y por tanto más viable económicamente.

A pesar de esta definición de la labor de Madí, Terribas ha tenido sus mayores problemas, dice, con los socialistas. Después de la entrevista con ETA en Perpiñán del conseller en cap Josep Lluís Carod Rovira, Terribas dejó de hacer las entrevistas institucionales durante unos años. Los encargados de comunicación socialistas decidieron que sus preguntas eran demasiado incisivas, según Terribas. Pero Jordi Mercader, jefe de prensa del president Pasqual Maragall, dice que movieron a Terribas porque ya hacía un programa diario de entrevistas y hacer que el president pasara por ese mismo plató en entrevistas institucionales era quitarle peso.

La tele de Godó

En Cataluña hay una segunda televisión que ha tenido hasta ahora un papel menor: 8tv, del Grupo Godó, editor de La Vanguardia. Cuando llegó la TDT, la Generalitat dio los cuatro canales autonómicos a Godó, un caso sin precedentes en España. David Madí fue quien tomó la decisión. Fue el único grupo, dice, que se ajustó a los criterios del concurso. Hay concursos, claro, que se crean pensando en uno de los que se presenta.

El Grupo Godó tiene dos de esos canales alquilados a Barça TV y a TV3 en alta definición. La Generalitat concedió por tanto un canal a un grupo privado en 2003 y ahora le paga un alquiler a través de su televisión pública.

En 2012 el Gobierno de Artur Mas estuvo a punto de conceder al Grupo Godó a través de un concurso la gestión de la publicidad de TV3. Era un movimiento que podía privatizar uno de los ingresos principales de la tele pública. La Generalitat creía que se hacía de manera poco eficaz, según Martí Blanch, secretario de Comunicación. Terribas era aún directora de la tele e hizo lo posible para que no ocurriera junto a los trabajadores de la casa. Aquello prosperó. Tres años después, Telecinco se ha quedado con el 40% de 8tv.

El secretario de Comunicación de la Generalitat, Josep Martí Blanch, cree que la inversión de Telecinco en 8tv puede ser un problema para TV3 a largo plazo: “Ahora TV3 tiene un competidor que gestiona publicidad en toda España y que por tanto mandará más publicidad a 8tv. Tienes además una cadena con una alianza estratégica y accionarial, con talento y recursos para hacer televisión y con personas que conocen bien el mercado. Es posible que la programación de la tele del Grupo Godó mejore en un periodo razonable”. La audiencia de TV3 puede sufrir y perder su liderazgo histórico. ¿Hubiera sido mejor dejar que Godó vendiera la publicidad de TV3?

Terribas no sabe por qué la echaron de TV3 -“me llamaban la directora sindicalera y me decían que no podía hacer la reestructuración laboral que necesita la casa”- pero cree que la oposición a la gestión de la publicidad de Godó fue clave: “Con la gestión comercial de la publicidad me pusieron la cruz. Se te metían en casa por detrás”.

Su salida causó cierta polémica. Terribas volvió a la universidad. Al ser también una institución pública, la Sindicatura de Cuentas sugirió que no podía quedarse con el finiquito que había recibido. Terribas pidió a su hermana abogada que mirara el asunto y le dijo que no tenía de qué preocuparse. Brauli Duart, el director de la Corporación que la despidió de TV3 (Duart entró en marzo y Terribas salió en abril), la ha contratado ahora para hacer el matinal de Catalunya Ràdio.

Terribas se reunió con Mas cuando dejaba TV3. “Le conté los problemas estructurales que veía”, dice. Alguien en Convergència puede haber llegado a la conclusión de que es más fácil controlar la televisión privada que la pública: una depende de elecciones e incluso un día puede tener un consejo de administración independiente por ley. La otra siempre dependerá de su propietario, en quien es más fácil influir.

De todos modos, este debate pierde cada vez más sentido: en 2009 TV3 era líder con más del 20% de share. Hoy es líder con el 12%.

La época de la influencia crucial de las televisiones ha pasado. Es cierto que Cataluña no sería igual sin TV3. Es la tele autonómica española con más presupuesto y con más audiencia. Pero al final cada catalán ha escogido qué televisión veía. El menú además ha ido creciendo con los años. Si TV3 hubiera sido la BBC, Cataluña sería probablemente distinta. Pero si TVE hubiera sido la BBC, hoy España (y Cataluña) también serían distintas.

Este domingo, el sexto capítulo: ‘La opinión dependiente’ 

Lee aquí los cuatro primeros:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’

El libro negro del periodismo en Cataluña (III): La prensa amiga

Pujol lee el ‘Avui’ en su casa. A su derecha, Marta Ferrusola. / SIGFRID CASALS / GETTY

Jordi Pujol apuntaló con dinero público cabeceras como el ‘Avui’ y llegó a escribir de su puño y letra las preguntas y las respuestas de sus entrevistas. Ni ‘El Periódico’ ni ‘La Vanguardia’ rompieron ese control sobre los medios, que se perpetuó durante los años del tripartito catalán.

Este miércoles, el cuarto capítulo: ‘El pozo con fondo’ 

Lee aquí los dos primeros:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad

Jordi Pujol apuntaló con dinero público cabeceras como el ‘Avui’ y llegó a escribir de su puño y letra las preguntas y las respuestas de sus entrevistas. Ni ‘El Periódico’ ni ‘La Vanguardia’ rompieron ese control sobre los medios, que se perpetuó durante los años del tripartito catalán.

Los periodistas Andreu Farràs, de El Periódico, y Salvador Sabrià, del Diari de Barcelona, salieron de un ascensor en un hotel de Montevideo en 1988 y se encontraron al presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona, el empresario Josep Maria Figueras. Los tres formaban parte de una gran comitiva que acompañaba a Jordi Pujol por América del Sur. Figueras les dejó caer que Uruguay no merecía la pena: “Se ha de tener mucho valor para invertir aquí”, les dijo.

Los dos periodistas incluyeron las declaraciones en sus crónicas. No estaban en el titular ni al principio. Farràs lo daba en el octavo párrafo aunque estaba también en un destacado. Sabrià lo daba en los dos últimos párrafos. El día en que salieron los textos, la jefa de prensa de Pujol, Eva Algarra, llamó a Farràs: “[El secretario de Presidencia] Lluís [Prenafeta] quiere hablar contigo”. Prenafeta esperaba en la recepción del hotel donde se hospedaban, ya en la siguiente etapa del viaje, en la ciudad brasileña de São Paulo.

Era el primer viaje de Ramon Pedrós, nuevo jefe de prensa de Pujol, que iba a sustituir a Algarra. En su libro La volta al món amb Jordi Pujol (Planeta, 2002), Pedrós describe así la escena: “Con la cara encendida y a gritos, Prenafeta gesticulaba mientras el periodista [Andreu Farràs] intentaba protegerse del vendaval, aguantando estoicamente la diatriba, bajando la cabeza”.

La escena tiene mérito porque Prenafeta es muy bajito. El secretario acusaba al periodista de inventarse las declaraciones. Mientras duraba la escena, apareció Figueras, el empresario. Farràs le pidió a Prenafeta que le preguntara. Pedrós reproduce lo que respondió Figueras: “Yo a este señor no lo conozco de nada. No lo he visto en mi vida”. Farràs se defiende aún hoy: “Era la palabra de dos [Sabrià y Farràs] contra uno”. Le pregunté a Farràs si ya en Barcelona se quejó ante su jefe de sección, Antoni Ribas, o ante su director, Antonio Franco. No lo recuerda. “Tampoco hubiera servido de mucho”, añade.

Prenafeta no guardó rencor a Farràs, que fue unos años después el jefe de Política de El Observador, el diario que el hombre de confianza de Pujol impulsó en 1990 para dar una visión en castellano de Cataluña y competir con La Vanguardia. Alfons Quintà, que había sido el primer director de TV3, fue el escogido para dirigirlo. En su primera entrevista con Quintà, Farràs le preguntó si Prenafeta estaba detrás del proyecto. Quintà le juró que no, dice Farràs. El Observador duró apenas tres años, pero prueba que Prenafeta no tenía manías para escoger a sus aliados.

En otro viaje de Pujol por el cono Sur unos años después, en 1997, aparecieron dos de sus hijos en la comitiva: Pere y Marta. En la crónica de cierre del viaje en La Vanguardia, el título es un regalo: Pujol acaba su viaje al Cono Sur ‘abrumado’ por el trato recibido. El subtítulo, aún más: La visita del president, un hito en la proyección de la Generalitat. Pero las últimas cinco líneas, sin ni siquiera ser un párrafo aparte, eran sobre los dos hijos, que habían salido ya en otros periódicos: “Respecto a la presencia de dos hijos (Marta y Pere) del matrimonio Pujol en distintas etapas del viaje, el president se mostró dispuesto a contestar en el Parlament una pregunta de Esquerra pese a que va dirigida al conseller de la Presidéncia, Xavier Trias”. En la dirección de La Vanguardia recuerdan el enfado del presidente como si fuera la bomba atómica.

Captura de pantalla 2015-09-13 a la(s) 12.17.24Crónica final del viaje de final de Pujol por el Cono Sur en diciembre de 1997. 

Pujol, periodista

Un diario de Girona había publicado una entrevista a Pujol. El president quería que La Vanguardia reprodujera las mejores frases y llamó a Lluís Foix, que permaneció en cargos directivos de La Vanguardia entre 1982 y 2000. Foix pidió a un redactor que preparara dos columnas. Al día siguiente, el president llamó para quejarse porque no le había gustado el titular. Era una entrevista sobre valores y Pujol insistía con los valores: “Presidente”, le dijo Foix, “me has hablado muchas veces de valores, pero primero son las conductas”.

“Nunca más me habló de valores”, recuerda Foix.

A Pujol le obsesionaban los titulares y las fotos, según Foix. Despreciaba en cambio los editoriales. “¡No los lee nadie!”, le dijo un día a Foix cuando le contó que iban escribir un editorial sobre un asunto que le interesaba. El president sabía jugar con la autoridad. En otra llamada a Foix le dijo: “¿Verdad que tú no mandas sobre los chistus [chistes en catalán es acudits; ‘chistus’ es un barbarismo]?”. “Era una manera de decirme que tenía poca autoridad”, dice Foix. “Quería que no tocáramos a su familia en los chistes”.  

El nivel de implicación y conocimiento de Pujol en la redacción era ridículamente exagerado. Alguna vez había pedido a Foix que pusieran “una ladilla”. Un “ladillo” es un título que sirve para romper una columna de texto.

El momento quizá más célebre del Pujol periodista fue la entrevista que mandó a La Vanguardia ya hecha. “¿Sabes quién es la persona que mejor me hace las entrevistas?”, preguntó a Foix el president. Foix esperaba que dijera algún periodista de La Vanguardia. “¡Yo!”, dijo Pujol.

A principios de 1990, cumplió y mandó una entrevista ya terminada. Arcadi Espada popularizó aquel episodio con un artículo en el Diari de Barcelona: Jordi Pujol, redactor jefe de Cataluña. Tapia y Foix discutieron qué hacer y optaron por publicarla. Para firmarla, recordaron una fórmula que usaba Le Monde:Declaraciones del presidente de la Generalitat recogidas por ‘La Vanguardia. Pujol usaba el recurso de preguntarse a sí mismo a menudo. Esos textos acabaron otras veces, según su jefe de prensa Ramon Pedrós, en otros periódicos o agencias.

Captura de pantalla 2015-09-13 a la(s) 12.20.32Aquí arriba, la autoentrevista que Pujol publicó en las páginas 11 y 12 de ‘La Vanguardia’ del 7 de enero de 1990. Aquí debajo, la nota al pie que idearon Tapia y Foix.

Captura de pantalla 2015-09-13 a la(s) 12.26.59Las ruedas de prensa eran otra especialidad de Pujol. Tenía dos trucos. El primero era repartir preguntas. Pedrós debía colocar entre los periodistas los temas que Pujol quería explicar: “Quería que pasara las preguntas mientras él empezaba. Era muy duro. Sólo alguna vez logré que esperara un poco antes de empezar para que diera las preguntas. Lo pedía más a amigos que a medios: ‘Ya sabéis cómo es’, les decía”. Había periodistas que se prestaban más. Andreu Farràs era uno de los que pasó por esas ruedas de prensa: “Sabías que Pujol colocaba preguntas pero no sabías cuáles. Algunas veces se pasaba: una vez le preguntaron por los sellos de la Generalitat”.

El segundo truco de Pujol era evitar responder a lo que no quería. Había una frase típica: “Això no toca. El presidente imponía su ley: “Eso quería decir que el poder político fijaba la agenda de lo que toca y no. No tenía gracia, pero nos reíamos”, dice Rafael Jorba, ex subdirector de La Vanguardia.

Pujol tenía un alto concepto de sí mismo. En 1990, el secretario de Estado más importante de la segunda mitad del siglo XX, Henry Kissinger, estuvo en Barcelona. Fue de visita a la Generalitat, donde charló con Pujol, que le contó el papel de Cataluña. La charla se alargó y Pujol, animado, pidió que dieran a Kissinger dos conferencias suyas sobre otros países traducidas al inglés, una sobre los Balcanes. El president parecía creer que su punto de vista sobre la política internacional iba a interesar a uno de los mayores expertos del mundo.

Captura de pantalla 2015-09-13 a la(s) 13.51.05Las correcciones de Jordi Pujol a una entrevista que había pedido revisar.

‘O Foix o Convergència’

Lluís Foix fue nombrado director de La Vanguardia en 1982. Entre 1974 y 1982 fue corresponsal en Londres y en Washington. Cuando volvió a la redacción de Barcelona, el editor Javier Godó, que acababa de hacerse con el mando, creyó que era el momento de nombrar a su primer director. El paso de Foix por Londres y Washington debía ser una garantía. Fue lo contrario. Enseguida le acusaron de tener una concepción demasiado norteamericana del oficio. A la vuelta de un viaje de Madrid, Miquel Roca se encontró con un periodista de La Vanguardia en la capital. En la charla, Roca dijo: “Para La Vanguardia es o Foix o Convergència”. Foix fue destituido poco tiempo después.

El conde nombró director entonces a Paco Noy y director adjunto a Manuel Ibáñez Escofet, que era el hombre de Pujol en la redacción y no se escondía. En 1990 El Periódico publicó un documento que circulaba por la Generalitat sobre la “recatalanización del país”. En el apartado de medios, un epígrafe decía: “Asuntos fundamentales. Introducir a gente nacionalista con una elevada profesionalidad y gran cualificación técnica entre los lugares clave de los medios de comunicación”. Ibáñez Escofet pudo ser uno de ellos.

Después de su destitución, Foix siguió como subdirector “no operativo”, tal como le llamaban, en la sección de Internacional. Aquellos fueron los años más difíciles para Pujol, con la querella de Banca Catalana. La Vanguardia estuvo a su servicio.

Pero incluso para el conde de Godó había un límite: La Vanguardia no era, en el fondo, el periódico de la Generalitat. La Vanguardia estaba cerca de las clases medias catalanas, que tendían hacia Convergència pero eran plurales. Aun así el diario podía simpatizar con Pujol  y hasta sacar partido económico de su Gobierno: La Vanguardia fue uno de los beneficiarios del dinero procedente de la empresa Casinos, que gestionaba los locales de juego en Cataluña y desvió dinero a CiU y a otras instituciones a finales de los años 80, según denunció en 1990 su director financiero Jaume Sentís.

Captura de pantalla 2015-09-13 a la(s) 12.37.43

Antes de las elecciones generales de 1986, La Vanguardia publicó un sondeo con una empresa nueva, Line Staff. Se presentaba Miquel Roca con un partido de centro: el Partido Reformista Democrático (PRD). La encuesta de El País auguraba al PRD entre uno y dos diputados en el Congreso. La Vanguardia decía que iban a obtener entre ocho y 12 escaños.

Al final el PRD no sacó ningún escaño. No es algo que el propietario del periódico pudiera encajar bien. La Vanguardia volvió a su firma demoscópica habitual: el Instituto Opina. Durante los años 90 y los primeros años del siglo XXI, sin embargo, La Vanguardia publicó algunos sondeos de Line Staff. Pero ya no eran encargados por el diario sino encuestas “a las que La Vanguardia había tenido acceso”. Es decir, encuestas que les habían pasado.

En 2002 El País publicó una información titulada El Gobierno de Pujol ha pagado encuestas a Line Staff a un precio que triplica el del mercado. El periodista, Pere Rusiñol, escribía: “Line Staff ha estado varias veces en el ojo del huracán político por las estrechas relaciones que mantiene con CiU y el Gobierno catalán”.

‘Hay que llevarse bien con Pujol’

En Madrid mandaba Felipe González. Joan Tapia, que había vuelto al periódico después de haber sido asesor del ministro de Economía Miguel Boyer, podía ser un recambio para Noy. Godó pudo pensar que no estaría mal cobijarse bajo la sombra del otro gran poder en España y dijo un día en un acto público que Tapia podría ser un buen director.

El encargo del conde para Joan Tapia era claro. “Javier Godó quería hacer un diario moderado y plural”, dice ahora Tapia. “Me nombra director no para ir contra la Generalitat (porque me dice claramente que hay que llevarse bien con Pujol). Pero quiere defender a la empresa: ésta es nuestra casa, no la suya”. Godó creó ese año el equipo de investigación formado por Eduardo Martín de Pozuelo y Jordi Bordas. Era otro modo de asustar a Convergència.

La Vanguardia se tomó su venganza con Prenafeta. El equipo de investigación publicó en 1990 varias páginas dedicadas al papel que tenía Prenafeta en el consejo de administración de una empresa, Iberia de Seguros. Al cabo de unos meses, Prenafeta dimitió pero no olvidó. En sus memorias, responsabiliza de su final político a La Vanguardia: “La querella que me puso el fiscal jefe de Cataluña, señor Jiménez Villarejo, se basó en las 21 páginas que La Vanguardia me dedicó, en muy pocas semanas, para intentar demostrar que yo actuaba en una sociedad de seguros”.

Martín de Pozuelo recuerda que vieron entrar “de casualidad” un día que estaban en la barcelonesa Casa Batlló a Prenafeta en un consejo de administración. Preguntaron al portero y ataron cabos. 

Pero el trato a Prenafeta fue insólito. La noticia de Bordas y Pozuelo salió el 19 de noviembre de 1989. Hasta el 1 de diciembre, La Vanguardia le dedicó cinco piezas más a los chanchullos de Prenafeta con Iberia. La insistencia es un comportamiento poco habitual en La Vanguardia. “Es más bien al contrario: cuando llevas tres días con un tema en portada te dicen que pares”, dice Santiago Tarín, en La Vanguardia desde 1985 y centrado en Tribunales e investigación. Ésta es la teoría de Tarín: “En La Vanguardia desarrollas la técnica del cazador. Te colocas detrás del seto y esperas. Siempre habrá un momento en que podrás darle una perdigonada a alguien. Entonces debes ir con papeles y todo preparado”.

En 1994 dimitieron dos consejeros sucesivos de Obras Públicas del Gobierno de Pujol: Josep Maria Cullell y Jaume Roma. Cullell estaba acusado de presionar a un alcalde para favorecer a su cuñado.

El Mundo publicó a partir del 6 de noviembre de 1994 y durante varios días unas conversaciones telefónicas donde Cullell presionaba al alcalde: Cullell presionó a un alcalde de CiU para que comprara un terreno de su cuñado era el titular de El Mundo.

El domingo 7 de noviembre La Vanguardia publicaba en portada: Cullell se revuelve contra el Ayuntamiento por el caso de la clínica New Teknon. No había ni una palabra de las grabaciones, que sólo salieron el lunes 8 en una pieza diminuta en páginas interiores titulada El Mundo publica otra conversación de CullellEl texto tenía tres frases.

Al día siguiente, José Antich, que entonces estaba en la sección de Política, publicaba una información sobre las intenciones de Pujol: “Las denuncias de tráfico de influencias precipitan la remodelación del Govern”. En periodismo eso se considera “noticia” y no es tan sencillo: requiere llamar al presidente, que se ponga y que lo explique. Son favores difíciles de lograr. Cullell duró 10 días más. Pero La Vanguardia nunca acabó de explicar qué había ocurrido. Las noticias las publicaban otros periódicos.

El 1 de junio de 1995 El Periódico publicaba en exclusiva una querella contra el sucesor de Cullell, Jaume Roma. El titular de El Periódico era suave: Una quiebra salpica al conseller Roma. El titular iba pequeño en portada y la noticia iba en la sección de Economía, no en la de Política. Ni siquiera abría Economía: la noticia principal era La escasez de cereal amenaza al IPC.

Al día siguiente El País titulaba con más claridad Un consejero de la Generalitat acusado de malversación dice que se querellará y La Vanguardia lo hacía así en la página 33, dentro de la sección de Sociedad: Cinco subcontratistas acusan al ICS de adjudicar obras a dedo. En El País las palabras “Jaume Roma” aparecían después de las 10 primeras. En La Vanguardia, “Jaume Roma” salía en la línea 16.

La Vanguardia favorecía a Convergència i Unió porque mandaba y porque era un diario conservador, como el partido. “La Vanguardia es un diario prudente, conservador; más que ideológicamente, es conservador con lo que hay: no se quiere enfrentar a los gobiernos. Nunca es un diario antigubernamental”, dice Tapia. Esa defensa hace que, según Tapia, “las informaciones que hacen daño al pujolismo salgan un poco por casualidad. No son el objetivo pero salen. Podíamos no ser esclavos del régimen pujolista. Pero no era nuestra idea ir en contra. Entre otras cosas porque nadie quería ir”.

Todos los medios tienen tendencias aunque en las mejores cabeceras esa adscripción es a una corriente ideológica (progresista, conservadora, catalanista, cristiana) y no a unas siglas de partido. Los medios en Cataluña, con el Grupo Godó al frente, siempre han recibido ayudas públicas: “Pujol quería medios débiles para que fueran a mendigarle”, dice Tapia. El problema es saber si todas esas ayudas eran subvenciones más o menos regladas o había de otros géneros.

PACO JUNQUERA / GETTY
Pujol de visita en un pueblo de Castilla y León. / PACO JUNQUERA / GETTY

Sostres en Baqueira

En el invierno de 1997 Salvador Sostres trabajaba para La Vanguardia. Hacía una sección pequeña donde recomendaba restaurantes en Barcelona. El redactor jefe de Política, José Antich, le pidió en Navidad si podía ir a hacer unas crónicas a Baqueira Beret, donde pasaban las fiestas el Rey Juan Carlos y el presidente José María Aznar. Antich le dijo a Sostres -que aún no era un columnista célebre- que siguiera a la comitiva de prensa y le fuera contando.

Antich hizo otra cosa: le dio el número de Sostres a Josep Sánchez Llibre, miembro de Unió Democràtica y diputado en el Congreso de los Diputados por CiU, un cargo que todavía ejerce. “Yo estaba subiendo hacia Baqueira y Sánchez Llibre ya me llamó para saber a qué hora llegaba”, dice Sostres. La presencia del político ya no le abandonó en la semana que estuvo en Baqueira: “Menos follar hicimos todo juntos”.

Incluso cuando lograba escabullirse, a Sostres se le aparecía Sánchez Llibre: “La noche de fin de año fui a cenar con unos amigos periodistas a un hotel por allí. Éramos 12 o 13 y cuando fui a pagar, ya estaba pagado”. Después de las 12 campanadas, “la primera llamada del año no fue de mi madre sino de Sánchez Llibre”. El objetivo central eran las crónicas de Sostres: “Él te decía qué tenías que escribir. ‘¿Tienes para apuntar?’, me preguntaba”.

sostres

La Vanguardia publicó cuatro crónicas de Sostres desde Baqueira. En todas salía Josep Antoni Duran i Lleida, líder de Unió, aunque no viniera a cuento. En la más breve (dos párrafos) el titular era El Rey, objetivo constante de los fotógrafos. El segundo párrafo empezaba así: “Josep Antoni Duran Lleida fue también protagonista al efectuar sus primeras declaraciones en Baqueira”. El titular de la pieza más larga era sobre una reunión entre Duran y Aznar y el subtítulo era el siguiente: El presidente se reúne con el líder de Unió antes de verse con Pujol.

En la última crónica, Sostres hizo un pequeño homenaje a su anfitrión. Pidió (o alguien pidió) a dos monitores de esquí que puntuaran a sus alumnos: la copa fue para el entonces Príncipe Felipe y dos medallas de oro para Don Juan Carlos y Doña Sofía. Las medallas de plata eran para el secretario de Estado de Hacienda, el ministro Rodrigo Rato, Duran i Lleida y Sánchez Llibre, que era según los monitores “el político más simpático de las pistas y el que sabe elegir con la misma elegancia los forros polares que las corbatas”. En 2013 Sostres escribía: “La prevalencia que por ejemplo tiene Duran en la política catalana, pese a su indemostrada fuerza electoral, tiene mucho que ver con lo bien que le ha tratado siempre La Vanguardia”. Sabía de lo que hablaba.

Así trabaja José Antich

José Antich sustituyó a Joan Tapia en la dirección de La Vanguardia en el año 2000. En 1999, Pujol había ganado por los pelos su último mandato y tenía en el Parlament el apoyo del Partido Popular. En Madrid, Aznar acababa de conseguir la mayoría absoluta. Era un mal momento para un director como Tapia nombrado en los mejores años de Felipe González. En la campaña de las generales de 2000, cuatro periodistas de La Vanguardia fueron a La Moncloa a entrevistar a Aznar. Cuando acabaron, Antich se puso a preguntar al presidente por problemas familiares con una confianza insólita.

Antich sabe por qué lo hicieron director: “Cuando a mí me ficha [de director] el conde, no es porque tuvieran problemas con Convergència, que Tapia y Foix ya tenían bien resueltos. Tenían problemas con el Gobierno del PP”.

A José Antich le precede su fama. Es un maestro en las relaciones humanas y en el difícil arte de engatusar al poder. Así describe Antich su modo de hacer periodismo:

En periodismo no hay un sistema mejor o peor que otro. Debes escoger el sistema en que te mueves cómodamente y puedes preservar tu independencia. La manera en que yo preservo mi independencia no tiene por qué ser la de otro. Conozco a muchos periodistas que creen que la mejor manera de que un político no te contamine es no hablar con él. Yo creo que la mejor manera es estar muy cerca de él, pero a la vez un punto alejado para que cuando estire el brazo no pueda atraparte. Que me pueda rascar pero no atrapar. Es la manera más ventajosa para llevar información a mi medio. Siempre me ha funcionado.

Antich no está cerca (o muy cerca) de un político sólo para hacerle la pelota. Éste es el trato que le propone: “Yo necesito información. Si la tengo el primero, las cosas irán bien. Si la tengo el segundo, las cosas no irán bien. Tendremos problemas. No podremos tener una relación objetiva”.  

La pregunta obvia es si alguna vez se ha manchado por haber estado tan cerca y ha tenido que decir cosas que no quería: “Seguramente sí. No puedo ser objetivo [al hablar] sobre mí mismo. Si eso ha pasado alguna vez, hay que poner en una balanza qué he traído y qué he perdido”. Eso tiene un nombre que el mismo Antich pone a su labor: “He jugado muy al límite”.

La revista Mongolia publicó el libro Papel mojado. Allí se decía que el PP catalán, cuando lo dirigía el hoy ministro Jorge Fernández Díaz, mandaba a menudo sobres con dinero a Antich. En el sumario del caso Pallerols, sale “el periodista Pepe”, que recibía favores de Unió y que muchos identifican con Antich.

¿Por qué no se ha querellado? “No conozco ningún caso de personas que en casos así se hayan querellado y hayan ganado. Traté el tema con el diario. Me dijeron que yo era director de La Vanguardia, que acabaría haciendo más barullo, que no le diera más vueltas”, responde Antich. He hablado con la fuente de Mongolia sobre los sobres del PP. Describe con precisión las peticiones que le llegaban, el modo en que buscaba el dinero y la mujer que hacía de correo hasta la casa de Antich.

Pasqual Maragall y Jordi Pujol se enfrentaron en las elecciones de 1999. Xavier Roig dirigió la campaña electoral de Maragall en 1999 y recuerda muchas dificultades con La Vanguardia: “Yo decía a la dirección de La Vanguardia que los textos de Antich no eran verdad, pero me decían que no se podían meter. Era todo bastante lamentable”.

Desde la dirección del periódico admiten también dificultades con la sección de Política, dirigida por José Antich. Lluís Foix recuerda un día en que había cuatro páginas para Pujol y una para Maragall. En Política quitaron la de Maragall y Foix se impuso para reponerla. “En el 99 yo no marcaba la línea”, dice Antich. “Era otro que me había dado su confianza. Si yo pasaba por ser convergente, él [Joan Tapia] pasaba por ser socialista. La responsabilidad debe ser de quien dirigía, que dejaba hacer. Nunca recibí una indicación de ‘Oye Pepe, quizá nos estamos pasando’”. El director tenía dos opciones: permitir que hiciera su trabajo o destituirle. Permitió que siguiera con su trabajo. Menos de un año después, fue Antich quien sustituyó a Tapia.

Los pueblerinos de Maragall

Maragall fue jefe de la oposición en el Parlament hasta 2003. En una entrevista con Manuel Fuentes emitida en Telecinco en 2002, llamó “pueblerinos” a quienes querían estrecharle la mano.

El periodista Manuel Trallero debía hacer una crónica. El director, Antich, y el redactor jefe de Política, Jordi Barbeta, querían que aprovechara el texto para destacar la frase de Maragall. “Era la típica astracanada de Maragall, no le veía el interés”, dice Trallero. “Yo había visto la entrevista, pero les dije que no la había visto para evitar hacerlo”.

Barbeta le dijo que no había ningún problema, que fuera a la redacción y que le volverían a poner el programa en vídeo. Trallero fue, hizo el texto y puso el comentario en el quinto párrafo. “Querían más sangre pero les dije que hicieran lo que quisieran y me fui”, recuerda. En el texto de Trallero aparece destacado el comentario de Maragall. Se nota además que se hizo con prisa porque está lleno de erratas. Trallero se había olvidado el reloj en la sala del vídeo. Cuando volvió, el encargado sacaba la cinta. En la etiqueta ponía “Departament de Presidència”. Era el departamento que entonces dirigía Artur Mas.

Captura de pantalla 2015-09-13 a la(s) 12.51.59

Con Antich de director, otra de las víctimas iniciales fue el equipo de investigación, que fue desmembrado. “Nos dijo que no creía en la investigación”, recuerda Martín de Pozuelo. Ésta es la explicación que da Antich: “Sólo puedes dedicarte a la investigación periodística si te vas a dedicar a fondo. La historia nos demuestra que el 80-90% de lo que llamamos investigación periodística son investigaciones policiales pasadas a periodistas”.

Antich centró su periódico en la política catalana, Barcelona y la economía. “No nos servía descubrir temas de la mafia italiana”, dice Antich. La mafia era uno de los temas que Pozuelo y Bordas habían trabajado en los 90. Pero entonces no era la guerra de Antich. “Los diarios pueden dar varias batallas pero nunca todas las batallas”, concluye.

Sin equipo, Martín de Pozuelo siguió sacando algún tema en profundidad, sobre todo de Franco: “Era mi modo de trabajar; siempre hago un par de llamadas de más”, dice. Pero había poco sobre Cataluña. Los tres grandes trabajos del equipo de investigación, según Pozuelo, habían sido “la mafia en España, los desaparecidos españoles en las dictaduras de Argentina y Chile y los secretos del franquismo [a partir de los archivos sobre España del espionaje norteamericano]”. Era un modo de hacer periodismo, pero de lejos. El motivo para Pozuelo es el carácter de su periódico: “La Vanguardia nunca ha tenido un objetivo político sino periodístico; no tenemos más objetivo que ir informando”, dice.

La alianza de los Pepes

La influencia de Convergència en La Vanguardia ha tenido al menos tres frentes: trasvase de dinero público en metálico, en licencias audiovisuales o en compra de ejemplares; las llamadas constantes y los  periodistas puntuales afines dentro de la redacción. Pero el diario estaba de algún modo bien hecho o los catalanes confiaban en él: ha sido el más vendido en Cataluña durante toda la democracia.

Antich logró que la buena relación con la Generalitat se mantuviera en los años del tripartito. Al menos siete personas de dentro del periódico y de la administración me han dicho que el motivo fue la alianza de Antich con el secretario de organización del PSC, José Zaragoza. Les llamaban “los Pepes”.

El pacto tácito era seguir con las mismas ayudas a cambio de no disparar contra el president. Antich tenía fácil su parte del trato: “La Vanguardia nunca ha estado históricamente en contra de ningún presidente”, dice.

Toni Bolaño –que tuvo un enfrentamiento público con Jordi Barbeta, jefe de Política en años de Antich- recuerda ese buen trato con Montilla: “A veces sacaban un artículo diciendo que Montilla era la pera: alto, rubio y con ojos azules”. Eran elogios exagerados para cumplir. El resto del Gobierno y sus socios en cambio no salían tan bien parados. Tal como ha acabado la historia con la dimisión de Zaragoza por las grabaciones del restaurante La Camarga, no parece que su afán por proteger a su partido haya sido un éxito: “Zaragoza no tiene fama de pardillo ni de dejarse liar. Si una persona logró liarlo una vez, quizá es que se dejó o que le interesaba dejarse liar”, dice Antich en alusión a la dirigente popular Alicia Sánchez-Camacho. 

Antich admite que David Madí, secretario de Comunicación de Artur Mas, les ayudó mucho durante el último Gobierno de Jordi Pujol: “Es posible que la actuación de Madí entonces no fuera neutra”. Madí dice que no recuerda nada raro pero que Antich “puede estar mosqueado con su antigua casa”. Sea como sea, Antich advierte que Madí “dejó la política en 2003 y nuestra posición es mejor hoy que entonces”. Por tanto, dice Antich, “si ponemos el mérito de la gente que ayudó no puede quedar fuera Zaragoza; también nos ayudó mucho”. Esta doble ayuda cristalizó incluso en cenas de Antich con Madí y Zaragoza “cuando aún se hablaban”.

‘El Periódico’ no es el rebelde

El empresario Eloi Martín tenía en 1996 una empresa de informática y otras dos que trabajaban para el Servicio Catalán de Ocupación en cursos de formación y orientación. Un día le mandaron por fax una petición para justificar una cantidad muy alta: “Era muy confuso. La cantidad no se parecía en nada a lo que habíamos hecho”, dice Martín. Cuando llamó para confirmar de qué se trataba, le dijeron que o firmaban o dejaba de trabajar para la Generalitat.

Martín reconoció el fraude y quiso que se publicara. Fue a los dos periódicos principales: La Vanguardia y El Periódico. Explicó su caso en recepción y salieron a recibirle dos personas de cada periódico. Martín no supo los nombres. “Me dijeron que no interesaba, se nos sacaron de encima”, dice. Cuando volvía a casa, vio la redacción de El Mundo. Salió a recibirles Xavier Rius, que aceptó, investigó unos meses y publicó el tema. Fue sólo un destello de lo que años después sería el caso Pallerols de corrupción en cursos subvencionados por la Unión Europea. Dos años después, Martín y Rius creaban eNotícies, el medio digital más rebelde en catalán.

El periodista Rafael Wirth cuenta un caso similar en una entrevista en eldiario.es:

En 1984 investigué el modo extraño como se estaba preparando la creación del Hipódromo de Catalunya. Decían que la empresa que lo quería gestionar, Cirsa, daba dinero a Convergència Democràtica. Estuve trabajando este tema durante un año y encontré irregularidades. Al final, ‘La Vanguardia’ me paró y me dijo que me olvidara del tema. [El consejero] Macià Alavedra los llamó y dijo que estaba metiéndome demasiado en este asunto y le estaba creando problemas.

Los problemas no los ponían sólo los políticos o los directivos de periódicos. Un periodista de La Vanguardia me ha contado este caso. Uso una versión sin atribuir porque coincide en el fondo con otros dos episodios parecidos:

Tengo un grupo de amigos de la infancia. Muchos eran ‘pujolistas’. Un día hace años uno, que tenía una empresa, me dijo: “Me han aconsejado que vaya a ver al hijo de Pujol para que me consiga contactos”. Le dije que no perdiera el tiempo, que le cogerían el dinero y no le darían los contactos, que ya estaba dado. Así fue. Años después, cuando Pujol confesó, me dijo: “Tenías razón, todo eso de las comisiones era verdad”. ¡Después de vivirlo, sólo se lo creyó cuando confesó Pujol!

Pujol en Madrid. Antonio Franco, con barba, es el séptimo periodista por la derecha. / PACO JUNQUERA / GETTY
Pujol en Madrid. Antonio Franco, con barba, es el séptimo periodista por la derecha. / PACO JUNQUERA / GETTY

Si algún periódico catalán podía romper esta ensoñación era El Periódico. Competía en lectores con La Vanguardia y tenía unos números de audiencia formidables. No tenía por qué condescender con el pujolismo ni con otros partidos pero lo hacía. El motivo último era la debilidad empresarial del Grupo Zeta. Su director fundador, Antonio Franco, describe así el papel de El Periódico: “No conseguimos superar las dificultades objetivas para informar mejor, pero conseguimos vivir internamente como si fuéramos libres y haciendo putadas. Pero eran putadas puntuales, no estructurales”.

Una de esas putadas fue el caso del 3% en febrero de 2005, en pleno tripartito. El president Pasqual Maragall dijo en el Parlament a Artur Mas: “Ustedes [Convergència] tienen un problema y ese problema es el 3%”. Se refería a las presuntas comisiones que Convergència cobraba de constructoras que hacían las obras públicas en Cataluña. Maragall lo soltó sin ningún otro dato, sin ninguna prueba y rectificó en el mismo pleno.

El origen de la frase de Maragall fue un editorial de El Periódico que, según Franco, “resumía la impotencia de los eunucos: lo sabemos pero no lo podemos demostrar”. El asunto estaba de actualidad por el agujero en el Carmelo, un barrio popular de Barcelona cuyas casas se habían agrietado durante la construcción de la línea 9 del metro. Así eran los dos párrafos clave:

Han existido defectos en el proceso de construcción [del túnel del Carmel]. Se debe determinar si el ahorro económico en materiales y en elementos de seguridad responde a negligencias profesionales, o a que posibles comisiones ilícitas iniciales o subcontrataciones abusivas han desviado de la obra parte del dinero necesario para efectuarla correctamente.

Llega la hora de investigar, por ejemplo, si todo lo que se dice en Cataluña sobre el destino del 3% del dinero de las obras públicas adjudicadas años atrás ha acabado influyendo en el grosor de los encofrados o en el número de catas de la obra del Carmel. También es la hora de lamentar que la nueva Administración catalana esté tardando tanto tiempo en sentar, de una vez, unas nuevas reglas de juego en las adjudicaciones.

Franco no tenía pruebas de que las comisiones o las adjudicaciones poco transparentes hubieran perjudicado el grosor del túnel. Así que hizo un editorial: “Aprovechamos el Carmelo para explicar a la gente qué significan las comisiones”, dice. Según Franco, no había otra manera de contar aquello si no era en un texto de opinión: “La pretensión era que lo que no se pueda sostener ante un tribunal, no lo voy a publicar. Pero voy a intentar crear el ambiente, el estado de opinión de que esto existe”.

Jordi Corachan era uno de los dos miembros del equipo de investigación de El Periódico. Intentó buscar pero tuvo poca suerte: “Había una omertà. No prosperabas. No hablaba ni Dios”. El director, Antonio Franco, cierra así el argumento: “El Periódico ha hecho lo que ha podido. Pero no había un puto testimonio fiable. Vivimos de los rebotados en los conflictos. Aquí en Cataluña había una cosa fantástica: a los rebotados en los conflictos, si tenían alguna posibilidad de hablar, los indemnizaban correctamente”.  

Es una queja habitual entre periodistas catalanes que intentaron saber más de la familia Pujol o de otros casos célebres de corrupción. Pero algo más se podía hacer. En plena crisis del 3%, cuando los periódicos ya hablaban de una “crisis de gobierno”, El Mundo hizo esta portada: CiU recibe desde hace 12 años 5.500 euros al día de forma opaca. El subtítulo decía: Recaudan en Cataluña el 50% más que el PP en toda España. Los dos periodistas que firmaban habían consultado el Tribunal de Cuentas. Era más de lo que se dijo en Cataluña.

La presión política de un periódico no sólo dependía de la búsqueda de nuevas noticias. También del modo en que se trataban. El Periódico solía disimular sus temas más potentes. El abogado chileno de Filesa, Carlos Alberto Van Schouwen, encontró en un periodista de El Periódico, Luis Alberto Fernández Hermana, alguien en quien confiar sus sospechas sobre la financiación ilegal del PSOE.

El Periódico investigó durante semanas. Franco no acababa de fiarse del asunto y no lo sacaban: “Hablábamos con un tipo que no sabíamos quién era [Van Schouwen] y que venía con fotocopias. Yo quería originales. Mis compañeros me decían que yo era un loco peligroso, pero yo les decía que también sabía hacer fotocopias falsas impecables”.

Al final Van Schouwen llevó el material que El Periódico ya había investigado a El Mundo. Cuando El Periódico supo que El Mundo iba a publicarlo, lo sacó el mismo día. Pero la publicación fue distinta. En El Mundo abría el periódico a cinco columnas: Sociedades del PSOE cobran cientos de millones a grandes empresas y luego pagan gastos electorales. El Periódico lo sacó por debajo a dos columnas con un titular más discreto: Dos empresas cobran por extraños estudios para financiar el PSOE. Dentro El Mundo dedicaba tres páginas de información. El Periódico sólo una y con este titular: Dos empresas recaudan para el PSOE.

La sensación de importancia no es la misma en ambos casos. Si luego la tele, la radio y otros periódicos no insisten, el tema se apaga. Los casos de corrupción no son fáciles de seguir: entre los presuntos y las conexiones ocultas cuesta saber qué ocurre. Sin el repique de muchos medios, uno solo no llega muy lejos. Aún menos si apenas insiste.

El catalán juega en otra liga

El Periódico fue el primer gran medio en hacer la doble edición castellano-catalán en 1997. Había un hueco para aumentar su audiencia, vender más periódicos y una opción de recibir subvención automática por el catalán. El presidente del Grupo Zeta, Antonio Asensio, y el director de El Periódico, Antonio Franco, fueron a presentarle el proyecto al president.

“Asensio creía que saldría de allí con la Creu de Sant Jordi”, dice Franco, que era más escéptico. Pujol dijo años después al profesor Josep Àngel Guimerà que sus dos grandes logros en los medios para normalizar el catalán fueron la tele y El Periódico en catalán. Pero aquel día Asensio y Franco no hicieron feliz al president: “deberíais dejar de salir en castellano”, les dijo Pujol según Franco. “Entonces me haríais feliz”, añadió. Franco se negó. La relación distante pero necesaria entre Pujol y el Grupo Zeta siguió.

El diario Avui nació el 23 de abril de 1976 con una espectacular campaña de suscriptores y socios antes de salir. Pero enseguida fue mal y se acabó el dinero, sobre todo por tremendos problemas de distribución de los ejemplares. Su primer director, Josep Faulí, se fue rápido por falta de confianza de la propiedad, llena de fieles a Convergència, que aún no gobernaba.

Pujol leyendo un ejemplar de ‘Avui’. A su derecha, su esposa, Marta Ferrusola. / SIGFRID CASALS / GETTY

Jordi Maluquer sustituyó a Faulí. Estuvo cinco años, pero el periódico no se recuperó. Nunca lo hizo. El gerente de El Correo Catalán, José Manuel Novoa, se hizo cargo a principios de los 80 de ambas empresas. El Correo era de Pujol y al Avui siempre le llegaba dinero de algún lugar. Cuando Novoa no tenía, se lo pedía al administrador único, Carles Sumarroca Coixet, hoy imputado en el caso que instruye el juez José de la Mata. Novoa cuenta así cómo se financiaban entonces los periódicos que gestionaba:

‘El Correo’ no se financiaba solo. Necesitaba unos cinco millones de pesetas cada mes. Sumarroca me decía: “Ve a La Caixa y pide un crédito de tanto”. Yo ya sabía, no tenía que preguntar. Iba allí y decía: necesitamos un crédito. “No se preocupe”, me decían. Les enseñaba los balances y les decía: “Deben hacerse unos retoques”, que significaba que eran mentira. El tipo aceptaba y ya. A este nivel todos saben qué papel hacen.

Avui fue perdiendo dinero durante los 90. El president Pujol reconocía en 2009 en una entrevista con el profesor Guimerà que “era un símbolo: una publicación catalana, de lengua y mentalidad” y “por eso lo ayudamos tanto”. La empresa editora de Avui, Premsa Catalana, vivía a expensas de las ayudas externas y del dinero público. Ramon Pedrós, jefe de prensa de Pujol, cuenta que el conseller de Turismo en 1991, Lluís Alegre, tuvo que firmar en un viaje a Holanda unos cuantos cheques que fueron llevados a Barcelona enseguida para que en el Avui pudieran cobrar la nómina. La historia de la empresa editora está llena de intentos de ampliación de capital.

En 2003 el tripartito recién llegado se encontró con el agujero económico de Avui: “Si lo dejábamos morir, qué hubieran dicho los salvapatrias”, se pregunta Jordi Mercader, director entonces de la Oficina de Difusión. Pusieron más dinero y buscaron dos inversores que mantuvieran el periódico a flote sin hacerse cargo de las deudas: Lara, del Grupo Planeta, y Godó. La apuesta de Lara y Godó duró unos años pero en 2009 se lo quitaron de encima. Entonces la Generalitat aún era la propietaria del 20% de la empresa. El tripartito salvó así a un periódico que simpatizaba históricamente con el nacionalismo.

Un diario nuevo

La Vanguardia empezó a publicarse en catalán en 2011. Unos meses antes, en noviembre de 2010, salió otro periódico en catalán que estaba llamado a jugar un gran papel: Ara. Cinco años después, es líder digital y tiene 31.000 suscriptores pero en papel vende apenas 14.000 ejemplares, 10.000 menos que El Punt Avui. Aún no es un diario rentable y tampoco ha cumplido por ahora las expectativas iniciales. Su impulsor fue Oriol Soler, del grupo cooperativista Cultura03. Buscó empresarios y estrellas de la tele que dieran solidez y fama al proyecto.

Soler creía que en la primera década de los años 2000 “era necesaria una plaza para pensar el país que venía: era un momento equivalente al nacimiento de Le Monde después de la II Guerra Mundial o de El País después de la Transición”.

Acertó en que iban a pasar cosas gordas: “Venían grandes cambios en el mundo y era evidente que en Cataluña se movían cosas profundas”. Más allá del espacio social, en la prensa Soler también veía un hueco. Aquí es donde también empieza a verse la falta de éxito de Ara respecto a sus pretensiones: “Nosotros vinimos para competir con El Periódico y La Vanguardia, no con el Avui. Mi tesis era: en Cataluña hay lugar para dos plazas. La plaza del pasado probablemente es La Vanguardia y la plaza del futuro la queríamos ocupar nosotros”. El Periódico debía quedar ya fuera del plano, pero los números de Ara están de momento lejos.

Dos años después de la creación de Ara, Soler salió de la empresa por diferencias empresariales. Cree que el único responsable de su fracaso en Ara es él:

El gran error del ‘Ara’ es editorial, no financiero. Y eran errores míos: el director, no haber dedicado más tiempo. El problema del ‘Ara’ es que nacimos para hacer una cosa que no supimos hacer. No era para llevar el país a la independencia sino para poder hablar tranquilamente sobre el país que queríamos y construir un paradigma de país moderno que seguramente sería independiente, claro. ‘El País’ en su momento nace para dibujar una España nueva y en esta lógica nacía el ‘Ara’ y no supimos hacerlo bien. Si te compras un horno de pan para hacer pan y haces cruasanes, pues no haces pan. El proyecto no funcionará.

El tópico dice que Ara es un periódico de buen rollo, tierno, juvenil, que apenas muerde. ¿Existiría el Ara sin las subvenciones anuales por publicar en catalán? Probablemente sí. Es un diario con una estructura manejable respecto a sus competidores.

Pero Ara no ha aprovechado del todo bien sus primeros años de vida. Sólo sobrevive. Su madurez debería ser contar cosas que alguien -incluso cercano ideológicamente- no quiera oír. He hablado con tres redactores o ex redactores de Ara pero ninguno ha querido que le cite en esta serie. Hay una prevención especial. Da la impresión que Ara no es tierno porque reciba dinero público o no sólo por ese motivo.

Siempre en off the record, un periodista del Ara ha contado cómo ha preferido disimular antes de crujir a miembros de su partido predilecto que le contaban hechos contradictorios. Otro periodista ha tenido que tragarse noticias valientes porque algunos jefes no querían luego recibir llamadas. Son pasos que dejan de darse y luego puede ser difícil remontar. Las noticias no son siempre buenas para el equipo de casa. A largo plazo acaba por notarse. Aunque es más fácil redirigir periódicos con cinco años de vida que con décadas o siglos.

Este miércoles, el cuarto capítulo: ‘El pozo con fondo’ 

Lee aquí los dos primeros:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad

El libro negro del periodismo en Cataluña (II): La comunidad

El ‘president’ después de reunirse con Felipe González. / PACO JUNQUERA / COVER / GETTY IMAGES

Jordi Pujol puso a sueldo de la Generalitat a periodistas críticos como Alfons Quintà o Wifredo Espina. Pero el dinero nunca fue su único recurso para acercar a periodistas catalanes rebeldes. Los otros dos eran el miedo y Cataluña.

Lee aquí el primer capítulo: La corrupción

Jordi Pujol puso a sueldo de la Generalitat a periodistas críticos como Alfons Quintà o Wifredo Espina. Pero el dinero nunca fue su único recurso para acercar a reporteros rebeldes. Los otros dos eran el miedo y Cataluña.

El periodista Arcadi Espada entró a trabajar en la redacción de Barcelona de El País en 1991. Con 34 años cumplía uno de sus dos objetivos en la vida. El otro era publicar un libro en Anagrama y lo logró unos años después. “Llegué a El País con el convencimiento de que había llegado a la cima de mi generación”, dice Espada. Probablemente por su miopía, Espada suele mirar el mundo de arriba abajo. No le hace falta ser alto: “Cuando llegué a El País, crecido como soy, era ya la hostia. Estaba dispuesto a decir a todo el mundo que eran unos medio mierdas”.

A los pocos días de entrar, esa sensación sufrió una convulsión. Llevaba 15 minutos de charla con Enric Company, un colega de la redacción, que le dijo: “Aquí estamos sitiados”. Company recuerda un adjetivo más suave: “Aislados”. En la cima de Espada había en Cataluña redactores asustados. El origen preciso de aquella marginación era una noticia que El País había publicado el sábado 19 de mayo de 1984: Inminente querella del fiscal general del Estado contra Jordi Pujol y otros responsables de Banca Catalana. El Estado acusaba al presidente de la Generalitat de haberse lucrado ilegalmente con el banco que dirigió en los años 70.

El 29 de abril de 1984 Pujol había sido reelegido presidente con su mayor mayoría absoluta. Un mes más tarde y sólo una semana después de la querella, fue la investidura. Fuera del Parlament miles de personas coreaban “Felipe y Guerra atacan nuestra tierra” y “Fuera las fuerzas de ocupación”. A pesar de la protección de los Mossos, el líder socialista catalán, Raimon Obiols, se llevó golpes y amenazas: “Matadlo, matadlo” y “Obiols, botifler”, que es la versión catalana de “traidor”.

Los manifestantes acompañaron a Pujol y a su Gobierno en una lenta comitiva desde el Parlament al Palau de la Generalitat. Llevaban pegatinas de “Jo, Pujol”. Cuando llegó a Palau, el president salió al balcón. Dijo frases célebres: “En adelante de moral y ética hablaremos nosotros”, “Cataluña no es una cosa con la que se pueda jugar” o “Gracias por esta extraordinaria manifestación con la que apoyáis a las instituciones de Cataluña, no a mí, y sobre todo [gracias] porque apoyáis a Cataluña”. Aquel 30 de mayo de 1984 es el día que tradicionalmente se ha tomado como el inicio de la identificación de Pujol con Cataluña. Si se criticaba al president Pujol, se atacaba a Cataluña.

horizontal

Así cubrió ‘La Vanguardia’ las protestas contra la querella del ‘caso Banca Catalana’ en mayo de 1984.

El efímero cuarto poder

La madrugada del 19 de mayo en que El País imprimió la noticia de la querella contra Jordi Pujol, el periodista José Antonio Sorolla tuvo una sensación especial cuando la rotativa empezó a girar. Fue especial porque se sentía Humphrey Bogart y aún la recuerda: “Me sentí como en la película El cuarto poder”. El argumento de esa película es: “Un director de periódico decide sacar a la luz los turbios negocios de un importante mafioso”.

El director de El País Cataluña, Antonio Franco, estaba también allí. Pocas horas después, hacia las seis, el president Pujol le llamaba a casa: “Me preguntó qué locura era ésa que publicaba El País y que por qué no le había llamado anoche”, dice Franco. Ésta fue, según Franco, su respuesta a Pujol:

Pensé que usted haría cosas para interferir la publicación. He tomado la decisión de periodista. Que conste que hemos buscado siempre su opinión antes de publicar algo de Banca Catalana. Pero en esto prefiero que nos dé su opinión al día siguiente.

Franco quería impedir la contrainformación del president: el desmentido antes de la noticia. Pujol era entonces accionista minoritario de El País. Días después llegó la investidura de Pujol con las agresiones a políticos socialistas. El País sufrió también ataques: quemaron periódicos, acusaron a sus periodistas de ser anticatalanes.

Unos meses antes, Jesús de Polanco, Juan Luis Cebrián y el entonces delegado en Cataluña, Alfons Quintà, habían ido a contar a Pujol que habría edición catalana de El País. A Pujol no le gustó la idea, según Quintà: “Nos dijo que prefería que los periódicos de Cataluña estuvieran en manos de catalanes”. Pujol intuía lo que podía pasar: la mayoría de las exclusivas que han revelado los negocios de su partido y de su familia han surgido de fuera de Cataluña. En Cataluña -por dinero, patriotismo, temor o cercanía-, los medios eran menos atrevidos.

El País había empezado antes a adaptarse a su nueva edición catalana. En 1979 había tratado con admiración la aparición del libro Lo que queda de España, de Federico Jiménez Losantos: un extracto de dos páginas en el suplemento Libros, una entrevista del jefe de Cultura, Jose Miguel Ullán, y la publicación del texto entero del discurso que pronunció en la presentación Francisco Umbral, que dijo que estaba ahí ese día “para asistir al nacimiento de un extraordinario escritor español”.

Periodico

Esta querencia de El País por Jiménez Losantos se diluyó en menos de dos años. En enero de 1981 salía el Manifiesto de los 2.300, cuyos firmantes denunciaban lo que entendían como una discriminación contra el castellano en Cataluña. Jiménez Losantos, que era uno de los firmantes, se lo ofreció a El País, que lo rechazó. Su impresión es que el periódico ya se protegía ante su inminente llegada a Cataluña.

El manifiesto lo publicó Diario 16, y El País respondió con un editorial crítico. En mayo de 1981, Jiménez Losantos recibió un tiro en la pierna en un atentado reivindicado por la banda terrorista Terra Lliure. La banda reivindicó el atentado con una llamada al Avui y lo relacionó con el Manifiesto de los 2.300.

La reacción de la prensa no fue unánime en su apoyo al periodista. El Periódico tituló en portada A Jiménez Losantos no le sorprendió el atentado. Era una manera de hacer una insinuación maliciosa: si no le sorprendió ni a él, cómo les iba a sorprender a los demás. Avui decía en portada que Terra Lliure amenaza la Generalitat con un antetítulo que decía “Después de agredir a Jiménez Losantos”. En páginas interiores, la condena era más clara. Raimon Obiols, líder del PSC, publicó en Avui una carta que empezaba así: “Mi desacuerdo político e ideológico con Jiménez Losantos es total. Pero con los miserables imbéciles que han cometido la cobardía inaudita, la bajeza incalificable de anteayer, no hay discrepancia posible. Sólo desprecio”. Ya se cerraban filas en el fondo ante el rival exterior.

avui

Portada del diario ‘Avui’ al día siguiente del atentado contra el periodista Federico Jiménez Losantos. Arriba, la portada de ‘El Periódico’. 

El recuerdo de Guruceta

Las llamadas de Jordi Pujol no pillaron a Antonio Franco por sorpresa. Hacía años que se conocían. Fue el día del árbitro Guruceta en Barcelona. El 6 de junio de 1970 el Barça y el Real Madrid jugaban la vuelta de cuartos de la Copa. En la ida el Madrid había ganado 2-0. En el Camp Nou iban 1-0 y en el minuto 59 Rifé derribó a Velázquez a un metro del área. El árbitro, Emilio Guruceta, pitó penalti. El Madrid marcó y la lluvia de almohadillas llevó al árbitro a suspender el partido a 10 minutos del final.

Un joven Antonio Franco estaba en la sección de Deportes del Diario de Barcelona. En su crónica del partido citó a Felipe V, el rey que sometió a Cataluña en 1714. “Esto entusiasmó a Pujol”, dice Franco. “Al cabo de una semana me llamó y me dijo que había un grupo de periodistas con los que hacía unas reuniones. Yo le dije que no era de los suyos”.

Pujol insistió y quedaron a solas en un restaurante: “Me llevó a un Piolindo. Era un sitio de pollo. Ibas con una bandeja y te daban a escoger entre pata y ala”. A Franco le sorprendió la frugalidad de Pujol: “Yo llegué a cubrir el Salón Náutico donde nos invitaban a comer caviar en platos soperos y allí había un banquero que me llevaba a comer pollo”.

Las comidas básicas de Pujol son una leyenda confirmada. Alfons Quintà, primer delegado de El País en Cataluña, comió varias veces con Pujol en la cafetería Tropezienne, cerca del despacho del president en el Paseo de Gracia: “Pujol inevitablemente comía una ensalada de tomate maduro y poco aceite y de segundo dos salchichas de Frankfurt y puré. De postre, un flan sin jugo. Agua, si podía ser, del grifo”.

Quintà fue el primer periodista que habló de los problemas de Banca Catalana. El 29 de abril de 1980 El País publicó Dificultades económicas del grupo bancario de Jordi Pujol. Quintà había mandado 12 folios a Madrid. El director, Juan Luis Cebrián, tardó unos días en dar el visto bueno. Cuando lo hizo, se lo pasó al redactor jefe de Economía, José Antonio Martínez Soler, que decidió publicarlo en dos entregas. “Le pedí que no lo hiciera”, dice Quintà. “Si salía la primera parte, no iba a salir la segunda”. Así fue. Alguien llamó a la dirección o a la propiedad para evitar que Banca Catalana se despeñara. El origen de la presión pudo ser alguien desde Cataluña o el Banco de España, al que no le interesaba naturalmente que un banco cerrara.

El origen de las presiones es importante porque la cercanía es clave. La información de la querella contra Pujol iba firmada desde Madrid. El director en Barcelona, Antonio Franco, no recuerda qué ocurrió pero admite que pudo ser una decisión premeditada. Era una forma de proteger a los catalanes. Pujol se atrevía a abroncar a Franco en Barcelona, pero no a la redacción de Madrid: ni tenía tanta confianza ni le tomarían tan en serio. Franco recuerda una llamada donde la estrategia de Pujol era clara:

Al margen de Banca Catalana, me llamó para otros temas. Hubo un editorial donde salía su padre. Me dijo que debía haber intervenido porque eso era indecente: “Y tú lo sabes”, añadió. “No es indecente”, le dije, “es el inicio de Banca Catalana”. Él insistió: “Debes pararles cuando los de Madrid proponen”. Yo le contesté que ese editorial se había escrito en Barcelona.

Todos los directores de periódico catalanes con quienes he hablado han recibido llamadas de Pujol o de sus consellers, aunque no todos igual ni con el mismo tono ni con las mismas consecuencias. Esas llamadas del president eran sólo una de las estrategias de presión que usaba el Gobierno catalán.

Quintà: de crítico a aliado

La historia de Alfons Quintà es una de las más fascinantes del inicio del pujolismo. Quintà fue Premio Ondas en 1977 por el programa Dietari de Radio Barcelona, el primero en catalán. En los años 70 fue también stringer (o periodista local a expensas del corresponsal) en Cataluña del New York Times y la agencia AP. Compaginó ambas labores con la delegación de El País en Barcelona desde 1976.

Quintà no era un periodista más. Su padre había sido buen amigo del escritor Josep Pla. Tenía fuentes fiables en el entorno de Tarradellas, a quien había tratado de joven: fue el primero en publicar que el president de la Generalitat negociaba su vuelta con Adolfo Suárez. Sacó también detalles sobre el caso de corrupción del padre de Javier de la Rosa en la Zona Franca de Barcelona y sobre la polémica del legado de Salvador Dalí. Pero hubo un caso que le hizo famoso: Banca Catalana.

quinta
Alfons Quintà en Barcelona en 1977. / MANEL ARMENGOL

Pujol llamó a Quintà un día a las ocho de la mañana justo después de ganar sus primeras elecciones en 1980. No era para echarle bronca. Quería verle. Ya se conocían: “Había hecho salir a Pujol un par de veces en el New York Times”, recuerda Quintà. (En el archivo digital del Times hay cuatro artículos donde aparece Jordi Pujol entre 1976 y 1979.)

Quintà y Pujol tuvieron varias reuniones entre 1980 y 1981. Tarradellas ya había ofrecido a Quintà la dirección general de la que dependería la “tele de la Generalitat”. Quintà se negó: “Yo creía que la Generalitat no debía crear una televisión sino conceder un canal con unas normas”. Es lo que hizo Pujol, que quería como fuera que Quintà se pusiera a su servicio: “Pujol me dijo un día: ‘Deberías asesorarme en algo’. Quería ponerme a sueldo”. Era fácil imaginar por qué: “No había ningún periodista tan crítico con Pujol como yo”, dice Quintà. La pregunta sin responder en Cataluña es por qué Quintà accedió.

En aquella época El País quería abrir la delegación en Cataluña y sondeó a quien ya era su delegado: “Entre 1980 y 1981 Cebrián decía sin parar que debíamos hacer una versión catalana. Hablé con él, hablé con Polanco. Era una cosa hecha, pero no concretada”, dice Quintà. En el verano de 1981, Cebrián y Quintà se vieron varios días en el Empordà, en una casita que Quintà había alquilado en el pueblo de Regencós. Hubo algo en aquel verano que les distanció. Quintà nunca recibió una explicación y sólo tiene intuiciones.

Cuando supo que Cebrián no iba a contar con él, no aceptó nada a cambio. Un día Cebrián llamó a Quintà: “Tú eres la persona más odiada por los enemigos de este periódico después de mí”, le dijo, siempre según Quintà. Cebrián le ofreció lo que quisiera de redactor jefe para arriba en el periódico: “La única cosa que no aceptaba es que me fuera”, dice Quintà, que tenía claro qué ocurría: “Me quería matar hacia arriba”, dice. Pero ya no había nada que hacer: “Mi postura es que me iba. Me iba a la calle”.

Antonio Franco -que fue el último en intentar que Quintà se quedara en el periódico: en una corresponsalía en Asia, no en Barcelona- confirma esta versión. Quintà salió de El País sin trabajo, pero en menos de un mes había aceptado la oferta de Pujol. Quintà usa esta metáfora: “Tú puedes casarte con una chica porque tenga un gran encanto o porque te haya dejado otra y tengas necesidades afectivas. Mi ida a TV3 sólo se explica por mi salida de El País. Yo no salí de El País para ir a TV3”.

Quintà cree que nadie presionó a El País para que le sacaran de la delegación de Cataluña pero hay algo obvio: “Me quedé sin trabajo. ¿Quién me lo iba a ofrecer? Si La Vanguardia me hubiera contratado de gran reportero, me habría ido”. Pero sólo había alguien dispuesto a contratarle: el protagonista del escándalo de Banca Catalana, que era también president de la Generalitat.

Una vez en la tele, Quintà tomó decisiones que marcaron el futuro de la cadena: la tele iba a ser sólo en catalán, iba a tener una red de repetidores propia y no iba a ser un canal folclórico.

Contrató a unos americanos a quienes llamaban “los mormones” para que les enseñaran a hacer una tele. En febrero de 1984, el primer director del telediario de mediodía, Salvador Alsius, estuvo un mes en Nueva York para ver cómo hacían los informativos las grandes cadenas.

“Pujol quería hacer programas ultra adoctrinantes en castellano”, dice Quintà. “Yo le dije: ‘Esto no lo verá ni el realizador que lo haga’”. La etapa de Quintà en TV3 acabó mal: “Fui manipulado desde el primer día, pero siempre pensé lo mismo: me toca hacer una obra, debo hacerla bien. ¿Hice una tontería? Sí. ¿Estoy arrepentido? Aún más”.

Años después, en un viaje a Bruselas, el presidente Pujol reconoció a Lluís Foix, director adjunto de La Vanguardia, que buena parte del mérito del éxito histórico de TV3 era de su primer director.

Quintà aguantó algo más de dos años. Su dedicación al proyecto fue notable: en el despacho guardaba una carpeta con la etiqueta “Barbería”, donde guardaba documentos que quería leer en algún momento. Cuando su secretaria insistía que debía cortarse el pelo, subían a su despacho a hacerlo. Entonces Quintà tenía un rato donde podía leer.

Un ejemplo del dominio del Gobierno de Pujol en Cataluña es el reguero de cargos que su hombre de confianza, Lluís Prenafeta, ofreció a Quintà cuando salió de la tele: “Director general de Catalunya Ràdio, delegado del Gobierno en Madrid, director del Avui”. Quintà iba diciendo que no y que iba a dedicarse al Derecho. Prenafeta respondió rápido: “Te puedo colocar en el bufete de Joan Piqué Vidal”.

Piqué Vidal fue el abogado de Pujol en Banca Catalana y acabó condenado en 2005 a siete años de cárcel por extorsionar a empresarios. Quintà dijo a Prenafeta que las concepciones del derecho de Piqué y las suyas eran distintas. Al poco tiempo se convirtió en juez de distrito en el Prat de Llobregat, cerca de Barcelona.

Jordi Pujol en enero de 1983. / PACO ELVIDA / COVER / GETTY IMAGES
Jordi Pujol en enero de 1983. / PACO ELVIRA / COVER / GETTY IMAGES

Abducidos por Pujol

Quintà no fue el único periodista célebre al que Pujol captó para sus causas. Wifredo Espina escribía una columna leída en El Correo Catalán en pleno franquismo. Era la típica lectura que entre líneas contaba más de lo que el régimen admitía en los 60 y 70. Pujol se había hecho con El Correo Catalán en los 70 y no dejaba a los periodistas hacer  el periódico tranquilos: “Las presiones de Pujol iban dirigidas ya en el franquismo a ‘hacer país’: entrevistar a gente de Cataluña, que salieran más catalanes”, dice Espina.

Pujol no tenía ningún problema en dar órdenes al entonces director de El Correo, Andreu Roselló: “Ahora mando el editorial, esto mañana no se publica, el titular debería ser éste”, le decía, según Espina.

El columnista aguantó en El Correo hasta su cierre en 1985. Luego se fue al paro. El director del banco donde iba a cobrar el subsidio le reconoció: “Señor Wifredo, ¿qué ha pasado?”. Espina se avergonzaba de su situación. Empezó a colaborar en La Vanguardia, pero las columnas no cuajaron. Hubo presuntas presiones políticas. Jaime Arias, entonces subdirector, le llamaba para advertirle si algo era demasiado atrevido.

En julio de 1987 dejó La Vanguardia. Josep Faulí, director de Avui, le sugirió ser columnista político en las elecciones de 1988. Iba a decir que no porque sabía que no le iban a dejar escribir lo que quisiera. Sin haberse decidido, a los dos días recibió una llamada de Pujol. “Me invitó a cenar en la Casa dels Canonges [la residencia privada de la Generalitat]”, recuerda.

“Mire qué estofado nos han hecho en su honor”, recuerda que le dijo Pujol. Parece que con Espina Pujol tenía un apetito mejor. “Sabía hacerse el simpático cuando quería”, dice el periodista. “Pujol sabía que yo no era nacionalista político”.

El president le dijo durante la cena que en esto del periodismo y de los medios de comunicación había tanta irresponsabilidad que no ayudaban a hacer país. “Quería decir que el problema era que no le ayudaban”, dice Espina. Había que hacer algo. “Ya le llamará Prenafeta [el secretario general de Presidencia de la Generalitat]”, dijo Pujol.

Pregunté a Espina si no temía que le engatusaran para sacarle de los medios. “Sí, claro. Estaba en el paro. Luego he ido pensando: estos tíos dicen que no nos interesa tener otro enemigo conocido en el mundo de la prensa precisamente ahora. Quizá sí, pero Pujol nunca me lo dijo así”, dice Espina. Como con Quintà, primero ofrecieron a Espina otra cosa: ser abogado del gabinete jurídico de la Generalitat. “Me dijo Prenafeta que llamaba al jefe del gabinete jurídico y era ya miembro si quería”, dice Espina, que se negó.

Prenafeta creó para Espina el Centro de Investigación de la Comunicación. Espina pidió redactar el decreto del Diario Oficial que firmó Pujol. Espina aún tenía miedo: “En los tres o cuatro primeros meses vivía en vilo por si recibía una llamada que me dijera si eso sí o eso no, o que fuera a ver a Pujol”. Pero no ocurrió. Le dejaron hacer durante una década hasta que Espina tuvo más de 65 años: montaba conferencias, daba becas, publicaba estudios. Entonces le pidieron que se jubilara y clausuraron el Centro para siempre. Pujol no recibió a Espina para explicarle por qué lo cerró.

Ramón Pedrós, jefe de prensa de Jordi Pujol entre 1988 y 1998, cree que la estrategia de captación era más bien de Prenafeta: “Él me llegó a preguntar por algunos periodistas”.

La teoría de Prenafeta era simple, según Pedrós: “Si yo le hacía un análisis [de los periodistas] bastante próximo o positivo para la Generalitat, no le interesaba tanto. Si era al contrario, ya le interesaba más, y llegó a hacer ofertas en dos ocasiones”. La Generalitat ganaba así dos veces: “Compraba al periodista y revestía los nombramientos de una cierta independencia y pluralidad”, dice Pedrós. El mismo Pedrós, que había sido corresponsal de ABC y la agencia Efe, cree que ése pudo ser su caso.

Una comunidad y punto

El dinero nunca fue el único recurso de la Generalitat para acercar a periodistas catalanes rebeldes. Tenía otros dos recursos: el miedo y Cataluña.

La mayoría de los periodistas de los años 80 en Cataluña eran de izquierdas. Pero Pujol gobernó sin apenas oposición en la prensa. Carles Pastor, redactor jefe en El País y en El Periódico, tiene una teoría del origen de aquella docilidad: “La prensa en Barcelona, al contrario que en Madrid con el Gobierno franquista, nunca había tenido relación con un poder político real. El alcalde había sido lo máximo”. Cuando llegó el poder de verdad, eran inexpertos y tragaron. Pudo ser por miedo, por afinidad con la causa catalana -una prensa crítica hubiera perjudicado las aspiraciones de autogobierno-, pero claudicaron.

Txema Alegre, redactor jefe en La Vanguardia, dice: “Hicimos el pardillo. Era intangible. Muchos en aquella época no lo veíamos, no lo creíamos o no queríamos creerlo. Pero luego decías ‘madre mía, imbécil’. Hay un ejercicio de autocrítica que una generación de periodistas catalanes debe hacer”.

Arcadi Espada tiene una visión similar pero con su toque rimbombante. Espada veía dos maneras de reaccionar: “Una, el orgullo, que era la mía: ‘Nos atacan porque es el mejor diario del país y eso hace daño’. Y luego otra que decía: ‘Nos están haciendo el cordón sanitario’”. Ese cordón era compartido por mucha gente que votaba socialista: “Todos claudicaron”, dice, y sigue:

El gran problema de toda esta gente es que se sentía al borde de la expulsión. No eran valientes porque no tenían necesidad de serlo. Creían que el valor estaba en otro lugar. Decían: ‘Pujol debe caer’. No estaban contentos con el ‘pujolismo’. Pero esta oposición debía desarrollarse con unas reglas del juego nítidas: no podías salir de la comunidad moral, lingüística.

El Gobierno de Pujol había creado el marco: los críticos eran menos o peores o apenas catalanes. Era sólo el principio.

Este lunes, el tercer capítulo: La prensa amiga

Lee aquí el primero: La corrupción

El libro negro del periodismo en Cataluña (I): La corrupción

pujol_cabecera

Ante casos flagrantes, la prensa catalana no ha clamado; ante casos dudosos, no ha insistido; ante casos ignorados, no ha rebuscado. Esta serie aborda la historia del periodismo en Cataluña desde la llegada al poder de Jordi Pujol a través de 80 entrevistas con directores, redactores, presentadores y jefes de comunicación.

Este sábado, el segundo capítulo: ‘La comunidad’

Ante casos flagrantes, la prensa catalana no ha clamado; ante casos dudosos, no ha insistido; ante casos ignorados, no ha rebuscado. Esta serie aborda la historia del periodismo en Cataluña desde la llegada al poder de Jordi Pujol a través de 80 entrevistas con directores, redactores, presentadores y jefes de comunicación.

El periodista Siscu Baiges estaba un día de principios de los años 90 en los pasillos del Parlament de Catalunya. Se acercaba el entonces consejero de Economía, Macià Alavedra, con su fama de encantador. Al pasar al lado de Baiges, dijo: “A usted, Baiges, ¿qué le pasa, va mal follado? Siempre está metiéndose conmigo”. El periodista recuerda hoy que su respuesta fue bastante digna: “Si pudiera follar mejor, no estaría de más. Pero si sted] dejara de hacer trapicheos, me metería menos con usted”. Este nivel de confianza no es raro entre políticos y periodistas, pero el ataque indicaba algo según Baiges: “Alavedra sabía que yo era un pringado. Me podía pisar como quisiera, era sólo una molestia”.

Los periodistas políticos en Cataluña que “se metían” con altos cargos eran pocos y tenían una vida difícil. Baiges fue uno de los tres autores del libro Banca Catalana. Más que un banco, más que una crisis, publicado en julio de 1985. Los otros dos fueron Enric González y Jaume Reixach. Era una historia seria de Banca Catalana, entonces “la mayor crisis bancaria convencional de la historia financiera europea”, según la contracubierta.

51rmaxqPgEL

La editorial Plaza & Janés publicó el libro. Los tres periodistas entregaron el manuscrito en septiembre de 1984, ya revisado por un abogado y con el anticipo pagado. La querella contra Jordi Pujol había salido cuatro meses antes.

El manuscrito tenía actualidad, pero la obra sólo se publicó en julio de 1985. Durante esos meses, la editorial decidió hacer un nuevo repaso jurídico frase a frase. La persona que se encargó fue Mauricio Casals, hoy presidente de La Razón. En una de las reuniones, Jaume Reixach le dijo a Casals que lo había grabado todo: o sacaban el libro o él publicaba las grabaciones. Reixach dice ahora que fue un farol para hacerle claudicar.

Casals fue luego responsable de ABC Cataluña, donde Francisco Marhuenda, hoy director de La Razón, defendió a Pujol en el caso Banca Catalana.

El mismo mes de julio de 1985, Planeta publicó otro libro sobre Banca Catalana: el subtítulo era Toda la verdad. Es legítimo sospechar que los 10 meses de retraso fueron para esperar que las dos obras coincidieran.

El autor de la segunda obra sobre Banca Catalana fue Feliciano Baratech, célebre y oscuro periodista económico de La Vanguardia. El mismo mes de julio La Vanguardia publicó cuatro grandes extractos de la obra de Baratech en días consecutivos. En las tres primeras entregas no salía la palabra “Pujol”. En la entradilla de la primera entrega, Banca Catalana era sólo “un banco que ha movido polémica reciente”. Uno de los dos destacados decía: “En el tema Banca Catalana se han utilizado argumentos falsos”. Era un lavado de imagen extraordinario.

bancacatalana3

El libro de los tres periodistas sólo salió citado en La Vanguardia en el ejemplar del 26 de septiembre, entre una larga lista de publicaciones recientes. Las obras que lo rodeaban eran El Código nacionalista vasco durante el franquismo, publicado por Anthropos, y El reto de las metrópolis, del Instituto de Cooperación Iberoamericano. Nadie puede decir que el libro de Baiges, Reixach y González no saliera en La Vanguardia.

La historia del libro no terminó ahí. El País sacó en septiembre una noticia con fragmentos que se habían censurado. Había uno muy sensible: los datos de dos notarios que certificaban la venta de acciones de Jordi Pujol en Banca Catalana por 600 millones de pesetas en 1977. Pujol siempre negó haberse enriquecido con el banco.

Cinco semanas después, Joan Piqué Vidal, abogado de Pujol, convocó una rueda de prensa para aclarar esta información. Andreu Missé, el periodista que escribió la noticia de los fragmentos censurados en El País, no fue convocado. El Periódico titulaba al día siguiente: Pujol regaló las acciones de Banca Catalana a su fundación. En la crónica de El Periódico se lee: “Según se desprende de las palabras de Piqué Vidal, al president de la Generalitat le duele que alguien pueda pensar que se benefició personalmente de la crisis de Banca Catalana”. De pronto los sentimientos del presidente eran noticia.

foto_res_vanguardia

En este breve que destacamos se hizo eco ‘La Vanguardia’ de la publicación del libro ‘Banca Catalana. Más que un banco, más que una crisis’

El caso catalán

Esta desigualdad en el trato ha tenido consecuencias para el periodismo catalán en las tres décadas siguientes. Los periódicos, teles y radios catalanas han sido poco incisivos y persistentes con el poder local. Es un fenómeno que también se ha dado en otras comunidades autónomas y en Madrid, pero el caso catalán tiene sus particularidades. No es posible decir que en la prensa catalana se haya censurado información indiscriminadamente pero sí que se ha disimulado: ante casos flagrantes, los medios no han clamado; ante casos dudosos, no han insistido; ante casos ignorados, no han rebuscado.

En más de 35 años de periodismo hay ejemplos buenos y malos. Pero a través de más de 80 entrevistas con directores, redactores, presentadores y jefes de comunicación que han trabajado en Cataluña en distintas etapas se distinguen al menos cuatro causas de la realidad mitigada en que ha vivido la sociedad catalana: las ayudas públicas a la prensa privada (que han sido las más altas y constantes de toda España), la adherencia emocional a la causa catalana (la defensa del país o el silencio ante el “enemigo exterior” ha sido a veces más importante que el oficio), el temor a un poder total (la Generalitat ha tenido un sinfín de maneras de imponerse) y el tamaño del país (los círculos de poder han sido más pequeños e impenetrables).

Estas cuatro causas no son aisladas. Todas han sobrevolado a la vez muchas redacciones barcelonesas. Según el medio, una podía tener más peso que otra. La responsabilidad no es -sería absurdo- de todos los periodistas. Las responsabilidades graves recaen sobre todo en los editores.

Los editores catalanes ven sus medios como negocios, y lo son. Pero a menudo han olvidado el obligado y paralelo servicio público. Cuando un conseller de la Generalitat le llamaba enfadado,  Xavier Vidal-Folch, entonces director de El País en Cataluña, le daba el número de su editor, Jesús de Polanco: “Llámale a él”, decía Vidal-Folch. “Te equivocas de destinatario. Ve a presionar a quien debes presionar”. En otros periódicos catalanes, era distinto: “Sé que compañeros de otros periódicos lo tenían más difícil”, dice Vidal-Folch.

La última llamada insistente que recuerda haber recibido Àlex Sàlmon, director de El Mundo en Cataluña desde 2001, fue de Macià Alavedra, que le telefoneó en 2004. Había puesto en portada una cena que había organizado el conseller con el juez Luis Pascual Estevill, que entonces era juzgado (y luego fue condenado) por prevaricación. Alavedra quería que Sàlmon quitara la noticia de portada.

“Era lo único que le interesaba, salir de portada”, dice Sàlmon. Alavedra dijo, según Sàlmon, que otro director de periódico no creía que ese hecho fuera noticia de portada y le amenazó con llamar a Pedro J. Ramírez, que estaba ese día ilocalizable fuera de España. Pero según Sàlmon hubiera dado igual. “Estábamos fuera del rollo de la presión”, dice.

Había otros que no estaban tan aislados de la presión. Lluís Foix recibió “cientos de llamadas” de Pujol como director adjunto de La Vanguardia entre 1987 y 2000.  ¿Nunca te planteaste decir a Pujol que dejara de llamar?, le pregunté. “No, no era posible”, respondió. La empresa no hubiera apoyado su postura.

Foix lo sabía bien: en 1983 había dejado de ser director por la presión de Convergència. Txema Alegre, redactor jefe en Economía y Política en La Vanguardia durante los 80 y 90, lo explica así: “Cuando el modo de publicar algo no gustaba, los políticos no te lo decían. Iban a la altura y desde allí llegaban los mensajes según cómo los filtrara la dirección. Era un comportamiento mafioso en minúscula”. El cargo de director depende del editor. Si un político presiona a un director y el periodista accede, sólo hay dos motivos: o le conviene –por ideología, amistad, dinero– o le falta el respaldo del editor.

El proceso mental 

Las llamadas de políticos no sólo son una presión posterior o paralela a la publicación. Al cabo de unas cuantas llamadas, el periodista puede empezar a flaquear y autocensurarse. El proceso mental es algo así: a tal político no le gustará esta noticia, su llamada es segura, la propiedad no cerrará filas y es mejor dejarla o disimularla.

Jordi Maluquer fue director de Avui durante el mandato breve del presidente Josep Tarradellas, quien le llamó sólo una vez por una información que no le gustó: “Me dijo: ‘Maluquer, sé que debéis de estar muy nerviosos porque habéis escrito este artículo, que ya he leído. Yo sé por qué hago las cosas y a veces no puedo contarlo todo. Pero escribid lo que queráis’. Pensé que era generoso. Pero claro, ya me hizo notar que me vigilaba”.

La redacción de El País en Cataluña vivió enseguida esas llamadas en el momento más difícil para Pujol. En pleno caso Banca Catalana, Pujol se permitía broncas a su director. Así describe Antonio Franco, director de El País Cataluña entre 1982 y 1988, un encuentro con el presidente:

En el peor momento de Banca Catalana, recibí una llamada de Pujol para decirme que no quería hablar con nadie de ‘El País’ pero que quería hablar conmigo personalmente. Yo le dije que ‘personalmente me llamo Antonio Franco’ y que debía ser en una cafetería. Allí me metió un chorreo y me llamó de todo.

Los periódicos catalanes no han actuado nunca sólo al dictado del poder político. El caso contra el periodismo catalán no es simple, pero es innegable. Una palabra llegó a definir este ambiente resignado: “Oasis”. Ahora sabemos que pasaba algo más de lo que parecía. Aunque había gente que sí sabía: políticos, periodistas, empresarios sobre todo. Algunos no quisieron contarlo y otros no pudieron. El oasis no era un lugar de paz inmaculada. Se censuraron artículos, frases y palabras, pero se publicaban piezas más o menos duras, como me han dicho muchos periodistas con quienes he hablado. Eran sin embargo piedras sueltas que caían en un estanque: creaban unas olas que desaparecían enseguida. No había locutores, titulares, analistas que insistieran con otras piedras para averiguar más o enturbiar la paz.

Un off the record es el acuerdo que obliga a un periodista a no identificar a la fuente de una información. Los periodistas suelen evitar los off the record, excepto cuando son ellos quienes hablan. Las más de 80 entrevistas que son la base de esta serie han estado trufadas de off the record, a menudo incluso con la grabadora apagada. He procurado utilizar esas miniconfesiones que no podía revelar para entender mejor el contexto. También ha habido cuatro fuentes que han querido ver antes de publicar sus frases entrecomilladas a cambio de hablar en abierto sin preocuparse. He cedido para no perder las entrevistas. En el texto está siempre la fuente de la información. Si no la hay es porque hay al menos dos fuentes off the record con un testimonio muy parecido. Si no advierto del motivo, no hay nada con una sola fuente off the record.

Pujol2

Las dos fotografías de Jordi Pujol que acompañan a este artículo las hizo el fotógrafo catalán Manel Armengol en 1977.

Te hago un informe

El padre de Enric González, Francisco González Ledesma, había ganado el premio Planeta en 1984 y les dio dinero a sus tres hijos. Enric, uno de los tres autores del libro sobre Banca Catalana, se fue a dar la vuelta al mundo y al volver se reincorporó a El Periódico: “No se ponía nadie al teléfono, no me aceptaban en ruedas de prensa, me impedían pasar”, dice González. Su director, Enrique Arias Vega, le dijo: “Lo tienes mal. Están enfadados contigo”. Arias Vega sabía qué era lo que hacía enfadar al gobierno. En 1984 censuró una viñeta del dibujante Alfons Rodríguez, que no ha dado ahora permiso para reproducirla aquí ni ha querido dar su versión. En el dibujo que nunca apareció, Pujol canta folclore catalán mientras los fiscales Mena y Villarejo esperan entre telarañas que quiera declarar sobre Banca Catalana.

En sus Memorias líquidas (Jot Down Books, 2013), González explica que hicieron un informe sobre él: “Un antiguo colega del Correo, a quien su espíritu nacionalista le había permitido cobijarse en el gabinete de prensa de la Generalitat, me telefoneó para advertirme de que le habían encargado la confección de un informe sobre mí: ‘¿Quieres que ponga algo en especial?’, me preguntó”.

Había más informes de la Generalitat sobre periodistas. El 22 de febrero de 2006, se supo que “Pujol encargó informes sobre la orientación política de periodistas de TV3”. Ese mismo día, La Vanguardia publicaba un breve sobre el mismo tema con un título más suave: ICV lleva a la fiscalía los sondeos encargados por el Gobierno de CiU. Hay muchas maneras de dar la misma información. Al día siguiente, La Vanguardia daba algún detalle más en una pieza titulada Los bajos fondos del poder y hablaba de “encuestas y estudios encargados por las administraciones convergentes entre 1983 y 2003”. En total eran más de cien.

La Vanguardia no daba ningún detalle del contenido. El País citaba un informe de 1993. Salvador Alsius, célebre presentador de TV3, tenía “unas claras tendencias antinacionalistas y sobre todo anticonvergentes y antipujolistas”, decía el texto. Junto a Alsius, Àngels Barceló era “quintacolumnista, colaboracionista y botifler”.

En otro informe de 1994 había detalles más específicos. Habla al menos de dos radios de pueblos. En Abrera “trabajan unas chicas que hablan en catalán pero que entre ellas se relacionan en castellano” y en Radio Súria “los niños de familias castellanohablantes que pasan por la emisora se expresan en su totalidad en catalán”.

Enric González estuvo una temporada más en El Periódico sin ocuparse de temas catalanes. Poco después, fichó por la sección de Economía del diario El País. Dos años después, le trasladaron a Madrid. A finales de los 90 volvió a Cataluña y se encargó durante un año de la política catalana. Acompañó a Pujol a alguno de sus viajes. González recuerda que un día el presidente le preguntó: “¿Pero es usted catalán o no?”. González es obviamente catalán: “Se refería a si era de los suyos”, aclara. Hoy González es periodista en El Mundo.

Marcados para siempre

Jaume Reixach y Siscu Baiges, los otros autores del libro, tomaron otro camino: “Quedamos marcados para siempre”, dice Baiges. “Yo me he dedicado muchos años a hacer cosas que no tenían nada que ver pero he sido siempre el sociata que hizo el libro de Banca Catalana”. Ambos acabaron en el Diari de Barcelona, un periódico cercano a los socialistas. Xavier Roig, jefe de gabinete del alcalde Pasqual Maragall, aún recuerda cómo el director, Josep Pernau, iba a pedirle ayuda. La ayuda era algo ambiguo: anuncios, suscripciones, colaboración. En el fondo era básicamente dinero. Roig lamenta ahora no haber hecho algo más: “Quizá deberíamos haber buscado más para ayudarles”.

Reixach y Baiges formaban el equipo de investigación del Diari. Encontraban alguna cosa. Baiges fue un día con un colega de redacción a ver al jefe de prensa de Macià Alavedra: “Mientras esperábamos en la entrada abrí una fotocopiadora, había un papel y lo cogí”. Eran deudas de la Caric (Comisión de Ayudas a la Reconversión Industrial de Cataluña) que el departamento había renunciado a recuperar. La Caric era una especie de banco público que prestaba dinero a empresas privadas.

En el papel de Baiges había unas 20 empresas con los avales perdonados: “Una era de Antoni Subirà y otras estaban vinculadas al Grupo Zeta: Gráficas Industriales, Editorial Bruguera”. Subirà era portavoz de CiU en el Parlament y primo segundo del presidente Pujol. El Grupo Zeta era también propietario de El Periódico, que era el segundo diario de Cataluña. Caric había avalado directamente a El Periódico y otros medios.

El caso Caric fue uno de los primeros escándalos del pujolismo, hoy olvidado si no fuera por una frase del fiscal general del Estado Eligio Hernández: a pesar de no ver delito en la concesión de los créditos, sí percibía “aromas de corrupción”.

Baiges recuerda otras dos noticias medio impactantes que publicó en el Diari. A finales de los años 80, las conversaciones de los primeros móviles podían interceptarse con las frecuencias de radioaficionados. Baiges pidió a un amigo que grabara una hora de llamadas para demostrarlo: “Me pasó la cinta y salía [el secretario general de Presidencia Lluís] Prenafeta hablando con su secretaria sobre su agenda”. Lo publicaron y les amenazaron con querellas por pinchar los teléfonos de la Generalitat. Otro día vio una obra pública cuya arquitecta era Marta Pujol Ferrusola, hija del presidente. No era ilegal pero sí era feo.

Los métodos de Baiges eran rudimentarios. Iba de vez en cuando a la portería de una empresa que tenían tres ex políticos o amigos de líderes convergentes. Esperaba a que el portero estuviera despistado y ponía la mano en el buzón. Se llevaba los sobres, tomaba nota de las direcciones y luego volvía a dejarlos. “Era muy ortopédico”, dice.

Este runrún era suficiente para que el consejero Macià Alavedra llamara mal follado a Baiges. Esos insultos eran los suaves. Baiges recuerda llamadas a casa: “Te cortaremos los cojones, hijo de puta”, le dijeron alguna vez. “Era desagradable y luego veías que no servía para nada”, dice. “Más denunciabas y más mayorías absolutas sacaba Pujol”.

Así se le quitaban las ganas pero pronto cambiaron sus responsabilidades en el Diari: dejó la investigación para dedicarse a la información olímpica. Alguien del Ayuntamiento había llamado para cortarles las alas: si no paraban, la Generalitat de Pujol no pondría un dinero para alguna obra olímpica que le había solicitado el alcalde Maragall. Baiges recuerda bien la anécdota, pero Carlos Revés, director del Diari entonces y hoy empleado de Planeta, no.

Después de salir del Diari, Baiges entró a trabajar en Com Ràdio, una emisora impulsada por la Diputación de Barcelona, de tendencia socialista. Allí estuvo cerca de 20 años sobre todo en Tots per tots, un programa dedicado a las ONG y la solidaridad. Ahora, después de dos años en el paro, hace colaboraciones.

Jauma_Reixach1
El periodista Jaume Reixach, fundador de ‘El Triangle’. / ALBERTO GAMAZO

El periodismo guerrillero

Jaume Reixach era distinto. “Siempre usé la máxima de ‘si me censuran me voy’”, dice. Tuvo que usarla varias veces, también en el Diari de Barcelona. En enero de 1990 fundó El Triangle, un semanario satírico underground. Su modelo es Le canard enchainé pero nunca ha tenido un éxito de público parecido. El Triangle sí hacía (y hace) algo: publica de todo. “Mi estrategia es de guerrillero de la información y los guerrilleros siempre somos pocos”, cuenta Reixach. Los guerrilleros a veces también disparan a todo lo que se mueve.

He entrevistado a algunos periodistas peculiares en este reportaje. Jaume Reixach es el más raro de todos. Mientras habla, al final de algunas frases suelta carcajadas. Parecen una especie de liberación nerviosa. “Te tratan de loco”, le digo. “Lo respeto. Yo sólo quiero ser feliz con el trabajo que hago”, responde.

Reixach da la impresión de que todo reproche le da igual. Solo ríe y ríe sin motivo. Al final de un email, como despedida, me escribió: “¡Caña!”

La metáfora de guerrillero de Reixach es excelente: lleva décadas en los márgenes sin que nadie pueda derrotarle pero también sin poder vencer.

El periodismo de Reixach pisa todas las líneas rojas: “Aunque pase por ser un tío muy alocado, las cosas que decimos tienen su perímetro de certeza. No contamos lo primero que nos dicen. Hacemos mucha labor de verificación”.

El perímetro es la zona peligrosa. Reixach vive de confidencias. Parece haber acertado a menudo.

Sólo ha perdido dos querellas: una por publicar una conversación privada del conseller Cullell y otra por hacer un chiste. El tono de El Triangle no requiere publicar fuentes. Jaume Boix Angelats y Arcadi Espada, que coincidieron con Rexach en El Diari de Barcelona, recuerdan que las noticias que traía a veces estaban poco confirmadas: faltaba el documento, la declaración definitiva. Esta exigencia agotaba a Reixach y le empujó a la guerrilla. Su trabajo quedó marcado, pero a menudo era muy serio y acertaba.

He leído artículos de los primeros años de El Triangle. Son denuncias a menudo sólidas con toques de humor y opinión. Éste es un ejemplo del artículo Trío de ases publicado el 30 de abril de 1990:

Si tenemos en cuenta que la instalación eléctrica de TV3 ha corrido a cargo de EMTE, una empresa que tiene capital de Terasaki España SA y que coincide con los holdings de Macià Alavedra y Lluís Prenafeta en otras empresas, está todo dicho. Efectivamente, en Terasaki España hay dinero del grupo EMTE, a través de su sociedad instrumental Proelec SA, y también interviene la famosa peletería Típel, de los Prenafeta, donde el aún secretario de Presidencia tiene un mínimo de 13 millones de pesetas, y Contax, la instrumental del grupo vinculado a Macià Alavedra. Los amos de EMTE son Jaume Rosell y Carles Sumarroca, dos pesos pesados del empresariado convergente, amigos de la familia Pujol y, en especial, por el lado de Marta Ferrusola, ya que Núria Claverol, la mujer de Sumarroca, es cofundadora con la “primera dama” de la floristería Hidroplant.

En ese mismo texto, Joan Granados, entonces director de la Corporación Catalana de Radio y Televisión, reconoce que han pagado “dos millones” a Terasaki por “una reposición de material” eléctrico. Es un modo de decir que el material original era también de esa compañía, y no debían ser sólo dos millones.

“Yo soy pionero en ir al registro mercantil y registro de la propiedad. Es un periodismo pesado”, dice Reixach. Carles Sumarroca y las empresas EMTE y Teyco son protagonistas del caso Petrum, que ha sacudido la campaña electoral en 2015. Hace más de 20 años ya estaban en marcha. Alfons Quintà, entonces director de TV3, recuerda cómo Sumarroca le llamó por orden de Prenafeta para tener las condiciones del concurso público para la instalación eléctrica en la sede de los estudios de la tele antes que nadie.

Cobrar por no publicar

En la mejor época de El Triangle, hacia el año 2000, Reixach pagaba 15 sueldos. En febrero de 2002, presentó una querella contra el secretario de Comunicación de la Generalitat y mano derecha de Artur Mas, David Madí, por discriminación en la inserción de publicidad.

Reixach y Madí tuvieron dos reuniones ese año. La querella fue admitida a trámite -luego no fructificó- y Madí tuvo que ir a declarar ante el juez. Allí manifestó dos cosas. La primera, que El Triangle no recibía más publicidad por su escasa “capacidad de influencia en el mercado” y no por ser “incómoda”. La segunda, que había grabado una reunión con Reixach porque “no estaba muy seguro de cuáles serían las intenciones del solicitante de la reunión” debido a “la fama que acompañaba al medio”.

Esa fama, según me han confirmado al menos una docena de periodistas off the record, es que El Triangle cobra por no publicar informaciones. No he sabido encontrar ninguna prueba ni nadie que haya podido dármela o haya querido reconocerlo en abierto. Reixach conoce esa fama y la niega: “Que digan lo que quieran, pero yo no he cobrado nunca ni lo aceptaría por no publicar”.

Los presuntos cobros serían en publicidad o en suscripciones en bloque. La Caixa, Banc Sabadell, Abertis, Gas Natural o FIATC ponen publicidad hoy en El Triangle. “Es porque quieren. Tengo publicidad, pero siempre de buen rollo: si queréis hacer, ponedla; si no, pues no”, dice Reixach.

A partir de un rifirrafe con el ex presidente del Barça, Joan Laporta, Reixach explica algo mejor una de sus maneras de hacer. En 1974, el Barça dio la Medalla de Oro del club a Franco. Reixach le pidió a Laporta que se la retirara y el entonces presidente se lo prometió. Hubo una campaña de recogida de firmas, pero Laporta les dijo que no podría hacerlo. “Tú mismo, tío”, le dijo Reixach a Laporta. Y sigue:

La vida ha querido que empiecen a salir cosas de Laporta que me llegan sin buscar. La vida se me presenta de tal manera que quien me la hace se lo acaba encontrando. Y como éste, todos. Si dices que vas a sacar la medalla y luego resulta que no, pues peor para ti. Yo no haré nada, pero tal vez me empiecen a interesar tu vida y milagros. Yo siempre de buena fe, de buen rollo, siempre amigo, siempre colega. Me pasó lo mismo con Rosell. Mi actitud vital es buen rollo con todos.

Reixach tiene otro argumento para defenderse: no es rico. “Duermo en el despacho, de alquiler. Voy con un cochecito”, dice. Vi su coche y su móvil y no son de un millonario. El dinero quizá no le ha permitido enriquecerse pero sí sobrevivir. Reixach, de 57 años, se defiende así: “No entienden que una persona pueda sacrificar su vida por su trabajo. Los estándares de vida que tienen el resto de compañeros de mi generación, yo no los tengo”. Todo tiene un precio: “Si hubiera seguido en El Correo Catalán siendo un chico obediente, quizá ahora estaría en TV3”, aventura. El Triangle ha pasado también por problemas judiciales con sus trabajadores. En 2014 condenaron a la revista por diez despidos improcedentes.

En la querella que El Triangle puso contra Madí, daba algunas informaciones que habían publicado que podían hacer que la Generalitat fuera reacia a poner publicidad en el semanario: “Los negocios de los hijos de Jordi Pujol y de empresarios afines al President; el caso del conseller Cullell; los sumarios sobre la supuesta financiación irregular de Unió (Trabajo, Turismo); los negocios del Ebro partidarios del Plan Hidrológico; el gasto del Govern en asesores y estudios”. Es una lista aproximada. “Nosotros somos muy gota malaya. Es un periodismo de insistencia”, dice Reixach. No es algo que el resto de medios catalanes pueda repetir. Los casos de favoritismo, nepotismo y trapicheos nunca han sido repetidos y desmenuzados en titulares o portadas.

El grupo japonés Nikkei compró en julio el Financial Times. El Guardian le dedicó un editorial:

El periodismo japonés no es corrupto, pero es respetuoso, como la cultura que lo rodea. Las tradiciones periodísticas anglosajonas no son, en sus mejores momentos, respetuosas con nada. Hay cosas que los periódicos británicos deberían respetar más, como la privacidad, pero también es posible que el respeto oculte una deferencia poco curiosa ante el poder que deja florecer comportamientos escandalosos.

Esas zonas de sombra no dependen sólo del aclamado periodismo de investigación. Dependen de las ganas de publicar. El ejemplo eterno del Watergate elimina todo debate sobre la función de la prensa. Las dos únicas opciones de la prensa no son los dos extremos: derribar al presidente más poderoso o reproducir notas de prensa del ministro. Hay muchas opciones intermedias. En Cataluña, como en Japón, se respeta demasiado. La duda es saber si ha sido sólo por un asunto cultural como en Japón o por algo más. “El mundo necesita periodismo que sea comedido e incisivo a la vez”, dice el Guardian. El periodismo catalán ha sido más bien comedido.

La pintora Malfeito 

Doris Malfeito era pintora y era la mujer del conseller Macià Alavedra. Su mejor época llegó a finales de los 80. Sus cuadros llegaron a venderse por miles de euros.

Durante una de sus exposiciones, el director de El Periódico, Antonio Franco, llamó a su crítico de arte, José María Cadena: “José María, voy a joderte”, le dijo Franco según Cadena. Franco no recuerda con precisión esta anécdota, pero le parece plausible. La memoria histórica de Cadena es célebre en Barcelona. Franco siguió, según Cadena: había una pintora que tenía muchos deseos de que el periodista hiciera una crítica sobre ella y la casa estaba comprometida. Cadena adivinó que era Malfeito: “Me ha llamado dos veces y le he dado largas”, dijo.

Captura de pantalla 2015-09-09 a las 19.10.08
‘Paisaje costero’. Óleo sobre lienzo de la pintora Doris Malfeito.

“Era una pintora mala”, dice ahora Cadena, que se resignó a la voluntad de Franco: “Imagino que si me pides una crítica, será una crítica a favor. Yo te la haré. Pero empieza a buscar otro crítico”. Franco quiso evitarlo pero Cadena lo cortó: “No es por mí. Yo tengo que servir al diario, y me habré desacreditado y ya no seré útil”. Cadena al final evitó escribir. Convenció a Franco para que dijera que estaba fuera y no lo había encontrado. La exposición acababa un par de días después. Es un asunto menor, dice Cadena, “pero la gente se mueve por cosas pequeñas”.

En 1984, Malfeito expuso en París y le dieron un premio. La Vanguardia empezaba con esta ironía gruesa un breve sobre el acto: “Doris Malfeito, pintora de categoría y que se basta y sobra por sí sola para triunfar”. El resto de la nota era un eco social anodino. Estas bromas son más habituales de lo que parece. En alguna noticia sobre mafias, el equipo de investigación de La Vanguardia, Eduardo Martín de Pozuelo y Jordi Bordas, colaban la palabra “convergencia”: “Marbella no es solamente un lugar turístico famoso por las fiestas de la jet set sino que es una de las localidades de convergencia en España de la Mafia, representada en este caso por el “clan de los cataneses”. Si se aísla queda así: “es una de las localidades de convergencia en España de la Mafia”. Y de “cataneses” a “catalanes” hay un paso.

columnapintora

Así se hizo eco ‘La Vanguardia’ de la exposición de Doris Malfeito en París. 

En una exposición de Malfeito en Barcelona en 1995, en cambio, no había acidez: “Algunos críticos de arte confiesan que todavía añoran los concisos y pregones (sic) retratos infantiles al lápiz o las marinas de Doris Malfeito. Pero, a un tiempo, aseguran que no pueden más que rendirse ante sus nuevos paisajes ampurdaneses”. Cadena no era uno de esos críticos “rendidos”.

Los elogios mundanos de Malfeito quizá no eran tan menores. Malfeito murió en 2014. El obituario de El País -que va sin firma- recuerda cómo sus cuadros tenían “gran demanda” entre empresarios y personalidades. Pone dos ejemplos: el presidente de Cirsa, Manuel Lao, y el empresario americano John Rosillo.

Rosillo era un empresario estadounidense que fue condenado a más de seis años de cárcel por fraude fiscal relacionado con Diagonal Mar, un centro comercial en Barcelona construido en los años 90. No cumplió condena porque logró huir a Panamá.

En noviembre de 1999 un célebre periodista del New Yorker, Jon Lee Anderson, se encontró a Rosillo en Panamá. Anderson hacía un reportaje sobre el futuro de Panamá con la entonces nueva presidenta, Mireya Moscoso. Uno de los miembros del Gobierno de Moscoso era Nicolás Barletta, heredado del presidente anterior, Ernesto Pérez Balladares. A Barletta lo habían acusado de cobrar comisiones de una petrolera americana a cambio de favores en el país. Anderson acompañó un día por Panamá a Barletta, que iba en esa jornada con Rosillo y “un acompañante español”. Los dos estaban, según Anderson, “visiblemente incómodos” por su presencia. El acompañante de Rosillo era Josep Pujol Ferrusola, a quien Barletta daba un “completo trato de VIP, que incluía un helicóptero para ver las propiedades disponibles”.

En diciembre de 1999, El País publicó una nota pequeña de tres párrafos con un título sencillo: Rosillo y un hijo de Pujol planearon invertir en Panamá, según ‘New Yorker’. No dice que Rosillo había sido condenado en Barcelona a seis años de cárcel unos meses antes. En La Vanguardia, la información ocupa un párrafo escondido de las páginas de economía.

En Avui, Alfons Quintà hacía esta mención del reportaje en un artículo de opinión titulado Tristeza, en Venezuela y aquí. En el cuarto párrafo Quintà habla del reportaje de Anderson en “una magnífica revista” norteamericana. Habla de Rosillo -condenado por “un asunto del que la prensa ya informó”- y de que iba acompañado de “un familiar de un político de casa”. No da ningún nombre. He escrito a Anderson, que no recuerda si en aquel momento algún periodista español se puso en contacto con él: “Tengo la  impresión, sin embargo, de que nunca se ahondó mucho más de lo mío, y que todo quedó en lo anecdótico”, dice Anderson, que recuerda también cómo sobre todo Pujol le “rehuía” y “no sabía qué hacer”.

La información en estos tres ejemplos obliga al lector a contextualizar, adivinar, desentrañar. Es una escritura que en el fondo oscurece detalles y ha sido constante en temas espinosos. Me han dicho que es una herencia del franquismo: que se intuya pero que no se entienda. Este tipo de lenguaje cifrado sólo para iniciados ha dejado a los periodistas tranquilos pero a la mayor parte de la sociedad en la ignorancia de los chanchullos políticos.

doris

Éste es el obituario de Doris Malfeito que publicó ‘El País’ sin firma el 1 de agosto de 2014. 

El Lamborghini de Jordi Jr.

El Mundo, cuya edición catalana llegó en 1995, era más directo. Elianne Ros fue corresponsal en Girona del diario entre 1995 y 1999. Un día de 1997 paró a repostar cerca de Figueres. En otro surtidor se detuvo un Lamborghini. Ros y el propietario del deportivo fueron a pagar juntos. Era Jordi Pujol Ferrusola, a quien Ros había conocido en un congreso de Convergència. Ros recuerda que le dijo: “Hola Jordi, ¡qué coche llevas!”. Se fue sin responder. Ros memorizó la matrícula. Lo publicaron, pero la noticia no tuvo ninguna repercusión.

Jordi Pujol Ferrusola, el hijo mayor de Jordi Pujol, había empezado ya a recibir favores: en 1991 Natural Stone, empresa de la que era socio, suministró mármol a FCC para el aeropuerto de Barcelona. En 2001 hubo que cambiarlo todo porque era un mármol demasiado fino para el suelo. Pujol Ferrusola llevaba ya tiempo en los negocios. Formaba parte también de la empresa Hot Line. Una jueza había decretado arresto domiciliario contra él y sus socios si no pagaban 100.000 pesetas por la bancarrota. Lo sacó El Triangle. Sólo lo dio otro medio en España: Diario 16. En Cataluña no lo publicó nadie.

Félix Martínez, en El Mundo, publicó durante los dos últimos mandatos de Pujol bastantes aproximaciones a los trapicheos de la familia. Eran temas propios hechos con cuidado pero sin poder llegar a fondo. “Su participación apenas deja rastro”, dice sobre Jordi Pujol Ferrusola y uno de sus negocios. Fue una constante. Quizá si más periodistas hubieran buscado, la presión habría crecido: “Nunca ha habido un periodismo con vocación de investigación en Cataluña”, dice Martínez. “El Mundo iba contracorriente. En las ruedas de prensa los compañeros nos miraban mal”.  

He preguntado a todos los periodistas que en los 80 y 90 estaban en activo cuándo supieron que la familia Pujol hacía chanchullos. Lluís Foix, director adjunto de La Vanguardia entre 1987 y 2000, ha escrito que a mediados de los 90 se lo dijo incluso al presidente Pujol: “Le comenté que corría por Barcelona que su hijo Jordi cobraba comisiones. Me lo razonó y me dijo que todo el mundo lo hacía, pero que su hijo lo hacía mucho mejor, más rápido y con mejores resultados”. La Vanguardia no publicó nada. Foix ha contado en un artículo de abril de 2015 que “el silencio clamoroso” era extendido.

Otro director de periódico me dijo off the record que llevaría siempre “una aguja clavada en el corazón”. No pudo hacer más por destapar la extorsión del hijo mayor de Jordi Pujol a un alcalde para que permitiera un negocio en su municipio. O un subdirector a quien un dirigente de Convergència le había dicho que había advertido a Pujol que un alcalde había ido a quejarse del comportamiento de su hijo. Pujol le respondió que haría algo. Al cabo de un tiempo, otro alcalde fue al dirigente con el mismo cuento y se lo volvió a decir al president. La tercera vez ya no fue. O una tercera historia: dos consellers de Presidencia a los que Pujol al final de su mandato había ido con el ruego de que le ayudaran a controlar a sus hijos.

¿Había pruebas de estas acciones? No. ¿Había alguien dispuesto a denunciarlas en un tribunal? No. ¿Se podía hacer algo más? Quién sabe. Rafael Jorba, subdirector de La Vanguardia en los 90, cree que ya no es el momento del periodismo: “Soy poco partidario de la comisión parlamentaria y del show al que hemos asistido. Este señor fue presidente durante 23 años: todo lo que en la política y en el periodismo no supimos o pudimos o hicimos suficientemente bien entonces que ahora lo hagan los tribunales”.

En una encuesta casera, he preguntado a una docena de conocidos no periodistas y mayores de 35 años si habían oído hablar del caso Caric o Casinos, quiénes eran Jaume Roma o Carles Sumarroca o qué habían hecho presuntamente Prenafeta o Alavedra antes del caso Pretoria de 2009. Todo eran vaguedades. La reacción es diferente en casos como Barrionuevo y los GAL, Roldán, Filesa, Mariano Rubio, Bankia o los ERE.

Hay periodistas catalanes que creen que sacar noticias que perjudiquen a políticos locales daña a las instituciones. Es dar munición al adversario y desde fuera se aprovecha para limitar las competencias. Hay editores que creen que se gana más dinero si los políticos no se enfadan. El periodismo no sirve para defender una causa o sólo ganar dinero –aunque es clave que lo gane. Tampoco debe encargarse de investigarlo y descubrirlo todo: para eso están la policía y la Justicia. Pero cuando sabe algo que puede implicar ya no delito pero sí chanchullos o trato de favor es saludable airearlo, si puede ser con luces de colores en la portada. Los trapos sucios se lavan mejor en público. Es el mejor modo de que no se vuelvan a ensuciar.

Este sábado, el segundo capítulo: ‘La comunidad’

Siete nombres para huir de Corea del Norte

foto_nc3

Han pasado 18 años desde que cruzó un río helado para llegar a China. Hyeonseo es su séptimo nombre. Significa “la fortuna de la luz del sol” y se lo puso ella misma al alcanzar la libertad. Ahora ha plasmado su vida en el libro La chica de los siete nombres (Península, 2015). 

Reportaje gráfico: Moeh Atitar

Hyeonseo Lee tiene una sonrisa dulce que ni siquiera desaparece cuando la rodean recuerdos de miseria, muerte y represión. Su pelo negro contrasta con un vestido blanco, que acompaña la luminosidad y la decoración sobria de la biblioteca. Habla en inglés, un idioma que siempre creyó “enemigo” hasta que huyó con 17 años de Corea del Norte.

Al explicar lo que supone para ella la libertad, reflejada en los grandes anuncios, las tiendas y los carteles de la Gran Vía madrileña, alza sus brazos intentando abrazar el espacio y gesticula diciendo: “No sabría explicar esa sensación, la de vivir en libertad por primera vez. No es sólo el aspecto de la calle, puede sentirse en el aire, en la naturaleza, en los olores, en las miradas de la gente”.

Han pasado 18 años desde que cruzó un río helado para llegar a China. Hyeonseo es su séptimo nombre. Se lo puso ella misma cuando alcanzó la libertad: “Lo elegí porque no quería volver a las sombras”. “Hyeon” significa “luz del sol”, y “seo”, “fortuna”.

Después de refugiarse en un sinfín de identidades, sufrir interrogatorios y esquivar la deportación durante años, ha plasmado su vida en el libro La chica de los siete nombres (Península, 2015). Ahora recorre el mundo con el objetivo de lograr apoyo internacional para proteger los derechos humanos en su país, que todavía “ama y echa de menos”. Lo que sigue a continuación es su vida según la cuenta ella misma en las páginas del libro y durante nuestra conversación. foto_nc1

Reportaje gráfico: Moeh Atitar

Un ruido atronador

La historia de Hyeonseo arranca cuando apenas tiene cuatro años. Lleva un vestido azul cielo. Ha salido a jugar al terraplén de hierba que hay detrás de su casa. Se sienta en la vía del tren y juega a recoger piedras, dejándolas en su regazo. El suelo húmedo ensucia sus manos de barro y hierba. De pronto, oye un ruido atronador, huele a quemado y no ve nada, tan sólo oscuridad. A gatas, escapa de los bajos de un vagón. Su madre, corriendo, se abre paso entre la multitud y la coge en brazos. Una mujer se acerca y dice: “Sobrevivir a tal accidente es un buen presagio. Tendrás una larga vida”.

No se equivocó. Unos años más tarde, la casa de los Lee ardió en llamas. A Hyeonseo no le pasó nada. Cuando el incendio calcinaba las paredes y el humo se tornaba cada vez más negro, su padre volvió dentro. Temían lo peor, pero consiguió salir con dos objetos rectangulares bajo el brazo: los retratos de los líderes Kim Il-sung y Kim Jong-il.

Hyeonseo creció bajo aquellas miradas, acristaladas y colocadas por imperativo legal en cualquier edificio: “Los marcos tenían que ser el objeto más elevado de la estancia y estar perfectamente alineados. Los limpiábamos con un paño especial proporcionado por el Gobierno que no debía usarse para nada más. Un oficial, con guantes blancos, los revisaba una vez al mes. Si no estaban limpios, se recibía un castigo”.

De niña fue feliz, o por lo menos así lo recuerda. “Creía que todo lo que ocurría a mi alrededor era normal. No sabía que más allá de las fronteras existía un universo distinto”. Hyesan, la ciudad donde vivía, está rodeada por las montañas, que brillan en verano, y en invierno se cubren de nieve. El río Yalu, que la recorre, separa al país de China, que empieza en la otra orilla. Tiene once metros de ancho y no es muy profundo. Cuando bajan las temperaturas, el hielo lo convierte en un puente hacia el contrabandismo o la libertad, como en el caso de Hyeonseo, que lo cruzaría poco antes de cumplir los dieciocho. “Parece que en Hyesan acaba todo, que no hay nada más allá. Por eso la llaman el fin del mundo”.

Las ejecuciones públicas

Cuando tenía siete años, vio su primera ejecución. Su madre la mandó a hacer un recado. Hacía calor, la humedad era desagradable y había algo que emanaba un olor fétido. Las moscas estaban por todas partes. Una masa de gente se amontonaba bajo el puente del ferrocarril. Había un hombre colgado del cuello. Una bolsa de tela cubría su rostro y llevaba las manos atadas a la espalda.

Ya en la educación primaria es obligatorio asistir a las ejecuciones públicas. Hyeonseo recuerda una de ellas: “Había tres hombres atados a una estaca. El juez anunció que los criminales habían confesado sus crímenes y luego les preguntó si tenían algo más que decir. Estaban amordazados, con la boca llena de piedras, supongo que para que no maldijeran al régimen con su último aliento. En el momento de los disparos, colocan a los parientes en primera fila”. Ahora, explica, contar al mundo que esto ocurre es una de las partes más importantes de su mensaje.

El colegio en Corea del Norte entraña muchas obligaciones. Una de ellas, las sesiones de autocensura. “Tenían lugar cada sábado. Asistíamos las cuarenta alumnas de la clase y las presidía la maestra. Por turnos, nos levantábamos para acusar a alguien y confesar algo”. Hyeonseo explica que los coreanos del norte son introvertidos, en gran parte, por miedo a que los delaten: “El ciudadano hace el trabajo del policía. Aprendí de mi madre, desde pequeña, a ser muy reservada, a no coger confianza con aquellos que no eran de mi familia”.

Hasta los 14 años, los alumnos son ‘exploradores’ y protagonizan los juegos colectivos, grandes desfiles que hacen de ellos “unos buenos comunistas”. Preguntada por el objetivo de estas actividades, utiliza unas palabras de Kim Jong-il: “Puesto que cada niño sabe que un solo desliz puede estropear una exhibición colectiva, aprende a subordinar su voluntad a la del grupo”. A partir de los 14, los juegos colectivos desaparecen para dejar paso a la liga de las juventudes socialistas, donde se adiestra militarmente a todos y cada uno de los adolescentes.

Las asignaturas, centradas en la vida de los líderes, la ética comunista y el odio hacia los coreanos del sur y los estadounidenses, contribuyen a crear un pensamiento vengativo: “Nos ponían imágenes de tanques del sur cruzando la frontera, masacrando la población civil. Los ojos se me ponían llorosos, bullía pensando en la venganza y en hacer justicia. Era un sentimiento común”.

Foto_nc2

El suicidio y las castas

El padre de Hyeonseo siempre había trabajado en el ejército, pero fue destinado a una empresa comercial, lógicamente en manos del Estado, lo que llevó a la familia a orillas del río, a la frontera con China, adonde el señor Lee tendría que viajar con frecuencia. “Estábamos tan cerca de China que nuestro televisor podía sintonizar sus canales”.

Un día, el padre de Hyeonseo fue arrestado en la frontera. Cinco militares entraron en casa por la noche y buscaron objetos de valor y dinero: “Rompieron las paredes, abrieron el suelo y desmontaron el techo”. Lo acusaban de soborno y abuso de poder. Fue ingresado en el hospital porque le habían dado una paliza. Le obligaban a escribir una confesión. Cuando lo hacía, los militares la rompían una y otra vez al no conseguir lo que querían. Unos días después, el hospital certificó su fallecimiento: “Suicidio con sobredosis de tranquilizantes”.

El sistema de castas que estructura Corea del Norte castiga a los familiares de quienes se quitan la vida tachándolos de “hostiles”, lo que les impide estudiar en la universidad o acceder a un buen puesto de trabajo. “Mi madre sobornó al hospital y consiguió que cambiaran el certificado”.

Con 15 años, y a pesar de los canales chinos de televisión, la música extranjera de contrabando y las luces que brillaban en el país del otro lado del río, Hyeonseo conservaba una inocencia peligrosa: “Creía que me podía quedar embarazada con tan sólo besar a un hombre. Mis amigas pensaban lo mismo. Nos enteramos de la realidad viendo una película ilegal”.

La muerte del dictador

El 8 de julio de aquel año, 1994, Hyeonseo fue al colegio, pero las clases se suspendieron. Enviaron a los alumnos a casa y les dijeron que encendieran el televisor, lo que extrañó a muchos ya que no había emisiones diurnas.

“El gran corazón ha dejado de latir”, dijo la locutora. “Kim Il-sung ha muerto”.

Semanas más tarde, muchos fueron castigados por no haber vertido lágrimas suficientes: “No conseguía llorar. Me humedecía los ojos con saliva y los frotaba. Una chica de mi clase fue castigada, pero tuve suerte”.

Al año siguiente, la gran hambruna comenzó a asolar al país. Aparecieron mendigos por todas partes, sobre todo alrededor de los mercadillos. También había niños vagabundos que iban del campo a la ciudad.

Hyeonseo recuerda las aceras vacías y las personas hablando consigo mismas, alucinando por culpa del hambre. Había cuerpos en el río, boca arriba, que los guardias fronterizos recogían para que no los vieran desde la orilla china. Pero no solo faltaban los alimentos. También escaseaban los fertilizantes.

“Los niños fueron obligados a llevar al colegio sus excrementos para usarlos con este fin”, explica. “Las familias cerraban con llave sus retretes exteriores para que los ladrones no les quitasen lo que pudieran contener”. Hyeonseo empezó a preguntarse: “¿Por qué la gente se muere de hambre? ¿No vivimos en el mejor país del mundo?”.

La muerte por inanición del profesor de acordeón de su hermano o de un ladrón escuálido que no pudo llevarse el televisor de su casa por falta de fuerza son algunos de sus recuerdos de la gran hambruna.

foto_nc4

La huida

Durante el invierno de 1997, poco antes de que Hyeonseo cumpliera los 18 años, una compañera del colegio le propuso cruzar el río hacia China. Las luces de neón del otro lado, los guardias chinos fornidos y uniformados y los niños que no parecían hambrientos picaban su curiosidad. Sabía que si quería cruzar aquél era el momento.

A partir de la mayoría de edad, cometer un delito podía traerle problemas mucho más graves y hubo un detalle que la ayudó: el guardia que cubría el tramo del río más cercano a su casa se enamoró de ella. Llegó incluso a proponerle matrimonio. Su fuerte amistad le animó a cruzar. Sabía que si él la detenía, no correría demasiado peligro.

Ocurrió la segunda semana de diciembre. Era de noche. Hacía frío y sobre el río helado se podía caminar. La nariz quemaba y el vapor del aliento coloreaba la oscuridad. El viento apenas soplaba y el silencio era absoluto. Cuando Hyeonseo llegó al río se encontró con el guardia, al que convenció para cruzar. Así pisó China por primera vez.

“Tenía la idea de visitar a unos parientes. Ni siquiera miré atrás. Pensaba que volvería en unos días”, explica. Ya en casa de sus tíos, a la que llegó acompañada por un contrabandista amigo de su familia, se enamoró de los brillantes colores de la ropa, la música, los anuncios y la libertad. Su estancia se prolongó, celebró allí los 18 años y para cuando se dio cuenta estuvo a punto de casarse con el hijo de unos amigos de sus tíos. “Era un matrimonio de conveniencia”, dijo. “Notaba que todo lo que me pasaba sucedía, sin que yo pudiera elegir. Huí una vez más”.

A partir de ese momento, alternó trabajos en distintos restaurantes. Superó los interrogatorios en comisaría y evitó la deportación. La compra de un documento de identidad en el mercado negro le otorgó la nacionalidad china, lo que le dio tranquilidad y la posibilidad de optar a puestos mejor remunerados.

La libertad no es todo

Mientras tanto, en Corea del Norte, su madre sufría una estrecha vigilancia. Tuvo que fingir la desaparición de su hija, lo que no convencía a las autoridades. A su hermano, después de recibir dinero y objetos de contrabando, le pegaron una paliza, intentando averiguar la procedencia del paquete de su hermana.

La preocupación por la seguridad de su familia y la soledad llevaron a Hyeonseo a la frontera a recoger a su madre y a su hermano, para sacarlos de aquel infierno. Recorrieron China los tres juntos, disfrazados de una guía que acompañaba a dos sordomudos. Ya en la frontera con Laos, donde tenían previsto que la embajada de Corea del Sur les diera asilo político, su familia fue detenida por la policía, que los retuvo tres meses en la cárcel antes de permitirles viajar a Seúl.

– En el libro cuenta que “la libertad no lo es todo”, que incluso estuvo tentada de volver a su país.

– Es cierto. Pagué un precio demasiado alto por la libertad, el de no volver a ver a mi madre, a mi hermano, a mis tíos. Me corroía por dentro. No podía soportarlo. Además, no fui realmente libre hasta que llegué a Corea del Sur. Hasta entonces estuve escondiéndome, pensando en que mi deserción podía suponer los peores peligros para los que todavía estaban allí.

Ese peligro todavía acecha a los familiares de Hyeonseo que viven en Corea del Norte. Por ello, en el libro se refiere a ellos como el tío Cine, la tía Bonita o el tío Rico. Las caras de su madre y hermano, huidos gracias a ella recientemente, aparecen difuminadas por miedo a las represalias.

Hyeonseo ama su país. Desea volver algún día. Ahora lucha por los derechos humanos de quienes no pueden escapar, de aquellos que viven en la sombra, sin saber que “existe un mundo maravilloso, de ciudades preciosas, de sitios por conocer, y de personas tan distintas”.

Liberticidio progresista

matis2

Si el festival de música Rototom quería ponerse en el mapa, pardiez que lo ha conseguido de pleno. Toda la prensa internacional recoge las coacciones de la organización al estadounidense Matisyahu, forzándole primero a hacer una declaración política a favor del estado palestino y anulando después el concierto en respuesta a su negativa a pasar por el aro…

Si el festival de música Rototom quería ponerse en el mapa, pardiez que lo ha conseguido de pleno. Toda la prensa internacional recoge las coacciones de la organización al estadounidense Matisyahu, forzándole primero a hacer una declaración política a favor del estado palestino y anulando después el concierto en respuesta a su negativa a pasar por el aro.

Las disculpas del festival, cuatro días después de airearse la polémica, llegan demasiado tarde, cuando el incendio ha chamuscado hasta la última letra de su logotipo y el prestigio de la calidad democrática española.

La razón de cómo un acto cultural aparentemente inofensivo, celebrado en plena canícula en un rincón pacífico de la costa de Castellón se convierte en paradigma mundial de censura y persecución ideológica, hay que buscarla en la creciente presencia de un discurso de izquierda radical que presume de libertad, pero que no duda en cercenarla cuando no se ejerce en la dirección que ella desea.

Quienes ahora censuran a Matisyahu recogieron firmas para que no se suspendiera un concierto de Soziedad Alkoholika en Madrid y consiguieron que un terrorista de ETA diera una charla en la Universidad Jaime I de Castellón apelando a la libertad de expresión. Los mismos que reventaron una conferencia de Rubalcaba en la Universidad de Granada o impidieron hablar a Rosa Díez en la Autónoma de Barcelona.

 

matis2

El Rototom justifica su actitud inquisitorial hacia Matisyahu por las presiones y amenazas que recibió de BDS, un grupúsculo nacionalista que trata de ganar simpatías enarbolando la bandera palestina. Pero pese a ser una organización anecdótica, se le teme, por la sencilla razón de que sus planteamientos de democracia popular y progresismo mal entendido coinciden con los de partidos que empiezan a tener poder.

Por algo la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Valencia se ha adherido a la iniciativa de boicot a Israel que recientemente le presentó el BDS. ¿Dará marcha atrás después de ver el talante de los promotores de la campaña y comprobar cómo se enfanga el nombre de la institución?

También es significativa la respuesta de los partidos de izquierda. Podemos e IU insisten en que lo correcto es vetar al artista estadounidense, dándose así el retruécano de que aquellos que se divierten pintando a Merkel con bigotito y la presentan como a una nazi son los que persiguen a los judíos para que no se suban a un escenario.

Pero es que el PSOE y Compromís, que gobiernan en la Generalitat valenciana, han mostrado una tibieza rayana en la complicidad. El presidente, Ximo Puig, no ha dicho aún esta boca es mía. Impensable si la censura hubiera tenido distinto signo. Otro tanto cabe decir del conseller de Cultura, el lenguaraz Vicent Marzà, de Compromís, que anda desaparecido desde que se filtraron sus vivas a la independencia de Cataluña.

Sólo tras el ridículo internacional, Compromís ha tratado de borrar su papel de Torquemada, pero en un primer momento secundó el liberticidio, tal y como dejó claro su delegado en Castellón, Ignasi Garcia.

Con razón, a estos nuevos apóstoles de la democracia se les atraganta la Constitución, ésa que en su artículo 16 garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y que recuerda que nadie puede ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias.

El ISIS siempre gana… en Twitter

FLAMESOFWAR

Un año después de la eclosión del Estado Islámico, los gobiernos occidentales aun no saben cómo combatir la propaganda de los yihadistas. Hasta ahora solo han podido jugar una ineficaz y desnivelada partida de ping-pong en las redes sociales. En Twitter, todavía ganan los malos.

“No camines hacia la tierra del ISIS. Corre. Allí podrás aprender nuevas habilidades: volar mezquitas, crucificar y ejecutar a musulmanes… Bienvenido a la tierra del ISIS”.

https://www.youtube.com/watch?v=-wmdEFvsY0E&oref=https%3A%2F%2Fwww.youtube.com%2Fwatch%3Fv%3D-wmdEFvsY0E&has_verified=1

Este vídeo, inspirado en los Monty Python y sus Caballeros de la mesa cuadrada, fue colgado en Youtube a finales de agosto del año pasado por el Departamento de Estado de Estados Unidos y ya ha superado las 850.000 reproducciones.

 “Bienvenido a la tierra de ISIS” es, probablemente, el mejor ejemplo de la contra-propaganda que los gobiernos occidentales intentan llevar a cabo contra el Estado Islámico. Este vídeo forma parte de una campaña más amplia del Gobierno norteamericano que bajo el lema “Think again, turn away” (Piénsalo de nuevo, date la vuelta”) trata de contrarrestar el efecto llamada que la organización yihadista ha logrado a través de las redes sociales. Pero, ¿funciona?

tweet-DoS

“Así perdemos los corazones y las mentes [de los musulmanes]”, le advertía en 2005 Aymán al-Zawahiri en una carta a Abu Musab Al Zarqaui, líder de Al Qaeda en Irak, la división que una década más tarde se independizaría y proclamaría el califato del Estado Islámico hace ahora un año. El número dos de Bin Laden ordenaba así al líder de la organización en Irak que no difundiera más vídeos de decapitaciones, ya que consideraba que en la batalla en los medios aquellas campañas les perjudicaban.

Hoy, el Estado Islámico no solo ha continuado con aquella tradición iniciada por su líder primigenio Al Zarqaui, muerto en un bombardeo en 2006, sino que la lleva a su máximo exponente. El centro Al Hayat es el responsable de los mensajes de la organización. Esta división crea periódicos en PDF (ISN, Islamic State News), docenas de páginas fácilmente accesibles a través de Internet, cuentas de Twitter y sobre todo producciones audiovisuales traducidas a varios idiomas. Las producciones más inofensivas muestran escenas de vida cotidiana en los territorios conquistados, mercados abiertos y musulmanes que acuden a rezar a las mezquitas. Las más polémicas y las que más han trascendido exhiben ejecuciones y decapitaciones en vídeos en alta definición, con producción y postproducción.

Estos videos, alojados en servidores gratuitos de Internet, son distribuidos en las redes sociales por miles de simpatizantes que los difunden, los comparten y los cuelgan de nuevo en Youtube o Facebook cuando las cuentas originales son censuradas y retiradas.

 “Nuestra narrativa es derrotada por el Estado Islámico. Somos reactivos. Pensamos en cómo responder, en lugar de en [cómo articular] nuestra propia narrativa”. Así analizaba la situación hace pocas semanas uno de los responsables del Departamento de Estado en un informe enviado a John Kerry, el secretario de Estado, filtrado a The New York Times. También se lamentaba por la falta de recursos del Centro de Comunicaciones Estratégicas contra el Terrorismo (CSCC) del Gobierno norteamericano, un departamento que se creó en 2010 para combatir la propaganda terrorista.

 

FLAMESOFWAR

“No vale decir el terrorismo es malo…”

Richard LeBaron, miembro del think tank Atlantic Council, y experto en la región del Golfo, afirma que “los gobiernos se sienten comprometidos a responder a los terroristas en los medios y a usar las mismas herramientas que ellos. Pero convertirlo en un partido de ping pong es inútil”. Para LeBaron, no existe hoy una contra-narrativa útil contra el ISIS porque “las que se hacen desde Occidente no funcionan”. Aunque tampoco cree que sean eficaces las del propio Estado Islámico: “Los gobiernos han sobreestimado sus campañas. El apoyo al ISIS es muy individual, y la prueba es que no se ven grandes grupos de simpatizantes en países como Estados Unidos o España. Tendemos a creer que las suyas son campañas muy sofisticadas y nos sorprendemos de que unos terroristas árabes puedan ser tan inteligentes. Pero este tipo de razonamiento roza el racismo y nos limita”.

Richard Barrett, antiguo responsable de la lucha contra el terrorismo del MI6 (el servicio de inteligencia británico) y hoy directivo de la consultora en seguridad internacional Soufan Group, afirma que “los gobiernos no son los mejores agentes para llevar a cabo esa contra-comunicación. Es más efectiva si la hacen las comunidades de do donde han salido los extremistas. Además la clave es el mensaje. No vale con decir que el terrorismo es malo, sobre todo porque no sabes qué es lo que la otra persona está buscando”.

El nuevo responsable del CSCC en Estados Unidos, Rashad Jussain, reconocía pocas semanas antes de su nombramiento en una conferencia en Abu Dhabi  que “el Estado Islámico tiene un mensaje mucho más emocional que el nuestro”. En aquella charla apuntó sin saberlo las claves de la que hoy es la hoja de ruta de su división para combatir la propaganda del ISIS: “Restarle glamour, mostrar las miserables condiciones de vida de los combatientes, ensalzar las narrativas positivas, demostrar cómo los jóvenes musulmanes pueden triunfar en el mundo moderno, contar historias inspiradoras y de figuras influyentes de países musulmanes y movilizar y amplificar a los líderes religiosos”.

“Las contra-narrativas que se emplean no satisfacen las necesidades de la gente ni se dirigen a sus vulnerabilidades de la misma forma que lo hace el ISIS o Al Qaeda” explica Anne Speckhard, profesora del departamento de Estudios Psiquiátricos y de Seguridad de la Universidad de Georgetown. “Son racionales y les falta ese componente emocional, ese gancho”.

ISN-PORTADA

La profesora de Estudios Psiquiátricos ha entrevistado a decenas de terroristas para analizar su conducta. “Debemos usar la emoción frente a la lógica”, insiste.

“Jugar al ping-pong”

Un problema grave en la lucha contra la propaganda de ISIS  es que se ha reaccionado tarde y se quiere (como dice LeBaron) “jugar al ping-pong”. Estados Unidos creó su oficina oficial de contra-propaganda casi una década después del 11-S. El Reino Unido también dispone de una, pero hay países que no tienen ningún tipo de estrategia contra el yihadismo. Tras el asesinato de los dibujantes de Charlie Hebdo, el gobierno francés lanzó una campaña bajo el hashtag #stopjihadisme en la que, siguiendo el ejemplo del vídeo Bienvenido a la tierra del Estado Islámico, difundían vídeos con imágenes de ejecuciones y del sufrimiento de los civiles en los territorios invadidos por el ISIS. Este mes de enero, se ha instaurado el Equipo Asesor de Comunicaciones Estratégicas en Siria (SSCAT), el primer proyecto europeo de contra-narrativa con un presupuesto de un millón de dólares y coordinado desde el Ministerio de Interior de Bélgica. 

SSCAT, según explican fuentes del Consejo Europeo, cuenta con un equipo de una decena de personas que presta asesoramiento técnico sobre cómo hacer campañas de comunicación. La idea es que pueda ser el “proyecto embrionario” de una organización mayor. De momento, el trabajo realizado en estos primeros meses se mantiene en secreto “para darle al equipo las máximas posibilidades de éxito”, explica un portavoz del ministerio belga.

La Unión Europea intenta además involucrar en la lucha a las grandes compañías de Internet. El pasado octubre hubo un encuentro informal entre altos funcionarios de la UE y representantes de empresas como Twitter y Facebook, y en otoño (un año después de ese primer contacto) está previsto que se celebre una nueva reunión, esta vez de carácter oficial.

Esta alianza es importante, ya que Twitter y Facebook han sido el mayor campo de batalla de la contienda frente al ISIS en esta partida de ping-pong. “Sin embargo las redes sociales por sí solas no son la solución”, advierte LeBaron. “No debemos caer en la trampa de pensar que los terroristas solo influencian a la gente a través de Internet. Nuestro reto es averiguar cómo llegar a los diferentes tipos de audiencias a los que ISIS intenta atraer, algunas de las cuales son pequeñas y están muy aisladas socialmente y culturalmente”.

FAMILIA-FELIZ

Una batalla perdida

Barrett coincide con este razonamiento, e invita a comparar los seguidores que el Departamento de Estado tiene en su Twitter con los que poseen algunas cuentas del Estado Islámico. “Los mensajes del Gobierno no llegan a mucha gente, aunque tampoco podemos decir que eso sea una pérdida de tiempo ya que hay muchas audiencias diferentes para ese tipo de mensajes. Quizá no se llegue a los extremistas que están muy involucrados y a los que es casi imposible persuadir, pero sí a otras personas que puede ser simpatizante de ISIS”.

El problema de la contraprogramación en Twitter es que cuantitativamente es una batalla perdida. Un informe reciente de la Institución Brookings estimaba que existen más de 70.000 cuentas abiertas en Twitter de miembros o simpatizantes del ISIS, con una media cada una de 1.000 seguidores, el 75 por ciento en árabe y con una activad por encima de la media de 14 tweets diarios. Cuando una cuenta es suspendida por Twitter enseguida vuelven a brotar otras nuevas que rápidamente enlazan con los seguidores de las anteriores. Y la mayoría de ellas no son cuentas oficiales sino de simpatizantes.

Otro estudio sobre el uso de Twitter enfocado en los “Foreign Fightes”, es decir los extranjeros que abandonan sus propios países para combatir con ISIS y realizado por el prestigioso Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización británico, revelaba que las cuentas más populares eran las consideradas “diseminadoras”. Estas cuentas se encuentran fuera de Siria e Irak, comparten los mensajes de la organización y dan apoyo moral a los yihadistas. El estudio mostraba además que, al revés de lo que ocurre en la comunidad internacional (donde se publican muchos tweets sobre ISIS con poca interacción), en el caso de las cuentas yihadistas un número mucho más reducido de mensajes eran muy compartidos y difundidos.

 “Lo fundamental es saber por qué en un grupo de individuos muy similares, con el mismo bagaje y las mismas influencias, uno de cada cien decide convertirse en terrorista. Ese es el problema de la contra narrativa contra el Estado Islámico: cómo identificar a ese uno de cada cien”, explica LeBaron. La cuenta de Twitter de la campaña del Departamento de Estado que intenta disuadir a aquellos que piensan unirse a ISIS (@ThinkAgain_DOS) tiene menos de 22.000 seguidores. En un día normal, uno de sus tweets puede conseguir que cinco personas lo retuiteen. Con esos datos de interacción, comparándolos con los miles de usuarios simpatizantes de ISIS activos 24 horas al día y en ebullición continua, los intentos de occidente son vistos como un chiste malo de Monty Python buscando desesperadamente a un terrorista oculto entre un centenar de personas asistentes a una boda o entre los caballeros de la mesa cuadrada.

Más duro que un diamante

Rafael Marques

El periodista Rafael Marques denuncia desde hace dos décadas la corrupción y los abusos en Angola. Ahora se sienta en el banquillo por publicar un libro que detalla la complicidad de siete generales en las torturas y los asesinatos de cientos de mineros de diamantes en una región al norte del país.

El periodista Rafael Marques denuncia desde hace dos décadas la corrupción y los abusos en Angola. Ahora se sienta en el banquillo por publicar un libro que detalla la complicidad de siete generales en las torturas y los asesinatos de cientos de mineros de diamantes en una región al norte del país.


Extrañada por la ausencia de su hijo durante unos días, Linda Moisés da Rosa decidió salir a buscarle el 5 de febrero de 2010. Se llamaba Kito Eduardo Antonio, tenía 33 años y trabajaba como buscador de diamantes en la región angoleña de Lundas.

Al día siguiente, Linda se enteró por otros mineros que los guardias de la empresa Teleservice habían matado a su hijo por no pagar por el acceso a la explotación. “Los guardias suelen pedir dinero a cualquiera que quiera entrar en las minas”, cuenta Linda en el libro Diamantes de Sangre – corrupción y tortura en Angola. “Mi niño no lo tenía y por eso lo mataron. Kito les ofreció pagarles después pero no aceptaron. Le clavaron un machete en la nuca, otro en la frente y otro en la cara. Luego arrojaron su cadáver al río Cuango”. 

El autor del libro Diamantes de Sangre es el periodista angoleño Rafael Marques, que aporta detalles sobre cientos de casos de intimidación, tortura y asesinato en las aldeas cercanas a las minas de diamantes de la región de Lundas, al norte de Angola. El libro, publicado en Portugal en 2011, atribuye la autoría de los abusos a la empresa de seguridad privada Teleservice, cuyos propietarios son siete generales angoleños. Entre ellos, el poderoso general Manuel Hélder Vieira Dias Júnior, ministro de Estado y jefe de la oficina de inteligencia del presidente del país

Al publicar el libro, Marques presentó una denuncia judicial en Angola contra esos generales. La fiscalía archivó el caso y lo usó para abrir un proceso contra Marques, cuyo juicio está previsto para el 14 de mayo después de haber sido aplazado en dos ocasiones. El periodista afronta hasta un año de cárcel y una multa de un millón y medio de euros por nueve delitos de calumnias y 15 de difamación.

Un río de diamantes

“Nosotros nacimos aquí”, explica Linda Moisés da Rosa en el libro del periodista angoleño y en este testimonio audiovisual. “El río de los diamantes está en nuestra tierra pero nosotros no nos beneficiamos en nada. Los extranjeros se apoderan de los diamantes y nuestros hijos son asesinados”. Linda pidió responsabilidades a la empresa por la muerte de su hijo y la denunció sin éxito ante la policía. 

Mineros de diamantes en una de las explotaciones de la región de Lundas. / RAFAEL MARQUES
Mineros de diamantes en una de las explotaciones de la región de Lundas. / RAFAEL MARQUES

“El fin último de mi libro es conseguir que las autoridades estén atentas al sufrimiento de las comunidades locales”, me explica Marques desde Angola por Skype. “Quise denunciar que la violencia continúa en Angola 13 años después del final de la guerra civil. Sobre todo en aquella región, que tiene incluso una legislación distinta del resto del país. No hay libre circulación de personas y bienes, las principales vías están privatizadas y las tierras son expropiadas sin compensación”.

No es la primera vez que Marques tiene problemas con la Justicia angoleña. Sus informaciones le han llevado a la cárcel y le han granjeado palizas de la policía. Los generales a quienes atribuye la autoría última de los abusos los denunciaron por difamación a él y a su editora en Portugal.

“Un año después de publicar el libro, me entero de que estoy imputada por publicar un libro. Es algo que no ocurría desde el 25 de abril”, me dice la editora Bárbara Bulhosa en referencia a la revolución que terminó con la dictadura en Portugal. La fiscalía archivó el proceso y consideró que el libro era un ejercicio legítimo de la libertad de expresión.

Rafael Marques durante el juicio. / MAKAANGOLA
Rafael Marques durante el juicio. / MAKAANGOLA

Según el abogado Francisco Teixeira da Mota, el juicio que afronta ahora Marques en Angola es un proceso político. “Es un caso clarísimo de ataque a la libertad de expresión”, explica. “No sólo buscan acallar la voz incómoda de Rafael sino también intimidar a los demás. Es un proceso político porque lo que está en juego son afirmaciones que chocan con el poder”.

“Un periodista angoleño debe luchar cada día por un espacio de independencia que le permita contar lo que ocurre”, dice Marques. “Entonces se transforma en activista también”.

El periodista siempre fue consciente de los problemas que le podrían acarrear el libro y su denuncia contra los generales: “Hiciera lo que hiciera, me iba a sentar en el banquillo. Pero por una vez quise cambiar la dinámica. Decidí que sería yo quien les denunciaría primero. Durante la investigación recogí testimonios, fui testigo de abusos y tuve que llevar a los torturados al hospital. Eso no se podía quedar sólo en las páginas de un libro. Quise denunciarlo y obligar a que hubiera una investigación. Aunque fuera breve y aunque supiera que al final el acusado sería yo”.

Las heridas abiertas

Marques habla despacio, con un tono firme pero amable. Descoloca su serenidad. “Es una persona excepcional”, recuerda su editora Bárbara Bulhosa. “Es un pacifista fiel a sus convicciones y un luchador por la libertad”.

Sobre el juicio, el periodista espera que el sentido común prevalezca y que sea una oportunidad para dialogar. “Lo importante era que se abriera el proceso. Ahora quiero que se abra otro espacio de diálogo para que las autoridades se involucren y consigamos una solución”. Teleservice, una de las empresas de seguridad denunciadas por el libro, abandonó la región en 2013. “Ésos son los avances que importan. Los pasos que de verdad cuentan para mejorar la vida de la población”.

Un grupo de manifestantes a la salida del juzgado. / AMPE ROGÉRIO /REDE ANGOLA
Manifestantes en el juzgado. / AMPE ROGÉRIO /REDE ANGOLA

Las heridas aún siguen abiertas en Angola. Un país que ha pasado por un proceso de colonización que empezó en el siglo XVI, por una guerra por la independencia (1961-1975) y por una larga guerra civil (1975-2002). La guerra que duró 27 años y opuso a las dos fuerzas políticas: el movimiento anticomunista UNITA y el marxista MPLA, que asumió el Gobierno después de la independencia y que sigue al frente del país.

El presidente, José Eduardo dos Santos, lleva en el poder desde 1979. La oposición le acusa de opacidad, persecución política e intimidación. Amnistía Internacional advirtió en 2012 sobre la represión ejercida durante la campaña electoral. “Vivimos situaciones muy graves donde todo estaba justificado y no hemos tenido un intervalo de tiempo suficiente para valorar la vida humana”, dice Marques. “En un país así, es muy difícil cambiar el paisaje político. Antes de cualquier cambio, tenemos que poner la dignidad humana por delante de todo”.

Amnistía Internacional lanzó en marzo una campaña de apoyo al periodista. Su objetivo es que el Gobierno angoleño desista de la acusación. “Es una persecución política. La comunidad internacional debe aprovechar estas oportunidades para intervenir y generar un debate que pueda cambiar poco a poco las cosas en Angola”, me dice por teléfono Teresa Pina, presidenta de la sección portuguesa de Amnistía Internacional.

Mil millones de dólares

Rafael Marques quiere sobre todo despertar la conciencia de los ciudadanos angoleños. “El mundo mira para otro lado porque saca beneficios de la situación. Tenemos que ser los angoleños los que nos impliquemos. Éste es un problema nuestro. No podemos depender de la comunidad internacional”.

Mineros de diamantes en Lundas. / RAFAEL MARQUES

Angola es el cuarto país del mundo en producción de diamantes. En los primeros nueve meses de 2014, generó casi mil millones de dólares con la exportación de estas piedras preciosas, según la agencia Reuters. Marques explica que esa riqueza nunca llega a la población. “Angola es una cleptocracia, una sociedad gobernada por gente que roba a su país”, dice citando el artículo publicado en el Financial Times. “No hay riqueza que pueda satisfacer el ego de los dirigentes angoleños. Muchos se compran Ferraris en un país donde no hay carreteras apropiadas para que circulen y luego los tienen en el garaje quien tiene un cuadro en la pared”.

Las minas de la región de Lundas son propiedad de la Sociedad Minera del Cuango (SMC), una compañía formada por tres empresas entre cuyos accionistas se encuentran los siete generales que denuncian ahora a Marques y que son propietarios del 21% de la SMC.

No es la primera vez que el periodista se enfrenta a la Justicia angoleña. En 1999 publicó el artículo El carmín de la dictadura, donde llamaba dictador a José Eduardo dos Santos, presidente del país. El artículo le llevó a la cárcel durante 43 días, sin acusación formal ni derecho a contactar con un letrado o con su familia. “Allí me labré mi reputación como activista. Investigué los casos de personas que llevaban siete años en la cárcel sin acusaciones, sin condena y sin que les llevaran ante un tribunal. Moría gente todos los días. Al salir, denuncié los hechos y la cárcel de Viana cerró durante cuatro años. Liberaron a más de mil personas”.

En 2013 Rafael fue cercado por la policía a la salida de un juicio a jóvenes activistas. “Esa vez todo fue muy violento”, dice. “En apenas unos minutos me rodearon más de 50 agentes con metralletas. Me arrestaron, me llevaron al cuartel general y me dieron una paliza. Me pisotearon en la espalda, me golpearon varias veces y me quitaron mi cámara de fotos y mi teléfono móvil”.

La insistencia de Marques le ha granjeado innumerables ataques en la prensa oficial angoleña. “Todos los días me acusan de ser enemigo del Estado”, me dice. “Lo que quiero es que la gente entienda que mi trabajo no es contra el Estado angoleño”.

Ahogado por la censura 

La lucha de Rafael Marques empezó en 1992 cuando trabajaba en el Jornal de Angola, un periódico que es propiedad del Estado y que sigue siendo el único diario impreso del país. “Me enorgullezco de ser el único periodista que ha logrado publicar un artículo crítico con el Gobierno en ese diario. En las elecciones de 1992 el redactor jefe estaba agotado. Se fue a casa antes del cierre y me dejó el espacio. Y yo… bueno, yo decidí aprovecharlo”, cuenta entre carcajadas.

Marques escribió un artículo en el que dio voz a la oposición, que había llamado corrupto al presidente en un mitin celebrado en la víspera de la jornada electoral. “Al día siguiente, había un ambiente de funeral. Pero no me dijeron nada porque nunca me habían dicho que hubiera que censurar a la oposición”.

Después de este episodio, Marques fue relegado por sus jefes a la información social. Allí siguió escribiendo artículos incómodos y entonces le enviaron a verificar los precios de los mercados informales de la capital angoleña: aquéllos donde las compras y las ventas no se declaran. Allí descubrió indicios de tráfico de armas y entonces sus jefes le pusieron a reproducir textualmente y sin cambiar una coma los informes del Instituto Nacional de Estadística.

Aquello llevó a Marques a irse del periódico. Desde su casa en la capital angoleña, creó un portal de noticias y escribió para medios como el Guardian o el Washington Post. “Internet es el último reducto de la libertad de expresión”, explica. “El Gobierno intentó controlar la red en 2011. Pero la ley era tan extraña y tan explícita que no salió adelante. Incluía penas de prisión para quien publicara fotos de los miembros del Gobierno sin autorización previa”.

La pregunta de un niño

Sus artículos otorgaron a Marques galardones de varias organizaciones internacionales. El último es el Premio Libertad de Expresión del Index on Censorship, que recibió en marzo de este año. “En ocasiones los reconocimientos sirven también para moralizar a una sociedad”, me dice. “Ver que algo se reconoce fuera da alguna esperanza a los angoleños que quieren vivir de manera íntegra y que reclaman un país donde estos valores sean reconocidos y protegidos por la ley”.

Rafael Marques en el juzgado. / MAKAANGOLA.ORG

Ni la cárcel ni las persecuciones ni los procesos judiciales han servido para acallar la voz de Rafael Marques. Tampoco para infundirle miedo. “No es el silencio lo que nos salva”, explica. “Mi hermano murió en mis brazos por falta de asistencia médica. Hay que crear las condiciones para que los ciudadanos puedan tener una conciencia colectiva. Acabar con esa idea de que si tienes dinero te ha tocado la lotería y que si no, te aguantas. El Gobierno es el responsable de las condiciones de vida de sus ciudadanos y hay que exigirle más”.

Marques no piensa retirarse del periodismo ni tampoco exiliarse para evitar el juicio: “Éste es mi país y lo que quiero es retirarme aquí y contribuir a que Angola sea mejor. Mi hijo tiene 13 años y me pregunta por qué no cojo un trabajo normal. Y yo le digo que éste es mi trabajo y que no tiene nada malo pero crea mucha incomodidad alrededor. Un día quiero que mi hijo se enorgullezca del trabajo de su padre y que sienta que todo el esfuerzo ha merecido la pena”.

Baréin: la Fórmula de la sangre

Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI

De todas las revoluciones de la primavera árabe, la de Baréin es la más desconocida y olvidada. Tuvo su pico de atención informativa en 2011, pero luego cayó en el olvido. Se trata de un país minúsculo, difícil de situar en el mapa, sometido a un apagón informativo por parte del gobierno, y eclipsado mediáticamente por la violencia en Irak, Siria, Egipto o Yemen. Baréin solo vuelve a la actualidad con ocasión del Gran Premio de Fórmula 1, que se celebrará este fin de semana en una fabulosa pista en mitad del desierto. Y en estas fechas de lo último de lo que se habla es de la situación política. Lo que pasa en Baréin se queda fuera.

Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI
Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI

De todas las revoluciones de la primavera árabe, la de Baréin es la más desconocida y olvidada. Tuvo su pico de atención informativa en 2011, pero luego cayó en el olvido. Se trata de un país minúsculo, difícil de situar en el mapa, sometido a un apagón informativo por parte del gobierno, y eclipsado mediáticamente por la violencia en Irak, Siria, Egipto o Yemen. Baréin solo vuelve a la actualidad con ocasión del Gran Premio de Fórmula 1, que se celebrará este fin de semana en una fabulosa pista en mitad del desierto. Y en estas fechas de lo último de lo que se habla es de la situación política. Lo que pasa en Baréin se queda fuera.

Byron Young, corresponsal de Fórmula 1 en el Daily Mirror, explica en su cuenta de Twitter que ha recibido un correo electrónico del Gobierno recordándole que solo está autorizado a cubrir los eventos dentro del circuito. Para ejercer de periodista fuera del recinto deportivo, requiere del permiso especial de la Autoridad de Asuntos Informativos. En el dudoso caso de que se lo concedieran, iría escoltado por funcionarios del Ministerio del Interior.

¿A qué se debe tanto celo?¿Qué es lo que el Gobierno no quiere que veas? Las manifestaciones, las barricadas en las carreteras, los cócteles molotov, los gases lacrimógenos, las tanquetas antidisturbios apuntando a los pueblos chiíes, los torturados, los presos políticos hacinados en las cárceles.

Empecemos por el principio, empecemos por el mapa: Baréin es una isla del tamaño de Menorca situada en el Golfo Pérsico. Entre Catar y Arabia Saudí, con la que está conectada a través de una autopista de 25 kilómetros. Tiene fama de ser el país más liberal del Golfo, un título que en esta región hay que tomar con cierta cautela. No hay, como en la vecina Arabia, policía religiosa patrullando las calles ni ejecuciones públicas. Las mujeres están integradas en el mercado laboral. Aunque la presión social es grande, no hay ninguna ley que les obligue a vestir con niqab o hiyab. Aunque es un estado confesional, existe libertad de culto. El expatriado occidental puede hacer negocios con facilidad y hasta beber alcohol. En general, la vida es menos opresiva que en los países de su entorno. Hasta aquí la parte bonita que las empresas de relaciones públicas americanas contratadas por el gobierno cultivan con mimo en medios occidentales.

Baréin es un país de mayoría chií. Pero ha sido gobernado por la familia suní Al Jalifa desde el siglo XVIII, incluso durante la época colonial británica que finalizó en 1971. El Gobierno se vende a sí mismo como una monarquía parlamentaria. Pero lo cierto es que todo el poder emana de la familia real porque el Parlamento, elegido por sufragio universal, no posee capacidad legislativa. El primer ministro Jalifa bin Salman Al Jalifa es el tío del actual rey y gobierna el país desde hace más de 40 años, lo que le convierte en el gobernante en activo más longevo del mundo. Fue él quien compro por un dinar (al cambio unos dos euros y medio) los terrenos públicos en los que se construyó el complejo de rascacielos Bahrain Financial Harbour (BFH).

Una Gomorra infiel

La familia real funciona en la práctica como un empresario privilegiado. Posee numerosas inversiones en construcción, hoteles de lujo y explota la lucrativa venta de alcohol para el cual hay abundante público: la población expatriada occidental, los trabajadores asiáticos, los soldados estadounidenses de la Quinta Flota, algunos locales y los miles de saudíes que inundan el puente cada fin de semana con el ansia de libertad de un adolescente en viaje de fin de curso. En algún bar puede verse la insólita escena de soldados estadounidenses y ciudadanos saudíes charlando con prostitutas filipinas en la misma barra. Baréin es visto por los fundamentalistas del Golfo como una Gomorra infiel.

Casi toda la población vive concentrada en el tercio norte de la isla, mientras el resto del país es propiedad privada de la familia real o instalaciones militares. Como resultado, la sensación de chiringuito y rapiña familiar es asfixiante en un país minúsculo de un millón y medio de habitantes de los cuales la mitad son trabajadores extranjeros.

No hay un censo oficial sobre filiación religiosa desde los años 70, pero se calcula que entre el 60 y 70 por ciento de la población es chií. A pesar de ser mayoría, los seguidores de esta rama del Islam sufren discriminación laboral y de acceso a políticas sociales como la vivienda. Se trata de una discriminación oficiosa, sin base jurídica en el ordenamiento legal, que funciona como un tabú innombrable en medios oficiales. Pero los hechos no dejan lugar a dudas: los chiíes tienen vetado su acceso al Ejército y a la policía. En su lugar, el Gobierno contrata y concede la nacionalidad a policías suníes de otros países árabes: sirios, jordanos, yemeníes, egipcios y pakistaníes. Esta marginación de facto es una losa que lleva décadas alimentando la frustración de la población chií y envenenando la convivencia entre ambas comunidades.

Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI
Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI

En febrero de 2011, la ola de las revoluciones árabes encontró en Baréin el cultivo perfecto: al tradicional desencanto chií se unió el hartazgo de muchos suníes hacia la corrupción y el absolutismo del gobierno. Se produjo una acampada en la Plaza de la Perla, una rotonda hostil en un país sin plazas, coronada por una escultura de seis columnas rematada por una perla gigante. El nombre de la plaza tiene su explicación: antes del petróleo, la perla era la principal actividad económica del país.

Aquella acampada recibió el apoyo de casi todo el espectro político local: de islamistas moderados a izquierdistas laicos y partidos que incluyen a varias confesiones. Todos ellos con experiencia en la lucha política desde los años 70. Más allá de las posibles agendas ocultas de los diferentes partidos, fue un movimiento que trascendía las tradicionales reivindicaciones chiíes. El grito, moderado y masivamente compartido, era “queremos reformar la monarquía”. El blanco de las iras no era tanto el rey sino el primer ministro, el hombre con un dinar en el bolsillo.

Aquella revuelta fue especialmente inquietante para las monarquías del golfo, con Arabia Saudí a la cabeza. Era pacífica, tenía un enorme apoyo popular y fue capaz de articular, momentáneamente, un discurso integrador de chiíes y suníes. El 17 de febrero de 2011 la policía atacó el campamento y mató a cuatro personas, pero días después los manifestantes volvieron a tomar la plaza.

Una protesta aplastada por tanques saudíes

Cualquier posibilidad de acuerdo dialogado con la oposición fue aplastada cuando el 14 de marzo los tanques saudíes -y otras fuerzas del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG)- entraron a sangre y fuego en Baréin.

El símbolo de la protesta, el campamento de la Perla, fue arrasado. No fue suficiente: poco después se mandó derribar el monumento con la excusa de remodelar urbanísticamente la plaza que aún hoy, cuatro años después, sigue cerrada y cercada por el Ejército y la policía. La televisión nacional transmitió el derribo en directo pero hubo de interrumpir la emisión porque la perla gigante, al caer, mató a un operario.

Siguiendo con esta cruel e infantil destrucción de la memoria física, se retiraron de la circulación las monedas acuñadas con la estatua de la perla, que hoy se venden bajo cuerda en el zoco como reliquias históricas junto a billetes de Sadam Husein. El efecto logrado ha sido el contrario: la estatua de la perla se ha convertido en el símbolo de la resistencia y su efigie aparece dibujada en las paredes de los pueblos chiíes.

Empezaron las detenciones arbitrarias, las desapariciones, las torturas y la caza de brujas con campañas animando a denunciar a cualquier persona que hubiera participado en la acampada. Varios detenidos aparecieron en televisión pidiendo perdón en un bochornoso acto de contrición pública.

Nadie estaba a salvo. En plena paranoia represora, el Ejército saudí convirtió el principal hospital del país en objetivo militar. Impidió que los heridos fueran atendidos, dio palizas a conductores de ambulancia y encarceló a numerosos médicos, algunos suníes, que habían atendido a los heridos. Muchos siguen aún en la cárcel. El editor, librero y fundador del periódico Al Wasat, Abd al-Karim Fajrawi, acudió a comisaría a quejarse de la persecución a la que estaba siendo sometido un familiar. Lo torturaron hasta la muerte.

Presionado por sus socios occidentales y por el estado de shock en el que se encontraba el país, el Gobierno se vio obligado a establecer un Diálogo Nacional. Una comisión independiente elaboró un informe sobre violaciones de derechos humanos. El rey aceptó las conclusiones del informe y se comprometió a castigar a los culpables y poner cámaras en las instalaciones policiales para evitar la tortura.

Aquel movimiento prometedor sólo ha servido como lavado de imagen. Desde entonces, han surgido centros de detención clandestina y solo se han dictado un puñado de sentencias leves contra algunos agentes acusados de asesinato.

A una contrarrevolución no le basta con la violencia: necesita un relato. El Gobierno tuvo claro su mensaje: la revuelta había sido una conspiración sectaria de los chiíes, apoyada por Irán. Ahondar en la brecha sectaria se convirtió en la prioridad ideológica y en los meses posteriores a la revuelta, el Gobierno derribó unas 40 mezquitas chiíes. A día de hoy, muchos fieles todavía acuden a rezar al aire libre allí donde antes se levantaban los templos.

El rey, ¿un mal menor?

La estrategia del gobierno fue un éxito. Algunos suníes que habían apoyado las primeras manifestaciones empezaron ahora a cerrar filas en torno a lo que consideran el mal menor: “Mejor un rey corrupto que una revuelta chií que nos convertirá en una teocracia como Irán” es la coletilla frecuente utilizada por suníes descontentos pero leales al Régimen.

La profecía de odio sectario va camino de hacerse realidad gracias también a la coyuntura política de la región. Todo lo que sucede en los países vecinos tiende a leerse en clave sectaria: las matanzas de chiíes por parte del ISIS, las contraofensivas de las milicias chiíes en Irak, o los recientes bombardeos de la coalición liderada por Arabia Saudí contra los hutíes de Yemen. La narrativa de lucha sectaria se ha impuesto sobre la vieja dicotomía libertad-tiranía de la Primavera árabe. De alguna manera, los más beneficiados de este cambio de guión son los propios regímenes dictatoriales.

La campaña de represión ha radicalizado a parte de la oposición chií, cuya estrategia de lucha callejera incluye ahora esporádicos atentados mortales contra agentes de policía (3 muertos en el último año), vistos como mercenarios de una fuerza de ocupación extranjera. Las barricadas en la carretera con neumáticos ardiendo se repiten a diario alimentando una espiral infinita de acción-represión. El empleo indiscriminado de gas lacrimógeno ha costado la vida a varias personas (no hay datos fiables), algunas de las cuales estaban dentro de sus casas.

Fuera de los núcleos más conflictivos, gran parte de la población vive estos hechos con indiferencia y sin sufrir más molestia que algún ocasional atasco. Aunque el helicóptero de la policía y las columnas de humo sean parte del paisaje diario, no pude decirse, ni mucho menos, que los altercados callejeros hayan paralizado la vida normal del país. Para mucha gente, las barricadas es como vivir en un país en obras. Los suníes lo ven como un prueba más de la intolerancia chii, y la comunidad chii se divide entre quienes lo ven con simpatía y quienes consideran que es una estrategia dañina que, en última instancia, solo provoca molestias a los habitantes de los pueblos chiíes.

En general cunde la resignación y se asume que no hay nada que hacer. “Nosotros ya tuvimos nuestra dosis de represión, y bien que nos lo comimos. Ahora le toca el turno a la nueva generación”, dice uno de los participantes en la acampada de la Perla.

En 2011, Ecclestone no tuvo más remedio que suspender la carrera de Fórmula 1. No porque le preocupara la violación sistemática de los derechos humanos sino por el miedo a la seguridad de los pilotos en un país con toque de queda, patrullado por el Ejército saudí. En 2012, la Fórmula 1 volvió a Baréin y la carrera sigue celebrándose desde entonces a pesar de la llamada al boicot por numerosas asociaciones de derechos humanos. A medida que se acerca la fecha, la violencia aumenta en las calles de los pueblos chiíes y se multiplican los carteles, pintadas y vídeos contra lo que ellos llaman la Fórmula de sangre.

Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI
Manifestaciones en Bahréin, 22 de febrero de 2011. © AI

La ética de los grandes premios

En estas circunstancias, merece la pena plantear la responsabilidad ética de los grandes acontecimientos deportivos al dar legitimidad a regímenes crueles. Ahí está el caso de la vecina Catar, cuyas obras para el Mundial de fútbol han costado la vida a más de 1.200 trabajadores asiáticos. Un eufemismo utilizado en el Golfo para referirse a la mano de obra semi-esclava. No sabemos qué capacidad de presión sobre un Gobierno posee un evento deportivo privado. Lo que sí habría que plantearse es la capacidad de presión que tendrían las potencias mundiales.

Baréin no es Siria, dijo David Cameron en 2011 para justificar su tibieza ante la represión en este país del golfo. “Allá donde haya una injusticia, allí acudiremos los americanos”, dijo entonces el presidente Obama en referencia a la incipiente primavera árabe cuando solo amenazaba a regímenes enemigos. La reacción de ambos países antes los sucesos de Baréin ha oscilado entre la condena tímida y la presión para elaborar el informe al que nos hemos referido antes, al elogio y la complicidad.

¿Por qué no se muestran más inflexibles? Porque Baréin es, a efectos políticos, un apéndice de Arabia Saudí. Porque Estados Unidos tiene en Baréin la Quinta Flota del ejército, la mayor base americana en Oriente Medio. Porque Reino Unido ha firmado recientemente un acuerdo para construir en Baréin la que sería la única base británica permanente en Oriente Medio. Porque ambos países son, además, los principales vendedores de material militar a Baréin. España, por cierto, también vendió armamento por valor de 6,3 millones de en 2011 y 21,1 millones en 2012.

Estos países argumentarán que Baréin es un socio estable en la lucha contra el ISIS. Pero lo cierto es que el gobierno no siempre ha combatido el islamismo radical interno con la misma energía con el que lo ha hecho fuera de sus fronteras. Antes de convertirse en activo militante del ISIS, Turki al-Binali se pasó meses haciendo proselitismo del ISIS en Baréin sin tener ningún problema con la policía. Es cierto, sin embargo, que recientemente le ha incluido en la lista de 72 ciudadanos a los que ha revocado la nacionalidad. Lo más llamativo es que en ese grupo, junto a 19 yihadistas, aparecían 50 miembros chiíes de la oposición (periodistas, doctores, activistas de derechos humanos). Al meterlos a todos en la misma lista, el Gobierno intenta equiparar al terrorismo con la oposición democrática.

Uno de los que más ha denunciado la represión es el activista Nabeel Rajab, fundador del Centro Bareiní Derechos Humanos y una de las caras más conocidas de la oposición. Ha pasado dos de los tres últimos años en la cárcel. Ahora se enfrenta a dos condenas de cárcel, una de ella por 10 años, por escribir dos tuits. En el primero afirmaba que muchos de los bareiníes alistados al Estado Islámico procedían de las fuerzas de seguridad, a la que acusó de ser el incubador ideológico del terrorismo. En el segundo denunciaba las torturas en la prisión de Jaw, situada a unos 20 kilómetros del circuito de F1. Rajab es carismático, tolerante, laico, valiente y con buenos contactos en la prensa global: esta semana, el New York Times ha publicado una carta abierta a Obama.

Fue detenido hace dos semanas y espera condena en la cárcel. Es una de las personas que el Gobierno no quiere que veas ni escuches mientras se celebra la carrera de F1. Pero basta ya de palabras. Que empiece el espectáculo.

Aclaración: El nombre de la autora de este artículo es un seudónimo. Baréin no permite trabajar con libertad a periodistas.