La Fiscalía Anticorrupción desvincula la investigación a Rato del ‘caso Bankia’

 

RODRIGO RATO SALIENDO DETENIDO DE SU VIVIENDA DE MADRID 16/04/2015 MADRID

La Fiscalía Anticorrupción informará a favor de desvincular el ‘caso Rato’ del ‘caso Bankia’. Así constará en el informe que debe entregar al juez de la Audiencia Nacional Fernando Andreu antes de que decida si asume la investigación al exvicepresidente del Gobierno, Rodrigo Rato, como parte de la causa que instruye sobre la fusión y salida a Bolsa de la entidad bancaria.

En la imagen, Rodrigo Rato sale detenido de su vivienda el pasado 16 de abril. / EFE 

Rodrigo Rato sale detenido de su vivienda el pasado 16 de abril. / EFE

La Fiscalía Anticorrupción informará a favor de desvincular el ‘caso Rato’ del ‘caso Bankia’. Así constará en el informe que va a entregar al juez de la Audiencia Nacional Fernando Andreu antes de que decida si asume la investigación del patrimonio del exvicepresidente del Gobierno, Rodrigo Rato, como parte de la causa que instruye sobre la fusión y salida a Bolsa de la entidad bancaria.

Fuentes fiscales aseguran que la causa que se sigue contra el ex vicepresidente del Ejecutivo de Aznar, ex ministro de Economía y ex director del FMI por supuestos delitos fiscales y blanqueo de capitales por ocultar parte de su patrimonio en el extranjero no tiene ninguna conexión con el ‘caso Bankia’. En estas diligencias Rato también tiene la condición de imputado como máximo responsable del presunto falseamiento de las cuentas de la entidad durante el proceso de salida a Bolsa. Es decir, el único nexo de unión es el propio Rato, pero no los hechos.

Todavía está por ver que Andreu sea el instructor que investigue el ‘caso Rato’ después de que el juez de Madrid Antonio Serrano-Arnal se haya inhibido. Este magistrado considera que su Juzgado no es competente para investigar los hechos al existir indicios de un delito de blanqueo de capitales cometido en el extranjero.

El titular del Juzgado Central de Instrucción número 4 podría quedarse con el caso si, de acuerdo con las normas de reparto, se entiende que el ‘caso Bankia’ es un antecedente de suficiente entidad como para que el asunto pueda considerarse conexo. Hasta que se resuelva la inhibición, la causa sigue estando en manos de Serrano-Arnal.

Anticorrupción solicitó que la causa se enviara a la Audiencia Nacional después de que la Oficina Nacional de Investigación del Fraude (ONIF) enviara un informe en el que aquilataba el delito de blanqueo y, por tanto, la competencia dejaba de ser de los Juzgados de Instrucción de Madrid, situados en la Plaza de Castilla. Serrano-Artal se inhibió ya a favor de la Audiencia Nacional en cuanto el asunto recayó en su Juzgado. Sin embargo, en aquella ocasión la Fiscalía valoró que el delito de blanqueo estaba todavía en un estado demasiado embrionario como para determinar la competencia de la Audiencia Naciona.

Fuentes de la investigación explican que el juez de Madrid estaba poniendo ciertas trabas a las diligencias solicitadas por el Ministerio Público, que ve con temor que, si el caso queda en manos de este magistrado, el asunto no prospere con celeridad.

La Fiscalía tiene el foco centrado en la sociedad Kradonara, cuya matriz es la sociedad británica Vivaway Ltd, propiedad de Rato. La ONIF la considera una “estructura opaca” dirigida por el ex presidente de Bankia.

Rato busca la nulidad

Mientras se decide qué órgano judicial se encarga del proceso y, en última instancia, quién toma la decisión de sentar o no en el banquillo al  ex director del Fondo Monetario Internacional (FMI), el imputado intenta lograr la nulidad del caso. Su tesis principal es que su detención, así como la entrada y registro en su domicilio y despacho, fue desproporcionada. Si un tribunal le diera la razón, podría acabar diluyéndose el proceso ya que todos los documentos intervenidos quedarían anulados, según fuentes del caso.

Tras la detención de Rato, la causa se rebajó después de que la Audiencia Provincial de Madrid retirara el delito de alzamiento de bienes que inicialmente había sido incorporado por la Fiscalía. La razón fue que no se le podía imputar a Rato ese supuesto delito, basado en que habría ocultado su patrimonio para no hacer frente a las fianzas impuestas en el ‘caso Bankia’, porque esas fianzas ya habían sido depositadas.

Sin embargo, la detención y el envío a prisión del presunto testaferro de Rato, Alberto Portuondo, administrador único de la sociedad Albisa Inversiones, al intentar salir de España, ha dado un espaldarazo a la causa, que podría dar un giro de 180 grados con el cambio de instructor.

Una reunión sin nada que ocultar

Nada que ocultar

UN AGOSTO EN LA AVENIDA DE BURGOS (II)

Queridos accionistas y suscriptores.

El hombre propone y los dioses del Olimpo disponen. Estaba yo tan dispuesto a dedicar esta segunda crónica agosteña a mis partidas de ping pong con la reina del HTML y la emperatriz del Javascript, mientras la madeja tecnológica se va trenzando espasmódicamente alrededor, cuando don Rodrigo Rato Figaredo Rodríguez de San Pedro Sela y Duquesne mandó llamar a su mecánico. Los de su estirpe no tienen conductor, menos aún chófer, sino mecánico y usan el plural con relamida condescendencia: “Saque el coche, que nos vamos al Ministerio del Interior”.

UN AGOSTO EN LA AVENIDA DE BURGOS (II)

Queridos accionistas y suscriptores:

El hombre propone y los dioses del Olimpo disponen. Estaba yo tan dispuesto a dedicar esta segunda crónica agosteña a mis partidas de ping pong con la reina del HTML y la emperatriz del Javascript, mientras la madeja tecnológica se va trenzando espasmódicamente alrededor, cuando don Rodrigo Rato Figaredo Rodríguez de San Pedro Sela y Duquesne mandó llamar a su mecánico. Los de su estirpe no tienen conductor, menos aún chófer, sino mecánico y usan el plural con relamida condescendencia: “Saque el coche, que nos vamos al Ministerio del Interior”.

El auriga sabía de sobra que todos los apellidos del prócer cabían holgadamente en el asiento trasero, pero no pudo evitar dirigirle una mirada de espanto. ¿Al ministerio del Interior? ¿Habría decidido don Rodrigo confesar nuevos delitos y entregarse? Su jefe se sintió obligado a tranquilizarle: “No, no se preocupe… Le contaré al ministro todo lo que me está pasando. Le daré mi versión”.

Y allí que se fueron, arrojando al llegar a Castellana 5 la colilla que prendió el gran incendio del verano. Aunque el fuego tardó, por razones que explicaré al final, más horas de lo normal en propagarse, ya que entrada la semana todo el bosque político era pasto de unas llamas que avanzaban imparablemente hacia el reducto vacacional del Jefe del Gobierno.

Tan grave era la conflagración que estuve a punto de pedir a Javier Muñoz y al Arponero Ingenuo que interrumpieran sus vacaciones y acudieran en mi ayuda para adentrarnos entre las lianas de fuego y las columnatas de humo, antes de que no quedara ni una yesca que llevarse al folio. Pero hétenos aquí que irrumpió don Tomás Serrano -apunten este nombre pues les hará sonreír muchas veces desde ahora- enviándonos el magnífico dibujo que acompaña a este texto, con tres palabras como título: “Nada que ocultar”. Y la magia de la imagen sirvió para activar un recuerdo de cuando el Arponero aún no había nacido, que cobra ahora extraordinaria importancia.

Partamos de la base de que yo creo a pies juntillas que Rato y Fernández no cerraron ningún trato inconfesable en su conversación del ministerio. Como bien refleja el dibujo, lo vergonzoso en sí, lo que obliga al pudor a meterse debajo de la mesa, fue el propio encuentro en el despacho oficial. A partir de que el ujier abrió la puerta del Excelentísimo al imputado acogotado, lo que se tratara allí ya sólo era un elemento ornamental. Un a más a más. Porque el medio era el mensaje y la noticia el encuentro en sí.

Por Rodrigo Rato como si había que hablar de las indubitadas apariciones de la Virgen de Fátima durante la vigilia de adviento en algunos cuarteles remotos de la Guardia Civil. Lo que le importaba era que la reunión se celebrara. Y que trascendiera. Que se supiera, que lo supieran los policías, los jueces, los fiscales, la prensa marianista –o sea toda la empapelada-, la opinión pública en suma: que él no es un apestado, que para la cúpula del PP sigue siendo “uno de los nuestros”, alguien a quien hay que proteger y defender en memoria de los servicios prestados, como hizo Rafael Hernando al decir que él también lo hubiera recibido. ¡Criatura! No nos cabe la menor duda de que lo hubiera hecho.

Lo sustancial no era el contenido del encuentro sino su apariencia. Por eso Rato sólo precisó que, claro, cómo no, había ido a hablar de lo suyo, “de todo lo que me está pasando”; cuando Fernández Díaz, en un alarde de majadería política con pocos precedentes, dijo en su nota de prensa que había puesto como “condición previa” que no se tratara de la “situación procesal” del visitante.

Hacía tiempo que nadie nos tomaba tan abiertamente por imbéciles. ¿Se imaginan el pitorreo si “el Pollo del Pinar” -Eligio Hernández en este mundo- se hubiera parapetado en esa misma “condición previa” cuando recibió a Amedo durante uno de sus permisos carcelarios en la sede de la Fiscalía General del Estado? O si Bermejo hubiera alegado que aceptó compartir caza y mantel con Garzón con la “condición previa” de no hablar de la Gürtel. O, por quitarle hierro, si Florentino Pérez se reuniera con su ten million dollar baby con la “condición previa” de no hablar de su renovación. O si dos apasionados amantes superaran todas las dificultades para verse con la “condición previa” de no tocarse.

Con comparecencias así de cínicas se destruye todo atisbo de fe en un sistema basado en la rendición de cuentas.

Por supuesto que hablaron de lo suyo, “de todo –todito todo- lo que me está pasando”, ¿cómo no iban a hacerlo? Pero los apaños ignominiosos, los tratos de favor inconfesables, se cocinan siempre a través de intermediarios de poco lustre. Cada cosa a su tiempo. Lo que Rato buscaba ahora era una especie de desagravio oficioso por el episodio de la mano en la nuca y el trato mediático anejo. Conoce lo suficientemente bien el percal como para saber que en la España del revoltijo de poderes sólo podrá afrontar acusaciones como las de blanqueo si previamente es blanqueado por los suyos. A partir de ahí, será cosa de los Enrique López, Concepción Espejel y demás jueces de partido.

La coartada recalentada por Fernández Díaz en el microondas de su comparecencia agosteña no pudo ser más ridícula. Dijo que Rato había recibido “400 tuits” intimidatorios –sin precisar si fueron de uno o de 400 tuiteros-, que estaba preocupado por el “eventual” riesgo de que le retiraran la escolta y que él consideró que era su deber “explicarle cómo funciona el sistema” de protección policial. Pamplinas. Ni Rato tiene cuenta de Twitter, ni se había tomado decisión alguna sobre su escolta, ni sería en todo caso el ministro el encargado de darle detalles técnicos.
Ahora nos cuentan que en realidad fue la pareja de Rato quien recibió un tuit de un tarado diciendo que iba a “desmembrar” al ex vicepresidente al modo de “la matanza de Texas”; pero, a juzgar por las fotos difundidas de ambos, no parece que estén pasando el verano bajo la sombra de la “motosierra”. Aunque en materia de seguridad personal toda precaución es poca, el “principio de proporcionalidad”, varias veces invocado por el ministro, no aparece aquí por ningún lado. Demasiado despacho para tan poco motivo. Además, ¿por qué ninguno de los dos interlocutores mencionó las amenazas en sus primeras versiones? Con comparecencias así de cínicas se destruye todo atisbo de fe en un sistema basado en la rendición de cuentas.

La pregunta clave no es si el presidente lo sabía. Salvando las distancias, es tan imposible que Rajoy ignorara que su ministro del Interior iba a recibir a Rato como que González ignorara que el suyo andaba secuestrando viajantes de comercio por error. La pregunta clave es por qué autorizó y tal vez propició el encuentro precisamente con Fernández Díaz. Y aquí entra en funcionamiento la hemeroteca de la memoria.

Nada que ocultar
Ilustración: Tomás Serrano

Cuando en julio de 2013 publiqué mis “Cuatro horas con Bárcenas” actué por mi cuenta y riesgo. Yo era, como siempre, un electrón libre. Ni la conversación había sido grabada, ni había convenido con el ex tesorero su publicación. Pero tampoco me había pedido que no lo hiciera. En las normas deontológicas de EL ESPAÑOL constará que un periodista sólo debe respetar el “off the record” tras haberlo convenido con la fuente de forma expresa. In dubio pro lector. Esa ha sido y será mi pauta. Pero no las tuve todas conmigo hasta que Bárcenas no avaló mi relato ante el juez Ruz.

El punto de no retorno para todos -menos para los lacayos del grupo parlamentario del PP que lamieron la mano del amo- fue la publicación de los SMS intercambiados durante años con Rajoy hasta desembocar en el “Luis, sé fuerte”, dos días después de que se divulgara el descubrimiento de su dineral en Suiza. Aunque el impacto mediático de aquella portada fue fulminante -sobre todo para mí- su intrahistoria no deja de tener su guasa pues Bárcenas se comunicaba como podía con su entorno desde la cárcel y eran otras personas las que localizaban los SMS en los distintos terminales móviles que había venido utilizando. Pues bien, en medio de aquel barullo hubo otros mensajes que no aparecieron: los de Fernández Díaz. Aparecieron los de Rajoy, aparecieron los de Mauricio Casals, Príncipe de las Tinieblas, pero no los del ministro del Interior.

¿Se refería a ellos Bárcenas cuando comentó durante su merendola con Raúl del Pozo que “hay en marcha un libro –sin duda el de Marisa Gallero para La Esfera- con dos SMS más que sale en septiembre”? Lo que es obvio es que esta “liaison dangereuse” debe vincularse al dispositivo montado desde Interior para controlar a la familia Bárcenas y apoderarse de sus documentos. En ese contexto fui víctima de los seguimientos que denuncié hace dos veranos en el programa de Jesús Cintora. También tienen mucho que ver las gestiones encaminadas a que la UDEF aclarara que “Luis el cabrón” no era Bárcenas sino otro, copatrocinadas por María Pico, jefa de gabinete de Soraya.

Como bien han apuntado varios amigos tuiteros, Fernández Díaz emerge así como el “señor Lobo” que “soluciona problemas” en la “Pulp Fiction” de chamarilería montada en la calle Génova. O, mejor todavía –apunto de mi cosecha-, como el fiel y doliente mastín Doug Stamper que va borrando las huellas de los desmanes de su jefe en House of Cards. Tras abandonar el pecado, como Stamper el alcohol, Fernández Díaz siempre acompañó a Rajoy de departamento en departamento en plan criado para todo. Que haga ahora el trabajo sucio en su condición de Ministro del Interior, no deja de ser un pleonasmo gravemente embarazoso para nuestra democracia.

El problema es que, abandonado a su suerte, Rato se convertiría a cuatro meses de las elecciones generales en la peor bomba de relojería imaginable. Le bastaría corroborar que tanto Mariano como él cobraban sobresueldos prohibidos por la ley cuando eran ministros, o que la cúpula del partido conocía el flujo de maletines que llegaba al despacho de Lapuerta, para que las limitadas posibilidades de seguir en el poder de este PP saltaran por los aires. De ahí que el despacho del ministro se metamorfoseara el 29 de julio en la ‘requetemanoseada’ consulta del “¿verdad que no vamos a hacernos daño, doctor?”.

Fernández Díaz emerge así como el “señor Lobo” que “soluciona problemas” en la “Pulp Fiction” de chamarilería montada en la calle Génova.

Y a modo de postdata aquí va la pregunta que se hacen con perplejidad algunos de los más conspicuos corresponsales extranjeros en España: ¿cómo es posible que tanto el periódico que tuvo la exclusiva del verano como el periódico que consiguió las declaraciones de Rato que desmentían la nota oficial del Ministerio enterraran esas impactantes noticias –devastadoras para el actual Gobierno- en sendas páginas pares, sin hacer mención alguna en sus portadas? En ninguno de los dos casos merecieron un lugar en el escaparate que con tanto cuidado se reparte. Ver para creer. ¿Tanto ha calado ya el responsable autocontrol –así se le llama ahora- en aquella “fábrica de Minerva” y en aquella “sabia Atenas”? ¿Tanto hay que mirar al poder por el rabillo del ojo, no vayamos a tener mañana un lío, que la última vez Soraya se puso como una fiera? Es para quedarse atónito. “Fabio, si tú no lloras, pon atenta la vista en luengas calles destruidas”.

Pero esto no pasará en EL ESPAÑOL y espero incluso que no pase con EL ESPAÑOL. Por algo decía Falstaff que, además de por su propio “ingenio”, había que valorarle por el que inducía en los demás. Ya veréis como antes de que nazcamos empezará a notarse. ¡Qué difícil lo van a tener quienes han medrado entregando lectores al poder, ahora que va a volver a ponerse de moda proporcionar poder a los lectores!

Cierre en falso a la sombra de Rajoy

Ni una sola explicación verosímil, ni una pizca de autocrítica y ni un solo argumento de fuste para justificar por qué el máximo responsable político de los cuerpos de seguridad había despachado en privado en el Ministerio con un ‘pluriimputado’ por administración desleal, falsedad documental, fraude tributario y blanqueo de capitales, entre otros.

La comparecencia de Jorge Fernández Díaz en el Congreso de los Diputados para rendir cuentas de su reunión con Rodrigo Rato en el Ministerio del Interior resultó previsiblemente decepcionante. 

Ni una sola explicación verosímil, ni una pizca de autocrítica y ni un solo argumento de fuste para justificar por qué el máximo responsable político de los cuerpos de seguridad había despachado en privado en el Ministerio con un ‘pluriimputado’ por administración desleal, falsedad documental, fraude tributario y blanqueo de capitales, entre otros.

El ministro adujo que aceptó entrevistarse con Rodrigo Rato porque ha sido víctima de graves amenazas en Twitter y en otros ámbitos y circunstancias que no detallaba por seguridad; que había decidido recibirle personalmente porque se trata del exvicepresidente del Gobierno y exdirector del FMI y que en los 60 minutos que duró la reunión en ningún momento hablaron de su situación procesal ni de las pesquisas de que está siendo objeto.

Tales explicaciones resultan tan inconsistentes que sólo contribuyen a extender aún más las sombras que se ciernen sobre el Gobierno y sobre el PP en lo que refiere a su compromiso real con la regeneración política y de lucha contra la corrupción. Puede que Rodrigo Rato tema ir sin escolta porque le pitan los preferentistas en la puerta del Juzgado, pero es evidente que este problema de seguridad no precisa de una intervención directa del ministro. Por otro lado, basta recordar el mando de Fernández Díaz sobre la Guardia Civil (a cargo de la investigación) para concluir que su reunión con Rato fue una grave irresponsabilidad.

Ni rastro de arrepentimiento

Lejos de mostrarse siquiera algo arrepentido, Fernández Díaz se permitió el lujo de reñir a la oposición por haberle obligado a comparecer en medio de sus vacaciones y por pedirle la dimisión  y, lo que es peor, preguntado al respecto, dejó en el aire la posibilidad de volver a recibir a Rato en el Ministerio si se lo vuelve a pedir.

El precedente de tanta prepotencia hay que atribuírselo al propio Rajoy, que puso a ras de suelo la asunción de responsabilidades políticas cuando, tras conocerse sus mensajes de apoyo a Bárcenas (“Luis, sé fuerte”), optó por continuar impasible sin dar explicaciones ni pedir perdón a la opinión pública. El presidente del Gobierno no esperó siquiera a que acabara la comparecencia para dar por buenas las explicaciones del ministro. A este cierre en falso de Jorge Fernández Díaz se sumó el portavoz del PP en la Comisión parlamentaria de Interior, Francisco Márquez, que se limitó a seguir al dedillo el guión prefijado.

Los diputados de la oposición fueron lógicamente contundentes. Una de las andanadas más relevantes fue la del portavoz de Izquierda Plural, Ricardo Sixto, cuando aventuró que si el ministro había recibido de a Rodrigo Rato en privado es porque ambos presumían que el ex vicepresidente tiene el teléfono pinchado. La acusación velada de que el titular de Interior estaba protegiendo a Rato de una supuesta intervención telefónica -no acreditada en los procedimientos judiciales- es gravísima, aunque Fernández Díaz prefirió no darse por aludido. Para su defensa contaba el ministro, de partida, con la experiencia y complicidad de Rajoy y con la precipitación con que el PSOE denunció el asunto la víspera ante la Fiscalía.

Además, en EL ESPAÑOL:

 

Las 19 incógnitas que la comparecencia de Fernández Díaz no despejó

Fernández Díaz

El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, se sometió al escutrinio de la Cámara Baja en una comparecencia para rendir cuentas sobre la reunión que mantuvo con el ex vicepresidente Rodrigo Rato el 29 de julio en su despacho oficial. “Era mi deber atenderlo. Se reunió conmigo por su seguridad personal”, repitió durante su larga comparecencia sin ningún arrepentimiento. Dio algunas respuestas, pero son más las incógnitas. 

El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, se sometió al escutrinio de la Cámara Baja en una comparecencia para rendir cuentas sobre la reunión que mantuvo con el ex vicepresidente Rodrigo Rato el 29 de julio en su despacho oficial. “Era mi deber atenderlo. Se reunió conmigo por su seguridad personal”, repitió durante su larga comparecencia sin ningún arrepentimiento.

EL ESPAÑOL diseñó este jueves una lista con las preguntas que el máximo mandatario del departamento de Interior debía responder para esclarecer el encuentro y sus implicaciones. Sin embargo, cuatro horas de comparecencia no bastaron para despejar todas las dudas que despertó una reunión que -de creer a Fernández Díaz- el propio presidente del Gobierno descubrió a través de la prensa.

El ministro se limitó a reconocer que Rodrigo Rato se puso en contacto con él entre el 9 y el 20 de julio, que a la reunión en la sede del Ministerio él mismo llegó tarde y que su jefe de gabinete participó, pero sólo al principio. Fue Rato quien solicitó el encuentro, según la versión del ministro, porque “estaba preocupado por la posibilidad de que le retirasen la seguridad” y por las amenazas en forma de tuit que recibieron él y su entorno. Finalmente, el titular de Interior se escudó en que Rato está en peligro para no dar más explicaciones a la ciudadanía.

Balance comparecencia

A continuación figuran las cuestiones que el ministro dejó sin responder. De las 35 planteadas inicialmente, más de la mitad quedaron sin aclarar: 19 en total.

  1. ¿Hay constancia de la llegada de Rato al Ministerio en el registro de entrada?
  2. ¿Alguien del PP sabía que iba a producirse ese encuentro? ¿Quién o quiénes?
  3. ¿Contó el ministro cómo fue la reunión a alguien? ¿A quién?
  4. ¿Ha recibido el ministro en su despacho a otros amigos para abordar sus problemas?
  5. ¿Pidió Rato al ministro que hiciera llegar a la AET o a Cristóbal Montoro su versión sobre el origen de su patrimonio?
  6. ¿Qué consecuencias tuvo el encuentro?
  7. ¿Por qué aseguró el Ministerio en su comunicado que Jorge Fernández Díaz no tiene ninguna relación con la investigación cuando es la Guardia Civil, bajo su mando, la que actúa como policía judicial?
  8. ¿Le comentó Rato si él o su familia habían interpuesto alguna denuncia por las amenazas a su familiar?
  9. ¿Por qué Interior tardó casi tres días en tratar de explicar los hechos si todo estaba tan claro, según la versión del ministro?
  10. ¿Se ha planteado el ministro llevar a cabo alguna actuación judicial contra Rato por asegurar que sí hablaron de su caso?
  11. ¿Tiene Fernández Díaz relación con Luis Bárcenas en la actualidad?
  12. ¿Mandó el ministro del Interior mensajes de apoyo a Luis Bárcenas, tal como ha asegurado el extesorero del PP?
  13. ¿Quién ordenó el dispositivo de vigilancia a Luis Bárcenas y sus familiares antes de que el extesorero entrara en prisión?
  14. ¿Hizo alguna gestión el ministro del Interior para identificar a los autores y responsables de este operativo de vigilancia a Bárcenas?
  15. Si la dimisión del exministro Bermejo estaba motivada por irse de cacería con un imputado, ¿debería el ministro presentar su renuncia?
  16. ¿Ha recibido instrucciones del presidente del Gobierno para contactar en su nombre con imputados por corrupción?
  17. ¿Ha participado en alguna reunión con el presidente del Gobierno para decidir la estrategia del PP sobre los casos de corrupción?
  18. ¿Se han tratado casos de corrupción como Gürtel, Púnica o el caso Bankia en reuniones del Gobierno?
  19. ¿Ha consultado con Soraya Sáenz de Santamaría o su jefa de gabinete la estrategia del Gobierno en relación a casos de corrupción que afectan al PP?

Con información de Antonio Delgado, Patricia López, Pablo Romero y Joaquín Vera.

Además, en EL ESPAÑOL:

Fernández Díaz alega que Rato está en peligro para no dar explicaciones

La oposición ha pedido la dimisión del ministro del Interior durante su comparecencia en el Congreso para explicar su cita con Rodrigo Rato, imputado por el ‘caso Bankia’, en sede ministerial. El presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, ha apoyado a Fernández Díaz: “A la oposición lo que le interesa es pescar en río revuelto”. Así se lo hemos contado.

La oposición ha pedido la dimisión del ministro del Interior durante su comparecencia en el Congreso para explicar su cita con Rodrigo Rato, imputado por el ‘caso Bankia’, en sede ministerial. El presidente de Gobierno, Mariano Rajoy, ha apoyado a Fernández Díaz: “A la oposición lo que le interesa es pescar en río revuelto”. Así se lo hemos contado.

35 preguntas para Fernández Díaz por su reunión con Rato

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El encuentro de Jorge Fernández Díaz con Rodrigo Rato no fue uno más. No figuraba en la agenda del ministro del Interior y fue aireada por la prensa, con versiones contradictorias sobre su contenido, insólitos comunicados de prensa y finalmente una comparecencia extraordinaria en pleno agosto ante el Congreso. Fernández Díaz se reunió con Rato, el ex vicepresidente económico del Gobierno, ex director gerente del Fondo Monetario Internacional, expresidente de Bankia, ex casi todo en el PP pero actualmente imputado por varios delitos y con su patrimonio bajo sospecha. Aquí están todas las preguntas sin respuesta,

El encuentro de Jorge Fernández Díaz con Rodrigo Rato no fue uno más. No figuraba en la agenda del ministro del Interior y fue aireado por la prensa, con versiones contradictorias sobre su contenido, insólitos comunicados de prensa y finalmente una comparecencia extraordinaria en pleno agosto ante el Congreso. Fernández Díaz se reunió con Rato, el ex vicepresidente económico del Gobierno, ex director gerente del Fondo Monetario Internacional, expresidente de Bankia, ex casi todo en el PP pero actualmente imputado por varios delitos y con su patrimonio bajo sospecha.

Estas son las incógnitas que rodean a una de las citas más polémicas de los últimos años.

  1. ¿Cuándo recibió la llamada de Rodrigo Rato?
  2. ¿Qué problema personal invocó Rato para convencer al ministro de que debía recibirle?
  3. ¿No se podía tratar por teléfono?
  4. ¿Cuánto tiempo tardó en recibir a Rato desde que éste le expuso su interés por entrevistarse?
  5. ¿Por qué aceptó la entrevista a sabiendas de que hacerlo podía ponerlo en una difícil situación?
  6. ¿Le presionó Rato de alguna manera para convencerle? ¿Le amenazó con alguna información sensible?
  7. ¿Hay constancia de la llegada de Rato al Ministerio en el registro de entrada?
  8. ¿Cuánto duró?
  9. ¿De qué se habló?
  10. ¿Alguien del PP sabía que iba a producirse ese encuentro? ¿Quién o quiénes?
  11. ¿Contó el ministro cómo fue la reunión a alguien? ¿A quién?
  12. ¿Ha recibido el ministro en su despacho a otros amigos para abordar sus problemas personales?
  13. ¿Ha recibido el ministro a otros imputados en su despacho?
  14. ¿Informó el ministro a Rato de las pesquisas de la Guardia Civil en el marco de las investigaciones sobre el exbanquero?
  15. ¿Se mencionó en la reunión el papel decisivo de la Agencia Tributaria en la iniciación del ‘caso Rato’?
  16. ¿Pidió Rato al ministro que hiciera llegar a la AET o a Cristóbal Montoro su versión sobre el origen de su patrimonio?
  17. ¿Qué consecuencias tuvo el encuentro?

    La explicación de lo sucedido

  18. ¿Por qué no se informó en el comunicado de que la razón de la reunión era las amenazas a un familiar de Rato?
  19. ¿Por qué aseguró el Ministerio en su comunicado que Jorge Fernández Díaz no tiene ninguna relación con la investigación cuando es la Guardia Civil, bajo su mando, la que actúa como policía judicial?
  20. ¿Le comentó Rato si él o su familia habían interpuesto alguna denuncia por las amenazas a su familiar?
  21. ¿Habló con el imputado de su situación procesal, tal como sostiene el propio Rato?
  22. ¿Por qué Interior tardó casi tres días en tratar de explicar los hechos si todo estaba tan claro según la versión del ministro?
  23. ¿Miente Rato cuando asegura que hablaron de “lo que le estaba pasando”?
  24. ¿Se ha planteado el ministro llevar a cabo alguna actuación judicial contra Rato por asegurar que sí hablaron de su caso?

    Más allá de Rodrigo Rato

  25. ¿Tiene Fernández Díaz relación con Luis Bárcenas en la actualidad?
  26. ¿Mandó el ministro del Interior mensajes de apoyo a Luis Bárcenas, tal como ha asegurado el extesorero del PP?
  27. ¿Quién ordenó el dispositivo de vigilancia a Luis Bárcenas y sus familiares antes de que el extesorero entrara en prisión?
  28. ¿Hizo alguna gestión el ministro del Interior para identificar a los autores y responsables de este operativo de vigilancia a Bárcenas?
  29. Si la dimisión del exministro Bermejo estaba motivada por irse de cacería con un imputado, ¿debería el ministro presentar su renuncia?

    Rajoy

  30. ¿Pidió el ministro permiso a Mariano Rajoy para reunirse con Rato?
  31. ¿Informó a Mariano Rajoy con posterioridad del contenido de la reunión?
  32. ¿Ha recibido instrucciones del presidente del Gobierno para contactar en su nombre con imputados por corrupción?
  33. ¿Ha participado en alguna reunión con el presidente del Gobierno para decidir la estrategia del PP sobre los casos de corrupción?
  34. ¿Se han tratado casos de corrupción como Gürtel, Púnica o el caso Bankia en reuniones del Gobierno?
  35. ¿Ha consultado con Soraya Sáenz de Santamaría o su jefa de gabinete la estrategia del Gobierno en relación a casos de corrupción que afectan al PP?

Han preguntado: María Peral, Vicente Ferrer, Mariano Gasparet, Pablo Romero, Ana I. Gracia, Joaquín Vera y Daniel Basteiro.

Además, en EL ESPAÑOL:

El PSOE ataca a Fernández Díaz por el “escándalo” de los SMS a Bárcenas

Antonio Hernando

El PSOE redobla la presión contra Jorge Fernández Díaz. Para el portavoz de los socialistas en el Congreso, Antonio Hernando, es un “escándalo” que el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, haya enviado SMS de ánimo a Luis Bárcenas cuando ya estaba ya siendo investigado, según reconoció el propio extesorero y publica este jueves EL ESPAÑOL

Los socialistas redoblan la presión contra Jorge Fernández Díaz. Para su portavoz en el Congreso, Antonio Hernando, es un “escándalo” que el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, haya enviado SMS de ánimo a Luis Bárcenas cuando ya estaba ya siendo investigado, según reconoció el propio extesorero y publica este jueves EL ESPAÑOL.

Hernando considera “un escándalo que el ministro del Interior hubiese mandado mensajes al señor Bárcenas. Si es el ministro de Interior el que está haciendo esas cosas, que es el que dirige la Policía y la Guardia Civil, estamos ante una situación muy grave de cara a la seguridad, que tiene que ser la de todos los españoles y no solamente de los amigos del ministro”, ha dicho ante la Fiscalía General del Estado al ser preguntado por este periódico y otros medios.

Jorge Fernández Díaz, que mantuvo un encuentro en la sede del Ministerio con Rodrigo Rato  -ex vicepresidente del Gobierno e imputado por el caso Bankia- comparecerá este viernes en el Congreso para dar explicaciones sobre contenido y la oportunidad de la cita. Sin embargo, lo conocido hasta ahora merece para el PSOE una denuncia contra el ministro ante la Fiscalía. El partido de Pedro Sánchez pretende judicializar así el caso al apreciar indicios de tres delitos: prevaricación, omisión del deber de perseguir delitos y revelación de secretos. El escrito reclama la declaración en sede judicial del propio ministro, de Rato y de funcionarios de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil.

“Ni un minuto más como ministro”

En su redoblada presión al Gobierno, el PSOE ha considerado que Fernández Díaz “no debería de permanecer ni un minuto más al frente del Ministerio”, tanto si se confirma que incurrió en alguno de esos tres delitos como si arropó a Bárcenas en el momento en el que se investigaba su fortuna en Suiza.

“La corrupción es una prioridad política, social y es inaceptable” como para que Fernández Díaz se permita mandar SMS “a un corrupto”, algo que debería llevar a Mariano Rajoy a destituirlo “inmediatamente”, ha asegurado.

El Ministerio del Interior no ha tardado en reaccionar y ha amenazado con acciones legales por “denuncia falsa, injurias y calumnias”, según informa EFE. 

El PSOE no confía en las explicaciones que puede dar Fernández Díaz. Según recordó Hernando, el presidente del Gobierno advirtió el lunes de que de esa comparecencia no debe esperarse “nada particular”.

La transparente opacidad

PP

Que Fernández Díaz haya recibido a Rato revela, en el mejor de los casos, una enorme torpeza por parte de Jorge Fernández. Porque lleva a pensar en otras explicaciones menos favorecedoras. Por ejemplo, si no será que alguien con la información interna que del PP y del Gobierno tiene Rodrigo Rato pudiera haber tratado de emplearla para forzar una reunión con el ministro y presionar a las autoridades.

Tres días después de que se conociese que el ministro del Interior recibió a Rodrigo Rato en su despacho a la semana siguiente de haberse negado éste a declarar ante el juez por la imputación de blanqueo, el departamento que dirige Jorge Fernández ha emitido un comunicado para intentar sofocar el consiguiente escándalo político y la petición de explicaciones de los partidos de la oposición. El documento tiene cinco puntos que suscitan al menos otros tantos interrogantes, por lo que, lejos de aclarar, aumenta las sospechas de lo turbio de ese encuentro.

Lo primero que destaca la nota es que Rato solicitó la reunión para tratar un asunto “exclusivamente personal”, haciendo saber que su petición nada tenía que ver con la “situación procesal” por la que atraviesa. Según el comunicado, el ministro se aseguró de aclarar ese extremo antes de aceptar la cita. Cabe preguntarse si Jorge Fernández es tan generoso con su tiempo como para recibir, en horas de oficina, a todo aquel que quiera confiarle un asunto “personal”. Dado que no es verosímil, cabría exigir al Ministerio que concrete cuáles son los criterios que utiliza para abrir las puertas del despacho de su titular.

En segundo lugar, se dice que la entrevista duró algo menos de una hora, y no dos, como se ha publicado. Una hora de conversación da para abordar varios temas e incluso alguno en profundidad. Toda vez que el propio comunicado especifica que Rato quería hablar de “una cuestión”, está claro que tuvo minutos suficientes para exponerla y debatirla. Convendría que el Ministerio informara del tiempo transcurrido desde que Rato pidió la entrevista hasta obtener el consentimiento, porque podría dar pistas en cuanto a la predisposición del ministro a recibirlo.

En su tercer punto, la nota precisa que Jorge Fernández eligió su despacho para la cita como forma de demostrar que no había “nada que ocultar”. La máxima que se esgrime es ésta: “Era más adecuado hacerlo en la sede del Ministerio que en el reservado de un restaurante”. Una tesis que fácilmente se puede poner del revés. Cuántas veces no se habrán cometido irregularidades usando precisamente los despachos oficiales como coartada. Para que la explicación del Ministerio fuera creíble debería haber comunicado previamente que la reunión se iba a producir. Presumir de que el encuentro fue en el despacho una vez desatado el escándalo puede llevar a pensar que ésa era la trampilla que el ministro había previsto para tratar de salir airoso en el caso de que los hechos trascendiesen a la opinión pública.

En cuarto lugar, la nota ministerial subraya que las investigaciones sobre Rato están en manos de la Fiscalía Anticorrupción y de la Unidad de Inteligencia Financiera, adscrita a la Agencia Tributaria. Sin embargo oculta que la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil, encargada de la investigación, depende de Interior, ¿o es que por el hecho de actuar bajo la autoridad judicial sus miembros no tienen que responder ante Interior, y sus sueldos, reconocimientos, o ascensos no los decide el Ministerio?

En el quinto y último punto, Interior asegura que el ministro “no ha realizado ningún tipo de gestión” en relación a la situación procesal de Rato. Teniendo en cuenta que admitir lo contrario daría pie a investigarlo por prevaricación, se trata de un argumento de escaso valor.

El episodio revela, en el mejor de los casos, una enorme torpeza por parte de Jorge Fernández. Porque que el ministro del Interior reciba a una persona de la trascendencia de Rato, estando como está imputado por graves delitos, lleva a pensar en otras explicaciones menos favorecedoras. Por ejemplo, si no será que alguien con la información interna que del PP y del Gobierno tiene Rodrigo Rato pudiera haber tratado de emplearla para forzar una reunión con el ministro y presionar a las autoridades.

La lista de casos de corrupción que acumula el PP es tan extensa que, a estas alturas, debería haber servido de experiencia a sus dirigentes y cargos públicos para andar con mejor tiento y más escrúpulos. Jorge Fernández ha reaccionado tarde, cuando el asunto llevaba días pudriéndose en mitad de la calle, y la nota pretendidamente aclaratoria que ha facilitado a la opinión pública es un homenaje a la opacidad y el oscurantismo. Al final, se atrinchera en decir que nada puede desvelar porque lo tratado era “exclusivamente personal”. Por eso la última pregunta nos devuelve a la casilla de salida: ¿Es de recibo que el ministro del Interior hable de asuntos personales en su despacho oficial con un imputado por corrupción que fue vicepresidente del Gobierno y alto cargo de su partido?

Foto: El ministro de Hacienda, Cristobal Montoro en julio junto al ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz y el Vicesecretario de política Autonómica, Javier Arenas (Flickr / PP)

La maza de Mariano en la nuca de Rodrigo

Rato

Lo recuerdo como si fuera hoy. Era 2001 y acababa de estallar el caso Gescartera. La sospecha del favoritismo, el tráfico de influencias, y tal vez el de maletines, planeaba por primera vez sobre Rodrigo Rato. Era un domingo por la mañana y había acudido, acompañado de mi en aquel tiempo fiel escudero, a la modesta vivienda que el vicepresidente económico compartía aún con Gela Alarco y sus tres hijos pequeños. “Tú tienes dos problemas, Rodrigo”, le dije. “El primero es que todo el mundo cree que eres rico; el segundo, que no lo eres”. Pensé que mi diagnóstico tal vez le ayudaría a desmochar su imagen pública de la soberbia, el oropel y la prepotencia que le caracterizaban, pero no imaginé que en lugar de afrontar ese primer problema se centraría desde entonces con ahínco en resolver el segundo.

Lo recuerdo como si fuera hoy. Era 2001 y acababa de estallar el caso Gescartera. La sospecha del favoritismo, el tráfico de influencias, y tal vez el de maletines, planeaba por primera vez sobre Rodrigo Rato. Era un domingo por la mañana y había acudido, acompañado de mi en aquel tiempo fiel escudero, a la modesta vivienda que el vicepresidente económico compartía aún con Gela Alarco y sus tres hijos pequeños. “Tú tienes dos problemas, Rodrigo”, le dije. “El primero es que todo el mundo cree que eres rico; el segundo, que no lo eres”. Pensé que mi diagnóstico tal vez le ayudaría a desmochar su imagen pública de la soberbia, el oropel y la prepotencia que le caracterizaban, pero no imaginé que en lugar de afrontar ese primer problema se centraría desde entonces con ahínco en resolver el segundo.

Sin embargo, en las notas que tomé tras la cena, mano a mano, de esa misma primavera, en la que me explicó que renunciaba a suceder a Aznar, dando pie a mi desestabilizadora Carta “Rodrigo no quiere”, estaba ya clara cuál era su obsesión dominante: “Después de haber arreglado las finanzas de los españoles, quiero arreglar las de mi familia”.

En su último libro de memorias Aznar sostiene que fue el hecho de que Rato le mandara un recado de tal entidad a través de un periodista lo que abrió una brecha en la relación de confianza e íntima amistad que les había unido durante su larga marcha hacia el poder. Pero también me acuerdo de que, hablando del que todos consideraban su delfín, el Faraón de la Moncloa soltó una tarde una de sus frases lapidarias a través de una infrecuente fisura en su muralla de hermetismo: “Lo malo de Rodrigo es que es él y sus circunstancias”.

Se refería tanto a la turbia gestión de su hermano Ramón Rato Figueredo al frente de un conglomerado empresarial que incluía constructoras -Padilla, Riesgo-, una importante empresa alimentaria -Aguas de Fonsanta-, hoteles y emisoras de radio, fruto de concesiones públicas, como sobre todo a la sombra de lo ocurrido con su padre Ramón Rato Rodríguez-San Pedro, detenido y encarcelado en los años 60 tras la quiebra del Banco de Siero, en medio de un gran escándalo social. Esa especie de maldición familiar debió estar en la mente del ídolo caído durante las horas de su tan efímera como aireada detención del jueves.

Ilustración: Javier Muñoz
Ilustración: Javier Muñoz

A medida que los hechos conocidos van perfilando un itinerario cada vez más escandaloso de huida hacia adelante en pos de una fortuna que sustituyera a la dilapidada por su familia, adquieren más significado las actitudes de Rato en aquellos primeros episodios que hace quince años pusieron a prueba la consistencia ética del primer Gobierno del PP. Mientras Aznar consideró intolerable que su amigo Juan Villalonga se enriqueciera con las stock options de una compañía recién privatizada, Rato lo defendió hasta el último momento alegando que había creado valor para la compañía y que esas eran las reglas del mercado. Cuando estalló el caso Alierta, que desembocaría en la absolución por prescripción de un delito de información privilegiada que, con otro cómputo, habría llevado a la cárcel a quien hoy sigue siendo el hombre más poderoso de España, Rato se puso decididamente de su lado, blindándole frente a cualquier consecuencia política. Luego resultaría que el propio Alierta y Emilio Botín le devolverían con creces los favores de su etapa en el Gobierno, ayudándole a remendar los rotos familiares y colocándole dadivosamente en sus consejos. ¿Quién dijo clientelismo de alto standing?

Pese a esos lances en los que ya iba exhibiendo una conciencia más bien laxa respecto a la ética del capitalismo, Rato salió del Gobierno en 2004 con la gran aureola de haber sido el artífice de la entrada de España en el euro que había traído la recuperación económica primero y la prosperidad después. Su distanciamiento final de Aznar y sus discretas objeciones al apoyo de la invasión de Irak hacían incluso de él una clara alternativa de futuro al ortopédico liderazgo de Rajoy. Cada vez que acudía a un acto del partido, temblaba el misterio.

Su irresponsable espantada, al abandonar tres años después por “motivos personales” la dirección del Fondo Monetario Internacional que Aznar y Zapatero le habían conseguido en comandita por razones de Estado, reveló ya sin embargo una inquietante pérdida del sentido de las obligaciones de la vida pública. Así fue emergiendo poco a poco el perfil hasta entonces oculto de un Rato egoísta y poco escrupuloso, ávido de remuneraciones y haberes, obsesionado por ejemplificar la máxima de su predecesor Carlos Solchaga y ganar el mayor dinero posible en el menor tiempo imaginable.

“Su distanciamiento final de Aznar y sus discretas objeciones al apoyo de la invasión de Irak hacían incluso de él una clara alternativa de futuro al ortopédico liderazgo de Rajoy. Cada vez que acudía a un acto del partido, temblaba el misterio”.

Sólo esa pérdida del sentido de los límites explica episodios tan poco edificantes -tengan o no consecuencias penales- como los lucrativos contratos de ida y vuelta con el banco de negocios Lazard o la desaforada escalada de gastos lúdico-suntuarios con la tarjeta black en sus días finales de Bankia. Este hombre se había vuelto loco, diría la sabiduría popular. Loco de avaricia, loco de afán de acaparar patrimonio, loco de fiebre por consumir lo mejor y lo más caro.

Su error garrafal fue pretender aunar ese delirio lucrativo con una base de poder que le mantuviera en el candelero político como era la presidencia de Cajamadrid. También ahí jugó temerariamente a las siete y media y se pasó con creces de frenada. Si en lugar de buscar tamaño para crear un megabanco a su mayor gloria, sin importarle apenas la calidad de los activos que, con la complicidad del Banco de España, engullía, se hubiera conformado con ser el segundo violín de la fusión con la Caixa que promovían Rajoy y Guindos, ahora presidiría un gran grupo industrial y seguiría forrándose de forma menos turbulenta.

No se dio cuenta de que todo, su brillantez, su leyenda, su temperamento, su chulería, su alta exposición al riesgo, hacían de él un chivo expiatorio perfecto, de sus propias culpas y de las ajenas, para el supuesto de que las cosas vinieran mal dadas y fuera necesario escenificar un escarmiento. No en vano comparé hace tres años la forma en que Rato fue descabalgado de Bankia con el modo implacable que César Borgia -el duque Valentino que tanto impresionaba a Maquiavelo- tenía de desembarazarse de quienes le incomodaban. Con lo que Rato sin duda no contaba es con que, después de tal apuñalamiento, el Gobierno de Rajoy -qué tiempos aquellos en los que Mariano veía en Rodrigo todo lo que le hubiera gustado ser- desenterraría su cadáver para matarle de nuevo con estrépito.

En el relato de esta saga/fuga nadie encontrará simpatía, comprensión ni menos aún condescendencia, fruto de nuestra larga relación. Rato no es el primero ni será el último al que veo de cerca perder la cabeza y la mera hipótesis de que quien durante tanto tiempo exigía con tanto celo que los demás pagáramos impuestos, haya podido incurrir en el delito de evadirlos, produce una especial repulsión. Pero tampoco es posible callarse ante la obscena carrera en pelo que ministros y altos cargos del PP protagonizaron el jueves por la noche para alancear al moro muerto. Máxime cuando su mortaja tuvo todas las características de las producciones teatrales de un poder capaz de lo que sea para perpetuarse.

Es imposible separar lo sucedido de los malos augurios que para el PP arrojan los sondeos de este año electoral por quintuplicado. De igual manera que hace dos primaveras convenía encarcelar preventivamente a Bárcenas y tirar la llave al mar para paliar el impacto de los sobresueldos en Génova y los SMS de Rajoy, ahora convenía tratar con la máxima dureza posible a Rato para acallar el creciente escándalo de la amnistía fiscal -40.000 millones blanqueados para recaudar apenas un 3%- en el marco de la impunidad de la corrupción. Era inevitable que viniera a la memoria el precedente de lo ocurrido cuando el entonces fiscal de Madrid Mariano Fernández Bermejo encarceló a Mariano Rubio, también por presunta evasión tributaria, para que Felipe González pudiera alardear en una programada rueda de prensa de rigor ante los afines que se apartaban del buen camino.

Pocas cosas hay tan desmoralizadoras como que un ex-gobernador del Banco de España o no digamos un ex-vicepresidente económico puedan defraudar a Hacienda. Pero aun más dañino para los valores democráticos resulta presenciar el linchamiento público de un Ecce Homo arrojado por el Gobierno a los pies de los caballos de la opinión televisada. Ya vivimos algo similar hace unas semanas con Juan Carlos Monedero cuando sus sospechosos chanchullos venezolanos permitieron a Montoro utilizar sus datos como contribuyente para dictar sentencia pública por anticipado.

“La imagen del agente de la policía aduanera agarrando con saña por la nuca a Rato ante las cámaras, como si se tratara del más peligroso de los criminales, una piltrafa humana, la peor escoria de la sociedad, de violador para arriba, nunca se habría producido si ese funcionario no hubiera creído estar agradando a sus superiores”.

María Peral acaba de aportar en este blog detalles clave de cómo la Agencia Tributaria decidió remitir el expediente de Rato -y sólo el de Rato, de los otros 705 investigados nadie sabe nada- a la Fiscalía de Madrid cuando Anticorrupción le dijo que la investigación estaba “verde”; de cómo se decidió presentar una denuncia por tres graves delitos en el turno de guardia tras la filtración a Vozpópuli -de nuevo un medio digital les moja la oreja a los tradicionales-; y de  cómo un fiscal sugirió al juez que procedía dictar orden de detención durante el registro. La conclusión de sus fuentes judiciales es rotunda: “Detrás de esto hay una mano política”. O sea, la típica operación de control de daños a través de un auto de fe ante “el tribunal de la plebe, al que se entrega al individuo para ser descuartizado”, como denuncia aquí mismo Liaño.

La imagen del agente de la policía aduanera agarrando con saña por la nuca a Rato ante las cámaras, como si se tratara del más peligroso de los criminales, una piltrafa humana, la peor escoria de la sociedad, de violador para arriba, nunca se habría producido si ese funcionario no hubiera creído estar agradando a sus superiores. Tampoco las declaraciones concertadas de los ministros Montoro, Catalá, el vicesorayo Ayllón y el viceportavoz Gallego, compitiendo por hacer leña del venerado roble, tumbado por el rayo. Sólo falta encontrar al aprendiz de Bruto que cual nuevo Hernández Moltó pronuncie la definitiva sentencia fisionómica: “Míreme a los ojos, señor Rubio… Míreme a los ojos, señor Rato” .

El pasado fin de semana, sin que viniera a cuento de nada, Rajoy dijo en su discurso ante los candidatos del PP a las autonómica que en su entorno “hay manzanas podridas como en todas partes”. Sabía de lo que hablaba y sabía lo que iba a ocurrir porque cuando la lanza de la opinión pública impacta en el pecho del Estafermo y le hace girar en derredor, sólo él puede darse cuenta de contra qué espalda va a impactar por pura inercia la maza del brazo tonto de la ley.

El del sábado 11 de abril fue también el discurso en el que Rajoy metió la morcilla que le salió del alma, identificando a los votantes del PP como “seres humanos normales”. Quizá convenga saber que cuando un periódico norteamericano le pidió que definiera al hombre “normal”, el criminólogo Cesare Lombroso contestó: “Buen apetito, trabajador, aferrado a sus costumbres, misoneísta -o sea, refractario a las novedades-, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal doméstico”. Y quizá convenga saber que eso dio pie al psicólogo argentino José Ingenieros a desarrollar su teoría del “hombre mediocre”. Volveremos sobre ella pero quede aquí este apunte: “El hombre mediocre juzga a los hombres como los oye juzgar. Reverenciará a su más cruel adversario si este se encumbra; desdeñará a su mejor amigo si nadie le elogia… No viven su vida para sí mismos sino para el fantasma que proyectan en la opinión de sus similares… Pueden practicar el mal por inercia y el bien por equivocación… Cuando se arrebañan son peligrosos”.

El tribunal de la plebe

Se lo dije hará un par de semanas al director de EL ESPAÑOL mientras paseábamos por el campo: “Pedro, España entera se ha convertido en un inmenso tribunal de la plebe”. Sí; España es un gran estrado en donde, unos ejerciendo de jueces de horca, otros de fiscales de corral y el resto de abogados del diablo, se juzga a todos y los mandamos a la guillotina. Esto es lo que ha sucedido hace 24 horas con Rodrigo Rato en una actuación esperpéntica que recuerda a los jacobinos comités de salud pública.

Rato

“Primero la condena y después el juicio. La Reina la ordena callar y la respondona niña replica: “¡Pues no callo!”. “¡Que le corten la cabeza!”, grita la Reina” (Lewis Carroll. Alicia en el país de las maravillas)

Se lo dije hará un par de semanas al director de EL ESPAÑOL mientras paseábamos por el campo: “Pedro, España entera se ha convertido en un inmenso tribunal de la plebe”. Sí; España es un gran estrado en donde, unos ejerciendo de jueces de horca, otros de fiscales de corral y el resto de abogados del diablo, se juzga a todos y los mandamos a la guillotina. Esto es lo que ha sucedido hace 24 horas con Rodrigo Rato en una actuación esperpéntica que recuerda a los jacobinos comités de salud pública.

Este fenómeno que desde hace tiempo sucede en nuestro país tiene su origen en hechos indiciariamente constitutivos de delito que no sólo hay que lamentar por sí mismos, sino que es necesario perseguir hasta lograr, si hubiere motivos, la condena de sus responsables. Pero a partir de ahí, en la actividad procesal y extraprocesal se producen comportamientos que tendrían que provocar en el ciudadano medio estupor y rechazo, a partes iguales.

Es un hecho probado que en este tipo de asuntos con “tirón popular”, la gente, la mayoría de las veces excitada, que no alarmada, se lanza, sin más, a pronunciar sus personales veredictos. Son jurados vociferantes que tienen como único razonamiento un extenso argumentario de fobias o filias, según los casos. La atracción por esos procesos ha creado una justicia de patio de vecindad, donde en lugar de cotillear de la inquilina del segundo piso lo hacemos de personajes entrando en un vehículo policial con la ayuda de un agente que le pone la mano en el cogote como en tiempos de la guillotina hacía el frío verdugo.

No discuto que el pueblo es la fuente de la justicia y ahí está el artículo 117 de la Constitución, pero mantengo que ese manantial se ha contaminado por el desorden, la bulla y el griterío, una situación de la cual es culpable, en gran medida, la clase política que a menudo utiliza los procedimientos penales con temeraria imprudencia y, alguna vez que otra, con descarada desvergüenza; una clase política que lanza al adversario sobre el que recaen sospechas de ilícitos comportamientos contra el palenque de la opinión pública, a sabiendas de que va a ser despellejado y de que aun cuando resulte absuelto, lo más seguro es que se despedirá de este mundo con la marca de un proscrito. Cuando sobre alguien recae la mera sospecha de haber cometido un delito, es dado ad bestias. La fiera, la indomable fiera, es la chusma, a la que se echa el individuo para ser descuartizado.

Sobra pasión y falta serenidad

Nuestro nobel de literatura Camilo J. Cela nos advertía a menudo que en España sobra pasión y falta serenidad. Un tribunal de la plebe es incompatible con la mesura. También con las formas. La solemnidad en los juicios de la turba es una liturgia en bermudas y de chancletas. La abundante cosecha de imputados y enjuiciados agarrotados puede servir de adorno para las plazas públicas o de decorado de algún programa de televisión donde las conductas prójimas se juzgan por zafios jueces de palo, pero jamás un referente de la Justicia que, en cualquier supuesto, debe ser neutral, sosegada y fría.

Siempre me produjeron náuseas las hordas justicieras. En España, país cainita y de odios enquistados, produce pánico el empleo de la quijada de burro por escuadrones de leguleyos tecnificados, verdugos de chalecos decorados con anagramas rimbombantes y zurupetos de luces de neón. La Justicia es un sentimiento puro que algunos degradan con sus obsesiones justicieras y sus gustos patibularios. La Justicia es una noción limpia y algunos la están vistiendo con ropa sucia y calzado viejo. Y a todo esto, los altos responsables blandiendo en una mano la espada flamígera y en la otra una balanza con platillos amañados.

Nadie debe ser considerado culpable mientras no sea condenado por sentencia definitiva y firme. Sin embargo, y a las pruebas me remito, este derecho constitucional sólo sirve para alimentar la ingenuidad de quienes todavía creen en él. Son muchos quienes piensan que la Justicia está no solamente para castigar a los hombres porque sean culpables sino también para saber si lo son o no. La tortura ha sido abolida, al menos en el papel, pero el tipo de prácticas como las que ayer sufrió Rodrigo Rato es un tormento. Lo mismo que en tiempos pretéritos al sospechoso sin más se le arrojaba a las fieras, hoy cuando sobre alguien recae la sospecha de haber cometido un delito, es dado a la chusma. Él imputado, su familia, su casa y su trabajo son desnudados y pateados a presencia de la plebe. El individuo, de esta manera, es despezado.

En el asunto del señor Rato, como en todos los que presentan indicios de responsabilidad penal, estamos obligados a la claridad, aunque también es necesario que esa claridad deseada no se empañe con la eclosión de determinadas malas prácticas. Es evidente que para algunos cada vez está más confusa la linde que separa lo válido de lo que no vale. No se trata de pedir la impunidad para quien fue vicepresidente del Gobierno. No. El nuevo leviatán está perfectamente legitimado para perseguir el delito, pero sólo a condición de que no haga suyo el lema del viejo Leviatán de que todo está permitido.

Foto: Rato y otros dirigentes del PP, en una imagen de 2011 (Flicrk PP)