Portugal: sin Ciudadanos ni Podemos a pesar de la crisis

Pedro Passos Coelho

Pese a los cuatro años de austeridad, que han provocado numerosas protestas por parte de la población, no ha nacido en Portugal ninguna alternativa capaz de plantar cara a los partidos ya establecidos. En el país vecino no existe, al contrario que en Grecia o en España, ningún símil de Podemos o Ciudadanos y será entre el Partido Socialdemócrata (PSD) y el Partido Socialista (PS) entre los que elijan, mayoritariamente, los 10 millones de portugueses que están llamados a las urnas este domingo.

En la imagen, Pedro Passos Coelho, del PSD, durante un acto electoral.

Pedro Passos Coelho
Pedro Passos Coelho, del PSD, durante un acto electoral.

Septiembre de 2012. En 30 ciudades simultáneamente y juntando, sólo en Lisboa, a cerca de 500.000 personas, los portugueses protestan contra la última medida de austeridad anunciada. El Gobierno conservador de Passos Coelho baja la carga fiscal de las empresas y sube la de los trabajadores, igualando las dos en un 18%. Portugal despierta para una de las mayores manifestaciones desde la revolución de 1974 (que acabó con la dictadura en el país) y consigue que el Ejecutivo dé marcha atrás en la reforma.

Pese a los resultados prácticos de la movilización social, no ha surgido en Portugal una alternativa capaz de hacer tambalear a los partidos ya establecidos, el Partido Socialdemócrata (PSD) de Pedro Passos Coelho y el Partido Socialista (PS) de Antonio Costa. En Grecia ganó Syriza. En España, Podemos y Ciudadanos amenazan el bipartidismo. En Portugal parece no haber alternativas al statu quo.


Promedio de encuestas: Kiko Llaneras

“En España los nuevos partidos políticos se han impulsado a partir de distintas plataformas ciudadanas, que han sabido pasar de la protesta del 15 M, por ejemplo, a las propuestas políticas. En Portugal eso no pasó con la misma fuerza. Puede que nuestra sociedad civil sea más floja”, analiza André Freire, politólogo del Instituto Universitario de Lisboa y autor del libro Izquierda y derecha en la política europea. Portugal, España y Grecia en perspectiva comparada.

En la papeleta de las elecciones portuguesas este 4 de octubre, la novedad es la coalición Livre/Tempo de Avançar, una candidatura ciudadana, a la cabeza de la cual están el ex eurodiputado Rui Tavares y la exdiputada Ana Drago. “Queremos hacer de puente entre los ciudadanos y la política. Que sepan que hay formas de acción política que pueden cambiar la vida de las personas y que eso exige la participación de todos, más allá de las manifestaciones”, cuenta Rui Tavares.

“Los portugueses son conservadores”

Sin embargo, en los sondeos, la coalición no logra ir más allá de los 2% de la intención de voto. “Los portugueses son conservadores y necesitan tener una idea de la práctica política de un partido, antes de darle su voto. Nosotros no hemos tenido oportunidad de enseñársela”, justifica Rui Tavares.

Pero no se trata sólo de la falta de expresión de los nuevos partidos, si no que los últimos sondeos dan al Gobierno el primer puesto. “Puede que el discurso de la inevitabilidad de la austeridad, por parte de la troika y del Gobierno, haya calado en la sociedad portuguesa, pero los portugueses no están contentos con sus gobernantes”, asegura André Freire.

Entonces, ¿por qué no se vislumbra un castigo claro en las urnas al actual Ejecutivo? “El panorama político portugués siempre ha estado muy fragmentado a la izquierda. Está el Partido Socialista, el Partido Comunista, el Bloque de Izquierda, todos con mucha expresión a nivel nacional. El voto en la oposición se dispersa”, cuenta Freire.

Rui Tavares va un paso más allá: “Hace muchos años que pagamos el precio de un atrincheramiento de los partidos de izquierdas. Si analizamos los resultados, vemos que la derecha tiene tan sólo un tercio de los votos. Lo que pasa es que, si los partidos de izquierda no nos organizamos, nunca podremos ser una alternativa real. Tenemos que trabajar conjuntamente”.

Además, los dos señalan a los medios de comunicación, que no son igualitarios a la hora de distribuir el tiempo dedicado a los distintos partidos. “Los medios favorecen a los dos principales partidos, hay muy poca cobertura de los intermedios y casi ninguna de los pequeños”, señala Freire.

“Al conservadurismo de la población, hay que sumarle el conservadurismo de los medios, que insisten en volcarse con los principales partidos. Hay gente que no sabe de la existencia de nuevas fuerzas políticas”, lamenta Rui Tavares.

A escasos días de las elecciones, Rui Tavares ya se mostró abierto a negociar para viabilizar una mayoría de cambio que las urnas no parecen ser capaces de ofrecer: “Estamos dispuestos a hablar con todos los partidos de nuestra familia política y deseamos que el próximo Gobierno sea lo más amplio posible”. Este 4 de octubre, los portugueses tienen la palabra.

El espejismo Corbyn

 REUTERS/Toby Melville

REUTERS/Toby Melville

La elección de Jeremy Corbyn como líder laborista fue saludada en sectores de la izquierda española con una efusión que evoca ejemplos recientes, no siempre con final feliz. 

La elección de Jeremy Corbyn como líder laborista fue saludada en sectores de la izquierda española con una efusión que evoca ejemplos recientes, no siempre con final feliz. Pablo Iglesias intentó capitalizar un supuesto paralelismo, “hurtándole” a Corbyn a la familia socialdemócrata –a la que, bien es cierto, es probable que sólo pertenezca por las particularidades del sistema de partidos británico. Con el fiasco de Tsipras aún presente, quizás la prudencia aconsejaría no correr a abrazarse a figuras que en poco tiempo se consumen en la hoguera de la política real ni intentar apropiarse a toda costa de triunfos que, además de ajenos, pueden acabar amargando.

Pero, al margen del tacticismo electoral, el súbito entusiasmo con Corbyn –que antes fue Tsipras, que antes fue Hollande, que antes fue…– refleja la lectura distorsionada a la que aboca fijarse en personajes y discursos antes que en realidades subyacentes. La elección de Tsipras en enero podía significar un mandato contra la austeridad y un hartazgo respecto a los dos grandes partidos, pero difícilmente que una mayoría de griegos hubieran decidido superar el capitalismo o romper con la UE. Así lo indican a las claras la nueva victoria electoral de Syriza tras la rendición de julio pasado y el fracaso de su escisión purista. El fervor sobrevenido por Corbyn también corre el riesgo de interpretaciones excesivas.

Una de las claves de la elección de Corbyn ha sido el nuevo procedimiento, adoptado durante el mandato de Miliband. Si el antiguo sistema otorgaba el mismo peso a tres colegios electorales (sindicalistas, parlamentarios y afiliados), el nuevo consagra el principio de “un afiliado, un voto” y favorece a las bases frente a las elites del partido. Además, se han simplificado los trámites para afiliarse y votar: uno se registra por Internet y pagando una cantidad más bien simbólica. Este sistema, por cierto, despertó en su momento el miedo de que comunistas y tories se infiltrasen… para votar a Corbyn.

Esta simplificación ha tenido el efecto de multiplicar la afiliación, atrayendo entre otros a un gran número de jóvenes antes desafectos con el partido o la política en general. Hasta qué punto estos votantes jóvenes (ideológicos e hipermovilizados en internet) o las bases laboristas más a la izquierda sean representativos del votante mediano británico en unas generales está por ver, pero no parece haber demasiados motivos para el optimismo.

Como señala David Goodhart en Prospect, la elección de Corbyn no parece corresponder a ningún giro en la opinión pública sino más bien a la búsqueda entre los votantes más politizados de un mensaje distinto y una esperanza tras la mediocridad galopante del período post-Blair, y dada la dificultad de la socialdemocracia actual para ilusionar o vender un proyecto distintivo. Hay incluso quien equipara el protagonismo de Corbyn con el de Nigel Farage en la derecha: candidatos que sobresalen del adocenado discurso político del establishment, vacuo, carente de imaginación y de alternativas, más preocupado de no incurrir en incorrecciones de mensaje o valores que de proponer nada emocionante o disruptivo. Pero lo que para el UKIP puede ser un nicho satisfactorio o exitoso, para el laborismo significa quedarse al margen de las mayorías sociales que dan acceso al gobierno. Frente a las bases laboristas más ideológicas o el universitario de clase media que ha pagado tres libras para votar a Corbyn, la realidad electoral británica aún debe de parecerse más a aquel “Mondeo man” popularizado por Tony Blair: un votante tradicional laborista pero orgulloso de su modesta prosperidad y de los signos de su trabajosamente adquirido estatus, que empieza a percibir el socialismo como una amenaza antes que una esperanza.

Dato interesante: Goodhart compara desfavorablemente a Corbyn con Podemos, en cuanto el partido español sí reflejaría un cambio profundo de tendencia en el electorado. Entre las razones para la desafección de los jóvenes españoles hacia el “sistema”, y muy singularmente hacia el Partido Socialista, están sin duda la dualización y precarización del mercado de trabajo, donde la socialdemocracia y los grandes sindicatos han aparecido más como colaboradores necesarios que como protectores. Esta crisis de aspiraciones se refleja también, sin duda, en el el movimiento pro-Corbyn; aunque, como apunta Goodhart, los jóvenes británicos quizás sean en conjunto más conservadores en términos económicos que los españoles.

Sin embargo, la distribución ideológica de los españoles no ha virado más que marginalmente a la izquierda durante esta crisis. En origen, el propio 15M reflejaba no sólo descontento político y una crisis de representación, sino la frustración larvada de unas aspiraciones materiales básicas, y no exactamente revolucionarias: trabajo, vivienda, la capacidad de construir una vida autónoma y formar una familia. Nada indica que las mayorías de gobierno se ganen ahora peleando por valores extremos de la escala ideológica; ni que la propia escala se haya transformado en ese “arriba vs. abajo” que resume la hipótesis populista de Podemos; ni, en fin, que el espacio de Pablo Iglesias vaya a ser más amplio que el de un hipotético Labour radicalizado. Los problemas de la socialdemocracia, que son reales, no se van a solucionar respondiendo al reflejo de los activistas y el comentariado progresista de “girar a la izquierda” después de cada derrota. Sobre todo si eso significa idealizar el pasado antes que afrontar el presente.

John McDonnell, responsable de Hacienda en el Shadow Cabinet de Corbyn, bromeó en cierta ocasión con que le gustaría viajar al pasado y matar a Margaret Thatcher. La ocurrencia, de mejor o peor gusto, retrata un cierto talante, de nuevo más preocupado por personajes, manifestaciones y símbolos que por el trasfondo. La intelligentsia de izquierdas a menudo parece empeñada en luchar contra fantasmas, y en prepararse concienzudamente para ganar todas las guerras pasadas. Porque, por supuesto, el menor de los problemas de la socialdemocracia europea hoy es Margaret Thatcher. O el giro hacia el “rigor” de Mitterrand en 1983. O, para el caso, Angela Markel. Pese a los discursos apocalípticos, la socialdemocracia ha triunfado en más de un sentido, y muere de éxito: asumida en alguna medida su agenda económica y de valores por todo el espectro político, la paradoja es que hoy parece ofrecer poco de diferencial. Nadie que aspire al gobierno en Europa puede oponerse frontalmente al Estado de bienestar y algún grado de redistribución, e incluso EEUU comienza a mirarse en el espejo escandinavo. Los problemas de verdad atañen a cómo sostener esos Estados de bienestar con una demografía adversa y una realidad laboral compleja, cómo redefinirlos para atender las nuevas urgencias sociales, y cómo conjugarlos con el crecimiento y una inmigración que a veces las clases medias y populares perciben como amenazante.

Los partidos socialistas se enfrentan a dificultades estratégicas que encajan mal en la lógica izquierda-derecha clásica. Goodhart enumera algunas. Sus electorados tradicionales están envejecidos, y la lógica del obrerismo se disipa en economías tercerizadas. En España, como apuntábamos, la dualidad laboral agranda esta fractura entre votantes tradicionales y jóvenes precarios, subempleados y frustrados. Los jóvenes universitarios urbanos y los votantes de más edad, rentas más bajas o circunscripciones rurales divergen en valores: si los primeros comparten una perspectiva posmaterialista con buena parte de sus coetáneos, los otros a menudo defienden valores más tradicionales. Por fin, hay que sumar el dilema territorial, que en el Reino Unido se refleja en la pérdida de Escocia para el laborismo -léase en España el hundimiento del PSOE en alguno de sus feudos tradicionales. ¿Qué soluciones plantean los partidos socialistas en Europa y en España para superar estos retos? No está escrito que sean capaces de generar de nuevo grandes coaliciones sociales uniendo a los trabajadores fijos, a los jóvenes sobrecualificados, a los working poor, a los autoempleados, a los partidarios de más autonomía frente al gobierno central o la UE, a quienes reniegan de la carga fiscal que implica el bienestar, o a quienes recelan de compartir ese bienestar con inmigrantes. (Tampoco sabemos, por cierto, qué opinan de todo esto los supuestos émulos españoles de Corbyn, salvo su decidida voluntad de pescar en el caladero socialista.) Nada es para siempre: los viejos partidos liberales europeos, los socialdemócratas suecos o los laboristas israelíes son testigos de que las hegemonías desaparecen cuando las coaliciones de votantes y los equilibrios sociales que las sostienen se esfuman.

¿Significa esto que el talante y la ideología de los líderes son irrelevantes, y que Corbyn pasará sin pena ni gloria, como muchos vaticinan? Los liderazgos, cuando disfrutan de un cierto capital político, pueden reformular y hasta modelar las preferencias de sus electorados, de abrir camino por así decirlo hacia un nuevo equilibrio político. Algo de eso hubo en Thatcher, como en el tan denostado hoy Blair: supieron reconocer tendencias sociales y reforzarlas desde el gobierno para construir coaliciones ganadoras. Pero esta capacidad es limitada, y quien pretende ejercerla contra las realidades sociológicas y políticas más tozudas suele estrellarse. La lógica del activismo y la de la política no son idénticas, como algunos han aprendido en Grecia y otros están aprendiendo a marchas forzadas en España.

____________

Jorge San Miguel es politólogo y asesor político. Actualmente colabora con el Equipo Económico de Ciudadanos.