Vargas Llosa en el acto de Libres e Iguales: “El nacionalismo es la peor de las ficciones”

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El movimiento cívico liderado por la popular Cayetana Álvarez de Toledo firma un manifiesto en el Ateneo de Madrid para pedir la unidad de España con nombres como Mario Vargas Llosa, Félix de Azúa o Joaquín Leguina.

Reportaje gráfico: Dani Pozo

Mario Vargas Llosa entró en el escenario semicircular del Ateneo de Madrid y se colocó en el centro. Con traje negro y camisa blanca, inauguraba el ciclo de intervenciones de algunos de los miembros más destacados de la plataforma Libres e Iguales. Se reunían, tal y como decía el título del acto, “por la responsabilidad civil”.

La escenografía estuvo muy cuidada. Podía percibirse la mano del dramaturgo Albert Boadella, que más tarde aparecería sobre las tablas. En un escenario oscuro, un foco iluminaba al protagonista que razonaba y explicaba su punto de vista sobre Cataluña a tan sólo cinco días de las elecciones del 27S. El Premio Nobel, en su faceta de novelista, comenzó explicando la existencia de dos tipos de ficciones: las benignas y las malignas. Éstas últimas, arguyó, “se presentan como verdades absolutas y despiertan el fanatismo”. Se refirió al nacionalismo como una de ellas, aquélla que “ha dejado el mundo lleno de cadáveres”.

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Félix de Azúa, miembro de la Real Academia Española de la Lengua, advirtió de “la gravedad del desafío” independentista: “Retar al Estado nunca sale gratis. Se han dado cuenta, pero es demasiado tarde”. El catalán, que se ha definido en varias ocasiones como un “exiliado” en Madrid, sentenció: “A partir del 27 de septiembre, los catalanes empezarán a sufrir”.

Joaquín Leguina, ex presidente de la Comunidad de Madrid, comenzó diciendo que “aquello que distingue a la democracia de la tiranía es el imperio de la ley”. Como “no se puede hablar con energúmenos” –decía Leguina en referencia a los dirigentes nacionalistas– “he venido vestido con los colores de la bandera francesa: libertad, igualdad y fraternidad”. El azul, el rojo y el blanco se distribuían por sus pantalones y la cazadora, que contrastaban con la sobriedad del traje de Vargas Llosa o la americana de Azúa.

El chiste de Boadella

Después de la broma de Leguina, Carlos Herrera regaló a los asistentes un chiste de aquellos con los que obsequia a sus fósforos en la COPE: “Las elecciones en Cataluña tienen más peligro que un cable en un charco”. Sin embargo, el auditorio enmudecería para después romper a carcajadas con la aparición de un Albert Boadella que, vestido de Mosso d’Esquadra, entraba en el escenario y se excusaba en sus “hechos diferenciales como catalán” para echar al que estaba en el centro presidiendo el acto, Mario Vargas Llosa, que así podía abandonar al escenario para acudir a otro compromiso como si se tratase de parte de la función. El dramaturgo razonaba así el motivo de su disfraz: “Ni ellos mismos sabrían explicar esas diferencias de las que hablan. Admiten la diversidad de todos los españoles, pero dicen que lo suyo es mucho más importante”.

El periodista Federico Jiménez Losantos, conductor de las mañanas de esRadio, eligió un discurso grave, apoyado en diversas referencias históricas, que giró en torno a una idea que ya ha repetido en varias ocasiones: “El problema de Cataluña es consecuencia de la traición de la izquierda a la idea nacional”. El veterano comunicador terminó enardeciendo al auditorio con el grito: “¡Viva España!”, que fue recibido con vítores y contestado con la réplica habitual.

Fernando Savater, uno de los últimos en aparecer, quitó gravedad a esa “mentira que venden los nacionalistas”, “a unas elecciones que no son más que unos comicios en los que votarán todos aquéllos que estén empadronados en Cataluña, nada más que eso”. No obstante, advirtió del peligro que podría suponer una victoria nacionalista el próximo 27 de septiembre en caso de que termine en una declaración unilateral de independencia: “Sería una agresión al conjunto de los ciudadanos españoles. No podemos tolerar que los ciudadanos catalanes puedan llegar a sentirse extranjeros en su propia casa”.

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El ciclo de intervenciones lo clausuraron los focos, que de repente se apagaron y dejaron paso a la voz de la promotora de Libres e Iguales, la diputada popular Cayetana Álvarez de Toledo, que sin luz en el escenario comenzó a recitar un discurso que iba escribiéndose al mismo tiempo en una pantalla cinematográfica: “En un Estado democrático, son los ciudadanos quienes toman las decisiones políticas (…) Existe el peligro de que los no independentistas por activa terminen siéndolo por pasiva. Tras las elecciones, usted no podrá decir aquello de ‘yo no sabía’. El abstencionismo es la peor versión de la irresponsabilidad”. Al terminar su intervención, las luces se encendieron. Los miembros de la plataforma despidieron al público desde el escenario, recibiendo una gran ovación entre silbidos y algún que otro ‘viva España’, pronunciados con el mismo ímpetu con el que lo había hecho Jimenez Losantos minutos atrás.

Mucha gente fuera

El acto comenzó con más de media hora de retraso debido a la aglomeración de personas que esperaban a las puertas del Ateneo de Madrid. Decenas de espectadores tuvieron que darse media vuelta porque las filas del teatro y sus salas contiguas estaban repletas.

“Qué desastre de organización, la próxima vez que lo hagan en una plaza de toros”, pedía una asistente. “O en un estadio”, respondía otra más optimista pero con el mismo nivel de enfado.

“Estamos desbordados, no nos esperábamos esta afluencia” reconocían fuentes de la organización del acto, que explicaban que si bien el aforo del teatro principal es de 350 personas con las demás zonas habilitadas el público superaría el medio millar.

No fueron suficiente. Ante el caos, la “indignación” volvió a la calle. Esta vez no a la Puerta del Sol  sino a unas calles contiguas. Conchita y Armando, un matrimonio catalán que aprovechaba un viaje de trabajo para intentar escuchar “a gente inteligente, y no lo que escuchamos en TV3”, esperó más de una hora para oír el manifiesto.

 

Al no poder estar presentes al menos desde la platea, ellos improvisaron un discurso ante los demás indignados.

En clave económica: “Madrid no nos roba, es un discurso absurdo”. En clave política: “El PP ha alimentado todo el independentismo”. También en clave electoral: “Todo lo que huele a España les asusta. El único que no tiene miedo es Albert Rivera”.

Los partidos, perdidos en la Red

Pocos partidos políticos ofrecen novedades sustanciales en internet y casi todos reconocen que reproducen estrategias tradicionales, a pesar de las inmensas posibilidades que ofrece la red.

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Imagen del acto en el Ateneo de Madrid

En plena campaña electoral, el Ateneo de Madrid convocó este lunes a varios responsables de comunicación de los principales partidos para analizar sus estrategias digitales. El resultado fue revelador: pocos partidos políticos ofrecen novedades sustanciales en internet y casi todos reconocen que reproducen estrategias tradicionales, a pesar de las inmensas posibilidades que ofrece la red.

El acto fue presentado por Enrique Mut, presidente del Foro Digital del Ateneo, quien remarcó que el asunto, las campañas electorales en la Red, “encaja plenamente con la actualidad”. No obstante, en un debate con intervenciones demasiado largas y sin apenas ideas nuevas, quedó claro que los partidos tienden a reproducir en Internet lo que llevan años haciendo en el mundo analógico: lo que sea para reproducir consignas y que el mensaje llegue.

Mientras los partidos tradicionales parecen adaptar sus viejas estrategias al nuevo panorama, los nuevos presumen de ser “nativos digitales”, aunque el resultado no difiere demasiado de sus contrincantes. Algo destacable y común a todos los partidos convocados al acto es el uso de WhatsApp como una herramienta más de comunicación tanto entre los militantes como con los ciudadanos. UPyD, por ejemplo, lo usa para mantener un diálogo “sincero” con algunos votantes, que se muestran menos intimidados que en Twitter o en Facebook.

César Ramos, coordinador del Gobierno Abierto del PSOE, entonaba un tímido mea culpa en nombre de su formación. “Los partidos usan la tecnología de forma inadecuadas, tratan a los ciudadanos como si actuaran como clones”, afirmó, y añadió: “Antes llenábamos los muros de la calle de carteles, y ahora llenamos con ellos los muros de Facebook.

“Creemos que la red es conversación, no sólo mensajes unidireccionales”, dijo Ramos, que reconoció que “se desaprovechan muchas herramientas de lo que hay. Internet se usa para todo, no sólo para comunicación: para dialogar, debatir, compartir, comprar…”.

Ramos lanzó quizá la idea más interesante del debate: “La gente usa internet para co-crear y compartir, y eso tenemos que hacer: lanzar ideas para que los ciudadanos las mejoren”. Sin embargo, reconocía la ausencia de innovación en las campañas: “No he visto ninguna técnica nueva, ni siquiera en los partidos nuevos”, concluyó. Una reflexión que bien podría aplicarse a su propio partido.

Isabel Díaz Ayuso (PP), miembro del equipo de Pablo Casado y  responsable de la campaña online de Cristina Cifuentes, afirmó que toda la campaña de la candidata madrileña está orientada a internet y a fomentar el diálogo. Para ilustrarlo destacó que en la cartelería tradicional, en los spots de campaña, siempre aparece el sitio web de Cifuentes o su cuenta en Twitter. Frente a los ataques en la Red -los políticos están muy expuestos, dado que la comunicación es bidireccional- Díaz Ayuso reconocía que su equipo se arma de “mucha paciencia” y trata de contestar “uno a uno, mensaje a mensaje”.

Equipos reducidos apoyados por una multitud de voluntarios y simpatizantes trabajan a destajo para rellenar de contenidos sus cuentas en redes sociales, reconocen todas las formaciones.

Desde Izquierda Unida, su responsable de comunicación, Clara Alonso, contó cómo en la formación la estrategia de la comunicación digital se encuadra dentro de la comunicación en general. “Entendemos que son inseparables”, afirmó. No obstante, Alonso cree que su partido se ha adaptado bien a los cambios que supone la existencia de Internet. “Nuestros programas, por ejemplo, se han elaborado siempre mediante debate y participación incluso antes de la Web 2.0”, comentó.

Los nuevos partidos

Ricardo Megías, responsable de comunicación de Ciudadanos para la Comunidad de Madrid, afirmaba que su formación se mueve “como pez en el agua” por las redes sociales. “Ahí mostramos programa y agenda diaria, damos relevancia a las noticias importantes para el partido, tenemos webs, blogs, incluso una aplicación que incluye realidad aumentada”, comentaba. Y subrayó que, “como partido nuevo y pobre”, cuentan con las redes “sí o sí”. “Twitter es un campo de batalla inmenso, las batallas se convierten en trending topic“, opinó, y recordó el ejemplo de Naranjito como una forma de dar la vuelta a una crítica en beneficio propio.

Por parte de UPyD, Íñigo Ybarra presumía de que su partido nació en la red a finales de 2007. “Gracias a las redes sociales empezamos a existir, hasta entonces nadie nos tenía en cuenta, los medios de comunicación no nos hacían caso al principio, por eso lo debemos todo a las redes sociales”, añadió. Reveló algunos trucos de la formación para hacerse oír, como el uso de ingenio y el humor o engancharse a los hashtag de ciertos programas de televisión en Twitter para participar de la conversación. “Nosotros en redes planteamos soluciones de programa, pero ahí rehuimos de la agresividad política que impera actualmente. Nuestra gente intenta no sobrepasarse, y a veces es muy difícil: hay que mantener la compostura, Keep Calm and Tweet on”, comentó.

La ausencia de Eduardo Fernández Rubiño, responsable del área de redes sociales de Podemos (quizá la formación con la estrategia más interesante y activa en redes sociales), restó interés al debate. Rubiño, que fue miembro del movimiento Juventud sin Futuro y vivió en primera fila las movilizaciones del 15M, no pudo asistir por un problema familiar de última hora.

El Foro Digital del Ateneo, que nace con este acto, quiere ser un centro o foro de opinión en torno al mundo digital que está cambiando la sociedad. Carlos García, secretario primero de este foro y moderador, recordó la función primordial del Ateneo: la difusión de las ciencias y las artes. “Tenemos interés en potenciar las posibilidades y disminuir los posibles riesgos de la vida digital”, afirmó.

EL ESPAÑOL logra 5.595 inversores y 3.606.600 euros

Redacción

EL ESPAÑOL ha cerrado su fase de financiación colectiva o crowdfunding tras superar todas las expectativas. Se asegura así la independencia del nuevo periódico digital, que nacerá en otoño. En total, desde la noche del 10 de enero hasta la medianoche de este domingo, el proyecto ha logrado la confianza de 5.595 inversores, que se convertirán en accionistas en las mismas condiciones que los promotores iniciales. La cifra total de recaudación se sitúa en 3.606.600 euros.

Redacción

EL ESPAÑOL ha cerrado su fase de financiación colectiva o crowdfunding tras superar todas las expectativas. Se asegura así la independencia del nuevo periódico digital, que nacerá en otoño.

En total, desde la noche del 10 de enero hasta la medianoche de este domingo, el proyecto ha logrado la confianza de 5.595 inversores, que se convertirán en accionistas en las mismas condiciones que los promotores iniciales. La cifra total de recaudación se sitúa en 3.606.600 euros, más del doble del récord mundial de crowdfunding para periodismo, que se situaba en 1.38 millones y que fue sobrepasado en la noche del 14 de febrero.

Gracias al enorme apoyo recibido, nuestra redacción ya no estará vacía. La llenaremos de buenas historias.

 

A continuación te ofrecemos algunos de los artículos que explican nuestro proyecto y que hemos ido publicando en este blog desde el primer día:

El Manifiesto del Ateneo

“Nosotros somos nuestra patria”: el texto que establece las bases de lo que será la línea editorial de EL ESPAÑOL.

Vuelvo al Ateneo ya como socio de la “docta casa”. Si Azaña habló en su famoso discurso de 1930 de las tres generaciones del Ateneo refiriéndose a la de los Alcalá Galiano y Martínez de la Rosa, a la de los Castelar y Juan Valera y a la suya propia, con Ortega y Unamuno entre sus puntales, pronto podemos identificar a otras tres generaciones y yo me sentiré muy honrado de haberme incorporado a la sexta.

Conste mi agradecimiento a estos tres grandes columnistas que me han acompañado hoy. Por lo que han dicho aquí pero sobre todo por lo que han dejado escrito a lo largo de los años. Gistau, Jabois y Ussía encarnan la mejor tradición del periodismo literario español: la de la excelencia en la escritura. En sus textos reverbera la prosa de Azorín y de Ruano, de Bonafoux y Fernández Flórez, de Camba y de Umbral… He tenido la suerte de haber contado en El Mundo con Gistau y Jabois -dos centauros del desierto con cabeza de literato, cascos de reportero y corazón indomable- y la desdicha de no haberlo conseguido con Ussía, pero a cambio me ha elegido para presentar su nueva entrega de la saga de Sotoancho. El lunes habrá pues partido de vuelta en el Palace.

Umbral prologó el primer volumen de mi antología de Cartas del Director publicado en 2005 cuando se cumplieron 25 desde mi nombramiento al frente de Diario 16. Este segundo volumen recoge textos publicados durante nueve años más hasta mi destitución como director de El Mundo en enero de este año. La selección atañe pues a los años de Zapatero y Rajoy en la Moncloa aunque no los abarque por completo.

Si se titula Contra Unos y Otros no es tan sólo porque mi obra refleje la función adversativa consustancial al periodismo; no es tan sólo porque yo siempre me haya sentido, al modo de Montaigne, “gibelino entre los güelfos y güelfo entre los gibelinos”; no es tan sólo porque el perro guardián tenga que ejercer su labor de vigilancia, gobierne quien gobierne.

No, si se titula Contra Unos y Otros es porque durante este concreto periodo de tiempo, como le escribía Larra a su director Andrés Borrego el año anterior a su suicidio, “constantemente he formado en las filas de la oposición. No habiendo un solo ministerio que haya acertado con nuestro remedio, me he creído obligado a decírselo así claramente a todos”.

Es cierto que si nos atenemos a la reacción personal de Zapatero y Rajoy frente a esas críticas, me ha tocado vivir una gran paradoja.

Un líder de izquierdas, al que no respaldé casi nunca y al que critiqué con gran dureza casi siempre, dio un ejemplo de tolerancia y fair play, aceptando las reconvenciones más severas como parte de la normalidad democrática, manteniendo conmigo una buena relación personal, rayana a veces en la intimidad, a sabiendas de que siempre me tendría enfrente en asuntos clave.

En cambio un líder de centro-derecha, para el que pedí tres veces el voto y al que acogí con claras muestras de apoyo, rompió todos los puentes, que él mismo había tendido con interesado ahínco durante su larga travesía del desierto, en cuanto llegó al poder y recibió mis primeras críticas; y se lanzó ferozmente a mi yugular, en cuanto vio comprometida su supervivencia política por sus SMS de apoyo a Bárcenas, publicados en la portada del periódico. De hecho fue él y no yo quien quedó retratado para siempre cuando me coceó en aquel bochornoso pleno del 1 de agosto de 2013.

Pero que mi relación personal con Zapatero fuera excelente y con Rajoy haya devenido de mal en peor, hasta simas sólo habitadas hasta ahora por el señor X, no es algo que concierna demasiado a los ciudadanos, ni siquiera a mis lectores, pues este volumen es la prueba de que a la hora de escribir lo que cuentan son los hechos de quien gobierna y no si intenta matarte a besos o a base de puñaladas traperas.

Durante esta última década de la vida de España he estado Contra Unos y Otros -he sido muy crítico con los gobiernos del PSOE y con los del PP-, porque ni unos ni otros han mejorado ni la calidad de nuestra democracia ni los fundamentos de nuestra economía. Por el contrario han sido años, siguen siéndolo, de decadencia y retroceso.

No digo que todo lo hayan hecho mal. Zapatero amplió los derechos de las minorías y Rajoy hizo una razonable reforma laboral. Pero en conjunto han creado más problemas de los que han resuelto y han provocado que las esperanzas e ilusiones de una sociedad que comenzó vigorosamente el siglo XXI se hayan trocado en decepciones y frustraciones.

Nunca he disparado al bulto. Todas mis críticas han tenido fundamento y han sido expuestas razonadamente.

He estado Contra Unos y Otros porque ni los unos ni los otros han sido capaces de impulsar la economía, crear empleo digno de tal nombre y ofrecer oportunidades en España a la gran mayoría de los jóvenes.

He estado Contra Unos y Otros porque ni los unos ni los otros han reformado la administración, renunciado a ningún privilegio y recortado el gasto público lo suficiente como para permitir respirar y desarrollarse a las pequeñas y medianas empresas, a los autónomos, al sector privado, a los profesionales, a las clases medias en suma.

He estado Contra Unos y Otros porque unos y otros han preferido hacer el ajuste crujiendo a impuestos a los españoles de hoy e hipotecando el futuro de los españoles de mañana con sus déficits desmesurados, con su vertiginoso y temerario endeudamiento público.

He estado Contra Unos y Otros porque unos y otros se han plegado a los intereses de ese autonombrado Gobierno en la sombra que bajo la denominación de Consejo de la Competitividad ha sustituido a los oscuros poderes fácticos del pasado y ejerce como inquietante grupo de presión para decidir el futuro de la política, de la economía y de los medios de comunicación.

He estado Contra Unos y Otros porque ni los unos ni los otros han tratado con la dignidad que merecían a las víctimas del terrorismo etarra, asumiendo sin pestañear e incluso fomentando la excarcelación de los más infames asesinos y la legalización de la rama política de la propia banda terrorista sin que mediara antes ni su disolución, ni la entrega de las armas, ni el arrepentimiento, ni la petición de perdón, ni nada de nada.

He estado Contra Unos y Otros porque ni los unos ni los otros, han movido un dedo, se han molestado un ápice, han puesto absolutamente nada de su parte para impulsar el esclarecimiento de todas las lagunas, incógnitas, errores fácticos y falsedades moleculares que contiene la sentencia del 11-M, la mayor masacre terrorista cometida nunca en España, el acontecimiento que interrumpió nuestro auge y extravió nuestro rumbo.

He estado Contra Unos y Otros porque unos y otros han incubado, fomentado y protegido la corrupción en su seno, permitiendo por un lado que decenas y decenas, centenares y centenares de políticos en ejercicio se convirtieran en bandoleros y beneficiándose simultáneamente de mecanismos de financiación ilegal que han adulterado una y otra vez el juego democrático. Albarda sobre albarda, oprobio sobre oprobio. Cuantos se beneficiaron en las urnas de ese latrocinio organizado y esas trampas sistematizadas no deberían tener la desvergüenza de volver a comparecer ante ellas.

He estado Contra Unos y Otros porque unos y otros han destruido la independencia del Poder Judicial, interviniendo en los nombramientos o sanciones de los jueces a través de sus comisarios políticos en el CGPJ, destruyendo el principio del juez natural, blindándose desde su condición de aforados frente a las investigaciones por corrupción, manipulando incluso las comisiones de servicio de los jueces para quitarse de encima un instructor incómodo.

He estado Contra Unos y Otros porque ni los unos ni los otros han sido capaces de responder con la inteligencia y contundencia política necesaria al desafío separatista, impulsado desde una institución del Estado como la Generalitat de Cataluña. Una institución del Estado que ha puesto medios y recursos públicos al servicio de la destrucción de España ante la apatía, abulia e incluso complicidad del poder central.

Y sobre todo, y en consecuencia, he estado Contra Unos y Otros porque ni los unos ni los otros han sido capaces de ofrecer a los españoles ese “sugestivo proyecto de vida en común” que demandaba Ortega y que hoy necesitamos perentoriamente como cauce y estímulo de nuestro “patriotismo constitucional”.

Vivimos tiempos excepcionales. Todos estos ingredientes conforman una situación crítica para la Nación que deberá canalizarse a través del proceso democrático. En 2015 habrá elecciones municipales y autonómicas, tal vez elecciones catalanas anticipadas y finalmente elecciones generales.

De cara a este año decisivo conviene no confundir los síntomas con la esencia del problema. El auge del otrora larvado separatismo catalán es un síntoma, pero el problema es España. La irrupción de una fuerza política como Podemos que está poniendo en jaque aspectos clave de nuestro modelo de sociedad es un síntoma, pero el problema es España. El problema vuelve a ser España o más concretamente la falta de una política capaz de proporcionar estabilidad y prosperidad a la Nación, capaz de aglutinar y movilizar a los españoles entorno a los valores democráticos, capaz de asentarlos en su “morada vital” que diría Américo Castro, capaz de rentabilizar su “herencia temperamental” que replicaría Sánchez Albornoz.

Fue todo un símbolo, todo un mensaje del destino que Adolfo Suárez, el único líder de la transición que devolvió gran parte del poder acumulado por el Estado durante la dictadura a la sociedad, falleciera el mismo 23 de marzo en que se cumplía el centenario del famoso discurso de Ortega en el teatro de la Comedia: Vieja y nueva política.

Hoy como hace cien años España necesita una nueva política que ponga fin a la vieja política que ha noqueado económica y vitalmente a tantos ciudadanos y ha colocado a la propia Nación contra las cuerdas. Y eso plantea tres preguntas candentes: ¿qué hacer?, ¿cómo hacerlo? y ¿para qué hacerlo?

Respecto al qué en mi opinión estamos ante una cuestión transideológica, ante un desafío previo al debate entre izquierdas y derechas, pues se trata de cambiar las reglas del juego para que los ciudadanos, tanto si se sienten socialistas como liberales, recuperen el control sobre sus destinos. Se trata de volver a dotar de contenido a los derechos de participación política que desde el inicio de la Transición han venido siendo usurpados de manera paulatina por las cúpulas de los partidos. Ésa es la devolución que necesitamos y reclamamos a la partitocracia, a la cupulocracia, desde este Ateneo, a ras de calle.

Hay que hablar con toda claridad. Es muy difícil, casi imposible, que la nueva política pueda brotar de las madrigueras en las que siguen atrincheradas las comadrejas de la vieja política. El milagro del arrepentimiento y la redención por las buenas obras siempre es posible. Pero será eso: un milagro, una excepción. La nueva política precisa de nuevos políticos y si fuera necesario de nuevos partidos.

Es muy difícil, casi imposible, que la nueva política pueda brotar de las madrigueras en las que siguen atrincheradas las comadrejas de la vieja política”.

En todo caso éste es el rasero por el debemos medir a quienes concurran a las elecciones: el que esté dispuesto a cambiar la ley electoral, a imponer la democracia interna en los partidos, a devolver la independencia al poder judicial, a renunciar a aforamientos y demás privilegios, a predicar con el ejemplo dando un paso atrás ante la menor sospecha de connivencia con la corrupción, a incluir mecanismos de participación ciudadana en el proceso legislativo, ése representará a la nueva política.

El que con los más diversos pretextos eluda pronunciarse rotundamente ante estas cuestiones decisivas, ese representará a la vieja política.

Insisto en que se trata de una cuestión preliminar al debate ideológico. Quienes nos sentimos liberales podemos entendernos con quienes llevan el intervencionismo en la sangre sobre estas reglas del juego. Si González y Suárez, si hasta Fraga y Carrillo pudieron ponerse de acuerdo hace casi 40 años sobre las reglas del juego, no veo ninguna razón para que Albert Rivera no pueda entenderse con Pablo Iglesias, Santi Abascal con Alberto Garzón o un nuevo dirigente que ponga patas arriba la vieja casa del PP con Pedro Sánchez. Eso es lo que pedimos y exigimos a la nueva política: una devolución de poder a los ciudadanos que autentifique y vivifique el proceso democrático.

La segunda gran cuestión es cómo hacerlo y yo, admirador de Tocqueville, historiador de naufragios y desventuras, sigo pensando que el camino de las reformas es mucho más fiable y garantiza mejor los derechos y libertades de las personas que el de las revoluciones. La cuestión es cuál debe ser el calado legislativo de esas reformas y aquí surge el debate sobre la reforma constitucional. ¿Qué hacer con nuestra Carta Magna una vez que la experiencia ha puesto de relieve tanto los enormes aciertos de sus redactores como algunas de sus muy graves equivocaciones?

No hay que tenerle ningún miedo a ese debate. Puesto que todos los principales partidos, menos uno que parece estar en caída libre, proponen cambios en la Constitución es conveniente que las próximas elecciones generales sirvan de cauce a esa discusión y que la próxima legislatura tenga un cariz constituyente o para ser más exactos reconstituyente, en el sentido de que sirva para insuflar un nuevo vigor a un organismo que pese a todos sus achaques sigue estando vivo. Reformar la Constitución, o si se quiere enmendarla, no significa destruirla sino perfeccionarla.

Al final todo dependerá de la correlación de fuerzas que surja de las urnas y del nivel de consenso que se alcance entre ellas. Lo ideal sería que hubiera más de los preceptivos dos tercios del Congreso que respaldaran cambios constitucionales encaminados a mejorar la calidad de nuestra democracia. Pero ese objetivo también puede conseguirse mediante leyes orgánicas e incluso a través de normas de menor rango. Lo mejor no tiene por qué ser enemigo de lo bueno.

El en otras cosas tan superado y arcaico pero siempre brillante Juan Donoso Cortés tenía razón en 1836 al azotar aquí en el Ateneo tanto a los “escépticos” que consideran que “las reformas son inútiles y lo mejor es ni intentarlas” como a los “puritanos que se proponen curar las llagas de las sociedades moribundas con la virtud de una fórmula, a la manera de los mágicos de las pasadas edades que libraban de los espíritus maléficos a un alma poseída, con la virtud de un conjuro”.

Las reformas políticas, incluida la reforma constitucional, no pueden ser concebidas como un atolondrado fin en sí mismo sino como un instrumento al servicio de unos fines. Por eso la tercera pregunta es la decisiva: ¿Reforma constitucional para qué?

Si alguien me dice que quiere reformar la Constitución -tal y como propuso en 2006 el Consejo de Estado- para blindar las competencias del Estado, cerrar el mapa autonómico y garantizar la lealtad institucional de todos los poderes que emanan de ella, yo estoy a favor de la reforma constitucional.

Si alguien me dice que quiere reformar la Constitución para facilitar el cambio del sistema electoral, para condicionar la financiación pública de los partidos a la elección de sus candidatos por sus afiliados o para blindar al poder judicial frente a las intromisiones de los políticos, o no digamos para garantizar la separación entre el ejecutivo y el legislativo mediante un sistema presidencialista como el norteamericano o el francés, yo no sólo estoy a favor de la reforma constitucional sino que me ofrezco a levantar el pendón de ese banderín de enganche.

Ahora bien si alguien me dice que quiere reformar la Constitución para fragmentar la soberanía nacional y convertir a las comunidades autónomas en imaginarios estados soberanos que acceden a federarse adquiriendo la capacidad de disponer unilateralmente sobre su relación con el Estado para repetir, entre tanto, corregidos y aumentados los disparates de las cajas de ahorros, las televisiones públicas y las embajadas en el extranjero, entonces yo estoy en contra de esa reforma constitucional.

No quiero una reforma constitucional que acomode y de más poder a los territorios, es decir a las corruptas y caciquiles élites políticas que los gobiernan”.

Y no digamos nada si alguien me dice que quiere reformar la Constitución, no ya para reconocer y regular hechos diferenciales como la lengua propia o la insularidad, sino para dotar de mayores derechos políticos a algunos de esos estados federados en función de su capacidad de coacción separatista, sumando al dislate de la fragmentación el de la desigualdad, alegando que de lo que se trata es de “facilitar el encaje” -ésta es la expresión bobalicona de moda- de una parte de España en el resto, como si el Estado fuera el mecano de un aprendiz de brujo… Si es para eso, yo no quiero que se reforme la Constitución. Si es para eso que la Virgencita y las Cortes Generales nos dejen como estamos.

Yo no quiero una reforma constitucional que acomode y de más poder a los territorios, es decir a las corruptas y caciquiles élites políticas que los gobiernan; yo quiero una reforma constitucional que acomode y dé más poder a los ciudadanos.

Hoy por hoy estamos lejos de la acumulación de fuerzas necesaria para alcanzar ese objetivo. La concentración del poder político, económico y mediático ha asfixiado la disidencia en los partidos, ha narcotizado al perro guardián del periodismo y ha entontecido con la esquemática superficialidad del duopolio televisivo a gran parte de la sociedad.

Por eso reitero que es la hora de los Ateneos como foros de debate y de participación cívica. En lugares como éste debe volver a escribirse, como dijera en su día Ruiz Salvador, el “borrador de la Historia de España”.

Y si es la hora de los Ateneos también es la hora de la prensa independiente. “Es imposible que un pueblo que sabe llegue a ser tiranizado”, aseguró en esta misma tribuna el gran líder progresista Joaquín María López.

Los problemas que nos ha creado la tecnología nos los está resolviendo la tecnología. Los gobiernos y sus aliados económicos son capaces de controlar a los medios tradicionales -bautizados por los anglosajones como legacy media, la herencia del pasado- abusando del derrumbe de su modelo de negocio. Pero asisten impotentes al desarrollo del nuevo ágora electrónico, al que cada vez concurren más y mejores proyectos editoriales.

No anticipemos acontecimientos. 2015 será el año más importante de mi carrera periodística. Nunca pensé verme de nuevo en esta tesitura, pero si los dados han rodado así, si éstas son las cartas que me ha deparado la fortuna, ahí estaré desde el 1 de enero, asumiendo por tercera vez el envite, revitalizado por el contacto con mis cada vez más jóvenes compañeros.

Una cosa tengo clara y es que en defensa del derecho a la información de los ciudadanos seguiremos estando contra unos y otros, contra éstos, aquéllos y, por supuesto también contra los de más allá. Todos sabemos que hay quienes se erigen en portaestandartes de la derecha y portaestandartes de la izquierda, quienes se presentan como portavoces de los catalanes y quienes se presentan como portavoces de los andaluces, quienes se erigen en heraldos de la Revolución y quienes explotan el miedo al cambio de los más inmovilistas. ¿Pero quién defiende transversal y desinteresadamente al conjunto de los españoles como votantes, como administrados, como consumidores… como ciudadanos dotados de derechos políticos, económicos y sociales?

Ese es el papel de la prensa plural e independiente. Esa nuestra tarea, nuestra obligación, nuestro desafío. Recordar todos los días a los españoles, mirándoles a la cara desde el ordenador, la tableta o el teléfono móvil, que como bien dijo el presidente de esta casa, y si empecé con Manuel Azaña acabo con Manuel Azaña, “nosotros somos nuestra patria”. Nosotros de uno en uno, pero todos juntos y con conocimiento de causa.

Esa es la España europea y universal en la que creo -sí: europea y universal-, la patria de la inteligencia de la que me siento partícipe, el proyecto común que anhelo contribuir a regenerar… desde la incertidumbre de la libertad.

Muchas gracias a todos. Después de las doce campanadas tendréis noticias mías.


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[Texto de la intervención en el Ateneo de Madrid con motivo de la presentación del libro Contra Unos y Otros. Los años de Zapatero y Rajoy, 2006–2014].

Demos vida a EL ESPAÑOL, cambiemos España

Quijote

Y hétenos aquí que para poder seguir persiguiendo ballenas el arponero ha tenido que hacerse armador.

Y hétenos aquí que para poder seguir persiguiendo ballenas el arponero ha tenido que hacerse armador. A eso hemos llegado cuando los mayores barcos, controlados por los conservacionistas del poder, costean con cautela para mantener apariencia de actividad, pero ponen rumbo a estribor tan pronto como surge en lontananza el menor atisbo de cachalote blanco. Cuidado con según qué noticias, mejor no toparse con ellas. Es lo que pasa, ahí nos duele y muchos lo notáis.

No hay síntoma más elocuente de la gangrena de una sociedad que el nivel de concentración del poder en un voraz Leviatán político, económico y mediático, regido por el principio de auxilios mutuos. El gobierno se ejerce al servicio de unos pocos, la democracia deviene en oligarquía, al público se le narcotiza y al disidente se le ahoga. Este es el monstruo con forma de Estado (autonómico) que ha progresado geométricamente en España, arrinconando cada vez más a la ciudadanía que no vive del cuento. Esta es, atención, la raíz política de una crisis económica que ha arruinado a millones de españoles y empobrecido a casi todos los demás.

Pero si grande es la desgracia que nos envuelve y mayor la hace aun la coacción a la que se somete a la justicia, la autocensura que se inocula a la prensa y el resultante espejismo de una recuperación compatible con la perpetuación de los vicios del sistema, igualmente rotunda es la determinación con la que los promotores de EL ESPAÑOL estamos dispuestos a bogar contracorriente.

No hay ingenuidad o resentimiento en nuestro empeño. Naceremos “del enojo y la esperanza”, esa “pareja española” donde la haya que, según Ortega, dio a luz, precisamente hace cien años, a su primera criatura periodística: la revista España. Estremece comprobar la recurrente vigencia de su diagnóstico fundacional de enero de 1915: “El desprestigio radical de todos los aparatos de la vida pública es el hecho soberano, el hecho máximo que envuelve nuestra existencia cotidiana. Todos sentimos que esa España oficial dentro de la cual o bajo la cual vivimos no es la España nuestra, sino una España de alucinación y de inepcia”.

Hasta la palabra regeneración debe ser hoy regenerada. El nuevo Jefe del Estado la empleó en su brioso primer mensaje navideño, sin acompañarla de clarificación alguna sobre las causas de la abdicación de su padre o las consecuencias de la situación procesal de su hermana. Se dirá, con razón, que el Rey no gobierna ni siquiera sobre los miembros de su familia. Pero se trata de una reveladora muestra de la secreción lampedusiana de una “España oficial” que parece creer que bastará con adecentar la fachada -con un Rey alto, joven y guapo o un líder de la oposición ídem de ídem de ídem- para que la “España real” vuelva a sentirse conforme en su morada.

Quijote
“¿Ves amigo Sancho, esas dos grandes polvaredas que parecen dos ejércitos enemigos? Pues se trata, en realidad, de dos rebaños de ovejas”.

Cotufas en el golfo, que decía Torrente Ballester. Como expliqué el 18 de diciembre en el Ateneo, aportando los cimientos sobre los que habrá que edificar la línea editorial de EL ESPAÑOL, debemos “cambiar las reglas del juego para que los ciudadanos recuperen el control de sus destinos”. Podrá alegarse que no tuvieron nunca tal control, pero ese fue al menos el evangelio de la Transición que predicó Suárez: que la calle rija a los despachos y no los despachos a la calle, que los representados marquen el paso a los representantes y no a la inversa. Ese fue el rumbo que apuntaban las cosas hasta que la clase política comenzó a blindarse con la soberbia de todo linaje endogámico y la falta de escrúpulos de todo usurpador insaciable.

Aunque hayan devastado nuestros campos y ciudades, esos políticos no han caído sobre nosotros como una plaga de langostas fruto de un designio inescrutable. No son hechuras del azar sino de la necesidad. Con una ley electoral, una ley de financiación de partidos y una ley del poder judicial como las vigentes, necesariamente tenía que ocurrirnos algo así. Si alguien quiere enarbolar banderas regeneracionistas con alguna credibilidad ya sabe por qué tres debe empezar.

Queremos contribuir a que reviva y se abra paso una tercera España del mérito, el esfuerzo y la cultura, apoyada en el ensanche de los derechos de ciudadanía”

El fundado hartazgo de los ciudadanos ante la corrupción, el egoísmo y la “inepcia”, sí, de una clase política lobotomizada, fruto de la selección de los peores y más dóciles, ha llegado hasta tal extremo que o cambiamos España desde los parámetros de la libertad, o nos la cambiarán desde los de un nuevo despotismo nacional o foráneo. Ni el inmovilismo que gobierna sumergido en cloroformo, ni ninguno de los maquillajes que se preparan como soluciones de emergencia sirven ya para aglutinar, y no digamos movilizar, a una mayoría social.

El cambio tiene que ser sustancial, profundo y a la vez palpable de inmediato. Sólo un enérgico y fulgurante programa de reformas, que incluya las antedichas, podrá erigirse en alternativa convincente frente a los revolucionarios cantos de sirena de la igualación por abajo, cuyo crescendo ya escuchamos todos.

Nuestro propósito es contribuir a que en la dinámica de confrontación entre los guardianes del sistema y las fuerzas antisistema reviva y se abra paso una tercera España del mérito, el esfuerzo y la cultura, apoyada en el ensanche de los derechos de ciudadanía. Sin ese nuevo actor el paisaje de nuestra vida pública volverá a asemejarse al que Penagos reflejó en boca de don Quijote, en su magnífica viñeta publicada en el segundo número de la revista de Ortega, a propósito de la Gran Guerra: “¿Ves amigo Sancho, esas dos grandes polvaredas que parecen dos ejércitos enemigos Pues se trata, en realidad, de dos rebaños de ovejas”.

No hay nada más peligroso para una sociedad que ese conformismo acrítico y pastueño con que los óvidos siguen a sus pastores, pues en determinadas circunstancias -y aquella generación sufrió en su carne la tragedia- con la mansedumbre de los rebaños se forja fácilmente el furor de los ejércitos o al menos el de las masas iracundas.  Frente a la pretensión de mantener aturullados en el aprisco del miedo a “los de arriba” y agrupar amenazantes en el aprisco del desquite a “los de abajo”, frente a la pretensión separatista de aprovechar la polvareda de la crisis para hacer rebaño aparte regulando hasta la modulación de los balidos, urge fortalecer una Nación de ciudadanos, basada en el imperio de la ley, los derechos individuales, la solidaridad y la protección social.

No estará en nuestras manos suministrar los instrumentos políticos que hagan posible ese resurgimiento democrático, pero sí contribuir a crear el clima social que permita moldearlos. Nuestro periódico será universal en su proyección y sensibilidad, pero se llamará EL ESPAÑOL porque interpretará la realidad desde la mirada de ese tantas veces perplejo hombre de la calle que ve salirle al paso todo tipo de interesados protectores, siempre que se deje llevar al conflicto por mor de su condición de catalán, vasco o andaluz o de su adscripción a tal o cual partido, y a la vez queda indefenso cuando se abusa de él como contribuyente, consumidor, usuario de los servicios públicos, pensionista o votante estafado por los incumplidores profesionales de programas.

Nuestro periódico se llamará EL ESPAÑOL porque defenderá a esos españoles, de uno en uno, como titulares colectivos de su soberanía. No desde una mezquina perspectiva nacionalista, pero sí con un sentido nacional europeísta y cosmopolita, tolerante de la disidencia e integrador de la diversidad, pero beligerante frente a quienes hacen de esa coartada el caldo de cultivo de integrismos fanáticos como el que ha ametrallado a nuestros hermanos de Charlie Hebdo. La democracia no debe ser estúpida y sólo la Nación española, constituida como Estado dentro de una Unión Europea fuerte, puede garantizar nuestros derechos.

EL ESPAÑOL proporcionará a los ciudadanos todas las informaciones que los poderosos esconden bajo siete llaves y todas las interpretaciones, explicaciones y opiniones que les ayuden a decidir su destino dentro de la ley. Queremos publicar un periódico útil en todos los sentidos del término y para ello emplearemos los formatos más innovadores en los dispositivos móviles que acompañan a cada español en su vida cotidiana.

Este texto no es todavía un manifiesto fundacional sino tan sólo una declaración de intenciones, un mero prospecto como el que antecedía al nacimiento de las publicaciones en el siglo XIX. Según el canon de toda gestación humana, transcurrirán nueve meses antes del alumbramiento; pero este blog ira adelantando, a modo de ecografías semanales, la génesis de nuestra criatura.

Nuestro periódico será universal pero se llamará EL ESPAÑOL porque interpretará la realidad desde la mirada de ese tantas veces perplejo hombre de la calle”

Y digo nuestra porque lo que os propongo es que EL ESPAÑOL sea una obra colectiva que reivindique lo mejor del periodismo del pasado y crezca en todos los soportes del futuro, aprovechando los mecanismos de participación y diálogo que proporciona ya la tecnología. Por eso nos proclamamos sucesores de El Español que Blanco White fundó en Londres, de El Español innovador de Andrés Borrego en el que Larra publicó sus mejores artículos, de El Español que apoyaba al Maura liberal, de El Español del libertario Bonafoux, por algo bautizado La víbora de Asnieres, y de la revista España que dirigieron sucesivamente Ortega, el socialista Araquistain y el republicano Azaña. Y por eso también convocamos a todos los ciudadanos con inquietudes similares a las nuestras a que se sumen al proyecto.

Sumaos como accionistas y suscriptores, participando hasta el 28 de febrero en la ampliación de capital en marcha, en las mismas condiciones que los fundadores. Nuestra sociedad editora dispone de suficientes recursos para garantizar su continuidad, toda vez que yo mismo he invertido ya la totalidad de la indemnización que cobré al ser destituido como director de mi anterior periódico. Pero cuanto mayor sea la base social de este proyecto, mayores serán nuestras posibilidades de resistir cualquier presión.

Sumaos también con vuestras sugerencias, ideas y capacidad profesional. La aportación de los pequeños inversores será muy bienvenida, pero igualmente lo será la creatividad y el talento de los que no puedan contribuir de otra manera. Para eso abrimos nuestros cuatro buzones de sugerencias y un quinto destinado a los currículos. Buscamos a los mejores reporteros, escritores, analistas especializados, ilustradores o videoperiodistas de la nueva generación para que, “federados en una sola quilla” -así veía Melville a la tripulación de un ballenero-, “cada hombre hasta ahora aislado viva en un continente propio”.

Me dirijo a ti, a ti y a ti, en cualquier lugar en el que estés. El cuerno suena en la espesura del bosque, el silbato en la dársena del puerto. Sumaos antes de zarpar, participad desde el comienzo en la aventura. Demos vida a EL ESPAÑOL, cambiemos España.

@pedroj_ramirez
pedroj.ramirez@elespanol.com