Siete nombres para huir de Corea del Norte

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Han pasado 18 años desde que cruzó un río helado para llegar a China. Hyeonseo es su séptimo nombre. Significa “la fortuna de la luz del sol” y se lo puso ella misma al alcanzar la libertad. Ahora ha plasmado su vida en el libro La chica de los siete nombres (Península, 2015). 

Reportaje gráfico: Moeh Atitar

Hyeonseo Lee tiene una sonrisa dulce que ni siquiera desaparece cuando la rodean recuerdos de miseria, muerte y represión. Su pelo negro contrasta con un vestido blanco, que acompaña la luminosidad y la decoración sobria de la biblioteca. Habla en inglés, un idioma que siempre creyó “enemigo” hasta que huyó con 17 años de Corea del Norte.

Al explicar lo que supone para ella la libertad, reflejada en los grandes anuncios, las tiendas y los carteles de la Gran Vía madrileña, alza sus brazos intentando abrazar el espacio y gesticula diciendo: “No sabría explicar esa sensación, la de vivir en libertad por primera vez. No es sólo el aspecto de la calle, puede sentirse en el aire, en la naturaleza, en los olores, en las miradas de la gente”.

Han pasado 18 años desde que cruzó un río helado para llegar a China. Hyeonseo es su séptimo nombre. Se lo puso ella misma cuando alcanzó la libertad: “Lo elegí porque no quería volver a las sombras”. “Hyeon” significa “luz del sol”, y “seo”, “fortuna”.

Después de refugiarse en un sinfín de identidades, sufrir interrogatorios y esquivar la deportación durante años, ha plasmado su vida en el libro La chica de los siete nombres (Península, 2015). Ahora recorre el mundo con el objetivo de lograr apoyo internacional para proteger los derechos humanos en su país, que todavía “ama y echa de menos”. Lo que sigue a continuación es su vida según la cuenta ella misma en las páginas del libro y durante nuestra conversación. foto_nc1

Reportaje gráfico: Moeh Atitar

Un ruido atronador

La historia de Hyeonseo arranca cuando apenas tiene cuatro años. Lleva un vestido azul cielo. Ha salido a jugar al terraplén de hierba que hay detrás de su casa. Se sienta en la vía del tren y juega a recoger piedras, dejándolas en su regazo. El suelo húmedo ensucia sus manos de barro y hierba. De pronto, oye un ruido atronador, huele a quemado y no ve nada, tan sólo oscuridad. A gatas, escapa de los bajos de un vagón. Su madre, corriendo, se abre paso entre la multitud y la coge en brazos. Una mujer se acerca y dice: “Sobrevivir a tal accidente es un buen presagio. Tendrás una larga vida”.

No se equivocó. Unos años más tarde, la casa de los Lee ardió en llamas. A Hyeonseo no le pasó nada. Cuando el incendio calcinaba las paredes y el humo se tornaba cada vez más negro, su padre volvió dentro. Temían lo peor, pero consiguió salir con dos objetos rectangulares bajo el brazo: los retratos de los líderes Kim Il-sung y Kim Jong-il.

Hyeonseo creció bajo aquellas miradas, acristaladas y colocadas por imperativo legal en cualquier edificio: “Los marcos tenían que ser el objeto más elevado de la estancia y estar perfectamente alineados. Los limpiábamos con un paño especial proporcionado por el Gobierno que no debía usarse para nada más. Un oficial, con guantes blancos, los revisaba una vez al mes. Si no estaban limpios, se recibía un castigo”.

De niña fue feliz, o por lo menos así lo recuerda. “Creía que todo lo que ocurría a mi alrededor era normal. No sabía que más allá de las fronteras existía un universo distinto”. Hyesan, la ciudad donde vivía, está rodeada por las montañas, que brillan en verano, y en invierno se cubren de nieve. El río Yalu, que la recorre, separa al país de China, que empieza en la otra orilla. Tiene once metros de ancho y no es muy profundo. Cuando bajan las temperaturas, el hielo lo convierte en un puente hacia el contrabandismo o la libertad, como en el caso de Hyeonseo, que lo cruzaría poco antes de cumplir los dieciocho. “Parece que en Hyesan acaba todo, que no hay nada más allá. Por eso la llaman el fin del mundo”.

Las ejecuciones públicas

Cuando tenía siete años, vio su primera ejecución. Su madre la mandó a hacer un recado. Hacía calor, la humedad era desagradable y había algo que emanaba un olor fétido. Las moscas estaban por todas partes. Una masa de gente se amontonaba bajo el puente del ferrocarril. Había un hombre colgado del cuello. Una bolsa de tela cubría su rostro y llevaba las manos atadas a la espalda.

Ya en la educación primaria es obligatorio asistir a las ejecuciones públicas. Hyeonseo recuerda una de ellas: “Había tres hombres atados a una estaca. El juez anunció que los criminales habían confesado sus crímenes y luego les preguntó si tenían algo más que decir. Estaban amordazados, con la boca llena de piedras, supongo que para que no maldijeran al régimen con su último aliento. En el momento de los disparos, colocan a los parientes en primera fila”. Ahora, explica, contar al mundo que esto ocurre es una de las partes más importantes de su mensaje.

El colegio en Corea del Norte entraña muchas obligaciones. Una de ellas, las sesiones de autocensura. “Tenían lugar cada sábado. Asistíamos las cuarenta alumnas de la clase y las presidía la maestra. Por turnos, nos levantábamos para acusar a alguien y confesar algo”. Hyeonseo explica que los coreanos del norte son introvertidos, en gran parte, por miedo a que los delaten: “El ciudadano hace el trabajo del policía. Aprendí de mi madre, desde pequeña, a ser muy reservada, a no coger confianza con aquellos que no eran de mi familia”.

Hasta los 14 años, los alumnos son ‘exploradores’ y protagonizan los juegos colectivos, grandes desfiles que hacen de ellos “unos buenos comunistas”. Preguntada por el objetivo de estas actividades, utiliza unas palabras de Kim Jong-il: “Puesto que cada niño sabe que un solo desliz puede estropear una exhibición colectiva, aprende a subordinar su voluntad a la del grupo”. A partir de los 14, los juegos colectivos desaparecen para dejar paso a la liga de las juventudes socialistas, donde se adiestra militarmente a todos y cada uno de los adolescentes.

Las asignaturas, centradas en la vida de los líderes, la ética comunista y el odio hacia los coreanos del sur y los estadounidenses, contribuyen a crear un pensamiento vengativo: “Nos ponían imágenes de tanques del sur cruzando la frontera, masacrando la población civil. Los ojos se me ponían llorosos, bullía pensando en la venganza y en hacer justicia. Era un sentimiento común”.

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El suicidio y las castas

El padre de Hyeonseo siempre había trabajado en el ejército, pero fue destinado a una empresa comercial, lógicamente en manos del Estado, lo que llevó a la familia a orillas del río, a la frontera con China, adonde el señor Lee tendría que viajar con frecuencia. “Estábamos tan cerca de China que nuestro televisor podía sintonizar sus canales”.

Un día, el padre de Hyeonseo fue arrestado en la frontera. Cinco militares entraron en casa por la noche y buscaron objetos de valor y dinero: “Rompieron las paredes, abrieron el suelo y desmontaron el techo”. Lo acusaban de soborno y abuso de poder. Fue ingresado en el hospital porque le habían dado una paliza. Le obligaban a escribir una confesión. Cuando lo hacía, los militares la rompían una y otra vez al no conseguir lo que querían. Unos días después, el hospital certificó su fallecimiento: “Suicidio con sobredosis de tranquilizantes”.

El sistema de castas que estructura Corea del Norte castiga a los familiares de quienes se quitan la vida tachándolos de “hostiles”, lo que les impide estudiar en la universidad o acceder a un buen puesto de trabajo. “Mi madre sobornó al hospital y consiguió que cambiaran el certificado”.

Con 15 años, y a pesar de los canales chinos de televisión, la música extranjera de contrabando y las luces que brillaban en el país del otro lado del río, Hyeonseo conservaba una inocencia peligrosa: “Creía que me podía quedar embarazada con tan sólo besar a un hombre. Mis amigas pensaban lo mismo. Nos enteramos de la realidad viendo una película ilegal”.

La muerte del dictador

El 8 de julio de aquel año, 1994, Hyeonseo fue al colegio, pero las clases se suspendieron. Enviaron a los alumnos a casa y les dijeron que encendieran el televisor, lo que extrañó a muchos ya que no había emisiones diurnas.

“El gran corazón ha dejado de latir”, dijo la locutora. “Kim Il-sung ha muerto”.

Semanas más tarde, muchos fueron castigados por no haber vertido lágrimas suficientes: “No conseguía llorar. Me humedecía los ojos con saliva y los frotaba. Una chica de mi clase fue castigada, pero tuve suerte”.

Al año siguiente, la gran hambruna comenzó a asolar al país. Aparecieron mendigos por todas partes, sobre todo alrededor de los mercadillos. También había niños vagabundos que iban del campo a la ciudad.

Hyeonseo recuerda las aceras vacías y las personas hablando consigo mismas, alucinando por culpa del hambre. Había cuerpos en el río, boca arriba, que los guardias fronterizos recogían para que no los vieran desde la orilla china. Pero no solo faltaban los alimentos. También escaseaban los fertilizantes.

“Los niños fueron obligados a llevar al colegio sus excrementos para usarlos con este fin”, explica. “Las familias cerraban con llave sus retretes exteriores para que los ladrones no les quitasen lo que pudieran contener”. Hyeonseo empezó a preguntarse: “¿Por qué la gente se muere de hambre? ¿No vivimos en el mejor país del mundo?”.

La muerte por inanición del profesor de acordeón de su hermano o de un ladrón escuálido que no pudo llevarse el televisor de su casa por falta de fuerza son algunos de sus recuerdos de la gran hambruna.

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La huida

Durante el invierno de 1997, poco antes de que Hyeonseo cumpliera los 18 años, una compañera del colegio le propuso cruzar el río hacia China. Las luces de neón del otro lado, los guardias chinos fornidos y uniformados y los niños que no parecían hambrientos picaban su curiosidad. Sabía que si quería cruzar aquél era el momento.

A partir de la mayoría de edad, cometer un delito podía traerle problemas mucho más graves y hubo un detalle que la ayudó: el guardia que cubría el tramo del río más cercano a su casa se enamoró de ella. Llegó incluso a proponerle matrimonio. Su fuerte amistad le animó a cruzar. Sabía que si él la detenía, no correría demasiado peligro.

Ocurrió la segunda semana de diciembre. Era de noche. Hacía frío y sobre el río helado se podía caminar. La nariz quemaba y el vapor del aliento coloreaba la oscuridad. El viento apenas soplaba y el silencio era absoluto. Cuando Hyeonseo llegó al río se encontró con el guardia, al que convenció para cruzar. Así pisó China por primera vez.

“Tenía la idea de visitar a unos parientes. Ni siquiera miré atrás. Pensaba que volvería en unos días”, explica. Ya en casa de sus tíos, a la que llegó acompañada por un contrabandista amigo de su familia, se enamoró de los brillantes colores de la ropa, la música, los anuncios y la libertad. Su estancia se prolongó, celebró allí los 18 años y para cuando se dio cuenta estuvo a punto de casarse con el hijo de unos amigos de sus tíos. “Era un matrimonio de conveniencia”, dijo. “Notaba que todo lo que me pasaba sucedía, sin que yo pudiera elegir. Huí una vez más”.

A partir de ese momento, alternó trabajos en distintos restaurantes. Superó los interrogatorios en comisaría y evitó la deportación. La compra de un documento de identidad en el mercado negro le otorgó la nacionalidad china, lo que le dio tranquilidad y la posibilidad de optar a puestos mejor remunerados.

La libertad no es todo

Mientras tanto, en Corea del Norte, su madre sufría una estrecha vigilancia. Tuvo que fingir la desaparición de su hija, lo que no convencía a las autoridades. A su hermano, después de recibir dinero y objetos de contrabando, le pegaron una paliza, intentando averiguar la procedencia del paquete de su hermana.

La preocupación por la seguridad de su familia y la soledad llevaron a Hyeonseo a la frontera a recoger a su madre y a su hermano, para sacarlos de aquel infierno. Recorrieron China los tres juntos, disfrazados de una guía que acompañaba a dos sordomudos. Ya en la frontera con Laos, donde tenían previsto que la embajada de Corea del Sur les diera asilo político, su familia fue detenida por la policía, que los retuvo tres meses en la cárcel antes de permitirles viajar a Seúl.

– En el libro cuenta que “la libertad no lo es todo”, que incluso estuvo tentada de volver a su país.

– Es cierto. Pagué un precio demasiado alto por la libertad, el de no volver a ver a mi madre, a mi hermano, a mis tíos. Me corroía por dentro. No podía soportarlo. Además, no fui realmente libre hasta que llegué a Corea del Sur. Hasta entonces estuve escondiéndome, pensando en que mi deserción podía suponer los peores peligros para los que todavía estaban allí.

Ese peligro todavía acecha a los familiares de Hyeonseo que viven en Corea del Norte. Por ello, en el libro se refiere a ellos como el tío Cine, la tía Bonita o el tío Rico. Las caras de su madre y hermano, huidos gracias a ella recientemente, aparecen difuminadas por miedo a las represalias.

Hyeonseo ama su país. Desea volver algún día. Ahora lucha por los derechos humanos de quienes no pueden escapar, de aquellos que viven en la sombra, sin saber que “existe un mundo maravilloso, de ciudades preciosas, de sitios por conocer, y de personas tan distintas”.

Un polémico email de Cook a la CNBC neutraliza el crash (-13%) de Apple

Dará que hablar. Tim Cook, consejero delegado de Apple, envía una carta a Jim Cramer, gestor de ‘hedge fund’ y showman televisivo de la CNBC, en la que reafirma las previsiones de la compañía sobre su negocio en China. La información contenida en el email dio la vuelta a la cotización de Apple, que sufría un severo desplome, pero se saltó los cauces de comunicación oficiales a través del supervisor SEC.

Tim Cook.
Tim Cook.

Lo nunca visto. Ni el crash de China, ni el del petróleo. Apple, la mayor compañía del mundo en bolsa, se ha convertido por accidente en la protagonista del lunes. Su colosal tamaño -más de 600.000 millones de dólares de capitalización, que equivale a más del 20% del Nasdaq- ha activado el modo pánico en Wall Street antes de la apertura, arrastrando con ella al resto del sector tecnológico como Google, Amazon o Twitter.

Su acción abrió con un desplome del 13% por los interrogantes sobre su negocio en China, después de que la mayor economía del mundo haya devaluado su moneda por tres veces. Las dudas no son triviales: allí vende más iPhones que en Europa y se ha convertido en el motor principal del crecimiento de la empresa. La película, sin embargo, dio un brusco giro por la entrada en escena del consejero delegado de Apple que llevó a la acción a darse la vuelta y subir un 2% a media sesión, aunque terminó cerrando con un caída del 2,5%.

Una carta con información privilegiada

A Tim Cook no se le ha ocurrido otra cosa que enviar un email a Jim Cramer, el showman financiero de la CNBC, reafirmando las perspectivas de negocio de la empresa y desmintiendo cualquier tipo de problema en China. Al revés, va mejor de lo previsto. Lo sorprendente ha sido la manera de comunicar al mercado y a los inversores que todo va bien, que el plan de negocio va según lo previsto y que no hay nada que temer.

De forma insólita, Cook ha ignorado los cauces de comunicación oficiales a través de la SEC, el supervisor bursátil de EEUU. Se ha saltado también a su propio equipo de comunicación y ha buscado a una figura influyente, como Cramer, para responder a las dudas que tenían los grandes fondos de inversión sobre la tecnológica. En el correo, el directivo confirma que las ventas de iPhones van por buen camino y que la descarga de aplicaciones a través de la Appstore vive el mejor momento de su historia este verano.



 

En suma, el email de Cook ha puesto coto no solo a las pérdidas de Apple, considerado uno de los valores refugio del mercado, sino también a las bolsas estadounidenses, que comenzaron a recuperarse al mismo ritmo que el creador del iPhone. De una caída inicial superior al 6,1%, el Nasdaq Composite, índice de referencia del sector tecnológico, pasó a ceder apenas un 2%. Buenas noticias para los inversores, pero malas para el propio Cook. A buen seguro que la SEC habrá tomado buena nota de la filtración de datos y previsiones con el tertuliano e inversor profesional Jim Cramer.

El primer desplome global ‘made in China’ para los mercados

wallstreet

De Este a Oeste y de Norte a Sur, un terremoto bursátil está azotando desde hace semanas a los mercados, pero este lunes ha vivido su mayor sacudida con epicentro en China. El Ibex 35, el índice de las 35 mayores empresas españolas, se ha desplomado un 5%, hasta 9.756 puntos, en su mayor caída desde agosto de 2012. No ha sido el peor índice de la foto: el EuroStoxx 50 y el Cac francés se dejaron cada uno un 5,35%. 

De Este a Oeste y de Norte a Sur, un terremoto bursátil está azotando desde hace semanas a los mercados, pero este lunes ha vivido su mayor sacudida con epicentro en China. El Ibex 35, el índice de las 35 mayores empresas españolas, se ha desplomado un 5%, hasta 9.756 puntos, en su mayor caída desde agosto de 2012. No ha sido el peor índice de la foto: el EuroStoxx 50 y el Cac francés se dejaron cada uno un 5,35%. Wall Street comenzó la jornada con caídas del 5% al 6%, aunque se recuperaba (hasta el -1%) a media sesión. El índice Dow Jones registró su mayor caída en puntos de toda su historia (más de 1.000).

Las bolsas asiáticas se han llevado la peor parte con China a la cabeza. El índice Shanghái Composite perdió esta madrugada un 8,5% y acumula un descenso del 40% desde mediados de junio, cuando comenzó el mercado bajista en el gigante asiático. Los inversores se han protegido del desplome bursátil en las monedas del Viejo Continente: el euro empezó la sesión en la zona de 1,137 dólares y subió durante la jornada hasta los 1,169 dólares, un avance próximo al 3% y completamente inusual en un tipo de cambio.

El Ibex 35, frente a las mayores caídas de su historia.
El Ibex 35, frente a las mayores caídas de su historia.
  • ¿Ha cambiado algo?

Los mercados se han agitado este lunes como nunca en los tres últimos años. “La realidad es que no hay nada nuevo. Los analistas aluden al miedo a la desaceleración de la economía china, al temor que puede provocar en términos de la inestabilidad de los mercados. Al final, el principal riesgo para los mercados es el propio mercado, con un elevado apalancamiento de los inversores en activos de riesgo”, explica por email el economista jefe de Citigroup en España, José Luis Martínez-Campuzano.

  • ¿Qué ocurre con China?

El temor del mercado viene por una doble vía, la debilidad de la economía del gigante asiático y el pinchazo de su burbuja financiera. Hasta este año, ambos factores se movían con una baja correlación, pero esto ha cambiado tras este desplome. La causa de esta distancia eran las restricciones que las autoridades tenían puestas para la inversión en bolsa de los particulares, tanto nacionales como extranjeros, que provocaba que el movimiento del dinero no fuese necesariamente en la misma dirección que la economía. En los últimos trimestres, las autoridades del país decidieron abrir las puertas de sus distintas bolsas, lo que permitió una fuerte entrada de capitales al inicio del año.

El dinero entraba, el mercado subía y todos los inversores disfrutaban de la apreciación de sus activos,  en tanto que la economía del país se iba enfriando al mismo tiempo. El índice Shanghái Composite se disparó más de un 150% en menos de un año hasta superar los 5.100 puntos en junio. Pero los días felices se acabaron y el dinero empezó a salir de la bolsa con la misma facilidad con la que entró. Todo el desplome del mercado de los dos últimos meses se ha producido con un gran volumen de cotización, que duplica (o incluso triplica) a cualquier día que vaya desde 2011 hasta septiembre de 2014 (cuando las medidas de apertura del mercado empezaron a calar)

En definitiva, una oleada de ventas que ha superado cualquier esfuerzo de China para frenar el desplome de su bolsa. “Hay que tener en cuenta que las autoridades no pretenden evitar las caídas, sino amortiguarlas”, remarca Javier Santacruz, economista e investigador asociado a la Universidad de Essex. Todas las medidas adoptadas no han podido evitar que el desplome de la Bolsa de Shanghái casi alcance el 40%, ni que hoy cayera un 8,5%. “Las autoridades contribuyeron a crear esta burbuja de los mercados para crear efecto riqueza”, explica Francisco Vidal, analista de Intermoney, “con una bolsa hinchada a base de compras a crédito y con salidas a bolsa que se encarecían de forma artificial”.

De esta forma, Pekín pretendía estimar el consumo interno gracias al aumento de los ingresos de los ahorradores. “Si se creen más ricos, van a consumir más y así crearon esta burbuja en los mercados”, indica Vidal. La novedad principal es que esta ha sido la primera ocasión en la que el desplome de la bolsa de China ha tenido un impacto tan grande en los mercados desarrollados, lo que es una buena muestra del peso que ha adquirido el país para la economía mundial. El ejemplo perfecto ha ocurrido en Japón con el inesperado descenso de su PIB del segundo trimestre del año (se contrajo un 1,6% anualizado) por la menor demanda de China. La influencia de China llega ya a dominar una de las grandes economías mundiales desarrolladas.

  • ¿Subirá tipos de interés la Fed?

El desplome de China lleva ya más de dos meses azotando al mercado y algo parece estar cambiando. Los años de baja volatilidad y subidas aceleradas de las bolsas al calor de los estímulos monetarios de los bancos centrales empiezan a dar paso a la incertidumbre. Larry Summers, quien fuese el principal rival de Janet Yellen a ocupar el puesto de presidente de la Reserva Federal (Fed), ha alertado hoy de que “como en agosto de 2007 y 2008, podemos estar en las primeras fases de una situación muy seria”.


Con estas palabras, Summers deja ahora la pelota sobre el tejado de la que fuese su rival (y ganadora) en la carrera hacia el trono de la Fed, Janet Yellen. La entidad tiene previsto subir los tipos de interés oficiales este año por primera vez en casi una década, situación que mantiene en alerta a los mercados. ¿Cómo reaccionará la débil economía mundial a este cambio en el precio oficial del dinero? Esta incertidumbre es la que quita el sueño a los inversores y que está golpeando con fuerza a los mercados.

Las bolsas vuelven a pedir estímulos monetarios para evitar una corrección que tiene sentido si se valora la incertidumbre que rodea a la economía global: ¿quién será el nuevo motor del mundo con China y los emergentes en plena desaceleración? Este escenario apunta a que la primera subida de tipos de la Fed podría retrasarse hasta la última parte del año, o incluso 2016. “No está claro que el próximo movimiento de la entidad sea restrictivo”, advirtió hoy Summers, que deja caer la posibilidad de que, lejos de retirar los estímulos monetarios, la Reserva Federal pueda aumentarlos.

  • El pinchazo del petróleo

Los datos oficiales de China apuntan a un crecimiento de su economía del 7% interanual (dato del segundo trimestre del año), pero los datos no oficiales apuntan a una situación mucho más complicada. “Las cifras de consumo de energía no encajan con los buenos datos oficiales del sector industrial y lo mismo pasa con el consumo de cemento y los datos inmobiliarios”, explica Vidal. La preocupación sobre la situación económica va mucho más lejos de la información que publican las estadísticas de Pekín.

Uno de los ejemplos que refleja la debilidad del crecimiento chino es el desplome del precio del petróleo. El precio del barril de Brent, referencia europea, ha caído hoy por debajo de los 44 dólares, la primera vez que pierde esta cota en el año y su nivel más bajo desde 2009. Este descenso -que roza el 60% en doce meses- está provocando un desplome en las petroleras que está también en la base de la caída de las bolsas occidentales, tanto por su elevada capitalización, como por la profundidad de sus descensos. Exxon Mobil, la gran petrolera estadounidense, acumula ya un desplome superior al 16% desde el pinchazo de la burbuja china. En España, Repsol acumula un descenso superior al 25%.

El pinchazo del petróleo tiene una segunda derivada sobre la economía global: el deterioro de la balanza de pagos de los países exportadores de crudo. Estos grandes vendedores del oro negro se acumularon miles de millones de dólares en reservas internacionales que destinaron durante los años de la crisis en comprar deuda de los países desarrollados para financiar sus déficits. Grandes fondos soberanos, como los de Arabia Saudí o de Noruega (el mayor del mundo con más de 800.000 millones de euros bajo gestión, lo que equivale al 80% del PIB español) han sido un importante apoyo financiero para Europa y EEUU. ¿Qué pasará cuando estos países dejen de acumular reservas y no puedan aumentar, o tengan que reducir sus posiciones en el mundo occidental?

Era Bolt o el desastre

Usain Bolt of Jamaica celebrates winning the men's 100 metres final at the 15th IAAF World Championships at the National Stadium in Beijing, China August 23, 2015.  REUTERS/David Gray TPX IMAGES OF THE DAY

Y fue Bolt, claro, salvador de nuevo este pasado domingo en Pekín. ¿De qué? Para él, de si mismo, de los miedos que le inyectan sus problemas de espalda y del paso del tiempo. Para el resto, de la credibilidad de un deporte constantemente bajo sospecha.

Usain Bolt of Jamaica celebrates winning the men's 100 metres final at the 15th IAAF World Championships at the National Stadium in Beijing, China August 23, 2015.  REUTERS/David Gray TPX IMAGES OF THE DAY

El 16 de agosto de 2008, por la calle 4 del Estadio Olímpico de Pekín, Usain Bolt comenzó a tallar la leyenda que le sitúa sin discusión como el mejor velocista de todos los tiempos. Allí llegó con apenas un año de experiencia en los 100 metros lisos y con su entrenador, Glen Mills, más convencido de sus virtudes en el 200 y el 400. Y de allí salió, sin embargo, con un oro y un récord del mundo (9.69) que habría sido más espectacular todavía de no haber entrado en meta con los brazos extendidos y mirando al cielo, celebrando su exhibición.

Desde entonces, historia. Imbatible en los grandes campeonatos, ha aplastado a todos sus rivales en el 100, el 200 y el 4×100, con la salvedad del hectómetro del Mundial de Daegu 2011, donde fue descalificado por una salida en falso. Y pese a ello, cuando el jamaicano se colocó en los tacos de la calle 5 del Estadio Olímpico de Pekín, siete años y siete días después, este 23 de agosto de 2015, recién cumplidos los 29, la extraña impresión general era que el cuento de hadas iba a tornar en tragedia.

En eso, nada menos, se había convertido una posible victoria de Justin Gatlin, villano del tartán tras un renacer indescifrable a los 33 años. Desde que en 2010 regresó de su segunda sanción por dopaje, en principio de ocho años aunque reducida a cuatro, el norteamericano nunca había estado cerca del nivel de Bolt. Alguna bajada ocasional de 9.80, un bronce en Londres, una plata en Moscú…uno más entre los relámpagos eclipsados por ‘El Rayo’, en definitiva. Hasta este año, en el que el sprinter de Brooklyn llegaba a Pekín con las cuatro mejores marcas de la temporada: 9.74, 9.75, 9.75 y 9.78. Registros estratosféricos e inevitablemente sospechosos para alguien de su edad y su pasado. Preocupantes, atendiendo al nivel del jamaicano que sólo en julio, en Londres, fue capaz de bajar de 10 segundos y parar el crono en un discreto 9.87. “Todavía soy el mejor, y planeo serlo hasta que me retire”, dijo entonces, sereno.

Sin embargo, su primera ronda del sábado y su semifinal del domingo, donde estuvo a punto de irse al suelo tras un tropezón en el quinto apoyo, trasladaban la imagen de un Bolt serio y nervioso como casi nunca. Él, que no comete errores, que lo controla todo incluso sin querer, que se pasa las previas bailando y jugando con las cámaras mientras sus rivales parecen explotar de la tensión, se acordaría antes de la final de aquel niño que se presentó al mundo en el Mundial Junior de 2002.

Tenía entonces 15 años y disputaba la final del 200 ante rivales cuatro años más mayores. Lo hacía en Kingston, cerca de su casa y de la escuela donde detectaron que era una locura que aquel portento se pasase el día jugando al cricket. “Nunca he estado más nervioso en toda mi vida. Estaba temblando porque todo el mundo esperaba que ganase”, recordaba la estrella en una entrevista con The Guardian. Llegó a tal punto de pánico que en la sala de llamadas, antes de la final, se calzó las zapatillas del revés. Hizo la mejor carrera de su vida. Ganó con 20.61, una marca demencial para su edad, y se convirtió en el campeón junior más joven de la historia. “Ese momento cambió mi vida y comencé a pensar: ¿por qué debería preocuparme?”.

Héroe oportuno

Fue el origen de su sobrehumana inmunidad a la presión. Durante toda su carrera ha competido sólo contra sí mismo y contra la historia, sinónimos. En su día fue uno de los salvadores de la velocidad tras el escándalo de Marion Jones y ahora el destino le volvía a colocar como barrera frente a los tramposos en el atletismo, sacudido por el descubrimiento de 28 nuevos casos de dopaje re investigados. Un papel que nunca ha reclamado, que de hecho ha rehuido, pero que le corresponde por naturaleza. A su lado el domingo no sólo corría Gatlin, reincidente. También Tyson Gay y Asafa Powell, el anterior hombre más rápido del mundo, ambos sancionados en 2013 por utilizar sustancias prohibidas.

Era Bolt o el desastre. Y fue Bolt, claro, salvador de nuevo. ¿De qué? Para él, de si mismo, de los miedos que le inyectan sus problemas de espalda y del paso del tiempo. Para el resto, de la credibilidad de un deporte constantemente bajo sospecha.

Batió a Gatlin desde la salida, mejor tiempo de reacción, apoyó firme en los primeros 10 metros, su punto débil, y a partir de ahí nadie dudó de su victoria. El norteamericano acabó en 9.80 y Bolt en 9.79. Lo justo, lo necesario. Habría corrido en 8.99 si su rival lo hubiese hecho en 9.00. Ése es Usain Bolt, no sólo el más rápido, también el más competitivo.

Un prodigio único. Por la extrañísima morfología que le permite correr 100 metros en 41 zancadas, cuatro menos que la mayoría de sus oponentes y ocho menos que el bronce Trayvon Bromell; y por su capacidad para aparecer siempre, a veces solamente, en el momento necesario. El único sobre el que el atletismo carga constantemente el papel de salvador y el único que acude puntual a la llamada, como un héroe. Oportuno, eterno.

En el corazón del atentado de Bangkok

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Los terroristas perpetran su ataque junto al santuario hinduista de Erawan, adonde cada día acuden miles de turistas así como tailandeses con graves problemas económicos que piden la ayuda de Brahma, divinidad de la fortuna. El templo está en un hotel donde el autor de este artículo estuvo alojado tan solo hace unos días…

El habitual escalofrío que sientes al enterarte de un atentado terrorista como el acaecido en Bangkok este lunes, en el que por el momento han muerto 22 personas y ha dejado un número de heridos graves similar, se multiplica exponencialmente y te irrita más de lo soportable cuando conoces el lugar de la masacre. Más aún si, como es el caso, descubres atónito mirando la televisión que se ha producido justo al lado del hotel en que acabas de pasar tres días en la capital de Tailandia. No puedes creer que la bomba haya estallado en un punto que estabas recorriendo continuamente solo hace un par de semanas. Y es inevitable, aunque sea egoísta, suspirar durante un segundo porque has tenido suerte. Así de frágil se revela nuestra existencia cuando el terror nos visita.

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Miles de personas visitaban a diario el templo de Erawan, en el corazón de Bangkok.

El santuario hinduista de Erawan se ubica en el Hotel Grand Hyatt Erawan. Cuando llegamos allí, lo primero que nos llamó la atención fue que tantas y tantas personas se concentrasen ante un templo minúsculo como ese que no estaba en nuestro listado de sitios de visita imprescindible. El lugar era un hervidero de turistas y, sobre todo, de peregrinos que se arrodillaban ante la estatua para rezar y presentar sus respetos y sus ofrendas a la divinidad. Ofrendas que consistían básicamente en quemar incienso y colocar flores para evidenciar su fe ante la estatua de Brahma. También nos sorprendió la propia ubicación del lugar de culto religioso, situado en el mismo recinto del hotel. Esta suerte de capilla desentonaba con el paisaje circundante, repleto de edificios rutilantes y enormes centros comerciales (Siam Centre, Siam Paragon o MBK), coronado por la joya de la arquitectura de la ciudad: la pasarela elevada por donde circula el Sky Train o BTS, tren de alta velocidad que recorre la urbe.

Fue un simpático taxista quien nos hizo entender, al día siguiente, la relevancia y la ubicación del pequeño templo de Erawan. Nos explicó que cada jornada son incontables los tailandeses que llegan desde cualquier parte del país para rezar ante esta estatua que representa la buena suerte para los hinduistas. La mayoría de los peregrinos que acuden buscan con su visita salir de sus particulares atolladeros económicos. Pero aún nos quedaba otra duda: ¿por qué se construyó precisamente dentro de un hotel? Y la respuesta, aportada por este mismo hombre, es que en los años 50 se decidió levantar el templo porque se habían producido numerosas desgracias durante la construcción del originario Hotel Erawan. En 1987 ese primer edificio se demolió y tiempo después se creó allí el actual Grand Hyatt Erawan, un cinco estrellas donde nos alojamos por una de esas sonrisas del destino. Resulta tan paradójico como desasosegante pensar que un lugar construido para ahuyentar las tragedias haya mutado en un escenario regado por la sangre y los pedazos de decenas de personas.

Atentado

Supimos también que con el paso de los años las peregrinaciones a Erawan han ido creciendo con la rapidez y la intensidad propias de una ciudad donde casi todo, como los olores, las prisas, los mercados, el tráfico o las simpatías hacia el visitante, es desmesurado. Además, como atestigua la imagen adjunta, tomada por casualidad hace unos días justo en el enclave atacado este lunes, cada día miles de personas transitan en sus vehículos por este cruce de caminos elegido por unos terroristas de momento no identificados. Tipos salvajes sean cuales sean su credo y sus pretensiones. La cercanía de las embajadas de Estados Unidos y Reino Unido y la consiguiente vigilancia extrema de la Policía hacían pensar que se trataba de una zona segura. Nada más lejos de la realidad.

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Antes de conocer la definitiva contabilidad oficial de cadáveres y heridos, no es exagerado asegurar que la cifra definitiva será importante. No puedo dejar de pensar en que quizás entre las víctimas estén algunos de los trabajadores del Hotel, los vendedores de los puestos cercanos o ese simpático taxista que nos contó la historia del templo. Todos ellos seres inocentes con los que compartimos, aunque fuera durante unos minutos, nuestra visita a Bangkok y nuestra estancia en el Hotel Grand Hyatt Erawan. Pienso, como pensaría cualquiera, que nosotros, mi pareja y yo, hoy también engrosaríamos la fría lista de los muertos si quien apretó el botón hubiera elegido otro momento. Y solo puedo concluir que vivimos en un mundo demasiado injusto, demasiado terrible, demasiado peligroso.

“Caían piedras del tamaño de elefantes”

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Sara Pavone y Pol Ferrús estaban en las montañas de Nepal el 25 de abril. Se habían separado para hacer dos rutas distintas. El terrible terremoto que dejó más de 8.000 muertos les pilló por tanto en dos lugares diferentes. Hace unas semanas publicamos el relato de Pol, que es, hasta el momento, la pieza más visitada de la historia de EL ESPAÑOL. Ahora es Sara quien cuenta su historia en primera persona.

Reportaje gráfico: Alberto Gamazo

La historia de Pol: “Voy a morir, pero espero que sea rápido”

Sara Pavone y Pol Ferrús estaban en las montañas de Nepal el 25 de abril. Se habían separado para hacer dos rutas distintas. El terrible terremoto que dejó más de 8.000 muertos les pilló por tanto en dos lugares diferentes. Hace unas semanas publicamos el relato de Pol, que es, hasta el momento, la pieza más visitada de la historia de EL ESPAÑOL. Ahora es Sara quien cuenta su historia en primera persona.


Una despedida inquietante

Cuando me despedí de Pol la mañana del día 22, en una posada de Katmandú, le entregué mi portafortuna (amuleto en italiano) para que le protegiese y le dije: “Ten cuidado. Nos vemos pronto”. Él iba a hacer una excursión en solitario por la zona tibetana del Tamang y yo llevaba varios días inquieta. No sé si era a causa de mis dolores intensos en una pierna o de un mal augurio. Llevaba varias noches sin dormir bien.

Pol y yo no solemos separarnos en los viajes. En los tres años y medio que llevamos de relación hemos visitado muchos lugares, pero siempre juntos. Tampoco le di más importancia. No tengo poderes ni adivino el futuro. ¿Por qué iba a preocuparme? Pol conocía bien la montaña y yo esperaría en Katmandú a que llegasen nuestros amigos: una australiana, una inglesa y una pareja de sudafricanos. Los cinco saldríamos unos días más tarde, para encontrarnos con Pol en Rimche y hacer los seis juntos el valle del Langtang.

Captura de pantalla 2015-06-19 a la(s) 21.28Reportaje gráfico: Alberto Gamazo

Dos días después, el 24, salimos de Katmandú. Hicimos noche en el poblado de Syabru Beshi y partimos a la mañana siguiente -ya día 25- en dirección a Rimche. El día era perfecto, de esos que siempre elegirías para hacer una excursión: limpio, soleado, despejado. Invitaba a dar un paseo por los gigantescos valles abiertos del Nepal. Había pájaros por todos lados y paseábamos a través de caminos que olían a marihuana. La sensación de bienestar hacía que casi me olvidase de mi dolor. Paramos a las tres horas en la aldea de Bamboo y desayunamos té y muesli. Coincidimos con una pareja de excursionistas alemanes y nos saludamos. Sabíamos que íbamos a hacer la misma ruta y nos despedimos con un “nos vemos por el camino”.

El silencio más extraño de mi vida

Recuerdo el momento exacto en el que a tierra se empezó a mover. Los sudafricanos y yo habíamos parado a hacer unas fotos en un puente. Íbamos haciendo el tonto, riéndonos. La chica australiana y la inglesa caminaban ligeramente atrás. Justo cuando atravesamos el puente, se hizo el silencio más extraño que recuerdo en mi vida. Lo que le siguió fue una especie de explosión, un ruido estremecedor. Miré arriba y pensé que era una avalancha, porque la ladera se estaba deshaciendo. Caían piedras del tamaño de elefantes.

Sara Pavone sonríe minutos antes del terremoto, que ocurrió poco después de cruzar el puente: Foto: Kate Ahrends
Sara Pavone sonríe minutos antes del terremoto, que ocurrió poco después de cruzar el puente: Foto: Kate Ahrends

El suelo empezó a temblar y se levantó tanto polvo que no nos veíamos a un metro de distancia. Mike, el sudafricano, entendió enseguida que aquello era un terremoto: “It’s an earthquake”, gritó. Nos abrazamos los tres con todas nuestras fuerzas. Yo intenté cubrir nuestras cabezas con mi mochila, con la inocente idea de protegernos así. Ni siquiera eso podía hacer. La tierra temblaba, perdíamos el equilibrio, no teníamos control sobre nuestras acciones. Mike nos dijo que teníamos que intentar situarnos pegados a una roca que se mantenía sólida y hacia allí corrimos cuando pudimos hacerlo. Igual fueron treinta segundos, pero me pareció una vida entera. Su chica, Kate, lloraba y nos decía “I love you”, como si se estuviese despidiendo.

Vídeos: Merche Negro

Cuando el temblor cesó, miramos a nuestro alrededor y el terreno había cambiado radicalmente: piedras enormes por todos lados, paredes derrumbadas y caminos sepultados. No parecía el mismo lugar. El caudal del río había crecido una barbaridad y el agua bajaba con violencia. En cuanto pudimos reaccionar nos asaltó el pánico porque la chica inglesa y la australiana se habían quedado atrás. Mike corrió a buscarlas. Habían logrado cruzar el puente por poco y se habían refugiado bajo una roca que se mantenía firme. Ya estábamos todos juntos.

¿Dónde estará Pol?

Todos, menos Pol. En ese instante se me encogió el corazón. Mi novio estaba solo en la montaña. A partir de ahí me resultó imposible controlar mis pensamientos. Aunque sé que es montañero experto, es inevitable pensar en lo peor. Imaginaba que estaría herido, incomunicado, perdido. Lo primero que teníamos que hacer era ponernos a salvo. Corrimos hasta la primera casa que vimos. Estaba devastada, una roca la había partido por la mitad. En la puerta estaban sus propietarios: una mujer y su hijo adolescente. Ambos estaban arrodillados, rezando mantras budistas. Me acerqué a ella, la abracé por instinto y se puso a llorar. No podía consolarla.


La historia de Pol: “Voy a morir, pero espero que sea rápido”


 

Miré a mis compañeros y entonces reparé en la pinta que teníamos todos. Nuestras caras de pánico estaban tan cubiertas de polvo que la tierra nos llenaba hasta la boca. Nunca antes había tenido esa sensación tan parecida a estar muerta. Sabía que teníamos que salir de allí cuanto antes. Les preguntamos a los nepalíes qué debíamos hacer o hacia dónde teníamos que marchar, pero no nos contestaban. Entre el shock de haber perdido su casa y que no hablaban inglés, la comunicación fue imposible. Lo único que pudo decirnos fue “here not safe”.

Cogí lo esencial: medicinas, la tablet y el ukelele

Optamos por volver hacia Bamboo, donde sabíamos que había gente, pero al levantar la vista nos dimos cuenta de que el camino había sido arrasado. Teníamos que volver a cruzar el puente, pero el terremoto había dejado sólo la estructura, así que nos vimos obligados a buscar caminos alternativos por barrancos. Era nuestro primer día de ruta, por lo que llevábamos las mochilas llenas. Demasiado peso a cuestas para un camino tan arriesgado; vaciamos casi toda la carga y sólo nos llevamos lo imprescindible. Yo cogí lo más esencial: medicinas, la tablet casi sin batería y el ukelele. No me preguntes por qué. Imagino que me di cuenta de que había sucedido algo muy grave, así que entendí que la música podía ayudar o sacar una sonrisa.

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Echamos a andar y el camino se convirtió en una aventura. Lo primero que hicimos fue bajar por un barranco agarrándonos a unas plantas que nos servían de liana, pero eran urticantes y nos provocaron una hinchazón. Encontramos obstáculos durante todo el trayecto. A veces tocaba escalar, otras caminar sobre troncos y otras lanzarse al vacío. Siempre teníamos que fijarnos muy bien en la roca en la que nos apoyábamos, porque muchas cedían. Cruzábamos cornisas en fila india porque el suelo no era lo suficientemente ancho para que caminasen dos personas a la vez.

Los gritos, los heridos, las mascotas

Tras una hora y media de camino, regresamos a Bamboo, que es un pueblecito con cinco o seis refugios de montaña. El único edificio que quedaba en pie era un hostal. Su estructura se mantenía firme pero el interior estaba totalmente derrumbado. La situación era dramática. Se habían reunido unas sesenta personas, más de la mitad turistas, en absoluto estado de shock.

Una nepalí chillaba desesperada mientras dos vecinos la sujetaban por los brazos. Su esposo estaba sepultado bajo las piedras. Era estremecedor escuchar el eco de los gritos por su marido muerto. Qué duro es saber que el cadáver está ahí, pero que no hay forma humana de rescatar el cuerpo sin herramientas. Todo ello ocurría entre réplicas del terremoto, que se sucedían a menudo. Nadie sabía quién iba a ser el siguiente.

Locales y turistas nos reunimos en una especie de cueva bajo un bloque de piedra gigante que se mantenía firme. Un guía nepalí con la cabeza abierta y un turista holandés con el brazo roto eran los heridos más graves. Todos sacamos los medicamentos de nuestra mochila y una pareja de holandeses, estudiantes de medicina, se encargó de administrárselos, diseñar un tratamiento y mandarnos que improvisásemos una cama con mantas y esterillas para acomodarlos.

Las noticias llegan desde Israel

Entre los turistas había americanos, franceses, holandeses y, sobre todo, muchos israelíes. También había seis vacas y dos gallinas, asustadas, que se acabaron convirtiendo en nuestras mascotas. No se separaron de nosotros. Uno de los israelíes tenía un teléfono vía satélite. Es la única forma de contactar con el resto del mundo en una zona en la que no hay cobertura de móvil ni internet. A través de ese terminal nos empezamos a enterar de lo que pasaba a nuestro alrededor. Estábamos en mitad de un terremoto, pero las noticias nos iban llegando desde Israel. “Ha habido un temblor de 7,8 grados, el país está devastado y el aeropuerto de la capital, cerrado. Las evacuaciones tardarán”, nos resumió el dueño del teléfono.

Gracias a él pudimos avisar a nuestras casas. Recopilamos los emails de nuestros familiares y enviamos un correo con copia a todos, para explicarles que estábamos bien, pero que no sabíamos cuándo saldríamos de allí. Dadas las circunstancias, y a sabiendas que íbamos a pasar bastante tiempo en un pueblo arrasado, nos pusimos a trabajar para intentar montar un campamento de supervivencia. Hicimos una asamblea para repartir las tareas. Las mujeres accedimos a un almacén destruido en el que quedaban algunas provisiones. Los hombres aprovecharon unas viejas lonas para montar una carpa bajo el bloque de piedra y poder pasar allí la noche, en esterillas.

Mientras, los nepalíes ya habían sacado varios “camping gas” para prepararnos té y comida. Muchos de ellos habían perdido a su familia, pero en todo momentos se pusieron a nuestra disposición, cocinaron, nos ayudaron. Decidimos comprarles toda la comida que les quedaba, porque ya habían anunciado que por la mañana se iban a marchar hasta un pueblo próximo en el que residían sus familiares. Íbamos a quedarnos solos los turistas, los guías nepalíes y varios portadores. Teníamos comida para una semana, que es lo que le habían estimado al israelí que tardarían en empezar a evacuarnos.

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La primera noche

Aquella noche nadie pudo dormir, por el miedo, los temblores, los desprendimientos, las lluvias y el espacio tan reducido que ocupábamos: dormíamos sesenta personas en un trocito en el que caben veinte. Yo además tenía el añadido de que mi novio estaba solo en las montañas, perdido. Tenía más miedo por él que por mí. No era la única persona en esa situación. Ravid, uno de los israelís, tenía a su novia ilocalizable en el Valle de Langtang, la zona más afectada. Nos intentábamos ayudar mutuamente pero resultaba imposible. A los dos nos animaban diciendo que nuestras parejas estarían bien, que conocían la montaña, pero también sabíamos que no era más que eso: ánimos. Nadie tenía un solo dato sobre ellos.

Entre temblores y lluvia pasamos la noche todos, con el calzado puesto por si había que salir a correr de repente. En esa situación, estar tan apretados tampoco era tan malo: de alguna manera nos dábamos seguridad. No sabíamos los nombres de casi nadie pero nos habíamos convertido en una familia.

Las vacas se comen el helipuerto

Los nepalíes se marcharon al día siguiente y nos dejaron las llaves del almacén de las provisiones. Los israelíes tomaron el mando y nos iban informando de cualquier novedad que llegaba. Algunos habían acabado recientemente el servicio militar y estaban muy preparados. Lo primero que idearon fue un sistema básico de purificación de agua: muy rudimentario pero muy elaborado y útil. Un depósito con varios agujeros a los que incorporamos unos tubos que desembocaban en otros depósitos. Allí colocábamos unas sábanas que servían de filtro. Echábamos el agua hervida y la depurábamos. Una movida que a mí no se me hubiese ocurrido en la vida, qué quieres que te diga. El resultado era agua apta para consumir, pero con un color marrón tierra horrible y una textura densa. Eso es lo que estuvimos bebiendo durante casi una semana.

Hacíamos solo una comida al día: arroz o noodles, verduras de los huertos destruidos y sobre todo huevos hervidos, que no he comido tantos en toda mi vida. Por encima de nuestras cabezas veíamos pasar helicópteros militares, pero volaban demasiado alto, así que pensamos en hacer señales para que nos localizasen. Empleamos cañas de bambú para hacer señales de humo y ropas de colores muy vivos. Pero allí no nos veía nadie. Por si acaso, habíamos preparado dos pistas de aterrizaje para helicópteros. Despejamos el terreno y utilizamos harina del almacén para dibujar la letra H que deben tener los helipuertos. Pero las pobres vacas tenían mucha hambre y se la comieron. Luego lo intentamos con hojas e hicieron lo mismo. La tuvimos que acabar dibujando con una especie de pintura con barniz que encontramos entre las ruinas de uno de los edificios derrumbados.

Es el caos

Entretanto seguía llegando gente. Sobre todo nepalíes deshechos, que traían noticias: “Es el caos. Los pueblos están arrasados y hay cadáveres por todos lados”. Yo les preguntaba por Pol pero nadie lo había visto. Lo intentaba describir pero no me entendían. Desesperada, cogí un rotulador y a todo el que llegaba le pintaba el nombre de Pol en un antebrazo y el mío en el otro. Estaba en un estado de absoluta ansiedad, tampoco sabía qué más podía hacer. Por la tarde apareció un nepalí que me dijo que creía que lo había visto. Me dio un vuelco el corazón. En seguida me puse a enseñarle fotos y me confirmó que no. Que se había equivocado. Me puse histérica. Quería ir a buscar a Pol. No me importaba caminar hasta donde fuese necesario. Los sudafricanos me disuadieron diciéndome que era peligroso y que si me pasara algo por el camino sería mucho más difícil localizarme y evacuarme.

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Al tercer día llegó el primer helicóptero. Eran japoneses. Venían a evacuar a los suyos y a los heridos. También se subió Kami, un guía nepalí que nos ayudó en todo momento. También lo intentó Wilhem, el holandés con el brazo roto, pero estaba lejos en el momento en el que tenía que haberse montado a bordo. Echó a correr con todas sus fuerzas pero llegó justo cuando la nave despegaba. “Intentaremos volver a por ti”, le dijeron. Lo dejaron en tierra y nunca más aparecieron. Sentimos mucha rabia, aunque él es una persona muy positiva y le restó importancia. Siempre estuvo animando. Hacía bromas, decía que odiaba a la gente con dos brazos y que por eso iba a aprender a abrocharse la sudadera solo, pero siempre nos acababa pidiendo ayuda. Era la persona que físicamente estaba peor, pero también uno de los que aportó más fuerza al grupo.

El hombre de la compañía de seguros

Después llego un helicóptero del que bajó un hombre de una compañía de seguros israelí. Lo primero que hizo fue grabar un video de cada uno de nosotros diciendo nuestros nombres, para que constase quién se iba a quedar en la montaña y avisar a las embajadas correspondientes. Nos dijo que tenía la orden de evacuar solamente a los israelíes y a los heridos. No podía llevarse a nadie más porque había otras zonas en una situación mucho más complicada que Bamboo. El glaciar del valle de Langtang, el que tenía que ser el final de nuestra excursión, se había desprendido y se estaba fundiendo, arrasando pueblos enteros.

En aquella área se habían empezado a registrar los primeros conflictos entre turistas y nepalíes, porque no habían provisiones para todos. Era urgente actuar en aquella zona en la que, por cierto, se encontraba la novia de Ravid. Estaba a salvo e iba a ser rescatada. Ravid se marchó con el resto de compatriotas, no sin antes abrazarme y prometerme que iría a buscar a Pol. En el helicóptero subieron todos los israelíes, salvo dos que quisieron quedarse con nosotros. Se sentían mal por dejarnos solos. A la mañana siguiente vinieron a por ellos con la orden expresa de que fuesen evacuados. Les dijeron que en Israel se había difundido la noticia de que habían rechazado la ayuda y que eso era inconcebible. Les obligaron a marcharse. Antes de irse nos dejaron el teléfono y nos prometimos vernos en Katmandú.

Pol está bien

Cuando se fueron pensé en utilizar el teléfono para avisar a los míos. Primero avisé a mi madre. Le mandé un mensaje para decirle que estaba bien. Me inventé que estaba en un campamento, rescatada, a salvo. No quería preocuparla. ¿Qué hizo mi madre? Pues lo que hace cualquier mamma italiana: preguntarme si estaba comiendo bien. No quise preocuparla y volví a engañarle diciendo que sí, que comía bien y que no estaba sola. Después decidí avisar a Enric, el padre de Pol. Imaginaba que no sabría que su hijo se había ido sólo a hacer a excursión y que estaría preocupado. Intenté encender mi tablet sin batería. Me aguantó unos segundos. Los justos para apuntar el teléfono del padre de Pol. Cuando lo tuve, envié un mensaje. Le dije que no sabía nada de Pol y que necesitaba noticias.

Me daba miedo cómo iba a reaccionar, así que escribí el mensaje y solté el teléfono. Al cabo de una hora, una chica holandesa me dijo: “Creo que ha llegado un sms para ti”. Yo estaba picando ajo y pimiento para hacer la comida. Tiré el cuchillo y salí corriendo a por el móvil. Era la respuesta del padre de Pol, confirmándome que ya lo tenía localizado. Pol estaba sano y salvo y yo empecé a llorar de alivio y alegría. Aquella tarde fue una fiesta. Me olvidé de los dolores, de la ansiedad y de los problemas estomacales que provocaban cuatro días bebiendo agua con tierra.

Un terrible funeral nepalí

Por la tarde sucedió algo que nos impactó profundamente. Subió un grupo de nepalíes desde Syabru Beshi, para enterrar al hombre que había quedado sepultado el primer día bajo las piedras. Uno de ellos era su propio hermano. Con mucho esfuerzo rescataron el cadáver de los escombros. Nosotros miramos todo aquello guardando un silencio terrible. Le pusieron unas hojas verdes en los orificios, porque estaba en estado de descomposición, nos recomendaron que nos tapásemos la boca y la nariz y se lo llevaron. A pesar de estar pasando por un momento tan duro, el hermano del fallecido todavía tuvo fuerzas para sacar más mantas para nosotros. Aún me estremezco recordando aquello.

Los americanos nos salvan

Al día siguiente, mientras recogíamos la basura, llegó el helicóptero que nos empezó a evacuar. Entre todos los que quedábamos en Bamboo habíamos hecho una lista con el orden en el que se subiría la gente en los helicópteros. A mi me pusieron en el primer grupo porque tenía que buscar a Pol. Empecé a correr hacia el helicóptero con todas mis fuerzas, pero me daba la sensación de que no avanzaba. Tardé como dos minutos en llegar. Los del helicóptero eran americanos. Al final nos salvaron los americanos, igual que en las películas. Me subí con Mike y Kate y nos abrazamos con una alegría que se desvaneció en cuanto despegamos y vimos el estado catastrófico en el que habían quedado todos los pueblos. Nosotros nos íbamos a casa, pero aquella gente tenía que reconstruir sus vidas enteras.

Llegamos al campo militar de Dunche, en el que la policía nepalí nos registró en una base de datos. El campamento era muy rudimentario, no había mantas suficientes y el panorama era desolador, casi peor que en Bamboo. Aún había más gente, no tenían agua y la comida escaseaba. Los militares nos empezaron a dividir por nacionalidades. Tanto daba que te separasen de tu grupo; los italianos tenían que irse con los italianos. Así que fui a parar con dos compatriotas a los que no conocía de nada. Me dijeron que teníamos la opción de esperar a que nos evacuasen o marcharnos caminando de allí. Yo descarté esa opción porque unos vascos del campamento me habían dado la noticia de que Jesús y Raquel, una pareja española que había intentado escapar caminando, había tenido un accidente y ella había muerto.

Preferí hablar por el teléfono de la policía nepalí con la unidad de crisis del Ministerio de Exteriores de Italia. Me recomendaron que cogiese “el primer helicóptero que pase”. Les respondí que aquello no era una parada de bus. Yo estaba súper nerviosa, aunque ellos entendieron bien mi situación y me calmaron. Después logré hablar con mi madre y escuchar su voz por primera vez después del terremoto. Ella también me recomendó que no caminase. Decidí tumbarme en el césped, descalzarme por primera vez en seis días (¡qué alivio!) y esperar. Maté el tiempo jugando con unos niños que me tiraban flores y se comportaban como si nada hubiese pasado. Interrumpió nuestros juegos un helicóptero que venía de Syabru Beshi y traía a unos ingleses. Les pregunté por Pol, les enseñé unas fotos y me confirmaron que estaba con ellos, que lo evacuarían al día siguiente.

¡Ahí viene Pol!

Pero no hizo falta esperar tanto. A la media hora aterrizó otro helicóptero y desde el interior del campamento lo vi bajar. Todo el mundo estaba al corriente de nuestra historia y me decían que corriese a buscarlo. Por fin se acababa la espera. Lo veía a través de una valla y ese rato se me hizo eterno porque también lo tenían que registrar. Cuando por fin entró, se montó una escena de película. Un abrazo interminable, mucha alegría, la gente aplaudiendo, la locura. En seguida me devolvió el portafortuna que le di el día que nos separamos. Allí mismo decidimos que teníamos que montar algo para ayudar a los nepalíes.

Aquella noche celebramos nuestro reencuentro y un dhal bhat caliente (pato típico de Nepal). Dormimos todos juntos en el campamento de Dunche. A la mañana siguiente nos vinieron a rescatar en un helicóptero indio en el que quería subir todo el mundo. Los militares decidieron que priorizarían a las mujeres, pero yo no me quería volver a separar de Pol. Nos cogimos de la mano y no nos separamos, ni siquiera cuando estaba subiendo a bordo. Al final nos dejaron montarnos a todos: nosotros dos y los sudafricanos.

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Katmandú y una ONG nueva

Llegamos a Katmandú, donde también se estaban viviendo escenas duras. Grupos de rescate con perros que olían vida debajo de los escombros. Queríamos hacer algo. Por eso rechazamos el primer avión que Italia nos ofreció. Contactamos con María, una amiga que tiene una ONG en Katmandú y la intentamos ayudar. Nos pidió que esa noche durmiésemos los tres juntos. Aún tenía miedo. Volvimos juntos a Europa y seguimos sin descansar.

Trabajamos ahora con todas nuestras fuerzas para montar la ONG “Living Nepal”. Tenemos un correo, un proyecto de web y una página de Facebook con el nombre de la entidad. Es un trabajo enorme que está ocupando todo nuestro tiempo, pero es nuestra forma de devolver a los nepalís una pequeña parte de lo que hicieron por nosotros. Siempre nos acogieron con una sonrisa.

Recuerdo que estando aún en el campamento de Dunche, un policía me recomendó, ante mi estado de nervios, que fuese a hablar con una trabajadora social (como yo). Ella me atendió sonriendo, me calmó y me dio ánimos mientras dábamos un paseo. Caminábamos a través de un pueblo devastado, con colegios derrumbados y casas destruidas. La vida se había paralizado y ella acababa de perder a una enfermera que trabajaba con ella. Pero en todo momento sólo se preocupó por mí. Esas situaciones me obligan a intentar con todas mis fuerzas que, a partir de ahora, seamos nosotros los que nos preocupemos por ellos.

Juegos Europeos de Baku: Dinara Yunus quiere volver a ver (con vida) a sus padres

Leyla y Arif Yunus

Hace más de 10 meses que Dinara no ve a sus padres. “Quiero darles un abrazo, pero ya no sé si será posible. Estoy perdiendo la esperanza”, dice con voz temblorosa. Desde este viernes, en Baku se celebran los primeros Juegos Europeos, en los que participan alrededor de 6.000 atletas de 50 países. Son la cara amable de un régimen que persigue a los defensores de los derechos humanos como Leyla y Arif Yunus.

Hace más de 10 meses que Dinara no ve a sus padres. “Quiero darles un abrazo, pero ya no sé si será posible. Estoy perdiendo la esperanza”, dice con voz temblorosa. En la sede del Parlamento Europeo, en Estrasburgo, denuncia que en Azerbaiyán “los más destacados defensores de los derechos humanos están entre rejas”. Entre ellos sus padres, Leyla y Arif Yunus, reconocidos internacionalmente por su activismo durante décadas y detenidos el 30 de julio y el 5 de agosto, respectivamente.

“Mi madre tiene diabetes y se está quedando ciega. También tiene problemas de riñón y no le están dando las medicinas que necesitan. De mi padre no sé nada, directamente. Ni si está vivo o muerto”.

Desde este viernes, en Baku se celebran los primeros Juegos Europeos, organizados por el Comité Olímpico Europeo. En esta olimpiada regional participan hasta el 28 de junio alrededor de 6.000 atletas de 50 países. Los 214 españoles fueron recibidos por el rey Felipe VI antes de partir hacia Baku.

Ilham Aliyev, presidente de Azerbaiyán desde 2003, pretende que sea una gran fiesta que proyecte la imagen de un país moderno y abierto al mundo. Pero una larga lista de organizaciones, como Amnistía Internacional, Human Rights Watch, e instituciones como el Consejo de Europa o la ONU han criticado la falta de libertades en el país y el acoso a los defensores de los derechos humanos.

Esta semana, destacadas eurodiputadas han exigido a los Gobiernos que no envíen altos cargos a presenciar la competición y pidan la libertad de los presos de conciencia.

Leyla Yunus es una de las activistas más destacadas. Comprometida con la lucha por la democracia desde los últimos años de la Unión Soviética, es la fundadora y directora del Instituto por la Paz y la Democracia. Su carrera incluye campañas contra desalojos forzosos de decenas de miles de familias de Baku, el tráfico de mujeres que salpicó a la Policía del país o la defensa de los activistas, periodistas, blogueros que han sido encarcelados en los últimos años.

“Antes de ser detenida, pidió el boicot de los Juegos Europeos por la situación de los presos y los derechos humanos”, recuerda su hija en una entrevista con EL ESPAÑOL.

“No es una casualidad que después de que ella pidiera un boicot de los Juegos apareciera en la calle un coche sospechoso, enfrente de casa, y poco menos que la secuestraran después”, denuncia. Paradójicamente, la competición puede salvarle la vida. “Creo que los estos Juegos son la última oportunidad para que mis padres vean la libertad. Estos eventos atraen mucha atención pública y por eso reclamamos la liberación de mis padres por motivos humanitarios. Todos somos humanos. Es el momento de demostrarlo”, pide.

Dinara Yunus (Youtube: Amnistía Internacional)
Dinara Yunus (Youtube: Amnistía Internacional)

Hace seis años, ella misma se vio obligada a exiliarse por las amenazas contra su vida que recibieron sus padres. Ahora vive como refugiada en los Países Bajos y desde allí lucha por la liberación de sus padres.

Pocos se atreven a afear al Gobierno azerí el tratamiento a los disidentes. El país goza de grandes recursos petroleros gracias a yacimientos como los que posee en el Mar Caspio y su presidente trabaja activamente por forjar alianzas con Europa.El año pasado, en su visita al país, el ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, constató las “perspectivas espléndidas” que brinda la economía azerí a España, por ejemplo en el sector del transporte. Aliyev preside además el Comité Olímpico azerí y entiende la utilidad diplomática del deporte, algo que ha demostrado siendo el patrocinador oficial de, entre otros, el Atlético de Madrid.

Las dos caras de Azerbaiyán

Es lo que The New York Times llama las dos caras de Aliyev, el doctor Jekyll que profesa un Islam moderado, habla idiomas y quiere hacer negocios con Occidente (desde vender petróleo a celebrar Eurovisión), y mister Hyde, un líder “enormemente corrupto”, a la cabeza de “un régimen autoritario que tiene una de las peores notas en derechos humanos”, según un editorial reciente.

“La sociedad civil está siendo erradicada en Azerbaiyán. Todas las ONG que han trabajado por los derechos humanos, alrededor de 20, han sido cerradas. Algunos de sus líderes han sido arrestados, otros han huído del país y otros permanecemos paralizados, sufriendo sanciones y con nuestras cuentas sancionadas”, asegura en un informe especial de Amnistía Internacional Asabali Mustafayev, director de la ONG Centro de recursos sobre la Democracia y los Derechos Humanos, una de las veteranas en el país.

La lista de presos políticos difiere según la organización a la que se pregunte, pero todas incluyen al menos dos decenas de prominentes activistas. Entre ellos están abogados, observadores electorales, periodistas, bloggers y miembros de movimientos políticos opositores a un régimen que celebra elecciones sin aval internacional.

Sobre Leyla Yunus pesan media docena de cargos, entre los que se encuentran traición, espionaje para Armenia y hasta evasión de impuestos. La imagen que tiene de ella el Gobierno dista mucho de los reconocimientos logrados fuera. El año pasado fue finalista del premio Sajarov de derechos humanos que concede el Parlamento Europeo.

“La nominación no consiguió que cambiaran las cosas”, lamenta su hija. “Sólo su salud, que va a peor mientras sufre malos tratos en prisión”, asegura. La detención provisional puede durar un año y medio y Dinara Yunus cree que las autoridades azeríes agotarán los plazos, por lo que podría no comparecer ante un juez en diciembre. “Pero la justicia no es imparcial, los juicios no son públicos y con el process de apelaciones podría pasar otro año más sin sentencia. Podría ser demasiado tarde”, lamenta.

Los deportistas españoles y dirigentes del COE, con el rey Felipe (Foto: COE)

En el hemiciclo, Yunus tiene aliadas que la defienden. Entre ellas la vicepresienta Ulrike Lunacek, para quien “el régimen trata de salir muy bien en la foto mientras encarcela a todo defensor de los derechos humanos”. “Tenemos que dejar de ser cómplices con las violaciones de derechos humanos en países como Azerbaiyán”, pidió esta semana junto a Elena Valenciano, presidenta de la subcomisión de Derechos Humanos, y la italiana Silvia Costa, presidenta de la comisión parlamentaria encargada del Deporte.

Ninguna de las eurodiputadas cree que los atletas deban boicotear los juegos, otorgados a Baku en 2012 por su oferta económica, sino que apuestan porque los Gobiernos dejen de reirle las gracias al régimen, aunque produzca 1,4 millones de barriles de petróleo al día.

“La Unión Europea tiene que tener en cuenta los derechos humanos a la hora de elegir dónde celebra sus juegos. No puede pasar por encima de sus principios y valores: no todo vale”, asegura Valenciano, que ha presentado preguntas formales a los Gobiernos y la jefa de la diplomacia comunitaria.

Desde la cárcel, Leyla Yunus ha escrito una carta abierta a su marido, confinado en otra prisión de máxima seguridad, en la que asume que el la “pantomima de juicio” a la que los someterán acabará en una sentencia de “entre 10 y 15 años”.

Su hija no cree que puedan resistir tanto en prisión. Por eso alza la voz ahora que Azerbaiyán es noticia, con el estadio con capacidad para 68.000 espectadores que estrena con estos juegos y la presencia de miles de atletas de todo el continente. “Porque después se acabará la competición, llegarán las vacaciones, los medios tendrán otras noticias… y nadie escuchará la voz de mis padres”.

“Voy a morir, pero espero que sea rápido”

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El terremoto del 25 de abril en Nepal dejó más de 8.000 muertos. Fue una de las peores catástrofes naturales de los últimos años. El español Pol Ferrús hacía una travesía a pie por las montañas del norte del país, cerca del Tíbet. Buscó sin descanso a su novia y salvó varias veces la vida de milagro. Aquí cuenta su historia. 

Más sobre Nepal:

El terremoto del 25 de abril en Nepal dejó más de 8.000 muertos. Fue una de las peores catástrofes naturales de los últimos años. El español Pol Ferrús hacía una travesía a pie por las montañas del norte del país, cerca del Tíbet. Salvó varias veces la vida de milagro. 


Pol Ferrús (Barcelona, 1986) no olvidará su último viaje a Nepal. El terremoto de magnitud 7,9 del 25 de abril le sorprendió en Sherpa Gaon, un pueblo de montaña en la cordillera del Himalaya. Estuvo una semana aislado. Horas antes de la catástrofe, se había separado de Sara, su pareja, que se quedó entre Rimche y Bamboo, dos de los enclaves más afectados. Durante una agónica semana, Pol dedicó más esfuerzos a buscarla que a salvar su vida. A continuación transcribo su historia en primera persona.

La huida de los monos

Yo iba con Gabriel, un francés que hacía su primer trekking. Era un chaval alto y fuerte pero bastante desubicado. Su calzado de montaña eran unas Nike agujereadas. Habíamos pasado por el pueblo de Kyanjin Gompa y nos acercábamos a otro llamado Sherpa Gaon. El camino, a 2.600 metros, estaba lleno de flores de rododendro, típicas de Nepal.

El paseo era tan agradable que, cuando vimos una casita de montaña en mitad del camino, con una mesita y un par de sillas fuera, decidimos tomar un té y admirar el Himalaya. La parada no estaba prevista; habíamos descansado un cuarto de hora antes. Si no nos hubiésemos detenido, probablemente habríamos muerto. La casualidad, el destino, el karma o vete a saber qué, nos llevaron a sentarnos en aquellas rudimentarias banquetas.

Me di cuenta de que algo iba mal cuando noté las reacciones de los animales. No sabría cómo describirlo. Los pájaros se dejaban caer en picado, los langures -monos típicos del Himalaya- aparecían por todos lados. Un langur nos había acompañado en calma hasta el mirador. Ahora huía enloquecido junto a cientos de animales remontando la montaña. Parecía irreal. Gabriel, mi compañero francés, arrimó bruscamente su banqueta hacia mí. Le miré con cara de pedirle que dejase de vacilarme. Su expresión de “yo no he hecho nada” y de pánico absoluto es lo último que recuerdo antes de la primera sacudida.

Empezaron a temblar las tazas y los taburetes en un preámbulo muy breve del gran crujido: un estruendo ensordecedor, una nube de polvo asfixiante y piedras del tamaño de edificios precipitándose por todos lados, como puertas deslizándose. Estábamos a dos mil metros de altitud y las veíamos caer desde los cuatro mil, ladera abajo, rodando como canicas. El suelo que pisábamos se doblaba como el barro; parecía blando, se formaban ondas. Todo vibraba y saltaba por los aires. Las casas de piedra maciza empezaron a derrumbarse como si fuesen de cartón.

Pensé que iba a morir, así que lo primero que hicimos Gabriel y yo fue refugiarnos en una explanada donde no caían piedras. Desde allí oíamos llorar a un bebé. Era el hijo de la familia que nos había servido el té. Mi idea era ayudarles. Pero es imposible moverse cuando tienes la tierra centrifugando bajo tu cuerpo. Aquello no paraba. En realidad, la sacudida no duró ni un minuto, pero para mí fueron horas.

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Otros dos españoles

Cuando el primer temblor cesó, nuestra primera reacción fue intentar poner a salvo a la familia de nepalíes que nos había atendido. La mujer permanecía de rodillas con su bebé en las manos y su marido sujetaba a los dos. Todos lloraban. Los ayudamos, recogimos nuestras cosas y decidimos que había que salir de allí cuanto antes. Por la orografía del terreno, aquel lugar resultaba peligroso. Queríamos hacer entender a la familia nepalí que había que subir a una cresta, que parecía el espacio más seguro. “Up! Up!”, les gritábamos. Pero ellos querían quedarse en su casa, así que salimos corriendo.

Nos advertían gritando a nuestras espaldas: “Don’t run!”. Si la tierra temblaba mientras íbamos en carrera, lo más probable era que nos dañáramos las piernas. No les hicimos caso y salimos de allí a toda hostia. No llevábamos ni 500 metros cuando el suelo volvió a crujir y perdimos el equilibrio. Esta primera réplica fue tan intensa como el temblor inicial. Tuvimos la suerte de que ya habíamos alcanzado un llano: un campo de cacahuetes.

Allí conocí a Raquel y Jesús, una pareja española que se refugiaba en la misma planicie. Junto a ellos, se hallaba su guía y una anciana tibetana, que se había sentado en el suelo en cuanto empezó el primer temblor. Más tarde me enteré de que permaneció allí sentada durante ocho horas.

Con Raquel y Jesús establecí un vínculo fortísimo desde el principio, sólo por encontrar a alguien que habla tu idioma en una situación tan extrema. Ella de Madrid y él de Sevilla. Estaban en el campo de cacahuetes porque era la zona más segura. El primer temblor les había sorprendido desayunando en un albergue de Sherpa Gaon. Habían salido a guarecerse a la primera explanada que vieron.

Mientras fumábamos para calmarnos, se produjo la segunda réplica. Veíamos en el horizonte cómo se derrumbaban paredes enteras. Piedras que he escalado y que siempre me han dado una sensación de ultrasolidez caían sobre el valle como si fuesen los cacahuetes que nos rodeaban. En ese momento me di cuenta de que las piedras estaban arrasando la zona por donde tenía que venir mi novia.  Me puse como loco, perdí el control, empecé a gritar su nombre: “¡Sara! ¡Sara!”. Y rompí a llorar.

Sara, la novia

Conocí a Sara en Amsterdam y somos pareja desde hace tres años y medio. Es italiana y juntos hemos viajado por todo el mundo. Hemos compartido experiencias duras, como el dengue en Camboya. Volvimos a Europa unos meses para recuperarnos, pero en seguida nos pudo el espíritu aventurero. Teníamos pensado viajar a Sudáfrica a visitar a unos buenos amigos. Por cuestiones logísticas decidimos que iba a resultar más fácil encontrarnos todos en Nepal. Allí haríamos juntos el valle de Langtang, uno de los espectáculos más impresionantes de la tierra. Sara y yo llegamos antes y los esperamos varios días. Los sudafricanos debían presentarse el 24 pero aparecieron un par de días antes por sorpresa.

Podíamos adelantar la partida pero Sara no se encontraba bien. Tenía un ataque de ciática que le impedía moverse. Los sudafricanos aún tenían que obtener los permisos de trekking y comprar todo el material. Yo quería desviarme y subir el pico del Tamang, que era una etapa que no teníamos prevista. Además, me apetecía hacerlo solo. Mi abuelo había muerto recientemente y pensé que podría ser un buen momento para reflexionar.

Decidimos que yo partiría en solitario por la mañana hacia el Tamang. Un día después, lo haría Sara acompañada de nuestros amigos sudafricanos y unas chicas australianas, emprendiendo otra ruta por la parte baja, por la zona de Rimche y Bambú. Nos encontraríamos todos a la entrada del valle de Langtang, para hacer la excursión juntos. Nos despedimos y partí temprano.

Llegan los primeros auxilios

La pareja española me calmó muchísimo en el campo de cacahuetes. Yo quería salir cuanto antes a buscar a mi chica, pero Raquel y Jesús me retuvieron. “Al menos hasta que se detengan los temblores”, me decían. Cuando la tierra se tranquilizó, salimos de la explanada y caminamos unos minutos hasta la zona habitada de Sherpa Gaon. El poblado se había convertido en el lugar más seguro de la zona. “Safe here!”, nos decían los habitantes locales, que ya habían preparado comida y primeros auxilios en plena calle.

No era más que una aldea de 10 viviendas, pero su ubicación sobre una cresta había evitado que las piedras se desplomasen arrasándolo. Sólo había muerto una anciana por no haber podido salir de casa. Se le cayó el techo encima. Los demás trataban de curar a las personas que empezaban a aparecer desde todas partes. Estuvieron llegando heridos durante todo el día.

Cuando vi que empezaba a haber movimiento, entendí que ya había menos peligro. Me envalentoné y quise bajar a por Sara, pero empezó a subir la gente de Rimche. Venían reventados. Los primeros me confirmaron que bajar era imposible, que no había camino porque el seísmo se lo había llevado todo por delante. La angustia me iba a comer. Pregunté a todas y cada una de las personas que iban llegando.

Por la tarde llegaron unos alemanes con la ropa destrozada y la cabeza golpeada por rocas que se habían desprendido durante su ruta. Me confirmaron, por la descripción que les di, que habían estado desayunando al lado de Sara, una hora antes del terremoto. Acabaron de comer y el primer temblor les sorprendió saliendo del albergue. “No queda nada. Se lo ha llevado todo por delante”, me dijeron.  No sabían si Sara había podido escapar.

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“La peor noche de mi vida”

Los últimos heridos, una pareja de eslovenos, llegaron a Sherpa Gaon sobre las 2 de la madrugada. Él traía varias heridas y ella se había roto la pierna. Le di una media que llevo en mi mochila. Fue mi aportación al botiquín improvisado que reunimos entre las 50 personas que pasamos la noche a la intemperie. Cada uno sacaba lo que podía: Paracetamol, vendas, alcohol. Los nepalíes no tenían medios. Lo único que podían hacer era ofrecernos comida.

Aquella noche, Gabriel y yo dormimos en un cobertizo con las zapatillas puestas porque, cada vez que se repetía una réplica, que fueron muchas, salíamos a correr buscando la zona llana. Por si fuera poco, empezó a llover y la niebla era tan densa que no se veía nada a dos metros de distancia. Allí descansábamos, tirados bajo el chaparrón en plena calle y esperando que un temblor definitivo nos llevase por delante.

Mi único pensamiento era “voy a morir, pero espero que sea rápido”. Nunca he experimentado una sensación tan fuerte, no sé cómo definirlo, ¿adrenalina negativa? Fue la peor noche de mi vida. Yo estaba absolutamente desencajado, ido, fuera de mí.  En lo único que pensaba era en salir de allí. En cuanto saliese el primer rayo de sol, bajaría a buscar a Sara.

Desaparecida

Convencí a Gabriel de que teníamos que marcharnos al alba. Si las víctimas de Rimche habían llegado hasta aquí, las de Bamboo habrían ido a refugiarse a Syabrubesi, otro poblado próximo y relativamente seguro. Es la última estación de autobús antes de empezar a caminar. Lo más parecido a la civilización. Seguro que Sara había salido hacia allí y nos reencontraríamos en el pueblo, me iba repitiendo.

Gabriel y yo salimos a la carrera. Desde Sherpa Gaon hasta Syabrubesi hay una ruta de casi una jornada entera de trekking. Nosotros la completamos en dos horas y cuarto. Sólo hicimos una parada, en el poblado de Kyanjing Gompa, y nos encontramos fue a mucha gente reunida, intentando convencernos de que no nos fuésemos. No hicimos caso de las advertencias. En Syabrubesi habían improvisado un campamento para refugiados. Lo primero que vimos fue a un policía nepalí agotado y en calzoncillos. Toda su ropa estaba desgarrada.

Le pedí la lista de las personas que se refugiaban en aquel campamento y empezó a gritar que no había lista, que se había perdido. Estaba en shock, como enloquecido. Tuvo que venir un chico vasco-francés del campamento a traernos la relación de refugiados. Repasé el papel varias veces: Sara no estaba. Me encendí, perdí el control y bajé hasta el valle, ignorando los gritos de Gabriel. Tenía que llegar al otro lado del río, al casco viejo de Syabrubesi, a pesar del lamentable estado de los puentes. Confiaba en encontrar a mi novia allí, pero cuando llegué no había nadie. Estaba desierto. Sólo se escuchaba el ruido de las casas crujiendo antes de derrumbarse. Era el principio del camino que debía emprender para llegar a Bamboo, el sitio en el que vieron a Sara por última vez. Miré el camino y todo estaba derruido. En ese momento asumí que no podía hacer nada, me puse a llorar y salí de allí corriendo.

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El mercadillo de la supervivencia

Volví pronto al campamento de Syabrubeshi y por eso hoy puedo contarlo: en unos minutos se registró otra réplica que arrasó el valle, el río y la zona vieja. Durante esos días se produjeron 250 temblores, pero aquél pudo costarme la vida. El destino me ha ido salvando en varias ocasiones durante el viaje, pero en ese momento yo no era consciente del peligro y sólo pensaba en mi pareja.

Me senté junto a Miriam, otra catalana que había perdido a sus dos amigas. Ambos nos pusimos a beber cerveza caliente para consolarnos, cuando vimos llegar a un japonés con cuatro sherpas. Era un tipo fuerte pero llegaba fundido. Había hecho la ruta por la que teóricamente debía venir mi novia. Me confirmó que no había visto a nadie en el camino. Fue demasiado para mí. No quise ni construir el refugio para pasar la noche.

Nos acabó ayudando a montar un cobertizo el japonés, que había comprado varios plásticos allí mismo, en el pueblo. Los habitantes habían sacado todo lo que tenían en sus casas, montando un gran mercadillo improvisado en el campamento: plásticos, colchones, cortinas, lo vendían todo a precio europeo y quien más pagaba era quien podía fabricarse la mejor cabaña.

Los nepalíes sacaron todos sus alimentos y cocinaron para mantenernos hasta que se acabó la comida. El hombre que nos preparó la primera cena había perdido a su madre en el terremoto, pero allí estaba, atendiéndonos. Era dramático ver cómo conducían los cadáveres de sus familiares por la calle, en carros, para llevarlos a quemar.

El último abrazo

El día 27, el segundo tras el terremoto, lo pasé mirando el horizonte, viendo cómo caían rocas enormes de las montañas. Hubo un momento de alegría con la llegada de dos nuevas excursionistas, una italiana y una francesa. Eran las amigas de Miriam. Me alegré por ellas, pero me hacía perder las pocas esperanzas que me quedaban. Ya estaban casi todos. Iba apareciendo todo el mundo menos Sara.

Entonces pasaron por allí Raquel y Jesús, la pareja que conocí tras el terremoto en el campo de cacahuetes. Habían hecho noche en Kyanjin Gompa y decidieron marcharse a pie. Las directrices que les habían dado a ellos, no sé si desde la embajada o desde dónde, era que caminasen y bajasen por sus propios medios. Por eso apenas se detuvieron. Se pararon a darme ánimos y emprendieron camino hacia el campamento más próximo, el de Dunche.

Antes de marcharse me dieron un abrazo y toda su fuerza para encontrar a mi novia. Fue la última vez que vi a Raquel con vida. Después de haber sobrevivido al terremoto, tuvo la mala suerte de morir al perder pie en un barranco. Jesús no se separó de ella durante los tres días que tardaron en llegar a rescatarlos.

“I saw her!”

Me encontraba fatal. Al poco rato escuché a Gabriel hablando fuera con dos lituanos enormes recién llegados. Venían desde Bamboo y llevaban muchas horas caminando. Me abalancé sobre ellos preguntándoles por Sara. Me pedían fotos. “Tío, déjate de fotos: una italiana rubia, con ojos verdes y un piercing en el labio; te acordarías si la hubieses visto”, le intentaba explicar.

Uno de ellos no dudó: “I saw her!”. Casi me vuelvo loco. Me confirmaron que habían visto a Sara y que se encontraba bien, en un grupo de unas 50 personas. Se hallaban en una zona plana entre Rimche y Bamboo cuando empezó el terremoto. Decidieron ponerse a salvo bajo un bloque de piedra enorme que se había quedado encallado entre dos paredes.

Luego me enteré de que en el grupo había un israelí que tenía teléfono con ubicación por satélite. Todos habían estado localizados y Sara había podido incluso ponerse en contacto con su madre, que fue la que informó a mi padre. En realidad, el que había estado perdido era yo. Ahora era cuestión de tiempo que llegasen los helicópteros para sacarnos de Syabrubesi.

Noodles crudos con whisky

A partir de ahí me dio igual todo. Me sentía exultante. Sabiendo que Sara estaba bien, no me importaba salir el último de allí si era necesario. Tampoco que la comida y el agua potable empezasen a escasear. El menú diario podía ser noodles crudos y whisky. Otro día comíamos galletas de coco y rakhsi, que es la bebida típica de Nepal. Básicamente un destilado de alcohol con cualquier cosa. Otro día nos hidratábamos con cervezas calientes. Había poca comida y agua potable, pero alcohol y tabaco, el que quisieses. No he fumado tanto en mi vida.

El tercer día después del terremoto empezaron a llegar los helicópteros que nos tenían que trasladar a Dunche, otro campamento más seguro y comunicado. Resultó indignante. Los primeros en salir fueron los que vestían de Gucci y Dior porque habían contratado pólizas de viaje carísimas. Sus aseguradoras fueron las primeras en enviar medios para rescatarlos. Subían a los helicópteros en avalancha.

En cada helicóptero cabían ocho personas pero los últimos vuelos salían sólo con cinco pasajeros. Si no tienes seguro, no te llevamos aunque sobren las plazas. Y tampoco traían víveres. Durante los días 28 y 29 siguieron llegando helicópteros de todo tipo: militares, privados, franceses, indios. A nosotros nunca nos tocaba porque España no había mandado a nadie.

La llamada a España

Al día siguiente, un nepalí me prestó un teléfono y por fin pude hablar con mi padre. Le dije que lo de salir en helicóptero estaba resultando complicado. Sólo quedábamos los españoles, varios franceses, un matrimonio sueco y otro británico (los cuatro bastante mayores) y un grupo de israelíes.

A los nepalíes empezábamos a sobrarles. No podían estar cuidándonos cuando tenían que preocuparse por rehacer sus casas. Además, lo habían vendido todo. Le dije a mi padre que si no podía subir a un helicóptero, el grupo que formábamos Gabriel, Miriam, sus dos amigas y yo saldríamos de allí andando. Tal y como estaba el camino no resultaba seguro emprender la marcha solos y a pie. Parecía una opción kamikaze, pero se estaba convirtiendo en la única.

Salvados por el piloto nepalí

No hizo falta caminar. El 30 de abril llegaron varios helicópteros a llevarse a los franceses y nosotros nos montamos en el último. El piloto era nepalí y permitió que también subiéramos los españoles, los dos suecos y los dos británicos. Yo creo que lo hizo por su propia voluntad. Después los franceses nos dijeron que nos rescataron ellos pagando. Pero también le dijeron después a Gabriel que tenía que costearse el vuelo hasta Francia de su bolsillo. Siempre pensaré que el nepalí se empeñó en sacarnos a todos.

En ese momento no le di muchas vueltas porque era lo que menos me importaba. Me subí sin saber siquiera dónde me llevaban. Los únicos que se quedaron en tierra fueron 16 israelís. Los rescataron al día siguiente.

La batalla de los calzoncillos

Nos llevaron al campamento de Dunche, al mismo al que se dirigían Raquel y Jesús la última vez que los vi. A mi padre le habían dicho que a Sara la habían trasladado a Katmandú, así que nuestro reencuentro debería esperar. Antes de entrar pasé por un proceso interminable en el que me tuve que registrar en tres listas como medida de seguridad, para evitar que se perdiese la relación de refugiados como sucedió en Syabrubesi.

Cuando entré me estaba esperando Sara. Habían informado mal a mi padre: no se la habían llevado a la capital. Estaba delante de mí, cinco días después de habernos despedido. Fue el momento más peliculero de la historia: nos dimos un abrazo interminable, empezamos a besarnos y todos en el campamento aplaudían y gritaban como locos. A mí me dio una especie de subidón, abrí mi mochila, empecé a sacar mi ropa sucia y a tirársela a la gente. En un segundo se montó una especie de “underwear battle” loca. No sé si hice eso por la euforia o porque soy un capullo.

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Sólo mujeres

El resto de amigos también estaba bien. Me instalé en el campamento, que era una mezcla entre Gran Hermano y Apocalypse now. Tenías que montar tu tienda, hacerte un hueco y respetar las jerarquías de los que ya estaban, pero a mí me daba igual. Era la primera vez en toda la semana que me sentía feliz. Para celebrar el reencuentro, un hombre de Dunche preparó una cena para los dos grupos: el mío de Syabrubeshi y el de Sara. La pagamos a precio europeo pero nos dio igual. Fue una de las mejores noches de mi vida y dormimos todos juntos en un cobertizo.

A la mañana siguiente nos dijeron que subiésemos a un campamento militar próximo. India había enviado helicópteros de más de 20 plazas que nos llevarían a Katmandú. Cuando llegamos, las órdenes eran claras: “Solo mujeres”. Los hombres no podíamos entrar. Sara y yo nos pusimos a llorar porque tocaba separarse otra vez. Entonces salió del helicóptero un militar indio, alto y fortísimo, con unas Ray-Ban de aviador. Nos gritó a los hombres que corriésemos, que nos dejaba subir.

Para salir de Katmandú no hubo problemas. El aeropuerto funcionaba bien y el Gobierno español sólo tuvo que colocarnos en vuelos comerciales, que era lo más sencillo. El único que encontró trabas fue Gabriel, que debía pagarse el vuelo de vuelta. Yo le cedí mi puesto en el avión español y me vine con Sara en el de Italia, donde me reservaron una plaza. Incluso pedimos cambiar el día de vuelta para acabar unas gestiones y no nos pusieron impedimentos. El día 3 estábamos en Milán.

Una ONG nueva 

Llevo unos días en Barcelona y aún no he descansado. Aprovechando que soy licenciado en Derecho, he montado una ONG en dos días. Se llama Living Nepal. Trabajaremos a nuestra manera. Lo que obtengamos lo llevaremos nosotros a las zonas en las que estuvimos, a la gente que nos preparó la cena cuando estábamos medio muertos. Allí sólo se llega a pie o en helicóptero. Las ayudas que se envían desde Occidente no llegan a lugares tan remotos.

De momento lo coordinaremos todo desde Europa, que es donde más podemos ayudar ahora mismo. Volveremos a Nepal en septiembre u octubre, pasada la época de los monzones, para llevar lo que obtengamos. Se necesitan otras cosas de primera necesidad y lo principal es dinero. Voy a invertir todo este tiempo en organizar comidas conciertos, comidas populares, una exposición con las fotos que he hecho, lo que sea. Lo recaudado lo llevaremos íntegro. Mi viaje me lo pagaré de mi propio bolsillo. Pero no sólo buscamos fondos sino colaboración de cualquier tipo.

Los nepalíes precisan medicamentos y dinero para infraestructuras. Necesitan que les hagan fosas sépticas y pozos ciegos para defecar. A partir de ahora, entre las heces y los muertos, tienen todos los números para que proliferen las enfermedades y las epidemias.

Aquí puedes contactar con Living Nepal: livingnepal@riseup.net


También en EL ESPAÑOL:

 

Terremoto de Nepal: responde el geólogo español que sobrevivió a otro seísmo en el Everest

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Ha pasado apenas una semana después del terremoto de Nepal, que deja decenas de miles de afectados en uno de los países más pobres del mundo. El doctor Jerónimo López-Martínez, profesor de geología y experto montañero, aclara una serie de claves acerca de este fenómeno de consecuencias catastróficas.

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Pulse la imagen para acceder al mapa de réplicas de USGS.

Ha pasado apenas una semana después del terremoto de Nepal, que deja hasta el momento más de 7.000 muertos, más de 14.000 heridos y decenas de miles de damnificados en uno de los países más pobres del mundo. Jerónimo López-Martínez, geólogo y experto montañero, aclara una serie de claves acerca de este fenómeno de consecuencias catastróficas.

López-Martínez es profesor de Geodinámica de la Universidad Autónoma de Madrid y es presidente del Comité Científico para la Investigación Antártica. Ha participado en decenas de expediciones, algunas de ellas al Himalaya. Además de otras muchas montañas, ha escalado tres cumbres de más de 8.000 metros, entre ellas el Everest. López-Martínez conoce muy bien la zona del seísmo y es uno de los más reputados geólogos en todo el mundo.

El experto responde a cuatro preguntas sobre el terremoto, sobre sus consecuencias geológicas, sobre el riesgo de habitar en zonas sísmicas y sobre cómo sobrevivir a una situación como la que han sufrido tanto la población local como los montañeros en las faldas del Everest, en donde han muerto al menos 22 por las avalanchas causadas por los temblores en plena temporada alta en el Himalaya.

P. Nepal es una zona azotada de vez en cuando por temblores de mayor o menor magnitud.  En términos generales, ¿qué ha sucedido ahora en Nepal? ¿Por qué ha sido tan violento en esta ocasión?

R. Nepal se encuentra en una zona de notable actividad sísmica debido al dinamismo geológico existente en el frente sur del Himalaya. Allí el choque de las placas Índica y Euroasiática produce una concentración de esfuerzos tectónicos que se traducen en la existencia de importantes fallas. Esas fallas van acumulando tensiones porque el empuje hacia el norte de la placa Índica continúa en la actualidad. Con frecuencia liberan dichas tensiones de modo brusco, lo que da lugar a terremotos que en ocasiones alcanzan magnitudes importantes. Eso es lo que ha ocurrido en este caso y también lo que pasó en los dos terremotos anteriores más destructivos en Nepal, los de 1934 y 1988.

El último seísmo ha sido tan fuerte (magnitud 7,8 en la escala de Richter) y los efectos tan destructivos porque se ha liberado mucha energía y porque el foco, es decir, el lugar en el interior de la Tierra donde se ha originado el temblor, se ha situado a una profundidad moderada (unos 15 kilómetros). A esto se ha unido que el epicentro -es decir, la proyección en la superficie del terreno de ese foco- y la dirección de propagación de las ondas han afectado a zonas especialmente pobladas y sensibles, entre ellas Katmandú y sus alrededores.

P. No sólo en Nepal sino en muchos lugares del planeta existen aglomeraciones humanas cercanas a zonas de intensa actividad sísmica. ¿Es predecible una catástrofe de estas características?

R. Efectivamente en la Tierra hay muchas zonas con actividad sísmica y en ocasiones coinciden con lugares densamente habitados, incluso con importantes ciudades. Eso se debe a que habitamos un planeta dinámico en el que los procesos geológicos, que también han ocurrido en otras etapas de su historia, siguen activos. Sí es algo predecible y conocido en qué zonas es más probable que se produzcan terremotos. Se puede también evaluar el riesgo existente, teniendo en cuenta las estructuras geológicas y la población, infraestructuras y bienes expuestos.

Por otra parte, se pueden realizar estudios y mantener redes de observación de movilidad cortical, así como estar atentos a otros signos precursores de la actividad sísmica. Sin embargo, en la actualidad no se puede predecir en qué momento concreto se va a producir un terremoto. Por ello, es importante investigar para conocer mejor estos procesos y la geología de las zonas expuestas, así como mantener redes de observación.

Esa observación es importante en relación con los terremotos, pero también con otros procesos geológicos como las erupciones volcánicas, los movimientos de ladera o las inundaciones, que también suponen riesgos. Lo que ocurre es que las investigaciones y las medidas para minimizar los efectos (por ejemplo con infraestructuras adecuadamente construidas) y actuar en caso de catástrofes no están igual de desarrolladas e implantadas en todos los países: se encuentran mucho más expuestos los menos desarrollados.

P. ¿Es posible que el monte Everest en particular haya aumentado o disminuido su altura a raíz de este temblor?

R. Por su situación respecto al epicentro del terremoto, probablemente no se habrá visto afectada la altitud del Everest debido al efecto directo de este terremoto. Sin embargo, su altitud, al igual que la del conjunto del Himalaya, sí se ve afectada por el contexto general de levantamiento debido al choque de las placas tectónicas, el cual es a su vez responsable de que se haya producido este terremoto. El Himalaya es una zona con una importante actividad geodinámica, en la que coinciden un levantamiento -debido a los efectos tectónicos mencionados- y una intensa erosión debida a la acción de la atmósfera, los glaciares, los ríos y los procesos gravitacionales. Por eso, en unas zonas puede ser que haya aumento de altitud y en otras lo contrario.

P. Usted estuvo en el campo base del Everest durante otro gran seísmo. ¿Cuál fue esa experiencia allí? ¿Sufrió aludes? ¿Cómo se sobrevive a este tipo de fenómenos?

R: El anterior gran terremoto en Nepal se produjo estando yo allí y por eso lo ocurrido ahora me ha hecho revivir aquella experencia. Fue en agosto de 1988 durante la primera noche que pasábamos en el campamento base del Everest, a unos 5.300 metros de altitud. Todos nos despertamos porque el terreno se movía y el temblor duró bastante tiempo. En medio de la noche, abrí la cremallera de mi tienda que miraba hacia la montaña y con la luz de la luna vi que una gran masa de hielo se desprendía del glaciar colgado en la abrupta pared del West Shoulder del Everest, unos 2.000 metros por encima de nosotros.

Pensé que lo mejor era protegerme dentro de la tienda, así que apilé mi petate, la mochila y todo lo que tenía en el lado por el que llegaría la avalancha y me protegí detrás. Finalmente llegó un fuerte viento que casi arrancó la tienda. Afortunadamente los bloques de hielo y las rocas arrastradas se detuvieron algo antes de llegar al campamento.  Al salir al exterior pude ver que todo estaba tapizado de nieve, incluidos los compañeros y sherpas que habían decidido correr a protegerse tras los bloques cercanos al campamento.

Luego supimos que fue un terremoto de magnitud 6.9 en la escala de Richter, que duró unos 50 segundos y que provocó 1500 víctimas, pero no en nuestra zona. Esos recuerdos se han reactivado ahora con lo que está ocurriendo en la zona, que sin duda tiene consecuencias mucho más graves, que lamento muchísimo y que me hacen solidarizarme con el extraordinario pueblo nepalí.