Cómo evitar una guerra civil en Cataluña

lesquella2Sólo poniendo en evidencia la esterilidad de todas las trampas éticas, estéticas y dialécticas de esta coalición de salteadores de caminos que pretende apropiarse de lo que nos pertenece a todos los españoles y esclavizar a los discrepantes que queden bajo su yugo, podrá abortarse la guerra civil larvada que se vive en Cataluña.

Ilustración: Javier Muñoz

Me fustiga FJL para que abandone el historicismo porque, por poner el último ejemplo, sólo una porción minúscula de mis lectores había oído hablar del ¡Cu-Cut! antes del pasado fin de semana y lo que les interesa a todos, según él, es que vaya al grano en relación a lo que sucede hoy en Cataluña. Pero como me crezco en el castigo y tengo alma de reincidente esta semana desembocaré nada menos que en L’Esquella de la Torratxa -el cencerro de la torreta-, gran rival del ¡Cu-Cut! en la batalla de la prensa humorística barcelonesa de hace un siglo.

Y es que no encuentro mejor manera de explicar mi receta para invertir el curso autodestructivo y tal vez trágico que ha tomado el contencioso catalán que remitirme a lo que ocurría en 1915. Porque nos sobra Dato y nos falta Cambó. Eso significa que si todo diálogo de envergadura requiere de interlocutores adecuados, ahora mismo brillan por su ausencia en ambos bandos. En un caso por incapacidad del incumbente, en el otro por la cobardía política del llamado de rebote a desempeñar ese papel.

Las grandes crisis miden a los gobernantes y la utilidad de la Historia reside en que siempre se repite. El asesinato de Canalejas y el distanciamiento entre Alfonso XIII y Maura habían colocado al timorato administrador de fincas urbanas Eduardo Dato al frente del Gobierno cuando estalló la Primera Guerra Mundial. La recién estrenada Mancomunidad de Cataluña reclamaba el establecimiento de las llamadas zonas francas que permitieran capitalizar la neutralidad española estimulando el comercio a través del puerto de Barcelona. Toda España se vería beneficiada pero la oposición de las Cámaras de Comercio y otros estamentos proteccionistas en Castilla o Aragón coadyuvaron al estado natural de Dato: la parálisis por el análisis. La radicalización en Cataluña estaba servida.

“El separatismo grave, el separatismo actual de los catalanes -clamó Cambó, líder de la Lliga- es aquel sentimiento de distanciación, de alejamiento, que de manera suave y persistente va penetrando en nuestros corazones, al ver como casi todos los españoles no catalanes se avienen tranquilamente a estar representados y regidos por un Poder público superpuesto a la vida nacional y que es una síntesis de todas las ineptitudes y de todas las inconsciencias”.

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Ilustración: Javier Muñoz

Eran los mismos registros que había entonado Ortega el año anterior en el Teatro de la Comedia, al denunciar la “vieja política” de los partidos turnantes. “La persistencia en la dirección del Estado de la política que hoy representa el señor Dato -se quejaba Cambó- ha venido a destruir nuestro optimismo, a desvirtuar la acción pacificadora de nuestras campañas, a dar razón a los mayores radicalismos del nacionalismo catalán”.

Para el jefe de la Lliga aquel gobierno, “envanecido con una prosperidad creada a pesar de él”, representaba “un gran cero, un vacío, una inacción”. Hasta el extremo de que su falta de iniciativa transmitía el mensaje letal de que “aquí en España no hay nada que hacer”. ¡Qué estremecedoramente cercano suena todo ello!

Contra ese derrotismo se rebeló Cambó en el célebre “banquete del Tibidabo” -14 de julio de 1915- desde una perspectiva inequívoca: “El dia que nosaltres, els catalans, sentint que una reforma és convenient per al nostre país, no lluitéssim per conseguir-la, seriem uns traidors a Espanya, perquè amb la nostra apatía deixaríem de treballar per a qu’es produís un bé a un troç d’Espanya”. Gritos de “Molt bé!”, “Molt bé!” brotaron de una audiencia constituida por las fuerzas vivas de Cataluña.

Era la misma perspectiva que al año siguiente se plasmaría en el histórico manifiesto Per Catalunya i l’Espanya Gran redactado por Prat de la Riba. Pero antes de que concluyera 1915 a Cambó le tocaría presenciar el gesto melodramático de su gran rival Francesc Maciá al renunciar a su acta de diputado en las Cortes, como protesta a la pasividad de Dato, no en relación a las zonas francas… sino al urgente rearme naval que propugnaba el entonces portavoz de Solidaritat Catalana. Así consta en las memorias del líder de la Lliga: “Maciá es posà en un estat de frenètica excitació i presentà la renuncia de l’acta, dient que no volia ésser diputat d’un Parlament que no es preocupava prou de la defensa i fortalesa militar d’Espanya. Aquest home seria el cap dels separatistes catalans!”.

Con estos antecedentes se comprenderá mi satisfacción tras ver publicado esta semana en nuestro blog un brillante artículo de Ignasi Guardans, nieto de Cambó, con cuyo diagnóstico esencial coincido al cien por cien: “No existe un problema catalán. Existe un grave e inminente problema español, con causas en Cataluña y en España”. Por eso, como él titula, es “tiempo de reinventar España”. Unos ponen el acento en el modelo territorial, otros lo ponemos en las reglas del juego democrático. Se trataría en todo caso de reformar la Constitución -o si se quiere de perfeccionarla o enmendarla- para relanzar la afección de los ciudadanos hacia el sistema político, tal y como ocurrió durante los años de la Santa Transición.

En ese contexto reconstituyente debería fraguarse un nuevo consenso que incluyera al nacionalismo moderado. Pero, como digo, para esa negociación no sirve el estólido Rajoy que mandaba SMS de apoyo a Bárcenas y hace falta alguien que en la Cataluña actual recoja el testigo de Cambó, Prat de la Riba o Tarradellas. Ese debería ser el papel de Duran i Lleida si Unió lograra entrar en el Parlament y terminara sirviendo de refugio a la frustración que se avecina en gran parte del electorado de Convergencia. De ahí que cueste entender lo tarde que ha reaccionado y el propio hecho de que no lidere personalmente la candidatura.

En ese contexto reconstituyente debería fraguarse un nuevo consenso que incluyera al nacionalismo moderado. Para eso no sirve el estólido Rajoy y falta alguien como Cambó.

Es muy elocuente en todo caso que Miquel Roca, antagonista crónico de Unió en el seno de CiU, acabe de significarse por su apoyo público al cabeza de lista Ramón Espadaler. Es fácil entender que alguien como Roca -que en definitiva protagonizó el último intento baldío de modernizar España desde Cataluña- sienta desmoronarse todos sus esquemas cuando ve a quien le sucedió como heredero de Pujol, incrustado entre el ecocomunista Romeva y el republicano Junqueras, dependiendo de los anarquistas de las CUP y bajo la sombra de los trostkistas que trufan la lista de la sucursal catalana de Podemos.

En términos de la iconografía que hace un siglo reflejaba L’Esquella de la Torratxa es como si el archiburgués señor Esteve de la célebre novela de Rusiñol -representado por el gran dibujante Picarol con sombrero de copa y gafas negras- se aliara con los sindicalistas de la “Rosa de fuego” para reproducir el Corpus de los Segadors. Sólo el soberanismo identitario es capaz de fraguar esta especie de Soviet de Capitalistas y Proletarios que tanto escandaliza a los pocos intelectuales genuinos que quedan alrededor: ¡opresores y oprimidos del mundo uníos bajo el manto estelado de la patria catalana!

Esta vez no tiene por qué correr necesariamente la sangre por la Barceloneta; pero dado que tanto Mas como Romeva ya han anunciado que les bastará contar con la mayoría de los escaños en el Parlament para iniciar un proceso unilateral de independencia, es decir para despojar a los no independentistas de sus derechos como españoles, es obvio que están creando las bases de una guerra civil en Cataluña. Porque es previsible que no todas sus víctimas se rindan.

En estos momentos se trata sólo -¿sólo?- de lo que en certera expresión del profesor Martín Alonso –El Catalanismo del éxito al éxtasis, Editorial El Viejo Topo- es “una guerra civil intramental entre el cerebro lógico y el étnico”. O sea entre la razón y la tribu. Por eso nadie puede permanecer neutral, vayamos o no a mayores, pues bastaría que un sólo compatriota lo reclamara para que toda la fuerza del poder legítimo tuviera la obligación de desplegarse para protegerle.

Según Guardans no veremos “actos burdos contra el Estado de grosera estética batasuna” sino “escenarios de desobediencia civil planificada… entre globos y sonrisas, apelaciones a la dignidad y la democracia, entre niños y familias, hablando en inglés ante las cámaras del mundo”. Pero bajo esas formas edulcoradas en la superficie, la brecha del desgarro social seguirá abriéndose en el interior de la vida cotidiana de Cataluña, tal y como pronosticó Aznar y acaba de denunciar González.

Baste como botón de muestra el mensaje que ha recibido estos días uno de nuestros suscriptores, a través de su círculo profesional, cuando TV3 se ha visto obligada a ofrecer espacios “compensatorios” a los partidos constitucionales, tras su grosero alarde propagandístico de la Diada:  “Segons han dit a TV3, el proper diumenge de 4 a 7 de la tarde, faran el programa que els obliga la Junta Electoral Central amb representants dels partits unionistes. Seria bo que els partidaris del SI no sintonitzem TV3, la nostra, en aquesta franja horària i que, un cop acabada la vomitada dels enemics de Catalunya, tornem a sintonitzar TV3, facin el que facin. Pasa-ho als teus contactes!!!!!!”.

Es lo que propugna la sedicente Assemblea Nacional de Catalunya. Los halcones del “No” a la legalidad constitucional, travestidos en palomas del “Sí” a un orden imaginario, llaman  “unionistas” a los partidarios de dejar las cosas como están desde hace medio milenio; consideran, por costumbre, que la televisión que pagan todos los catalanes con ayuda de Montoro es suya; y se destapan al tildar de “vomitona de los enemigos de Cataluña” los argumentos de sus antagonistas. Este es el odio cainita que urge parar primero en las urnas y después, si es preciso, con todas las armas del derecho.

Sólo poniendo en evidencia la esterilidad de todas las trampas éticas, estéticas y dialécticas de esta coalición de salteadores de caminos que pretende apropiarse de lo que nos pertenece a todos los españoles y esclavizar a los discrepantes que queden bajo su yugo, podrá abortarse la guerra civil larvada que se vive en Cataluña. La Unión Europea y la banca -Fainé ha dado al fin el meritorio paso adelante que la ocasión requería- han aportado luz al que quiera ver. El problema es que, como escribió Orwell,  “si uno alberga una lealtad o un odio nacionalista, ciertos hechos, aunque de algún modo se sepa que son verdaderos, resultan inadmisibles”.

Sólo poniendo en evidencia la esterilidad de todas las trampas de esta coalición de salteadores de caminos, podrá abortarse la guerra civil larvada que se vive en Cataluña

A Mas y sus compañeros de viaje esto no puede salirles gratis. Pero aunque su castigo democrático es condición necesaria, no es condición suficiente. Cuando Ramonet, el hijo idealista del prosaico señor Esteve, le dice que quiere dedicarse a las artes plásticas, el personaje de Rusiñol pronuncia una frase doblemente lapidaria: “Seràs esculptor però jo pagaré el marbre”. Ahí está compendiada toda Cataluña, vista por sí misma.

También la idea distorsionada que muchos catalanes siguen teniendo de su relación con el resto de España. Pero aunque sea imprescindible seguir discutiendo cómo se paga el mármol -o sea revisar el modelo de financiación autonómica-, más importante aún es tener éxito con la escultura.

Eso es lo que nos ha enseñado esta semana un talentoso y esforzado grupo de españoles, liderados por un catalán inconmensurable llamado Pau Gasol: el camino del triunfo compartido. Cuando la Espanya Gran renazca de las cenizas de su actual mediocridad, Cataluña dejará de ser un problema. Porque lo que la gloria -y la prosperidad y el prestigio y el peso en el mundo- ha unido no lo van a separar ni Mas, ni Junqueras, ni Romeva.

Lee la serie ‘El libro negro del periodismo en Cataluña’ 

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’ / 5. ‘La tele de la mitad’ / 6. La opinión dependiente’

También en EL ESPAÑOL:

La masa neutra

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Por un lado, dice el autor, están los secesionistas, ‘Junts pel Sí’, que ya se sabe lo que quieren al haber abandonado los convergentes su ambigüedad; haciéndo la goma, ‘Catalunya, Sí que es Pot’ (Podemos e ICV); ya en el pelotón están los unionistas, que no buscan la independencia pero amparan las señas de identidad del catalanismo y, por último, la ‘masa neutra’, casi un 40% del electorado que tradicionalmente se abstiene y que ahora podría inclinar –en un sentido u otro- los resultados de unas elecciones inauditas.

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El catalanismo político se sostiene en dos pilares sobre los que ha ido fraguando la idea de una Cataluña desgajada del resto de España: la defensa de intereses económicos y el arraigo de una cultura.

El proceso ha ido tomando velocidad, a medida que crecía una tensión -contenida pero evidente- desde el pasado ‘adéu, Espanya’, de Joan Maragall, a la provocación: ‘Catalunya no és Espanya’, con escala en la burla y la acusación directa: ‘Espanya ens roba’. El zigzagueo parecía indicar que, aparte de amagar -para negociar mejor- los soberanistas no llegarían más lejos.

Sin embargo, a partir del desenlace de esta ingeniosa comedia que ha relegado a sus protagonistas políticos a papeles de actores de reparto -puestos cuarto y quinto de la candidatura- las opciones -entre ellas las rupturistas- se van decantando, de cara a los comicios del próximo otoño.

Por un lado, los secesionistas, ‘Junts pel Sí’, que ya se sabe lo que quieren al haber abandonado los convergentes su ambigüedad;  haciéndo (en términos ciclistas) la goma, ‘Catalunya, Sí que es Pot’ (Podemos e ICV); ya en el pelotón están los unionistas, que no buscan la independencia pero amparan –con mayor o menor brío- las señas de identidad del catalanismo y, por último, la ‘masa neutra’, casi un 40% del electorado que tradicionalmente se abstiene y que ahora podría inclinar –en un sentido u otro- los resultados de unas elecciones inauditas.

Romper la indiferencia

A principios del siglo pasado, Antonio Maura -en cinco ocasiones jefe del Gobierno durante el reinado de Alfonso XIII, mallorquín, y padre de diez hijos- apostaba por una reforma que atrajera a la “masa neutra”, a saber, los indiferentes en política o que se abstienen de intervenir en ella. Su tesis, típicamente regeneracionista, consistía en que despertar a la multitud inerte debía empezar por el municipio. Sólo evitando la intervención excesiva de la Administración Central se lograría la regeneración del sistema político.

A Maura -que no admitía ‘el reconocimiento de cualquier tipo de personalidad regional que supusiera hacer jirones la Patria’ pero que, a fuer de mantener la cercanía con Cambó, acabó aceptando enmiendas que favorecían una germinal autonomía catalana- se lo llevó por delante la represión de la Semana Trágica, que terminó por colapsar también el propio sistema político de la Restauración. Luego, sí, tuvo una resurrección, pero ya fue otra cosa.

Los planes del político conservador -movilizar la abstención para desterrar la impresión de que el Gobierno se asienta sobre un inmenso desistimiento popular- se quedaron en intento y aún habría que esperar más de setenta años para hacer las reformas -desde el poder- evitando trazados revolucionarios, uno de los méritos de la Transición del 78.

Ahora asistimos a un momento de la historia en el que el ‘català absent’, podría convertirse en actor principal. Y es que, de que mengüe el nivel de abstención –que supera el 38%- en las cuatro provincias catalanas, puede depender el resultado de unas elecciones que se van a terminar desarrollando en clave plebiscitaria, por mucho que se insista en que solo son autonómicas. Esa manía nuestra –tan madrileña- de encubrir la realidad, igual que la de confundir, como sucede en el discurso oficial del momento, la firmeza con lo que en realidad es mera inacción.

La desafección hacia el sistema

A la inhibición estructural hay que sumarle una crecida desafección hacia los hábitos del sistema, que parte del  desprestigio de la clase política, alimentado por ella misma. A ello, se añaden otros factores genuinos: las bases del PSC, fieles en comicios generales y municipales, se han sentido escasamente motivadas cuando se ha tratado de la Generalitat y las europeas; pero también, el abstencionismo -fabricado por los nacionalistas desde 1995- fruto de los sucesivos apoyos de CiU a los gobiernos de González y Aznar y del desencanto progresivo del electorado que secundó, en su momento, el espectacular crecimiento de ERC.

Atraer y convencer a los que nunca votan es, sin ningún género de dudas, el impulso prioritario. No ha lugar el desistimiento cuando se trata de algo tan trascendente como mantener o quebrar la unidad de cinco siglos de la nación española.

A esa masa que odia a los políticos, sin atender a matices, a esa sociedad silente, es a la que apelar ya que hay que convenir, sin optimismos que no vienen a cuento, que aunque se acomoden en el sigilo –al margen de legítimos sentimientos- son mayoría los contrarios al corolario soberanista.

Puede que tengan razón quienes dicen que Barcelona vuelve a ser una ciudad con la moral baja pero también es justo reconocer que la situación no es comparable con aquellos últimos días de julio de 1909, en que se entrecruzó el problema catalanista –sobre todo- con la reivindicación social, en aquella ocasión de tinte anarquista.

Maura, que apenas había tenido que afrontar dificultades importantes en su gestión de gobierno, vio cómo los acontecimientos de ese verano, determinaron, en buena medida, el cambio de rumbo de la política española.

Aunque de esto hace ya un siglo parece como si la historia de España se repitiera en bucle interminable. El futuro próximo depende de una adecuada gestión de los valores -sin fiarlo al miedo- capaz de motivar a una gran parte de esa ‘masa neutra’.

Pero no será fácil. Para Stanley Paine, “la sociedad española está anestesiada por anti-valores que desmovilizan a la gente, con un horizonte vital basado en disfrutar de la mejor forma posible”. Resulta, pues, complicado activar, según el hispanista, a quienes tienen pocas “ambiciones trascendentales”.

Por ello, tesón y talento, sin caer en confrontaciones estériles con quienes niegan -con soltura- que la independencia dejaría a los catalanes fuera de las instituciones europeas, incluido el Banco Central Europeo.

 

El busto retirado

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En el mes de abril de 1904, un entonces joven don Alfonso XIII visitaba por primera vez en su reinado la ciudad de Barcelona. A ella le llevaba su primer ministro, don Antonio Maura, que sufriría -recuerda su bisnieto en este artículo-  a continuación el primero de sus atentados, obra del anarquista Artal…  Han tenido que pasar más de 110 años desde entonces, para que un alcalde de esa ciudad retire el busto de su nieto y diga que considerará la posibilidad de colocar el de su biznieto don Felipe.

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Momento de la retirada del busto de Juan Carlos I

En el mes de abril de 1904, un entonces joven don Alfonso XIII visitaba por primera vez en su reinado la ciudad de Barcelona. A ella le llevaba su primer ministro, don Antonio Maura, que sufriría a continuación el primero de sus atentados, obra del anarquista Artal.

 

Fue recibido don Alfonso en aquella ocasión por la Corporación municipal en pleno. Y aun los historiadores de la época siguen haciéndose eco de las palabras que entonces pronunciara otro joven, un concejal catalanista, cuyo nombre era Francesc Cambó. Una intervención reivindicativa, aunque mesurada, en el más puro estilo del seny catalán; por la que, pese a la inicial abstención de los solidarios respecto del viaje real, confirmaba el éxito final del mismo.

 

Han tenido que pasar más de 110 años desde entonces, para que un alcalde de esa ciudad retire el busto de su nieto y diga que considerará la posibilidad de colocar el de su biznieto  don Felipe.

 

Quien fuera uno de los fundadores de la idea democristiana en España, Ossorio y Gallardo, gobernador civil del Gobierno Largo de Maura (1907-9) en Barcelona, tenía la costumbre de despachar personalmente con su Primer Ministro. En sus cartas le decía que el problema en Cataluña era en un 20% de doctrina y en un 80% de política.

 

100 años después nadie puede poner en duda que haya existido política española en Cataluña; buena y mala, desde luego, pero política al cabo. Todavía en régimen monárquico, un gobierno Dato puso en marcha la Mancomunidad; en la República el primer estatuto de autonomía; la Constitución de 1978, en una nueva restauración monárquica, esta vez parlamentaria y plenamente democrática, el segundo y en el más reciente año 2006, el tercero de los estatutos de su historia.

 

Se ha hecho, sí, política. Quizás haya fallado más la doctrina: defender por ejemplo que España y los españoles no somos unos intrusos en esas tierras; que Cataluña -como todas las regiones de España son producto del mestizaje de los siglos; que el afecto, además de los intereses, cuenta en nuestra relación común; que Cataluña no se entiende sin España, lo mismo que esta sin aquella; que no hay robos ni atropellos, sino solo ciudadanos más ricos que pagan mayores impuestos; que no se produce en este caso ninguno de los supuestos que el Derecho Internacional exige para la autodeterminación,aunque la bauticen con la edulcorada mención de derecho a decidir.

 

Una carencia de doctrina que ha agravado el particular protagonismo que la vigente Ley Electoral ha proporcionado a los partidos nacionalistas, en particular a Convergencia I Unió, que obtenían de forma progresiva compensaciones territoriales a cambio de votos para la mayoría en el Congreso. Ninguno de los dos partidos establecía como línea roja infranqueable la unidad de España y la igualdad de los españoles en cuanto a la prestación de los servicios públicos se refiere, residan en la parte de nuestro territorio que deseen.

 

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Ada Colau, alcaldesa de Barcelona.

Y ahora, don Juan Carlos en efigie abandona el salón de plenos de la Ciudad Condal, en tanto que el President Mas nos anuncia su muy cercano propósito del abandono de España. De esa manera, la imagen de la institución que simboliza como ninguna otra la unidad de nuestro país, anuncia un episodio de difícil solución desde la política, entendida esta como el diálogo y la negociación.

 

Urge entonces aceptar el desafío que los cantos de sirena de la independencia nos anuncian desde aquellas tierras, escoger la firmeza de nuestras convicciones democráticas -la principal, el imperio de la ley-, asumir el próximo proceso electoral en Cataluña como lo que es -unas elecciones autonómicas y no un plebiscito-, explicar a catalanes y resto de los españoles que no vamos a ceder al chantaje y a nuestros socios europeos que una Constitución no es una aproximación al Derecho, sino que es el Derecho mismo. Y, cuando llegue el momento, actuar, sin dudas ni temores.

 

Un largo ciclo parece concluir con esa imagen de unas manos que recogen el busto de don Juan Carlos para alojarlo en una caja de cartón que luego depositarán en alguna dependencia municipal.  ¿La oficina en que se guardan los objetos perdidos, una suerte de baúl de los recuerdos? ¡Quién sabe! En todo caso, habrá que volver a empezar.