Los Emmy de los nuevos tiempos

tirionJuego de Tronos se convierte en la serie más laureada en una misma edición al obtener 12 galardones. Jon Hamn, que dio vida al controvertido Don Draper en Mad Men,  logra el premio como mejor actor de drama tras ocho nominaciones consecutivas. ‘Veep’ destrona a ‘Modern Family’ como mejor comedia. ‘Olive Kitteridge’ arrasa en las miniseries. Y Viola Davis es la primera mujer negra elegida como mejor actriz dramática…

tirionLa principal batalla de la 67ª edición de los Premios Emmy era entre la fantástica (en todos los sentidos) Juego de Tronos y la cruda (por real y por dura) Mad Men. La Academia de Televisión de Estados Unidos ha optado por la fantasía. La serie de la HBO obtuvo en la noche del domingo cuatro estatuillas: mejor drama, mejor actor de reparto (Peter Dinklage, en la imagen), mejor dirección por el capítulo Misericordia (David Nutter) y mejor guión (David Benioff y D.B. Weiss). Galardones que, sumados a los ocho de las categorías técnicas entregados la pasada semana, suman doce. Récord de premios en una misma edición.

Además, la factoría HBO también venció en comedia, con Veep, y en miniseries, con Olive Kitteridge. Triunfo total para las tres siglas tatuadas a fuego entre todos los amantes de las series gracias a otras ficciones del pasado como The Wire o Los Soprano. La comedia presidencial logró arrebatar a Modern Family el momento de ser por quinto año consecutivo la mejor serie en esa categoría. Volvió a repetir Julia Louis-Dreyfus como mejor actriz y Tony Hale como mejor actor de reparto.

En la categoría de Drama, por fin Jon Hamn logró su ansiado galardón gracias a su papel del inolvidable Don Draper. Acudía por primera vez sin su mujer, de la que se acaba de separar, pero tuvo palabras para ella al recoger el premio así como para sus familiares y para los creadores de la serie. Se arrastró hasta el escenario. Mucho costó llegar hasta ese momento y el público del Teatro Microsoft de Los Ángeles lo sabía. Puestos en pie, los asistentes escucharon el discurso de Jon Hamm donde desató su vena cómica al creer “imposible” que ese premio fuera para él. Con este único galardón para el elenco de Mad Men, la serie pone el broche final al año de su despedida.

Por su parte, Viola Davis se convirtió en la primera mujer negra elegida como mejor actriz dramática por su trabajo en Cómo defender a un asesino. Su discurso tras recibir el galardón fue un alegato en favor de las actrices de color. “La única cosa que separa a las mujeres de color son las oportunidades. Gracias a los guionistas por crear papeles para mujeres sexys y negras”, dijo con la voz entrecortada. Y para terminar tuvo un momento de recuerdo hacia las otras actrices que antes que ella lograron “cruzar esa línea”.

Otra mujer de color, esta vez Uzo Aduba, se alzó con el galardón a mejor actriz secundaria por su papel de Crazy Eyes en Orange is the new black, de Netflix.

Y con las mujeres sigue el cambio. En premios predominantemente masculinos, este año han triunfado las mujeres: Jane Anderson, guionista de Olive Kitteridge, ganó el Emmy a mejor guión en miniserie y Lisa Cholodenko, directora de la misma producción, ganó el Emmy a mejor dirección.

Otra de las series no emitidas en televisión que se llevó estatuillas a casa fue Transparent. Gracias a la soberbia interpretación de un anciano transexual, Jeffrey Tambor ganó el Emmy a mejor actor de comedia imponiéndose a rivales de la categoría de Louis C.K. o William H. Macy. La serie de Amazon fue galardonada también con el Emmy a mejor Dirección en la categoría de comedia.

Por su parte, en la categoría de miniseries, Olive Kitteridge arrasó con seis premios (Mejor miniserie, Mejor dirección, Mejor guión, Mejor actor protagonista, Mejor Actriz protagonista y Mejor actor de reparto) mientras Bessie ha sido reconocida con el Emmy a la Mejor Película para TV, además de otros tres galardones que premian su banda sonora, fotografía y mezcla de sonido. Regina King ha recibido el galardón a la Mejor actriz de reparto en una miniserie o película de televisión por su interpretación en American Crime.

The Daily Show with Jon Stewart se llevó el Emmy a Mejor guión, dirección y programa de variedades. Saturday Night Live, el programa más longevo de la televisión en EEUU, recibió dos Emmys creativos sumando 42 galardones en sus 40 temporadas de historia.

‘Hannibal’ o la dictadura de la audiencia

Se ha terminado, quizás para siempre, la serie sobre el doctor Lecter emitida por la NBC y AXN. Con los años quizás se rendirá culto a esta ficción sangrienta que combina profundidad psicológica con barroquismo visual…

 

HANNIBAL -- "Antipasto" Episode 301 -- Pictured: (l-r) -- (Photo by: Brooke Palmer/NBC)

La serie Hannibal no es apta para todos los paladares. Si no la han visto todavía y se animan, no olviden disponer cerca una palangana. Algunas imágenes pueden agredirles e inquietarles demasiado. Algunos planos y secuencias pueden generarles demasiado vértigo. Algunos sueños pueden despertarles esos demonios internos que bullen demasiado escondidos. Algunos diálogos pueden causar preguntas demasiado complejas. Algunos personajes pueden generar simpatías demasiado peligrosas. En Hannibal casi todo es demasiado. Y casi todo es posible. Pero nada, ni las demasías ni los poderes, es suficiente para acabar con esa tirana que llamamos audiencia.

Los amantes de las series de calidad están de luto. Acaba de terminar la tercera temporada de Hannibal. Todo hace indicar que nunca habrá una cuarta entrega de esta ficción sobre las andanzas del psiquiatra Hannibal Lecter que inmortalizó Anthony Hopkins en su momento. El creador de la serie, Bryan Fuller, anda empecinado para que no maten a su perturbadora criatura. Dice tener escrita la siguiente temporada cuyos capítulos serían, a su juicio, los más potentes. Ya hace algunos meses la cadena NBC, que la producía junto a AXN, anunció que no emitiría más esta ficción. El motivo era y es que sus datos de audiencia han ido menguando hasta la no sostenibilidad. En román paladino, ha habido que echar el cierre porque cada día la veía menos gente. Y esto entronca una vez más, para variar, con la permanente tensión entre la calidad de un producto audiovisual y los números del share.

Casi siempre las cifras se imponen porque esto es un negocio. Tan sencillo como obvio. Sin embargo, ¿hasta qué punto es positivo para una cadena de televisión (y para sus espectadores) dejar de emitir una ficción de enorme calidad solo porque los audímetros no responden? ¿Acaso no es mejor apostar por un producto indudablemente bueno aunque no sea tan rentable? ¿Formarían parte del imaginario colectivo algunas series hoy consideradas clásicas si sus hacedores solo se hubieran guiado por el criterio de la audiencia? ¿El arte o el dinero? Eternas dudas para las que se antoja imposible ofrecer respuestas.

La realidad, tan opresiva como el contenido de la propia serie, es que Hannibal se ha terminado. Este adiós prematuro es una lástima, pero tampoco es una tragedia, sobre todo porque los espectadores todavía pueden disfrutar de ella a través de varias vías. AXN emitirá la tercera temporada doblada al castellano el próximo octubre mediante el servicio bajo demanda de las plataformas en las que el canal está presente, como Movistar TV o Vodafone. La emisión en abierto llegará probablemente en noviembre. Y para coleccionistas, el precio en DVD no es excesivo.

¿Y qué pueden encontrar los espectadores en Hannibal? Se trata, y no es un tópico, de una serie diferente a todas las demás. La profundidad psicológica de sus personajes, todos tan inteligentes como enloquecidos, no tiene parangón. Precisamente porque esta ficción explora recovecos de la mente humana a priori vedados para el gran público. Las tres temporadas constituyen, de hecho, un complejo thriller psicológico pintado por Fuller, además, con un barroquismo inusitado. Más que adaptar, el autor reconstruye con su visión el universo esculpido en su día por Thomas Harris, autor de los libros El dragón rojo, El silencio de los corderos y Hannibal. Corta en pedazos la historia primigenia y luego la recompone a su manera, juntando las partes a su antojo, como si estuviera reinventando un plato de cocina tradicional: cambian la forma y la presentación, pero el sabor no pierde su esencia. Y lo hace mediante un conglomerado de poderosas imágenes que entremezclan los tiempos cronológico y narrativo de la historia, ambos entreverados, a su vez, con los sueños y la imaginación de los personajes.

Así, cualquier seguidor de la trilogía cinematográfica sobre Hannibal Lecter se topa con un desarrollo de la historia sorprendente. Y quien no conozca las películas -es imperdonable, pero es posible- hallará en esta serie un universo entre onírico y macabro, entre irracional y exquisito, entre repulsivo y cautivador, pero en todo caso sangriento y demencial. Una delicia visual que cuenta una historia tenebrosa con actores a la altura del desafío. Mads Mikkelsen ofrece un Lecter que poco tiene que envidiar al de Hopkins. Aunque el personaje más fascinante de esta historia es el investigador Will Graham (Hugh Dancy). La relación entre ambos, que pasa de la amistad al odio y al amor, pasando por la admiración mutua y la manipulación, es el eje central en torno al que giran todos los episodios. Laurence Fishburne, como Jack Crawford, es el otro gran pilar de la serie, aunque en algunos momentos el personaje desaparece y se difumina su papel.

La trama, y ese es el gran problema, se adentra por terrenos inverosímiles y el espectador se pregunta cómo es posible juntar en tres episodios a tanto asesino en serie capaz de las más perversas atrocidades, cómo los crímenes pueden ser tan sofisticados sin dejar huellas o cómo los investigadores aparecen como seres brillantes y obtusos al mismo tiempo. De las tres temporadas, la mejor quizás sea la segunda, que se inicia con un flasback que retorna a la pantalla en el último capítulo de la misma. La primera tal vez pierda demasiado tiempo en presentar a los personajes. Y la tercera, dividida a su vez en dos partes muy diferentes, adolece de una falta de ritmo derivada de la ambición por contar tantas y tantas cosas. Los episodios finales de las tres, pero sobre todo de la segunda y la tercera, son simplemente memorables. Hannibal se ha acabado, quizás para siempre, para disgusto de Fuller y sus seguidores. Pero no es exagerado diagnosticar que con los años será una serie de culto, como tantas y tantas ficciones que en su día no tuvieron suficiente audiencia.

Alberto Rodríguez comparte mentiras con Francisco Paesa

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Carlos Santos es Luis Roldán. Eduard Fernández es Paesa. José Coronado es Camoens, la mano de derecha de El hombre de las mil caras, el filme que dirigido por Alberto Rodríguez (La isla mínima, Grupo 7) se rueda estos días en el plató de un polígono industrial de Vallecas (Madrid). 

En la imagen, Eduard Fernández (Paesa) charla con el director Alberto Rodríguez.

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José Coronado, Eduard Fernández, Carlos Santos y Christian Stamm en un descanso del rodaje

Luis Roldán está nervioso. Viste un pijama a rayas, lleva un chaleco antibalas y da vueltas sin parar entre las cuatro paredes de un pequeño apartamento de la Torre Keller en París. Se trata de un discreto escondite frente al Sena que se ha convertido en una cárcel física y sobre todo mental, donde Francisco Paesa, el espía que engañó a todos, manipula y dirige al ex director de la Guardia Civil. Una escena de ficción muy próxima a la realidad que forma parte del tramo final de El hombre de las mil caras, el filme que estos días termina de rodar Alberto Rodríguez (Sevilla, 1971).

París está en un plató de un polígono industrial de Vallecas (Madrid), donde el director andaluz vigila plano a plano y línea a línea las escenas de la que será su séptima cinta, la primera en la que trabaja con un material ajeno a su creación original con Rafael Cobos, coguionista habitual de sus proyectos. Basada en el texto periodístico de Manuel Cerdán, la película es fruto de un exhaustivo trabajo de investigación pero no quiere ser un documental ni perder el personal sello de calidad de un director que se maneja como muy pocos en el terreno del thriller.

“Ha sido algo distinto a la creación de nuestras anteriores películas pero hemos seguido el procedimiento de siempre, documentarnos, hacer entrevistas con toda la gente posible que tuvo que ver con la historia y tener una base sólida para construir un relato interesante a partir de lo que fueron los hechos, o al menos los hechos conocidos”. Rodríguez habla de su cine siempre en primera persona del plural. Trabajo en equipo y responsabilidad compartida son dos de sus máximas.

El creador de ‘Grupo 7’ o ‘La isla mínima’ (10 goyas) nunca pierde de vista a su equipo de toda la vida. Alex Catalán, director de fotografía, Gervasio Iglesias, productor; Paco Baños, su script; Manuela Ocón, directora de producción y mujer de Rodríguez o su montador Jose María García Moyano, entre otros. Todos le acompañan de nuevo. Muchos de ellos se conocieron en la facultad de Ciencias de la Información de Sevilla, donde Alberto Rodríguez estudió Imagen y Sonido y dio sus primeros pasos en 16 milímetros, formando parte de la llamada ‘Generación Cinexin’ junto a Santi Amodeo, Jesús Ponce o Chiqui Carabante. Un grupo de “currantes” del cine que forjó su talento creando una serie de 15 cortometrajes para un proyecto para el que apenas contaron con una cámara de segunda mano y tres minutos de bobina para cada uno.

Dos décadas después y sin olvidar aquella escuela, Alberto Rodríguez sigue ampliando su filmografía con este ambicioso proyecto que cuenta con más de cinco millones de euros de presupuesto y para el que ha contado con 11 semanas de rodaje. Muchos más medios pero igual o mayor exigencia. Durante la visita al rodaje de EL ESPAÑOL, el director recorre sin parar el camino de ida y vuelta entre el ‘combo’ donde supervisa cada detalle del plano al set donde transcurre la acción. Su equipo sabe de su precisión técnica y se mueve una y otra vez al compás de sus instrucciones. “Está siendo un rodaje incluso más complicado que el de la ‘Isla Mínima”, admite Rodríguez: “Son más de 200 secuencias, 100 localizaciones, muchos días con tres o cuatro sets distintos en un mismo día”.

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Vídeo: Pablo Mateos

Un casting ‘asegurado’

Para el reparto, trabajar a sus órdenes es casi un seguro de vida. “Tiene las ideas clarísimas, sabe lo que quiere y lo transmite como nadie. Él y su equipo forman una máquina de precisión que más que suiza es como japonesa”, relata José Coronado en un descanso del rodaje. Es su primera vez con Alberto Rodríguez y al veterano actor le cuesta esconder la ilusión de trabajar con esta intensidad. Su nombre suena desde que este guion merodeaba por los despachos de productoras y directores como Imanol Uribe o Enrique Urbizu (el propio director reconoce que es un proyecto “casi maldito”) pero las ganas de trabajar con el cineasta sevillano acabaron con sus dudas y el temor a interpretar a un personaje de pocas palabras.

Coronado da vida a Camoes, inspirado en Jesús Guimerá, el piloto, conseguidor y mano derecha de Paesa. “Es como un tercer protagonista en la historia de Paesa y Roldán, ejerce de ojos del espectador, de narrador. Es quizá la figura más humana de la película”, explica.

Carlos Santos (Luis Roldán) y Eduard Fernández (Francisco Paesa) soportan casi todo el peso dramático de la película y ostentan la responsabilidad de encarnar a dos figuras icónicas de la corrupción y las cloacas del poder en nuestro país. Para construir sus personajes no quisieron, ni pudieron en el caso de Fernández, acercarse a los personajes reales. “Descartamos muy pronto hablar con él, el Roldán de hoy ha pasado por años de cárcel. No es la misma persona de la que hablamos en la película y queríamos construir nuestro propio personaje”, explica Santos.

Por su parte, Eduard Fernández afronta el reto de llevar a la pantalla a un Paesa que por definición nunca muestra su verdadera cara. “Manejaba siempre temas muy pesados y para vivir necesitaba o necesita la adrenalina de meterse en asuntos turbios y peligrosos”, relata el actor catalán. La gran dificultad del protagonista de esta historia de mentiras era “que el espectador notara alguna rendija de naturalidad en la gran máscara de esta persona que esconde tanto”. Una tarea que se lleva a cabo “en pequeñas dosis y con mucha contención”. Marca del director. Completan el reparto, Marta Etura como la esposa de Roldán y la modelo gallega Alba Galocha, que debuta en el cine como la sobrina de Paesa, ‘heredera’ del espía y guardiana de sus secretos.

Desgranar la intrahistoria detrás de la rocambolesca fuga y entrega de Luis Roldán es el leitmotiv de esta película que nace de la investigación periodística y pone el foco sobre el mal endémico de la corrupción. “Todas las películas son políticas de una forma u otra y aquí hablamos de algunos cargos políticos destacados de nuestra historia. Pero esta no es una película contra nadie, contra ningún partido. Sólo vamos contra la lacra de la corrupción”, aclara el director. Alberto Rodríguez termina recordando la razón por la que aceptó embarcarse en este proyecto: “Queremos contar todos los puntos de vista de esta historia que no sé si hemos terminado por aclarar, probablemente la verdad total sólo la conocen un par de personas”.

Hamlet, una estrella de rock

hamEsta nueva versión de la obra maestra de Shakespeare, interpretada por Benedict Cumberbatch, ostenta el récord de ser el espectáculo que más rápidamente ha agotado sus entradas en la historia del teatro en Londres. Los 100.000 tickets disponibles se vendieron en cuestión de minutos cuando se pusieron a la venta en agosto de 2014, un año antes de su estreno.

hamAlrededor de una veintena de fans hacen cola a las siete de la mañana cerca de la City de Londres en un frío y gris sábado de septiembre. Entre los 20 y los 40 años, alguno mayor, y de varias nacionalidades. Varios han pasado la noche al raso en sacos de dormir. No, no esperan a los chicos de ‘One Direction’, ni a Taylor Swift, ni a ninguna estrella del rock. Buscan entradas para el último montaje de ‘Hamlet’ en el teatro Barbican. La causa de esta expectación sin precedentes para ver el mayor clásico del teatro inglés es su protagonista, el actor de moda Benedict Cumberbatch, que saltó a la fama por encarnar al detective Sherlock Holmes en la aclamada serie de la BBC y ha protagonizado películas como The imitation game (Descifrando enigma en España)”.

Esta nueva versión de la obra maestra de Shakespeare ostenta el récord de ser el espectáculo que más rápidamente ha agotado sus entradas en la historia del teatro en Londres. Los 100.000 tickets disponibles se vendieron en cuestión de minutos cuando se pusieron a la venta en agosto de 2014, un año antes de su estreno. El fanatismo de los seguidores de Cumberbatch, ansiosos por fotografiar y grabar cada uno de sus movimientos como si se tratara de un concierto en un gran estadio, obligó al propio actor a intervenir. Tuvo que pedirles, al salir del teatro tras una de las primeras representaciones a principios de agosto, que no utilizaran cámaras o móviles durante el espectáculo. Las luces desconcentraban al reparto y suponían una experiencia “mortificadora”, les dijo.

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Como es tradición en Londres, incluso en las obras más codiciadas para las que no quedan entradas, el teatro reserva una treintena de tickets que se ponen a la venta cada día a primera hora de la mañana. Así que madrugando un poco y con paciencia (la diferencia horaria con Bruselas ayuda), consigo entradas para ver ‘Hamlet’ ¡por 10 libras! (ni llega a 14 euros).

Y la espera vale la pena. Pese a algunos excesos y altibajos de la producción, creo que Cumberbatch sale airoso y con nota del reto que para todo actor británico supone ponerse en la piel de Hamlet. La obra empieza con el príncipe de Dinamarca solo en escena, ensimismado hojeando lo que parece un álbum de fotos familiar, mientras suena ‘Nature Boy’ de Nat King Cole en un tocadiscos antiguo. Durante los últimos ensayos con público antes del estreno oficial, la directora, Lyndsey Turner, había situado en este momento inicial, como apertura de la representación, el famoso soliloquio del ‘Ser o no ser’. La reacción furibunda de parte de la prensa británica le ha hecho rectificar y devolverlo a su lugar original. Tras ver la obra, el ‘Ser o no ser’ podría perfectamente haber ido al principio, el único momento íntimo de la representación.

Los soliloquios de Hamlet

Porque a diferencia del último Hamlet teatral protagonizado por otra estrella, el de Jude Law en 2009, con una puesta en escena minimalista, el de Cumberbatch es una superproducción teatral con muchos elementos que lo acercan al cine. El decorado, que se revela tras esta escena inicial, reconstruye un enorme salón de un palacio decadente, en azul, con las paredes recargadas de cuadros y espadas, una gran lámpara de cristal y una escalera que da a una especie de balconada. Al final de la primera parte del espectáculo, cuando el rey Claudio ordena la muerte de Hamlet, una fuerte tormenta arrasa el palacio. Tras el descanso, el palacio aparece en ruinas, con las sillas por el suelo y todo cubierto de basura, en la que se entierra a Ofelia tras su suicidio. El vestuario mezcla elementos de época, como los uniformes, con ropa moderna, como vaqueros y camisetas, que permiten a Cumberbatch lucir su buena forma física.

Uno de los mejores hallazgos del montaje es la forma de poner en escena los soliloquios de Hamlet. Una luz blanca se concentra en él, mientras el resto de personajes en la escena quedan en penumbra, en segundo plano, aunque siguen moviéndose e interactuando en silencio, como a cámara lenta. Así, el primer monólogo, cuando Hamlet denuncia que su madre Gertrudis se haya casado con su tío Claudio poco después de la muerte de su padre, se produce en pleno banquete en el palacio con casi todos los personajes en escena. La acción se congela y Cumberbatch se sube a la mesa mientras se lamenta en voz alta. Pero a veces se echa de menos una mayor sutileza. Para mostrar que Hamlet finge estar loco con el fin de desenmascarar a su tío como asesino de su padre, aparece disfrazado de soldadito de plomo y con una especie de castillo hinchable gigante.

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Pero Cumberbatch es tan buen actor que evita el ridículo incluso en esa escena. Lo mejor de su actuación es su versatilidad. En apenas segundos es capaz de pasar sin esfuerzo aparente de un momento cómico, cuando se finge loco, a la agonía y casi la rabia por su incapacidad de ejecutar la venganza por el asesinato de su padre. Su Hamlet es reflexivo pero también un hombre de acción en escenas como el combate de esgrima final con Laertes. Su protagonismo es absoluto. De hecho, uno de los problemas del montaje es que el resto de personajes quedan muy difuminados.

La crítica británica ha sido poco amable con este montaje de Hamlet. Varios medios se saltaron el embargo y publicaron las primeras reseñas del espectáculo incluso antes del estreno oficial. En general, han elogiado la interpretación de Cumberbatch, aunque alguno la considera superficial, y critican sobre todo las simplificaciones y el gigantismo de la producción. El público no opina lo mismo. Tras las tres horas de representación –por cierto, en absoluto silencio y sin que se viera ninguna cámara grabando- aclamaron a los actores, sobre todo, como no, a Cumberbatch. Y a la salida sus fans le esperaban para que les firmara autógrafos, como a cualquier estrella del rock.

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Hamlet se representa en el teatro Barbican de Londres hasta el 31 de octubre. La representación del 15 de octubre se retransmitirá en directo en cines de todo el mundo.